materialismo

El modo de entender lo que sea la materia determina diferentes maneras de percibir y organizar la realidad, muchas veces antagónicas e irreductibles entre sí, con sus consecuencias ideológicas en el terreno filosófico, científico, teológico y doctrinal en general. Se ofrecen aquí textos y enlaces que permiten estudiar, de forma empírico-cronológica y también histórico-dialéctica, la evolución del concepto y la construcción de la idea de materia, la confusa sucesión de doctrinas dichas materialistas y el propio rótulo pretendidamente englobador de materialismo.

No lo hacemos desde ningún sitio, pues en estos asuntos no cabe pretender eclecticismo, apartidismo o neutralidad. Afrontamos esta tarea desde las coordenadas sistemáticas del materialismo filosófico, que distingue tres géneros diferentes de materia determinada, y que inspiran, por ejemplo, el artículo Materia, escrito por Gustavo Bueno y publicado en 1990 en alemán por la Europäische Enzyklopädie zu Philosophie und Wissenschaften. Como sistematismo no implica dogmatismo, nuestro modo de entender la materia y el materialismo, y de reinterpretar su historia, siempre estará dispuesto a aceptar análisis que resulten más potentes, invitando al debate a quienes tengan algo que decir.

Materia es palabra de uso en lengua española desde hace mil años. El término latino del que procede significaba algo tan específico como silva (bosque) en cuanto material de construcción (de donde madera) más que como lignum destinado al fuego (de donde leño, leña, madero). Hacía 1090 los Fueros de Villavicencio establecen una tasa de tres denarios por cada «karro de materia», y hacia 1105 Doña Berta concede al obispo Esteban, a San Pedro de Huesca y Jaca que «corten leña, madera, bellotas y hierba» en los montes de Agüero. Pero hacia 1223 los lectores de la Semejanza del mundo saben ya que «caer la nieve en tierra mojada quiere decir granizo por razón que es formado en figura de granos así fazes de materia e de natura de las aguas», que «este fuego que llamamos nos rayo primeramente enciende e quema e fiende e por ende es fuego que trespasa todas cosas que alcanza por que es muy sotil materia quel fuego que nos abemos en uso», que «las nubes se fazen cuando se ajuntan vientos e las nieblas en el aire espeso e esta es su materia e su natura donde se fazen cuando los vientos se vuelven por el aire», o que «según dicen los sabios el aire es toda cosa hueca e vana que ve el omen hasta el cielo desde la tierra e es todo a tal cosa que non embarga el viso del hombre e este aire pertenece una partida a la materia celestial donde en la altura desta partida a tal non se hace nube». Por esos mismos años Gonzalo de Berceo escribe que «la laude es materia e voz de alegría», pero también que «movamos adelante, en esto non tardemos, la materia es grande, mucho non demudemos...», y con similar sentido: «Como son tres personas e una Deidad / que sean tres los libros, una certanedad, / los libros sinifiquen la sancta Trinidad, / la materia ungada la simple Deidad.»

En el primer diccionario de la lengua española, obra pionera entre los diccionarios similares en otras lenguas modernas, su autor, el licenciado don Sebastián de Covarrubias Orozco, huía de manera curiosa antes de tratar qué fuera la materia (Tesoro de la lengua castellana o española, Madrid 1611):

«Materia, es nombre Latino, materia, vel materies, ex qua aliquid sit. Lo demás dexemos para los Filósofos.»

Aunque el mismo Covarrubias, que elude tratar lo que advierte es ya una idea abstracta y filosófica, no duda al definir algunos conceptos relacionados que la lengua había ido cuajando durante siglos:

«Materias en las disciplinas, llaman los argumentos diferentes, y en las escuelas de los niños, los exemplares de letras que los Maestros les dan para que los imiten. Materia en las heridas, es la podre que sale della. Lat. pus, puris.
Materiales, las cosas que se aperciben para alguna fábrica, o otra cosa que se aya de hacer, como piedra, ladrillo, cal, madera, &c.
Material llamamos al hombre de poco ingenio, y bajos pensamientos.»

La Real Academia Española, institución fundada en 1713, se sirvió del diccionario de Covarrubias, pero sobre todo de lo que en español habían dejado escrito una selección de autores y de textos que pasaron a ser considerados autoridades de la lengua, al elaborar su primer diccionario académico, entre 1726 y 1739. En el tomo 4, páginas 512-513, publicado en 1734, se encuentra el resultado de su tarea recopiladora por lo que hace al término materia y afines: una docena de sentidos para materia, cinco para material y tres para materialidad y materialmente. Pero en 1734 los académicos todavía no podían incorporar a su diccionario términos demasiado modernos, como materialista o materialismo.

Sostenía en 1873 el autor de la primera historia específica del materialismo, Federico Alberto Lange, que la palabra materialismo no apareció hasta el siglo XVIII, en un entorno ideológico heredero de Francisco Bacon (1561-1626), a quien de cualquier modo no acepta como restaurador, tras el paréntesis medieval, del materialismo antiguo:

«Por un efecto del azar la palabra materialismo no apareció hasta el siglo XVIII; el pensamiento dominante de este sistema emana de Bacon, y si no designamos a este filósofo como el verdadero restaurador del materialismo es porque concentró toda su atención en el método y se expresó con ambigüedad y circunspección en los puntos más importantes; la ignorancia científica de Bacon, en quien hay tanta superstición como vanidad (34), no se ajusta en el fondo ni más ni menos con el materialismo que con la mayor parte de los otros sistemas; permítasenos sólo algunas reflexiones acerca del frecuente uso que Bacon hace de los espíritus (spiritus) en su explicación de la naturaleza; aquí Bacon se apoya en la tradición, pero añade a ella un argumento original que hace poco honor al 'restaurador de las ciencias'.» (Historia del materialismo, tomo primero, segunda parte, capítulo III: «Vuelta de las opiniones materialistas con el renacimiento de las ciencias», pág. 247 de la edición española de 1903.)

Aunque poco después, en 1879, otro alemán, Rodolfo Eucken, con «la vivacidad del sajón y el vigor mental y la energía que caracteriza a los germánicos» –que diría Santiago Valentí–, en la página 94 de su Geschichte der Philosophischen Terminologie (Verlag Von Veit & Comp., Leipzig 1879), atribuye a un texto de Roberto Boyle, publicado en 1674, la introducción del término materialista:

«Conceptos que ya están presentes en Descartes recibieron una formulación técnica a través de Roberto Boyle. Se le debe primeramente la introducción del término 'mecánico', sobre todo al emplearlo en los títulos de sus libros. Y digamos otras expresiones: filosofía atómica y atomista, filosofía corpuscular (corpuscular or mechanical philosophy), materialistas (por ejemplo en su trabajo The excellence and grounds of the mechanical philosophy, 1674).»

En efecto, el físico y químico inglés Roberto Boyle (1627-1691) publicó en 1674, como apéndice de su libro Excellency of Theology, Compar'd with Natural Philosophy (Londres 1674), un texto titulado Considerations About the Excellency and Grounds ot the Mechanical Hypothesis, en el que, por ejemplo, puede leerse lo siguiente (alejado por cierto de cualquier materialismo):

«And I have elsewhere shown by several proofs that the agitation or rest, and the looser contact or closer cohesion, of the particles is able to make the same portion of matter at one time a firm and at another time a fluid body: so that, though the further sagacity and industry of chemist (which I would by no means discourage) should be able to obtain from mixed bodies homogeneous substances differing, in number or nature or both, from their vulgar salt, sulphur, and mercury, yet the Corpuscular philosophy is so general and fertile as to be fairly reconcilable to such a discovery, and also so useful that these new material principles will, as well as the old tria prima, stand in need of the more catholic principles of the Corpuscularians, especially local motion. And indeed, whatever elements or ingredients men have (that I know of) pitched upon, yet, if they take not in the mechanical affections of matter, their principles have been so deficient that I have usually observed that the materialists, without at all excepting the chemists, do not only, as I was saying, leave many things unexplained, to wich their narrow principles will not extend; but, even in the particulars they presume to give an account of, they either content themselves to assign such commom and indefinite causes as are too general to signify much towards an inquisitive man's satisfaction, or, if they venture to give particular causes, they assign precarious or false ones, and liable to be easily disproved by circumstances or instances whereto their doctrine will not agree, as I have often elsewhere had occasion to show.» (Selected philosophical papers of Robert Boyle, Hackett Publishing, Indianapolis 1991, pág. 149.)

