García Morente, Temas españoles, nº 169, Madrid 1955
García Morente

 
Luis Aguirre Prado

 
Temas españoles, nº 169
Publicaciones españolas
Madrid 1955 · 27 + IV páginas

 
Donde Macías murió · El triunfante profesor · Por el camino de la Filosofía · De las aulas y los libros, a los palacios · En el infierno · Infinitas zozobras · El «hecho extraordinario» · Recobro · En El Poyo · En el Seminario · Con firmeza hasta el tránsito

 
 

Conocimos al profesor García Morente el año 1928 en su despacho de la Revista de Occidente. Nos había llamado para traducir del inglés un libro de la biblioteca del duque de Alba, Gengis Khan, de Harold Lamb. Se hallaba entonces en plenitud de actuación profesional y en culmen de relieve social, que en él no alteraron aquella su fina sensibilidad que el interlocutor descubría apenas cruzadas con las suyas unas palabras. Sensibilidad y finura de trato, maridadas a un modo de cumplir sus ofrecimientos que eximía del empleo de ese grafismo documental que aherroja en obligaciones. Cordialidad la suya que hoy recordamos en este esbozo de circunstancias de su vida, de esa vida que reclama completa exégesis, si se quiere proyectar en su dimensión al hombre de fundamentada cultura, al que la duda no cegó su fondo cristiano, del que surgiría el aflujo de fe que lo hizo comprender el profundo pensamiento de San Alberto Magno: «La vida es la sombra de la Cruz; fuera de ella está la muerte.»

Donde Macías murió

En tierras rientes de Jaén, que tienen por eje a la Chien o Xien, que un día conquistara el honroso título de «Guarda y defensa de los Reinos de Castilla», y por las que se afana el río que se empenacha de pinos en su natío fragoso de Cazorla y sirve de espejo a la Virgen de la Guía cuando sus aguas llegan a la playa sanluqueña donde se iniciaron periplos, estuvo la cuna de don Manuel García Morente: Arjonilla, el pueblo natal. Allí, en su iglesia de Santa Catalina, reposó el doliente amador Macías el «Enamorado». Sobre su sepulcro, el hierro de la lanza con que dio cabo a la acción del desamor un marido celoso. Por los siglos parece salir de la torre de Arjonilla, donde hubo cadenas aseguradoras Macías, su voz desalentada:

Aquesta lanza sin falla
¡Ay coytado!
Non me la dieron del muro,
nin la prise yo en batalla
¡mal pecado!

Mas viniendo a ty seguro
amor falso e perjuro
me firió, e sin tardança,
e fue tal la mi andança
sin ventura.

Nace García Morente el día 22 de abril de 1886 en ambiente fundamentalmente mesocrático, savia en todo instante del lento progreso patrio. En su hogar, como en el de tantos otros en esa época en que el jacobinismo se estima como testimonio de cultura, es patente el entrechoque de ideas por la distancia a que se sitúan en la relación del pensamiento los progenitores del niño Morente. Circunstancia esta que ha de tenerse presente al enjuiciar a esta figura de nuestros días. Su padre, [3] el doctor Gumersindo García Corpas, profesa ideas radicales, en lo que coincide con la mayoría de los médicos y veterinarios de entonces, muchos de ellos seguidores de aquel famoso galeno que no creía en la existencia del alma porque no la había tenido al alcance de su bisturí. En la evolución de las ideas, y también en el enjuiciamiento de sucesos españoles, resalta la estela de los técnicos descreídos que formaron tras de personajes como el histólogo Carlos Robin, quien, según Claudio Bernard, «casi siempre se equivocaba, porque sólo veía, con un ojo, y era el tuerto precisamente», olvidando que existían otros científicos creyentes, merecedores del epitafio que figura sobre la tumba de Pasteur: «Dios ideal de la Ciencia, del Trabajo, del Arte, de la Religión y la Patria y de las virtudes del Evangelio.»

Tesis no creyente del padre a la que anhelan paliar los pensamientos y las oraciones de la madre, doña Casiana Morente Serrano, sobrina, del «General bonito». Doña Casiana reza y pide por aquel hijo, niño avispado sobre el que su tutela moral ha de ser leve. A sus hijas mayores, Guadalupe y Beatriz, sí alcanzó la proyección religiosa de esta dama a la que no inficcionaron aires volterianos de París, como a su esposo, que en la capital francesa trabajó como oculista. A poco de hacer Manolito su Primera Comunión, a los nueve años de edad, en el Colegio de la Purísima Concepción, de Granada, falleció esta virtuosa dama encargando la suplencia materna a su hija Guadalupe, con la que siempre vivió en completa armonía Morente, y cuyo hogar consideró como exacta prolongación del suyo.

Cuando el padre se estableció definitivamente en Granada, envió a su hijo a educarse en el Liceo de Bayona. Continuaba la tradición pedagógica, «muy siglo XIX», de muchos españoles, de la que el padre Coloma ofrece pintorescos testimonios en sus escritos. Corría el año 1894 cuando Morente ingresaba en el Liceo. Conviene recordar la edad de este niño en el momento en que solo, sin apoyaturas hogareñas decisivas en la densidad para el bien o para el mal, se mezcla al grupo de sus condiscípulos. El regusto del «Padre Nuestro» persiste en él durante los primeros tiempos de escolaridad francesa. Recuerda aquella misa de los disantos, cuando la buena doña Casiana le llevaba orgullosa del hijo varón que ha de dar continuidad al apellido paterno, y acude a la capilla católica. Pero el cerco no propicia la persistencia ortodoxa. Judíos, protestantes, indiferentes o francamente ateos, no son incentivo a la fe, a la reiteración de plegarias que su madre le enseñara entre caricias y promesas. No tarda Morente en postular que todas las religiones son iguales, que no merece la pena mantenerse arraigado a los preceptos de una determinada. Un solo paso hay del indiferentismo al asordarse ante aquellas palabras que resuenan secularmente: «Adán, ¿dónde estás?»

El curso en tierra gala es alternado con la estancia vacacional en la ciudad de los Cármenes, a donde llegaba el «francesito», que no tenía cauce ni tope en su actuación en la casa paterna. Sus éxitos escolares, lo despierto de su inteligencia, la levedad de su estada, eran factores concurrenciales a su casi despótica actuación en el hogar. Un verano, su hermana comprobó el alejamiento religioso de Manuel, el que ya miraba sólo con los ojos del cuerpo, olvidando el Fiat voluntas tua.

Para rectificar ese alejamiento de la verdadera senda, la hermana recomendó el asunto religioso al capellán del Liceo, pero fracasó este propósito fraterno. Sobre él, a poco, la comprobación del pensamiento radical: A la insinuación que la hermana le hiciera para que se acercase al confesionario, contestó que «si ella quería, lo haría por ella, pero sería una confesión sacrílega. porque él no creía». Sobre el descarriado hermano fueron desgranándose las oraciones de la hermana en súplica de enmienda.

El flamante arjonillero terminó en 1903 su Bachillerato francés con el máximo galardón, el «Grand Prix». En aulas galas da continuidad a sus estudios y en la Universidad de París, que sabe del magisterio español, cursa la carrera de letras, teniendo por maestros a Boutroux, Rauh, Levy-Bruhl y a Bergson, al que había de considerar, años después, al analizar sagaz su [5] obra, como filósofo cuya influencia trasvasaba de la filosofía para impregnar de pensamiento bergsoniano la ciencia biológica, la social, la corriente neovitalista y aun el arte, en sus manifestaciones de simbolismo e impresionismo musical, poético y plástico. Para Morente, el mismo movimiento religioso neo-católico francés se encontraba «grandemente favorecido» por la filosofía bergsoniana.

El diploma de Licenciado en Letras, conseguido en Francia, lo revalidó en España con fecha 24 de marzo de 1905. Pero el título no lo solicitó sino años después, por lo que lleva la fecha de 7 de octubre de 1911. El doctorado lo cursó a continuación, y el título acreditativo de ese grado le fue expedido el 22 de mayo de 1912.

Cuatro años antes, García Morente ingresaba en la Institución Libre de Enseñanza, el organismo docente fundado por Giner de los Ríos, bajo la inspiración del confuso Sanz del Río, cuya fiesta como santo laico se quiso fijar para el 12 de octubre, sin duda como contrapartida a certeras posibilidades españolas de esa fecha. La Institución, fundada sobre la «flaqueza intelectual de Krause», con doctrina en la que se pasaba «de la ciencia que ilumina el entendimiento a algo que oscila entre el charlatanismo y la fantasmagoría, entre la borrachera de palabras y fórmulas vacías y el deseo de despistar a los demás», no fue lugar propiciadero a la floración religiosa de Morente, quien ya había dado una muestra de patriotismo rechazando los ofrecimientos franceses para ocupar puestos señeros en su enseñanza, previo trueque de su nacionalidad natural. La cátedra de Filosofía que en la Institución le ofreciera Giner, la desempeñó desde el 30 de abril de 1908 por toda la duración de un curso. En ese curso centró su pesquisición en Carlyle, Nietzsche, Emerson, Guyau.

Los viajes a Alemania influyen en su temperamento y en la directriz de su corriente ideológica. Se afianza el camino de la filosofía, pero continúa soterrado el de la fe. En Alemania tiene manifestación lo patológico en Morente: La agorafobia, ese terror a deambular, a ser un número más en la infinitud de la muchedumbre. La manifestación externa asusta a Julián Besteiro, que convive con él, quien requiere la presencia del padre del enfermo. Don Gumersindo apresura el encuentro; luego, rectificación de primeros diagnósticos, descanso en París con apartamiento del quehacer intelectual y unos síntomas clínicos que desaparecen definitivamente, sin que la sanidad de Morente se desviase en la dirección psiquiátrica.

Nuevo viaje a Alemania, ahora pensionado por la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas. En Marburgo hace amistad con Ortega y Gasset, con el que vivió unido en continuadas etapas de su vida. Y se prende en el idealismo kantiano. El filósofo de la inmutable andadura hacia su cátedra le encanta y en la filosofía del sabio de Koenisberg ve el sumo de lo perfecto. Y al filósofo alemán dedica en plenitud su pensamiento al redactar su tesis del doctorado, la que titula «La estética de Kant», trabajo que luego será prólogo de la traducción de «La crítica del juicio», máximo tributo a quien postulaba que la ley moral es una ley autónoma y coincide con la autonomía misma de la razón.

El triunfante profesor

En 1912, cuando Morente se halla en plena juventud, y aún presenta aspecto aniñado de estudiante, oposita a la cátedra de Ética de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central. Se somete Morente a los famosos ejercicios de oposición, en los que raramente se refleja la calidad didáctica del opositor, primordial para el buen augurio de la eficacia de su futura labor de cátedra. Ejercicios idóneos a que resplandezca esa mentalidad del título, funesta para la misión de guía, de cultor de la ciencia, la más noble del magister.

Ya es catedrático García Morente, cuando aún no ha cumplido los veintiséis años. Es el catedrático más joven de España, lo que no es circunstancia idónea, para represar ufanías, ni para conducir a una [6] justa autodeterminación al actor. Ya tiene acceso a ese tipo de Universidad centralista y uniforme, que fuera calificada de «criminalmente absurda» por Bunge, a la que diversos hombres geniales le negaron ser depositaria del saber humano por ella invocado, y en la que rara vez se tenían en cuenta aquellas precisas palabras de Menéndez y Pelayo: «La ciencia no es concubina que se entrega a los abrazos del primero que llega, sino que es austera matrona, cuyos halagos, si alguno los conquista, ha de ser con incesante ejercicio, atándose a los lomos la correa del trabajo, como dice la Escritura, y en una palabra, pensando más que en la libertad de la ciencia, en que sea ciencia verdadera lo que se enseña y aprende.»

La Universidad española, al llegar a ella este acérrimo kantiano que es Morente, aún no había salido del estado en que la dejara un año, para ella funesto, el de 1845, ni rehecho de los trastornos de la poco meditada reforma de Ruiz Zorrilla, una de tantas improvisadas alteraciones, de la enseñanza en España, rémora en la efectividad cultural del español. Ya Bonilla y San Martín, el gran polígrafo, había unido sus quejas a las de otros beneméritos profesores, lamentando que aquella Societas magistrorum et Scholarium medieval se hubiera convertido en una de tantas oficinas del Estado, especie de industria estatal, en la que el Gobierno era empresario; los profesores, capataces, y los alumnos, obreros.

