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  El Basilisco, 2ª época, nº 5, 1990, páginas 49-85
  
Gumersindo Laverde y la
Historia de la Filosofía Española


Gustavo Bueno Sánchez
Oviedo
 

En 1856, cuando el progresista y desairado don Baldomero Espartero acababa de retirarse a Logroño y el liberal Leopoldo O'Donnell, que había puesto fin al bienio disolviendo las Cortes a cañonazos (no muchos) y venciendo la revolución del pueblo de Madrid (La revolución en España que escribía Carlos Marx a los lectores del New York Daily Tribune), agotaba sus dos últimas semanas antes de ceder el protagonismo, por un año, al moderado Narváez, y mientras doña Jesusa Pelayo España aún habría de esperar un mes antes de arrojar al mundo a Marcelino, su primer varón, otro hijo de la montaña, afincado desde pequeño en la asturiana Nueva, todavía a sus veintiún años sin haber alcanzado el título de bachiller, publicaba en El Diario Español de Madrid, el día que había de comenzar el último curso anterior a la Ley Moyano, un artículo crítico y programático titulado «De la Filosofía en España». Este año de 1990, coincidiendo precisamente con el día de la Hispanidad (en algún momento identificada con «la Raza») se cumplirán los cien de la muerte de aquel joven. Nos proponemos en este artículo recordar precisamente el interesante puesto que ocupa Gumersindo Laverde en la Historia de la Historia de la Filosofía Española.{1} [49] Un papel de promotor e impulsor que deberemos reconocer ya desde aquel primer artículo, y que comenzará su remate dieciocho años después, en plena República, cuando las circunstancias quisieron que, a partir de octubre de 1874, pudiera transmitir sus planes y proyectos al precoz Marcelino (de quien se cumplirán, en el ya inminente y mítico '92, los ochenta de su muerte, momento, por cierto, en que la propiedad intelectual de sus obras pasará a ser de dominio público, extinguiéndose por tanto los actuales derechos de la Sociedad Menéndez Pelayo).

Gumersindo Laverde RuizGumersindo Laverde Ruiz nació el 5 de abril de 1835 en Estrada, hijo de Toribio Laverde y Asunción Ruiz de Lamadrid.{2} Estrada está situada en las medievales Asturias de Santillana, más tarde Bustón de Laredo en la antigua provincia de Burgos, entonces provincia de Santander y ahora Comunidad Autónoma de Cantabria, muy cerca de San Vicente de la Barquera. Toda su vida estuvo más vinculado a Asturias que a Santander, y como cabría esperar, se pueden detectar intentos de reivindicarle con exclusividad para Asturias, incluso deformando innecesariamente los hechos en el empeño,{3} pues en numerosos lugares Laverde se dijo asturiano, asturiano de las Asturias. En los preliminares a su único libro, recopilación de diversos trabajos, Ensayos críticos sobre Filosofía, Literatura e Instrucción pública, Lugo 1868,{4} atribuye a las Asturias, «nobilísima comarca, cuna y solar de la monarquía española», el mérito de ser la cuna de quienes más han luchado por rescatar del olvido la ciencia y la filosofía española, y menciona a Ildefonso Martínez, al Padre Cuevas, Aquilino Suárez Bárcena, Alejandrino Menéndez de Luarca, Ramón de Campoamor, Patricio Azcárate –astur augustano–, y al «joven» Fr. Zeferino González, para afirmar, rotundo, «finalmente, asturiano soy yo». En el ejemplar de los Ensayos que, años después, Laverde regaló a su recién descubierto discípulo santanderino Menéndez Pelayo, escribió en el margen de esa página IX y como continuación de la frase: «de Santillana por la cuna, de Oviedo por la educación».{5} En realidad Laverde nació y vivió sus primeros años en tierras del Conde de la Vega del Sella (de la familia Duque de Estrada), el mayor propietario entre San Vicente y Ribadesella, de quien Toribio Laverde, [50] abogado, era administrador. En Estrada y en Nueva, en los extremos de sus dominios, tenía (y tiene) el Conde sendas casonas (una vez destruida la casa palacio de Llanes por el francés, en 1812), y de Estrada a Nueva se trasladó la familia Laverde cuando Gumersindo tenía cuatro años, siempre al servicio del Conde.

Conservamos una esquemática autonecrológica, de donde proceden casi todos los datos que circulan sobre Laverde, quien, sintiéndose ya acabado a sus cuarenta y un años, se preocupó de enviar a Menéndez Pelayo (carta desde Valladolid de 24 de abril de 1876, EMP 2-10), en plena preparación de la polémica que conformaría La Ciencia Española.{6} Seis días después, al remitir a su amigo, que aún no había cumplido los veinte años, la relación de sus artículos no coleccionados (EMP 2-12) le confiesa, no sin cierto realismo prospectivo: «Algunas otras composiciones que, podándolas y corrigiéndolas, podrían pasar, tengo en la Rev. litª. de Asturias principalmente; pero, al intentar rehacerlas, se me calienta la cabeza y veo que el fruto no compensa, ni con mucho, el trabajo. Quédense, pues, como están, y dejemos ese cebo a los bibliófilos asturiano montañeses del porvenir, si por ventura hay porvenir para mis escritos, como no lo adquieran por su incrustación en los de V.».

Por las cartas de juventud que Carrera publicó [6, 7] (dejando aún más de doscientas inéditas en poder de los familiares de Nueva){7} conocemos detalles curiosos de su vida y aficiones como estudiante de segunda enseñanza. Sin haber cumplido los quince años, en 1850, en cuarto curso, quiere aprender música («hoy uno que no sabe tocar música no es nada»), anuncia que ha reformado el alfabeto español (sin B, C fuerte, G suave, H como che, Y como ye), que es autor de dos comedias, el Licenciado Vidrieras y El Vademocum de Cornellana y está trabajando en El Lucio Catilina (dice a su padre «no crea por esto que descuido el estudio, ni tampoco diga que saco comedia por alabarme, pues esto no lo puedo ver (perdonando la palabra)»), dice algún latinajo, incorpora algún verso a sus cartas y tiene que justificarse ante sus padres por las malas notas. [51]

 

El curso siguiente, 1850-51, Laverde aparece interesado por los libros, que ya ha comenzado a coleccionar con impaciencia (no los de texto, ya mencionados antes en las cartas, para pedir dinero o justificar gastos). Son años que alumbran una gran efervescencia editorial, libros y folletos, periódicos, revistas y, sobre todo, grandes colecciones, muchas de ellas comercializadas por fascículos o entregas mediante suscripción: la parisina Colección Baudry de los mejores Autores Españoles que se había iniciado en 1838, la Colección de Documentos Inéditos para la Historia de España desde 1842, la Biblioteca de Autores Españoles publicada por Rivadeneyra a partir de 1846, las debidas al prolífico Francisco de Paula Mellado quien regalaba mensualmente desde ese mismo año 1846 una Revista Enciclopédica a los suscriptores de su Biblioteca Popular Económica (y diversificaba las ofertas de sus remesas mensuales con el Museo de las Familias, la Biblioteca Ilustrada, el Museo de los Niños, las Obras completas de Buffon, Cien Tratados para instrucción del pueblo, la Abeja literaria, preludio de su famosa Enciclopedia Moderna, 34 vols. 1851-1855, &c.), la Biblioteca Universal publicada en la imprenta del Semanario Pintoresco Español, &c. Laverde se ha suscrito a la Biblioteca Universal, y para justificar ante su padre el gasto desgrana argumentos, sospechamos que se inventa un premio en una rifa e intenta convencerle para que anule la suscripción que tenía a la España y se pase a la suya, que da más lectura por menos dinero, y solo en Oviedo, dice, tiene ya cien suscriptores y en España doce mil: «la Historia de España por Mariana continúa hasta el día; cuesta 75 reales en Oviedo a real y medio la entrega. 50 entregas, pero ha de ser suscribiéndose a toda la colección de la Biblioteca universal, para lo que se deposita un duro al principio. Haciéndolo así le dan a V. por 100 rs poco más o menos la lectura de 70 u 80 tomos en octavo en obras instructivas y de recreo, al año cada tomo o entregas de éstas en Folio de 16 caras; cada una tiene 6 láminas relativas al asunto. No puede fallar o es muy difícil, esta Biblioteca, porque hay otro que hace la guerra con las mismas condiciones (...). Tocáronme 4 duros ayer a una rifa y me voy a suscribir. Si V. quiere ayudarme a llevar los gastos hágalo, si no quiere lo mismo me da. Así podré reunir una librería compuesta de las mejores obras antiguas y modernas extranjeras (traducidas) y españolas, por muy poco dinero. Ya le digo, haga V. lo que quiera, lo mismo me da. Acabo de ir a suscribirme y ya me han dado por 3 rs. dos entregas de la Historia de Francia que comprende hasta cerca de Constantino el Grande desde los tiempos más remotos, con mucha extensión en más de 5 siglos» (carta de 21-XII-1850); tres meses más tarde ya quiere ampliar sus suscripciones, por lo que vuelve a intentar convencer a su padre para abonarse a una nueva colección: «Además publicará obras de Jovellanos, Chatobriand, Mariana, Solis, Benthan, Montesquiú, un Diccionario completísimo de la Lengua Castellana, un Febrero muy aumentado, obras para usted muy interesantes. Soy muy aficionado a hacer acopio de buenos libros y presentándose la ocasión de adquirirlos sin gasto alguno creo que V. me dará ese gusto. Si quiere acceder a mis deseos escríbanme, que yo haré las suscripciones a las Novedades, puesto que a la Biblioteca ya estoy suscrito» (carta 9-IV-1851).

En 1852 Laverde cumple diecisiete años y descuida sus estudios a la par que incrementa sus aficiones literarias, haciéndose poeta, con una afición al verso que le durará hasta la muerte,{8} viendo su firma por primera vez bajo versos impresos en La España literaria. Al año siguiente publica nuevos versos, en La España literaria y recreativa, y, sobre todo, es uno de los fundadores del «semanario científico y literario» Album de la Juventud, que publicó hasta 26 números en Oviedo. Laverde se mueve, pues, en el bando de la juventud tradicionalista y católica, apartado del bando liberal progresista. Esta afirmación no deja lugar a dudas si nos fijamos en los colaboradores principales del Album de la Juventud, donde escribieron, por ejemplo, la poetisa gijonesa Robustiana Armiño, nacida en 1821, que acabó siendo carlista; José Indalecio Caso, nacido en 1830, abogado y carlista decidido toda su vida; Nicolás Cástor Caunedo, nacido en 1818, escritor romántico que llegó a teniente coronel; o Guillermo Estrada Villaverde, un año mayor que Laverde, católico integrista, que sería Catedrático de Derecho Canónico en Oviedo toda su vida, excepto cuando fue destituido por negarse a jurar la Constitución de 1869 que proclamaba la libertad de cultos, y tiene el honor de haber sido el único personaje ovetense citado por su nombre en La Regenta. [52]

En este ambiente poético, católico y tradicionalista, Laverde, con dieciocho años, se dedica a fabular mitologuemas, que va publicando el Album de la Juventud, y que las entretenidas (y todavía divertidas) vicisitudes de las rebuscas de asuntos sobre los que cimentar la supuesta identidad regional / autonómica / nacional han llegado a elevar a la categoría de ancestral mitología asturiana enraizada en el pueblo. Sin profundizar mucho en esta línea, debemos al menos atribuir a Laverde la invención de los ventolines y los espumeros, incorporados ya al folklore, como el lector del Dicionariu Xeneral de la Llingua Asturiana{9} sabe: «Espumeru, m. Mit. Ser de la mitología asturiana, querubín gracioso y pequeñito, que cabalga sobre el filo de las olas y sobre la espuma del mar» y «Ventolín, m. Mit. Especie de silfo astur, genio o espíritu del aire». Laverde mismo se regocija en 1877, sintiéndose seguramente un poco como Homero o Hesiodo, en carta a Menéndez Pelayo: «¿Has leido en la Revista de Mazon unos artículos de Canella Secades sobre Creencias populares de Asturias? ¿Has visto lo que dice de los ventolines y de los espumeros? Pues sábete que todo esto tiene tanto de popular como yo de Papa. Todo es creación de Tomás Cipriano Agüero y mía, y salió por primera vez bajo la palabra honrada de este amigo y paisano, entonces cultivador fervoroso de la poesía, en el Album de la Juventud, de Oviedo, en 1853, y de allí lo ha tomado, sin duda, no sé si de buena fe o a sabiendas de que era una superchería poética, el apreciable historiador de la Universidad de Oviedo».{10} Ya antes, en un comentario a los dos tomos de Poesías (Oviedo 1851) que publicó la ya citada Srta. Armiño (Doña Robustiana, cuyo centenario, por cierto, debería recordar Gijón, pues murió pocos meses antes que Laverde), con prólogo de Carolina Coronado, la ilustre hija de Almendralejo, se despachaba a gusto Laverde sobre la mitología asturiana, en párrafos que, para curiosos, copiamos en nota.{11}

1854 es el año de la Huelga General de Barcelona, del hambre en Asturias, donde las autoridades encerraban a los mendigos para evitar males mayores, e imponían una multa de 24.000 reales al editor del Manifiesto del hambre firmado por el marqués de Camposagrado, el año de la vuelta de Sanz del Río de su retiro en Illescas. Laverde, que por edad podría ser ya bachiller, se ha trasladado a Madrid. Su ánimo está atribulado, quizá por algún romántico mal de amores, quizá por alguna profunda crisis [53] espiritual desencadenada al descubrir los ambientes y la agitación de ideas de la capital. Desde allí, en febrero, pide el beneplácito de sus padres para irse cuatro o cinco años a La Habana o a Puerto Rico, y con las ganancias volver y terminar la carrera. Estos se oponen y Laverde se desahoga con sus progenitores, denotando desesperación y cierto aire macabro: «Tal vez VV. creerán que tal propuesta era hija de desafecto a las letras, siendo así que nunca les he tenido tanta afición como ahora; era un sacrificio voluntario que quería imponerme para aliviar a VV. y aliviarme a mí mismo de la melancolía que me abruma y que probablemente me seguirá abrumando mientras ciertas circunstancias no varíen, que es muy dudoso. ¡Si ustedes supieran cuanto he llorado en la soledad y el silencio de las noches! Pero en fin, ya que VV. se oponen, no hay más que hablar. Que yo me vaya consumiendo lentamente al impulso de sentimientos que tengo que ahogar en el corazón, es cosa que a VV. les causará hartas lágrimas, cuando ya no tenga remedio.» También les informa de sus actividades: «Mucho me duele que ustedes crean que yo tengo amistades con estudiante alguno ni bueno ni malo, pues como no sea en cátedra con los que tengo al lado, con nadie hablo. Les voy a decir lo que hago todos los días. A las diez me levanto, a ver a Barcia, al editor de las obras del Duque de Rivas, a D. Juan D. Herrero; a las once y once y media me voy a cátedra; de allí o me voy a casa o voy a la biblioteca hasta la una y media, hora de comer, a las dos y media o tres salgo a pasear o a casa de Barcia, o ambas cosas, hasta las 4 y 1/2 o 5 en que me retiro a casa. Por lo demás yo no he perdido las esperanzas del mismo periódico; en el número 3º sale una biografía mía» (carta desde Madrid, 27-II-1854).

