Libro de los doce sabios [hacia 1237]

El Libro de los doce sabios –también conocido como Tratado de la nobleza y lealtad y Libro de la nobleza y lealtad– es uno de los primeros textos, escritos en español, de indiscutible interés filosófico. El Libro de los doce sabios inicia, además, esa fecunda tradición española de tratados destinados a definir y procurar alcanzar la perfección del rey, del príncipe o del regidor público. Y, aunque no en el título, sí que aparece ya en el texto la imagen del espejo aplicada a la propia obra [espejo de príncipes que andando el tiempo dejará paso al reloj de príncipes]: «para que vos y los nobles señores infantes vuestros hijos tengáis esta nuestra escritura para estudiarla y mirar en ella como en espejo.»

Fue encargado hacia 1237 por Fernando III el Santo, rey de Castilla (1217-1252) y de León (desde 1230) –«y comenzaron sus dichos estos sabios, de los cuales eran algunos dellos grandes filósofos y otros dellos de santa vida»–, y se le añadió un epílogo hacia 1255, en los primeros años del reinado de su hijo, Alfonso X el Sabio (1252-1284):

«Después que finó este santo y bienaventurado rey don Fernando, que ganó a Sevilla y a Córdoba y a toda la frontera de los moros, reinó el infante don Alfonso, su hijo primero, heredero de estos reinos de Castilla y de León. Y porque a poco tiempo después que este rey don Alfón reinó acaeció grandes discordias por algunos de los infantes sus hermanos y de los sus ricos omnes de Castilla y de León, haciéndose ellos todos contra este rey don Alonso unos, por ende envió el rey por los doce grandes sabios y filósofos que enviara el rey don Fernando su padre para haber su consejo con ellos, así en lo espiritual como en lo temporal, según que lo hiciera este rey santo su padre. Y porque el rey supo que eran finados dos sabios destos doce, envió llamar otros dos grandes sabios, cuales él nombró, para que viniesen en lugar destos dos que finaron. Y luego que ellos todos doce vinieron a este rey don Alfonso, demandóles el rey consejo en todas las cosas espirituales y temporales según que lo hiciera el rey su padre. Y ellos diéronle sus consejos buenos y verdaderos, de que el rey se tuvo por muy pagado y bien aconsejado de sus consejos dellos.» (Libro de los doce sabios, LXVI.)

Más abajo ofrecemos una antología cronológica de menciones sobre esta obra (que servirán al lector avisado para formar opinión sobre la evolución de su presencia durante los dos últimos siglos, sin necesidad de más comentarios), donde se puede advertir la intermitente recurrencia a lugares comunes y prejuicios ideológicos que se han ido introduciendo al interpretar estos primeros textos españoles. Olvidándose, a veces, que un texto como El libro de los doce sabios no sólo representa uno de los primeros monumentos escritos en español, sino que demuestra el grado de abstracción alcanzado por quienes ya concebían el mundo desde la lengua española, las ideas nada «vulgares» que ordenaban los razonamientos de quienes aquello escribían y leían, y la naturaleza de los asuntos tratados, tan sólo propios y pertinentes en una lengua nueva que, en muy pocas décadas, ya se había impuesto sobre otras lenguas vulgares igualmente nuevas, pues sólo la lengua vinculada a un proyecto político en victoriosa expansión, que no se reducía al ámbito de la aldea o de la comarca, podía acabar imperando, y viceversa.

[En 1977 se celebró en el riojano monasterio de San Millán de la Cogolla el milenario de la lengua española, de las glosas emilianenses o anotaciones marginales que en español realizó un fraile sobre un códice latino hace mil años. En 1973 la Real Academia Española y la Orden de Agustinos Recoletos habían ya colocado una lápida conmemorativa del que entonces se consideraba «primer testigo de la lengua española». Como en el mismo códice aparecen también glosas en la lengua que hablaban por entonces los vascones, no cesaron hasta lograr colocar en el Monasterio otra lápida conmemorativa de similares dimensiones, junto a la otra, recordatoria del también milenario de la lengua vasca, olvidando que allí no se había celebrado tanto al español por su antigüedad cuanto por la importancia histórica alcanzada por aquella lengua mil años después, convertida en el idioma propio y materno de cuatrocientos millones de hombres y de muchos Estados independientes, que permite la existencia hoy en San Millán de un Aula de la Lengua con las banderas de dos docenas de Estados que en todo el mundo hablan en español, mientras que las otras lenguas peninsulares de hace mil años, algunas incluso más antiguas, por alejadas del latín, o han desaparecido o se mantienen circunscritas al ámbito regional, donde la lengua española es de cualquier modo la lingua franca.]

Parece que en algunos tuviera menor valor este texto escrito en español por tratarse de una traducción, y además de fuentes «orientales». ¿No está operando la ideología de esa supuesta tradición ininterrumpida del «alma española» desde remotos tiempos –se supone que ligada a cierta raza, al clima o al paisaje, o a una fantástica ortodoxia católica inmemorial, pero que no podría serlo a una lengua de sólo mil años– cuya «filosofía» encuentran en Séneca y en San Isidoro, señores que al fin y al cabo pensaban y escribían en latín? ¿Tiene sentido acaso imaginar la mera posibilidad de la consolidación de una lengua moderna al margen de su inmediata incorporación, adaptación y traducción de cuantas ideas y textos estaban presentes en las lenguas de las que se irá segregando de manera rápida y definitiva? ¿Y no es preciso, además, devolver a su sitio la supuesta originalidad de las fuentes «orientales», toda vez que, a su vez, no habían hecho sino beber de los clásicos griegos, romanos y alejandrinos? De hecho, en El libro de los doce sabios, aunque fuentes inmediatas parciales suyas fueran tratados parecidos escritos en árabe, las referencias históricas que se citan son Alejandro, Julio Cesar, Pompeyo, Anibal...

Además El libro de los doce sabios es un tratado civil, político, al servicio del Estado. Pero las abundantes referencias cristianas que contiene, naturales dada la alianza política de ese Estado con la iglesia de Roma, no permiten reducirlo a un género de los «catecismos» –como hicieron José Amador de los Ríos («cierta manera de catecismo político»), Manuel de la Revilla («una especie de catecismo político») y Marcelino Menéndez Pelayo («aquella especie de catequesis moral»)–, el supuesto género de los «catecismos político-morales» que se repite perezosamente en tantos autores. Aunque el impulsor de este texto, San Fernando, fuera reconocido como santo por el pueblo desde su muerte –no fue oficialmente canonizado por los católicos hasta 1671, por Clemente X–, nos encontramos ante un «tratado político moral», si se quiere, escrito en español y no en latín, al servicio de un Imperio emergente aliado con la Iglesia romana, pero en la forma de un proyecto político alejado de cualquier tentación teocrática. No se trata por tanto de un catecismo [«por el Imperio hacia Dios»] sino de un tratado [«por Dios hacia el Imperio»].

Por otra parte, pueden advertirse en El libro de los doce sabios, sin ninguna duda, los planes y programas propios que animaban el proyecto político de Castilla, en la línea de un imperialismo generador y no depredador, el mismo proyecto imperialista que, culminada la reconquista peninsular en 1492, trasladaría su tarea hispánica al nuevo mundo americano que España acababa de descubrir. El libro de los doce sabios ofrece abundantes consejos sobre cómo disponer las guerras y las conquistas, pero no para realizar razzias ni establecer colonias en otros territorios, ni someterlos respetando su organización a cambio de impuestos, tributos o riquezas, sino para lograr, mediante esas guerras y conquistas, apropiarse de los territorios peninsulares de los que se habían apropiado hacía siglos los estados enemigos sarracenos, para incorporarlos al nuevo proyecto que piensa, habla y escribe en español: así por ejemplo el capítulo XXVII: «Que habla de como el rey debe catar primero los fines de sus guerras y ordenar bien sus fechos», el capítulo XXIX: «De las gentes que el rey no de debe llevar a las sus guerras» («Otrosí no cumple llevar a la guerra en la tu merced gentes y compañías ricas ni codiciosas, y que no son para tomar armas ni usar dellas, y que su intención es más de mercaduría que de alcanzar honra y prez») o el capítulo XXXV:

«En que el rey ordene porque el sueldo sea bien pagado a sus compañas. Otrosí, ordena tu hacienda de guisa que el sueldo sea bien pagado a las tus compañas, y antes lleva diez bien pagados que veinte mal pagados, que más harás con ellos. Y defiende y manda que no sean osados de tomar ninguna cosa en los lugares por do pasaren sin grado de sus dueños, dándosela por sus dineros. Y cualquier que la tomare, que haya pena corporal y pecunial. Y en el primero sea puesto escarmiento tal, porque otros no se atrevan. Y con esto la tierra no encarecerá y todo andará llano y bien a servicio de Dios y tuyo. Y de otra guisa todo se robaría y la tierra perecería, que la buena ordenanza trae durabledad en los hechos.»

