Nuestras Ideas. Teoría, política, cultura
Bruselas (Bélgica)
 
nº 1, mayo-junio 1957
páginas 61-77

Tomás Fuenfría
[ Enrique Múgica Herzog ]

Los pasos de Pedro Laín Entralgo
por el camino de España

La publicación en las páginas de «Nuestras Ideas» del presente ensayo debido a la pluma de un joven intelectual acabado de llegar al marxismo, no significa identificación completa –al igual que sucede con otros trabajos que aparecen en la revista– con todos los puntos de vista que el autor expone en este ambicioso bosquejo de la trayectoria histórica de nuestro país siguiendo, el itinerario ideológico de Laín Entralgo. Lo consideramos sin embargo de sumo interés y un testimonio elocuente del vigor analítico que el marxismo proporciona a los nuevos jóvenes valores intelectuales que abrazan la causa del socialismo. (N. de la R.)

 

En Febrero de 1956 millares de universitarios madrileños firmaron una petición al gobierno por la que se exigía la convocatoria de un Congreso Nacional de Estudiantes en el que delegados libremente elegidos constituyeran una organización representativa.

En el documento, verdadera carta fundacional del movimiento democrático en la Universidad, se exponían con serenidad y agudeza los males que aquejan a ésta: la estrechez ideológica de la enseñanza, el confesionalismo a ultranza; la ausencia de maestros capacitados por motivos extraprofesionales y personalistas, la escasez del material moderno de experimentación, la privación de la libertad intelectual y en general de toda clase de libertades, la limitación de su acceso a los privilegiados porque la falta de recursos en la mayoría de la población malogra multitud de capacidades, el paro intelectual producido por la pobreza del país como consecuencia de arcaicas estructuras económicas que impiden el desarrollo de la producción y la inserción en ella de los nuevos profesionales, y por último se criticaba violentamente la actuación del sindicato falangista (S.E.U.) calificado de parodia representativa y de policía gubernamental entre los estudiantes.

El diario parisino Le Monde dijo del escrito que era el más violento ataque público contra Falange desde el fin de la guerra civil. Días después [62] bandas de facinerosos con camisa azul asaltaron la facultad de Derecho y el gobierno detuvo y procesó a los iniciadores de la petición.

Entre los intelectuales que justificaron las inquietudes estudiantiles como la aparición en la vida de España de nuevas generaciones para las que la guerra civil era un pasado indeseable, y reprobaron su represión se encontraba el rector de la Universidad de Madrid Pedro Laín Entralgo, lo que le costó el cargo.

¿Qué había pasado para que el antiguo jefe de las actividades editoriales del Movimiento y del Estado y en tiempos saludado como el primer intelectual del régimen expresara ahora su disconformidad con él? ¿Se trataba de una rata más que abandonaba el barco desvencijado? El que esto escribe cree tener motivos para no dudar de su sinceridad y las páginas que siguen quieren ser una crítica de la manera con que Laín abordó lo que se ha dado en llamar el problema de España.

Desde que comienza su vida de escritor dentro del falangismo adivinamos que no lo piensa desde su raíz como la forma española del fascismo, es decir, de la dictadura terrorista de los grupos más reaccionarios del capital financiero y de los grandes terratenientes, sino que se acerca a él, durante la guerra civil, mixtificado por una parte de su mitología. Si el falangismo, como realidad social, es desencadenada violencia antidemocrática, sus teóricos lo presentan como superación de la lucha de clases que transforma la propiedad privada de los medios de producción en empresa al servicio del bien común; por otra parte, los proletarios, desengañados del socialismo, se convierten en productores, es decir, en cooperadores a la elaboración de un producto cuya finalidad es servir al consumo de una comunidad en la que las clases se han reconciliado sobre un nivel de general prosperidad que a todos beneficia.

El hecho de la guerra civil irrumpe en la vida de algunos intelectuales católicos que aceptan como una necesidad lo que la misma Iglesia defiende, pero, además, quieren justificar su toma de posición por la posibilidad, a su fin, de una España reconciliada. Universitarios durante la Dictadura y la República, influyen sobre ellos la generación del 98 y Ortega, los cuales, si por una parte crean una crítica de la superestructura cultural y política, por la otra permanecen en completa ignorancia de las activaciones económicas de la superestructura. Pesa también sobre estos hombres su sentido católico de la vida que se resiente de la postura reaccionaria que la Iglesia toma ante los problemas españoles, la fidelidad a la Jerarquía eclesiástica supera a cualquier otra consideración.

Su ideología se va formando como un compromiso precario entre ambas tendencias y es ella precisamente la que los impide comprender lo que realmente representa el fascismo dejándoles inermes ante su fascinación, ante la fascinación de una actitud cuya violencia ven, no como una constante defensiva de los intereses más reaccionarios, sino como violencia provisional contra lo que ellos imaginan desbordamiento anticatólico y antinacional de las masas, pero que será superada inmediatamente por una reconciliación en la que la lucha armada dejará su sitio al convencimiento pacífico.

No nos extrañemos, pues, de que la mistificación falangista del fin de la lucha de clases les atrajera. La historia de los años posteriores es la historia de su desencanto. Entre ellos, con personalidad propia, se encontraba Pedro Laín Entralgo. [63]

 

Pocos años después de la guerra, en 1943, cuando la extrema derecha, intentando cubrir el nihilismo cultural, se dedica a exaltar sus «genios», Laín publica un estudio sobre Menéndez y Pelayo en el que éste aparece a una luz distinta que a la que se le reverenciaba como un santón. El fogoso polemista tradicionalista de los Heterodoxos (España martillo de herejes, luz de Trento…) que se nos presentaba estancado en su papel de cantor de antigüedades es, ¡oh sorpresa!, un hombre que marcha, que evoluciona, que ya en su vejez ha abandonado su juvenil fanatismo y trata de comprender y criticar con tolerancia, desde su vertiente católica, a Kant, a Hegel, y al positivismo, pasando de la filosofía feudal a la filosofía burguesa. Laín habla en esta última etapa –embarazosamente abordada por los panegiristas al uso– de la «anchura ganada por el horizonte histórico e intelectual de D. Marcelino ya que cuando mozo, la historia del espíritu humano se acababa para él en el siglo XVII más acá todo sería confusión y extravío. ¿No fue hasta proponer en un discurso electoral un hegelianismo cristiano?»

