Raimundo Pániker Alemany 1918

Raimon Panikkar olim Raimundo Paniker Alemany Ideólogo espiritualista nacido en Barcelona en 1918. A partir de un determinado momento de su vida decidió cambiar la grafía del apellido paterno y, más adelante, prefirió la versión de su nombre en catalán, por lo que también se le conoce como Raimundo Panikkar y Raimon Panikkar. Su padre era indio e hindú, miembro de una alta casta malabar del sur de la India, que estudió ingeniería química en Inglaterra y en 1916 se desplazó a España representando a una empresa alemana fabricante de productos para la industria del cuero; a pesar de tener en la India un hijo y un matrimonio convenido, se asentó en Barcelona como empresario (falleció en 1954) donde se casó con una hija arquetípica de la burguesía catalana, culta, amante de la música y cristiana católica, por supuesto. Su hermano Salvador Pániker (nacido en 1927, ingeniero y filósofo, fundador de la editorial Kairós) ha escrito de su madre: «Durante la guerra civil, mi madre simpatizaba con la postura del cardenal Vidal i Barraquer, en el sentido de que deseaba una solución negociada del conflicto. Terminada la guerra, detestó visceralmente al régimen de Franco, ante todo por su retórica hueca y su hipócrita catolicismo oficial. Y porque ella era enormemente catalana. Aceptó que su hijo [Raimundo] se hiciera del Opus, pero le repugnaba el tono y el estilo de Camino.» Raimundo estudió el bachillerato con los jesuitas y comenzó sus estudios superiores en la Universidad de Barcelona, durante la República. Como disfrutaba de pasaporte británico, Raimundo Pániker no tuvo dificultades para sortear la Guerra Civil española, trasladándose a Alemania, donde mientras duró la Primera Guerra de España cursó estudios en la Universidad de Bonn. Terminada la guerra volvió a España de vacaciones, pero ya no pudo volver a Alemania, al iniciarse la guerra mundial. A finales de ese mismo año de 1939 conoció a José María Escrivá de Balaguer, el fundador en 1928 del Opus Dei, organización católica de la que fue socio desde entonces y a la que se mantuvo vinculado formalmente hasta mediados los años sesenta.

Licenciado en Ciencias Químicas por la Universidad de Barcelona y en Filosofía por la Universidad de Madrid, a partir de 1942 se vinculó al Consejo Superior de Investigaciones Científicas, donde en 1943 fue uno de los impulsores de la revista Síntesis, germen de la revista Arbor, publicada desde 1944. En la Memoria de 1944 del Instituto «Luis Vives» de Filosofía del CSIC ya aparece su nombre como autor de varias «investigaciones científicas».

«El CSIC, sin embargo, siguió siendo la matriz del Opus Dei hasta 1951. La experiencia más interesante que realizaron los socios de la Obra de Dios durante los doce años que usufructuaron impunemente su presupuesto, fue quizá la revista Arbor.
No sé quien dijo, sin duda algún orteguiano, que cada vez que una generación se asoma al terrado de la vida, parece que la sinfonía del mundo tiene que atacar un tiempo nuevo. Los socios del Opus Dei, el grupo de intelectuales de la Obra de Dios, ni eran generación ni estaban aún en el terrado de la vida; pero tenían dinero y medios suficientes en el CSIC para editar una revista y entonces apareció Síntesis.
En el artículo inicial, «Síntesis» (como la revista), Raimundo Pániker exponía su carácter y objetivos: «Una idea autónoma, llena de ambición, independiente [...] y que surgía como proyección de un empeño espontáneamente unitario, lleno de potencia creadora, de poder renovador.» Su primer número estaba fechado en Barcelona en marzo de 1943. Sus promotores eran Rafael Calvo Serer, Raimundo Pániker y Ramón Roquer, es decir, parte del equipo del Opus Dei que estaba instalado en la activa delegación barcelonesa del Consejo Superior de Investigaciones Científicas; pero pronto, y por mediación de Fray José López Ortiz, el esfuerzo se hace más ambicioso y toma forma como revista general del CSIC. Es el nacimiento de Arbor.
