| El Basilisco, 2ª época, nº 15, 1993, páginas 49-81 | |||||
| La evolución filosófica e ideológica de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias (1908-1979) Pelayo García Sierra Oviedo | ||||||
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Reconstruyamos con cierto detalle los pasos que dieron lugar a la constitución de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias y sigamos la evolución filosófica de quienes la impulsaron hasta su desaparición en 1979; advirtiendo que en el presente trabajo introducimos la distinción de cuatro etapas por las que, a nuestro juicio, fue desarrollándose la AEPC en función de las tendencias filosófico-ideológicas que la acompañaron en el curso de su dilatada historia. |
| inicio / >>> Primera Etapa de la AEPC (1908-1927)Constitución Los pasos que dieron lugar a la constitución de la AEPC fueron relativamente simples y rápidos lo que, sin embargo, no impidió su buena acogida y éxito.{8} La idea, largamente acariciada por sus promotores, cristalizó en muy poco tiempo, mostrando la oportunidad y coherencia que con las necesidades del momento significaba su constitución. De hecho, en el primer Congreso (celebrado en la ciudad de Zaragoza del 22 al 29 de octubre de 1908) destaca el carácter general previsto para tal reunión, carácter que desbordaba por completo (de ahí su originalidad y éxito) las anteriores Asambleas científicas que habían tenido lugar en España. En efecto, estas Asambleas habrían [51] congregado a ingenieros, abogados, naturalistas, &c. por separado; sin embargo, los Congresos de la AEPC se diseñaban para reunir por vez primera, en única convocatoria, abogados, filósofos, matemáticos, naturalistas, militares, médicos, ingenieros, físicos, &c. La concurrencia de las personalidades más destacadas (pero también de jóvenes entonces desconocidos) de todas las disciplinas científicas hizo despertar un gran interés en toda España por esta iniciativa. El carácter más amplio y general de la nueva institución se debió a Segismundo Moret y Prendergast (el que fuera primer Presidente de la AEPC) quien, enterado por Luis Simarro (entonces Presidente de la Real Sociedad Española de Historia Natural, cuya labor para la constitución de la Asociación será decisiva, y destacado por su vinculación a los sectores políticamente más radicales y progresistas) de la celebración de un Congreso Nacional de Historia Natural, a petición, ante la Junta directiva de Madrid de aquella Sociedad, de la Sección establecida en Zaragoza, para conmemorar el Centenario de los Sitios de la ciudad, concibió la idea de otorgar un carácter más amplio a la Asamblea, surgiendo, de este modo, la oportunidad esperada para fundar una Asociación Española para el Progreso de las Ciencias cuyos precedentes se encontraban en las Asociaciones similares existentes en Inglaterra, Suiza, Francia, Alemania, EE.UU., &c. El 2 de enero de 1908, fue convocada una reunión, celebrada en el Ateneo Científico, Artístico y Literario de Madrid, bajo la presidencia de Segismundo Moret (que presidía precisamente el Ateneo desde 1895), en la que participaron varios representantes de distintas instituciones (Academias, Centros docentes, Sociedades científicas, Laboratorios, Prensa política y noticiaria) y en la que se declaró formalmente constituida la AEPC siendo designada por Moret una Comisión –compuesta por dos militares: Víctor María Concas (ex Ministro de Marina) y Leopoldo Cano (General de Estado Mayor); y por dos profesores: los Catedráticos Luis Simarro y José Rodríguez Carracido– que debía redactar los Estatutos rectores de la naciente Asociación. Esta Comisión redactó los Estatutos en poco más de un mes, de suerte que el 23 de Febrero se celebró, también en el Ateneo, otra reunión en la que fueron provisionalmente aprobados los Estatutos de la Asociación,{9} y se tomó el acuerdo de celebrar el primer Congreso en la ciudad de Zaragoza, ajustándose a la fecha en que se conmemoraba el Centenario de los Sitios. En esa misma reunión se constituyó el Comité ejecutivo de la Asociación y, días más tarde, se designaron las Secciones para organizar el primer Congreso –entre los Presidentes, Vicepresidentes y Secretarios de las distintas Secciones destacaron por la intensa actividad llevada a cabo para constituir la AEPC los siguientes: José Muñoz del Castillo, José Rodríguez Mourelo y Blas Cabrera de la Sección de Ciencias Físico-químicas; Manuel Benítez (General del Estado Mayor), José Echegaray y Cecilio Jiménez Rueda, de la Sección de Ciencias Matemáticas; Manuel Antón, Blas Lázaro y José Gogorza, de la Sección de Ciencias Naturales; Gumersindo Azcárate, como Presidente de la Sección de Ciencias Sociales; Julián Calleja, de la Sección de Ciencias Médicas; y Leonardo Torres de Quevedo, Enrique Losada, Juan Flores, Lorenzo de la Tejera y Juan Castro Valero, de la Sección de Aplicaciones. Entre los vocales del Comité ejecutivo destacaron: José Rodríguez Carracido, Ignacio Bolívar, Carlos María Cortezo, Gabriel Maura Gamazo, Ricardo Codorníu, Luis Marichalar (Vizconde de Eza), Angel Pulido y Luis Simarro–.{10} Poco después, se constituyó el Comité local de Zaragoza bajo la dirección de Paulino Savirón. Además, se constituyeron otros Comités regionales: en primer lugar el de Barcelona con Luis Mariano Vidal (Inspector del Cuerpo de Ingenieros de Minas) a la cabeza; luego, el de Salamanca que presidiría Miguel de Unamuno gracias a la mediación de José Gogorza quien, por entonces, se encontraba en Salamanca (más tarde se constituyeron cinco comités locales: Zaragoza, Barcelona, Salamanca, Valencia y Granada). La organización de estos Comités regionales fue posible gracias a la intensa actividad de propaganda llevada a cabo por Luis Simarro quien, celebrado ya el primer Congreso, siguió trabajando para la constitución de otras Juntas regionales (las de Valencia, Granada, Oviedo, &c.). Destacado fue, asimismo, el papel desempeñado por las autoridades militares en la formación de la Asociación: la Asociación adquirió rápidamente el carácter de una tarea nacional y patriótica cuyo éxito en participación y difusión permitía abrigar la esperanza del resurgir español, tras los desoladores acontecimientos de 1898, en el panorama cultural y científico mundial. [52] Ya hemos dicho que la AEPC tenía como precedente las Asociaciones similares que existían en otros países. En este sentido, la constitución de la AEPC en España se hacía con un considerable retraso respecto de aquéllas. En efecto, la Asociación británica existía ya desde 1830, la alemana desde 1850 (si bien, limitada a la medicina y a las ciencias naturales), la francesa desde 1864 y la italiana desde 1890. Así lo pone de manifiesto en su «Discurso Inaugural del I Congreso» el Presidente de la Asociación, Segismundo Moret, quien, como allí mismo asegura, ya había concebido la necesidad, junto a Antonio Ríos Rosas (destacado por sus estudios en las llamadas Ciencias Morales y Políticas), de formar una Asociación Española para el Progreso de las Ciencias «antes de la Revolución», proyecto que, sin embargo, se había visto truncado por la inestabilidad política y civil del momento. La constitución de la Asociación se concebía ahora como un proyecto necesario, dada la brillantez de los resultados obtenidos por sus homónimas, sobre todo la inglesa y la alemana, pero también la francesa y la norteamericana. El principal objetivo que se perseguía con la creación de la AEPC era el de aunar y combinar «los esfuerzos intelectuales de los hombres que en España se dedican a la investigación científica, y que parecen escasos en número, porque se hallan diseminados y aislados, pero que resaltarán en todo su valer e importancia en el momento en que nos demos cuenta de la cantidad y de la calidad del poder intelectual que representan», nos dice Segismundo Moret en su «Discurso» de apertura del primer Congreso. El objetivo es, por tanto, poder reunir los resultados de las investigaciones que, aisladamente («robinsonianamente», «monolíticamente» dirá Ortega{11}) se producen en España, de suerte que puedan darse a conocer y puedan ser incorporados en un marco más amplio que permita apreciar, en su justa medida, el valor (tanto cuantitativo como cualitativo), de las investigaciones que los grupos, diversos y dispersos, realizan, en la medida en que la dispersión no permite ver ni calibrar la importancia e interés de los esfuerzos que, sin duda, se llevan a cabo en la investigación española. * * * Los objetivos están bien marcados: reunir a todos aquellos individuos o grupos de investigación de habla hispana;{12} servir de vehículo de comunicación y difusión de los resultados obtenidos por esos individuos o grupos; y combinar los esfuerzos y resultados obtenidos por los investigadores y ponerlos en contacto y relación con las investigaciones extranjeras. Estos objetivos conllevan la intención de una sistematización del saber científico, así como una frontal oposición a todo aquello que pueda servir de traba «al progreso de la ciencia». [53] Ahora bien, la importancia e interés de la Asociación no sólo se limita a los logros «internos» que, como tal, pueda alcanzar. Su importancia e interés sólo se entienden en la medida en que se constituye como expresión de una actividad de más alto rango que la envuelve y, sólo por ella, cobra sentido: la «ciencia misma». De ahí que la Asociación asuma, como uno de sus fines principales, la tarea de transmitir a la sociedad civil la gran importancia que tiene para una nación el cultivo de la ciencia. Por ello, la constitución de la AEPC está envuelta, a su vez, por categorías nacionales y patrióticas que, sin embargo, se subsumen en una idea de rango superior, a saber: la unidad de las naciones (de la humanidad) a través de la «Ciencia», en tanto que se constituye el único elemento capaz de conducir al progreso de la humanidad: «Para hacer conocer esa Ciencia, para popularizar sus descubrimientos, para animar a los que la cultivan, para poner en contacto al país con esos genios de lo porvenir, se constituye esta Asociación, se suman estos esfuerzos y se inaugura el escenario en que todos los años habrá de escuchar, quien por su patria se interese, el adelanto constante y el enlace continuo del pensamiento humano en sus relaciones con la Ciencia suprema y, de otra, con las necesidades de la existencia.»