Congreso por la Libertad de la Cultura

Comisión española del Congreso por la Libertad de la Cultura

Cronologí­a · Pablo Martí­ Zaro · Cuentas 1962 · Premio de los Escritores Europeos · Reuniones organizadas · Ametlla 1964 · Seminarios y Ediciones SA · Toledo 1965 · Córdoba 1968 · Reunión frustrada en Santiago de Compostela 1968 · Colección «Hora H»

El inicio de las actividades regulares y visibles del Congreso por la Libertad de la Cultura relacionadas con España y los paí­ses de lengua española coincidió con la muerte de Stalin (el 5 de marzo de 1953): el primer número de Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura está fechado en marzo-mayo de 1953. Salvador de Madariaga (nombrado para sustituir al fallecido Benedetto Croce como uno de los Presidentes de honor del Congreso), los dos ex dirigentes del POUM, Julián Gorkin e Ignacio Iglesias, funcionarios del Congreso hasta que se jubilaron cuando se disolvió, a principios de los años setenta, y Luis Araquistain, veterano militante del PSOE (que llegó a ser efí­mero director de Cuadernos, hasta que murió el 6 de agosto de 1959), fueron durante los años cincuenta quienes, desde el exterior, se encargaban principalmente de atender las cosas de España que interesaban al Congreso.

La realidad de la evolución de la Revolución cubana, que cuestionaba la efectividad del activismo del Congreso y de Cuadernos en Hispanoamérica, y la efervescencia de los movimientos que se vení­an produciendo en España, desde el «Mensaje del Partido Comunista de España a los intelectuales patriotas» (abril 1954) hasta la convocatoria de la «Huelga Nacional Pací­fica» (18 junio 1959), pasando por el «Manifiesto a los universitarios madrileños» (febrero 1956), la declaración comunista «Por la reconciliación nacional» (junio 1956), o el Frente de Liberación Popular de Julio Cerón (septiembre 1958), entre otros hitos, obligaban a serios replanteamientos tácticos y estratégicos del Congreso.

Del 8 al 13 de julio de 1959 el Congreso reunió en Lourmarin, en pleno corazón de la Provenza, con cobertura de la Universidad de Aix-en-Provence y dineros de la Fundación Ford, a tres docenas de intelectuales de siete paí­ses para tratar del «Universalismo y provincialismo en la cultura europea», bajo la batuta de Pierre Emmanuel. La reunión se vení­a preparando desde hací­a meses (Marichal pregunta a Ferrater, 9 abril 1959: «Ha sabido algo de la reunión de Aix? ¿Le invitaron a ud.?»). El 8 de junio Aranguren informa a Ferrater del coloquio previsto en Lourmarin. Asistieron Marí­as, Aranguren, Cela, Laí­n, José Luis Cano y José Marí­a Castellet… además de Gorkin & CIA. «PS. JL Cano me dice que lo de Aix resultó poco interesante» (añade Marichal en una nota que remite a Ferrater desde Alicante, el 16 de julio). Julián Marí­as lamenta que ni Ferrater ni Marichal hubiesen sido invitados a Lourmarin (carta a Ferrater, Soria, 28 julio).

Después del verano de 1959 el Congreso decide constituir una institución nueva, el Centro de Documentación y de Estudios Españoles (aunque el «Españoles» solí­a sufrir elipsis, seguramente para contentar ya a federalistas catalanes, vascos y gallegos que el Congreso buscaba mimar e impulsar cuidadosamente).

El Congreso habí­a entendido que se hací­a ya necesario constituir una plataforma estable en el interior de España, un Comité español efectivo. Tras la reunión «El escritor y la sociedad del bienestar» (Copenhague, 9-13 septiembre 1960), a la que asistieron como ponentes Julián Marí­as y Lorenzo Gomis (fundador en 1951 de El Ciervo), importantes funcionarios del Congreso (John Hunt, agente de la CIA dotado de un español perfecto, Edward Shils, Pierre Emmanuel, &c.) se reunieron en Parí­s con varios intelectuales españoles y dieron por constituido el Comité español.

Después del contubernio de Múnich (el IV Congreso del Movimiento Europeo, 5-8 junio 1962), organizado principalmente por Salvador de Madariaga y Julián Gorkin con dineros del Congreso por la Libertad de la Cultura, tuvo la ocasión el cuartel anticomunista de Parí­s de contratar a bajo precio ardorosos colaboradores procedentes del interior, antiguos falangistas reciclados en socialdemócratas a los que instruir para las nuevas batallas que habí­an de darse en el interior.