En este análisis hay ya en Laín un implícito y tenue inconformismo con la estulticia de los beatos que marcaban la pauta de la cultura oficial.

Al año siguiente, frente a la desmesurada estupidez de quienes hablaban de la perversidad de los del 98, reivindica su patriotismo que para él no es un patriotismo equivocado como los más contemporizadores insinuaban en concesión extrema. A veces las recias críticas de los comentados le parecen injustas. El comentador es de los que andan con pies de plomo. Pero más a menudo recalca lo acertado de casi todas y a través de este juicio las recrea en el año que escribe su ensayo para transparentar a través de esta recreación una prudente disconformidad con el modo falangista de plantear la vida intelectual. Hay, al terminar el libro, el vuelo de la esperanza. No sólo el de la España soñada para los del 98, sino también la de Laín. ¿Cómo es ésta? Muy parecida a la de sus maestros más el catolicismo, pero en todo caso mucho más pura que la que babeaba en rededor.

Más tarde, en 1948, publica un pequeño libro –«España como problema»– de donde arrancan una serie de reflexiones cuya maduración y desarrollo a lo largo de ocho años le conducirán a sus actuales posiciones.

Sin embargo, desde las primeras páginas se nota la limitación: «El problema de España era, como siempre, espiritual, social y político. Aunque esas tres dimensiones del problema se hallan mutua e indisolublemente vinculadas, otros y yo, por vocación, por temperamento, por formación hemos visto en primer plano la dimensión espiritual, y en ella las cuestiones más estrictamente intelectuales.» Lo que sería grave si los temas culturales se delimitaran, cuando por el contrario se carga el acento sobre ellos como si fueran primordiales haciendo depender la vida económica y política de una determinada concepción del mundo y no a la inversa. [64]

Los conflictos de la sociedad española comienzan, para Laín, en el siglo XIX cuando terminada la guerra de la Independencia no se puede llegar a un acuerdo entre los renovadores y los restauradores. «Nuestros progresistas comenzaron por intentar secularizar o liberalizar a los teólogos españoles y acabaron postulando una total ruptura «laica» con la historia de España anterior al siglo XIX, es decir, no quisieron o no supieron ser históricamente españoles, y de ahí su radical esterilidad».

Comienza a vislumbrarse la insuficiencia del punto de vista con que aborda los problemas. Al detener su mirada en el desarrollo cultural y contemplar a este nivel la oposición entre los dos grupos olvida que el contenido de la cultura no es independiente de las relaciones sociales y no puede ser comprendido sino a partir de éstas, de las que es formulación.

 

Las Cortes de Cádiz en donde se inicia la lucha estaban muy alejadas por su misma composición de una Convención como la que en Francia liquidó el Antiguo Régimen, y en ellas los elementos burgueses buscaron el compromiso con los feudales. Sólo la obstinación de éstos en no compartir el Poder condujo a nuestros progresistas a actitudes cada vez más antagonistas que en el terreno ideológico se reflejaron en el combate contra una tradición que desvinculada del contexto en que surgió –siglos XVII y XVIII– era manejada como arma de combate frente al Progreso. La necesidad militante y sus limitaciones como clase les impidió asimilar el legado clásico en lo que tenía de válido; sin embargo la distinción entre lo vigente y lo caduco del pasado no era urgente ni posible. La pugna entre unos y otros se mantuvo con altibajos hasta 1868 en que la burguesía intenta por penúltima vez una revolución liberal que fracasó; como consecuencia de ello su ala más reaccionaria pactó con los feudales sobre la Constitución monárquica de 1876. Al margen quedaron los partidos republicanos a través de los cuales la media y pequeña burguesía sostuvo una oposición cerrada a la ideología tradicionalista oficializada, que con la absorción de algunas tesis liberales moderadas trataba de hacerse aceptar. Cincuenta y cinco años más tarde esta oposición terminaría en un segundo intento de revolución democrática que tampoco triunfaría.

Si durante este período los liberales padecieron de radical esterilidad no fue por su hostilidad a la tradición –mejor dicho, a un tradicionalismo que la mixtificaba extendiendo al siglo soluciones sólo vigentes en otros tiempos– sino porque ese antagonismo cultural y político se apoyaba sobre unos sectores sociales débiles. Sólo la deformación idealista puede hacer escribir a Laín que [65] «comparados con los liberales franceses e ingleses, tan atentos al interés nacional y tan rápidamente aburguesados, el liberal español sería una suerte de Don Quijote de la Historia, constante proclamador de justicias utópicas y constantemente tundido por la realidad. ¡Qué contraste el de este fanatismo de la Utopía, traducido a la extremada letra española, con la actitud del liberal francés, que no vacila en conquistar Argel y Túnez, o con la del liberal inglés, que hace emperadores de la India a sus reyes y mueve la guerra del Transvaal!» Si el liberal español no se aburguesó, no se constituyó en régimen burgués al modo francés o inglés, fue porque su debilidad le imposibilitaba la necesaria destrucción de las barreras feudales; si para ello carecía de fuerza ¡cómo hubiera podido desarrollar con éxito el imperialismo aunque lo intentase en pequeña escala en una guerra con Marruecos que costó 120.000 muertos!

Volviéndose después a los tradicionalistas Laín dice que «no quisieron o no supieron ser históricamente oportunos, no fueron capaces de actualizar en inéditas formas de vida la «hermosa» (el entrecomillado es suyo) tradición que confesaban». La nota en parte es justa, los tradicionalistas no quisieron ser históricamente capaces, pero ¿por qué? La respuesta se deja en el aire. ¿No se atreve a enfrentarse con el problema que representa la supervivencia de unas castas agrarias incapaces de ser actuales porque marchar de acuerdo con la Historia era suicidarse como clase? Y una clase nunca se suicida, hay que suicidarla. La irreconciliable tensión entre los dos grandes sectores de la sociedad española, que sólo se atenúa transitoriamente a consecuencia del compromiso restauracionista por suponer los terratenientes que habían domesticado a la burguesía y por debilitarse las capas más conscientes de ésta por la traición de las altas, no se debe a lo que Laín llama condición trágica de la existencia española exasperada por «la pasión del espíritu y el arrebato del instinto», sino a la contradicción violenta entre los intereses de dos clases, contradicción mantenida, es cierto, si bien secundariamente por un apasionamiento que producido por nuestra especial «formación psicológica» constituye una de las notas fundamentales de las nacionalidades peninsulares según la ya clásica definición de Stalin.

