La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Teatro crítico universal / Tomo séptimo
Discurso primero

Lo Máximo en lo Mínimo


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§. I

1. El poder, y el arte de los hombres se han hecho admirar en dos distantísimos extremos: el poder en lo más grande, el arte en lo más pequeño. Las Pirámides, los Obeliscos, los Colosos, los Palacios mayores que Ciudades, los Templos superiores en magnificencia a los Palacios, las Torres émulas de la altura de las nubes, fueron los últimos esfuerzos del poder. Los extremos del arte buscaron el extremo opuesto, ostentando sus primores en lo mínimo. La suprema delicadeza de algunos Artífices dio grandes objetos al entendimiento, en los que por su pequeñez apenas podían serlo en la vista; y tanto aumentó los aplausos, cuanto disminuyó el tamaño de las obras.

2. Dijera yo, que el mundo no se ajustó mucho a la razón, cuando se determinó a celebrar por sus mayores maravillas las Pirámides de Egipto, el Coloso de Rodas, El Templo Diana en Efeso, el Mausoleo de Artemisa, el Palacio de Ciro, los Muros de Babilonia, el Laberinto Egipciaco, la Torre de Faro, la Estatua de Júpiter Olímpico. Paréceme, que en lugar de éstas, o con preferencia a ellas, se debieran aplaudir la Carroza con cuatro Caballos, y el Gobernador de ellos, que hizo Mirmecides, de marfil; tan pequeña, que todo lo cubría con sus alas una mosca; la Nave del mismo Mirmecides, que ocultaba con las suyas una abeja; las Hormigas de Calícrates, cuyos miembros no distinguían, sino los de perspicacísima vista; la [2] Ilíada de Homero incluida en la cáscara de una nuez, de que hace memoria Cicerón; éstas son maravillas de la antigüedad. De los dos últimos siglos el Símbolo de los Apóstoles, y el principio del Evangelio de San Juan, que Fr. Alumno, Religioso Italiano, escribió en espacio no mayor que el de una blanca: la representación de todos los Pasos de la Pasión de Cristo en madera, de Jerónimo Taba, Sacerdote Calabrés, que cabía en la cáscara de una nuez; de él mismo una Carroza de madera, con dos personas dentro, el Cochero que la conducía, y dos Bueyes que la tiraban, haciendo todo no mayor bulto que un grano de trigo; el principio del Evangelio de San Juan, que se dice al fin de la Misa, escrito por el Caballero Spanucho, natural de Sena, sin abreviatura alguna, y de primorosa letra, en pergamino, no mayor que la uña del dedo pequeño; y la cadena de oro de cincuenta anillos aprisionando una pulga, y haciendo todo el peso de tres granos, no más, trabajada por un Platero, natural de Amsterdam, que dice haber conocido Paulo Colomesio.

3. En esta Ciudad de Oviedo hay otra maravilla de esta clase, nada inferior a la más prodigiosa de todas las expresadas. Consiste en treinta y cuatro Cálices de marfil perfectamente labrados, y tan menudos, que todos se contienen en una cajita redonda, igual por la superficie externa, a un grano de pimienta, y aún sobra hueco para otros diez, o doce, o más. Añádese la notable circunstancia, de que cada uno de los Cálices tiene una argollita también de marfil, de una pieza, que le ciñe por la garganta, y está suelta por toda la circunferencia. Es de mucho menor ámbito que el asiento del Cáliz, y que el labio de la copa. De modo, que es preciso que argolla, y Cáliz todo se hiciese de una pieza: lo que aumenta en gran manera la dificultad. Vistos los Cálices sin microscopio, sólo representan unos puntos blancos, sin especificar figura determinada. Aun vistos con microscopio, parece la copa más delicada que el cendal más sutil, o que el más fino papel. D. José Miguel Heredia, Caballero ilustre de este Principado, dueño de [3] esta alhaja, la recibió de mano de un Extranjero, pero ignora quién fue el Artífice.

