José Téllez
Santo Tomás y su escuela
Escoto y su escuela
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Colección Universo · Ediciones España
Tomo VII · Sistemas Filosóficos · Número 12
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Nihil obstat: Andrés de Lucas, Censor. Madrid, 24 de enero de 1945.
Imprímase: Casimiro, Obispo auxiliar y Vicario general.
Gráficas Excelsior - Cristo, 7 - Madrid, 16 páginas + cubiertas [ 1945 ]
ZG HF2 § 54
Santo Tomás. Su vida
Antes de morir Alberto Magno, quedó su gloria eclipsada por la de uno de sus discípulos, de quien el propio maestro se convirtió en apologista y defensor.
Este hombre extraordinario es Santo Tomás de Aquino.
Nació Tomás de Aquino en el castillo de Roca Seca, de Italia, por los años 1225 a 1227, de la ilustre familia de los condes de Aquino, emparentada con las casas reinantes de Alemania, Francia, Aragón y Sicilia. Su primera formación religiosa y literaria la adquirió en el monasterio de Monte Casino y en la Universidad de Nápoles. Entró en la Orden de Santo Domingo.
Formose al lado y bajo las enseñanzas de Alberto Magno, a quien acompañó en sus viajes y permanencia en París. No tardó en adquirir tal reputación que, siendo muy joven aún, enseñó públicamente Filosofía y Teología en la celebérrima entonces Universidad de París, recibiendo a la vez el grado de doctor o maestro. Sólo vivió cuarenta y ocho o cuarenta y nueve años. Murió en el monasterio de Fossa-Nova, en 1274, cuando se dirigía al Concilio general de Lyon.
Sus obras. Las obras filosóficas de Santo Tomás son muy numerosas. Las principales son unas treinta. Es un asombro que en tan breve vida pudiera escribir tanto y tan sólido, teniendo en cuenta que a sus obras filosóficas hay que añadir las puramente dogmáticas, las ascéticas, las místicas, &c.
Su doctrina. Resumir la doctrina del doctor Angélico es una gran dificultad; pero me esforzaré en hacerlo, porque ella encierra todo el contenido de la filosofía cristiana y de la escuela escolástica en la cumbre de su desarrollo.
“La ciencia –dice– es el conocimiento de las cosas por sus causas, y es de tres maneras para el hombre: ciencia divina, ciencia humana y la mixta de divina y humana. La primera es el conocimiento de las cosas divinas procedentes de revelación especial de Dios; la segunda es el conocimiento científico de las cosas de Dios, del mundo y del hombre, adquirido por las solas fuerzas de la razón, sin auxilio especial de Dios; la mixta es la que abraza simultáneamente verdades conocidas por revelación y por razón natural, como acontece en la ciencia teológica.
La verdad objeto de la ciencia, y hasta fin general y supremo del Universo, o es superior enteramente a la razón humana, como los misterios de la Trinidad, de la Eucaristía y otros, o está contenida dentro de los límites naturales de la razón. La primera sólo puede conocerse por revelación; la segunda puede por revelación, pero también por solas las fuerzas de la razón humana. Las verdades conocidas por la razón son ordinariamente base para la fe sobrenatural. La fe y la razón no sólo no se oponen, sino que mutuamente se apoyan y se ilustran. Y así, las relaciones entre la Filosofía, que estudia las cosas asequibles por la sola razón natural, y la Teología, que estudia las cosas a la luz principal de la revelación, no sólo no son hostiles, sino que tienen relaciones de armonía y subordinación. Es, por tanto, imposible que las verdades que se contienen en la Filosofía sean contrarias a las verdades propias de la fe divina. Y así, cuando en los dichos o sentencias de los filósofos hay algo contrario a la fe, es que la flaqueza de la razón humana oscureció la luz de la verdad, y no es verdad filosófica aquello que por tal se tiene.
En el orden cronológico, la primera de las ciencias es la lógica, que enseña los procedimientos y métodos científicos; pero en el orden ontológico o de la objetividad misma, la primera ciencia es la metafísica, que es la ciencia superior.
