El Sol
Madrid, viernes 17 de abril de 1925
 
año IX, número 2.400
página 1

Una carta desconsoladora

La carta del eminente escritor argentino D. Leopoldo Lugones, que publicamos ayer, es desconsoladora. No porque se oponga a la celebración de aquel Congreso propuesto por el Sr. Elmore para la organización del pensamiento hispanoamericano, sino por las razones sobre las cuales asienta su negativa. De la carta del Sr. Lugones se deduciría que no existe una comunidad entre los pueblos hispánicos de América y de Europa. Y aún se llegaría a otra conclusión todavía más terrible: que ni siquiera existe un lazo de unión entre los países americanos de origen hispánico. «Entre veintitantas naciones de geografía tan diversa, de intereses tan desvinculados, de razas tan distintas a veces, no puede existir, y no existe, esa comunidad de ideas que se intentaría organizar.» A juicio del señor Lugones, tampoco el idioma es signo de unidad espiritual ni la produce al cabo de los siglos de ser vehículo de expresión de las ideas. Por el contrario, la comunidad de idioma es perturbadora, engañadora, porque hace nacer «la ilusión» de una uniformidad de intereses que, en realidad, no existe.

Pero el Sr. Lugones no se limita a afirmar la heterogeneidad de los pueblos hispanoamericanos, a pesar del idioma, de la raza, del sedimento de cultura hispánica... Si se hubiera quedado en esa afirmación, no podríamos señalarle contradicción, ya que, a su juicio, tampoco hay un pensamiento escandinavo en el que comulguen las tres naciones escandinavas, ni mucho menos –esto no lo dice– un pensamiento europeo. Sin embargo, el Sr. Lugones admite una cierta identidad espiritual de la América española y los Estados Unidos. Es más: «los Estados Unidos –dice– son los que realizan entre las naciones suramericanas una obra de acercamiento que el idioma no ha podido producir todavía.» Algunas de las razones de esta identidad e influjo son discutibles, pero otras recusables en absoluto. La organización política no es la capa más profunda de un pueblo, sino su forma más extrínseca; sin embargo, puede admitirse con el señor Lugones que la semejanza de régimen en dos países es un factor de acercamiento y mutua comprensión, y que el sistema norteamericano de gobernación adoptado en la Argentina haya ejercido cierta influencia en el espíritu de este pueblo. Pero que el sistema monetario y la hulla que se quema en las cocinas tenga más poder en las almas que el idioma, es algo inadmisible de todo punto. No sabemos por qué el influjo del idioma le parece al Sr. Lugones un pensamiento vago y el de la piedra de carbón un pensamiento concreto. La concreción de las ideas no es la solidez física de las cosas.

Frente al hispanoamericanismo, el Sr. Lugones se declara por el panamericanismo, que es la máscara del imperialismo yanqui. Queda dicho que, a su juicio, los Estados Unidos son el aglutinante de los pueblos americanos; pero además, «en América no hay política internacional posible sin los Estados Unidos», la influencia norteamericana es «benéfica», «no hay combinación americana viable sin esa nación», &c., &c. En fin, ¡último golpe a nuestros sueños!, la enseñanza primaria es de tipo norteamericano, y «la cultura superior es francesa». Entre una y otra, nada queda para lo español, ya que el idioma es cantidad «negligeable». No sabemos si agrada a un pensador como el Sr. Lugones esta mezcla de tipos de cultura en la de su patria. Precisamente, cultura vale tanto como unidad; unidad mucho más necesaria en la Argentina, constituida por la afluencia de diversas emigraciones. Idioma español, escuela norteamericana, cultura francesa... Realmente, el Sr. Lugones, si después de reconocer esta mezcolanza, la acepta, no es un nacionalista. Tal vez la observación de esa distinta oriundez de los elementos culturales sea exacta; tanta mayor razón para reaccionar en contra y procurar un tipo propio de cultura, la cual siempre estará en los pueblos de Suramérica –quiérase o no– más cerca de la española que de la anglosajona. Precisamente, el hispanoamericanismo significa la conciencia de este hecho a que ya han llegado hace tiempo los pueblos de América más sometidos a la influencia directa de los Estados Unidos.

Repetimos que la carta del señor Lugones es desconsoladora para nosotros; mucho más si sus observaciones son ciertas, porque nos revela las dificultades de la tarea futura y las consecuencias profundas de los errores pasados. Finalmente, lamentamos que otras manifestaciones del Sr. Lugones hayan tenido una rectificación tan rotunda.

 
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