4. Digo, que con más razón debieran apellidarse Maravillas del mundo estas exquisitas menudencias, que aquellas portentosas moles, cuya fábrica costearon las riquezas de muchos Reinos. La mayor gala del arte es introducir en poca materia mucha forma, y obrar con acierto las manos en lo que por su pequeñez resiste la dirección de los ojos. Elevemos ya esta máxima a más noble asunto.


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§. II

5. El Criador de todo, el Supremo Numen, el Omnipotente, el Inmenso, el infinitamente Sabio, e infinitamente Infinito, ostentó su Poder, y su Arte con obras de una, y otra clase en la producción de este Universo. En todo hizo brillar su Omnipotencia, y su Sabiduría; pero más sensiblemente su Poder en lo más grande, su Arte en lo más chico.

6. ¿Quién, al mirar con reflexión esa portentosa máquina de Cielos, y Astros, no se llena de estupor? El globo de la tierra, que nos parece tan grande, es, respecto del globo celeste, menos que un átomo, comparado con un monte. ¿Qué distancia hay de la tierra a la Luna? Noventa mil leguas, según los más hábiles Astrónomos. Adviértase, que en este, y en los demás cómputos que se siguen, hablo de aquellas leguas, de las cuales caben veinticinco en un grado terrestre. De aquí se infiere, que la superficie cóncava del primer Cielo es más de 3600 veces mayor que la superficie de la tierra. Pero esto no es nada. ¿Cuánto hay de la tierra al Sol? Treinta y tres millones de leguas. Seguimos los cómputos recibidos por la Academia Real de las Ciencias. De aquí se colige, que el globo del Sol es un millón de veces mayor que el globo terrestre; de suerte, que para hacer un cuerpo tan grande como el globo del Sol, sería menester juntar un millón de globos terrestres. Siendo tan enorme el exceso que hace el Sol a la tierra en magnitud, ¿cuál será el que le hace el cuarto Cielo por donde gira [4] el Sol? Siendo cierto, que dividiendo la superficie del cuarto Cielo en quinientas mil partes, aun no ocupa una de ellas el Sol. Pero, ¡oh, cuánto camino nos resta que andar! ¿Cuánta es la distancia del Sol al Planeta Saturno? Diez veces mayor que la de la tierra al Sol. A esta cuenta sale, que Saturno dista de la tierra trescientos treinta millones de leguas. El célebre Hugens ajustó, que una bala de artillería, volando siempre con igual velocidad, tardaría veinticinco años en llegar desde la tierra al Sol; y desde la tierra a Saturno doscientos cincuenta. Superiores a Saturno, y muy superiores están las Estrellas fijas. ¿Pero a qué distancia? Eso no se sabe; se sospecha, y se sospecha con notable variedad. En cuanto a magnitudes, y distancias, en Saturno se acaba la ciencia Astronómica; y en su lugar, de allí adelante, entra la conjetura. Aun a Saturno, y aun a Júpiter no llega la ciencia, sin contingencias de tener mucho de opinión. Veamos ya lo que se discurre en orden a la distancia de las fijas.

7. Casini el hijo, por el ángulo de la paralaje anua, que observó en la Estrella Sirius, una de las de primera magnitud, dedujo, que su distancia a la tierra es 43700 veces mayor que la de la tierra al Sol, a cuya cuenta dista Sirius de la tierra 1442100 millones de leguas. Pasando adelante con la especulación, y suponiendo como verosímil (lo que también juzgó mayor Hugens), que las Estrellas fijas, todas son realmente iguales en magnitud, y sólo se representan mayores, o menores a proporción de su menor, o mayor distancia de la tierra, infirió que las Estrellas de sexta magnitud, que son las menores, distan de la tierra seis veces más que la Estrella Sirius. Infirió también, que cualquier Estrella es un millón de veces mayor que el Sol, porque esta magnitud resulta en la Sirius, en suposición de la distancia asignada.