{13} Ahora bien, el hecho de que empresa tan importante, por el esfuerzo que exige y por las connotaciones a que conduce, se justifique en virtud de «la Ciencia», exige que nos detengamos a analizar qué se entiende por tal. O dicho de otro modo: exige una delimitación de aquellas disciplinas que puedan formar parte de eso que se llama «Ciencia» y que, por tanto, puedan formar parte de los temas susceptibles de ser tratados en el seno de la Asociación. El significado que los fundadores de la Asociación atribuyen al término Ciencia es el de «el estudio de la Naturaleza y de sus procedimientos, bien por medios experimentales, bien por la observación.»{14} Esta definición de «Ciencia» tiene por referencia una distinción clásica: la contraposición entre Ciencias Naturales y Ciencias del Espíritu (dualismo Naturaleza/Cultura). De este modo, las Ciencias del Espíritu quedan fuera del ámbito del estudio científico; éstas últimas irán ligadas a la imaginación, a la creación, mientras que las Ciencias de la Naturaleza se vincularán a la experimentación, la observación, relaciones causa-efecto, deducción de hechos, &c. Ahora bien, éstos dos grupos distintos de Ciencias, serán entendidos como dos facetas distintas, pero inseparables, en virtud de una unidad superior: la unidad del pensamiento y la unidad de la verdad (se supone que la verdad es única). Sin embargo, entre estas dos formas de saber existe una diferencia más importante aún: de las llamadas Ciencias de la Naturaleza se derivan unas consecuencias prácticas cuyo valor es mucho más importante para el hombre, en tanto que las aplicaciones que resultan de los conocimientos científicos (de los que se presume su neutralidad en la medida en que están «libres de todo prejuicio» porque su fundamento es la expresión de lo observado y experimentado objetivamente en la Naturaleza) conducen al desarrollo y mejoramiento del bienestar de la «humanidad». La «Ciencia», en la medida en que impregna todas las capas de la vida humana, en la medida en que constituye la única forma de saber capaz de conducir al progreso humano, deberá incorporarse a la educación, al aprendizaje de los jóvenes, sirviéndoles de guía para su conducta. En cualquier caso la constitución de la Asociación estuvo presidida por su carácter nacional y patriótico. Así se pone de manifiesto en los discursos leídos en la Sesión de Clausura del Congreso (a la que asistieron los reyes Alfonso XIII y María Victoria).{15} Ante todo en la alocución de José Marvá y Mayer (General de Ingenieros) quien, teniendo presente la vieja polémica sobre la ciencia española, alude constantemente a la recuperación, a través de la Asociación, del esplendor perdido con que, la ciencia española, había brillado en siglos pasados, sin perjuicio de que esa labor patriótica, en su desarrollo, pase por la incorporación y estrecho contacto con los demás países en los que se cultive la ciencia. Este carácter nacional y patriótico al que venimos haciendo referencia, se pone claramente de manifiesto en el último párrafo del discurso de José Marvá: «El Comité ejecutivo pone en mis labios sus anhelos de que esta naciente Asociación tenga vida próspera, para que pueda contribuir a que nuestra querida España brille con los esplendores de la Ciencia, cuyas divinas irradiaciones elevan el pensamiento a Dios, dan al hombre el primer rango de la creación, mueven la Humanidad hacia más altos destinos, conducen, en fin, los ejércitos a la victoria, los Estados a la cima del poderío y los pueblos al ideal de felicidad.»{16} Ese carácter patriótico y vindicativo también aparece en boca de José Echegaray (Presidente de la Sección de Matemáticas y encargado de resumir los trabajos presentados en dicha Sección en el Congreso de Zaragoza) quien elogia el «Discurso» leído por Segismundo Moret, aun cuando reconoce que, en cuanto a las matemáticas se refiere, en España «desde los árabes acá su pensamiento no ha marchado por los cauces de las Matemáticas puras», aunque, sin duda «España los dará [matemáticos], y este Congreso es más que una esperanza»;{17} y en boca de Santiago Ramón y Cajal (Presidente de la Sección de Ciencias Naturales) en cuya exposición de los trabajos presentados en las Secciones de Ciencias Naturales y Médicas, refiriéndose a la gloria pasada y a la posterior decadencia, dice: «Grande fue España en otros siglos por el caballeresco espíritu de aventuras y descubrimientos geográficos. [54] Mas los tiempos han cambiado. Ya no quedan Indias por descubrir. No desmayemos, sin embargo. Otras Indias más grandes, ricas y prestigiosas nos esperan... Todos podemos ser Colones de esta nueva España, con tal que aliente en nosotros, con la robusta voluntad de nuestros abuelos, intensa cultura, paciencia inquebrantable, patriotismo acendrado y sin desmayos. Aun a los más humildes nos será dado enriquecer la herencia de glorias de la raza hispana, si no con vasto continente, con modesto islote, donde, andando el tiempo, cuando la nueva verdad, la abstracta invención científica se encarne en aplicación industria, tendrá su nido una familia humana, acaso muchedumbre de conciudadanos, que habrán nacido al mágico conjuro de la Ciencia, como el Cosmos al excelso fiat del Creador. Y estas tierras y estas vidas, por la ciencia ofrendadas cual homenaje de amor en el altar augusto de la Patria, jamás nos serán arrebatadas, porque estarán eternamente grabadas en las páginas de la civilización y quedarán defendidas por la gratitud de la humanidad.»{18} La idea dominante, por tanto, fue la de una continua referencia a la decadencia nacional que debe superarse a toda costa; y la magnitud del Congreso hacía posible abrigar la esperanza de que la histórica decadencia pudiera ser superada por fin, no ya sólo en el terreno de las «Ciencias puras», sino también en el de las aplicaciones. La unidad de esfuerzos es considerada la única fórmula mediante la cual pueda España recuperar glorias pasadas: «A esto hemos venido; nos hallábamos diseminados y ahora nos vemos juntos para no separarnos más», dice Enrique Losada y del Corral.{19} Unidad de esfuerzos que debe sobrepasar el ámbito general de este primer Congreso, para penetrar en los casos particulares, es decir, en las diferentes Secciones; de ahí que Manuel Benítez Parodi proponga, en el Discurso inaugural del la Sección 1ª (Ciencias Matemáticas), estrechar los lazos de unión creando una «Asociación de matemáticos españoles», cuyo modelo sea la «Societé mathématique de France.»{20} La actividad fundamental de la Asociación giró en torno a la celebración de los Congresos, cuya periodicidad, en un principio, había sido concebida como anual. Sin embargo, pronto (a partir del IV Congreso, celebrado en Madrid en 1913) se adoptó la fórmula bienal. Se celebraron un total de 33 Congresos, y a partir de 1921 se estrecharon los contactos con la Asociación Portuguesa para el Progreso de las Ciencias (APPC), que celebró su primer Congreso, junto a la Española, en Oporto. He aquí la relación de los Congresos celebrados por ambas Asociaciones:
Principios filosófico-ideológicos La Asociación fue dividida en distintas Secciones, y, por el artículo 24 (capítulo III: «Organización de los Congresos») de los Estatutos de la Asociación esta división afectaba, asimismo, a la organización de los Congresos. Las Secciones en que fue dividida la AEPC fueron finalmente ocho:{21}
* * * Ahora bien, ésta no fue la distribución inicialmente prevista. En el Reglamento del Congreso de Zaragoza el número de Secciones es de siete: la Sección 2ª, «De Ciencias Astronómicas y Física del Globo», no figuraba en la relación inicial, sino que formaba parte de la Sección 1ª. La propuesta de creación de la nueva Sección partió del padre Ricardo Cirera,{22} siendo, posteriormente, aceptada por unanimidad en la Sesión plenaria del Congreso.{23} Ricardo Cirera pronunció, además, uno de los discursos de clausura del Congreso de Zaragoza, en el que, una vez más, se apela al resurgimiento de la Patria como factor determinante para justificar la creación de la nueva Sección: «el español testigo de estas exhibiciones internacionales del progreso científico, tendrá que haber sido presa de sentimientos diversos, pero al fin le habrá dominado, puedo salir garante de ello, un espíritu de aliento patriótico y de optimismo científico, que le habrá hecho creer, no sólo en la posibilidad, sino en la próxima realización del resurgimiento científico de nuestra amada Patria.»{24} El papel representado por los científicos españoles en estas «exhibiciones internacionales» mostraría el alto nivel alcanzado en España en esta materia lo que justificaba suficientemente la creación de la nueva sección. Es preciso señalar, además, que, en la distribución definitiva de las Secciones, se incorporaron a la Sección 6ª, «Ciencias filosóficas», otras dos disciplinas: las ciencias históricas y filológicas, a pesar de que, según se desprende del Discurso inaugural del Congreso de Zaragoza estas ciencias: Literatura, Historia y Filología, no podían formar parte del ámbito «estrictamente» científico al que pretendía ajustarse la Asociación, y ello porque éstas disciplinas pertenecen al reino de la conjetura, de la imaginación, mientras que las Ciencias de la naturaleza, cuyo estudio recae sobre la «Naturaleza y sus procedimientos», están fundadas en la observación, experimentación y en el establecimiento de relaciones entre causas y efectos, y (por ello) están presididas (frente a la Historia, la Literatura y la Filología) por una razón libre de prejuicios. Pero, sobre todo, conllevan una serie de aplicaciones prácticas (aplicaciones) que conducen al progreso de la humanidad.