Triunfo
Madrid, 23 de junio de 1979
 
año XXXIII, número 856
páginas 58-60

José Luis Abellán

La muerte de Ortega y Gasset
y la generación de 1956

Aunque se oye hablar con frecuencia de la enorme repercusión que tuvo en su momento la muerte de José Ortega y Gasset, no resulta menos cierto que nunca se ha contado de modo completo dicha historia ni mucho menos se ha calado en qué medida pudo influir en nuestra historia cultural. Pero creo que ha llegado la hora de ofrecer al público una información completa y una interpretación global de los acontecimientos, a través de una documentación que en su momento tuvo una difusión muy restringida.

En los primeros días de octubre del curso 1955-56, me encontré a Ramón Tamames en la Biblioteca Nacional y me dijo: «Ortega y Gasset se está muriendo.» Ramón era compañero mío en Derecho y en una tertulia que hacíamos los sábados por la mañana en un local viejo y destartalado de la calle de Alcalá llamado El Sotanillo (luego ocupado por el lujoso Club 31). Por su medio familiar, donde casi todos eran médicos, y por sus relaciones personales, Tamames tenía motivos para saber de lo que hablaba, y la verdad es que a mí la noticia me dejó estupefacto. ¡Ortega y Gasset, ese personaje legendario de la filosofía y de la cultura cuyos libros leía yo apasionadamente vivía allí, a muy pocos pasos de donde nosotros trabajábamos, y en ese momento se hallaba agonizando! Aunque yo entonces era estudiante de segundo curso de Filosofía, y la noticia me afectaba muy directamente, la consternación me impidió actuar en ningún sentido.

El 18 de octubre de 1955, a las once de la mañana, Ortega murió, sin que los periódicos hubiesen adelantado la menor información. Sólo la familia y algunos de los discípulos más íntimos velaron aquella noche el cadáver. Fernando Vela, Emilio García Gómez, José Ruiz Castillo, Julián Marías, Paulino Garagorri y Germán Bleiberg pasaron la noche en una habitación próxima a la del difunto, leyendo las páginas que el maestro había escrito sobre el tema de la muerte.

Hasta ese momento todo había trascurrido en la mayor intimidad. A finales de septiembre, su hijo Miguel y don Teófilo Hernando la diagnosticaron un cáncer de estómago muy difícil de extirpar. Llamaron al doctor Pascual G. Duarte, que se encontraba veraneando en Fuenterrabía y el 12 de octubre fue operado en el sanatorio Rúber. Según palabras del propio cirujano, cuando le abrió el cáncer, «ya no estaba en un órgano, en este caso el estómago, sino en todo el organismo de esa parte, así que nos limitamos a hacerle une cosa paliativa, para, por lo menos, evitarle sufrimientos que habían de venirle en el curso de la enfermedad». Se le trasladó a su domicilio particular, y pasó los últimos días con intervalos de lucidez e inconsciencia, hasta caer en coma profundo. En los últimos momentos le atendieron los doctores amigos, Gregorio Marañón y Teófilo Hernando, este último certificó la defunción. El padre Félix García, agustino, había sido llamado a petición de doña Rosa Spottorno, esposa del enfermo, llegando a administrarle la absolución «sub conditione», y con la aquiescencia del mismo, según palabras de dicho padre. Sin embargo, las pocas palabras que recogieron los familiares y amigos no dan el menor pie para hablar de una conversión o cosa parecida. Al doctor Hernando le dijo: «Quiero concentrarme para darme cuenta de la situación, y no puedo.» A su esposa le dijo también algo semejante «Rosa, oriéntame.  No veo claro lo que ocurre».

Como decíamos antes, todo esto transcurrió en la mayor intimidad. Al día siguiente –19 de octubre– la noticia no podía ocultarse por más tiempo. Saltó a las primeras páginas de los periódicos nacionales y extranjeros. Se hablaba del primer pensador español del siglo XX, de una de las cabezas más lúcidas del mundo, del gran filósofo de la cultura. Cuando aquella mañana fui a la Universidad comprobé que se había declarado día de luto oficial y me encontré con que todos mis compañeros habían reaccionado con el mismo estupor e indignación con que yo lo había hecho en solitario unos días antes. El que a muy pocos pasos de las aulas universitarias hubiera muerto el pensador español más eminente del siglo XX, sin que ninguno de nosotros hubiéramos tenido la menor oportunidad de oír su voz ni de escuchar sus enseñanzas, se convertía automáticamente en una acusación rotunda e inequívoca contra el régimen político que tales cosas permitía. La reacción fue contundente y violenta.