Morente entró colmado de entusiasmos en el amazacotado hogar docente de la calle de San Bernardo. Al alma moderna, que en el aserto de Nietzsche tenía por símbolo el laberinto, ¿qué le enseñaría este imberbe profesor? ¿Qué enseñanzas saldrían por el vehículo de su voz suave y bien timbrada? No tardaría en demostrarlo. Su Ética sería un trasunto de la de Kant y él un portavoz de las doctrinas de su modelo alemán, formuladas, principalmente, en la «Crítica de la razón práctica» y en «Principios metafísicos de la moral». Aceptaba él la doctrina ética de Kant, sin reparar en la «especie de círculo vicioso que su autor comete al establecer y deducir la existencia de la libertad», error determinado muchos años antes por el padre Ceferino González, el cardenal de notoria influencia filosófica en un país como el español, al que sistemáticamente se le ha negado consistencia en Filosofía, pese a demostraciones comprobatorias de tratadistas extranjeros y al magnífico estudio de Bonilla y San Martín, «Historia de la Filosofía española», obra «intentada por algunos, discutida por muchos y no realizada, hasta el presente, por ninguno», en la que su autor se propuso demostrar que en España, en las edades moderna y contemporánea, «ha habido y hay filósofos ni más ni menos que en cualquier parte».

Pronto demuestra Morente su excepcional condición expositiva, que le aquista la estima de sus compañeros de claustro y el respeto y atención de sus alumnos. A la característica maraña que oscurece la dialéctica de otros profesores que se mueven en el área ontológica, opone él claridad, el justo análisis de la doctrina incursa en el tema, la originalidad de las observaciones, el tono suasorio con que se dirige a sus oyentes, a los que si no arrastra en común al convencimiento, sí lo hace a la admiración.

* * *

Cuando el profesor Morente va conquistando esa autoridad y prestigio necesarios para que la algarabía sea desconocida en el aula, se verifica el acontecimiento trascendental en la vida del hombre, el matrimonio. Van a ser protagonistas en el excelso sacramento un libre pensador y una creyente práctica y fervorosa. Antinomia que explica cómo el buen sentido de Morente no le lleva a buscar esa compañera de todas las horas entre las marisabillas de Juvenal, ni entre aficionadas «políticas», deleznables expositoras de doctrinas disolventes. El hombre de tendencias hogareñas, capaz de valorar la sonrisa de un niño, la poética excelsitud de una sonata, comprende que sólo la mujer cristiana, «la que todo lo puede», es capaz de deparar descanso y alentar ilusiones en la humanas jornadas. [7]

Ha buscado para esposa una joven educada por las religiosas de la Asunción. Carmen García del Cid pertenece a una familia creyente, a uso de las netas familias españolas que lanzan el nombre de Jesús cuando ya lo tienen ahincado en el corazón. Ella hace honor a su casa y es fervorosísima, cumplidora exacta de sus obligaciones para con Dios y para con la Iglesia. Pero Morente no cede en lo religioso ni aun en esos pródromos propicios a concesiones. Hombre de convicciones, tanto para lo erróneo como para lo cierto, mantiene su posición. Pudo vencer la oposición de sus futuros suegros, a los que preocupa el contraste religioso, aun cuando no ignoran las posibles victorias del amor. Hasta el final, el airón de descreimiento del contrayente: Al párroco de la Concepción le declara que él no cree, a cuyas manifestaciones pone colofón ese sacerdote con una palabra conmiserativa: «¡Desgraciado!» Sombras en el rosicler.

Rotundo acierto en la elección de esposa, de la que él consideró «como la mujer que deseaba para sí». La esposa ama tanto al hombre bueno que se aniñaba con sus hijas, que llegó al ofrecimiento de su vida, si con ese holocausto volvía el extraviado a la senda verdadera. Ni preguntas, ni alusiones sobre su apartamiento religioso. Sólo la oración. Años después, cuando el esposo ya ve con los ojos del alma, le hace justicia diciendo en el Diario de los Ejercicios: «Era dulce, buena y extremadamente piadosa. No comprendo cómo pudo soportar a su lado a un ente tan repugnante como yo.» Porque ella lo quiso, sus hijas se educaron también en la Asunción. El puesto dejado por esa esposa «entrañablemente» amada, «no fue nunca ocupado por ninguna otra mujer». Ella contribuyó a la plenitud de la gracia. Ante la tumba de la esposa desaparecida hizo Morente la primera invitación al rezo. Aquél «Anda, reza, reza», que su hija escuchó emocionada, ya va entre invisibles célicos aleteos.

* * *

Una vez casado, sigue siendo la Cultura hito de Morente. La Religión está clavada en el pasado. Como profesor se muestra esquivo a la apreciación de lo que a la casta se debe en el orden del pensamiento. Para él no existen otros nombres rectores que los exóticos, y el movimiento espiritualista clásico, que genera toda una escuela teológico-jurídica, las aportaciones posteriores que culminan Balmes y Donoso y tienen insuperable análisis y concentración en Menéndez Pelayo, no merecen primordial atención en su expositiva. El acervo nacional no cuenta. Faltan el impulso católico para apreciar lo que bajo el signo del catolicismo lograron nuestros hombres gloriosos. ¡Cuánto hubiera ganado la cultura española si las magnas condiciones de maestro que Morente poseía las hubiera empleado en exponer la aportación de su Patria a la cultura universal!

Porque Morente fue modelo de maestros y cuantos pasaron por su cátedra o le escucharon en conferencias asintieron a este discernimiento de aptitudes. Cuando se refería al kantismo o culminaba éste con sus explicaciones sobre la fenomenología de Husserl; cuando trataba de Stumpf, de Müller, de Brentano, o se daba al entusiasmo por la obra de su antiguo profesor Bergson, sus ideas eran claras, rectilíneas, podadas de ambages. Bellos matices que hacían grata la comprensión de lo reflexivo. Tendencia del maestro a lo elevado, a lo que permite esquivar desvirtuaciones. Con un esfuerzo disciplinado que no parecía posible en profesor que proyecta su actividad en diversas direcciones, sus enseñanzas alcanzaban perfección dimensional que rechazaba lo innecesario y adventicio. Precisa la palabra, determinada la forma, ajustado el ademán... Su cátedra no era remedo de Olimpos ofuscadores sino escuela en su exacta determinación. Su misión era de guía, de aflorador de Cultura. Y cumplía la misión determinante de perspectivas culturales con método y regularidad del mejor orden pedagógico. Porque Morente sabía que no basta en la labor docente poseer conocimientos, es preciso en orden demostrativo planearlos, hacerlos asequibles a otras inteligencias que se presentan menos dotadas que el [8] expositor, huyendo de interferencias que, al acumularse, alteran la ordenada relación cognoscitiva. Porque era pedagogo, porque poseía esa cualidad básica en la enseñanza, logró Morente un conjunto de meritorios discípulos que salieron de su cátedra en disposición de pleno discernimiento. Si las doctrinas expuestas por su maestro no constituyeron para algunos de ellos propiedad filosófica inalienable, por su convencimiento actual o futuro, sí poseyeron la potencia suficiente para llevarlos a excogitar, en función propia, la doctrina conveniente. Que en aserto de Morente, la misma razón tiene infinitos recovecos.

Profesor de Filosofía, en misión divulgadora de las grandes concepciones de los creadores de sistemas, y de sus máximos comentaristas, fue Morente. Él alambicó las doctrinas máximas de la ciencia del conocer, y sus alumnos supieron determinar la cuantía del esfuerzo. Si tomaban apuntes de sus disertaciones, no era por la precisión de fijar lo anfibológico para retenerlo en suplencias memorísticas, sin las cuales se esfuma; lo hacían para dar perennidad a las bellezas acumuladas en la exposición. El núcleo de la lección quedaba captado sin recorte dimensional, dada la precisión y claridad del maestro.

En función de resultados, la ejemplaridad del maestro, su certero concepto de la responsabilidad. Con ellos, lo hábil del procedimiento para interesar a los alumnos en los problemas que han de ser dilucidados. Él, sin remedos histriónicos ni acumulación de textos, forma a sus alumnos, despertando aptitudes, alentando a operar por sí. Calor de convivencia que acrece cuando alguno de sus alumnos acierta a conformar la solución de un tema de difícil interpretación, o busca nuevas luces que permitan aclaraciones, derivando desde distinto vértice la proyección.

Tutela y afán de ser idéntico para todos los inscritos en Facultad cuyo distintivo es el color que acompaña siempre a la pureza. Lo que evidenció en sus difíciles tiempos de Decano. Tocóle a Morente desempeñar el decanato cuando la aberración partidista, el afán de deshumanizarse alcanzó a la Universidad, inficcionando a una juventud que dio a la servidumbre foránea, a la violencia y a la insubordinación, el tiempo y el pensamiento que estaba obligada a otorgar a su Patria y a los libros. Las tres letras distintivas de una organización universitaria se trocaron en dardos contra el profesor. Era el Decano y a él no le estaba permitida la imparcialidad, tenía que ponerse, como fue nefasta costumbre entonces, al servicio del desorden. Su irreprochable conducta fue combatida y tildado él, que aún estaba lejos de la gracia, de actuar con «extralimitaciones clericales». Pero cuando dejó el decanato en manos de su antiguo compañero de juventud, Besteiro, pudo tener la seguridad de que también en ese cargo dio continuidad a su misión de maestro, ya que en ningún momento dejó de ser guía de los componentes del alumnado de su Facultad.

Su sentimiento le mantenía alejado de toda exteriorización de violencia. Porque no obstante su posición de alejamiento del venero de espiritualidad, Jesucristo y su Iglesia, él comprendía que sobre la razón, analítica, fría, determinista, han de primar otras cualidades humanas. Aleccionador es este período de su estudio sobre la Filosofía de H. Bergson, en el que puede atisbarse que quien así pensaba no se mantendría en cerrazón religiosa: «Durante los siglos XVII y XVIII el espíritu humano usó de la razón y del intelecto hasta el empacho. Descartes definía el alma por la inteligencia. El sentimiento fue considerado como un pensamiento confuso, un pensamiento inferior. En el arte, aspiración hacia lo claro y lo definido, hacia la intelectualización de las emociones. En lo moral, nivelación de las costumbres y creencias en nombre de la unidad del ser humano. En la Política, ruptura con la tradición y establecimiento de un régimen racional. En la Historia, ignorancia de la idea de evolución y cambio. En la Metafísica, aspiración a demostrar matemáticamente el absoluto. Por todas partes, y en todos los órdenes, tendencia matemática, tendencia a sentir, a querer, a vivir, a obrar conforme a los cánones y categorías de la razón.» [9]

Por el camino de la Filosofía

El que en cierta ocasión, y no por alarde narcisista sino por convencimiento de la efectividad de su misión, se consideraba como insustituible en su cátedra, consideró a la Filosofía como arte a uso bergsoniano. Su anhelo de espiritualidad no lo arrumbaron filosóficas determinaciones. Morente no sofocó su grito «el romanticismo no ha muerto». Ni podía seguir en toda su dimensión a los filósofos ateos «que, por serlo, han roto el freno a sus pasiones brutales y buscan el poder corromper a los demás», a que se refiere Leibnitz, que los califica de «peste filosófica». Porque le constaba la realidad encerrada en estas palabras de un pensador: «Decidme cual es vuestra Filosofía y yo os diré cuáles son vuestros pueblos.» Y no olvidaba que la Filosofía está presente en todo y abarca a todos los campos del humano conocimiento. Y de la vida.

Morente no se ahincó en el clasicismo filosófico de Aristóteles; ni en la luminosa doctrina del santo obispo de Hipona, «el que arrebató la pluma a todos los santos Padres y no dejó punto sin tratar en su Filosofía»; ni en el magisterio del doctor Angélico, cuya obra es «como el reflejo del Verbo Creador Encarnado». Pero no se dio a las aberraciones del materialismo o positivismo. Ni a descompasados escepticismos.

Para Morente, el vértice del pensamiento moderno está en Kant, del que dice que «con su crítica definitiva de la metafísica, expulsa del dominio de la ciencia física los entes absolutos y los transforma en ideales para la orientación de la vida». Califica de filósofo, por excelencia, al profesor de Koenigsberg, al que sitúa a idéntico nivel influyente que el que tenía Aristóteles en la antigüedad clásica. Su entusiasmo por Kant le lleva a esta afirmación: «...aunque deje de ser kantiana la filosofía, seguirá respirando el espíritu de Kant: espíritu de precisión, de método, de exactitud, espíritu de humanidad.»

