Filosofía en español 
Filosofía en español

Manuel Garrido Jiménez  1925-2015

Traductor y profesor español, nacido en Granada el 8 de noviembre de 1925, hijo del catedrático Francisco Garrido Quintana y de Josefina Jiménez, que entre 1962 y 1990 se dedicó a la enseñanza de la lógica como funcionario del Estado. Murió en Madrid el 8 de enero de 2015, a los 89 años de edad.

Doctor en 1956 por la Universidad de Madrid, con la tesis La razón práctica, análisis de la función normativa de la razón (236 h., T2463).

En los años cincuenta tradujo varios libros para la colección Biblioteca del pensamiento actual, publicada por la editorial Rialp (vinculada a la organización católica Opus Dei): El cristiano y la historia, de Theodor Haecker (Biblioteca del pensamiento actual nº 29, Rialp, Madrid 1954, 168 págs.), Entre capitalismo y sindicalismo, situación crítica de la Asociación obrera, de Goetz Briefs (Biblioteca del pensamiento actual nº 41, Rialp, Madrid 1955, 289 págs.), Metafísica del sentimiento, de Theodor Haecker (Biblioteca del pensamiento actual nº 96, Rialp, Madrid 1959, 184 págs.), La prudencia, de Josef Pieper (Rialp, Madrid 1957, 155 págs.) o Justicia y fortaleza, de Josep Pieper (Biblioteca del pensamiento actual nº 123, Rialp, Madrid 1968, 261 págs.). También en los años cincuenta tradujo Los fundamentos filosóficos de la moral católica, de Theodor Steinbüchel (Biblioteca hispánica de filosofía nº 20, Gredos, Madrid 1959).

En esos años publica sus primeros breves textos, como «Filosofía contemporánea» (Punta Europa, nº 63, Madrid 1961, págs. 116-117), «Un nuevo ensayo sobre Ortega» (Punta Europa, nº 65, Madrid 1961, págs. 136-137) o «Esencia y metafísica en Xavier Zubiri» (Indice, nº 175-176, Madrid 1963, págs. 13-14). La revista Punta Europa, fundada en 1956 y dirigida por Vicente Marrero como punto de encuentro para escritores católicos tradicionalistas, era vinculada por muchos al Opus Dei. [Precisamente en 1961 Vicente Marrero menciona a Manuel Garrido entre los amigos a los que agradece su colaboración en el libro La Guerra española y el trust de cerebros.]

Apadrinado por Leopoldo Eulogio Palacios, el 13 de julio de 1962 ocupó mediante oposición la cátedra de Lógica de la Universidad de Valencia, en la que se mantuvo hasta su traslado a Madrid, para sustituir en la cátedra de Lógica a su mentor Leopoldo Eulogio Palacios, que la desempeñó desde 1944 hasta su fallecimiento en 1981 –todavía en 1974 la universidad española sólo contaba con dos catedráticos de Lógica: Palacios en Madrid, y Garrido en Valencia–.

«Durante mucho tiempo el caballo de batalla del Opus Dei fue la 'libertad' de enseñanza. Escrivá desde el principio otorgó gran importancia al problema universitario. Muchos profesores ambiciosos y otros que se arrimaban al sol que más calienta engrosaron las filas de la institución. Había comenzado el 'adueñamiento' de la institución universitaria por parte de la Obra. Este asalto al poder fue largo y laborioso. No se ahorraron esfuerzos. No se escatimaron monedas. Quien no se vendía por dinero, podía venderse con promesas u honores. El Opus compraba y aquellos respetables vates, 'maestros' de la juventud universitaria española, se vendían como prostitutas. Muy pronto, sobre todo en ciertos sectores, para ser catedrático de Universidad era necesario contar con el apoyo o beneplácito del Opus Dei. Hace seis años, el profesor Carlos París, ilustre escritor y filósofo, se presentó a la cátedra de Filosofía de la Naturaleza de Madrid. Su oponente era un miembro de la Obra, Roberto Saumells, catalán confuso y maestrillo por tierras de Iberoamérica. Las oposiciones fueron 'movidas'. El tribunal no se preocupó en absoluto por la preparación de los dos contrincantes. París era un excelente profesor, un intelectual de pro. Saumells era –es– un aprendiz poco despejado. Ni que decir tiene que la cátedra le fue otorgada a Saumells que reparte sabiduría desde tan alta tarima. Ad maiorem Dei gloriam. Lo mismo ocurrió con el profesor Manuel Sacristán de la Universidad de Barcelona que tuvo que medir sus armas contra el profesor Garrido, protegido del inefable Leopoldo Eulogio Palacios, miembro también de la Obra, junto con Millán Puelles. Ambos catedráticos consiguieron descalificar al profesor Sacristán, recurriendo a las tretas más repugnantes, recordando, por ejemplo, el carácter 'heterodoxo' de sus escritos sobre lógica matemática.» (Eugenio Nieto, «Introducción al Opus Dei», Cuadernos de Ruedo Ibérico, París, nº 3, octubre-noviembre 1965, pág. 90)

«Habían empezado a alejarse los tiempos de una filosofía escolástica en su contenido, oficialista en sus connotaciones políticas e incluso «amateur» en sus docentes. Aún podían los estudiantes oír en clase exaltaciones de la familia numerosa o glosas retóricas, pero iban ya introduciéndose otros contenidos y anunciándose otras posturas. No todo el profesorado era igualmente competente y de hecho algún que otro docente abandonaría después la Universidad o alcanzaría cátedras distintas a la materia que entonces explicaban. El cambio, sin embargo, era real: José Luis Pinillos explicaba una psicología científica; Carlos París presentaba a Bachelard y las corrientes francesas de filosofía de la ciencia, pero además introducía la lógica matemática. Las clases de García Borrón y Fernando Montero ofrecían con gran dignidad una historia de la filosofía que no empezaba con Aristóteles y acababa con Santo Tomás.
Se producía ya el giro del alumnado. Desde 1962, Derecho y Filosofía y Letras (donde, además, hay una excelente sección de Historias) inician el proceso de ruptura con el SEU, que desembocaría cuatro años más tarde en la constitución del Sindicato Democrático «Diáleg», «Batas Blancas», «Concret», «La Caña Gris», las «Rutes Universitáries», los «Coloquios del Grupo 41», etcétera, testimonian esfuerzos culturales importantes del movimiento estudiantil. La filosofía escolástica carece ya de toda credibilidad. Alentada por el despertar de inquietudes sociales y predocumentada por los profesores aludidos, existe ya una demanda de «nuevas filosofías». Se confía en los catedráticos: Aranguren, Tierno, Aguilar, Montero Díaz y García Calvo van a permitir tales esperanzas.
En este clima aparece en Valencia Manuel Garrido, que acaba de resolver al «establishment» el enojoso problema de no dar la cátedra a Manuel Sacristán. Tras unas primeras actuaciones correctas y discretas (explica Husserl y Hegel y Heidegger) empieza a mostrar una decidida voluntad de cambio (o de recambio) en cuanto al tipo de filosofía a desarrollar. ¿Captación del ambiente? ¿Mala conciencia por su escasamente triunfal acceso a la cátedra? ¿Iluminación en el camino de Damasco? No importa cual haya sido el motor particular de este impulso. Lo cierto es que los estudiantes dispensan a Manuel Garrido una acogida favorable. A través de él parecen abrirse nuevos caminos filosóficos correlacionados con actitudes progresistas y, desde el primer instante, Garrido alienta en cualquier situación, tanto pública como privada, esa creencia.» (El corro de la patata, Entre el cerco y el circo: el Círculo de Valencia, Zona Abierta, Madrid, nº 3, primavera 1975, págs. 238-239)

