Libro de los doce sabios
 
[hacia 1237]

El Libro de los doce sabios –rótulo que acuñó José Amador de los Ríos en 1863 para referirse al Tratado de la nobleza y lealtad, compuesto por doce sabios...– es uno de los primeros textos, escritos en español, de indiscutible interés filosófico. El libro de los doce sabios inicia, además, esa fecunda tradición española de tratados destinados a definir y procurar alcanzar la perfección del rey, del príncipe o del regidor público. Y, aunque no en el título, sí que aparece ya en el texto la imagen del espejo aplicada a la propia obra [espejo de príncipes que, andando el tiempo, dejará paso al reloj de príncipes]:

«para que vos y los nobles señores infantes vuestros hijos tengáis esta nuestra escritura para estudiarla y mirar en ella como en espejo.»

Fue encargado hacia 1237 por Fernando III el Santo, rey de Castilla (1217-1252) y de León (desde 1230) –«y comenzaron sus dichos estos sabios, de los cuales eran algunos dellos grandes filósofos y otros dellos de santa vida»–, y se le añadió un epílogo hacia 1255, en los primeros años del reinado de su hijo, Alfonso X el Sabio (1252-1284):

«Después que finó este santo y bienaventurado rey don Fernando, que ganó a Sevilla y a Córdoba y a toda la frontera de los moros, reinó el infante don Alfonso, su hijo primero, heredero de estos reinos de Castilla y de León. Y porque a poco tiempo después que este rey don Alfón reinó acaeció grandes discordias por algunos de los infantes sus hermanos y de los sus ricos omnes de Castilla y de León, haciéndose ellos todos contra este rey don Alonso unos, por ende envió el rey por los doce grandes sabios y filósofos que enviara el rey don Fernando su padre para haber su consejo con ellos, así en lo espiritual como en lo temporal, según que lo hiciera este rey santo su padre. Y porque el rey supo que eran finados dos sabios destos doce, envió llamar otros dos grandes sabios, cuales él nombró, para que viniesen en lugar destos dos que finaron. Y luego que ellos todos doce vinieron a este rey don Alfonso, demandóles el rey consejo en todas las cosas espirituales y temporales según que lo hiciera el rey su padre. Y ellos diéronle sus consejos buenos y verdaderos, de que el rey se tuvo por muy pagado y bien aconsejado de sus consejos dellos.» (Libro de los doce sabios, lxvi.)

Más abajo ofrecemos una antología cronológica de menciones sobre esta obra (que servirán al lector avisado para formar opinión sobre la evolución de su presencia en los últimos siglos, sin necesidad de más comentarios), donde se puede advertir la intermitente recurrencia a lugares comunes y prejuicios ideológicos que se han ido introduciendo al interpretar estos primeros textos españoles. Olvidándose, a veces, que un texto como el del libro de los doce sabios no sólo representa uno de los primeros monumentos escritos en español, sino que demuestra el grado de abstracción alcanzado por quienes ya concebían el mundo desde la lengua española, las ideas nada «vulgares» que ordenaban los razonamientos de quienes aquello escribían y leían, y la naturaleza de los asuntos tratados, tan sólo propios y pertinentes en una lengua nueva que, en muy pocas décadas, ya se había impuesto sobre otras lenguas vulgares igualmente nuevas, pues sólo la lengua vinculada a un proyecto político en victoriosa expansión, que no se reducía al ámbito de la aldea o de la comarca, podía acabar imperando.

[En 1977 se celebró en el riojano monasterio de San Millán de la Cogolla el milenario de la lengua española, de las glosas emilianenses o anotaciones marginales que en español realizó un fraile sobre un códice latino hace mil años. En 1973 la Real Academia Española y la Orden de Agustinos Recoletos habían ya colocado una lápida conmemorativa del que entonces se consideraba «primer testigo de la lengua española». Como en el mismo códice aparecen también glosas en la lengua que hablaban por entonces los vascones, no cesaron hasta lograr colocar en el Monasterio otra lápida conmemorativa de similares dimensiones, junto a la otra, recordatoria del también milenario de la lengua vasca, olvidando que allí no se había celebrado tanto al español por su antigüedad cuanto por la importancia histórica alcanzada por aquella lengua mil años después, convertida en el idioma propio y materno de cuatrocientos millones de hombres y de muchos Estados independientes, que permite la existencia hoy, en San Millán, de un Aula de la Lengua con las banderas de dos docenas de Estados que en todo el mundo hablan español, mientras que las otras lenguas peninsulares de hace mil años, algunas incluso más antiguas, por alejadas del latín, o han desaparecido o se mantienen circunscritas al ámbito regional, donde la lengua española es, de cualquier modo, lingua franca.]

Parece que en algunos tuviera menor valor este texto escrito en español por tratarse de una traducción, y además de fuentes «orientales». ¿No está operando la ideología de esa supuesta tradición ininterrumpida del «alma española», desde remotos tiempos –se supone que ligada a cierta raza, al clima o al paisaje, o a una fantástica ortodoxia católica inmemorial, pero que no podría estar ligada a una lengua de sólo un milenio–, cuya «filosofía» encuentran en Séneca y en San Isidoro, señores que al fin y al cabo pensaban y escribían en latín? ¿Tiene sentido acaso imaginar la mera posibilidad de la consolidación de una lengua moderna al margen de la inmediata incorporación, adaptación y traducción de cuantas ideas y textos estaban presentes en las lenguas de las que se fue segregando de manera rápida y definitiva? ¿Y no es preciso, además, devolver a su sitio la supuesta originalidad de las fuentes «orientales», toda vez que, a su vez, no habían hecho sino beber de los clásicos griegos, romanos y alejandrinos? De hecho, en el libro de los doce sabios, aunque algunas fuentes inmediatas parciales suyas fueran quizá tratados parecidos escritos en árabe, las referencias históricas que se citan son Alejandro, Julio Cesar, Pompeyo, Aníbal...

Además el libro de los doce sabios es un tratado civil, político, al servicio del Estado. Pero las abundantes referencias cristianas que contiene, naturales dada la alianza política de ese Estado con la iglesia de Roma, no permiten reducirlo al género de los «catecismos» –como hicieron José Amador de los Ríos («cierta manera de catecismo político»), Manuel de la Revilla («una especie de catecismo político») y Marcelino Menéndez Pelayo («aquella especie de catequesis moral»)–, en la supuesta variedad de los «catecismos político-morales», concepto que repiten perezosamente tantos autores. Aunque el impulsor de este texto, San Fernando, fuera reconocido como santo por el pueblo desde su muerte –no fue oficialmente canonizado por los católicos hasta 1671, cuando Clemente X–, nos encontramos ante un «tratado político moral», si se quiere, escrito en español y no en latín, al servicio de un Imperio emergente aliado con la Iglesia romana, pero en la forma de un proyecto político alejado de cualquier tentación teocrática. No se trata por tanto de un catecismo [«por el Imperio hacia Dios»] sino de un tratado [«por Dios hacia el Imperio»].

Por otra parte, pueden advertirse en el libro de los doce sabios, sin ninguna duda, los planes y programas propios que animaban el proyecto político de Castilla, en la línea de un imperialismo generador y no depredador, el mismo proyecto imperialista que, culminada la reconquista peninsular en 1492, trasladaría su tarea hispánica al nuevo mundo americano que España acababa de descubrir. El libro de los doce sabios ofrece abundantes consejos sobre cómo disponer las guerras y las conquistas, pero no para realizar razzias ni establecer colonias en otros territorios, ni someterlos respetando su organización a cambio de impuestos, tributos o riquezas, sino para lograr, mediante esas guerras y conquistas, reapropiarse de los territorios peninsulares de los que, a su vez, se habían apropiado hacía siglos los estados enemigos sarracenos, para incorporarlos al nuevo proyecto que piensa, habla y escribe en español. Así, por ejemplo, el capítulo xxvii: «Que habla de como el rey debe catar primero los fines de sus guerras y ordenar bien sus fechos», el capítulo xxix: «De las gentes que el rey no de debe llevar a las sus guerras» («Otrosí no cumple llevar a la guerra en la tu merced gentes y compañías ricas ni codiciosas, y que no son para tomar armas ni usar dellas, y que su intención es más de mercaduría que de alcanzar honra y prez») o el capítulo xxxv:

«En que el rey ordene porque el sueldo sea bien pagado a sus compañas. Otrosí, ordena tu hacienda de guisa que el sueldo sea bien pagado a las tus compañas, y antes lleva diez bien pagados que veinte mal pagados, que más harás con ellos. Y defiende y manda que no sean osados de tomar ninguna cosa en los lugares por do pasaren sin grado de sus dueños, dándosela por sus dineros. Y cualquier que la tomare, que haya pena corporal y pecunial. Y en el primero sea puesto escarmiento tal, porque otros no se atrevan. Y con esto la tierra no encarecerá y todo andará llano y bien a servicio de Dios y tuyo. Y de otra guisa todo se robaría y la tierra perecería, que la buena ordenanza trae durabledad en los hechos.»

Están localizados seis manuscritos con el texto de esta obra, tres «antiguos» y «tres modernos» (posteriores a su primera edición impresa). El texto fue impreso por primera vez en 1502, por Diego de Gumiel, en Valladolid, en circunstancias que analizamos más abajo. Volvió a ser impreso en 1800, incorporado a las Memorias para la vida del santo rey Fernando III, entonces publicadas, que habrían sido dispuestas por Juan Lucas Cortés (1624-1701) aunque suelen ser atribuidas al jesuita Andrés Marcos Burriel (1719-1762).

La edición crítica, a partir de los cinco manuscritos entonces conocidos, fue publicada por la Real Academia de la Lengua Española en 1975, pero realizada, como suele suceder dada nuestra desidia y molicie, merced al esfuerzo y dedicación de un benemérito autor extranjero, el gran hispanista norteamericano John K. Walsh (nacido en Nueva York el 10 de agosto de 1939). Pero Walsh falleció prematuramente (el 23 de junio de 1990) sin llegar a saber de la existencia de un manuscrito «nuevo», tan antiguo como los otros dos antiguos conocidos y estudiados, que no fue encontrado hasta 1992, cuando se deshizo el patrimonio plurisecular de una decaída familia española, y que gracias a la prudencia de José Manuel Valdés, el más importante librero anticuario de Oviedo, pasó a ser custodiado por la biblioteca universitaria de esa ciudad. Estos seis manuscritos son:

  xiv-xv  O  Ms de la Biblioteca universitaria de Oviedobeta manid 4898
xiv-xvBMs 12.733 de la Biblioteca Nacional de Españabeta manid 1423
xiv-xvEMs &.II.8 de la Biblioteca del Escorialbeta manid 1329
xviMMs 77 de la Biblioteca Menéndez Pelayo, Santander beta manid 1963
xviiiCMs 9.934 de la Biblioteca Nacional de Españabeta manid 4119
xviiiDMs 18.653 de la Biblioteca Nacional de Españabeta manid 4120

Del manuscrito O, que inesperadamente dejó anticuada la edición de Walsh, se ofreció en 1993, al poco de su descubrimiento, una primera aproximación sobre su valor relativo y, dieciseis años después, Isabel Uría Maqua y Jaime González Álvarez publicaron una cuidadosa transcripción paleográfica de los textos contenidos en ese códice, junto con un estupendo estudio descriptivo que incluye una cuidadosa historia del códice O y la confirmación de su valor: «Un cotejo del texto de O con los textos de B, E y M ha puesto de manifiesto que, además de ser el texto más antiguo que se conoce del Libro de los doce sabios, es también, sin ninguna duda, el mejor conservado.» (2009:23).

«Walsh supone que el libro se escribió hacia 1237, y que hacia 1255 se le añadió el epílogo (no se conservan esos supuestos originales). Walsh, por el análisis de las variantes del texto, define dos tradiciones: aquella a la que pertenecen BM (de B toma el texto que sigue en su edición crítica) y aquella a la que pertenecen ECD. Walsh afirma que M está muy «emparentado» con B. Sin embargo ocurre que en varios casos B es incompleto, por ejemplo, según Walsh, «faltan en B el dicho del séptimo sabio en el cap. V y el del sexto sabio en el cap. VI» (pág. 43). En su edición crítica, Walsh toma esos textos y otros que le faltan a B precisamente de M (que coincide con el resto y con la edición G de Gumiel, Valladolid 1502). M se aparta a veces de los otros textos: así en el capítulo XXIX línea 12 (de la edición crítica), mientras que los otros manuscritos dicen «codiçia e deseo», en M leemos «deseo e codiçia». Como cabía esperar en O, en el ejemplar de Oviedo (del que antes aseguramos fue copiado M) –folio 23r, línea 11– encontramos la misma variante que aparece en M. Un análisis de urgencia del texto contenido en la copia de Oviedo respecto de los otros manuscritos permite adelantar que el «nuevo» O es tan antiguo como B y E y que O es más completo que B. Por indicios que habría que confirmar concienzudamente (lo que rompería los límites que debe tener esta nota) podría incluso sospecharse que E procediese de O (algunas variantes, por ejemplo el «El» del inicio, a que antes hicimos referencia, así lo sugieren). Hay que advertir que mientras que todas las otras copias (a excepción de M, a la que ya nos referimos abundantemente) están insertas en códices que contienen gran variedad de textos, el códice Oviedo, por sus características formales, es la única copia de lujo que se conserva del Libro de los doce sabios (y tan antigua como la que más).» (Gustavo Bueno Sánchez, «El códice Oviedo del Libro de los doce sabios (noticia de un 'nuevo' manuscrito)», El Basilisco, 2ª época, nº 14, 1993, página 93.)

Walsh inicia su documentado estudio sobre esta obra admirándose por la escasa atención que ha recibido, tratándose de «una de las primeras obras originales en prosa de la literatura castellana» que «inicia la vasta serie vernácula de tratados sobre el buen gobernador –tema constante en la prosa didáctico-moral e inserción muy frecuente en la poesía medieval–. Siendo tal su valor, ¿cómo se explica la escasa atención que ha recibido a manos del investigador moderno?» (pág. 7.). Apunta como una de las causas iniciales la devaluación que de esta obra realizó Fermín Gonzalo Morón en 1846, crítica negativa que fue repetida casi literalmente por Modesto Lafuente en su Historia general de España (Madrid 1851, tomo V, págs. 460-461), opinión a la que se enfrentó Amador de los Ríos:

«Fue Amador también quien abrió camino hacia la identificación de las dos bases literarias y filosóficas: la oriental –de donde deriva la forma expositiva de Doze sabios y otras obras análogas– y la cristiana –que le aportó su fondo doctrinal. Y aunque esta división resulte algo precipitada y exagerada más adelante cuando entremos en la exégesis de nuestro texto, cabe señalar aquí que en estas tempranas pero acertadas observaciones de Amador se vislumbra algo del carácter único y original del Libro de los doze sabios. No obstante la importancia cronológica y literaria que le atribuyó Amador, no se volvió a editar la obra y sólo sé de tres investigadores que luego han añadido a las noticias reunidas por él. Son Menéndez Pelayo, quien identificó ciertas fuentes orientales de las máximas de nuestro texto; Helen J. Peirce, quien cotejó la presentación de las virtudes en Doze sabios con la de otros tratados castellanos sobre el 'príncipe perfecto', y Wilhelm Berges, quien vio en este primer 'espejo de príncipes' castellano toda una nueva orientación algo romántica de la monarquía española. De sus contribuciones hablaré más adelante en detalle.» (Walsh, pág. 12.)

