José Téllez
Estoicos y epicúreos
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Colección Universo · Ediciones España
Tomo VII · Sistemas Filosóficos · Número 8
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Nihil obstat: Alejandro Martínez Gil, Censor. Madrid, 10 de noviembre de 1944.
Imprímase: Casimiro, Obispo Auxiliar y Vicario General.
Gráficas Excelsior - Cristo, 7 - Madrid, 16 páginas + cubiertas [ 1944 ]
ZG HF1 § 79
Zenón
El fundador del estoicismo fue Zenón, que nació en Chipre.
En Atenas fue durante algunos años discípulo de Crates. Después frecuentó las escuelas megáricas y académica.
Después de veinte años de estudio y meditación, Zenón había formado un sistema propio de filosofía, sistema que comenzó a explicar en un pórtico de Atenas, denominado Stoa, razón por la cual su sistema filosófico recibió el nombre de stoicismo, estoicismo y también escuela del Pórtico.
En edad muy avanzada, y reduciendo a la práctica la teoría del suicidio, el fundador del estoicismo se suicidó, dejando tras de sí un nombre muy respetado y una escuela floreciente y numerosos discípulos, los cuales conservaron su doctrina, y la precisaron, desenvolvieron y modificaron en muchos puntos.
La exposición de la doctrina estoica se refiere no sólo a la de Zenón, sino a la de la Escuela, representada principalmente por Zenón, Cleantes y Crisipo. Sin hablar de los estoicos romanos que modificaron y purificaron algunas partes del sistema.
Orientación general del estoicismo
El estoicismo representa una restauración del punto de vista socrático. A ejemplo de Sócrates, la escuela estoica cultiva de la filosofía el aspecto ético con preferencia a todos los demás. Todos los otros aspectos de la filosofía, incluso el religioso, lo subordinan a la moral.
Otro de los aspectos más interesantes de la escuela estoica es haber separado la moral de la política y haber comunicado a la primera una dirección especialmente subjetiva.
En lugar de esa comunidad absorbente de la moral por la política, ante la cual desaparecía la vida moral y la acción propia del individuo, aparece en el estoicismo, y con el estoicismo el sabio, el hombre de la virtud que se concentra en sí mismo, que se basta a sí mismo, que se sobrepone a todo lo que no es su propia razón, su personalidad; que se declara, en fin, independiente y superior a la Naturaleza, a la sociedad, a la divinidad misma, a todo lo que no es él mismo.
ZG HF1 § 80
Lógica del estoicismo
La lógica del estoicismo coincide con la lógica aristotélica, menos en la teoría del conocimiento.
La teoría estoica del conocimiento reconoce las sensaciones como fuente común de todas las ideas intelectuales, las cuales se reducen a cuatro categorías, que son: sustancia, modalidad, cualidad y relación. Nuestra alma es tabla rasa en la que nada hay escrito, y sus concepciones e ideas, lejos de ser innatas, traen su origen de la sensación y deben su ser a la acción misma del entendimiento. Las ideas universales y subsistentes de Platón son una quimera: las naturalezas representadas en los conceptos universales no tienen realidad ni en las Ideas de Platón, ni en los singulares, como supone Aristóteles, sino que son meros conceptos subjetivos y abstracciones del entendimiento, a las cuales no corresponde realidad alguna objetiva.
La verdad de una idea o concepción consiste en la fidelidad y exactitud con que reproduce y representa el objeto; la claridad objetiva constituye el único criterio de verdad o, mejor, de certeza, en la cual se deben distinguir cuatro grados: imaginación, fe o creencia, ciencia y comprensión.
La evidencia es el único y general criterio de verdad, la norma del juicio.
Los estoicos no veían en la memoria, en la experiencia y en las ideas primeras más que modificaciones y asociaciones espontáneas de las sensaciones.
ZG HF1 § 81
Física del estoicismo
La física del estoicismo comprende la psicología y la teología, porque para el estoicismo o para la mayoría de sus seguidores todos los seres son corpóreos. Para el estoicismo, cuerpo es todo ser real, todo lo que es capaz de acción o de pasión. Así es que todo lo que existe es o cuerpo o cosa corpórea y material, sin que haya cosa alguna que sea espíritu puro, sin excluir a Dios. Lo que se llama espíritu no es más que el elemento activo en contraposición al elemento pasivo.