{25} * * * La que aquí venimos considerando primera etapa de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias (1908-1927), coincide, aproximadamente, con la que Elena Ronzón llama «etapa dorada» de la Asociación.{26} Durante esta etapa, fueron sucediéndose en la presidencia Segismundo Moret (1908-1913), José Echegaray (1913-1916), [56] Eduardo Dato (1916-1921) y José Rodríguez Carracido (1921-1928). En ella destaca el carácter gnoseológico que presidió los discursos de apertura y clausura de los Congresos y de las diferentes Secciones. Gnoseológico en el sentido de que se planteó y desarrolló una determinada concepción de la ciencia, que dio lugar a la división en Secciones y al espíritu general en torno al cual se agruparon una serie de científicos. Espíritu general que surgió del seno de la Academia de Ciencias (Echegaray, principalmente, Ramón y Cajal, Enrique Losada y del Corral, Julián Calleja, Manuel Benítez Parodi, Francisco de Paula Arrillaga, &c.), pero que, sin embargo, se iría perdiendo paulatinamente a medida que sectores más conservadores –provenientes como veremos de la Academia de Ciencias Morales y Políticas (Luis Marichalar, Eduardo Sanz Escartín, Juan Zaragüeta, José Gascón Marín, &c.)– se fueron haciendo con el control de la Asociación. Consideramos, pues, que la primera etapa de la AEPC se caracterizó por el dominio y control ejercido por los componentes más avanzados de la Real Academia de Ciencias, mientras que en una segunda etapa (1927-1940) el control de la Asociación pasaría a manos menos científicas, y también más reaccionarias, vinculadas con la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Los fundamentos filosóficos que prevalecían entre aquellos miembros más destacados de la Academia de Ciencias, y que, además, marcarían decididamente los primeros años de vida de la Asociación, en cuanto a la idea de ciencia se refiere, parten, esta es nuestra tesis, en su mayor parte, de las ideas positivistas puestas en circulación por Saint-Simon y Comte. Estas ideas habían encontrado una buena acogida entre los miembros de la Academia de Ciencias, y se ponen de manifiesto inmediatamente al observar que en la AEPC se adoptó, prácticamente en su forma original, la clasificación de las ciencias propuesta por Comte en su Curso de filosofía positiva.{27} Ante todo, en los Estatutos de la Asociación detectamos ideas claramente comtianas cuando se preconiza la necesidad de concienciar a la sociedad sobre el gran interés que conlleva favorecer el desarrollo científico. Para ello es preciso difundir la ciencia entre las clases populares, sobre todo a través de la educación, pero también a través de instituciones como la Asociación. La vulgarización de la ciencia entre las clases populares constituye pues, como lo fue para Comte,{28} uno de los principales objetivos que la Asociación se planteó,{29} de manera que la nueva educación científica conduzca hacia una nueva moral social. La alianza sugerida por Comte entre el nuevo «espíritu positivo» y el proletariado, fue ampliamente proclamada durante la primera etapa de la Asociación,{30} por cuanto se consideraba que el desarrollo científico conduce inmediatamente a la dignificación de la vida de las clases más desfavorecidas.{31} El discurso pronunciado por Segismundo Moret en la sesión inaugural del primer Congreso celebrado por la Asociación, constituyó precisamente una apología de la educación científica: «Pero esto, que se refiere a los dos objetos primeramente enumerados en el comienzo de este discurso, implica esa otra consecuencia a que antes he aludido, y que será a vuestros ojos, como lo es a los míos, la de mayor importancia y transcendencia: la necesidad de la educación científica. Esta es de tal valía que toda nación que quiera entrar en la lucha que hoy agita el mundo, debe prepararse por medio de la educación, que debe ser gradual y coordinada, pero encaminada siempre al [57] mismo fin; en primer término, procurando que los primeros años de la escuela den por resultado una educación científica tan completa como sea posible de los conocimientos universales y, después, en los años siguientes, transformando todos estos primeros elementos en un conocimiento profundo de la Ciencia misma, sobre los fundamentos de la 'observación y de la investigación'.»{32} A lo largo de la primera etapa encontramos asimismo un elemento característicamente positivista muy relacionado con el anterior: la continua apelación a la Ciencia como auténtica fórmula redentora de la Humanidad. Desde esta perspectiva se considera que el desarrollo de la ciencia en el seno de un país, redunda no sólo en su propio beneficio, sino en el de los restantes. Es preciso, dice Julián Calleja, generar una «Medicina Patria» para poder contribuir al «Progreso Mundial»;{33} pero la expresión más clara de lo que decimos la encontramos nuevamente en el discurso de Moret: «Yo pertenezco al grupo de los que luchan, de los que se esfuerzan por dar a los demás las condiciones en que puedan desarrollar su inteligencia, su genialidad, sus facultades todas, y para eso y como el más principal auxilio de ese progreso humano está la educación; no la educación vulgar de los principios elementales de todo saber, sino de la Ciencia aplicada a las relaciones de la vida; de la Ciencia como formación del espíritu y como guía de la conducta, como producto de la inteligencia humana y como aplicación de sus maravillosos secretos al bienestar, al progreso, al rescate de la humanidad sobre la tierra en que vive.»{34} Podemos afirmar por tanto que en el seno de la Asociación encontramos perfectamente definidas las principales ideas en torno a las que se entreteje el positivismo: Ciencia, Orden y Progreso. La ciencia contribuye a establecer un orden social en la medida en que la sociedad en su conjunto resulta favorecida por los productos que se derivan del cultivo de las ciencias positivas, poniéndola a salvo de cualquier eventualidad disolvente. Ahora bien, la influencia positivista no sólo se detecta a través de la presencia general de algunas ideas comtianas, sino también, a nivel particular, a través de los fundamentos filosóficos que determinaron la organización de la Asociación en las Secciones correspondientes. Comte consideró, apoyándose en unos principios filosóficos muy determinados,{35} que las ciencias fundamentales, es decir, las ciencias puras son: la matemática, la astronomía, la física, la química, la biología y la sociología. Estas ciencias serán fundamentales en la medida en que de ellas se derivan otras, que ya no serán ciencias, en sentido estricto, sino que serán sus aplicaciones. Comte estableció su sistematización de las ciencias siguiendo un orden riguroso que disponía la sucesión de las ciencias positivas según el grado de generalidad, simplicidad, concreción y complejidad de los fenómenos. De suerte que, aquellas ciencias que ocupan el primer lugar en la escala responden a un menor grado de concreción y, por tanto, a un mayor grado de generalidad y simplicidad de los fenómenos que estudian. A la sistematización de las ciencias fundamentales (las ciencias puras) dispuestas según ese criterio, seguiría otra sistematización que recogiese las aplicaciones (ciencias aplicadas), cuyos fundamentos se encuentran en las ciencias fundamentales:{36} «Así la Ciencia pura en el cielo del pensamiento, así la Ciencia de aplicación en el trabajo humano», dirá, siguiendo estos principios, José Echegaray en su discurso durante la sesión de clausura del primer Congreso.{37} No obstante, Comte admitió que ambas (las ciencias puras y las ciencias aplicadas) dependen unas de otras, y que aquéllas sólo pueden desarrollarse en virtud de sus aplicaciones: «Cette tendance spontanée à constituer directement une entière harmonie entre la vie spéculative et la vie active doit être finalement regardée comme le plus heureux privilège de l'esprit positif, dont aucune autre propriété ne peut aussi bien manifester le vrai caractére et faciliter l'ascendant réel. Notre ardeur spéculative se trouve ainsi entretenue, et même dirigée, par une puissante stimulation continue, sans laquelle l'inertie naturelle de notre intelligence la disposerait souvent à satisfaire ses faibles besoins théoriques par des explications faciles, mais insuffisantes, tandis que la pensée de l'action finale rappelle toujours la condition d'une précision convenable. En même temps, cette grande destination pratique complète et circonscrit, en chaque cas, la prescription fondamentale relative à la découverte des lois naturelles, en tendant à déterminer, d'après les exigences de l'application, le degré de précision et d'étendue de notre prévoyance rationnelle, dont la juste mesure ne pourrait, en général, être autrement fixée.»{38} Los organizadores de la Asociación, siguiendo estos principios, dividieron (como hemos dicho) la Asociación [58] en torno a ocho secciones: ciencias matemáticas; astronomía y física del globo; ciencias físico-químicas; ciencias naturales; sociología; ciencias filosóficas, históricas y filológicas; medicina; y aplicaciones. Como puede advertirse, las cinco primeras se corresponden con las ciencias fundamentales de Comte. La única diferencia importante la encontramos en la inclusión de las disciplinas que constituyen la Sección 6ª (filosofía, historia y filología); porque tanto la medicina (en tanto que ciencia aplicada de la biología) como las aplicaciones (aplicaciones de la matemática, física, química, &c.) se adecúan perfectamente a la concepción comtiana de la ciencia, en la medida en que, en tanto que aplicaciones, ocuparán el lugar más bajo de la serie jerárquica.