Según su grado de dignidad, hay tres grupos de ciencias:
a) Ciencias físicas, en las cuales el entendimiento, al indagar, reconocer y fijar las verdades relativas a su objeto, prescinde de la singularidad o accidentes individuales; pero no prescinde de las cualidades o accidentes sensibles.
b) Ciencias matemáticas, que prescinden de todos los accidentes corpóreos, menos la extensión.
c) Ciencias metafísicas, en las que la inteligencia humana considera el objeto con abstracción de la singularidad, de los accidentes sensibles y también de la extensión... De aquí que cuando consideramos la esencia y atributos de Dios; cuando pensamos en el alma racional, en la verdad, la justicia, el ser, la inteligencia, la libertad, &c., nuestro entendimiento prescinde de las diferencias individuales, de las cualidades sensibles y de la extensión, lo cual vale tanto como prescindir de toda la materia o sustancia que lleve consigo multiplicidad de partes.
El objeto propio de la ciencia es lo universal.
Los universales son reales y existen fuera de nosotros por parte de la naturaleza concebida y denominada universal, pero no existen en sí o fuera de nosotros por parte de la universalidad misma, pues ésta depende del entendimiento.
El sistema platónico o realismo absoluto es inadmisible.
El sistema nominalista es igualmente absurdo.
Generalmente hablando, en las ciencias filosóficas deben emplearse a la vez los métodos deductivo e inductivo. El predominio de uno u otro de estos métodos depende de la condición de cada ciencia. No se ha de buscar una certeza absoluta en todas las cosas, antes se ha de buscar en cada ciencia el grado de certeza que le corresponde, habida razón de la naturaleza de la cosa. Es irracional buscar en todas las cosas la certeza matemática.
Prescindiendo de las ciencias teológicas y de las verdades sobrenaturales, y concretándose a la esfera de las verdades asequibles por la razón natural, el instrumento propio para investigar y hallar la verdad es la misma razón; el argumento de autoridad tiene tan solamente una eficacia relativa.
Antropología de Santo Tomás. El hombre es una sustancia compuesta de alma racional, como forma sustancial, y de materia prima, como sujeto general primitivo en toda sustancia corpórea; y ambas sustancias únense en unidad de esencia y de persona, formando una sustancia específica, un individuo completo, que no es ni la materia sola ni la forma o el alma sola, sino alma y cuerpo, que se compenetran en una unidad.
La subsistencia completa, la personalidad, corresponden al hombre, o sea al compuesto, no al alma sola. La subsistencia y personalidad del alma es de suyo incompleta; necesita del cuerpo para su pleno funcionamiento; unida al cuerpo tiene, en acto, las tres vidas: la vegetativa, la sensitiva y la racional; fuera del cuerpo no tiene más que vida racional,
El estado natural del alma es de unión con el cuerpo, no de separación, aunque separada puede subsistir. De ahí que la resurrección de la carne, aunque sobrenatural por parte de las causas que han de llevarla a cabo, por parte del término es natural, es decir, es reclamada por la naturaleza para reproducir en el hombre su estado perfecto.
El alma racional, aunque incompleta como especie y como subsistencia, es una verdadera sustancia simple, espiritual, dotada de razón y libertad e inmortal. Como forma sustancial del hombre y acto primero de la materia, es el principio radical y la razón suficiente de todas las manifestaciones de la vida en el hombre. Más todavía: el alma humana produce todas las modificaciones, accidentes, formas, determinaciones que hay en el hombre, sin excluir la actualidad y determinación del cuerpo.
Las acciones que causa el hombre no proceden directamente del alma, sino de ciertas potencias o facultades. Estas potencias se reducen a cinco grupos: facultad locomotriz, facultad vegetativa o nutritiva, facultad sensitiva, facultad apetitiva, facultad intelectual. Estas facultades se subdividen en otras... Las facultades intelectuales, razón y voluntad, residen en el alma, en toda y sola el alma, sin informar ningún órgano, mientras que las vegetativas y sensitivas tienen órgano por el que actúan; por esto, vegetativas y sensitivas se llaman orgánicas, y las intelectuales, inorgánicas.
La potencia intelectual es, en cierto modo, infinita, por la infinidad de objetos a que se extiende; en cambio, las sensitivas son limitadas, porque cada una tiene un objeto determinado.
Entre todas las potencias hay cierta refluencia y relación, en cuanto a su intensidad y energía. A mayor intensidad de ejercicio de unas se debilita la energía de las otras.
La mayor o menor perfección de los órganos, la variedad de complexión y de temperamento, pueden influir directamente en la mayor o menor perfección de las facultades y de las funciones pertenecientes a ellas.
El alma racional, como sustancia inmaterial, no es producida por traducción seminal ni por generación, sino por creación ex nihilo, mediante la omnipotencia divina.