Los estoicos concebían el mundo como el resultado y efecto de la unión de Dios, principio activo universal, con la materia inerte y grosera, que sirve de principio pasivo. En realidad, tanto el principio activo como el pasivo son materiales, y solo se distinguen en cuanto el activo, Dios, la sustancia etérea –que dicen–, el fuego divino, es un ser inteligente, está dotado de razón, por medio de la cual obra sobre la materia inferior y más grosera; pero obra entrando a formar parte de las sustancia producidas con operación o producción inmanente.
La Providencia divina de los estoicos es el hado o destino de la mitología, la ley necesaria de la Naturaleza.
El dios de los estoicos es un ser corpóreo como todos los seres reales: llámanle con frecuencia fuego, éter primitivo, y sus transformaciones contienen el origen y la razón suficiente de la variedad de seres que pueblan el mundo, el cual está sujeto a perecer y renacer periódicamente. El Universo, que ha salido de Dios, entra otra vez, al cabo de cierto tiempo en él por medio de la combustión. La realidad, el ser, para los estoicos es uno y único, es el fuego primitivo, el dios, que se transforma en universo por medio de evoluciones e involuciones periódicas y fatales, las cuales llevan consigo la destrucción de los seres particulares, permaneciendo solo eternamente el ser divino, germen y fondo esencial, principio medio y término real de todas las cosas.
La libertad, lo mismo para Dios que para el hombre, sólo puede significar la espontaneidad natural, pero necesaria, que, si excluye la coacción externa, no excluye la necesidad interna, incompatible con la verdadera libertad, con el libre albedrío.
De ahí que el mal es necesario e inevitable en el mundo. No sólo el mal físico, sino también el mal moral, enseñan los estoicos.
El alma humana es una emanación del alma universal del mundo, una participación del fuego divino primitivo. Aunque corporal en su esencia, es superior al cuerpo humano, y puede sobrevivir a la destrucción de éste, aunque perece luego con el mundo por la combustión. La inmortalidad absoluta corresponde a Dios solamente.
ZG HF1 § 82
Moral del estoicismo
La moral del estoicismo se halla resumida y condensada en la siguiente máxima: vivir y obrar conforme a la razón y a la naturaleza.
Este modo de vivir y obrar constituye la virtud, y la virtud es el bien sumo y único del hombre; la fortuna, los hombres, la salud, el dolor, el placer, con todas las demás cosas que se llaman buenas o malas, son de suyo indiferentes, hasta puede decirse que son malas cuando son objeto directo de nuestras acciones y deseos. Sola la virtud, la virtud practicada por la virtud misma con absoluto desinterés, constituye el bien, la perfección y la felicidad del hombre. La apatía perfecta, la indiferencia absoluta, mediante las cuales el hombre se hace superior e indiferente a todos los dolores y placeres, a todas las pasiones con sus objetos, a todas las preocupaciones individuales y sociales, son los caracteres del sabio verdadero, del hombre de la virtud. Las pasiones deben desarraigarse, porque son naturalmente malas; la virtud es un una necesariamente, porque nadie puede adquirir ni perder una virtud, sin adquirir o perder simultáneamente todas las demás.
La prudencia o sabiduría, la templanza y la justicia, son las cuatro virtudes cardinales. El hombre que posee con perfección estas cuatro virtudes, nada tiene que pedir ni envidiar a la divinidad; se hace cual a Dios, del cual solo se diferencia en la duración mayor o menor de su existencia, o sea porque no es absolutamente inmortal como lo es Dios.
La virtud es la verdadera y única felicidad del hombre; ella sola puede denominarse bien, en el sentido propio de la palabra, así como, por el contrario, el único mal verdadero es el vicio. Todas las demás cosas son, en realidad, indiferentes. La constancia, fijeza e inmutabilidad de la voluntad representan el carácter más noble de la virtud.
El sabio estoico vive y obra con sujeción absoluta a la Naturaleza, a la divinidad, a la ley inmutable y fatal de las cosas y no con miras interesadas y de propia felicidad. Así es que la virtud se basta a sí misma y no aspira ni necesita otra vida, ni de la inmortalidad del alma para ser feliz.