«El filósofo Manuel Sacristán era, en 1963, la figura en torno a la cual, para bien y para mal, giraba la actividad de la intelectualidad marxista catalana. Había ingresado en el partido, en París, a mediados de los cincuenta (...). Santiago veía en él un militante de indudable utilidad política y de ahí que forzara al PSUC a mantenerle aunque fuera en el congelador. Incluso a favorecer convertirle en profesional del partido. Su fracaso en el reaccionario mundo académico le enajenó la posibilidad ética de volver. Se había presentado a oposiciones en 1962 y le venció, y no en buena lid, el entonces filoopusdeista y neoescolástico Manuel Garrido, hoy 'teórico de la ciencia'.» (Gregorio Morán, Miseria y grandeza del Partido Comunista de España 1939-1975, Planeta, Barcelona 1986, pág. 364)

«Fue el 12 de junio de 1963 cuando el tribunal de luminarias del pensamiento español de la época, cuyos nombres jamás deberán ser borrados de las lápidas mortuorias de la inteligencia –Corts Grau, Leopoldo Eulogio Palacios, Alfonso Candau, Ángel González Álvarez y Lucio Gil Fagoaga– dictó sentencia y le retiró a Manuel Sacristán lo que era de justicia conceder. Lo evidente. Dicho sea sin ningún condicionamiento por la trayectoria posterior de quien acabaría siendo, al decir de sus numerosos alumnos, un buen profesor de Lógica, Manuel Garrido.» (Gregorio Morán, El cura y los mandarines, Akal, Madrid 2014, pág. 51.)

Desde su cátedra de Valencia procuró Garrido la difusión de la filosofía analítica y afines en España, labor de traducción en la que ha colaborado con su esposa Carmen García-Trevijano Forte (hermana del abogado Antonio García-Trevijano, íntimo colaborador Rafael Calvo Serer, numerario del Opus Dei, que en 1966, cuando asumieron el control del diario Madrid, era todavía director de Biblioteca de Pensamiento actual, de Rialp). También desde su cátedra de Valencia y luego en Madrid, fue uno de los principales beneficiarios del empuje político que en el tardofranquismo y la transición a la democracia recibió el estudio de la lógica formal y afines, potenciada durante esos años en el bachillerato y la universidad como una alternativa políticamente neutra a una filosofía que, aunque domesticada, siempre es necesariamente más crítica y potencialmente molesta.

En 1971 fundó en Valencia la revista Teorema, que inicialmente se presentó como abierta a las nuevas filosofías que buscaban su espacio en los agitados años del tardofranquismo, pero que pronto se desenmascaró como instrumento particular al servicio de muy precisas ideologías e intereses personales (esta revista también se trasladó a Madrid cuando Garrido pasó a ocupar la cátedra que durante décadas desempeñara Leopoldo Eulogio Palacios).

Se incorporó relativamente tarde a colaborar en la Colección Estructura y función, el porvenir actual de la ciencia (1961-1978), dirigida por Enrique Tierno Galván y publicada por la Editorial Tecnos, aunque tradujo para ella dos libros: Stephen Cole Kleene, Introducción a la metamatemática (EF42, 1974) y J. H. Woodger, Biología y lenguaje (EF 49, 1978), precisamente el último de esa colección.

Tiene el mayor interés leer el informe «Entre el cerco y el circo: el Círculo de Valencia», firmado por El corro de la patata, y publicado en la primavera de 1975 en el número 3 de la revista Zona Abierta, dedicado a «La filosofía actual en España». En ese informe, publicado cuando todavía vivía el general Franco y por tanto no había comenzado formalmente el proceso que sería conocido como transición democrática, se ofrecen con absoluta lucidez las claves político ideológicas que estaban ya marcando la transición filosófica en España. La perezosa distinción utilizada por Garrido entre analíticos y dialécticos sigue siendo aplicada hoy, con la más absoluta ingenuidad en el peor de los casos, por los más torpes analistas e historiadores del «pensamiento filosófico» actual en España.

«Manuel Garrido. Catedrático de lógica en la universidad de Valencia y director del único departamento de lógica y filosofía de la ciencia que funciona en España. Es además fundador y director de la revista Teorema, que se ha convertido en un valioso órgano de expresión de la filosofía científica. En torno a él se ha constituido un grupo de trabajo en el que predominan diversas tendencias de filosofía analítica y que en los últimos años ha sido uno de los principales catalizadores de la vida filosófica académica en España.» (Diccionario de filosofía contemporánea, dirigido por Miguel A. Quintanilla, Ediciones Sígueme, Salamanca 1979, págs. 190-191.)

«Manuel Garrido Jiménez. Nacido (1925) en Granada, es, desde 1962, catedrático de lógica en la Universidad de Valencia, donde dirige el Departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia, y la revista Teorema, fundada en 1971. Desde 1976 dicha revista es órgano de la publicación en castellano de la International Division of Logic, Methodology and History of Science. El interés filosófico general de Garrido se orienta hacia la construcción de una filosofía racionalista de inspiración científica, que complementa el método de la crítica racional con el análisis constructivo y que ve en la experiencia científica –y no sólo en la ordinaria o corriente– la fuente primordial de estímulo y contraste para la reflexión filosófica. Las áreas específicas que más atraen la atención de Garrido son la filosofía de la ciencia y la filosofía de la materia consideradas a la luz de los resultados de la técnica moderna (teoría de autómatas, nueva lingüística, inteligencia artificial, biología molecular, física de partículas). Su punto de vista ontológico es realista e incluye una orientación preferencial por el materialismo.» (José Ferrater Mora, Diccionario de Filosofía, Alianza, Madrid 1979, tomo 2, pág. 1326.)