Arbor aparece en Madrid como revista trimensual y órgano general del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, con el subtítulo de «Revista general de investigación y cultura» y con el emblema del árbol luliano de las ciencias en la portada. La tirada del primer número, correspondiente a los meses de enero y febrero de 1944, fue de 1.000 ejemplares. La dirección de la revista, instalada en la sede central del CSIC, estuvo en manos del que luego pasó a ser obispo de Tuy. Miembros de la redacción de Madrid en esta época fueron: Rafael de Balbín, Enrique Gutiérrez Ríos, Alfonso García Gallo, Guillermo Lohman, José María Sánchez de Muniain, María Jiménez Salas, Dalmiro de la Válgoma, José Maldonado, Ángel González Alvarez, &c.
En Barcelona, con Raimundo Pániker al frente, existía otro grupo de redactores entre los que se contaban Ramón Roquer y Jaime Bofill.
Arbor llevó una vida apagada en estos primeros tiempos, y sólo gracias al esfuerzo de Balbín y María Jiménez Salas, la revista pudo mantener su existencia. En octubre de 1946, se reorganiza la revista siendo designado director José María Sánchez de Muniain y, como secretario de redacción, aparece Calvo Serer que había estado algún tiempo ampliando estudios en el extranjero. En enero de 1947, Calvo Serer se marcha de nuevo, esta vez a Londres, siendo nombrado secretario de redacción Florentino Pérez-Embid. José María Sánchez de Muniain, miembro de la ACNP, abandona por entonces la dirección de la revista.» (Jesús Ynfante, La prodigiosa aventura del Opus Dei, génesis y desarrollo de la Santa Mafia, Ruedo Ibérico, París 1970.)

Aunque ya era miembro numerario de la organización Opus Dei, en 1946 decidió también convertirse en sacerdote católico, y fue ordenado presbítero de la Iglesia de Roma. Ese mismo año se convirtió también en Doctor:

Doctor en Filosofía en 1946 por la Universidad de Madrid, con la tesis Filosofía cristiana. El concepto de la Naturaleza, dirigida por Juan Zaragüeta Bengoechea, defendida el 20 de mayo de 1946 ante un tribunal formado además por Juan Francisco Yela Utrilla, Víctor García Hoz, José María Sánchez de Muniaín Gil y Anselmo Romero Marín. Editada por el Instituto «Luis Vives» de Filosofía, CSIC, Madrid 1951, 446 págs. Resumen: «La base metafísica del candente problema de la cultura cristiana actual acerca de la sobrenaturaleza lo constituye la cuestión sobre la naturaleza humana y ésta, a su vez, descansa en el concepto de naturaleza. Este es el problema que trata el autor en su tesis doctoral desde el punto de vista histórico y sistemático. Después de un primer capítulo introductorio acerca del «sentido del problema de la naturaleza» los dos capítulos siguientes estudian «los diversos sentidos de la naturaleza» a lo largo de la historia de la cultura –el autor encuentra 20 distintos que luego sistematiza– y «la gestación del concepto» en la historia de la Filosofía, empezando por la etimología y los presocráticos y terminando en la físico-matemática moderna pasando por el resto de los sistemas filosóficos, en especial haciendo hincapié «en la novedad introducida por el cristianismo». La parte sistemática empieza con un capítulo inicial sobre «las notas esenciales» del concepto –principio, sustancia universal y sustancia segunda– para seguir con «el concepto fundamental», en donde se estudia el carácter constitutivamente dinámico de la naturaleza y su vinculación con el dinamismo del ser. Partiendo de la noción aristotélica se profundiza el concepto hasta llegar a su núcleo ontológico insustituible. Muchas de las aporías metafísicas actuales de los distintos sistemas filosóficos se diluyen –sin perder su interna tensión– con el recto concepto de naturaleza. Termina la parte sistemática un sexto capítulo sobre las «manifestaciones primarias» de la naturaleza, a saber: orden, amor y fin. Cierran el libro dos largos apéndices, el uno sobre los «procesos naturales» que viene a ser toda una dialéctica de lo natural, de gran interés para los problemas científicos teológicos, y el otro sobre los «aforismos» que en nuestra cultura se han formulado sobre la naturaleza. Cinco índices facilitan el manejo del libro y de sus 1.500 citas.» (Tomado de Sumarios y extractos de las Tesis Doctorales leídas desde 1940 a 1950 en las secciones de Filosofía y Pedagogía, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Madrid, páginas 71-74.)

