| Proyecto Filosofía en español Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764 |
Teatro crítico universal /
Tomo octavo
Discurso X
Paradojas médicas
1. En los Discursos V, y VI del Tomo I, en el cuarto del VI, y en otras partes, hemos propuesto varias Máximas Médicas, a quienes, por ser contra la común opinión, se puede dar el nombre de Paradojas. Pero han restado muchas, de las cuales unas fueron fruto de nuevas reflexiones, otras no tuvieron cabimiento en los lugares señalados: por lo cual las agregaremos en este Discurso: con advertencia de que en la mayor parte de ellos no proponemos nuestro dictamen como cierto, sí sólo como probable. Los Profesores de espíritu libre, y desembarazado de preocupaciones, podrán examinar, que ascenso merezcan. Del Vulgo de Médicos Gregarios, y Cartapacistas no nos da cuidado el que sientan esto, o aquello. Especialmente, así en este asunto, como en todos los demás pertenecientes a la Facultad Médica, veneraré el juicio de los dos Congresos sapientísimos de España, la Academia Regia Matritense, y la Regia sociedad de Sevilla. Advierto, que Miguel Luis Sinapio, Médico Húngaro, compuso un libro debajo del mismo título, que doy a este Discurso: Paradoja Médica. No juzgue el Lector, que porque convenimos en el título, es una misma la doctrina. Este Autor es un Declamador [234] vano, de mucha charlatanería y poca solidez; y sólo en lo que ha copiado de otros habla con algún fundamento.
Paradoja primera
No hay curaciones radicales
2. La promesa de curas radicales, que no pocas veces andan en la boca de los Médicos, es una magnificencia afectada del Arte, una fanfarronada de la Medicina. Muchas veces vi prometerlas; ninguna ejecutarlas. Supongo, que cura radical se dice respectivamente a los achaques, que llamamos habituales, cuyo carácter distintivo de los actuales es afligir en distintos periodos al sujeto, dejándole libre en intervalos considerables de tiempo. Digo en intervalos considerables, por no incluir en la línea de achaques habituales una terciana, o una cuartana, que sólo dejan aliviado al paciente uno, o dos días.
3. Achaque habitual es, pongo por ejemplo, un dolor de muelas, que de tiempo a tiempo repite, como dos, o tres veces al año. Será cura actual del dolor aquélla, que aplicada, o repetida en cada determinado insulto, quite, o mitigue el dolor; y cura radical, la que usada sólo una vez, de tal modo estirpe aquella habitual disposición del sujeto para el dolor de muelas, que éste no le repita Jamás: porque esto es propiamente quitar la raíz de la dolencia, de donde viene la denominación de cura radical.
4. Este género de curación es el que jamás he visto. No negaré su posibilidad, pero sí su existencia, salvo que tal vez se logre por mera casualidad. La razón es porque para conseguir de intento cura radical, son menester dos cosas; la primera, que el Médico conozca determinada, y específicamente la raíz del mal; la segunda [235], que conocida ésta, sepa, qué instrumento es apto para arrancarla. Pienso que nunca llega el caso de que el Médico conozca, ni lo uno ni lo otro. No lo primero, porque la raíz del mal es aquella íntima disposición del sujeto, para que en él se produzca la causa de la dolencia; y esta íntima disposición enteramente huye la penetración del Médico.
5. Para que nos entendamos, pongamos ejemplo en la pasión habitual de vahidos de cabeza. Pregúntole al Médico, que quiere curarla radicalmente, ¿cuál es la raíz de este achaque? Tan lejos está el pobre de conocerla, que aún de la causa próxima está dudoso: lo que se hace evidente de la variedad de sentencias, que hay en esta materia. Doy, que la causa sean vapores, que de ésta, o aquélla parte, de tales, o tales humores, ascienden al cerebro. Pregunto más: ¿Por qué esos humores se engendran en Juan, y no en Pedro? O si se engendran, ¿por qué no despiden los mismos vapores al cerebro? O si los despiden, ¿por qué no producen el mismo efecto? Para responder, es preciso recurrir a una disposición, que hay en Juan, y no en Pedro; pero disposición oculta, de quien se ignora, no sólo la especie, o esencia física, mas aún el nombre. Esta es la causa radical: luego el Médico la ignora.
6. Pero démosla conocida ¿sabrá curarla? Digo, que no. Si acaso esa disposición es particular organización, o conformación del cerebro, ¿qué remedio? Si es la anchura de los conductos, por donde los vapores suben al cerebro, ¿cómo se estrecharán? Si es la nativa textura, o particular mixtión de los humores, de que se compone la sangre, ¿qué haremos? Mas no apuremos tanto. Demos por ahora salvo conducto a la vulgaridad Galénica de las intemperies, y consintamos en que se acuse, como autora del mal, la intemperie cálida, o fría de ésta, o aquella entraña. ¿Cómo curará el Médico esta intemperie? Esto es; ¿cómo templará el calor, v. gr. de alguna entraña, de modo que quede templada para siempre? [236] Pues esto es menester para curar radicalmente la intemperie. Yo bien sé cómo he de refrescar a un hombre, que está caliente, o cómo he de calentar a uno, que está frío. Pero el modo de refrescarle, de suerte, que después siempre se conserve fresco, o calentarle de suerte, que siempre se conserve después caliente, totalmente lo ignoro.
7. Responderáseme acaso, que la conservación se puede lograr con el beneficio de un régimen conveniente. Pero repongo lo primero, que he visto mil veces al enfermo habitual observar exactamente el régimen prescrito por el Médico, sin que por esto dejase de serlo. Repongo lo segundo, que aún dado el caso de que el régimen prohiba toda recaída, si es menester para esto continuar siempre el régimen (como sin duda afirman los Médicos) eso mismo prueba evidentemente, que no hay cura radical, o que nunca se quita la raíz: pues quitada ésta, no es menester método particular de vida para librarse de la pasión. Infinitos no padecen ese achaque sin observar el régimen, que prescribe el Médico; y no por otra cosa no padecen el achaque, sino porque carecen de la raíz del achaque: luego si aquel que le padece le quitase el Médico la raíz, sin método particular quedaría indemne para siempre. Repongo lo tercero: si el régimen es, como parece debe ser, contrariamente opuesto a la intemperie, que se quiere remediar, y el régimen se debe siempre mantener, se infiere con evidencia, que la raíz enemiga siempre subsiste; porque extirpada ésta, ocioso es el uso del contrario: así como, muerto el enemigo, ocioso es estar contra él con las armas en la mano. [237]
Paradoja II
Si la Gota es incurable, todas las fluxiones reumáticas lo son
8. El origen de la Gota está en la sangre. Lo que fluye a las articulaciones, y causa los dolores podágricos, es un humor acre, llámese suero, o llámese lympha, o jugo nutricio viciado, que existe en la masa sanguinaria; y desprendiéndose de ella a tiempos, va a ejercer su tiranía en las junturas de manos, o pies. Este humor excrementicio de la sangre, dicen, proviene de las malas cocciones. Es fijo, que el que tuviese un arcano eficaz para purificar la masa sanguinaria, de modo que jamás contrajese este vicio, o bien rectificando las cocciones, o contemperando aquel humor acre, que resulta de ellas, curaría la Gota. Y no por otra causa la Gota es incurable, sino porque no se ha descubierto remedio para librar la masa sanguinaria de aquel vicio.
9. Pues ve aquí, que en toda la fluxión reumática habitual hallamos la misma dificultad. El mismo origen tienen éstas que la Gota, y del mismo modo acusan en ellas los Médicos las viciosas cocciones. Toda la diferencia está en la parte afecta. Para curarlas es menester preservar la sangre de aquel humor vicioso, sea el que se fuere, que desciende de ella en las fluxiones a ésta, o aquella parte. No habiendo remedio para esto, no le hay para curar las fluxiones. Y si le hay para curar las fluxiones, le hay para la Gota; porque siendo uno mismo el principio, es preciso sirva el mismo remedio.
10. En efecto, hasta ahora no he visto hombre acosado de fluxiones reumáticas, que sanase jamás. Lo que sí he visto muchas veces, es mudar de término, o parte afecta: lo que en la gota con emplastos repelentes se puede también conseguir pero se abstienen de ellos los [238] Médicos por el riesgo de que el humor, retrocediendo, se encamine a parte donde haga mayor daño; lo que yo tal vez vi suceder por la imprudencia de un Médico. Aún sin solicitarlo con remedios, se muda a veces la fluxión de las articulaciones a otras partes, o de otras partes a las articulaciones.
11. De esto tengo en mí mismo una insigne experiencia. El Invierno que comprendió los últimos meses del año de 12, y primeros del año de 13, padecí muchos, y a veces vivos dolores en las articulaciones de los pies. Nunca antes los había padecido en dichas partes; y pasado aquel Invierno, por muchos años, y aún puedo decir, que hasta ahora no experimenté tal cosa; exceptuando, que de algunos a esta parte siento tal vez unas punzadas transitorias, que duran no más que un momento en las mismas articulaciones. La causa verisímil de los dolores de Gota, que padecí aquel Invierno, fue haber hecho en el Estío, y Otoño antecedentes muchos paseos violentos a pie, de modo, que las más tardes caminaba, ya legua y media, ya dos, a paso muy acelerado. Es natural pensar, que el violento, y repetido ejercicio del paseo, laxando los ligamentos de las articulaciones, las dejasen dispuestas a recibir el humor fluyente, cuya introducción resistirían, estando más apretados.
12. Esta misma experiencia me certificó más, de que un mismo humor es el que fluyendo a las articulaciones, constituye la Gota, y fluyendo a otras partes, obtiene el nombre de fluxión reumática. En aquel Invierno no padecí las ordinarias fluxiones al pecho, y a otras partes de que frecuentemente soy infestado. ¿Qué se puede discurrir, sino que el humor mismo, que ordinariamente fluye a otras partes, se determinó entonces a las articulaciones de los pies por la falta de resistencia, o por la debilidad de ellas, causada del mucho, y violento ejercicio? De aquí se confirma más nuestra Paradoja; pues siendo el mismo humor, si hay medicina para disipar, o [239] para impedir la generación del que ocasiona las demás fluxiones reumáticas, esa misma, disipando ese humor, o impidiendo su generación, curará la gota; y si la cura de ésta hasta ahora no se ha hallado, tampoco de aquéllas.
13. Estoy presintiendo la acusación, que muchos me pondrán, del desconsuelo, que con esta paradoja, y la antecedente ocasiono a todos los enfermos habituales, desesperándolos del remedio. Pero de esta acusación tengo mucho que defenderme. Lo primero digo, que antes los achacosos habituales me deben estar agradecidos, porque les ahorro mucho dinero, y mucha molestia, excusándolos de la compra, y uso de remedios inútiles. Lo segundo, que no represento imposible, o quimérica la curación radical de las enfermedades habituales; sólo siento, que hasta ahora no se ha descubierto. Lo tercero, que, aunque no haya cura radical, probablemente se puede lograr un equivalente de ella en la continua aplicación de algún remedio, que prohiba todos los insultos.
14. Realmente parece, que la proporción pide para achaques habituales remedios habituales; y acaso, si los Médicos hubiesen dado en esta máxima, mucho tiempo ha hubieran hallado remedio para la Gota. Pero pienso, que a Médicos, y enfermos les sucede en la solicitud de la curación lo que a los Alquimistas en la pretensión de la riqueza. Muchos de los que siguen la vana esperanza de la Piedra Filosofal, aplicando continuamente su industria, y trabajo a otros medios, pudieran hacerse ricos; pero, por buscar un breve trabajo para serlo, nunca llega el caso de que lo sean. Así los enfermos, que sujetándose a la molestia de un remedio continuado, acaso lograrían la salud, por querer curarse de golpe, o por el atajo con una medicina de pocos días, nunca se curan.
15. Favorece mi opinión una Observación de Sidenhan. El uso de la leche para la curación de la Gota ha sido muy proclamado. A unos aprovechó, a otros no. Sidenhan, haciendo reflexión sobre esta desigualdad, da [240] por regla inviolable, que el que se quiera sujetar a esta dieta, ha de hacer resolución fija de observarla toda la vida. Esto propiamente es oponer a achaque habitual remedio habitual. Todo lo demás es andar por las ramas.
16. Un remedio nuevo, o por lo menos nada vulgarizado, pondré aquí contra la Gota, en quien fundo no poca confianza. Leíle en las Memorias de Trevoux del año de 1718, tom. 2 pag. 156, como una de las observaciones contenidas en las Efemérides de la Academia Cesarea Leopoldina. El remedio es lavar los pies todos los días, teniéndolos una hora en agua tibia. Cítase la experiencia de un Caballero Alemán, que con este continuado uso no fue más molestado de la Gota. Yo añado para confirmación de lo que oí a un Caballero muy fidedigno, del Almirante Inglés Wager, bien nombrado en España. Éste, a los cuarenta años de edad, se hallaba ya muy molestado de la Gota, y a riesgo de verse muy presto también totalmente impedido. Tomó el arbitrio (no sé por consejo de quien) de tomar baños de agua tibia cada tercer día, lo que continuó toda su vida. El efecto fue librarse enteramente de la Gota, de modo, que en la edad septuagenaria se conservaba perfectamente sano, y con el manejo de todos sus miembros muy expedito. Advierto, que el baño del Almirante no era limitado a los pies y piernas, sino general de todo el cuerpo. Este remedio, si es eficaz para la Gota, lo será también, por lo que hamos dicho, para toda fluxión reumática, si es que todas (como yo pienso) penden de humores acres, salinos, o ardientes.