Pero en 1908 el Oxford English Dictionary de James Murray, una suerte de diccionario de autoridades de la lengua inglesa, recoge que seis años antes que Boyle, en los Divine Dialogues (1668), Henry More presenta al personaje Hylobares como «a young, witty, and well-moralized Materialist».

La referencia de Eucken a Boyle está presente en el Vocabulario técnico y crítico de la filosofía de Lalande en 1926 (s. v. materialismo, que también menciona a More a través de Murray), en el Diccionario de Abbagnano en 1961 (s. v. materialismo), en el Diccionario de Ferrater en 1979 (s. v. materialismo) y en muchos otros lugares.

Olivier Bloch, historiador de la filosofía en la Sorbona, en «Sur les premières apparitions du mot 'matérialiste'» (Raison Présente, nº 47, julio-septiembre 1978, págs. 3-16), atribuye a Leibniz la primera utilización del término materialista en francés, en 1702:

«... ce qui fait voir que ce qu'il y a de bon dans les hypothèses d'Épicure et de Platon, des plus grands matérialistes et des plus grands idéalistes, se réunit ici» (Leibniz, Opera philosophica, éd. J. E. Erdmann, Berlín 1840, tomo I, pág. 186a).

Fue un filósofo quien primero trató en español del materialismo con un mínimo rigor, Benito Jerónimo Feijoo, mediado ya el siglo XVIII, en 1752. En efecto, en el tomo cuarto de sus Cartas eruditas y curiosas, publicado en 1753, dedica la carta decimoquinta a tratar De los filósofos materialistas:

1. Muy Señor mío: Díceme V.S. que habiendo leído la Gaceta de Madrid de 28 de Marzo del presente año de 52, y en ella el Edicto del Señor Arzobispo de París contra las Conclusiones, que en la Sorbona defendió el dia 18 de Febrero del mismo año el Bachiller Juan Martín de Prada; entre muchas cualificaciones con que declara la perniciosidad de algunas de dichas Conclusiones, notó la de favorables a la impiedad de los Filósofos Materialistas. Notó, dice V.S. esta calificación; porque habiendo leído muchos Catálogos de proposiciones condenadas, ya por los Soberanos Pontífices, ya por los Santos Tribunales de Roma, y de España, en ninguno halló otra semejante; lo que le excitó un vivo deseo de saber, qué significa la expresión de Filósofos Materialistas, o qué nueva casta de Filósofos es esta, haciéndome a este fin la honra de servirse de mí para su explicación; lo que ejecutaré lo menos mal que me sea posible.

2. La casta de los Filósofos Materialistas no es nueva, antes muy antigua, sin que esa antigüedad sirva para calificación de su nobleza, siendo la más ruín de todas; ya porque pretende envilecer al alma racional, degradándola de su espiritualidad; ya porque conduce derechamente al Ateísmo. Digo que es muy antigua; pues Aristóteles atribuye la opinión del Materialismo del alma a algunos de los Filósofos que le precedieron, como a Demócrito, Leucipo, y parte de los Pitagóricos. Pero no sé con qué justicia incluye entre ellos a su Maestro Platón, imputándole la sentencia de que el alma se compone de los cuatro Elementos, para lo cual le cita en el Timeo; pues yo puedo asegurar, que ni en el Timeo, ni en otro alguno de los libros de Platón ví vestigio de este sentir; antes, por lo común, habla muy dignamente del alma, reconociendo en ella cierta especial participación de la Naturaleza Divina.

3. La opinión, que Aristóteles atribuye a Platón, es reconocida comúnmente en Galeno; pues lo mismo es constituir el alma en la Armonía de las cuatro primeras cualidades, como la constituía Galeno, que componerla de los cuatro Elementos.

4. Mas si entre los antiguos hubo uno, u otro Filósofo que afirmase la corporeidad del alma, parece que entre los modernos creció considerablemente el número de los Sectarios de este delirio, a quienes se da el nombre de Materialistas; pues no admiten substancia alguna, que no sea material, o corpórea. Yo ningún Autor he visto de los que sostienen tan pernicioso dogma, y ojalá ninguno parezca por acá jamás. Pero ví varios Autores extranjeros, que amargamente se quejan de que esa impía doctrina tiene bastante séquito, por lo menos en Inglaterra. Tomás Hobbes, ingenio muy celebrado en aquella Nación, todos asientan que en sus libros la procuró establecer. Juan Locke, a quien algunos hacen Príncipe de los Metafísicos de estos últimos tiempos, parece debe agregársele, aunque acaso no se explicó muy claramente. ¿Pero qué quiere decir el que no repugnan algunos grados de entendimiento en una piedra? Para este desbarro le ví citado en buenos Autores.

5. El Edicto del Arzobispo de París suficientemente da a entender, que el partido de los Materialistas es algo numeroso; pero mucho más claramente lo expresa el del Obispo de Montalvan, a que dieron ocasión también las Conclusiones del Bachiller Prada, o Prades (este segundo pienso que es su verdadero apellido), y se lee en nuestra Gaceta de Madrid de 18 de Abril. Nótense estas palabras suyas. Hasta aquí el Infierno había vertido su veneno, por decirlo así, gota a gota. El día de hoy ya son raudales de errores, y de impiedad, que tiran nada menos que a sumergir la Fe, la Religión, las Virtudes, la Iglesia, la Subordinación, las Leyes, y la Razón. En los siglos pasados se vieron nacer sectas que impugnaban algunos Dogmas; pero respetaban cierto número de otros. Estaba reservado para el nuestro el ver a la impiedad formar un sistema que los derribe todos de una vez, que ejecutase todos los vicios, y que por abrirse un camino más ancho, y más tranquilo, aparte de nosotros el temor de los tormentos eternos, no dando otro término al hombre que el sepulcro: que no pudiendo resistir a la evidencia la confesión de la existencia de Dios, no le representa sino como un ser insensible a las injurias que le hace el hombre::: que bajando al hombre a la condición de los brutos, no le atribuye más que un alma material, y le reduce a la vergonzosa necesidad de buscar siempre lo que más lisonjea su amor propio: que confundiendo todos los estados, y todas las clases, trata la subordinación de derecho bárbaro, la obediencia de debilidad, y el Principado de tiranía.

6. Esta es la Filosofía del Materialismo Universal (que ese nombre veo dan algunos modernos a esta especie de diabólica secta), y que, como dije arriba, derechamente conduce al Ateísmo, o por mejor decir en sí mismo le envuelve; pues aunque la voz Ateísta, o Ateo significa hombre que niega a Dios la existencia, equivalencia suya es negarle la providencia; y para el efecto de inducir los hombres a vivir como brutos, igual, o poco menor fuerza tiene lo uno que lo otro; pues quitado enteramente el temor de la Deidad, respecto del castigo: ¿qué freno queda al hombre para retraherle de aquellos delitos que puede, o espera ocultar a los demás hombres? Esto, y nada más sonaba el Ateísmo de Epicuro, el cual dejaba a los Idólatras contemporáneos en el respeto de sus mentidas Deidades; y a las Deidades en la posesión de sus templos, y sus cultos; mas ni el respeto, ni el culto, por el motivo del bien que podían esperar de su favor, o el mal que podían temer de su enojo; sí sólo del homenaje que era justo rendir a la excelencia superior de su Divina Naturaleza.

Y también en Oviedo, el 22 de noviembre de 1752, firma Feijoo otra carta, la vigésimosexta del mismo tomo cuarto, que dedica a defender Que no ven los ojos, sino el Alma, en la que advierte:

20. Y advierto a V.S. que esta doctrina filosófica, no sólo es apreciable por verdadera, mas también por el glorioso título de importantísima al servicio de la Religión, como inconciliablemente opuesta al impío dogma del Materialismo universal. Los Filósofos, que llaman Materialistas, interesados en desterrar de la naturaleza toda substancia espiritual, con el ministerio puro de la materia pretenden acomodar todas las funciones propias del espíritu. Así, a la materia sola variamente modificada atribuyen todas las facultades, que reconocemos en el alma; de modo, que no sólo pueda sentir, mas también discurrir, entender, amar, &c. Así, quitando al hombre la parte por donde es inmortal, no aspiran a menos que a persuadir, que es la fábula cuanto se nos dice del otro mundo; que no hay premio para los buenos, ni castigo para los malos; que acabada esta vida temporal, el hombre enteramente se acaba, y todo se acaba para el hombre.