{39} El carácter gnoseológico que preside, a nuestro juicio, esta primera etapa, se pone claramente de manifiesto (junto a la idea positivista de la ciencia) en los discursos de apertura de los Congresos, así como en los discursos de inauguración de las Secciones, la mayoría de los cuales, durante esta primera etapa, fueron pronunciados, precisamente, por los miembros de la Real Academia de Ciencias. En estos discursos puede apreciarse la ideología reinante en el seno de la Asociación; ideología marcada, en lo político, por el liberalismo, y en lo gnoseológico, por el positivismo, tal como pretendemos mostrar a continuación. La mayor parte de los discursos presentados a los Congresos que tuvieron lugar durante la primera etapa de vida a que venimos haciendo referencia, giran en torno a tres cuestiones fundamentales. En primer lugar, van encaminados a determinar las relaciones entre las ciencias puras (las ciencias fundamentales de Comte) y sus aplicaciones; en segundo lugar, se apela constantemente a la necesidad de favorecer y fomentar el estudio de las aplicaciones, como elemento indispensable para que se produzca el progreso de la nación; en tercer lugar, a favorecer el estudio de la ciencia en los planes de enseñanza (todo ello encaminado a superar la decadencia en la que España estaba inmersa desde hacía varios siglos). La primera caracterización general de la ciencia la encontramos en el discurso pronunciado por el Presidente de la Asociación, Segismundo Moret, en el que rechaza (como lo hizo Comte), explícitamente, la definición tradicional de ciencia, según la cual la ciencia es aquella forma de conocimiento que permite conocer los principios y las causas de las cosas.{40} Las disciplinas científicas serán teóricas, y de ellas se derivan unas consecuencias que las sitúa en un nivel más alto que aquéllas: sus aplicaciones. Las aplicaciones derivadas del cultivo de la ciencia pura determinan el progreso de una nación. Por ello, será fundamental, desde esta perspectiva, concienciar a todas las capas de la sociedad acerca de la necesidad de favorecer el cultivo de la ciencia. La ciencia, dirá Moret en la introducción al folleto publicado con motivo del II Congreso (que, por otra parte, recuerda las Cartas de Saint-Simon{41} en las que intenta convencer a las tres clases sociales sobre la necesidad de favorecer el cultivo de la ciencias positivas), es poder: «Asegurado ya, por lo tanto, el éxito de los futuros Congresos...conviene ahora extender el movimiento felizmente iniciado y hacerlo penetrar profundamente en la masa de la nación. Con este objeto requerimos el concurso de los que, dándose cuenta de la función social de la ciencia, se interesan por la cultura de la patria. No acudimos tan sólo a los miembros del cuerpo docente, en todos sus grados, y a las clases profesionales que...tienen por fundamento una educación científica, sino que apelamos también al interés de los productores, que utilizan las aplicaciones técnicas de las Ciencias en la agricultura, y en la industria, en el comercio y la navegación, y sobre todo recurrimos al amor patrio de todos los que anhelan para nuestro país una vida culta, que les coloque a la par de los pueblos más civilizados.»{42} [59] La perspectiva liberal entenderá, siguiendo los preceptos positivistas, que la ciencia es la redentora de la humanidad; la fe en Dios se sustituye (aunque no se niegue) por la fe en la ciencia: «Son los Congresos –dice Carracido– de nuestra Asociación remedos de un pentecostés en que el redentor espíritu científico ilumina los entendimientos y fortalece las voluntades para no cejar en la catequesis de la salvadora obra que ha de manumitir nuestra raza de la triste condición de servil copista, infundiéndole el noble anhelo de originalidad. Ya tienen las Ciencias su fiesta solemne en España, celebrándola, no con el vanidoso propósito de la exhibición de los que en ella toman parte, sino con el más transcendental de ejercer un influjo educador sobre todas las clases sociales, interesándolas en el fomento de los estudios que dignifican y mejoran la vida humana.»{43} En la misma línea que Moret (aunque con una construcción filosófica más elaborada) se encuentran sendos discursos pronunciados por José Echegaray Eizaguirre. El primero fue presentado al Congreso de Zaragoza, como resumen de los trabajos de la Sección de «Ciencias Matemáticas» (resumen al que, por otra parte, renuncia para centrar su discurso en la caracterización de las ciencias puras y las aplicadas, estableciendo las relaciones que las unen); el segundo sirvió de apertura al Congreso de Valencia (segundo de los celebrados por la Asociación), y constituye, en realidad, una prolongación del primero.{44} Echegaray (siguiendo los principios comtianos), en el primero de tales discursos, distingue entre las matemáticas puras y las matemáticas concretas. Aquéllas son eminentemente abstractas, y son creaciones ideales; y lo son en la medida en que no se encuentran en la naturaleza. Es decir, ni los números, ni las letras del Algebra, ni las fórmulas algebraicas, se encuentran tal cual en la naturaleza. Ahora bien, el carácter ideal de las matemáticas, no conduce a una ruptura total con respecto a la realidad, antes al contrario, en la matemática, en tanto que ciencia de la cantidad, se expresan las relaciones y leyes por medio de las cuales se rigen los fenómenos de la naturaleza. Las matemáticas son los símbolos por medio de los cuales se expresan las leyes naturales: «...los fenómenos del mundo material contienen todos ellos algo así como un factor, una categoría, que es la de la cantidad; y pues las Matemáticas entre otras cosas, estudian las leyes de la cantidad, natural es que las Matemáticas se apliquen aun siendo conceptos más abstractos, a los fenómenos naturales, es decir, a la realidad.»{45} A continuación y generalizando lo dicho sobre las matemáticas, Echegaray establece las características fundamentales de la ciencia: distingue entre la ciencia pura y sus aplicaciones. La característica fundamental de la ciencia pura, radica en que el científico busca, mediante su estudio, la verdad por la verdad, la verdad sin ningún fin utilitario, y la define como «el estudio de los hechos naturales y de sus leyes y de sus relaciones, sin ningún fin utilitario» (definición a la que Comte apeló cuando, refiriéndose a las relaciones entre las ciencias puras y aplicadas, hizo hincapié en que las ciencias teóricas poseen un valor más alto que el de servir de fundamento a las aplicaciones, a saber: el de satisfacer nuestro deseo por conocer las leyes que rigen los fenómenos).{46} Sin embargo, en un segundo paso, se derivarán una serie de resultados prácticos que redundarán en el bienestar social, y, sobre todo, en el bienestar del obrero, de modo que, dirá Echegaray, «la ciencia pura habrá sido el verdadero redentor del obrero.» La influencia comtiana es evidente, y se nos hace aún más patente cuando Echegaray (al que vamos a considerar el auténtico artífice de la organización de las Secciones de la Asociación) defiende la unidad de la matemática: «El matemático estudia los números enteros y después los números fraccionarios, y después los números inconmensurables, sin que en este proceso cada término niega el anterior, antes bien, lo afirma como caso particular. Y después, continuando la serie, crea las cantidades imaginarias en las que, como caso particular, están las cantidades reales, y después los cuaternios, que tampoco niegan las imaginarias ni las cantidades reales; antes bien, al afirmarse en sí cada una de estas unidades, afirma la existencia y las propiedades de los individuos o términos anteriores de la serie. Y cada unidad en Matemáticas, o si se quiere cada teoría, en vez de anular brutalmente las teorías anteriores y que le están subordinadas, reconoce todas sus propiedades y, por decirlo así, las ilumina, descubriendo nuevas propiedades antes no conocidas. La unidad superior en matemáticas es germen de nueva vida, no sentencia de muerte.»{47} O cuando defiende la unidad de la ciencia{48} (en virtud de la unidad del pensamiento){49} sin perjuicio de que admita la multiplicidad de las ciencias, en la medida en que la inteligencia humana, para poder comprender toda la realidad, necesita aparcelarla.{50} La multiplicidad de los [60] fenómenos observados y las relaciones de mutua dependencia que se dan entre ellos, hacen que surjan las diferentes ciencias. Lo ideal, sin embargo, sería poder reducir todos los fenómenos observados a un mínimo número de leyes, y éstas, a su vez, a una única y superior, aunque este ideal sea inalcanzable. Compárense en este sentido las palabras de Comte: «Je n'ai pas besoin de plus grands détails pour achever de convaincre que le but de ce cours n'est nullement de présenter tous les phénomènes naturels como étant au fond identiques, sauf la variété des circonstances. La philosophie positive serait san doute plus parfaites s'il pouvait en être ainsi. Mais cette condition n'est nullement nécessaire à sa formation systématique, non plus qu'à la réalisation des grandes et heureuses conséquences que nouv l'avons vue destinée à produire, il n'y a d'unité indispensable pour cela que l'unité de méthode, laquelle peut et doit évidemment exister, et se trouve déjà établie en majeure partie. Quant à la doctrine, il n'est pas nécessaire qu'elle soit une; il suffit qu'elle soit homogène. C'est donc sous le double point de vue de l'unité des méthodes et de l'homogénéité des doctrines que nous consiérons, dans ce cours, les différentes classes de théories positives. Tout en tendant à diminuer, le plus possible, le nombre des lois générales nécessaires à l'explication positive des phénomènes naturels, ce qui est, en effet, le but philosophique de la science, nous regarderons comme téméraire d'aspirer jamais, même pour l'avenir le plus éloigné, à les réduire rigoureusement à une seule.»{51} con las de J. Echegaray: «...la inteligencia humana cuando pretende abarcar el conjunto infinito de los fenómenos en su inmensa complicación y entrecruzamiento, necesita enfocar su atención en diversas direcciones; de suerte que dan en conjunto origen a Ciencias distintas, que son partes de un todo, indivisible en sí, pero que lo mezquino de los medios humanos desmenuza y desmigaja...Son muchas las fotografías, tantas como Ciencias; tantas como grupos de fenómenos distintos debieran ser. Reunirlas todas en una, fundir todos los hechos en unas cuantas leyes, y todas las leyes en una ley única y superior, sería formar la Ciencia Universal, la Ciencia Suprema; pero el hombre no es Dios y no puede hacer esto...Pero si el ser humano no puede abarcar el gran todo, ni puede reunir todas las Ciencias en una, acaso puede señalar rasgos que en todas ellas se reproducen. Y permitidme una comparación: El matemático más modesto, en un polinomio de muchos términos, sabe y procura sacar factores comunes, si los tienen, encerrando todos los residuos en un paréntesis. Por un procedimiento análogo, pueden sacarse factores comunes a muchas Ciencias; me atrevería a decir que a todas, que es un primer esfuerzo para llegar a la unidad.»