Paradoja III
Consultas a Médicos ausentes, casi todas inútiles
17. Muévenme a afirmarla varias razones. La primera, porque rarísima vez el Médico consultado forma el mismo juicio en virtud de la Consulta, que [241] hiciera visitando al enfermo. Esto he observado muchas veces en Médicos, que después de noticiados de la enfermedad por oídas, pasaron a ver al enfermo. Y de mí puedo asegurar, que habiendo ido a ver a muchísimos enfermos, de cuyo estadio se me había hecho relación, varié, o en todo, o en parte, el concepto que había hecho por la antecedente noticia.
18. La segunda, porque es rarísimo el caso, en que el que forma la Consulta observe todo lo que debe observar. Hay mil cosas que notar en un enfermo, como saben los Médicos doctos, y entre ellas no pocas, que a los menos reflexivos parecen de ninguna consideración, siendo en realidad de mucha monta. Un Médico indocto, un mal Cirujano, que hacen la Consulta no notan, mas que algunas generalidades: el pulso, la orina, si come, si duerme, si duele la cabeza, &c. Con una relación tan diminuta no puede hacerse debido concepto de la enfermedad. Véase esto claramente en las visitas de los Médicos sabios, y atentos a su obligación; a los cuales, después que el enfermo, los asistentes, el Cirujano, y aún el Médico cotidiano, si le hay, dieron su informe, le restan muchas cosas que notar, y muchas preguntas, y repreguntas que hacer.
19. La tercera, porque aún las mismas cosas, de que informan los sentidos, no a todos se representan de un mismo modo: lo que a cada paso se experimenta. De dos que han visto al enfermo, uno dice, que estaba muy extenuado; otro, que no: uno, que la lengua estaba muy encendida; otro, que no tanto: y así de los demás. En tanto grado es cierto esto, que si son siete, u ocho los que vieron al enfermo, apenas sucederá jamás, que estén en todo acordes: lo que proviene ya de la mayor, o menor atención, ya de la más, o menos clara perspicacia del sentido común.
20. La cuarta razón procede sólo en orden a las enfermedades agudas. En estas de hora a hora suele variarse el dictamen del Médico; porque ya se agravan, ya se [242] minoran los síntomas, ya desaparecen unos, ya aparecen otros. ¿De qué servirá, pues, en tales casos consultar a un Médico, que dista seis, u ocho leguas del enfermo? Llegará la receta, cuando ya acaso, no sólo sea inútil sino nociva.
Paradoja IV
Es error insigne procurar la curación de toda fiebre
21. Los Médicos vulgares (se ha de entender, que regularmente sólo con éstos hablo) miran siempre a la fiebre como un enemigo, con quien no sólo jamás es lícito hacer paces, mas ni aún pactar treguas. Así, luego que conocen febricitante al enfermo, para quien son llamados, todas sus ideas se dirigen a combatir aquel enemigo. ¡O, cuantos estragos ocasiona este error! No digo en esto cosa que no hayan advertido antes que yo algunos Médicos. Ya Hipócrates dejó notado en varios lugares, que diferentes enfermedades, o incurables, o de difícil curación, como Epilepsia, Apoplejía, Convulsión, Tetano, Afonía, dolores de Hipocondrios, se curan sobreviniendo fiebre.
22. No sólo la fiebre en muchos casos no se debe impedir, mas en varios casos se debe solicitar. Famosa es la sentencia de Celso: Quos ratio non iuvat, temeritas sanat, cum circunspecti hominis sit quandoque ferem accendere. Y me acuerdo de haber leído, que Hipócrates, y Galeno dictan, que en los afectos de cabeza, y de los nervios, con torpeza, y dificultad del movimiento, conviene excitar fiebre. Yo dijera, que son muchos más los casos en que se debe excitar, porque son muchos más los casos en que es utilísima, si es verdadero el Aforismo de Sydenhan, como para mí sin duda lo es: Febris est instrumentum naturae, quo partes impuras a puris secernat {(a): Pag. mihi 35.}. Y del mismo sentir es el insigne Etmulero [243] in Tentam. Urumant. §. 22. Naturae ergo, dice, opus est omnis febris ad totius animalis aeconomiae integritatem restaurandam per coctionis beneficium institutum. Son innumerables los casos en que la fiebre es convenientísima. Así aquel celebrado práctico en muchas partes enseña, que se debe promover la fermentación, encendiendo más la fiebre, cuando está muy remisa, y sólo se ha de procurar reprimir, cuando arde muy furiosa.
23. Una reflexión me persuade eficazmente, que las fiebres son por la mayor parte benéficas; y es, que, permitiéndolas seguir su curso, hasta que espontáneamente se disipan, dejan al sujeto, no sólo en igual, sino en mejor disposición, que la que gozaba antes de la fiebre: más alegre el ánimo, más expedito el discurso, más vivo el apetito, más tranquilo el sueño. Esta es prueba evidente de que no hizo daño al sujeto, antes provecho; y por consiguiente, bien lejos de ser nociva, fue benéfica. Todo enemigo, al retirarse del territorio, donde entró a ejercer su saña, deja las cosas en peor estado que las halló. ¿Si la fiebre las deja mejoradas, no es delirio imaginarla enemigo, y tratarla como tal?
24. El mismo Sydenhan compara la fermentación, que mediante la fiebre se hace en la sangre, a la que tienen el vino, y la cerveza en el tonel: y dice, que ni más ni menos que estos licores, se purifican, y mejoran con la fermentación; como al contrario, si se suspende la fermentación abriendo el tonel, se destruyen. Así la sangre se purifica con la fermentación febril; y suspendida ésta con la sangría, o con otro remedio intempestivo, se vicia, y empeora.
25. Bien considerado todo esto, ¿quién no detestará la imprudencia, o ignorancia de aquellos Médicos, que contra toda fiebre tocan al arma, y con todas sus fuerzas se aplican a la expulsión de ella, como de un huésped alevoso, que sólo intenta la ruina del domicilio, donde se aloja? ¡O cuántos males, o cuántos homicidios ocasiona este bárbaro procedimiento! Aquellos [244] viciosos humores, que mediante la fermentación febril se habían de segregar de la sangre, detenidos en ella por la intempestiva suspensión de la fiebre, adquieren mayor acrimonia, más alto grado de malignidad, con que después ponen al enfermo en mayor peligro. Acaso de este error proceden las más de las recaídas; y verisímilmente la razón principal, porque las recaídas son más peligrosas, que las caídas, es la señalada, de que los humores viciosos detenidos adquieren mayor malignidad; aunque también es causa coadyuvante la debilidad, que halla en el sujeto la recaída.
26. Yo protesto, que a muchos febricitantes disuadí, ya de la sangría, ya de otros remedios, que los Médicos prescribían, sin que jamás, ni ellos, ni yo tuviésemos motivo para arrepentirnos. Debe suponerse, que esto sólo lo hacía en los casos, en que claramente conocía ser la fiebre benigna; pues cuando la conozco maligna, o dudo si lo es, jamás me entrometo en estorbar la acción del Médico, sí sólo en proponerle a éste lo que me parezca más probable; y es, que se espere hasta descubrir camino. Es el caso, que aún en las fiebres, que llaman malignas, es verisímil, que no se debe acusar la fiebre, sin la causa de ella. Acaso el destino natural de toda fiebre sólo es expurgar la sangre; pero a veces sucederá, que encendiéndose demasiado, por el continuado intenso influjo de la causa morbífica, disipe todo lo espiritoso, que hay en ella, en cuyo caso acarreará la muerte, si a tiempo no se mitiga. [245]
Paradoja V
La Dieta, y curación precautoria de los convalecientes, superfluas
27. Para que no nos equivoquemos, se debe advertir, que la Paradoja procede de Convalecientes, que verdaderamente lo son, y tienen legítimas señas de tales. Yerran torpísimamente en esta materia, no sólo los asistentes, mas también frecuentemente los Médicos. En viendo cesar la calentura, y el dolor de cabeza, u otro cualquiera que acompañase la fiebre, declaran la enfermedad totalmente vencida, y al enfermo en estado de convalecencia. Sucédeles lo mismo que a los Capitanes ignorantes, o inexpertos, que en el desembarazo de un combate, no distinguen entre los que es huir vencido el enemigo, o retirarse cautelosamente a una emboscada. Es así, que muchas veces la que se juzga convalecencia, no es más que un disimulo alevoso, una retirada sagaz, una suspensión traidora de los combates de la enfermedad, para salir después, como de una emboscada, a descargar con más furia sobre el pobre paciente. Aunque esto puede provenir de diferentes causas, ninguna, a mi parecer, más ordinaria, que el error del Médico, que con intempestivos remedios suspendió la fermentación, cortando la fiebre; porque los humores depravados, cuyo movimiento se interrumpió, adquiriendo con la detención, como se dijo arriba, más alto grado de acrimonia, vuelven a suscitar después más intensa, y maligna fiebre, que, cayendo sobre unas fuerzas postradas, no es mucho ocasione el último estrago.
28. Esta falta de discernimiento entre la convalecencia verdadera, y aparente, fue quien introdujo la escrupulosa observancia, con que se procede en orden a los [246] convalecientes. La práctica común es purgarlos, para extirpar, dicen, las reliquias de la enfermedad: ministrarles aquellos alimentos, que se juzgan más propios de enfermos, que de sanos; y aunque estén rabiando de hambre, cercenarles cuanto pueden la cantidad. Digo, que en la convalecencia verdadera todo ese cuidado es superfluo, y el convaleciente sin esas precauciones proseguirá en su mejoría, hasta lograr perfecta robustez. Pero antes de pasar adelante, es preciso señalar el distintivo, o distintivos característicos entre la convalecencia verdadera, y aparente.
29. Las señales seguras de convalecencia verdadera, aunque acaso se pudieran observar algunas más, se pueden reducir a tres: apetito vivo de la comida, ánimo alegre, y continuado aumento de fuerzas. Resueltamente afirmo; que en el convaleciente, en quien se notaren estas circunstancias, no hay que temer recaída. Si alguno me dijere, que la vio en uno, u otro sujeto dotado de esas circunstancias, permitiéndole que no suponga una experiencia que no tiene, por mantener su tesón a costa de la verdad, lo que a cada paso sucede; le responderé, que esa no fue recaída, sino nueva, y distinta enfermedad, inducida, o por alguna causa externa muy poderosa, o por algún exceso insigne. Supongo, que un convaleciente es capaz de enfermar de nuevo por cualquiera de aquellas causas, por las cuales enferma un hombre, que se hallaba muy sano, y robusto. ¿Pero esta será recaída? De ningún modo: porque la recaída es una repetición de la enfermedad antecedente, ocasionada de la misma causa morbífica, que en todo, o en parte quedó contenida en el sujeto.
30. La carencia de las tres señales, que hemos notado de convalecencia verdadera, es la seña legítima, y segura de la que es puramente imaginaria. Por más que se haya ausentado la fiebre, y el dolor de cabeza, u otro cualquiera, que acompañase la fiebre, si el apetito está descaído, el sujeto melancólico, y las fuerzas [247] no se van recobrando continuadamente, no hay que imaginar convalecencia verdadera. O el enfermo recaerá, o padecerá aún por muchos días un género de indisposición, y languidez, entre tanto que la materia morbífica (que quedó dentro) se vaya digiriendo poco a poco.
31. Puede servir de aditamento a las señales, que notamos, la observación del semblante, y los ojos. El color del rostro, aunque descaído, pero limpio, y claro: el modo de mirar, aunque no vigoroso, pero alegre, y dulce, son buenos testigos de que la convalecencia es verdadera. Pero la observación de estas señas pide genio en el observador, y cierta especie de tino mental, faltando el cual, por más que se le instruya, está a peligro de errar. Como al contrario, el que le tuviere, por la mera contemplación de los ojos regularmente acertará en el pronóstico, no sólo en el estado de convalecencia, mas aún en el de la enfermedad.
32. Suponiendo, pues, que por las señas propuestas se conozca, que la convalecencia del enfermo es verdadera, digo, que es ociosa la purga, y otra cualquiera curación precautoria, como también estrecharle mucho en la dieta. Dicen, que la purga es conveniente, para exterminar las reliquias de la enfermedad. Pero lo primero replico, que en la convalecencia verdadera no hay tales reliquias; si las hubiese, habría también los efectos de ellas: por lo menos el apetito sería algo diminuto, comparado con el que hay en tiempo de sanidad; y bien lejos de eso, es más vivo. Esta imaginación de reliquias provino de no distinguir la convalecencia verdadera de la aparente. Como en ésta suceden las recaídas, y éstas se juzgan provenir de reliquias de la primera enfermedad, en el dejo de toda enfermedad concibieron reliquias remanentes. Replico lo segundo, que aunque hubiese tales reliquias, sería excusada la purga. Si la naturaleza fatigada de dolores, pervigilios, angustias, tuvo vigor bastante para vencer, y ahuyentar el grueso, [248], digámoslo así, del enemigo, ahora que está más despejada, y animosa, ¿no tendrá sobradas fuerzas para expeler unos míseros dejos del contrario? Replico lo tercero: O ese poco humor vicioso está incocto, o cocido; si incocto, no se debe purgar, según el Aforismo Hipocrático: Concocta medicari oportet, non cruda. Si cocido, ¿qué dificultad tendrá la naturaleza en expelerle? Ella sin auxilio alguno, y aún sin la menor fatiga, expele la materia de un gran catarro, luego que la cuece. Replico lo cuarto: Si un poco de humor vicioso, que haya quedado en el cuerpo, a quien se quiere dar nombre de reliquias de enfermedad, pide purga, no hay hombre que no deba estar purgándose continuamente; porque ninguno hay de sangre, y humores tan puros, que no tenga mezclado algo de excrementicio; y si le hubiese, por eso mismo debería medicarse, si hemos de estar a la otra máxima Hipocrática: Habitus Athletarum, qui ad summum bonitatis pertingit, periculosus est.
