Filosofía en español 
Filosofía en español

Prisciliano, priscilianistas y priscilianólogos

[ en proceso ]

Prisciliano fue un señor hispano romano cristianizado del siglo IV que, medio siglo después del gran Concilio de Nicea (325, convocado y presidido por el emperador Constantino a instancias de su consejero, San Osio de Córdoba, el redactor del Credo), mientras se consolidaba la involucración del Imperio de Roma con la Iglesia de Cristo, instituciones ambas sujetas a planes y programas universales o católicos que buscaban extenderse a todos los hombres, comenzó a predicar doctrinas disolventes para la eutaxia social, en tanto que prometían fantasiosas salvaciones eternas individuales.

Sus prédicas fueron contagiando de elitismo egoísta y antisocial a otros cristianos, que le tuvieron por adalid y aún le elevaron al obispado de Ávila. Fracasados los intentos de conciliación y su reacomodo a la ortodoxia del I Concilio de Zaragoza (380), y al persistir en propagar creencias tan engañosas que iban acompañadas de prácticas supersticiosas y mágicas incompatibles con el estadio de racionalidad filosófico teológica propio de aquellos tiempos, pareció necesario decapitar a Prisciliano junto a otros dirigentes de la secta, lo que se ejecutó en Tréveris el año 385.

El emperador Teodosio (otro señor hispano romano, nacido en una villa del municipio de Coca, a menos de 50 millas de Ávila), que conocía de cerca las andanzas de su paisano Prisciliano, supuso terminada tal disidencia con la decapitación autorizada por su usurpador Magno Clemente Máximo (derrotado y ejecutado en 388, Teodosio mandó que la cabeza de Máximo circulase por las provincias), y hasta su muerte en 395 no le preocupó el activismo de los seguidores del obispo de Ávila. Pasividad que aprovecharon los priscilianistas, que trasladaron a Hispania como reliquias los cuerpos de los ejecutados en Tréveris y, transformado Prisciliano en mártir, reavivaron la expansión del fanatismo. El Primer Concilio de Toledo, en 400, tuvo ya que prestar atención especial y nominal a esta secta: Comienzan los artículos de la fe católica contra todas las herejías, y sobre todo contra los Priscilianos.

Los obispos misioneros priscilianistas encontraron más facilidades para su labor en las zonas menos civilizadas de Hispania, donde había más villas y aldeas que ciudades. Se asentaron así principalmente por el noroeste de la Gallaecia, provincia formada por tres conventus con sus capitales en Lugo, Braga y Astorga, y persistieron al descomponerse poco después el Imperio y producirse en 409 la bárbara invasión de Hispania por suevos, vándalos y alanos. Durante más de siglo y medio priscilianistas más o menos degenerados actuaron entre los rústicos de aquellos pagos, sometidos a los suevos. Siglo y medio después coincidió la decadencia de suevos y priscilianistas. Martín, eficaz especialista, supo corregir los errores de aquellas gentes volviéndolas al catolicismo (mientras, merovingios y bizantinos pretendían influir, a su vez, en el reino suevo frente a los visigodos). Nacido hacia 510 en la lejana Panonia, tras haber actuado durante varios años por Palestina, llega a Braga hacia 550 y funda en sus afueras el monasterio de Dumio, que hacia 556 es reconocido como diócesis por Lucrecio, obispo de Braga, y él, Martín de Dumio, como obispo. Interviene en el I Concilio de Braga, de 561, que de nuevo condena la tenaz persistencia de la herejía prisciliana, y al año siguiente ya es Obispo de Braga. Para su labor evangelizadora San Martín de Braga redacta De correctione rusticorum, y el éxito recristianizador del panonio fue tal que San Martín Dumiense o Bracarense (contradistinto de San Martín de Tours) es tenido desde hace siglos por Apóstol de los suevos y Apóstol de Galicia.

Pervivieron un tiempo vestigios priscilianistas, mencionados en concilios posteriores, pero pronto Prisciliano fue uno más entre tantos heresiarcas, sectarios y personajes pintorescos que hacen tan entretenida la historia eclesiástica. Como es natural, desde muy pronto, procuró la ortodoxia católica triunfante situar las raíces del supuesto mal contagioso que habría corrompido a Prisciliano en fuentes lejanas y extranjeras, a la vez que se añadían vicios psicológicos y depravaciones morales a su biografía, para mejor explicar a los rústicos aquellos desvíos, pues sería imprudente recordar con detalle disputas dogmáticas teológico político prácticas, siempre susceptibles de reaparecer.

El reino visigodo, que se había incorporado al “Reino de la Gracia” tras el Tercer Concilio de Toledo, abierto por Recaredo en 589, quedó destruido tras la invasión de España por los mahometanos, en 711. Un siglo después, vigoroso el impulso imperialista cristiano de los reyes de Oviedo, Alfonso II el Casto, tan influido por Beato de Liébana (quien había escrito hacia 776 el Himno a Santiago, «caput refulgens aureum Ispaniae», cabeza refulgente de España, antes de enfrentarse a la herejía adopcionista, de estirpe arriana-nestoriana, que defendía Elipando, obispo mozárabe de Toledo), otorga la mayor importancia a los informes de 812 sobre la aparición por Galicia de una luz y un sepulcro…

«Un año antes de la muerte de Carlomagno (814), es decir, en el 812 o en el 813, un eremita de Santiago ve, por revelación, una luz que ilumina un sepulcro. Un sepulcro que se identificaría con el sepulcro del Apóstol Santiago. El obispo de Iria-Flavia, Teodomiro, se entera de esta revelación y se la comunica inmediatamente al rey Alfonso II. Es aquí en donde podemos calibrar la importancia no sólo religiosa, sino política, que se pudo atribuir al Santiago que el Beato de Liébana, en el contexto de la guerra contra los sarracenos, había proclamado poco antes como “cabeza de España”. Alfonso II, consciente sin duda del potencial de Santiago, se traslada inmediatamente desde Oviedo a Compostela, con una gran comitiva. Así fue como se “creó” el primer tramo del Camino de Santiago: Oviedo - Grado - Salas - La Espina - Allande - Grandas de Salime - Fonsagrada. Además, Alfonso II construyó en Compostela un templo; un segundo templo lo construiría su sucesor Alfonso III el Magno (un templo que sería destruido por Almanzor). La cuestión es la de si hay que hablar de una “armonía preestablecida” entre el obispo de Iria-Flavia y el rey Alfonso II, o si esa armonía fue establecida por el propio rey Alfonso II, que habría visto en el sepulcro de Santiago la posibilidad de encender un centro sobrenatural de atracción para neutralizar la fe o el fanatismo de Hixem I (780-796) o la de Alhakén I (796-822).» (Gustavo Bueno, Santo Domingo de la Calzada y el Camino de Santiago, 2012, pág. 13.)