21. Este dogma, con ser tan irracional, y desatinado, tiene bastante número de aficionados en otras Naciones, según nos han dado a entender las Cartas, que nos comunicaron nuestras Gazetas de dos Prelados Franceses. Los llamo solamente aficionados; esto es, no puedo creerlos persuadidos; y su afición viene del interés, que tiene su vida licenciosa, en quitarles (si es posible) todo miedo de la pena eterna.

22. Muy lejos están de asentir a este error, yo lo confieso, aquellos Filósofos, que concediendo a la materia facultad para sentir, se la niegan para entender. Pero sin ser ésa su intención, prestan un gran auxilio a los Sectarios de él. Explícome. Los Filósofos Atomistas, cuanto tratan del alma de los brutos, no se la niegan con el rigor que los Cartesianos, pero les conceden una alma, que no lo es sino en el nombre, porque todas es materia, y nada más. Dicen, que es una porción la más sutil de la materia, la más tenue, más movible, más espiritosa. La flor de la materia la llama Gasendo. ¿Pero de qué sirve esta metáfora en un asunto meramente filosófico, en que no se pretende el ornato de la Retórica, sino la indagación de la verdad? Atenúen la materia cuanto quieran. Y después de suponerla atenuadísima, sutilísima cuanto quieran, denle el nombre según su arbitrio, siempre será materia, y no otra cosa. Pues digo, que siendo materia, y no otra cosa, no puede ver, no puede oír, en general le repugna todo género de sensación, o sentimiento; porque al solitario concepto de materia, no menos repugna el sentir, que el entender. O por lo menos, concedido lo primero, está andado más que la mitad del camino para asentir a lo segundo. Porque dirán los Materialistas, o lo dicen ya, que si la materia sutilizada hasta tal, o tal grado, sin dejar de ser materia, tiene facultad para sentir, atenuada algunos grados más, tendrá facultad para entender. Es cierto que ella, así como es infinitamente divisible, es infinitamente atenuable, esto es, es necesario consiguiente de aquello. En un alto grado, pues, de atenuación dará sentimiento a los brutos; en otro mucho más alto dará discurso, o entendimiento a los hombres. Vencida la dificultad de que la materia, sin dejar de ser materia, sea capaz de percibir, o reconocer los objetos, poco hay que hacer en que, exaltándola a mayor sutileza, tenga otra percepción más elevada, o más sutil.

23. Descartes reconoció muy bien esta dificultad cuando huyó de conceder alma sensitiva a los brutos; porque figurándose, que cuanto hay en los brutos no es más que materia, vio, que la materia por sí no es capaz de sentir; y así, resolvió hacer a las bestias máquinas inanimadas. Reconoció la dificultad; pero recurrió, para disolverla, a una opinión, que sobre ser, cuanto yo alcanzo, manifiestamente falsa, es muy peligrosa hacia la Religión, como manifesté en el Tomo II. del Teatro Crítico, Discurso primero, num. 44, y 45. Así, no pudiendo admitirse, ni la opinión de Descartes, que despojaba de toda alma a los brutos; ni la de los Atomistas, que constituyen la alma sensitiva en lo que es puramente materia; porque fuera de ser absurdísima una, y otra, contra una, y otra se interesa la Religión; es preciso recurrir a la que expuse, y probé en el tercer Tomo del Teatro Crítico, Discurso IX, diciendo, que el alma de los brutos, aunque se puede llamar material, por su esencial dependencia de la materia, no es materia realmente, sino un ente medio entre espíritu, y materia. Nuestro Señor guarde a V.S. muchos años. Oviedo, y Noviembre 22 de 1752.

Mas como el impío dogma persiste, el benedictino de Oviedo se ve obligado a volver sobre el asunto, años más tarde, en otra carta dedicada a los filósofos materialistas (escrita en 1756, la segunda del tomo quinto, publicado en 1760: Establécese la máxima Filosófica de que en las substancias criadas hay medio entre el espíritu, y la materia. Con que se extirpa desde los cimientos el impío dogma de los Filósofos Materialistas), en la que inicialmente argumenta contra cartesianos:

1. Muy señor mío. Díceme Vmd. que, leyendo el Tomo IV de mis Cartas, le sucedió lo que al navegante, que habiendo surcado un gran espacio de mar sin azar, o peligro alguno, al fenecer su curso, saliendo a la tierra, tropieza en un escollo que halla a la orilla; esto es, que cuanto leyó en dicha Obra, mereció su aprobación, a excepción de aquella cláusula, con que terminó la última Carta, y en que afirmo, que aunque el alma de los brutos se puede llamar material, por su esencial dependencia de la materia, no es materia realmente, sino un ente medio entre espíritu, y materia. Este medio entre espíritu y materia escandalizó el buen entendimiento de Vmd. pareciéndole ver en él un monstruo filosófico, o un ente de razón digno de ser relegado para siempre al país de las quimeras: de que colijo, o que Vmd. no leyó el nono Discurso del tercer Tomo del Teatro Crítico (Racionalidad de los Brutos), o enteramente se olvidó de lo que contiene aquel Discurso en el núm. 61, y de ahí en adelante; pues en dicho lugar, no sólo pronunció la misma máxima, que ahora tanto desplace a Vmd. mas la pruebo a mi parecer, eficazmente.

2. Sí, señor mío, lo dicho dicho. Así lo escribí entonces: así lo repetí en el lugar, que Vmd. me cita; y así lo siento ahora. Y lo que es más, no desespero de persuadir lo mismo a Vmd. para lo cual le ruego tenga cuenta con lo que le iré diciendo.

3. La doctrina de que hay ente medio entre espíritu, y materia, que a Vmd. y aun acaso generalmente parece nueva, si se resuelven bien los Cartafolios, se hallará, que tiene una antigüedad muy rancia: como asimismo la diametralmente opuesta a ella, apenas más anciana, que la Filosofía de Descartes.

36. Refuerzan los Materialistas estas objeciones con otra reflexión, en que juzgan tener un firmísimo apoyo. Ningún Filósofo (dicen) puede lisonjearse de que conoce todas las propiedades de la materia, o certificar, que no tenga algunas otras distintas de aquellas, que conocemos; porque para esto era menester tener conocimiento comprehensivo de ella; el cual conocimiento es negado al hombre, respecto de cuantas substancias Dios produjo, así espirituales, como corpóreas. Luego es inevitable la duda de si, demás de esas propiedades conocidas de los Filósofos, hay otras impenetrables a toda nuestra Filosofía; y consiguientemente preciso a esa duda vaga la particular de si entre esas propiedades incógnitas de la materia está la de entender, y discurrir aun sobre especies abstractas, o genéricas.

37. No pienso, que se quejen los Materialistas de que no explico cuanto cabe toda la aparente persuasiva, que ellos pueden pretender en sus argumentos. Pero también es cierto, que el hacerlo no me tiene inconveniente; porque ya que no en mi ingenio, en la buena causa, que defiendo, estoy seguro de hallar sobrada fuerza para desbaratar sus artificiosos sofismas; lo cual ejecutaré, manifestando la falacia de aquel su descantado principio, que no hay medio entre espíritu, y materia: único fundamento de su quimérico dogma; y principio sí, pero principio fecundo de monstruos intelectuales; esto es, de los más intolerables errores.

38. Ciertamente bastaría para la más severa proscripción de aquel principio en la Filosofía, la consideración de los absurdos, que de él se derivan. Los Cartesianos infieren de él la visible paradoja de la constitución puramente maquinal de los brutos: los Materialistas usan de él para negar al hombre alma distinta de su cuerpo. La primera ilación por sí sola basta para hacernos evidente la falsedad del principio. La atenta inspección de las acciones de los brutos nos hace asentir tan invenciblemente a su vitalidad, que yo siempre he dudado de que haya hombre alguno en el mundo capaz de obtener, con el más leve mérito, el nombre de Filósofo, que en su interior asienta a la insensibilidad de los brutos. Claman los Cartesianos, que están persuadidos a ella. ¿Pero de dónde nos consta, que en esto hablan sinceramente? Yo creo que como Séneca dijo contra los Ateistas: Mentiuntur, qui dicunt se non sentire Deum, en que son de la opinión de Séneca innumerables Filósofos, y Teólogos, acaso se podría decir contra los Cartesianos: Mentiuntur, qui dicunt non sentire bruta. Y por cierto, ahora que ningún Cartesiano me oye, no hallo peligro alguno en decirlo abreviadamente.