«Alrededor de Teorema y en Valencia, se introduce la lógica simbólica y la filosofía analítica, inteligencia artificial y filosofía de la ciencia, el uso de los computadores y la psicología cognitiva. Y esta nueva época impulsa reuniones y simposios sobre temas científicos y sociales, que más tarde tendrán su continuación en Madrid, y en los que participan filósofos y pensadores de la importancia de Chomsky, Habermas, Popper o von Hayek, por citar sólo unos cuantos, junto con alumnos y jóvenes profesionales que aceptaban con normalidad un ambiente intelectual absolutamente inusual para aquel tiempo. Sin embargo, la labor y la influencia de Manuel Garrido, al frente del departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Valencia, no se pueden limitar a la revista y a unas cuantas reuniones. No sólo impulsó los estudios de filosofía sino que inició también los de psicología y participó en la actividad de otras facultades. Ya fuera en el antiguo edificio de la Universidad, en la calle de La Nave, o en su propia casa en J. J. Domine, frente al Puerto, hizo correr multitud de libros, de escritos y de ideas entre los que trabajaban con él y entre los alumnos de entonces. Todavía continúan por aquí estudiantes, investigadores y discípulos más o menos cercanos, pero también se encuentran dispersos en diversas universidades españolas.» (Julio Seoane, «Teorema de Garrido», El País, Valencia, sábado, 6 de febrero de 1999.)

En 1970 Carmen García-Trevijano Forte, esposa de Manuel Garrido, traduce para la Serie de Filosofía y ensayo de la editorial Tecnos la Lógica matemática de Benson Mates. Desde 1973, coincidiendo con la «ruptura» producida en su entorno, ejercita ya sin disimulo alguno la opción ideológica y política para la que se colabora: desprecio por lo propio y alejamiento de la realidad, colonización y absoluto papanatismo ante lo anglosajón, engolfamiento en asuntos «técnicos», pretensión de cientificidad, &c. La demanda que se estaba creando y se vaticinaba de tratados de lógica aconsejaba no limitarse a potenciar meramente una traducción, ni abandonar un mercado interesante en manos de obras similares ya existentes o que se estaban publicando paralelamente en nuestra lengua: ese mismo año 1973 apareció, en la misma colección y editorial, la primera edición del manual de Lógica simbólica firmado por Manuel Garrido. Manual que ha conocido varias ediciones y reimpresiones (1ª reimpresión revisada 1974, 373 págs.; 2ª edición 1977, 424 págs.; 3ª reimpresión 1978; 4ª 1979; 5ª 1981; 6ª 1983; 7ª 1986; 8ª 1989; 3ª edición 1995, 502 págs.; reimpresión 1997; 4ª edición 2001, 540 págs.). La cima de la misión asumida por el matrimonio Garrido quedó coronada en 2001, con la edición en español de la Enciclopedia Oxford de Filosofía (coordinada por Ted Honderich) «a cargo de la profesora Carmen García Trevijano, que ha contado con la colaboración de Manuel Garrido, director de la colección Filosofía y Ensayo de Editorial Tecnos.» Mantiene dos o tres seguidores (alguno incluso se ufana de gastar calcetines y corbatas con los colores de la universidad de Oxford, dar las clases leyendo los mismos apuntes de siempre –pero desde un ordenador portatil–, fumar en pipa, leer novelas policiacas y pronunciar en inglés amanerado; ridícula, patética y pueblerina manera de creerse miembro elegido de alguna selecta élite entre oxoniense y opusdeita).

Manuel Garrido hubiera sido una persona prácticamente desconocida –salvo para unos pocos profesores del área de lógica– de no haber sido por unos escandalosos sucesos de los que fue protagonista e inspirador, y que culminaron con un famoso juicio bien aireado por la prensa en 2001, que le permitió alcanzar cierta fama ante la opinión pública.

En la primavera de 1990, al parecer, todos los miembros del Departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad Complutense (excepto Garrido y su esposa) denunciaron determinadas actuaciones del director del departamento, que tendrían que ver con algunas indistinciones entre lo público y lo privado (recuérdese, por ejemplo, que la revista Teorema, publicada y financiada por la Universidad de Valencia, también se «trasladó» junto con su director a Madrid), y tras la correspondiente inspección por parte de las autoridades, la Universidad Complutense decidió, el 18 de julio de 1990, la suspensión cautelar de Manuel Garrido (faltaban muy pocos meses para su jubilación). Después del verano, el 7 de septiembre de 1990, se le abrió un expediente disciplinario, que concluyó con una doble sanción, ratificada por el rector Gustavo Villapalos.

Garrido recurre ante los tribunales tal sanción, y, tras el recurso contencioso correspondiente, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid decide en 1993 anular la sentencia, por irregularidades en su tramitación, y restituir al profesor a la situación previa. Pero para ese momento ya había cumplido Garrido la edad de jubilación (en esa época fijada en los 65 años), y el Departamento ni siquiera le había propuesto como profesor emérito.

El rectorado de la Universidad Complutense comunica a Garrido en abril de 1994 que estaba dispuesto a corregir la sanción, pero como pasaba el tiempo, Garrido decidió volver a los tribunales y el 20 de octubre de 1994 presenta ante los juzgados una querella por prevaricación contra el rector.

Mientras tanto el rector Gustavo Villapalos, que había perdido a finales de 1993 a su amigo y colaborador el vicerrector José Adolfo Arias Muñoz, tras ocho años en el rectorado de la Complutense tenía en perspectiva dar el salto al terreno de las gestión política, de la mano del Partido Popular. De hecho en la primavera de 1995 entra a formar parte, asumiendo la Consejería de Educación y Cultura, del primer gobierno de la Comunidad Autónoma de Madrid presidido por Alberto Ruiz-Gallardón.