 

Al terminar el siglo la coalición de los terratenientes y de la gran burguesía revela su fracaso. Se pierden las colonias, se derrumban las últimas ilusiones, y los españoles más conscientes comienzan nuevamente a interrogarse con lucidez. Después de cinco lustros de silencio las clases al margen del Estado se percatan del advenimiento de una nueva oportunidad y sus ideólogos van a desmontar el precario andamiaje de la Restauración. Son los regeneradores (Costa, Macías Picavea) y los hombres del 98. [66]

Los primeros han vivido en su juventud las esperanzas de 1868 y guardan su recuerdo. «¡Los españoles tienen hambre de pan, hambre de instrucción, hambre de justicia!» clama Costa y su anterior experiencia política les lleva a reclamar soluciones prácticas, concretas; se constituye la Unión Nacional animada por las cámaras de comercio y las ligas industriales, se hace una intensa propaganda pero una vez más todo se hunde por el gran pecado de la burguesía española; su falta de audacia.

Los del 98 siguen otro camino. Comprenden el apocamiento de su clase, pero tratan de infundirla confianza, saben que el desastre colonial tiene que provocar una reacción y confían en sus posibilidades renovadoras. Por entonces van entrando en España las obras de los sociólogos burgueses (Comte, Spencer, Durkheim, Tarde); «los nombres de Taine y de Guyau poseen, cada uno por sí, una sugestión especial. La teoría del «milieu et de l'art du point de vue sociologique» andan en todas las plumas», escribe Díaz Plaja buen estudioso de aquella generación; en algunos sectores pequeño burgueses adquiere influencia el anarquismo que refleja la inestabilidad de esta capa social. Todo esto no cae en el vacío porque a medida que transcurren los primeros años del siglo la burguesía, dentro de su timidez, que en España parece congénita, inicia una reacción contra los métodos y las formas que han conducido a la catástrofe en Cuba y Filipinas. En el aspecto cultural, la historia del primer tercio del siglo es la del encuentro entre aquélla y sus intelectuales que intentan confeccionarle un traje a la medida. Por otra parte comprenden la necesidad urgente de la revolución liberal porque una nueva clase aparece en la escena histórica con unas reivindicaciones propias, opuestas y más avanzadas: es el proletariado al que Pablo Iglesias y los primeros socialistas quieren organizar.

Cuando llega la primera guerra mundial España, en la que los capitales extranjeros: alemanes, ingleses, franceses, belgas y suizos, campan por sus respetos en un difícil equilibrio, proclama su neutralidad y nuestros industriales ven llegada la época de las vacas gordas preparándose a abastecer a los contendientes de todo lo que se pueda: se vende lo viejo y lo nuevo, las fábricas trabajan a pleno rendimiento, los salarios aumentan en un 50% y las ganancias en un 500%; en cuatro años los beneficios ascienden a 12.000 millones de pesetas oro, cifra fabulosa para entonces. Frente a este auge la burguesía contempla la descomposición de los partidos monárquicos y toma conciencia de su fuerza. Un joven filósofo del que se comienza a hablar califica al compromiso restauracionista que está terminando de hundirse, de panorama de fantasmas, y a su muñidor, Canovas, de gran empresario de la fantasmagoría.

La clase obrera crece en número y en conciencia y en 1917 organiza la primera huelga general; en el mismo año el proletariado ruso derriba el poder de los capitalistas y terratenientes e instaura el socialismo. Desde Octubre, la Unión Soviética aparece como un ejemplo entrañable al proletariado mundial que refuerza sus filas en torno a una ideología combativa, intransigente, victoriosa: el leninismo. [67]

 

Una nueva generación de intelectuales aparece en España, más consciente, más rotunda y más convencida de los avances burgueses que la del 98. La integran entre otros Ortega y Gasset, Marañón, Pérez de Ayala, Azaña, Madariaga, Américo Castro, Sánchez Albornoz, Fernando de los Ríos, &c.

Aquel joven filósofo que condenó a la Restauración con frase lapidaria es su cabeza. Han salido a estudiar al extranjero, se han empapado de lo que el pensamiento liberal creaba fuera de nuestras fronteras y lo han ofrecido a su clase, y ésta, saliendo de su sopor, responde a las nuevas incitaciones; se va formando una fuerte opinión republicana y en un teatro madrileño, Ortega, emite un abrumador diagnóstico sobre la España de las castas y anima con palabra vibrante a la burguesía a una nueva y difícil empresa: la de crear su Estado: «al escuchar la palabra España mi generación no recuerda a Calderón ni a Lepanto, no piensa en las victorias de la Cruz, no suscita la imagen de un cielo azul y bajo él un esplendor, sino meramente siente, y esto que siente es dolor… Hemos visto en torno, año tras año, la miseria cruel del campesino, la tribulación del urbano, el fracaso sucesivo de todas las instituciones… Que nuestras voluntades haciéndose rectas, sólidas, clarividentes, golpeen como cinceles el bloque de amargura y labren la estatua de la futura España, magnífica en virtudes, la alegría española.»

Respecto a los del 98 la diferencia es patente. La vieja generación es ante todo educacional; ante una clase postrada y enferma hay que mostrar el espejismo de su eventual resurrección que sólo de ella depende, hay que inculcarla la fe en sus destinos, la fe que para Unamuno era fuente de voluntad viva y que consistía no «en creer lo que no vimos sino en crear lo que no vemos». Ortega y sus compañeros, por el contrario, respiran un ambiente distinto, más vigoroso, más robusto; la burguesía está en forma y se dispone a tensar su destreza histórica. Frente a la España soñada de sus mayores, frente a las prédicas ilusionadas que sólo pretendían templar los corazones y elevar los ánimos, los nuevos intelectuales, ya seguros del ímpetu de su clase, comienzan a esbozar un programa concreto, de perfiles recortados y rigurosos.

