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Revistas culturales de postguerra Florentino Pérez Embid Temas españoles, nº 215 I. Revistas de Preguerra • «Revista de Occidente» • «Acción Española» • «Cruz y Raya» • II. Las revistas de los años de guerra • «La Hora de España» • «Jerarquía» • «Fe» • III. Las principales revistas de postguerra • «Escorial» • «Arbor» • Revistas especialmente orientadas a la cultura hispánica • «Cuadernos Hispanoamericanos» • «Estudios Americanos» • IV. Otras revistas culturales y las de más reciente aparición • Revistas de instituciones religiosas • «Revista de Estudios Políticos» • «Finisterre» • «Clavileño» • «Nuestro Tiempo» • «Punta Europa» • V. Horizontes abiertos | |
Revistas culturales de postguerra En el lenguaje corriente entendemos por «revista cultural» una publicación periódica, bastante «de minorías», en la que se reflejan las ideas y los hechos contemporáneos referentes a la orientación del pensamiento, del arte, de las letras, y los avances y los principios generales del saber científico. Entendidas de esa manera, las publicaciones españolas que han cultivado este campo de la actividad del espíritu, después de la Victoria de 1939, constituyen un panorama realmente interesante. En primer lugar, porque con las oscilaciones e inseguridades propias de los tiempos de reajuste social, reflejan en conjunto una decidida y sana orientación de los esfuerzos culturales, que resultan estar hechos con amplia voluntad de acierto y ambición de sincero rigor. En segundo lugar, porque siendo como es nota distintiva de las revistas culturales una clara tendencia a la elaboración y difusión de las doctrinas sociales y políticas, el esquema de aquéllas en un país y tiempo determinados, esboza y prefigura el de las fuerzas intelectuales de su historia pública. En España, el juego de las corrientes del pensamiento en estos quince años de postguerra española, resultaría ininteligible sin el precedente de tres revistas culturales de la preguerra, las cuales, por añadidura, ofrecen el interés de corresponder cada una de ellas a uno de los tipos fundamentales que cabe distinguir en el género «revista cultural». Las tres aludidas son, naturalmente: Revista de Occidente, de matiz más filosófico y culturalista; Acción Española, de pensamiento político, y Cruz y Raya, de carácter más literario y artístico. En estas páginas se intenta una caracterización –ligera– de los movimientos intelectuales de que cada publicación ha sido fruto, por una parte, y por otra, instrumento de difusión. Es verdad que muchas veces, a lo largo de la vida de una revista, cambian o varían sus principios doctrinales o los afanes próximos del grupo que la dirige y da vida. Pero esto en modo alguno entraña –salvo excepciones– un cambio radical, sino que es más bien aplicación del propósito originario, con las servidumbres que imponen la realidad del ambiente y las posibilidades prácticas de la labor. Así no resultará históricamente incorrecto dedicar atención primordial a las declaraciones iniciales de orientación, afanes y razón de ser. Otra advertencia importante es de este lugar. En España, además de las que aquí van a citarse, se han publicado en estos años otros dos tipos de publicaciones que quedan fuera de la actual exposición. [4] Unas, son las dirigidas a públicos bastante amplios, y que, aunque dedicadas a temas literarios, artísticos o culturales, tienen un carácter puramente informativo, y no dan cabida de modo habitual a la creación intelectual original. Incluso en el formato se distinguen de las revistas culturales en sentido estricto. Estas otras –que es lo que ordinariamente entendemos por «revistas literarias»– se parecen más al periódico por el tamaño y número de las páginas, por la composición tipográfica, por la proporción de ilustraciones y por la orientación de los textos. El otro tipo de publicaciones que aquí no se recogen son las editadas por algunas órdenes y congregaciones religiosas. Como exponentes que son de un espíritu genuino, y cuya permanencia no depende de los vaivenes del ambiente general, resultan menos representativas desde este punto de vista, que es el que inspira la enumeración siguiente. [5] I. Revistas de Preguerra «Revista de Occidente» Empezó a publicarse en 1923, y en el mes de julio de 1936 editó su último número, el 157. Es –hasta ahora– la de más prolongada vida, y fue la primera importante que apareció. Ocupa, por tanto, para nosotros un lugar destacado en el tema que este trabajo aborda. Era una publicación pequeñita, de poco más de cien páginas, y un tanto de bolsillo. Seguramente, impresa con gusto tipográfico, con lo cual seguía, en cierto modo, la línea de Sí, la revista de Juan Ramón Jiménez, y el color con que la recordamos muchos es el verde; no sólo porque era el que aparecía normalmente en las portadas, sino porque ese color resulta congruente con el aire general, ligero y brillante de la revista. Como ya hace bastante tiempo que salía, y los jóvenes tenemos de ella un recuerdo lejano y de conjunto, fomentado además por las alusiones de