Un mes antes de las elecciones aparece en escena el cuñado de Manuel Garrido, el abogado Antonio García-Trevijano (fiel colaborador de Rafael Calvo Serer y de la causa de Don Juan desde los años cincuenta –en el entorno del Opus Dei–, uno de los impulsores de la Junta Democrática de España en 1974, y activo apostol pro República tras la consolidación de la restauración borbónica en la persona de Don Juan Carlos y no de Don Juan), quien dirige una carta el 4 de abril de 1995 al rectorado de la Complutense reclamando 50 millones de pesetas como daños y perjuicios y el nombramiento de Garrido como profesor emérito. (Para hacerse una idea de lo que suponían 50 millones en 1995: el sueldo anual del Presidente del Gobierno de España ascendía a unos 10 millones de pesetas, y el sueldo medio anual del profesorado universitario a 4 millones de pesetas.)

El 9 de mayo de 1995, un día antes de que Garrido tuviera que ratificar ante el juzgado su querella criminal, el rector Gustavo Villapalos firma tres resoluciones: una para ordenar el abono a Garrido de treinta millones de pesetas, otra ordenando abrir el proceso de nombramiento como emérito y la tercera abriendo expediente a quienes habían denunciado a Garrido en 1990. Inmediatamente Garrido retira su querella y el contencioso parece quedar resuelto mediante este arreglo clandestino (que, como puede imaginarse, no tuvo publicidad ni nadie conocía salvo los implicados).

La Universidad efectua el sorprendente pago de esos treinta millones de una forma no menos llamativa: mediante dos talones de quince millones de pesetas, uno a nombre de Manuel Garrido Jiménez y el otro a nombre de Antonio García-Trevijano Forte, el cuñado intermediario. Unos días después abandonaba Gustavo Villapalos su rectorado, para estrenar su puesto en el gobierno autonómico.

La interesada gestión del cuñado parece que provocó cierto distanciamiento entre el abogado y el profesor jubilado, que sólo había visto compensadas sus apetencias económicas a medias, y se desesperaba ante la inoperancia de lo previsto en las otras dos resoluciones. De suerte que el 2 de septiembre de 1996 decide Garrido reabrir el proceso penal contra el ex rector Villapalos, ¡acusándole de malversación de caudales públicos por el pago irregular de los treinta millones recibidos!

Por esos meses Gustavo Villapalos, flamante Consejero de Educación, lograba notable protagonismo gracias al éxito del libro que publicó junto con el padre mercedario Alfonso López Quintás, El libro de los valores. (Gustavo Villapalos y Alfonso López Quintás, a través de su colaboración para lograr consolidar la universidad privada Francisco de Vitoria, están muy cercanos, al parecer, a la organización católica Legionarios de Cristo, que algunos consideran por su creciente influencia sucesora del Opus Dei, de la que sería competencia.)

El juicio tuvo por fin lugar en mayo de 2001, y dada la personalidad del acusado, Gustavo Villapalos, y la fama y circunstancias del cuñado beneficiario, Antonio García-Trevijano, la prensa de todo color mantuvo un pormenorizado seguimiento diario. (Hemos dispuesto una selección de esos artículos publicados por la prensa, para evitar extenderse aquí en detalles.)

Aunque Garrido perdió el juicio, pues Gustavo Villapalos resultó absuelto, la sentencia sirvió para transformar el dudoso pago en indemnización. La prensa recoge que Garrido declaró: «Hay un vencedor absoluto, que es Villapalos... La inocencia de Villapalos tiene como consecuencia la limpieza de la indemnización. Ya nadie puede pensar que me dieron un maletín. Mi agravio cesa y mi bolsillo queda fortalecido... lo que abre la posibilidad de reclamar los 15 millones que se llevó mi cuñado.»

El escritor Juan José Millás inclusó dedicó un artículo a estos sorprendentes sucedidos:

«Supongamos que a usted le tiene que indemnizar con dinero público una universidad de la que es profesor de Lógica. Imaginemos que se presenta usted en la oficina en la que han de entregarle el cheque, y que ese día le acompaña por casualidad un cuñado suyo que, por complicar las cosas, se llama Antonio García Trevijano.
—Buenas, soy Manuel Garrido, profesor de Lógica, y vengo, como es lógico, a recoger 30 millones que me tienen que dar por un quítame allá esas pajas.
—¿Y ese señor que va con usted?
—Este señor es mi cuñado y ya habló lo que tenía que hablar con Villapalos. Usted limítese a pagar.
Entonces el funcionario se acojona, con perdón, y extiende dos cheques de 15 millones, uno de ellos a nombre del cuñado del profesor de Lógica.
Pues bien, esto es un disparate para cualquier persona del montón. No es normal, ni paranormal, ni siquiera anormal, entregar un dinero público de este modo. Debería haberse extendido un solo cheque de 30 millones a nombre del profesor de Lógica, y luego que éste se lo hubiera gastado como le viniera en gana. Lo más interesante, pues, del juicio por cuya resolución nos apresuramos a felicitar a Villapalos, es la historia de los cuñados. Los profesores de los talleres literarios suelen aconsejar a sus alumnos que se fijen siempre en los detalles laterales de la realidad porque ahí es donde está el significado. Si quieres saber cómo es de verdad la existencia de alguien, fíjate en sus zapatos.
En otras palabras, si un profesor de lógica tiene un cuñado republicano llamado García Trevijano, algo grave le pasa a la lógica o quizá a la república. Es posible, incluso, que algo grave le ocurra a la universidad. De otro modo, no se entiende que entregue cheques con esa alegría a nombre de los acompañantes. El profesor de Lógica, como es lógico, salió de la universidad sin saber si le habían dado una indemnización o un maletín. Ahora, gracias al juicio, ya sabe que no fue un maletín y dice que piensa recuperar los 15 millones que se llevó Trevijano sin comerlo ni beberlo. Trevijano, por su parte, asegura que recibió esas pesetas en concepto de 'ayuda familiar' y que no tiene que devolver nada. (...).» (Juan José Millás, «Una cuestión de lógica», El País, Madrid, domingo 3 de junio de 2001.)

Posteriormente intervino en la coordinación de los volúmenes colectivos El legado filosófico y científico del siglo XX (Cátedra, Madrid 2005; donde firma «El canto de cisne de la gran filosofía europea», págs. 19-74; «Historicismo y filosofía de la vida», págs. 89-110; «El pensamiento occidental en los años duros de la guerra fría», págs. 237-238; «La explosión de la tecnología: tres metáforas para el siglo XXI», págs. 633-652; y «La filosofía de la ciencia en el siglo XX», págs. 723-742) y El legado filosófico español e hispanoamericano del siglo XX (Cátedra, Madrid 2009, donde firma «Apunte para la historia de una colosal epopeya del pensamiento español contemporáneo», págs. 25-66, «El pensamiento español dentro y fuera de España de 1936 a 1960», págs. 317-350, «El último Santayana, o la soledad del corredor de fondo», págs. 645-654, y «El pensamiento filosófico español en los últimos cuarenta años del siglo XX», págs. 665-712).

