La Revista Universitaria
Madrid, 30 de diciembre de 1856
 
Segunda época, número 12
páginas 183-187

Filosofía ibérica

Gumersindo Laverde Ruiz

Introducción

«La filosofía, dicen sus adversarios, es altamente perniciosa; nunca ha servido más que para engendrar utopías, para preparar revoluciones: en su nombre han sido echados por tierra monumentos venerandos, instituciones seculares: ella ha traído las sociedades al borde del insondable abismo que amenaza tragarlas.» Cierto es que a la mala dirección del espíritu filosófico en algunas épocas, deben los pueblos muchos sangrientos trastornos, la Iglesia muchos días de amargura, muchas calamidades [184] el mundo. Pero la misma grandeza del abuso demuestra bien elocuentemente la excelencia del objeto abusado. Además, ¡cuánto no exceden a los males los beneficios que ha reportado a la santa causa de la verdad, del progreso y de la civilización! Todos los conocimientos adquiridos por el hombre en su larga peregrinación al través del tiempo y del espacio, ¿habrían llegado nunca a constituir verdaderas ciencias, si la filosofía no les hubiese dado forma y espíritu, bautizándolos con el sacramento de la unidad? Sin el proceder filosófico que a su desenvolvimiento aplicaron los grandes doctores y teólogos cristianos, ¿fuera todavía la revelación misma otra cosa que un conjunto de ideas y de doctrinas, faltas de trabazón y de enlace visible? Y en suma, ¿de dónde recibieron su impulso originario los grandes movimientos intelectuales de que ha sido teatro el mundo, sino de la mente de los grandes filósofos, de Platón y Aristóteles, de San Agustín y Santo Tomás, de Bacon y de Descartes, de Kant y de Cousin, de Balmes y de Gioberti?

Mas se añade: «El siglo XIX está por lo positivo, no gusta de especulaciones abstractas. ¿Qué nos importa el árbol, si recogemos su fruto?» ¡Que nuestro siglo es de positivismo y de materia! Démoslo por cierto: esa sería en todo caso su condenación. ¿Habrá de amoldarse, empero, la «Instrucción pública,» que es reina, no esclava, a las tendencias de los tiempos, en vez de dominarlas y dirigirlas, por mas que estas sean reconocidamente deletéreas y perturbadoras? ¿Creéis, por otra parte, poseer ya todos los frutos de la filosofía? ¡Error craso! ¡Presunción funesta! ¡Cuántas ciencias en flor aun, que si dejáramos de regar ese tronco se marchitarían! ¡Cuántas obras elaborándose silenciosamente en sus entrañas, que nunca llegarían a salir del estado de gérmenes en que ahora se encuentran! Las mismas que hoy alcanzan ya su completo desarrollo, ¿pensáis que tardarían mucho en languidecer y corromperse, una vez privadas de la savia invisible que las produjo y alimenta constantemente?

«El genio español,» se suele alegar también como razón justificante del hecho que venimos censurando, «no es a propósito para las elucubraciones filosóficas; por eso España apenas ofrece en toda la prolongación de su historia, ninguno de aquellos pensadores de primer orden en quienes toman principios o se sintetizan los grandes periodos, las revoluciones trascendentales de la ciencia; ninguno de esos puntos de vista, altos y despejados, desde donde el historiador puede seguir con reflexiva mirada las inmensas corrientes de ideas que se han sucedido, apareciendo y desapareciendo, chocándose y repeliéndose, amalgamándose y armonizándose continuamente en el vasto océano de la inteligencia humana.» Pero tal razón ¿éslo realmente? ¿Son ciertos los datos en que estriba? Autoridades muy notables pudieran traerse en su corroboración.

