El Sol
Madrid, sábado 18 de abril de 1925
 
año IX, número 2.401
página 1

Luis Araquistain

Comentarios

Lo explicable y lo inexplicable del Sr. Lugones

No abrigo la más leve esperanza de llegar con D. Leopoldo Lugones a ningún acuerdo en materia política, ya se trate de ideas generales, ya de temas concretos. En los años, no tan distantes aún, en que él solía profesar un liberalismo lindero con el polo anarquista, no era posible entenderse con el Sr. Lugones; hoy que navega por el polo opuesto de la dictadura –salto antipódico nada infrecuente entre cierto tipo de escritores aparecidos en el curso de los últimos cincuenta años–, hay que renunciar, no sin dolor, a las dulzuras de toda inteligencia recíproca.

En La Nación, de Buenos Aires, sigo desde hace tiempo la nueva y vehemente trayectoria política del Sr. Lugones, y he llegado a la convicción de que es tan rígido y absoluto su paralelismo mental con cuantos sostenemos una concepción liberal y democrática del Estado en sus relaciones con el individuo y en sus deseables relaciones con los otros Estados –cuyo germen está ya en la Sociedad de Naciones–, que nuestros pensamientos no podrán consolarse, como las paralelas geométricas, con la idea de encontrarse ni en el infinito.

Pero esta conclusión, amarga como todo lo que nos aparta de los que alguna vez tuvimos por los mejores representantes de la inteligencia contemporánea, no me excusaría de desentenderme de las alusiones que me hace en su carta al Sr. Urgoiti, publicada en estas mismas columnas, porque allí me dirige implícitamente dos reproches de que me interesa justificarme: uno, por haberle atribuido determinada actitud política, y otro, por falta de claridad y concreción en el enunciado de que hay que organizar el pensamiento hispanoamericano.

En cuanto a lo primero, nunca dije en el artículo donde glosaba otro del distinguido escritor peruano D. Edwin Elmore, acerca de la iniciativa de un Congreso de trabajadores intelectuales hispanoamericanos, que el Sr. Lugones fundara su inhibición en sus apologías de la dictadura. Ese fundamento, no mencionado, en efecto, por el Sr. Lugones, lo deduje yo por conocer con bastante exactitud sus últimas ideas políticas. Desde luego, no creo que el Sr. Lugones pretenda negar su adhesión a la dictadura, a menos de haber mudado de criterio –improbable versatilidad– desde el 14 de enero de 1925, en que reprodujo en La Nación íntegramente el muy sonado y discutido discurso que pronunció en Lima con motivo de las fiestas conmemorativas de Ayacucho. Merece ese frondoso discurso que transcribamos sus párrafos más pertinentes a la cuestión, para que el Sr. Lugones no se queje de que se le desfigura su pensamiento en este lado del Atlántico, como, a juzgar por sus palabras, se hizo en la otra orilla.

Ya en la carta en que el Sr. Lugones pide al director de La Nación la publicidad de todo su discurso, para fijar las responsabilidades que le alcanzan en «las diatribas» de que, por lo visto, fue objeto en varios países de América y especialmente en el suyo, en la Argentina, se apresura a ratificarse en lo que antes había dicho. He aquí sus palabras: «Permítame añadir aún que vinculado todo eso a las declaraciones que en Valparaíso formulé sobre el movimiento militar de Chile, me ratifico en ellas; pues considerando, allá como acá, mejores a los militares que a los políticos, y no siendo yo una ni otra cosa, deseo con imparcialidad –allá como acá– el Gobierno de los mejores.»

No se dirá que el Sr. Lugones no es explícito ni valeroso. Desgraciadamente para su peregrina teoría del Gobierno de los mejores, los chilenos, con suicida contumacia, han vuelto a llamar después al Presidente Alessandri, y tampoco es probable que los argentinos estén en vías de sustituir al Presidente Alvear por un Gobierno de los mejores, según el Sr. Lugones. Sordera criminal la de esos pueblos jóvenes de América, que así desoyen la voz de sus mejores profetas. Ni siquiera en los Estados Unidos, que el Sr. Lugones admira tanto, gobiernan ni han gobernado nunca los mejores. Ni en Francia, cuya cultura monopoliza el cerebro del Sr. Lugones, por lo menos las anfractuosidades no políticas. Sus amores políticos tienen, sin duda, su Dulcinea en otras regiones del planeta. No; aunque él no lo quiera reconocer, algo más que el idioma le une a nuestro país: toda una filosofía política. ¿Cómo ha podido decirse jamás que el señor Lugones era poco españolista? Incomprensión de sus acusadores. ¡Si es más español que la inmensa mayoría de los españoles! Español por la concordancia filosófica de la idea con la realidad. Merece la ciudadanía honoraria de la España presente.