Más la filosofía de Kant –considerada como demoledora por el padre Zacarías Martínez Núñez– con su conjunto de antinomias, con su insuficiencia probatoria de la existencia de la libertad, base al postulado de la existencia de Dios, inquietó a Morente. Ya los estudios dedicados por él a la Filosofía de Bergson testimonian la derivación hacia otras verdades. Kant sigue enhiesto en su perspectiva, pero en la lejanía otros hitos presentan sus masas. Con el pensador galo coincide en que «existen vastas provincias de la realidad en donde no penetra nunca, en donde no puede penetrar la inteligencia discursiva».

Y nuevamente nos facilita otro pasaje demostrativo de su pensamiento: la biología estudia a la perfección –perfección cada vez más grande en todos los sentidos– la ropa exterior e interior de los vivientes y averigua para qué sirve cada prenda. Pero a la vida no llega el escalpelo ni el microscopio. La vida es también movimiento indivisible, continuo, y el alma humana no es más que una etapa, la última y más intensa, de ese prodigioso aliento que, comienza en el humilde protoplasma y se esparce por toda la Naturaleza en espléndidas creaciones.

«El alma, la vida, he aquí, pues, los objetos de la Filosofía bergsoniana. A la inteligencia científica, la materia, lo sólido, la extensión. A la Filosofía, la vida, el espíritu, el movimiento indiviso de la intimidad psíquica. Para la Ciencia, lo externo; para la Filosofía, lo interno...»

En su discurso de ingreso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas, que encabezó con «Ensayos sobre el progreso» (año de 1932), ya se muestra en posición de crítica a la aportación kantiana. No acepta sin reservas toda la doctrina, como en tiempos pasados; ahora la analiza, descubriendo sus fallos y apostillando circunstancias. Ve cómo no basta a la humanidad los preceptos kantianos, que ésta va «lanzada hacia el futuro como galgo en pos de liebre». Comprueba que para el ser humano «la vida no es el único fin de la vida»; que son necesarios unos bienes «extravitales y superiores». Y en ese trabajo académico, la afirmación sorprendente, dato valioso para el enjuiciamiento de futuras decisiones: «Pero en el hombre, la vida, sin proponérselo, abrió un postigo por donde el animal humano pudo contemplar algo de luz divina.» [10]

La inquietud de su alma, la experiencia analítica, le han llevado a distinguir la limitación de subjetiva de Kant y de otros autores de tendencia apartada a la inmutable enseñanza católica, y la amplitud de la filosofía «respetuosa del objeto» de Santo Tomás.

No tardará, ya entrevista la ruta, en reconocer el error de sus postulados anteriores. Por el camino de la Filosofía va llegando a comprender la cuantía de aquella respuesta de Tomás de Aquino, cuando el padre general de su Orden, Juan el Teutónico, le preguntaba, en París, si querría ser dueño de tan hermosa y grande ciudad:

—¡Ah, padre general! ¡Prefiero a todo eso los Comentarios de San Juan Crisóstomo a las Epístolas de San Pablo!

De las aulas y los libros, a los palacios

Morente, el certero expositor, no es hombre que dé mucho trabajo a las prensas, centrando todo su quehacer didáctico en el verbo, el elemento primordial y supremo de toda enseñanza. No fatigó los cerebros de sus alumnos con esos característicos libros de texto, que sustraen para siempre del estudio al que tuvo que trasegar de su fárrago siquiera un curso. Ni allegó provecho material, ni lucimiento personal mediante libros de adquisición obligatoria. Labor hablada, directa del estrado a los bancos. Parca la bibliografía morentiana, reducida a unos cursos, a unos cuantos ensayos... Empero la eficacia supera a esas listas copiosas que es característico poner en vanguardia del colofón.

En cambio, es abundosa su aportación corno traductor en un país en el que no se concede al traductor la categoría ni el premio que merece su actuación como transmisor del pensamiento y del estilo de autores foráneos, a veces en oposición caracterológica. Morente tradujo, entre otros, a Descartes, Kant, Goetz, Spengler... Y deseoso de poner al alcance del lector español las aportaciones que él consideraba básicas en el pensamiento universal de su época, acumuló los títulos en la «Biblioteca de la Revista de Occidente», en la que fue patente el influjo de su compañero Ortega y Gasset, a cuyo influjo tampoco se esquivó él. (En un estudio exhaustivo de la personalidad de Morente, será un capítulo interesante el dedicado a analizar la influencia ejercida por el autor de El Espectador sobre su colaborador en la rectoría de la revista, y la forma en que el futuro sacerdote logró sustraerse a ella.)

Una revisión del catálogo de esa Biblioteca es demostrativo para la determinación de los intentos de sus gestores, de modo especial en la dirección filosófica. Se iba en busca de nuevos hechos, de nuevas ideas, y a eso responden los nombres de los autores integrados en el catálogo. En el estudio del desarrollo ideológico español no debe omitirse valorar el influjo de la Revista de Occidente y de la editorial, que a su pairo fue articulada.

Las cualidades de expositor de elegante palabra y fácil demostración, que divulgaban con encomio sus alumnos y sus oyentes, tuvieron suntuoso marco en el palacio del prócer máximo de España, el duque de Alba, que a los mecenazgos históricos de su casa unió los que él se creara sin resonancias publicitarias. Continuidad de la labor en salones extranjeros y en linajudas mansiones de España, limitada aquí a lo meramente literario.

La duquesa de Alba, aquella españolísima María del Rosario Aliaga, que hizo honor a la cultura y al arte, y a cuya majeza sirvieron dóciles los pinceles de Zuloaga, deseó recibir las lecciones del profesor Morente. Ninguno mejor dotado, tanto en su vitola como en su intelecto, para satisfacer la apetencia de cultura de la bella dama a la que no amedrentó el maleficio en torno a la tumba de Tutankamen. La duquesa reunió a varias de sus amigas tituladas, deseosas como ella de asomarse al misterio de los sistemas filosóficos, de aquilatar la belleza de un período literario, de descubrir matices en un cuadro o en una escultura. Y Morente acudió periódicamente al palacio de Liria, cuya construcción fue primero confiada al francés Guilbert, y a poco, por las trapazas de ese arquitecto, al gran Ventura Rodríguez, que fue, en realidad, su autor.

Las lecciones duraron desde el año 1924 al 28. [11] Sutilezas sobre materias adecuadas al selecto auditorio. Sus oyentes se manifiestan al final de cada una de esas cordiales reuniones. Y el «filósofo de las duquesas» sopesa sus apreciaciones, calibra su alcance, rectifica yerros y pone a punto la comprensión.

Con semejante auditorio, podemos idear lo que serían las lecciones de Morente, del intelectual dotado de la cualidad de ajuste ante el reloj y la capacidad de quienes recibían sus enseñanzas. Empleando un epitafio perteneciente a miembros de la Casa de Alba, el profesor, al hallarse en aquel palacio-museo, podía aseverar sin riesgo de mentís:

Ellas están do merescen
y yo donde merescí.

En el infierno

García Morente, decano de la Facultad de Filosofía y Letras, en 1933Morente fue subsecretario del entonces Ministerio de Instrucción Pública, en el Gabinete Berenguer, cuando ya sobre la Monarquía gravitaban el abandono y la defección. El sistema de reclutamiento español para el desempeño de cargos rectores de la administración nacional, basado en el partidismo político, en el derecho de familia o en la mera amistad, llevó a Morente a ese cargo, que, como todos los de representación en esos meses turbulentos, hipotecaron en malevolencia los ingobernables. Morente, que estuvo alejado de la política que canaliza presencias en comités y en hemiciclos, se vio implicado en responsabilidades de tipo ministerial, por su amistad con el titular de la cartera, quien lo llevó al cargo precitado. Este antecedente gubernamental de Morente estaba bien anotado para su violenta cancelación. «Un día llegaría...»

Y ese día llegó. Llegó confirmando la videncia de hombres desasidos de partidismos, que durante casi un siglo anunciaron el desastre; que demostraron cómo, roto el orden en el mundo por la vesánica pretensión de desahuciar a Dios de las sociedades modernas, no era posible el buen gobierno de pueblos, que al no obedecer la suprema ordenación, al no acatar jerarquías de orden divino, no tenían por qué acatar jerarquías humanas, sujetas, como ellos, al error, y como ellos, mutables y perecederas.

Aquellas proféticas palabras de Donoso Cortés en el Congreso de los Diputados, en la sesión del día 4 de enero de 1849: «¡La libertad se acabó! No resucitará, señores, ni al tercer día, ni al tercer año, ni al tercer siglo, quizá. ¿Os asusta, señores, la tiranía que sufrimos? De poco os asustáis; ¡veréis cosas mayores!» Y esas «cosas mayores» llegaron para España en el estío de 1936, luego de esa reiteración de desgobierno que arranca de la loca intervención de Moret en el contubernio para impedir que don Antonio Maura siguiera gobernando con firmeza y acierto (lo que no logró ninguna de las taifas liberales), y que culminaron en la dominación marxista del año 1931, la que hizo un «ensayo general con todo» de revolución zafia, sangrienta y despojadora en 1934, hecho oneroso éste que debió alertar a los que entonces empuñaban las simbólicas riendas, para, con una ejemplar sanción, acabar con los «contratistas de la tranquilidad pública», que galleaban cuando la cobardía ministerial les facilitaba la acción.

La huída vergonzosa de la tertulia ministerial que presidía el funesto masón Portela, facilitó las pretensiones del Frente Popular. Se desencadenó la furia de las masas, fáciles al señuelo de los «hombres de sangre y de venganza», como un español preclaro calificó a los socialistas a poco de iniciar éstos su funesta actuación en el siglo pasado. Habían preparado bien el terreno las inteligencias culpables que predicaron rebeldía a masas sin religión, analfabetas, al «pueblo» estéril para la autodeterminación. Esas inteligencias culpables, políticos, escritores, catedráticos, son las máximas generadoras del infierno español en el que rara fue la víctima que encontró su Virgilio.

El asesinato estatal, del que tanto prometía para una honesta y necesaria labor de gobierno, Calvo Sotelo, fue aviso de que las nuevas hordas se disponían a empequeñecer ante la Historia a las que un día lejano se desparramaron por tierras da Occidente, desde el confín oriental en donde [12] regla el calendario de los Doce Animales.

Morente, que ya soportó acerados ataques por su posición como decano en la lucha entre los bandos estudiantiles, y acusaciones infundadas, no tardó en sufrir el zarpazo de los «defensores de la libertad», y en el mes de agosto de 1936, mes funestísimo, fue destituido del decanato. Precisas son las palabras de Morente: «Apenas iniciada la guerra civil, hube de sentir en mí mismo y en mi familia los efectos del encono con que los desgraciados rojos perseguían a las personas amantes del orden y de la paz. Mi crimen era el haber sido subsecretario de Instrucción Pública en el Gobierno del general Berenguer; también fui criminal, según parece, oponiéndome a la invasión de los maestros provincianos en las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras. El Gobierno, pues, en agosto de 1936, me destituyó del decanato.»

En seguida es actor en la escena tantas veces reiterada por quienes actuaban sin freno: «Mi casa fue registrada varias veces.» Ahora comprobaba a dónde conduce el «no creer». ¡Cómo resonarían en su conciencia, al contemplar a sus hijas y cuñada en la intranquilidad que genera el saberse asechadas por el crimen, al ver como «escondían o destruían apresuradamente todos sus libros y objetos de devoción», aquellas palabras que él dijera muchos años antes al párroco de la Concepción: «¡No creo!» Allí estaban los que, como él, no creían; los que también borraron de su corazón aquellas apelaciones al Rey de los cielos, que se lanzan por vez primera entre los balbuceos de la niñez. Él había creído que bastaba la razón, la fría articulación filosófica, la determinación propia, y ahora comprobaba que el individuo sin imperativos de orden superior es un déspota desbordado. ¡Con cuánta razón lo calificara de desdichado el sacerdote de la Concepción! Su error era el de tantos otros individuos de cultura y de responsabilidad. Error de perspectiva social el suyo y olvido del hecho histórico. Que aún no se le ha arrebatado su perdurable magisterio a la Historia.