los simpatizantes, me parece que la impresión que sobre esta revista circula está idealizada en demasía. Si ahora cogemos al azar unos cuantos números de ella, en concreto, encontramos un excesivo porcentaje de traducciones y colaboraciones extranjeras, prólogos o capítulos de libros demasiado ocasionales, junto con ensayos interesantes y algunos trozos estrictamente literarios, pero faltan la solidez y la coherencia intelectual enérgica que luego han tenido en España otras revistas de parecido propósito y carácter. No cultivó nunca de modo permanente o sistemático la crítica de libros. Fue muy eficaz y proporcionó estímulo y materiales a muchos ensayistas. Ignoro la cuantía media de sus tiradas. La revista está unida inseparablemente a una figura destacada y discutible en extremo en nuestra vida intelectual: don José Ortega y Gasset, y a la labor más amplia que él dirigió en la editorial del mismo título. Otras firmas características son el primer García Morente, Fernando Vela, Gaos, Benjamín Jarnés... Dio cabida desde el principio a la creación literaria, y en sus páginas son frecuentes las firmas de Juan Ramón Jiménez, Pío Baroja, Antonio Machado y poetas de la generación siguiente. En conjunto, fue la publicación típica de la mentalidad que cristalizó en la «Agrupación de intelectuales al servicio de la República». Su declaración de «Propósitos», fechada en 1923, decía así: «Los propósitos de la Revista de Occidente son bastante sencillos. Existe en España e Hispanoamérica un número crecido de personas que se complacen en una gozosa y serena contemplación de las ideas y del arte. Asimismo les interesa recibir de cuando en cuando noticias claras y meditadas de lo que se siente, se hace y se padece en el mundo: ni el relato inerte de los hechos, ni la interpretación superficial y apasionada que el periódico les ofrece, concuerdan con su deseo. Esta curiosidad, que va lo mismo al pensamiento o la poesía que al acontecimiento público y al secreto rumbo de las naciones, es, bajo su aspecto de dispersión e indisciplina, la más natural, la más orgánica. Es la curiosidad ni exclusivamente estética ni especialmente científica o política. Es la [6] vital curiosidad que el individuo de nervios alerta siente por el vasto germinar de la vida en torno y es el deseo de vivir cara a cara con la honda realidad contemporánea. «Acción Española»
Fundada en 1931 por el conde de Santibáñez del Río e impulsada siempre por Eugenio Vegas Latapié, fue don Ramiro de Maeztu quien la dirigió desde el número 28, mayo de 1933, hasta el final, y el nombre suyo el que la simboliza en la historia de nuestra cultura. Allí –número 40–, y bajo el título «Una bandera que se alza», publicó José Antonio Primo de Rivera [7] el discurso fundacional de la Falange. Allí, Víctor Pradera dio a conocer sus teorías tradicionales sobre «El Estado nuevo». Y allí, Calvo Sotelo, Pemán, Jorge Vigón, Sánchez Mazas, Rodezno, Arrarás, Sainz Rodríguez, José Pemartín, Leopoldo Palacios, Corts Grau, Vázquez Dodero, mantuvieron la ancha bandera nacional de su acción española. Por eso pudo escribir Eugenio Montes, otra de las figuras representativas, que «desde esta Covadonga de Acción Española estamos reconquistando España», y también que fue aquella «faena grandiosa, escurialense, de rehacer España de sus ruinas». Publicación en la que predominaban los temas de derecho público y de historia política, incluyó con frecuencia crónicas culturales y reseñas bibliográficas, actualizó y reivindicó la grandeza del pensamiento de Menéndez Pelayo, y representó un movimiento intelectual paralelo en los propósitos al de Acción Francesa, sin que tuviera respecto de él mimetismo sustancial ninguno. Suspendida después del 10 de agosto por el Gobierno de la República, al llegar el 18 de julio de 1936 había publicado 88 números. Por eso tiene el número 89 la Antología de Acción Española, que se publicó en Salamanca en 1937, llevando en cabeza las siguientes palabras del Generalísimo Franco: «Acción Española, fiel a su título, representó en el transcurso de los últimos años el refugio donde encontraron asilo los esforzados paladines de la inteligencia puesta al servicio de la Patria. En la martirología nacional, la sangre de aquellos pensadores y sus gestas heroicas hicieron más vigoroso el marcial grito de ¡Santiago y cierra España!» Aún conservo con alegría el ejemplar de aquel número último que, fresca la tinta, me mandó al frente un amigo. De aquellos días conservo también algunos de los libros publicados por Acción Española: la Historia de España, de Menéndez Pelayo, seleccionada por Vigón, y el Discurso a los universitarios españoles, de López Ibor. Su artículo inicial, que vale como explicación del plan cultural de la revista, era original de Ramiro de Maeztu, quien obtuvo con él el Premio Mariano de Cavia, que desde su fundación por don Torcuato Luca de Tena, el creador de la empresa de Prensa Española, ha sido el máximo galardón de la vida del periodismo español. He aquí el artículo: «España es una encina medio sofocada por la hiedra. La hiedra es tan