8. Es verdad, que el cómputo del señor Casini va fundado enteramente sobre la observada paralaje de la Estrella Sirius, la que tiene un gran tropiezo; porque si la observación fuese segura, probaría el sistema Copernicano, que [5] pone al Sol inmóvil en el centro del mundo; y a la tierra con dos movimientos, uno diurno, y otro anuo: el primero, con que el espacio de veinticuatro horas se resuelve sobre su eje: el segundo, con que el espacio de un año gira alrededor del Sol por un círculo, cuyo diámetro es de sesenta y seis millones de leguas, y la circunferencia más de ciento noventa y ocho. Esto tiene contra sí muchos lugares de la Escritura, que expresan el movimiento del Sol, y la inmovilidad de la tierra. Estos, por más que los Copernicanos pretendan explicarlos, tienen fuerza muy superior a la observación del señor Casini, aunque confirmada con las de otros dos célebres Astrónomos, Hook, y Flamsteed, que le precedieron. Fuera de que tales observaciones son falibles por varios capítulos, como ya notaron otros hábiles Matemáticos. Otros once capítulos numera Eusebio Amort, por donde están sujetas a falencia las observaciones de paralaje de las estrellas fijas. {(a) Sect. 1. de Systemate univ. cap. 2}.


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§. III

9. ¿Pero qué necesitamos de este arriesgado sistema para nuestro asunto? Sin él asombra las portentosísimas moles de Cielos, y Astros. Las observaciones, que colocan a Saturno en la enorme distancia de la tierra, que insinuamos arriba, son totalmente inconexas con el sistema Copernicano. ¡Qué magnitud tan prodigiosa resulta de aquí al Cielo, por donde gira este Planeta, y aun al Planeta mismo! Siguiendo la progresión Geométrica, con que se va aumentando la distancia de los Astros, en todos aquellos adonde pudo llegar la observación, a proporción que se van colocando unos sobre otros, debemos suponer las estrellas fijas mucho más distantes de Saturno, que Saturno lo está de Júpiter. Las observaciones recientes suponen a Saturno distante de Júpiter ciento sesenta y cinco millones de leguas. Infiérese, según la progresión que hemos dicho, que las fijas disten de Saturno cerca de trescientos millones. [6]

10. ¿Hemos llegado ya al último término? Aún estamos, según lo que más verosímilmente se puede discurrir, muy lejos de él. Muchas bien fundadas conjeturas persuaden, que no todas las fijas están en la misma altura, antes con inmensa desigualdad más elevadas unas que otras. En todos los Astros inferiores a ellas nota la observación Astronómica esta gran desigualdad. Sean diferentes Cielos los que habitan los Planetas, o como se tiene ya por cierto, uno solo; esto es, un inmenso cuerpo homogéneo, transparente, liquidísimo; es evidente, que todos los Planetas están en diferentísimas alturas, no siendo la distancia del más bajo a la tierra, ni aun la treinta milésima parte de la distancia del más alto. Es naturalísima la conjetura de que los Astros superiores a estos, donde no puede llegar la observación de la altura, se vayan alejando más, y más de la tierra en la misma conformidad. El número de las estrellas fijas, que se descubren a simple vista, no pasan de mil cuatrocientas, o mil quinientas. El número de las que se ven con los telescopios, en incomparablemente mayor. En la constelación, llamada Orión, no se descubren a ojos desnudos más que treinta y ocho estrellas. Con el telescopio se reconocen en ella más de dos mil. El P. Ricciolo dice, que verosímilmente se puede creer, que lleguen al número de dos millones las estrellas que se manifiestan por medio del telescopio. ¿Qué será, si todas ellas están al modo que los Planetas, y siguiendo la misma progresión que ellos; en distintas, y muy desiguales distancias de la tierra? Siendo así, habrá estrella que diste de Saturno mil millones de veces más que Saturno dista de la tierra, y aún mucho más. Habrá asimismo estrella, que sea mil millones de veces, y aun mucho más mayor que el Sol, el cual es ya un millón de veces mayor que la tierra. ¿Qué será, si hay incomparablemente mayor número de estrellas que las descubiertas, y que por mucho más elevadas no se han descubierto hasta ahora, aun por medio de los mayores telescopios? Esto es tan digno de creerse, que nada más. Antes que se inventase el telescopio, se juzgaba que no había más estrellas [7] que descubre la simple vista. Inventado el telescopio, se empezaron a ver muchas más. Este número se fue aumentando a proporción que se fueron perfeccionando, y mejorando los telescopios. ¿Llegaron éstos a la suma perfección, y magnitud que pueden tener? Es claro que no. Luego si la perfección, y magnitud de ellos fuese creciendo, en la misma proporción que hasta aquí, se irán descubriendo más, y más estrellas. Es verosímil, pues, que haya estrella, no sólo mil millones de veces mayor que el Sol, mas aun mil millones de veces mayor que todo el Globo celeste por donde gira el Sol. ¡Oh, qué insondable Océano de luz se ofrece al discurso, donde no sólo los ojos, mas aun la imaginación, y el entendimiento pierden de vista la orilla! ¡Oh, Dios Excelso! ¡Oh, Dios Grande! ¡Oh, Dios Omnipotente! Ni entendimiento, ni imaginación, ni aun ojos parece que tienen los que en la innumerable copia de tanto asombre luminoso no reconocen la creativa virtud de una Esencia, cuya valentía es infinita, cuyo poder carece de márgenes: Coeli enarrant Gloriam Dei, & opera mannum ejus annuntiat Firmamentum.