El dolor de Morente aún tenía que alcanzar superación. Su hija mayor había casado muy joven con uno de esos hombres que, de cuando en cuando, permite Dios que sobre la tierra confirmen la perfección de su obra, don Ernesto Bonelli. Recíproco era el afecto entre suegro y yerno. Este, que ha valorado la calidad intelectual de Morente y ha sabido captar su potencia humana, se muestra en íntima unión con él. De cómo Morente consideraba a Bonelli hablan los escritos suyos en donde da cuenta, angustiosa y elocuentemente, del hecho extraordinario de su conversión: «Yo sentía por mí yerno un gran cariño, mezclado con algo así como respeto y admiración. Era un joven de veintinueve años, digno por todos conceptos de amor. Su conducta moral había sido siempre ejemplar. No creo equivocarme al afirmar que había llegado al matrimonio en perfecto estado de pureza. Su vida personal también había sido de acendrada religiosidad. Pertenecía a la Adoración Nocturna. Acaso esta circunstancia no haya sido totalmente ajena a su desgraciada muerte. Con eso, su carácter era alegre, jovial, optimista, muy juvenil y aun aniñado en ciertas cosas. Amaba las matemáticas (en que era realmente muy versado) y el deporte. Su presencia física era más que medianamente agradable. Era lo que se dice un chico guapo. Y en su carrera de ingeniero de Montes, y luego ingeniero geógrafo, iba caminando hacia un porvenir halagüeño. Sin duda alguna habría llegado a hacerse una excelente posición. Yo estaba realmente encantado con él.»

Es conveniente detenernos en todos estos antecedentes, porque Morente atribuyó a la desaparición de este joven, al que luego califica de santo, el impulso definitivo para su conversión. Que en el decurso histórico, fue elemento máximo de conversiones la sangre de los mártires.

En su camino encontró constantemente García Morente familiares que lo dieron todo por él, y, coincidencia notable, todos ellos eran verdaderos creyentes. Inicia ese grupo familiar, para el que jamás plegó alas la Divinidad, su madre, y va llegando con fijeza hasta su yerno... Dios coloca el ejemplo a su alcance para que compruebe la perfección de los que en El sinceramente confían y esperan, de los que ante [13] su obstinación arreligiosa no exteriorizan ni lamentan dolores, aun cuando oigan el áspero «yo haré lo que me parezca», cuando una de las hijas, en la ingenuidad de sus seis años, le pregunta si va a ir a Misa. A su vera no cesaba de manar la fuente evangélica.

El día 28 de agosto su yerno fue asesinado en las tapias de la ermita del Cristo que inspirara a Zorrilla su magistral leyenda. Los libertarios de la F.A.I. realizaban una de sus hombradas. Caía aquel caballero por obra de quienes habían arrojado de sus conciencias a Cristo y ahora lo arrojaban también del templo. Otros descreídos en acción. Fue tremendo el efecto que en Morente causó la noticia de este asesinato, que recibió por teléfono: «Su muerte produjo en mi alma una impresión profundísima. Dime a pensar que si Dios asumía en su seno a un espíritu tan selecto, era como un medio glorioso para asegurar la bienaventuranza eterna de él, y a la vez dirigir una advertencia grave a los que con él convivíamos. Sentíme hondamente aludido.» Desde aquel momento la gracia ya no ha de dejar a Morente, hasta que alcanza plenitud el hecho extraordinario, y con él existe la seguridad de que la morada humana es digna de servirle de definitivo aposento.

Cuando Morente sabe que ya no existe su hijo político, cae desvanecido al suelo. Se reitera ahora la escena al fallecimiento de su esposa. La máxima impresión se agudiza ahora por la insegura suerte de su hija, que sólo cuenta veintidós años de edad, y de sus dos hijitos. Que en la absurda vindicación de imaginarias ofensas, las turbas integran en la «sanción» a los familiares de los «fascistas», cualesquiera que sea su sexo y edad.

Repuesto de la lacerante impresión, acude a Besteiro, y éste, aunque no bien quisto de los de la acción directa, logra que un auto oficial, escoltado por dos guardias, vaya a la ciudad imperial a recoger a la viuda y a los hijos de Bonelli. «Dos días después, a las once de la noche –relata Morente–, llegaban éstos a Madrid. Nosotros, en casa, esperábamos desde las ocho su llegada. Fueron tres horas de angustias mortales. Por mi imaginación desfilaban ya toda suerte de cuadros trágicos: veía a mi hija también asesinada, a mis nietos arrebatados por manos hostiles o indiferentes, conducidos a Dios sabe qué campamentos o asilos infantiles, perdidos en vida para siempre. La angustia de la espera me oprimía y nos agarrotaba a todos en casa.»

Pero aún tenía que ampliar su calvario. Supo de horrendos asesinatos, de sacrilegios, de la angustia de la detención de coches ante la puerta, de pasos que resuenan acentuando efectos:

«Mi sensibilidad, que de suyo es sutil y excitable, se exacerbaba por momentos. La tragedia de mi pobre hija, viuda a los veintidós años, con dos hijitos, a los dos años de matrimonio, trastornó por completo mis pensamientos, mi sentimiento, mi vida entera. Sobre mis hombros caía de nuevo el mantón de las preocupaciones propias de un padre. ¡Y en qué momento!, cuando la vida, la hacienda, la honra, indefensas, hallábanse a merced de cualquier malvado o malintencionado que quisiera pisotearlas. En mi casa reinaba el silencio trágico de la angustia y el terror. Yo no salía en absoluto a la calle. Nadie de casa salía, sino lo indispensable para las necesidades de la vida.
Un día, los milicianos vinieron a llevarse al hijo mayor de nuestros vecinos de piso. El pobre muchacho fue a la cárcel, y más tarde lo asesinaron en Paracuellos. Otro día, sistemáticamente, quemamos en la caldera de la calefacción toda la documentación y correspondencia que yo guardaba del año en que desempeñé la subsecretaría de Instrucción Pública en el Gobierno del general Berenguer. Al día siguiente –fue providencial– vinieron a registrar mi casa. El día entero nos lo pasábamos atisbando, detrás de las persianas echadas, todos los coches que se detenían en la puerta de la casa. Con el corazón encogido contábamos los escalones que subían los asesinos, y cuando habían pasado nuestro piso lanzábamos un suspiro de satisfacción. ¡La muerte iba a otra casa!»

En tanto, permanecían inmutables en el cerco femenino del hogar de este perseguido profesor dos virtudes esenciales [14] para los humanos en su recorrido terrenal. Se creía y se esperaba: «Mis hijas, mi cuñada, mi tía, la antigua sirvienta que tenemos desde hace veintiséis años, reuníanse en un rincón de la casa y se estaban horas y horas rezando. Yo entonces no podía, y acaso no sabía, rezar. Pero no sé qué ímpetu interior me empujaba a aprobar y agradecer aquella tierna y sumisa fe de las buenas mujeres.»

A mediados del mes de septiembre la Comisión depuradora que funcionaba en el Ministerio de Instrucción Pública, una de tantas como formaron los que tanta avidez tenían por aprovechar las horas que les permitían ocupar posiciones antes consideradas a distancia astronómica para ellos, acordó la cesantía de Morente como catedrático, por haber hostilizado a los maestros desde su puesto de decano y favorecido a elementos fascistas. (Los que en idéntica situación de despido nos encontramos en aquella época, sabemos bien lo que esto significaba para la integridad personal del despedido.)

El día veintiséis de ese mes, Morente recibió un aviso confidencial para que inmediatamente saliera de Madrid. Los que decretaron su cesantía, habían acordado ahora su muerte. Urgía su desaparición si quería sustraerse a estos propósitos. Morente se apresuró a la evasión. La angustia de aquellas horas en un Madrid selvático, pudo limitarla un ministro amigo suyo, que en aquella tribulación no hizo de Iscariote, como era usual. Con un salvaconducto facilitado por el amigo, y sirviéndose de un pasaporte que poseía de su reciente viaje a Poitiers, salió para Barcelona y Francia. En la Ciudad Condal creyó Morente que su vida llegaba al fin. Confundido con otra persona, estuvo a punto de ser víctima de nefarios. A prueba de tártagos y de verse obligado a presenciar la muerte de uno de tantos mártires, llegó Morente a París. En España quedaban a la ventura todos sus familiares. Aquellas mujeres que en el hogar distante seguirían rezando y dedicando al ausente más de un recuerdo en las peticiones. Por todo capital, cuando llegó a París García Morente, llevaba setenta y cinco francos.

Infinitas zozobras

Morente, cuya probidad le permitió afirmar un día «soy absolutamente pobre; lo he sido siempre», palabras que recaman su ejecutoria, se encuentra en París, sin patria, sin hogar, sin familia... El oleaje rojo lo ha arrojado a playas que aún no sabe si serán hospitalarias. Como tantos otros, pagaba delitos que no había cometido, ni iniciado siquiera. Clara es la fijación de su conducta en este aspecto de la política: «Yo, en efecto, no he hecho política jamás. Fui subsecretario con la Monarquía (Gobierno Berenguer). Fui decano por unánime designio del claustro. En el decanato huí como de la peste de toda política. Por dos veces me negué a proceder contra determinados catedráticos (entre ellos, N.) y determinados alumnos. Por esta razón –y otras– quisieron asesinarme los de la F. E. T. E., en septiembre de 1936, en Madrid. No pertenecí a la Agrupación al Servicio de la República por la sencilla razón de que no era yo republicano; acababa de ser subsecretario monárquico, y seguí siempre creyendo que la República acabaría mal. Lo dije muchas veces. Por eso me maravilla que en mi caso pueda pensarse siquiera en la necesidad de una investigación de tipo político...»

Confió siempre en la fuerza atractiva de la bondad, y ahora comprobaba el fallo de lo que consideró afianzado: «... por más que busco o inquiero en mi pasado, no encuentro en él ni sombra de intención dañina o malévola para con nadie; no recuerdo jamás haber hecho daño a sabiendas a nadie. Por eso, en mi ingenuidad, he creído siempre ser yo uno de los pocos españoles que no tenían enemigos».

Expresiva es la síntesis de su vida en esas sus primeras jornadas parisienses: «En París, Dios me protegió lo suficientemente para no dejarme caer en las abyecciones de la total miseria, y, sin embargo, no tanto que borrase de mi alma la humillación, la angustia, la congoja. Un buenísimo amigo, español, que tenía –y tiene– un pisito en París, puso a mi disposición un cuarto con una cama y un armario. Una buenísima señora, francesa, viuda de un antiguo compañero mío de la Sorbona [15] –muerto gloriosamente por su patria el 1914–, me brindó caritativamente la mesa de su hogar. Dormía, pues, y comía. No sin humillación, vergüenza y duelo, pero con honrado sentimiento de gratitud a mis bienhechores. En casa de mi amigo, don Ezequiel de Selgas, pasaba, pues, las noches y las mañanas. Salía a comer y cenar a casa de madame Malovoy. Mas como el señor Selgas, que actuaba de correo secreto de París a Biarritz (entre don José Quiñones de León y el conde de los Andes), permanecía días y noches ausente de París, era frecuente el caso de tener que estar yo solo en el pisito de mi amigo durante días y noches enteros. He aquí otro detalle nimio, pero quizá importante. Porque esta soledad, sobre todo nocturna, hubo de influir también no poco en mi estado de ánimo.»

Soledad, desamparo, y allá, en la lejana España, los suyos, de los que apenas sí recibía noticias, y a los que no conseguía llevar a su lado porque fracasaban todas las gestiones que acucioso emprendía para recobrarlos. Morente, en su tribulación, comprueba que los celajes comienzan a perder compacidad, que él no ha recibido su alma en vano. Aquellas palabras que él desdeñara durante tanto tiempo, «se os han dado a conocer los misterios del reino de los cielos», van a tener virtualidad. Aflora en él ese hombre nuevo que reñirá duro combate con el hombre viejo, que buscó los misterios de otros reinos en suplencia del reino verdadero. El hombre viejo, con sus enconos, con sus titubeos, con sus pasiones, con su aversión a seguir la ordenación de San Agustín: «Cree para que entiendas.» ¡Qué clara, qué confortadora se le iba mostrando ahora la verdad! Cuando se reía solo, se le acercó el que dijo: «No he venido a buscar justos, sino pecadores, porque no son los sanos los que necesitan de Médico sino los enfermos.» Morente percibe cómo la duda pierde vigor y se inicia un sosiego que diputara como impasible:

«Por entonces –fines de marzo de 1937– parecía como si la salida de mis hijas fuera ya algo menos difícil. El día 2 de abril habían sido trasladadas a Valencia. Y ya las esperaba yo en París con ánimo alborozado, cuando recibí la noticia de que el ministro Galarza les negaba rotundamente los pasaportes. Sin duda eran conocidas en Valencia mis relaciones en París con el señor Quiñones de León y mi modesta labor en pro de la causa nacional, y se vengaban los comunistas. (Conviene indicar que Morente había remitido, con fecha 23 de octubre, una carta al presidente de la Junta Técnica del Gobierno español, general Dávila, adhiriéndose al Movimiento Nacional.) Imagínese V. I. mi postración y decaimiento. Pensé morir de pena. Entonces fue cuando se me ofreció el único bien, el único refugio, la única ventura que para el hombre puede existir en este mundo: la dulce palabra de Dios. En mi alma resonó el eco de la voz de Cristo llamando a su seno a todos los que sufren, a los que dudan, a los que lloran. Yo también lloré, pero fueron lágrimas de alegría y de consolación. Y puesto que ya tenía en mi alma la paz de Cristo, ¿qué otra cosa me quedaba par hacer sino esperar, acatando con mansedumbre la santa voluntad de Dios? Resolví entonces aguardar a que Dios quisiera devolverme a mis queridas hijas.»