La aportación realmente importante de ambas generaciones a una ideología antifeudal la subraya Laín con inteligencia y respeto aun sin vincularla, ya que su óptica idealista le impide una profundización que su talento no le veda, a las estructuras sociales de las que es expresión. Sin embargo hay una omisión más grave en cuanto a la importancia de una acción continuada durante casi dos tercios de siglo con visión y sin desfallecimientos: la de la Institución Libre de Enseñanza.

Por debajo de la propaganda brillante y espectacular de las grandes figuras del 98 y de sus continuadores de la promoción siguiente, la Institución, primeramente como Universidad Libre, después en el Instituto Escuela como centro de enseñanza primaria y secundaria, y al mismo tiempo en la Residencia de Estudiantes como foco de cultura liberal junto a otros a los que influenciaba, ha ido formando unas cuadros de mentalidad abierta dentro del horizonte de la burguesía avanzada, que han sido levadura de dirigentes republicanos. La Institución Libre de Enseñanza tuvo su origen en la decisión de D. Francisco Giner de los Ríos y otros catedráticos expulsados de sus puestos en los primeros años de la Restauración por no aceptar sus principios católicos y monárquicos, de fundar un ámbito educativo en el que junto a la formación de intelectuales capaces y modernos se preservase la libertad de la búsqueda científica. [68]

Su influencia fue enorme y todavía está por escribir la historia de lo que el movimiento liberal debe a aquellos hombres, incluso se puede afirmar que el magisterio de la generación del 98 y de la siguiente no hubiera sido tan hondo si el terreno no hubiera estado abonado por la actividad consecuente de la Institución sobre la mentalidad de unos sectores profesionales capaces por ella de reaccionar adecuadamente a las sugestivas incitaciones de los espíritus impares.

La Institución fue durante muchos años la bestia negra de la Iglesia que hizo todo lo que pudo para destruirla, ya que era casi el único obstáculo levantado en el camino del monopolio confesional de la enseñanza; no era la Institución manifiestamente anticatólica, incluso se impartía la formación religiosa al que voluntariamente la solicitaba, pero la intransigencia de sus enemigos y el hecho de que éstos fuesen los mantenedores de una ideología reaccionaria que contrarrestaba los intentos de la burguesía por eludir el yugo feudal, la llevó a posiciones cada vez más militantes y a favorecer un anticlericalismo al que por la distinción de sus mentores no estaba llamada.

La intervención de la Iglesia en todos los sectores de la vida nacional concitaba el descontento de amplias masas a las que se podía movilizar contra el feudalismo que encontraba en ella una encarnizada defensora. En un país como el nuestro, en el que el clero sostenía activamente todas las formas de propiedad llegando incluso a calificar como pecaminosa cualquier actividad huelguística, podía llegarse a una alianza entre la burguesía y la clase obrera, acusando a la Iglesia de principal resorte de la explotación y fomentadora del atraso económico que motivaba el bajo nivel de vida. Al atacar a la institución religiosa se perseguía un doble objetivo: a) poner al descubierto el flanco ideológico del feudalismo que privado del prestigio de su aliada era mucho más impugnable, y b) desviar la atención del proletariado de su principal enemigo; el capitalismo, encauzándolo contra una Iglesia que recibía su fuerza de la vinculación a las estructuras dominantes.

La jugada era arriesgada porque una vez terminada la revolución democrática la burguesía se encontraría sola frente a los trabajadores y tendría que recurrir a la alienación religiosa que de su papel de instrumento del feudalismo pasaría a serlo de la clase triunfante. La contradicción entre el descrédito de la religión y la necesidad posterior de servirse de ella sería difícilmente superable en el futuro, pero por el momento el principal enemigo era el feudalismo y su aliado la oligarquía financiera, y contra ellos y la Iglesia, que los reforzaba, debían ser orientadas las censuras. Al atizar el anticlericalismo, la intelectualidad liberal y los partidos republicanos actuaban consecuentemente en la defensa de los intereses a ellos encomendados. Así llegamos a los años veinte. La lucha estaba planteada entre dos grandes campos: de un lado el compromiso entre los grandes terratenientes y la gran burguesía principalmente catalana representada por la Lliga, compromiso que a pesar del apoyo del clero y el ejército estaba en vías de liquidación, y del otro la pequeña y media burguesía que de hecho arrastraban a sus puntos de vista a una clase obrera dividida entre el reformismo del partido socialista y el sectarismo del anarquismo que concebido en mentes pequeñoburguesas había penetrado como caballo de Troya en el seno del proletariado, todo ello reforzado por el quehacer de un grupo de escritores y pensadores como pocas veces había conocido España. [69]

 

La guerra de Marruecos, con la que los grupos gobernantes proponíanse desviar la atención del país galvanizando los esfuerzos en una dirección que no era la de la democratización sino su contraria, se derrumbó en un absoluto fracaso, y en el desastre de Annual perdieron la vida a consecuencia de un capricho real 12.000 soldados. La emoción fue tan intensa que fácilmente podía predecirse la caída de la monarquía que simbolizaba una política de continuas catástrofes. Para salvarla se recurrió a los graciosos servicios de un general palaciego.

En 1898 la pérdida de las colonias y la revelación de nuestra impotencia sólo provocó un descontento prontamente sofocado por la inercia de las oligarquías caciquiles; veinticinco años después una derrota en Marruecos estuvo a punto de acabar con el Régimen que sólo pudo evitar su caída por una operación dictatorial. Lo que nos da una idea del progreso realizado.

La Dictadura del general Primo de Rivera no podía resolver ninguno de los problemas planteados, por el contrario vino a silenciarlos y naturalmente los empeoró. Como toda dictadura que se precia planeó un vasto plan de obras públicas de las que parte se realizaron y el resto quedó sobre el papel. En general, su balance se saldó por un completo fracaso: en lo económico la caída vertical de la peseta, las concesiones a los monopolios extranjeros, el gran aumento de la Deuda Pública y el incremento de los gastos militares costeados por una imposición que recaía ante todo sobre las clases populares.