Sin duda esta reacción había sido anticipadamente prevista por hombres de buena fe que no obedecían al estereotipo estúpido y brutal del franquismo. Me refiero a Pedro Laín Entralgo y F. J. Sánchez Cantón, rector el primero de la Universidad de Madrid, y decano el segundo de la Facultad de Filosofía y Letras, quienes por aquellos años ocupaban dichos cargos, bajo el ministerio de Ruiz-Giménez en Educación Nacional desde 1951. En 1953 cumplía Ortega y Gasset los setenta años, que es –como se sabe– la edad de jubilación oficial, y Laín y Sánchez Cantón se presentaron personalmente en la casa del filósofo para ofrecerle lo que indudablemente tenía caracteres de reparación académica y pública. La conversación ha sido transcrita por el primero de ellos en los siguientes términos:

—Venimos, don José, para rogarle que se despida de su vida académica con un curso o un cursillo en la Facultad do Filosofía y Letras, al término del cual se celebraría un acto en que la Universidad podría proclamar su deuda con usted y su agradecimiento.

—Pero, ¿no se da usted cuenta de que para usted como rector, puede tener ese acto consecuencias enojosas? –replicó Ortega.

—No las excluyo –afirmó Laín–, y quiero decirle muy expresamente que desde ahora Cantón y yo ponemos nuestros cargos en este ruego que le hacemos.

—Les agradezco mucho su gestión, pero por esas razones a que usted mismo ha aludido, no me es posible aceptarla.

Volvieron a insistir Laín y Sánchez Cantón con nuevas razones y argumentos, y volvió a negarse Ortega de modo cordial, pero terminante.

—Me duele su resolución, don José –le dijo el entonces rector ya en la despedida–, y desearía que fuese otra: pero, por supuesto, la comprendo.

Quizá si aquel intento hubiese tenido éxito se hubiese aminorado la violenta reacción estudiantil de 1955. Pero, tal y como se produjeron los hechos, esta era inevitable, y llegó a adquirir caracteres de radical oposición política al régimen imperante. La mañana del entierro de Ortega, el día 19 de octubre, miles de estudiantes se personaron en la casa mortuoria, ocupando prácticamente toda la calle Montesquinza, donde se encontraba aquélla. Pocos días después, el 21, decidíamos los estudiantes universitarios hacer nuestro propio homenaje al filósofo desaparecido, manifestándonos en contra de la manipulación ideológica que se había hecho de su muerte. La prensa –sin duda obedeciendo órdenes del Gobierno– había hablado de arrepentimiento y conversión católica a última hora, tomando pie en la presencia del padre Félix García, a quien antes mencionamos, en los últimos momentos de la vida del filósofo. Esto era una manipulación indigna que pretendía desvirtuar una vida que –según propias manifestaciones– había pretendido conformarse «católicamente» en todos sus actos.

Los estudiantes de Filosofía así lo entendimos entonces, y los hechos han venido a darnos la razón. El día 23 de octubre, los hijos de Ortega escribieron una carta al entonces ministro de Educación Nacional, Joaquín Ruiz-Giménez, cuya publicación fue prohibida en España. Una parte de esa carta fue reproducida muchos años después –28 de mayo de 1975– en el diario ABC, dentro de otra que los citados hijos de Ortega dirigieron al director del mismo para salir al paso de nuevas afirmaciones del padre Félix García sobre la muerte del filósofo, del que afirmaba: «He dicho alguna vez que Ortega murió cristianamente, frente a lo que dicen algunos, y cristianamente además se le llevó al cementerio» (ABC, 27 abril 1975). A contrapelo de esa opinión he aquí lo que dicen los hijos –Miguel, Soledad, José– del pensador: «Nuestro angustioso cuidado –una vez descartada la posibilidad de restablecer su salud– se centró en procurar respetar su conciencia que, ya obnubilada, no nos podía decir nada concreto. Que nuestro padre puso durante toda su vida –y a la vez que Dios estuvo presente en su obra– el más pulcro cuidado, dentro del máximo respeto, de que todos sus actos –aun los que pudieran parecer más nimios– mostrasen su voluntad de vivir 'acatólicamente' es cosa de que no cabe a nadie la menor duda. Y de que, aun horas antes de la operación seguía en el mismo sentimiento y en semejante actitud, no nos cabe duda tampoco a nosotros, por cosas que nos dijo en esos momentos. Después de la operación sólo Dios lo sabe. Atendimos el deseo ferviente de nuestra madre de que lo visitase el padre Félix García, por cuya persona y por cuya orden había tenido nuestro padre siempre clara simpatía, y el padre Félix, según nos dijo, le administró la absolución 'sub conditione' con la aquiescencia de nuestro padre. Si esto lo hizo con la cabeza clara –que hasta ese mismo instante, y en la medida que los ojos humanos de los médicos y de la familia pueden juzgar, estaba impresionantemente perdida– si lo hizo con la conciencia disminuida, es punto que, como ha dicho el padre Félix en su artículo de ABC (19 octubre 1955) –en el que demuestra tener gran corazón e inteligencia– pertenece al misterio de Dios.»