En 1954 se licenció en Teología en Roma y hasta 1957 mantuvo vículos formales con el Instituto de Filosofía del CSIC. En 1958 defendió otra tesis doctoral ante la Facultad de Ciencias de la misma Universidad por la que ya era doctor: «Algunos problemas limítrofes entre ciencia y filosofía, sobre el sentido de la ciencia natural».

«20 de noviembre [de 1942]: «Aniversario de la muerte de José Antonio. Festejos ridículos.» 26 de diciembre [de 1942]: «Voy al Opus y hablo con Escolá. No acaba de convencerme.»
Visto en retrospectiva, resulta bastante inaudito el asalto proselitista (por parte de los del Opus) a un muchacho de 15 años. Mi hermano Raimundo intentaba coaccionarme con variados medios. Me decía: «tienes que dar un puñetazo encima de la mesa, ahora mismo.» (Metáfora reveladora: relacionar el camino de la «santidad» con un puñetazo. Era lo que entonces se llamaba un «gesto de hombría».) Me regalaba (mi hermano) libros de espiritualidad que yo no leía. Tengo a mano uno de ellos, Jesucristo vida del alma, de dom Columba Marmion, O.S.B., con la siguiente dedicatoria: «Perqué no tinguis excusa.» Nada de aquello dio resultado; más bien contribuyó a mi confusión general.
Naturalmente, con los años me he vuelto comprensivo. En el Opus, como en todas partes, hay gente excelente y gente mediocre, intuiciones profundas y aspectos penosos. No seré yo quien descalifique globalmente a esa notable institución totémica. Hablaré del Opus en algún próximo ejercicio, y a propósito de un importante episodio de mi vida. (...)
Recuerdo ahora las visitas [por la casa familiar de Barcelona] del sabio jesuita Enrique Heras, una autoridad mundial en la civilización del valle del Indo, y, muy concretamente, en el descifre de las ruinas de Mohenjo-Daro. El P. Heras había fundado, con mi padre y con los doctores Almagro y Pericot, un «Instituto Ibero Oriental». El P. Heras tenía unas grandísimas barbas blancas que provocaban la infalible ironía de mossèn Roquer, el filósofo catalán que entonces cortaba el bacalao. Mi padre se reía mucho con los comentarios jocosos del mossèn, y le decía: «usted es un hombre que muerde.»
También recuerdo a Miguel Siguán, a Ramón Guardans, a Laureano López Rodó y al resto de amigos de mi hermano Raimundo. Eran chicos que caían muy bien: tan brillantes y tan cristianos. En aquel tiempo, mi hermano Raimundo comenzaba ya a tener fama de genio, y era el discípulo predilecto del citado mossèn Roquer. Un tipo muy desconcertante el mossèn: alto, guapo, inteligente, distinguido, rápido de mente, brillante de palabra, nulo como escritor, excelente crítico, amigo de los influyentes, claramente neurótico. Sus íntimos amigos eran Julio Muñoz Ramonet, Alberto Puig Palau y el doctor Puigvert: tres hombres de acción y multimillonarios, cuando no playboys. Con mi hermano y con Rafael Calvo fundó Arbor, la revista del Consejo Superior de Investigaciones Científicas; con Alberto Puig fundó la Editorial Barna y la revista Revista. En la comida de fraternidad laboral que mi padre daba cada año con los empleados de la fábrica, venía el mossèn acompañado de Antonio Correa Véglisson, entonces gobernador civil de Barcelona. Correa Véglisson era tío de mi amigo Fernando y llegó a ser muy popular en la provincia; yo mismo vi cómo el público le aplaudía espontáneamente en los baños de Castelldefels. Mi padre, en el brindis, hacía un chiste sobre la «necesaria correa de transmisión» entre el mundo de la empresa y la administración. El gobernador permanecía impasible. (...)
