El Sol
Madrid, lunes 20 de abril de 1925
 
año IX, número 2.402
página 1

Luis Araquistain

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Organización de la cultura hispánica

El Sr. Lugones pretende que «la organización del pensamiento hispanoamericano es una frase perfectamente vacía». Explorémosla. No sé si fue el Sr. Elmore o fui yo –no tengo a la mano los artículos que han promovido este debate– quien usó lo de «pensamiento hispanoamericano». De todos modos, ha de tomarse como sinónimo de cultura hispanoamericana. Por mi parte, prefiero emplear habitualmente el concepto de cultura hispánica, que comprende, en lo geográfico, a España y Portugal y a toda la América no sajona.

Pues bien: ninguna cultura implica uniformidad de pensamiento o «identificación mental», como dice el Sr. Lugones, atribuyéndonos una idea absurda. En toda cultura caben las mayores variedades mentales. Y, sin embargo, hay algo común a todos sus componentes, algo que, como decía el editorial de El Sol, no tiene «la solides física de las cosas»; pero no por eso es menos aprehensible y comprobable. Es la homogeneidad de una cultura, la incorporación de sus partes en un género; una comunidad, no en el pensamiento, que es o puede ser universal, sino en formaciones anteriores de biología étnica, cuya expresión más típica y profunda es el lenguaje.

Un español va a América o un hispanoamericano viene a España, y, salvo diferencias de clima espiritual, no mayores que las que encuentra un andaluz en Galicia, se siente en el acto en una atmósfera congenial de conciencia, respirando un inconfundible aire de familia. Lo mismo le acontece al inglés que va a los Estados Unidos o a Australia; pero no cuando visita la India o el Egipto; en el primer caso se mueve dentro de una cultura homogénea, la anglosajona; en el segundo, su cultura tropieza con otras heterogéneas. Otro tanto les ocurre a los que pertenecen al grupo de la cultura germánica o al de la cultura escandinava, ambas tan afines, o al grupo de la cultura eslava. El grado inmediato de la homogeneidad es la afinidad de las culturas, siempre sobre la base del idioma. Por eso, en general, un español o un hispanoamericano tiene más próximo parentesco de espíritu con un italiano o un francés que con un inglés o un alemán, y un inglés está más cerca de un alemán que de un francés.

La lengua es el más poderoso instrumento de comunidad humana. Por debajo de nuestras diferencias ideales hay en los que la hablan una raíz común.

El idioma sirve, por ejemplo, para percibir los abismos de pensamiento que me separan del señor Lugones; pero, no obstante, también me hace ver su entraña hispánica, lo homogéneo dentro de lo diverso, lo análogo vital dentro de lo intelectualmente inconciliable. Este es el más grande error del Sr. Lugones: creer que nuestro idioma común es algo mecánico, una simple herramienta apta para reproducir automáticamente cualquier cultura, en vez de considerarlo como lo más orgánico, lo más íntimo, lo más personal de un hombre y de un pueblo. El Sr. Lugones se imagina que su lengua hispánica es un mero espejo de la cultura francesa en que se ha formado, según reconoce él mismo. Pero se equivoca; es mucho más que eso: es un órgano de asimilación y de recreación. En cuanto una cultura se vierte en otra, pierde su cuño de origen y se trasforma en la de la lengua que la recoge. Los españoles no vivimos sólo de la propia cultura histórica, sino de las culturas extrañas que procuramos asimilarnos de continuo, en arte, en ciencia, en política, con lo cual queremos renovar incesantemente nuestra vieja cultura y hacer de nuestro idioma el exponente de una de las culturas más ricas del porvenir.

Primera medida, pues, de una organización de la cultura hispánica: velar por la existencia del propio idioma, última «ratio» histórica de todo pueblo. Esto determina una acción hispanoamericana frente a la América del Norte y a ese concepto de panamericanismo que ella ha forjado y preconiza. Si los Estados Unidos se limitaran a representar en América una cultura contigua con la hispánica y a promover la compenetración de ambas, nada habría que objetar y antes habría que celebrarlo, porque ninguna cultura moderna me parece tan total y bienhechora como la anglosajona. Pero cuando vemos a ese país emplear su poderío para ir desalojando la cultura hispánica, esforzándose en sustituir la lengua castellana por la inglesa, en varias naciones hispánicas de América, es natural que muchos españoles e hispanoamericanos sientan esa amputación como en carne propia, porque las heridas que sufre una cultura en uno de sus miembros las sienten o deben sentirlas todos.

Esta lucha por el idioma obliga, por tanto, a una acción práctica de hispanoamericanismo: a defender la nacionalidad histórica do todos los pueblos hispánicos, su integridad e independencia, como salvaguardias de la lengua y ésta de la cultura. El hispanoamericanismo debe preceder al panamericanismo en la escala de los valores que vengo trazando.