33. Las razones mismas, que reprueban como superflua la purga, sirven para impugnar como ociosa la estrecha dieta. Digo estrecha, porque alguna dieta en todos tiempos, y estados debe haberla; pero no es menester más dieta en el tiempo de convalecencia, que en el tiempo de sanidad, cuando no ha precedido achaque alguno; y si me apuran, diré, que ni aún tanta. La experiencia constante es, que, según es mayor, o menor el apetito, se cuece, y digiere más, o menos. Si el apetito está lánguido, se cuece, y digiere poco; si valiente, se cuece, y digiere mucho más. Ni puede ser otra cosa, atendida la harmonía, que hay entre las facultades del cuerpo humano.
34. Si se me opusiere la debilidad de los convalecientes, digo, que esa debilidad no es del caso de la cuestión. Está un convaleciente débil para correr, para tirar la barra, para levantar un gran peso; mas no para cocer, y digerir los manjares. Si lo estuviese, también estaría flojo el apetito. Ni la primera debilidad infiere la segunda [249]. El que hizo todo el ejercicio corporal, que permiten sus fuerzas, sin que llegue al exceso de perjudicar la salud, está débil para continuar el mismo ejercicio, u otro de la misma línea, mas no para cocer, y digerir el alimento; antes bien, como entonces come con más gana, cuece, y digiere mejor.
35. La observación experimental, así en mi persona, como en otras, me ha mostrado lo mismo que llevo dicho. He visto muchos convalecientes, con legítimas señas de tales, que ni se repugnaron, ni observaron especial dieta; antes comían algo más que antes de caer enfermos, sin que ninguno recayese. Yo, habiendo salido de una enfermedad grave, que padecí el año de diez, en veinte días, poco más, o menos, del tiempo de la convalecencia, comí seguramente una tercera parte más de lo que regularmente como; y ni recaí, ni después acá he padecido alguna enfermedad grave. Acuérdome, que una tarde, habiendo comido poderosamente a mediodía, convidado de un amigo comí diez pavias mal maduras, sin que me incomodasen poco, o mucho, ni me quitasen cenar muy bien; y es cierto, que no era yo capaz de tanto en el estado más floreciente de mi juventud.
36. No por eso se piense, que la indulgencia, que concedo a los convalecientes, es plenaria; esto es, para llenar todos los vacíos del estómago, y del apetito. La regla conservativa de la salud; esto es, comer, y beber algo menos de aquello a lo que se extiende el apetito, comprende también a los convalecientes. [250]
Paradoja VI
No hay Constipaciones, sino impropiamente tales, y ésas son de cortísima duración
37. Tiene dos partes la Paradoja, y entrambas se probarán con evidencia. Llamo constipación, propiamente tal, la perfecta oclusión de los poros, que prohibe toda transpiración: y ésta digo, que nunca la hay, porque el cuerpo siempre transpira. Pruébase lo primero, porque la ropa interior siempre se ensucia; y no se ensucia, como es claro, sino por las exhalaciones, y efluvios inmundos, que salen del cuerpo mediante la transpiración. Pruébase lo segundo, porque por bien que se lave cualquiera parte del cuerpo de un sujeto, que se crea constipado, y por bien que se defienda de toda externa infección, si vuelven dentro de un breve rato a lavarla, se pondrá la agua del lavatorio algo sucia. ¿De qué es esta suciedad, sino de lo que el cuerpo transpiró en aquel breve rato?
38. Sólo, pues, se puede conceder, que los poros no están algunas veces tan patentes, y abiertos, cuanto es menester, de que proviene, que la transpiración sea diminuta, y no en tanta cantidad como al ordinario; y ésta se debe llamar constipación impropiamente tal; y no absoluta, sino respectiva.
39. Pruébase también la segunda parte de la Paradoja. En cualquiera oclusión de los poros es preciso que el ámbito del cuerpo ocupe algo menor espacio, que el que antes de ocluirse los poros ocupaba: como asimismo, si los poros se abren más que al ordinario, es preciso que el ámbito del cuerpo ocupe mayor espacio; porque es imposible, que los poros se angosten, sin que el cuerpo se comprima, ni que se dilaten, sin que el cuerpo se esponje. Como también, por orden inverso, es [251] imposible, que el cuerpo se comprima, sin que los poros se angosten, ni que se esponje, sin que los poros se dilaten. Esto es general a todo el cuerpo. Ninguno, sin quitarle, o añadirle materia, puede ocupar ya mayor, ya menor espacio, sino en cuanto sus poros ya se extienden, ya se estrechan. Puesto este principio innegable, considérese, que uno, que esté constipado, de cualquiera modo que caliente el cuerpo, o con ejercicio algo violento, o con mucha ropa, o al Sol, o al fuego, necesariamente dejará de estar constipado, porque la acción del calor del cuerpo se extiende a ocupar mayor espacio, que el que antes ocupaba. Así se ve, que siempre que nos calentamos con algún exceso, nos viene más ajustada la ropa, y el calzado más apretado: y no por otra razón, sino porque la cama nos calienta mucho, al salir de ella todo lo hallamos más ajustado.
40. De aquí se infiere, que cualquiera puede librarse brevísimamente de la constipación: con entrarse en la cama, y arroparse bien, lo logrará. Así yo me río, cuando oigo tantas quejas de constipaciones, y mucho más cuando preguntando a algunos, que por catarro, u otra fluxión, están en la cama algunos días, ¿qué tienen? Me responden que están constipados, siendo así, que necesariamente por el calor de la cama están menos constipados, o tienen los poros más abiertos que yo, u otro cualquiera que los visita.
41. Ni esto impide, que convengan algunas indisposiciones de la constipación imperfecta, que hemos explicado, las cuales perseveren algún tiempo, aún después que falta la constipación, pues muchos efectos permanecen, aún faltando la existencia de sus causas. Pero acaso todos los males, que se atribuyen a constipaciones, provienen de otros principios. De muchos, y aún de los más, no hay duda; pues vemos a cada paso quejarse de constipados a sujetos, que no tienen ocasión alguna para estarlo; y en la Corte se hizo esta queja tan de la moda, que el que dice que está resfriado, o que tiene [252] catarro, o romadizo, da bastante seña para que le tengan por aldeano. Lo que me mueve a decir, que acaso todos los males que se echan a constipación, provienen de otro principio, es lo primero, que las mismas causas, de que proviene la constipación, pueden por sí mismas causar los males, que se atribuyen a ésta. Hállase uno, pongo por ejemplo, indispuesto después de que un viento frío le constipó. Supone ser la constipación la causa de su indisposición. ¿Y por qué, pregunto, no podría el viento frío por sí mismo, prescindiendo de la constipación, y aunque no la hubiese, producir en el sujeto alguna intemperie, o mala disposición, por la cual enferme? Muéveme lo segundo, ver que a cada paso hay constipaciones (se entiende imperfectas, pues no admitimos otras), sin que de ellas se siga mal alguno. Todos en tiempo frío, al salir de la cama, se constipan, lo que se infiere con evidencia, de que a brevísimo rato el cuerpo ocupa menor espacio: llenaba la ropa al salir de la cama, de modo, que apenas podía poner los botones, y dentro de poco le viene holgadísima. Constípanse algo más al salir de casa, porque encuentran ambiente más frío; con todo, casi siempre se vuelven a casa tan sanos como salieron.
Paradoja VII
Toda putrefacción de la sangre es mortal
42. Diome luz para esta Paradoja Lucas Tozzi, Tom. I. cap. de Febribus, cuyas son estas notables palabras: At vero putredo, quae humoribus affingitur, praecipuaque fertur febrium causa; si tam familiaris sanguini foret, quam vulgo creditur, certe nulla febris in salutem desineret, cum animalium vita, putrefacto saguine, non possit esse supertes. Y en el tomo V cap. 12: Cum puiredo sanguinis, si aliquando contingat [253] in arteriis, aut venis, mortem irreparabiliter secum trabat. Con todo, los Médicos hallan a cada paso fiebres pútridas, que se curan lindamente, ya a beneficio de la Medicina, ya de la misma naturaleza; lo que para mí es incomprensible; porque una vez que se introduzca putrefacción en la sangre, inviolablemente la irá cundiendo toda, hasta la extinción del animal. Así lo vemos en todas las cosas, que comienzan a pudrirse, v. gr. frutas, y licores, donde la putrefacción va cundiendo el mixto, hasta perderlo enteramente. La gangrena es una especie de putrefacción. ¿Quién vio gangrena, que no se fuese extendiendo hasta acabar con el viviente?
43. En las cosas sólidas, que empiezan a pudrirse, cabe el remedio de aquella parte, que aún está sana, separando la podrida, como se separa e pie gangrenado de lo restante del cuerpo, y la parte podrida de una manzana de la que no está viciada. Pero este remedio no cabe en los líquidos, cuyas partes putrefactas están confusas, e íntimamente mezcladas con las sanas. Supongo, que cuando se avinagra el vino en el tonel, no empieza a un mismo tiempo la corrupción por todas sus partículas, sino por las que están más dispuestas para ella, no siendo creíble, que todas lo estén igualmente; pero como están íntimamente mezcladas unas con otras, no hay arbitrio para separar las viciadas de las que aún no lo están.
44. ¿De qué servirá, pues, la sangría, a la cual, como a presidio principalísimo, recurren los Galénicos en las fiebres, que llaman pútridas? ¿Por ventura la lanceta, abriendo la vena, llama precisamente las partículas corruptas de la sangre? Quien lo creyere, creerá también, que con abrir la espita al tonel, saldrán precisamente las partes avinagradas. Phlebotomia putredinem arcet, dice con gran satisfacción Riverio; pero sin manifestarnos en qué funda esa satisfacción. Si fuese así, también la sangría, que se hiciese en un tonel, u otro cualquiera vaso continente de licor, que empezase a corromperse, atajaría la corrupción. Aunque se disminuya [254] la cantidad del humor, que empieza a pudrirse, quedando lo demás en la disposición misma, continuará en él sin duda la ruina.
45. ¿Y podrá, ya que no la sangría, servir la purga? Lo mismo digo. Lo primero, porque tampoco la purga es selectiva de lo viciado. Si lo fuese, cuantas enfermedades provienen de humores viciados, o viciosos, se curarían con purgas, lo cual muestra la experiencia falsísimo. Los purgantes indiscretamente evacuan lo que encuentran, bueno, y malo, como ya ningún Médico racional niega; y la división de la eficacia de distintos purgantes respectiva a distintos humores, establecida por nuestros antepasados, está ya enteramente reprobada. Lo segundo, la purgación, para ser útil, debe, según el Aforismo Hipocrático, suponer la materia cocida. ¿Y lo podrido es cocido? Antes Aristóteles expresamente afirma, que la putrefacción se opone a la cocción: Putredo enim concoctioni contrarium est. {(a): Lib. 4 de Generat. Anim. cap. 8} Lo tercero, o los purgantes limpiaran la masa sanguinaria de todo lo que hay putresciente en ella, o sólo de parte. Si lo segundo, no se evitaría el daño, pues en virtud de lo que quedase, caminaría la putrefacción adelante. Si lo primero, como lo putresciente está confuso, y mezclado íntimamente con lo sano, sería imposible arrancar aquello, sin una disolución entera de toda la masa sanguinaria, a que seguiría infaliblemente la muerte.
46. Finalmente, siendo la putrefacción una especie particular de fermentación, cuyo carácter propio es una mayor disolución de los principios, que en las demás fermentaciones, acompañada de la exhalación de vapores fétidos, pregunto: ¿si en la sangre de aquéllos, que curan los Médicos como enfermos de calenturas pútridas, se ha notado alguna particular hediondez? Yo, por lo menos, nunca oí quejarse de ella a los Sangradores. Pero si alguna vez se notare, decisivamente pronuncio, que el enfermo tardará muy poco en morir, aunque vengan catorce Hipócrates a curarle.[255]
47. Puede ser que me diga alguno, que cuando los Médicos hablan de fiebres pútridas, no entienden la putrefacción rigurosamente. Pero yo le opondré, que si entienden otra cosa distinta de lo que entendemos por esta voz putrefacción, se expliquen otra vez; y entretanto que no lo hacen así, doy el pleito por vencido a mi favor.
48. Todo lo dicho se entiende de las fiebres pútridas, que los Galénicos llaman esenciales, o primarias, que provienen de putrefacción introducida en las venas, o vasos comunes, inficionando la masa sanguinaria; no de las que llaman sintomáticas, cuya causa es la putrefacción, o supuración de alguna parte determinada, de quien por la comunicación de los vasos se encaminan continuadamente vapores pútridos al corazón.