Mi hermano Raimundo hizo el bachillerato en los jesuitas de Barcelona, comenzó estudios superiores al final de la República. La guerra civil le llevó a Alemania, a la Universidad de Bonn. En 1939, a punto de doctorarse, vino a España de vacaciones. En bicicleta. Había dejado el grueso de su equipaje en Alemania, pero ya no pudo regresar. Bruscamente daba comienzo la Segunda Guerra Mundial. Mi hermano tuvo que quedarse en España a convalidar sus estudios en ciencias químicas, en filosofía, en teología. El último día del año 39 conoció al padre Escrivá de Balaguer, y ya a partir de entonces se decidió a colaborar –como él mismo ha dicho– «con aquellos señores que entonces parecían un grupo avanzado, sencillo y evangélico». Después se hizo cura. Sus múltiples licenciaturas y doctorados, su impresionante currículum académico, todo eso le condujo a ser el director espiritual de alguna insignificante residencia de estudiantes. A pesar de lo cual, fue consolidando su fama. Seguía publicando, daba tandas de Ejercicios Espirituales, jugaba a ser provocador.

Ya habían sido poco apreciadas sus recensiones de libros de Rahner, Barth, Cullman. Su labor como director de la colección «Patmos», donde había hecho publicar ensayos de Guardini, Leclercq, Pieper, Holzner, Stolz, Thibon y Guitton, era mirada más bien de reojo. Reflejaba unas aperturas teológicas poco afines con las consignas y estructuras de la época. El resultado fue una tensión cada vez mayor; tensión que se manifestó en una especie de diario espiritual que él iba escribiendo, de contenido honesto y tono aleporioso, y que bajo el título de Cometas publicó años más tarde, y en contra de mi consejo. Así hasta que el prólogo a un libro de Jean Guitton provocó una pastoral del cardenal Segura y un procaz ataque por parte de los jesuitas (quién los ve y quién los ha visto) en Razón y Fe. Entonces vino el exilio.

Sus superiores lo mandaron a Roma. Luego a la India. Se dio de baja (o lo echaron) del Opus Dei allá por la mitad de los sesenta. Mantuvo casa en la India, pero fue a vivir a los Estados Unidos donde ganó una cátedra de religiones comparadas, primero en Harvard, luego en Santa Bárbara.
¿Dejó de ser cura? Depende de lo que entendamos por ser cura. Pero le había quedado como una segunda naturaleza, una brecha mal cicatrizada, y tuvo que hacer malabarismos ecuménicos para tenerse en pie. Uno tiene la impresión de que, a partir de cierta fecha, mi hermano se fue quedando como seco, descontextualizado, errático, vacío, herido en su carisma, mal avenido con sus obsesiones.
Sea como fuere, mi hermano ha tenido una vida interesante y descompensada, intelectualmente rica. También cerrada. Cerrada en su propio carácter y en su educación dogmática. Adicto a su propio rol (con escaso oxígeno crítico), se diría que se las arregla mal con su lucidez, con su insuficiente lucidez. Uno de sus mayores handicaps es que nunca ha sabido escribir. Se puede ser brillante, profundo y obstinado, incluso genial, y no tener sintaxis propia. Son cosas diferentes. Conozco buenos escritores que son medio tontos. Y gente listísima que no sabe escribir. Lo característico de un buen escritor es su condición de medium: alguien que permite que el lenguaje se diga a sí mismo, se desarrolle, se dialectice, se transubstancie, se autosupere. Mi hermano aprendió, tal vez, demasiados idiomas, y, como consecuencia, se quedó sin lenguaje. O quizá no fuera esto. (Pienso ahora en Arthur Koestler, que también sabía muchos idiomas, lo cual no le impedía escribir como le daba la gana.) Quizá ha influido su carácter tan egocentrado, o la falta de lecturas literarias, o la deformación escolástica, o el caparazón de represiones juveniles. Y quizá sea ésta la razón por la que mi hermano no se haya enfrentado todavía con el disparate de su propia vida. Dicho sea sin animosidad, puesto que todos somos hijos de algún complejo eco-bio-sociológico, y nuestra responsabilidad es limitada. En todo caso, mi hermano no ha hecho su autocrítica. Al menos no la ha escrito. Y es evidente que tiene mucho de qué autocriticarse.