Están localizados seis manuscritos con el texto de esta obra, tres «antiguos» y «tres modernos» (posteriores a su primera edición impresa). El texto fue impreso por primera vez en 1502, por Diego de Gumiel, en Valladolid. Volvió a ser impreso en 1800, incorporado a las Memorias para la vida del santo rey Fernando III, entonces publicadas, que habrían sido dispuestas por Juan Lucas Cortés (1624-1701) aunque suelen ser atribuidas al jesuita Andrés Marcos Burriel (1719-1762).

La edición crítica, a partir de los cinco manuscritos entonces conocidos, fue publicada por la Real Academia de la Lengua Española en 1975, pero realizada, como suele suceder dada nuestra desidia y molicie, merced al esfuerzo y dedicación de un benemérito autor extranjero, el gran hispanista norteamericano John K. Walsh (nacido en Nueva York el 10 de agosto de 1939). Pero Walsh falleció prematuramente (el 23 de junio de 1990) sin llegar a saber de la existencia de un manuscrito «nuevo», tan antiguo como los otros dos antiguos conocidos y estudiados, que no fue descubierto hasta 1992, cuando se deshizo la biblioteca plurisecular de una decaida familia española, y que gracias a la prudencia de José Manuel Valdés, el más importante librero anticuario de Oviedo, pasó a ser custodiado por la biblioteca de la universidad de esa ciudad. Estos seis manuscritos son:

XIV-XVO   Ms de la Biblioteca universitaria de Oviedo
XIV-XVBMs 12.733 de la Biblioteca Nacional de España
XIV-XVEMs &.II.8 de la Biblioteca del Escorial
XVIMMs 77 de la Biblioteca Menéndez Pelayo, Santander
XVIIICMs 9.934 de la Biblioteca Nacional de España
XVIIIDMs 18.653 de la Biblioteca Nacional de España

El manuscrito O, que inesperadamente ha dejado anticuada la edición de Walsh, no ha sido todavía objeto de un estudio especial, y sólo contamos con una primera aproximación sobre su valor relativo:

«Walsh supone que el libro se escribió hacia 1237, y que hacia 1255 se le añadió el epílogo (no se conservan esos supuestos originales). Walsh, por el análisis de las variantes del texto, define dos tradiciones: aquella a la que pertenecen BM (de B toma el texto que sigue en su edición crítica) y aquella a la que pertenecen ECD. Walsh afirma que M está muy «emparentado» con B. Sin embargo ocurre que en varios casos B es incompleto, por ejemplo, según Walsh, «faltan en B el dicho del séptimo sabio en el cap. V y el del sexto sabio en el cap. VI» (pág. 43). En su edición crítica, Walsh toma esos textos y otros que le faltan a B precisamente de M (que coincide con el resto y con la edición G de Gumiel, Valladolid 1502). M se aparta a veces de los otros textos: así en el capítulo XXIX línea 12 (de la edición crítica), mientras que los otros manuscritos dicen «codiçia e deseo», en M leemos «deseo e codiçia». Como cabía esperar en O, en el ejemplar de Oviedo (del que antes aseguramos fue copiado M) –folio 23r, línea 11– encontramos la misma variante que aparece en M. Un análisis de urgencia del texto contenido en la copia de Oviedo respecto de los otros manuscritos permite adelantar que el «nuevo» O es tan antiguo como B y E y que O es más completo que B. Por indicios que habría que confirmar concienzudamente (lo que rompería los límites que debe tener esta nota) podría incluso sospecharse que E procediese de O (algunas variantes, por ejemplo el «El» del inicio, a que antes hicimos referencia, así lo sugieren). Hay que advertir que mientras que todas las otras copias (a excepción de M, a la que ya nos referimos abundantemente) están insertas en códices que contienen gran variedad de textos, el códice Oviedo, por sus características formales, es la única copia de lujo que se conserva del Libro de los doce sabios (y tan antigua como la que más).» (Gustavo Bueno Sánchez, «El códice Oviedo del Libro de los doce sabios (noticia de un 'nuevo' manuscrito)», El Basilisco, 2ª época, nº 14, 1993, página 93.)

Walsh inicia su documentado estudio sobre esta obra admirándose por la escasa atención que ha recibido, tratándose de «una de las primeras obras originales en prosa de la literatura castellana» que «inicia la vasta serie vernácula de tratados sobre el buen gobernador –tema constante en la prosa didáctico-moral e inserción muy frecuente en la poesía medieval–. Siendo tal su valor, ¿cómo se explica la escasa atención que ha recibido a manos del investigador moderno?» (pág. 7.). Apunta como una de las causas iniciales la devaluación que de esta obra realizó Fermín Gonzalo Morón en 1846, crítica negativa que fue repetida casi literalmente por Modesto Lafuente en su Historia general de España (Madrid 1851, tomo V, págs. 460-461), opinión a la que se enfrentó Amador de los Ríos:

«Fue Amador también quien abrió camino hacia la identificación de las dos bases literarias y filosóficas: la oriental –de donde deriva la forma expositiva de Doze sabios y otras obras análogas– y la cristiana –que le aportó su fondo doctrinal. Y aunque esta división resulte algo precipitada y exagerada más adelante cuando entremos en la exégesis de nuestro texto, cabe señalar aquí que en estas tempranas pero acertadas observaciones de Amador se vislumbra algo del carácter único y original del Libro de los doze sabios. No obstante la importancia cronológica y literaria que le atribuyó Amador, no se volvió a editar la obra y sólo sé de tres investigadores que luego han añadido a las noticias reunidas por él. Son Menéndez Pelayo, quien identificó ciertas fuentes orientales de las máximas de nuestro texto; Helen J. Peirce, quien cotejó la presentación de las virtudes en Doze sabios con la de otros tratados castellanos sobre el 'príncipe perfecto', y Wilhelm Berges, quien vio en este primer 'espejo de príncipes' castellano toda una nueva orientación algo romántica de la monarquía española. De sus contribuciones hablaré más adelante en detalle.» (Walsh, pág. 12.)

De cualquier modo, gracias don Modesto Lafuente y su Historia de España se hizo por primera vez verdaderamente asequible la lectura de buena parte del texto del Libro de los doce sabios, al publicar en el Apéndice 5 del tomo V (publicado en 1851; obra reeditada más de una vez en la segunda mitad del siglo XIX), los capítulos 1, 2, 3, 14, 22, 23, 26, 27, 35, 36, 37, 41, 42, 43, 44 y 54 a 65.

 
Antología cronológica de menciones al Libro de los doce sabios:

«Será eterno testimonio de sus deseos de saber y de acertar aquel discretísimo tratado sobre la nobleza y lealtad que a instancia suya, y por su mandato le entregaron estos doce sabios, y de que hasta ahora sólo se ha hecho una edición en Valladolid en 1509 con gran detrimento de la enseñanza de los príncipes. Yo lo hallo digno de que no lo dejen de la mano los que gobiernan nuestra Monarquía, o la han de gobernar por sucesión; y pues es un monumento de buen gobierno, que mereció la aceptación de un Rey tan santo, tan discreto y tan instruido como nuestro don Fernando, permítaseme que aquí lo reproduzca, aunque sea de alguna extensión, pues creo no disgustará la simplicidad de sus máximas, y mucho más la buena consecuencia de que solicitándolas aquel Monarca, no pudo menos de abrazarlas en su buen gobierno. Cualquiera que lea este tratado, y después coteje el elogio que don Alonso su hijo hizo a su padre don Fernando, y pondremos más adelante, verá que esta fue la teórica dictada para reinar bien, y aquel elogio la comprobación de la práctica de estas doctrinas. En el real monasterio de san Lorenzo se halla el ejemplar de la edición que he citado, y es la única que he podido descubrir hasta ahora; pero como allí mismo se conserva entre los manuscritos una copia del siglo décimo tercio, he compulsado esta con la edición, y de ambas he completado y corregido el texto que ahora doy a luz para la común instrucción. Sólo omitiré aquí el último cap. 66 de este tratado, porque se conoce en su relato que se añadió por estos sabios cuando después de la muerte del santo Rey lo volvieron a poner en manos de su heredero don Alonso, reinando ya en Castilla y León, y pertenece a la colección de elogios debidos a nuestro Monarca, de que hablaremos más adelante. Ahora nos ceñimos a dar el tratado del modo que es presumible se presentó al rey don Fernando para su santo y sabio gobierno; y dice así: Comienza el libro de la Nobleza y Lealtad (...)» (Memorias para la vida del santo rey Don Fernando III, Viuda de don Joaquín Ibarra, Madrid 1800, página 188.) [Se sospecha que esta obra impresa en 1800 la habría dejado ya dispuesta el doctísimo Juan Lucas Cortés (1624-1701), aunque se suele atribuir al jesuita Andrés Marcos Burriel (1719-1762).]