Se acercaba la conversión de Morente, quien llegaría a elevar a Dios ante el altar que en su suficiencia rehuyera años y años. Como lo hicieran en el pasado otros dos grandes conversos, éstos del anglicanismo, Newman y Manning, que llegaron a lucir la púrpura. Ha dicho un autor que el materialismo, con su desolación fatalista, y la política atea con sus tremendos errores, contribuyen a situar los espíritus hacia el foco de luz eterna, y por ello hacia la Madre Iglesia, custodia de la verdad. El caso Morente continúa la serie de tantos descreídos de un día, fervorosos creyentes con el tiempo. Casos como el del gran poeta danés Johannes Joergensen, alardeador del fin del Cristianismo, que exclamó, convencido, al dominar su aversión religiosa: «Cuanto más católicamente vivo, tanta más luz y gozo llenan mi corazón.» Como los de Manzoni, Richepin, Bloy, Huysmans, Papini, Claudel y tantos otros. Como el del mismo Bergson, convertido de hecho al catolicismo, y cuyo cambio religioso silenció por no dar sensación de abandono hacia los de su raza, en [16] momentos en que éstos soportaban la persecución racista. Conversos todos ellos que recibieron en sazón el golpe de la gracia, siendo inútiles cuantos esfuerzos, subterfugios o prejuicios involucraron para resistirla. Los tentáculos de los errores religiosos precisan de fuerzas espirituales para relajar su acción. Porque toda conversión es un renacimiento, un volver de falsos caminos, hasta adquirir la capacidad suficiente para exclamar con Herder: «Sin la idea fundamental de la divinidad eterna de Jesús, todo es sombra y ruina.» Conversión que permite valorar el antes y el después, al modo de Eva Lavalliére, la que determinaba su vida a partir del hecho del cambio en religión. «El resto es fango», aseveraba.

No fulgura a todos con idéntica intensidad la luz que en horas de beneficio para la Humanidad deslumbrara a Saulo a la puerta de Damasco, y a veces pasan años y años sin poder abandonar los despojos del hombre viejo. Así le sucedió a Morente, hasta que pudo repetir las palabras del Apóstol: «Vivo yo, mas no yo, sino que Cristo vive en mí.»

Crecían sus acidias. Paciente de insomnio, ahora no lo podía combatir con teorías filosóficas o soluciones matemáticas, como otrora; la obsesión clavaba sus aristas en el alma: «Por eso, cuando verdaderamente me hallo bajo el peso de una honda preocupación, el insomnio en mí es casi irremediable, y sólo la fatiga física, a muy altas horas y por poco tiempo, acaba por rendirme.»

Pero todo tiene cabo en la vida. En 1937, la Editorial Garnier Fréres le propuso la confección de un diccionario franco-español y español-francés, y a mediados de marzo, por cablegrama de Buenos Aires, firmado por el decano Alberini, se le ofrecía la cátedra de Filosofía de la Universidad de Tucumán. Solución económica de su vida. Morente se espolea buscando el modo de que sus familiares se reúnan con él. Pero las dificultades persistían. Y la confirmación de que para las penas el razonamiento y la estética no tenían nada que hacer. Él, filósofo, recordaría que Algazel ya advierte la inutilidad de los silogismos para sembrar la fe en los corazones. Que Dios enseña en la noche de la desolación lo que no enseña en el esplendor del día de la consolación.

«Desesperábame, y hubo momento en que, exarcerbándose de nuevo el doloroso escrúpulo moral de haber abandonado a los míos en Madrid, acometióme la idea –extrañísima en mí, que no era creyente– de que ese contraste entre la actual posibilidad de subvenir a las necesidades de los míos fuera de España y la imposibilidad contraria de conseguir su salida y reunión conmigo era un castigo de Dios, rozó mi mente, fue cosa fugaz y transitoria, en la que no paré mientes. Pero por la misma noche la misma idea reapareció, y esta vez con claridad y persistencia tales, que hube de prestarles mayor atención. Pero fue para mirarla, por decirlo así, despectivamente y rechazarla con un movimiento de enojo, de orgullo intelectual y de soberbia humana. «No seas idiota», me dije a mí mismo. Y el pensamiento volcó sobre la pobre ideita, humildilla y buena, un montón rápido de representaciones filosóficas, científicas, etcétera... que la ahogaron en ciernes.»

El «hecho extraordinario»

Pocas horas después de soslayada la que él califica de «ideíta», Morente marchó a casa de Ortega y Gasset. Una placa en una calle: «Rue de l'Assomption». Un torbellino de pensamientos le sacude a la vista de ese nombre. El convento de la Orden que en Málaga educó a su buena esposa estaba cerca. Volvía el recuerdo de ocasiones frustradas. Contempló el colegio, que en otros de sus recorridos anteriores ni aún siquiera columbró. Se sintió atenazado por la preocupación. En la residencia del autor de La rebelión de las masas encontró al padre del secretario particular de uno de los españoles más funestos de todos los tiempos, el profesor Negrín. Morente le dio cuenta de su situación, y el visitante, también catedrático, le ofrece abogar cerca de su hijo en beneficio suyo. «Yo me quedé pasmado –indica Morente–. El conjunto de lo que me estaba sucediendo tenía caracteres verdaderamente incomprensibles. Alrededor de mí, [17] o, mejor dicho, sobre mí e independientemente de mi, se iba tejiendo, sin la más mínima intervención de mi parte, toda mi vida.»

En su mente volvió a tomar cuerpo la idea de la Providencia. Parangonaba la dificultad de las gestiones por él emprendidas en el orden particular con las facilidades que indirectamente recibía. Su ineficacia era notoria. Pero la Providencia velaba. Lo que se resistía a aceptar Morente.

Se cumplía en él todo el proceso de la conversión. Vislumbres de certinidad ante los que el hombre viejo cierra los ojos y sigue tactando en el error a impulsos de la soberbia; aferramiento de orgullo para no dar por válida la equivocación anterior. Demostrativo es este período del angustiado catedrático, que merece figurar en una antología de sensaciones de los que resisten ante la evidente verdad:

«Por tercera vez la idea de la Providencia se clavó en mi mente. Por tercera vez, empero, la rechacé con terquedad y soberbia. Pero también con un vago sentimiento de angustia y de confusión. Era demasiado evidente que yo, por mí mismo, no podía nada, y que todo lo malo y lo bueno que me estaba sucediendo tenía su origen y propulsión en otro poder bien distinto y harto superior. Con todo, refugiábame en la idea cósmica del determinismo universal, y una vez que se me ocurrió tímidamente el pensamiento de pedir, de pedir a Dios, esto es, de rezar, de orar –que era, sin duda, la actitud más lógica y congruente con todo lo que me estaba sucediendo–; rechacélo también como necia puerilidad. ¡Qué demencia!»

Esperanzas que se desvanecen consecutivas a la euforia. E imposibilidad material de ser actor en el hecho que a muchas leguas de distancia de París se estaba fraguando. La angustia sumerge a Morente en noche sombría que no espera aurora. Tonos opacos en el octavo piso, del Bulevard Serurier, en donde Morente no sabe lo que están haciendo de él, «Dios, la Providencia, la Naturaleza, el Cosmos, lo que sea». Para calmar su dolor físico y acallar gritos internos que acusan, Morente camina, camina... Mas el esfuerzo y el asordamiento no atraen el descanso. Como lady Macbeth, también él ha matado al sueño. Definitivamente, sus hijas no podían llegar a París, como él esperaba y como las circunstancias lo aseguraban. Un telegrama le trae la confirmación del fiasco. De la desesperación pasó al razonamiento: «Pero llegando a esta conclusión, se me plantearon dos nuevos problemas. Primero: ¿Quién es ese algo, distinto de mí, que hace mi vida en mí y me la regala? Segundo: ¿Y si yo no aceptara el regalo? ¿Y si yo no quisiera recibir como mía esa vida que yo no he hecho? ¿Es acto propiamente mío, acto libre, o necesidad metafísica? Ante la gravedad de estos dos problemas, me quedé perplejo y como desconcertado.»

La reflexión le calmó. En un relato de sus sensaciones, Morente capta certero todos los estadios de su proceso psíquico, que tanto alecciona y tanto material proporciona en un análisis introspectivo. Se remontaba en esta ocasión a espacios de evidente universalidad, abandonando angosturas de lo particular. Continuidad de su proceso determinativo: «Y ordenadamente, comencé por el primero: ¿Quién es ese algo distinto de mí que hace mi vida en mí y me la regalo? Claro está que en seguida se me apareció en la mente la idea de Dios. Pero también en seguida debió asomar a mis labios la sonrisa irónica de la soberbia intelectual. «Vamos –pensé–, Dios, si lo hay, no se cura de otra cosa que de ser. Dejémonos de puerilidades.» Y, en efecto, realicé el acto interior de rechazar esas que yo llamaba puerilidades. Pero he aquí que las puerilidades insistían en quedarse y se negaban a ser rechazadas. Y sucedió una cosa estupenda, incomprensible para mí, a no ser por evidente auxilio de la gracia; y fue que, sin darme yo plena cuenta al principio, comencé a pensar con método estrictamente inverso del que generalmente solía emplear en estos temas.» De nuevo el camino de la Filosofía iba a converger con el de la Gracia. Confortado en cierto modo Morente, aquella noche ya no sentía el imperativo con dejos bíblicos del caminar.

Alivio físico y semisosiego espiritual le facilitaron la continuidad de su análisis. [18] La idea da Providencia taraceaba en su reflexión. Pero de nuevo surgieron los coletazos de las viejas ideas en trance de muerte: «Pero mis esfuerzos en esto sentido resultaban ineficaces; una especie de sequedad se iba apoderando de mí, una tirantez interior, una frialdad o rigidez que poco a poca se fue convirtiendo en hostilidad, en encona, en retraimiento del alma, como ofendida de la altitud inaccesible en que ese Dios metafísico se había colocado ante mí. En mi alma se produjo una especie de protesta, y creo, Dios me perdone que algo así como una blasfemia subió a mi mente. Creo que acusé de cruel, de indiferente, de burlona, de sarcástica esa Providencia que se complacía en zarandear mi vida, en traerla y llevarla a su antojo inexplicable, en darle y atribuirle acontecimientos y hechos que yo repudiaba.» De su razonamiento, todo él enmarcado en la parcialidad de su doctor, Morente llegó a fijar su posición de negaciones: «Cierto que la vida no es mía, sino de Dios providente; pero, por otro lado, es mía, puesto que estos hechos me acontecen a mí, me los da Dios a mí. Ahora bien, yo puedo tomarlos o rechazarlos; y decididamente los rechazo, no los quiero; no me someto al destino que Dios quiera darme; no quiero nada con Dios, con ese Dios inflexible, cruel, despiadado.»

La misma fuerza de las negaciones tuvieron un efecto contrario al sosiego. siquier fugaz, que Morente se había procurado. La conclusión le alteró totalmente: «Fue una especie de furia, una como tempestad de ira alborotó mi alma; la rabia de la impotencia disconforme, de la libertad ineficaz.» Quería luchar contra el cerco de Dios y este le constreñía reduciendo aceleradamente su radio. Entonces se decidió por atravesar ese portillo del suicidio por el que se apresuran cuantos no tienen asiento en el banquete de la vida, a que se refería el filósofo clásico.