Paradoja VIII
Ninguna Diarrea, propiamente tal, se debe contar por enfermedad
49. Es Diarrea propiamente tal aquélla en que solamente se expelen humores excrementicios, a distinción de la Lienteria, en que se arrojan los alimentos enteramente crudos: de la Pasión celiaca, en que salen imperfectamente cocidos; y de la Diarrea coliquativa, en que la misma substancia adiposa del cuerpo, y jugo nutricio se precipitan.
50. Notables cosas dicen algunos Galénicos de la Diarrea, siguiendo sus antiguas preocupaciones. Divídenlas en biliosa, pituitosa, melancólica, y serosa. La primera atribuyen al hígado; la segunda al celebro; la tercera, al bazo; la cuarta, a todo el cuerpo. Dejando aparte esa voluntaria división de humores, tantas veces impugnada, ¿no es cosa ridícula pensar, que en el cerebro, en el hígado, y en el bazo se contenga tanta copia de [256] humores, cuanta algunas veces baja en una Diarrea, que pesa diez veces más que todas esas entrañas? Pobre del cerebro, si contuviese no más que la cuarta, o quinta parte de la pituita, que los Galénicos anidan en él; pues no pudiera escaparse de una horrenda apoplejía. ¿Y no es bueno, que para los humores bilioso, pituitoso, y melancólico, se olviden de venas, y arterias, donde depositan gran copia de estos tres humores mezclados con la sangre? Creo yo al contrario que la mayor parte de excrementos, que bajan en una Diarrea, vienen de venas, y arterias; lo que sería fácil de demostrar. Pero vamos a nuestro propósito.
51. A cada paso veo asustados los pacientes, y los Médicos solícitos por cualquiera Diarrea, que dure cinco, o seis días, al tiempo que esto a mí, en vez de ocasionarme algún cuidado, me mueve a risa. No era tan melindroso Cornelio Celso, el cual tiene por útil la Diarrea, como no pase del séptimo día, ni haya calentura: Uno die fuere alvum saepè pro valetudine est, atque etiam pluribus, dum febris absit, & intra septimum diem id conquiescat: purgatur enim corpus, & quod intus laesurum erat, utiliter effunditur. Siendo esto así, ¿cómo pueden excusarse de error los Médicos, que al segundo, o tercero día de Diarrea procuran atajarla? ¿Cómo puede menos de ser nocivo el tener dentro del cuerpo lo que la naturaleza, como perjudicial, procuraba expeler?
52. Pero aunque la regla de Celso, a primera vista, parece muy racional, por dos capítulos la considero defectuosa. El primero es, que la tolerancia de la Diarrea no se debe proporcionar al número e días que dura, sino a la cantidad de la evacuación, la cual en mucho menos tiempo puede ser mucho mayor; y mucho más cuidado debe dar una Diarrea muy impetuosa, que dure cuatro días, que otra algo lenta, que dure siete. El segundo es, que si la regla se debe entender, como es natural, de una Diarrea, media entre la impetuosa, y lenta, como es la de siete, u ocho deyecciones en cada [257] veinte y cuatro horas, estrecha demasiado el Autor el tiempo de la tolerancia; pues en esta medianía la he visto infinitas veces durar quince, y veinte días, y a veces más, sin riesgo alguno del paciente.
53. Si se me opone, que también se ven casos, en que Diarreas menos porfiadas llevan a los pacientes a la sepultura: Respondo lo primero, que es menester saber si son Diarreas coliquativas, de las cuales no es la cuestión. Respondo lo segundo, que en esta objeción se comete el error de tomar la no causa por causa. No es lo mismo morir un sujeto, que padece Diarrea, que morir de Diarrea, o por la Diarrea. En esta casa vi perecer catorce años ha el mozo más robusto, y sano, que había en ella (el P. Fr. Juan de la Puente) a ocho días de Diarrea, sin mucha repetición de deyecciones. ¿Mas cómo he de creer, que murió en fuerza de la Diarrea, habiendo visto muchos, que en más crecida edad, y con muchos menos fuerzas sobrellevaron duplicada, y triplicada evacuación? En aquel, y semejantes casos, se debe creer, que no la Diarrea, sino potra causa oculta, es la que mata, y del mismo modo matará, aunque se ataje la Diarrea, la cual verisímilmente es efecto de la misma causa, pero efecto inconexo con la vida, o con la muerte del paciente.
54. Confirma eficazmente esta conjetura la experiencia de un Músico de esta Iglesia, que poco más ha de dos años, habiéndole venido un fluxo de vientre, sin enfermedad previa, y sin que pasase de siete, u ocho las deyecciones, a pocas horas murió; lo que no podía ser en fuerza de la Diarrea, aunque ésta fuese coliquativa. A poco tiempo después murió un Caballero de esta Ciudad (Don Fernando Inclán) con tres días de Diarrea, en que tampoco las deyecciones fueron muchas.
55. Respondo lo tercero, que he tenido noticia de algunos casos, en que quedé con bastante, y bien fundada sospecha, de que los pacientes no murieron por la Diarrea, antes por haberla el Médico atajado. Cuán [258] verisímil, y aún necesario es, que esto suceda algunas veces, se conocerá contemplando, que cuando la naturaleza, por hallarse muy agravada de algún humor nocivo, solicita su alivio por medio de una copiosa Diarrea, si ésta se ataja, detenido aquel humor, puede corromper todos los jugos laudables del cuerpo, y por consiguiente acarrear la muerte.
56. ¿Pero qué diremos en el caso, en que dejando correr libremente la Diarrea por veinte, o treinta, o cuarenta días, últimamente muera el paciente? Digo lo primero, que ese caso, no habiendo otra cosa más que simple Diarrea, nunca le he visto. Digo lo segundo, que el enfermo, que estuviese en esa infeliz disposición, morirá también, y acaso más presto, si se le atajare la Diarrea. La razón es, porque el suceso propuesto no puede provenir, sino de que hay causa adentro, que sucesivamente va viciando, o corrompiendo todos los humores del cuerpo, en cuyo caso, que los humores se evacuen, que no, morirá el enfermo; y más presto, a mi parecer, no evacuándose: de modo que la evacuación nunca es causa de la muerte, por consiguiente la Diarrea nunca debe atajarse, ni capitularse como enfermedad. Exceptúo el caso metafísico, u quizá imposible, de que abundando en el cuerpo una gran copia de humores viciosos, de golpe, y al mismo tiempo se precipitase toda, la cual no dudo ocasionaría una muerte pronta, como sucede al hydropico, si de una vez le sacan el suero viciado que tiene: lo cual juzgo provendría, no de la copia de espíritus disipados, como comúnmente se discurre, sino de que tan copiosa, e impetuosa evacuación precisamente desordenaría mucho de los sólidos, de donde, y por donde se derivase.
57. Lo que más ordinariamente engaña en las Diarreas a enfermos, asistentes, y Médicos, son los síntomas. Frecuentemente en los que padecen Diarrea se nota mucha inapetencia en la comida, intensa sed, grave melancolía, notable descaecimiento de las acciones [259] de todos los miembros, el color del rostro perdido, tristísimos los ojos. Como este complejo de síntomas por lo general es de mal agüero, en las Diarreas a todos asusta mucho. Sin embargo digo, que la Diarrea es excepción de regla, en orden a este general pronóstico, como me lo han persuadido innumerables observaciones. Así, siempre que visito a cualquiera, que está en la disposición expresada, bien lejos de confirmarle en su susto, le doy la enhorabuena del favor que debe a la Naturaleza en tan saludable evacuación, y le disuado de hacer toda medicina. Esto he exceptuado infinitas veces, sin que ninguna se arrepintiese el paciente de haber aceptado mi consejo.
58. En esta Ciudad hizo bastante sonido lo que pasó en caso semejante con Don Eusebio Velarde, Canónigo de esta Santa Iglesia. Fui a verle en ocasión, que casi enteramente estaba desconfiado de vivir. Había quince días, que padecía. Dos Médicos le asistían, que no cesaban de recetar. La Diarrea prodeguía. En medio de ser naturalmente de gran vivacidad, su descaecimiento era grandísimo, la tristeza mucha, la inapetencia notable. Procurando yo esforzarle, y persuadirle, que carecía de todo riesgo, noté, que lo que daba más cuidado, era la inapetencia, pareciéndole, que no pudiendo nutrirse, por la repugnancia grande que tenía a cuantos alimentos le presentaban, últimamente se rendiría por desfallecimiento. Preguntele, si la repugnancia era generalísima, o acaso le había quedado apetito a algún manjar, fuese el que se fuese. Respondiome, que únicamente apetecía torrezno; pero se lo prohibían los Médicos, como perniciosísimo. No importa, le dije: coma Vmd. entretanto que le apetezca, no sólo al mediodía, mas aún a la mañana, y a la noche, y no admita más medicina. Habiéndole ya persuadido (lo que es difícil cuando el consejo favorece al apetito), le añadí: Ya que Vmd. está resuelto a hacer lo que le he dicho, le encargo muy encarecidamente, que no diga palabra a los Médicos de [260] que come torrezno; porque tantas, y tales cosas le dirán, que le disuadirán de ello. Puntualmente, como se lo intimé, lo ejecutó, y dentro de cuatro días estuvo bueno. Y no ocultaré aquí la ignorancia de uno de los Médicos, que el día siguiente, a mi vista, viendo que el enfermo no quería más medicina, le notificó, que tratase de hacer testamento.
Paradoja IX
Son muchos más que se piensan, los males que vienen de inflamación interna
59. ¡Que pocas veces veo quejarse a los Médicos de inflamaciones internas! No sólo rara vez consienten en que las hay, mas aún rara vez les ocurre la duda de su existencia. Sin embargo es preciso que sean frecuentísimas, y que provengan de ellas, o en ellas mismas consistan muchísimas indisposiciones, que los Médicos atribuyen a otras causas.
60. Para enterarse de esta verdad, basta observar dos, o tres cosas. La primera, que apenas hay parte alguna en todo el cuerpo donde no se pueda formar inflamación. Ésta no es otra cosa, que una estagnación de la sangre en los vasos más angostos, o sanguíneos, o linfáticos, la cual no por otra cosa se detiene en ellos, sino porque la mucha estrechez de los vasos por la parte hacia donde se hizo la propulsión, no da lugar al éxito del licor. Esto es, los poros por donde debiera salir el licor, son de menor magnitud, que las partículas del licor. Acaso sólo la parte globulosa de la sangre, o por lo menos principalmente ésta, es la que hace las inflamaciones. Lo que se puede probar, lo primero por el intenso color rubicundo, que se nota en todas las inflamaciones, pues este color es propio, y nativo de los globulillos de la sangre; de modo, que separados éstos [261] nada queda de este color en todo el resto de partes de la masa sanguinaria. Lo segundo, porque los glóbulos, como sólidos, son más aptos a estancarse, que las partículas del licor, de su naturaleza más movibles. Lo tercero, porque los glóbulos, aunque muy menudos, son de mucho mayor tamaño, que las partículas mínimas del licor: y así es más natural, y fácil concebir en aquellos, que en estos la imposibilidad del éxito por la angustia de los poros. Como, pues, no hay parte alguna, ni externa, ni interna en todo el cuerpo, por donde no estén ramificados infinitos vasos menores, o mínimos, que son las últimas propagaciones de los mayores, en todas partes, o casi todas, se pueden formar inflamaciones. Así lo decidió también el famoso Boerhave, que hablando de la inflamación, dice: Ergo eius sedes omnis pars corporis.
61. La segunda cosa, que se debe observar, es, que en cualquiera parte exterior del cuerpo, a la cual fluya humor acre, causa inflamación, mayor, o menor, según es mayor, o menor, o la cantidad, o la acrimonia del humor fluyente. Ya suceda esto, porque el humor, royendo en las entradas de los vasos menores, las haga más capaces, para que por ellas puedan introducirse los glóbulos sanguíneos, o por otra especie de mecanismo, en que se puede discurrir con variedad, juzgo la regla dada tan general, que con dificultad admitiré alguna excepción.
62. Puestas estas dos observaciones, se viene a los ojos, que en las partes internas deben ser frecuentísimas las inflamaciones. Hacia todas ellas tiene libertad para fluir el humor acre. Todas son capaces de inflamación; por consiguiente puede en ellas el humor acre hacer el mismo efecto que en las externas: luego se debe discurrir, que son comunísimas las inflamaciones internas en los que abundan de humores acres.
63. De aquí infiero, que cuando el enfermo se queja de dolor en alguna determinada parte interna, debe por la [262] mayor parte inclinarse el Médico a que procede de inflamación, y abstenerse de purgantes; pero con mucha mayor razón, cuando el paciente es comúnmente infestado de fluxiones acres vagas. Si un sujeto, pongo por ejemplo, ya padece fluxión a los ojos, ya las narices, ya la boca, ya las fauces, ya a las extremidades hemorroidales, y así a éstas, como a otras partes externas donde cae la fluxión, las inflama, debo hacer juicio, no habiendo prueba clara en contrario, que cuando se queja de dolor en alguna parte interna, procede de aflujo de humor acre, que inflama aquella parte.
64. En vista de esto, parece preciso condenar, como error pernicioso, la práctica de aquellos Médicos, que purgan en los catarros, o fluxiones reumáticas al pecho. Si en otras muchas ocasiones, en que la fluxión venía al sujeto a ésta, o aquella parte externa, siempre se la inflamaba, ¿qué juicio debo hacer, sino que ahora que cae al pecho, también en él causa inflamación?