El periódico mencionado es el Círculo Científico y Literario, que tres días antes de la fecha de esa carta, el 24 de febrero, publicaba una glosa de Luisa Sigea de Velasco, la escritora toledana del siglo XVI que estuvo al servicio de la infanta doña María de Portugal (si al joven Laverde le oprimían amores, nos inclinamos a suponer que la causante de la congoja sería hembra de su época, y no una veterana como la Sigea). Digamos ya que una de las actividades permanentes de Laverde fue la de ir formando un Diccionario de mujeres escritoras españolas, proyecto que dejo inconcluso, aunque debemos suponer iniciado tan temprano como el curioso interés por Luisa Sigea. En abril y mayo, en la misma revista publicó Laverde, en dos partes, un comentario a lo que se llevaba publicado de las Obras completas del Duque de Rivas, Angel de Saavedra Ramírez, por la Real Academia (5 vols., 1854-55), que menciona en la carta. Y, lo más interesante, y por lo que apuntábamos antes una posible crisis intelectual atormentando su espíritu: mañana y tarde solía ir a casa de Barcia.

Laverde, trasplantado a Madrid, ha cambiado de cohorte. Del ambiente católico tradicionalista en que se marchitaba en Oviedo, en Madrid nos aparece injertado (coincidiendo con el bienio, 1854-1856) en un entorno totalmente diferente. Barcia es, sin duda, Roque Barcia (de quien en el artículo de 1856 llega a vaticinar no sin cierta pasión: «tenemos fundamento para creer que con su publicación [del sistema en el que venía trabajando hacía años Barcia] se colocará entre los más eminentes filósofos del siglo presente»), y que era, además, editor del periódico o revista donde decíamos estrenó su pluma Laverde en Madrid, y del que (en su autonecrológica) se presenta co-fundador, el Círculo científico y literario. Ignoramos el mecanismo de conexión de Laverde con el sevillano Roque Barcia (en la carta a sus padres se refiere a él con cierta familiaridad; Barcia es topónimo y apellido presente en Asturias). Barcia (el pan-sevillanista Méndez Bejarano es culpable de que se le asocie a un hegelianismo panteísta), era doce años mayor que Laverde y en aquellos momentos debía estar preparando sus obras Cuestión pontificia y La verdad y la burla social publicadas en 1855, o Filosofía del alma humana (Gerona 1856) y Catón político publicado en 1856 con prólogo de Castelar; en 1861 su corrosiva obra El Progreso y el Cristianismo sería nada menos que recogida y quemada; antes de retirarse a la filología (su famoso Diccionario etimológico de la lengua castellana) tuvo una apasionante vida política (director del periódico El Demócrata andaluz, excomulgado por el Obispo de Cádiz, participación activa en la revolución del 68, acusado y declarado inocente de complicidad en el asesinato de Prim, cabecilla de la sublevación de Cartagena, exiliado en Portugal y París, &c.).{12} [54]

Al año siguiente, 1855, volvemos a saber de Laverde por Oviedo, participando en la efímera Academia científica y literaria de Asturias, promovida por el celoso sacerdote Niceto Jaraba, profesor de griego en la Universidad, en la que volvieron a reunirse los participantes en el Album de la Juventud, inflamados por el carlista José Indalecio Caso, y a contracorriente de los aires progresistas del momento. El carácter reaccionario de la Academia, de la que era secretario Guillermo Estrada, provocó que no durase más allá de tres sesiones por divergencias políticas entre sus miembros, en una de las cuales Laverde leyó un discurso titulado La asignatura del derecho romano, que en 1867 publicaría refundido en La Enseñanza y al año siguiente en los Ensayos críticos, con réplica incluida a un Simón García que le había contestado (págs. 286-317). No conocemos el texto de aquel discurso, sólo su versión posterior. Siguiendo a Jovellanos juzga inútil y dañoso el estudio del derecho romano, dando a las Instituciones de Justiniano el mismo peso que a los Elementos de Euclides o el De re rustica de Columela, que a nadie se ocurre poner como texto; y tomando de Donoso ideas sobre el influjo del cristianismo en nuestra civilización, concluye que el Derecho romano no debe constituir una asignatura especial en la facultad de Jurisprudencia (pasando a proponer modificaciones al plan de estudios de una licenciatura que no obtuvo hasta cuatro años más tarde). El Laverde de la frustrada Academia de 1855 ya no era el mismo Laverde del Album de 1853; el descubrimiento de otras cohortes habían provocado el cambio: la agitada situación política, el descubrimiento de Madrid, la asistencia al Ateneo (en el artículo de 1856 menciona las lecciones que sobre filosofía arábiga pronunció allí un año antes José Moreno Nieto; quien le debió impresionar al punto que, veinte años después, reconoce: «era yo entonces un Moreno Nieto en Miniatura, con la diferencia de que lo que en él nace de saber demasiado provenía en mí de saber poquísimo», EMP 2-218).

Laverde había comenzado sus estudios de segunda enseñanza en 1847, estrenando el Plan de Estudios firmado por aquél a quien se levanta la estatua principal de Vivero, Nicomedes Pastor Díaz.{13} Se trataba de una nueva reforma del aún reciente Plan Pidal de 1845, que pronto había de sufrir dos nuevas modificaciones, la realizada por Manuel Seijas Lozano, el Plan de 1850 (en el que, por ejemplo, la Facultad de Filosofía se organizaba en cuatro Secciones de Literatura, Administración, Ciencias fisico-matemáticas y Ciencias Naturales) y la de Ventura González Romero, el Plan de 1852 (que suprime las Facultades de Teología y que, respecto a la Facultad de Filosofía, sólo añadía la Química a las ciencias físico-matemáticas). En 1855 los progresistas (que curiosamente ya habían reabierto en 1854 la Facultad de Teología) discutieron un proyecto de Ley de Educación que firmó Manuel Alonso Martínez el 9 de diciembre (un día antes de la primera reunión de la Academia científica y literaria de Asturias), y que, como ocurriría con la Constitución de 1856, nunca llegó a publicarse. Laverde, que a estas alturas de su vida podría ser ya bachiller, se muestra ya muy preocupado por las cuestiones teóricas de la instrucción pública, otro de los asuntos sobre los que volverá repetidamente ya desde 1856.

Con estos antecedentes y circunstancias biográficas estamos en situación, sin duda, de entender mejor el sentido del escrito de Laverde de 1º de octubre de 1856 mencionado al comienzo de este artículo, en el que aboga por la revitalización y el estudio de la filosofía española desde unos presupuestos que no deben ser interpretados apresuradamente, como si la ortodoxia la hubiera llevado Laverde desde el nacimiento. Interpretación interesada en la que incurre por ejemplo el jesuita Joaquín Iriarte cuando presenta a Laverde como el héroe que se levanta contra el solitario de Illescas y cuantos en filosofía se visten, dice, con prestadas galas exóticas y superficiales: «Entonces es cuando resuena en la montaña cántabra la voz reivindicadora. No pudo ser en los antiguos monasterios y en las Ordenes religiosas, reducidos a la nada o mal orientados en muchos de sus dispersos miembros por las lecturas de un tradicionalismo peligroso con autores tan poco seguros como Chauteaubríand, Bonald o Lamennais. Hubo de ser un laico, y de los montes próximos a Covadonga, el iniciador de la noble campaña. Laverde, el héroe a que nos estamos refiriendo, es la tradición, (...) la afirmación de la nacionalidad intelectual hecha sin brillantes metáforas ni grandes nociones culturales o párrafos arrebatadores, pero que, bien asida al pasado, busca la reanudación del espíritu ancestral en las aulas universitarias de su tiempo. Nacido en Asturias de Santillana (...) y mientras se empapa en su espíritu sencillo y diserta sobre las gracias del dialecto [55] regional, el Bable, inicia a los veinticuatro [a los 21] años su campaña por la ciencia olvidada.»{14}

La reivindicación de Laverde aparece publicada, es sabido, en El Diario Español de Madrid, diez días antes de la crisis del Rigodón, cuando en la fiesta de su cumpleaños, la reina Isabel II, en vez de aceptar el brazo de O'Donnell prefirió bailar con Narváez, dimitiendo al día siguiente quien había sido cerebro de la vicalvarada. Pero las circunstancia de que lo fuera en ese periódico, o han pasado inadvertidas o no se han querido destacar. El Diario Español era dirigido y había sido fundado por un periodista y político asturiano, nacido en Oviedo, que llegaría a Ministro de Estado en el gobierno revolucionario de 1868, tras haber sido subsecretario de la Gobernación con el llanisco Posada Herrera y miembro de la Junta Revolucionaria de Madrid e incluso redactor del Manifiesto y las proclamas que impulsaron el movimiento septembrino, más tarde honrado con el título de Vizconde de Barrantes y uno de los 27 diputados que, sin éxito, en noviembre de 1870, en la elección de rey constitucional, dieron su voto al duque de Montpensier. Juan Alvarez de Lorenzana, en 1852, junto con el Conde de la Romera (Francisco de Paula Orlando y Fernández del Torco, que fue Ministro de Hacienda), había fundado aquel periódico, como defensor de la Unión Constitucional. Alvarez de Lorenzana, con O'Donnell, era Director General de Administración. Laverde, pues, escribe su artículo en un periódico afín al nuevo partido en ciernes, la Unión Liberal, donde, sin duda por razones de paisanaje, incluso es acogido con la cariñosa fórmula: «Publicamos con el mayor gusto el siguiente notabilísimo artículo que nos ha remitido, para su inserción, el joven señor don Gumersindo Laverde Ruiz.»

La rotundidad y el estilo de algunas frases, que parecen impropias de una persona de veintiún años (v.g. «cierto es que a la mala dirección del espíritu filosófico en algunas épocas deben los pueblos muchos sangrientos trastornos; la Iglesia, muchos días de amargura, muchas calamidades el mundo. Pero la misma grandeza del abuso demuestra bien elocuentemente la excelencia del objeto abusado...»), hacen sospechar la existencia de algún inspirador directo tras algunas de esas ideas, sin que dispongamos de más datos que sirvan para apuntalar nuestra suposición. Comienza Laverde con una referencia al positivismo, motor de los planes de estudios:

«Lamentable es el desconcierto que algunos de los principales ramos de la 'Instrucción Pública' presentan en España. Sirva de ejemplo la llamada 'Facultad de Filosofía', que debiera ser como el núcleo de los demás estudios y tener, por lo mismo el sello de la unidad más fuertemente marcado que ninguno. ¿Habrá, sin embargo, quien acierte a señalar dónde está el centro alrededor del cual giran sus diversas partes? ¿Qué principio de conexión hay entre esa multitud de asignaturas que la constituyen? ¿Cuál el fin general en que convergen? De todo vemos en ella menos de verdadera filosofía. Hallamos una 'Sección de Literatura', otra de 'Administración', otra de 'Ciencias Naturales', otra de 'Ciencias físico-matemáticas'; nada de 'Psicología', nada de 'Ontología', nada de 'Teodicea': las aplicaciones de la ciencia, no la ciencia misma; las ramas del árbol, no sus raíces ni su tronco; el hombre sin espíritu, el Universo sin Dios. Materializada así la ciencia, ¿será posible que no se materialice la sociedad?»