39. Mas al fin, como yo no puedo dar tortura a los Cartesianos para que confiesen lo que tienen de botones adentro, no insisto tanto en esto, como en los argumentos tomados arriba, ya de la perfecta semejanza, que se halla entre las operaciones de los brutos, y las sensitivas del hombre: ya de la igual conformidad, que nos presenta la Anatomía en los órganos, que sirven a ellas en ellos, y en él. Yo, sin libertad, juzgo aquellos argumentos demostrativos, cuanto las materias Físicas permiten demostrarse de la alma sensitiva de los brutos; y como la repugnancia de ésta es ilación forzosa de aquel principio: No hay medio entre espíritu, y materia, probada invenciblemente la falsedad del consiguiente, está probada asimismo la falsedad del principio, de donde se deriva. Por cierto, que no me hubiera yo tan de veras aplicado a combatir la opinión de la maquinal constitución de los brutos, la cual miro con desprecio, si no viese su impugnación conducente para arruinar el principio de donde la deducen sus patronos; lo que importa sumamente, por estribar en el mismo, por consecuencia mediata, el detestable dogma del Materialismo.

40. Mas no contento con esto, paso a expugnar directamente en sí mismo aquel principio. Para lo cual quiero que me digan Cartesianos, y Materialistas, ¿de qué les consta la verdad de ese principio, o por donde saben que no cabe ente medio entre espíritu, y materia? Sobre que los reconvengo, con que negar la absoluta posibilidad de ese medio, es negar a Dios el poder para producirle; y para negar a Dios este poder, es preciso alegar alguna razón concluyente; pues quedando pendiente alguna duda, la posesión está siempre de parte de la Omnipotencia. Mas no sólo no podrán alegar razón alguna concluyente sobre este asunto, pero ni aun medianamente probable.

43. Asimismo lo de los adjetivos inmaterial, y espiritual son sinónimos, sería verdad en el lenguaje de los Cartesianos, y Materialistas, mas no en el idioma de los que llevan mi opinión, si no se determina en cierto modo, que diré, la significación de la voz inmaterial. Explícome. A esta voz se puede dar significación más lata, o más estrecha según se diere más lata, o más estrecha a su opuesta voz material. Puede la voz material estrecharse a significar aquella substancia inadecuada, parte esencial del compuesto físico, que llamamos materia primera, o simplemente materia; y puede extenderse a significar todo ente, que para su producción, y conservación depende esencialmente de la materia: como en la Escuela Aristotélica todas las formas substanciales, a excepción del alma racional, aunque distintas realmente de la materia, se llaman materiales, porque de ella dependen esencialmente para su producción, y conservación. Asimismo de la voz opuesta inmaterial se puede usar, o en la acepción estrecha, que sólo excluye la materia entitativamente tal, o en la lata, en que excluye todo lo que depende esencialmente de la materia.

44. Digo, pues, que la voz inmaterial, en la segunda acepción es sinónima de la voz espiritual, mas no en la primera. Esto es decir, que la inmaterialidad de un ente, en cuanto sólo significa no ser ese ente la misma materia, no infiere que sea espíritu; pero lo infiere en cuanto significa, ni ser ese ente la misma materia, ni depender esencialmente de ella. Y si no; distinguiré esta proposición, todo lo inmaterial es espiritual, usando de voces de la Escuela, de este modo: todo lo inmaterial precisamente substantive, niego: todo lo inmaterial, tam substantive quam adjetive, concedo. En estas dos palabritas se compendia todo lo que dije antes: que esta gran comodidad tienen los terminillos de las distinciones escolásticas, de que suelen hacer asunto para la zumba algunos Profesores de otras Facultades, porque ignoran la importancia de su uso para desenredar sofismas, y aclarar proposiciones capciosas, o equívocas, a cuyo fin son en su amable concisión como monedas de oro de mucho valor en corto volumen.

45. Y ve aquí Vmd. con lo que he razonado hasta ahora convencido de ilusorio el absurdo filosófico de la inanimación de los brutos; y asimismo arruinado, como consiguiente suyo, el impío sistema de los Filósofos Materialistas. A uno, y otro hice servir el descubrimiento de la falsedad de la máxima, que no hay medio entre la substancia espiritual, y material, en que tenían su apoyo, como si fuese un principio irrefragable, así los Materialistas, como los Cartesianos; y que yo al contrario miré siempre como una paradoja indefensable; admirando al mismo tiempo, que la hayan aceptado como verdadera varios Filósofos de otras Naciones, que aún conservan la denominación de Aristotélicos, negando su sufragio a todo sistema corpuscular; y por otra parte veneran como deben los dogmas de la Religión, de los cuales el importantísimo de la inmortalidad del alma queda muy descubierto a los ataques de los impíos, que le niegan, como expuse arriba.

y a la que añade un apéndice, firmado en Oviedo en julio de 1756, contra los Gasendistas (§ 54-63):

54. Aunque yo no vi libro alguno de los que han salido a luz a favor del errado dogma de los Materialistas; porque a las producciones de esta impía secta justísimamente se prohibe la entrada en España; con suficientísimo motivo creo, que igual apoyo hallan en el sistema de los Gasendistas, que en el de los Cartesianos. No niegan aquellos descubiertamente toda alma a los brutos; pero se la conceden tal, que viene a serlo sólo en el nombre; y así tan Bruticidas (permítaseme el uso de esta voz) son como éstos, porque igualmente, cuando está de su parte, despojan a los brutos de aquella vida, que les dio el Autor de la naturaleza. Sí, vida les dan; ¿pero qué vida? Hable por sí, y por sus sectarios el Jefe de los modernos Atomistas Pedro Gasendo.

61. Mas lo primero: esto no salva los inconvenientes propuestos, porque los Materialistas, que no son Atomistas, quedan cargados de los absurdos, que resultan de la infinita divisibilidad de la materia; sin poder evitar los precipicios a que lleva su errada doctrina. Lo segundo: de la composición atomística de la materia, se sigue, que toda es igualmente atenuada, o atenuable; porque toda, y en todas sus porciones, según los Atomistas, se compone de átomos; y así, aun la porción crasa será tan delicada, o por lo menos podrá adquirir tanta tenuidad, como la que se asienta más sutil, y por consiguiente podrá pasar de ser cuerpo a ser alma.

63. Dijo sabiamente el gran Canciller Bacon, que una Filosofía superficial suele conducir a los hombres al Ateísmo; pero la sólida, y bien reflexionada los dirige al conocimiento, y culto de la Deidad (Interiora rerum cap. 16). Fácil es la aplicación al asunto de esta Carta. ¿Qué Filosofía más superficial, que la que piensa componerlo todo con lo grosero de la materia? ¿Qué Filosofía más superficial, que la que, parando en la exterioridad de las acciones del alma, no descubre en ellas el fondo de la substancia espiritual, que las influye? ¿Qué Filosofía más superficial, que la que sin más fundamento, que el de que acaso no conocemos todas las propiedades de la materia, le atribuye la de raciocinar, y entender, que claramente le repugna? Mas déjolo ya, que esto de lidiar con monstruos, no sólo fatiga, también fastidia. Nuestro Señor guarde a Vmd. muchos años. Oviedo, y Julio de 1756.

y otro apéndice posterior, en que se coteja el sistema de los Filósofos Materialistas con el de los Pitagóricos (§ 64-73), donde concluye que los materialistas son más abominables que los pitagóricos (como resume el índice de las cosas más notables contenidas en ese tomo):

64. Esta es una comparación instruida, no entre bueno, y malo, sino entre malo, y peor, en que lo peor tocará a los Materialistas por el examen que voy a hacer.

65. De los Escritos de Pitágoras, si los hubo (lo que algunos dudan), ninguno llegó a nosotros. Pero de lo que nos dicen varios Autores, en orden a su principalísima doctrina, consta, que este antiguo Filósofo enseñaba que las almas racionales fueron criadas fuera de los cuerpos; y por delitos, que cometieron en aquel estado de separación muchas de ellas fueron condenadas por la Deidad a vivir encarceladas en los cuerpos humanos, con la facultad de usar de ellos bien, o mal; y con el destino para las que obrasen mal, de ser después trasladas a otras prisiones más bajas, más incómodas, y más viles; esto es, a los cuerpos de varios brutos; observando en este nuevo castigo la proporción de la especie de la culpa, con la especie de la prisión: de modo, que la alma de un hombre cruel pasase a habitar el cuerpo de un León, o un Tigre: la de un inverecundo, y lascivo en el de un Perro: la de un doloso, y maligno en el de un Zorro, &c.

