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Manuel Garrido Jiménez 1925 Traductor y profesor español, nacido en Granada el 8 de noviembre de 1925, que entre 1962 y 1990 se dedicó a la enseñanza de la lógica como funcionario del Estado. Doctor en 1956 por la Universidad de Madrid, con la tesis La razón práctica, análisis de la función normativa de la razón (236 h., T2463). En los años cincuenta tradujo varios libros para la colección Biblioteca del pensamiento actual, publicada por la editorial Rialp (vinculada a la organización católica Opus Dei): El cristiano y la historia, de Theodor Haecker (Biblioteca del pensamiento actual nº 29, Rialp, Madrid 1954, 168 págs.), Entre capitalismo y sindicalismo, situación crítica de la Asociación obrera, de Goetz Briefs (Biblioteca del pensamiento actual nº 41, Rialp, Madrid 1955, 289 págs.), Metafísica del sentimiento, de Theodor Haecker (Biblioteca del pensamiento actual nº 96, Rialp, Madrid 1959, 184 págs.), La prudencia, de Josef Pieper (Rialp, Madrid 1957, 155 págs.) o Justicia y fortaleza, de Josep Pieper (Biblioteca del pensamiento actual nº 123, Rialp, Madrid 1968, 261 págs.). También en los años cincuenta tradujo Los fundamentos filosóficos de la moral católica, de Theodor Steinbüchel (Biblioteca hispánica de filosofía nº 20, Gredos, Madrid 1959). En esos años publica sus primeros breves textos, como «Filosofía contemporánea» (Punta Europa, nº 63, Madrid 1961, págs. 116-117), «Un nuevo ensayo sobre Ortega» (Punta Europa, nº 65, Madrid 1961, págs. 136-137) o «Esencia y metafísica en Xavier Zubiri» (Indice, nº 175-176, Madrid 1963, págs. 13-14). La revista Punta Europa, fundada en 1956 y dirigida por Vicente Marrero como punto de encuentro para escritores católicos tradicionalistas, era vinculada por muchos al Opus Dei. [Precisamente en 1961 Vicente Marrero menciona a Manuel Garrido entre los amigos a los que agradece su colaboración en el libro La Guerra española y el trust de cerebros.] Apadrinado por Leopoldo Eulogio Palacios, el 13 de julio de 1962 ocupó mediante oposición la cátedra de Lógica de la Universidad de Valencia, en la que se mantuvo hasta su traslado a Madrid, para sustituir en la cátedra de Lógica a su mentor Leopoldo Eulogio Palacios, que la desempeñó desde 1944 hasta su fallecimiento en 1981 –todavía en 1974 la universidad española sólo contaba con dos catedráticos de Lógica: Palacios en Madrid, y Garrido en Valencia–. |
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«Durante mucho tiempo el caballo de batalla del Opus Dei fue la 'libertad' de enseñanza. Escrivá desde el principio otorgó gran importancia al problema universitario. Muchos profesores ambiciosos y otros que se arrimaban al sol que más calienta engrosaron las filas de la institución. Había comenzado el 'adueñamiento' de la institución universitaria por parte de la Obra. Este asalto al poder fue largo y laborioso. No se ahorraron esfuerzos. No se escatimaron monedas. Quien no se vendía por dinero, podía venderse con promesas u honores. El Opus compraba y aquellos respetables vates, 'maestros' de la juventud universitaria española, se vendían como prostitutas. Muy pronto, sobre todo en ciertos sectores, para ser catedrático de Universidad era necesario contar con el apoyo o beneplácito del Opus Dei. Hace seis años, el profesor Carlos París, ilustre escritor y filósofo, se presentó a la cátedra de Filosofía de la Naturaleza de Madrid. Su oponente era un miembro de la Obra, Roberto Saumells, catalán confuso y maestrillo por tierras de Iberoamérica. Las oposiciones fueron 'movidas'. El tribunal no se preocupó en absoluto por la preparación de los dos contrincantes. París era un excelente profesor, un intelectual de pro. Saumells era –es– un aprendiz poco despejado. Ni que decir tiene que la cátedra le fue otorgada a Saumells que reparte sabiduría desde tan alta tarima. Ad maiorem Dei gloriam. Lo mismo ocurrió con el profesor Manuel Sacristán de la Universidad de Barcelona que tuvo que medir sus armas contra el profesor Garrido, protegido del inefable Leopoldo Eulogio Palacios, miembro también de la Obra, junto con Millán Puelles. Ambos catedráticos