11. Demos ahora un vuelo con el discurso, y con la pluma de lo más alto del Cielo, a lo más humilde de la tierra, de lo supremo a lo ínfimo, de lo máximo a lo mínimo. En todo, y por todo veo las manos del Artífice Soberano: mas con esta diferencia, que si en lo máximo resplandece más su Poder, en lo mínimo brilla su Sabiduría.

12. Con cuanto menor porción de metal haga un Artífice un Reloj, tanto mayor valor le dará. El que hiciese uno tan pequeño, que pudiese ser caja suya la cáscara de una avellana, dándole todos aquellos movimientos que tiene la más costosa muestra de Londres, y tan seguros, tan regulares, tan uniformes, le vendería a muy superior precio, que el que se da por otro, que en mucho mayor porción de metal tiene los mismos movimientos. ¿Por qué? Porque es más admirable el Arte, cuanto la materia del artificio es más pequeña. Cuanto más delicadas son las piezas, tanto mayor destreza arguyen en las manos. [8]


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§. IV

13. No hay cuerpo alguno animado en el Orbe, que por este capítulo no recomiende el primor del Artífice Supremo. Examínese el cuerpo de un elefante, que es el mayor de todos los animales terrestres. ¿De qué se componen aquellas anchurosas venas, y arterias, aquellos gruesos nervios, aquellos robustísimos músculos? De varias fibras, pero estas fibras de otras, las otras de otras, hasta llegar a las que son tan sutiles, que es menester microscopio para verlas. ¿Quiénes son los instrumentos motores de esta gran máquina? Los espíritus animales. ¿Y qué son los espíritus animales? Unos cuerpecillos tan menudos, que ni la vista más perspicaz, usando del más excelente microscopio los puede distinguir. ¡Extraña sutileza de Artífice! Mas todo esto es nada.

14. Vamos descendiendo de grada en grada desde este gigante de los brutos, hasta los vivientes más pigmeos. Es cierto, que cuanto son menos corpulentas estas máquinas animadas, tanto las piezas de que se componen son más menudas. Siendo, pues, tan sutiles las del elefante, ¿cuáles serán las del caballo? ¿Cuáles las del perro? ¿Cuáles las del ratón? ¿Cuáles las de la araña? ¿Cuáles, en fin, las de la hormiga? Tiene la hormiga los mismos movimientos internos, y externos que el elefante, las mismas facultades natural, vital, y animal que él; por consiguiente los mismos instrumentos, los cuales son tan pequeños, respecto del todo de la hormiga, como los del elefante, respecto del todo del elefante; esto es, cuanto excede en magnitud el cuerpo del elefante al de la hormiga, tanto exceden los instrumentos motores, aunque delicadísimos, de aquel a los de ésta. Si los de aquél se nos huyen de la vista, a los de ésta no puede darles alcance, ni aun la imaginación.