El siguiente momento consiste en afirmar la necesidad de la filosofía, pues exceden los beneficios a los males que puede causar su mala dirección; filosofía que se identifica con un «sacramento de la unidad» con el que se deben bautizar los conocimientos adquiridos por los hombres: «Sin el proceder filosófico que a su desenvolvimiento aplicaron los grandes doctores y teólogos cristianos, ¿fuera todavía la revelación misma otra cosa que un conjunto de ideas y de doctrinas, faltas de trabazón y de enlace visible? Y, en suma, ¿de dónde recibieron su impulso ordinario los grandes movimientos intelectuales de que ha sido teatro el mundo, sino de la mente de los grandes filósofos, de Platón y Aristóteles, de San Agustín y Santo Tomás, de Bacon y de Descartes, de Kant y de Cousin, de Balmes y de Gioberti?»

Acepta Laverde que su siglo sea el del positivismo y la materia, pero no que la Instrucción pública, «que es reina y no esclava», deba amoldarse a las tendencias de los tiempos en vez de dominarlas y dirigirlas:

«¿Creéis, por otra parte, poseer ya todos los frutos de la Filosofía? ¡Error craso! ¡Presunción funesta! ¡Cuantas creencias en flor aún, que si dejáramos de regar ese tronco se marchitarían! ¡Cuántas otras elaborándose silenciosamente en sus entrañas, que nunca llegarían a salir del estado de gérmenes en que ahora se encuentran! Las mismas que hoy alcanzan su completo desarrollo, ¿pensáis que tardarán mucho tiempo en languidecer y corromperse, una vez privadas de la savia invisible que las produjo y alimenta constantemente? 'El genio español', se suele alegar como razón justificante del hecho que venimos censurando, no es a propósito para las lucubraciones filosóficas.»

Entre los autores que sostienen la tesis del carácter refractario de los españoles a la filosofía menciona Laverde a Schlegel, Larra, Viardot, García Luna, Azcárate, la Enciclopedia de Mellado y Patricio de la Escosura, que hacía poco había afirmado que 'Aquí no hay filósofos, como no hay Cervantes en Alemania'. Tesis que Laverde rechaza, para exponer su proyecto de escribir una Historia de la Filosofía Española. No deja de ser sorprendente que Laverde, con toda la vida por delante, a la vez que confiesa su proyecto, renuncie a la vez a realizarlo:

«Nosotros, sin embargo, nunca podremos convencernos de semejante opinión; desde un principio la rechazó nuestro espíritu, como adivinando instintivamente su inexactitud. Así que, impulsados por la actividad juvenil que nos consumía y por el patriótico anhelo de hallar pruebas a ese confuso presentimiento, comenzamos cuatro años hace antes a estudiar esta materia, consagrándole no escasos desvelos, con un entusiasmo que las amarguras de la vida no han podido ahogar todavía. A medida que penetrábamos en aquel campo enmarañado, a cada paso que dábamos en tan áridas exploraciones, nos íbamos confirmando más y más en la idea que nos estimulara a emprenderlas. El horizonte se dilataba inmensamente; unas figuras se engrandecían; otras nuevas se levantaban de la noche del olvido, y mil raudales de luz, brotando de sus frentes, venían a alumbrarnos los misteriosos caminos seguidos por [56] el espíritu humano en su marcha y evoluciones hacia el infinito. Pero al mismo compás crecía también la conciencia de nuestra debilidad, el sentimiento de nuestra pequeñez, hallándonos cada vez más incapaces de realizar el atrevido proyecto que concibiéramos de escribir una Historia de la Filosofía Española, hasta que al fin, aunque con harta pena, hemos venido en abandonarle, en la esperanza de que, llamada hacia ese asunto la atención del mundo sabio, no faltarán bien cortadas plumas que se dediquen a ilustrarle y aprovechen la suma copia de riquezas que ofrece a la especulación y crítica; porque es verdaderamente triste comparar el estado de este género de estudios entre nosotros con el que alcanza en los demás países de Europa, especialmente en Francia y Alemania.»

En un repaso al contenido de esa historia que propone van apareciendo distintos nombres, que nos limitamos a enumerar por el orden en que son mencionados y respetando la grafía que utiliza Laverde: Séneca, Paulo Orosio, San Isidoro de Sevilla, Thofail, Averroes, Maimónides, Aben-Hezra, Alfonso el Sabio, Raimundo Lulio, Arnaldo de Villanova, R. de Sabunde, Fernández de Córdoba, Vives, Suárez, Melchor Cano, Sánchez de las Brozas, Mariana, Fox Morcillo, Francisco Sánchez (el Escéptico), Gómez Pereira, Huarte, Oliva Sabuco, Salinas, Bonet, Quevedo, Saavedra, Gracián, Caramuel, Granada, Rivadeneira, San Juan de la Cruz, Malón de Chaide, Márquez, Nierenberg, Santa Teresa de Jesús, María de Agreda, Feijoo, Mayáns, Piquer, Pereira, Rivera, Almeida, Olavide, Forner, Jovellanos, Andrés, Eximeno, Hervás, Peñalosa, Ceballos, Alvarado, Amat y Guevara. Por último Laverde propone la creación de una Academia que fomente en España los estudios filosóficos, una Biblioteca de filósofos ibéricos, un periódico filosófico y certámenes anuales con premios para discursos y memorias:

«Tiempo es ya, pues, de que recogiéndonos en nosotros mismos y reconcentrando cuantos destellos de sabiduría, cuantos gérmenes de perfeccionamiento nos legaron nuestros antepasados, comencemos a preparar la gloriosa era de esplendor y prosperidad a que está abocada la Península Ibérica. Por lo que hace a la Filosofía, que, debiendo ser el alma de la instrucción pública, debe serlo asimismo de toda acción progresiva y civilizadora, varios son los medios que para este fin pueden excogitarse: los principales a que se subordinan los demás, correspondiéndose y completándose recíprocamente.
Es el primero la formación de una Academia que tenga por principal objeto fomentar en España los estudios filosóficos, poniéndonos al corriente de cuanto en la materia se piense y se escriba en el mundo, y elevándonos en nuestra propia conciencia y en la de los otros pueblos al puesto que nos corresponde en los anales de la ciencia; a cuyo fin deberá, primero, publicar una 'Biblioteca de filósofos españoles' en lengua vulgar, con noticias biográficas y bibliográficas, anotaciones y comentarios, facilitando así la adquisición y estudio de sus obras a los amantes de esta suerte de conocimientos, acompañada de un gran periódico que le sirva de complemento, abierto a toda discusión, a todo escrito filosófico, y a que se den extractos y juicios críticos de cuantas obras de algún valor en esta línea salgan a luz, así dentro como fuera de España; y segundo, abrir certámenes anuales, con premios, para los discursos o memorias en que mejor se aprecien y expongan, bien las producciones individuales, bien las expensiones generales del pensamiento nacional. No escaseamos tanto como vulgarmente se presume de elementos para un cuerpo de esta naturaleza; abundan entre nosotros hombres de talento que tributan a la Filosofía sincero y aprovechado culto, como lo han manifestado algunos con libros de bastante mérito e importancia, otros con luminosas explicaciones en el Ateneo de Madrid, y no pocos en opúsculos, discursos y artículos sueltos muy notables, desparramados por los periódicos.»

Sigue una interesantísima relación de nombres de autores y obras con la que Laverde busca ilustrar las afirmaciones que hace respecto a la existencia en España de talentos sobre los que basar sus proyectos, lista que se hace imprescindible analizar mínimamente. Máxime cuando ocurre que, en versiones posteriores{15} de esta primera exposición de sus proyectos, esa lista ha sido eliminada. Está formada por cincuenta y tres nombres (normalmente sólo un apellido), treinta y cinco de los cuales acompañados del título de alguna obra (sin mencionar fechas) más once notas a pie de página.{16} En una primera lectura no se percibe [57] orden (no es el alfabético), si lo hubiera, en la aparición de los nombres. Sin embargo hemos advertido que sí hay cierto orden, y que este orden se corresponde, casi exactamente, con las fechas de publicación de los títulos mencionados: de hecho los últimos nombres de la lista son aquellos de los que no se mencionan obras, e incluso esos guardan entonces una aproximación de orden por fechas de nacimiento (Canalejas, el último de la lista, es también el más joven, con un año menos que Laverde).

Esta lista es imparcial y muy completa y meditada. No se aprecia partidismo o prejuicio en su elaboración; en todo caso podría pecar de laica y de ignorar casi completamente a clérigos y eclesiásticos. Figuran varios juristas (Laverde debía asistir a clases de Derecho), historiadores y periodistas. Algunos de los nombres que merecen nota adicional parecen los más cercanos a Laverde: Roque Barcia, el ya citado amigo de Oviedo José Indalecio Caso,{17} Juan Miguel Sánchez de la Campa (que replicará a Laverde, a pesar de haber recibido el apelativo de «docto catedrático»), Francisco Salmerón (su hermano Nicolás tenía entonces dieciocho años), José Moreno Nieto (arabista y católico liberal cercano al krausismo), el entonces hegeliano Emilio Castelar. Menciona Laverde al editor de su artículo, Juan Alvarez Lorenzana y a materialistas como Mariano Cubí o Pedro Mata; hegelianos como Isaac Núñez de Arenas o incluso el «panteísta» Miguel López Martínez; kantianos como Jose María Rey y Heredia; eclécticos como Juan José Arbolí o Tomás García Luna; panteístas como José Alvarez Guerra; krausistas como Julián Sanz del Río, Francisco Gayoso de Larrúa, Manuel Berzosa, o incluso Francisco de Paula Canalejas (que ese año aún no había publicado nada); seguidores de la escuela escocesa como José Joaquín de Mora o Ramón Martí de Eíxala (el traductor del Manual de historia de la filosofía de Amice, al que puso, en 1842, un apéndice De la filosofía en España); liberales como Bonifacio Sotos Ochando, Andrés Borrego o Nicolás María Rivero; moderados como Joaquín Francisco Pacheco Gutiérrez o Nicomedes Pastor Díaz; conservadores como Ramón de Campoamor o Antonio de los Ríos Rosas, &c. Del ultraliberal, hegeliano y federalista Francisco Pi y Margall, cita Laverde, sin más, dos libros que fueron condenados y recogidos (sobre todo la Historia de la pintura en España. Tomo 1, Madrid 1851, donde expone sus ideas filosóficas, condenado por la Iglesia y prohibida su circulación en 1852).{18}

No es fácil encontrar autores vivos en 1856, que por sus obras ya publicadas debieran figurar en la lista (en la que están, como puede haberse observado, promesas que aún no habían escrito nada). Si Laverde hubiera frecuentado otros ambientes, no es fácil que se le hubieran escapado promesas como Juan Manuel Ortí y Lara, que tenía ya treinta años, o el jesuita asturiano, de Oviedo (nacido en la calle de la Vega en 1816), José Fernández Cuevas, que ese año comenzó a publicar su Philosophiae rudimenta ad usum academicae juventutis, Madrid 1856-1859, y en 1858 dio a la estampa la Historia Philosophiae ad usum academicae juventutis, dividida en dos libros, el segundo De Historia Philosophiae Hispanae, que a lo largo de 120 págs. hace un recorrido desde Séneca hasta el Marchionis de Valdegamas, una de las primeras Historias de la filosofía española que existen. (Merece la pena recordar el protagonismo, creeremos que involuntario, que tuvo nuestro historiador de la filosofía española en el final del bienio progresista, aquel 1856: por abril y mayo se había extendido la anarquía por el campo castellano, al punto de que en Valladolid, Medina, Palencia y otras ciudades los sublevados, con el pretesto de la escasez, incendiaron edificios, fábricas de harina y propiedades, sembrando la consternación; Patricio de la Escosura, Ministro de la Gobernación de Espartero, fue enviado el 25 de junio a Valladolid y Palencia para hacerse cargo de la situación; a su vuelta acusa a O'Donnell y a los moderados como principales causantes de los sucesos y como no convence, atribuye lo que está ocurriendo a oscuras maniobras de los jesuitas, aprovechando que nuestro historiador de la filosofía patria, el P. Fernández Cuevas, acababa de cruzar toda Castilla la Vieja camino de Santander, supuestamente dejando la agitación tras él;{19} O'Donnell, Ministro de la Guerra, rechazó las imputaciones y presentó su dimisión para no tener que seguir al lado de Escosura; Espartero no quiso sacrificar a Escosura y presentó la dimisión de todo el ministerio; Isabel II aceptó la dimisión de Escosura pero no la de O'Donnell, por lo que Espartero, desairado, abandonó el Gobierno, 14 julio, y se retiró a Logroño.) [58]

El artículo de Laverde de 1856 propone otros dos medios que deben ejecutarse para obtener el fin propuesto:

«El segundo consiste en la confección de una obra que resuma los resultados parciales de la Academia, abarcando la ciencia en su universalidad, y comprendiendo, además, en cada capítulo, la historia interna nacional de la cuestión que trate, es decir, un compendio de los raciocinios y opiniones acerca de ella emitidos por los escritores españoles que la hubiesen tocado (...).
El tercero y último (y he aquí cómo volvemos a nuestro tema primitivo) está reducido a establecer en la Universidad central una facultad cuyas diferentes asignaturas correspondan a las distintas partes de la indicada obra, texto, naturalmente, poniendo por condición indispensable el cursarla los aspirantes al doctorado, quienes así, ya en edad conveniente, llevarán los principios de sus respectivas carreras, como otros tantos cabos sueltos, a buscar en la ciencia de lo absoluto los lazos imperceptibles que los ligan entre sí, y a otros principios superiores (...)»

y termina abriendo un floreado interrogante retórico al que se responde con esperanza, en unos términos que no pueden por menos que recordar ideas similares a las que animaban, por ejemplo, a Julián Sanz del Río, en tanto que proyectaban un sistema armónico de los conocimientos:

«¿Podremos esperar con alguna confianza la realización de estos deseos, que son los de cuantos, dando significación elevada a la instrucción pública, anhelan ver en ella, no la aglomeración empírica de elementos incoherentes, sino un todo armónicamente combinado, un sistema racional traducido en ley, una ley transformada en hecho?
¿Llegará pronto el día en que tengamos una Filosofía propia, nacional religiosa, que, animada con el aliento de tantas generaciones sabias, resplandezca sobre nuestro horizonte en medio de las ciencias, como el sol en medio de los astros, disipe las sombras que las envuelven, les comunique su íntimo vigor, les levante del polvo en que se arrastran, y, llevándolas en pos de sí, concertada y majestuosamente por los siglos, ciña a la frente del pueblo español inmensas coronas de bienandanza y de gloria?
Todo pronostica que sí. La sociedad, buscando entre convulsiones, la fórmula de sus existencias; la juventud, tanteando ansiosa mil varios caminos para penetrar los arcanos de la vida universal; todas las doctrinas en crisis, todos los espíritus en fermentación, ¿no son indicios bien claros de esa evolución suprema de nuestra civilización? Que los que puedan, concurran a realizarla.»