El sabio alemán F. Schlegel, cuyo elevado y juicioso entusiasmo por las cosas de nuestra patria es bien conocido, sienta, no obstante, que «solo en la filosofía no puede España ostentar tantos nombres ilustres como Italia, Alemania o cualquiera otra nación; y propiamente hablando, debe decirse que no posee en esta parte ningún grande escritor.»{1} En igual sentido se expresa Larra pintando la literatura española de los siglos XVI y XVII, su época más floreciente: «Imaginación toda, debía prestar más campo a los poetas que a los prosistas; así que, aun en nuestro siglo de oro, es cortísimo el número de escritores razonados que podemos citar.»{2} Viardot asegura que «tanto en religión como en legislación y política, no presenta obra alguna de filosofía.»{3} García Luna en su Manual de historia de la filosofía; Azcárate en las eruditas Veladas sobre la filosofía moderna, que hace pocos años publicó la Enciclopedia de Mellado; en resumen, casi todos los autores, así nacionales como extranjeros, que este punto tocan, convienen en lo mismo; la filosofía, según ellos, siempre ha sido planta exótica en España. ¡Qué más! Hasta un ministro de la corona, distinguido literato por otra parte, en una discusión de las últimas Cortes constituyentes, dijo: «Aquí no hay filósofos, como no hay Cervantes en Alemania.»

Nosotros, sin embargo, nunca podemos convencernos de semejante opinión: desde un principio la rechazó nuestro espíritu, como adivinando instintivamente su inexactitud. Así que, impulsados por la actividad juvenil que nos consumía y por el patriótico anhelo de hallar pruebas a ese confuso presentimiento, comenzamos cuatro años hace a estudiar esta materia, consagrándole no escasos desvelos, con un entusiasmo que las amarguras de la vida no han podido apagar todavía. A medida que penetrábamos en aquel campo enmarañado; a cada paso que dábamos en tan áridas exploraciones, nos íbamos confirmando más y más en la idea que nos estimulara a emprenderlas. El horizonte se dilataba inmensamente; unas figuras se engrandecían; otras nuevas se levantaban de la noche del olvido, y mil raudales de luz, brotando de sus frentes, venían a alumbrarnos los misteriosos caminos seguidos por el espíritu humano en su marcha y evoluciones hacia el infinito. Pero al mismo compás crecía también la conciencia de nuestra debilidad, el sentimiento de nuestra pequeñez, hallándonos cada vez más incapaces de realizar el atrevido proyecto que concibiéramos de escribir una historia de la filosofía española, hasta que al fin, aunque con harta pena hemos venido a abandonarle, en la esperanza de que, llamada hacia tal asunto la atención del mundo sabio, no faltarán bien cortadas plumas que se dediquen a ilustrarle, y aprovechen la suma [185] copia de riquezas que ofrece a la especulación crítica; que es verdaderamente triste comparar el estado de este género de estudios entre nosotros, con el que alcanza en los demás países de Europa, especialmente en Francia y Alemania. Mientras sus más oscuros filósofos de los siglos pasados son allí objeto de doctas discusiones y de extensos trabajos analíticos; mientras allí son restauradas con todas las ventajas de una escogida erudición y de una forma agradable las producciones más insignificantes de la ciencia patria, en España yacen cubiertas de polvo en las bibliotecas innumerables obras, grandes entre los más grandes monumentos de la doctrina y del pensamiento, a quienes ni una memoria académica, ni siquiera un discurso inaugural se ha consagrado.