«Este escrito anunciado con título tan pomposo se halla reducido a amplificar las propiedades de ciertas virtudes y vicios... El trabajo de estos doce sabios no encierra mérito alguno particular: en él se descubre sólo el espíritu monárquico, y aquella manía de comentar y perifrasear una palabra o idea, cuyo gusto dominó después mucho tiempo en nuestra literatura.» (Fermín Gonzalo Morón, Historia de la civilización de España, Madrid 1846, tomo V, págs. 159-160, apud Walsh.)

«Fernando III de Castilla y Jaime I de Aragón, he aquí dos colosales figuras que sobresalen y descuellan simultáneamente en la galería de los grandes hombres y de los grandes príncipes de la edad media española. Conquistadores ambos, la historia designa al uno con este sobrenombre que ganó con sobrada justicia y merecimiento: el otro se distinguiera también con el dictado de Conquistador si la iglesia no le hubiera decorado con el de Santo, que eclipsa y oscurece todos los demás títulos de gloria humana. (...) Bajo tan brillantes reinados no podía la España dejar de experimentar variaciones y mejoras sensibles en su condición social. La conquista de Toledo marcó para nosotros el tránsito de la infancia y juventud de la edad media española a su virilidad; la de Sevilla señala la transición de la virilidad a la madurez. La sociedad española se ha ido robusteciendo y organizando. Aunque fraccionada todavía, ha dado grandes pasos hacia la unidad material y hacia la unidad política. Multitud de pequeños reinos musulmanes han desaparecido; las dominaciones de las tres grandes razas mahometanas, Ommiadas, Almoravides y Almohades, han dejado de existir, y sólo se mantiene en un rincón de la península un pequeño, aunque vigoroso reino muslímico, retoño que ha brotado con cierta lozanía de entre las viejas raíces de los troncos de los tres grandes imperios, que han sucumbido a la fuerza del sentimiento religioso y del ardor patriótico de los españoles y a los golpes de la espada manejada por su incansable brazo. (...) En cada uno de estos dos grandes reinos se ha fijado un idioma vulgar que ha reemplazado al latín, y que revela el diverso origen de ambos pueblos. Don Jaime de Aragón escribe en lemosín los hechos de su vida y la historia de su reinado; don Fernando de Castilla hace romancear los fueros de Burgos y de varios otros pueblos de sus dominios; manda verter al castellano el código de los godos, y él mismo otorga sus cartas y privilegios en lengua vulgar, mostrando con el ejemplo y con el mandato que era ya tiempo de que los documentos oficiales se escribieran en el lenguaje mismo que hablaba el pueblo. (...)
A pesar de la creación de aquella célebre universidad [Salamanca] que tanto honra al rey Santo, de la protección que dispensaba a la juventud estudiosa, y de la predilección que le merecían las letras y los letrados, el estado de la jurisprudencia y de la ciencia política no era tan aventajado y brillante como a primera vista parece pudiera inferirse del nombre pomposo de Sabios que se dió a los que formaban aquella junta que constituía el consejo del rey. La obra que a instancias del monarca compusieron aquellos Doce sabios con el título de Libro de la Nobleza y Lealtad se reduce a definiciones parafraseadas, ampulosas y de mal gusto, que cada sabio hacía de algunas virtudes y de algunos vicios, y a consejos y máximas de moralidad y buen gobierno que daban al rey sobre cómo debía conducirse en la paz y en la guerra, máximas ciertamente saludables y consejos muy sanos, pero que no pasaban de generalidades que hoy alcanza el hombre menos versado en los preceptos de la moral y en la ciencia del gobierno. {(1) Esta obra, que consta de 69 capítulos, y que el señor Morón (en su Historia de la civilización de España, tomo V) dice haber visto manuscrita en la Biblioteca real, se halla impresa en las Memorias para la vida del Santo Rey don Fernando por don Miguel de Manuel, compulsada con un manuscrito del Escorial, y con una edición que de ella se hizo en Valladolid en 1509.} Era no obstante un adelanto respecto a los anteriores tiempos; y aquella universidad, y aquellas traducciones al castellano, y aquella junta de letrados y doctos, y aquella protección a las ciencias, y el pensamiento y comienzo del código de las Partidas, eran el anuncio y la preparación de otro reinado en que aquellos elementos habían de desenvolverse ya anchurosamente.» (Modesto Lafuente, Historia general de España, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, Establecimiento Tipográfico de Mellado, Madrid 1851, tomo V, páginas 439-440, 456, 457, 460-461. Parte II, libro II, capítulo XVI: España bajo los reinados de San Fernando y de Don Jaime el Conquistador.)

«Los doce sabios, y su Libro de la Nobleza y Lealtad. Como prueba del gusto literario de aquel tiempo, de lo que alcanzaban en la ciencia política y del gobierno los que entonces se llamaban sabios, y también como muestra del lenguaje y estilo que se tenía por culto, damos a continuación algunos fragmentos del libro de la Nobleza y Lealtad compuesto por los doce sabios que formaban el consejo de San Fernando.» [y ofrece los capítulos 1, 2, 3, 14, 22, 23, 26, 27, 35, 36, 37, 41, 42, 43, 44 y 54 a 65.] (Modesto Lafuente, Historia general de España, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, Establecimiento Tipográfico de Mellado, Madrid 1851, tomo V, páginas 485-494. Apéndice 5.)