Para los estoicos, así como una verdad no es mayor que otra ni un error más que otro, así también un pecado o falta moral no es mayor que otra. De aquí también la correlación íntima, la concepción necesaria de las virtudes, no siendo posible poseer una de éstas sin poseerlas todas.
Hay, indudablemente, en la doctrina moral del estoicismo máximas fundamentales de gran elevación ética; pero, en el fondo, si bien se considera, late una soberbia dura que va acompañada de grandes aberraciones. Y así, descendiendo a la casuística, admite el estoicismo la mentira provechosa, el suicidio, la sodomía, las uniones incestuosas y otras abominaciones análogas, que demuestran que la superioridad moral de los estoicos es más aparente que real, y que la razón humana es por sí sola impotente para construir un sistema completo de moral.
Añádese que el estoico niega el libre albedrio. Ley universal de Dios –enseñan–, del hombre y del mundo es la fatalidad absoluta, significada por el Destino. Y así, la conformidad del vivir y obrar con la Naturaleza y la razón no puede significar para los estoicos sino vivir y obrar sometiéndose a la ley irresistible de la Naturaleza, abandonándose al destino y corriente fatalista de las cosas. Y donde no hay libre albedrio no hay moralidad ni virtud propiamente dichas.
El estoicismo, lejos de ser admirable y recomendable en su doctrina moral, es antipático y repugnante por su dureza de todo humanismo y jugosidad compensadora en la vida. Es un parto del mayor grado de soberbia a que puede llegar el hombre.
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Discípulos y sucesores de Zenón
El estoicismo es una de las escuelas más larga y brillante de la antigüedad. Aparte de la elevación y superioridad relativa de sus máximas morales, contribuyeron a esa longevidad las luchas que se vio obligado a sostener contra las escuelas rivales, y en especial contra el epicureísmo y la nueva Academia.
Hay dos grandes grupos de representantes del estoicismo: el greco-asiático y el romano.
No hablaremos ahora del grupo romano.
Los principales representantes del grupo greco-asiático después de Zenón, son:
a) Cleantes, inmediato sucesor de Zenón en la dirección de la Escuela, el cual escribió muchos libros que se han perdido,
b) Discípulos de Zenón y contemporáneos de Cleantes fueron Perseo, compatriota de Zenón; Aristón, que fundó escuela aparte y en su doctrina se aproximó a la escuela escéptica: Herilo, cartaginés, el cual trató de corregir y moderar el exclusivismo ético de la escuela.
c) Crisipo, que sucedió a Cleantes en la dirección de la escuela. Escribió más de setecientos libros de defensa del estoicismo, siendo llamado por eso Columna del Pórtico.
d) Sucedieron a Crisipo en la dirección de la escuela Zenón de Tarso y Antipatro.
Fueron también importantes representantes del estoicismo Diógenes, de Babilonia, el mismo que fue a Roma siglo y medio antes de Jesucristo, en calidad de embajador, junto con el académico Carneades y el peripatético Cristolao: Panecio de Rodas, discípulo de Diógenes, que se esforzó en conciliar las doctrinas del Pórtico con las de Platón y Aristóteles, procurando suavizar la dureza de la moral estoica: Posidonio de Apamea, que tuvo por discípulos a Pompeyo y Cicerón.
Diógenes, Panecio y Posidonio despertaron y arraigaron entre los romanos las doctrinas del estoicismo, con la colaboración de Antípatro de Tiro y Atenodoro de Tarso.
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Epicuro
Nació Epicuro por los años 337 a 340 antes de Jesucristo, no se sabe si en Gargesia o en Samos. Después de frecuentar algún tiempo las escuelas del platónico Xenócrates y del peripatético Teofrasto, abrió la escuela propia a los treinta y dos años de edad. Enseñó sus doctrinas por espacio de cinco en Mitilene y Lampsaco. Se trasladó luego a Atenas, donde murió de edad avanzada, rodeado de sus discípulos que le tuvieron en gran veneración. Epicuro se entregó con ahínco al estudio de los escritos de Demócrito, en los cuales se fundó principalmente para concebir y fundar su sistema.
Pocos filósofos hay cuya vida y doctrina hayan dado origen a debates tan acalorados y a interpretaciones tan contradictorias como la vida y las doctrinas de Epicuro. Según algunos, su vida fue un modelo de moderación, rectitud y honestidad, y su teoría moral dista mucho de ser la teoría del sensualismo grosero y del materialismo que le atribuyen generalmente otros autores, que tampoco dan crédito a la moderación y moralidad de su vida.