{52} Dentro de este mismo espíritu general se encuentra el discurso pronunciado por Enrique Losada y del Corral (Vicepresidente de la Sección de Aplicaciones) quien, al hablar de las relaciones entre la ciencia pura y sus aplicaciones, señala (en sintonía asimismo con las ideas de Comte) que el progreso de unas y otras depende del apoyo mutuo que se presten. Enrique Losada lo expresa metafóricamente: «Los trabajos de los mineros y los labradores de la inteligencia no tienen valor alguno, si no se enlazan con los trabajos de los mineros y los labradores de la tierra; pero en cambio, por la unión de los unos y los otros, surgen la riqueza y la prosperidad, cuyo desarrollo debe, por lo tanto, buscarse en las Ciencias aplicadas. A esto hemos venido; nos hallábamos diseminados y ahora nos vemos juntos para no separarnos más.»{53} Los principios positivistas de Comte, que ponen en el estudio de las ciencias puras el elemento indispensable para que puedan desarrollarse los estudios prácticos, y por tanto, el progreso, los encontramos asimismo en el discurso inaugural de la Sección de «Ciencias Médicas» pronunciado por el Presidente de la misma, Julián Calleja Sánchez,{54} quien hace hincapié en que el estudio de las ciencias abstractas, es decir, las ciencia puras, constituye el fundamento para el posterior desarrollo de las aplicaciones, y que aquéllas contribuyen, de igual modo, al «Progreso real y positivo», en la medida en que la Ciencia pura «como lluvia benéfica riega y prepara la tierra para que los hechos fructifiquen». Espíritu positivista que se afianza cuando expone los fundamentos del progreso científico, y distingue entre los investigadores dedicados al estudio de los principios y las leyes, y «los modestos prácticos...convertidos en veneros inagotables de datos, donde los genios encuentran [61] uno de los fundamentos más firmes para sus lucubraciones, hallazgos y descubrimientos.»{55} Además, participa del ideal comtiano de la unidad de las ciencias en tanto que parten de un tronco único común, de suerte que cuando, en las Ciencias (positivas), se establezcan perfectamente las doctrinas, podrá alcanzarse una unidad tal que constituyan «la verdadera Filosofía» (la filosofía positiva, podemos sobrentender). Sin embargo, los principios filosóficos comtianos que, según sostenemos, subyacen a la división en Secciones de la Asociación, así como en esta primera etapa, se ponen más claramente de manifiesto en el discurso inaugural de la Sección de Aplicaciones, pronunciado por su presidente Francisco de Paula Arrillaga: «Permitidme, sin embargo, decir que el sentido utilitario de nuestra Sección no ha de ser proclamado, sino reconociendo antes que de la pura Ciencia, de la alta Ciencia, hemos de nutrirnos, y que a sus investigaciones nos hemos de consagrar, a la par y al mismo tiempo que a sus aplicaciones. Marcha siempre la Ciencia pura por delante de la obra técnica...Sin sólidos fundamentos científicos se puede ser diestro obrero, excelente contramaestre; no se puede ser ni mediano ingeniero. La decantada experiencia, como opuesta y contraria a la Ciencia, nada es, nada vale, ni de cosa alguna sirve, sin criterio científico con que apreciar lo observado y con que interpretar lo experimentado, a la manera que no aprovecha al ciego ser puesto a examinar los fenómenos luminosos.»{56} Además, niega la oposición teoría/praxis, en la medida en que ambas (la ciencia pura y la aplicación) se complementan mutuamente, dependen la una de la otra. El ingeniero (tomando ingeniero en un sentido muy amplio) es el individuo encargado de todas las aplicaciones que se derivan de las investigaciones de la Ciencia pura. Y en la medida en que esto es así, su labor repercute directamente en el trabajo del obrero. De este modo, el ingeniero (y por tanto, las aplicaciones) se nos presenta como el puente entre la Ciencia pura y el operario, en la medida en que contribuyen a mejorar las condiciones del mismo desde todos los puntos de vista: reducen el esfuerzo físico, mejoran el rendimiento físico, aumentan la producción, mejoran las condiciones higiénicas..), todo lo cual conducirá a la estabilidad social: «Directamente las aplicaciones de las Ciencias han concurrido a remediar muchos males, han difundido el bienestar y han logrado hacer menos grosera y penosa la vida del proletariado. ¿Es mucho persuadir a que contribuyan también a esparcir la caridad y el amor entre los hombres?»{57} Como vemos están continuamente presentes las ideas positivistas de orden, progreso, bienestar y estabilidad social (las citas anteriores, nos recuerdan el llamamiento de Comte hacia una nueva clase social, la de los ingenieros, como auténticos elementos de progreso). Sin embargo, la nota discordante respecto a la tónica general de esta primera etapa (que como hemos dicho se caracteriza por el liberalismo y el positivismo) vino por parte del vicepresidente de la Sección de «Ciencias Filosóficas», Eduardo Sanz Escartín, quien junto a Luis Marichalar, José Gascón y Marín, Juan Zaragüeta, irán haciéndose poco a poco con el control de la Asociación, tomando, paulatinamente, posiciones entre los cargos más importantes del Comité ejecutivo y de las diferentes Secciones; sobre todo, de las Secciones de «Ciencias Sociales» y de «Ciencias Históricas, Filosóficas y Filológicas». Sanz Escartín, en el discurso de clausura de la Sección de Filosofía del primer Congreso, introduce, interesadamente, una profunda distinción entre la materia y el espíritu.{58} De este modo, hace hincapié en que los trabajos de la sección de filosofía se caracterizaron por el predominio del espíritu, frente a, por ejemplo, las tendencias mecanicistas manifestadas en otras Secciones. Además, apoyándose en el idealismo platónico, Escartín critica precisamente a uno de los ponentes que trató de poner a un mismo nivel la Naturaleza y el Espíritu: «lo que en tales términos se afirma es la igualdad de categoría entre el Espíritu y la Naturaleza, entre lo espiritual y lo material. Este es, evidentemente, un juicio erróneo. El espíritu es, por definición, lo que hay de superior en el orden de la existencia.»{59} Nos interesa mucho resaltar esta «asintonía» de Escartín, porque la vamos a considerar un anticipo de la que será ideología dominante en la segunda etapa (y, para decirlo de una vez, hasta la disolución final) de la Asociación. Una ideología que propenderá (frente al positivismo) a dar mayor importancia a las «Ciencias del Espíritu» y de ahí que, como Escartín pone de manifiesto, la Filosofía [62] (una Filosofía muy cercana a la Teología), será considerada la ciencia suprema, la ciencia que debería encabezar, por tanto, toda jerarquización de los conocimientos humanos. Al apelar al resurgimiento de la patria, Escartín no habla ya, como venía siendo habitual, de la ciencia positiva, sino de la vida religiosa: «Si España ha de levantarse de su postración, si ha de ser un pueblo vigoroso y próspero, ha de renovar su vida religiosa en las fuentes perennes e inexhaustas de las enseñanzas de Cristo. En ellas está no sólo la verdad, sino también la fuerza.»{60} Estas palabras de Escartín contrastan totalmente con el tono positivista y progresista de los demás ponentes. El resurgimiento nacional, como hemos dicho, fue otra de las notas principales sobre las que se fundamentaron los discursos durante esta primera etapa. Un resurgimiento de la patria que pasaba necesariamente por el cultivo de las ciencias positivas. En efecto, perdidos en 1898 los últimos reductos de lo que había sido un gran imperio colonial, a España (como a Francia en tiempos de Saint-Simon, frente a Inglaterra) únicamente le restaba recuperar su prestigio internacional, político y económico, a través del elemento diferenciador que caracterizaba a las potencias europeas: el cultivo de la ciencia. De ahí la necesidad de una ciencia nacional, porque –dirá Moret– «la ciencia es la que determina la superioridad de las naciones».{61} De este modo España podrá convertirse en un poderoso Estado industrial (Santiago Ramón y Cajal{62}), para lo cual debe crearse una ciencia física española (Ignacio González Marti, Congreso de Sevilla, 1917{63}); una ciencia médica (Julián Calleja, Congreso de Zaragoza, 1908{64}); una ciencia matemática (Julio Rey Pastor, Congreso de Valladolid, 1915{65}); pero también logrará ser una potencia militar (José Marvá Mayer, Congreso de Valladolid, 1915{66}). Para ello, sin embargo, es preciso convencer a todas las capas sociales de la necesidad de favorecer los estudios científicos, porque la ciencia se convertirá en el redentora de la nación y, a través de ella, en redentor de las capas sociales tradicionalmente más desfavorecidas (los obreros). Por ello, es imprescindible dirigir la educación hacia los estudios científicos y, por tanto, favorecerla y orientarla, dotándola de los medios precisos para su desarrollo (Angel del Campo Cerdán, Congreso de Salamanca, 1923{67}). inicio / <<< / >>> Segunda Etapa de la AEPC (1927-1940)Si la que venimos considerando primera etapa de la AEPC se caracterizó (principalmente) por el predominio y control que en ella ejercieron los miembros de la Real Academia de Ciencias (cuya ideología hemos ligado al liberalismo progresista y al positivismo), en la segunda etapa nos encontraremos con que personajes ligados a sectores más reaccionarios (los mismos que abrazarían sin dudarlo la nueva situación impuesta tras el triunfo «nacional» de 1939), a medida que fueron falleciendo los ilustres académicos que favorecieron la constitución de la Asociación, fueron ocupando los lugares estratégicos que les permitió ir haciéndose con el control de la AEPC. La nueva orientación ideológica que acabó imponiéndose en el seno de la Asociación no se manifestó, como es natural, de manera drástica, sino paulatina. Ésta empezó a vislumbrarse a partir de 1923 (Congreso de Salamanca) y se hizo claramente manifiesta en 1929 (Congreso de Barcelona, [63] que dicho sea de paso, coincidía con la celebración de la Exposición Universal en ésta ciudad). En efecto, a pesar de que, tras la muerte de José Echegaray (1916), el conservador Eduardo Dato asumió la presidencia de la Asociación (hasta su muerte en 1921), aún se mantenían en los cargos más importantes los hombres que pertenecían a la generación positivista. Así, en 1918 aún encontramos a Amós Salvador, Luis Simarro, Leopoldo Cano, Angel Pulido, &c. En 1919, sin embargo, Luis Marichalar (Vizconde de Eza y que sería más tarde quinto presidente de la Asociación), quien figuraba en los últimos lugares entre los vocales del Comité ejecutivo, pasa a ser el cuarto vicepresidente; en 1922, ocupa ya el cargo de primer vicepresidente, observándose, además, que Rafael Altamira y José Gascón Marín aparecen ya entre los vocales, siendo, éste último, ya en 1924, vicepresidente junto a Luis Marichalar, Leonardo Torres Quevedo y José Marvá Mayer.