Por esta misma inmaterialidad, el alma racional está toda en todo el cuerpo y toda en cada una de sus partes, según la totalidad de esencia, pero no según la totalidad potencial, pues en este concepto reside en diversas partes y órganos del cuerpo. Así, según la potencia visiva, reside en los ojos; según la auditiva, en los oídos, &c.
El conocimiento humano procede de lo sensible a lo inteligible; por eso, nada hay en el entendimiento que antes no haya estado en el sentido.
El entendimiento humano, aunque muy superior a los sentidos, ocupa el último lugar en la escala de los entendimientos; de manera que es pura potencialidad en el orden inteligible, y él carece de toda idea, aunque posee capacidad para recibir toda clase de ideas.
No hay ideas propiamente innatas, aunque sí hay ciertas ideas universales que acompañan y siguen inmediatamente al ejercicio de la actividad intelectual y aparecen espontáneamente en la razón como resultado inmediato de la acción abstractiva del entendimiento.
Como el objeto del entendimiento es universal e inmaterial y los sentidos sólo le ofrecen objetos singulares y materiales, es preciso que exista en el entendimiento una fuerza superior, capaz de abstraer de las representaciones sensibles y singulares, representaciones universales e inteligibles. Esta fuerza se llama entendimiento agente, que forma esas representaciones universales, que son recibidas por el entendimiento posible. El entendimiento agente y el posible no son dos potencias distintas, sino dos fases distintas de la actividad propia del entendimiento para realizar la intelección.
La inteligencia humana es una participación de la luz increada.
Una vez verificada la intelección, quedan en el entendimiento las ideas universales por él elaboradas, mediante las cuales el mundo del espíritu se pone en contacto con el mundo de la materia
La idea del ente es cuasi-innata, en cuanto surge súbitamente y sin inquisición ninguna. El entendimiento tiene dos clases: las habidas por intuición y las habidas por raciocinio, o proceso discursivo; el entendimiento, en cuanto adquiere conocimientos por un proceso discursivo, llámase razón; en cuanto los adquiere por intuición, llámase inteligencia.
El apetito, en general, se refiere al bien como a su propio objeto, así como la verdad es el objeto del entendimiento. El apetito, en general, se refiere al bien como a su propio objeto, así como la verdad es el objeto del entendimiento. El apetito sigue al conocimiento, pues que no se apetece sino lo que se conoce y en cuanto se conoce.
El apetito sensible, que es común a animales y a hombres, es concupiscible e irascible.
Así como el entendimiento no puede dejar de asentir a los primeros principios, así la voluntad no puede dejar de amar y querer el bien universal o la felicidad comprensiva de todo bien.
El acto propio de la voluntad es la elección, y ésta no es posible sin la deliberación, y ésta entraña una serie de actos intelectivos y volitivos enlazados, los cuales constituyen el libre albedrío.
Cosmología de Santo Tomás. El mundo, con todos los seres que abarca fue creado por Dios de la nada en el tiempo, o mejor, con el tiempo, de modo que ni es parte ni evolución de la sustancia divina ni fue formado de alguna materia anterior a la acción creadora de Dios.
Aunque este mundo es perfectísimo con relación al fin que se propuso al crearlo, puede criar Dios otros más perfectos.
Todas las sustancias terrestres están compuestas de materia prima y forma sustancial, las cuales son los principios primeros y primigenios de todos los cuerpos. La materia primera debe concebirse como una realidad sustancial, pero incompleta en el ser de sustancia y esencialmente potencial, porque de su naturaleza no incluye forma alguna, sino aptitud y capacidad para recibir cualquier forma sustancial.
La forma sustancial es una realidad incompleta y sustancial, capaz de actuar y determinar primitiva e inmediatamente a la materia prima. Ella es el principio radical de todas las propiedades, atributos, operaciones, determinaciones y modalidades de ser que se producen en la sustancia determinada por ella.
La forma sustancial es el principio de la unidad y la diferencia específica; y así, si un caballo es diferente a un perro, es porque lo son sus formas sustanciales, y si un caballo es igual a otro caballo, es porque son iguales sus formas sustanciales.
En cambio, así como la forma sustancial es el principio de la especificación, la materia lo es de la individuación dentro de la misma especie.
En la naturaleza corpórea se verifica que no sólo hay cambios accidentales, sino también sustanciales, de cambio de una sustancia en otra.
El espacio no tiene realidad objetiva realmente distinta de los cuerpos, sino que se identifica con las dimensiones o la extensión de éstos. El espacio que imaginamos fuera del mundo corpóreo y antes de su creación es una creación de la fantasía.