En lo político: la falta de libertades, el centralismo rígido frente a las aspiraciones nacionales de los pueblos de la Península, y la toma de conciencia de las fuerzas republicanas y obreras. En lo cultural: el imperio de la censura y las concesiones a las órdenes religiosas en detrimento de la Universidad del Estado provocaron la oposición de los intelectuales y de los estudiantes que fundaron la F.U.E. Y en última instancia ni con el apoyo incondicional de los militares pudo contar, como se vio en los que obtuvo el político conservador D. José Sánchez Guerra en sectores del Ejército y la revuelta de los artilleros que obligó al gobierno a disolver el Arma.

Todo esto hizo ver al monarca que si antes había desplazado a los viejos partidos incapaces de detener el proceso revolucionario, ahora precisamente para lo mismo tenía necesidad de la operación inversa; no se dio, sin embargo, cuenta de que España había cambiado, de que el país no podía ser gobernado como lo había sido hasta entonces y que en reacción a una Dictadura traída por el mismo rey las masas se volvían hacia la República y los pueblos sacudían su letargo sin que los caciques pudieran hacer nada por evitarlo. Se eliminó, pues, al general, pero sus ilusiones no fueron largas ya que un año después los españoles hicieron lo que algunos candidos llamaron la revolución más pacífica de la Historia aunque tanto pacifismo resultara sospechoso y esta sospecha costaría luego más [70] de un millón de muertos. ¿Era posible que las castas agrarias que mantenían intacta su fuerza económica aceptaran de buena gana la revolución democrática? El 10 de Agosto iba a caer como un aldabonazo premonitor en la conciencia popular. Frente a ellas se levantaban los grupos republicanos que arrastraron a su política a un sector de la clase obrera dirigido por un partido socialista en el que el seguidismo era táctica tradicionalmente empleada, mientras otro, enrolado en el cenetismo, se dedicaba con el mayor de los gustos a la frase «rrrrevolucionaria». A pesar de ello la creciente conciencia de la vanguardia del proletariado anunciaba a los espíritus lúcidos que la situación no podía estabilizarse y que la propia indecisión de la burguesía –cuya reforma agraria alarmó a los feudales sin convencer a los campesinos, cuya reforma militar pasó a la reserva a algunos jefes con el sueldo integro dejando con mando a los más reaccionarios, cuya reforma eclesiástica reforzó el clericalismo y al liquidar el presupuesto de culto enajenó a los curas forzándoles a seguir al episcopado–, terminaría por levantar la hipoteca que pesaba sobre la clase obrera, hipoteca que no era otra que el temor a la derecha de la que los republicanos se servían sin hacer nada por atajarla.

La situación era la siguiente: se imponía como la necesidad más urgente la revolución democrática que fundamentalmente y en un país como el nuestro eminentemente agrario, suponía la expropiación de los latifundistas y la accesión a la propiedad de millones de jornaleros y campesinos pobres. Sin ella el consumo seguiría siendo mínimo y la producción industrial no podría desarrollarse falta de mercados. Sin ella se prolongaría el atraso y la miseria. La República ¿no era sino una palabra bajo la cual nada cambiaría? Frente a la falta de audacia de los sectores medios e industriales el auge del proletariado, a pesar de las indecisiones de sus dirigentes, planteaba la siguiente pregunta: ¿Podía la burguesía dirigir la revolución democrática? Los ideólogos más capaces de aquélla se percataron pronto de la gravedad del problema y el más inteligente de entre ellos, Ortega y Gasset, pronunció su Rectificación de la República: «no es eso, no es eso». El eso era la perspectiva de una República en que los trabajadores ejercieran un papel dirigente, pero no poseían ninguna otra; la burguesía era débil e incierta para controlar la situación por si sola y no era cosa de proponer un nuevo compromiso con los feudales como el que combatieron a lo largo de varios lustros. Optaron por el silencio y cuando sobrevino la guerra civil permanecieron en él. Su gesto fue el de Pilatos y en resumidas cuentas con su abstención contribuyeron al sacrificio del Justo. No les acusemos. Llenaron con honor un período de la Historia de España, pero cuando llegó el momento supremo no quisieron o no supieron estar a la altura de sus responsabilidades.

¿Era justo permanecer impasibles ante el asesinato de un pueblo, junto al que los elementos más avanzados de la burguesía luchaban aun comprendiendo la imposibilidad de dirigirlo? Dejo a otros la respuesta. Más tarde su hostilidad al franquismo nos ha hecho recordar el papel que tuvieron en el advenimiento del 14 de Abril, nos hace respetarlos y asimilar lo que de positivo haya en ellos. [71]

 

Otros dirigentes republicanos, no obstante, persistían en su optimismo; Azaña tenía fe en las posibilidades dirigentes de su clase, pero la sublevación militar y la impotencia de la burguesía pequeña y media para liquidarla, la extinguieron.

Desde el comienzo de la guerra civil se observa en la zona leal un desplazamiento del poder hacia la clase obrera que los republicanos se ven obligados a aceptar; no se retiran de la lucha, continúan en ella aunque ahora son los seguidistas. Las condiciones para llevar a cabo una eficaz revolución democrático-burguesa estaban puestas, lo único que faltaba era la victoria que no llegó. Negaban su necesidad, de un lado los rebeldes, que lo eran para evitarla, y del otro algunos sectores anarquistas que vertiendo su sangre en el frente consideraban que el desarrollo histórico era un capricho al que se podía volver la espalda, y que de la noche a la mañana, quemando etapas, se podía llegar a la comuna libertaria.