{68} De este modo, nos encontramos ante una situación en la que de un predominio casi absoluto de la Academia de Ciencias se ha ido pasando poco a poco a un predominio de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, cuyo centro de operaciones se situó, principalmente, en las Secciones de «Ciencias Sociales» y «Ciencias Históricas, Filosóficas y Filológicas». Predominio, en éste último caso, favorecido incluso por algunos miembros de la Academia de Ciencias, como pone de manifiesto la propuesta de Obdulio Fernández quien «insinuó que a la Academia de Ciencias Morales y Políticas, corresponde por derecho la organización económica de industrias futuras, puesta de acuerdo con la de Ciencias exactas, físicas y naturales.»{69} Durante esta segunda etapa que distinguimos, la AEPC celebró cinco congresos: Cádiz (1927), Barcelona (1929), Lisboa (1932), Santiago de Compostela (1934) y Santander (1938), éste último denominado «Congreso del III año triunfal», en el que la Asociación, en boca de su secretario general, José María Torroja Miret, abraza con agrado la futura «Nueva España» que ya se vislumbraba en el verano de 1938: «En el corriente año de gracia de 1938, III de la era Triunfal de la nueva España, celebra la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias su XXX aniversario, siendo de este modo la primera entidad cultural privada que se lanza a celebrar un Congreso Científico –que para ella es el XV– en los albores del nuevo día que, bajo la égida bienhechora del Caudillo, Franco, amanece España.»{70} Torroja aprovecha, además, para solicitar el amparo del nuevo régimen que se avecinaba: «A nuestro invicto Generalísimo –retenido lejos de aquí, bien a su pesar, por ineludibles obligaciones de la guerra– me permito rogar tome una y otra [la Asociación y la Revista Las Ciencias] bajo su egregia protección, en la seguridad de que nosotros, los científicos de la retaguardia, seremos dignos de nuestros hijos, que en vanguardia han dado su sangre por España. Y que, como ellos, nosotros sabremos también cumplir nuestro deber.»{71} El abrazo al nuevo régimen se confirma cuando observamos la asistencia al Congreso de Santander de sendas delegaciones de los países que conformarían el eje nazi-fascista en la segunda guerra mundial. Así, como representantes del Gobierno del III Reich, asistieron Hans Heyse, profesor de filosofía de la Universidad de Gotinga y representante oficial del Ministerio de Ciencia y Enseñanza de Berlín; el Doctor Guillermo Pettersen, Agregado Cultural de la Embajada de Alemania en España, y Jorge Niemeier, Delegado Oficial de la Universidad de Münster (Westfalia) y profesor de Geografía en la misma. Como delegado en representación de Italia asistió Luigi Pareti (especialista en Historia Antigua). Además, para que nada faltara, señalemos la asistencia del Encargado de negocios del Japón y los embajadores de Alemania y Portugal. Sin embargo, el inicio de esta segunda etapa se produce en plena dictadura civil (el 23 de diciembre de 1925 se constituía el Gobierno civil tras dos años de gobierno de un directorio militar impuesto a raíz del golpe consumando el 13 de septiembre de 1923) de Primo de Rivera. Un mes antes de celebrarse el Congreso de Cádiz (mayo 1927) se resolvió el Consejo de Guerra contra los autores de la «Sanjuanada» (24 de junio de 1926), que había sido precedida de una serie de revueltas contra la designación de un titular para la cátedra de Unamuno en Salamanca. Revueltas que condujeron a la detención de Alvarez del Vayo (corresponsal de la La Nación de Buenos Aires), a la deportación a las islas Chafarinas del catedrático Luis Jiménez de Asúa y a la destitución de la Junta directiva del Ateneo de Madrid y su sustitución por otra más adicta.{72} Hemos considerado pertinente tomar el año de 1927 como inicio de la segunda etapa de la Asociación, porque, además de los cambios arriba señalados, en éste año se celebró el XI Congreso de la Asociación, en la ciudad de Cádiz. En este Congreso se da la circunstancia de que Luis Marichalar (que al año siguiente, tras la muerte de Rodríguez Carracido, asumirá la presidencia) pronuncia el discurso inaugural del Congreso. Un discurso en el que se pone de manifiesto el nuevo rumbo que la Asociación va a tomar a partir de entonces. Aquí, se produce un giro completo respecto a lo que en adelante se entenderá como verdadero cultivo y desarrollo de la ciencia en España. El discurso de Marichalar constituye una fundamentación del alma nacional, en un intento de recuperar (de modo interesado e ideológico, como interesada e ideológica fue la asimilación que se hizo desde estos años y luego con el franquismo, de la figura de Menéndez Pelayo{73} o, más tarde, de Ortega y Gasset) la figura de Adolfo Bonilla San Martín estableciendo las bases para la continuación [64] de su inacabado proyecto de una Historia de la filosofía española. El discurso de Marichalar consta de tres partes. La primera versa sobre El Alma Nacional en su brote y origen; la segunda, sobre Las características de nuestro pueblo y de la ciencia en él engendrada; la tercera, sobre el Deber de erección del monumento representativo del Alma Nacional.{74} (Un discurso que, por lo demás, marcará el inicio de la institucionalización efectiva en España de la «Historia de la filosofía española», según la tesis defendida por Gustavo Bueno Sánchez).{75} Esta segunda etapa se caracterizó, pues, por el rechazo y abandono de las ideas positivistas que habían marcado la pauta general en la primera etapa de vida de la Asociación. La crítica al positivismo y al liberalismo (en el ejercicio, aunque no tanto en la representación) se observa muy bien a través de la evolución que sufrió la Sección 6ª (Ciencias históricas, filosóficas y filológicas); Sección que, en lo que se refiere a la parte de la filosofía, fue, durante la primera etapa, escasamente atendida y aunque en la división original de las Secciones, la Sección 6ª, se denominó «Ciencias filosóficas» ya a partir del II Congreso (Valencia, 1910) se sumaron (según los acuerdos tomados en el primer Congreso) la historia y la filología. El escaso interés (durante la primera etapa) por las cuestiones filosóficas se pone de manifiesto no sólo ya por el número de estudios propiamente filosóficos publicados en los tomos correspondientes a las Actas de esta Sección, que en su mayor parte fueron históricos, sino por los cambios nominales que sufrió la Sección. Para apreciar más claramente los diferentes rótulos empleados para denominar la Sección 6ª, presentamos a continuación un cuadro en el que se observan muy bien las diferentes denominaciones que sufrió esta Sección en los diferentes Congresos celebrados por la AEPC. Como vemos, a partir del IV Congreso (Madrid, 1913), el término «filosóficas» (el tomo correspondiente a las Actas de los trabajos presentados a esta Sección durante el segundo Congreso no fue publicado) pasa a ocupar el segundo lugar dentro del sintagma nominal de la Sección, anteponiéndose el término «históricas». Esta situación se mantendrá (prácticamente) a lo largo de toda la segunda etapa –a partir de 1938 (Congreso de Santander) el término «filosóficas» volverá a ocupar el primer lugar dentro del sintagma nominal de la Sección– aunque la situación ya no es la misma que en la etapa anterior. En efecto, a partir del Congreso de Cádiz (1927) se creó una Subsección, dentro de la Sección 6ª, con el fin de otorgar carácter independiente a la filosofía y fomentar la presentación de estudios filosóficos. Así lo indica, por ejemplo, Rafael Altamira Crevea (presidente de la Sección) de quien, precisamente, partiría la propuesta [65] de crear esta Subsección: «la categoría de Sub-sección permitirá a los referidos estudios [los filosóficos] un funcionamiento autonómico, una dirección especial y, seguramente, una aportación de trabajos mucho mayor que hasta ahora, en que, sin duda, la mezcla con los históricos ha retraído a no pocos especialistas.»{76} Lo apresurado de esta decisión hizo que en este Congreso sólo se presentasen dos trabajos en la recién creada Subsección. Uno de Juan Zaragüeta sobre la Influencia de la Psicología en la comprensión y enseñanza de la Gramática, y el otro del padre jesuita Eustaquio Ugarte de Ercilla, sobre El racionalismo en la escolástica. Esta novedad no pasó desapercibida a la Enciclopedia Espasa, entre cuyo cuerpo de redactores tuvieron los jesuitas especial presencia, que al referirse a la actividad filosófica en España, da noticia (como hecho relevante a nivel nacional) de la creación de la nueva Subsección expresándolo en los términos siguientes: «Otro hecho a registrar es la creación, en el seno de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, a iniciativa de Juan Zaragüeta, de una Sección autónoma de Filosofía que actuó ya con tal carácter en el Congreso de Barcelona (1929) y en los siguientes de Cádiz, Lisboa, y Santiago de Compostela, ofreciendo la ocasión de establecer contactos fecundos entre los pensadores peninsulares.»