consiguieron descalificar al profesor Sacristán, recurriendo a las tretas más repugnantes, recordando, por ejemplo, el carácter 'heterodoxo' de sus escritos sobre lógica matemática.» (Eugenio Nieto, «Introducción al Opus Dei», Cuadernos de Ruedo Ibérico, París, nº 3, octubre-noviembre 1965, pág. 90) «Habían empezado a alejarse los tiempos de una filosofía escolástica en su contenido, oficialista en sus connotaciones políticas e incluso «amateur» en sus docentes. Aún podían los estudiantes oír en clase exaltaciones de la familia numerosa o glosas retóricas, pero iban ya introduciéndose otros contenidos y anunciándose otras posturas. No todo el profesorado era igualmente competente y de hecho algún que otro docente abandonaría después la Universidad o alcanzaría cátedras distintas a la materia que entonces explicaban. El cambio, sin embargo, era real: José Luis Pinillos explicaba una psicología científica; Carlos París presentaba a Bachelard y las corrientes francesas de filosofía de la ciencia, pero además introducía la lógica matemática. Las clases de García Borrón y Fernando Montero ofrecían con gran dignidad una historia de la filosofía que no empezaba con Aristóteles y acababa con Santo Tomás. «El filósofo Manuel Sacristán era, en 1963, la figura en torno a la cual, para bien y para mal, giraba la actividad de la intelectualidad marxista catalana. Había ingresado en el partido, en París, a mediados de los cincuenta (...). Santiago veía en él un militante de indudable utilidad política y de ahí que forzara al PSUC a mantenerle aunque fuera en el congelador. Incluso a favorecer convertirle en profesional del partido. Su fracaso en el reaccionario mundo académico le enajenó la posibilidad ética de volver. Se había presentado a oposiciones en 1962 y le venció, y no en buena lid, el entonces filoopusdeista y neoescolástico Manuel Garrido, hoy 'teórico de la ciencia'.» (Gregorio Morán, Miseria y grandeza del Partido Comunista de España 1939-1975, Planeta, Barcelona 1986, pág. 364) |
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Desde su cátedra de Valencia procuró Garrido la difusión de la filosofía analítica y afines en España, labor de traducción en la que ha colaborado con su esposa Carmen García-Trevijano Forte (hermana del abogado Antonio García-Trevijano, íntimo colaborador Rafael Calvo Serer, numerario del Opus Dei, que en 1966, cuando asumieron el control del diario Madrid, era todavía director de Biblioteca de Pensamiento actual, de Rialp). También desde su cátedra de Valencia y luego en Madrid, fue uno de los principales beneficiarios del empuje político que en el tardofranquismo y la transición a la democracia recibió el estudio de la lógica formal y afines, potenciada durante esos años en el bachillerato y la universidad como una alternativa políticamente neutra a una filosofía que, aunque domesticada, siempre es necesariamente más crítica y potencialmente molesta. En 1971 fundó en Valencia la revista Teorema, que inicialmente se presentó como abierta a las nuevas filosofías que buscaban su espacio en los agitados años del tardofranquismo, pero que pronto se desenmascaró como instrumento particular al servicio de muy precisas ideologías e intereses personales (esta revista también se trasladó a Madrid cuando Garrido pasó a ocupar la cátedra que durante décadas desempeñara Leopoldo Eulogio Palacios). Tiene el mayor interés leer el informe «Entre el cerco y el circo: el Círculo de Valencia», firmado por El corro de la patata, y publicado en la primavera de 1975 en el número 3 de la revista Zona Abierta, dedicado a «La filosofía actual en España». En ese informe, publicado cuando todavía vivía el general Franco y por tanto no había comenzado formalmente el proceso que sería conocido como transición democrática, se ofrecen con absoluta lucidez las claves político ideológicas que estaban ya marcando la transición filosófica en España. La perezosa distinción utilizada por Garrido entre analíticos y dialécticos sigue siendo aplicada hoy, con la más absoluta ingenuidad en el peor de los casos, por los más torpes analistas e historiadores del «pensamiento filosófico» actual en España.