«Mas no sólo dejó Fernando III, cuya gloria alcanza a todas las esferas de la civilización, comprobada su predilección a la lengua castellana en este importante monumento [el Fuero Juzgo], que únicamente nos es dado ahora considerar bajo el aspecto filológico, por más que hallemos en él algunas leyes, o acomodadas a las costumbres y creencias del siglo XIII, o enteramente originales. Protector natural de los varones distinguidos por su ciencia, y congregados por él en su corte, logró también aquel gran rey que entrando en el terreno de la filosofía, ensayaran estos la lengua vulgar en su cultivo, y a sus ilustradas instancias fueron compuestos los dos peregrinos tratados, que llevan por título el Libro de los doce sabios y Flores de Philosophia. Ministrando el primero al mismo rey don Fernando útiles avisos sobre «lo que todo príncipe et regidor de regno a de fasser en ssi et de cómmo deve obrar en aquello que al mesmo pertenesçe, el otrossí de cómmo deve regir et castigar et mandar et conosçer a los del su regno», tiene por objeto principal la educación de los infantes, sus hijos, quienes debían «estudiar et catar en ella como en espejo», pues que «aunque breve escriptura, grandes iuiçios et buenos trahia ella consigo» {(1) Prólogo al Libro de los doce sabios}.
Era pues el Libro de los doce sabios cierta manera de catecismo político, cuya existencia no podría fácilmente comprenderse sin apreciar, en la forma que lo dejamos ya realizado, el extraordinario movimiento que en la primera mitad del siglo XIII ofrece la cultura intelectual de Castilla. Tomando, al escribirle, la misma forma expositiva adoptada por cuantos tratan después de las ciencias políticas o filosóficas, artificio que era harto común en los libros orientales, arábigos y rabínicos, de aquella edad y de las anteriores, fingieron dichos sabios una especie de junta o academia, en que dando principio a sus tareas con la definición de la lealtad [lealtança], expone cada uno la idea que tiene formada de ella, tratando después de la cobdiçia y definiéndola asimismo en breves máximas y sentencias. Señaladas menudamente las cualidades y virtudes que debían brillar en los reyes, así en los goces de la paz como en las artes y peligros de la guerra, píntanlos revestidos de amor y sabiduría, asistidos de piedad y de justicia, fortalecidos de castidad y de templanza, inclinados a la liberalidad y munificencia, y finalmente circunspectos, honradores de los buenos, prontos a reprimir a los orgullosos, humildes en la prosperidad y celosos de su autoridad y fortuna.
Este libro, que halla adelante felices imitadores, formulado en el idioma vulgar y animado de cierto espíritu práctico, podía en verdad lograr alguna aplicación al gobierno del Estado, por más que en nuestros días sea tenido en poco y aun desdeñado por nuestros eruditos {(1) Uno de nuestros más claros escritores contemporáneos observa que el «trabajo de los Doce sabios no encierra mérito alguno particular», añadiendo que «en él se descubre sólo el espíritu monárquico y aquella manía de comentar o perifrasear una palabra o idea, cuyo gusto dominó después mucho tiempo en nuestra literatura» (Morón, Historia de la civilización de España, tomo V, pág. 160). Mas este juicio seguido por el académico don Modesto Lafuente (Historia de España, Parte IIª, lib. II), no puede plenamente ser aceptado por nosotros, porque sobre no estar todo el libro escrito de la misma suerte, debe repararse en que esa forma expositiva viene a determinar en la historia de nuestras letras la aparición del elemento didáctico-oriental que les comunica en breve especial carácter, siendo por tanto digno del mayor estudio el monumento de que tratamos. Ni aun considerado en absoluto, podemos admitir el dictamen referido, pues lejos de esa hinchazón, ampulosidad y mal gusto de que se acusa al Libro de los doce sabios, nos parecen sus advertencias claras, sencillas, útiles, y formuladas con la gracia de que era la lengua susceptible, lo cual juzgó también el entendido P. Burriel, cuando en sus Memorias para la Vida del Santo rey, después de apellidarle tratado discretísimo, manifestó que le hallaba «digno de que no le dejasen de la mano los que gobiernan nuestra monarquía», pág. 188.}: reconociéronlo así los mismos autores, suplicando al rey de Castilla que mandase «dar a cada uno de los ditos sennores infantes, sus filios, un treslado» de aquella obra; «porque anssi agora en lo pressente commo en lo d'adelant porvenir (añadían) ella es tal escriptura que bien s'aprobechará qui la leyer et tomare algo della a pró de las ánimas et de los cuerpos» {(2) Prólogo del Libro de los doce sabios}. Mas cualquiera que fuese el aplauso que obtuvo el Libro de los doce sabios en la corte de Fernando III; cualquiera que sea el juicio de nuestros coetáneos respecto de su doctrina, cuerdo nos parece indicar que sólo debe ser considerado como un ensayo (y por cierto el primero hasta hoy conocido {(1) El entendido don Pascual Gayangos, en la Introducción a los Escritores en prosa anteriores al siglo XV (tomo LI de la Biblioteca de autores españoles), manifiesta no creer «que el Tractado de la nobleza et Lealtad se escribiese durante el reinado de don Fernando el Santo». Alega por razón, demás de suponer el lenguaje impropio de aquella época, que se habla en dicho libro «de las milicias concejiles de un modo incidental y en tono tan despreciativo que excluye toda suposición de que el libro se escribiera en tiempo del expresado rey». La indicación relativa al lenguaje, por ser demasiado vaga, nada prueba, demostrando por el contrario el examen detenido de este monumento, que como otros muchos ha llegado a nuestros días muy adulterado, que abundan en él los rasgos característicos de aquella época en orden a la dicción y a la frase. Respecto del menosprecio de las milicias concejiles, daríamos el valor que le atribuye el señor Gayangos a la observación, cuando se tratara de una época esencialmente militar; pero el reinado de Fernando III, si cumple como pocos, durante la edad media, aquella ley superior de la reconquista, se distingue más principalmente por el espíritu de unidad que en todos los actos del monarca resplandece y por el predominio que dio a la idea sobre el hecho, al derecho sobre la fuerza; origen indubitable de las grandes empresas legales que don Alfonso, su hijo, realiza. Esto y no otra cosa significa el anhelo con que dotó a todas las ciudades que pudo del Fuero Juzgo; esto la preponderancia que en su tiempo lograron los legistas, preponderancia insinuada ya desde el reinado de Alfonso VIII; y esto en fin el empeño no disimulado de crear un solo derecho, proyecto que debía tener por corona la institución de un imperio cristiano, según después comprobaremos. En época como esta, y escribiendo filósofos o legistas, no es, ni puede ser extraño, que no logre aplauso ningún elemento de fuerza, cualquiera que sea su representación y aun su origen; y como el Libro de los doce sabios o de La nobleza respira desde el primero al último capítulo aquel mismo espíritu de unidad y supremacía en el trono, tratando de igual suerte a grandes y pequeños, si ya no es que atiende a despojar a los primeros de todo poder tiránico, de aquí que la observación del señor Gayangos, aunque muy erudita, carezca de la fuerza decisiva que le atribuye.}) de lo que podía alcanzar la prosa castellana en el cultivo de las ciencias, gloria iniciada por Fernando III y cosechada más tarde por su hijo don Alfonso. Con este propósito, y a fin de que pueda formarse cabal juicio del estilo y lenguaje de tan antiguo monumento, trasladaremos el capítulo XXVI, en que hablando de la manera de hacer y conservar las conquistas, revela el espíritu de la época en que fue escrito, y del rey fuerte, grande y conquistador, por cuyo mandato se escribe: [...]
{(1) El Libro de los Doce Sabios ó de la Nobleza ó Lealtat fue dado primeramente a la estampa en 1502 (Valladolid, por Diego Gumiel); reimpreso en 1509 en la misma ciudad (Burriel, Memorias para la Vida del Santo rey, pág. 188); reproducido en 1800 (Madrid, Mem. citadas, pág. 188 y siguientes), e incluido por último en el tomo V de la Hist. de Esp. del distinguido académico Lafuente, bien que sin el prólogo y con notables supresiones (Madrid, 1851). A pesar del esmero que el P. Burriel puso en el cotejo de la edición de 1509 con el códice del Escorial, hemos examinado este precioso Ms., designado con la marca B ii.7, y los que en la Biblioteca Nacional tienen las señales Bb. 52 y Cc 88. La primera copia es del siglo XV y se halla al fól. 94 del indicado volumen, que encierra además Los Casos e Caydas de príncipes, traducción de Bocaccio: la segunda es del siglo XVIII, y lleva este título moderno: Junta de los Doce Sauios que hizo el rey don Fernando el santo que ganó a Sevilla, y los consejos que dieron, con los dichos y sentencias de estos. El entendido Burriel suprimió el último capítulo de los códices (el LXV), porque «se añadió después de la muerte del Santo rey»: en efecto, dicho capítulo tiene el siguiente epígrafe: [...]. Es por tanto evidente que este capítulo, en que resalta la forma expositiva de los moralistas orientales, fue añadido, como indicó el P. Burriel, después del fallecimiento del rey don Fernando. (Véase la pág. 212 de las citadas Memorias).}
Conocido el anhelo con que el gran rey don Fernando atendió a la educación de sus hijos, y en especial de su primogénito, «metiéndolo mucho en sus conseios et en sus fablas, magüer que la hedat non era tamanna por que sopiese conseiar, segunt conuenie a la su nobleza» {(1) Cap. V de los conservados del libro Septenario.}, tampoco sería descabellado el atribuir al libro de las Flores de Phílosophia el mismo origen. Bien sabemos que esta obra, citada de muchos, vista de pocos, y todavía no examinada, ha sido constantemente reputada como producción de la época de don Alfonso VIII, colocándola en la segunda mitad del siglo XII {(2) (...)}; pero luego que tomados en cuenta los primitivos monumentos de la prosa castellana, tal como lo hemos hecho en el presente capítulo, se viene en conocimiento de que no se había escrito aun aquella con intento literario en el citado período; luego que fijando la atención en la naturaleza del referido tratado, y comparándole con otros de igual índole, trazados al mediar el siglo que historiamos, descubrimos en él cierto sabor oriental que le asocia al movimiento insinuado ya en el Libro de los doce sabios, no podemos asentir a la opinión indicada, creyendo por el contrario que no deben sacarse las Flores de Philosophia del reinado del conquistador de Sevilla, gloriosa preparación de la memorable época del Rey Sabio.
El indicado libro, que se supone escogido y tomado de los dichos de los filósofos, y terminado por Séneca, último de los treinta y siete que se congregan para componerle, guardando no poca analogía con el ya mencionado de la Nobleça et Lealtança, y enlazándose con el de la Sabieça y el de los Bocados de oro, que en su lugar examinaremos, es una compilación de máximas y sentencias morales, religiosas y políticas, distribuidas en treinta y ocho leyes o capítulos. (...) Pero dejando para lugar más adecuado el tratar ampliamente materia tan nueva y difícil, bueno será advertir después de asentado este interesante hecho, que así como el Libro de los doce sabios se encamina principalmente a labrar la educación de los reyes, tiene por objeto el de las Flores de Philosophia la enseñanza general, sin olvidar los deberes del pueblo para con sus monarcas, y atesorando cuerdos y fructuosos consejos sobre la próspera y adversa fortuna.
No faltará acaso quien, recorriendo sus capítulos o leyes, observe como ha sucedido ya respecto del Libro de los doce sabios, que «no pasan sus doctrinas de generalidades que hoy alcanza el hombre menos versado en los preceptos de la moral y de la ciencia del gobierno». Mas cualesquiera que sean en nuestros días los adelantos de las ciencias morales y políticas, siempre nos parecerá infundada, por lo menos, esta manera de juzgar las producciones de edad tan remota, causándonos en cambio verdadera admiración el seso y cordura de los que, acomodando las lecciones de la antigua filosofía a las ideas y creencias de su tiempo, acometían la noble empresa de restituir a la razón el imperio que había perdido en medio de la barbarie de otros siglos, avasallada por todo linaje de violencias. Y si, como llevamos apuntado, reparamos al par en que se hacían estos ensayos en el idioma hablado por la muchedumbre, y bajo los auspicios de un príncipe que tanto hizo para fomentar durante su reinado la lengua vulgar y la prosa castellana, subirá de punto la estimación con que debemos contemplar semejantes obras, y muy especialmente la que merece el libro de las Flores de Philosophia. Observar se debe por último que si la forma expositiva de este y del tratado de los Doce Sabios se deriva de otras literaturas, el fondo, esto es, las doctrinas capitales de uno y otro, reciben general colorido de la cultura española o ya son enteramente cristianas, sometiéndose así al incontrastable principio de actualidad, que dando aliento a nuestra civilización, caracteriza todas nuestras conquistas literarias.» (José Amador de los Ríos, Historia crítica de la literatura española, Imprenta de José Rodríguez, Madrid 1863, tomo III, páginas 433-442.)