Laverde, con el artículo en El Diario Español, logra asentar sus cuarteles en Madrid, pero a costa de cambiar de chaqueta (o al menos sacudírsela), acomodándose a las circunstancias. Los moderados, tras la crisis del Rigodón, dirigidos por Narváez, apresuran la reconciliación con Roma y la restauración católica de España, aboliendo la legislación progresista del bienio. Vuelve a ser ministro de Fomento el que había sido ya rector de las Universidades de Valladolid y Madrid, y ocupado el Ministerio en 1853, Claudio Moyano; y vuelve a ser Ministro de Estado el asturiano de Villaviciosa Pedro José Pidal, primer Marqués de Pidal, padre del filósofo Alejandro Pidal. Son momentos de gran agitación administrativa (durante el año que duró Narváez se aprobó y promulgó la única Ley de Instrucción Pública de la era isabelina, que se conoce con el nombre del ministro). Laverde, que a comienzos de octubre firmaba su artículo en una revista afín a O'Donnell, en noviembre{20} aparece firmando en la oficial Revista Universitaria para proponer la creación de un Ministerio de Instrucción Pública, segregado del de Fomento (cosa que no ocurriría hasta finalizar el siglo, en 1900). Tal adaptación, en principio provocada seguramente más por el estómago que por las ideas, hubo de traer consigo el abandono de amistades peligrosas (tipo Roque Barcia). Una vez más podemos asistir a un ejemplo del funcionamiento de la conexión asturiana en Madrid: el intermediario lo fue Quintana (nacido en Cué de Llanes, en 1810, y a quien Oviedo tiene dedicada una calle). Con Lorenzo Nicolás Quintana y Llera, protegido por el ovetense Alejandro Mon, que en 1853 era director general de Contribuciones, Rentas y Aduanas, y de 1857 a 1865 diputado a Cortes por Llanes (luego lo fue por Oviedo), tenía cierta influencia Laverde padre. En diciembre de 1856 ya ha conseguido Laverde un empleo, de auxiliar, en Salamanca. En 1858 logra venir en comisión a Oviedo a la recién creada fábrica de tabacos{21} (obsérvese cómo Laverde olvida estas circunstancias en su autonecrológica).

En el nº 15 de la Revista Universitaria, que inmediatamente se transforma en Revista de Instrucción Pública, [59] logra Laverde abrir una sección de Filosofía ibérica, que inaugura con una nueva versión de su artículo de octubre, y aparece a principios de 1857 (con fecha de 30 diciembre 1856), ya funcionario auxiliar en Salamanca. Al nuevo artículo de Laverde contestó, en la ya Revista de Instrucción Pública, nº 26, abril 1857, Juan Miguel Sánchez de la Campa, catedrático del Instituto Provincial de Cáceres, con unas «Reflexiones sobre la dirección que conviene dar a los estudios filosóficos». Sánchez de la Campa (mencionado con respeto en la relación de El Diario Español), que en 1871 publicaría una interesante Historia filosófica de la Instrucción Pública en España desde sus primitivos tiempos hasta el día, era conocido de Laverde desde tres años antes, cuando ambos frecuentaban el Círculo Científico y Literario de Madrid de Barcia, donde había escrito también sobre Instrucción Pública, influido de hegelianismo.

En su contestación,{22} Campa niega que se pueda aplicar a la Filosofía el mismo modelo que a las Ciencias, y que por tanto deba removerse el pasado, los detritus de la historia, con el propósito de buscar encontrar sistemas armónicos. Afirma que el genio español, en cuanto individualidad, es capaz de lo más grande, pero en conjunto y como cuerpo colectivo, nunca pudo superar las condiciones fatídicas de su organización ni moverse más que en un círculo estrechísimo, limitado y mezquino. «La consecuencia de este estado social fue que nunca hubo un pensamiento filosófico eminentemente nacional, sino opiniones dispersas, obra de la razón individual, y aunque muchas de ellas de suma trascendencia, y otras cuna y base de sistemas que nos han presentado como incubados en sus cerebros otros pueblos, en nuestro país permanecieran aun casi desconocidos cuando no despreciados y perseguidos sus autores.» Campa reconoce que reivindicar para autores españoles el derecho de prioridad en la demostración de ciertas verdades es una tarea nacional y justa, «¿pero es de utilidad positiva? ¿Se llegará por este medio a la constitución de una filosofía nacional que animada con el aliento de tantas generaciones sabias, resplandezca sobre nuestro horizonte en medio de las ciencias?». Se pregunta Campa por el beneficio que puede haber supuesto descubrir que Blasco de Garay fue el inventor de la máquina de vapor, Salvá de la telegrafía eléctrica, o Huarte de la fisonomía: «la arqueología nos pone de manifiesto los detritus de las obras de los tiempos que pasaron. Reconstruir el anfiteatro cuando no se encontrarían gladiadores que regasen la arena con su sangre, no sería construir el anfiteatro.» Campa pide para que pueda haber filosofía que exista previamente un cultivo de las ciencias: «Para que la filosofía brille en medio de las ciencias como el sol en medio de los astros, y disipe las sombras que las envuelven, menester es que existan las ciencias y que exista la filosofía. Existirán las ciencias cuando su estudio sea una verdad; existirá la filosofía, cuando tenga principios incontingentes que le sirvan de punto de partida; cuando reduzca a una fórmula única en que no existan más que dos o tres principios incógnitos a la inteligencia humana, todo el magnífico alcázar de verdades, de sistemas y de conocimientos que el hombre pueda adquirir, que el hombre posea, que sean del dominio de su razón en una época determinada.» Pero no pueden las ciencias ocupar el lugar que les corresponde cuando los ánimos están intranquilos, cuando «las ciencias de hoy y las de ayer en nuestra patria son las ciencias de pane lucrando, son las ciencias que se cultivan por lo que valen, no por la ciencia misma». Campa es rotundo: «Para que la filosofía ciña a la frente del pueblo español inmensas coronas de bienandanza y de gloria, menester es establecerla, no sobre el detritus de los tiempos que fueron, no con el apoyo de la autoridad y por la autoridad del maestro, sino sobre la ancha base de sus principios eternos y con el concurso de la razón desapasionada y de la discusión amplísima, fuente de la verdad y verdadero origen de cuanto absoluto puede llegar a comprender el hombre. Para esto es indispensable preguntar; ¿en el terreno puramente filosófico hay verdades absolutas? ¿Puede el hombre adquirir el conocimiento de la verdad sin el concurso de la revelación? Trátase de la verdad filosófica.» Se niega Campa a ofrecer una respuesta a sus preguntas, desde las que, de cualquier modo, afirma, debe examinarse el establecimiento de una filosofía ibérica: «Puede muy bien que alguno al ver nuestro modo de examinar esta cuestión nos niegue el derecho y la aptitud para ello, y que crea que no es necesario tanto como deseamos, por dos de las siguientes razones: o porque los principios que consideramos como indispensables son cosas de todos conocidas y su ineficacia manifiesta; entonces diremos, que el día de establecer una escuela filosófica nacional pasó ya y que por consiguiente es tarde para acometer la empresa; su día está entre los que nunca han de volver; o porque los principios que indicamos son demasiado absolutos, imposibles de comprender y de todo punto innecesarios; entonces diremos que aún es muy pronto, que aún no está muy cercano el día en que la filosofía ibérica brille entre las ciencias como el sol entre los demás planetas. Pero a unos y a otros les daríamos la razón en cuanto a nuestra corta inteligencia, suplicándoles al mismo tiempo respeten nuestra lealtad y aun cuando nuestro carácter nos impida tomar, cual hubiéramos hecho en otro tiempo, toda la parte posible en la obra de restauración que se propone, no podemos menos de aplaudir el celo y el buen deseo, y pluguiese al cielo que nuestro modo de ver fuera del todo erróneo, y que hubiera decretado ya el Eterno la hora de nuestra emancipación, el día de nuestra filosofía eminentemente nacional.»

En mayo del mismo año, terció en la misma revista{23} Nicomedes Martín Mateos (nacido en 1806, se cumple este año también el centenario de su muerte), espiritualista neocartesiano que había ya publicado veintiséis cartas al Marqués de Valdegamas (Los místicos españoles, Valladolid 1851) rechazando la acusación lanzada por Donoso Cortés contra los partidos liberales de falta de conocimientos teológicos y Breves observaciones sobre la reforma de la filosofía (Salamanca, 1853). El de Béjar (que no había tenido el honor de figurar en la lista de Laverde) contesta la ligera impugnación de Campa y hace un buen diagnóstico del estado de actitud que supone en su amigo: «Dicho señor Laverde es un joven muy dado al estudio de los filósofos españoles: semejante a otros muchos ya saciados del panteísmo alemán, del conceptualismo escocés y del eclecticismo francés, que ha inundado a España, sin más provecho que oscurecer más y más las creencias todas, se dijo a [60] sí mismo: ¿No debiéramos volver la vista a nuestra tradición, estudiar nuestros filósofos y reedificar con materiales propios una obra verdaderamente filosófica?». Martín Mateos combate las consecuencias de la idea de progreso que quiere ver domina a Campa, y responde las preguntas que aquél había dejado sin contestar: «¿Puede el hombre adquirir el conocimiento de la verdad filosófica sin el concurso de la revelación? –Puede, señor de la Campa, y posee un tesoro inestimable de verdades adquiridas con el sudor de su frente, –Y en caso afirmativo, ¿cuáles son estas verdades (...)?, –(...) pudiera el señor de la Campa buscar la respuesta a tal interrogatorio en las obras de Platón, Plotino, San Agustín, Descartes, Bossuet y Fenelon». El párrafo final de la contestación de Martín Mateos permite sospechar que fue movido a escribir por el propio Laverde (que comenzaría así a ensayar una técnica de la que se convertiría en consumado maestro): «La amistad que profeso al señor Laverde Ruiz y el deseo de no distraerle de sus estudios me han movido a reemplazarle en esta polémica, ...» .