66. En esta doctrina Pitagórica ocurren desde luego dos incongruidades notables. La primera, que por observar en el castigo la proporción física, olvidó la que en tal materia principalmente se debe atender; esto es, la moral, dando a las almas más delincuentes las más molestas, o trabajosas prisiones, trasladándolas a los cuerpos de aquellos brutos, que viven en más miseria, angustia, y fatiga: v. gr. mulas de tahona, rocines de molineros, caballos de posta. Pero en el sistema Pitagórico totalmente se invierte una providencia tan justa, porque la alma de un hombre cruel, trasladada a un Tigre, hallará en las interpresas de aquella fiera una ocupación muy grata a su nativa sevicia: la alma de un voluptuoso, colocada en una bestia lasciva, tendrá la complacencia de continuar sus torpes deleites en ella. El rumbo opuesto se debiera seguir, si la ejecución, como es sólo imaginable, fuese posible; la alma de un voluptuoso se colocaría en alguna de aquellas bestias, cuya mutilación hace su servicio más útil: la de un soberbio en un escarabajo, o en otro insecto aún más despreciable: la de un afeminado, y presumidillo petimetre en un sapo; y así las demás.

70. No se puede negar que son grandes los dos defectos de la doctrina Pitagórica, que acabo de reconocer. Pero sin embargo de ellos, es claro que disuena mucho menos a la razón, que el sistema del Materialismo. Lo primero, éste degrada infinitamente el ser del hombre, dejándole tan material, y corpóreo, como el tronco, y la piedra. Pitágoras le deja como le halló compuesto de cuerpo, y alma. Lo segundo, los Materialistas, quitándole la inmortalidad, le conceden sólo una vida, o existencias tan pasajera, como la de los brutos, y plantas. Pitágoras le deja en la pacífica posesión de su inmortalidad, aunque deteriorada con la mísera condición de que esa Alma que la hace inmortal, por la mayor parte ande peregrinando de unas bestias en otras. Lo tercero, en el sistema del Materialismo sólo puede dar un culto pasajero, y de cortísima duración a su Criador. En el Pitagórico, obrando bien, como está a su arbitrio, puede servir por toda la eternidad al fin para que Dios le crió, que es amarle, y servirle.

71. Últimamente (y esto es lo principal) en el sistema Pitagórico, aunque directamente no se le presenta al hombre algún incentivo hacia la virtud, porque no se señala premio a sus buenas obras, se lo retrae del vicio con la amenaza de la pena, y aun con esto mismo es impelido indirectamente a la virtud; porque huyendo de las acciones viciosas, es preciso que vaya a dar con las honestas en todos aquellos casos, en que ni puede abstener la voluntad de todo ejercicio, ni en la senda por donde toma la fuga encuentra actos indiferentes, los cuales muchas veces no ocurren, aunque, según opinión bien probable, sean posibles en la práctica. Pero en el sistema de los Materialistas, como no se advierte premio ni castigo (sino cuando más, muy contingente, y de cortísima duración), falta todo incentivo para la virtud, y casi todo freno para el vicio. Con que suelta toda rienda a las pasiones humanas, ¿a qué se reducirá la sociedad humana, sino a un trato bárbaro, y ferino de unos hombres con otros? ¿Quién tendrá segura la honra, la hacienda, y la vida? Siendo cierto, que el insulto contra cualquiera de estas tres especies de bienes puede ser, y es frecuentemente objeto de la pasión de otros hombres.

72. De aquí se sigue que los Materialistas, no sólo son unos ciegos desertores de la buena Filosofía, mas también unos detestables enemigos del género humano; por consiguiente merecedores de que no sólo toda nuestra especie conspire a aborrecer tan infernal secta, mas también a exterminarla. Si con razón dijo Plinio, que el mayor número de males que padece el hombre, proviene de la iniquidad de los individuos de su especie: Homini ex homine plurima sunt mala (Prólogo lib. 7); ¿qué será, si librándolos del miedo del castigo, se suelta a su libertad la rienda para todo género de delitos? Lo peor es, que no sólo subscriben los Materialistas a esta licencia universal con el motivo de la impunidad, mas algunos de la secta pretenden autorizarla con la razón. El famoso Materialista Inglés Thomas Hobbes, estatuía la regla de que la naturaleza entre los hombres no exigía unión, o sociedad, sino discordia; y conformes a esta buena Filosofía natural, eran su Filosofía Moral, y Jurisprudencia, pues por la primera constituía último fin del hombre su amor, o comodidad propia; y por la segunda no conocía otro derecho en unos hombres, respecto de otros, que el que da la superioridad de la fuerza: de modo, que el más valiente, o más hábil puede, sin ofender la razón, hacerse propios cualesquiera bienes ajenos, y aun tiranizar a todo el mundo, si de tanto son capaces su fuerza, o su industria. ¡A tales extremidades conduce la bella doctrina de los Filósofos Materialistas!

En su siguiente carta, la tercera del tomo quinto, Feijoo ofrece unos consejos a los españoles, un Defensivo de la Fe, preparado para los Españoles viajantes, o residentes en Países extraños, algunos de ellos bibliográficos, que previenen sobre lo que se podrán encontrar fuera de la patria:

60. Pero lo más admirable, que hay en la complicación de tolerancia, e intolerancia heretical, es, que son muchos los Protestantes, que rehusando tolerar la Religión Católica, toleran lo que es supremamente intolerable; esto es, la absoluta irreligión, la denegación de todo culto a la Deidad, el Ateísmo. Un muy señalado ejemplo de tan raro desorden nos muestra Inglaterra, donde al mismo tiempo, que el Gobierno Británico proscribe todos los libros favorables a la Religión Católica, deja de correr indemnes muchos, que abiertamente fomentan la impiedad. La introducción de un Agnus Dei, de una Medallita de Roma, fue en tiempo de Henrico, y de Isabela tratada como crimen de lesa Majestad. Acaso ahora (que lo ignoro) sucederá lo mismo. Pero Escritos, en que directamente se impugna la inmortalidad del alma, públicamente se venden. El impío dogma del Materialismo, que, destruyendo su espiritualidad, la identifica con la máquina corpórea, y por consiguiente la supone perecedera con ella, se extendió tanto en Inglaterra, que rebosó una no muy pequeña parte de su veneno a su vecina Francia, si son bien fundadas las quejas, que contra la propagación de esta peste en aquel Católico Reino gritó el celo de algunos Prelados suyos.

Habrá advertido el lector que la preocupación de Feijoo por los filósofos materialistas y por el materialismo se manifiesta por escrito a partir de 1752, mucho después de la publicación del Teatro crítico universal (1726-1740). En las Adiciones a sus obras, publicadas de forma póstuma en 1765, encontramos todavía dos significativos párrafos de Feijoo sobre estos asuntos:

43. Por eso acabo de decir, que es menester tener cuenta con no extender el mecanismo fuera de los debidos límites. Es el caso, que el mecanismo constituido en el crédito de atribuírsele como a única causa todas las operaciones de los Brutos, es sumamente resbaladizo al impío Dogma del Materialismo. Doy la razón. Vemos en los Brutos los mismos actos, las mismas afecciones en orden a los objetos, que se les presentan, que en nosotros mismos, los sienten, los perciben, y según la experiencia se les ha mostrado, o agradables, o incómodos, explican hacia ellos su complacencia, o su displicencia, su deleite, o su dolor, su agrado, o su desagrado, apetito, ira, miedo, alegría, o tristeza; a que se añade en algunos la exquisita industria, y sagacidad con que se procuran lo que los deleita, y evitan lo que los ofende, en que claramente muestran acordarse de los objetos, que experimentan ya benéficos, ya nocivos. (Raíces de la incredulidad)