Es curioso advertir cómo Walsh escribe Libro de los doze sabios, con una zeta arcaica y anacrónica, siendo así que tal rótulo es moderno y lo acuñó en esa forma precisa, como hemos dicho, Amador de los Ríos en 1863, aunque sin zeta. Quizá al hispanista norteamericano (o a sus editores académicos españoles) le pareció más misterioso, incluso hasta más científico, dotar a tal rótulo moderno de cierto aroma antiguo (al no haber reparado, quizá, en el hecho de que durante más de seis siglos nunca fue conocido este tratado con ese nombre).

De cualquier modo, gracias don Modesto Lafuente y su Historia de España se hizo por primera vez verdaderamente asequible la lectura de buena parte del texto del libro de los doce sabios, al publicar en el Apéndice 5 del tomo V (aparecido en 1851; obra reeditada más de una vez en la segunda mitad del siglo XIX), los capítulos 1, 2, 3, 14, 22, 23, 26, 27, 35, 36, 37, 41, 42, 43, 44 y 54 a 65.

 
El libro de los doce sabios se imprime en Valladolid en 1502 y se olvida

El Tratado de la nobleza y lealtad conoció la imprenta por vez primera en 1502, en Valladolid, capital política entonces de España en competencia con Toledo (donde ese mismo año, precisamente, las Cortes juraron como heredera de la corona de Castilla a Juana junto con Felipe el Hermoso, quedando así proclamados Príncipes de Asturias). En Valladolid se habían casado medio en secreto Isabel y Fernando en 1469; allí se había establecido en 1489 el tribunal de Chancillería, y en 1500 el de la Inquisición; en Valladolid murió Cristóbal Colón en 1506, y allí firmó Carlos I en 1518 sus capitulaciones con Magallanes, al iniciarse la expedición que culminó Elcano con la circunnavegación de la Tierra, por vez primera, en 1522; en Valladolid, en fin, nació en 1527 el hijo y heredero del César Carlos, Felipe II, quien precisamente había de trasladar en 1559 el centro del emergente imperio hispano a Madrid, mientras se discutían los emplazamientos donde había de levantarse el que sería Monasterio del Escorial. ¿Por qué se imprimió en 1502 esta obra, conservada manuscrita en unos pocos códices? Diez años después del Descubrimiento, ocho años después del Tratado de Tordesillas, siete años después del contrato matrimonial entre Juana y Felipe el Hermoso (Leonor nació en 1498 en Lovaina, el futuro Carlos I en Gante en 1500, Isabel en Bruselas en 1501). ¿A quién se le ocurrió difundir en 1502 aquellos consejos de unos sabios a unos reyes, que ya tenían dos siglos y medio de solera? Y además en edición cuidada y valiosa («es un libro hermosamente impreso», describía cuatrocientos años después el fraile agustino Benigno Fernández), enriquecida con dos grabados en madera: uno que representa «dentro de una rica habitación de estilo gótico, a un Monarca en el trono con su cetro en la mano y a un sabio que le presenta un libro» y en el otro «son dos los personajes que se presentan al monarca, quizá los dos nuevos sabios que don Alfonso mandó llamar en sustitución de los dos que habían muerto después del Consejo celebrado por su padre». El 14 de febrero de 1502 un edicto de los Reyes Católicos había dispuesto la expulsión de los granadinos mahometanos (mejorando las Capitulaciones que habían acordado en 1491 con Boabdil el Chico), y Juana y su esposo Felipe el Hermoso, llamados por los Reyes Católicos, llegaron por vez primera a Castilla para jurar ante las Cortes, reunidas el 22 de mayo de 1502 en la Catedral de Toledo, como herederos de Castilla y Aragón. Parece lo más verosímil, por tanto, que la edición de 1502 tuviera algo que ver con esa proclamación de la heredera de los Reyes Católicos. ¿Habría impulsado tal edición la mismísima Isabel I de Castilla? ¿Se trató de algún regalo para la ocasión (no necesariamente envenenado)? No lo sabemos, como también ignoramos la influencia que la recuperación de aquellos consejos pudo haber tenido entonces, en los albores de la expansión imperial hispana en el Nuevo Mundo. Pero Nicolás Antonio (1617-1684), a finales del siglo XVII, dice que inspirado por Tomás Tamayo de Vargas (1589-1641), atribuyó la autoría de aquel texto impreso en Valladolid al cronista Diego de Valera (1412-1488), y la obra quedó olvidada.

Diego de Gumiel, el primer impresor de esta obra, procedía, al parecer, de Burgos, y comenzó su oficio en Gerona y Barcelona, donde a finales de 1495 se casó con una rica viuda, Miquela Carner. En 1497 publicó allí la segunda edición de Tirant lo Blanch. En marzo de 1501 el matrimonio hizo testamento en Barcelona, poco antes de trasladarse a Valladolid, donde Diego ejerció su actividad como impresor desde 1502 hasta 1512. Por tanto, la edición del Tratado de la nobleza y lealtad fue quizá su primer trabajo a orillas del Pisuerga (ese mismo año imprimió la Devotissima exposición del dominico Fray Jerónimo de Ferrara –Savonarola– y en 1503, por ejemplo, Arte de canto llano, 'Lux videntis' dicha, del capuchino Bartolomé de Molina; y Repetitio rubricae... de Juan López de Palacios Rubios, jurista y catedrático de cánones en Valladolid, autor de la famosa Notificación y requerimiento...). Más tarde se casó de nuevo, e incluso parece ser que mató a su esposa, Catalina de Aranda; en 1513 se trasladó a Valencia, donde se declaró en quiebra en 1516 (Susana Camps Perarnau, en su curioso artículo «Mecenazgo o deuda en la obra impresa por Diego de Gumiel», Revista de Filología Española, XCI, 2º, 2011, págs. 261-284, ofrece abundantes datos sobre Gumiel, pero ninguno sobre el Tratado... de 1502.)

 
El proceso canonizador de Fernando III recupera el libro de los doce sabios

Reinando Felipe III, el Piadoso, y bajo el papado de Paulo V, quedaron beatificados Ignacio de Loyola (27 junio 1609), Teresa de Jesús (24 abril 1614), Felipe Neri (11 mayo 1615), Isidro Labrador (14 junio 1619) y Francisco Javier (25 octubre 1619). En enero de 1621 moría en Roma el Papa y dos meses después fallecía en Madrid el Rey: aunque los procesos de canonización de esos beatos marchaban raudos, no pudieron verlos culminados. Pero aún no se había cumplido un año del reinado de Felipe IV, el Grande, cuando el nuevo papa, Gregorio XV, ajustaba en un mismo día, el 12 de marzo de 1622, la transformación de esos cinco beatos en santos, cuatro de ellos españoles: San Isidro Labrador (esposo por cierto que lo fue de Santa María de la Cabeza), San Ignacio de Loyola (fundador de la Compañía de Jesús), San Francisco Javier (de los primeros jesuitas y apóstol de la India) y Santa Teresa de Jesús (fallecida hacía sólo 40 años; aunque el quinto, San Felipe Neri, aún vivía 27 años antes). (Ese mismo año de 1622 dejaba Gregorio XV elevados a la condición de beatos al dominico Alberto Magno y al franciscano Pedro de Alcántara.)

Altar y trono apreciaban las ventajas que para la eutaxia hispánica suponían las canonizaciones, modalidad de religiosidad secundaria muy eficaz como instrumento para combatir el fanatismo protestante (equivalente a la ayuda que la exaltación mariana había ya supuesto en el combate contra el fanatismo mahometano). La corte de Felipe IV, ante el éxito obtenido en 1622, decidió fomentar nuevas canonizaciones y reavivar otras que estaban paradas. ¿Y por qué la monarquía española no había de tener un primer rey santo, si ya los franceses habían logrado que Bonifacio VIII canonizase en 1297 a San Luis IX, que no se había destacado precisamente por sus victorias frente al infiel? Ya en 1516 se había sacado en molde en Sevilla, adornada con hermosos grabados, la famosa Crónica del santo rey don Fernando tercero deste nombre que ganó a Sevilla y a Córdoba y a Jaén y a toda el Andalucía, y en tiempos de Felipe II se había iniciado el proceso de beatificación de Alfonso VIII de Castilla, el vencedor de las Navas de Tolosa, de la mano de Ana de Austria, abadesa de las Huelgas. El arzobispado de Toledo, por su parte, había abierto en 1530 el proceso canonizador del Cardenal Cisneros, que se retomó un siglo después, a partir de 1626, con ningún éxito. En 1627 el jesuita Juan de Pineda publica en Sevilla su Memorial de la excelente santidad y heroicas virtudes del señor rey don Fernando, &c. Pero el papa Urbano VIII (1623-1644), el mismo que condenó a Galileo, para reafirmar su hostilidad hacia España fue poniendo obstáculos formales a estas causas y logró enfriarlas (a pesar de que al comienzo de su reinado había beatificado al napolitano Andrés Avelino, muerto sólo quince años antes). La candidatura por la santidad de Alfonso VIII perdió fuerza, pero la de Fernando III siguió adelante, y con Inocencio X quedó casi resuelta, de manera que su sucesor, Alejandro VII, sólo un mes después de ser elegido, ya pudo reconocer como beato a Fernando III (el 31 de mayo de 1655). Pero como la canonización de San Fernando III se demoró hasta el día 7 febrero de 1671 («Clemens Papa X. Ad futuram rei memoriam...»), ya tuvo que ser Mariana de Austria, viuda de Felipe IV, madre y regente de Carlos II, que entonces tenía diez años, quien mediante una Real Cédula instase en marzo de 1671 a que «el día que murió el santo rey don Fernando el tercero se celebre en todos los reinos y dominios del rey don Carlos», como así se hizo aquel año con gran pompa en muchos sitios, excepcionalmente en fechas distintas por ser la primera vez: en Sevilla (grandiosas fiestas desde el 17 de mayo hasta entrado junio), Málaga (31 de mayo), Madrid (7 de junio), Badajoz (14 de junio), Burgos (21 a 25 de junio), Valladolid, Toledo, Zamora, Córdoba (1 y 2 de julio), Granada, Alcalá, México, Lima, &c. En septiembre de 1672 el papa Clemente X amplió la veneración de San Fernando a toda la Iglesia universal, que desde entonces le recuerda cada 30 de mayo, y su nombre fue añadido al Martirologio romano. [Más tarde, el 14 de mayo de 1729, con «aparatosa función», se realizó la traslación del incorrupto «sagrado cuerpo y reliquias del santo rey don Fernando III» a la urna de plata acristalada que aún hoy permite ver la real momia en la catedral hispalense; en cuyo archivo se conservan también los documentos de los procesos de beatificación y canonización del rey santo.]

Rostro momificado de Fernando III el Santo
Rostro momificado de Fernando III el Santo, de perfil

cedulillas esparcidas al aire en las fiestas de Sevilla de 1671
Cedulillas que se esparcieron al aire en la Catedral de Sevilla al celebrarse en 1671,
por todo lo grande, la canonización de Fernando III: si hubieran tenido más presente el
libro de los doce sabios, podrían haber cuajado mejor alguna de las sentencias...

Parece que en el proceso de canonización de Fernando III no repararon en el Tratado de la nobleza y lealtad publicado en Valladolid en 1502 (entre otras cosas, como hemos dicho, porque Tamayo de Vargas y luego Nicolás Antonio se lo habían atribuido a Diego de Valera). Pero sí se tuvo bien presente, en las informaciones para la canonización, el «manuscrito de letra antigua», conservado en el Escorial, «que se intitula Junta de doce Sabios», pues entre otras cosas servía para probar cómo ya en tiempos de Alfonso X se tenía por santo a su padre. Y en este contexto apologético de San Fernando III se gestaron las Memorias para la vida del santo rey Don Fernando III, que impresas en 1800 volvieron a difundir en letra impresa, con más fortuna que tres siglos antes, el texto del «Libro de la Nobleza y Lealtad»; y tanto da a nuestros efectos que quien preparase esas Memorias fuera el jesuita Andrés Marcos Burriel (1719-1762) o el sevillano Juan Lucas Cortés (1624-1701).

El sacerdote Martínez Marina desconoce en 1808 el libro de los doce sabios, pero en la segunda edición de su Ensayo histórico-crítico... (publicada póstuma en 1834), ya recoge que Fernando III «llamó a su corte doce sabios de los más afamados en su reino y en los inmediatos, a quienes pidió consejo sobre varios negocios y les encargó formasen un escrito que pudiera servirle de instrucción y regla para gobernar». Fermín Gonzalo Morón, en su Historia de la civilización de España de 1846, tiene en cuenta «un papel manuscrito que existe y he leído en la Biblioteca Real, titulado Junta de doce sabios que tuvo Femando III y consejos que le dictaron». Y en 1851 el influyente Modesto Lafuente ofrece en su Historia general de España una antología de capítulos de la obra, que toma de la versión inserta en las Memorias impresas en 1800, y que por lo tanto denomina «Libro de la Nobleza y Lealtad»: Los doce sabios, y su Libro de la Nobleza y Lealtad. En 1863, cuando los incipientes historiadores de la literatura se apropian del texto, representados por José Amador de los Ríos, el rótulo que le puso Modesto Lafuente ya se ha transformado, como hemos dicho, en Libro de los doce sabios. Si no hubiera sido por el ardor desplegado en el proceso canonizador de Fernando III, los literatos hubieran tardado unas décadas más, sin duda, en redescubrir este texto tan interesante del siglo XIII.