Es inverosímil que Santiago apóstol anduviera enterrado por Finisterre, por lo que nada tiene de particular que en la invención del sepulcro de Santiago se reciclasen viejas reliquias por allí disponibles, y si el recuerdo de Prisciliano y de los suyos aún pervivía lejanamente en algún eremita, el mito más potente de Santiago, del Santiago ahora matamoros, terminaría por anegar cualquier posible vestigio priscilianista, aunque fuera precisamente sobre las mismísimas cenizas que ya tenían cuatro siglos. Los Dichos de Santo Toribio asocian a Prisciliano con Oviedo: «con tan grand discreçión los ereges convertiste e del todo perseguiste a prisciliano malvado, perro falso renegado, e del todo vençiste. Convertió el tu sermón a todos los priscilianos, resçibió de ty grand don Oviedo e sus cibdadanos.»

Al encomendarle el emperador Felipe II continuar la Crónica general de España iniciada por Florián de Ocampo a instancias del emperador Carlos I, dedica Ambrosio de Morales un capítulo a «Prisciliano hereje en España, y lo que acá se hizo para destruir su mala secta». Y al impulsar Fernando VI el estudio de la Historia Eclesiástica de España, un presbítero español, Francisco Girvés, publicará en Roma en 1750 una disertación monográfica sobre Prisciliano. Pero Feijoo, por ejemplo, no tendrá necesidad de mencionar una sola vez, ni al hereje ni a sus secuaces.

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Advertencias elípticas en el Concilio de Zaragoza de 380
 

380 «I. Que las mujeres fieles no se mezclen en los grupos de otros hombres que no sean sus maridos.» «II. Que nadie ayune los domingos ni se ausente de la iglesia en tiempo de Cuaresma.» «IV. Que ninguno falte a la iglesia en las tres semanas que preceden a la Epifanía.» «VI. Que se excomulgue al clérigo que para vivir licenciosamente quiere hacerse monje.» «VII. Que nadie se llame doctor, sin tener este título.» → Actas del I Concilio de Zaragoza (380)

«Es notorio a cuantos hayan saludado la historia del Priscilianismo, que a principios de Octubre del año 380 se reunió en Zaragoza un Concilio de Obispos de España y de la Galia Aquitánica, al cual concurrieron, entre otros, Fitadio de Agen, Delfino, de Burdeos, Eutiquio, Ampelio, Auxencio, Lucio, Itacio, de Ossonoba, Splendonio, Valerio, de Zaragoza, Idacio, de Mérida, Sinfosio y Carterio. Allí, al decir de Sulpicio Severo, fué condenada la doctrina del heresiarca gallego, y se pronunció sentencia de excomunión, no sólo contra Prisciliano, sino contra sus discípulos Elpidio, Instancio y Salviano, y contra todos los que comunicasen con ellos, dándose a Idacio e Ithacio, Obispos de la provincia lusitana, especial comisión de proceder contra aquellos sectarios. Pero es singular que en los ocho cánones que tenemos de este Concilio, cuyas actas probablemente no se han conservado íntegras, ni una sola vez se nombre a Prisciliano y a sus secuaces, aunque, por otra parte, las prácticas y supersticiones anatematizadas allí son análogas a las que se atribuían a los priscilianistas.» (Menéndez Pelayo, «Opúsculos…», 1899, págs. 66-67.)

Condenas expresas en el Concilio de Toledo de 400
 

400 «Comienzan los artículos de la fe católica contra todas las herejías, y sobre todo contra los Priscilianos, que fueron redactados por los obispos Cartaginenses, Tarraconenses, Lusitanos y Béticos, y enviados con el precepto del papa romano León, a Balconio obispo de Galicia. Son también los mismos que redactaron los veinte cánones anteriores en el concilio Toledano»
Actas del I Concilio de Toledo (397-400)

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1350-1450 «Por alta predicaçión en la qual desque veniste e con tan grand discreçión los ereges convertiste e del todo perseguiste a prisciliano malvado, perro falso renegado, e del todo vençiste. Convertió el tu sermón a todos los priscilianos, resçibió de ty grand don Oviedo e sus cibdadanos, e por ty vino a sus manos el muy preçioso tesoro que de perlas, plata e oro tal non vieron los humanos. Las santas reliquias digo que de Jherusalem traxiste por las quales el antiguo, tú Satanas abatiste e de peligro libraste, e la cibdat de Oviedo apostaste e Señor enriqueciste.» (Anónimo, Dichos de Santo Toribio, 1350-1450, apud corde).

1490 «Priscilianiste fueron hereies nombrados de prisciliano: el que en españa compuso nueua doctrina del error delos germosticos & delos manicheos. estos son tanbien sabelianos: que confundian la trinidad & distinguian los miembros del ombre por señales de siete estrellas. & dizian que las animas eran dela mesma natura que dios: & que de su grado desçendian por los siete çielos: & venian a caer en vn maligno principe por el qual dizian ser las animas metidas dentro enlos cuerpos.» (Alfonso de Palencia, Universal vocabulario en latín y en romance, 1490, apud corde).

Hereje en España

La España imperial que reconstruye oficialmente su historia desde el origen de los tiempos, incorpora a su relato el de Prisciliano hereje en España, de la mano de Ambrosio de Morales:

1574 «En tiempo deste Emperador Graciano, se apoderó mucho acá la herejía de Prisciliano, que aunque no tuvo principio en España, en poco tiempo se arraigó mucho en ella. San Gerónimo, Santo Agustín, San Hilario y principalmente Sulpicio Severo, que vivía entonces, en su crónica, escriben mucho desta herejía y su pestilencial suceso, y dellos será todo lo que yo aquí refiriere. De Egipto, como se ha dicho vino a España uno llamado Marco muy corrompido de la herejía de los Gnósticos, que con grandes errores en la fe, eran muy carnales en todo su trato, y este inficionó acá muy presto de su mala ponzoña a Elpidio, un maestro de retórica, y a una mujer noble llamada Ágape. De la doctrina deste resucitó ahora su maldita secta Prisciliano, un caballero de la provincia de Galicia, que ya de atrás sabemos cuán ancha era y extendida. Era éste noble y muy rico, y que con grandes partes de ingenio, estudios y destreza en negocios, tenía también grandes vicios de inquietud natural, y poco asiento en ningún bien. Lo mucho que sabía en todas letras, le servía para acrecentar en soberbia y vanidad: y el deseo de saber, que estaba en él muy encendido, le hizo también procurar entender mucho de la mágica y otras tales artes malvadas. De todo se ayudó, para llegar en poco tiempo a su maldita secta mucha gente y entre los otros hartos nobles y mujeres, que con su liviandad natural fácilmente le siguieron. Obispos hubo también secuaces de Prisciliano: y con una secreta comunidad y unión no cesaban todos ellos de esparcir su mal veneno, para extender más su poderío con muchos valedores.» (Ambrosio de Morales, La Coronica General de España, Alcalá 1574, libro décimo, capítulo 44: Prisciliano hereje en España, y lo que acá se hizo para destruir su mala secta, y algunos hombres señalados en España.)