65. Dejo a la consideración de los Médicos doctos, si lo que decimos de la inflamación, se podrá extender a otras especies de tumores; lo que a mi parecer se puede hacer con bastante probabilidad; pues no veo razón, porque cualquiera especie de tumor, que se forma en una parte externa, no pueda formarse en una interna, congregándose en ella la materia propia, o introduciéndose la disposición específica de cualquiera tumor. ¡Cuán verisímil es, que infinitas indisposiciones, que los Médicos achacan a causas diferentísimas, provengan de tumores de varias especies, que se forman en diferentes partes internas! ¿verisímil dije? No sino muy cierto; pues innumerables veces ha descubierto esta verdad la disección de los cadáveres, a cuyo propósito se hallan muchos casos en la Historia de la Academia Real de las Ciencias. [263]
Paradoja X
Falso el adagio Cognitio morbi, inventio est remedii
66. No sé quien fue autor de esta sentencia. Pero sé que la invención, de que habla, es por la mayor parte invención. Si la máxima fuese verdadera, cuanto más conocidos los males, serían más curables, por la regla: Sicut se habet simpliciter, ad simpliciter, ita magis ad magis. Y lo contrario sucede comunísimamente; pues son más conocidos, cuanto más agravados; y cuanto más agravados son menos curables. La gota, la fiebre pestilente, el cancro, la apoplejía, la hectica, la hydropesia, pstisica confirmadas, y otras innumerables enfermedades, son muy conocidas; y con todo, o absolutamente incurables, o de rara, y dificultosísima curación.
{(a): Es oportunísima para demostrar más la falsedad del adagio Cognitio morbi, inventio est remedii, una observación de Mr. de Fontenelle: Una enfermedad, dice, que está en los líquidos, y éstas son las más ordinarias por la mayor parte no es conocida; y no por eso deja de curarse. Otra, que provendrá del desorden el la construcción de algunas partes sólidas, será conocida perfectamente, y no habrá remedio para ella. Así ni el conocimiento perfecto de los males da motivo para esperar su curación, ni la falta de conocimiento motivo para desesperar. {(*): Hist. Academ. Año 1712, pag. 25.} Véase lo primero claramente en una terciana regular. Esta es una enfermedad de las más curables; pero en qué consiste, o cuál es la disposición de los humores, que la causa aún no lo han averiguado los Médicos. Lo segundo se demuestra en un aneurisma interno, que se sabe claramente en que consiste, y es incurable.}
67. Más: Dentro de la línea de enfermedades curables convienen muchas veces los Médicos consultados en la capitulación del achaque, y discrepan en la cura. Si el [264] conocimiento del mal fuese invención del remedio, no pudieran convenir en lo primero, y desconvenir en lo segundo; pues el que yerra en lo segundo, no acierta con el remedio, aunque conoce la enfermedad.
Paradoja XI
En el uso de las Plantas medicinales se cometen muchos errores
68. Un pasaje, hallado en el Tom. XVI. de la República de las Letras, pag. 91, me dio motivo para esta Paradoja. Hace allí el Autor memoria de un tratado de Claudio Salmasio, intitulado: Exercitationes de Homonymis hyles Iatricae, cuyo asunto es mostrar, que padecen los Médicos notables equivocaciones, creyendo, llevados de la similitud, o identidad del nombre, que son unas mismas plantas las que en realidad son diferentísimas. Como no tengo el Tratado de que se habla, carezco de las noticias específicas, que da el Autor en orden al propósito: y así sólo copiaré el pasaje, en que hace memoria de él el Autor de la República de las Letras: «Aquí (dice) verán los Médicos en cuántos errores están arriesgados a caer en orden a las plantas, y minerales de que usa la Medicina, cuando engañados por la semejanza, y conformidad de los nombres, se confunde como idéntico lo que es diferentísimo: y así se administran cosas perniciosísimas, como saludables, y venenos en lugar de remedios. Verán también cuán difícil es conocer hoy las plantas por la descripción de sus cualidades, que se halla en los libros antiguos, pues no se encuentran ya tales cualidades en ellas, o ya sea porque las plantas las han perdido, por el mucho tiempo que ha pasado, o por la diferencia de climas; o bien que el temperamento de los hombres, y constitución de sus órganos se haya mudado, de modo, [265] que no puedan hacer en ellos las plantas el efecto que hacían en otro tiempo. Verán finalmente, que se padecen frecuentes engaños, juzgando poseer ciertas plantas, de que hablan los Antiguos, porque retienen los mismos nombres; siendo cierto, que debajo de los mismos nombres hay plantas de muy diferente naturaleza.»
69. En cuanto a las causales de no experimentarse hoy en las plantas las virtudes, que las atribuyen los Antiguos, no podemos aprobar, ni la de que las hayan perdido con el largo transcurso del tiempo, ni la de que el temperamento de los hombres, o constitución de sus órganos se haya mudado. Las razones con que en el primer Tomo, Discurso XII, impugnamos la pretendida Senectud del Mundo, así en las plantas, como en los hombres, prueban, que ni en aquéllas, ni en éstos hubo la inmutación expresada.
70. La mudanza de clima es muy buena razón, si no para la carencia total de las virtudes, por lo menos para una grande diminución de ellas. Esto notamos a cada paso en plantas de una misma especie, según los diferentes terrenos en que nacen. De una misma especie son las plantas que producen el vino en Ribadavia, y en este Principado de Asturias; ¡pero cuán enorme diferencia hay de uno a otro en la virtud confortativa, en la calefactiva, y demás cualidades! La berza Gallega parece planta diversísima del repollo. Sin embargo son de la misma especie, pues nacen de una misma semilla. La del repollo Murciano, trasladada a mi tierra, da repollo al primer año, berza Castellana al segundo, y el tercero, o cuarto berza Gallega. El centeno en paja, espiga, y grano, parece de otra especie que el trigo. La misma razón prueba, que no lo es. El grano de trigo, trasladado a otro terreno más apto, produce centeno lo que en mi tierra también se ve a cada paso; por cuyo motivo determinó el Angélico Doctor Santo Tomás, que el pan de centeno es materia apta para la Consagración Eucarística; [266] y el fundamento es tan concluyente, que no admite duda.
71. Por lo que mira a la otra causal de no hallarse en las plantas las virtudes, que suponen los Médicos, tomada de apellidarse hoy muchas plantas con los mismos nombres, que los Antiguos dieron a otras diferentísimas, creemos, que la autoridad de Claudio Salmasio la hace muy probable, por la grande erudición, y crítica, que, aunque Protestante, reconocen en él, en orden a esta materia, no sólo los Autores Protestantes, mas también los Católicos.
72. Dionisio Dodart, consumado Botanista de la Academia Real de las Ciencias, en sus Memorias para la Historia de las Plantas, cap. I, confirma lo que dice Salmasio, dando la causal de la equivocación dicha; y es, que los Antiguos Botanistas hicieron descripciones tan diminutas de las plantas, que las señas con que caracterizan una especie, no pocas veces convienen a otras muchas. Pone el ejemplo en la Matricaria, de la cual Dioscorides no da más señas, que el que tiene muchos tallos ramosos, las hojas como las del Coriandro, y las flores amarillas en el medio, y blancas en el contorno: circunstancias, añade Monsieur Dodart, que se hallan en otras muchas plantas. Es, pues, facilísimo, que un Médico, encontrando en una de esas muchas, aquellas señas, y juzgando que es la Matricaria, la use para los males de la matriz, para que es apropiada esta hierba, y de donde tomó la denominación, pudiendo suceder de este modo, que en vez de una hierba saludable, aplique una venenosa.
73. A las causales expresadas de no experimentarse hoy en muchas plantas las virtudes, que les atribuyeron los Antiguos, debemos añadir otra muy considerable, que es el engaño, o activo, o pasivo de los Antiguos. También esta advertencia es de Monsieur Dodart en las citadas Memorias. cap. 4. Las prodigiosas virtudes, y aún tal vez, o quiméricas, o supersticiosas, que suponen en algunas plantas, hacen dudar, o de su fe en la noticia, o de su exactitud en el examen. [267]
Paradoja XII
Las piedras preciosas totalmente inútiles en la Medicina
74. Ya algunos Médicos, y Filósofos me han precedido en este dictamen. Las piedras preciosas en las Oficinas de los Boticarios sirven de lo mismo, que en las joyas de las señoras, de adorno, y ostentación, nada más. Prodigiosas cosas nos han dejado escritas algunos Autores de las virtudes de varias piedras, como son dar sabiduría, acumular riquezas, ganar las voluntades, hacer felices, y otras prerrogativas de este tamaño, y aún mayor; llegando la ficción a la monstruosidad de que hay una piedra, que hace invencible al que la trae consigo; y otra que presta el conocimiento de los futuros.
75. Otros más moderados se han contentado con las virtudes medicinales, pero concediéndoselas con ventaja a los vegetables, o plantas más útiles, como son resistir la actividad de todos los venenos, prolongar la vida, &c. y esto sólo trayéndolas consigo. Pero es muy de notar, que los Príncipes, que poseen las piedras preciosas de mejor calidad, y en mayor cantidad, adornándose continuamente de ellas en los anillos, y otros ajuares, no sólo no viven más que los demás hombres, pero, a proporción, mucho más que los de la inferior condición, padecen la alevosía de los venenos, como nos testifican a cada paso las Historias.
76. En lo que se han convenido comúnmente los Médicos, es en atribuirles virtud alexipharmaca, o cordial, tomadas interiormente, especialmente al jacinto y esmeralda. Esta opinión vino de los Árabes, y la abrazaron, sin más fundamento, que la autoridad de ellos, los Europeos. Pero algunos, que en estos últimos tiempos [268] contemplaron la materia a la luz de la experiencia, y la razón, como el famoso Santorio, Guido Papin, Lucas Tozzi, y otros, bien lejos de aprobar el uso de esas piedras como conveniente, le reprueban como perjudicial, pareciéndoles que las partículas de las piedras introducidas en las entrañas no pueden menos de causar obstrucciones, cerrando varios insensibles conductos, y acaso herir, y romper con sus puntas muchas fibras.
77. Boerhave, aunque no le hallo declarado contra las piedras preciosas, nos da bastante motivo para creer, que temía de ellas los mismos daños; porque, tratando de los absorbentes, dice, que en los que carecen de toda acrimonia, sólo se puede temer el que con su mole, y peso sean nocivos: Uno hoc damnosa, si inerte pituitae mixta, mole nocent; & pondere: miedo, que recae derechamente sobre las piedras preciosas.
78. Pero prescindiendo de que dañen, o no, no puedo comprender, que en ningún modo aprovechen. Cuantos medicamentos obran algo en nuestros cuerpos, ejercen su actividad por medio de los efluvios que espiran. ¿Pero que efluvios podemos imaginar que tenga una piedra? ¿Y mucho menos que las piedras comunes, una piedra preciosa? La cual, como más compacta, y dura, es menos apta para exhalar corpúsculos algunos de su substancia. Yo contemplo, que una esmeralda, o un diamante, bien guardados adonde no puedan quebrarse, ni rozarse, durarán muchos siglos, sin perder medio gramo de su peso, lo que no podría suceder si exhalasen algunos corpúsculos. No es tan firme la textura del vidrio, como el de una piedra preciosa. Con todo, ¿quién discurrirá en el vidrio emanación de corpúsculos, que disminuyan su substancia? Doy el caso que hubiese alguna en las piedras preciosas, necesariamente sería en una cantidad tan diminuta, que no fuese capaz de algún efecto sensible. Una esmeralda, pongo por ejemplo, demos que en cinco, o seis siglos exhale corpúsculos, que pesen un gramo. ¿Quién, de la cantidad de exhalación, que [269] corresponde a un día, podrá esperar alguna inmutación en el cuerpo humano?
79. El recurso a cualidades ocultas se halla ya tan despreciado entre los verdaderos Físicos, que aún de impugnarle se desdeñan. Y mucho más ridículo el de que por la analogía que hay, por su resplandor, y diafanidad, entre las piedras preciosas, y los cuerpos celestes, las virtudes de éstos se deriven, y embeban en aquéllas. Si la diafanidad hiciera algo para esto, también serían muy benéficos a nuestra salud los polvos del vidrio. Si el resplandor, cualquiera cuerpo luminoso, cualquiera fósforo nos serían más útiles, que cuantas preciosidades vienen de una, y otra India. Así tendríamos unos insignes medicamentos en los polvos de madera podrida, y en los de las escamas de los pescados.
80. Acaso se me dirá, que aunque de las piedras preciosas, en su estado natural, no hay alguna emanación de corpúsculos, no se infiere que no la tenga sutilmente trituradas, e introducidas en el estómago, donde en virtud del calor nativo, padeciendo una perfecta disolución, podrán exhalar hacia el corazón, y otras entrañas corpúsculos activos. A que digo lo primero, que por mucho que se trituren las piedras, las partículas divididas son de la misma naturaleza que el todo; esto es, siempre piedras. Digo lo segundo, que el calor de nuestros cuerpos es muy poca cosa para disolver, no digo la piedra más dócil, mas ni aún los alimentos de que nos nutrimos, como sienten ya casi generalmente los Filósofos. Todas las disoluciones, que se hacen en el estómago, se deben a la operación de los ácidos.