El tiempo es el número y medida de los movimientos y mutaciones. Su realidad objetiva es la misma realidad de los movimientos y mutaciones.
Ontología y teodicea de Santo Tomás. La idea del ser, aunque común a Dios y a las criaturas, no lo es en sentido unívoco, sino en sentido análogo. Porque Dios es ser por esencia, y su existencia es por necesidad absoluta; las criaturas, en cambio, reciben el ser de otro. Dios es acto puro, sin mezcla alguna de potencia, y las criaturas todas están compuestas de acto y potencia. En Dios son una misma cosa la esencia y la existencia, porque existe por su esencia; en las criaturas es distinta la esencia de la existencia, porque no existen por necesidad.
Así como el acto y la potencia son los primeros principios de los seres, así las verdades de evidencia inmediata son los primeros principios del conocer, y entre ellos ocupa el primer lugar el principio de contradicción, en el cual se fundan todos los demás.
Las causas que concurren en la producción de un efecto son cuatro: causa final, que es la que mueve moralmente al agente a producir la cosa; causa material, es decir, el sujeto o materia donde se verifican las mutaciones que constituyen el nuevo ser o el nuevo modo del ser constituido; causa formal, que es la forma, la actualidad que, en unión con la materia, constituye y representa los elementos internos del efecto; la causa eficiente, o sea, la fuerza activa, que, actuando sobre la materia, produce en ella la nueva forma y, mediante ella, el nuevo efecto. La causa instrumental se reduce a la eficiente, y la ejemplar (el plan), se reduce a la formal.
Cuando se trata de causalidad creadora, falta la causa material, ya que la creación es de la nada.
Las sustancias finitas no tienen causalidad creadora, pero si tienen verdadera causalidad eficiente.
Todo ente, cualquiera que sea su naturaleza, entraña necesariamente los atributos de unidad, bondad y verdad. Hay dos clases de verdad: la verdad metafísica o real, u objetiva o transcendental, que es la conformidad de la cosa con el entendimiento divino creador, y verdad lógica, de conocimiento, subjetiva o formal, que es la conformidad del entendimiento criado con la cosa.
La unidad, bondad y verdad son atributes trascendentales del ente.
La existencia de Dios es fácilmente demostrable por la razón humana, pero no pensemos idea innata de ella. También podemos conocer de algún modo por la misma razón humana la esencia y los atributos de Dios. Mas no podemos tener de ellos conocimiento comprensivo, porque nuestro entendimiento finito no puede abarcar un ser infinito.
Todos los actos de Dios se identifican con su esencia, y, por tanto, sus volúmenes. Sin embargo, la volición de Dios, aunque necesaria, como lo es su esencia, por lo que se refiere a la bondad divina, objeto principal y necesario de la voluntad de Dios, es libre por lo que se refiere o tiene por objeto las cosas creadas.
A Dios, como primer ser y primera causa, corresponde:
a) La conservación actual y continua de las cosas creadas mientras existen, y para que puedan seguir existiendo.
b) La producción del ser, no sólo en la primera producción o creación de la nada, sino cada vez que comienza a existir una nueva sustancia mediante la generación sustancial, aunque intervengan en su producción también, según divino ordenamiento, las causas segundas.
c) Influir en las causas segundas, no ya sólo por parte de la virtud o potencia activa que les comunica, sino por parte de su misma acción, en la cual obra y a la cual determina previamente a obrar, no con anterioridad de tiempo, sino de naturaleza, y esto, aún respecto de las causas libres, o sea, con respecto a los actos del libre albedrío. Y Dios obra así hasta en las acciones moralmente malas que ejecuta el hombre, pero en cuanto son actos físicos y reales, en el cual concepto son buenas con bondad metafísica, como lo son todos los seres, y no por parte de su deformidad, la cual procede exclusivamente de la voluntad humana; porque el mal, aunque presupone algún bien y existe en él, es decir, en alguna cosa real, considerado en sí mismo, en cuanto mal, no es algo real, sino la privación o no existencia de alguna realidad o perfección.
Moral y política de Santo Tomás. El fin último de todas las acciones que el hombre ejecuta libremente, es la felicidad, o, lo que es lo mismo, el bien. El único bien capaz de llenar la voluntad humana es el bien absoluto, que sólo es Dios.
Esta felicidad o perfección suprema del hombre sólo puede alcanzarse en la vida futura. Mas, en esta vida alcánzase una felicidad relativa, consistente en el conocimiento de la verdad y la práctica de la virtud.