frondosa, y se ve la encina tan arrugada y encogida, que a ratos parece que el ser de España está en la trepadora y no en el árbol. Pero la hiedra no se puede sostener sobre sí misma. Desde que España dejó de creer en sí, en su misión histórica, no ha dado al mundo de las ideas generales más pensamientos valederos que los que han tendido a hacerla recuperar su propio ser. Ni su Salmerón, ni su Pi y Margall, ni su Giner, ni su Pablo Iglesias, han aportado a la filosofía del mundo un solo pensamiento nuevo que el mundo estime válido. La tradición española puede mostrar modestamente, pero como valores positivos y universales, un Balmes, un Donoso, un Menéndez y Pelayo, un González Arintero. No hay un liberal español que haya enriquecido la literatura del liberalismo con una idea cuyo valor reconozcan los liberales extranjeros, ni un socialista la del socialismo, ni un anarquista la del anarquismo, ni un revolucionario la de la revolución. * * * Durante veinte siglos, el camino de España no tiene pérdida posible. Aprende de Roma el habla con que puedan entenderse sus tribus y la capacidad organizadora para hacerlas convivir en el derecho. En la lengua del Lacio recibe al Cristianismo, y con el Cristianismo, al ideal. Luego vienen las pruebas. Primero la del Norte, con el orgullo arriano, que proclama no necesita Redentor, sino Maestro; después la del Sur, donde la moral del hombre se abandona a un destino inescrutable. También los españoles pudimos dejarnos llevar por el Kismet. Seríamos ahora lo que Marruecos o, a lo sumo, Argelia. Nuestro honor fue abrazarnos a la cruz y a Europa, al Occidente, a identificar nuestro ser con nuestro ideal. El mismo año en que llevamos la cruz a la Alhambra, descubrimos el Nuevo Continente. Fue un 12 de octubre, el día en que la Virgen se apareció a Santiago en el Pilar de Zaragoza. La corriente histórica nos hacía tender la cruz al mundo nuevo. * * * La sinfonía se interrumpió en 1700, al cerrarse para siempre los ojos del monarca hechizado. Cuentan los historiadores que a fuerza de pasar por nuestras tierras tropas alemanas, inglesas y francesas, aparte de las nuestras, durante catorce años, al cabo de la guerra de Sucesión se habían esfumado todas las antiguas instituciones españolas, excepto la corona de Castilla. España era una pizarra en limpio, donde un rey y una corte extranjeros podían escribir lo que quisieran. Mucho de lo que dijeron tenía que decirse, porque el país necesitaba academias y talleres, carreteras y canales. Embargados en cuidados superiores, nos habíamos olvidado anteriormente de que lo primero era vivir. Pero cuando se dijo que «Ya no hay Pirineos», lo que entendió la mejor parte de nuestra aristocracia es que Versalles era el centro del mundo. Pudimos entonces economizar las energías y esperar a que se restauraran para seguir nuestra obra. Preferimos poner nuestra ilusión en ser lo que no éramos. Y hace doscientos años que el alma se nos va en querer ser lo que no somos, en vez de ser nosotros mismos, pero con todo el poder asequible. * * * Siempre ha tenido España buenos eruditos, demasiado conocedores de su historia para poder creer lo que la [10] envidia de sus enemigos propalaba. La mera prudencia dice, por otra parte, que un pueblo no puede vivir con sus glorias desconocidas y sus vergüenzas al desnudo sin que propenda a huir de sí mismo y disolverse, como lo viene haciendo hace ya más de un siglo. Tampoco nos ha faltado aquel patriotismo instintivo que formuló desesperadamente Cánovas: «Con la patria se está con razón y sin razón, como se está con el padre y con la madre.» La historia, la prudencia y el patriotismo han dado vida al tradicionalismo español, que ha batallado estos dos siglos como ha podido, casi siempre con razón, a veces con heroísmo insuperable, pero generalmente con la convicción intranquila de su aislamiento, porque sentía que el mundo le era hostil y contrario el movimiento universal de las ideas. «Cruz y Raya»
Claro está –como la historia reciente y la menos reciente ya han demostrado– que las aventuras intelectuales de tales católicos en ningún país han sabido encontrar horizontes despejados ni caminos sin precipicios. Menos aún podían hallarlos en España, en donde eran planta sin tierra. Muy cuidada de presentación, con influencias de tipografía cubistoide, inicia la distribución de sus originales en secciones con títulos metafóricos: «Cristal del tiempo», «Criba» y la publicación de apéndices en papel de color, con textos literarios importantes o trabajos de erudición especial, así como la selección –en páginas destacadas– de textos ajenos, modalidades todas ellas que, en lo puramente externo, han inspirado a otras publicaciones de postguerra, especialmente Cuadernos Hispanoamericanos. II. Las revistas de los años de guerra «La Hora de España» Publicación formalmente cuidada y que refleja en sus números la colaboración de los intelectuales al esfuerzo de guerra de la zona roja, es hoy conocida sólo de aquellos que la recuerdan, y de muy pocos más, entre los cuales, ciertamente, hay pocos jóvenes. No es posible –sin ella– entender el clima mental de las violencias que cuajaron en la lucha, y tampoco la orientación cultural de algunos intelectuales españoles –unos, exilados; otros, no– después de la Victoria. Citar aquí nombres precisos parecería hoy agresivo. No quiero hacerlo. «Jerarquía» En Pamplona, impresa me parece en Zaragoza, se hicieron los cuatro número de Jerarquía, la «revista negra de la Falange», como rezaba su subtítulo, llena de un aire artesano y con un deliberado aspecto lapidario y solemne, que iba desde la cubierta negra con letras doradas hasta la composición policroma de sus páginas, encuadradas con viñetas y alegorías. Intelectualmente influyó en la publicación el maestrazgo de don Eugenio d'Ors y la inspiración de Angel María Pascual, más la colaboración activa de los más destacados intelectuales falangistas. Yo la recuerdo de cuando el número 2 me llegó también al frente, y escribí pidiendo el primero; la respuesta de Fermín Yzurdiaga, el director, escrita en papel azulina y firmada con lápiz de color, me anunciaba una proyectada reimpresión, que luego no llegó a salir. Fue característico el aire con que aparecía al principio de cada número el soneto de Hernando de Acuña, bajo una espada dorada, sobre cuya empuñadura iba en tinta colorada el yugo y las flechas. Allí publicó José María Pemán el prólogo a su Poema de la Bestia y el Angel, muy a tono con el momento espiritual de España, y que luego fue uno de los tres o cuatro libros de gran formato aparecidos bajo la rúbrica de Jerarquía. Otro de ellos, la reedición del Genio de España, de Ernesto Giménez Caballero. «Fe» Junto a Jerarquía, y en cierto modo distinta y coincidente con ella, apareció Fe, Revista de doctrina nacionalsindicalista, que tuvo dos épocas: una que duró seis números, pequeñitos, con portada negra y gruesos trazos esquemáticos en color cambiante, hecha, primero, con textos de los fundadores de Falange, y luego, con escritos intelectuales y políticos de aire impetuoso. Y a continuación una segunda época, más sistemática, hecha bajo el signo de los servicios de Prensa y Propaganda, que es la que –terminada la guerra– desembocó en la creación de Escorial. III. Las principales revistas de postguerra «Escorial» Apareció en Madrid en noviembre de 1940, dirigida por Dionisio Ridruejo y con Pedro Laín Entralgo como subdirector. Dos años más tarde, en noviembre de 1942, fue director José María Alfaro; esta primera época –interrumpida en 1945– duró hasta el número 55, ya de 1947. Publicación concebida bajo el signo falangista y arquitectónico del monasterio filipino, sus secciones sobriamente tituladas y muy llenas de contenido le dieron desde el primer momento un tono importante. Abierta con rigor a los fenómenos culturales verdaderamente valiosos, fue Escorial la manifestación típica del grupo cultural que algunos han llamarlo «generación de 1936», si bien en sus páginas aparecieron desde el principio firmas de tiempos anteriores, como Menéndez Pidal o don Gregorio Marañón. Impresa en los mismos talleres que habían hecho un tiempo Cruz y Raya, en su aspecto –cuidado también– campeaban escudos y grabados, y títulos unidos a dibujos escurialenses. En sus páginas aparecieron nombres muy varios: Zubiri, Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco, Rafael Calvo Serer, Octavio Foz Gazulla, Augusto Andrés Ortega y cien más, entre los cuales –en éste como en todos los casos– sólo es posible, si se cita, citar al azar. Importa, en cambio, precisar, además de lo dicho, el carácter ceñido a los temas culturales, entendidos de un modo amplio y a la vez estricto, la gran atención concedida a la información y crítica bibliográfica, y la inteligente inclusión de colaboraciones poéticas y literarias. Escorial, a lo largo de toda su primera época es quizá la revista cultural española más armónica y externamente mejor conseguida de estos treinta años últimos, sobre todo teniendo en cuenta el quiebro que para Arbor ha representado su desafortunada etapa última. Interrumpida en 1946, y apenas reaparecida en 1947, en el 1949 intenta una segunda época, que dura de mayo a diciembre y llega hasta el número 64. Entonces apareció dirigida por don Pedro Mourlane Michelena y siguió teniendo las trescientas páginas que fueron siempre su término medio, además de la misma orientación y aspecto. He aquí, a continuación, el texto inaugural, aparecido en noviembre de 1940: «Interesaba de mucho tiempo atrás a la Falange la creación de una revista que fuese residencia y mirador de la intelectualidad española, donde pudieran congregarse y mostrarse algunas muestras de la obra del espíritu español no dimitido de las tareas del arte y la cultura a pesar de las muchas aflicciones y rupturas que en años y años le han impedido vivir como conciencia y actuar como empresa. * * * Para tal empresa hemos querido usar una alta invocación, porque las cosas son un nombre y por él se conocen y se obligan. Escorial, porque ésta es la suprema forma creada por el hombre español como testimonio de su grandeza y explicación de su sentido. El Escorial, que