Ello es que mi hermano se ha pasado la vida defendiendo apasionadamente cosas, causas; o sea, forcejeando con sus propias proyecciones. Ahora bien; sólo se defiende apasionadamente aquello que, en el fondo, no se cree. Si no, ¿a santo de qué la pasión? En el caso de mi hermano, la pasión y la energía le ganaron siempre a la lucidez. (Exactamente lo contrario que a mí.) Fundó el Opus en Barcelona (entre otros fichajes suyos, cabe destacar los de Laureano López Rodó y, creo, Luis Valls Taberner); pero comenzó a ser un personaje incómodo, incluso para los suyos, hacia el final de los años cuarenta, precisamente cuando el padre Escrivá se estableció definitivamente en Roma y la Obra optó por una orientación más jurídica que evangélica. Entonces las dificultades aumentaron.
Ya digo que Raimundo se había convertido en un sacerdote de moda, un indiscutible chamán. Dio más de doscientas tandas de Ejercicios Espirituales. Eran unas tandas muy carismáticas: puedo asegurarlo porque asistí a una de ellas. Pero las cosas se le pusieron paulatinamente difíciles. En su complicado mecanismo proyectivo, Raimundo tenía que compensar el dogmatismo cristiano con actitudes aparentemente más rebeldes. «El cristianismo –decía– no es un humanismo.» Y no es un humanismo porque no es antropocéntrico. Hasta aquí, bien. Luego venía la justificación teológica, el dogma del pecado original que lo ensombrecía todo. El hombre, dejado a sus propias fuerzas, ni siquiera puede comportarse como hombre. Raimundo, en tanto que cristiano, le volvía la espalda a la gnosis y en vez de conectar con la libertad inmanente que permite trascender la condición humana, enfatizaba la impotencia, el abismo que separa a Dios del hombre. La supuesta superación del humanismo no servía para saltar a la mística sino para mantener el pesimismo antropológico de san Agustín.
O sea que tampoco era tan heterodoxo.
Otras veces, la provocación tomaba tonos más políticos. Resultaba un poco fuerte, en la España de 1950, oírle decir públicamente a un cura que «a veces el cristiano tiene la estricta obligación de conspirar». Así que aprovechando algún pretexto, las jerarquías del Opus lo mandaron a Roma, «a estudiar más teología». Finalmente a la India. Una especie de destierro; también un reencuentro con sus orígenes. Raimundo cambió incluso el apellido, de acuerdo con una dudosa fonética local: Panikkar y no ya Pániker. Pero lo sorprendente es que tardase todavía 12 años en darse de baja del Opus, y que aún hoy se considere a sí mismo como un «sacerdote cósmico». Habrá que convenir en que eso del sacerdocio realmente imprime carácter. Carácter empecinado.
Porque Raimundo ha jugado a creer siempre en sí mismo, quiero decir que se ha autoconvencido de su propia misión, y que ha tenido una extraña maniática conciencia profética que le ha conducido a un esquema intelectual que pudiéramos resumir así: 1) el alma de toda cultura es la religión, 2) mientras no llegue una interpenetración de religiones, las culturas permanecerán extrañas las unas a las otras, 3) para alcanzar esa interpenetración, hace falta una nueva hermenéutica y una nueva teología. De ahí el teandrismo o, incluso, el cosmoteandrismo: Dios, el hombre y el cosmos no pueden ser considerados independientemente. Cristo (o Ishvara) es el puente de unión de esas realidades. Lo cual conduce a un nuevo enfoque de lo sagrado, el culto, la teología trinitaria, el citado diálogo entre religiones. (...)