«El contubernio también aceleró la maduración del comité. Como supo ver Tierno Galván, Munich marcó un punto de no retorno: "El centro de gravitación polí­tica ha pasado al interior". Por ello, en Parí­s, los ridruejistas apostaron por convertir el comité en una auténtica plataforma de promoción democrática en España. Para lograrlo, uno de ellos debí­a dedicarse full time al proyecto. El elegido fue Pablo Martí­-Zaro, que volvió a Madrid a finales de 1962 y fue nombrado secretario del comité. "Con un pequeño local en el edificio España, un teléfono, una secretaria y un liberado al frente, que soy yo", escribí­a Martí­-Zaro en unas páginas autobiográficas, el grupo empezó a ser operativo. A partir de aquel momento, regularmente, se reunirí­an en Madrid para dar continuidad a su actividad. La primera acta de reunión que he consultado está fechada el 10 de diciembre de 1962. De su lectura se desprende un claro afán por intervenir en la vida de las ideas del momento. Se trazó un programa de futuro ambicioso: instauración de un premio de ensayo, planificación de los fascí­culos Tiempo de España que dirigirí­a Aranguren y fijación de criterios para conceder bolsas de viaje y becas (las recibirí­an, entre otros, Carmen Martí­n Gaite o Josep Benet). También se empezó a perfilar un congreso sobre el realismo. La idea era de Emmanuel y encajaba con las tesis del CLC: impugnar el prestigio que la estética del realismo socialista gozaba entre los jóvenes escritores españoles.» (Jordi Amat, «España en la guerra frí­a cultural», La Vanguardia, 24 de febrero de 2010.)

De manera que, al acabar 1962, Pablo Martí­ Zaro ya se ha convertido en ejecutor desde Madrid de los planes y programas que para España diseñaban los ideólogos proyanquis del Congreso… en Parí­s, en particular el poeta Pierre Emmanuel:

«Nunca, repito, le habí­a resultado indiferente lo español. Lo nuevo para él era que, a partir de ese momento, ya podí­a hacer algo efectivo por el paí­s que tanto le atraí­a. Y en 1959, como directivo de la entidad arriba mencionada, Emmanuel reunió en el sur de Francia, concretamente en Lours Marin, a un reducido grupo de españoles, Cano, Cela, Castellet, Laí­n Entralgo, Marí­as, del que no tardarí­a en surgir el Comité Español de la Asociación Internacional por la Libertad de la Cultura, al que, además de todos los citados antes (con la excepción de Cela), pertenecieron, entre otros, Aranguren, Josep Benet, Bru, Chueca, Garcí­a Sabell, Lorenzo Gomis, Mariá Manent, José Antonio Maravall, Morodo, Ridruejo, Ruiz Giménez, Sampedro, Carlos Santamarí­a y Tierno Galván, y del que yo fui secretario hasta su extinción en 1977.
Merced al no muy caudaloso pero insustituible apoyo económico que le prestaba la Asociación Internacional por la Libertad de la Cultura, el Comité Español, que jamás tuvo existencia legal y del que formaban parte hombres de orí­genes y convicciones tan dispares como la precedente relación de nombres delata, se convirtió pronto en un activo foco de oposición cultural, y, pese a sus limitadas posibilidades de acción, en un eficaz instrumento que permitió canalizar muchas ayudas y poner en práctica muchas iniciativas.» (Pablo Martí­ Zaro, «Una deuda pendiente con Pierre Emmanuel», El Paí­s, Madrid, sábado 6 de octubre de 1984.)