Aunque no es cosa mala y aunque es laudable obrar el bien y evitar el mal para conseguir el premio y evitar el castigo, es, sin embargo, más perfecto y más propio del hombre virtuoso, en cuanto tal, obrar el bien por sí mismo, en cuanto bien, y apartarse de lo malo porque es malo.
La moralidad del acto humano depende principalmente de la moralidad de su objeto, es decir, que la bondad moral consiste en la conformidad de él con la razón humana, que es la regla y medida inmediata de la moralidad de los actos humanos, como irradiación que es de la razón divina o ley eterna.
El acto humano libre, en tanto es bueno moralmente, en cuanto el hombre lo ejecuta deliberadamente y considera que tal acto es conforme con la recta razón, que es reflejo de la ley eterna. El objeto del acto humano es también llamado fin de la obra, finis operis.
Aparte del finis operis está el finis operantis o fin del que obra, del operante. El objeto o finis operis es la causa primera o esencial de la bondad o malicia de los actos humanos; pero en los grados de esta bondad o malicia influyen también el fin del operante y las circunstancias del acto. Caben actos indiferentes específicamente, pero individualmente todos los actos son necesariamente buenos o malos, porque en todos los actos libres se propone el hombre, o explícitamente o implícitamente, un fin.
El hombre es naturalmente virtuoso, porque la voluntad entraña de suyo una tendencia al bien conforme a la razón. Pero esta inclinación natural está sólo iniciada; mas puede ser fácilmente torcida por multitud de causas interiores y exteriores, principalmente estas últimas.
La ley es una disposición de la razón encaminada al bien común, promulgada por el superior de la comunidad perfecta. Hay ley divina y ley humana; y la divina es eterna y es natural.
La ley eterna es la razón divina en cuanto por medio de su voluntad y omnipotencia, dirige a fines convenientes todos los actos y movimientos de las cosas creadas.
La ley natural es la participación de la ley eterna en la mente humana. Abraza dos clases de preceptos: unos son primeros, y equivalen en el orden práctico a lo que los primeros principios en el orden especulativo; otros son secundarios, que son aplicaciones o conclusiones de los primarios. Respecto a los primeros principios del orden moral no cabe ignorancia, pero sí respecto a los segundos.
El estado social radica en la naturaleza del hombre, y, como la sociedad no puede existir ni cumplir sus fines si no es regida por una fuerza capaz de impedir su disgregación, el poder público es tan de derecho natural como la misma sociedad.
El carácter propio de un gobierno justo, es emplear el poder en beneficio general de la sociedad.
La sociedad, maltratada gravemente por poderes tiránicos, tiene derecho a resistir y defenderse, pero con limitaciones muy importantes. Es decir: la tiranía ha de ser muy grave; no se deben temer mayores males de la resistencia que de la tiranía; no se puede proceder por autoridad de unos pocos particulares, sino por autoridad pública más o menos legal y sin traspasar los límites de la defensa de la sociedad.
Cuando la tiranía no es de administración y gobierno, sino de origen, porque alguien se ha apoderado del poder por la fuerza, se requieren menos condiciones para la resistencia. Si la tiranía es por ambos conceptos, muchas menos.
La autoridad del príncipe debe ser templada o restringida de manera que no pueda degenerar en tiranía.
Las formas de gobierno son indiferentes, aunque es preferible la monarquía.
El primer cuidado del príncipe es la paz social. El príncipe no sólo debe cuidar del bien temporal de los ciudadanos, sino que debe atender a que principalmente puedan los ciudadanos cuidar de su bien eterno.
Escuela tomista. La escuela católica es casi toda ella escuela tomista. Los filósofos cristianos en poco se han separado de las enseñanzas de Santo Tomás. Son discípulos de Santo Tomás los mayores ingenios humanos que después de él ha producido la humanidad. Es Santo Tomás quien mejor ha resumido y dado altos vuelos científicos a la filosofía racional cristiana.
Los discípulos principales de Santo Tomás en la Edad Media, son:
Dante, autor de “La Divina Comedia”, que no es sino la teología tomista cantada en versos inmortales.
Egidio Romano, que, a pesar de no pertenecer a la Orden de Santo Domingo, sino a la de San Agustín, es uno de los que mejor siguieron y popularizaron las doctrinas del Doctor Angélico.