2. Lo segundo en orden a si puede la Alma racional, siendo puro espíritu, padecer el dolor del fuego, y cómo; digo, que en la explicación del modo están los Teólogos divididos. La sentencia más común recurre a que Dios sobrenaturalmente eleva el fuego material, para que pueda hacerle perceptible, o doloroso al espíritu: así como en el Sacramento del Bautismo eleva a la agua elemental a producir la gracia santificante. Pero los Escotistas siguiendo a su Doctor sutil asientan, que el Alma siente el fuego material, substituyendo por él la vivísima aprehensión, que Dios le imprime, de que está ardiendo en él, representándosele de ese modo presencial a su mente. Pero yo, dejando estas dos opiniones en la probabilidad, que no se les puede negar, creo se puede superar la dificultad por otro camino más filosófico, que los dos expresados. Para cuyo efecto supongo, que el Alma racional en el estado de la unión al cuerpo padece, y siente todas las impresiones dolorosas, que ejercen los objetos materiales en los órganos corpóreos. Pongo por ejemplo, quema el fuego cualquiera parte del cuerpo, o hiere la punta de un yerro. ¿Quién siente el fuego, y la herida? El que no es Filósofo, o lo es sólo en la apariencia dirá, que el miembro corpóreo herido, o abrasado es el que lo siente, y padece; pero el verdadero Filósofo debe decir, que quien siente, y padece en estos casos es el Alma, pues aunque sea verdad que este todo compuesto de espíritu y materia siente el fuego, y la herida, también es verdad, que esa sensibilidad le proviene únicamente de la Alma: La razón es clara, porque la materia por sí misma no es, ni puede ser sensitiva. El que supone la materia por sí misma capaz de sentir, no tendrá con qué impugnar a los Filósofos materialistas, (abominable Secta, que derechamente conduce al Ateísmo) que pretenden también hacerla capaz de pensar, y entender, porque tan ajeno, o casi tanto lo es del concepto de la materia uno, como otro. (Sobre el tormento material que padecen las Almas en el Purgatorio)

Hay que esperar a la cuarta edición del Diccionario de la Real Academia, publicada en 1803 –la última edición elaborada bajo el Antiguo Régimen–, para que los académicos, de forma nada imparcial por cierto, se decidan a incorporar materialismo y materialista a sus registros del español:

«Materialismo, s. m. El error de los que no admiten más substancia que la materia. Comúnmente se dice de los que niegan la inmaterialidad del alma. Animi immortalitatem inficiantium error.
Materialista, s. com. El sectario del materialismo. Animo immortalitatem inficians.» (DRAE 1803)

Pero no se crea que la Constitución de 1812 y la cristalización en España de la segunda generación de la izquierda, la liberal, tenían por qué afectar a los académicos, orgullosos en su papel de ortodoxos definidores de errores y de sectarios: la quinta edición de 1817, la sexta de 1822, la séptima de 1832, la octava de 1837, la novena de 1843 y la décima de 1852 repiten lo mismo. En la undécima edición, la de 1869, tras la gloriosa revolución, simplemente se atreven a suprimir los latinajos. Habrá que esperar a la duodécima edición, en 1884, para que el materialismo deje de ser un error (aunque materialista seguirá siendo sectario todavía un siglo más, hasta fecha tan cercana como 1984, en que los académicos, vigésima edición de su obra, dejen de hacerle profeso y seguidor de una secta, o secuaz, fanático e intransigente de un partido o de una idea), ajena por supuesto la Academia a la riqueza de diferencias y matices que mientras tanto se habían ido acumulando tras esos términos:

«Materialismo. (De material.) m. Doctrina de algunos filósofos antiguos y modernos que consiste en admitir como única substancia la materia, negando, en su consecuencia, la espiritualidad y la inmortalidad del alma humana, así como la causa primera y las leyes metafísicas.
Materialista. adj. Dícese del sectario del materialismo. Ú. t. c. s.» (DRAE 1884)

Ni que decir tiene que los académicos de la Española, en cuanto cuerpo responsable del famoso Diccionario, prefirieron no enterarse a lo largo de todo el siglo XIX de las riquísimas irisaciones que iban afectando a cuanto tenía que ver con materialistas y materialismos, como si en estos asuntos la última palabra se hubiera dicho en tiempos de Feijoo, es decir, antes de que el Antiguo Régimen comenzara a derrumbarse para dar lugar a las Naciones políticas cristianas, al tiempo que avanzaban en su cierre categorial nuevas disciplinas científicas. En los años en los que escribe Feijoo no podía barruntarse la cercana ruptura de la secular alianza entre el Trono y el Altar, por lo que la escala de preocupación por el pernicioso efecto de materialistas y materialismos quedaba limitada al terreno teórico del Altar: almas, espíritus, ateísmos. Pero tras la Revolución, materialistas y filósofos quedan implicados necesariamente en el proceso destructor del equilibrio político anterior. Recordemos simplemente, como ejemplo, las premisas que animaban en 1812 al capuchino Rafael de Vélez:

«De esta ley común, que se extiende a todo racional, parece deberán eximirse ciertos hombres, que por lo raro se han notado en casi todos los siglos, y que en el nuestro por su excesivo número se pueden ya calificar. Ellos mismos se atribuyen con Pitágoras el título de filósofos, por el amor que dicen tienen a las ciencias, o por sus deseos de hallar la verdad: se llaman espíritus fuertes; porque no se dejan llevar de las preocupaciones que degradan en su opinión a los demás hombres: se dicen liberales, porque con facilidad renuncian a sus opiniones antiguas, y siguen otras nuevas de mayor ilustración. Ellos se jactan de ser superiores a todos los de su especie: su patria es todo el mundo: sus compatricios todos los hombres, hasta los hotentotes y cafres; se apellidan y titulan verdaderos cosmopolitas.
En toda la Europa son conocidos con los nombres de iluminados, materialistas, ateos, incrédulos, libertinos, francmasones, impíos. Sus doctrinas contra los reyes, autoridades y religión acreditan estos títulos, y sus obras los manifiestan a lo menos como unos fanáticos, unos misántropos, enemigos de toda sociedad.» (Fray Rafael de Vélez, Preservativo contra la irreligión o los planes de la Filosofía, Cádiz 1812, Prólogo.)

A principios de 1838 aparece Movimiento de la naturaleza, por D. Ramón Bercial (Imprenta de Miguel de Burgos, Madrid 1838, 8º, 140 págs.), que se anuncia en el Diario de Avisos. La Gaceta de Madrid no tarda en publicar, en primera página (el viernes 13 de abril de 1838) y reclamando «poner un coto a esa desenfrenada libertad de imprenta» que puede transformar una revolución política en revolución social al «atacar los fundamentos de la moral pública, de la religión de nuestra patria y de la creencia universal del género humano», una impugnación de tal folleto, «en el cual se preconiza y se cree haber demostrado el sistema del materialismo más puro»:

«Es imposible saber sin sorpresa y espanto, que se ha publicado en Madrid en el año 1838 un folleto, intitulado Movimiento de la naturaleza, en el cual se preconiza y se cree haber demostrado el sistema del materialismo más puro. El estilo es hinchado y declamatorio, como el del impío e infame libro que se publicó en Francia a mediados del siglo XVIII con el título de Sisteme de la natura. El autor del folleto procura persuadir en el prólogo, que ha debido a su propia observación las doctrinas que vierte; pero ningún lector instruido lo creerá, observando que no ha hecho otra cosa sino reproducir los argumentos de Lucrecio y de Espinosa, sin el talento del primero, sin la lógica del segundo: y aun dudamos que los haya visto en estas fuentes venenosas, sino en alguna miserable rapsodia de tantas como produjo la monstruosa revolución de Francia.» (Gaceta de Madrid, Madrid, viernes 13 de abril de 1838.)

Y el Obispo de Coria, Ramón Montero, en una exposición dirigida a la Reina Gobernadora con fecha 15 de agosto de 1838, de cualquier modo más preocupado por el activismo en España de la Sociedad Bíblica y su agente Jorgito Borrow, no deja de paso de prohibir tal librito impugnado por la Gaceta:

«Esto es lo más horroroso de decirse, y está repetido en el Sistema de la naturaleza o de las leyes del mundo físico y moral por el Barón de Holbach, con notas y correcciones por Diderot, y es el mismo que se ha publicado y anunciado en el Diario de Avisos con el título de Movimiento de la naturaleza, y que con mucha satisfacción he visto impugnado por los Editores de la Gaceta. Es el sistema de un materialista, y basta para conocer los delirios y errores que contiene; esta es una muestra: "Los tiranos y los Ministros de la Religión se han servido del error para esclavizar a los hombres, y al error consagrado por la Religión deben atribuirse la ignorancia y la incertidumbre de sus deberes, y de las verdades más positivas en que el hombre se encuentra. No hay Dios, y la naturaleza es eterna; todo está arreglado por el movimiento, ni el hombre es libre."» (La voz de la religión, época segunda, tomo IV, Madrid 1838, pág. 141.)