La manipulación de los que aseguraban que Ortega había pedido un sacerdote a última hora y recibido los sacramentos, era evidente a todas luces, y los estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras decidimos llevar a cabo nuestro propio homenaje más acorde con el espíritu del filósofo. Se compró una corona de laurel y se realizó una convocatoria en el patio de la Universidad Central (entonces en el caserón de San Bernardo). Allí se leyeron páginas de Misión de la Universidad, de La rebelión de las masas y de El tema de nuestro tiempo. A continuación se inició una marcha que terminó en la Sacramental de San Isidro, donde se hallaba la tumba de Ortega. Uno de nosotros –no recuerdo ahora quién– leyó las siguientes palabras:

«Este homenaje póstumo a Ortega y Gasset, catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras, es el homenaje de los que pudimos haber sido discípulos suyos, de los que no lo somos y estamos sufriendo el vacío que él dejó al abandonar, por causas conocidas, su cátedra de Metafísica. Es el homenaje de la juventud universitaria, de los universitarios sin Universidad que somos, de los que hemos tenido que aprender muchas cosas fuera de las aulas, en libros que no son los de texto, en idiomas que no son el español.

Somos discípulos sin maestro. Entre Ortega y Gasset y nosotros hay un espacio vacío o mal ocupado. Notamos cada día que falta algo, que nos falta alguien. Nadie nos dice qué es estudiar, cómo debemos estudiar, para qué estudiamos. Nadie nos dice para qué vale la Universidad. Y estamos seguros ya de que vale para muy poco, y de que es necesario cambiarla mucho. Pero nadie nos dice cómo, nadie defiende que nosotros somos la base de la Universidad.

Hace muchos años, Ortega y Gasset contestó a estas preguntas, dio satisfacción a estas exigencias nuestras. Su obra de filósofo universal no desdeña la preocupación por nosotros. Nos estudia, nos analiza, nos comprende. Sobre todo, nos comprende y nos tiene en cuenta. Pero todo esto, las magníficas enseñanzas de Ortega y Gasset, sus libros, no nos han llegado a través de las cátedras. Algunos, desgraciadamente no demasiados, hemos buscado los libros de nuestro primer filósofo y los hemos leído. Otros, desgraciadamente muchos, no sabemos casi nada de Ortega y Gasset. Seamos sinceros. Y él hubiera sido el maestro que necesitamos.

José Ortega y Gasset ha muerto hace cuatro días. La Universidad ha guardado su luto oficial. Nosotros, los universitarios, debemos demostrar aquí el nuestro. Y algo más.

Porque no está todo perdido. Aún podemos, de algún modo, ser discípulos suyos. Aún podemos ser una juventud con maestro. José Ortega y Gasset ha muerto. Pero quedan sus libros.

Nuestro mejor homenaje debe ser el silencio. Un silencio de discípulos quo se preparan a oír la voz del maestro. Nos va a dar la clase. Es la última, pero nosotros podemos hacer que sea también la primera.

Silencio. José Ortega y Gasset, hombre de España, filósofo universal, amigo de la juventud universitaria, ha muerto

Silencio. Quedan sus libros, y aún podemos ser discípulos de él a través de ellos.

Silencio. Sus libros van a hablar por él, sus libros ocupan hoy la cátedra que dejó vacía.