«Al morir [Fernando III] dejaba asegurada la Reconquista; ensanchado casi en la mitad el territorio castellano con las tierras más fértiles, ricas y lozanas de España; abierto para Castilla el camino de los dos mares por larguísimas leguas de costa; fundada la potencia naval; inaugurado el comercio con Italia y aun con las postreras partes de Levante; atraídos por primera vez artífices y mercaderes a un reino donde antes sólo resonaba el yunque en que se forjaban los instrumentos del combate; floreciente el estudio de Salamanca fundado por su padre, y el de Valladolid, que inauguró su madre; respetada donde quiera la ciencia de teólogos y juristas; traducido en lengua vulgar el Fuero-Juzgo y echados los cimientos de la unidad jurídica; triunfante el empleo de la lengua popular en los documentos legales; comenzada en el Libro de los doce sabios y en las Flores de Philosophia aquella especie de catequesis moral por castigo e conseio que muy pronto había de completar Alfonso el Sabio; y finalmente, cubierto el suelo de fábricas suntuosas en que se confundían las últimas manifestaciones del arte románico con los alardes y primores del arte ojival, cuyo triunfo era ya definitivo.» (Marcelino Menéndez Pelayo, «Discurso en el Tercer Congreso Católico Nacional», Sevilla 1892, en Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, Edición nacional, tomo XII, CSIC, Madrid 1942, tomo 7, pág. 55.)

«De este primer florecimiento cosmopolita o europeo se derivó otro más peculiarmente español, el cual se caracteriza por el uso constante de la lengua vulgar, aplicada antes que otra ninguna de las lenguas romances a la alta especulación científica, así en Castilla como en Cataluña. Comienza esta nueva fase en los reinados de San Fernando y de D. Jaime el Conquistador, iniciándose tímidamente con catecismos político-morales (Llibre de la Saviesa, Libro de los doce Sabios, Flores de Philosophía, Libro de los buenos proverbios, Poridat de Poridades, &c.), imitados o traducidos, a lo menos en parte, de fuente arábiga, y con las dos más célebres colecciones de apólogos y cuentos de procedencia indostánica, el Calila y Dina y el Sendebar. Crece la corriente y se dilata poderosa en la monarquía científica de Alfonso X, nuevo Salomón cristiano, por quien la sabiduría desciende del solio para aleccionar a las muchedumbres en modo y estilo oriental con los preceptos de una cierta filosofía regia; al mismo tiempo que con asombrados ojos empiezan a deletrear los arcanos del firmamento, conforme al sistema indio del Sindhanta, traído a nuestra Península por el antiguo Moslema. Si el elemento árabe en la Crónica general debe reducirse a límites exiguos, en cambio es muy considerable en la Grande et General Estoria, y aun en la parte doctrinal de las Partidas, e impera casi solo en el Libro de los Juegos, en los tres Lapidarios, en los Libros del saber de Astronomía y en otros muchos, así de recreación como de ciencia.» (Marcelino Menéndez Pelayo, «De las influencias semíticas en la literatura española», 1894, en Estudios y discursos de crítica histórica y literaria, Edición nacional, tomo VI, CSIC, Madrid 1941, tomo 1, págs. 210-211.)

«Al mismo monarca a quien se debe tan preciado monumento de la literatura nacional [se refiere a Fernando III y al Fuero Juzgo], somos también deudores de otros dos monumentos, en los cuales el habla vulgar se ensaya en otros géneros didácticos. Tales son los tratados de carácter filosófico, que se compusieron a su instancia, y que llevan los títulos de Libro de los doce Sabios, o de la nobleza y lealtade, y Flores de Philosophia, encaminados, el primero, a labrar la educación de los reyes, y el segundo, la educación general, sin olvidar los deberes del pueblo. Es el primero una especie de catecismo político, para uso de los príncipes, escrito en las formas expositivas propias de los que tratan después de las ciencias políticas o filosóficas; y el segundo, una compilación de máximas y sentencias morales, religiosas y políticas, distribuidas en treinta y ocho capítulos, que denomina leis el autor, el cual da a veces los consejos en forma de cantares. El segundo de estos libros se supone escogido y tomado de los dichos de los filósofos y terminado por Séneca, último de los treinta y siete que se reúnen para componerlo; en él se descubre el apólogo oriental, tratando de introducirse en la literatura castellana como ya había intentado hacerlo antes. {(1) La obra Flores de Filosofía ha sido publicada en 1878 por la Sociedad de Bibliófilos Españoles, precedida de un erudito discurso de Germán Kruch, que dice es del siglo XIII, y no afirma que sea de San Fernando. Están sacadas las Flores de Filosofía, en gran parte, de un libro llamado los Buenos Proverbios, traducción, a su vez, de las Sentencias morales de los filósofos, escritas por Hemin-ben-Ishaik (manuscrito árabe del siglo IX) y del Bonium.} En ambos documentos aparece la prosa castellana, ostentando las virtudes que hemos visto en el Fuero Juzgo.» (Manuel de la Revilla & Pedro de Alcántara García, Principios generales de literatura e Historia de la literatura española, 4ª edición, Madrid 1898, tomo II, páginas 119-120.)

«Dos más brillantes muestras de la antigua prosa española nos ofrecen las supuestas cartas escritas por Alejandro moribundo a su madre; y a la circunstancia de haber sido halladas en el códice copiado por Lorenzo de Astorga, deben su publicación al final del Libro de Alexandre. Hay buenas razones para creer que no son obra del autor del poema; y, en realidad, son meras traducciones. Ambas epístolas están tomadas de la colección arábiga de sentencias morales compuesta por Honain ben Ishak al-'Ibadi; la primera se halla en el Bonium (así llamado por su autor, fabuloso Rey de Persia), y la segunda en la versión castellana del Secretum Secretorum, cuyo título se traduce literalmente por Poridad de las Poridades. Otros ejemplos de adelantada prosa pueden verse en el Libro de los Doce Sabios o de la Nobleza y Lealtad, que trata de la educación política de los Príncipes, y puede haber sido escrito bajo la dirección de San Fernando. Pero el autor y la fecha de estas dos producciones son poco más que hipotéticos. Estos son los ensayos preliminares en materia de prosa española. Recibió ésta su forma permanente en manos de Alfonso el Sabio (1220-84), que sucedió a su padre San Fernando en el trono de Castilla en 1252.» (Jaime Fitzmaurice-Kelly, Historia de la literatura española desde los orígenes hasta el año 1900, traducida por Adolfo Bonilla y San Martín, con un estudio preliminar por Marcelino Menéndez y Pelayo, La España Moderna, Madrid 1901, página 99.)

«Libros mandados componer por San Fernando. Mandó San Fernando componer El Setenario, que fue concluido en el reinado de su hijo, libro que muchos han supuesto equivocadamente una obra legislativa –el boceto de las Partidas–, y es, en realidad, un compendio enciclopédico de la ciencia en el siglo XIII, o sea de las siete naturas engendradoras de los siete saberes; el trivio: Gramática, Retórica y Lógica, y el cuatrivio: Música, Astronomía, Física y Metafísica, con nociones de Aritmética y Geometría. Hizo también escribir el Santo Rey el Libro de los doce sabios o de la nobleza e lealtad, tratado de educación política; y probablemente de San Fernando son asimismo las Flores de la Filosofía, conjunto de sentencias y máximas sacadas de otros libros, sobre Moral, con algunos de sus consejos en forma de cantares; los capítulos breves son llamados leis, y supone el autor de la compilación que se juntaron treinta y siete filósofos para componer el libro, terminándolo Séneca.» (Angel Salcedo Ruiz, Resumen histórico de la literatura española según los estudios y descubrimientos más recientes, Saturnino Calleja, Madrid 1910, páginas 90-91.)