Unos y otros exageran.
ZG HF1 § 86
Moral de Epicuro
La esencia de la filosofía epicúrea consiste en conocer el objeto final de la vida y de las acciones humanas, en determinar la cosa en que consiste el bien sumo y felicidad del hombre. Prescindiendo de la felicidad perfecta y absoluta, la cual sólo puede hallarse en los dioses, si existen, la felicidad relativa, imperfecta y limitada de que es capaz el hombre, consiste esencialmente en el deleite, puesto que el deleite es la cosa que buscamos y deseamos por sí misma y a la que subordinamos todas las demás cosas. Todos nuestros actos y aspiraciones deben tener por objeto la posesión de esta felicidad, o sea del placer posible al hombre en esta vida.
Este deleite o placer tiene dos manifestaciones, que son el movimiento y el reposo. El placer consiguiente a la satisfacción de una necesidad o apetito sensible que se experimenta, el que resulta de las emociones agradables, como la alegría, la amistad y otras análogas representan el primer aspecto de la felicidad, mientras que el segundo, o sea el placer del reposo por el reposo, consiste en estar libre o exento del dolor y de la perturbación. Aunque la felicidad humana abraza las dos manifestaciones del deleite, la segunda, sin embargo, es superior a la primera, y constituye en cierto modo la verdadera felicidad del hombre, toda vez que ésta, en último término, consiste en la exención de dolores por parte del cuerpo y en la tranquilidad del espíritu.
Epicuro enseña también que el placer que constituye la felicidad y el bien supremo del hombre es el que resulta del conjunto de todos aquellos actos y estados del cuerpo y del alma que representan la mayor suma posible de placer y bienestar para el hombre, y esto, no precisamente con relación al tiempo presente, sino abrazando el pasado y el futuro. Y añadía también que en este conjunto de bienes y placeres que constituyen la felicidad humana entran por mucho, y aun como parte principal y superior, los placeres y satisfacciones morales e intelectuales, los placeres del alma, los cuales son superiores a los del cuerpo, porque éstos son de suyo momentáneos y fugaces, mientras que los del alma se extienden a lo pasado y a lo por venir.
La interpretación de la precedente doctrina, bastante aceptable, debe hacerse a la luz de otras afirmaciones de Epicuro y de sus discípulos. Epicuro afirmaba que no concibe la felicidad del hombre sin «los placeres del gusto, los goces del amor carnal, los del oído y la vista de las bellas formas».
Metrodoro, amigo y discípulo de Epicuro, solía decir que el hombre que sigue la doctrina naturalista y epicúrea no debe cuidarse más que del vientre.
«El placer que ensalza Epicuro –escribe Rotter– no consiste en la tendencia del alma a la virtud, sino únicamente en el placer corporal de que gozamos en el momento presente y al cual asociamos el recuerdo del placer corporal pasado y la esperanza del placer corporal futuro.»
Epicuro admite la existencia del libre albedrío y de la responsabilidad moral.
Para Epicuro, la virtud consiste en la investigación y práctica de los medios conducentes a la adquisición y aseguramiento de la posesión de la mayor suma de placer. Por tanto, la principal virtud es la prudencia, cuyo objeto es el interés personal bien entendido, y cuyo oficio es reconocer y procurar al individuo, atendidas sus condiciones personales y las circunstancias que le rodean, el camino que debe seguir y el género de vida que debe llevar para conseguir y perseverar en la posesión de la mayor suma posible de placer o deleite
ZG HF1 § 87
Filosofía especulativa de Epicuro
El Universo, el Cosmos, es infinito, eterno, indestructible; pero es finito, temporal y corruptible por parte de los seres particulares que contiene. El Universo y también las partes o seres de que consta son el resultado de los átomos primitivos, los cuales, moviéndose y chocando eternamente en el vacío, dan y darán origen a todos los seres reales. El Universo no es obra de una inteligencia, sino del acaso. En una palabra: la cosmología de Epicuro es, con poca variación, la cosmología de Demócrito.