Frente a ambas tendencias la vanguardia de la clase obrera demostró su preparación y madurez política, y en mayo de 1937, en Barcelona el Ejército Popular, brazo armado de la Democracia Nueva, derrotó a la quinta columna falangista que se aprovechaba de las contradicciones del campo republicano, y a los elementos sectarios que sembraban la anarquía y el desconcierto. Por las mismas fechas Azaña dictaba las páginas desencantadas de La velada en Benicarló. En este diálogo se vierte todo el descontento del hombre que se siente superado, que ante la ejemplaridad y el vigor del proletariado comprende que la dirección de la Revolución ha cambiado de manos, y al mismo tiempo la necesidad de llevarla a buen término. La coincidencia es harto significativa. Después viene la derrota, después…

 

Y una nueva generación de intelectuales surge; nacidos en la guerra, se afirman con fuerza desde los primeros años del régimen –aprovechando las facilidades que no tienen los demócratas que han de luchar contra el silencio y la censura– para terminar chocando con él. Hemos trazado, al comienzo de este ensayo su peripecia mental, y hemos seguido a su cabeza, Pedro Laín Entralgo, en su peregrinar por la historia de España. Si nuestra ruta era la misma nos separábamos en el modo de caminarla y así llegamos a 1948 en que aparece España como problema, libro en el que Laín va a expresar por vez primera, abiertamente, su disconformidad.

De él arranca la meditación que le va a llevar a sus actuales actitudes liberales. Ante todo hay el reconocimiento de una paternidad espiritual que no es la de los pensadores del catolicismo tradicional: «Todos cuantos en España somos capaces de pensar y hablar tenemos el deber estricto de reconocer tan enorme deuda. [72] Sin la generación de Ortega, cuyo magisterio confesamos y exigimos los españoles de la mía, nuestro ser espiritual sería diferente.» Y su examen de los problemas va a ser fiel a la línea de sus maestros.

El ex-rector de la Universidad de Madrid plantea siete necesidades nacionales subrayando desde su perspectiva culturalista, especialmente las pertinentes a la vida espiritual.

I. «Necesidad de resolver definitivamente en cuanto atañe el pensamiento la irresuelta polémica entre el progresismo antitradicional y el tradicionalismo inactual o antiactual por medio de una efectiva voluntad de integración nacional». Pero ¿cómo debe hacerse esta integración? ¿Será la caprichosa y estéril ensambladura de las corrientes ideológicas del feudalismo, la burguesía y el proletariado, o una radical comprensión de las distintas actitudes como superestructuras de sus épocas respectivas, incorporando lo más humano y creador de la tradición cultural al presente? Y ¿qué presente? ¿el que se cierra sobre sí satisfecho del esfuerzo integrativo –como parece que piensa Laín– o el que se abre al futuro con clara inteligencia de las líneas fundamentales que este futuro ha de desarrollar?

¿La integración se ha de pensar como imposible reconciliación de las clases antagonistas o como superación de ellas en un régimen en el que ha desaparecido la explotación más la liquidación de los explotadores? Sólo por este camino será posible apreciar lo que tengan de válido todas las culturas del pasado, que ya no serán ideologías defensoras de las clases opresoras. El proletariado con su acción anticipa en el presente la actitud de la sociedad sin clases respecto a la vida espiritual, continuador de la nación, incorpora a su lucha lo más fecundo de la tradición.

II. «Necesidad de que en el regimiento efectivo de España quedasen suficientemente garantizadas nuestra autonomía política –la libre autodeterminación de un pueblo en verdad soberano– y la más estricta justicia social».

He aquí en tres líneas un programa ambicioso, pero en política la enunciación de éste exige poner los medios para llevarlo a cabo, y ante todo un análisis de las fuerzas que tienden a impedir su realización. La autonomía se define frente a los que intentan violarla y la justicia social por la oposición de los que se resisten. España, hoy, se ve mediatizada en su acción exterior por su inserción en la estrategia de los bloques y por su subordinación a uno de ellos que aliena su autodeterminación. La auténtica independencia no puede conseguirse sin una base económica fuerte de la que carecemos; para conseguirla se nos presentan dos caminos; uno interno, desarrollar la producción que de momento choca con el bajo nivel de vida y con la inexistencia de un mercado agrario dada la miseria de la población rural; y otro externo, aumentar nuestras exportaciones sin discriminación, lo que requiere en primer lugar, recabar la tradicional neutralidad española y levantar los obstáculos de la sumisión a los intereses norteamericanos para poder comerciar libremente con todos los países.

El planteamiento de una justicia social es impensable sin tener en cuenta la redistribución de la renta nacional; actualmente mientras el 17% de la población disfruta del 70% de ésta, el 30% restante se distribuye entre el 83% de los [73] ciudadanos españoles. Esta repartición es expresiva de que la justicia no puede venir sin choques y en qué dirección debe ser vencida la resistencia.

III. 1. El sentido católico de la existencia. Queremos el catolicismo como luz y perfección, no como coacción.

Respecto a la postura religiosa de un régimen que exige la confesionalidad como requisito imprescindible para cualquier función intelectual o social, la de Laín es liberal; pero al pedir para España como una necesidad «el sentido católico de la existencia» subraya también sus propios límites, que son los de la tolerancia para los disidentes. ¿Es suficiente? Esta sería soportable cuando junto a una aplastante mayoría de cristianos coexistan una exigua minoría de increyentes. No es éste el caso, ya que en nuestro país conviven masas religiosas y no religiosas y lo que se quiere resolver es el problema de su convivencia e incluso el de su colaboración, para lo que no basta la tolerancia que supone la superioridad de las unas sobre las otras y en resumidas cuentas una especie de absolutismo ilustrado que iría provocando en los tolerados un resentimiento peligroso. La mera tolerancia pudiera ser a la larga uno de los elementos fomentadores del espíritu de guerra civil. Su solución está en la libertad para practicar un culto o para no practicar ninguno con igualdad de derechos, en la necesidad de aceptar el respeto mutuo al mismo nivel, lo que impediría que las creencias religiosas impregnasen totalitariamente todos los sectores de la vida nacional, con lo que sería factible una colaboración fructífera en las cuestiones no sagradas, políticas, y económicas. Junto al problema de la religión como creencia está el de la Iglesia como Institución cuya inserción en la vida nacional de forma aceptable para todos los españoles tiene dos aspectos; el primero, es el de su autorenuncia al dominio total o a la orientación de todos los problemas nacionales mediante la coacción moral de los fieles, con lo que ganaría en prestigio y consideración ante la totalidad de los españoles y evitaría esos terribles sobresaltos anticlericales con los que el pueblo responde a su actuación a menudo intransigente. El segundo, el de sus relaciones con el Estado. De todo lo dicho anteriormente se desprende la necesidad de la separación, de la que sólo, en la opinión de muchos sacerdotes, puede obtener ventajas al colocarla al margen de las pasiones partidistas. Ahora bien, el Estado, por su parte, debe considerar que la Iglesia satisface las necesidades espirituales de amplias masas y por lo tanto tiene la obligación de subvencionar las necesidades del culto. No hacerlo fue el gran error de la política religiosa de la República.