Girvés publica el primer libro sobre Prisciliano

Reinando Fernando VI se impulsa el estudio de la Historia Eclesiástica de España y se pone en marcha una institución en Roma que, como fruto inicial, ofrecerá el primer libro dedicado a Prisciliano.

«A mediados de 1747 reuníase en la embajada española en Roma, una multitud de abates y jóvenes españoles, residentes a la sazón en la capital del orbe cristiano para oír un discurso latino que iba a leer el auditor D. Alfonso Clemente de Aróstegui: tenía aquella memoria por epígrafe: De historia Ecclesiae Hispaniensis excolenda exhortatio ad Hispanos. El pensamiento del Auditor era, que alguno de aquellos jóvenes aventajados escribiese allí mismo la historia eclesiástica de España, aprovechando la multitud de materiales de que podían disponer en la capital del orbe cristiano, pues por su parte le faltaban las fuerzas (si vires mihi non deessent).» (Vicente de la Fuente, Historia Eclesiástica de España, Librería Religiosa, Barcelona 1855, tomo I, pág. 13.)

«Aquella vehemente exhortación [la de Alfonso Clemente de Aróstegui] estaba llamada a producir óptimos resultados en los jóvenes que la oyeron, y su autor, no satisfecho con la palabra, quiso traducirla en obras, fundando para ello en Roma una Academia donde sus individuos, todos españoles, matasen la ociosidad e hiciesen algo lucrativo para el honor de su patria. El pensamiento tuvo buena acogida en Fernando VI; y su Ministro Carvajal fomentaba aquella Academia naciente concediendo a los más laboriosos honores en la Rota y galardones pecuniarios. Pronto se vieron los sazonados frutos de aquella Asociación en varias Memorias y disertaciones de algunos individuos, como la erudita de D. Francisco Girves, De Historia Priscillianistarum Dissertatio, dedicada al Ministro D. José Carvajal y Lancaster, en cuya hermosa y bien escrita dedicatoria hace la reseña de la fundación de la Academia, atribuyendo toda la gloria de ella a D. Clemente de Aróstegui y al mismo Carvajal. Allí se leían y sometían a la aprobación de los socios los trabajos de cada individuo, estimulándose para mayores empresas, que seguramente se hubieran llevado a cabo, de no ausentarse su egregio fundador de Roma, el año 1750. Carvajal agradeció la dedicatoria y premió al autor con un elevado puesto en la Dataría, y al mismo tiempo nombraba Patrono de la Academia al Cardenal Portocarrero.» («Una Academia de Historia Eclesiástica Española en Roma», La Ciudad de Dios, Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial, Madrid 1894, año XIV, nº 236, págs. 281-282.)

En efecto, el presbítero español Francisco Girvés (†1774), de la diócesis de Urgel, doctor en derecho canónico y cofundador de la Academia de Historia Eclesiastica de España en Roma, publicó allí un informe historiográfico pionero, ordenado de forma cronológica y dedicado monográficamente a los priscilianistas. Vuelto de Roma ejerció como dean de la Santa Iglesia de Lérida (la disertación que dejó manuscrita sobre el episcopologio ilerdense fue incorporada por José de la Canal en el tomo 46 de la continuación de la España Sagrada, Madrid 1836).

1750 Francisci Girvesii (Urgellensis Presbyteri, Juris Canonici Doctoris), De Historia Priscillianistarum Dissertatio, in duas partes distributa, ordine chronologico digesta, typis Joannis Generosi Salomoni, Roma 1750, 111 páginas.

El Moreri en español presenta a Prisciliano como gallego

La edición revisada, corregida y aumentada de Le grand dictionnaire historique de Moreri publicada en París 1732, la que manejó Feijoo, dedica dos columnas a Priscillien (tomo quinto, páginas 357-358):

«priscillien, Priscillianus, heresiarque; chef des Priscillianistes Espagnols, sortoit d'une famille noble & riche, & avoit beaucoup d'esprit, de doctrine & d'eloquence. Il souffroit sans peine le travail des veilles, des penitences & des mortifications corporelles, il paroissoit eloigné de toute avarice; & eût passé sans doute pour un grand homme, si l'orgueil n'eüt achevé de le corrompre tout-à-fait. Un Egyptien nommé Marc, hérétique, ayant semé les erreurs des Gnotistes dans les Gaules, le long du Rhône, engagea dans ses sentimens une certaine Agape, & un rhéteur, comme Elpidius, qui instruisirent Priscillien…»

La versión española, publicada en 1753, le dedica más espacio (tres páginas) y curiosamente incorpora, como novedad y atributo que le describe después de heresiarca, su condición de gallego:

1753 «prisciliano, Priscillianus, Heresiarca, Gallego, caudillo de los Priscilianistas Españoles, dimanaba de una familia noble y rica, y era dotado de mucho entendimiento, elocuencia, doctrina. Padecía sin quebranto alguno el trabajo que motivan las vigilias, las penitencias, y las mortificaciones corporales; parecía ajeno de toda avaricia, y habría pasado sin duda por un grande hombre, si el orgullo no hubiera principiado a marchitar sus buenas partidas, y si la herejía no hubiera acabado de corromperlo enteramente…» («Prisciliano», El gran diccionario histórico, León de Francia 1753, tomo séptimo, páginas 507-509.)

Presunta cualidad esta de gallego que no contagia a la última edición del Moreri publicada en francés, en el París de 1759, ocupando diez tomos (tomo octavo, páginas 573-574):

«priscillien, Priscillianus, hérésiarque; chef des Priscillianistes Espagnols, sortoit d'une famille noble & riche, & avoit beaucoup d'esprit, de doctrine & d'eloquence…»

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1840 Johann Heinrich Bernhard Lübkert [1798-1858, teólogo protestante alemán], De Haeresi Priscillianistarum ex fontibus denuo collatis, Haunia 1840, 129 págs.

El canónigo católico Antonio López Ferreiro (1837-1910) –bó galego, bó sacerdote, bó historeador, bó literato, se lee en la placa que en 1911 colocó en su casa natal la ciudad de Santiago de Compostela en homenaje a seu fillo predileuto– se cuidó en 1878 de recordar la ortodoxia frente al “foco de corrupción y pestilencia” promovido por el “heresiarca de inmundas teorías” en sus Estudios histórico-críticos sobre el Priscilianismo (Biblioteca de El Porvenir, Santiago 1878, 254 páginas).

1879 «Fue aquella la primera vez en que el brazo secular se puso al servicio de la autoridad eclesiástica, y la primera ejecución por causa de herejía que registra la historia. No fue la última. Dado el primer paso, sucediéronse durante largas centurias los asesinatos, sancionados ya por la autoridad civil, y hace muy pocos años todavía que esta retiró a aquella su servil e incondicional apoyo.» (Alfredo Vicenti, «El primer hereje español», El Globo, Madrid, sábado 20 de septiembre de 1879, págs. 1-2.)