{77} Las claves para entender el giro observado en el seno de la Asociación y constatado a través de su Sección 6ª, las encontraremos, nos parece, en el discurso pronunciado por Luis Marichalar que sirvió de apertura al Congreso de Cádiz (1927) y, con él, a la segunda etapa de la Asociación. En efecto, la ciencia española aparecerá ahora como expresión del alma nacional. Ésta, según Luis Marichalar, encarna las energías vitales de la patria y constituye el elemento cimentador del pueblo español, cuya unidad nacional viene determinada por la unidad geográfica, la cultura romana y la religión católica (mucho más que en la propia lengua) y cuyo embrión se encuentra en «los orígenes del condado de Castilla». Las manifestaciones del alma nacional vienen expresadas, en un primer momento, en la producción literaria del pueblo, en tanto que constituye el principio del edificio «donde se alberga, cobijado por la ciencia española, el espíritu, el hálito o el alma nacional.»{78} Las características del alma nacional se expresan perfectamente en el romancero y las producciones literarias populares a través de las que se ha forjado «una sola raza y una misma espiritualidad». De ahí la importancia que cobrarán los estudios realizados por Menéndez Pelayo (Historia de los Heterodoxos Españoles, La ciencia española, Historia de las ideas estéticas, Estudios acerca del teatro y la novela), en la medida en que permiten reconstruir los orígenes de un espíritu nacional que, posteriormente, en su evolución, alcanzará su máxima expresión en la filosofía y la teología, que surgen en el seno de la nación. En este sentido debe entenderse el interés de Miguel Artigas por recuperar el auténtico españolismo cuya referencia se encontraría en la obra de Menéndez Pelayo. En efecto, Artigas,{79} ensalza la figura de Menéndez Pelayo por su intensa labor destinada a demostrar, frente al antiespañolismo, el carácter ilusorio de la supuesta decadencia nacional. Como una parte importante de la actividad de Menéndez Pelayo, a este respecto, se había encontrado en la publicación de la Nueva Biblioteca de Autores Españoles (que pretendía dar un giro a la Biblioteca de Autores Españoles de Manuel Rivadeneyra a la que, según Menéndez Pelayo, le faltaba unidad) –la Nueva Biblioteca alcanzó, bajo la dirección de Menéndez Pelayo, 25 tomos (frente a los 71 que había considerado necesarios para completarla) quedando paralizada tras su muerte en 1912–. Artigas propone, como tarea propia de la «Nueva España» y con ella de la Asociación (recordemos que esta propuesta es lanzada en 1938 cuando las fuerzas nacionales estaban próximas a la victoria), la continuación [66] de la Nueva Biblioteca como una piedra más en la reconstrucción del gran edificio del espíritu nacional, «que es el único que redime a las razas y a las gentes», que pasaría (como así se hizo) por la fusión de las dos Bibliotecas (la de Rivadeneyra y la de Menéndez Pelayo). Los intereses de la AEPC ya no serán los mismos que los de la etapa anterior. Ahora ya no tendrá tanta importancia exigir el desarrollo y cultivo de las ciencias positivas, ni la reforma de los planes de estudio para favorecer los estudios experimentales que permitan alcanzar el desarrollo industrial propio de una nación moderna (sin perjuicio de que no se niegue la importancia de esto), sino que bastará con favorecer el desarrollo de aquellos estudios encaminados a poner de manifiesto lo propio y característico del alma nacional, del espíritu del pueblo español, cuyos rasgos aparecerán expresados en las obras filosóficas, teológicas y morales. Desde esta perspectiva, la filosofía y la teología (ya veremos como en la tercera etapa, que en general consideraremos como una prolongación de ésta segunda, la teología cobrará un papel preponderante frente a la filosofía en el seno de la Asociación) se considerarán las ciencias fundamentales, en tanto que, en ellas, el espíritu nacional halla su máxima expresión. La «conciencia colectiva o nacional» de un pueblo es la expresión de las ideas, sentimientos y voliciones, de las que brotan las diferentes manifestaciones culturales, propias y características de ese pueblo.{80} De una determinada conciencia nacional brotará, por ejemplo, un determinado pensamiento filosófico. De ahí la importancia de la labor encomendada al historiador de la filosofía, en tanto que se dirige a la «reconstrucción del proceso genético del pensamiento filosófico de un pueblo». Un pensamiento que es la manifestación del espíritu nacional de cada pueblo, y que se manifiesta, asimismo, a través de las obras poéticas, morales, políticas, &c., que permiten «descubrir el fondo común, el espíritu nacional» de un pueblo en cada época.{81} De ahí la importancia e interés que para España tiene la demostración definitiva de que no ha habido decadencia: «Y si a las obras morales y científicas dedicamos atención, veremos que entre las religiosas, ascéticas y místicas, las políticas y las canónicas, las filosóficas y morales, las científicas y eruditas, las jurídicas y forenses, las críticas y literarias e incluso las satírico-morales y burlescas, tenemos en España todo cuanto es preciso imaginar para que de derecho nos corresponda rango superior y puesto preeminente en la obra civilizadora encomendada sobre la tierra.»{82} Y menos aún que la presunta decadencia española (que fue tan pregonada durante toda la primera etapa) pueda achacarse a la perniciosa influencia ejercida por la religión católica. Desde esta perspectiva debe entenderse la creación (a petición del Obispo de Cádiz), en el seno de la Sección 6ª, de la Subsección de «Teología, Sagrada Escritura y Derecho Canónico» (cuyo precedente encontramos, una vez más, en el Congreso celebrado en Salamanca, en el que se intentó incluir una Subsección de «Ciencia Teológica» que comprendería la «Teología, la Sagrada Escritura y la Liturgia») en la que se aprovecha para criticar las doctrinas filosóficas que atentan (fundamentándose en las ideas de progreso y reforma) contra los dogmas de la Iglesia y cuyos fundamentos se encuentran en las ideas procedentes de la ilustración: «Reforma y progreso, fue el grito terrible y ensordecedor que, partiendo de los más bajos fondos de una sociedad pervertida por las doctrinas deletéreas de la Enciclopedia, intentó borrar de sobre la faz de la Tierra toda huella de Dios...Reforma, progreso, modernismo, es también el grito alarmante de nuestros días que a todas horas y en todo género de publicaciones se ha escuchado y aun se escucha.»{83} [67] Recuperada de este modo la añeja polémica sobre la ciencia española, el insigne prelado de la Catedral de Cádiz negará el conflicto entre la fe católica y la ciencia.{84} Desde esta perspectiva apologética se considerará que la Iglesia católica no obstaculiza en modo alguno el progreso de las ciencias imponiendo sus dogmas; no están éstos en contra, sino en armonía, con los principios de la recta razón y de la ciencia. Y ello porque las ciencias, cuyo estudio recae en las leyes que rigen el Universo, contribuyen a un mejor conocimiento de Dios. Además, se entenderá que la labor realizada por la Iglesia ha sido científica; ahí están, para demostrarlo, las obras de los Apóstoles, Padres y Doctores de la Iglesia. La verdad científica, bien entendida, no debe temerse: «¡Vanos temores!, si se considera que la ciencia es la verdad, y que la verdad es patrimonio de Dios, que la pone delante de nuestros ojos en el libro de la naturaleza y en el libro de la revelación. ¡Recelo injustificado!, si se tiene en cuenta, como la experiencia de los siglos, aun los más hostiles a la religión, lo tienen evidenciado, que las investigaciones científicas y las conquistas de la ciencia vendrán a dar, tarde o temprano, el triunfo más glorioso de la Iglesia católica.»{85} La crítica al positivismo, por tanto, marcará el desarrollo de la Asociación a partir de 1927. Una crítica fundamentada en un intento de mantener el ideal de unidad del saber, que había sido diluido por el propio desarrollo de las ciencias positivas y por la influencia del positivismo. La crítica al positivismo (que, se dice, había abandonado la pretensión de conocer las causas primeras) se llevará a cabo a través de la recuperación de la filosofía como disciplina científica. Así lo pone de manifiesto Manuel García Morente en el «Discurso inaugural» de la Subsección de filosofía en el Congreso celebrado en Lisboa (1932).{86} El positivismo marcó una tendencia general caracterizada por la intensa preferencia por los estudios de las ciencias positivas particulares y había constituido –en este punto Morente sigue las ideas de Ortega sobre la tendencia anterior (positivista) hacia la «dilatación», supuestamente sustituida por la actual de «profundización»– el principal defecto del siglo XIX y principios del XX, en la medida en que la única preocupación del siglo fue la de incrementar el acervo de los conocimientos. Esta tendencia constante por «añadir más objetos, más realidades a las ya consabidas» degeneró en un especialismo tal, que, olvidado el problema fundamental de la filosofía (el problema del ser), condujo a un alto grado de incultura. De este modo, la filosofía ha vuelto a recuperar su papel y lo hace tratando sus problemas fundamentales, los mismos que «el adusto positivismo de Comte hubiera estigmatizado de metafísicos»,{87} tales como ¿qué es la materia, qué el espacio y el tiempo? La filosofía, en su pretensión de ser científica, abandonó su campo y se redujo (siguiendo una idea de ciencia equivocada) al estudio de las ciencias positivas. La filosofía, dice Morente, es científica, y lo es, no por el objeto (materia) de la que trata (las ciencias positivas), sino por la forma en que lo hace, en tanto que es una actividad inteligente y que responde a «ciertos caracteres formales». Según esto, lo científico, no es un concepto material, sino formal. Porque la cientificidad de las ciencias no recae tanto en su método, sino en el descubrimiento de la verdad. Toda disciplina de la que resulten verdades será, desde esta perspectiva, científica; y la filosofía lo es en la medida en que dispone de un método riguroso para alcanzarlas: el fenomenológico. En el seno de la AEPC, como vemos, se tiende al abandono de la idea de que el saber científico constituye el saber por antonomasia. Se considerará, que, por encima del saber científico, se encuentra la sabiduría propiamente dicha, aquella que permite dar sentido al mundo y a la vida de una manera más profunda y universal. Así se describirá el problema fundamental de la filosofía. La filosofía, dirá Zaragüeta, tiene frente a sí una tarea que está por encima de la mera experiencia vulgar y aún por encima de la experiencia y razonamientos científicos, a saber, la racionalización de la vida.