81. Luego podrán, se me instará, los ácidos estomacales disolver las piedras preciosas. Niego la consecuencia por dos razones. La primera, porque no cualquiera ácido es disolutivo de cualquiera cuerpo. Así de que los ácidos estomacales disuelvan los alimentos, mal se inferirá, que disuelvan una esmeralda. Cuerpos de mucho menor resistencia, como los huesos de cereza, o guinda, y aún [270] los granos de las uvas, salen enteros del estómago, y de los intestinos. Son muy flojos los ácidos de nuestros estómagos, para esperar de ellos tan fuerte operación. La segunda, porque es probabilísimo, que ningún ácido, por valiente que sea penetra las piedras preciosas. De casi todas los afirma el experimentadísimo Monsieur du Fai, en la Memoria presentada a la Academia Real de las Ciencias el año de 1728, sobre la tintura, y disolución de muchas especies de piedras. Suyas son estas palabras: Llamo piedras duras las que resisten a los violentos ácidos, cuales son casi todas las piedras preciosas, las ágatas, los jaspes, el cristal de roca, &c. El decir no todas absolutamente, sino casi todas, creo que fue sólo por exceptuar la Margarita, la cual sin duda se disuelve por los ácidos; pero no siendo la Margarita propiamente piedra (como no lo es tampoco en sentir de los Filósofos experimentales ninguna de aquellas concreciones, que comúnmente se forman dentro de los cuerpos animados, aunque se les da nombre de tales) no hay consecuencia alguna de ella a las demás piedras preciosas.
82. De lo dicho infiero, que aún la virtud absorbente es harto dudosa; y aún absolutamente supuesta en las piedras preciosas, siendo lo mismo no poder los ácidos penetrarlas, que no poder ellas absorberlos.
83. Mas doy, que las piedras preciosas tengan alguna virtud absorbente; ¿a qué propósito gastar dinero en ellas, habiendo otros muchos absorbentes, poco, o nada costosos, y a lo que se debe creer mucho más eficaces, como son los huesos calcinados, cuerno de ciervo preparado, el marfil quemado, el coral, ojos de cangrejo, &c.? Boerhave cuenta generalmente las piedras por absorbentes, sin distinguir entre preciosas, y no preciosas, y aún sin hacer memoria de éstas. Aún concedido, que las preciosas fuesen absorbentes, antes fiara yo la operación de las comunes, y vulgares, que de aquéllas, porque su mayor porosidad muestra más aptitud para absorber. [271]
Paradoja XIII
Es error damnable suplir la sangría con sanguijuelas
84. Supongo, que ya no existe sino en gente totalmente ignorante la vanísima aprehensión, de que la evacuación por sanguijuelas quita la porción más gruesa, y feculenta de la sangre. Este error no tuvo otro fundamento, que la ridícula imaginación, de que como al hondo de un vaso baja, y reposa en él lo más pesado, y feculento del licor contenido, ni más, ni menos, a aquel sitio donde están las venas hemorroidales, como el más hondo por aquella parte, debía bajar la sangre más pesada. Llamo ridícula esta imaginación, porque por la ley de la circulación es constante, que ni en los vasos hemorroidales, ni en otros algunos de los sanguíneos, para, o reposa sangre alguna, ni delgada, ni gruesa. ¿Y quién no ve, que si por el motivo alegado hubiese de salir en esa evacuación la sangre más pesada, el mismo efecto haría la sangría ejecutada en las plantas de los pies?
85. Bien lejos de evacuarse por la aplicación de sanguijuelas la sangre más gruesa, y pesada, es fijo, que si en la sangre evacuada por ese medio hay alguna diferencia de la que se extrae por la lanceta, aquélla ha de ser más tenue, y ligera que ésta. Para lo cual hay tres razones. La primera deducida de la naturaleza de la succión, o acción de chupar, la cual más fácil, y prontamente atrae lo más tenue, y movible del licor. Como, pues, las sanguijuelas evacuen chupando la sangre, con más razón, y en mayor cantidad evacuarán la sangre delgada, que la gruesa. La segunda, tomada de los vasos continentes, que son las tenuísimas extremidades capilares de arterias, y venas, que en aquella parte se [272] juntan, lo que no tiene duda entre los Anatómicos. ¿Qué vasos puede haber menos aptos, para admitir las heces gruesas de la sangre, que aquéllos que por su grande estrechez sólo parece pueden recibir la porción más sutil de ella?
86. La tercera razón se toma de que la sangre, que extraen las sanguijuelas, no fluye de las venas, sino de las arterias. Para cuya inteligencia se ha de suponer, que las sanguijuelas se aplican en aquélla parte, donde las extremidades de las arterias se juntan con las extremidades de las venas hemorroidales. Es claro, que por la cisura hecha en aquella parte, no puede derivarse la sangre de las venas: ya porque la sangre no fluye de las venas a las arterias, sino al contrario de las arterias a las venas: ya porque la sangre introducida en las venas no puede fluir hacia abajo, porque le estorban la caída las válvulas, o puertecillas, que la naturaleza manejó en ellas, a fin de estorbar su regreso a las arterias. Estas válvulas están dispuestas de modo, que abriéndose sólo hacia la parte por donde vuelve la sangre al corazón, se ajustan por la parte inferior, de suerte, que le cierran el paso para que no pueda retroceder. Supuesto, pues, que la sangre, que chupan las sanguijuelas, fluye inmediatamente de las arterias; y supuesto también, como todos suponen, y la experiencia muestra, que la sangre arteriosa es más fluida, que la venosa (esto es, es más fluida, mientras está contenida en las arterias, que después que pasa a las venas, prescindiendo por ahora de la razón física por qué sucede así), se sigue, que también por este capítulo las sanguijuelas no chupan la sangre más crasa, antes la más fluida.
87. No es menos ridículo comento, el que la evacuación por sanguijuelas es apropiada para aliviar el bazo: error a que sólo puede asentir quien ignorare los primeros elementos de Anatomía; pues no tienen los vasos hemorroidales conexión alguna con el bazo, más que con otra cualquiera entraña. Lo mismo digo de la [273] cabeza, cuyas pesadeces, y dolores, imaginan algunos, no más que por que quieren, se curan con sanguijuelas.
88. Dejados estos sueños, el motivo, que con alguna apariencia de razón se alega, para inferir en muchas ocasiones la evacuación de sangre por sanguijuelas, a la que hace la lanceta, es la más fácil tolerancia de aquélla, que de ésta. Así regularmente usan de aquélla los Médicos, cuando considerando por una parte necesidad de sangría, contemplan por otra con pocas fuerzas al enfermo. La razón de juzgar más tolerable la evacuación por sanguijuelas, es ser más paulatina. Esta razón sería muy buena, si no hubiese su contrapeso, y aún más que un contrapeso. Comúnmente sienten más debilidad los enfermos en el uso de las sanguijuelas, que en el de la lanceta. Esto he experimentado en mí mismo: esto he oído a otros, que lo han experimentado; ¿cuál será la causa? La inmediata, y genuina, que se ofrece es, que comúnmente se quita más cantidad de sangre en esta evacuación, que en la otra. Siendo igual la cantidad de sangre extraída, como a muchos se les antoja, es un dislate, supuestas la circulación de la sangre, y la comunicación de todos los vasos sanguíneos.
89. Mas siendo ésta la causa de debilitar más las sanguijuelas, que la lanceta, será fácil el remedio, minorando la evacuación. Digo lo primero, que no es tan fácil como se supone, siendo preciso proceder a tientas; pues no se puede medir la cantidad de sangre, que se evacua con las sanguijuelas, como la que se extrae con la lanceta; y así como hay el riesgo que se evacue más cantidad de la que conviene, le hay también de que no se extraiga toda la que se necesita. Digo lo segundo que para contrapesar la conveniencia, que trae la evacuación de sanguijuelas por su lentitud, debe entrar en cuenta la mucho mayor incomodidad, modestia, y dolor, que el enfermo padece en ella. O el enfermo está muy debilitado, o no. Si no lo está, puede tolerar la sangría sin riesgo alguno. Si lo está, es tan pesado, trabajoso [274], y molesto el uso de las sanguijuelas, que añadido a la evacuación, aunque lenta, le ocasionará mayor quebranto, que la evacuación por la sangría.
90. Y finalmente, si en eso está todo el tropiezo, ¿quién quita que se haga también con lentitud la extracción de la sangre por la lanceta? Puede, herida la vena dejarse correr una corta porción de sangre, atajarse luego con la venda, pasado un rato, quitar la venda, dejar correr otro poco, y de este modo a pausas en el espacio mismo de tiempo, que se había de gastar con las sanguijuelas, sacar la porción de sangre que parece conveniente.
91. He visto, que comúnmente Sangradores, y asistentes tienen por grande inconveniente, que abierta la vena, la sangre salga arrastrada, y no de golpe, haciendo chorro; por consiguiente pondrán este reparo en todas las evacuaciones, que se hagan sin nuevo rompimiento, con sola la diligencia de levantar la venda, y el cabezal de la herida hecha antes, siendo natural, que en ellas salga la sangre sin el ímpetu que es menester para hacer chorro. Y es bueno, que no noten la retorsión, que se viene a los ojos; siendo claro, que toda la sangre, que sale de los vasos hemorroidales por medio de las sanguijuelas, sale del mismo modo, y sin ímpetu alguno; y lo propio sucedería, que aunque se abriesen con lanceta; porque por la abertura de los vasos capilares nunca la sangre puede formar aquella corriente desprendida, con que sale por la abertura de los vasos mayores. Esto depende de que aquel hilo sutil de sangre que sale por la abertura de un vaso capilar, no tiene fuerza para romper el aire. [275]
Paradoja XIV
La utilidad de las evacuaciones naturales no infiere la de las artificiales
92. El no hacerse bastante cargo los Médicos de una distinción substancialísima, que hay entre las evacuaciones naturales, y las artificiales, es origen de innumerables errores en la práctica médica.
93. Dispútase en nuestras Escuelas, si el Arte puede hacer las obras de la naturaleza. La sentencia verdadera, y comunísima afirma, que no puede, sino impropia, y remotamente; esto es, usando, o aplicando los agentes mismos de que usa la naturaleza. Aunque los Médicos, por lo común, han estudiado esta doctrina, parece que la tienen olvidada, cuando en las evacuaciones artificiales esperan lograr lo que la naturaleza consigue en las naturales. Explícome: La naturaleza en las evacuaciones naturales segrega lo inútil, o nocivo de lo útil. Para que el Arte logre lo mismo, será preciso, según aquella doctrina, que use de los instrumentos, o causas inmediatas, de que para la segregación usa la naturaleza. Pero esto es lo que el Arte, en la materia de que hablamos, no puede hacer, o por lo menos, según el estado, y práctica presente de la Medicina, no lo hace. Usa el Arte de un purgante, pongo por ejemplo, Sen, Ruibarbo, o Escamonea, para evacuar el humor vicioso: ¿Es por ventura éste el agente de que usa la naturaleza, para segregar lo nocivo de lo útil? ¿Quién dirá tal? ¿Hay por ventura dentro de nuestros cuerpos alguno de los purgantes, de que usa la Medicina? Luego nunca se puede lisonjear la Medicina de hacer las mismas evacuaciones que la naturaleza; pues esto sería hacer el Arte las obras de la naturaleza, sin usar de los instrumentos, de que ésta usa. [276]
94. Y a la verdad, ¿cómo ha de aplicar el Arte a esta obra los instrumentos mismos que aplica la naturaleza, ignorando los Artífices cuáles son éstos? Parece que los Médicos están acordes en que entre las mismas evacuaciones, que la naturaleza obra por sí misma, hay unas que son saludables, otras nocivas. Estas segundas, dicen, provienen de irritación de la naturaleza, la cual en este estado como de furor, arroja, no sólo lo que daña, mas también lo que aprovecha. Las primeras sin duda son efecto de una fermentación benigna, y útil, que segregando de lo útil lo nocivo, pone esto en estado de que la naturaleza lo arroje. ¿Quién sabe de qué agente usa la naturaleza para dar a los humores aquel movimiento fermentativo? Esta es una de las muchas cosas, que se esconden a los más perspicaces Filósofos. No sabiendo, pues, los Médicos qué agente es ése, ¿cómo pueden aplicarle, o usar de él? Doy que lo tuviesen averiguado: ¿cómo podrán lisonjearse de que un medicamento purgante le supla? En sentir de los mejores Médicos, o casi de todos, no hay purgante propiamente tal, que carezca de cualidad deleteria, o venenosa; por consiguiente todos obran, o irritando la naturaleza, o causando una fermentación de mala casta, que todo lo pervierte; corrompiendo aún los jugos laudables, los dispone para la expulsión. Por consiguiente parece sólo pueden excitar evacuaciones nocivas, o por lo menos inútiles.
95. Pero dejemos raciocinios, y consultemos la experiencia. A cada paso se ve, que sujetos, que se hallan indispuestos, pesados, descaídos, de mal color, con poca apetencia, y varias acciones lisiadas, sobreviniéndoles una moderada diarrea, al momento convalecen, recobran el color, las fuerzas, el apetito, el sueño: de modo, que el primer día de evacuación ya se hallan medianamente bien: la noche, y día siguientes, mejor. ¿Mas qué sucede, si esta evacuación natural se quiere suplir con una purga? Que el día de la evacuación se [277] hallan mal, el siguiente peor, y la indisposición se queda como se estaba, en caso que no se agrave. ¿En qué puede consistir esto, sino en que la evacuación artificial es muy diferente de la natural, así en el modo, como en la substancia? En el modo, porque obra irritando la naturaleza, o excitando una fermentación no debida: en la substancia, porque no expele precisamente lo nocivo, sino indiscretamente lo nocivo, y lo útil.