1888 «Pero, si la tierra natal olvidó un deber tan sagrado como es el de venerar y honrar a los que le dieron prez, no así la historia de la pintura que ha grabado el nombre del célebre galaico [Genaro Villaamil] en una de las más brillantes páginas del libro que no perecerá hasta la consumación de los siglos; y allí leerá el venidero, los méritos del insigne, y la vergüenza de Galicia: allí se desenvolverá la gran figura del artista, y cuanta mas gloria le rodee, tanto mas grande será el estigma de ingratitud que pesa sobre la patria de Prisciliano y de Feyjoo.» (R. Balsa, «Los hijos y los hijastros», Galicia, revista regional, La Coruña, mayo 1888, nº 5, pág. 220.)

Los descubrimientos en 1885 de Jorge Schepss (1852-1897)
 

«Pero la luz vino por fin, y vino de donde menos podía esperarse. Cualquiera pensaría que las obras de Prisciliano, caso de existir en alguna parte, yacieran escondidas en alguna biblioteca española, y más señaladamente en alguna biblioteca de Galicia, centro principal de aquella famosa herejía. Y, sin embargo (¡caso por demás extraño!), los once opúsculos de Prisciliano de cuyo texto gozamos hoy, han aparecido en una biblioteca de Baviera, la de la Universidad de Wurzbourg. Débese este feliz descubrimiento, que no dudamos en calificar de uno de los más curiosos e interesantes para la historia de España que en estos últimos años se han hecho, a la pericia y diligencia del Dr. Jorge Schepss, que en 1885 encontró dichos tratados, sin nombre de autor, en un códice de fines del siglo V o principios del VI; y persuadido por su lectura de que ningún otro que Prisciliano podía ser su autor, divulgó su descubrimiento al año siguiente en una curiosa Memoria, que comienza con la reproducción en facsímile de una hoja del manuscrito original, que presenta evidentes caracteres de escritura española. El mismo Dr. Schepss llevó a término, bajo los auspicios de la Academia Imperial de Viena, la publicación de los escritos priscilianistas en 1889.» (Menéndez Pelayo, «Opúsculos de Prisciliano…», Madrid 1899, pág. 4.)

«Los estudios priscilianistas han entrado en una nueva fase desde que el Dr. Jorge Schepss, en 1885, encontró en la Biblioteca de la Universidad de Würtzburg un códice de fines del siglo V o principios del VI, conteniendo once opúsculos de Prisciliano. El Dr. Schepss dio cuenta de su descubrimiento en una Memoria publicada en 1886, y logró en 1889, bajo los auspicios de la Academia Imperial de Viena, publicar íntegros los once opúsculos, juntamente con los Cánones del obispo Peregrino y el Commonitorium, de Orosio, en el tomo XVIII del Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum.» (Bonilla, Historia…, Madrid 1908, pág. 200.)

1886 Priscillian, Ein neuaufgefundener lateinischer Schriftsteller des 4. Jahrhunderts, Vortrag gehalten am 18 Mai 1886 in der Philologisch-Historischen Gesellschaft zu Würtzburg von Dr. Georg Schepss, X. Studienlehrer am Humanist, Gymnasium. Mit einen Blatt in Originalgrösse facsimiledruck des Manuscriptes. A. Stuber's Verlagsbuchhandlung, Würtzburg 1886.

1889 Priscilliani quae supersunt, recensuit Georgius Schepps, volumen xviii de Scriptorum ecclesiasticorum latinorum, editum consilio et impensis Academiae Litterarum Caesareae Vindobonensis (Priscilliani quae supersunt, maximam partem nuper detexit adiectisque commentariis criticis et indicibus, primus edidit Georgius Schepss. Accedit Orosii commonitorium de errore priscillianistarum et origenistarum), F. Tempsky, Vindobonae mdccclxxxix, 223 páginas.

Los luteranos arrecian en su reivindicación de Prisciliano

Una vez conocidos los nuevos textos atribuidos a Prisciliano, arreciaron los secuaces de Lutero en su reivindicación del heresiarca hispano romano, interpretado como primer reformador víctima de Roma.

1891 Federico Paret, Priscillianus: Ein Reformator des vierten Jahrhunderts. Eine Kirchengeschichtlich Studie zugleich ein Kommentar zu den erhaltenen Schriften Priscillians A. Stuber's Verlagsbuchhandung, Würtzburg 1891.

«Una publicación de tal novedad no podía menos de suscitar desde luego importantes comentarios en las escuelas teológicas de Alemania, donde nunca faltan expositores y defensores para los sistemas más obscuros, para las causas más abandonadas. Un joven profesor del Seminario Evangélico de Tubinga, Dr. Federico Paret, se enamoró de la figura teológica de Prisciliano, le convirtió en un santo y en un padre de la Iglesia, emprendió vindicarle de todos sus enemigos, y compuso sobre su doctrina un grueso volumen, lleno de erudición y talento, pero en el cual predomina el criterio teológico sobre el histórico, y apuntan demasiado las preocupaciones sectarias y escolásticas de su autor.» (Menéndez Pelayo, «Opúsculos…», 1899, pág. 5.)

Menéndez Pelayo vuelve sobre Prisciliano en 1899

El precoz Marcelino Menéndez Pelayo había publicado el primer tomo de su Historia de los heterodoxos españoles en 1880, por lo que al tratar de Prisciliano, en el capítulo segundo del libro primero, ignoraba obviamente los textos que Schepps había de localizar cinco años después y publicar en 1889. Diez y nueve años después, a lo largo de 1899, las novedades priscilianistas le invitaron a glosar, en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, en cinco entregas y 44 páginas, los «Opúsculos de Prisciliano y modernas publicaciones acerca de su doctrina» (año III, 1899, nº 1, enero, págs. 1-6; nº 2, febrero, págs. 1-6; nº 3-4, marzo-abril, págs. 129-137; nº 8-9, agosto-septiembre, págs. 449-459; y nº 10, octubre, págs. 577-584, en el que promete un sexto y último artículo, donde «apuntaremos las consecuencias que se deducen del árido y prolijo trabajo que venimos haciendo»).

Bonilla incorpora a Prisciliano al curso de la Historia de la Filosofía Española

Adolfo Bonilla San Martín, catedrático desde 1905 de Historia de la Filosofía en la Universidad Central (entonces la única cátedra de historia de la filosofía de la universidad española), publica en enero de 1908 su Historia de la Filosofía Española, desde los tiempos primitivos hasta el siglo XII (Victoriano Suárez, Madrid 1908, 474 págs.), donde, a pesar de la advertencia que hace:

«Nos detenemos muy poco en la historia del priscilianismo, porque entendemos que la narración de estas controversias pertenece más bien a la Historia de la Teología Dogmática que a la de la Filosofía.» (página 196.)

deja incorporado a Prisciliano a tal curso: ya en 1904, en su “Programa de Historia de la Filosofía española” para la Escuela de Estudios Superiores del Ateneo de Madrid, le dedicaba buena atención, dentro de la época romana, periodo cristiano: «D) Prisciliano, siglo IV: a) Su vida. b) Su doctrina. Antecedentes gnósticos. c) Su influencia.»