Manuel Garrido Jiménez«Muerte del Prof. Manuel Garrido Jiménez (1925-2015). Con gran pesar, comunicamos el fallecimiento en Madrid el 08.01.2015 del Profesor Manuel Garrido Jiménez. El profesor Manuel Garrido (Granada 1925), fue catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia de las Universidades de Valencia (1962-1979), Autónoma de Madrid (1979-1983) y Complutense de Madrid (1983-1990). A él se debe en gran medida la introducción en España, a partir de la década de los 60 del pasado siglo, de los estudios de lógica simbólica, filosofía de la ciencia y filosofía del lenguaje. En 1971 fundó la revista Teorema que, de modo un tanto similar a como Ortega había hecho cuatro décadas antes con la fenomenología o la filosofía de la vida, comenzó a implantar en la filosofía española los temas, conceptos y métodos de la denominada filosofía analítica. El profesor Garrido, profundo conocedor de la filosofía de Unamuno y Ortega, y siempre efectivamente preocupado por la buena salud de la filosofía española, promovió desde 1997 la aparición de Limbo, Boletín Internacional de estudios sobre Santayana y fomentó la publicación en España de numerosas obras hasta entonces olvidadas del filósofo anglo-americano-español.» (internationalconferenceonsantayana.blogspot.com / 10 enero 2015.)

Manuel Garrido Jiménez en 2001, fragmento foto Ángel Colodro, El País«in memoriam. Manuel Garrido, introductor en España de la filosofía analítica. Especialista en lógica, en su última etapa sus intereses se centraron en el estudio de la inteligencia artificial. Mi perspectiva y mis recuerdos del filósofo Manuel Garrido Jiménez (Granada, 1925) no son los de un compañero de profesión, sino solamente los de un antiguo estudiante de filosofía de la Complutense profundamente marcado por su magisterio. Tuve trato con Garrido durante los cinco años de carrera y aprendí inmensamente de él y con él. Se daba además una cierta conexión personal, pues Garrido había contratado a mi padre en el departamento de Valencia a mediados de los sesenta. Garrido fue el principal introductor en España de la lógica matemática y la filosofía analítica. Son innumerables los jóvenes que se han iniciado en el estudio de la lógica gracias a alguna de las múltiples ediciones de su manual Lógica simbólica (Tecnos). Practicó siempre una filosofía académica de gran rigor intelectual, alejada de la voluntad de estilo, la frase brillante y el originalismo a ultranza. Constituyó en la Universidad de Valencia el primer Departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia de España y fundó en 1971 (con Fernando Montero) la revista Teorema, un ejemplo de publicación científica en la que participaron numerosos filósofos españoles y extranjeros. Su labor como editor y traductor fue inmensa. Y también como organizador de congresos a los que invitaba a grandes figuras de la filosofía mundial. Gracias a aquellas jornadas, tuve la suerte de ver en acción a pensadores como Popper, Chomsky, Searle y Habermas. Fue además colaborador frecuente de este periódico. Sus conocimientos eran enciclopédicos, aunque nunca hacía ostentación de los mismos. Era un verdadero sabio. Tenía una biblioteca personal enorme, poblada por muchos miles de volúmenes. Por desgracia, escribió poco y en general fue reacio a publicar sus ideas más personales. Prefería la divulgación y el compendio, como atestiguan las dos grandes obras colectivas que dirigió en 2005 (El legado filosófico y científico del siglo XX) y en 2009 (El legado filosófico español e hispanoamericano del siglo XX). Sus intereses cubrían la filosofía toda, la ciencia, la tecnología y en su última etapa el pensamiento de Jorge Santayana de forma destacada. Garrido era un hombre de una personalidad compleja y difícil. Tenía un aire misterioso, por la distancia que imponía en el trato. Y daba la impresión de ser una persona atormentada. En clase siempre parecía incómodo y con ganas de huir. Reducía todo lo que podía la lección, que solía limitarse a la presentación de algún problema específico y a dar algunas pistas someras sobre cómo abordarlo. No obstante, a aquellos que quisieran prestarle atención les forzaba a pensar en profundidad y sin mediaciones sobre la cuestión planteada. Su actuación universitaria siempre estuvo rodeada de controversia, entre otras razones porque muchos nunca le perdonaron que en 1962 ganara la cátedra frente a Manuel Sacristán, a pesar de que posteriormente, durante toda la fase final del franquismo, Garrido tuviera una trayectoria académica sobresaliente. A partir de los ochenta, su interés máximo se centró en la inteligencia artificial. A un grupo reducido de estudiantes nos enseñaba los principios básicos de la computación: nos introducía en la idea de “máquina universal de Turing” y de ahí pasábamos a los sistemas expertos artificiales, compuestos por dos elementos, un motor inferencial y una base de conocimientos. Recuerdo su análisis del ser humano como un sistema experto. Se lamentaba en clase de que cuando el motor inferencial dejaba de funcionar, la base de conocimientos se disipara al instante después de años y años de paciente acumulación. Para él eso no tenía sentido y por eso especulaba con la posibilidad de que algún día los humanos pudiéramos volcar todo lo aprendido en una máquina antes de que la muerte se llevara aquel enorme bagaje. Así, la desaparición de un sabio de la talla de Garrido, que murió el pasado 8 de enero a los 89 años, no es sino una dolorosa confirmación del absurdo último de la vida.» (Ignacio Sánchez-Cuenca, profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III de Madrid. El País, Madrid, 23 de febrero de 2015.)