96. Créame el Lector, que sobre ninguna materia perteneciente a la Medicina he hecho tantas, tan constantes, y seguras observaciones, como sobre la inutilidad de los purgantes. No niego, que una, u otra vez se halla mejorado el paciente después de tomada la purga, pero esto es un mero accidente, o casualidad de haberse ministrado la purga en aquel tiempo, en que sin ella había de cesar la indisposición. Así nunca se ve suceder esto en aquellas indisposiciones, que por experiencia se han reconocido ser de algo larga duración, si a los primeros días se administra la purga.
97. Lo que hemos dicho de la purga, es adaptable en gran parte a la sangría. Si la sangre peca en cantidad, de cualquiera modo que la sangre se extraiga, se aliviará el paciente. Si peca en la cualidad, ¿qué se logrará con quitar alguna porción de sangre? ¿Por ventura, como ya han advertido muchos, si el vino en el tonel está viciado, se corregirá el vicio echando fuera alguna porción? Pienso que dan la disparidad, de que minorada la cantidad de sangre, es menor el enemigo que resta, por donde es más fácil a la naturaleza sujetarle; y corregirle; lo que no milita en el vino, donde no hay agente que pueda restaurarle el estado de sanidad. Pero no advierten, que al paso que en la extracción de sangre se quita algún cuerpo al enemigo, en la misma proporción se roban fuerzas a la naturaleza, con que queda el poder de uno, y otro en la misma combinación que antes.
98. ¿Pero sucede lo mismo en las hemorragias, o [278] evacuaciones espontáneas de sangre? Sin duda que no. Ni la lanceta, ni las sanguijuelas son electivas, de modo, que saquen la sangre mala, o excrementicia, y dejen la buena. La naturaleza sí. A no serlo, no se observará tan frecuentemente la pronta, y sensible mejoría de los enfermos, sucesiva a las hemorragias naturales. Creo que a éstas ordinariamente precede alguna fermentación en la masa sanguinaria, con que se separa lo puro de lo impuro. Conocí a un sujeto, que padecía flujo hemorroidal, o sangre de espaldas, el cual muchas veces, al tiempo que sentía algún conato, o impulso de la sangre para fluir, la reprimía, resistiendo con alguna fuerza el conato. Siempre que hacía esto, lograba después copiosa purgación por la vía de la orina, lo cual, fuera de esta circunstancia, nunca le acaecía. Esto prueba ser sangre excrementicia la que estaba para salir; y detenida, se transcolaban sus impurezas a los ureteres, y vejiga, de donde salían con la orina.
Paradoja XV
En el examen de los enfermos todos sus apetitos se deben notar
99. La inapetencia es una de las señales de indisposición, que jamás los Médicos dejan de observar; y que, según sus grados, indica, por lo común, la mayor, o menor gravedad del mal. Pero inconsideradamente han ceñido para este efecto la inapetencia a un objeto solo, que es la comida. Digo, que la inapetencia, o apetito de los enfermos, se debe entender en orden a todos los objetos, que apetecían en el estado de sanos. Es una máxima importantísima la que voy a establecer. Dictómela la razón, y me la confirmó la experiencia. No sólo la intensión, mas también la extensión de la inapetencia señala la gravedad del mal: de suerte, que a cuantas [279] más especies de objetos se extendiere, tanto más grave se debe juzgar la dolencia, exceptuando sólo aquéllos en que el apetito, o intensión del apetito, es efecto de la enfermedad.
100. Explícome: Pedro, cuando sano, no sólo apetece la comida, mas también el tabaco, el juego, la música, el paseo, la conversación, la caza, la comedia, la inspección de cosas curiosas, noticias de guerras, las visitas de los amigos, &c. Digo que llegando el caso de enfermar Pedro, debe el Médico, que le visita, informarse, no sólo del estado de su apetito en orden a la comida, mas también en orden a los demás objetos expresados, todos aquéllos, que apetecía cuando sano; y a cuantos más objetos se extendiere la inapetencia, tanto mayor debe juzgar la gravedad del mal.
101. La razón es, porque la inapetencia de cualquier objeto apetecido en el estado de sano, es efecto de la enfermedad. Luego cuanto la inapetencia fuere más general, arguye enfermedad mayor, por la regla generalísima, de que mayor efecto pide mayor causa, o agente más poderoso. Como también al contrario, y por la misma proporción del efecto con la causa, cuanto la inapetencia fuere más limitada en orden a las especies de objetos, significa menor indisposición. Esto se debe entender, de modo, que no se pierda de vista la intensión de la inapetencia; pues de la combinación de intensión, y extensión de la inapetencia, ha de resultar el juicio exacto de la gravedad de la dolencia. Exacto, digo, por lo que toca a esta señal; pues el juicio ultimado, y absoluto pide la combinación de esta señal con todas las demás que nota el Arte Médico. Así en una muy molesta Diarrea, y en una grave pesadumbre, suele intervenir casi general inapetencia; pero como no hay otra señal alguna de indisposición peligrosa, aquella seña sola no debe dar cuidado.
102. En consecuencia de la regla dada, siempre que en enfermedad propiamente tal se notare fastidio, o displicencia universal de todo lo que el enfermo apetecía [280] en el estado de sano, se debe reputar la enfermedad peligrosa. Al contrario, cuando el enfermo empieza a apetecer con viveza alguna cosa, sea la que se fuere, que hasta entonces en el discurso de la enfermedad no apetecía, es seña de que camina hacia la mejoría. He notado, que a los enfermos, que sanan, el apetito les va viniendo poco a poco, no sólo en cuanto a la intensión, mas también en cuanto a la extensión. Empiezan apeteciendo alguna cosa determinada: de allí a poco se extiende el apetito a otra, y así paulatinamente se va propagando a otros objetos, al paso que se va disminuyendo la dolencia, o creciendo la mejoría.
103. Pero en esto mismo se padece comúnmente una grande equivocación. Empieza el enfermo a apetecer con viveza alguna cosa, v. gr. tal manjar. Dánselo, y lo toma con gusto; nótase poco después alguna mejoría, en cuya consideración juzgan los asistentes, que el manjar le fue muy saludable, y que la mejoría es efecto de él. No niego, que algún manjar pueda ser para el enfermo más saludable, que otros, especialmente siéndole más grato; pero en la circunstancia, que hemos dicho de suceder un vivo apetito de él a la inapetencia antecedente en todo el discurso de la enfermedad, ya la mejoría estaba en casa, aunque oculta, antes del uso del alimento.
104. Vuelvo a decirlo. Téngase por muy mala seña un fastidio general a cuanto el enfermo, estando bueno, apetecía. Vívase con buenas esperanzas entretanto que permanece apetito claro, y descubierto a algunas otras cosas, aún cuando el tedio comprenda todo género de manjares; y mucho mejores las esperanzas, cuando el tedio fuere más limitado, o el apetito más extendido a varias especies de objetos. Finalmente, cuando el enfermo, después de un fastidio general a todos los manjares, mostrare gran deseo de alguno en particular, pidiéndole con instancia, pueden cobrar aliento los que se interesan en la mejoría. [281]
105. Exceptué arriba aquellos apetitos, que son efectos de la misma enfermedad, o con ella se aumentan. Ya se ve, que el que adolece de hambre canina, tiene un apetito violento a todo género de manjares: un febricitante apetece con ansia el agua fría; y tanto más, cuanto la fiebre es más intensa. Pero es claro, que siendo efectos de la enfermedad, bien lejos de ser buena señal, cuanto los apetitos fueren más intensos, mayor enfermedad arguye.
Paradoja XVI
El mejor remedio, que tiene la Medicina es el que menos se usa
106. Supuesta la máxima constante de que la Medicina propiamente tal, por destino esencial suyo, es auxiliatriz de la naturaleza, aquel será el remedio, que fuere más oportuno para lograr este fin intrínseco de la medicina. Auxilia a la naturaleza de todo lo que la conforta, la anima, la da vigor, y aliento. Convengo en que hay algunos remedios, los cuales, aunque considerada su operación inmediata, y directa, son molestos a la naturaleza, y al parecer la debilitan; sin embargo indirectamente la ayudan, por cuanto remueven algún contrario mucho más molesto, y gravoso, que el remedio. Así una sangría, prescindiendo de particulares circunstancias, debilita las fuerzas; no obstante lo cual, en caso de nimia plenitud de sangre, las aumenta. Pero esta clase de remedios padece dos grandes defectos. El primero, que sólo sirven a casos particulares; y si en dos aprovechan, en ciento dañan. El segundo, que se sigue del primero, es ser remedios equívocos, en cuya administración los Médicos frecuentemente se engañan, aplicándolos en casos, en que ofenden, juzgando hallarse en las circunstancias, en que aprovechan. Luego si [282] hubiere otros remedios, que por su específico, y propio modo de obrar, auxilien la naturaleza, deben ser preferidos, como mucho mejores; ya porque a casi todos los males es adaptable su uso; ya porque no son molestos, antes bien gratos; ya porque en parte es seguro su efecto; ya, en fin, porque carecen de peligro.
107. ¿Mas qué remedios serán éstos? Ya se ofrecerá, al lector, que hablo de los cordiales. Es así; mas no de los cordiales, que se venden en las Boticas, en los cuales yo tengo poquísima confianza; sino de otro, cuya virtud es infalible, pues, nos la está mostrando la naturaleza a cada paso.
108. Todo lo que alegra el ánimo, y refocila el corazón, es cordial; y alegra el ánimo todo lo que es gustoso, y grato al sujeto. Siendo esto así, ¿para qué gastar dinero en bezoares, unicornios, perlas, esmeraldas, confecciones, electuarios, cuya virtud apenas consta, sino ex fide dicentium? La alegría del enfermo no pende tanto, ni con mucho, de las recetas del Médico, cuanto de lo que el enfermo puede recetarse a sí mismo. Consúltese en todo y por todo su gusto, y adminístresele todo, exceptuando únicamente lo que, o ciertamente sea perjudicial a su salud, o ilícito en lo moral. Contrista, y abate el corazón cuanto es ingrato al sujeto: le conforta y alienta cuando lisonjea su gusto. Esta es una cosa, que frecuentísimamente experimentamos en nosotros mismos, y en las personas de nuestro trato. Pues si tenemos tan a mano un cordial de infalible virtud, ¿por qué no le hemos de usar con preferencia a cuantos hay en las Boticas? [283]
{(a) 1. Parece que Galeno, y otros Médicos famosos estuvieron muy de parte de lo que decimos en este número, según lo que cita el Marqués de S. Aubin en su Tratado de la opinión {(*): Tom. 3. lib. 4. cap. 4.} Galeno, dice este Autor, refiere, que curó muchas enfermedades, calmando la agitación de espíritu, y poniéndole tranquilo. Él asegura, que el método de Esculapio era poner cuanto podía de buen humor a los enfermos, excitarlos a reir, distraer su imaginación [283] de la enfermedad con canciones, músicas, y otros géneros de recreaciones de su gusto. Asclepíades hacía consistir la Medicina en todo lo que era capaz de lisonjear la naturaleza. Un antiguo Médico, para remediar ciertas enfermedades, ordenaba a lectura de las ficciones Romanescas de Filipo de Amphipolis, de Herodiano, de Amelio de Syria, &c.
2. Sabido es lo del grande Alonso, Rey de Aragón, y de Nápoles, que estando gravemente enfermo en Capua, devió su mejoría al gran deleite, con que oyó leer la Historia de Quinto Curcio: por lo que el mismo Rey dijo, insultando a los tres celebrados Príncipes de la Medicina, y en ellos a todos los Médicos: Mueran Hipócrates, Galeno, y Avicena; y viva Quinto Curcio, a quien debo la salud. Era la suprema delicia de aquel Príncipe la lectura de buenos libros. Así no hay que extrañar, que la amena Historia de Quinto Curcio, por medio de una gratísima impresión en el ánimo, le dispusiese al recobro de la salud. De Laurencio de Medicis, apellidado Padre de las Letras, se refiere otro caso enteramente semejante.}
109. Por no tener presente una máxima tan natural como la propuesta, reinaron mucho tiempo en el trato de los enfermos algunos abusos sumamente irracionales, y bárbaros, cuales eran, no permitirles mudar camisa durante la enfermedad, y abrasarlos de sed. Es para mí evidentísimo, que aún cuando en una, y otra práctica se figurase alguna real conveniencia, siempre sería mucho más grave el daño, que ocasionarían con su molestia, que el provecho que causasen por otro lado. Una multitud innumerable de yerros de la Medicina no viene de otro principio, sino de que infinitos (creo que la mayor parte) de sus profesores, desatendiendo varias máximas, que dicta claramente la naturaleza, dieron en seguir los inciertos rumbos, que abría su discurso, tomando por norte una oscura, y dudosa Filosofía. Supónese que los Médicos, que seguían aquellas dos prácticas, daban para ellas sus razones filosóficas; pero razones, que precisamente flaquearían, o en los principios, o en las ilaciones, o juntamente en uno, y otro. Por otra parte el daño que a los enfermos ocasionarían, es visible, que no podía menos de ser grande; siendo manifiesto, que todo [284] lo que nos aflige, nos daña; y cuanto más nos aflige, tanto más nos daña: con que siendo aquellas dos prácticas sumamente molestas, no podían menos de ser gravísimamente dañosas. Esto dicta clarísimamente la razón natural, sin ser menester acudir a libros. Sin embargo, unos raciocinios de fruslería, con que los Médicos autorizaban las prácticas expresadas, hacían cerrar los ojos a una verdad tan manifiesta. Tal era la demencia de los hombres, y tal es aún en el día de hoy, que dan más crédito a un sueño, a una quimera, a una algarabía filosófica, propuesta en voces facultativas, y empedrada de textos impertinentes, que a una verdad, que, a poca reflexión que se haga, está mostrando a todos la naturaleza. Si a un hombre perfectamente sano, y acostumbrado a tratarse con limpieza, tuviesen quince días en la cama, sin dejarle mudar camisa, ni ministrarle la mitad de la bebida que pidiese su sed, al plazo de los quince días le verían hecho un esqueleto, en fuerza de la angustia que padecería. Apenas podría dormir, o sosegar; mucho más, si le apestasen sábanas, y camisa, y aún el alma con aceites, y emplastos, como muy ordinariamente se hace con los enfermos. Verisímilmente bastaría esto, respecto de algunos sujetos, para que enfermasen, y muriesen. Sin embargo, autorizaban esta crueldad más que Neroniana, tales cuales textos, y discursos filosóficos.