En todo caso, comprendo a mi hermano. Simpatizo incluso con él. Nuestra estructura mental es formalmente homóloga. Me doy cuenta de las raíces de su empecinamiento, el antídoto para su carácter a la vez dubitativo y obsesivo. Un hombre no puede renegar de su propia vida. Un hombre suele estar poseído, ya desde su adolescencia, por algún leitmotiv que irá desarrollando el resto de sus años. (...)
No estoy muy seguro de que mi hermano se haya enfrentado a fondo con sus mecanismos de defensa. Eso sí: ha vivido con una maniática intensidad, y supongo que morirá con las botas puestas, aferrado a su autoimagen, cargado de obsesiones, ávido, dubitativo, cauteloso, agresivo, brillante y falsamente loco. Cada vez más perdido, cada vez más prisionero de sí mismo. Y menos de fiar (mi padre, a veces, lo llamaba zorro). Hay algo que no encaja: la meticulosidad y la descompensación; una cierta exhibición de sus talentos y un déficit de generosidad derrochadora.
Tampoco está descartado que en el último tramo de su vida, a mi hermano se le vea ampliamente el plumero, quiero decir la paranoia, la obsesión, la angustia, el desvarío; que se le desmoronen los fragmentos de su yo farsante y que se acurruque bajo el ala de alguna confortable convención. (Por supuesto que con un cúmulo de autojustificaciones.)
Hubo un tiempo en que parecía que mi hermano acabaría en místico; que sus largas experiencias en la India le conducirían, finalmente, al estado de samnyasa, la liberación y la sabiduría. Por lo que me cuentan, no es éste el camino que va a seguir.
Es un tipo mucho más premeditado que yo, mi hermano. Su «pecado capital» es la soberbia. La falta de conciencia de sus propios límites. Pero también en esto le comprendo: esa «soberbia», esa cerrazón, es un mecanismo de defensa frente a la presión casi inhumana a que se ha visto sometido por la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana. Considero a mi hermano como a una víctima especialmente retorcida de esa sagrada institución. Ese empeño maniático en permanecer dentro de su seno, ni que fuere heterodoxamente (so pretexto de hacerla cambiar), eso se me antoja el síntoma supremo de una alienación irreversible. Digo que es un tipo mucho más premeditado que yo, mi hermano, y que en ello ha influido la permanente mediación/intromisión de un cuerpo extraño. A lo mejor, y en toda su vida de adulto, no ha llorado ni una sola vez. Le recuerdo con amplísimas sonrisas cuando la muerte de nuestra madre, como diciendo: aquí no ha pasado nada, los designios del Señor se cumplen siempre. (Ciertamente, toda espontaneidad es fabricada; pero hay grados, grados de represión y alienación.) Exquisitamente centrado en sí mismo, la solidaridad de mi hermano con el prójimo pasa por un previo montaje intelectual. Podría uno estar desangrándose en la cuneta y él sólo vendría a echar una mano si con ello reforzara su aparejo teórico y autoestimativo.
Nada especial por lo demás. Muy propio de la condición humana, de animales que filtran la información que les conviene. Aunque un poco desconcertante, toda vez que mi hermano se ha pasado la vida predicando un cierto cristianismo evangélico.