Bonilla dice tener presentes en la redacción de este capítulo el libro de Girvés de 1750, el de López Ferreiro de 1878 y la Historia de los heterodoxos españoles de Menéndez Pelayo (I, 98-148).

Portela Valladares
 

1932 Manuel Portela Valladares [1867-1952], Unificación y diversificación de las nacionalidades: el Priscilianismo (conferencia en el Centro Gallego de Barcelona, el 25 de julio de 1932), Tipografía Cosmos, Barcelona 1932, 204 páginas.

López Caneda

Ramón López Caneda (1934-2012) consagró su tesis doctoral a Prisciliano, su ideología y su significado en la historia cultural de Galicia, bajo la dirección de Santiago Montero Díaz, obteniendo la máxima calificación tras su defensa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid, el 19 de junio de 1964, ante un tribunal formado, además del director, por Bernardo Alemany Selfa, Sebastián Mariné Vigorra, Manuel Ferrandis Torres y Carmelo Viñas Mey. Dos años después esa tesis doctoral fue publicada como libro por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, agradeciendo el autor a Casimiro Torres Rodríguez el haberle introducido en el problema priscilianista y a la Fundación Oriol-Urquijo por facilitar con su ayuda la culminación del estudio. Este riguroso estudio está organizado en las siguientes partes: Crítica de las fuentes, Historia del priscilianismo, Historiografía priscilianista, Pensamiento de Prisciliano y sus conexiones ideológicas, Significado de Prisciliano en la historia de Galicia, Conclusiones y Bibliografía.

1966 Ramón López Caneda, Prisciliano, su pensamiento y su problema histórico, CSIC, Instituto P. Sarmiento de Estudios Gallegos (Cuadernos de Estudios Gallegos, anejo XVI), Santiago de Compostela 1966, 203 páginas.

«Conclusiones. Después de todo este estudio sobre la personalidad histórica de Prisciliano, su doctrina y su significado en la historia cultural de Galicia, creo que puede afirmarse:
I. Prisciliano representa en la España de fines del siglo IV un momento cultural de muy acusado relieve, porque en él confluyen las ideas orientalistas gnóstico-maniqueas, las ideas astrales del momento histórico, y el simbolismo de la mitología lunar neolítica.
II. Su ascetismo no fue más que la capa externa de un movimiento auténticamente heterodoxo, escudado en el esoterismo y la mentira.
III. El significado de Galicia se cifra en la influencia de su panteón religioso neolítico, en modo alguno del panteón celta, de manera que aquél determina en su ideología la capital importancia atribuida a la antropología.
IV. El rigorismo de sus afirmaciones le lleva a abrir un abismo insondable entre la materia y el espíritu, planteando un rígido panteísmo emanatista, según el esquema dualista Mundo del Bien frente a Mundo del Mal.
V. De modo que el hombre no sea más que una unión accidental de cuerpo y alma, sujeta al fatalismo sideral, y constituyendo al mismo tiempo el único punto de contacto de los dos mundos antagónicos y el campo de lucha de los mismos.» (página 191.)

Buñuel

Luis Buñuel, La vía lactea, 1969
«Non ego haereticus sum, sed ille qui in cathedra Petri sedit… ille qui Papae titulum sibi assumpsit»
(«El hereje no soy yo, sino el que está sentado en el trono de Pedro y ha tomado el título de Papa»).

Cortezón y su erótico Prisciliano galleguista antifranquista

No resultará extraño al observador de violentas pasiones regionales sobrevenidas que Daniel Cortezón Álvarez, hijo de un vizcaino de Baracaldo, individuo del Cuerpo de Carabineros, y de una asturiana de Figueras, a la orilla asturiana del Eo, nacido en 1927 en Ribadeo, la otra orilla, gallego por tanto sin raíces, llegase a convertirse en iluminado sectario galleguista, aunque hubiese crecido por Cádiz, Luarca y Luanco y no volviese a Ribadeo hasta después de la guerra, para ejercer desde 1940 a 1964 como aprendiz y luego mancebo de botica, autodidacta filoanarquista y escritor incansable que va coleccionando premios, desde que en 1953 obtuvo el Auxiliares de Farmacia por su «Decálogo del auxiliar de farmacia». En 1956 el Lar Gallego de Caracas le concede el Otero Pedrayo por su ensayo «O esprito da Galiza», y ese mismo año la editorial cristiano galleguista Galaxia, floreciente durante el franquismo, con prólogo de Ramón Piñeiro López, le publica As Covas do Rei Cintolo. Cuando se casó, en 1960, fue testigo de su boda un Domingo García-Sabell, cofundador en 1950 de Galaxia junto con Ramón Piñeiro, que pronto iba a integrarse en el Comité español del Congreso por la Libertad de la Cultura. Las preocupaciones eclesiales que caracterizaban aquel entorno le llevan en 1962 a publicar «Ante el próximo Congreso Eucarístico. De la Acción Sacramental Eucarística» (en Las Riberas del Eo) y ese mismo año el Centro Gallego de Buenos Aires le otorga el Premio Villa Ponte por su obra teatral, escrita en gallego, «Prisciliano». Su fervor europeísta le permitirá ganar en 1963 el Padre Feijoo del Centro Gallego de Buenos Aires, por «Aspeitos histórico-sociolóxicos do ser de Europa». (En 1964 marchará de Ribadeo, adonde volvería para morir, en 2009, para trabajar en negocios ligados al empresario Eduardo Barreiros: Empresas Barreiros SA, en León; Financiación y Crédito SA, en Madrid). En 1970, cinco años antes de la muerte de Franco, que también era gallego, publica Galaxia el “traxidrama en dous aitos” Prisciliano, el que había sido premiado en 1962. En los dos párrafos que transcribimos pueden advertirse los ejes de este traxidrama: un erotismo adecuado para clérigos conciliares atormentados por el celibato, que se recrea en la imaginada pasión de la vencedora Prócula sobre el débil Prisciliano, y la exaltación político sentimental de la condición de gallego, un insulto en la boca de los malvados acusadores perseguidores de Prisciliano y un orgullo asumido por el anacrónico heresiarca que se reconoce «¡Galegoooo!» frente al poder opresor eclesial de Roma y el poder represor franquista de Madrid, es decir, el Mal, en complicidad con cierto público maniqueo y simplón, lector o espectador, de aquellos años previos a la gozosa restauración socialdemócrata coronada:

1970 «prócula Non quero. Son unha muller. Sinto e arelo un home na miña vida e outra vida no meu ser.
prisciliano ¡Escoita…! Dista sorte, ún atópase con aas pra voar a Deus oferecéndolle o corpo tal coma o creóu Il… Pois escrito foi: “Porque si vivides conforme á carne, morrederes; mais si polo esprito mortificades as obras da carne, viviredes” (Romanos, 8, 13.)
prócula Nun berro ¡Quero sentir ao home sober de min, faguéndose dous!
prisciliano ¡Iso é un terríbel pecado, Prócula!
prócula Sentirte a ti, meu señor, ¿é un pecado?
prisciliano ¡Sí, sí, sí!
prócula Éme igoal. Arelo folguexar no teu alento… Non quero a túa virtude, senón a túa vida… ¿Sintes o latexar do meu peito eiquí, eiquí…? Colle á forza unha man dil e apóiaa sober do seu peito. ¿Nono sintes? ¡Pois é teu…! Se non viviras ti, deixaría de latexar…
prisciliano ¡Nono digas!… Olla o camiño luminoso, as luces acesas, o lucidío do mundo… Nono deixemos entebrecer… Apértaa, luxurioso ¡Eu sei que unha pechada noite cairá sober dos nosos espritos…! ¡Prócula!
prócula vencedora, cínguese a prisciliano. A escea é xa totalmente animal. Il acaríciaa tremante de anceios. As súas mans percorren as sotís vestes da doncela, percurándolle as formas.
prócula Nun sospiro ¡Meu amor!
prisciliano Dimpóis virá un témero roteiro coas luces pechas, e perdida a benevolencia de Deus…
Entregada, prócula vai cedendo no seus brazos e cai de costas, goiosamente ao sentir as ardentes mans percuradoras de prisciliano. Fai un movimiento sexual de entrega, cheo de forza impúdica, e fala cáseque ao ouvido dil, sen alento, apaixoada.
prócula ¡Nos alcenderemos unha nova lus! ¡Unha lus brillante, un froito enxendrado en nós! Orgasmo ¡Ai! ¡Unha fermosa e nova vida de neno!… ¡Son porta pra ti, que me petas!…»
 
«magno ¿Qué qués ti, barragá de Prisciliano?
prócula Aos Bispos. Dina
Eu son Prócula, filla de Delphidio e Eucrocia, ben me conocedes vós, bispos…
rufo Ti eres Prócula, nefeuto, a furcia de Prisciliano, o luxurioso. A puta do seu leito pecadento…
prisciliano ¡Sexa fendida a túa lingua, bispo Rufo! Ila non ten a piedade exemprar do Cristo coa Madalena… Deus terá na conta as túas verbas…, e a miña virtus… Interrúmpese, conturbado. Retrocedendo perante Prócula que lle tende as mans.
¿Qué fixen dila, Prócula? ¿Qué foi do meu escudo, do meu elmo?…
prócula ¡Señor meu! ¡Meu señor!
ithacio Acusador ¡Falso Profeta coma Berxesús! ¡Encantador, alpurneiro, coma Elimas, de que o Apóstolo dixo certamente: “Ouh, cheo de todo engano e de toda maldade, fillo do Demo, nemigo de toda xustiza, ¿non cesarás de trastocar os camiños reutos do Señor?” (Feitos dos Apóstolos, 13-10).
prisciliano Verdadeiramente, ¿franximos a virtus somentes coa libertade do amor?
prócula ¡Meu amor! ¡Meu señor!
rufo ¡Fornicadores, ambradores, pecadentos na carne!
idhacio Herexe, refugador da verdade, interpretador dila, alporizador das xentes, gnóstico…, galego… panteísta…
magno Galego. Renarte. Saudoso. Ecléutico. Escuro.
ithacio Esprito na percura de sí mesmo. Pantasma na door e na fuxida… Home do Fisterra… ¡Galego!
prócula ¡Ai, meu amor! ¡Meu señor!
prisciliano ¡Qué misterio niste pesadelo marteirante! ¡Galego! Nun frémito ¡Galegoooo!
prócula ¡Ai, señor e amor meu, ai!» (Daniel Cortezón, Prisciliano. Traxidrama en dous aitos, Galaxia, Vigo 1970, páginas 82-84 y 117-118.)

En 1985, al cumplirse 1600 años de la decapitación de Prisciliano en Tréveris, escribe un guión televisivo, junto con Mariano Tudela, sobre «Prisciliano», que ofrecen a la TVG, pero que no llega a producirse; aunque en 2002 La Voz de Galicia, en su “Biblioteca Galega 120”, publica una segunda edición del tragidrama Prisciliano. Pero, al parecer, andando el tiempo, Cortezón había de reconocer su responsabilidad en propagar la leyenda negra contra Prisciliano –nada que revisar, por supuesto, de la morcilla política del «¡Galegoooo!»– según asegura quien le conocía y ha tratado del asunto:

«Son otros valores omitidos en su obra, como su fidelidad a la doctrina de Jesús, que nadie hoy pone en duda, y sobre todo la concesión que Daniel Cortezón hace en su obra a las acusaciones “oficiales” de un Prisciliano de costumbres licenciosas, como se describe en la escena de amor y de incontinencia, aunque finamente descrita, en la que la virtud de Prisciliano sucumbe ante los primeros reclamos libidinosos de Prócula. Una escena que, aunque nada tendría de censurable en un eclesiástico de aquellos tiempos, no se corresponde con el proyecto de un clero más célibe y más pobre que él predicaba. Una escena que contraviene abiertamente las últimas aportaciones de los recientes investigadores sobre la espiritualidad de Prisciliano y que acabaron produciendo esa profunda insatisfacción en el autor de esta obra; descontento que me manifestaba en la dedicatoria antes citada. En una palabra, cuando me manifestó su opinión sobre su propia obra tuve la sensación de que se había sentido víctima de la “leyenda negra” que se ha cernido sobre Prisciliano, obispo de Ávila, a lo largo de los siglos. Algo natural, por otra parte, pues a Prisciliano, al igual que a Galileo y a otras figuras de la historia, tarda en llegarle la hora de una rehabilitación de la iglesia oficial que lo reconcilie con la verdad y con la historia. En el fondo, como dice el teólogo Victorino Pérez Prieto, “el mantenimiento de la tradición heresiológica contra Prisciliano en la Iglesia es el resultado de una cerril resistencia de esta a justificar teológicamente los procesos contra presuntos herejes del pasado”.[…] Es de suponer que esta nueva visión del personaje, fruto de las últimas investigaciones y opuesta a la versión “oficial”, había llegado demasiado tarde al conocimiento de Daniel Cortezón. Sólo así se explica su sentimiento de insatisfacción al confesar su preocupación por la falta de “tiempo vital” para poder utilizar toda la información que había acumulado en los últimos tiempos para una futura revisión de su Prisciliano.» (José María Rodríguez Díaz, «Prisciliano en Daniel Cortezón», en el colectivo de homenaje a Daniel Cortezón, Lugo 2011, págs. 290-292.)

* * *

Chadwick

Henry Chadwick (1920-2008), sacerdote anglicano de la Iglesia de Inglaterra, profesor de Teología (protestante) primero en Cambridge y desde 1959 en Oxford, publica en 1976, siendo deán de la Iglesia de Cristo en Oxford, un cuidadoso estudio: Priscillian of Avila. The Occult and the Charismatic in the Early Church (Oxford University Press, 250 páginas), traducido rápidamente al español en una colección dirigida por Julián Marías en Espasa-Calpe.