es –no huyamos del tópico– religioso de oficio y militar de estructura: sereno, firme, armónico, ni cosa superflua, como un Estado de piedra. Magno equilibrio del tiempo: ni sólo panteón, ni sólo residencia, ni sólo disparada y alta porfía, sino equilibrio y suma de todo ello: edificado sobre los muertos como señal de estar legítimamente enraizado en lo propio y servido por la sustancia de lo ejemplarmente pasado; pero entero, vivo, practicable para el uso del tiempo y extremado de altura, escudriñante y ambicioso como quien, comenzando en la memoria, no vive sino para la esperanza. «Arbor» Cuando Escorial desapareció definitivamente, hacía ya seis años que, desde enero de 1944, se venía publicando Arbor, la revista que el Consejo Superior de Investigaciones Científicas lanzó, con un afán de síntesis, que había impreso carácter desde los primeros proyectos a esta nueva publicación. Apareció cada dos meses durante cuatro años, y precisamente al suspenderse Escorial en 1948 había pasado a ser mensual y a orientarse claramente como revista cultural en sentido más preciso y mejor entendido. Hoy es, después de la Revista de Occidente, la que más tiempo ha durado y la que, por tanto, tiene una colección más numerosa. Por razones muy personales, que el tiempo irá desgastando, yo no puede todavía escribir de Arbor con frialdad de historiador desapasionado. Hace unos años, cuando esas razones no actuaban aún sobre mi ánimo, publiqué en el número 75 una «Breve historia de la revista Arbor», de la que copio los datos históricos fundamentales: Rafael Calvo Serer, Raimundo Pániker y Ramón Roquer fundaron Arbor en Barcelona en el mes de marzo de 1943. Fue su primer director fray José López Ortiz, O.S.A., catedrático de la Universidad madrileña y muy pronto después obispo de Tuy. En octubre de 1946 fue nombrado director José María Sánchez de Muniain, a quien muy pronto sustituyó Rafael Calvo Serer. En diciembre de 1953, éste y sus principales colaboradores intelectuales fuimos violentamente separados, por razones políticas, de la labor de la revista, que pasó a manos de otro grupo de dirección, el [18] cual imprimió a sus números un matiz distinto, más cientificista y con menor interés cultural. Desde el primer número hasta esta última fecha ha sido subdirector Rafael de Balbín Lucas. Yo he trabajado como secretario desde el número 19 hasta el 95. Seria inútil intento el de enumerar los colaboradores más destacados. Entiendo que a lo largo de aquellos once años ha sido decisiva también la participación en la revista de Raimundo Pániker, Hans Juretschke y Alfonso Candau. Durante su periodo más largo y característico, Arbor ha llevado el subtítulo de «Revista general de investigación y cultura», y el hecho de estar publicada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas ha condicionado siempre, como es natural, el carácter de los números, en cuyo conjunto se buscaba contribuir a la central tarea científica de orientar la vida intelectual hacia una síntesis superadora de las ciencias particulares. Otro rasgo característico fue la rica y amplia información cultural europea, y también nacional, de donde se ha seguido el ancho y hondo eco español e internacional. Distribuidos sus originales en secciones un tanto rígidas, la vertiente más puramente literaria de la vida intelectual ha tenido en ellas poca cabida, y, en consecuencia, el perfil fundamental de Arbor y su acusada fisonomía en la vida cultural española y en el diálogo internacional, han venido dados por el vigor y coherencia de pensamiento que Arbor entonces representaba. En el sitio aludido antes escribí hace años: «Era una idea autónoma, llena de ambición, nacida sin dependencia originaria con las instituciones académicas o investigadoras existentes con anterioridad. Surgía como proyección de un empeño espontáneamente unitario, lleno de potencia creadora, de poder renovador, sobre la situación dada de la vida científica, también entonces alterada en su planteamiento por la irrupción de un espíritu que introducía en ella el germen de un giro profundo, cuyas consecuencias sólo con el tiempo podrán ser medidas en toda su trascendencia.» Sin duda, el modo más firme como ese valor se simboliza es el haber aparecido estos años en las páginas de Arbor decenas de nombres nuevos, entre los cuales están las firmas más recias y más prometedoras de la vida cultural española de hoy. Junto a ellos han ido los nombres universales de los intelectuales europeos católicos contemporáneos. Cita especial merecen los números extraordinarios de Arbor: el de 1948, sobre la generación literaria y la fecha simbólica de 1898; el de 1949, dedicado a la revolución europea de 1848 y su repercusión en nuestra época; el de 1950, que recogió lo referente al magno congreso científico celebrado con la décima reunión plenaria del C. S. de I. C., y el de 1951, que trató los aspectos fundamentales del problema y teoría de la evolución biológica. Ultimamente Arbor comenzó a publicar una serie de «Antologías» de los estudios publicados en la revista sobre un tema científico o general