En la mencionada sección de Filosofía ibérica de la Revista de Instrucción Pública, el propio Laverde, con anterioridad a los artículos de Campa y Martín Mateos, había publicado, a lo largo de cuatro números (enero-febrero 1857), un estudio sobre la «Vida y escritos de don Andrés Piquer». Es curioso comprobar cómo son asturianos también quienes colaboran en esa sección aquel 1857: Aquilino Suárez Bárcena, que llegó a ser Alcalde de Oviedo, su ciudad natal (con varios artículos, destacando el dedicado a Raimundo Sabunde), o Alejandrino Menéndez de Luarca (impugnador de Jovellanos y carlista, que escribió una «Reseña sobre la filosofía española»). En la misma publicación firma Laverde en septiembre una crítica al curso de Literatura de Raimundo de Miguel Navas, y en octubre otro trabajo sobre administración educativa (él, que trabajando de auxiliar, aún no había alcanzado el título de bachiller), «La unidad en la Instrucción Pública».{24}

En 1858 Laverde tiene en Oviedo un empleo en sustitución al que venía ocupando en Salamanca. Como despedida de la ciudad del Tormes deja abierta una polémica con Valladolid, a raíz del artículo «La Universidad de Salamanca y la de Valladolid» (Eco de Salamanca, 21 marzo 1858, págs. 24-17).{25} Por una carta de 2 de julio a su familia sabemos que, en privado, Laverde prefiere «por principios» la entrada de O'Donnell y la caída de Istúriz [6]. Después del verano, con el trabajo en la nueva fábrica de tabacos de Oviedo, encontramos colaboraciones literarias en la Revista Literaria de Asturias.{26}

Recogiendo las ideas de los artículos de 1856, en la revista Crónica de Ambos Mundos publica una nueva versión de sus artículos reivindicativos de la filosofía española: «De la fundación de una Academia de Filosofía Española, como medio de poner armonía en nuestra Instrucción pública» (que será la que sirva en los Ensayos críticos..., págs. 1-20). En esta versión final las ideas generales son las ya expuestas, aunque cabe advertir curiosas modificaciones. La lista de autores que deben incluirse en la Historia de la Filosofía Española sufre modificaciones notables respecto a la original de 1856: entre otros no están ahora Paulo Orosio ni Arnaldo de Villanova, ni Fernández de Córdoba, ni los místicos; entre otros se han añadido, sin embargo, Avem-Pace [seguimos respetando la grafía de Laverde], Avicebron o Alfonso de Madrigal (reservamos para otra ocasión el análisis pormenorizado de estos cambios). Y ahora Laverde renuncia por completo a ofrecer la relación de posibles integrantes de la Academia que propone, como había hecho años antes. Lo que sí hace es apellidar una serie de escuelas, que se habrían ido sucediendo en la piel de toro, de forma no poco discutible:

«No es menester mucha penetración para descubrir cuan firmes raíces ha echado el Senequismo en el espíritu nacional, extendiéndolas al través de millares de generaciones,{27} y, retoñando, como planta indígena, en todos los principales períodos de nuestra cultura intelectual. Tampoco es difícil notar cómo la Escuela isidoriana, acaudalada con el saber de la antigüedad, atraviesa la edad media y viene, por una no interrumpida tradición, a resolver en la filosofía española del siglo XVI, después de haber conocido al paso la de los moros y los judíos. A la vista salta el estrecho parentesco que media entre las escuelas arábigas y las hebraicas, particularmente entre el Averroísmo y el Maymonismo, esos dos grandes movimientos racionalistas correlativos, que tan profunda huella imprimieron en la enseñanza muslímica y rabínica de la península, trascendiendo de aquí a toda la Europa cristiana, e influyendo especialmente en el Lulismo, resultado de la confluencia de las doctrinas escolásticas y de las orientales, el cual tuvo cátedras propias en diferentes Universidades españolas y estranjeras, contando numerosos partidarios en todas las naciones de Europa. Por último, en el siglo XVI brotan, dilatándose hasta principios del presente, el Vivismo, el Suarismo, y el Huartismo, manifestaciones brillantes del vigor intelectual de nuestra patria en aquella gloriosa era, las cuales, por un lado acrisolan y resumen la tradición filosófica de la antigüedad y de la edad media, y, por otro, personifican, aunque de diverso modo, la tendencia constante del genio español a armonizar el elemento ontológico y el psicológico en la esfera del pensamiento.» (Ensayos..., págs. 15-16.)

Esta clasificación (como el propio Laverde advierte) no es única. De hecho en el trabajo que publicó en los Ensayos a propósito de La Filosofía Española, indicaciones bibliográficas [61] que Luis Vidart había publicado dos años antes, ensaya otra distinta (el análisis de las diferencias de opinión del Laverde de 1868 con Vidart, por ejemplo respecto a la filosofía española coetánea de ambos, permite importantes observaciones que ayudan a perfilar mejor el punto de vista de Laverde, pero excederían el marco de este artículo). Concluye Laverde en 1858 su definición de la filosofía española:

«Todas estas escuelas, cuya progresión dialéctica puede, en gran parte, determinarse fácilmente por las varias fases políticas, morales y religiosas que esta nación presenta en el curso de las edades, constituyen, juntamente con otras menos famosas o de menos castizo origen y con las concepciones de uno y otro pensador aislado, como, por ejemplo, Avicebrón y Gómez Pereira, la inmensa riqueza filosófica de la península ibérica. El conjunto de ellas, uno en su variedad por el espíritu general que lo informa, como es una nuestra nacionalidad, no obstante la multitud de reinos en que ha estado dividida y de razas que se le han incorporado sucesivamente, es lo que llamamos Filosofía española, porque, aun aquellas doctrinas que recibimos de extraños climas, aun aquellas verdades y aquellos errores que nos vinieron de otros países, han tomado y no podían menos de tomar –¡hasta el Catolicismo la tomó!– forma española al penetrar en la esfera de actividad propia del ingenio español, bien como el agua se adapta a la figura del vaso en que la echamos o como la luz colora los objetos según la especial textura de la superficie de ellos.» (Ensayos..., pág. 16.)

Los planes de creación de la Academia de filosofía española, al que se ha añadido en 1959 el de una Biblioteca de Filósofos Ibéricos, los certámenes y planes de estudios, &c. se asemejan a los proyectos anteriores. Pero en 1868 ha variado sensiblemente el objetivo final, lo que se alcanzaría con todo ello, pues el armonismo que antes nos recordaba el mismo ideal krausista ha pasado ya por los filtros de la religión, muchos años antes de que Draper obligase a todo apologista que se preciase el tener que mostrar que no hay conflicto ni puede haberlo entre la ciencia y la fe:

«Entonces dejarán de ser términos antitéticos en el hecho, para convertirse en armónicos, como lo son en la idea, la Iglesia y el Estado, la autoridad y la libertad, la conservación y la reforma, girando cada cosa en su órbita propia, eslabonada con las demás, y ocupando la Instrucción pública el lugar principal que le corresponde en el gobierno de la nación, lo mismo que a la Iglesia en el de la humanidad, cual fuente colocada en la cúspide de una pirámide, para regar desde allí por igual todos sus lados y hacerles producir flores y frutos de verdad, de bien y de hermosura. Entonces, puesta España a la cabeza de la civilización europea, realizando con el ejemplo y la doctrina, mediante el auxilio de la Providencia, lo que no pudo conseguir con la fuerza de las armas en el siglo XVI, pondrá fin al ciclo turbulento del protestantismo, renovará engrandecido el concierto de la cristiandad y abrirá al género humano la era del progreso, de la libertad, de la concordia, de la armonía, cuyo tipo supremo es Jesucristo, síntesis viviente de Dios y del Universo. Si la unión es la fuerza, la unidad de la vida, la armonía es la perfección, trasunto del orden eterno. ¡Siempre y en todas partes la armonía! ¡La armonía en todo y sobre todo!» (Ensayos..., pág. 20).

Como ya hemos dicho, Laverde retrasó la culminación de sus estudios oficiales. Aunque en la autonecrológica establece que obtuvo el bachiller en Filosofía y Letras en 1857 (el plan Moyano fue el que introdujo ese mismo año titulación tan castiza, ahora en extinción), por una carta que dirigió a sus padres y conservamos [6] sabemos que tal acontecimiento no ocurrió hasta dos años después. Desde Oviedo escribe el 24 de enero de 1859: «el viernes me examiné de Historia Universal y salí Notablemente aprovechado. Hoy sufrí el Ejercicio de grado de Bachiller y fui aclamado tal por unanimidad. Soy, pues, ya Bachiller en Filosofía y Letras y según la Ley de Instrucción ppca. puedo ser catedrático de Psicología y Lógica, de Etica, de Geografía e Historia, de Latín, de Griego, y Autores clásicos en los Institutos de 2ª enseñanza.» En esta fecha era ya bachiller en Derecho, y sus proyectos, cuatro días después, consisten en obtener, mediante la consabida recomendación (sugiere a sus padres posibles padrinos), un nombramiento de interino para ocupar cualquier cátedra «pero especialmente la de Ética y Lógica en que estoy más fuerte. Obteniendo ahora un nombramiento con el carácter de interino (que no puede ser de otra manera) al cabo de algunos años me calzaría la propiedad y se hallarían mis anhelos satisfechos. No estaría de más decir algo a Hoyos y a Posada Herrera (por mi tía Manuela)» (carta 28-I-1859). En la carta siguiente (2 de febrero), junto a la noticia de la inauguración en Oviedo de la Escuela Normal de Maestras se lamenta: «Ya verán Vv. la dimisión de Quintana. Es sensible.»

La tranquilidad de haber alcanzado la titulación que le permitía optar al profesorado de enseñanza media, tras unos negligentísimos estudios, supuso que Laverde retornase proyectos queridos, publicando, sin firma, en la Revista de Instrucción Pública de 17 de marzo de ese año 1859, el «Proyecto de una Biblioteca de Filósofos Ibéricos», que se anuncia iba a ser publicada en Oviedo precisamente. En el plan incluye a Séneca y San Isidoro, los árabes, Suárez, Vives, Fox Morcillo, Sánchez de las Brozas..., e incluso «nuestros insignes místicos merecerán igualmente atención. Un sabio, cuya amistad nos honra, llama a Santa Teresa de Jesús el Platón de España». Laverde confiesa por fin en esta ocasión su proyecto final, el complemento de todo su plan, que bautiza con el sorprendente nombre de el Aristóteles Ibérico, y define como «tesoro de cuantos trabajos de exposición y crítica se han hecho en la península relativamente a las obras filosóficas del Estagirita». Vuelve a reconocerse falto de ciencia para abordar sus planes, pero queda tranquilo porque lo que a él le falta, sobra «a quienes consideramos maestros», regalándonos con una breve, pero interesantísima, relación de quince escritores distinguidos (comparar con la lista de 1856: hay cinco nuevos y se mantienen varios krausistas y afines) que podrían hacerlo: «los señores Martín Mateos, Sanz del Río, Moreno Nieto, García de Quevedo, García Luna, Berzosa, Azcárate, Foz, Campoamor, López Martínez, Castelar, Salmerón Alonso, Fernández González (F. Francisco), Fernández Ferraz, Alvarado (don Salustio) y otros sujetos igualmente doctos en Filosofía, que reconociendo la bondad de nuestros propósitos y deseando contribuir a realizarlos dignamente, nos han ofrecido su colaboración...».

Como ocurriera dos años antes, la iniciativa de Laverde no llegó a cuajar, pero tampoco paso desapercibida, volviendo a ser objeto de opiniones encontradas: terciaron el ya habitual Sánchez de la Campa, el médico y filósofo [62] franco-menorquín José Miguel Guardia (que un cuarto de siglo más tarde publicaría en la Revue Philosophique de París monografías sobre filósofos españoles, aunque defendiera la tesis de la miseria filosófica de España) y el catedrático compostelano Pedro Bartolomé Casal. Sánchez de la Campa preferiría que a la Biblioteca de Filósofos Ibéricos, precediera «la historia general de la filosofía, que tal como nosotros la comprendemos, no es verdaderamente otra cosa más que la de la marcha del espíritu humano», lo que no le impide dar la enhorabuena a los autores del proyecto «deseándoles tanta resignación y constancia como es indispensable para que en España no mueran al nacer o antes, empresas de esta especie». Al francés Guardia (y a otro messieur, Goria) respondió en la misma revista donde Laverde había publicado su Proyecto, datando de intento la réplica el 2 de mayo (de 1859), el catedrático Casal. Por la respuesta se deduce que Guardia, en ácida y satírica crítica, prefería «cien veces más dar una edición de Columela sobre la ágricultura» que ediciones de pobres filósofos españoles, que mejor que a la filosofía deberían dedicarse a la geoponía. Casal termina su respuesta remitiendo al lector al «capítulo 9 del tomo segundo del Teatro: Antipatía de los franceses».

Pero la respuesta más seria e interesante al proyecto de Biblioteca de Filósofos Ibéricos de Laverde se produciría diez años más tarde, ya aparecidos los Ensayos. Su autor el Rector del Colegio de Misioneros de Filipinas en Ocaña, que acababa de publicar una Philosophia elementaria, y llegaría a ser Cardenal González. Fray Zeferino, en efecto, en mayo de 1869, firma un opúsculo (recogido luego en los Estudios... que le editó Alejandro Pidal en 1873, tomo 1, págs. 207-228) titulado Sobre una Biblioteca de Teólogos Españoles. El filósofo asturiano ensalza el carácter patriótico, digno y elevado del proyecto de realizar una Biblioteca de Filósofos Españoles, «capaz de servir de lenitivo, siquiera escaso e incompleto, a la acerba pena que nos causan la universal postración, el abatimiento y ruinas que oscurecen el brillo y arrebatan las glorias de España». Pero, a continuación, se pregunta «si no sería mas conveniente, más útil y hasta más patriótico por de pronto, el publicar una Biblioteca de teólogos españoles». Sin quitar mérito a la filosofía española, sigue el que sería autor de la primera gran Historia de la Filosofía escrita en español, «es innegable que el movimiento filosófico realizado en la península ibérica, no puede ponerse en parangón con el movimiento teológico que comunica especial brillo a la historia eclesiástica de España. Cualquiera que sea la opinión que se adopte sobre la importancia absoluta o relativa de la filosofía española, siempre será preciso reconocer que esta importancia es muy inferior a la de la teología española, de la cual se puede decir con razón que ocupa lugar, no solo preferente y distinguido, sino acaso el primero en la historia de las ciencias teológicas». El dominico asturiano se expresa con claridad: «Porque la verdad es que si España puede presentar algunos filósofos más o menos recomendables y distinguidos, no puede presentar escritores que rayen tan alto en filosofía, como rayaron en teología Torquemada, los dos Sotos, Cano, Carranza, Molina, Suárez, Vázquez, Alfonso de Castro, Pérez de Ayala, Báñez, Lemos, Valencia, con tantos otros que dieron gloria inmortal a nuestra patria.» Es interesante señalar cómo el proyecto de Biblioteca de Teólogos Españoles se concibe casi como una disyuntiva frente al de Filósofos. Incluso Fray Zeferino, que menciona como precedente a su proyecto, en literatura, la Biblioteca de Rivadeneira, propone que a la de Teólogos debería seguir una Biblioteca de escrituarios españoles (que no la de Filósofos). La clara disyuntiva de Fray Zeferino responde, por otra parte, a criterios rigurosos de demarcación entre Teología y Filosofía (él, que siempre fue considerado un filósofo y escribió de filosofía). De otra manera, si se desprendieran de las Historias de la Filosofía Española las relaciones de teólogos y asuntos que Fray Zeferino propone para completar su Biblioteca, aquellas quedarían bien mermadas. Y si Sánchez de la Campa proponía a Laverde abordar primero la Historia de la Filosofía Española que la edición de los autores, el futuro Cardenal González, con más tino, sostiene que «otro resultado no menos importante y plausible de la publicación de la Biblioteca de teólogos españoles, sería preparar el camino para la publicación de una Historia de la teología española. Porque, en efecto, una vez coleccionados y clasificados los principales trabajos de nuestros teólogos, acompañados e ilustrados con las monografías e investigaciones críticas relativas a los mismos, el historiador de la teología española encontraría el camino allanado para su empresa, y solo se necesitaría un hombre de elevado criterio teológico, capaz de analizar y juzgar de una manera concienzuda y desapasionada los trabajos contenidos en la Biblioteca de teólogos españoles, desentrañando y poniendo de manifiesto los variados sistemas de la teología española, juntamente con sus relaciones internas y externas». Resulta curioso relacionar la similitud de las figuras de los asturianos Laverde y González ideando proyectos equivalentes para la filosofía y la teología española, aquél más literato que filósofo, éste más filósofo que teólogo, ambos añorando alguien que culmine lo que planean (Gumersindo lo encuentra en Menéndez Pelayo, Zeferino escribirá él mismo la Historia, pero de la Filosofía).