15. Sin embargo, aun la admiración tiene una larguísima carrera que andar. ¿Cuánto hay que descender del cuerpo de la hormiga al del arador, aquel pequeñísimo insecto, que por tantos siglos se creyó ser el más menudo de todos los vivientes? Mucho sin duda: y otro tanto sin duda hay [9] que descender de las minutísimas piezas de la hormiga a las correspondientes del arador. ¿Hemos acaso llegado ya al último término de la pequeñez? Aun dista de aquí prolongadísimos espacios.


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§. V

16. Descendiendo del arador, entremos en otra serie de vivientes, en otras poblaciones del mundo, incógnitas a todos los Antiguos; en una Región cubierta en todos los siglos precedentes, exceptuando el último, de densísimas tinieblas, en el País de los Invisibles.

17. Estuvo el arador por muchos siglos, como hemos dicho poco ha, en la opinión de ser el más pequeño de todos los animales, haciéndole famoso su pequeñez, como su grandeza al elefante. Esto duró hasta fines del siglo decimosexto, en que inventó el microscopio, no Jacobo Mecio, como creen muchos, y como un tiempo creí yo también; sino Zacarías Jansen en Middelburg, Ciudad de Zelanda. Hecho el microscopio, se curó en él una gran parte de ceguedad, que había dejado la naturaleza en los ojos humanos. Empezaron a verse innumerables entes, que no se veían antes, y empezaron a verse mejor los que ya antes se veían. Aparecieron nuevos colores, nuevos conductos, nuevos vasos en todos los cuerpos; aparecieron nuevas plantas, y nuevos frutos: aparecieron nuevos vivientes, y de éstos tanta multitud, que incomparablemente exceden en número a los que antes eran conocidos. ¿Pero qué vivientes? De tan enorme pequeñez, que se hiciera increíble, a no ser tantos, y tan graves los testigos de vista que deponen del caso.

18. A proporción que se fueron perfeccionando los microscopios, se fueron descubriendo animales menores, y menores; habiendo llegado ya el caso de verse animalejos, cada uno de los cuales no es mayor que la veintisiete millonésima parte de un arador; esto es, que un arador es veintisiete millones de veces mayor que uno de aquellos animalejos. Testifícalo Monsieur Malezieu, de la Academia Real de las Ciencias, que computó su tamaño por la proporción [10] de lo que abultaba los objetos el microscopio de que usaba {(a) Hist. de la Acad. 1718, pág. 9.}. No serían muy mayores que estos aquellos, de quienes dice el P. Regnault, que vio innumerables nadar en la centésima parte de una gota de agua {(b) Entretiens Physiques, tom. 3, entret. 10.}. Antonio Leuwenhoek dice haber visto cincuenta mil en una gota de licor igual a un grano de arena {(c) In Epist. ad Christophorum Wrem, Praesidem Societ. Reg.}. Supongo que esta cuenta no se pudo hacer con toda exactitud, sino, como dicen, a buen ojo. Semejantes cosas a éstas se hallan escritas por el Holandés Mons. Hartsoeker. Artífice peritísimo de microscopios, y otros Autores.

19. Yo consentiré en que se crea, que en estas relaciones hay algo de hipérbole; y permitiré que se rebaje la mitad, y aun mucho más, si se quisiere. Siempre sobra mucho de prodigio para llenarnos de sagrado horror. Sagrado dije, pues la admiración aquí es respectiva al Soberano Autor de la Naturaleza. Estos minutísimos animales tienen todas las oficinas, todos los instrumentos necesarios para el ejercicio de las tres facultades natural, vital, y animal. Tienen venas, arterias, nervios, glándulas, tendones, músculos, &c. y todas estas partes compuestas de otras menores, y menores. Tienen los conductos que sirven a la nutrición, y excreción. Tienen sangre, la cual precisamente es compuesta de partes heterogéneas; sin ellas no fermentaría. Tienen, en fin, espíritus animales. Si aun la imaginación padece alguna violencia en concebir los minutísimos cuerpecillos de estos animales, ¿qué diremos de las piezas de que se componen esos cuerpecillos, habiendo necesariamente entre ellas muchas, de las cuales cada una no es aun, ni con mucho, la millonésima parte del todo de cada cuerpecillo? ¿Qué diremos de los espíritus animales? Los del elefante son unos corpúsculos tan pequeños, que enteramente huyen de la vista. Los de estos animalejos tienen la misma proporción con el cuerpo de ellos, que los del elefante [11] con el cuerpo del elefante. ¡Santo Dios! ¿Dónde vamos a parar?