determinado. Apareció primero el de Historia de España. Es un empeño más que luego tampoco ha tenido continuación. No interrumpida todavía la salida material de Arbor, sería inútil aludir a sus características externas, que en lo sustancial se han mantenido desde su aparición. El texto inicial aparecido al frente del número 1, debido a la pluma de Raimundo Pániker, decía así en sus párrafos más característicos: «Cuando algo se convierte de natural en problemático, no siempre indica un paso de la ingenuidad a la crítica; indica también muchas veces que aquel algo ha sido lesionado, y nuestra atención, despertada por el dolor, se dirige a remediar el caso. Revistas especialmente orientadas a la cultura hispánica Todas las españolas lo son, en sentido lato, ya que todas son –y no pueden ser otra cosa– exponentes de la manera hispánica de considerar y vivir la cultura. Pero aquí me refiero a las dos publicaciones periódicas que de modo más estricto se han dedicado estos últimos años a estudiar los fenómenos y las constantes culturales de toda Hispanoamérica, España incluida. Por eso, al principio digo que se trata de dos revistas de orientación cultural más polarizada. Cuadernos Hispanoamericanos, del Instituto de Cultura Hispánica, publicó su primer número en febrero de 1948, siendo director Pedro Laín Entralgo; subdirector, yo mismo, y secretario, Angel Alvarez de Miranda. La redacción estaba compuesta por los miembros del Seminario de Problemas Hispanoamericanos. Poco más tarde pasó a Luis Rosales la dirección, y a la tenacidad inteligente de Enrique Casamayor el cuidado constante que la continuidad de una revista requiere. Desde hace unos meses se ha incorporado a la publicación, como director, José Ignacio Escobar, marqués de Valdeiglesias. Bimensual al principio, se convirtió en mensual a partir del número 25, detalle en el cual coincide con Arbor. Sus números, abiertos a figuras relevantes de Hispanoamérica, a preocupaciones literarias y artísticas de vanguardia y a una rica información de fenómenos culturales muy varios, ha acusado el eco de corrientes diversas también. Menos conocida quizá de lo que debiera serlo, a fines de 1955 ha pasado ya del número 70, y en su colección destacan dos monográficos: uno dedicado a Antonio Machado y otro a Ramiro de Maeztu, que es, hasta hoy, junto con el libro de Vicente Marrero –Maeztu–, una de las aportaciones más positivas a la valoración de la figura y pensamiento de don Ramiro. He aquí los propósitos que Cuadernos Hispanoamericanos tenía al aparecer: «Quien lea esta revista debe saber, ante todo, que ha nacido para servir al diálogo. El hombre vive humanamente en cuanto dialoga consigo mismo, con los demás hombres, con la Divinidad, y muere humanamente tan pronto como se empeña en hacer de su vida un permanente monólogo. Junto al «pienso, luego existo», al «quiero, luego existo» y al «me angustio, luego existo» de los [21] diversos linajes monologantes, debe levantarse –con gravedad, decisión y rigor– un cristiano y consolador «dialogo, luego existo». Pues bien, nosotros, los hacedores y los lectores de estos neonatos cuadernos, vamos a servir hispánicamente a ese hondo, esencial imperativo del diálogo. Estudios Americanos, Revista de síntesis e interpretación. Publicada por la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, comenzó como trimestral en mayo de 1949 y paso a ser mensual en el número 16 (enero de 1953). Ahora va por el número 51 (diciembre de 1955). Es una labor de conjunto de la Escuela editora, dirigida por Vicente Rodríguez Casado y realizada por un equipo coherente de redactores y colaboradores, cuya orientación cultural es debida –además de al director– a Jesús Arellano, Francisco Elías de Tejada, Octavio Gil Munilla, todos ellos catedráticos de la Universidad sevillana, y Patricio Peñalver Simó, brillante profesor de Filosofía e historiador del pensamiento hispanoamericano. Por encima de la seriedad científica que caracteriza a Estudios Americanos, y que la mantiene lejos del ensayismo superficial, entiendo que su mérito principal estriba en ser realización y portavoz de un grupo cultural no radicado en Madrid, caso éste casi por completo nuevo en la vida intelectual española. La revista, atenta a la seria información de la cultura hispanoamericana, publica con regularidad comentarios autorizados y valiosas colaboraciones de América, de Europa y de España. IV. Otras revistas culturales y las de más reciente aparición De antes de la guerra no quisiera dejar sin mención la Revista de Estudios Hispánicos, que empezó a publicarse en 1934, bajo la dirección del marqués de Lozoya; así como también me complazco en recordar, por su gran valor representativo –si bien fuera de los límites cronológicos–, aquella Filosofía y Letras, a cuya evocación ha dedicado Cayetano Alcázar un entrañable librito. Después de la guerra, además de las enumeradas con detalle, necesitan mención especial los Cuadernos de Adán, reducidos a uno o dos números; la barcelonesa Leonardo, terminada muy pronto también, y la Revista Española, muy minoritaria, aunque