¿Quién piensa en darnos a conocer el espíritu y representación humanitaria de Séneca, colosal personificación del mundo pagano bañado por los primeros resplandores del cristianismo; de Paulo Orosio, que discurriendo sobre las temerosas cuestiones del libre albedrío y de la gracia, en medio del agonizante imperio romano, levantó los ojos al cielo con inmensa tristeza y presintió la ley providencial de la humanidad; de San Isidoro de Sevilla, la inteligencia más culminante de la edad gótica, suma y compendio en sus Etimologías de cuanto saber se conservaba sobre el mar de barbarie e ignorancia que había inundado a la Europa? ¿Dónde el libro que nos guíe en el estudio de aquel animado y fecundo comercio de ideas, que revolviéndose en choque constante y trasmigrando del Norte al Mediodía, del Oriente al Occidente, de los árabes a los judíos, de unos y otros a los cristianos y vice-versa, hallaron sucesivamente su encarnación y su palabra en Thofail y Averroes, Maymónides y Aben-Hezra, Alfonso el Sabio, R. Lulio, Arnaldo de Villanueva, R. de Sabunde y Fernández de Córdova, &c., &c., egregios precursores del renacimiento, poderosos focos donde por misterioso concurso se venían a reflejar simultáneamente la Biblia y el Corán, Platón y Aristóteles, el Escolasticismo y la Cábala, poniendo de relieve todos los grandes problemas relativos a Dios, al hombre y al universo? ¿Cuál es el historiador que haya trazado el vario y magnífico cuadro de la filosofía española en los siglos XVI y XVII, de cuyo agitado fondo se destacan, descollando a inmensa altura, al frente del universal movimiento de las inteligencias, Vives y Suárez, Francisco Sánchez y Gómez Pereyra, el Brocense y Fox Morcillo, Huarte y doña Oliva de Sabuco, Nieremberg y Caramuel, Quevedo y Gracián, &c., &c., &c., sabios reformadores de los estudios, teólogos y metafísicos profundos, eruditos y sutiles antropólogos, penetrantes moralistas y libres publicistas, que, ya partiendo de las verdades reveladas, ya desentrañando los tesoros de la antigüedad clásica, ora encumbrándose en alas del propio genio y de la observación, ora concurriendo a las ardientes polémicas trabadas por todas partes de un confín al otro de Europa, en concilios y universidades, en monasterios y academias, abrían nuevos y amplios derroteros a la infatigable actividad del pensamiento humano, por donde, andando el tiempo, Bacon, Groot, Descartes, Bossuet y Gall subirían al templo de la inmortalidad? ¡Cuánto oro no tenemos abandonado y sin beneficiar en los escolásticos, de aquellos comentadores aristotélicos, tan despreciados como poco conocidos por los modernos filosofantes! ¡Qué de puras nociones y de sublimes conceptos en los tratados ascéticos y místicos de Granada y de Rivadeneira, de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, en quienes el espíritu y la vida aparecen bajo un aspecto especial, revestidos con el prestigio sagrado de la idea de lo infinito y de lo eterno.{4}

Mas ¡qué extraño, si el mismo siglo XVIII y el primer tercio del presente apenas trascurrido todavía, en que Feijóo, Ceballos, Alméida, Hervás y Panduro, Juan Andrés, &c., bien combatiendo las preocupaciones vulgares y el degenerado peripato, bien dando entrada en la Península al espíritu baconiano y cartesiano, estos saliendo animosamente al encuentro del desbordado enciclopedismo impío y revolucionario, remontándose aquellos a las esferas de la abstracción, y discurriendo desde los abismos de la naturaleza humana hasta las augustas profundidades de la increada esencia; armonizando unos la fe y la razón, escribiendo otros instituciones filosóficas para la enseñanza elemental, escolásticas en la forma, si en el fondo eclécticas, venían todos por distintos caminos a ensanchar prodigiosamente el círculo de nuestras ideas, y nos volvían a poner en contacto con la civilización general de Europa… qué de extraño tal incuria, decimos, si una época como esa de transición y de lucha, tan próxima e interesante, se halla poco menos oscura para nosotros que la de Alcuino y Carlo-Magno! ¡Y luego se asegura muy gravemente: «España no es país de filósofos; la filosofía es planta exótica en España»!