1978 Henry Chadwick, Prisciliano de Ávila. Ocultismo y poderes carismáticos en la Iglesia primitiva, Espasa-Calpe (Colección Boreal 13), Madrid 1978, 321 págs. Traductor: José Luis López Muñoz.

Curso de verano de la UIMP en 1981

En el Museo de Pontevedra, del 7 al 12 de septiembre de 1981, se celebró un curso de verano dedicado a Prisciliano y el priscilianismo, organizado por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Fue inaugurado por Fernando Sánchez Dragó, director del curso, en presencia de José María Suárez Núñez (rector de la Universidad de Santiago de Compostela), Raúl Morodo (rector de la UIMP) y Francisco Bobillo (secretario general de la UIMP y coordinador del curso), y clausurado por Camilo José Cela. Los textos de las intervenciones, más la traducción realizada por María José Muñoz de la «Crónica de Sulpicio Severo [II, 44 a 51]» (págs. 124-125), formaron la primera monografía de la revista Los Cuadernos del Norte, dirigida por Juan Cueto y publicada en Oviedo por la Caja de Ahorros de Asturias (Prisciliano y el priscilianismo, Oviedo 1982, 128 págs.) Al parecer estaba previsto inicialmente que interviniese Gonzalo Torrente Ballester, sustituido finalmente, según la prensa, por Salvador Pániker. «Un grupo nunca inferior a trescientas personas y en alguna ocasión superior a las quinientas hizo pequeño el relativamente holgado recinto del museo pontevedrés donde se celebraban las conferencias, y obligó a los organizadores a pedir bancos suplementarios al párroco de una iglesia próxima» (El País, Madrid, 17 septiembre 1981). Estos son los textos publicados en la monografía, ordenados por el año de nacimiento de sus autores:

1912 Luis Vázquez de PargaPrisciliano y Santiago82-87
1916Camilo José CelaMi paisano, amigo, colega y correligionario Prisciliano 118-123
1923Antonio Blanco FreijeiroLa villa romana en Gallaecia y su posible relación
con la vita communis del priscilianismo
57-70
 
1924Manuel Díaz DíazConsencio y los priscilianistas71-76
1925María Victoria Fernández España Prisciliano y sus raíces gallegas33-40
1926José María BlázquezPrisciliano. Estado de la cuestión47-52
1927Salvador PánikerEl hinduismo subterráneo de Occidente108-117
1931Antonio Linaje CondePrisciliano y los orígenes monásticos hispanos88-99
1933José Luis AbellánPrisciliano y su significado intelectual41-46
1936Fernando Sánchez DragóPrisciliano entendido como Opera aperta5-16
 
1939Alain TranoyContexto histórico del priscilianismo en Galicia en los siglos IV y V77-81
1940Luis Racionero GrauFélix de Urgel, isomorfismo de Prisciliano53-56
1942Juan Cueto AlasUna espiritualidad apócrifa17-27
1945José Eduardo López PereiraDe Prisciliano a Hidacio. Primer despertar de la Gallaecia100-107
1946Francisco Javier BobilloPrisciliano y el nacionalismo gallego28-32

«Total: que flipé, como ahora dicen los nuevos vándalos, y di en identificarme con mi psicoanalista del Padrón hasta extremos mucho más extremosos de los que ordena la cordura y aconsejan las buenas costumbres. Con decirles que hace unas semanas, entre bromas y veras, decidí bautizar a mi hija Aixa sumergiéndola en las aguas del Duero, a su paso por Soria y por la curva de ballesta machadiana, conforme a presuntos ritos priscilianistas, y oficiando yo de sumo sacerdote priscilianista, y asistiendo a la función un grupo de amigos con riguroso uniforme priscilianista, y yéndonos todos después –mágico y descalzos– a asar un cordero con yerbas priscilianistas, y a regar la pitanza con somas y licores priscilianistas, y a danzar en carro muñeiras priscilianistas, y a folgar luego con eutrocias y próculas priscilianistas, y… En fin: perdónenme ustedes esta digresión tan poco académica, pero no se llamen a engaño, pues cosas así también caben en la tentativa de entender el priscilianismo y quien lo trujo como opera aperta. Conviene estar siempre a las duras y a las maduras.» (Fernando Sánchez Dragó, «Prisciliano entendido como Opera aperta», en Prisciliano y el priscilianismo, Oviedo 1982, pág. 10.)

«Defiende aquí mismo Fernando Sánchez Dragó –amigo con el que cada día me unen más discrepancias– la teoría de Prisciliano como opera aperta. Su título me viene como anillo al dedo porque la intención de este comentario es precisamente la contraria: entender a Prisciliano como opera chiusa. Intentar –sólo intentar, que desde el principio quede claro– encerrar a Prisciliano en sus textos y sólo en ellos. Mostrar con obscenidad –me refiero aquí a la obscenidad académica– los entresijos de la textualidad priscilianista, de su particular espiritualidad, al margen de las simpatías o las antipatías que la figura del hereje pueda suscitar actualmente. Limitarme por unos folios a los textos, orillando los pretextos y al margen de los contextos mágicos o folklóricos. Y no sólo por el placer de llevarle la alegre contraria a Sánchez Dragó –y a Menéndez y Pelayo, cuyas tesis resultan altamente simétricas, como ahora veremos– sino, también, porque estimo que lo verdaderamente herético en estos momentos de agobiante revival heterodoxo, debido en gran parte al auge de esa llamada Nueva Espiritualidad que contagia progresivamente la industria cultural española con sus entusiasmos mágicos y su espíritu abiertamente milenarista, consiste en incurrir a pecho descubierto en actitud racionalista, analítica, textual… No hay mucho de original en el método, lo admito. Se trata de practicar aquí la conocida figura retórica del ninismo a costa de las dos grandes actitudes dominantes respecto a Prisciliano y su hipotética espiritualidad. Ni fervorosa identificación literaria con el hereje ni apasionada refutación doctrinal del heresiarca. O si se quiere: ni Sánchez Dragó ni Menéndez y Pelayo. Ni opera aperta politeísta ni opera aperta monoteísta. Porque en ambos casos, el método utilizado para acercarse al caso confuso de Prisciliano es sospechosamente similar. En las dos posiciones que dominan el mercado de las interpretaciones se utiliza el pensamiento espiritual de Prisciliano para expresar otra cosa; mejor dicho, para expresarse por identificación o negación a través de Prisciliano. En un caso, ya digo, confundiéndose literaria, poéticamente, con la víctima, con el disidente; en el otro, simpatizando abierta, prosaicamente, con los verdugos.» (Juan Cueto Alas, «Una espiritualidad apócrifa», en Prisciliano y el priscilianismo, Oviedo 1982, págs. 17-18.)