Pero ya digo que todo tiene una mínima explicación. Influye la genética, la ideología, la cultura, el complejo hipotalámico-límbico (a la sociobiología lo que es de la sociobiología), el aprendizaje, la caracterología, la biografía. Mi hermano sigue siendo el Príncipe Perpetuo que encabezaba todas las promulgaciones de dignidades en el colegio de los jesuitas. Está condicionado para el mantenimiento de una permanente tensión egótica. Centrado en su menudencia flexible, ojos alerta y boca estrecha, observa a intervalos, escucha por fragmentos, mantiene un perenne rictus de ironía, pero no se aparta un milímetro de su propio paradigma (demasiados años le ha costado construirlo). Repentinamente, descubres en él como un vahído de tristeza y desamparo, una inmensa sed de comunicación y afecto, y comprendes por qué necesita autoafirmarse permanentemente, como un atleta obseso. Pero enseguida vuelve la norma, la burla, la sonrisa charmante, la defensa, el comentario incisivo (o supuestamente incisivo), la voz aguda y oriental. Un cierto jesuitismo. La tremenda fortificación. El ego. Se lo dije una vez:
—Lo que ocurre contigo es que jamás has cambiado de marco de referencia, por muchas que hayan sido las rupturas aparentes; jamás has conducido hasta el límite la crisis de tus propios fundamentos, y, por esta razón, jamás cometerás suicidio.
Me escuchó con atención. Raimundo siempre escucha con atención cuando el asunto le concierne. También le dije que no entendía por qué no abandonaba de una vez el cristianismo y su estatus eclesiástico. Contestó:
—Porque creo haber hecho la experiencia de Cristo.
Intactas reservas de ingenuidad mágica, simbiosis que alimentó su juventud: a eso le llamaba él haber hecho la experiencia de Cristo. Hubiera podido replicarle: también yo he hecho la experiencia de Cristo, y la experiencia del whisky con hielo, y la experiencia del olor a mar, y la experiencia del vino rosado con migas de pan en un quai de Saint-Tropez, y la experiencia de la distonía vegetativa, y la experiencia de la nada, y ahora escribo un libro para metabolizar tanta experiencia, porque la vida parece, efectivamente, un relato contado por un idiota y presidido por la lotería. Eso por no hablar de los éxtasis anónimos, tocarse, olerse, besarse, joderse, evadirse de la cárcel. La cárcel del ego.
Pero ya digo que Raimundo, a pesar de su robusto instinto metafísico, no parece haber sintonizado con el desvarío permanente de la situación humana; no parece estar al tanto del condicionamiento de la neurobiología. Mantiene una irritante rigidez, un tufillo escolástico, más allá de sus proclamas pluralistas. Pasó de la fenomenología a la hermenéutica, y en eso se quedó. Se quedó en teólogo, adicto al expediente del chivo expiatorio. Lo cual también es comprensible: quien se ha pasado la vida defendiendo hipótesis inverificables, acaba como tocado del ala.
Raimundo pudo haber sido –a ratos lo es– un hombre muy guapo, con su frente grande y su sonrisa de perfectos dientes blancos; pero mayormente se quedó en ardilla astuta y niño precoz de mirar desconfiado: un tipo estrecho que frunce la boca hasta acabar en una pura línea. La cara crispada, el cerebro impermeable. Hay quien le acusa de ser un personaje falso; lo que ocurre es que su falsedad está ya completamente entremetida en su osamenta. Lleva en sí la gravidez de una infancia menos fácil que la mía: la marginalidad del muchacho demasiado frágil, demasiado tímido, demasiado moreno, y que encontró compensación por la vía obstinada de la inteligencia, del estudio y de la religiosidad: tantos años de ser el «número uno», y luego el chamán. Tal vez sea ya un fósil, un fósil con poder de disimulo, un fósil procedente de aquellos escolásticos inverosímiles años cuarenta. No sé. Su cotización internacional sigue alta. Forma parte de esa comunidad itinerante que Arthur Koestler llamaba las call-girls, esas vedettes de la intelligentsia (departamento: ciencias blandas) que van de congreso en congreso, de seminario en seminario, de simposio en simposio, sin escucharse demasiado los unos a los otros, inútiles a largo plazo, funcionalmente eficaces, supuestos transmisores sinápticos dentro del sistema cultural del mundo.