 
Un jesuita glosa la época de Fernando III en plena campaña canonizadora

«Hallábase a este tiempo España, mayormente la más gruesa y más deleitosa parte della, la Andalucía (gran dolor) poseía de muchos Reyes Alárabes; profanada la tierra de esta banda de el mar con su maldita Secta; habíase nos entrado por la parte de Francia y de Tolosa el contagio de los Albigenses, o Valdenses, (que llamaban Los Pobres de León) cuyos errores, como bestia de muchas cabezas, tenían muchos nombres; aunque sus blasfemias eran muchas más, como en quien revivían, y se recopilaban todos los Errores antiguos, y había de ser semilla y reclamo de los de nuestros tiempos; injuriaban a Dios del Cielo, y a su Unigénito; a la Purísima Virgen su Madre; a los Sacramentos de la Iglesia; Negaban la virtud del Bautismo, la verdad de la Eucaristía, la Resurrección de la Carne, que con más distinción refieren los Escritores contra Herejes. Los Judíos, entremetidos con los Moros, no menos dañosos, y cautelosos contra el nombre Cristiano, eran los que siempre, temosos y porfiados en no creer; o, si algunos habían creído, inconstantes, y relapsos en sus ya inútiles y reprobadas ceremonias. La tierra tiranizada de tantos enemigos, pedía al Cielo socorro; afligida y enferma de tantos males clamaba a voces por su rescate y remedio; que no parecía otro, que un milagroso Príncipe, tan ardiente en la Fe y aborrecimiento de toda superstición, como poderoso en armas; tan celoso de la honra de Dios, y animoso dilatador de su Iglesia, arriscado contra sus enemigos, como generoso, magnánimo, afable, manso, y liberal con los suyos, compasivo y remediador de sus desconsuelos.»
«XXIIII. Santo y sabio gobierno del Rey don Fernando, en siglo y concurso de otros muchos Sabios. [Temporada de Sabios en España.] Igualmente vivió y floreció el Santo Rey en Siglo de Sabios, como arriba dijimos, en Siglo de Santos. Y Siglo, no digo centenario, sino quincuagena de años, desde los 1200 hasta 1250, en que florecieron en España, los que señala y nombra Francisco Tarasa. [Sabios por toda la Iglesia.] Estos son, el Arzobispo de Toledo Don Rodrigo Navarro, tan elocuente y sabio, como Católico y valeroso. Bernardo Presbítero Compostelano, gran Jurista, y Escritor insigne sobre el Derecho Canónico. San Raimundo de Peñaforte, Catalán, de la Orden de Predicadores, y su tercero Maestro General, gran Teólogo, gran Jurista, gran Santo. El Cardenal Hugo Barcelonés, Varón docto, y que escribió sobre toda la sagrada Escritura. San Antonio de Padua en Lisboa, Doctor Eclesiástico. Y por lo demás de la Iglesia, el Papa Inocencio III. Helinando, francés. Nicetas, griego. Honorio presbítero. El Cardenal Hugo de Santo Caro, insigne Comentados de la sagrada Escritura, y primer inventor de las Concordancias. S. Etmundo de Conturbel. El papa Inocencio IIII. Ginovés. Vincencio Belovacense. Y aquellos grandes Escolásticos, el gran Alberto, Alejandro de Ales, Guillermo Parisiense, el Antisiodorense, Jacobo de Vitriaco, y por corona de todos los dos Illmos. y Ssmos. Doctores Tomás, y Buenaventura, de que hacen mención todos los Cronistas Generales. Entrando también en esta cuenta el Santo y Sabio Rey Don Fernando, cuya sabiduría encarecen Don Lucas de Tui, Don Rodrigo de Arévalo, Miguel Carbonell, y otros, de que luego diremos.
[Sabiduría política de Príncipes.] Viniendo a la sabiduría Política, que es la propia del Príncipe, y de que tiene precisa necesidad, para hacer bien su oficio; enseñolo Dios, por la milagrosa, que comunicó a su Rey Salomón, [...]. [Sabiduría del Rey D. Fernando propia de Rey.] Así tuvo nuestro Rey Fernando todo lo que le fue necesario para ser Rey Sabio, y contado entre los que mucho lo fueron, esto es lección varia de Historia, y de lo que es necesario para el buen gobierno, sabios Consejeros, afición y favor a los letrados, y Universidades, donde se profesan letras, premios y augmentos, lo cual todo hace y constituye a un Rey Sabio y Prudente, y su gobierno seguro y acertado, sin aquella vana, o viciosa curiosidad, de saber cosas inútiles. [...] [Principio del Consejo Real de Castilla.] Gran parte desta Sabiduría fue el acierto y cuidado de tener siempre cerca de sí prudentes y sabios Consejeros. D. Lucas en el Chronico, y lo mismo en la Vulgar, cap. 67, fol. 223: Tenía consigo varones Católicos muy Sabios, a los cuales encomiendan el y su madre todo el Consejo. Gran prudencia, no hacerse el Príncipe ordinario Juez y oidor de los pleitos. Este fue, al parecer, el principio y origen que tuvo el Consejo Real de Castilla.» (Juan de Pineda S.I., Memorial de la excelente santidad y heroicas virtudes del señor rey don Fernando, tercero deste nombre, primero de Castilla y de León, Sevilla 1627, págs. 10 y 131-137.)

 
Antología cronológica de menciones al libro de los doce sabios

1673 «A estas significativas clausulas añadió el Rey Don Alonso el Sabio su hijo, para eterna memoria, y para poner por Epitafio de su Sepulcro, doce sentencias de doce Hombres Sabios, diez de los que vivían elegidos para su Consejo, por el Santo Rey su padre, y dos que nombró el Rey Don Alonso, para suceder a otros dos que murieron. {E. Así lo refiere un manuscrito de letra antigua, que está en la Librería de S. Lorenzo el Real, que se intitula Junta de doce Sabios, &c. que cita el P. Juan de Pineda, y de que se hace memoria en la información que se hizo para la Canonización del Santo Rey, en la preg. 58.}. La primera sentencia, dice: Mejor es tu fin que tu comienzo. La del segundo, En la muerte fenecen los saberes, y en la deste rey creció la sabiduría. Tercera, Fuiste siempre en la vida con mucha virtud, y eres sabio en la muerte...» (Alonso Núñez de Castro, Vida de San Fernando el Tercero rey de Castilla, y León. Ley viva de Príncipes perfectos, Madrid 1673, págs. 140-141.)

1696 «Didacus de Valera. [...] 720. Tratado de la nobleza y lealtad. Pinciae hunc editum a Didaco Gumiel anno MDII. in 4º. vidit alicubi D. Thomas Tamaius. At in libris Comitis Olivariensis erat una cum Ferdinandi Mexiae Nobiliario sic inscriptus: De la nobleza y cavalleria.» (Nicolás Antonio, Bibliotheca Hispana Vetus, Roma 1696, tomo segundo, pág. 207.)

1722 «Diego de Valera, natural de Cuenca, criado de los Reyes de Castilla, y Maestre de Sala de los Reyes Católicos: Chronica de España abreviada, Chronica de la antigüedad de Francia, Historia de Enrique IV Rey de Castilla, De los ilustres Varones de España, Libro de las armas y divisas, Libro de la nobleza y lealtad, Libro de los linages, Ceremonial de los Príncipes, Traducción de el árbol de las batallas.» (Juan de Ferreras, Historia de España, siglo XV, parte undécima, «Indice de los santos de esta parte, y principales escritores de este siglo XV», Imprenta de Francisco del Hierro, Madrid 1722, págs. [420-421].)

1781 «Didacus de Valera. [...] IV. Tratado de la nobleza y lealtad. Pinciae M.DII. 4. teste Th. Tamajo de Vargas. Reliqua Valerae monumenta nondum impressa exhibet I Antonius.» (Francisco Cerdano Rico, «Appendix Triplex» a la edición madrileña de Rhetorices contractae, sive partitionum..., de Gerardo Juan Vosio, Madrid 1781, pág. 174.)

1788 «Didacus de Valera. [...] 720. Tratado de la nobleza y lealtad. Pinciae hunc editum a Didaco Gumiel anno MDII. in 4º. vidit alicubi D. Thomas Tamaius. At in libris Comitis Olivariensis erat una cum Ferdinandi Mexiae Nobiliario sic inscriptus: De la nobleza y cavalleria (4).» (Nicolás Antonio, Bibliotheca Hispana Vetus, Madrid 1788, tomo segundo, pág. 316.)

1800 «Será eterno testimonio de sus deseos de saber y de acertar aquel discretísimo tratado sobre la nobleza y lealtad que a instancia suya, y por su mandato le entregaron estos doce sabios, y de que hasta ahora sólo se ha hecho una edición en Valladolid en 1509 con gran detrimento de la enseñanza de los príncipes. Yo lo hallo digno de que no lo dejen de la mano los que gobiernan nuestra Monarquía, o la han de gobernar por sucesión; y pues es un monumento de buen gobierno, que mereció la aceptación de un Rey tan santo, tan discreto y tan instruido como nuestro don Fernando, permítaseme que aquí lo reproduzca, aunque sea de alguna extensión, pues creo no disgustará la simplicidad de sus máximas, y mucho más la buena consecuencia de que solicitándolas aquel Monarca, no pudo menos de abrazarlas en su buen gobierno. Cualquiera que lea este tratado, y después coteje el elogio que don Alonso su hijo hizo a su padre don Fernando, y pondremos más adelante, verá que esta fue la teórica dictada para reinar bien, y aquel elogio la comprobación de la práctica de estas doctrinas. En el real monasterio de san Lorenzo se halla el ejemplar de la edición que he citado, y es la única que he podido descubrir hasta ahora; pero como allí mismo se conserva entre los manuscritos una copia del siglo décimo tercio, he compulsado esta con la edición, y de ambas he completado y corregido el texto que ahora doy a luz para la común instrucción. Sólo omitiré aquí el último cap. 66 de este tratado, porque se conoce en su relato que se añadió por estos sabios cuando después de la muerte del santo Rey lo volvieron a poner en manos de su heredero don Alonso, reinando ya en Castilla y León, y pertenece a la colección de elogios debidos a nuestro Monarca, de que hablaremos más adelante. Ahora nos ceñimos a dar el tratado del modo que es presumible se presentó al rey don Fernando para su santo y sabio gobierno; y dice así: Comienza el libro de la Nobleza y Lealtad (...)» (Memorias para la vida del santo rey Don Fernando III, Viuda de don Joaquín Ibarra, Madrid 1800, página 188.)

1808 «290. En estas circunstancias subió al trono y fué alzado y jurado por rey don Fernando III de este nombre, príncipe dichoso y afortunado no solamente por haber reunido en sus sienes las dos coronas de Castilla y de León, sino también porque siéndole el cielo propicio y bendiciendo sus armas con las gloriosas victorias y conquistas de Jaén, Córdoba, Sevilla, Murcia y el Algarve, logró extender los términos de su dominación y señorío del uno al otro mar. Atento y vigilante en promover la felicidad de sus vasallos conoció desde luego la necesidad que había de acudir con remedios eficaces a las graves enfermedades y dolencias que padecía la monarquía, y a cortar de raíz las causas que estorbaban la prosperidad de que era capaz la nación: y deseando extirpar las injusticias y violencias que tanto habían agitado hasta entonces las provincias, introducir el orden y debida subordinación entre los miembros del estado y dar vigor a las leyes, determinó, entre otras cosas, anular todas las antiguas, y escogiendo las mejores y más equitativas de las que se contenían en los fueros municipales, o en cierto modo generales, formar de ellas y publicar en idioma castellano un solo cuerpo legislativo, común y general a todo el reino, y acomodado a las circunstancias en que se hallaba después de la feliz revolución que acababa de experimentar la monarquía. 291. Con efecto el santo rey dió principio a la ejecución de tan gloriosa y difícil empresa con el auxilio de su hijo el infante don Alonso, y se comenzaron a tirar las primeras líneas del nuevo código legislativo. Mas sobreviniendo a poco tiempo la muerte del rey, quedaron estos trabajos literarios muy a los principios; y de las siete partes de que debía constar la obra solo resta un trozo o fragmento de la primera publicado por el rey don Alonso, y conocido con el nombre Setenario.» (Francisco Martínez Marina, Ensayo histórico-crítico sobre la antigua legislación y principales cuerpos legales de los Reinos de León y Castilla, Madrid 1808, págs. 241-242: ignora el libro, que menciona en la segunda edición, publicada póstuma en 1834.)

1822 «En sus Memorias para la historia de S. Fernando reimprimió el raro libro de la nobleza y amistad, escrito en aquel reinado, el cual principia de esta manera: «El muy alto, e muy noble poderoso, e bienaventurado Sennor D. Fernando de Castilla, e de León. Los doce sabios que la vuestra merced [...]». Toda aquella instrucción o espejo no es mas que una colección desordenada de máximas generales de prudencia, elogios y descripciones de las virtudes, discurridas por doce filósofos, que así se llaman también en dicho escrito, y que si se han de juzgar por ellas, merecían más bien el nombre de sofistas.» (Juan Sempere y Guarinos, Historia del derecho español, Madrid 1822, tomo I, pág. 361.)

1834 «14. Para reinar con más acierto llamó a su corte doce sabios de los más afamados en su reino y en los inmediatos, a quienes pidió consejo sobre varios negocios y les encargó formasen un escrito que pudiera servirle de instrucción y regla para gobernar con justicia a los pueblos. También pensaba el Santo rey en establecer en su corte un consejo permanente de ministros sabios y leales; en coronarse por emperador, como lo habían sido algunos de sus ascendientes, mucho menos poderosos; en mejorar y uniformarla legislación en todos sus dominios, y en otras grandiosas ideas dirigidas a la mayor prosperidad de los pueblos y firmeza de su monarquía.»
«13. En estas circunstancias subió al trono don Fernando III, el cual reuniendo en sus sienes las dos coronas de Castilla y de León, y logrando extender los términos de su señorío del uno al otro mar, trató de acudir con remedios eficaces a las graves dolencias de la monarquía, y emprender una reforma universal. Con efecto, el Santo rey hizo variaciones muy esenciales en el gobierno. Quitó los condes o gobernadores militares vitalicios, y puso en su lugar adelantados, alcaldes, y jueces anuales, elegidos a propuesta por los pueblos, y creó merinos y adelantados mayores en las provincias. 14. Para reinar con más acierto llamó a su corte doce sabios de los más afamados en su reino y en los inmediatos, a quienes pidió consejo sobre varios negocios y les encargó formasen un escrito que pudiera servirle de instrucción y regla para gobernar. También pensaba en establecer en su corte un consejo permanente de ministros sabios y leales, y en mejorar y uniformar la legislación en todos sus dominios. 15. Mas en la ejecución de sus proyectos encontró las graves dificultades que refiere su hijo en el libró intitulado Septenario: la principal consistía en la falta de luces. Penetró muy bien la sabiduría del Santo rey que semejantes reformas exigen necesariamente un claro conocimiento de su importancia, y grandes sacrificios del interés individual en todas las clases y personas. 16. La nación distaba entonces mucho de estas buenas disposiciones. Las clases políticas estaban encontradas en intereses y opiniones, y sostenían con obstinación sus fueros, privilegios, usos y costumbres; y las preocupaciones locales estaban en su mayor vigor. Sin embargo, no abandonó totalmente su empresa, porque deseando extirpar las injusticias y violencias que tanto habían agitado hasta entonces las provincias, introducir el orden y dar vigor a las leyes, determinó entre otras cosas anular todas las antiguas, y escogiendo las mejores y más equitativas formar de ellas y publicar en idioma castellano un solo cuerpo legislativo, común y general a todo el reino, y acomodado a las circunstancias en que se hallaba la monarquía. 17. El Santo rey dió principio a tan difícil empresa con el auxilio de su hijo el príncipe don Alonso; pero sobreviniendo la muerte del monarca quedó la obra muy a los principios, y casi en las primeras líneas, no restando de ella más que un trozo o fragmento, conocido con el nombre de Septenario. El rey estando para morir encargó a su hijo llevase la obra hasta el cabo.» (Francisco Martínez Marina, Ensayo histórico-crítico sobre la legislación y principales cuerpos legales de los Reinos de León y Castilla, segunda edición corregida y aumentada por su autor, Madrid 1834, tomo I, libro séptimo, pág. 347, y sumario general, pág. 419.)

1844 «Este Tratado de las armas no se ha impreso nunca. Don Nicolás Antonio dice que existía manuscrito en la biblioteca del Marqués de Benamejí. Las únicas obras de Mosen Diego de Valera que se han publicado son su Crónica abreviada de España, dirigida a la Reina Doña Isabel la Católica, de que cita el P. Méndez hasta siete ediciones; y el Tratado de la nobleza y lealtad, del cual cita Don Tomas Tamayo una edición en 4º. del 1502.» (Eugenio de Ochoa, Manuscritos españoles existentes en la Biblioteca Real de París, París 1844, manuscrito 7824, pág. 476.)