A finales de 1859 escribe Laverde una carta a Juan Valera (nacido en 1824, once años mayor que él), quien gozaba ya de cierto prestigio intelectual y comenzaba su carrera política y diplomática, para felicitarle por su estudio sobre Quevedo e intentar captarle para su proyecto de Biblioteca de Filósofos Ibéricos. Valera contestó aquella carta que le remitía un desconocido, iniciando así una relación que duró más de veinte años. El editor asturiano afincado en Madrid R. Díaz-Casariego publicó en 1984 [22] las 151 cartas que se guardan de Valera a Laverde, conservadas por Antonio Rodríguez Moñino (a quien llegarían tras la venta que suponemos haría el hijo de Laverde de ellas, ver más abajo) y transcritas por la viuda de éste, María Brey. Cubren en el tiempo un período entre noviembre de 1859 y junio de 1881. A partir de esa fecha la relación con Valera se enfría (si bien mantienen el nexo común de Menéndez Pelayo). Aunque no conocemos las cartas de Laverde a Valera, de la lectura de las publicadas se obtienen interesantes datos para conocer la curiosa relación que mantuvieron personajes tan distintos. A Valera se le ocurre decir en su primera carta, respecto a los planes sobre la filosofía española que le trasmite Laverde, que debiera escribirse una Historia de la filosofía o de las ciencias en España, «pero ésta es una empresa tal que da miedo solo de pensar en ella. Se necesitaría una erudición vastísima, ser muy buen filósofo y yo creo que hasta saber muy bien el hebreo y el árabe. La filosofía de los judíos [63] y de los árabes en España fue muy grande y aún está por escribir su historia, lo cual forma una laguna en la Historia de la filosofía escolástica, que se modificó por la influencia de esta filosofía eterodoxa [sic]. Yo aunque ignoro completamente las lenguas orientales, tal vez por las traducciones me decida a juzgar un día las obras de Jehuda Levita, de Maimónides y de otros. Es una lástima que dejemos a los extranjeros la gloria de darnos a conocer a nuestros autores (...)» (EVL-1, 7-XI-1859).

Las cartas de Valera a Laverde nos muestran la gran amistad e intimidad que llegaron a alcanzar, en una relación que se fue enfriando con el tiempo (por causa de Laverde: sospechamos que por rechazo a la libertad política y de costumbres que respiraba Valera, que contrastaba con la cada vez mayor intransigencia de su interlocutor). Para Valera el joven Laverde se aparece como un entusiasta al que se debe ayudar (le ayuda a publicar artículos) y que en un momento dado puede ser un incondicional; por parte de Laverde la relación era más interesada, dadas las posibilidades que podía ofrecer un personaje como Valera (ya en su segunda carta tiene este que frenar las espectativas que Laverde se había hecho de mecenazgos aristocráticos: «Lo de publicar una Biblioteca de autoras españolas sería muy bueno: pero lo que es yo no tengo ni relaciones ni medios de llevarlo a cabo. La aristocracia de Madrid no se ocupa ni se interesa por nada de literatura española y menos aún por nuestra filosofía» EVL-2, 3-XII-1859; y abundan las recomendaciones para sí o sus allegados: el primero en ser recomendado por Laverde a Valera es el joven Gayoso, quien sería su cuñado).

Valera intenta mantener cierta relación de magisterio con Laverde (como la que Laverde mantendrá con Menéndez Pelayo): le propone, por ejemplo, hacer el examen crítico de las obras de Feijoo (EVL-7, 24-V-1860), pero Laverde, aunque joven, tiene formado criterio propio y navega por libre. Cuando el 3 de junio de 1860 Amalio Ayllón comenzó a publicar la Crónica de Ambos Mundos, alborotando la situación de la prensa española al pagar nada menos que diez duros por artículo, Valera ya era valedor de Laverde en Madrid, y se encargaba de mover sus artículos y cobrarlos (allí publicó uno sobre monumentos arquitectónicos).

Hace seis meses que Laverde y Valera se escriben cuando ya tienen curiosidad por conocerse: «Mucho deseo yo también conocer a Vd. personalmente y que venga a Madrid. Ahora están aquí muy de moda los retratos en fotografía y yo tengo colección de retratos de amigos de ambos sexos que pasan de 150. Como supongo que Vd. no tendrá el suyo, no se lo pido para aumentar la colección y para tener un retrato de un amigo verdadero, que de estos no tengo 150, ni quince siquiera. Ahí va, sin embargo, el mío que, aunque el uso es darle en cambio de otro, a Vd., que sin duda no tiene el suyo, se le debe mandar gratis. Crea Vd. que me admira la mucha erudición que Vd. tiene y lo mucho que sabe, y tanto más cuanto calculo que Vd. ha de ser muy joven. No se ría Vd. de la candidez de mi pregunta, ¿qué edad tiene Vd.?» (EVL-12, 28-VI-1860)

Pero aunque Valera aún no conoce a Laverde (ni por retrato), ya tiene perfectamente claro el registro ideológico en el que se mueve su amigo asturiano. Laverde, para Valera, es un neo, un neo-católico liberal, y así se lo dice el 20 de julio de 1860: «Los diez duros [de uno de los artículos de Laverde para la Crónica] se los he entregado hoy a Bustillo que va a Llanes y que me ha dicho que se los entregará a Vd. a su paso por esa villa. (...) Creo que en cuanto haya espacio se publicarán todas las cosas que hasta ahora ha mandado Vd. para la Crónica. Debo advertirle, con todo, no por mí, que tengo la manga ancha y si peco por algo es por sobradamente ecléctico, sino por mis compañeros que son racionalistas más timoratos, que sus ideas de Vd. están muy en discordancia con el tono general de la Crónica. Vd. es místico y hasta neo-católico en el buen sentido de la palabra. No le aconsejaré yo a Vd. que cambie de estilo; cada uno es como Dios le ha hecho y no debe esforzarse ni violentarse para ser de otra manera. Ese neo-catolicismo liberal de Vd. le da, además, una originalidad grande y, para mí, simpática; pero no debe Vd. estrañar que a sujetos menos comprensivos que yo les parezcan raros, les choquen sus pensamientos de Vd. y hasta imaginen que van a disonar al lado de los suyos» (EVL-13).

Laverde, que a los veinte años giraba en torno a Roque Barcia y no hacía ascos de krausistas, hegelianos, eclécticos o panteístas, a los veinticinco, en 1860, aparece clasificado, por Valera, como neo. Ha escrito Julio Caro Baroja, tratando de estos años: «Surgió, sin embargo, en este medio, un tipo de jóvenes oradores, razonadores elegantes e influyentes, inspirados en la figura ya desaparecida del marqués de Valdegamas, al que la gente anticlerical llamaba obispos de Ievita, como hoy hemos oído llamar frailes con chaqueta a los profesores, a los políticos, a los ministros del Opus Dei, aunque el dictado más conocido y empleado al hablar de estos jovenes, talentudos o no, y el de sus secuaces, era el de neo. El neo era el neocatólico, el sucesor lejano y pulido del ultra: un joven que había sido incrédulo y revolucionario y que volvía al seno de la Iglesia, profesando ideales ultraconservadores».{28} No es este el momento de intentar huir de maniqueísmos clasificatorios y ensayar matices más ricos: sirva lo que, diecisiete años después, escribe Laverde a Menéndez Pelayo, incorporando a los neos en un interesantísimo esquema más general, para justificar que debiera considerarse a Donoso como un heterodoxo:

«Por otra parte, así como Balmes personifica con Roca y Cornet la apologética ortodoxa en España desde la primera guerra civil hasta 1848 y puede servir de centro en el cuadro de las luchas de nuestra Iglesia en ese período, así Donoso la personifica en el período siguiente, con su fiel escudero Gavino Tejado y los demas polemistas seglares que desde la aparición del Ensayo comenzaron a ser llamados neo-católicos y entre los cuales deben figurar el ya citado Carbonero y Sol, Canga Argüelles, Vildosala, Pedroso, Villoslada, Ortí y Lara, Severo Catalina (La verdad del progreso) &. D. Vicente de la Fuente hace rancho aparte; se distingue por su caracter positivo e histórico mas bien que por el teórico y filosófico, que en los otros citados predomina. Al período donosiano sucede –en la esfera de la filosofía católica española– otro, y en él estamos, que se caracteriza por la pujante avenida del escolasticismo, [64] sobre todo del tomista, personificado en Fr. Zeferino. Creo que sea interesante marcar estas sucesivas fases de nuestra apologética contemporánea en sus relaciones con el movimiento heterodoxo que simultáneamente se ha operado» (EMP 2-230, 31-VIII-1877).

Valera y Laverde trataron varias veces de sus diferencias confesionales, Valera con cierta curiosidad, Laverde con más afan de proselitismo. Contesta Valera al inocente Laverde que debía haber acusado recibo del apelativo de neo: «La calidad que yo no poseo, que envidio y que en Vd. resplandece, es cierta inocencia bucólica, inocencia que puede conservarse en Asturias, pero que yo he perdido entre esta cuadrilla de tunos estúpidos que hay en Madrid, y que hubiera perdido lo mismo en aquellos lugares de Andalucía, donde la gente, sobre ser estúpida y tuna, es más que aquí ruda y zafia. (...) He dicho lo de la inocencia de Vd. porque verdaderamente me maravilla el fervor y entusiasmo de Vd. en todo, y aunque no deseo que la pierda en lo sustancial, en ciertas cosas accidentales me alegraría de que Vd. la perdiese y así nos entenderíamos mejor. Yo no me opongo, ni disputo, ni trato de convertirle a Vd. a la no-creencia. La creencia que Vd. tiene quisiera yo para mí. Yo no he dicho que no me hagan gracia sus artículos de Vd. sobre instrucción pública por demasiado religiosos. Lo que digo y repito es que la Crónica de Ambos Mundos, aunque no es nada, quisiera ser algo, esto es, tener un color determinado, político y religioso, con el cual, si le tuviera, no casarían sus artículos de Vd. (...) En cuanto a la tesis que Vd. allí sostiene de que en España ha habido filosofía propia, en mis momentos de ilusión patriótica estoy con Vd., pero en mi estado normal sospecho mucho que siempre ha sido esta tierra tierra de garbanzos y no de filósofos» (EVL-15, 2-VIII-1860).

Ese mismo mes Laverde publica en el número 11 de la Crónica un artículo sobre Fox Morcillo (otro de sus temas recurrentes, como veremos), y es felicitado por un destino de 6.000 reales en Cuenca (que debió trocarse por otro en Madrid), obtenido a traves de Posada Herrera:

«(...) hallo que el Sr. Posada es un porcachón. En una nación como la nuestra, los hombres de talento verdadero (artículo que no está en el comercio, ni tiene precio, y no porque abunde como el agua y el aire), debían nacer todos con rentas propias para no verse obligados a tener destinos de 6.000 reales, mientras que tantos otros, brutos cuanto se puede ser bruto, los tienen de 50 y 60 mil. Bien pudiera, además, el Sr. Posada haber proporcionado a Vd. una cátedra, que era más propio para Vd. Yo soy una persona sin valimiento y hace cosa de un año o 14 meses que, merced a la bondadosa amistad de Moreno López, obtuve una cátedra de sustituto para un sobrinito mío, muy estudioso, de quien hoy justamente he recibido carta y el disgusto de saber que es krausiano, admirador de Sanz del Río y sabedor y repetidor de toda aquella gerigonza de desenvolvimientos totales y omnilaterales, por arriba, por abajo, por dentro y por fuera, por detrás, por delante y por el medio. (...) Tenga Vd., pues, cachaza, como yo la voy ya teniendo. (...) Traduzca algunos versos latinos, y como Vd. es muy español y muy católico, me atrevo a aconsejarle que ponga en rimas castellanas algo de Prudencío, poeta de primer orden, cristiano y compatriota nuestro, aunque ignorado de los más de los españoles. Darle a conocer ahora sería hacer un servicio a nuestra literatura. Si Vd. no tiene las obras de este poeta, yo se las enviaré por el correo en un ejemplar microscópico elzeviriano que tengo de ellas.
Su artículo de Vd. sobre Doña Robustiana está, como todo lo de Vd., muy bien escrito, salvo algunos atrevimientos de lenguaje de los que yo no me atrevo a hacerme cómplice aprobándolos, como, por ejemplo, el verbo sensibilizar. Al hablar de Dn. Juan Nicasio Gallego, incurre Vd., a mi ver, en una contradicción nacida de su mucha bondad, pues le llama al principio uno de los mayores líricos del mundo, y luego, a poco, dice, como es verdad, que el tal canónigo, tumbón y libertino, no entendía de cosas de sentimiento, esto es, que tenía por corazón una patata, lo cual, según yo me explico las cosas, es incompatible con la calidad que Vd. le presta, harto generosamente, de ser uno de los mayores líricos. El artículo, por lo demás, repito que me parece muy bien y a pesar de su grande amor de Vd. hacia la patria y las poetisas, no trata a éstas sino con justicia, aunque blandamente» (EVL-18, 25-VIII-1860).