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§. VI

20. Aquí llamo la atención de todos los lectores reflexivos, para el cotejo de los dos distantísimos extremos de los cuerpos; digo, mayores del Orbe, y los más pequeños. ¿Cuál de los dos extremos, pregunto, manifiesta con más claridad la existencia de un Ser infinitamente inteligente, a cuyo imperio obedece con docilidad, en cierto modo infinita, toda la naturaleza? No los ojos, la razón es quien debe dar la sentencia. La excelencia del Artífice se gradúa por la perfección, y arduidad de la obra. En cuanto a la perfección, están convenidos los Filósofos, en que cualquier viviente es una substancia más perfecta que la de todos los cuerpos celestes. El exceso de arduidad es manifiesto: sobre que revocó a la memoria lo que se notó arriba en orden a las ventajas de destreza, y arte que se necesitan, a proporción de la menor cantidad de materia, en que se ha de introducir el artificio. El P. Gaspar Scotto refiere, como cosa singularísima, que vio una muestra tan pequeña, que ocupaba en un anillo no más lugar, que el que ocupa en otros un diamante. ¿Qué artificio tenía esa muestra? El mismo, y nada más, que el que tienen las muestras más comunes. Sin embargo, era un milagro del arte, y el milagro consistía en reducir por medio de sutilísimas piezas a tan estrecho ámbito el artificio.

21. No hay animal, aun el más corpulento, cuya orgánica estructura no sea la admiración de los Físicos. Fueron celebradísimas en la antigüedad, y aun lo son hoy, las estatuas de Dédalo, porque sin más impulso que el que las daba su interno mecanismo, se movían. Y cualquiera comprehenderá que para esto era preciso que constasen de innumerables piezas labradas con exquisito tino, dispuestas con ingeniosísimo orden. ¿Pero qué movimientos tenían esas estatuas? Sólo el progresivo; y éste limitado precisamente a transportarse en rectitud de un lugar a otro dentro de una sala. Contémplese ahora cuánta variedad, cuántos linajes [12] de movimientos tiene cualquier animal. Los externos, y que se representan a los sentidos, son tantos casi, cuantos quiere determinar su voluntad, y cuantos puede concebir nuestra imaginación. Aun es mucho mayor el número de los internos, y mucho mayor la variedad específica de sus caracteres. Después de innumerables observaciones, aún no han podido apurarlos los Filósofos. Es preciso, pues, que la organización de cualquier animal conste de muchos millones de millones de sutilísimas piezas enlazadas con un orden, y disposición muy superior a toda humana inteligencia.

22. ¿Y la experiencia no lo muestra claramente? ¿Cuánto tiempo ha que los Profesores de Anatomía se desvelan, y deshojan por apurar la estructura del cuerpo humano? Han dado en esta empresa muchos pasos, ganando siempre mucha tierra; pero quedándoles siempre muchísima que andar. Pensaban los antiguos haber logrado grandes progresos, y se quedaron muy en los principios. Los Anatomistas del siglo decimosexto, y principios del decimoséptimo, Silvio, Vesalio, Fernelio, Falopio, Fabricio de Aquapendente, Ambrosio Pareo, Riolano, y otros muchos adelantaron considerablemente sobre aquéllos. Siguiéronse a estos otros, que los dejaron muy atrás, descubriendo sucesivamente nuevos conductos, nuevos vasos, nuevas válvulas, nuevas oficinas. Llegaron ya a apurarse los microscopios, sin apurar los objetos. ¡Tanta es la delicadeza de éstos! Es claro que se huyó la delicadeza de los objetos a la abultada representación de los microscopios; pues se sabe con toda certeza, que hay conducto por donde en brevísimo tiempo pasan algunos licores bebidos desde el estómago a la vejiga. Pero este conducto es tan sutil, que hasta ahora no se pudo discernir. Sábese asimismo, que la sangre que llega a las extremidades de las arterias, se emboca por las extremidades de las venas, para absolver la circulación. Pero se sabe por discurso, no por inspección ocular; porque las últimas extremidades de arterias, y venas son tan delicadas, que con ningún instrumento puede distinguir la [13] vista las sutilísimas aberturas por donde la sangre pasa de aquéllas a éstas.