1846 «Así puede decirse que el saber humano estaba concretado en la España cristiana, durante el periodo que examino, al cultivo de la historia, de la jurisprudencia y de la teología: las ciencias exactas y naturales no tuvieron por entonces entre nosotros quien las estudiase, y la medicina y cirugía se ejercían exclusivamente por los judíos y árabes, los cuales, según se ve en nuestras crónicas antiguas, especialmente en la de Alonso VII, eran los médicos y cirujanos de nuestros monarcas: sin embargo, a la época de San Fernando se refiere la composición de un papel manuscrito que existe y he leído en la Biblioteca Real, titulado Junta de doce sabios que tuvo Femando III y consejos que le dictaron. {1. Existe este manuscrito con la nota C. c. 88.} Este escrito anunciado con título tan pomposo se halla reducido a amplificar las propiedades de ciertas virtudes y vicios: comienza por exponer las de la lealtad, lealtanza: cada sabio dijo alternativamente sobre esta virtud lo que le pareció, en breve sentencia o mas bien definición: siguieron después hablando de la codicia, de las cualidades que debía tener un Rey, de la sabiduría, de la piedad, de la castidad, de la justicia, de la templanza y de la liberalidad: los doce sabios hicieron la exposición de estas virtudes y vicios, con el objeto de que el Rey dedujese de ella observaciones útiles para gobernar: diéronle además estos sabios varios consejos sobre el modo de hacer la guerra, y la necesidad de prepararse convenientemente, siendo muy notable el siguiente consejo: «Non lleves a la tu conquista compañías concejiles si non si fueren escojidos por omes de quien la firmeza los fie; y les sea bien pagado su sueldo, que non debe facer cuenta de la gente que van sin dineros, e que non saben que es tomar lanza para ferir; que cuando pensares que tienes algo non tienes nada, que las gentes que van a pelear, los flacos embarazan a los fuertes, e los cobardes facen huir a los fuertes, e por ende pon en la delantera siempre a los mas fuertes y esforzados.» Estos doce sabios aconsejaron también a Fernando III que no permitiera que en tiempo de guerra se comprasen comestibles para revender, ni los soldados tomasen nada a los pueblos sin pagarlo antes, y que no creyese en hechiceros, agoreros, artes ni adivinos: dijeronle además, «Non apoderes en las fortalezas a los poderosos y sojuzgarlos has, cuando quisieres, que muchas veces la causa desordena la libertad: cuando te vieres en mejor fortuna, entonces sea en tí mejor omildat; como Dios ensalza tú a los omildes, y abaja el orgullo a los soberbios.»
El trabajo de estos doce sabios no encierra mérito alguno particular: en él se descubre solo el espíritu monárquico, y aquella manía de comentar y perifrasear una palabra o idea, cuyo gusto dominó después mucho tiempo en nuestra literatura.
Lo que se comprende bajo el nombre de estricta literatura se redujo en estos tiempos a la composición de algún poema heroico y religioso de escaso mérito y a la de algunas coplas y romances, que el pueblo cantaba con singular afición en medio de esta época de lucha y de encarnizados combates.» (Fermín Gonzalo Morón, Historia de la civilización de España, Madrid 1846, tomo V, págs. 159-161.)

1851 «Fernando III de Castilla y Jaime I de Aragón, he aquí dos colosales figuras que sobresalen y descuellan simultáneamente en la galería de los grandes hombres y de los grandes príncipes de la edad media española. Conquistadores ambos, la historia designa al uno con este sobrenombre que ganó con sobrada justicia y merecimiento: el otro se distinguiera también con el dictado de Conquistador si la iglesia no le hubiera decorado con el de Santo, que eclipsa y oscurece todos los demás títulos de gloria humana. (...) Bajo tan brillantes reinados no podía la España dejar de experimentar variaciones y mejoras sensibles en su condición social. La conquista de Toledo marcó para nosotros el tránsito de la infancia y juventud de la edad media española a su virilidad; la de Sevilla señala la transición de la virilidad a la madurez. La sociedad española se ha ido robusteciendo y organizando. Aunque fraccionada todavía, ha dado grandes pasos hacia la unidad material y hacia la unidad política. Multitud de pequeños reinos musulmanes han desaparecido; las dominaciones de las tres grandes razas mahometanas, Ommiadas, Almorávides y Almohades, han dejado de existir, y sólo se mantiene en un rincón de la península un pequeño, aunque vigoroso reino muslímico, retoño que ha brotado con cierta lozanía de entre las viejas raíces de los troncos de los tres grandes imperios, que han sucumbido a la fuerza del sentimiento religioso y del ardor patriótico de los españoles y a los golpes de la espada manejada por su incansable brazo. (...) En cada uno de estos dos grandes reinos se ha fijado un idioma vulgar que ha reemplazado al latín, y que revela el diverso origen de ambos pueblos. Don Jaime de Aragón escribe en lemosín los hechos de su vida y la historia de su reinado; don Fernando de Castilla hace romancear los fueros de Burgos y de varios otros pueblos de sus dominios; manda verter al castellano el código de los godos, y él mismo otorga sus cartas y privilegios en lengua vulgar, mostrando con el ejemplo y con el mandato que era ya tiempo de que los documentos oficiales se escribieran en el lenguaje mismo que hablaba el pueblo. (...)
A pesar de la creación de aquella célebre universidad [Salamanca] que tanto honra al rey Santo, de la protección que dispensaba a la juventud estudiosa, y de la predilección que le merecían las letras y los letrados, el estado de la jurisprudencia y de la ciencia política no era tan aventajado y brillante como a primera vista parece pudiera inferirse del nombre pomposo de Sabios que se dió a los que formaban aquella junta que constituía el consejo del rey. La obra que a instancias del monarca compusieron aquellos Doce sabios con el título de Libro de la Nobleza y Lealtad se reduce a definiciones parafraseadas, ampulosas y de mal gusto, que cada sabio hacía de algunas virtudes y de algunos vicios, y a consejos y máximas de moralidad y buen gobierno que daban al rey sobre cómo debía conducirse en la paz y en la guerra, máximas ciertamente saludables y consejos muy sanos, pero que no pasaban de generalidades que hoy alcanza el hombre menos versado en los preceptos de la moral y en la ciencia del gobierno. {(1) Esta obra, que consta de 69 capítulos, y que el señor Morón (en su Historia de la civilización de España, tomo V) dice haber visto manuscrita en la Biblioteca real, se halla impresa en las Memorias para la vida del Santo Rey don Fernando por don Miguel de Manuel, compulsada con un manuscrito del Escorial, y con una edición que de ella se hizo en Valladolid en 1509.} Era no obstante un adelanto respecto a los anteriores tiempos; y aquella universidad, y aquellas traducciones al castellano, y aquella junta de letrados y doctos, y aquella protección a las ciencias, y el pensamiento y comienzo del código de las Partidas, eran el anuncio y la preparación de otro reinado en que aquellos elementos habían de desenvolverse ya anchurosamente.» (Modesto Lafuente, Historia general de España, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, Establecimiento Tipográfico de Mellado, Madrid 1851, tomo V, páginas 439-440, 456, 457, 460-461. Parte II, libro II, capítulo XVI: España bajo los reinados de San Fernando y de Don Jaime el Conquistador.)

«Los doce sabios, y su Libro de la Nobleza y Lealtad. Como prueba del gusto literario de aquel tiempo, de lo que alcanzaban en la ciencia política y del gobierno los que entonces se llamaban sabios, y también como muestra del lenguaje y estilo que se tenía por culto, damos a continuación algunos fragmentos del libro de la Nobleza y Lealtad compuesto por los doce sabios que formaban el consejo de San Fernando.» [y ofrece los capítulos 1, 2, 3, 14, 22, 23, 26, 27, 35, 36, 37, 41, 42, 43, 44 y 54 a 65.] (Modesto Lafuente, Historia general de España, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, Establecimiento Tipográfico de Mellado, Madrid 1851, tomo V, páginas 485-494. Apéndice 5.)

1854 «Los ardientes deseos que a favor de su país animaban al inmortal Don Fernando, adivinan y se adelantan a las mismas exigencias de la sociedad; y prudente y modesto desconfía de sí mismo, teme malograr las altas empresas que proyecta, y llama a su lado doce sabios escogidos de las diferentes provincias de España y de los reinos inmediatos, que le auxilian, que le ayudan, que le aconsejan, y emprenden con él la realización de sus adelantados proyectos. Dióles el encargo particular de que le formaran un escrito que pudiera servir de instrucción y regla para el gobierno: y de aquí toma su orígen el libro Espejo del príncipe, digno de llamar la atención por más de un concepto. {1. Una sencilla muestra del más conocido de su trabajos, pondrá de manifiesto la ciencia y espíritu de aquellos sabios, que sin dificultad se daban a si mismo este nombre. He aquí la discusión promovida sobre el capítulo primero del citado libro: Comenzaron sus dichos estos sabios, de los cuales eran algunos grandes filósofos, e otros de ellos de santa vida. E dijo el primer sabio dellos: Lealtanza es muro firme e ensalzamiento de ganancia. E dijo el segundo sabio dellos: Lealtanza es morada para siempre e famosa nombradía. El tercero sabio dijo: Lealtanza es árbol fuerte que las ramas dan en el cielo e las raices en los abismos. El cuarto sabio dijo: Lealtanza es árbol frondoso e verdura sin sequedad. El quinto sabio dijo: Lealtanza es espacio de corazón e nobleza de voluntad. El sexto sabio dijo: Lealtanza es vida segura e muerte honrada. El sétimo sabio dijo: Lealtanza es vergel de los sabios e sepultura de los malos. El octavo sabio dijo: Lealtanza es movimiento espirítual, loor mundanal, arca de durable tesoro, aparamiento de nobleza, raíz de bondat, destruimiento de maldat, perfección de seso, juicio famoso, secreto limpio, vergel de muchas flores: libro de todas ciencias, bondat de caballería.}» (Serafín Adame y Muñoz, Curso histórico-filosófico de la legislación española, La Publicidad, Sevilla 1854, págs. 120-121.)

1858 «Muchos historiadores contemporáneos, sin penetrarse bien de las circunstancias y de las ideas que han predominado en las diferentes épocas de la historia de España, no andan muy acertados en sus juicios; y no faltan entre dichos historiadores algunos de los más renombrados, que traten de crueldad la justicia de Alfonso XI. Para probar la ligereza con que han procedido, vamos a trasladar aquí algunos párrafos de un tratado de moral política, que así podemos llamarle, redactado por doce sabios españoles en el siglo XIII, durante el reinado de San Fernando, que se intitula Libro de la Nobleza y Lealtad. Este libro trata primero de la Lealtad o lealtanza, como entonces se decía; después de la Cobdicia, y, por último, de las Vertudes que todo Rey, e regidor de reino debe aber en si, e que tal debe ser, y comienza de la manera siguiente: ...» (José Sidro y Surga, La Guardia Civil, historia de esta institución..., Madrid 1858, pág. 76.)

1860 «(2) No creemos que el Tractado de la Nobleza et Lealtad se escribiese, como comúnmente se cree, durante el reinado de don Fernando el Santo. No ignoramos ser esta la opinión del padre Andrés Burriel, quien le dio por segunda vez a la estampa en sus Memorias para la Vida de san Fernando, ilustradas y anotadas por don Manuel Rodríguez (Madrid, 1800); pero aparte del lenguaje, que no es el de aquella época, háblase en él de las milicias concejiles de una manera tan incidental y en tono tan despreciativo, que excluye toda suposición de que el libro se escribiera en su tiempo. Debemos esta observación a nuestro amigo y compañero don Tomás Muñoz, demasiado entendido en estas materias para que su opinión no sea para nosotros de mucho peso y autoridad.» (Pascual de Gayangos, «Introducción» a Escritores en prosa anteriores al siglo XV, Rivadeneyra (Biblioteca de Autores Españoles, tomo 51), Madrid 1860, pág. v, nota 2.)

1861 «Es opinión generalmente admitida, que al trasladar San Fernando a Salamanca la universidad de Palencia, tuvo por objeto formar en aquella ciudad un centro de ilustración y ciencia que le proporcionase hombres eminentes, que no solo ilustrasen su reinado, sino que le ayudasen a llevar a cabo su plausible idea de formar un código universal: y afirman sacó de aquel establecimiento los doce sabios a quienes encomendó la formación de las Partidas. No quedan aquí las suposiciones, sino que también se asegura, que estos doce sabios fueron llamados para componer su consejo, y que el famoso de Castilla toma su origen de esta comisión. Sin contradecir nosotros que el Rey se propusiese fundar un foco de ilustración que esparciese su luz por toda la Monarquía, podemos asegurar, que en cuanto hemos registrado, no hemos visto dato alguno que justifique cumplidamente las otras aseveraciones. Encontramos sí, pruebas evidentes del nombramiento de la comisión; pero que esta se compusiese de solo doctores de la universidad de Salamanca, es más que problemático. Nos parece mejor la opinión de los que creen, que el Rey buscó estos sabios en España y en el extranjero; y en efecto, si se considera la inmensa erudición que contienen las Partidas, es casi imposible encontrar en un solo punto, doce hombres tan ilustres como sus autores, por mucho que en él abunden, y mas si se atiende al estado de ilustración en que se hallaba España en aquellos siglos: porque las Partidas no solo son un inmenso archivo de nuestro antiguo derecho patrio, sino del romano y canónico; y en cuanto a la parte expositiva de sus leyes, de todo cuanto notable se conocía en historia, filosofía, literatura y demás ramos del saber humano. Esta circunstancia nos inclina a creer, que la comisión de los doce se compuso de sabios españoles y extranjeros, entendidos aquellos en todos nuestros usos, costumbres, fueros y legislación patria, y eminentes estos, en el conocimiento de todos los demás libros y tratados, cuya gran práctica y manejo manifiesta la redacción de las Partidas.
No es menos aventurado suponer, que estos doce sabios formaron un consejo que sirvió de base al famoso de Castilla. Acabamos de probar oficialmente, que los Reyes anteriores a San Fernando y él mismo, tenían su consejo particular a usanza de los Monarcas godos, compuesto de los prelados y ricos-hombres que seguían la corte, y el origen del de Castilla debiera mas bien buscarse en esa especie de corporación eclesiástica y noble, que por su antigüedad, que se pierde en la Monarquía gótica, aparece ya con carácter de institución. No es posible pues, que teniendo San Fernando un consejo oficial, consuetudinario y de prerogativa, porque tal debe considerarse el derecho de los representantes de las clases eclesiástica y noble, no solo a aconsejar al Monarca, sino a autorizar sus órdenes, sentencias y privilegios, consintiese este consejo en verse suplantado por otro que aunque más eminente en luces, atacaba uno de sus más preciosos derechos; ni es tampoco de creer en la prudencia de San Fernando, se malquistase por tal cuestión con las dos clases más poderosas del Estado, sin las que no podría llevar a cabo sus proyectos de expedición a África, y sin cuya cooperación no habría conseguido realizar las grandes empresas que se vieron en su tiempo, principalmente la conquista de Sevilla.
Pero además de estas razones de inducción fundada, existe una legal y poderosa, cual es la de que en ningún privilegio de los otorgados en los últimos años de la vida de San Fernando, falta la confirmación de los prelados y ricos-hombres, ni en ninguno se vé firma alguna extraña; de lo cual irresistiblemente se deduce, que no introdujo novedad alguna en el antiguo consejo, y que los prelados y ricos-hombres siguieron en el pleno goce de sus derechos y prerogativas. Parece imposible que si la nueva comisión de los doce, hubiese formado desde su instalación un cuerpo de consejo y consulta, no se hallara algín instrumento que así lo probase, y tal vez esto nos habría conducido al conocimiento de los sabios que formaron nuestro admirable código, para rendirles el tributo de admiración debido a su mérito y trabajo, no quedando infructuosas las minuciosas investigaciones que han hecho talentos y anticuarios de primer orden, para averiguar sus nombres y patria. Que el Rey conferenciase particularmente con estos doce sabios; que recibiese privadamente sus consejos; que los consultase en casos difíciles, ni nosotros ni nadie puede negarlo; pero nada hay mas ilógico e infundado que suponer a la comisión, constituida en consejo oficial, suplantando al antiquísimo, consuetudinario y de prerogativa de los prelados y ricos-hombres.
Asegúrase que los doce sabios comenzaron sus trabajos de compilación del código, en los últimos años del reinado de San Fernando; y se fundan los que así opinan, en que lo reconoce su mismo hijo Don Alonso el Sabio, cuando en el prólogo de las Partidas dice: «A esto nos movió señaladamente tres cosas: la primera, el muy noble y bienaventurado Rey Don Fernando nuestro padre, que era complido de justicia e de derecho, que lo quisiera facer si mas viviera, e mandó a nos que lo ficiésemos.» Estas palabras demuestran, que la idea de un código general fue de San Fernando, pero no que empezase a realizarla, sino que se la encargó a su hijo, y que este cumplió fielmente y con la mayor gloria.
Pero aunque la comisión de los doce no empezase este trabajo durante la vida del Santo Rey, compuso sin embargo una especie de recopilación, que comprendía los deberes del Monarca, a la que intituló Libro de la nobleza y lealtad, de que se hizo luego una edición en Valladolid el año 1509, conservándose un ejemplar en la biblioteca del Escorial. Consta el libro de 65 capítulos, pues aunque hay uno mas, se escribió durante el reinado de su hijo Don Alonso. Dedicanse en su mayor parte a consignar las costumbres del Rey, y los deberes que debe cumplir; y se leen en ellos máximas muy morales y dignas de llamar la atención, porque prueban que en nuestra monarquía siempre han dominado ideas de justicia y templanza, y nunca de tiranía; por mas que en algunos períodos se hayan olvidado las sabias prescripciones de nuestras leyes. Copiaremos algunas de sus máximas, y se verá la exactitud de lo que decimos. [...]
Los sabios, para hacer mayor fuerza a un rey tan religioso, tomaron de los Salmos muchos de sus consejos.» (Amalio Marichalar Marqués de Montesa & Cayetano Manrique, Historia de la legislación y recitaciones del derecho civil de España, Imprenta Nacional, Madrid 1861, tomo II, págs. 509-514, extracta los capítulos 20, 22, 26, 41, 45, 54, 58, 59, 61 y 63.)