«IV. En cuanto al Septenario, El Bonium, el Libro de los Doce Sabios y las Flores de Filosofia, no me ha parecido discordante incluirlos en mi Biblioteca¸ porque si bien nada tienen que ver con las cuestiones de pedagogía, en el moderno sentido de la palabra, encajan muy bien en una pedagogía histórica, por dar á conocer el elemento didáctico-oriental, tan estimado de nuestros educadores medioevales. Además, no he juzgado inoportuno y fuera del caso encerrar en una colección destinada á popularizar nuestros tratados didácticos, obras como el Libro de los Doce Sabios cuando de él escribe Amador de los Ríos que «tiene por objeto principal la educación de los infantes» y las Flores de Filosofia, libro que «tiene por objeto la enseñanza general», según expresión del citado Amador de los Ríos. En mi humilde criterio he juzgado que no estaban reñidas con la pedagogía catecismos ó compilaciones de sentencias de índole moral y religiosa.» (carta de Francisco Sancho –desde Lérida, 11 de noviembre de 1911– a Marcelino Menéndez Pelayo, EMMP 21:824.)

«64. Fernando III. Libro de la Nobleza y Lealtad, redactado por doce sabios de orden del Rey... para ajustar a él su gobierno. En el cap. 1º se indica que reunió el Rey doce sabios 'de los cuales eran algunos dellos grandes filósofos e otros dellos de santa vida'. De la 1ª edición hecha en Valladolid en 1509 hay ejemplar en la Bib. del Escorial. Se insertó también en la segunda parte, páginas 188 y siguientes, de las Memorias para la vida del Santo Rey D. Fernando III. Dadas a luz con apéndices y otras ilustraciones por D. Miguel de Manuel Rodríguez, Madrid MDCCC. También se refirió a él Marichalar y Manrique, Historia de la legislación, tomo II, pág. 477. En la Introducción de D. Pascual Gayangos al tomo de la Bib. de Autores Españoles de Rivadeneyra, que se refiere a los Escritores en prosa anteriores al siglo XV (tomo LI), hay una nota (2 de la primera página) en la que se muestra la duda de que el Tratado de la Nobleza... se escribiera en el reinado de San Fernando, pues 'aparte del lenguaje, que no es el de aquella época, háblase en él de las Milicias concejiles, de una manera tan incidental y en tono tan despreciativo, que excluye toda suposición de que el libro se escribiera en su tiempo'. La observación, según paladina manifestación del autor de la Introducción, es de D. Tomás Muñoz. De todas maneras no se fija el tiempo en que el libro se escribiera.» (Recaredo Fernández de Velasco, Referencias y transcripciones para la Historia de la literatura política en España, Reus, Madrid 1925, páginas 187-188.)

«Al tiempo de Fernando III corresponden varios libros de máximas de origen oriental. El libro de los doce sabios de la Nobleza y lealtad, nos presenta a los doce sabios presididos por Séneca, exponiendo cada uno su opinión acerca de las virtudes que deben adornar a los reyes. Las Flores de Philosophia, que San Fernando mandó aplicar a la educación de sus hijos, «fue escogido et tomado de los dichos de los sabios para que quien bien quisiere faser a si et a su fasenda, estudie en esta poca et noble escriptura». En este libro se compenetran las enseñanzas cristianas con las orientales.» (Mario Méndez Bejarano, Historia de la filosofía en España hasta el siglo XX, Renacimiento, Madrid [1927], páginas 85-86.)

«Con la subida al trono castellano de Alfonso el Sabio, el año de 1252, puede decirse que pasó a los cristianos y al castellano la sabiduría oriental y todo linaje de sabiduría. Probablemente se deben a sus ruegos, deseos y trabajos, las primeras obras didácticas, que se compusieron, según se cree, durante el reinado de San Fernando (1230-1252), de autores y fechas no averiguadas todavía: Las Flores de Filosofía, en que por estilo sentencioso, a la oriental, Séneca y treinta y siete otros filósofos, discurren sobre la moral. Son de la misma época que el Libro de los Doce Sabios, y están formadas de sentencias sacadas de los mismos originales que los Buenos proverbios y los Bocados de Oro, y así muchas les son comunes. En la Historia del Caballero Cifar, fuera de algunos capítulos, están las Flores de Filosofía. El Libro de los buenos proverbios, según demostró Steinschneider, fueron traducción de las Sentencias morales de los Filósofos, escritas por Honain-ben Ishák, Al-Ibâdi (809-875), y conservadas en la Biblioteca de El Escorial (núm. 756) y en la de Munich (núm. 651). El Libro de los Doce Sabios o Libro de la Nobleza o Lealtat, que trata del gobierno y educación de los príncipes. Créese haberse traducido en tiempo de San Fernando (1217-1252), y tomó el nombre por los doce sabios que se juntaron para averiguar 'lo que todo principe et regidor de regno a de fazer en ssi et de commo debe regir et castigar et mandar et conoscer a los de su regno'. Algo más tardías, y con mayor probabilidad aconsejadas del Rey Sabio, son las dos obras Poridat de Poridades, de fuente arábiga, o Castigos de Aristotil a Alexandre, traducción del Secreta Secretorum. En él se halla una de las cartas atribuidas a Alejandro, y otra en el Bonium {(1) Nombre que leído al revés dice muy noble, aludiendo sin duda a don Alonso el Noble. Véase Floranes, Memorias históricas de la vida y acciones del rey Don Alonso el Noble, Madrid 1783, pág. 137.}, así llamado del supuesto nombre de su autor, fabuloso Rey de Persia, o, por otro título, Bocados de Oro, obra sacada del Libro de las Sentencias, de Abul Uafá Mubashir-ben-Fatik (siglos XI-XII), cuyo manuscrito está en la Biblioteca de Leyden (núm. 1487), el cual se tradujo al latín, francés e inglés.» (Julio Cejador y Frauca, Historia de la lengua y literatura castellana, 3ª edición, Librería y Casa Editorial Hernando, Madrid 1932, tomo 1, 1ª parte, páginas 249-250.)

«Finalmente, en este mismo reinado de Fernando III aparecen las primeras muestras de la literatura filosófica en lengua vulgar, a imitación de modelos orientales. Pertenecen al género didáctico-moral y están redactadas en forma sentenciosa, la más a propósito para instruir a gentes rudas en sus deberes tanto públicos como privados; por esto han sido bautizadas acertadamente con el nombre de 'catecismos político-morales'. Los más antiguos son el Tratado de la Nobleza y Lealtad y las Flores de Filosofía. El primero se denomina usualmente Libro de los doce Sabios, porque finge en su comienzo una asamblea de doce sabios, 'algunos dellos grandes filósofos, e otros dellos de santa vida', convocada para redactarlo.» (Tomás y Joaquín Carreras Artau, Historia de la filosofía española. Filosofía cristiana de los siglos XIII al XV, Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, Madrid 1939, tomo 1, pág. 9).