Desde el verano de 1860 hasta comienzos de 1863 vive Laverde en Madrid –de donde pasará a Lugo como catedrático del Instituto– un período en el que Laverde y Valera no necesitaban, obviamente, escribirse. Por la mención que Valera hace en 1861 a los planes de Laverde, en su crítica al proyecto de «Biblioteca Selecta de Autores Antiguos Españoles que escribieron en lengua latina y árabe desde la dominación romana hasta el siglo XIV de nuestra era» (que anunciaba Luis García Sanz, como complemento a la Biblioteca de Rivadeneyra, que cubría desde la formación del lenguaje hasta nuestros días), deducimos que Campoamor había alcanzado en esta época la categoría de complice: «¿Quien sabe si más tarde, animados por el buen éxito de la empresa del señor Sanz, llevarán a cabo los señores don Ramón de Campoamor y don Gumersindo Laverde Ruiz la de publicar otra biblioteca que complete y termine la de Rivadeneyra y la de Sariz, y en la cual se coleccionen las obras escogidas de nuestros sabios y filósofos posteriores al siglo XIV? ¿Quién sabe si Lulio, Vives, Suárez, Soto, Foxo Morcillo, Huarte, Valcárcel y tantos otros varones doctísimos volverán a ser populares en España? Para ello, más que publicar todas sus obras, convendría dar de ellas lo más selecto traducido en castellano, hacer una buena clasificación de las escuelas filosóficas que en España han florecido, y escribir el extracto y la crítica del sistema de cada autor, a la cabeza de lo que de sus obras se traduzca y se dé nuevamente a la estampa.»

Campoamor, Nocedal y Valera propusieron en 1863 a Laverde, ya catedrático en Lugo, y fue elegido, como Académico correspondiente de la Española. Ese verano, los dos amigos, Valera y Laverde, uno en Doña Mencía (Córdoba), el otro –a punto de casarse con Josefa Gayoso– suponemos que en Nueva o Lugo, leen a Feijoo:

«Coincidimos a menudo en aficiones. Yo también entretengo aquí mis ratos de ocio, que no son pocos, leyendo al P. Feijoo (...). Yo soy de la misma opinión que Vd. respecto al Padre Feijoo y creo que los franceses, los alemanes o los ingleses hubieran cacareado, ponderado, aquilatado, explicado, demostrado y difundido su extraordinario mérito por todos los ángulos de la tierra. Aquí una nueva edición de Feijoo arruinaría al editor. Si a los autores a quienes se desea levantar estatuas, se les quieren quemar las obras, ¿qué han de querer hacer con las mías, de cuyo autor nadie ha imaginado jamás que merezca ni siquiera un retrato en fotografía?» (EVL-23, 6-VII-1863). [65]

Sugerimos que quizá sería de interés profundizar en el influjo que Josefa Gayoso, señorita de Lugo, pudo tener en el comportamiento social-ideológico de su novio primero y marido después. Laverde, cuando informa a Valera de su futura esposa, la define como modesta y retirada, y por la respuesta de don Juan podemos extraer lo que ambos esperaban de su señora: «Puede que esté Vd. ya casado. Si es así, lo celebro en el alma, le deseo mil felicidades y me dispongo a imitarle. Tengo novia formal allá en mi provincia [Córdoba]. La he buscado también entre las modestas y retiradas, y es más que probable que el cura de Lucena nos eche la bendición dentro de pocos meses. Mi novia es lucentina y se llama Magdalenita. ¡Ay, ay, ay, qué regalo! Vd. hallará inverosímil que yo me case: pero, amigo, me voy poniendo viejecillo y quiero retirarme a buen vivir.» (EVL-24, 30-VIII-1863.) Valera no logró imitar entonces a Laverde. Vuelto de París de enterrar a su cuñado el Mariscal Duque de Malakoff, se lamenta cuando felicita a Laverde: «Celebro infinito que haya Vd. tenido un vástago con toda felicidad. Casi tengo envidia. Yo rompí con mi novia de Lucena y me parece que no me casaré nunca. Los sobrinos, que son muchos, suplirán la falta de hijos, y luego como nada tengo que dejar a mis hijos, ni que transmitirles, sino mala suerte, peor humor y pobreza, me consuelo algo de mi esterilidad» (EVL-38, 8-VII-1864).

Laverde, casado y catedrático en Lugo, olvida un tanto sus ansias por la filosofía española y publica versos y cuentos. Valera piensa en llevarlo a Madrid («Si me dura este turrón, que lo dudo, haré por traérmele a Vd. al ministerio de Fomento», EVL-41, 24-X-1864), le felicita por sus trabajos («He recibido y he leído con sumo placer el Almanaque asturiano que supongo que Vd. me ha remitido. La gratitud del nubero es un cuento muy bonito y es lástima que no escriba Vd. otros en el mismo género», EVL-42, 25-XII-1864) y procura vender su libro en Lugo («Supuesto que el mencionado editor hace bien el comercio de libros, le agradecería que me tomase siquiera veinte ejemplares de mis Estudios críticos. Aquí están en venta a 24 reales ambos tomos. Yo se los daría a 16 y pagaría el porte. Estos 320 reales me ayudarían a pagar el gasto de la edición, y además lograría yo que mis artículos se difundiesen y leyesen», EVL-43, 3-II-1865).

En febrero de 1865, tres años antes de que fuera expulsada definitivamente de España, la reina Isabel Il tiene el rasgo de ceder a la nación española las tres cuartas partes de la venta de los bienes de la Corona y a la villa de Madrid el Buen Retiro, para que fuese convertido en jardín público. Castelar publicó su famoso artículo en La Democracia («El Rasgo», 25 de febrero) y el gobierno de Narváez no tuvo otra ocurrencia que destituir a don Emilio de su cátedra, desencadenando los sucesos que culminaron el 10 de abril, la noche de San Daniel. La Real Academia Española, el 3 de marzo, a propuesta de Aureliano Fernández-Guerra, Manuel Cañete y Manuel Tamayo, acordó abrir un certamen literario extraordinario, para que la institución no permaneciese indiferente ante el rasgo. A la par los poetas se organizan para ofrecer un álbum o corona poética a la reina, como muestra de agradecimiento. Valera escribe el 21 de marzo (EVL-45) a Laverde instándole a colaborar; éste, que ya debía estar enterado, le envía a vuelta de correo una Oda, y Valera, que duda si como correspondiente tiene derecho a presentarse al concurso de la Academia, le explica las circunstancias del Certamen (con premio) y del Album (ad honorem): «Creo que debo indicar a Vd., para que se decida, las ventajas de ambas cosas. Si la Oda va en el Album, Vd. aparece más desinteresado y, sobre todo, la Oda va de seguro. Si entra Vd. en el certámen, puede ganar 4 o 6.000 reales, pero también puede quedar desairado, no porque haya odas mejores, sino por mal gusto o parcialidad de los Académicos. En fin, Vd. decidirá, en el supuesto siempre de que un Académico correspondiente pueda competir, de lo cual me informaré pasado mañana» (EVL-46, 4-IV-1865).

Laverde envió por correo su Oda al certamen de la Academia, seguramente por si a Valera se le olvidaba el encargo: «No se habla en estos días sino de los sablazos y tiros y palos con que el lunes fue domado el monstruo de la anarquía, armado de pitos» (EVL-48), «Ya estaba yo copiando la oda de Vd. para remitirla a la Academia, hoy que cumple el plazo, cuando supe que V. se me había adelantado, remitiéndola desde ahí (...) Lo que sí voy haciendo con afición, aunque despacio, es la crítica de Lo absoluto, de Campoamor. Ya van publicadas cuatro cartas que deseo no parezcan a mal. (...) Muchas ganas tengo de ver la crítica de Lo absoluto por Mateos. El Reino empezó ayer a publicar una bastante larga por un tal Rute. En el Peninsular de Cádiz ha salido otra en defensa de Campoamor e impugnándome. Es su autor el Sr. Vidart, oficial de artillería» (EVL-49, 2 mayo 1865).

La Oda a Isabel II que escribió Laverde (encabezada con el lema «Virtus, recludens immeritis mori / Coelum, negata tentat iter via. Horat.») no obtuvo ni el premio ni el accésit, sí una simple mención honorífica, que le costó no pocos cabildeos a Valera,{29} y la gloria de ser publicada: «Dó la musa de Píndaro y Herrera? / ¿Dó está que, arrebatada, en canto suave, / El vuelo de la luz sobrepujando, / Tu nombre eleve a la celeste esfera, / Magnánima ISABEL?... Oh lira mia! (...)».

Las relaciones de Laverde con Valera sufrieron ese año cierto distanciamiento, provocado seguramente por lo liberal que se muestra Valera desde su nuevo puesto diplomático en Francfort,{30} que se manifiesta en marzo de 1866:

«No sé yo qué le hecho a Vd. para que así se desvíe de mi amistad y rompa la correspondencia epistolar que tanto tiempo hacía seguíamos. No tengo más que un remordimiento de conciencia, a saber, que mis cartas deben ser menos divertidas que de costumbre y menos interesantes de lo que debiera esperar un filósofo como Vd. de otro semi-filósofo que escribe desde el mismo centro de la docta y filosófica Alemania. Pero lo cierto es que en la vida he pasado el tiempo menos literaria y menos filosóficamente que ahora (...) No sólo no escribo, sino que no leo siquiera. Me voy embruteciendo. No hago más que comer, dormir, jugar, charlar y manosear unas entrepiernas femeninas» (EVL-59).

Mientras Valera manosea homburguesas, Laverde, en Lugo, ha cuajado ya la idea de publicar un libro que reúna sus ensayos y artículos dispersos, vuelve a pensar en unos Anales de Filosofía Ibérica y se escribe con Luis Vidart Schuch, el curioso capitán de artillería, destacado en la represión de los motines revolucionarios en las calles de Madrid, que ese mismo año de 1866 publicaría su interesante libro La Filosofía Española. Indicaciones bibliográficas.{31} Incluso parece haberse ofrecido como intermediario para conseguir del frívolo Valera un prólogo para ambos libros: «La noticia y prospecto de la publicación de los Ensayos de Vd. me ha traído grande contento. Yo me complacería y honraría en ponerles prólogo; pero me asusta mi pereza y no quiero retardar la publicación por el empeño de hacer una cosa que acaso no haga. Estoy torpe, enmohecido; acaso no acierte a escribir aunque quiera. Sin embargo, haré lo posible por escribir a Vd. en estos días una carta a propósito de los dichos Ensayos y, si a pesar de la vaguedad con que trataré de ellos, acierto a definir bien al carácter literario de sus obras de Vd., podrá Vd. si quiere publicar dicha carta como prólogo de los Ensayos, lo cual me será muy grato. No prometo la carta porque dudo de mí. Me siento estéril e incapaz. También me alegraría yo de prologar la obra de Vidart, mas para esto necesitaría leerla y mi prólogo no merece el extravío de enviarme aquí la obra toda en prueba y el retardo que se seguiría en la publicación. En fin, sobre todo esto Vd. hará lo que guste, seguro de que la voluntad es lo que menos me falta. Debo advertir, sin embargo, que la voluntad mía vale poco, tiene poquísima fuerza. Así pues, si Vd. quiere que yo prologue o prologuice, fije un plazo y si dentro de él no he mandado los prólogos, no cuente con ellos. Esos Anales de la filosofía ibérica me parecen una excelente publicación y deseo que se lleven a cabo. Vd. es un hombre más trabajador que yo, dotado de más fe y de más perseverancia y es una lástima que no emplee constantemente tan buenas y envidiables calidades» (EVL-60, Francfort 3-IV-1866). Valera acepta escribir los dos prólogos: «(...) llevo la vida más frívola y empecatada que he llevado nunca. Vengan, con todo, esos artículos de Vd. y los fragmentos de la obra de Vidart y yo procuraré escribir ambos prólogos con los cuales me honraré muchísimo» (EVL-61, 26-IV-1866), pero el libro de Vidart aparece, con fecha en la Advertencia de 6 de agosto, sin prólogo alguno, con varias citas de artículos de Laverde y un juicio muy meritorio de Valera (Laverde publicó en La Abeja Montañesa ese año una amplia crítica al libro de Vidart, luego recogida en los Ensayos, págs. 328-392).