1981 «Serí­a prolijo relatar ahora los orí­genes de lo que posteriormente se llamarí­a Comité Español del Congreso por la Libertad de la Cultura. En 1959 y en la Provenza –en Lourmarin, concretamente– se celebró un coloquio para tratar sobre los problemas de Europa. Fuimos invitados, entre otros, si no recuerdo mal, Pedro Laí­n, Julián Marí­as, José Luis Aranguren, Camilo José Cela, José Luis Cano y yo mismo, que era el único catalán del grupo. Tuvimos allí­ la suerte de conocer y entablar lo que ha sido una larga amistad con el poeta francés Pierre Emmanuel, quien demostró en seguida un vivo interés por las cuestiones españolas, con una sensibilidad especial por los problemas de las nacionalidades hispánicas quizá, como me comentó en una ocasión, por ser él mismo un occitano cuyas raí­ces se diluí­an en la historia. En todo caso, Pierre Emmanuel nos incitó –no sé si en aquel momento, o al año siguiente en Copenhague, en un coloquio internacional sobre el Welfare State, en el cual nosotros evidentemente jugábamos el papel de los parientes pobres– a constituirnos en una comisión más o menos subterránea –polí­ticamente hablando– que recibirí­a ayuda cultural (en forma de libros, becas, bolsas de viaje, etc.) del Congreso por la Libertad de la Cultura desde Parí­s y del cual él era uno de los directores.
Formamos el Comité, con sede (clandestina, evidentemente) en Madrid y secretariado en Barcelona, que llevaba yo mismo. Presidió el primer Comité Pedro Laí­n Entralgo y lo formaban Fernando Chueca, que serí­a el segundo presidente, Enrique Tierno Galván, José Luis Aranguren, José Luis Sampedro, José Luis Cano, Antonio Buero Vallejo, Julián Marí­as, José Antonio Maravall, Joaquí­n Ruiz Jiménez, Dionisio Ridruejo y Carlos Marí­a Bru, entre los asistentes asiduos a las reuniones. Otros nombres se adhirieron con posterioridad o estuvieron desde el principio aunque con presencia menos activa: recuerdo los de Julio Caro Baroja, Domingo Garcí­a Sabell, Paulino Garagorri, Raúl Morodo, Ramón Piñeiro, Carlos Santamarí­a, Miguel Delibes y algún otro nombre que, posiblemente, se me escapa ahora, además de Pablo Martí­ Zaro, quien acabó ocupando la secretarí­a después de los acontecimientos que explicaré a continuación. Posteriormente, cooptamos para el Comité, en Cataluña, a Marií  Manent, Josep M. Vilaseca i Marcet, Llorení§ Gomis y Josep Benet, aparte de la colaboración de otros muchos amigos.
En el año 1962, aconteció el hecho polí­tico conocido por todos con el nombre de «Contubernio de Munich», gracias a la inefable denominación de las autoridades y de la prensa franquista. Quienes asistieron a él sufrieron a la vuelta innumerables molestias, entre ellas el destierro o las multas, aparte de los pesados interrogatorios. Otros, no volvieron ya, previendo males mayores; entre ellos, claro está, Dionisio Ridruejo, quien encontró acogida y ayuda incondicional en Parí­s por parte del Congreso por la Libertad de la Cultura y, muy particularmente, de Pierre Emmanuel. De las largas conversaciones que sostuvieron en Francia quedó, para el objeto que hoy nos ocupa, el convencimiento de los dirigentes del Congreso de que una de las actividades de mayor urgencia –aunque atí­pica dentro de las finalidades fundacionales del mismo– era la dinamización del diálogo entre las culturas hispánicas, empezando por lo que llamábamos entonces «Diálogos Cataluña/Castilla», preocupación fundamental de Ridruejo, buen conocedor, desde su confinamiento en tierras catalanas, de los hombres, historia y cultura de nuestro paí­s. Por otra parte, desde Parí­s, Ridruejo cuidó de fortalecer la posición del Comité español y de obtener mayor ayuda económica para estas actividades. De ahí­ que, entre otras muchas causas, se me ocurriera empezar estas lí­neas con el párrafo de Carlos Fuentes.
El exilio de Dionisio Ridruejo duró dos años, del 62 al 64. Entretanto, habí­a regresado a España su colaborador Pablo Martí­ Zaro –otro de los participantes en el «contubernio» de Munich– con el encargo de organizar, clandestinamente todaví­a, pero con una mí­nima burocracia operativa, las actividades del Comité, que desde entonces se multiplicaron. Para lo que nos concierne, el primero de los llamados «Diálogos Cataluña/Castilla» tuvo lugar en la residencia que Félix Millet i Maristany tení­a en la Ametlla del Vallí¨s, en 1964. Aparte de muchos miembros del Comité, asistieron otras personas que iniciaron así­, «institucionalmente» por llamarlo de alguna manera, un diálogo que prosiguió durante toda la década y, más allá, hasta la muerte del general Franco. El año siguiente (1965), se repitió el encuentro en el cigarral de Fernando Chueca, en Toledo. A los invitados al primer encuentro –entre los que estaban Jordi Carbonell, Ví­ctor Hurtado, José Marí­a Valverde y otros muchos que no recuerdo con exactitud ahora– habí­a que sumar los de Antoni M. Badia i Margarit, Miguel Batllori, Ernest Lluch, Maurici Serrahima, Joan Reventós, Rafael Tasis, Fernando Baeza, Luis Dí­ez del Corral, Rafael Lapesa, Vicent Ventura, &c.
De las conclusiones de estos diálogos –cuyo primer resultado fue el conocimiento personal y, en algunos casos, amistades que durarí­an a lo largo de los años– habí­a una que se imponí­a: tení­an que ampliarse los «Diálogos Cataluña/Castilla» a los problemas de un Estado plural, en la que tení­an que tener voz el Paí­s Vasco, Galicia, el Paí­s Valenciano, &c. y, en definitiva, todas aquellas voces que frente al centralismo falsamente unitarista del franquismo propugnaban un Estado descentralizado reconocedor de la diversa personalidad de sus pueblos y de sus afanes de organizarse y autogobernarse administrativa, polí­tica y culturalmente.» (José Marí­a Castellet, «El diálogo durante los años sesenta o la institucionalización en la clandestinidad», en Relaciones de las Culturas castellana y catalana: Encuentro de Intelectuales: Sitges, 20-22 diciembre 1981, Servei Central de Publicacions de la Presidí¨ncia, Generalitat de Catalunya, Barcelona 1983, pág. 120-ss.; en La cultura y las culturas, Editorial Argos Vergara, Barcelona 1985, pág. 112-115.)

Otros documentos

Cuentas 24 noviembre 1962 a 25 mayo 1963 · 6 julio 1963 · 21 julio a 15 noviembre 1963 · 1 septiembre 1964 a 15 enero 1965.
Coloquios Cataluña-Castilla · proyecto, 13 abril 1964
Organización de Centro de Información y de Estudios en Madrid · agosto 1965
Proyecto de «Asociación de Culturas Peninsulares» · noviembre 1965
La Comisión Española a John C. Hunt · 13 mayo 1966
Carta de Enrique Tierno Galván a Pierre Emmanuel · 29 mayo 1967

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