{88} De este modo, se abandona el ideal positivista en virtud del cual se cifró como tarea fundamental de la filosofía «el grado más alto de abstracción y generalización del saber científico, reducido a su vez al conocimiento de las cosas de los 'fenómenos'.»{89} La racionalización, como tarea de la filosofía, de la vida consiste, según Zaragüeta, en superar la pluralidad, la inmanencia y el egoísmo a que conduce una interpretación no filosófica de la vida. Desde esta nueva perspectiva, la tarea fundamental de la Asociación ya no será promover y favorecer el cultivo de las ciencias positivas en beneficio de las nuevas generaciones, sino que la acción social de la España renovada consistirá en limpiar la sociedad de «tanta maleza para hacerle recobrar, con su sentido nacional, la alta espiritualidad y el módulo de justicia que le son propios.»{90} [68] Y se entenderá que el cultivo de la ciencia puede suponer un peligro ante la enorme tarea de reconstrucción nacional: «Pero el culto de las disciplinas científicas se halla expuesto a un doble peligro, del que nuestro espíritu nacional, como en general el espíritu del siglo XIX, se ha resentido profundamente.»{91} La reconstrucción nacional, dirá Zaragüeta, ha de fundarse en una reforma moral, no científica; y la formación científica deberá, en todo momento, estar supeditada a la formación moral, en tanto que guía para poder alcanzar una noción global de verdad. Moral que, naturalmente, se cimentará en los preceptos de la religión católica. En esta segunda etapa, se produjeron algunos hechos importantes que determinarán el posterior desarrollo de la Asociación. Entre éstos destacamos, sobre todo, el compromiso que se impuso la Asociación, a propuesta de Luis Marichalar, para continuar el plan de una Historia de la filosofía española, ideado y desarrollado en parte por Adolfo Bonilla San Martín.{92} Y a partir de 1934 el comienzo (coincidiendo con el cambio de domicilio de la Asociación, que pasaría, hasta su disolución, a compartir los locales de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales{93}) de la publicación de los Anales de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, revista más conocida por el título abreviado que adoptó: Las Ciencias. La publicación de la revista se debió en gran parte al impulso ejercido por José María Torroja Miret, quien, en 1933, al tomar posesión de la Secretaría general de la Asociación (al fallecer Ricardo García Mercet, que la había ocupado desde el principio), presentó, ante la Junta directiva, la proposición de editar una revista con el fin de completar y aumentar la labor realizada por la AEPC a través de sus Congresos. La revista Las Ciencias había sido concebida como una publicación semejante a otras revistas europeas (la revista Nature o la Revue générale des Sciences) y pretendía estar abierta a un público amplio ofreciendo las líneas generales de la evolución del saber. José María Torroja logró obtener el apoyo de la Junta directiva, de suerte que el 1º de enero de 1934 Las Ciencias veía la luz por vez primera,{94} siendo aquél su redactor jefe. Tuvo carácter trimestral (aunque desde el principio se barajó la posibilidad de publicarla mensualmente); el precio de cada número suelto era de seis pesetas; la suscripción anual para España, América y Portugal se cifró en veinte pesetas, y en veinticinco para los restantes países. Los cuatro primeros números se abrieron con sendas notas recordando las figuras de los cuatro primeros Presidentes de la AEPC, redactadas por Luis Marichalar. La revista era considerada el medio más eficaz para estrechar los contactos entre los miembros de la Asociación y, además, la mejor manera de poder seguir atentamente la intensa producción científica, cuyo incremento hacía imposible que la Asociación se mantuviese al día, toda vez que sus Congresos, que se celebraban cada dos años, imponían un «ritmo demasiado acompasado y lento», según aseguraba Luis Marichalar en la «Presentación y Saludo».{95} El propio Luis Marichalar se habría inicialmente encargado, nos parece, de financiar la publicación de la revista, aunque pronto los problemas de financiación se fueron solventando por la gran cantidad de números vendidos, no ya sólo en España o hispanoamérica, sino también en Asia y Africa: «Fuera de la Sociedad, en España y en el extranjero, en Europa, en América y hasta en Asia y Africa, los pedidos llegaban de Centros de Cultura y Enseñanza, de profesores y de aficionados. La tirada iba en aumento, y hasta el déficit pecunario, inseparable en toda empresa de este género, que en los tiempos primeros fué suplido por anónimo donante, cuyo nombre todos conocíamos, fué reduciéndose poco a poco. La semilla se desarrollaba rápidamente. Hubo país lejano, como Brasil, del que todos los meses llegaban nuevas inscripciones. Hasta vino una de un portugués de Nairobi, en colonia inglesa de Kenia.»{96} Es muy posible que el «anónimo donante» (aunque de todos conocido) fuera Luis Marichalar, dada su tendencia a «predicar con el ejemplo», como cuando, desinteresada y patrióticamente, se desprendió de cien mil pesetas para financiar la continuación del plan de Bonilla. [69] Coincidiendo con la aparición del primer número de la revista, asistimos a un reajuste nominal de las Secciones, en el que se aprecia, como nota más característica, la tendencia a eliminar el término «Ciencias» con que se encabezaban cada una de las Secciones. Tras los cambios nominales mencionados las Secciones se configuran de la siguiente manera:
El número de Secciones en torno a las que se estructuró la Asociación, que permaneció invariante desde sus inicios hasta 1939 (en el Congreso de Santander celebrado en 1938, sin embargo, la filosofía vuelve a formar parte del sintagma nominal de la Sección 6ª, aunque, esta vez, para encabezarlo) contrasta con las 22 Secciones con que contaba ya su homónima francesa, cuyo Congreso celebrado en Marruecos durante la Pascua de 1934, se había organizado en torno a 22 Secciones y 4 Subsecciones: Secciones. 1ª. Matemática; 2ª. Astronomía, Geodesia, Mecánica; 3ª. y 4ª. Ingeniería civil y militar, Navegación, Aeronáutica; 5ª. Física; 6ª. Química; 7ª. Meteorología y Física del Globo; 8ª. Geología y Mineralogía; 9ª. Botánica; 10ª. Zoología, Anatomía y Fisiología; 11ª. Antropología; 12ª. Ciencias Médicas; 13ª. Electrología y Radiología Médicas; 14ª. Odontología; 15ª. Ciencias Farmacéuticas; 16ª y 21ª. Psicología experimental; 17ª. Biogegrafía; 18ª. Agronomía; 19ª. Geografía; 20ª. Economía Política y Estática; 22ª. Higiene. Las Subsecciones fueron: Zootécnica, Hidrología, Lingüística y Arqueología.{98} La publicación de la revista Las Ciencias marcará el posterior desarrollo de la AEPC de tal manera que, a partir de su publicación, dejaron de editarse las Actas de los Congresos, limitándose, a partir de entonces, a la publicación de tomos únicos en los que se recogían los discursos inaugurales (del Congreso y de las Secciones) y algunos de los trabajos presentados. En efecto, hasta el Congreso celebrado en Lisboa (1932), se habían publicado, sistemáticamente, las Actas de los trabajos presentados a los diferentes Congresos, ocupando, cada una de las Secciones, un tomo independiente. A éstos se añadían, generalmente, otros dos tomos; uno (el primero) en el que se recogían los discursos de apertura y clausura, así como los discursos pronunciados para abrir las sesiones de las diferentes Secciones; y otro (el segundo) en el que se incluían las conferencias públicas (aunque no en todos los Congresos se pronunciaron estas conferencias). Por tanto, de los XIII Congresos que se celebraron hasta el de Lisboa (1932), se fueron publicando un mínimo de 8 tomos por Congreso, llegando, en algunos casos, hasta 10. Este esfuerzo editorial llegó a sumar un total de 24.621 páginas, 1828 unidades diferentes de texto entre discursos inaugurales, conferencias, trabajos presentados, actas de las sesiones, &c. Presentamos un cuadro en el que aparecen el número de tomos publicados por Congreso, los trabajos en ellos recogidos, el número de diferentes autores que firman en primer lugar en cada congreso y el total de páginas.
Los asteriscos que aparecen en la columna correspondiente a los tomos, indican que alguno de ellos no ha podido ser contabilizado. [70] A raíz de la publicación de la revista Las Ciencias, los trabajos presentados en los Congresos que se celebraron a partir de 1934 (Santiago de Compostela), encontrarán su vía de expresión en la Revista, quedando reducidas, como hemos dicho arriba, las Actas de los Congresos a tomos únicos, que no sobrepasaron las 550 páginas. Sin embargo la Asociación Portuguesa para el Progreso de las Ciencias (APPC) mantuvo la forma original recogiendo en densos volúmenes los trabajos presentados en los Congresos que fueron celebrándose en las diferentes ciudades portuguesas.
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