«Alfonso el Sabio y los judíos. La súbita aparición en la corte de Alfonso X el Sabio de magnas obras históricas, jurídicas y astronómicas, escritas en castellano y no en latín, es un fenómeno insuficientemente explicado, si nos limitamos a decir que un monarca docto quiso expresar en lengua accesible a todos grandes conjuntos de sabiduría enciclopédica. Tal aserto equivale a una abstracción, pues no tiene en cuenta el horizonte vital de Alfonso X, ni las circunstancias dentro de las cuales existía. En ninguna corte de la Europa del siglo XIII podía ocurrírsele a nadie redactar en idioma vulgar obras como la Grande e General Estoria, los Libros del saber de astronomía o las Siete Partidas. Tampoco se dio el caso de que el texto bíblico se tradujera íntegramente fuera de España en aquel siglo (G. Gröber, Grundriss, II, 714). Tal hecho es solidario de la escasez en España de obras de carácter teológico, filosófico, científico o jurídico dotadas de alguna significación y redactadas en latín. Pensemos simplemente en figuras como Siger de Brabante, Rogerio Bacon y Santo Tomás, o en el grupo de los juristas de Bolonia. Poseemos ahora un valioso estudio bibliográfico de manuscritos científicos de la Edad Media {(2) José M. Millás Vallicrosa, Las traducciones orientales en los manuscritos de la Biblioteca Catedral de Toledo, Madrid, 1942} hasta ahora mal conocidos, pero que no modifican esencialmente el panorama de la ciencia castellana en la Edad Media. Analizando minuciosamente las traducciones de textos árabes, iniciadas en el siglo X y proseguidas en el XII y en el XIII, observa el autor cómo "aquel movimiento cultural registrado entre los musulmanes españoles, muy pronto irradió fuera de su propia zona, y brilló como una aurora entre los cristianos europeos, medio adormecidos en las tinieblas de la alta Edad Media" (pág. 6). El hecho es bien conocido, aunque no se ha pensado bastante por qué fueron los "cristianos europeos" y no los españoles quienes abrieron nuevas vías de pensamiento con medios muy al alcance de los hispano-cristianos {(1) Prescindimos de centros catalanes como Vich y Ripoll, cuya importancia destaca el señor Millás en su Assaig d'historia de les idees fisiques i matemàtiques a la Catalunya medieval, 1931. Ya vimos antes que en los siglos X y XI la vida catalana gravitaba hacia fuera de la Península, y la historia científica lo confirma}. El más antiguo centro de sabiduría francesa, la Escuela de Chartres, ya se aprovechó del pensamiento de los árabes españoles antes de que se hubieran iniciado en Toledo las traducciones del siglo XII. Fueron los obispos franceses de Tarazona y Toledo (Michael y Raimundo) quienes sirvieron de puente a los extranjeros curiosos de ciencia oriental a comienzos de aquel siglo. A Toledo y a otras ciudades vinieron gentes ávidas de saber, que empleaban a judíos españoles como intérpretes de los preciados manuscritos árabes. (...) Se ve por lo anterior cuán escasos fueron los textos latinos de carácter docto, en fuerte contraste con la abundancia y valía de las traducciones y adaptaciones en castellano durante la época alfonsina. Tal hecho ha de entenderse como una expresión de la contextura cristiano-islámico-judía, como un resultado de la importancia alcanzada por los hispano-hebreos y de su interés por poner la sabiduría moral y científica al alcance de la sociedad cortesana y señorial sobre la cual descansaba su poder y su prestigio. La Castilla de Fernando III había mostrado su fuerza y su capacidad de dominio sobre lo mejor de las tierras musulmanas, y su influencia sobre la corona de Aragón era bien perceptible. Alfonso X gozaba en paz del fruto de unos esfuerzos bélicos (Navas de Tolosa, Córdoba, Sevilla) que él, quizá, nunca hubiera realizado, e intentó ensanchar su corona más con habilidad diplomática que con ímpetu guerrero. Por vez primera la ciencia y la poesía tomaban posesión del aula regia, y el saber y el ensueño se incluían en el juego de la política. El caballero de la Reconquista se erguía con prestancia de sabio, a fin de que la virtud inasible del lenguaje completara la acción unificadora de las armas, que iban a ceder su rango al imperio de la ley y la razón moral. A la acción sucedía la aspiración. El Rey anhelaba el señorío de Gascuña y el imperio de Alemania, con lo cual la Castilla oscura y arrinconada de antaño incluía su futuro en una perspectiva internacional. (...) Sin que pretendamos reducir un fenómeno de tal magnitud a un solo motivo, juzgamos ineludible tener muy a la vista las circunstancias en que se hallaban los hispano-hebreos a mediados del siglo XIII. En el siglo XII Maimónides usaba todavía el árabe como lengua de civilización, pues era el Oriente el polo hacia donde tendía; desde mediados del siglo XIII el horizonte del hispano-hebreo es Castilla, animada de un designio imperial bien manifiesto para la aguda mente de los judíos, y muy a tono con el esplendor de la corte. Basta comparar los diplomas de Alfonso X con los de sus antecesores, observar su magnificencia caligráfica y las largas listas de sus confirmadores, entre quienes aparecen reyes musulmanes como vasallos, y un número considerable de prelados y señores. El judío, que antes se sintió atraído por la estrella fulgente de Saladino, en cuya corte fue a vivir Maimónides, se vuelve ahora hacia la corte castellana. Hay, sin embargo, una diferencia. La lengua árabe usada por el hispanohebreo pertenecía a una civilización que lo dominaba, y que sin él había alcanzado cimas de perfección. En Castilla, en cambio, el saber era escaso, y bastaba que el judío dijera o escribiera algo de la cultura islámico-judía en castellano (una lengua tan suya como el árabe), para colocarse en una situación dominante.» (Américo Castro, España en su historia. Cristianos, moros y judíos, Editorial Losada, Buenos Aires 1948, páginas 478-482.)

«Castro ha atribuido al desdén de los judíos por la lengua religiosa de la cristiandad y a la sumisión de Alfonso X a las directrices de sus colaboradores hebreos, la gran hazaña cultural alfonsí. He de rechazar luego despaciosamente esa equivocada teoría. Se alzan contra ella la afirmación del gran hebraísta español Millás y Vallicrosa sobre el uso del latín por los hebreos españoles y la demostración por Gonzalo Menéndez Pidal de que era preciso verter al castellano los escritos de los judíos hispanos, por lo arcaizante de su romance, muy disímil de la lengua de Castilla. Antes de que Alfonso X iniciara sus contactos con los hombres de ciencia judíos se había generalizado el uso del castellano para la redacción de crónicas, códigos, leyes, compilaciones y diplomas. Antes de que el Rey Sabio pudiese ser seducido por los hebreos habían ya olvidado el latín castellanos y leoneses. En esa ignorancia, conjugada con la importancia cuantitativa y la fuerza militar, económica y política de las masas populares, está la clave de la labor vulgarizadora de Alfonso X. Conocía éste bien la rudeza de su pueblo, incluso la de su clerecía y su nobleza. Siguiendo iniciativas de su padre quiso afinar y fertilizar la inteligencia de sus gentes y por ello decidió poner al alcance de sus súbditos el saber todo de las dos civilizaciones cristiana y arábiga. Palabras del mismo soberano y de algunos de sus colaboradores descubren esa intención de ilustrar a su pueblo. Para lograrlo era forzoso usar como lengua de cultura la única al alcance de cualquier hijo de vecino. El Rey Sabio estaba, además, torturado por una viva curiosidad intelectual y fue por ello gran estudioso y gran lector; y tenía también un íntimo gusto por el habla castellana –intentó castellanizar la toponimia arábiga de Andalucía. No, el triunfo de la cultura romance en Castilla no fue obra de los hebreos sino consecuencia de la peculiar constitución social, económica y política del reino y de la clarividencia de Fernando III –hizo ya traducir del árabe al castellano algunos tratados didácticos: Flores de filosofía y el Libro de los doce sabios–, de Alfonso X y de los consejeros cristianos de ambos. Insistiré sobre tal problema al estudiar los límites de la contribución de los hebreos a la forja de lo hispánico.» (Claudio Sánchez-Albornoz, España, un enigma histórico, 1956; Edhasa, Barcelona 1991, páginas 258-259.)

«Los judíos doctos habían usado el árabe como lengua de cultura hasta su emigración a tierras cristianas en el curso del siglo XII; y aunque hablaban también el romance como todos los hispano-musulmanes, era su habla un peculiar dialecto arcaizante, muy disímil del castellano –lo ha demostrado Menéndez Pidal–; y nunca hasta allí le habían usado para redactar obras literarias o científicas. El mismo Castro señala la torpeza con que manejaban el castellano los colaboradores hebreos del Rey Sabio y cómo el vocabulario técnico de los mismos no entró a formar parte de la lengua de Castilla. Antes de que Alfonso X iniciara sus empresas culturales se habla generalizado el uso del castellano para la redacción de crónicas, leyes y diplomas. En romance se habían escrito: hacia 1219 los Anales Toledanos primeros, y entre 1244 y 1256, la Crónica de la población de Avila. Durante el reinado de Fernando III (1217-1252) se redactaron en castellano una larga serie de fueros municipales muy extensos y se tradujo al romance el Fuero Juzgo. Muy poco después de la conquista de Sevilla (1248) se escribió el Libro de los fueros de Castilla en tierras de Burgos. De hacia esa época datan las Devisas que han los señores en sus vasallos, recogidas en el Fuero Viejo. Y antes de 1255 estaba terminado el Fuero Real –Galo Sánchez ha fechado todos estos cuerpos legales. En castellano venían escribiéndose también las ordenanzas de los reyes en respuesta a las peticiones de las cortes y los diplomas reales y particulares. Con anterioridad a la imaginada seducción del Rey Sabio por los judíos para que se redactaran en romance las obras literarias y científicas que salieron de su corte, por odio a la lengua religiosa de la cristiandad hispana, había ya triunfado de ella el habla de los exaltados cristianos de Castilla y habían llegado éstos a olvidar el latín. Las escrituras castellano-leonesas de la segunda mitad del siglo XIII brindan no pocas peticiones de leoneses y castellanos para que les tradujeran al romance los textos latinos que declaraban no entender. En esa ignorancia general del latín por el pueblo, conjugada con la importancia cuantitativa y la fuerza militar y política de las masas, está la clave de la labor vulgarizadora del Rey Sabio. Conocía éste bien la rudeza y la fuerza a la par de sus súbditos. No escapaban a tal rudeza, ni la mayoría de los clérigos, obligados a vivir la misma asendereada vida que hidalgos, caballeros villanos, burgueses y labriegos y a participar de sus destinos. Siguiendo iniciativas de su padre, que el Rey Santo no pudo realizar por su integral consagración a la guerra contra el moro –Fernando III hizo ya traducir del árabe al castellano algunos tratados didácticos: Flores de filosofía y el Libro de los doce sabios–, Alfonso X quiso afinar el espíritu y fertilizar la inteligencia de los castellanos. Y por ello procuró poner al alcance de su pueblo el saber todo de las dos civilizaciones cristiana e islámica entre las que había transcurrido, desde hacía más de quinientos años, la turbada existencia de sus súbditos.» (Claudio Sánchez-Albornoz, España, un enigma histórico, 1956; Edhasa, Barcelona 1991, páginas 976-977.)