Estudió con Santo Tomás por espacio de trece años. Enseñó con grande aplauso en la Universidad de París, con el título de Doctor fundatissimus. Fue preceptor de Felipe el Hermoso y obispo de Bourges. Escribió numerosas obras, entre ellas, su “Comentario” del Maestro de las sentencias y “De regimine principum”.
La escuela propiamente tomista radicó en la Orden de Santo Domingo. Comenzó en vida del Maestro. Sus principales representantes en la Edad Media son:
Egidio de Lessines. Su principal objeto fue desarrollar la doctrina de Santo Tomás, relativamente a la unicidad del alma humana.
Bernardo de Trilia, que enseñó Filosofía y Teología en su Orden; Guillermo de Hottum, profesor en el convento de París y después arzobispo de Dublín; Tomás Sutton, profesor de la Universidad de Oxford; Bernardo de Auvernia, que discutió los puntos en que Enrique de Gante se apartó de Santo Tomás; Juan de París, Guillermo de Tornai, Herveo, el discípulo más conocido y fecundo que tuvo la Edad Media.
ZG HF2 § 62
Escoto
En competencia con Santo Tomás, príncipe de los Dominicos, alzaron los franciscanos del siglo XII al fraile inglés Duns Escoto, el cual es verdaderamente una potencia intelectual de primer orden; pero es tan extremadamente sutil, que se le sigue con gran dificultad en sus disquisiciones y frecuentemente su doctrina aparece oscura.
Escribió varias obras. Su filosofía se halla contenida principalmente en sus tratados “De Anima” y “Metaphysicorum”, comentando a Aristóteles, en sus “Quodlibetos” y en sus “Quaestiones subtilissimae”.
En diez o doce cuestiones se diferencia Escoto de Santo Tomás.
Santo Tomás había enseñado que las potencias vitales se distinguen realmente del alma y entre sí; Escoto niega la distinción real entre el alma y sus potencias.
Santo Tomás había enseñado que en Dios los atributos se identifican con la esencia, de la cual sólo se distinguen con distinción de razón; Escoto enseña que no sólo se distinguen con distinción de razón, sino con distinción formal por la naturaleza de la cosa.
Santo Tomás había enseñado que implica contradicción la existencia de la materia prima sin alguna forma sustancial; Escoto admite la posibilidad absoluta de la materia informe.
Santo Tomás había enseñado que en el hombre no hay más que una sola forma sustancial, que es el alma racional; Escoto enseña que, además del alma racional, hay en el hombre otra forma sustancial que da al cuerpo humano el ser de cuerpo.
Santo Tomás había enseñado que el principio de individuación es la materia: Escoto enseña que el principio de individuación es una entidad sui generis distinta de la materia.
Santo Tomás había enseñado que no había actos individuales moralmente indiferentes; Escoto enseña que puede haber actos individuales moralmente indiferentes.
Santo Tomás había enseñado que Dios no puede dispensar en los preceptos de la ley natural; Escoto enseña que sí puede en algunos de ellos.
Santo Tomás había enseñado que, en la posesión de la bienaventuranza perfecta, el acto principal es la intuición de la esencia divina; Escoto enseña que es el amor.
Santo Tomás enseña que el entendimiento es facultad más noble que la voluntad; Escoto que lo es la voluntad.
Y así en otros puntos.
Estudiando ambas doctrinas, pueden fácilmente concertarse porque las diferencias sólo se ven desde los distintos puntos de vista en que se colocan ambos colosos.
Por lo demás, se sospecha, dado el espíritu enormemente crítico del franciscano inglés, que muchas diferencias –las más de poco fondo– obedecen a la ambición de levantar escuela contra escuela, en el deseo natural de superar los prestigios de otra Orden. No se puede olvidar que Santo Tomás escribió antes y que Escoto nació probablemente el año en que murió Santo Tomás. De haber sido contemporáneos, probablemente Escoto hubiera seguido a Santo Tomás.
También formó escuela Escoto, y casi está localizada en la Orden de San Francisco. Los principales representantes de esta escuela, después de la muerte de Escoto, son:
Francisco Mayronis, sucesor inmediato de Escoto; el aragonés Antonio Andrés, llamado Doctor dulcifluus, por la facilidad y dulzura de su palabra; Gerardo Odón, general de la Orden Franciscana; Juan Dubleton, profesor de la Universidad de Oxford; Juan Bassolis, conocido por el dictado de Doctor ornatissimus; Pedro Oriol, también franciscano, obispo de Aix, el Doctor facundus.