Pero en esta ocasión le aterró la idea del suicidio, que le afluía reiterante. Por correlación creyóse incurso en lo demencial. En el callejón sin salida a que por su razonamiento había llegado, pensó en recomenzar su procedimiento inductivo. Entonces la música, el arte divino a cuya sublimidad también se verifico en hecho taumatúrgico en Beethoven, transmutó a Morente. Estaban radiando música francesa. Morente, el gran aficionado que sabía arrancar al piano sonoridades en perfección nivelándose con los profesionales, escuchó apetente. Una sinfonía, una pavana, y finalmente, un pasaje de Berlioz, L'enfance de Jesus. Aquella página, que él califica de «algo exquisito, suavísimo, de una delicadeza y ternura tales que nadie puede escucharlo con los ojos secos», fue un alborozo de bronces en Resurrección para el alma de Morente. Cuando se esfumaron las notas finales que lanzaba la «voz dulce, aterciopelada, flexible y suave» del tenor el fiat divino cancelaba en misericordia todo un período tormentoso.

Apagó la radio y fue un surgir raudo de imágenes sagradas, sin que él fuera capaz de detenerlo o de sustraerse al grafismo. Delicioso juego de imágenes, con intenso poder de evocación. Desde la niñez de Jesús –adivinada con casticismo de lenguaje y despliegue de fantasía, por el místico español que estudió ese período del Príncipe escondido– a las patéticas escenas del Deicidio, cuando Jesús probó acíbares de abandono. Jesús, cuyos brazos aumentaban de dimensión para abrazar a toda la Humanidad doliente, en tanto que la Cruz subía y subía hasta el cielo, y en su pos, hombres, mujeres, niños... Sólo quedaba él: «...subían todos, ninguno se quedaba atrás; sólo yo, clavado en suelo, veía desaparecer en lo alto a Cristo rodeado por el enjambre inacabable de los que subían con él; sólo yo me veía a mí mismo, en aquel paisaje ya desierto, arrodillado y con los ojos puestos en lo alto, y viendo desvanecerse los últimos resplandores de aquella gloria infinita que se alejaba de mí.»

La visión operó la definitiva transformación en su alma. Comprendió que aquel era Dios, el Dios verdadero y vivo que sufriera muerte por los hombres y que con ellos sigue sufriendo, y a los que consuela, ampara y salva. Ya había desaparecido de su inteligencia el Dios teórico de la Filosofía, mantenido a fuerza de elucubraciones; Dios carente de concreción humana, tan distante del Dios-hombre de la redención. La decisión de Morente fue rápida, acorde [19] a lo raudo de la demostrativa visión que momentos antes le encandilara: «Permanecí de rodillas un gran rato, ofreciéndome mentalmente a Nuestro Señor Jesucristo con las palabras que se me ocurrían buenamente. Recordé mi niñez; recordé a mi madre, a quien perdí cuando yo contaba nueve años de edad; me representé claramente su cara, el regazo en que me recostaba, estando de rodillas para rezar con ella; lentamente, con paciencia, fui recordando trozos del Padrenuestro; algunos se me ocurrieron en francés, pero al traducirlos restituí fielmente el texto español. Al cabo de una hora de esfuerzos, logré restablecer íntegro el texto sagrado y lo escribí en un librito de notas. También pude restablecer el Avemaría. Pero de aquí no pude pasar. El Credo se me resistió por completo, así como la Salve y el Señor mío Jesucristo.» Sobre la ciencia que hincha, en el sentido acerbo de San Pablo, se iba levantando la ciencia inalterable cuyos principios no están sujetos a trasiego por obra de los hombres. Con fuerza de permanencia, se ahincaba en su alma y en su inteligencia el «Hágase tu voluntad» supremo. E hinojado, rezó el solitario profesor el Padrenuestro, entregado ya con todas sus potencias a Dios.

Del reloj que de la pared pendía salieron lentos los sonidos que marcaban las doce de una noche que compartía la serenidad y claror de que se inundaba su alma. Sentado en un sillón, en duermevela, Morente sintió una sensación extraña: «Mi memoria recoge el hilo de los sucesos en el momento en que despertaba bajo la impresión de un sobresalto inexplicable. No puedo decir exactamente lo que sentía: miedo, angustia, aprensión, turbación, presentimiento de algo inmenso, formidable, inenarrable, que iba a suceder ya mismo, en el momento, sin tardar. Me puse de pie, todo tembloroso, y abrí de par en par la ventana.»

Reconfortado por el fresco de la hora, Morente se separó de la ventana, y al volver el rostro al interior de la estancia, sucedió el hecho extraordinario. La Suprema Presencia se le mostraba a Morente. Con notable verismo y subida emoción, procurando que lenguaje y concreción se adecuen a la grandiosidad a que hace referencia, relata Morente esos momentos únicos en que la Gracia le alcanzaba de lleno. Nadie como él, al que le fue dado el portento, para describirlo. Insertemos lo que su pluma escribió un día en que gozó recordando sublimidades:

«Volví la cara hacia el interior de la habitación y me quedé petrificado. Allí estaba El. Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero El estaba allí. En la habitación no había más luz que la de una lámpara eléctrica de esas diminutas, de una o dos bujías, en un rincón. Yo no veía nada, no oía nada, no tocaba nada. No tenía la menor sensación. Pero El estaba allí. Yo permanecía inmóvil, agarrotado por la emoción. Y le percibía; percibía su presencia con la misma claridad con que percibo el papel en que estoy escribiendo y las letras –negro sobre blanco– que estoy trazando. Pero no tenía ninguna sensación ni en la vista, ni en el oído, ni en el tacto, ni en el olfato, ni en el gusto. Sin embargo, le percibía allí presente, con entera claridad. Y no podía caberme la menor duda de que era El, puesto que le percibía, aunque sin sensaciones. ¿Cómo es esto posible? Yo no lo sé. Pero sé que El estaba allí presente y que yo, sin ver, ni oír, ni oler, ni gustar ni tocar nada, lo percibía con absoluta e indubitable evidencia. Si se me demuestra que no era El o que yo deliraba, podré no tener nada que contestar a la demostración, pero tan pronto como en mi memoria se actualice el recuerdo, resurgirá en mí la convicción inquebrantable de que era El, porque lo he percibido.
No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil y como hipnotizado ante su presencia. Sí sé que no me atreví a moverme y que hubiera deseado que todo aquello –El allí– durara eternamente, porque su presencia me inundaba de tal y tan íntimo gozo, que nada es comparable al deleite sobrehumano que yo sentía. Era como una suspensión de todo lo que en el cuerpo pesa y gravita, una sutileza tan delicada de toda mi materia, que dijérase no tenía corporeidad, como si yo todo hubiese sido transformado en un suspiro o céfiro o hálito. Era una caricia infinitamente suave, impalpable, incorpórea, que emanaba de El y [20] que me envolvía y me sustentaba en vilo, como la madre que tiene en sus brazos al niño. Pero sin ninguna sensación concreta de tacto.
¿Cómo terminó la estancia de El allí? Tampoco lo sé. Terminó. En un instante desapareció. Una milésima de segundo antes estaba El aún allí y yo lo percibía y me sentía inundado de ese gozo sobrehumano que he dicho. Una milésima de segundo después ya El no estaba allí, ya no había nadie en la habitación, ya estaba yo pesadamente gravitando sobre el suelo y sentía mis miembros y mi cuerpo sosteniéndose por el esfuerzo natural de los músculos.»

Recobro

Ya estaba Dios aposentado en otra alma. Decidido a la completa entrega, el profesor no se contentaba ya con ser un número activo en el conjunto de fieles; aspiraba a consagrarse al servicio de Dios en el altar en el momento en que las circunstancias facilitasen en perennidad el medio. Antes urgía medir la capacidad de perseverancia. Que no se alcanzan aína frutos de excelsitud cuando la acción pecadora no se lustró de modo suficiente en penitencia.

Cuatro días después de la revelación le llegaba a Morente carta de sus hijas. Ya se encontraban en Barcelona en el posible seguro que les permitían la plaza catalana y la tutela de unos parientes. Valencia, la efímera sede de un Estado inexistente, quedaba lejos, con sus banderías, su fauna delictiva, sus fracasados políticos, su impotencia...

Morente calculaba con acierto que la guerra española se prolongaría, y pensó recluirse en lo recoleto del claustro, allí en donde es hacedera la meditación y se adensa el silencio, singular medicina del alma. Por mediación del abate Pierre Jobit, se relacionó con el abad benedictino de Ligugé, en las cercanías de Poitiers. Admitido como huésped por él, se dispuso a completar la quietud espiritual que alcanzara en la maravillosa noche del 29 al 30 del pasado mes de abril.

Nueva interferencia en los propósitos. De nuevo la otra fuerza que conformaba su vida se ponía en actuación. Una carta de sus hijas le daba cuenta de su próxima llegada a París. Ya la satrapía de Galarza, el gran majadero de tendencias vesánicas, no preponderaba en el aspecto delictivo. Podían sus hijas sustraerse al máximo esbirro.

El gozo de la llegada de sus hijas quedó unido a la preocupación que en la economía hogareña representaba una familia numerosa. Por ventura para ellos, conservaba su vigencia el ofrecimiento argentino. Solución admirable, que el profesor utilizó en seguida. Con brevedad quedó todo arreglado, y el 20 de junio pudo la familia Morente embarcar en Marsella. El 10 de julio estaban en Buenos Aires, y siete días después alcanzaban Tucumán, final de su viaje.

Reanudación profesional. Con ella tomaba cuerpo la tentación. Lejanas las tribulaciones que le llevaron a la fe, ¿persistiría ésta entre las cátedras y lugares que se le ofrecían para que vertiera sus doctrinas ontológicas? ¿Qué clase de filosofía iba a explicar el profesor cuya tendencia era harto conocida? Dos clases bien remuneradas, una de Filosofía general y otra de Psicología, eran incógnitas en el presente del filósofo desterrado. Sin que a su lado se mostrara incitante el diablo tentador, se le ofrecía ofuscante la ciudad en que podía reiterar la negación de Dios. Empero no lo negó. Se mantuvo en la tensión religiosa del nocturno abrileño, cuando, luego de recibir el frescor de la noche, extendió sobre él hálito confortante la Divinidad: «Procuré, creo que con éxito, dar a sus cursos en la Universidad de Tucumán un carácter anodino en lo que toca a los problemas coincidentes con la santa religión.»

Su suceso religioso quedaba guardado celosamente por el filósofo. Ni a sus hijas, con quererlas tanto y saber lo que con el conocimiento de hecho tan extraordinario gozarían, les dio cuenta. La ocasión llegaría...

Once meses en la población argentina y una serie de conferencias en ciudades del país que le acogió con margen efectivo de beneficios, y en el cercano Uruguay, le [21] bastaron para reunir suma suficiente a cubrir los gastos del traslado a España y dejar un remanente con que subvenir a un posible período de inactividad en la patria.

Desde Tucumán escribió al señor obispo de Madrid-Alcalá una carta, que lleva fecha 27 de abril de 1938. Con toda clase de detalles le daba cuenta de su evolución religiosa, de su desechado propósito de apartarse al claustro y de su anhelo vivísimo de ser sacerdote. Deseaba dedicarse al servicio de otras almas, trabajar «para afianzar en las almas la buena palabra de Dios y de su Iglesia». Seguro estaba de lo acertado de su decisión, que era de orden superior: «Precisamente en el hecho de mi conversión, advertí la prueba evidente de que con ella no ha querido Dios solamente hacerme a mí un beneficio infinito, sino, además, imponerme una obligación, una tarea, una misión que debo cumplir entre mis compatriotas, lacerados hoy por inauditas desgracias. Los pueblecitos de España necesitarán, después de la tremenda conmoción sufrida, oír las palabras de paz, de amor, de esperanza y de consuelo que sólo el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo puede pronunciar. Mi ambición, señor obispo, será quizá excesiva. Pero la voz de Dios ha llegado a sonar clarísima mente en mis oídos, y ella me manda postrarme a vuestras plantas para pedir a V. I, con todas las veras de mi alma, que me ayude con su protección a merecer lo más pronto que sea posible la recepción de las órdenes sagradas y el cargo de dirigir las almas cristianas en alguna aldea de España.»