«El señor Fabra, sin reparar que su doctrina huele a materialismo, quiere establecer dos voluntades diferentes, la una correspondiente al hombre físico, y por consecuencia será material, y la otra al hombre moral, que será una de las potencias de nuestra alma.» (Filosofía de la legislación natural por D. Francisco Fabra Soldevila [1838], La Censura, Madrid 1845, pág. 114.)

A partir de 1840 constatamos que en español comienza a utilizarse la fórmula materialismo filosófico. Así, por ejemplo, en el anuncio publicado por El Constitucional de Barcelona el sábado 26 de febrero de 1842, no se vincula el materialismo a discusiones espirituales, físicas o metafísicas, sino que se le asocia a una ideología política determinada, que imbuye a los jóvenes máximas perniciosas de materialismo filosófico, de republicanismo y anarquía:

«Compendio de los principios, o Elementos de legislación universal, por don Plácido María Orodea. Los maestros públicos y los catedráticos de las universidades han deseado con la mayor inquietud y ansiedad que la abundancia desordenada de las doctrinas mal coordinadas que presenta la obra del autor francés, se redujese a un método más lógico y claro y se despojase de aquella algarabia de erudición, de pruebas y amplificaciones oratorias tan distantes a veces de la exactitud filosófica como de la sencillez y de la verdad. Por otra parte, el texto original tiene grandes errores de moral, de política, de economia, de administración pública y de gobierno municipal, y en lugar de enseñar los buenos principios de la legislación universal, imbuye a los jóvenes máximas perniciosas de materialismo filosófico, de republicanismo y anarquía, como que ha recogido todas las doctrinas del siglo XVIII que dominaron en Francia. El presente 'compendio' ha corregido todos los errores y presenta los 'principios de la legislación universal' con la sencillez, claridad y buen método que recomiendan la sana crítica y la buena filosofía. Se vende a veinte reales en la librería de Saurí, calle Ancha, esquina al Regomi.» (El Constitucional, Barcelona, 26 febrero 1842, página 6, col. 3.)

Y poco después el liberal Nicomedes-Pastor Díaz y Corbelle (1811-1863), en su opúsculo A la corte y a los partidos (1846), establece diferencias entre un materialismo filosófico y otro materialismo político:

«Por eso los pueblos no comprenden ningún poder sin una grande idea moral. Por eso las revoluciones no las hacen los hombres, sino las doctrinas. Por eso las religiones más absurdas han durado más que los poderosos imperios. Por eso los individuos que cambian la suerte de las Naciones, representan un pensamiento y una necesidad moral. Por eso César y Mahoma, Cromwell y Bonaparte, fundaron imperios: por eso Lutero, Rousseau y Mirabeau hicieron revoluciones. Por eso las revoluciones crearon poderes: por eso fundaron legitimidades las dictaduras; por eso en fin, el materialismo político es todavía más ignorante, más insuficiente que el materialismo filosófico.» (Nicomedes-Pastor Díaz, A la corte y a los partidos, 1846)

Materialismo filosófico que el mismo autor presenta tan aberrante como el socialismo político, en sus conferencias del Ateneo de Madrid dedicadas a Los problemas del socialismo (1848):

«Dios permitió a la vista de los pueblos, como a la de los ejércitos, que Roma sobria, pobre y religiosa, triunfara del mundo; y que el Imperio romano, abrumado con todas las riquezas del universo, fuera presa de un puñado de bárbaros. Dios permitió que seis falanges griegas anonadaran en una campaña los ejércitos innumerables del Rey de Reyes. Dios permitió que el potentísimo Imperio de los visigodos se hundiera en el Guadalete, bajo el alfanje de los rústicos y escasos secuaces de Tarik, y que pocos millares de montañeses cántabros arrojaran a las arenas de África el fastuoso poderío de los Califas del Guadalquivir. Dios permitió que quinientos soldados de Castilla conquistaran un Imperio de muchos millones de habitantes. Dios ha permitido, en fin, que una nación de treinta y dos millones de almas, fortísima y opulenta, haya estado a punto de hundirse y desaparecer en la barbarie, al día siguiente de una revolución política, por no poder gastar en dar sustento durante un mes a doscientos mil obreros; la mitad de lo que costó cualquiera de las catedrales que levantó la piedad religiosa en los tiempos bárbaros.
Por último, Señores; Dios permite que el socialismo político haya llegado al mismo punto que el materialismo filosófico, para decir al uno: '¡no tienes porvenir!...' o para decir al otro: '¡no tienes remedio!'» (Nicomedes-Pastor Díaz, Los problemas del socialismo, 1848, Lección VI, III.)

Materialismo filosófico que ya habría perdido su potencia en 1850, de hacer caso al anónimo autor del artículo «Intereses materiales», una vez que ese materialismo de cátedra, diríamos, habría quedado ya arrasado por el pragmatismo del materialismo político:

«No con igual imperio se entroniza el materialismo en la sociedad cuando de ella se apodera, ni se presenta en todas las épocas bajo formas análogas. Ha pasado ya, por fortuna, la desastrosa dominación del materialismo filosófico, o sea la negación del espíritu, excitando hoy tan solo la risa de los sabios y la indignación del mundo. Pero existe otro materialismo que pudiera llamarse político, no científico sino práctico, y es el achaque más común de que adolecen hoy los hombres de gobierno y que se deja entrever en las legislaciones modernas y los negocios de Estado. Este no niega el espíritu, sino prescinde de él con frecuencia; no entra en polémica de principios, la esquiva; no acomete a su adversario, le huye el cuerpo. Impórtanle poco los sistemas filosóficos; ninguno admite ni rechaza: es una especie de eclecticismo que a todo se acomoda, con tal que le dejen promover a su manera los intereses materiales, aunque sea a expensas de los grandes intereses religiosos, que juzga muy secundarios. Si el materialismo filosófico lleva de error en error hasta el ateísmo, el político arrastra irremisiblemente a la revolución, ardorosa fiebre que abrasa las entrañas de las modernas sociedades.» (Intereses materiales, El Ancora, Barcelona, 1º de octubre de 1850, nº 274, páginas 2-3.)

En 1854 la Enciclopedia moderna publicada en Madrid por el editor Mellado no dedica artículo propio a la Idea de Materia, pero sí a un concepto preciso, la materia sacramental. El artículo Materialismo trata de algo que ya es pasado, de tiempos de Espinosa, Leucipo o Epicuro, merecedor de ironías y hasta de risas, al glosar las protuberancias de los frenólogos, advirtiendo sólo de pasada sobre las consecuencias de tal absurdo, que «disuelve los vínculos sociales, y desencadena las pasiones más brutales por un egoísmo desenfrenado. Si el materialismo no hace necesariamente malvados a los hombres, es al menos la justificación completa de todos los vicios y de todos los crímenes.»

Pero el desarrollo de las ciencias positivas era imparable, y no dejaban de aparecer quienes encontraban en las ciencias físicas la única conceptuación rigurosa de la materia. Particularmente entre la clase médica. En 1852, en La Unión Médica, órgano de la Academia Quirúrgica Matritense, el bachiller José Garrófalo y Sánchez se proclama materialista puro, y a finales de esa década, en 1859, el solemne discurso de apertura de las sesiones de la Real Academia de Medicina de Madrid, pronunciado por el doctor Pedro Mata Fontanet, desencadena un escándalo notable. El doctor Mata disertó sobre «Hipócrates y las escuelas hipocráticas», y argumentó que se estaba asistiendo entonces a una tercera restauración de la medicina hipocrática, «en alas de una reacción política, empeñada en desenterrar todos los fósiles y en galvanizar todas las momias que sepultó en el panteón de los tiempos el siglo XVIII», como parte de un proceso más amplio: «Esa reacción funesta se ha dejado sentir, primero en el campo de la filosofía, y si hay quien, al abrigo de aquella, sueña en volver a los tiempos en que esa antorcha de la humanidad era la ancilla theologiae, no faltan otros que con más éxito la han convertido en la sierva de la política. Hecha la reacción en el campo filosófico, ha debido haberla por igual en el de las ciencias especiales; cuyas concepciones respectivas son siempre el genuino reflejo de las de aquel: ley fatal para la que no tiene fuero excepcional la medicina.» De manera que Pedro Mata, frente a esa reacción funesta, se propone defender precisamente el materialismo del padre Hipócrates, «cuyas obras rebosan de materialismo jonio». La feroz polémica y los abundantes escritos a favor y en contra duraron muchos meses.