Raimundo ha sido un personaje para mí muy relevante en una época larga de mi vida. (Y de ahí, supongo, la extensión de ese apunte.) Él era la garantía de mi cristianismo, la ejemplaridad convincente, el «argumento de autoridad». Hoy pienso que los aciertos humanos van por zonas. Cada cual tiene su terreno de juego. A estas alturas de mi vida, la ley de la finitud me parece tan universal como la ley de la conservación de la energía. No existen grandes hombres, no existen pequeños hombres. Existen diferentes estructuras de la finitud humana.
A pesar de nuestra actual incomunicación, sigo considerando a mi hermano como un animal profundo y perdido, huérfano, fuera de patrón, una de las pocas personas capaces de acompañarte (intelectualmente) hasta lo último, o sea, hasta ninguna parte. Tal vez esté malamente loco, tal vez sea un hipócrita (sobre todo consigo mismo), tal vez predique una sabiduria que no posee. Pero ¿no nos ocurre a todos lo mismo? ¿No somos todos un monumento de autojustificación? (...)
Existe entre mi hermano y yo una diferencia: él tiende a la paranoia, yo a la depresión. Él ve conspiraciones, yo veo la nada. Salvado lo cual, tenemos una mente –ya lo he dicho– vagamente homóloga, secretamente cartesiana (de ahí nuestra obsesión por el contrapeso místico). Entiendo que él se resista a abdicar de sus papeles mágicos: quien ha gozado de una droga tan intensa y eficaz, difícilmente puede vivir sin ella; quien ha sido protegido por cotas tan reconfortables de infalibilidad y seguridad ontológica, parece marcado de por vida. Ahora mi hermano disfruta de las rentas –simbólicas y literales– de una trayectoria singular y, a su manera, afortunada. Deo gratias.» (Salvador Pániker [1927], Primer testamento (1985), págs. 32, 35-36, 127-137 de la edición en Nuevas Ediciones de Bolsillo, Barcelona 2000.)

En efecto, a finales de los años cincuenta del siglo XX su peculiar personalidad, en años de profundos ajustes ideológicos, políticos e institucionales en España, determinó que sus superiores encontraran prudente alejarlo del entorno patrio. Ha residido varios años en la India y en los Estados Unidos, aplicado a la difusión de doctrinas espiritualistas armonistas ecuménicas. La evolución de la peculiar catarata de sus textos numerosísimos, hemorragia que ha contribuido no poco al incremento ensordecedor del ruido ideológico que viene confundiendo a muchos católicos y otros que quieren dejar de serlo durante las últimas décadas, puede seguirse parcialmente ojeando las más de cuatrocientas papeletas bibliográficas que se ofrecen en HDFE 6:246-262.

En 2001 preside la Fundación Vivarium, que desde el Pirineo catalán promueve el diálogo intercultural; adoctrina a los pacientes catalanes a través del púlpito que le brinda Catalunya Ràdio (emisora de la Generalidad presentada como «Ràdio Nacional de Catalunya»); y se dedica, entre otras cosas, a dirigir tesis doctorales.

Tesis doctorales dirigidas por Raimundo Paniker Alemany:
  1. Mónica Cavallé Cruz, Naturaleza del yo / Autoconciencia e Identidad en el Vedanta Advaita, a la luz de la crítica al sujeto de Heidegger, Universidad Complutense de Madrid (Filosofía III, T24946) 2 abril 2001. Director: Raimón Panikkar. Codirector: Alfonso López Quintás. Tribunal: Manuel Maceiras Fafian, José Antonio Antón Pacheco, Amador Vega Esquerra, María Teresa Román López, Carmen García-Ormaechea Quero.
  2. Jesús Abraham Vélez de Cea, La filosofía del Buddha según los sermones del canon pali, Universidad Complutense de Madrid (Filosofía III, T25392) 27 noviembre 2001. Director: Raimón Panikkar. Tribunal: Rafael Ramón Guerrero, Luis Oscar Gómez Rodríguez, Ana Agud Aparicio, María Teresa Román López, Manuel Maceiras Fafian.
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