de clara tendencia, y que publicó muy pocos números. * * * Párrafo aparte exigen –y merecen mucho más– las revistas culturales y de pensamiento general publicadas por algunas Instituciones religiosas: Razón y Fe, La Ciudad de Dios, Verdad y Vida, Pensamiento y La Ciencia Tomista son las más importantes, además de otras recién aparecidas: la segunda época de Revista Calasancia, Eidos, Religión y Cultura, Proyección, Estudios Filosóficos y Augustinus. * * * La Revista de Estudios Políticos, órgano principal del Instituto del mismo nombre, se inició como publicación técnica de dicha especialidad, orientación a la que sustancialmente ha vuelto en la última etapa, bajo la dirección de Francisco Javier Conde. Pero entre ambas, y bajo la dirección de Fernando María Castiella, tuvo una orientación más amplia, verdaderamente cultural, del mayor interés a efectos de esta enumeración. Finisterre, dirigida por Leopoldo Eulogio Palacios, y financiada con medios exclusivamente privados, significó, a lo largo del año 1949, un noble intento, llevado adelante dentro de las estrictas exigencias de la calidad. Sus doce fascículos, de unas noventa páginas, cuidados al detalle, tanto en presentación como en contenido, mostraban a las claras el rigor filosófico y la sensibilidad literaria, así como influencia del recuerdo de su época de Cruz y Raya, que dieron cauce al criterio director de Leopoldo Eulogio Palacios, uno de los más indiscutibles valores intelectuales de la España actual. Clavileño, revista de la Asociación Internacional de Hispanismo, fundada en enero de 1950, da cada dos meses una muestra acusada de buen gusto y lujo tipográfico, de amplio criterio de colaboraciones, inteligente y nítidamente orientada y de selección de las firmas, reunidas siempre entre hispanistas extranjeros, españoles que trabajan en el extranjero y españoles que en España mantienen la relación intelectual con aquellos en los campos de la literatura, el arte y los temas hispánicos. * * * Nuestro Tiempo apareció en julio de 1954, dirigida por el catedrático y [24] escritor Antonio Fontán. Es una publicación mensual, en pequeño formato, que en los dieciocho números hasta ahora publicados ha recogido ensayos, con frecuencia de primera calidad y siempre intelectualmente dignos, junto a numerosas notas de informaciones sobre la vida internacional, no sólo cultural sino también política, científica y técnica. Publicación de carácter particular y de signo inequívocamente católico, ha mantenido una curiosidad atenta a los fenómenos de la vida contemporánea, con sentido universalista, subrayado por la frecuente colaboración de intelectuales y escritores no españoles. Entre ellos, Erik von Kuehnelt-Leddihn, Braga da Cruz, Pablo Tiján, Günther Krauss, Anton Wurster, Desmond Fennell, Hans Juretschke y Jean Roger. Pero quizá las firmas más características de Nuestro Tiempo –hasta ahora, por lo menos– sean, aparte la del director, Antonio Fontán, las de José Orlandis, catedrático universitario y sacerdote del Opus Dei; Andrés Vázquez de Prada, Miguel Fisac, José Luis Vázquez Dodero, José María López Roca, Esteban Farré y Federico Suárez, entre otros. Igualmente, han sido importantes para la línea intelectual de la revista las colaboraciones de Angel López-Amo, Rafael Gibert, fray José López Ortiz, obispo de Tuy; José María Albareda, Ismael Sánchez Bella, rector del Estudio General de Navarra, Jorge Vigón, Víctor García Hoz, José Manuel Casas Torres, Francisco Indurain, Laureano López Rodó, Ignacio Zumalde, Emilio Orozco, Alvaro d'Ors, Antón Menchaca y otros muchos intelectuales y escritores que ocupan puesto de primera fila en el momento actual de la cultura española. En el número 1, el director publicaba con el título de «Este tiempo nuestro» un artículo cuyos párrafos principales decían así: «Asistimos a un momento de la Historia como los que representaron, sin salirnos del marco de nuestra cultura occidental, la época helenística, la expansión de la Cristiandad o el Renacimiento. Todos ellos fueron, como estos años cruciales nuestros, unos procesos de transformación muy profundos, cuyos límites no se pueden fijar artificial y esquemáticamente en las siglas concretas de dos años. * * * Estos historicistas han venido –es cierto– tras la turba de los racionalistas, amparados en sus fallos, justificando por ellos su presencia. Pero es cierto también que no hay más lógica aplicación del mito igualitario que el desfile uniformado y esas masas comunistas que marchan, a costa de los sacrificios de cada uno, por el áspero camino de la dictadura, hacia la meta ideal del supuesto paraíso proletario. * * * Por último, en los mismos días finales de 1955, en los que se cierra este folleto, ha salido el número inicial de una publicación cultural nueva, del mismo tipo de las hasta aquí reseñadas: Punta Europa es su título, y su director, Vicente Marrero. En la línea del pensamiento tradicional, y aun con un marcado carácter tradicionalista en cuanto a tendencia política desde el primer número, que lleva ya fecha de enero de 1956, promete, por