1862 «[Apéndice] III. Los doce sabios y su libro de la nobleza y lealtad. (Curiosísimo documento.) Capítulo primero. De las cosas que los sabios dice e declaran de la Lealtanza. [...] (Este curiosísimo documento, que hemos tomado del Sr. Lafuente, está formado de unos fragmentos del Libro de la Nobleza y Lealtad, compuesto por los doce sabios que formaban el consejo del rey de Castilla y León Fernando III el Santo.)» (Dionisio S. de Aldama & Manuel García González, Historia general de España desde los tiempos primitivos hasta fines del año 1860, Madrid 1862, tomo VI, págs. 324-333, transcriben o extractan los capítulos 1, 2, 3, 14, 22, 23, 26, 27, 35, 36, 37, 41, 42, 43, 44, 54 a 65.)

1863 «Mas no sólo dejó Fernando III, cuya gloria alcanza a todas las esferas de la civilización, comprobada su predilección a la lengua castellana en este importante monumento [el Fuero Juzgo], que únicamente nos es dado ahora considerar bajo el aspecto filológico, por más que hallemos en él algunas leyes, o acomodadas a las costumbres y creencias del siglo XIII, o enteramente originales. Protector natural de los varones distinguidos por su ciencia, y congregados por él en su corte, logró también aquel gran rey que entrando en el terreno de la filosofía, ensayaran estos la lengua vulgar en su cultivo, y a sus ilustradas instancias fueron compuestos los dos peregrinos tratados, que llevan por título el Libro de los doce sabios y Flores de Philosophia. Ministrando el primero al mismo rey don Fernando útiles avisos sobre «lo que todo príncipe et regidor de regno a de fasser en ssi et de cómmo deve obrar en aquello que al mesmo pertenesçe, el otrossí de cómmo deve regir et castigar et mandar et conosçer a los del su regno», tiene por objeto principal la educación de los infantes, sus hijos, quienes debían «estudiar et catar en ella como en espejo», pues que «aunque breve escriptura, grandes iuiçios et buenos trahia ella consigo» {(1) Prólogo al Libro de los doce sabios}.
Era pues el Libro de los doce sabios cierta manera de catecismo político, cuya existencia no podría fácilmente comprenderse sin apreciar, en la forma que lo dejamos ya realizado, el extraordinario movimiento que en la primera mitad del siglo XIII ofrece la cultura intelectual de Castilla. Tomando, al escribirle, la misma forma expositiva adoptada por cuantos tratan después de las ciencias políticas o filosóficas, artificio que era harto común en los libros orientales, arábigos y rabínicos, de aquella edad y de las anteriores, fingieron dichos sabios una especie de junta o academia, en que dando principio a sus tareas con la definición de la lealtad [lealtança], expone cada uno la idea que tiene formada de ella, tratando después de la cobdiçia y definiéndola asimismo en breves máximas y sentencias. Señaladas menudamente las cualidades y virtudes que debían brillar en los reyes, así en los goces de la paz como en las artes y peligros de la guerra, píntanlos revestidos de amor y sabiduría, asistidos de piedad y de justicia, fortalecidos de castidad y de templanza, inclinados a la liberalidad y munificencia, y finalmente circunspectos, honradores de los buenos, prontos a reprimir a los orgullosos, humildes en la prosperidad y celosos de su autoridad y fortuna.
Este libro, que halla adelante felices imitadores, formulado en el idioma vulgar y animado de cierto espíritu práctico, podía en verdad lograr alguna aplicación al gobierno del Estado, por más que en nuestros días sea tenido en poco y aun desdeñado por nuestros eruditos {(1) Uno de nuestros más claros escritores contemporáneos observa que el «trabajo de los Doce sabios no encierra mérito alguno particular», añadiendo que «en él se descubre sólo el espíritu monárquico y aquella manía de comentar o perifrasear una palabra o idea, cuyo gusto dominó después mucho tiempo en nuestra literatura» (Morón, Historia de la civilización de España, tomo V, pág. 160). Mas este juicio seguido por el académico don Modesto Lafuente (Historia de España, Parte IIª, lib. II), no puede plenamente ser aceptado por nosotros, porque sobre no estar todo el libro escrito de la misma suerte, debe repararse en que esa forma expositiva viene a determinar en la historia de nuestras letras la aparición del elemento didáctico-oriental que les comunica en breve especial carácter, siendo por tanto digno del mayor estudio el monumento de que tratamos. Ni aun considerado en absoluto, podemos admitir el dictamen referido, pues lejos de esa hinchazón, ampulosidad y mal gusto de que se acusa al Libro de los doce sabios, nos parecen sus advertencias claras, sencillas, útiles, y formuladas con la gracia de que era la lengua susceptible, lo cual juzgó también el entendido P. Burriel, cuando en sus Memorias para la Vida del Santo rey, después de apellidarle tratado discretísimo, manifestó que le hallaba «digno de que no le dejasen de la mano los que gobiernan nuestra monarquía», pág. 188.}: reconociéronlo así los mismos autores, suplicando al rey de Castilla que mandase «dar a cada uno de los ditos sennores infantes, sus filios, un treslado» de aquella obra; «porque anssi agora en lo pressente commo en lo d'adelant porvenir (añadían) ella es tal escriptura que bien s'aprobechará qui la leyer et tomare algo della a pró de las ánimas et de los cuerpos» {(2) Prólogo del Libro de los doce sabios}. Mas cualquiera que fuese el aplauso que obtuvo el Libro de los doce sabios en la corte de Fernando III; cualquiera que sea el juicio de nuestros coetáneos respecto de su doctrina, cuerdo nos parece indicar que sólo debe ser considerado como un ensayo (y por cierto el primero hasta hoy conocido {(1) El entendido don Pascual Gayangos, en la Introducción a los Escritores en prosa anteriores al siglo XV (tomo LI de la Biblioteca de autores españoles), manifiesta no creer «que el Tractado de la nobleza et Lealtad se escribiese durante el reinado de don Fernando el Santo». Alega por razón, demás de suponer el lenguaje impropio de aquella época, que se habla en dicho libro «de las milicias concejiles de un modo incidental y en tono tan despreciativo que excluye toda suposición de que el libro se escribiera en tiempo del expresado rey». La indicación relativa al lenguaje, por ser demasiado vaga, nada prueba, demostrando por el contrario el examen detenido de este monumento, que como otros muchos ha llegado a nuestros días muy adulterado, que abundan en él los rasgos característicos de aquella época en orden a la dicción y a la frase. Respecto del menosprecio de las milicias concejiles, daríamos el valor que le atribuye el señor Gayangos a la observación, cuando se tratara de una época esencialmente militar; pero el reinado de Fernando III, si cumple como pocos, durante la edad media, aquella ley superior de la reconquista, se distingue más principalmente por el espíritu de unidad que en todos los actos del monarca resplandece y por el predominio que dio a la idea sobre el hecho, al derecho sobre la fuerza; origen indubitable de las grandes empresas legales que don Alfonso, su hijo, realiza. Esto y no otra cosa significa el anhelo con que dotó a todas las ciudades que pudo del Fuero Juzgo; esto la preponderancia que en su tiempo lograron los legistas, preponderancia insinuada ya desde el reinado de Alfonso VIII; y esto en fin el empeño no disimulado de crear un solo derecho, proyecto que debía tener por corona la institución de un imperio cristiano, según después comprobaremos. En época como esta, y escribiendo filósofos o legistas, no es, ni puede ser extraño, que no logre aplauso ningún elemento de fuerza, cualquiera que sea su representación y aun su origen; y como el Libro de los doce sabios o de La nobleza respira desde el primero al último capítulo aquel mismo espíritu de unidad y supremacía en el trono, tratando de igual suerte a grandes y pequeños, si ya no es que atiende a despojar a los primeros de todo poder tiránico, de aquí que la observación del señor Gayangos, aunque muy erudita, carezca de la fuerza decisiva que le atribuye.}) de lo que podía alcanzar la prosa castellana en el cultivo de las ciencias, gloria iniciada por Fernando III y cosechada más tarde por su hijo don Alfonso. Con este propósito, y a fin de que pueda formarse cabal juicio del estilo y lenguaje de tan antiguo monumento, trasladaremos el capítulo XXVI, en que hablando de la manera de hacer y conservar las conquistas, revela el espíritu de la época en que fue escrito, y del rey fuerte, grande y conquistador, por cuyo mandato se escribe: [...]
{(1) El Libro de los Doce Sabios ó de la Nobleza ó Lealtat fue dado primeramente a la estampa en 1502 (Valladolid, por Diego Gumiel); reimpreso en 1509 en la misma ciudad (Burriel, Memorias para la Vida del Santo rey, pág. 188); reproducido en 1800 (Madrid, Mem. citadas, pág. 188 y siguientes), e incluido por último en el tomo V de la Hist. de Esp. del distinguido académico Lafuente, bien que sin el prólogo y con notables supresiones (Madrid, 1851). A pesar del esmero que el P. Burriel puso en el cotejo de la edición de 1509 con el códice del Escorial, hemos examinado este precioso Ms., designado con la marca B ii.7, y los que en la Biblioteca Nacional tienen las señales Bb. 52 y Cc 88. La primera copia es del siglo XV y se halla al fól. 94 del indicado volumen, que encierra además Los Casos e Caydas de príncipes, traducción de Bocaccio: la segunda es del siglo XVIII, y lleva este título moderno: Junta de los Doce Sauios que hizo el rey don Fernando el santo que ganó a Sevilla, y los consejos que dieron, con los dichos y sentencias de estos. El entendido Burriel suprimió el último capítulo de los códices (el LXV), porque «se añadió después de la muerte del Santo rey»: en efecto, dicho capítulo tiene el siguiente epígrafe: [...]. Es por tanto evidente que este capítulo, en que resalta la forma expositiva de los moralistas orientales, fue añadido, como indicó el P. Burriel, después del fallecimiento del rey don Fernando. (Véase la pág. 212 de las citadas Memorias).}
Conocido el anhelo con que el gran rey don Fernando atendió a la educación de sus hijos, y en especial de su primogénito, «metiéndolo mucho en sus conseios et en sus fablas, magüer que la hedat non era tamanna por que sopiese conseiar, segunt conuenie a la su nobleza» {(1) Cap. V de los conservados del libro Septenario.}, tampoco sería descabellado el atribuir al libro de las Flores de Phílosophia el mismo origen. Bien sabemos que esta obra, citada de muchos, vista de pocos, y todavía no examinada, ha sido constantemente reputada como producción de la época de don Alfonso VIII, colocándola en la segunda mitad del siglo XII {(2) (...)}; pero luego que tomados en cuenta los primitivos monumentos de la prosa castellana, tal como lo hemos hecho en el presente capítulo, se viene en conocimiento de que no se había escrito aun aquella con intento literario en el citado período; luego que fijando la atención en la naturaleza del referido tratado, y comparándole con otros de igual índole, trazados al mediar el siglo que historiamos, descubrimos en él cierto sabor oriental que le asocia al movimiento insinuado ya en el Libro de los doce sabios, no podemos asentir a la opinión indicada, creyendo por el contrario que no deben sacarse las Flores de Philosophia del reinado del conquistador de Sevilla, gloriosa preparación de la memorable época del Rey Sabio.
El indicado libro, que se supone escogido y tomado de los dichos de los filósofos, y terminado por Séneca, último de los treinta y siete que se congregan para componerle, guardando no poca analogía con el ya mencionado de la Nobleça et Lealtança, y enlazándose con el de la Sabieça y el de los Bocados de oro, que en su lugar examinaremos, es una compilación de máximas y sentencias morales, religiosas y políticas, distribuidas en treinta y ocho leyes o capítulos. (...) Pero dejando para lugar más adecuado el tratar ampliamente materia tan nueva y difícil, bueno será advertir después de asentado este interesante hecho, que así como el Libro de los doce sabios se encamina principalmente a labrar la educación de los reyes, tiene por objeto el de las Flores de Philosophia la enseñanza general, sin olvidar los deberes del pueblo para con sus monarcas, y atesorando cuerdos y fructuosos consejos sobre la próspera y adversa fortuna.
No faltará acaso quien, recorriendo sus capítulos o leyes, observe como ha sucedido ya respecto del Libro de los doce sabios, que «no pasan sus doctrinas de generalidades que hoy alcanza el hombre menos versado en los preceptos de la moral y de la ciencia del gobierno». Mas cualesquiera que sean en nuestros días los adelantos de las ciencias morales y políticas, siempre nos parecerá infundada, por lo menos, esta manera de juzgar las producciones de edad tan remota, causándonos en cambio verdadera admiración el seso y cordura de los que, acomodando las lecciones de la antigua filosofía a las ideas y creencias de su tiempo, acometían la noble empresa de restituir a la razón el imperio que había perdido en medio de la barbarie de otros siglos, avasallada por todo linaje de violencias. Y si, como llevamos apuntado, reparamos al par en que se hacían estos ensayos en el idioma hablado por la muchedumbre, y bajo los auspicios de un príncipe que tanto hizo para fomentar durante su reinado la lengua vulgar y la prosa castellana, subirá de punto la estimación con que debemos contemplar semejantes obras, y muy especialmente la que merece el libro de las Flores de Philosophia. Observar se debe por último que si la forma expositiva de este y del tratado de los Doce Sabios se deriva de otras literaturas, el fondo, esto es, las doctrinas capitales de uno y otro, reciben general colorido de la cultura española o ya son enteramente cristianas, sometiéndose así al incontrastable principio de actualidad, que dando aliento a nuestra civilización, caracteriza todas nuestras conquistas literarias.» (José Amador de los Ríos, Historia crítica de la literatura española, Imprenta de José Rodríguez, Madrid 1863, tomo III, páginas 433-442.)