110. Ya está, a lo que entiendo, desterrada de la Medicina esta barbarie; pero se han dado muy pocos, o ningunos pasos hacia el extremo contrario de consultar la inclinación, y gusto de los enfermos. Apenas hay Médico alguno, que piense en eso. Dirán acaso que eso corre por cuenta de los asistentes. Pero debieran advertir, que los asistentes no se atreven a hacer cosa alguna fuera de lo que manda el Médico; y no lo extraño, porque a cualquiera novedad que ejecuten con el enfermo, o que el enfermo ejecute; si, contra la esperanza del Médico, sucede agravarse la enfermedad, por no desautorizar [285] sus pronósticos, refunde la culpa, ya en el enfermo, ya en los asistentes. Fuera de que éstos se excusarán legítimamente de innovar en cosa alguna con el motivo de que no sabiendo si aquello, en que ocurre dar gusto al enfermo, le será por algún camino perjudicial.
111. Por estas razones, y también por ser una parte esencialísima de la Medicina todo lo que conduce a alegrar el ánimo del enfermo, no puede excusarse el Médico de tomar esto a su cuenta, informándose, ya de todas las inclinaciones del enfermo en el estado de sano, ya de sus apetitos, y antojos en el discurso de la enfermedad, para ordenar se le complazca en todo lo que, según buenas reglas, no juzgare pernicioso: en que debe obrar con más resolución, que timidez, porque son muchas las cosas que la opinión común imagina perjudiciales, sin que efectivamente lo sean. ¿Quién habrá en nuestras Regiones que no esté persuadido a que si un febricitante, después de añadirle con el fuego muchos grados de calor al de la fiebre, y bañado todo de sudor, de golpe le cubriesen de nieve, o le metiesen en agua friísima, le acarrearían prontísimamente la muerte? Sin embargo, éste es el método de curar las fiebres en la Rusia {(a): Mem. de Trev. año de 1725. art. 73.}. Y hay Autores que dicen, que la misma práctica se observa en la Canadá, sin que resulten de ella los funestos acontecimientos, que acá se juzgan inevitables. Lo que no digo, porque se siga esta práctica; sí sólo por lo que conduce al presente asunto. Asimismo todos juzgan convenientísimo en cualquiera fiebre, especialmente en la de viruelas, dar lugar al enfermo al lecho. Con todo, el expertísimo Sydenhan con notable conato persuade, que en las viruelas no tome el doliente la cama antes del cuarto día. Y lo más es, que el motivo, que propone, para retardar la cama, es retardar la salida de las viruelas, teniendo esto por convenientísimo, y lo contrario por muy peligroso; cuando en el sentir común se [286] juzga convenientísimo solicitar desde luego, con el calor del lecho, la erupción de las viruelas, y lo contrario muy nocivo. Ya en otra parte notamos, como en los Holandeses, que navegaban a las Indias, hacían grandísimo estrago los excesivos calores, al transitar por climas ardientes. ¿Qué cosa más contraria a las reglas médicas, y la común opinión de los hombres, que usar en aquel apuro la agua ardiente por bebida? Pues éste se experimentó ser el único preservativo eficacísimo. Otros infinitos ejemplos semejantes pudiera traer en prueba de que son inciertas muchísimas máximas, que la opinión común tiene recibidas como indispensables. Siendo, pues, cierto el provecho, que en el enfermo recibirá en contemplarle el gusto, y ninguno, o muy dudoso el daño, debe resolverse a favor de su apetito.
112. Las cosas en que se le puede complacer, como asimismo en que se le puede desplacer, son muchas. Deseará el enfermo, que la cama se le componga de esta, o aquella manera; que se le coloque en tal, o tal cuarto, o en tal parte del mismo cuarto; que se le franquee más, o menos luz; que le visite, y haga conversación tal sujeto; que a otros se niegue la entrada; que la conversación ruede sobre este, o aquel asunto; que a tal, o tal hora le dejen en soledad: acaso gustará de música, y acaso la música le conciliará mejor el sueño, que todos los soporíferos farmacéuticos. Ministrar noticias gratas, es un deleite trascendente a todos genios. Así se debe poner en esto especialísimo cuidado, discurriendo en todo lo que se le puede decir de próspero, ya en orden a su persona, ya en orden a las personas, que más ama. Aunque cada una de estas cosas, y otras de este tenor, por sí sola no sea capaz de hacer grande impresión en el ánimo del enfermo, mayormente atendida la disposición de disciplicencia, que trae consigo la enfermedad, pero el cúmulo de todas hace un grande efecto.
113. Un caso raro, que refiere Theophilo Bonet en la segunda parte de su Medicina Septentrional, prueba, que [287] aún una especie determinada de placer es capaz de restaurar a un enfermo deplorado. Una mozuela Holandesa, de servicio, mortalmente herida de la pestilencia horrible del año de 1636, y puesta ya en estado de desesperar enteramente de su vida, fue depositada en un jardín, para que allí expirase sin el riesgo de comunicar a otros el contagio. Cuando todos huían, como de la muerte misma, de la infeliz moribunda, un joven que la amaba tiernamente, tuvo valor para ir a verla, y acariciarla. Reconoció que sus halagos la daban más aliento, que el que se podía esperar de su rendida vitalidad; con que se resolvió a continuarlos hasta el extremo de hacerle torpe compañía por tres noches consecutivas. La enferma fue mejorando sucesivamente, de modo, que al fin de las tres noches se halló perfectamente sana; y lo más es, que al amante no resultó daño alguno.
114. Este suceso, que por lo que tiene de torpe, no puede ser imitada, da luz para usar de otros medios lícitos, que tienen la misma conducencia. Ya veo, que la eficacia de una vehementísima pasión amorosa, para conmover el cuerpo por medio del ánimo, apenas se halla en otro ningún afecto; sin embargo vemos resultar de otros grandes inmutaciones. Si a un sujeto, que se halla algo indispuesto, y lánguido, le dan una noticia faustísima, no esperada, de repente le vemos ágil, vigoroso, activo, floreciente el color del rostro, los ojos brillantes, todos sus movimientos vívidos, de modo que parece otro hombre diverso del que era un momento antes. Aún mucho mayor es el efecto contrario, siendo la noticia infausta. No ha muchos años, que dándole a un hombre en Flandes, sin prevención alguna, noticia de la muerte de su esposa, de repente se halló tullido de la mayor parte de sus miembros, a quién después sanó el famoso Boerhave.
115. Sobre todo recomiendo con mucha especialidad, y como cosa esencialísima, que en la elección de manjares se contemple mucho el apetito del enfermo. Es [288] delirio, pensar que lo que se come con repugnancia, puede hacer provecho. Ya Hipócrates advirtió ser más provechoso el alimento que se toma por gusto, que el que no, aunque aquél sea de algo peor condición que éste: Paulo deterior ciibus, aut potus, suavior tamen, melioribus quidem, sed minus suavibus est praeferendus. Pero yo añado, que probabilísimamente se deben preferir el manjar, y bebida de más gusto, sin meterse en el examen de si el exceso en la calidad es mucho, o poco; porque ¿quién puede hacer al gusto esa comparación, o medir el exceso? Los Médicos no están constantes en graduar la calidad de los manjares. Reprueban unos el que aprueban otros. Ni en este punto se puede dar alguna regla, por la diversidad de temperamentos en distintos individuos; de donde viene, que el manjar, que a éste es nocivo, a aquél es provechoso. No hay manjar alguno, de cuántos están en uso, con el cual no veamos muchos, que se hallan muy bien. En la incertidumbre, pues, que tiene el Médico de cuál alimento cuadrará mejor a la complexión de este enfermo, a quien visita, ¿qué mejor regla puede seguir que la de su apetito, o de su mayor displicencia? O, por mejor decir, apenas haya otra regla que seguir.
116. Yo me imagino, que como, tomando los apetitos genéricamente, ninguno dio la naturaleza al hombre, que no fuese ordenado a la conservación, o del individuo, o de la especie, con proporción se debe discurrir de los apetitos particularizados en orden a tal, o tal objeto. Pero es menester la precaución de discernir si la particularización del apetito es inspirada propiamente de la naturaleza, o viene de extravagancia de la imaginación, de algún mal hábito adquirido, o de otro cualquier principio extrínseco, o accidental a la facultad apetente. Ello es preciso considerar a la naturaleza como una benigna madre, que cuanto es de su parte, nunca nos impele a lo que nos está mal; no como una cruel madrastra, que nos brinda con los venenos. En [289] efecto, revestida de este segundo carácter la contemplan algunos que tienen aprendido, que cuanto apetece un enfermo, fuera de aquello que a ellos se les antoja ser útil, le es nocivo. ¡Qué entendimientos hay tan puestos al revés!
117. Me detengo mucho en esta Paradoja, por considerar su gravísima importancia; y por lo mismo contemplando, que a muchos hará más fuerza la autoridad, que la razón, me detendré más, alegando la de Hipócrates, quien dice estas palabras {(a): Lib. 6. Epidem. sect. 4. } muy notables a nuestro propósito; Aegrotantibus gratificationes (suple el verbo exhibeantur) velut est pure praeparare potus, cibos, & ea quae videt, molliter ea quae contigit. Aliae gratificationes (suple también aquí el mismi verbo), quae non magnopere laedunt, aut facile reparari possunt, velut frigida ubi hac opus est. Aliae gratificationes sunt introitus, sermones, habitus, vestitus aegrotantis, tonsura, ungues, odores. Uso de la versión de Lucas Tozzi: de la cual nada discrepa en la sustancia la de Valles; y acaso es más coherente en la Gramática, en la parte donde después de molliter quae contigit, o como él dice, molliter quaecumque tangit, prosigue, inmediatamente: sed non ut valde ledant, &c. Por gratificationes dice Valles gratiae, que para muchos tiene significado más claro.
118. En este texto se manifiesta cuánto cuidado ponía Hipócrates en que se gratificase, o complaciese a los enfermos, pues a los objetos que todos los sentidos que extiende esta complaciencia: Al gusto potus, & cibus: a la Vista, & ea quae videt: al Tacto quae contigit: al Oído sermones: al Olfato odores. En que se deja conocer, que aunque no individúe todas aquellas cosas en que se puede complacer al enfermo, lo que no podría hacer sin una cansadísima enumeración, muy contraria a la concisón Hipócratica, su intento es comprehenderlas todas. [290]
119. Noto, que entre las cosas gratas al enfermo, que prescribe Hipócrates, es una la tonsura, que sin duda se debe entender de la barba, ya por ser ésta la regular, ya porque siendo, no el pelo de la cabeza, sino el de la barba, el que incomoda, cuando está algo crecido, la tonsura de éste, y no de aquél, se puede contar entre las cosas gratas. Vean ahora cuán lejos van de seguir a Hipócrates los que escrupulosamente observan no quitar la barba a los enfermos. Parece que los más de los Médicos, en vez de gratificarlos en todo, como Hipócrates mordena, no piensan sino en exasperarlos, ofenderlos, y podrirlos.
120. A la autoridad de Hipócrates agregaremos la de nuestro famoso Español Valles, quien sobre aquéllas palabras de Hipócrates {(a): Lib. 6. Epidem. sect. 2.}, circa aegrotantem aeconomia, pronuncia esta sentencia dignísima de intimarse en alto grito a todos los Médicos: Non enim solum boni Medici est medicamentis, & medicinalibus omnibus instrumentis recte uti, & quod ad cibum, & potum attinet, victum instituere; sed etiam omnia quae coram aegroto dicenda, seu agenda sunt ab ipso, seu ab aliquo quopiam, & cubiculi, domus, & lecti, & externorum omnium providentiam habere, atque omnia disponere, ut maxime ad aegroti gratiam, & utilitatem referantur. Hanc providentiam vocat Hippocrates, aeconomiam circa aegrotantem.
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