«obituario. Manuel Garrido Jiménez (1925-2015). El ocho de enero pasado falleció en Madrid Manuel Garrido Jiménez, una de las personalidades más relevantes de la filosofía española contemporánea, a la que contribuyó de manera decisiva desde muy distintos ángulos. Muchas personas han expresado estos días que con su marcha desaparece también un tipo de intelectual que todavía consideraba a la filosofía como una disciplina de amplio alcance, diferente por supuesto de las ciencias naturales y sociales pero en diálogo constante con ellas, interesado siempre por sus relaciones y afinidades con la tecnología, la literatura, las artes, la política, la religión, y, en suma, con la vida. Su magisterio en la Universidad, y fuera de ella, lo ejerció sin dogmatismos o sectarismos, con absoluta generosidad y ajeno a las supercherías, los personalismos y las modas que, por desgracia, tanto abundan.
Los estudios universitarios de Manuel Garrido comenzaron en la Universidad de Granada donde cursó los entonces denominados “estudios comunes” y continuaron con los de la especialidad de filosofía que realizó como alumno libre en la entonces Universidad Central de Madrid, por lo que en esa época no llegó propiamente a participar de la vida estudiantil de la capital. Ya licenciado, ejerció algunos años como profesor de filosofía en la Universidad de Granada: explicó Psicología en la Facultad de Medicina (carrera de la que llegó incluso a realizar algunos cursos), Filosofía del Derecho y Sociología en la Facultad de Derecho y Fundamentos de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras. En 1956 defendió en la Universidad de Madrid su tesis doctoral La razón práctica, análisis de la función normativa de la razón, un estudio sobre la Ética a Nicómaco de Aristóteles del que siempre se sintió muy orgulloso. Al extinguirse su contrato en la Universidad de Granada por la llegada de un profesor funcionario, se trasladó a Madrid donde fue hasta 1962 profesor adjunto de lógica del Prof. Leopoldo Palacios al que, incluso manteniendo con él notables discrepancias, siempre consideró con total respeto. No deja de ser curioso que Leopoldo Palacios, el paradójico catedrático de lógica que recomendaba a sus alumnos el primer día de clase los Elementa philosophiae aristotelico-thomisticae del monje benedictino Joseph Gredt, acogiera como profesores en su departamento a dos de las personas que más hicieron por difundir la lógica matemática en las facultades de filosofía españolas: Manuel Garrido y el malogrado ALFREDO DEAÑO (1944-1978), a quien Palacios llegó incluso a dirigirle su tesis doctoral, precisamente sobre las relaciones entre la lógica simbólica y el razonamiento ordinario.
Para Manuel Garrido, sus años como profesor adjunto en la Universidad de Madrid fueron quizás los más difíciles, tanto en el plano profesional como personal. Fue ese un período febril de preparación de oposiciones, de estrecheces económicas –el salario que le proporcionaban sus clases en la Universidad era exiguo e inseguro– cuando la necesidad de atender a la grave enfermedad de uno de sus familiares le obligó a realizar algunos trabajos de traducción para una editorial próxima a una conocida organización religiosa, trabajos que él aceptó (y agradeció), sin que ello supusiera contrapartida alguna respecto de su postura ante la religión. Sin ser un hombre religioso, Garrido tuvo siempre una actitud de absoluto respeto hacia el hecho religioso. No se le vio nunca, como comprensiblemente era bastante de rigor en la situación nacional-católica, ridiculizar a nadie en virtud de sus creencias o actitudes religiosas.
En 1962 Garrido obtuvo la cátedra de lógica de la Universidad de Valencia que desempeñaría hasta 1979, cuando accedió a la correspondiente de la Universidad Autónoma de Madrid en donde permaneció hasta 1983. En ese año se trasladó a la Universidad Complutense donde ocupó la cátedra del mismo nombre hasta 1991, año de su jubilación.
El acceso de Manuel Garrido a la cátedra de lógica de Valencia merece un breve comentario, aunque sólo sea por la polémica notoriedad que ha alcanzado y que, con más que dudosa justicia, le ha perseguido durante toda su vida. La versión “oficial” que insistentemente se aduce –sin ir más allá, hace pocas semanas– presenta esas oposiciones casi como uno de los “momentos estelares de la humanidad” en que se decide el destino de la Universidad española y, si me apuran un poco, de la cultura universal. El escándalo y la injusticia habrían consistido en que la dictadura, por razones de índole exclusivamente política, habría privado arbitrariamente de su derecho a uno de los candidatos, “especialista” en lógica matemática, en favor de otro de presunta ideología filocatólica, “apadrinado” por Leopoldo Palacios y que “sólo” sabía lógica aristotélica.
La realidad, sin embargo, parece haber sido mucho más prosaica. Sería necio negar de plano la posibilidad de que existieran presiones políticas a lo largo del proceso que condujo a la adjudicación de dicha cátedra. Pero lo que sí parece claro es que, de haber habido tales presiones, estas fueron bastante irrelevantes para el resultado final. En primer lugar, lo que hemos llamado “versión oficial” sistemáticamente omite que los candidatos en juego fueron tres: Manuel Sacristán, Manuel Garrido y Jorge Pérez Ballestar. Los tres llegaron al final de la oposición y obtuvieron votos de los miembros del tribunal. Cuando esto se toma en cuenta, la explicación, digamos “política”, del resultado no se sostiene fácilmente. Si tales presiones habían puesto de antemano a Sacristán fuera de juego por “comunista” y el tribunal se guiaba por sectarios prejuicios político-religiosos (según, nuevamente, la “versión oficial”), no se entiende que el triunfador no hubiera sido Pérez Ballestar, un veterano y reconocido miembro de la Obra de Dios, en vez de Garrido cuya proximidad al nacional-catolicismo se infiere, como mínimo temerariamente, de su relación con Palacios, una inferencia que no se suele hacer en el caso de otras relaciones. En segundo lugar, dadas las tendencias filosóficas de los miembros del tribunal (y de cualquier tribunal de filósofos que pudiera formarse entonces en España para juzgar una cátedra de lógica), habría sido de una ingenuidad pasmosa –y aquí, pongamos las cartas encima de la mesa, nadie era ingenuo– albergar la expectativa de obtener esa cátedra qua lógico matemático. De haberse producido ese espectacular resultado sólo hubiera podido entenderse en razón de precisamente posibles “presiones” políticas sobre los miembros del tribunal, sólo que en sentido contrario a las que se da por cierto que existieron. Por cierto, tampoco era fácil que tal expectativa se hubiera cumplido en muchas facultades de filosofía de las universidades de la Europa continental de la época, donde la lógica matemática era un tanto despectivamente considerada como “logística”. Incluso hoy en día, muchos sesudos profesores de filosofía de las facultades de nuestro país se resisten a admitir que la lógica o la filosofía del leguaje sean realmente filosofía. Por tanto, no parece que estuviera fuera de toda duda, como se afirma con cierta frivolidad, que antes de celebrarse la oposición, ya se sabía que Garrido sería el ganador. Más bien, se suponía con bastante seguridad que no lo sería Sacristán que, sin duda, reunía méritos suficientes para ello y que fue un pionero en la introducción de la lógica matemática y la filosofía analítica en España, pero cuyos méritos en este sentido ese y cualquier tribunal español de la época no estaba en condiciones de valorar. En realidad, lo que se daba más o menos por seguro era que, si no quedaba desierta, la cátedra se la disputarían entre Garrido y el tercer opositor al que escasamente se nombra.