Laudables son los esfuerzos que muchos contemporáneos nuestros han hecho y hacen, a pesar del empirismo inoculado en la enseñanza, por poner a la debida altura en España los conocimientos filosóficos, distinguiéndose entre los ya fenecidos, Balmes, cuyas obras y las de Donoso Cortés corren con aplauso todo el orbe civilizado, mas si bien el mérito intrínseco de estos trabajos raya muy alto, si bien es innegable su provechosa influencia en la dirección de los entendimientos, creemos que carecen de una circunstancia, importantísima en las actuales condiciones de nuestra sociedad, para que puedan servir por sí solos de punto de partida a las futuras [186] disquisiciones del genio español, al desarrollo y progresión de una gran era científica. ¿Qué circunstancia es esa? La que falta en el día a la mayor parte de las cosas de España, lo mismo a la legislación que a las ciencias y a las artes: el reanudar el pasado y el presente; el poner en correspondencia el movimiento contemporáneo con la tradición de los siglos anteriores, no solamente en el orden puramente lógico, sino también en el de las manifestaciones históricas. Separados de ellos por el abismo de la revolución, tumba de tantos abusos y de tantas grandezas, y aislados enfrente del porvenir, hemos buscado en extraños horizontes un astro que nos guiara a sus playas desconocidas, y sólo hallamos cometas que, errantes al acaso en la inmensidad, arrastraban en su desenfrenada carrera a los deslumbrados espíritus, dejándolos caer luego en el horrible vacío del escepticismo. También nosotros participamos de ese vértigo; también hemos sufrido esas terribles decepciones. Tiempo es ya, pues, de que recogiéndonos en nosotros mismos, y reconcentrando cuantos destellos de sabiduría, cuantos gérmenes de perfeccionamiento nos legaron nuestros antepasados, comencemos a preparar la gloriosa era de esplendor y prosperidad a que está abocada la Península ibérica. Por lo que hace a la filosofía, que debiendo ser el alma de la Instrucción pública, debe serlo asimismo de toda acción progresiva y civilizadora, varios son los medios que para este fin pueden excogitarse, los principales a que se subordinan los demás, correspondiéndose y completándose recíprocamente.

Es el primero la formación de una Academia que tenga por principal objeto fomentar en España los estudios filosóficos, poniéndonos al corriente de cuanto en la materia se piense y se escriba en el mundo, y elevándonos en nuestra propia conciencia y en la de los otros pueblos al puesto que nos corresponde en los anales de la ciencia, a cuyo fin deberá: 1º publicar una Biblioteca de filósofos españoles en lengua vulgar, con noticias biográficas y bibliográficas, anotaciones y comentarios, facilitando así la adquisición y estudios de sus obras a los amantes de esta suerte de conocimientos, acompañada de un gran periódico que le sirva de complemento, abierto a toda discusión, a todo escrito filosófico, y en que se den extractos y juicios críticos de cuantas obras de algún valor en esta línea salgan a luz, así dentro como fuera de España; 2º abrir certámenes anuales con premios para los discursos o memorias en que mejor se aprecien y expongan, bien las producciones individuales, bien las expansiones generales del pensamiento nacional; y 3º confeccionar una obra que reasuma los resultados parciales de sus tareas, abarcando la universalidad de la ciencia y comprendiendo además en cada capítulo la historia internacional de la cuestión de que trate, es decir un compendio de los raciocinios y opiniones acerca de ella emitidos por los escritores españoles que la hubiesen tratado: obra a la que deberá preceder una extensa introducción histórico-crítica sobre nuestra filosofía, siguiéndola en sus fases y desenvolvimientos sucesivos, ya considerada en sí misma, ya en sus relaciones trascendentales con la marcha general de la humanidad. No escaseamos tanto como vulgarmente se presume, de elementos para un cuerpo de esta naturaleza; abundan entre nosotros hombres de talento que tributan a la Filosofía sincero y aprovechado culto, ilustrados catedráticos, oradores elocuentes, distinguidos escritores, dignos representantes de las diferentes escuelas que pugnan por el imperio de la inteligencia y del mundo, argumentos vivos contra los que sienten ser antipática la Filosofía al genio español.

Aunándose todos en la Academia cuya fundación proponemos; condensando en su crisol lo pasado y lo presente; chocando principios con principios, opiniones con opiniones; vivificando y dando así vuelo a tantas ideas en incubación, llegarían a formar en torno suyo una generación joven y estudiosa que seguiría sus huellas entusiasta, en la noble esperanza de entrar un día a sucederles y prolongar gloriosamente su creación en los tiempos venideros.

¿Podremos esperar con alguna confianza la realización de estos deseos, que son los de cuantos, dando significación elevada a la Instrucción pública, anhelan ver en ella, no la aglomeración empírica de elementos incoherentes sino un todo armónicamente combinado, un sistema racional traducido en ley, una ley transformada en hecho?