«Entre los llamados 'Catecismos político-morales', muy abundantes en la época de Fernando III, el Santo, y de su hijo Alfonso X, son dignos de mención: el Bonium o Bocados de oro, sentencias de filósofos indios, griegos, latinos y árabes, con alguna que otra biografía de hombres célebres, todo ello inspirado en el Libro de las sentencias, de Abulwafá Mobaxir ben Fátic; las Flores de la filosofía, colección de máximas y sentencias políticas, que señalan el arranque de la tradición estoica, tan persistente en nuestras letras hasta culminar el barroco; el Libro de los Doce Sabios o de la Nobleza y la Lealtad, llamado así porque en él se nos presenta a un grupo de ilustres varones, que adoctrinan a un joven rey sobre sus principales deberes en orden a la justicia, la fidelidad, &c. En la didáctica eclesiástica la obra más interesante son los Diez mandamientos, tratado penitencial para uso de confesores, con comentarios sobre el Decálogo. Por su lenguaje parece corresponder a principios del XIII.» (Emiliano Díez-Echarri & José María Roca Franquesa, Historia de la literatura española e hispanoamericana, Aguilar, Madrid 1960, páginas 69-70.)

«Libro de los doce sabios. Códices. 1742. [Libro de los doce sabios]. Letra del siglo XVI. 280x200 mm. Artigas, págs. 109-10. Santander. Menéndez y Pelayo. Mss. Número 77 (fols. 1r-14v).» (José Simón Díaz, Bibliografía de la literatura hispánica, tomo III, volumen primero, 2ª edición, CSIC, Madrid 1963, página 189.)

«Estas primeras manifestaciones de la prosa pueden dividirse en dos grupos: obras de tendencias didáctico-doctrinal, y obras de forma narrativa. Destacan entre las primeras: el despiadado e incluso procaz Diálogo o Disputa del cristiano y el judío {(6) Ed. Américo Castro, en Revista de Filología Española, I, 1914, págs. 173-180.} (comienzos del siglo XIII –quizá nuestro texto más antiguo en prosa vulgar–, tema llamado a tener gran difusión en la literatura medieval europea bajo la forma de debates entre individuos de distinta religión); los Diez Mandamientos, {(7) Ed. A. Morel Fatio, en «Textes castillans inédits du XIII siècle», en Romania, XVI, 1887, págs. 379-382.} obra de un fraile navarro (primera mitad del siglo XIII), especie de manual para auxilio de confesores; El libro de los doce sabios o Tratado de la nobleza y lealtad {(8) Ed. Miguel de Manuel Rodríguez, en Memorias para la vida del santo rey Fernando III, Madrid 1800, págs. 188-206.}, en el cual un grupo de sabios instruye a un joven rey sobre sus deberes, forma ésta muy típica de los libros orientales y repetidamente utilizada en las obras españolas de la época; El libro de los cien capítulos –que no tiene sino cincuenta en realidad–, colección de máximas morales y políticas destinadas a la formación no sólo de los reyes, sino también de toda persona en general, donde aparece por primera vez en la prosa española la forma –todavía rudimentaria– del apólogo. De este libro, compuesto probablemente en tiempos de Fernando el Santo, como todos los anteriores, se extrajeron durante el reinado de Alfonso X las Flores de Filosofía, {(9) Ed. H. Kust, Dos obras didácticas y dos leyendas, Madrid 1878, Sociedad de Bibliófilos españoles.} libro de clara influencia senequista. También merecen citarse el Libro de los buenos proverbios, atribuidos a filósofos griegos, latinos y árabes; el Bonium o Bocados de Oro, seguramente anterior al reinado de Alfonso X...» (Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española, tomo 1, Edad media y Renacimiento, segunda edición, Gredos, Madrid 1970, páginas 150-151.)

«A este tiempo pertenecen dos tratados didáctico-morales, de gran interés filológico, aunque escaso para la filosofía. Son el Tratado de la Nobleza y Lealtad, o Libro de los doce sabios (impreso en Valladolid en 1509), en que doce sabios reunidos en asamblea van definiendo otras tantas virtudes que debe tener el llamado a desempeñar el oficio real, con consejos útiles para el gobierno de sus vasallos. De un género similar, aunque en forma más culta y artificiosa, son las Flores de filosofía, dictadas por una asamblea de treinta y ocho sabios presididos por Séneca, y que consiste en un conjunto de máximas morales con predominio del estoicismo.» (Guillermo Fraile OP, Historia de la Filosofía Española, desde la época romana hasta fines del siglo XVII, edición revisada y ultimada por Teófilo Urdanoz OP, La Editorial Católica (BAC 327), Madrid 1971, páginas 157-158.)

«Los monarcas de Castilla o de León y los de Aragón o Cataluña dieron un gran impulso a los estudios, fundaron universidades, estimularon a los traductores y estuvieron en el origen de diversas enciclopedias del saber. Así, san Fernando (Fernando III de Castilla), primo hermano de san Luis, reanudó la tradición isidoriana y ordenó a un equipo de sabios la composición del Septenarium (vasto tratado de las siete artes liberales), mientras que Jacomo Ruiz, preceptor del Infante, compuso las Flores del Derecho (gran sistematización de las leyes). También se escribieron entonces el Libro de los doce sabios y las Flores de filosofía. Fue en esta época cuando las universidades de Palencia (1208) y Salamanca (1218) recibieron un estatuto definitivo, mientras que las de Sevilla, Valladolid, Alcalá, Toledo, Lérida y Huesca no tardarían en constituirse; la filosofía ocupó inmediatamente en ellas un lugar importante.» (Alain Guy, Histoire de la philosophie espagnole, Universite de Toulouse-le Mirail 1983, página 9; en la traducción española de Barcelona 1985, página 20.)

 

Ediciones y sobre el Libro de los doce sabios:
  • 1502 Tractado de la nobleza y lealtad, compuesto por doze sabios, por mandado del muy noble rey don Fernando, que ganó a Sevilla, «impreso en la noble villa de Valladolid por Diego de Gumiel, año de quinientos y dos», 4 hojas + 23 folios. Aunque se ha escrito que sólo estaría localizado un ejemplar, en la Biblioteca del Escorial (descrito por el P. Benigno Fernández, Ciudad de Dios, 55, 1901, págs. 534-535), figura en el catálogo de la Biblioteca Nacional de España (R-10674). Parece tratarse de un error una supuesta edición en Valladolid 1509.
  • 1800 «Libro de la Nobleza y Lealtad», en Memorias para la vida del santo rey Don Fernando III, dadas a luz con apéndices y otras ilustraciones por don Miguel de Manuel Rodríguez, bibliotecario primero de los Reales estudios de Madrid..., En la Imprenta de la Viuda de don Joaquín Ibarra, Madrid 1800, páginas 188-206 (el epílogo en las páginas 212-213). Aunque se suele atribuir la preparación de esta obra al jesuita Andrés Marcos Burriel (1719-1762), probablemente corresponda su autoría al doctísimo Juan Lucas Cortés (1624-1701), como dejó escrito Marcelino Menéndez Pelayo en la primera guarda de su ejemplar: «Sospecho que estas Memorias, aunque atribuidas al P. Burriel, son de Juan Lucas Cortés.»
  • 1975 John K. Walsh (1939-1990), El libro de los doze sabios o Tractado de la nobleza y lealtad [ca. 1237]. Estudio y edición, Real Academia Española de la Lengua (Anejos del Boletín de la Real Academia Española, XXIX), Madrid 1975, 179 páginas [introducción: 7-65, texto: 67-118, variantes: 119-140, apéndices: 141-148, índice de palabras: 149-178].
  • 1993 Gustavo Bueno Sánchez, «El códice Oviedo del Libro de los doce sabios (noticia de un 'nuevo' manuscrito)», El Basilisco, 2ª época, nº 14, 1993, páginas 91-96.
Sobre el Libro de los doce sabios en el Proyecto Filosofía en español:

 

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