la selección de los colaboradores, la atención a temas literarios y artísticos, el vigor cultural de su contenido y su presentación cuidada y sobria, ser el pórtico de una manifestación más, entre las importantes, de la nueva vitalidad y del sentido actual de [26] la cultura católica en España. Christopher Dawson, Juan R. Sepich, Gaspar González, José Hierro, Manuel G. Cerezales, Antonio Pacios, Francisco Elías de Tejada, Lucas María de Oriol y Antonio Millán Puelles escriben en el primer número. He aquí el editorial de presentación: «A diferencia de lo que sucedía no hace muchos años, hay hoy pensadores en todas partes, jóvenes y maduros, que desean para sus países lo que en España se ha venido propugnando, desde hace más de un siglo, por las figuras de su pensamiento más genuino y auténtico: el llamado, por las profundas raíces históricas en la esencia de nuestro ser, pensamiento tradicional. V. Horizontes abiertos Con este título, que es el de una de las secciones de Punta Europa, la más reciente de las revistas culturales españolas, podemos plantearnos también aquí, para terminar, la pregunta que Menéndez Pelayo colocó como cifra de su más palpitante investigación, en el Epílogo de la Historia de los Heterodoxos: «¿Qué se deduce de esta historia? A mi entender, lo siguiente.» Viene siendo norma constante de la vida cultural de todo el Occidente, y por supuesto de España, que las corrientes de pensamiento, tan pronto adquieren consistencia y vitalidad suficientes, por lo menos inicial, catalicen en torno a las páginas de una revista el fruto de sus esfuerzos intelectuales. Y como «toda idea es una acción incoada», de ahí que el panorama de esas ideas más vivas y más vigorosamente sostenidas, simbolizadas en las más importantes revistas culturales, no sólo representan un plano de las estructuras mentales de la sociedad en que alientan, sino que además prefiguran las direcciones de la vida pública en cada país. Hoy, aquí, concretamente, España. La vida, que nada ni nadie ha detenido nunca, ni detendrá hasta la plenitud de la tarde del último día, va trayendo poco a poco –también en la historia pequeña de las revistas culturales– la caducidad de los intentos pasados, y la prometedora amanecida de movimientos nuevos. En la gran cicatriz de la guerra de España terminaron la Revista de Occidente, Acción Española y Cruz y Raya, lo mismo que antes habían terminado por otras causas La España Moderna, aquella Filosofía y Letras que antes he nombrado, y otras revistas del siglo XIX, y lo mismo que terminaron también la Revista de Estudios Hispánicos o el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza. Llegaron asimismo a su punto final las publicaciones culturales periódicas de los años de la guerra, tanto las de zona roja como las de la España nacional. Terminaron igualmente Escorial y Finisterre. Desviadas hacia una especialización estricta y menos interesante, tanto Arbor como la Revista de Estudios Políticos, son, quizás, Clavileño, Nuestro Tiempo y Punta Europa las tres más fuertes publicaciones de la España de hoy que ocupan la plaza de «revistas culturales». Creo yo que en el ámbito de nuestra cultura hay sitio, que debe cubrirse, para alguna otra revista cultural de más estrictas exigencias teoréticas, de más ancho alcance nacional y de más alto y ambicioso vuelo. Quizás no es éste el momento mejor. Quizás alguna de estas publicaciones que hoy aparecen vengan en el futuro, más o menos inmediato, a llenar por el esfuerzo de su propio brazo ese sitio rector de las capitanías del espíritu. Quizás el tiempo inmediato traiga al panorama de las revistas españolas alguna otra nueva que encarne de un modo más pleno las posibilidades de este instante de nuestra vida cultural contemporánea. En él empieza a irrumpir a ojos vistas, por encima y por debajo del juego externo de las anécdotas, aquella mentalidad enteriza, universalista y resuelta a la que se orientaban los esfuerzos creadores de las últimas épocas, las más nobles ansias de nuestra historia reciente, y a la que están orientadas las más creadoras posibilidades de nuestra realidad intelectual de hoy. A eso llamo «horizontes abiertos». Bajo el signo esencial de la libertad del espíritu –que es «la potestad de elegir los medios»–, y bajo el signo también esencial de la fidelidad a la Verdad trascendente y a la verdad objetiva, es como podrá construirse el ancho cauce que postula esta actual apertura de horizontes. I. Revistas de Preguerra • «Revista de Occidente» • «Acción Española» • «Cruz y Raya» • II. Las revistas de los años de guerra • «La Hora de España» • «Jerarquía» • «Fe» • III. Las principales revistas de postguerra • «Escorial» • «Arbor» • Revistas especialmente orientadas a la cultura hispánica • «Cuadernos Hispanoamericanos» • «Estudios Americanos» • IV. Otras revistas culturales y las de más reciente aparición • Revistas de instituciones religiosas • «Revista de Estudios Políticos» • «Finisterre» • «Clavileño» • «Nuestro Tiempo» • «Punta Europa» • V. Horizontes abiertos |
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