23. Siendo tan delicados los órganos del hombre, contémplese cuáles serán los de la hormiga, cuáles los del arador, cuáles, en fin, los de aquellos animalejos, que son muchos millones de veces menores que el arador. Contémplese asimismo, de cuánta multitud de piezas se componen aquellas minutísimas máquinas, en atención a los innumerables movimientos que ejercen, pues son los mismos que tienen los animales más abultados. ¿Qué manos hicieron tan admirables máquinas? ¿Qué manos pudieron hacerlas, sino aquellas que todo lo pueden? ¿Qué manos, sino aquellas que con un dedo mueven todo el Orbe? Manos de un Artífice infinitamente inteligente, infinitamente sabio: o altitudo divitiarum sapientiae, & scientiae Dei!


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§. VII

24. Y aun si se mira bien, no sólo resplandece en estas obras una infinita sabiduría, mas también un poder infinito; pues sólo a un poder infinito cediera obediente la torpe rudeza de la materia, dejándose dividir mucho más allá de lo que nuestro entendimiento pudiera imaginar, y al mismo tiempo ligarse, y tejerse con artificiosísima armonía.

25. Vengan ahora los bárbaros Sectarios de Epicuro a decirnos, que todo esto lo hizo el ímpetu ciego del acaso: que del encuentro fortuito de los átomos, resultaron estas delicadísimas admirabilísimas máquinas. Sí: la casualidad del encuentro, no sólo les daría tanta perfección en tanta pequeñez, mas en tantos millares de millares, y millones de millones de cada especie, las sacaría tan perfectamente semejantes unas a otras, y a cada una de todas ellas conformaría de modo, que de cada una resultasen otras máquinas, y de éstas otras, sin término, guardando siempre entera uniformidad. Yo creo que fue un gran don del Altísimo la invención del microscopio; pues los descubrimientos que se han hecho por medio de este precioso órgano, hacen más [14] palpable la existencia de aquel Ente de infinitos modos infinito, a quien debemos el ser, y de quien pende toda nuestra felicidad.

26. Hemos satisfecho al asunto propuesto, descubriendo lo máximo en lo mínimo, el ente mayor de todos en los entes minutísimos, la infinita grandeza de Dios en esos átomos vivientes. Antes que se inventase el microscopio, Dios aunque invisible, se hacía visible en los entes visibles: Invisibilia Dei per ea, quae facta sunt, intellecta, conspiciuntur. Después que se inventó el microscopio, se hizo aún más visible en los entes invisibles; quiero decir, en los que eran invisibles antes de la invención del microscopio.


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§. VIII

27. Mas ya que nos hemos introducido en esta nueva clase de vivientes, no es razón soltar la pluma hasta dar alguna más exacta noticia de ellos. Es materia que puede interesar la curiosidad de los lectores, especialmente en España, donde aún hoy casi son tan ignorados, como lo fueron en todo el mundo hasta el año de mil seiscientos.

28. Es imponderable la multitud que hay por todas partes de estos pequeñísimos insectos. Están divididos en muy varias especies, y los individuos de todas ellas juntas son tantos, que se puede asegurar, que los de todas las especies de vivientes visibles no hacen ni aun la milésima parte de ellos. En todos los elementos habitables se encuentran. Así se puede dividir, no menos que los vivientes visibles, en las tres clases, o géneros de terrestres, acuátiles, y aéreos.

29. ¡Qué lejos estarán los más de los hombres de pensar, que a expensas suyas nacen, crecen, y se sustentan muchísimos millares de estos insectos! Muchísimos millares digo, a expensas de cada individuo humano. Basta, para humillar el orgullo del hombre, el representarle, que es tan corta la claridad de su entendimiento, tan imperfecto el informe de sus sentidos, que no llega a conocer, ni aun sospechar [15] la existencia de innumerables vivientes, no sólo vecinos suyos, sino huéspedes costosos, a quienes toda la vida está dando habitación, y alimento. ¿Pero será esto alguna imaginaria paradoja? No; sino verdad constante.