¿Llegará pronto el día en que tengamos una Filosofía propia, filosofía nacional; que, animada con el aliento de tantas generaciones sabias, resplandezca sobre nuestro horizonte en medio de las ciencias, como el sol en medio de los astros, disipe las sombras que las envuelven, los comunique su íntimo vigor, las levante del polvo en que se arrastran, y llevándolas en pos de sí concertada y majestuosamente por los siglos, ciña a la frente del pueblo español inmensas coronas de bienandanza y de gloria?

Todo pronostica que sí. La sociedad buscando entre convulsiones la fórmula de su existencia; la juventud tanteando ansiosa mil varios caminos para penetrar los arcanos de la vida universal; todas las doctrinas en crisis, todos los espíritus en fermentación, ¿no son indicios bien claros de esa evolución suprema de nuestra civilización? ¡Que los que puedan concurran a realizarla!

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Alentados por la benévola acogida que en muchas personas ilustradas encontró el anterior escrito, merced sin duda más que a su mérito literario, a las aspiraciones de que era eco y al espíritu que le animaba, vamos a comenzar hoy, aunque exigua e irregularmente por no sernos posible otra cosa, la realización parcial de los deseos allí expresados, siempre despiertos en nuestro espíritu.

Bajo el epígrafe de Filosofía Ibérica, iremos dando en las columnas de esta Revista una [187] serie de artículos diversos, así biográficos como expositivos, ya críticos, ya bibliográficos, ora en una forma, ora en otra, sobre los filósofos peninsulares de todos los siglos en que los encontremos y razas a que pertenezcan, según cuadre mejor, sin sujetarnos a un orden metódico indeterminable a priori.

No se nos oculta lo grave de nuestro empeño, y las dificultades con que habremos de tropezar para poder llevarle adelante con los escasísimos recursos de que disponemos; pero el amor al objeto de nuestros trabajos es tan profundo e intenso, que ante él todos los obstáculos nos parecen livianos.

Contamos, además, con no encontrarnos solos en esta patriótica tarea. El profesorado español, que tantos hombres sabios cuenta, conoce bien la sublimidad de su misión, y no faltará a ella seguramente. Traiga, pues, cada cual su piedra. La Providencia suscitará el arquitecto que haya de levantar el monumento.

Gumersindo Laverde Ruiz.

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{*} Con tal epígrafe nos proponemos publicar una larga serie de artículos, muchos de los cuáles existen ya en nuestro poder, y cuyo objeto es estudiar el espíritu filosófico de los escritores peninsulares más notables, así españoles como portugueses, lo mismo antiguos que modernos. Creemos que el asunto no puede ser más interesante, y que nuestros constantes favorecedores verán con gusto esta nueva sección que abre La Revista al entrar en el segundo año de su existencia. Nuestro ilustrado amigo y colaborador el Sr. Laverde, a quien cabe la honra de haber iniciado el pensamiento, se encargará de realizarlo en parte; y no en balde espera que otros, amantes de las glorias patrias, le prestarán el necesario auxilio en una empresa tan difícil, porque tenemos ya dispuestos para su próxima publicación algunos trabajos de este género debidos a catedráticos y reputados escritores. (Nota de la Redacción.)

{1} Historia de la literatura antigua y moderna, cap. X.

{2} Obras completas, tomo III, pág 79.

{3} Estudios sobre España. No se concibe cómo hubo español que tradujera una obra semejante, en la que puede decirse que hay tantos absurdos como párrafos, y caso de traducirla, cómo no le puso algunas notas que la hicieran tolerable.

{4} Ya comprenderán nuestros lectores que en esta rápida reseña no podemos descender a pormenores, ni hacer mérito mas que de las grandes figuras; y aun de esas omitimos muchas. Léanse, entre otras mil las obras de Casin, de Castro, de Nicolás Antonio, de Masdeu, &c., donde suenan los nombres de centenares de filósofos españoles mahometanos, judíos y cristianos.

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