1865 «Neben diesen Versuchen in der historischen Prosa erscheinen noch unter der Regierung Ferdinand's III von Castilien, zum Theil von diesem Könige selbst veranlafst, und unter dem Eínflusse der vom Verf. sogenannten arte simbólico-oriental die ersten Versuche der didaktischen Prosa. Denn aufser dem Fuero juzgo schreibt der Verf. dieser Regierungsperiode die Abfassung des Libro de los doce sabios, ó Tractado de la nobleza et lealtad, und der Flores de Philosophia zu.» (Ferdinand Wolf, «Kritische Anzeigen. Historia crítica de la literatura española, por D. José Amador de los Ríos...», Jahrbuch für romanische und englische Literatur, Leipzig 1865, 6:65.)

1866 «3323. Tractado de la nobleza y lealtad, compuesto por doce sabios, por mandado del rey D. Fernando, que ganó a Sevilla. Divídese en 66 capítulos. El prólogo: I. «Al muy alto y muy noble.» El primer capítulo: I. «Comenzaron sus dichos estos sabios.» El último: D. «que te non conoscen.» Al principio está la tabla de los capítulos de 2 hojas y media. Es en 4º. Impr. en Valladolid por Diego Gumiel, año 1502. –Costó en Medina del Campo 27 maravedís.» (Ensayo de una biblioteca española de libros raros y curiosos, formado con los apuntamientos de don Bartolomé José Gallardo, coordinados y aumentados por D. M. R. Zarco del Valle y D. J. Sancho Rayón, Madrid 1866, tomo segundo, columna 535.)

1867 «..., y viendo, por último, las obras didácticas en el Libro de los doce sabios o el de las Flores de la Philosophia, y las de estilo familiar, como las Cartas de Alexandre a su madre.» (José Villó y Ruiz, Juicio crítico sobre el reinado de San Fernando, discurso leído ante el claustro de la Universidad Central al recibir la investidura de Doctor en la Facultad de Filosofía y Letras, Madrid 1867, pág. 39.)

1869 «Asociado aparecía entre tanto, ya como guerrero y legislador, ya como historiador y cultivador de las letras, al gran movimiento abanderado en Castilla por Fernando III y Alfonso X, el memorable D. Jaime I de Aragón, monarca de tan levantadas virtudes para las artes de la paz como para el oficio de la guerra. Y tal vez porque le excitara el ejemplo de tan ilustres soberanos; tal vez porque el mismo abandono y casi total horfandad en que se había criado, le movieron a pensar, más sériamente que su padre lo hizo, en la educación de su primogénito para bien de la República, Don Jaime escribió el Libro de la Sabiesa, catecismo que, como el Libro de los doce Sabios, tenía por objeto principal la instrucción y enseñanza de los reyes, prescribiéndoles las maneras de obrar respecto de sus pueblos, de sus magnates y caballeros, a quienes debían mantener en paz y en justicia, atendiendo al par a la defensa y guarda del Estado, no menos que a la dignidad de sus propias personas. {2. Historia crítica de la Literatura española, t. III, pág. 546.}» (José Amador de los Ríos, «Estudios sobre la educación de las clases privilegiadas de España durante la Edad Media», Revista de España, tomo X, Madrid 1869, pág. 411.)

1872 «Así, mientras las simbólicas y sabrosas ficciones del Sendabad y del Pant-cha-tantra, comunicando su espíritu altamente moral al Libro de los Doce Sabios y a las Flores de Filosofía, obras iniciadas por Fernando III y llevadas a cabo por su docto hijo, inauguraban en el campo de las letras la trascendental fusión del genio de Oriente y de Occidente, hallaba realización análoga en las esferas de las artes el anunciado maridaje de la arquitectura cristiana y de la arábiga.» (José Amador de los Ríos, «El estilo mudéjar en arquitectura», Discursos leídos... en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid 1872, pág. 14.)

«Algunos suponen que la mencionada versión castellana del Fuero Juzgo no llegó a hacerse hasta el reinado de D. Alonso el Sabio; pero esta opinión está desmentida con toda evidencia, quedando, por lo tanto, asentado que a Fernando III corresponde la gloria de haber dado este primer paso en favor del habla vulgar, como igualmente la de haber conseguido que esta se ensayara en la Didáctica mediante dos importantes tratados que se titulan: Libro de los doce Sabios y Flores de Philosophia.» (Manuel de la Revilla & Pedro de Alcántara García, Principios de literatura general e historia de la literatura española, Madrid 1872, pág. 303.)

1873 «Prosistas didácticos castellanos. San Fernando mandó traducir el 'Forum judicum', y dejó comenzado o proyectado el 'Setenario', tratado religioso, moral y político. A su reinado se atribuyen el 'Libro de los doce sabios' y las 'Flores de la Filosofía' (colecciones de máximas).» (Manuel Milá y Fontanals, Principios de literatura general y española, Imprenta del Diario, Barcelona 1873, pág. 343.)

1874 «El aspecto general del Libre de la Saviesa es el de una compilación provisional de materiales, que deben servir más tarde para la composición de una obra. El autor había tomado por modelos de su trabajo, que quedó sin concluir, colecciones parecidas de los judíos y de los árabes, que en España eran muy numerosas, pues aquellos habían introducido y popularizado el uso de las sentencias y proverbios. En el reinado de D. Fernando III la lengua castellana había ya dado el Libro de los doce sabios o tractado de la nobença et lealtança y las Flores de filosofía. En tiempo de D. Alfonso X se vio aparecer el Bonium, o Bocados de oro, y Poridad de Poridades o Enseñamiento et castigos de Alexandro.» (Charles de Tourtoulon, Don Jaime I el conquistador, Valencia 1874, 2ª ed., tomo II,pág. 359.)

1876 «Hizo también escribir el Santo Rey el Libro de los doce sabios o de la nobleza e lealtad, tratado de educación política; y probablemente de San Fernando son asimismo las Flores de la Filosofía, conjunto de sentencias y máximas sacadas de otros libros, sobre Moral, con algunos de sus consejos en forma de cantares.» (Angel Salcedo y Ruiz, Resumen histórico-crítico de la literatura española según los estudios y descubrimientos más recientes, Madrid 1876, pág. 90.)

1877 «Por encargo de Don Fernando se escribió El libro de los doce sabios, que es una colección de sentencias o máximas políticas y de avisos que el monarca debía tener presente para la acertada gobernación del reino.» (Rafael Cano, Lecciones de literatura general y española, Palencia 1877, pág. 42.)

1892 «Al morir [Fernando III] dejaba asegurada la Reconquista; ensanchado casi en la mitad el territorio castellano con las tierras más fértiles, ricas y lozanas de España; abierto para Castilla el camino de los dos mares por larguísimas leguas de costa; fundada la potencia naval; inaugurado el comercio con Italia y aun con las postreras partes de Levante; atraídos por primera vez artífices y mercaderes a un reino donde antes sólo resonaba el yunque en que se forjaban los instrumentos del combate; floreciente el estudio de Salamanca fundado por su padre, y el de Valladolid, que inauguró su madre; respetada donde quiera la ciencia de teólogos y juristas; traducido en lengua vulgar el Fuero-Juzgo y echados los cimientos de la unidad jurídica; triunfante el empleo de la lengua popular en los documentos legales; comenzada en el Libro de los doce sabios y en las Flores de Philosophia aquella especie de catequesis moral por castigo e conseio que muy pronto había de completar Alfonso el Sabio; y finalmente, cubierto el suelo de fábricas suntuosas en que se confundían las últimas manifestaciones del arte románico con los alardes y primores del arte ojival, cuyo triunfo era ya definitivo.» (Marcelino Menéndez Pelayo, «Discurso en el Tercer Congreso Católico Nacional», Sevilla 1892, en Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, Edición nacional, tomo XII, CSIC, Madrid 1942, tomo 7, pág. 55.)

1894 «De este primer florecimiento cosmopolita o europeo se derivó otro más peculiarmente español, el cual se caracteriza por el uso constante de la lengua vulgar, aplicada antes que otra ninguna de las lenguas romances a la alta especulación científica, así en Castilla como en Cataluña. Comienza esta nueva fase en los reinados de San Fernando y de D. Jaime el Conquistador, iniciándose tímidamente con catecismos político-morales (Llibre de la Saviesa, Libro de los doce Sabios, Flores de Philosophía, Libro de los buenos proverbios, Poridat de Poridades, &c.), imitados o traducidos, a lo menos en parte, de fuente arábiga, y con las dos más célebres colecciones de apólogos y cuentos de procedencia indostánica, el Calila y Dina y el Sendebar. Crece la corriente y se dilata poderosa en la monarquía científica de Alfonso X, nuevo Salomón cristiano, por quien la sabiduría desciende del solio para aleccionar a las muchedumbres en modo y estilo oriental con los preceptos de una cierta filosofía regia; al mismo tiempo que con asombrados ojos empiezan a deletrear los arcanos del firmamento, conforme al sistema indio del Sindhanta, traído a nuestra Península por el antiguo Moslema. Si el elemento árabe en la Crónica general debe reducirse a límites exiguos, en cambio es muy considerable en la Grande et General Estoria, y aun en la parte doctrinal de las Partidas, e impera casi solo en el Libro de los Juegos, en los tres Lapidarios, en los Libros del saber de Astronomía y en otros muchos, así de recreación como de ciencia.» (Marcelino Menéndez Pelayo, «De las influencias semíticas en la literatura española», 1894, en Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, Edición nacional, tomo VI, CSIC, Madrid 1941, tomo 1, págs. 210-211.)

1898 «Al mismo monarca a quien se debe tan preciado monumento de la literatura nacional [se refiere a Fernando III y al Fuero Juzgo], somos también deudores de otros dos monumentos, en los cuales el habla vulgar se ensaya en otros géneros didácticos. Tales son los tratados de carácter filosófico, que se compusieron a su instancia, y que llevan los títulos de Libro de los doce Sabios, o de la nobleza y lealtade, y Flores de Philosophia, encaminados, el primero, a labrar la educación de los reyes, y el segundo, la educación general, sin olvidar los deberes del pueblo. Es el primero una especie de catecismo político, para uso de los príncipes, escrito en las formas expositivas propias de los que tratan después de las ciencias políticas o filosóficas; y el segundo, una compilación de máximas y sentencias morales, religiosas y políticas, distribuidas en treinta y ocho capítulos, que denomina leis el autor, el cual da a veces los consejos en forma de cantares. El segundo de estos libros se supone escogido y tomado de los dichos de los filósofos y terminado por Séneca, último de los treinta y siete que se reúnen para componerlo; en él se descubre el apólogo oriental, tratando de introducirse en la literatura castellana como ya había intentado hacerlo antes. {(1) La obra Flores de Filosofía ha sido publicada en 1878 por la Sociedad de Bibliófilos Españoles, precedida de un erudito discurso de Germán Kruch, que dice es del siglo XIII, y no afirma que sea de San Fernando. Están sacadas las Flores de Filosofía, en gran parte, de un libro llamado los Buenos Proverbios, traducción, a su vez, de las Sentencias morales de los filósofos, escritas por Hemin-ben-Ishaik (manuscrito árabe del siglo IX) y del Bonium.} En ambos documentos aparece la prosa castellana, ostentando las virtudes que hemos visto en el Fuero Juzgo.» (Manuel de la Revilla & Pedro de Alcántara García, Principios generales de literatura e Historia de la literatura española, 4ª edición, Madrid 1898, tomo II, páginas 119-120.)

1901 «También se ha satisfecho a una consulta del Sr. Chapado, en que pedía informes acerca de un antiguo libro impreso. Por ser éste de extremada rareza y no bien conocido, merece que le describamos aquí con algún detalle. Véase a continuación su título y descripción:
« Tractado || de la no || bleza y leal || tad. || ¶ Compuesto por doce sabios: por mandado del muy noble rey dõ Fer || nãdo: que gano a Seuilla» (Al fin:) ¶ Fue impreso en la noble villa de va || lladolid por Diego de gumiel año || de quinientos y dos »
4.º – Dim. de la c. t. 154×97 mm. – 4 hs. s. n. y s. sign. + xxiiii fs. -sign. a-c. – 30 lin. por pag., letra got., con hermosas capitales de adorno y dos grabados en madera, todo iluminado. – Port., con el título en grandes letras xilográficas hasta la 5.ª línea, con algunos adornos en negro y amarillo hechos a pluma. – Vuelta en b. – Tabla, que ocupa tres págs. – Grabado con orla que ocupa toda la página, y que representa, dentro de una rica habitación de estilo gótico, a un Monarca en el trono con su cetro en la mano, y a un sabio que le presenta un libro. – Fol. aj: ¶ Comiença el libro de la || nobleza y lealtad.» – Prólogo, s. n. de tal, en que los sabios manifiestan al Rey el motivo y el contenido de su obra. – Texto dividido en 66 capítulos, de los cuales el último tiene por epígrafe: «Como después que el rey dõ fernãdo fino, reyno el infante don alfonso su fijo y de como embio por los sabios y del consejo q. le dieron ellos.» El motivo y el resultado de este segundo Consejo están indicados en términos muy generales: solo consta en concreto el elogio que cada uno de los doce sabios hizo del rey D. Fernando, y que D. Alfonso pidió por escrito, para ponerlos en el sepulcro de su padre con letras de oro – Colofón – Grabadito, análogo al del principio, en el que son dos los personajes que se presentan al monarca, quizá los dos nuevos sabios que don Alfonso mandó llamar en sustitución de los dos que habían muerto después del Consejo celebrado por su padre. – Página en b. – Es un libro hermosamente impreso, en cuyas márgenes se acotan algunos pasajes y se corrigen, por una mano desconocida, dos erratas del texto en los capítulos xiii y xx. De esta obra existe aquí una copia manuscrita del siglo XV (&-II-8, fols. 67-79) que presenta numerosas variantes con el impreso. En éste falta el elogio que hizo de San Fernando el décimo sabio, y que, según la copia ms., fol. 79 v. suena así: «El déçimo sabio dixo en la vida ouiste la fermosura del cuerpo y en la muerte moraste fermosura del alma.» Marichalar dio ya algunas noticias y extractos de esta obra con referencia al mismo ejemplar escurialense, pero incurriendo en algunas inexactitudes, que quizá deban considerarse como erratas de imprenta.» (Fr. Benigno Fernández OSA, «Crónica de la Real Biblioteca Escurialense. Julio de 1901», La ciudad de Dios, revista religiosa, científica y literaria dedicada al gran padre San Agustín y redactada por alumnos de su orden, Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial (Madrid), 1ª quincena de agosto de 1901, volumen LV, págs. 534-535.)