Pero vengamos a su discurso de Lima, que no tiene desperdicio. Oigamos su bélico clarín: «Ha sonado otra vez, para bien del mundo, la hora de la espada. Así como ésta hizo lo único enteramente logrado que tenemos hasta ahora, y es la independencia, hará el orden necesario, implantará la jerarquía indispensable que la democracia ha malogrado hasta hoy, fatalmente derivada, porque esa es su consecuencia natural, hacia la demagogia o el socialismo... Pacifismo, colectivismo, democracia son sinónimos de la misma vacante que el destino ofrece al jefe predestinado, es decir, al hombre que manda por su derecho de mejor, con o sin la ley, porque ésta, como expresión de potencia, confúndese con su voluntad. El pacifismo no es más que el culto del miedo o una añagaza de la conquista roja, que a su vez lo define como un prejuicio burgués. La gloria y la dignidad son hijas gemelas del riesgo; y en el propio descanso de verdadero varón, yergue su oreja el león dormido.»

La cita es larga, pero sabrosa, y aunque todavía hay más redobles de tambor en su discurso, basta lo trascrito para conocer el pensamiento político del Sr. Lugones. Ahora se explicará El Sol –perplejo en el editorial donde ayer comentaba la carta del escritor argentino– unas cosas, y no se explicará otras. Se explica, por ejemplo, que el Sr. Lugones admire a los Estados Unidos, no sólo porque en las cocinas del Plata arde hulla norteamericana, y porque en los Bancos porteños corre el dinero norteamericano, sino también, y acaso principalmente, por su política de fuerza en todo el mar Caribe, por su imperialismo, porque ejerce su «derecho de mejor, con o sin la ley»; pero no se explica que los admire como democracia, tan digna de imitación por lo perfecta, que la Argentina ha copiado sus instituciones fundamentales, con el aplauso de nuestro contradictorio impugnador. Se explica que, en la guerra de 1914, el señor Lugones fuese ardiente campeón de los aliados, sin duda por su deuda con la cultura francesa; pero no se explica que, con una ideología política como la suya, no defendiera también a Alemania, que la representó como ningún otro beligerante, en nombre de los mejores y de la necesidad que no reconoce ley.

Se explica que el Sr. Lugones repudie toda organización hispanoamericana a base de democracia, liberalismo, paz y cultura comunes, porque para él no hay más realidades, que la fuerza y la patria, que no se subordinará nunca «a ninguna preocupación internacional o económica», «la patria que debe bastarse en ella misma». Y no se explica que, con una mentalidad así, fuera invitado el Sr. Lugones a la asamblea de cooperación intelectual celebrada el año pasado en Ginebra por la Sociedad de Naciones, ni que él aceptara esa invitación en cuya eficacia no podía creer sin ser desleal consigo mismo. Como se ve, no iba yo tan descaminado en mi artículo al atribuir la actitud del Sr. Lugones en materias de hispanoamericanismo a sus doctrinas sobre la dictadura.

Pero no se desconsuele El Sol. Las opiniones del Sr. Lugones, individualmente considerables, tienen escaso proselitismo en toda América. El momento psicológico e ideológico, allá como aquí, es muy otro. Nunca el sentimiento de una cultura hispánica ha sido tan profundo ni tan articulado. Basta ver las publicaciones americanas de la juventud y oír el acento de las organizaciones de estudiantes universitarios hispanoamericanos. La Nación misma, al reproducir el discurso del Sr. Lugones, se ha creído obligada a calificarlo de «ideas personalísimas, cuya divulgación desde nuestras columnas no afecta, desde luego, a las doctrinas que La Nación ha sostenido y seguirá sosteniendo respecto a ciertas cuestiones».

El Sr. Lugones guarda en su haber una obra poética valiosa y en ella reconocemos su alta jerarquía espiritual, no como cantor de la espada, de la fuerza sin ley y de los que él juzga los mejores; pero no todos los poetas han podido ser a la vez, como Milton y Shelley, grandes videntes políticos; sólo el genio intuye de igual modo la poesía y la realidad. El Sr. Lugones ha elaborado un raro jingoísmo o chauvinismo con tardíos resabios de Nieztsche y de nacionalistas del tipo de Barrès. A veces parece que le inquieta la sombra política de D'Annunzio; pero sus palabras traducen más bien un eco de las que Marinetti pronunció recientemente en Roma. Fascismo. Futurismo... Esplenéticos pasatiempos intelectuales.

Me queda por examinar la afirmación de que «la organización del pensamiento hispanoamericano es una frase perfectamente vacía». Aunque creo haberla llenado con muchos artículos, añadiré aún el próximo, porque éste se ha llevado ya demasiado espacio con el lineamiento de las ideas políticas del Sr. Lugones, que era necesario dar a conocer en España.

Luis Araquistain

 
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