2. «Pertenecen también a la esencia de España ejemplar a modo de supuestos su Unidad y su Libertad política y económica, y en tanto notas definitorias de su realidad, un efectivo respeto a la dignidad de la persona humana y una atención exquisita y siempre vigilante a la justicia social.»

Laín escribe en 1948 cuando a su alrededor todo está en flagrante contradicción con lo que se propone. ¿Y la Unidad? Ni siquiera la Unidad, ya que se impone a las naciones peninsulares un centralismo absurdo en el que la coacción ocupa el vacío del consentimiento. Frente a él Laín y Dionisio Ridruejo, leales captadores del problema, reivindicaron entre los años 50 al 54 la autonomía cultural para Cataluña, el permiso de editar periódicos y otras publicaciones en lengua catalana, reconociendo que la Unidad debiera basarse sobre la diversidad, [74] aún sin llegar al reconocimiento del hecho nacional. Unidad libremente consentida a partir de la Diversidad comúnmente aceptada, nosotros pensamos que el reconocimiento de las personalidades peninsulares por los unos, y el de una comunidad española entre las distintas nacionalidades por los otros, constituiría el más acertado punto de partida para la solución del problema. Sobre las otras necesidades ya el hecho de apuntarlas evidencia el sentimiento de su carencia. ¿Cómo colmar tan acuciante vacío? ¿A qué fuerzas recurrir? A nuestros requerimientos responde por el silencio. ¿Por qué este silencio?

3. «Contribuyen por fin a la definición de esa íntima esencia de España –concebida, lo repito, como unidad dinámica, operativa y admisible, no como entidad real, al modo casticista– unos cuantos hábitos que llamaré esenciales: el idioma y muy pocos más». Lo que sean esos «pocos» nos quedamos sin saberlo. Sin embargo la esencialidad de la lengua castellana está íntimamente ligada a la cuestión de las nacionalidades y aunque es cierto que la mayoría de los españoles la hablan y a través suyo se ha expresado la casi totalidad de nuestra cultura –no olvidemos sin embargo la importancia de la Renaixença catalana– su solución debe enmarcarse en el de aquéllas.

Las necesidades IV, V y VI son pura retórica: «Necesidad de ser fieles a muerte a lo esencial, a cambio de ser irónicos frente a lo accesorio». «Necesidad de ser originales a la expresión de lo permanente y en la sucesiva sustitución de lo mudadizo». «Necesidad de hacer sugestiva y difusa  –en una palabra efectivamente ejemplar– la propia originalidad».

No comprendemos lo que quiere decir con esto. Suponemos que se trata de una determinada ética con la que Laín afronta los problemas, pero no vemos por ninguna parte cómo se pueden vincular tales cualidades a la solución de los españoles; lo importante es ponernos de acuerdo con honradez sobre las cuestiones concretas. No podemos ser jueces de las actitudes morales de nuestros conciudadanos, no se puede definir al pueblo por una ética.

VII. «Necesidad de vivir instalados en la historia universal. Los «nietos del 98» odiamos el casticismo nacionalista. Dos tiempos tiene la vida de un hombre o de un pueblo en la historia universal: el primero consiste en recibir, el segundo en responder. Nuestro modo de entender la historia de España exige un espíritu abierto al mundo –como el de Garcilaso, como el de Suárez– y dispuesto a devolver al mundo elaborados en una respuesta ejemplar, los estímulos más definidores de cada instante. La permanente abertura del espíritu al mundo, es uno de nuestros postulados fundamentales; sin ella nos ahogamos, dejamos de ser.» Laín quiere escapar a la estrecha ideología tradicionalista y escolástica que oprime la vida cultural del país; la abertura a los aires de fuera significa la entrada en España de las corrientes ideológicas vigentes en el mundo. ¿Sin limitación o sometidas a cierto control? Las últimas opciones de Laín nos hace adivinar que para él el ámbito de la discusión debe ser total y sin exclusiones.

Quererlo así es la única vía de nuestro renacimiento cultural. Propugnamos la lucha ideológica con todas las consecuencias, lo que quiere decir que en ésta se demostrará la superioridad de una filosofía sobre las otras, pero que las posibilidades desde la partida no serán coartadas a ninguna y que la superioridad cultural no puede convertirse en dogmatismo impuesto, ni en inquisición deformadora. [75]

He aquí las siete necesidades españolas que el antiguo rector sugiere, las siete categorías de problemas que levanta, pero tras haberlos perfilado con agudeza silencia las respuestas adecuadas. Antes hemos hablado de silencio, de un silencio que hasta parece escalofriante ante la magnitud de lo planteado, ¿por qué este silencio? Ahondando en sus escritos nos percatamos que es el pesimismo quien lo dicta, que en la raíz de toda su meditación yace un no por informulado menos trágico pesimismo. Laín ha observado los fracasos consecutivos de la burguesía y ante ella su actitud es la del hombre que desconfía de su oportunidad histórica, pero asimismo, cerrado su horizonte ideológico por los límites de su clase, desconoce las posibilidades creadoras del pueblo.

A horcajadas de dos momentos de España, sobresaltado por el dolor del presente, lanza su hiriente, angustiada interrogación: «En el seno de este aquí y ese ahora, bajo la mirada fría de las estrellas –¿serán los ojos del Señor en vela, ojos escudriñando las tinieblas y contando los mundos de su rebaño? preguntaba Unamuno–, un hombre que habla castellano quiere vivir. Este es el hombre que os habla. ¿Para qué?» Y como volviéndose al mundo sólo ve tristeza y estériles esfuerzos por evitarla, propone un retorno al «angosto seno de nuestra intimidad». Ocho años después se atreverá a salir nuevamente a la plaza pública e intentará elaborar otras respuestas más positivas aunque siempre impregnadas de melancolía; no sabemos si lo logrará pero esto es ya historia futura y a ella debemos remitirnos.