Sea como fuere, la incorporación de Manuel Garrido a la Universidad de Valencia constituyó, vista retrospectivamente, un feliz acontecimiento para la filosofía española. Valencia era entonces una ciudad sin demasiado peso en la vida intelectual de nuestro país, esencialmente concentrada en Madrid y Barcelona. Garrido solía aludir a lo favorable de esta circunstancia, pues permitía abordar nuevas empresas sin las suspicacias y los obstáculos que el establishment político-cultural de esas dos capitales era experto en esgrimir. Además, la Facultad de Filosofía de Valencia no era, como a Garrido le gustaba decir de Madrid, un “parque jurásico”. Allí enseñaban Carlos París, a su manera interesado por la filosofía de la ciencia, Fernando Montero, un fenomenólogo que no le hacía ascos a la filosofía del lenguaje, incluso a la de corte analítico y, sobre todo, José Luis Pinillos, padre de la psicología científica, pero también interesado por sus aspectos sociológicos y filosóficos. No se puede decir que todos ellos formaran un verdadero equipo, pero sí que se producían entre ellos colaboraciones ocasionales.
Al poco tiempo de llegar, Garrido disponía ya de un animoso grupo de discípulos de procedencias e intereses muy dispares, reflejo en gran medida de lo que era la Facultad, y con ellos empezó a trabajar. Por una parte, se trataba de introducir en la Facultad de filosofía (en Matemáticas hacía tiempo que había dejado de ser una extravagancia) la lógica matemática que él empezó a estudiar entonces muy en serio. Prueba de ello es su manual, Lógica simbólica (Madrid 1972, 1ª edición en dos volúmenes, pero que circulaba en ciclostil mucho antes) que se convirtió en una referencia para multitud de estudiantes de humanidades de España y también de Hispanoamérica. Garrido tenía, además, intereses filosóficos muy amplios provenientes en su mayoría de sus lecturas de juventud y consolidados durante su etapa de profesor en la Universidad de Granada: la psicología cognitiva, la inteligencia artificial, la sociología (había empezado a redactar su tesis doctoral con Gómez Arboleya), la filosofía de la ciencia, muy especialmente la filosofía de la biología, la estética (bajo la guisa de “Teoría de la comunicación artística”) o el uso de los computadores en las humanidades –causaba verdadero asombro entre los estudiantes y profesores de la universidad el computador HP del tamaño de un gran frigorífico, pero de potencia que hoy consideraríamos ridícula, que Garrido compró con sus propios fondos a finales de los sesenta e instaló en el departamento de Lógica.
Asimismo, Garrido era entonces, cuando Internet ni estaba ni se le esperaba, una de las personas mejor informadas del gremio sobre novedades bibliográficas –tanto españolas como extranjeras– que generosamente compartía con estudiantes y colaboradores en unas circunstancias en las que las bibliotecas universitarias prácticamente no existían, el presupuesto para compra de libros se aproximaba a cero y las dificultades administrativas y de otro tipo para conseguir libros y revistas extranjeros eran con frecuencia insuperables.
La fundación en un congreso de filósofos jóvenes celebrado en Castellón en 1971 de la revista Teorema (cuya dirección compartió con Fernando Montero durante su primer año de vida) facilitó tanto que se difundieran las inquietudes de lo que empezó a conocerse como “grupo de Valencia”, como que se establecieran lazos con otros grupos similares de dentro y de fuera de España, muy en particular con la revista Crítica y el nutrido grupo de filósofos del Instituto de Investigaciones Filosóficas de México. Garrido concibió Teorema como un instrumento que ayudara a romper la “autarquía” a la que se había entregado la filosofía española desde la Guerra Civil. Aspiraba, en la medida de sus posibilidades, a emular el afán de Ortega por importar a “la ruina del castillo español” la mejor filosofía europea de principios del siglo XX que, en los momentos fundacionales de Teorema, era para él la filosofía analítica. Sin embargo, aun siendo este un propósito esencial de la revista, una mera inspección de sus páginas en los primeros años revela el pluralismo que él quiso siempre que tuviera. Garrido estaba sinceramente preocupado por contribuir a rellenar la brecha que la Guerra Civil había producido en uno de los momentos más prometedores de la filosofía española. Filósofos como García Bacca, Ferrater Mora o Sánchez Mazas, e instituciones como el ya mencionado Instituto de Investigaciones Filosóficas de México, muy ligado al exilio republicano, colaboraron con Teorema desde sus inicios y, en cierto modo, hicieron de puente entre lo que quedaba del cosmopolitismo ortegiano y las nuevas generaciones de filósofos españoles.
Aparte de la revista, Garrido (y su esposa Carmen García-Trevijano, parte indispensable en Teorema y otros proyectos) pusieron en marcha desde finales de los sesenta y con periodicidad anual una serie de simposios y reuniones científicas en Valencia (con continuidad en Madrid en los ochenta) –que incluyen el multitudinario, conflictivo y quizá fundacional de la “nueva” filosofía española “Filosofía y ciencia en el pensamiento español contemporáneo” (1972)– y que contaron con invitados de la talla de Gustav Bermann, Noam Chomsky, Leonard Jonathan Cohen, Donald Davidson (Garrido organizó el primer simposio dedicado a la discusión de la obra de Davidson), Alwin Diemer, Michael Dummett, Peter Geach, José Ferrater Mora, Jürgen Habermas, Stuart Hampshire, Gisbert Hasenjäger, Friedrich Von Hayek, Franz Von Kutschera, Kuno Lorenz, David Pears, Karl Popper, Hilary Putnam, Willard Von Orman Quine, John Searle, Peter Strawson, Christian Thiel o Georg Henrik Von Wright, por citar sólo los más conocidos. Hoy en día, cuando los simposios y reuniones científicas son parte de la vida normal de casi cualquier departamento universitario en España, es difícil hacerse una idea de lo que significaron, pero a finales de los sesenta y durante los setenta eran todo un acontecimiento por su rareza y muchos incluso veían estas actividades como una extravagancia. Pero en realidad, fueron este tipo de reuniones las que contribuyeron en gran medida a que las jóvenes generaciones de filósofos se incorporasen a importantes corrientes de pensamiento ausentes hasta entonces de la filosofía española.