«Dos más brillantes muestras de la antigua prosa española nos ofrecen las supuestas cartas escritas por Alejandro moribundo a su madre; y a la circunstancia de haber sido halladas en el códice copiado por Lorenzo de Astorga, deben su publicación al final del Libro de Alexandre. Hay buenas razones para creer que no son obra del autor del poema; y, en realidad, son meras traducciones. Ambas epístolas están tomadas de la colección arábiga de sentencias morales compuesta por Honain ben Ishak al-'Ibadi; la primera se halla en el Bonium (así llamado por su autor, fabuloso Rey de Persia), y la segunda en la versión castellana del Secretum Secretorum, cuyo título se traduce literalmente por Poridad de las Poridades. Otros ejemplos de adelantada prosa pueden verse en el Libro de los Doce Sabios o de la Nobleza y Lealtad, que trata de la educación política de los Príncipes, y puede haber sido escrito bajo la dirección de San Fernando. Pero el autor y la fecha de estas dos producciones son poco más que hipotéticos. Estos son los ensayos preliminares en materia de prosa española. Recibió ésta su forma permanente en manos de Alfonso el Sabio (1220-84), que sucedió a su padre San Fernando en el trono de Castilla en 1252.» (Jaime Fitzmaurice-Kelly, Historia de la literatura española desde los orígenes hasta el año 1900, traducida por Adolfo Bonilla y San Martín, con un estudio preliminar por Marcelino Menéndez y Pelayo, La España Moderna, Madrid 1901, página 99.)

1910 «Libros mandados componer por San Fernando. Mandó San Fernando componer El Setenario, que fue concluido en el reinado de su hijo, libro que muchos han supuesto equivocadamente una obra legislativa –el boceto de las Partidas–, y es, en realidad, un compendio enciclopédico de la ciencia en el siglo XIII, o sea de las siete naturas engendradoras de los siete saberes; el trivio: Gramática, Retórica y Lógica, y el cuatrivio: Música, Astronomía, Física y Metafísica, con nociones de Aritmética y Geometría. Hizo también escribir el Santo Rey el Libro de los doce sabios o de la nobleza e lealtad, tratado de educación política; y probablemente de San Fernando son asimismo las Flores de la Filosofía, conjunto de sentencias y máximas sacadas de otros libros, sobre Moral, con algunos de sus consejos en forma de cantares; los capítulos breves son llamados leis, y supone el autor de la compilación que se juntaron treinta y siete filósofos para componer el libro, terminándolo Séneca.» (Angel Salcedo Ruiz, Resumen histórico de la literatura española según los estudios y descubrimientos más recientes, Saturnino Calleja, Madrid 1910, páginas 90-91.)

1911 «IV. En cuanto al Septenario, El Bonium, el Libro de los Doce Sabios y las Flores de Filosofia, no me ha parecido discordante incluirlos en mi Biblioteca¸ porque si bien nada tienen que ver con las cuestiones de pedagogía, en el moderno sentido de la palabra, encajan muy bien en una pedagogía histórica, por dar á conocer el elemento didáctico-oriental, tan estimado de nuestros educadores medioevales. Además, no he juzgado inoportuno y fuera del caso encerrar en una colección destinada á popularizar nuestros tratados didácticos, obras como el Libro de los Doce Sabios cuando de él escribe Amador de los Ríos que «tiene por objeto principal la educación de los infantes» y las Flores de Filosofia, libro que «tiene por objeto la enseñanza general», según expresión del citado Amador de los Ríos. En mi humilde criterio he juzgado que no estaban reñidas con la pedagogía catecismos ó compilaciones de sentencias de índole moral y religiosa.» (carta de Francisco Sancho –desde Lérida, 11 de noviembre de 1911– a Marcelino Menéndez Pelayo, EMMP 21:824.)

1912 «Seyñales. – Señales. – Blasones. «Como a los caualleros e gentiles õmes conuenga traer armas o seyñales por las quales ellos e los de su linaje sean conocidos...» Valera, Tratado de la nobleza y lealtad, Valladolid 1502.» (Enrique de Leguina, Glosario de voces de armería, Madrid 1912, pág. 782.)

1919 «Ya en vida de su padre Fernando el Santo, y por su encargo, redactáronse libros de apólogos morales, como los titulados Libro de los doce sabios y Flores de filosofía, en que se inicia el influjo oriental. Alfonso hace traducir en el mismo género el Calila y Dimna, Bocados de Oro, Poridad de poridades; redacta o hace redactar obras de juegos orientales; escribe su Grand e General Estoria, en la cual aprovecha las fuentes árabes, y manda traducir el Alcorán y los libros talmúdicos y cabalísticos.» (Miguel Asín Palacios, La escatología musulmana en la Divina Comedia, discurso leído en el acto de su recepción [en la Real Academia Española] el día 26 de enero de 1919, Madrid 1929, pág. 307 [IV.II.5].)

1923 «Mientras la poesía va haciendo este camino, la prosa anda con mayor lentitud, pero también con más seguridad y desembarazo y desde luego se perfecciona con rapidez. Quedan del siglo XIII algunos tratados didácticos de religión y filosofía, traducciones en su mayor parte de Séneca y de otros sabios: el Libro de los Doce Sabios, la Paridad de las Paridades, las Flores de Filosofía, el Bonium o Bocados de oro, &c., la refundación del Fuero Juzgo visigótico mandada hacer por Fernando III y alguna versión de crónicas latinas. El Calila y Dimma, fabulario oriental, que enseña un bajo arte de bien vivir, predicando la absoluta desconfianza, mezquina lección de los refraneros universales, recibió la forma castellana en que ha llegado a nosotros quizá mucho antes de 1251, fecha que se le asigna por tradición, sin que se eche de menos la atribución a Alfonso el Sabio.» («España», Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Hijos de J. Espasa, Barcelona 1923, tomo 21, págs. 1409-1410.)

1925 «64. Fernando III. Libro de la Nobleza y Lealtad, redactado por doce sabios de orden del Rey... para ajustar a él su gobierno. En el cap. 1º se indica que reunió el Rey doce sabios 'de los cuales eran algunos dellos grandes filósofos e otros dellos de santa vida'. De la 1ª edición hecha en Valladolid en 1509 hay ejemplar en la Bib. del Escorial. Se insertó también en la segunda parte, páginas 188 y siguientes, de las Memorias para la vida del Santo Rey D. Fernando III. Dadas a luz con apéndices y otras ilustraciones por D. Miguel de Manuel Rodríguez, Madrid MDCCC. También se refirió a él Marichalar y Manrique, Historia de la legislación, tomo II, pág. 477. En la Introducción de D. Pascual Gayangos al tomo de la Bib. de Autores Españoles de Rivadeneyra, que se refiere a los Escritores en prosa anteriores al siglo XV (tomo LI), hay una nota (2 de la primera página) en la que se muestra la duda de que el Tratado de la Nobleza... se escribiera en el reinado de San Fernando, pues 'aparte del lenguaje, que no es el de aquella época, háblase en él de las Milicias concejiles, de una manera tan incidental y en tono tan despreciativo, que excluye toda suposición de que el libro se escribiera en su tiempo'. La observación, según paladina manifestación del autor de la Introducción, es de D. Tomás Muñoz. De todas maneras no se fija el tiempo en que el libro se escribiera.» (Recaredo Fernández de Velasco, Referencias y transcripciones para la Historia de la literatura política en España, Reus, Madrid 1925, páginas 187-188.)

1929 «Al tiempo de Fernando III corresponden varios libros de máximas de origen oriental. El libro de los doce sabios de la Nobleza y lealtad, nos presenta a los doce sabios presididos por Séneca, exponiendo cada uno su opinión acerca de las virtudes que deben adornar a los reyes. Las Flores de Philosophia, que San Fernando mandó aplicar a la educación de sus hijos, «fue escogido et tomado de los dichos de los sabios para que quien bien quisiere faser a si et a su fasenda, estudie en esta poca et noble escriptura». En este libro se compenetran las enseñanzas cristianas con las orientales.» (Mario Méndez Bejarano, Historia de la filosofía en España hasta el siglo XX, Renacimiento, Madrid [1929], páginas 85-86.)

1932 «Con la subida al trono castellano de Alfonso el Sabio, el año de 1252, puede decirse que pasó a los cristianos y al castellano la sabiduría oriental y todo linaje de sabiduría. Probablemente se deben a sus ruegos, deseos y trabajos, las primeras obras didácticas, que se compusieron, según se cree, durante el reinado de San Fernando (1230-1252), de autores y fechas no averiguadas todavía: Las Flores de Filosofía, en que por estilo sentencioso, a la oriental, Séneca y treinta y siete otros filósofos, discurren sobre la moral. Son de la misma época que el Libro de los Doce Sabios, y están formadas de sentencias sacadas de los mismos originales que los Buenos proverbios y los Bocados de Oro, y así muchas les son comunes. En la Historia del Caballero Cifar, fuera de algunos capítulos, están las Flores de Filosofía. El Libro de los buenos proverbios, según demostró Steinschneider, fueron traducción de las Sentencias morales de los Filósofos, escritas por Honain-ben Ishák, Al-Ibâdi (809-875), y conservadas en la Biblioteca de El Escorial (núm. 756) y en la de Munich (núm. 651). El Libro de los Doce Sabios o Libro de la Nobleza o Lealtat, que trata del gobierno y educación de los príncipes. Créese haberse traducido en tiempo de San Fernando (1217-1252), y tomó el nombre por los doce sabios que se juntaron para averiguar 'lo que todo principe et regidor de regno a de fazer en ssi et de commo debe regir et castigar et mandar et conoscer a los de su regno'. Algo más tardías, y con mayor probabilidad aconsejadas del Rey Sabio, son las dos obras Poridat de Poridades, de fuente arábiga, o Castigos de Aristotil a Alexandre, traducción del Secreta Secretorum. En él se halla una de las cartas atribuidas a Alejandro, y otra en el Bonium {(1) Nombre que leído al revés dice muy noble, aludiendo sin duda a don Alonso el Noble. Véase Floranes, Memorias históricas de la vida y acciones del rey Don Alonso el Noble, Madrid 1783, pág. 137.}, así llamado del supuesto nombre de su autor, fabuloso Rey de Persia, o, por otro título, Bocados de Oro, obra sacada del Libro de las Sentencias, de Abul Uafá Mubashir-ben-Fatik (siglos XI-XII), cuyo manuscrito está en la Biblioteca de Leyden (núm. 1487), el cual se tradujo al latín, francés e inglés.» (Julio Cejador y Frauca, Historia de la lengua y literatura castellana, 3ª edición, Librería y Casa Editorial Hernando, Madrid 1932, tomo 1, 1ª parte, páginas 249-250.)

1939 «Finalmente, en este mismo reinado de Fernando III aparecen las primeras muestras de la literatura filosófica en lengua vulgar, a imitación de modelos orientales. Pertenecen al género didáctico-moral y están redactadas en forma sentenciosa, la más a propósito para instruir a gentes rudas en sus deberes tanto públicos como privados; por esto han sido bautizadas acertadamente con el nombre de 'catecismos político-morales'. Los más antiguos son el Tratado de la Nobleza y Lealtad y las Flores de Filosofía. El primero se denomina usualmente Libro de los doce Sabios, porque finge en su comienzo una asamblea de doce sabios, 'algunos dellos grandes filósofos, e otros dellos de santa vida', convocada para redactarlo.» (Tomás y Joaquín Carreras Artau, Historia de la filosofía española. Filosofía cristiana de los siglos XIII al XV, Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, Madrid 1939, tomo 1, pág. 9).

1948 «Alfonso el Sabio y los judíos. La súbita aparición en la corte de Alfonso X el Sabio de magnas obras históricas, jurídicas y astronómicas, escritas en castellano y no en latín, es un fenómeno insuficientemente explicado, si nos limitamos a decir que un monarca docto quiso expresar en lengua accesible a todos grandes conjuntos de sabiduría enciclopédica. Tal aserto equivale a una abstracción, pues no tiene en cuenta el horizonte vital de Alfonso X, ni las circunstancias dentro de las cuales existía. En ninguna corte de la Europa del siglo XIII podía ocurrírsele a nadie redactar en idioma vulgar obras como la Grande e General Estoria, los Libros del saber de astronomía o las Siete Partidas. Tampoco se dio el caso de que el texto bíblico se tradujera íntegramente fuera de España en aquel siglo (G. Gröber, Grundriss, II, 714). Tal hecho es solidario de la escasez en España de obras de carácter teológico, filosófico, científico o jurídico dotadas de alguna significación y redactadas en latín. Pensemos simplemente en figuras como Siger de Brabante, Rogerio Bacon y Santo Tomás, o en el grupo de los juristas de Bolonia. Poseemos ahora un valioso estudio bibliográfico de manuscritos científicos de la Edad Media {(2) José M. Millás Vallicrosa, Las traducciones orientales en los manuscritos de la Biblioteca Catedral de Toledo, Madrid, 1942} hasta ahora mal conocidos, pero que no modifican esencialmente el panorama de la ciencia castellana en la Edad Media. Analizando minuciosamente las traducciones de textos árabes, iniciadas en el siglo X y proseguidas en el XII y en el XIII, observa el autor cómo "aquel movimiento cultural registrado entre los musulmanes españoles, muy pronto irradió fuera de su propia zona, y brilló como una aurora entre los cristianos europeos, medio adormecidos en las tinieblas de la alta Edad Media" (pág. 6). El hecho es bien conocido, aunque no se ha pensado bastante por qué fueron los "cristianos europeos" y no los españoles quienes abrieron nuevas vías de pensamiento con medios muy al alcance de los hispano-cristianos {(1) Prescindimos de centros catalanes como Vich y Ripoll, cuya importancia destaca el señor Millás en su Assaig d'historia de les idees fisiques i matemàtiques a la Catalunya medieval, 1931. Ya vimos antes que en los siglos X y XI la vida catalana gravitaba hacia fuera de la Península, y la historia científica lo confirma}. El más antiguo centro de sabiduría francesa, la Escuela de Chartres, ya se aprovechó del pensamiento de los árabes españoles antes de que se hubieran iniciado en Toledo las traducciones del siglo XII. Fueron los obispos franceses de Tarazona y Toledo (Michael y Raimundo) quienes sirvieron de puente a los extranjeros curiosos de ciencia oriental a comienzos de aquel siglo. A Toledo y a otras ciudades vinieron gentes ávidas de saber, que empleaban a judíos españoles como intérpretes de los preciados manuscritos árabes. (...) Se ve por lo anterior cuán escasos fueron los textos latinos de carácter docto, en fuerte contraste con la abundancia y valía de las traducciones y adaptaciones en castellano durante la época alfonsina. Tal hecho ha de entenderse como una expresión de la contextura cristiano-islámico-judía, como un resultado de la importancia alcanzada por los hispano-hebreos y de su interés por poner la sabiduría moral y científica al alcance de la sociedad cortesana y señorial sobre la cual descansaba su poder y su prestigio. La Castilla de Fernando III había mostrado su fuerza y su capacidad de dominio sobre lo mejor de las tierras musulmanas, y su influencia sobre la corona de Aragón era bien perceptible. Alfonso X gozaba en paz del fruto de unos esfuerzos bélicos (Navas de Tolosa, Córdoba, Sevilla) que él, quizá, nunca hubiera realizado, e intentó ensanchar su corona más con habilidad diplomática que con ímpetu guerrero. Por vez primera la ciencia y la poesía tomaban posesión del aula regia, y el saber y el ensueño se incluían en el juego de la política. El caballero de la Reconquista se erguía con prestancia de sabio, a fin de que la virtud inasible del lenguaje completara la acción unificadora de las armas, que iban a ceder su rango al imperio de la ley y la razón moral. A la acción sucedía la aspiración. El Rey anhelaba el señorío de Gascuña y el imperio de Alemania, con lo cual la Castilla oscura y arrinconada de antaño incluía su futuro en una perspectiva internacional. (...) Sin que pretendamos reducir un fenómeno de tal magnitud a un solo motivo, juzgamos ineludible tener muy a la vista las circunstancias en que se hallaban los hispano-hebreos a mediados del siglo XIII. En el siglo XII Maimónides usaba todavía el árabe como lengua de civilización, pues era el Oriente el polo hacia donde tendía; desde mediados del siglo XIII el horizonte del hispano-hebreo es Castilla, animada de un designio imperial bien manifiesto para la aguda mente de los judíos, y muy a tono con el esplendor de la corte. Basta comparar los diplomas de Alfonso X con los de sus antecesores, observar su magnificencia caligráfica y las largas listas de sus confirmadores, entre quienes aparecen reyes musulmanes como vasallos, y un número considerable de prelados y señores. El judío, que antes se sintió atraído por la estrella fulgente de Saladino, en cuya corte fue a vivir Maimónides, se vuelve ahora hacia la corte castellana. Hay, sin embargo, una diferencia. La lengua árabe usada por el hispanohebreo pertenecía a una civilización que lo dominaba, y que sin él había alcanzado cimas de perfección. En Castilla, en cambio, el saber era escaso, y bastaba que el judío dijera o escribiera algo de la cultura islámico-judía en castellano (una lengua tan suya como el árabe), para colocarse en una situación dominante.» (Américo Castro, España en su historia. Cristianos, moros y judíos, Editorial Losada, Buenos Aires 1948, páginas 478-482.)