«En una sociedad predominantemente campesina, es, pues, inevitable una cierta sacralización de la tierra; y esa teofanía rural, en donde la sacralidad se muestra simbólicamente, sirve doblemente al objetivo aludido. Se sacraliza tanto el medio de vida –campo– como el hogar de un pueblo –tierra–. Es el “patriotismo vegetal”, expresado por Risco en un artículo aparecido en el primer número de la Revista “Nos”, que, como es sabido, constituyó uno de los principales medios de difusión del galleguismo durante el periodo de entreguerras. Tenemos, pues, esbozados ya tres elementos (nacionalismo-tradición-religiosidad) sobre los que ha de asentarse el núcleo principal de la hipótesis que aquí va a ser formulada. Hipótesis que, de modo resumido, consiste en afirmar que los teóricos del nacionalismo gallego reivindican la doctrina priscilianista y la figura de Prisciliano con una casi exclusiva finalidad política. Tal reivindicación interesada, por lo demás, fue llevada a cabo con un conocimiento muy escaso tanto de la persona como de la doctrina.» (Francisco Javier Bobillo, «Prisciliano y el nacionalismo gallego», en Prisciliano y el priscilianismo, Oviedo 1982, pág. 29.)

«Al igual que el señor Sánchez Dragó me dijo que él había conocido a Prisciliano por mí [Galicia Feudal, 1969] yo lo conocí a través del señor Portela Valladares que fue uno de los primeros en proclamar desde Galicia que la tumba del heterodoxo gallego estaba donde hoy está la del Apóstol. […] Oficialmente no se sabe en qué lugar de Galicia nació Prisciliano. Yo misma he desarrollado la teoría de que su cuna pudo haber estado en Padrón, Iria Flavia, basándose en algunos datos que contaré luego. […] La Galicia de Prisciliano no era la Galicia que nosotros conocemos. Era más grande pues comprendía Astorga y parte de Asturias y llegaba hasta el Duero, su frontera con la Lusitania. […] Igualmente le perjudicaba a Prisciliano su propio origen gallego. […] Acaso por su corazón gallego, por la veta pagana que se incrustaba en el último poso del subconsciente, Prisciliano llegó a creer que los astros pueden influir sobre el destino del hombre cuando el hombre no está bautizado. […] En la galleguidad de Prisciliano más que en unas supuestas concomitancias gnósticas o maniqueas debe buscarse la clave de su acusada inclinación hacia el ocultismo. Seguramente acierta el deán del Colegio de Cristo en Oxford cuando denuncia el interés priscilianista hacia la demonología. Recordemos que Galicia es una región obsesionada por el demonio, para nosotros O Demo, según prueba incluso el caso reciente de Vicente Risco. […] El, por usar un término moderno, “feminismo” de Prisciliano les ofendía pues estaba en contradicción con la doctrina paulina. Si tan avanzadas teorías eran producto de una concepción original o ya formaba parte de la herencia espiritual galaica, es algo sobre lo que tendríamos que profundizar. […] El suplicio y muerte de Prisciliano, el primer presunto hereje al que se impone la pena capital en la historia del cristianismo, no hubiera sido posible sin el levantamiento de Magnum Máximo, nacido u oriundo de España que era uno de esos tiranos que se creen hombres providenciales. […] A fines del siglo pasado se encontró en Padrón una lápida dedicada al emperador Graciano. La inscripción dice así: “A Graciano nuestro perpetuo señor”. …el sentimiento de gratitud a que responde la lápida tendría la explicación lógica de que hubiera sido la expresión de un agradecimiento popular por la protección acordada a Prisciliano, hijo ilustre de la villa. […] El vacío espiritual que provoca su definitiva extinción vino a ser felizmente colmado por el nacimiento del culto jacobeo. El nuevo culto, según yo misma he escrito en la Galicia Feudal, iba a nutrir su fuerza anímica en la profunda dualidad del país, dualidad que reflejan y apresan los dos símbolos místicos, el Apóstol Peregrino, imagen de la Galicia espiritual y pacifista y el Apóstol guerrero reflejo de la indomable y combativa Galicia.» (María Victoria Fernández España, «Prisciliano y sus raíces gallegas», en Prisciliano y el priscilianismo, Oviedo 1982, págs. 33-40.)

«…me mueve la pretensión de señalar alguna orientación sobre el significado intelectual de la doctrina priscilianista. Es evidente que ésta no agota su sentido en ese impulso de protesta social contra la estructura esclavista y oligárquica del Imperio romano, sino que tiene a su vez un profundo sentido de renovación espiritual. Como ya lo vio Fernando de los Ríos en la frase citada anteriormente y que viene inspirando gran parte de estas páginas, el priscilianismo representa desde el ángulo estrictamente religioso una reafirmación positiva del interiorismo y de las actitudes espirituales como constante que reaparece una y otra vez dentro del pensamiento español. […] Por lo que se refiere a nosotros, no nos interesa tanto determinar el posible carácter heterodoxo del priscilianismo ni mucho menos de Prisciliano mismo cuanto hacer ver su profunda sintonía con alguna de las corrientes más permanentes del pensamiento español y su afinidad con otros movimientos y otros pensadores que se han reiterado en nuestro pasado. Desde este punto de vista, no puede extrañarnos la presencia de un cierto panteísmo dentro de la tendencia priscilianista. Otra vez la adugeza de Menéndez Pelayo nos obliga aquí a la cita, quien a este respecto se pronuncia también en términos inequívocos y a mi ver enormemente clarividente.» (José Luis Abellán, «Prisciliano y su significado intelectual», en Prisciliano y el priscilianismo, Oviedo 1982, págs. 43-44.)

«Algunos puntos son dignos se señalarse. Se descarta hoy día que fuera de procedencia galaica, más bien debió de ser lusitano. Ello explicaría el que el obispo de Córdoba le denunciara al metropolitano de Mérida. La frase que se ha interpretado como que es galaico es la de Próspero de Aquitania que dice Priscillianus episcopus ex Gallaecia. Prisciliano nunca fue obispo de Galicia, sino de Ávila, por lo que se suele relacionar ex Gallaecia con el nombre. Si se admite la tesis de C. Torres, que tiene ciertos visos de probabilidad, de que la provincia romana de Gallaecia se extendía en el Bajo Imperio hasta Segovia, bien pudo el territorio de Ávila pertenecer a Galicia, pero esto no es más que una nueva hipótesis.» (José María Blázquez, «Prisciliano. Estado de la cuestión», en Prisciliano y el priscilianismo, Oviedo 1982, pág. 50.)

«Próspero de Aquitania llama a Prisciliano “episcopus de Gallecia” lo que tanto puede caber a su cuna como a su sede, y algunos derrotistas suponen que fue bético o lusitano y no gallego. Sin embargo, es probable –o al menos para mí deseable– que Prisciliano naciera en Iria-Flavia, la ciudad fundada por Tito Flavio Vespasiano, el emperador casado con Flavia Domitila, e incluso, según rumores, que no testimonios, más o menos por donde ahora pasa la vía del tren y frente a la casa de Tanis La Riva.» (Camilo José Cela, «Mi paisano, amigo, colega y correligionario Prisciliano», en Prisciliano y el priscilianismo, Oviedo 1982, pág. 119.)

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