Mientras otro médico, en Alemania, Luis Büchner (1824-1899), se consolidaba como el representante arquetípico del materialismo monista, cientificista y antifilosófico, que se iba a popularizar durante décadas en ambientes «progresistas». Su famoso libro Fuerza y materia. Estudios populares de historia y filosofía naturales (1855) alcanzó una difusión extraordinaria, conociendo varias ediciones en español, a partir de 1868.

En 1866 otro alemán, Federico Alberto Lange (1828-1875), publica ya el primer ensayo de reconstrucción de la supuesta evolución histórica de los sistemas filosóficos llamados materialistas, su famosa Historia del materialismo (editada en español en 1903, en traducción de Vicente Colorado, a partir de la versión francesa de la segunda edición alemana).

A finales de 1874 el hegeliano Antonio María Fabié Escudero (1832-1899) comienza a publicar, en la Revista Europea, una serie de diez artículos donde realiza un «Examen del materialismo moderno» (Antecedentes del moderno materialismo, El darwinismo, Haeckel, Psicología empírica: Bain, Herbert-Spencer, La sociabilidad: Lubbock, C. Vogt, Clemence Roger, Spencer, Filosofía de la historia: Comte, Buckle, Draper, Bagheot, Lógica de las escuelas empíricas).

En 1890, a los pocos meses de su edición francesa, se publicó en español un Diccionario apologético de la Fe católica, dirigido por Juan Bautista Jaugey, que contiene un largo artículo dedicado al Materialismo, del que es autor Juan Miguel Alfredo Vacant (1852-1901), presbítero católico y catedrático en el Gran Seminario de Nancy, donde realiza una exposición y refutación, que busca ser sistemática, de las teorías materialistas que más les afectaban.

Urbano González Serrano (1848-1904), confuso entre krausismos y positivismos, es autor de los artículos Materia y Materialismo en el Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano (tomo 12, Barcelona 1893), del que ofrecemos también las distintas entradas relacionadas, que contienen ejemplos del uso efectivo de esos términos en español.

Aprovechando la Exposición Universal de París de 1900 intentó la Francia su último gran intento globalizador: desde los servicios postales a los grandes ferrocarriles europeos, desde un idioma auxiliar universal a la unificación del Vocabulario filosófico (que André Lalande elaboró entre 1902 y 1923 y publicó en forma de libro en 1926). Los artículos materia, material y materialismo nos ofrecen un ejemplo de la candorosa ingenuidad con la que aquellos bondadosos franceses creyeron tranquilamente dejar resuelto de forma armónica cuanto se refiere a estos asuntos, incluso el materialismo histórico.

Uno de los diccionarios de filosofía más difundidos por todo el mundo durante el siglo XX es el que prepararon Mark Moisevich Rosental (1906-1975) y Pavel Iudin (1899-1968), cuya primera edición en ruso apareció en 1939 (Kratkii filosofskii slovar). En 1948 estaba editado en chino, en 1949 en inglés, en 1954 en hebreo, en 1955 en polaco y en rumano, &c. Las ediciones en lengua española ya están adaptadas a la filosofía oficial resultante del XXII Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (17-31 octubre 1961). Este Diccionario filosófico dirigido por Rosental e Iudin se reeditó varias veces en español durante dos décadas: Montevideo 1965, Madrid 1975, La Habana 1981, Guantánamo 1985, &c. La lectura de los artículos materia, materialismo, materialismo de las ciencias naturales, materialismo dialéctico, materialismo económico, materialismo francés del siglo XVIII, materialismo histórico, materialismo vulgar, materialismo y empiriocriticismo permite acercarse a la ortodoxia que para muchos millones de hombres representó el diamat.

En 1971 se publicó en ruso el manual preparado para el Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS por un grupo de autores dirigido por F.V. Konstantinov (Osnovy marksistsko-leninskoi filosofii). La versión en español alcanzó una amplia difusión: Fundamentos de filosofía marxista-leninista, y procede de la segunda edición rusa, que ya se ajustaba a las resoluciones del XXV Congreso del PCUS (24 febrero-5 marzo 1976). Ofrecemos el Capítulo III, La materia y sus formas principales de existencia, de la Parte I, Materialismo dialéctico. Sucede que la edición en español de Moscú 1977 presenta algunas variantes en las ediciones cubanas (La Habana 1977, 1986, 1987, 1988), por lo que para entretenimiento de hermenéutas ofrecemos ambos textos a doble columna.

En septiembre de 1972 publica Gustavo Bueno un libro, Ensayos materialistas, que se convertirá en el principal punto de partida del sistema filosófico, que irá cristalizando años después, conocido como materialismo filosófico. El materialismo filosófico acaso sólo tiene en común con los materialismos tradicionales la negación del espiritualismo, es decir, la negación de la existencia de sustancias espirituales. Es cierto que cuando estas sustancias espirituales se definen como no materiales, poco avanzamos en la definición del materialismo, puesto que no hacemos otra cosa sino postular la realidad de unas sustancias no materiales, pero sin definirlas previamente. Y si en lugar de definir las sustancias espirituales como sustancias inmateriales se definen como incorpóreas, estaremos presuponiendo que el materialismo es un corporeísmo, tesis que rechaza de plano el materialismo filosófico, en tanto admite la realidad de seres materiales pero incorpóreos (la distancia entre dos cuerpos es sin duda una relación real, tan real como los cuerpos entre los que se establece, pero no es corpórea, ni tampoco «mental»).

Por ello el materialismo filosófico ve necesario, para romper el círculo vicioso (sustancia espiritual es la sustancia no material, y sustancia material es la no espiritual), acudir a una tercera idea, a saber, a la idea de la Vida, definiendo la sustancia espiritual como sustancia viviente incorpórea. El materialismo, en general, podría entonces definirse como la negación de la existencia y posibilidad de sustancias vivientes incorpóreas. Esta definición de materialismo permite incluir al atomismo de Demócrito; pero el atomismo de Demócrito es un corporeísmo, por cuanto identifica a lo incorpóreo con el no-ser, con el vacío; por ello el materialismo filosófico no tiene que ver con el atomismo de Demócrito, renovado en el siglo XVII y XVIII en una concepción que bloqueó el desarrollo de la ciencia moderna y especialmente de la Química, la cual solamente pudo seguir adelante «rompiendo» el átomo. Pero, aparte de Demócrito, el materialismo tradicional se desarrolló como monismo materialista corporeísta, y este es el modelo más extendido en los siglos XIX y XX (Büchner, Moleschott, Ostwald, Haeckel, Marx, Engels, Monod, &c.). El materialismo filosófico tiene muy poco que ver con este materialismo tradicional.

El materialismo filosófico niega el monismo, por cuanto defiende el pluralismo ontológico, pluralismo que no se reduce al reconocimiento de las diferencias entre los seres, sino a la afirmación de que entre éstos hay discontinuidades irreducibles (acogiéndose al principio de discontinuidad implicado en la symploké platónica, según la cual «no todo está relacionado con todo»); y en esto se diferencia del monismo materialista tradicional que, como el monismo teológico monoteísta, defiende que «todo está relacionado con todo».

El materialismo filosófico Niega el corporeísmo porque, además de las realidades corpóreas (que se incluyen en un primer género de materialidad) reconoce la realidad de un segundo género de materialidad incorpóreo pero temporal (por ejemplo un dolor de apendicitis) y de un tercer género de materialidad inespacial e intemporal (como pueda serlo un teorema matemático).

El materialismo filosófico utiliza también el concepto de Materia ontológico general como multiplicidad pura que se presenta en función del mundo de los fenómenos, constituido lisológicamente por los tres géneros de materialidad (la materialidad primogenérica, la materialidad segundogenérica y la materialidad terciogenérica), pero morfológicamente organizado según diferentes plataformas (materia inorgánica, materia orgánica, materia viviente, materia social, materia etológica, antropológica o institucional) y categorías establecidas en función de las ciencias positivas.

El Diccionario filosófico. Manual de materialismo filosófico de Pelayo García Sierra, ofrece una introducción analítica al materialismo filosófico hasta el año 1999. En octubre de 2003 Sharon Calderón Gordo publicó un artículo, «El Congreso de Murcia y las oleadas del materialismo filosófico», en el que se expone la idea de las oleadas que se podían distinguir ya en la evolución del materialismo filosófico. A partir de 2007 la revista El Basilisco, fundada por Gustavo Bueno en 1978, modifica el subtítulo que mantenía desde entonces y pasa a denominarse: El Basilisco, revista de materialismo filosófico.

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