El Sol
Madrid, viernes 21 de noviembre de 1924
 
año VIII, número 2.274
página 1

Luis Araquistain

Cultura hispánica

Un congreso de escritores

Con el título de «Un Congreso libre de intelectuales latinoamericanos», hallo en la Revista Social, de la Habana, correspondiente al mes de octubre, una carta dirigida a su director, el prestigioso publicista Emilio Roig de Leuchsenring –muy significado por su digna disconformidad frente a la política de los Estados Unidos en Cuba–, por el escritor peruano Edwin Elmore, a su regreso de Europa. La carta es algo menos de lo que su título indica: no un Congreso, sino la aspiración, casi el sueño, de un Congreso de intelectuales hispanoamericanos, es lo que en ella se esboza. Poca cosa, se dirá. Ciertamente. Pero la mayoría de las obras que se salen de lo ordinario empiezan por ser sueños. En todo ensueño hay larvada una acción. Acerquémonos al del Sr. Elmore.

El Sr. Elmore ha concebido la idea de una posible organización del «pensamiento hispanoamericano». He aquí una idea que nos es querida de antiguo; que de tiempo en tiempo, con cualquier propicia coyuntura, busca impulso y definición en estos artículos. Todavía no ha encontrado ninguna satisfactoria. Tampoco el Sr. Elmore se ha detenido a definir la idea de cómo ha de organizarse el pensamiento hispanoamericano. Ni lo necesitaba. Una idea así se intuye o no, se acepta o no, apenas se formula: pero lo que no haga el sentimiento no podrá hacerlo la razón. El señor Elmore habló en París de su proyecto con D. Miguel de Unamuno, con D. Eduardo Ortega y Gasset y con el peruano D. Francisco García Calderón. Apenas oyeron las palabras esenciales, los tres comprendieron, sin más explicación, lo que significaba organizar el pensamiento hispanoamericano, tal vez porque viviendo ahora los tres en Francia, han comprendido, como nunca, lo que representa la admirable organización del pensamiento francés –con la generosa y muchas veces buscada colaboración de algunos de los hombres más distinguidos de todos los países cultos– en el porvenir de la cultura hispánica.

También han comprendido al señor Elmore en Cuba, en Méjico, probablemente en todos los pueblos del mar Caribe, donde se siente casi a diario el vuelo caudal de las águilas norteamericanas. Pero el ilustre poeta argentino D. Leopoldo Lugones, que forma parte del organismo creado por la Sociedad de Naciones para la cooperación intelectual de todos los miembros, «se mostró, si no por completo, casi del todo escéptico en cuanto a la idea», escribe el Sr. Elmore. Y es que al Sr. Lugones le han oscurecido este problema de la cultura hispánica preocupaciones internas de su país, dignas, sin duda, de tenerse en cuenta. El Sr. Lugones cree, con perfecto derecho, que hay que optar entre una dictadura roja y una dictadura blanca o negra; entre algo como el bolchevismo y algo como el fascismo, y que lo que no sea eso equivale a perder el tiempo.

Pero en el mundo hay más que fascismo y bolchevismo. La mayoría de los pueblos civilizados no se han decidido de momento por ninguna dictadura. El hombre inventa disyuntivas que parecen inexcusables; pero la Historia las ignora o acaso se complace en burlarlas. Y es mucha lástima que un falso problema político, que a la postre se resolverá en todas partes con la exclusión de los dos términos opcionales, distraiga a un hombre de tanta vehemencia mental y de tan poderosos medios de expresión literaria, como el Sr. Lugones, de un verdadero problema de política perenne, como es la personalidad de la cultura hispánica. Si estuviera más cerca de Francia o de los Estados Unidos, el Sr. Lugones comprendería al punto las siguientes palabras del señor Elmore:

«Y hay que ir de prisa, si no queremos que nuestra tradicional lentitud de indoamericanos dé al traste, una vez más, con una bella iniciativa. Ya la Liga de Naciones, con sus proyectos, algo abstractos, de cooperación intelectual, está empezando a desvirtuar la idea de una más íntima coherencia moral e intelectual entre nuestros pueblos. En Francia se ha lanzado hace pocos días (la carta lleva fecha del 1 de agosto), siguiendo esa tendencia, la idea de crear un Instituto de cooperación intelectual, no sin declarar francamente la necesaria preponderancia del iniciador en la formación y régimen de la institución. Tenemos, pues, la idea francesa, que viene a ser algo así como una segunda edición de la idea panamericana, o para hablar más propiamente, de la idea panyanqui... No hemos acertado aún a definir limpiamente nuestras nuevas orientaciones como grupo de pueblos que se reconocen ligados por inalienables lazos fraternales, y si tardamos aún algunos años en intentarlo, tal vez, después de todo esfuerzo en ese sentido, resultará tardío.»

No puede ser más diáfana, en las palabras trascritas, la visión del emparedamiento que amenaza a la personalidad hispánica entre lo que el Sr. Elmore llama la idea francesa y la idea yanqui. Para defenderse de esa doble presión pide un Congreso libre de intelectuales hispanoamericanos (lo de latinoamericanos, como aparece en el título de Social, es probablemente una errata, porque ese concepto comprende, no sólo los pueblos de lengua castellana y portuguesa, sino también los de lenguas francesa e italiana, lo que contradice el pensamiento del Sr. Elmore). Libre, es decir, fuera de todo patrocinio oficial. Y de intelectuales, es decir, restringiendo este equívoco y a veces presuntuoso vocablo a su acepción corriente: de hombres de letras. Porque si intelectual es toda persona dedicada a una de las llamadas profesiones liberales, sería absurdo que en el Congreso propuesto se reuniesen arquitectos, ingenieros, farmacéuticos y todas las demás carreras, incluso sacerdotes y militares, que tampoco son oficios manuales. Todas estas profesiones típicamente técnicas podrían celebrar reuniones hispanoamericanas especiales, como hace poco hicieron los médicos en Sevilla, con plausible ejemplaridad.

Un Congreso de hombres de letras, pues. Se ha indicado la Habana para la primera asamblea. No ha podido elegirse sede más simbólica. La concurrencia podría ser libre, como el Congreso; pero para emprender la organización ideal proyectada, no estaría de más invitar a las organizaciones de hombres de letras ya existentes: Sociedades de Autores dramáticos, Asociaciones de escritores, P. E. N., Clubs de lengua castellana y portuguesa, si existen; Asociaciones de la Prensa, &c. El solo encuentro de un grupo de hombres procedentes de una veintena de naciones, dedicados por profesión a algunas de las formas más delicadas de una cultura, a la creación artística o al pensamiento original, y ligados, sobre todo personalismo, por un sentimiento de homogeneidad espiritual, multiforme en sus variedades nacionales e individuales, sería ya un espléndido principio de organización. No hay inteligencia mutua ni obra común si los hombres no se conocen antes como hombres.

Luis Araquistain

 
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