Solicita del prelado su ayuda material porque su pobreza no le permite el abandono de la familia que a sus expensas vive: dos hijas, dos nietos huérfanos, una cuñada, una tía y una vieja sirviente que es modelo de fidelidad. Como lo fuera la antigua servidumbre, consciente de lo que ligaba en afecto la convivencia en el domus familiar. Carta emotiva, sincerísima, en la que un hombre que pudo darse a la granjería política, al agio mercantil o a la especulación financiera, solicita trabajo para sus hijas, ambas bachilleres, para su cuñada... ¡Qué honrosa para él y para los que llevan su apellido esa solicitud de «algunos empleos decorosos que les permitan vivir modestamente, empleos oficiales o particulares!»

El cablegrama de contestación del obispo de Madrid-Alcalá era consonante al contexto del profesor, del que ya era coincidente: «Emocionadísimo, le espero. Eijo.»

La carta al doctor Eijo la leyó Morente a su familia en el viaje de regreso a España. La carta, resumen de su conversión e índice de sus propósitos, asombró a los familiares, cuyo gozo fue infinito al comprobar aquel renacer. El barco que los transportaba a España se hallaba en Bahía (Brasil), en donde había de permanecer unas horas. Durante la cena, Morente indicó a los suyos que, una vez acostados los niños, se reunieran con él en el comedor grande. Reunidos, el jefe de familia dijo a aquellas mujeres, ávidas de desentrañar el misterio: «Ya sé que estáis deseando saber cuál es el motivo que nos lleva a España antes de lo pensado; deseáis saber qué es lo que pasa; pues bien; ahora mismo lo vais a saber. Voy a leeros una carta, que le escribí yo hace cosa de un mes al señor obispo de Madrid. En ella está todo explicado. Sólo una cosa quiero pediros: que no me interrumpáis, y que, cuando termine, no me digáis nada, ni hagáis ningún comentario.»

En silencio unánime y absorto, el auditorio. Alternada la normal entonación del lector con trémolos de emoción. Su hija, que nos da un bellísimo trasunto de esta emotiva escena, dice: «Cuando terminó, nos miró a todos un momento como azorado. Guardó el cuaderno y sencillamente se levantó y se retiró. Quedamos solas, y no sé lo que dijimos entonces. Yo recuerdo que salí a cubierta, y que en la noche sobre el mar lloré con una emoción como pocas veces –sólo una– he vuelto a llorar.»

Llegaron a Vigo el día 27 de junio por la noche, y a la mañana siguiente abrazó a su ilustrísima, que se hallaba en su ciudad natal. Ese día por la tarde hizo confesión general con el prelado. No le dio cuenta del hecho extraordinario. Explicito el motivo de este silencio de momentos capitales en su vida: «No me pareció necesario, y el pudor [22] invencible me contuvo irremediablemente.» El 29, en la capilla de Castro, residencia del obispo, recibía de sus manos la Sagrada Comunión. Flujo de lágrimas ante el Cuerpo de Nuestro Señor. Recobro completo.

En El Poyo

A menos de cinco kilómetros de Pontevedra se alza el convento de Poyo, junto al que se desliza la vida paciente del campesino gallego, que a veces se mete tierras adentro para sufrir del contraste y darse a morriñosa soledad que pide versos de Rosalía. Y de cercanías marineras entreveradas a afianzamientos en tierras de Hispanoamérica. A ese convento de albos residentes llegó la nueva de labios del obispo de Madrid: Morente se había convertido y quería entrar en el sacerdocio. Solicitaba el visitante de los padres de Poyo, dada la circunstancia de la guerra, que imposibilitaba el ingreso en el seminario de Madrid, que el converso profesor fuera admitido entre los frailes, que lo prepararían. El comentario lo pone el padre Barros: «Evidente que los Mercedarios no podían negarse a recibir un cautivo rescatado, doblemente rescatado.»

Del arcano de la noche misteriosa y sublime de París, al silencio y apartamiento de un monasterio de la Merced. Ante los ojos aún atónitos de Morente continuaba mostrando su relieve el nuevo mundo ideológico. Unos días después de su primera visita al Poyo, el señor obispo realizaba otra. Esta vez iba acompañado por el filósofo arrepentido. Unas horas de éste en el convento. Las suficientes para dar escape a su alborozo y diputar todo aquello que veía como lo mejor que pudiera Dios proporcionarle. En aquella fugaz visita, ya dio testimonio el visitante de cómo la Gracia obraba con fuerza. Y con ella, la humildad. Una corrección que a una palabra latina mal pronunciada le hiciera un monje acompañante, mereció de Morente esta contestación: «Ya irá usted viendo, padre, la ignorancia del profesor de la Central. Ahora tendré que armarme de paciencia y de diccionario, pues sólo recuerdo un poco de latín afrancesado.»

En el monasterio se estimó al compañero que subía animoso los tramos de la escala luminosa. Acompañado de sus hijas, se acercó al liminar del renunciamiento. Corría el ocho de septiembre, fecha marcada en la mariología. El filósofo, luego de una patética escena de separación, pasaba a ocupar su propiedad temporal en la tierra: una celda reducida, abundosa en libros, por cuya ventana podía captar estéticos matices de la ría de Marín. Entraba un compañero circunstancial, que para los monjes no dejó de ser en todo momento don Manuel. Un alma recién despertada que urgía ayudas, una inteligencia que todavía precisaba luces orientadoras, porque en ella se acusaban esporádicos conatos de resistencia. Tras las turbulencias emotivas, de las manifestaciones de contrición de esa su primera jornada en Poyo, sosegó Morente. La punzada del pasado se diluía en la disciplina, piedad y unión con Dios. La trilogía de la depuración. Dice el padre López Vázquez que «Morente, en Poyo, olvidó toda su vida; si algo recordaba era para llorarlo y agradecerlo a Dios, y esto último lo hacía entre sollozos. Cuantas veces algunos religiosos quisieron oír sus explicaciones, otras tantas encontraron a Morente impenetrable; tenía miedo a sí mismo. Un día, en la biblioteca del convento, conversando con un religioso de su confianza, decía: «Padre, pida al Señor que me lleve pronto.» Se le iban los ojos –comentaba este religioso– tras su filosofía».

Vida común con los monjes, participando de sus oraciones y compartiendo sus trabajos. No tardaron en serle agradable ejercicio las durezas de aquel vivir intenso, rudo y sin comodidades. La oración coral era su gozo cotidiano. Quería ser digno de los dones que le otorgaba la Divinidad, merecer su estancia en aquella casa de Dios. «Cuando termina la novena –dice en una carta–, a eso de las ocho y cuarto, ya de noche casi, me quedo solo en la iglesia vacía y es un encanto. También me gusta mucho el caminar por los claustros a oscuras, en el silencio más profundo que se puede imaginar; y si la noche es de luna, como cuando llegué aquí, entonces la emoción es inolvidable. Todas las cosas [23] del mundo lo son triplemente cuando se miran en Dios y por Dios.» El artista afloraba la veta estética en el bloque acumulado por la fe.

Dos religiosos, el padre Bolaño y el padre Miguélez, fueron sus guías en aquel retiro. Su intervención allegó plenitud vocacional al alma cristiana del antiguo catedrático, que, al alba, dejaba el lecho para darse a la meditación de la mañana y seguir a sus compañeros en los deberes de la Regla. Oración y trabajo a uso tradicional. También llanto.

Horas y horas en meditación, absorto, sin noción del tiempo ni del espacio, como si él fuera el único ser de un mundo carente de dimensiones. La plegaria surgiendo rauda del corazón; los ojos enturbiados por cortinas de llanto. Tenía en superación el Vía Crucis, que se adecuaba a la soledad del recinto religioso y a la emoción incontenible de su alma. In crescendo su devoción a la Virgen en su advocación de la Merced, gran redentora de cautivos. Un pasaje epistolar de aquella época nos ofrece el testimonio de este aflujo mariológico de Morente: «Con cuánta razón me recomienda V. I. la devoción a la Santísima Virgen! Ella es, en efecto, el símbolo y el seno mismo de esa emoción: del consuelo al desgraciado, del remedio al desvalido, del llanto enjugado, de la merced que alivia, del rayo de sol entre nubes, del arco iris en la lluvia. Eso es la Santísima Virgen; ella es la que sonríe a los 'desterrados hijos de Eva'; ella es el puerto y refugio a que acuden los que 'gimen y lloran en este valle de lágrimas'; ella es la que 'nos muestra a Jesús, fruto bendito de su vientre'; ella es la clemente, la piadosa, la dulce, la intercesora incansable; por mucho y reiteradamente que nosotros pequemos y desmayemos, ella no se cansa nunca de pedir y obtener perdón, consuelo y gracias para nosotros. Como la madre tierna pide al padre indulgencia Y perdón para las faltas de los hijos, así la Santísima Virgen es Madre nuestra, Madre de los hombres, puesto que lo fue de la Humanidad de Nuestro Señor Jesucristo. Tiene V. I. muchísima razón en su consejo, y al pie de la letra lo he de seguir. No he de hacer oración ni un solo día sin dedicar un buen rato a la contemplación de nuestra Santísima Madre, precisamente en ese mismo concepto de lazo de unión entre Nuestro Señor y nosotros, que V. I, tan lindamente, llama cuello.»

Las lecturas van acopladas a este decisivo giro de su vida. Kant es desalojado definitivamente de aquellos sus compartimentos mentales en donde estuvo aposentado sin límites constrictores. Repele decidido cuanto lleve impulso, siquiera leve, de desvío de la ruta redentora, que tan seguro pisa. La seguridad de Morente está apuntalada de decisiones: «Por lo que a mí respecta, cada día siento más profundo el afán de servir a Dios en el altar, de ayudar a las almas a conocerle y amarle, de procurar la iluminación de los de propagar la santísima y tan consoladora verdad de Cristo, de oponer a las teorías del odio y lucha las sentencias nacidas del más puro amor y a las concepciones de un universo impasible, helado e inhumano, la fe cálida que en todo ve una palpitación de infinito amor y de perfección.»

Capacitándose para su decisión sacerdotal estuvo Morente en el monasterio gallego hasta que, junio de 1939, ya afirmada la paz en la nación española, propició la marcha a Madrid. En la capital esperaba a los suyos un hogar y a él las aulas del Seminario. Por ellas dejaba encargos de orden filosófico y literario. Era firme aquel su «¡Apártate!» a cuanto pudiera afianzar desviaciones o retardos: «Yo quisiera que me dejaran en paz, por lo menos mientras dura mi preparación para recibir las órdenes sagradas. Luego, cuando ya sea sacerdote, haré por propagar y enseñar la santa doctrina de Nuestro Señor Jesucristo todo lo que sea necesario y quiera Dios que haga. Pero ahora deseo y necesito paz. Es verdad, debo decir, que la tengo; después de todo, un artículo y una conferencia no son para sacarme de mis casillas.»

En el Seminario

El «filósofo de las Duquesas», el hombre de elegante palabra, acostumbrado al refinado trato social, a ser escuchado con [24] atención y acatamiento, va a renunciar a todo lucimiento de su aporte social anterior, al acercarse al desmantelado edificio de las Vistillas, atalaya sobre parajes que antaño fueran frondosos sotos, propicios a tapadas y a gente amiga de jaranear junto al río, sobre que se acaballa excesiva puente. El desmantelamiento del Seminario era total. La saña despojadora dejó en él dolorosa impronta. Apresuradamente fueron habilitadas algunas clases. Incluso los pasillos fueron utilizados como aulas. Contadas habitaciones sirvieron para los internos, a los que esperaba un duro invierno por la carencia de cristales y de puertas.

Morente tenía que someterse al internado. Un alumno más entro tantos otros. En el monasterio fue siempre don Manuel para sus circunstanciados compañeros, un huésped ilustre cuya entidad cultural era reconocida por todos los monjes. En el Seminario hubo de someterse a planes y a disciplina en unidad. Un momento desalentador apuntó a la enérgica decisión de Morente en la vigilia de su ingreso. Momentánea acidia que derivó en sollozos.

Pasaron con rapidez sus intermitentes dubitaciones. Al ingresar en el Seminario, la energía de Morente potenciaba su volición. El catedrático, el ex subsecretario de Instrucción Pública, retrocedía jerárquicamente a la categoría de alumno. Cuantas incomodidades y penurias lo rodearon, «las soportó sin la menor queja y hasta con agrado».

Con anterioridad a su ingreso en el Seminario lo reintegraron a su cátedra, permitiéndole el obispo la salida cotidiana para desempeñarla. A diario, de nueve a once, el seminarista se trocaba en catedrático para dar su clase. Los domingos también tenía autorización para acudir junto a sus hijas y comía con ellas y con los otros familiares, de él tan queridos. Lenitivos a una vida de renunciamiento, y que se continuaban en exclusividad en el Seminario, en donde se le autorizó para tener en su habitación una estufa eléctrica, alfombra y diversas anaquelerías. No por esto, dejaba de ser un número más en el conjunto de seminaristas.