La clase ha comenzado.»

Estas palabras, y los textos que a continuación se leyeron de España invertebrada y de Castilla y sus castillos, nos hablan claramente de una conciencia generacional, que se expresó a través de otras manifestaciones: la publicación de la revista Aldebarán; la convocatoria de un I Congreso de Escritores Jóvenes, de clara intencionalidad política… Aldebarán fue quizá el primer órgano de expresión de la que en justicia puede llamarse generación de 1956. Precisamente, con motivo de la muerte de Ortega, Javier Muguerza escribía allí un artículo titulado «Magisterio, generación, presente», donde entre otras cosas decía: «No cabe duda que la nuestra, siguiente en la línea da las generaciones de nuestro tiempo, se perfilará más, y sobre todo, en esta reducida faceta de lo nacional, como generación de combate, que como dócil a lo autoridad del pasado. Pertenece a lo que Ortega llama 'época eliminatoria o polémica' en contraposición a las 'épocas cumulativas'; pero hay que hacer notar que esa indocilidad no provendrá de la disconformidad con una obra ni siquiera recibida, y aquí habría de nuevo que considerar el grado de culpabilidad a que nuestra desgana nos hace acreedores, tanto como del pasmo sano ante la obra por hacer que no parece sino estar aguardándonos.»

Junto a estas actividades, diversos acontecimientos fueron fortaleciendo esa inicial conciencia generacional. Los estudiantes de la sección de Filosofía exigimos a las autoridades universitarias un homenaje de la Facultad a quien había sido catedrático de Metafísica desde 1910. Se produjeron dilaciones, pero a la larga la negativa era imposible. Al fin, se celebró un acto en memoria suya el 18 de noviembre, que tuvo lugar en el Paraninfo de la Facultad de Letras; en él hablaron el entonces decano, F. J. Sánchez Cantón; los catedráticos González Álvarez, García Gómez, Garrigues, Gregorio Marañón, el estudiante de Filosofía Lucio García Ortega, y cerró el acto el rector, Pedro Laín Entralgo.

La frase más aplaudida, y que creó delirante entusiasmo entre los presentes, fue aquella en que Marañón reafirmó su hondo liberalismo: «No hablo del derecho a la crítica –dijo–, que en mí, puesto que soy liberal, es un derecho sagrado.» Pero la voz de la conciencia estudiantil se expresó a través del citado estudiante, quien, entre otras cosas dijo: «Ortega es para nosotros una experiencia solitaria, una aventura personal. De él apenas se puede hablar. Los que le critican y los estusiastas, tanto como esa casta de los compasivos –siempre numerosa en torno a los grandes hombres–, no hacen más que hablar de sí mismos» … «Cada uno se ha encontrado con sus libros por su cuenta y riesgo. A unos pocos quizá les fuera aconsejado, a muchos nos fue lectura furtiva y otros le habrán descubierto porque si…, como se descubren todas las cosas» … «Nunca supimos dónde estaba, y cuando lo sabíamos podía estar ya en otro sitio. Cuando esperábamos su libro siempre fue otro el libro que tuvimos. Cuando parecía una costumbre, cuando casi iba a serlo para nosotros, murió.»

Los ánimos, sin embargo, no se aplacaron con ese frío homenaje académico, y al reiniciarse el curso, tras las vacaciones navideñas, el ambiente universitario se hallaba muy caldeado. No tardaron en surgir incidentes, que culminaron en enfrentamientos muy violentos, en el curso de uno de los cuales fue gravísimamente herido el estudiante Miguel Álvarez. Se produjo una honda crisis política, pero no es este el lugar adecuado para narrarla. Aquí basta con apuntar el nacimiento de una nueva conciencia generacional en 1956, que tuvo su explosión inicial con la muerte de Ortega y Gasset.

J. L. A.

[ Textos al pie de las fotos que acompañan este artículo en su versión impresa ]

· Entierro del autor de «La rebelión de las masas». La prensa –siguiendo órdenes del Gobierno– habló de arrepentimiento y conversión católica a última hora. Todo fue una indigna manipulación.

· José Ortega y Gasset, una de las cabezas más lúcidas del siglo.

· Laín Entralgo, rector entonces de la Universidad de Madrid, bajo el ministerio de Ruiz-Giménez.

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José Ortega y Gasset
1970-1979
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