1956 «Castro ha atribuido al desdén de los judíos por la lengua religiosa de la cristiandad y a la sumisión de Alfonso X a las directrices de sus colaboradores hebreos, la gran hazaña cultural alfonsí. He de rechazar luego despaciosamente esa equivocada teoría. Se alzan contra ella la afirmación del gran hebraísta español Millás y Vallicrosa sobre el uso del latín por los hebreos españoles y la demostración por Gonzalo Menéndez Pidal de que era preciso verter al castellano los escritos de los judíos hispanos, por lo arcaizante de su romance, muy disímil de la lengua de Castilla. Antes de que Alfonso X iniciara sus contactos con los hombres de ciencia judíos se había generalizado el uso del castellano para la redacción de crónicas, códigos, leyes, compilaciones y diplomas. Antes de que el Rey Sabio pudiese ser seducido por los hebreos habían ya olvidado el latín castellanos y leoneses. En esa ignorancia, conjugada con la importancia cuantitativa y la fuerza militar, económica y política de las masas populares, está la clave de la labor vulgarizadora de Alfonso X. Conocía éste bien la rudeza de su pueblo, incluso la de su clerecía y su nobleza. Siguiendo iniciativas de su padre quiso afinar y fertilizar la inteligencia de sus gentes y por ello decidió poner al alcance de sus súbditos el saber todo de las dos civilizaciones cristiana y arábiga. Palabras del mismo soberano y de algunos de sus colaboradores descubren esa intención de ilustrar a su pueblo. Para lograrlo era forzoso usar como lengua de cultura la única al alcance de cualquier hijo de vecino. El Rey Sabio estaba, además, torturado por una viva curiosidad intelectual y fue por ello gran estudioso y gran lector; y tenía también un íntimo gusto por el habla castellana –intentó castellanizar la toponimia arábiga de Andalucía. No, el triunfo de la cultura romance en Castilla no fue obra de los hebreos sino consecuencia de la peculiar constitución social, económica y política del reino y de la clarividencia de Fernando III –hizo ya traducir del árabe al castellano algunos tratados didácticos: Flores de filosofía y el Libro de los doce sabios–, de Alfonso X y de los consejeros cristianos de ambos. Insistiré sobre tal problema al estudiar los límites de la contribución de los hebreos a la forja de lo hispánico.» (Claudio Sánchez-Albornoz, España, un enigma histórico, 1956; Edhasa, Barcelona 1991, páginas 258-259.)

«Los judíos doctos habían usado el árabe como lengua de cultura hasta su emigración a tierras cristianas en el curso del siglo XII; y aunque hablaban también el romance como todos los hispano-musulmanes, era su habla un peculiar dialecto arcaizante, muy disímil del castellano –lo ha demostrado Menéndez Pidal–; y nunca hasta allí le habían usado para redactar obras literarias o científicas. El mismo Castro señala la torpeza con que manejaban el castellano los colaboradores hebreos del Rey Sabio y cómo el vocabulario técnico de los mismos no entró a formar parte de la lengua de Castilla. Antes de que Alfonso X iniciara sus empresas culturales se habla generalizado el uso del castellano para la redacción de crónicas, leyes y diplomas. En romance se habían escrito: hacia 1219 los Anales Toledanos primeros, y entre 1244 y 1256, la Crónica de la población de Avila. Durante el reinado de Fernando III (1217-1252) se redactaron en castellano una larga serie de fueros municipales muy extensos y se tradujo al romance el Fuero Juzgo. Muy poco después de la conquista de Sevilla (1248) se escribió el Libro de los fueros de Castilla en tierras de Burgos. De hacia esa época datan las Devisas que han los señores en sus vasallos, recogidas en el Fuero Viejo. Y antes de 1255 estaba terminado el Fuero Real –Galo Sánchez ha fechado todos estos cuerpos legales. En castellano venían escribiéndose también las ordenanzas de los reyes en respuesta a las peticiones de las cortes y los diplomas reales y particulares. Con anterioridad a la imaginada seducción del Rey Sabio por los judíos para que se redactaran en romance las obras literarias y científicas que salieron de su corte, por odio a la lengua religiosa de la cristiandad hispana, había ya triunfado de ella el habla de los exaltados cristianos de Castilla y habían llegado éstos a olvidar el latín. Las escrituras castellano-leonesas de la segunda mitad del siglo XIII brindan no pocas peticiones de leoneses y castellanos para que les tradujeran al romance los textos latinos que declaraban no entender. En esa ignorancia general del latín por el pueblo, conjugada con la importancia cuantitativa y la fuerza militar y política de las masas, está la clave de la labor vulgarizadora del Rey Sabio. Conocía éste bien la rudeza y la fuerza a la par de sus súbditos. No escapaban a tal rudeza, ni la mayoría de los clérigos, obligados a vivir la misma asendereada vida que hidalgos, caballeros villanos, burgueses y labriegos y a participar de sus destinos. Siguiendo iniciativas de su padre, que el Rey Santo no pudo realizar por su integral consagración a la guerra contra el moro –Fernando III hizo ya traducir del árabe al castellano algunos tratados didácticos: Flores de filosofía y el Libro de los doce sabios–, Alfonso X quiso afinar el espíritu y fertilizar la inteligencia de los castellanos. Y por ello procuró poner al alcance de su pueblo el saber todo de las dos civilizaciones cristiana e islámica entre las que había transcurrido, desde hacía más de quinientos años, la turbada existencia de sus súbditos.» (Claudio Sánchez-Albornoz, España, un enigma histórico, 1956; Edhasa, Barcelona 1991, páginas 976-977.)

1960 «Entre los llamados 'Catecismos político-morales', muy abundantes en la época de Fernando III, el Santo, y de su hijo Alfonso X, son dignos de mención: el Bonium o Bocados de oro, sentencias de filósofos indios, griegos, latinos y árabes, con alguna que otra biografía de hombres célebres, todo ello inspirado en el Libro de las sentencias, de Abulwafá Mobaxir ben Fátic; las Flores de la filosofía, colección de máximas y sentencias políticas, que señalan el arranque de la tradición estoica, tan persistente en nuestras letras hasta culminar el barroco; el Libro de los Doce Sabios o de la Nobleza y la Lealtad, llamado así porque en él se nos presenta a un grupo de ilustres varones, que adoctrinan a un joven rey sobre sus principales deberes en orden a la justicia, la fidelidad, &c. En la didáctica eclesiástica la obra más interesante son los Diez mandamientos, tratado penitencial para uso de confesores, con comentarios sobre el Decálogo. Por su lenguaje parece corresponder a principios del XIII.» (Emiliano Díez-Echarri & José María Roca Franquesa, Historia de la literatura española e hispanoamericana, Aguilar, Madrid 1960, páginas 69-70.)

1963 «Libro de los doce sabios. Códices. 1742. [Libro de los doce sabios]. Letra del siglo XVI. 280x200 mm. Artigas, págs. 109-10. Santander. Menéndez y Pelayo. Mss. Número 77 (fols. 1r-14v).» (José Simón Díaz, Bibliografía de la literatura hispánica, tomo III, volumen primero, 2ª edición, CSIC, Madrid 1963, página 189.)

1970 «Estas primeras manifestaciones de la prosa pueden dividirse en dos grupos: obras de tendencias didáctico-doctrinal, y obras de forma narrativa. Destacan entre las primeras: el despiadado e incluso procaz Diálogo o Disputa del cristiano y el judío {(6) Ed. Américo Castro, en Revista de Filología Española, I, 1914, págs. 173-180.} (comienzos del siglo XIII –quizá nuestro texto más antiguo en prosa vulgar–, tema llamado a tener gran difusión en la literatura medieval europea bajo la forma de debates entre individuos de distinta religión); los Diez Mandamientos, {(7) Ed. A. Morel Fatio, en «Textes castillans inédits du XIII siècle», en Romania, XVI, 1887, págs. 379-382.} obra de un fraile navarro (primera mitad del siglo XIII), especie de manual para auxilio de confesores; El libro de los doce sabios o Tratado de la nobleza y lealtad {(8) Ed. Miguel de Manuel Rodríguez, en Memorias para la vida del santo rey Fernando III, Madrid 1800, págs. 188-206.}, en el cual un grupo de sabios instruye a un joven rey sobre sus deberes, forma ésta muy típica de los libros orientales y repetidamente utilizada en las obras españolas de la época; El libro de los cien capítulos –que no tiene sino cincuenta en realidad–, colección de máximas morales y políticas destinadas a la formación no sólo de los reyes, sino también de toda persona en general, donde aparece por primera vez en la prosa española la forma –todavía rudimentaria– del apólogo. De este libro, compuesto probablemente en tiempos de Fernando el Santo, como todos los anteriores, se extrajeron durante el reinado de Alfonso X las Flores de Filosofía, {(9) Ed. H. Kust, Dos obras didácticas y dos leyendas, Madrid 1878, Sociedad de Bibliófilos españoles.} libro de clara influencia senequista. También merecen citarse el Libro de los buenos proverbios, atribuidos a filósofos griegos, latinos y árabes; el Bonium o Bocados de Oro, seguramente anterior al reinado de Alfonso X...» (Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española, tomo 1, Edad media y Renacimiento, segunda edición, Gredos, Madrid 1970, páginas 150-151.)

1971 «A este tiempo pertenecen dos tratados didáctico-morales, de gran interés filológico, aunque escaso para la filosofía. Son el Tratado de la Nobleza y Lealtad, o Libro de los doce sabios (impreso en Valladolid en 1509), en que doce sabios reunidos en asamblea van definiendo otras tantas virtudes que debe tener el llamado a desempeñar el oficio real, con consejos útiles para el gobierno de sus vasallos. De un género similar, aunque en forma más culta y artificiosa, son las Flores de filosofía, dictadas por una asamblea de treinta y ocho sabios presididos por Séneca, y que consiste en un conjunto de máximas morales con predominio del estoicismo.» (Guillermo Fraile OP, Historia de la Filosofía Española, desde la época romana hasta fines del siglo XVII, edición revisada y ultimada por Teófilo Urdanoz OP, La Editorial Católica (BAC 327), Madrid 1971, páginas 157-158.)

1983 «Los monarcas de Castilla o de León y los de Aragón o Cataluña dieron un gran impulso a los estudios, fundaron universidades, estimularon a los traductores y estuvieron en el origen de diversas enciclopedias del saber. Así, san Fernando (Fernando III de Castilla), primo hermano de san Luis, reanudó la tradición isidoriana y ordenó a un equipo de sabios la composición del Septenarium (vasto tratado de las siete artes liberales), mientras que Jacomo Ruiz, preceptor del Infante, compuso las Flores del Derecho (gran sistematización de las leyes). También se escribieron entonces el Libro de los doce sabios y las Flores de filosofía. Fue en esta época cuando las universidades de Palencia (1208) y Salamanca (1218) recibieron un estatuto definitivo, mientras que las de Sevilla, Valladolid, Alcalá, Toledo, Lérida y Huesca no tardarían en constituirse; la filosofía ocupó inmediatamente en ellas un lugar importante.» (Alain Guy, Histoire de la philosophie espagnole, Universite de Toulouse-le Mirail 1983, página 9; en la traducción española de Barcelona 1985, página 20.)

 
Ediciones de El libro de los doce sabios

1502 Tractado de la nobleza y lealtad, compuesto por doze sabios, por mandado del muy noble rey don Fernando, que ganó a Sevilla, «impreso en la noble villa de Valladolid por Diego de Gumiel, año de quinientos y dos», 4 hojas + 23 folios. Aunque se ha escrito que sólo estaría localizado un ejemplar, en la Biblioteca del Escorial (descrito por el P. Benigno Fernández, Ciudad de Dios, 55, 1901, págs. 534-535), figura en el catálogo de la Biblioteca Nacional de España (R-10674). Parece tratarse de un error una supuesta edición en Valladolid 1509.

1800 «Libro de la Nobleza y Lealtad», en Memorias para la vida del santo rey Don Fernando III, dadas a luz con apéndices y otras ilustraciones por don Miguel de Manuel Rodríguez, bibliotecario primero de los Reales estudios de Madrid, quien las dedica a la Reina nuestra señora, que Dios guarde, En la Imprenta de la viuda de don Joaquín Ibarra, Madrid mdccc, xxxvi + 574 páginas. Páginas 188-206: «Comienza el libro de la Nobleza y Lealtad»–«Cap. lxv.»; páginas 212-213: «Cap. lxvi.». Aunque se suele atribuir la preparación de esta obra al jesuita Andrés Marcos Burriel (1719-1762), probablemente corresponda su autoría al doctísimo Juan Lucas Cortés (1624-1701), como dejó escrito Marcelino Menéndez Pelayo en la primera guarda de su ejemplar: «Sospecho que estas Memorias, aunque atribuidas al P. Burriel, son de Juan Lucas Cortés.»

1975 John K. Walsh (1939-1990), El libro de los doze sabios o Tractado de la nobleza y lealtad [ca. 1237]. Estudio y edición, Real Academia Española de la Lengua (Anejos del Boletín de la Real Academia Española, xxix), Madrid 1975, 179 páginas [introducción: 7-65, texto: 67-118, variantes: 119-140, apéndices: 141-148, índice de palabras: 149-178].

2009 Isabel Uría Maqua & Jaime González Álvarez, El Libro de los doce sabios y Relación de los reyes de León y Castilla. Códice Ovetense [O]. Estudio y edición de..., Ediuno, Oviedo 2009, 152 páginas. [7-29: 'Descripción del códice de Oviedo', 'Los escudos', 'Historia del códice de Oviedo', 'Otros manuscritos', 'Rasgos singulares de la escritura del Códice O', 'Transcipción paleográfica', 'Bibliografía'; 31-71: transcripción del texto del libro de los doce sabios señalando en nota a pie de página todas las variantes sintácticas, morfológicas y semánticas del texto de B; 73-78: versos de don Juan Manuel; 79-150: relación de los reyes de León y de Castilla; 151-152: 'Variantes con el Ms. 92 (olim 77) de la Biblioteca Menéndez Pelayo de Santander'.]

 
Sobre el Libro de los doce sabios en el Proyecto Filosofía en español

Texto íntegro con la ortografía actualizada (a partir de la edición crítica de John K. Walsh)

1993 Gustavo Bueno Sánchez, «El códice Oviedo del Libro de los doce sabios (noticia de un 'nuevo' manuscrito)», El Basilisco, 2ª época, nº 14, 1993, páginas 91-96.

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