 

Sin embargo, nosotros no podemos contentarnos con esperar porque tenemos confianza en ese futuro, porque es nuestra historia reciente quien nos da las razones de esta confianza, porque tenemos ojos para ver la pericia revolucionaria y transformadora de la clase obrera y porque su acción nos dice que:

a) la persistencia de las estructuras agrarias semifeudales y de sus secuelas políticas dictatoriales han demostrado harto elocuentemente la incapacidad de la burguesía cuando no su traición a su misión histórica. Pero esto, la revolución democrática, sin la que es imposible pasar a un régimen socialista en que desaparezca la explotación del hombre por el hombre, será dirigida por el proletariado, clase nueva, vigorosa, creadora de todos los bienes de que la sociedad disfruta y continuadora de las espléndidas virtualidades de nuestro pueblo, de quien el mismo Ortega tenía que reconocer: «aquí lo ha hecho todo el pueblo y lo que el pueblo no ha podido hacer se ha quedado sin hacer».

b) Porque la disyuntiva entre unos tradicionalistas que no saben ser modernos y unos progresistas que se vuelven de espaldas a la tradición ha quedado superada por la aparición del proletariado. A mediados del siglo XX no es la oposición más importante la que Laín escruta entre las ideologías feudal y burguesa abstraídas de las circunstancias sociales en las que nacieron. [76]

El proletariado la resuelve vinculándolas a sus concretas situaciones históricas y justificándolas en ellas y sólo en ellas, de las que son formulación. Por otra parte, continuador de la historia de España, integra en el acervo cultural del presente las mejores realizaciones que los hombres que nos precedieron han conseguido a través de los tiempos. Y en este acervo bien definida su peculiaridad histórica, bien perfilado su carácter instrumental, su utilidad, su moralidad, están el agreste Cantar del Mío Cid, la poesía popular y serrana del Arcipreste, el amor a los oprimidos del Padre Las Casas, el genio humanísimo de Cervantes, la gallarda desenvoltura de Lope, las inquietudes alborales de Cadalso y Jovellanos, el patriotismo de los legisladores gaditanos, el futurismo esperanzador de nuestros progresistas, el sentido comprensivo de Giner, la crítica ilusionada de los del 98, la ejemplaridad educadora de Pablo Iglesias y el marxismo español de nuestros días y de nuestro quehacer, que como una luz desvela todo lo anterior, ilumina la historia, recorta su significación y esclarece la espléndida tradición civilizadora de nuestra patria, incorporándosela.

Volvamos al pesimismo de Laín. Hemos visto que a pesar de sus nuevas posiciones liberales persiste el pesimismo y hasta hemos insinuado la sospecha de que es precisamente el liberalismo quien provoca esta tonalidad ética, porque el liberalismo es hoy la especie noble del pesimismo histórico, no en cuanto a la certidumbre de derrotar a la Dictadura sino respecto a la posibilidad posterior de un período liberal estable. (Al contrario el fascismo es la especie criminal del pesimismo histórico en el que las clases que se sienten condenadas intentan prolongar su agonía por medio de un nihilismo terrorista encubierto por una mitología «heroica», que ahoga toda posibilidad de vida que no sea la suya. Cuando se trata de naciones expansionistas termina fatalmente en la guerra total).

 

Hemos seguido a Pedro Laín Entralgo por el periplo que a partir del siglo XIX él mismo se trazó para arribar a las costas de España. Fondeamos en calas conocidas pero hemos explorado otras, visibles a la luz del sol, pero a las que una niebla rodeaba; nuestra pericia era mucho menor, pero las cartas de marear más perfectas, y ahora al término del viaje surge de nuevo, buida, la interrogación por el hombre, mas ahora tenemos más elementos de juicio, y entre ellos debemos contar las opiniones de los que todavía se declaran insertos en el Movimiento y que aún no hace mucho tiempo tenían a Laín por el intelectual nº 1 del Régimen.

Los ataques que se prodigan contra él, contra Dionisio Ridruejo, contra José Luis L. Aranguren –fino filósofo católico– y otros intelectuales que cada día tomaban posiciones más liberales, se iniciaron en septiembre de 1953 por Calvo Serer teórico de los monárquicos absolutistas en un artículo publicado en «Ecrits de Paris» y ampliamente difundido en Madrid; siguieron en el libro de [77] Calvo: «España sin problema» –réplica al «España como problema»– y continúan desde hace mas de un año en la revista «Punta Europa» editada por el Opus Dei. Se les acusa de heterodoxia en lo religioso y de derrotismo en lo político al preconizar el fin de la división que trajo la guerra civil y la igualdad de derechos entre los vencedores y los vencidos de 1939. Incluso alguien que hasta los sucesos de febrero de 1956 parecía hacer causa común con ellos, el escritor falangista Juan Fernández Figueroa, director de «Índice» ha escrito últimamente de Laín y Aranguren: «Un intelectual verdadero no da por moderno algo que es antigualla, que se ha usado y resobado como un traje viejo, por cuyos rotos asoman siempre las mismas carnes desnudas, los errores inevitados de hace veinte, cincuenta años». Y naturalmente, esos trapos viejos que los llamados tan duramente al orden se empeñan en airear son los de las libertades ciudadanas, la creencia de que ningún español puede ser privado de sus derechos o encarcelado por disentir de los actuales detentadores del Poder y de actuación antinacional, la convicción de que la posesión de unas ideas sobre la vida económica, política y cultural de su propio país y la posibilidad de expresarlas es algo natural y justo.

En estos momentos de liquidación del franquismo, cuando todas las fuerzas en las que el patriotismo supera a intereses parciales y a pasados compromisos buscan una plataforma de unidad para reconquistar la dignidad española, debemos saludar con alegría los esfuerzos de unos hombres, que intentan hallar con pasión crítica el recio camino de España.

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Pedro Laín Entralgo
Nuestras Ideas
1950-1959
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