Pero la homogeneidad de la cultura y la comunidad del idioma traen otra consecuencia inmediata: el imperativo de una civilización también homogénea. No basta que los hombres se entiendan étnica y culturalmente por la misma lengua; es preciso que también se entiendan como ciudadanos de una misma o de distintas ciudades o Estados. Mientras unos pueblos hispánicos estén gobernados por sistemas absolutos y otros por regímenes liberales y democráticos, no habrá hispanoamericanismo posible. Una organización de la cultura hispánica exija, pues, homogeneidad en las formas de gobierno, que, en nuestro siglo, contra lo que piensa y quiere el Sr. Lugones, sólo pueden constituirse sobre principios de libertad y democracia.

Otra condición del hispanoamericanismo es el anhelo de una paz permanente entre sus miembros y, por lo tanto, su incorporación a la Sociedad de Naciones, como el instrumento hasta ahora más adecuado a ese fin, o en defecto de esto, una organización pacífica propia en que sea compulsivo el arbitraje y la ayuda mutua frente a los reales o posibles invasores de otras culturas.

Si el pensamiento del Sr. Lugones concordara con esas proposiciones, reconocería que la organización del hispanoamericanismo, no sólo no es una frase vacía, sino un programa histórico tan vasto, que su realización requiere el esfuerzo de muchas generaciones.

También habría de admitir entonces que el Congreso de trabajadores intelectuales sugerido por el Sr. Elmore no es tan quimérico y baldío como da a entender. ¿Pues quién mejor que los trabajadores de la inteligencia, reunidos en cualquier punto de América o de España, podría articular esos problemas de homogeneidad de lengua, cultura, formas de gobierno y política de paz hispanoamericana?

Pero no es uno, sino muchos, los Congresos de trabajadores intelectuales hispanoamericanos que hacen falta: de hombres de ciencia, de artistas, de escritores; no sólo para estudiar y difundir los problemas genéricos indicados, sino también para ponerse de acuerdo sobre otros específicos de sus respectivas profesiones, como son la mutua divulgación de sus trabajos, la equivalencia del ejercicio profesional en todos los países hispánicos, por de pronto; la defensa de la propiedad intelectual, &c. No, no hay carencia de temas concretos. Sin salirnos de la profesión literaria, ¿no es una vergüenza que circulen tan poco los libros de lengua castellana? Fuera de la nación donde se publican, apenas llegan a las otras. Un libro americano rara vez se ve en España ni en los países circunvecinos de América. Otras veces, cuando interesa un libro, se hacen ediciones fraudulentas por falta de leyes de propiedad intelectual eficaces. ¿No es esta cuestión de una creciente difusión de los libros hispánicos bien concreta y urgente? Incumbe profesionalmente a editores y libreros; pero está visto que si los escritores no intervienen en ella, no se resolverá nunca.

Y no se diga que una mayor venta de libros hispánicos es materia demasiado parva, idealmente, para un programa de organización cultural. Esa es una cuestión entre mil; pero tampoco la más desdeñable. Una cultura no se produce y desarrolla por generación espontánea, indiferente al medio material que la rodea. Si la cultura hispánica de hoy es harto precaria, no se debe tanto al agotamiento de la raza como a la penuria de estímulos que en España como en América condiciona el trabajo intelectual. En un ambiente más favorable, de conocimiento y de recompensa, la producción literaria, científica y artística hispanoamericana podría ser más fértil en cantidad y calidad. Hacer de todos los pueblos hispánicos una sola nación del espíritu para el curso de sus obras y crear organismos comunes –revistas, Exposiciones, Congresos, Universidades– que las den a conocer y las valoren con un criterio de política cultural, como hacen los franceses; he aquí una tarea de hispanoamericanismo que ni el propio Sr. Lugones puede desdeñar.

Es cierto, en fin, que los escritores somos gentes bastante ocupadas y de cortos recursos materiales para atender a reuniones lejanas; pero con ese criterio ni el cristianismo ni el socialismo –formados originariamente por gentes pobres también– hubieran podido extenderse ni organizarse internacionalmente. Lo que no pueda uno, lo pueden entre varios, asociándose. En España tenemos ya tres organizaciones de escritores, que, con algún esfuerzo, podrían mandar representantes a cualquiera parte: la de Autores Dramáticos, bien rica; la Unión de Autores, y el Pen Club. Con que cada República americana hiciera lo mismo, se resolvería la dificultad. Y con un poco de buena voluntad y de sentimiento histórico de la cultura hispánica, se vencerían todos los demás obstáculos.

Luis Araquistain

 
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