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«Manuel Garrido. Catedrático de lógica en la universidad de Valencia y director del único departamento de lógica y filosofía de la ciencia que funciona en España. Es además fundador y director de la revista Teorema, que se ha convertido en un valioso órgano de expresión de la filosofía científica. En torno a él se ha constituido un grupo de trabajo en el que predominan diversas tendencias de filosofía analítica y que en los últimos años ha sido uno de los principales catalizadores de la vida filosófica académica en España.» (Diccionario de filosofía contemporánea, dirigido por Miguel A. Quintanilla, Ediciones Sígueme, Salamanca 1979, págs. 190-191.) «Manuel Garrido Jiménez. Nacido (1925) en Granada, es, desde 1962, catedrático de lógica en la Universidad de Valencia, donde dirige el Departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia, y la revista Teorema, fundada en 1971. Desde 1976 dicha revista es órgano de la publicación en castellano de la International Division of Logic, Methodology and History of Science. El interés filosófico general de Garrido se orienta hacia la construcción de una filosofía racionalista de inspiración científica, que complementa el método de la crítica racional con el análisis constructivo y que ve en la experiencia científica –y no sólo en la ordinaria o corriente– la fuente primordial de estímulo y contraste para la reflexión filosófica. Las áreas específicas que más atraen la atención de Garrido son la filosofía de la ciencia y la filosofía de la materia consideradas a la luz de los resultados de la técnica moderna (teoría de autómatas, nueva lingüística, inteligencia artificial, biología molecular, física de partículas). Su punto de vista ontológico es realista e incluye una orientación preferencial por el materialismo.» (José Ferrater Mora, Diccionario de Filosofía, Alianza, Madrid 1979, tomo 2, pág. 1326.) «Alrededor de Teorema y en Valencia, se introduce la lógica simbólica y la filosofía analítica, inteligencia artificial y filosofía de la ciencia, el uso de los computadores y la psicología cognitiva. Y esta nueva época impulsa reuniones y simposios sobre temas científicos y sociales, que más tarde tendrán su continuación en Madrid, y en los que participan filósofos y pensadores de la importancia de Chomsky, Habermas, Popper o von Hayek, por citar sólo unos cuantos, junto con alumnos y jóvenes profesionales que aceptaban con normalidad un ambiente intelectual absolutamente inusual para aquel tiempo. Sin embargo, la labor y la influencia de Manuel Garrido, al frente del departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Valencia, no se pueden limitar a la revista y a unas cuantas reuniones. No sólo impulsó los estudios de filosofía sino que inició también los de psicología y participó en la actividad de otras facultades. Ya fuera en el antiguo edificio de la Universidad, en la calle de La Nave, o en su propia casa en J. J. Domine, frente al Puerto, hizo correr multitud de libros, de escritos y de ideas entre los que trabajaban con él y entre los alumnos de entonces. Todavía continúan por aquí estudiantes, investigadores y discípulos más o menos cercanos, pero también se encuentran dispersos en diversas universidades españolas.» (Julio Seoane, «Teorema de Garrido», El País, Valencia, sábado, 6 de febrero de 1999.) |
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Manuel Garrido hubiera sido una persona prácticamente desconocida –salvo para unos pocos profesores del área de lógica– de no haber sido por unos escandalosos sucesos de los que fue protagonista e inspirador, y que culminaron con un famoso juicio bien aireado por la prensa en 2001, que le permitió alcanzar cierta fama ante la opinión pública. En la primavera de 1990, al parecer, todos los miembros del Departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad Complutense (excepto Garrido y su esposa) denunciaron determinadas actuaciones del director del departamento, que tendrían que ver con algunas indistinciones entre lo público y lo privado (recuérdese, por ejemplo, que la revista Teorema, publicada y financiada por la Universidad de Valencia, también se «trasladó» junto con su director a Madrid), y tras la correspondiente inspección por parte de las autoridades, la Universidad Complutense decidió, el 18 de julio de 1990, la suspensión cautelar de Manuel Garrido (faltaban muy pocos meses para su jubilación). Después del verano, el 7 de septiembre de 1990, se le abrió un expediente disciplinario, que concluyó con una doble sanción, ratificada por el rector Gustavo Villapalos. Garrido recurrió ante los tribunales tal sanción, y, tras el recurso contencioso correspondiente, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid decidió en 1993 anular la sentencia, por irregularidades en su tramitación, y restituir al profesor a la situación previa. Pero para ese momento ya había cumplido Garrido la edad de jubilación (en esa época fijada en los 65 años), y el Departamento ni siquiera le había propuesto como