Cuando regresaba de su clase en la Universidad desaparecía el profesor de Ética y se recobraba al seminarista que se situaba en las filas de sus condiscípulos y ocupaba un puesto cualquiera en el comedor, en la capilla, en las aulas. El que no domó fácilmente el impulso que altera un temperamento o minimiza una personalidad, se sometió de grado a la disciplina. Testimonio de fuerza probatoria el que nos facilita a este respecto el rector a cuyo cargo estuvo su formación sacerdotal:

«El señor Morente se sometió a la disciplina común del Seminario, sin más excepciones que las que le concedió el señor obispo de salir diariamente a su cátedra de la Universidad y, los días festivos, a comer con sus hijos y nietos, lo que le permitían sus superiores: rara vez comer a su mesa en representación de los alumnos de carreras civiles y, en varias ocasiones, sentarse en el estrado de la presidencia en algunas concentraciones y actos públicos solemnes.
En todos los demás actos era un colegial más; en el refectorio, en filas, en recreo. Él se hacía la limpieza completa de su cuarto, salvo el caso, no frecuente, de que algún colegial, por deferencia y con el permiso consiguiente, se brindara a ayudarle.»

En todo hallaba satisfacción y descubría encanto. Ninguna excepción ni en trato, ni en comidas, ni en el orden jerárquico. Alternaba entre respeto con sus compañeros de cursos superiores, que tanto le admiraban y querían. Agradecía sumiso cuantas observaciones le hacían sus profesores y superiores. Con reiteración solicitaba el correctivo a lo que consideraba como reprobable, por liviano que fuese el yerro. El escrúpulo lo llevaba a solicitar permiso para la comisión de cualesquiera acto que consideraba atentario a la disciplina. Y la excusa espoleando constantemente la supuesta omisión.

Vida uniforme, sin cambiantes al paso de las horas. Más aureolada de cariño y de respeto. La sencillez de su trueque diario, la bondad que en prodigalidad mostraba, le aquistaron el amor de todos. «Hasta los pequeños –confirma el que fue su Rector– la tenían especial simpatía y respetuoso cariño, que a él le enternecía.» [25]

Ha dicho Bergson con acierto: «En mi concepto, el filósofo es, ante todo, un hombre que está siempre pronto, cualquiera que sea su edad, a rehacerse estudiando» Morente, exégeta de la doctrina bergsoniana, confirma este aserto de su filósofo preferido un tiempo, desde los albores de su vida en el Seminario. Al ingresar, se sometió a un examen de «universa philosophia». Fue también este examen una demostración de regreso, una rectificación de sus errores pasados. Extraordinario el efecto producido en el Tribunal por sus aserciones. Incluso fue abrazado con entusiasmo por un anciano examinador que se mostraba receloso de la efectividad de la reacción morentiana.

Realizó las estudios de Teología mediante dispensa pontificia en cuanto a la brevedad de los cursos. Cada trimestre se sometía a examen extraordinario. «En sus exámenes –aclara el Rector– obtuvo la segunda nota o notable. No la primera, porque le fallaba el hábito y justeza en los términos, en que le aventajaban sus compañeros». Sentíase acuciado por alcanzar rápido el sacerdocio para proseguir estudiando Teología. En Morente era fácil la asimilación de la preceptiva del Beato Juan de Ávila referente al buen sacerdote.

Presentó el seminarista-profesor los primeros frutos de su nueva dirección en el resonante sermón de la Purísima, que pronunció en 1940, por deferencia de sus compañeros del quinto curso de Sagrada Teología, ya que era costumbre sortear entro ellos anualmente. El que ya ha alcanzado el Diaconado, no pudo acallar su preocupación, él tan dueño de la palabra, que ha tenido pendientes de las clásicas partes de su oración a los auditorios más diversos. Se sentía invadido ahora por un complejo de inferioridad.

El sermón fue una pieza meditada, considerada en sus elementos y bien conformada en su desarrollo. Contadas veces un orador sagrado, a no ser en el torneo de elocuencia y sabiduría de las Conferencias Cuaresmales, despertó la expectación que generaba en su torno Morente. Sobre la avidez del auditorio, las palabras del exordio comenzaron a abrir surcos de atención, luego de complacencia, finalmente de admiración. En el sermón, uno de tantos períodos significativos parecía testimoniar su caso: «Y no hay mayor desgracia para un hombre que el apartamiento, desconocimiento y desvío de su vocación divina. Como no hay mayor ventura que la de reconocer, aceptar y gozosamente ejecutar –con plena libertad del albedrío– la vocación sobrenatural que Dios le ha señalado. A veces tarda el alma en percibir y acatar su vocación divina, y tarda por propia culpa, porque desoye voluntariamente la voz de Dios, y con sutil ceguera de soberbia mundanal piensa ser el propio dueño de su destino en vez de entregarse sumisamente al llamamiento de la Divinidad. Pues bien; la vocación sobrenatural de María fue singular y única: la de ser Madre de Dios. Desde toda la eternidad, María estaba designada para ser Madre de Dios. A esa vocación divina, a ese llamamiento, no vaciló María un solo instante en responder.» Rozó su caso, frustrando con humildad que el yo tomase cuerpo.

Cuando terminó su sermón, suplicó al Rector que le señalase los errores observados en la pieza. Resistióse la suprema autoridad del Seminario, y ante la insistencia de Morente, le indicó que algunas frases no se mantenían en puridad teológica. Prometió enmienda el corregido y reiteró al Rector su anhelo de corrección, su ansia de perfectibilidad.

Se ordenó de tonsura el 6 de octubre de 1940, de subdiácono el 27, de diácono, el 24 de noviembre y de presbítero, el 21 de diciembre. Con celeridad había recorrido el camino hacia Dios. Poco más de cuatro años le bastaron.

Redactó y caligrafió la participación del acontecimiento supremo de su vida. Justo y expresivo el contexto. El siervo del Señor, Manuel García Morente, celebraría la primera Misa en la capilla del Colegio de la Asunción el día 1 de enero de 1941, asistido por don Daniel García Hughes, profesor del Seminario y canónigo, y don José María de la Higuera, director espiritual de ese centro docente. Otro profesor del Seminario, don Ramiro López Gallego, fue el encargado de la predicación.

Acontecimiento saliente de la vida religiosa, académica y social de Madrid, fue [26] esta primera Misa de un misacantano de fuste, antiguo descreído que, por la filosofía y el dolor, llegaba al altar para consagrarse de por vida a su servicio. La unción del celebrante llegó a grados de emoción insuperables cuando dio la comunión a sus dos hijas. Su acusado temblor requirió la ayuda de uno de los asistentes, que hubo de sostenerle el brazo en la augusta misión.

Cierra aureamente este período de formación sacerdotal de Morente una carta enviada por él al Padre comendador de Poyo, que lleva fecha de 6 de febrero. El nuevo sacerdote acredita en ella otra de sus cualidades, la gratitud: «Mi querido padre comendador: Recibí oportunamente –agradecí en el alma– sus felicitaciones por mi ordenación de presbítero y por la solemnidad de mi primera Misa. ¡Cuánto me acordé de ustedes todos y del querido convento de Poyo, que tan dentro del corazón se me ha metido! Entre ustedes y aquellos venerables muros comenzó, ¡y cuán felizmente!, mi vida nueva de piedad y religión. Entonces, la ascensión al santo sacerdocio de Cristo parecíame una meta lejanísima; me asaltaban mil dudas mil preocupaciones, infinitos temores. Ustedes, sin más acción que su sola presencia, su vida tan santa, tan mansa, tan evangélica, llevaban a mi corazón la paz de Cristo y la confianza en la voluntad de Dios, que cada día veía yo más manifiesta e inequívoca. ¡Cuánta gratitud les debo!» Recuerda luego cómo han bastado dieciocho meses y tres días para la realidad de esa su primera Misa con la que Dios le ha inundado de favor y merced. Y la afirmación de lo que él ha comprobado, acaso con mayor seguridad que otros conversos: «Verdaderamente, los designios del Señor son inescrutables o incomprensibles.»

Con firmeza hasta el tránsito

García Morente poco antes de morirLa vida de Morente es constante rectificación, con la que acumula valores propios. El Diario de los ejercicios espirituales, preparatorios de la recepción de las Sagradas Ordenes, es valioso documento do 150 páginas donde volcó su espíritu y apuntaló sus decisiones. Lo psicológico y lo teológico aunados en una prosa nítida, precisa, en la que cada palabra conserva su justeza de ensamble. La esencia de Morente, reflejada en el Diario, que debe ser editado para edificación de las almas. Firmó esas páginas el día primero de octubre de 1940. A su final, el aserto no desmentido por él la brevedad de su vida como sacerdote: «Y haré firme propósito siempre de que ni éxitos ni fracasos sean parte a conmover en lo más mínimo la quietud, paz y resolución en que me han puesto los Santos Ejercicios.»

Rectificación de vida, que pasa desde la brillantez de academias y salones a la modestia de una capilla conventual; rectificación de la Filosofía, derivando desde el imperativo kantiano y las afirmaciones contenidas en los juicios sintéticos, a los principios inmutables del que superó en fama a su maestro Alberto Magno, y cuya abundancia teológica le ofrecía materiales para esa ampliación de conocimientos sobre el Ser Supremo que apetecía desde su decisión sacerdotal; rectificación patriótica que se deslizó desde el desapego o ligera mención de los valores nacionales a la cálida exaltación de ellos, con lo que se situó vigoroso en el amplio campo de la Hispandad.

Conviene hacer posada en esta aportación morentiana a la valoración de conceptos que atañen al solar, a los caballeros de la Cruz y a las naciones parteadas por ellos. Caballero español, Morente, se halló en condiciones de ponderar el concepto de Hispanidad desde el momento en que se impregnó de catolicismo. Morente discierne dos sentidos en la Hispanidad; uno, concreto, referencia a las naciones de raíz española, y otro, abstracto, referencia a aquello por lo cual lo español es español, esencia de Hispanidad. Personifica esta esencia de lo español en el caballero de la mano al pecho que vio en toda su serenidad el cretense que soñaba cabe el Tajo. Caballero español, con todas las cualidades de exaltación y sobriedad que hicieron de la raza española un conjunto especial diferenciable en el universal concierto. Afirmación de espiritualidad, con engarce en su [27] concreción: «...la Historia de España es como un lento proceso de propia depuración, como un continuo ejercicio ascético encomendado a perfeccionar en la actuación temporal cierto ser colectivo, cierto modo de ser humano típico y peculiar».

Lecciones, escritos, estudios, en alternativa con su ministerio como capellán de la Asunción, en la calle de Velázquez, puesto que deseó para estar en los lugares en donde se educaron su esposa y sus hijas y las tres se afianzaron en la Fe.

Poco tiempo gozaría Morente de paz y de recuerdo. A mediados de noviembre de 1942 agravóse su dolencia del aparato digestivo, crónica en él. Exceso de trabajo y penuria de descanso la exacerbaron. Se preconizó la intervención quirúrgica. Para ello estaba bien preparado el enfermo, quien días antes hizo ejercicios espirituales en Chamartín. Los dirigió el padre Sánchez Robles, S. I., el que afirma que comprobó la fe de Morente, quedando «plenamente convencido de la sinceridad de su conversión».

Realizóse la operación con buen resultado. Al recobrarse de los efectos anestésicos el paciente, sus exclamaciones denotaban la obsesión: «Dios mío, os amo, os amo... ¡Cuánto os amo, Dios mío!»

Euforia del resultado o inmediata reanudación de tareas. Por breves días. Estaba próximo a tener efectividad el deseo de Morente de reunirse con el Amado. A primeros de octubre tuvo que guardar cama de nuevo. No cesaba de escucharse el silbo del Pastor...

En sus preparativos de la fiesta de la Concepción le sorprendió la muerte. El día siete, por la mañana, le hallaron exánime en su lecho. Sólo la ayuda de Dios tuvo en el tránsito. Ansia de Dios su muerte. La ciencia certificó fallecimiento por embolia cerebral.

Con ornamentos sacerdotales abandonó lo terreno el profesor a quien fue dado el prodigio, el caballero que, en opinión de Marañón, «estuvo siempre, aun en los momentos en que menos lo pareciera, en inminencia de derramarse hacia Dios».

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