La actividad editorial desarrollada por Garrido tiene también otras facetas. No se puede olvidar la colección “Cuadernos Teorema” en la que tantos estudiantes y profesores descubrimos nuevas ideas y tendencias. Desde finales de los sesenta Garrido colaboró también en la mítica serie de Tecnos que dirigía Tierno Galván, “Estructura y Función”, más conocida como “la colección azul”, y desde entonces y hasta su muerte dirigió tres prestigiosas colecciones de filosofía: “Filosofía y ensayo”, “Los esenciales de la filosofía” y “Teorema” (mayor y menor) en las editoriales madrileñas Tecnos y Cátedra. Si se repasa el elenco de los títulos publicados tanto en los cuadernos como en esas colecciones, se puede uno hacer una idea de la realidad del pluralismo filosófico de Garrido.
Una idea muy extendida sobre la postura y las querencias filosóficas de Manuel Garrido lo pinta esencialmente como un lógico y un filósofo de orientación analítica. El primer rótulo es acertado, si lo consideramos como un lógico con intereses más filosóficos (dirigidos, por ejemplo hacia la inteligencia artificial y la filosofía del lenguaje y de la mente) que formales. Lo segundo es más discutible: sin duda, él valoraba positivamente muchos aspectos de la filosofía analítica, especialmente en sus primeras etapas; pero su interés en ella era más bien instrumental: creía que la incorporación de sus conceptos y métodos revitalizaría la filosofía que se hacía en España. Pero en realidad, Garrido era con mucho el menos “analítico” de todo el “grupo de Valencia”. Sus preferencias filosóficas se situaban, sin olvidar a Russell, Wittgenstein o Bernard Williams, en la órbita de Nietzsche, Schopenhauer, Husserl, Dilthey, Simmel e incluso Heidegger a quienes, siendo el alemán uno de sus idiomas maternos, podía leer en su lengua original.
La preocupación de Manuel Garrido por la filosofía que se hacía en España, basada sin duda en su propia experiencia vital, fue una constante durante toda su vida. Algunos de sus estudiantes de los primeros años sesenta han comentado estos días sus constantes referencias en clase, recién llegado a Valencia, a Unamuno, Ortega y Santayana, los filósofos españoles del siglo XX que más apreciaba. Su competencia en este campo fue incluso reconocida internacionalmente. Así, la prestigiosa Cambridge History of Philosophy que edita Thomas Baldwin le encargó el capítulo dedicado a la filosofía española entre 1850 y 1945 y el Companion to Latin American Philosophy editado por Blackwell incluye un capítulo de su firma sobre la influencia de Ortega en América. Cuando reapareció Teorema en 1997, una de sus mayores ilusiones era rescatar para la filosofía española el pensamiento de Santayana, del que entonces, con contadísimas excepciones, nadie se acordaba. Sus esfuerzos cristalizaron en la fundación de Limbo, un suplemento de Teorema que se intentaba que hiciera de vínculo entre los santayanistas de España y América. A la vez, recuperó en las colecciones de filosofía que dirigía en Tecnos y Cátedra obras de Santayana durante mucho tiempo descatalogadas como, por ejemplo, Diálogos en el limbo, Tres poetas filósofos, o La vida de la razón (antología) y también Interpretaciones de poesía y religión y Dominaciones y Potestades en la ovetense KRK.
En los últimos años de su vida Garrido coordinó (y escribió él mismo una buena parte de ellas) dos obras monumentales: El legado filosófico y científico del siglo XX (Madrid, Cátedra, 2007, 1056 pp.) y El legado filosófico español e hispanoamericano del siglo XX (Madrid, Cátedra, 2009, 1328 pp.). La primera de las obras es una especie de biografía del siglo XX científico y filosófico que tiene la particularidad de poner en valor, dentro del contexto europeo y americano, la filosofía y la ciencia españolas (esta última, por cierto, bastante desconocida) de lo que se suele llamar la “edad de plata” de la cultura española. La segunda de ellas, que fue galardonada en 2010 con el premio Menéndez Pelayo de ensayo, se concentra en la filosofía española e hispanoamericana del pasado siglo, con sus luces y sus sombras. Dentro de lo problemático que resulta hacer un relato cuyos protagonistas en gran parte están todavía vivos, la obra pretende presentar una historia equilibrada o, para decirlo con Ortega, hacer un balance que no sea “hemipléjico” ni por la izquierda ni por la derecha. Esta pretensión que, como es obvio, corre el riesgo de no contentar ni a tirios ni a troyanos, sintetiza de forma bastante adecuada la posición de Manuel Garrido ante la filosofía española del siglo XX. Podríamos caracterizarla, con reminiscencias santayanistas, diciendo que en ese libro Garrido trata de desdramatizar una historia que en realidad no es dramática.
Julio Seoane, psicólogo social y antiguo discípulo de Garrido, se preguntaba hace algún tiempo en un artículo publicado en El País y que lleva por título “Teorema de Garrido” cómo fue posible que, durante más de treinta años, un buen número de personas de distintas procedencias y con intereses intelectuales tan dispares como la filosofía, la psicología, las matemáticas, la lógica, la biología, la sociología, la inteligencia artificial, la literatura, la estética, etc., etc. hayan sido guiadas en su desarrollo intelectual por Garrido, conformando lo que puede llamarse una “escuela”, pero sin “formalizarla”, sin “uniformar a sus componentes”, “dejando intacta una enorme diversidad de formas de ser y estar” y, en fin, sin utilizar esa nebulosa estructura como “plataforma de poder”. Seoane concluye que este es “el auténtico teorema de Garrido”, un teorema que los hechos han demostrado, por mucho que sea, y más en esta época, difícil de entender. A Manuel Garrido quizás le hubiera gustado verlo à la Santayana como plasmación práctica del rechazo del egotismo, esa dificultad teórica, pero también moral, para aceptar a los demás como una realidad autónoma genuina, diversa y diferenciada.» (Luis M. Valdés Villanueva, Teorema, 2015, 34:1, págs. 199-207.)

Sobre Manuel Garrido Jiménez

1975 Entre el cerco y el circo: el Círculo de Valencia

1990-2001 El «Caso Complutense», o treinta millones en dos cheques

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