La psicología de Epicuro es una aplicación de su cosmología. El alma humana es un agregado de átomos redondos, una sustancia compuesta de fuego y éter, de aire y de otro elemento innominal y sutil que reside en el pecho. La sensación, lo mismo que la intelección, se verifica por medio de imágenes o simulacros materiales que se desprenden de los objetos, flotan en el aire, entran por los órganos de los sentidos, se fijan y suceden en el alma. Todos los conocimientos se reducen a sensaciones y anticipaciones.
La creencia en la inmortalidad del alma –decía Epicuro– es una vana aprensión. «Para librarte de semejantes aprensiones –decía– acostúmbrate a considerar que la muerte es la nada para nosotros. El mal o el bien no nacen más que del sentimiento, y todo sentimiento se concluye con la vida. Mientras vivimos, la muerte no existe para nosotros; cuando ésta ya ha sobrevenido, nosotros ya no somos nada.»
ZG HF1 § 88
Crítica de la doctrina epicúrea
Epicuro es el precursor del positivismo y materialismo contemporáneos en los puntos fundamentales.
En el orden psicológico, la doctrina de Epicuro es esencialmente sensualista, precursora de Condillac.
La moral de Epicuro encierra dos elementos relativamente contrarios. Hállase representado el uno por máximas generales acerca del placer como fin último y felicidad única del hombre, junto con la negación de la vida futura; el otro elemento consiste en la enseñanza de preeminencia de los placeres del alma sobre los del cuerpo, y acerca de los inconvenientes y peligros del abuso de los deleites sensuales. Los discípulos de Epicuro dejaron a un lado el segundo elemento y se dedicaron a cultivar y desarrollar el primero, falseando y exagerando sus aplicaciones de tal manera, que llegaron a ser odiados los representantes de esta escuela, y sufrieron persecuciones, y fueron arrojados de las ciudades, y se llegó a prohibirles la enseñanza de su doctrina en las escuelas públicas.
ZG HF1 § 89
Discípulos y sucesores de Epicuro
La corrupción general que a la muerte de Epicuro se había apoderado de Grecia y Asia, la molicie en las costumbres, la irreligión y el decaimiento que reinaban en aquellas regiones, al propio tiempo que comenzaba a propagarse en Roma y en las provincias sujetas a su dominación, contribuyeron poderosamente al desarrollo, extensión y permanencia que por espacio de siglos alcanzó la escuela epicúrea entre griegos y romanos. El número de los discípulos de Epicuro fue muy grande, aunque el valor científico de ellos fue muy escaso.
Diógenes Laercio habla así de los discípulos de Epicuro:
«Tuvo muchos y muy sabios discípulos, como Metrodoro Lampsaceno, el cual, desde que le conoció, jamás se apartó de él, excepto seis meses que estuvo en su casa, y se volvió... Era constantísimo, le animó contra las adversidades y contra la misma muerte, según dice Epicuro en el Primer Metrodoro. Dicen que murió siete años antes que su maestro, a los cincuenta y tres de edad...
»Fue también discípulo de Epicuro Polieno de Lampsaco, hijo de Atenodoro, hombre benigno y amable, como le llamó Filodemo. Lo fue igualmente su sucesor en la Escuela Hermaco de Mitilene, el cual, al principio, seguía la oratoria. De éste quedan excelentes libros, que son veintidós Cartas a Empédocles. De las Matemáticas, contra Platón y contra Aristóteles. Murió en casa de Lisias este varón ilustre. Fueron también discípulos suyos Leonto, con su mujer Temistia, a la cual escribió Epicuro, y asimismo Colotes e Idomedeo, todos naturales de Lampsaco.»
Sucedió a Hermarco en la dirección de la Escuela Polístrato; a este sucedió Dionisio; a éste, Basílides, y después, Apolodoro, que escribió más de cuatrocientas obras. Su discípulo Zenón de Sidón escribió también bastantes obras.
Filodemo, discípulo de Zenón, lo mismo que los dos Tolomeos de Alejandría, Demetrio de Lacón, Diógenes de Tarso, conservaron las tradiciones y la enseñanza de Epicuro, sin introducir en ella modificaciones notables ni desarrollos científicos. Generalmente se limitaron a reproducir y popularizar la doctrina de su maestro, si bien algunos acentuaron las tendencias materialistas y ateas del mismo. Los partidarios griegos del epicureísmo fueron superados en este terreno –como veremos más adelante– por el admirador entusiasta del Graius homo, o sea por el autor del poema De rerum natura.