El libro de Laverde tardó más en aparecer que el de Vidart. En diciembre, Valera felicita a Laverde por un nuevo hijo («Doy a Vd., a pesar de la envidia, la más cordial enhorabuena por el nuevo fruto de bendición que Dios le ha enviado, como me dice en su carta del 14 que acabo de recibir. Digo a pesar de la envidia, porque la tengo de los bien casados, y si encuentro por ahí muger que me convenga, imitaré a Vd. para no estar envidioso» EVL-68, 18-XII-1866) y reitera su disposición a poner el prólogo a los Estudios o Ensayos críticos, y en enero insiste: «Nada me dice Vd. de si adelanta la impresión de sus Estudios críticos. Mucha gana tengo de verlos impresos y de ponerles un prólogo lo mejor que yo sepa y pueda» (EVL-69, 5-I-1867).

Pero Laverde, seguramente falto de dineros que enterrar en la edición, demora la publicación del libro y calma su inquietud con otros menesteres: «Por su carta de Vd. del 9 veo con gusto y con gratitud que insiste Vd. en querer ausiliarme en mis trabajos sobre Feijoo. Ya formaré el plan de mi Estudio y se le remitiré para que me ayude. Por lo pronto, y si Vd. tiene vagar para ello, dígame qué filosofía primera tenía, en su sentir, el famoso benedictino y los textos de sus obras en que Vd. apoya su aserto. ¿Era, a su parecer de Vd., escolástico, o se le había [67] comunicado algo del cartesianismo, o del sensualismo, que tanta consideración lograba en su época en Inglaterra y Francia? Creo que debe Vd. mandar pronto a la Academia el catálogo que ha formado de voces de Nueva. La Academia le agradecerá mucho. Debo advertirle que hay en la Academia un diccionario asturiano, compuesto por Caveda. Llega solo hasta la S, pero se espera que Caveda le termine (...) Siento que ande Vd. con esos molestos temores al imprimir sus Estudios críticos. Estoy seguro de que va a ser un libro interesantísimo y de muy amena lectura» (EVL-70, 15-I-1867).

Valera insiste («¿Y sus Ensayos críticos de Vd., cuando salen? No se olvide Vd. de que debo ponerles el prólogo» EVL-72, 6-III-1867), aun cuando es pesimista en cuanto al interés que puedan suscitar cuestiones filosóficas («Acabo de recibir los dos ejemplares del artículo El neopriscilianismo que leeré con gusto. No se le daré a leer a nadie porque no creo que hay en Madrid una sola persona de cuantas yo conozco a quien se le importe un bledo de que un escritor de Galicia largue desatinos o no los largue, ni de nada que huela a filosofía o literatura. Me encanta su candor de Vd. y le envidio. Yo no creo que aquí importe ya a nadie nada la vida del espíritu» EVL-73, 12-III-1867). Laverde mientras tanto ha pensado mezclar en su libro ensayos con versos («Muchas ganas tengo de ver esos artículos de Vd. coleccionados y más aún con el aditamento de las poesías» EVL-74, 14-III-1867) y sigue insistiendo en que Valera escriba sobre Feijoo («El libro sobre Feijoo, si llego a escribirle, irá dedicado a Vd. Escríbame Vd. y cuénteme cosas de por ahí, sobre todo de su persona. ¿Cómo van esos Ensayos críticos que tanto deseo ver?» EVL-76, 20-IV-1867).

En el verano de 1867, aunque Laverde lleva lenta la edición de sus Ensayos parece avanzar en el intento de convertir a Valera en el ejecutor de sus planes. Valera, por ejemplo, motivado por los planes de Patricio de Azcárate, escribe ardoroso a Laverde: «He visto el prospecto de la Biblioteca filosófica de Azcárate y creo que debe ser recomendada, aunque no da lugar en sus libros a ningún filósofo español. Creo que importaría que incluyese, si no traducciones completas, extractos de las obras de Vally, Foxo-Morcíllo, Luis Vives, Lulio y otros. Aquí, en España toda, se lee poquísimo, pero ya se irá leyendo si nos coligamos bien todos los que escribimos y excitamos a la lectura. Mucho hay en España que hacer. Todo está inexplorado, virgen, inculto: filosofía, historia, ciencias y hasta literatura. 50 mil proyectos de publicaciones me hierven en la cabeza: pero soy tan flojo! Menester sería que nos ayudásemos todos y nos animásemos mutuamente. Me parece que España ha menester, para revivir y volver a ser grande, el que la hagamos salir del desmayo intelectual en que está sumida. Ninguna revolución sería tan benéfica como la de levantar aquí, a fuerza de trabajos y desvelos y sacrificios, el nivel de la instrucción y de los entendimientos. Moralmente y, enseguida, políticamente se mejoraría con esto nuestra sociedad» (EVL-82, 6-VI-1867); y unos días después:

«La Biblioteca filosófica que piensa publicar el Sr. Azcárate me parece bien, aunque la traducción de Platón, por donde va a empezar, no llegue a estar hecha directamente del griego, ni procurando conservar, en castellano, aquel primor de estilo, aquella elegancia ática y aquella gracia del original (...). Si yo no fuese tan flojo, haría con mucho gusto lo que Vd. me dice de traducir y comentar los filósofos judíos españoles, si bien el Kusari, traducido por Rabí Avendaña, aunque lleno de hebraísmos, si bien dice el traductor que le traduce por estilo fácil y claro, y León Hebreo, a quien el Inca Garcilaso tradujo, no solo no han menester nuevas traducciones, sino que sería pecado no reproducir estas antiguas, y raras en el día. Mi trabajo sería, principalmente, hacer una buena historia (Introducción) de la Filosofía hispano-rabínica. Esto me seduce, pero no quiero prometer nada, porque mi desidia es superior a mi buena voluntad, y el tiempo se me va como un soplo. He tenido el propósito de escribir y publicar en La Epoca una serie de artículos sobre la Filosofía en España, donde hablaría extensamente de todas nuestras ideas, del libro de Vidart y del plan de Azcárate. Esto no puede decirse que ha quedado solo en proyecto, pero ha sido más vergonzoso. He escrito dos cuartillas y se acabó. Me alegro de saber que llegan a término los Ensayos de Vd.» (EVL-83, 18-VI-1867).

Laverde, sin duda confiado en el interés que muestra Valera, sobrevalora el alcance de su influencia e intenta dar un nuevo paso, el de reconducir espiritualmente a Valera. La ocasión se la ofrece don Juan desde París, quien confiesa: «Si yo tuviese la fe religiosa que Vd. tiene, ya me hubiera metido fraile, aquí [en Francia] o en Italia. Este sería el mejor modo de concluir mi vida: pero, desgraciadamente, cada día soy más racionalista: cada día me parece más pasado, más increíble, más inaceptable el catolicismo. (...) Ayer comí en el Café inglés con Emilio Castelar y luego estuvimos juntos en el teatro. Está más republicano que Robespierre y más tonto que Pichote» (EVL-84, 4-VII-1867). No conocemos la que suponemos edificante carta de Laverde, pero sí la respuesta de Valera, diáfana y cruda ante los interesados psicologismos religiosos del amigo: «En el alma agradezco a Vd. el interés vivo que me muestra y la buena calificación que hace de mi fastidio y malestar, llamándole hambre de Dios. No quiero ser hipócrita con Vd. Prefiero ser franco, aunque pierda mucho en su concepto. Yo no tengo hambre de Dios, sino hambre de dinero, de goces terrenales y de bienestar en este bajo mundo. El único mérito que hay en mí es el de no querer hartar esta hambre a costa de ninguna picardía, de ninguna humillación y de ninguna bajeza: pero, al mismo tiempo, la virtud sola no me satisface y por eso rabio y me lamento» (EVL-85, 8-VIII-1867).

Aunque Valera en julio se quiere meter fraile y en agosto gozar terrenalmente, en septiembre, vuelto a Madrid, ha dejado en París comprometida una novia de 18 años (él, que cumple 43) que le tiene atribulado porque debe antes romper con otra, madrileña. Su desánimo se traduce en acusación al catolicismo: «Vengo con ánimo de trabajar; aunque es inútil; a mi nadie me lee. Al hacer la mudanza, ha venido un carro enorme lleno de mis Poesías y de mis Estudios críticos, que como no los venda al peso para envolver cominos, no los venderé jamás. Esto descorazona, tiene uno que dudar de sí mismo y creerse un alcornoque, o dudar del país en que ha nacido. Yo dudo de ambas cosas, o por mejor decir, no dudo, sino tengo por cierto que yo valgo poco o nada como escritor, y que este pueblo es un pueblo peor que bárbaro, embrutecido y degradado, y ajeno a todo goce intelectual. No sé por qué vuelvo aquí. Tentaciones me asaltan a menudo [68] de vivir en Francia o en Alemania (...) en la corriente viva y fecunda del progreso humano. Nosotros nos apartamos de ella más cada día. ¿Y luego quiere Vd. que sea católico? Cada día es más profunda y firme mi convicción de que el exceso de catolicismo ha hecho de nosotros el deplorable pueblo que somos» (EVL-86, 24-IX-1867). La confianza con Laverde es grande, pues le hace complice de las cuitas amorosas (que sólo conocen su madre y hermanas) que le hacen volver a París, donde el amor («Todos los días tengo con la novia cinco o seis horas de pláticas tiernas y sin embargo, no me aburro. Este milagro es de muy buen agüero») no le impide repetir el constante «¿Cuándo salen los Ensayos críticos de Vd.?», ni compartir alegrías con Laverde: «Me he alegrado tanto como Vd. de la derrota de Garibaldi, pero por diverso motivo: me he alegrado porque ahora veo esperanzas de que la paz de Europa no se alterará. Por lo demás, el tal poder temporal sigue pareciéndome pésimo, y el ahínco con que le sostienen en Roma, impropio de una religión que se dice de paz, de abnegación, de humildad y de mansedumbre. En mi sentir, la única disculpa que tiene el Papa [Pío IX] es que es poco inteligente. Si no fuera así, no tendría disculpa su tenacidad que ha costado ya y que ha de costar aún mucha sangre y mucha riqueza. La tenacidad del Papa en este punto ha causado y causará más males que las mayores revoluciones (...)» (EVL-88,89, 8,16-XI-1867).

Las intimidades de Valera con Laverde en materia de creencias alcanzan su clímax en una interesantísima carta que escribe en vísperas de su boda con la joven gala:

«Cuando llegue esta carta a manos de Vd. ya estaré yo casado. Mañana, a las 12 del día, en la parroquia de San Pedro de Chaillot, a orillas del Sena (...) La gran cuestión de Roma me interesa mucho, como a todos los hombres que piensan. Tambien he leído algunos libros relativos a otra mayor cuestión que envuelve en sí la de Roma y todas. Vd. sabe que yo no soy indiferente en materias de religión. Soy tan apasionado como sujeto a dudas y vacilaciones, si bien me inclino al deísmo racionalista, al espiritualismo con la creencia en un Dios personal. Estas cosas, aún en vísperas de casarme y aún en vísperas de morirme, absorben y absorberán siempre mi atención. Creo que tengo, a mi manera, un espíritu profundamente religioso, si bien cada día me separo más, allá en el fondo de mi conciencia, de la religión católica. (...) Es más, doy por seguro que el porvernir del mundo no es de esta religión, si no se transforma y rejuvenece. Por lo pronto, se ha divorciado de la civilización: ha excomulgado el movimiento progresivo de la humanidad. Hablo claro con Vd. aunque le disguste y escandalice. La verdad antes que todo. Creo que esto no entibiará en manera alguna nuestra amistad. Cada uno podrá seguir adorando a Dios según su conciencia. Yo, además, en lo exterior, no pienso chocar nunca con las ideas más generales de un pueblo y, así como me caso católicamente, haré que mi mujer y mis hijos aparezcan como católicos. Tal vez importe que haya una religión positiva para los que no filosofan (...). Una de las razones que para casarme he tenido es que pienso dejarme de hacer una vida tan de sociedad como hasta aquí y dedicarme con energía y asiduidad a mis proyectos literarios. Si Dios me da salud, espero que se realicen. Voy a ver si escribo algunos libros, no uno solo, y lo mejor que pueda» (EVL-90, París, 4-XII-1867).

Comienza el año 1868 y Valera (que ha descubierto que «de casado pierdo aún más el tiempo que de soltero, acompañando, mimando y aún consolando a mi mujer», EVL-92) comunica a su amigo la inminente aparición de la Revista de España, que va a publicar el gaditano José Luis Albareda, en la que cuentan con su colaboración:

«Sólo le encomiendo que no toque la política, pues no me parece que Vd. es, ni le conviene ser, siendo empleado de este Gobierno, del color político que nosotros. Escriba Vd., pues, de literatura o de filosofía, sin pecar tampoco mucho por lo archi-católico, para que su tono de Vd. no disuene del nuestro. Vd. ya comprenderá lo que con estas pocas palabras quiero significar, y no entenderá tampoco que nosotros vamos a ser muy racionalistas. (...) ¿Por qué no escribe Vd. un artículo sobre las tradiciones paganas y mitología que aún se conservan en Asturias y Galicia? ¿Por qué no escribe Vd. otro sobre el dia