profesor emérito. El rectorado de la Universidad Complutense comunicó a Garrido en abril de 1994 que estaba dispuesto a corregir la sanción, pero como pasaba el tiempo, Garrido decidió volver a los tribunales y el 20 de octubre de 1994 presentó ante los juzgados una querella por prevaricación contra el rector. Mientras tanto el rector Gustavo Villapalos, que había perdido a finales de 1993 a su amigo y colaborador el vicerrector José Adolfo Arias Muñoz, tras ocho años en el rectorado de la Complutense tenía en perspectiva dar el salto al terreno de las gestión política, de la mano del Partido Popular. De hecho en la primavera de 1995 entró a formar parte, asumiendo la Consejería de Educación y Cultura, del primer gobierno de la Comunidad Autónoma de Madrid presidido por Alberto Ruiz-Gallardón. Un mes antes de las elecciones entra en escena el cuñado de Manuel Garrido, el abogado Antonio García-Trevijano (fiel colaborador de Rafael Calvo Serer y de la causa de Don Juan desde los años cincuenta –en el entorno del Opus Dei–, uno de los impulsores de la Junta Democrática, y activo apostol pro República tras la consolidación de la restauración borbónica en la persona de Don Juan Carlos), quien dirige una carta el 4 de abril de 1995 al rectorado de la Complutense reclamando 50 millones de pesetas como daños y perjuicios y el nombramiento de Garrido como profesor emérito. (Para hacerse una idea de lo que suponían 50 millones en 1995: el sueldo anual del Presidente del Gobierno de España ascendía a unos 10 millones de pesetas, y el sueldo medio anual del profesorado universitario a 4 millones de pesetas.) El 9 de mayo de 1995, un día antes de que Garrido tuviera que ratificar ante el juzgado su querella criminal, el rector Gustavo Villapalos firma tres resoluciones: una para ordenar el abono a Garrido de treinta millones de pesetas, otra ordenando abrir el proceso de nombramiento como emérito y la tercera abriendo expediente a quienes habían denunciado a Garrido en 1990. Inmediatamente Garrido retiró su querella y el contencioso pareció quedar resuelto mediante este arreglo clandestino (como puede imaginarse, no se le dió publicidad y nadie salvo los implicados lo conocían). La Universidad efectuó el sorprendente pago de esos treinta millones de una forma no menos llamativa: mediante dos talones de quince millones de pesetas, uno a nombre de Manuel Garrido Jiménez y el otro a nombre de Antonio García-Trevijano Forte, el cuñado intermediario. Unos días después abandonaba Gustavo Villapalos su rectorado, para estrenar su puesto en el gobierno autonómico. La interesada gestión del cuñado parece que provocó cierto distanciamiento entre el abogado y el profesor jubilado, que sólo había visto compensadas sus apetencias económicas a medias, y se desesperaba ante la inoperancia de lo previsto en las otras dos resoluciones. De suerte que el 2 de septiembre de 1996 decidió Garrido reabrir el proceso penal contra el ex rector Villapalos, ¡acusándole de malversación de caudales públicos por el pago irregular de los treinta millones recibidos! En esos meses Gustavo Villapalos, flamante Consejero de Educación, lograba notable protagonismo gracias al éxito del libro que publicó junto con el padre mercedario Alfonso López Quintás, El libro de los valores. (Gustavo Villapalos y Alfonso López Quintás, a través de su colaboración para lograr consolidar la universidad privada Francisco de Vitoria, están muy cercanos, al parecer, a la organización católica Legionarios de Cristo, que algunos consideran por su creciente influencia sucesora del Opus Dei, de la que sería competencia.) El juicio tuvo por fin lugar en mayo de 2001, y dada la personalidad del acusado, Gustavo Villapalos, y la fama y circunstancias del cuñado beneficiario, Antonio García-Trevijano, la prensa de todo color mantuvo un pormenorizado seguimiento diario. (Hemos dispuesto una selección de esos artículos publicados por la prensa, para evitar extenderse aquí en detalles.) Aunque Garrido perdió el juicio, pues Gustavo Villapalos resultó absuelto, la sentencia sirvió para transformar el dudoso pago en indemnización. La prensa recoge que Garrido declaró: «Hay un vencedor absoluto, que es Villapalos... La inocencia de Villapalos tiene como consecuencia la limpieza de la indemnización. Ya nadie puede pensar que me dieron un maletín. Mi agravio cesa y mi bolsillo queda fortalecido... lo que abre la posibilidad de reclamar los 15 millones que se llevó mi cuñado.» El escritor Juan José Millás inclusó dedicó un artículo a estos sorprendentes sucedidos: |
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«Supongamos que a usted le tiene que indemnizar con dinero público una universidad de la que es profesor de Lógica. Imaginemos que se presenta usted en la oficina en la que han de entregarle el cheque, y que ese día le acompaña por casualidad un cuñado suyo que, por complicar las cosas, se llama Antonio García Trevijano. |
Sobre Manuel Garrido Jiménez en el Proyecto Filosofía en español: |
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