30. Aquella blanca masa, que a todos se nos cría en los dientes, ya en los intersticios de ellos, ya en las dos superficies interna, y externa, no es otra cosa (como dijimos en otra parte) que un agregado de diferentes gusanillos. Antonio Leeuwenhoek, que se aplicó con especialísimo cuidado a las observaciones microscópicas, y examinó muchas veces esta masa blanca, hace la cuenta de que en la boca de un hombre, que no cuida de su limpieza, sube el número de gusanos a no pocos millones. Y añade de sí, que aunque todos los días se limpiaba los dientes, hacía juicio que tenía en ellos más gusanos, que había hombres en las siete Provincias unidas: De me ipso censeo, licet os meum quotidie eluam, non tot in his Unitis Provinciis vivere homines, quot viva animacula in ore meo gesto.

31. Fuera de dichos insectos, que son huéspedes del cuerpo humano por naturaleza, hay otros muchos, que lo son de este, y de aquel individuo por disposición morbosa; aunque acaso no todas las observaciones, que hay sobre esta materia, son tan seguras como la pasada.

32. El P. Bougeant en el primer tomo de Observaciones curiosas refiere, haberse notado con el microscopio en la sangre de varios febricitantes muchos gusanos, y haberse observado, que cuando tienen las cabezas negras, es señal de ser maligna la fiebre.

33. El mismo, citando el P. Kirquer, dice, que la gangrena no es otra cosa, que una infinidad de gusanillos venenosos, que royendo la carne, la corrompen; y que la razón porque la gangrena se extiende tan prontamente, es, porque estos gusanos son tan fecundos, que habiendo puesto uno de ellos sobre una hoja de papel blanco, en el espacio de un miserere, produjo otros cincuenta; así creciendo por momentos su multitud, no es mucho que en breve [16] tiempo hagan tanto estrago. El P. Paulo Casati {(a) Dissert. Physic. 5.} confirma la sentencia de hallarse gusanillos en la sangre de los febricitantes.

34. Según el testimonio de Mons. Mead. Médico Inglés, citado en la República de las letras, tom. 3, pág. 469, la sarna consiste únicamente en unos gusanillos, o menudos insectos, cuya figura es muy parecida a la de la tortuga. Estos gusanos viven dos, o tres días separados del cuerpo; por lo que es fácil contraer la sarna con el contacto de la ropa, o guantes del que padece esta infección. La misma sentencia lleva Cosme Pronomo, citado por Lucas Tozzi lib. 1. tratando de las fiebres malignas.

35. Mons. Deidier, Profesor Real de Química en Montpellier, atribuye asimismo el gálico a unos gusanos de especie particular. Es verdad que esta opinión no se funda en inspección ocular, sino en mera conjetura, tomada de que el mercurio, que es el gran antídoto de los gusanos, es el remedio específico de esta dolencia.

36. Algunos Físicos con el señor Paulini, citado en el Diario de los Sabios de París año de 1704, extienden esto mucho más, aseverando que todas, o casi todas las enfermedades epidémicas consisten en unos insectos, que pasan de unos cuerpos a otros, en los cuales, por medio de la propagación, aumentan su número; por lo cual no hay que admirar, que de un cuerpo solo tocado de enfermedad contagiosa se vaya extendiendo el daño a todo un Reino. Abajo retocaremos este punto, tratando de la peste. El Señor Paulini creyó también ser efecto de invisibles gusanillos las más de las fiebres malignas.

37. Los brutos padecen, no menos que los hombres, sus incomodidades por estas menudísimas sabandijas, sin eximirse aun aquellos, a quienes su pequeñez parece había de eximir de esta molestia. En las Memorias de Trevoux de Enero del año 1729 se refiere, que Mons. Heister observó una especie de pulgas, que infestan las moscas. Aún es más [17] curioso lo que dice el P. Gaspar Scotto en su Magia natural, part. 1. lib. 10, que se ha visto con el Microscopio, que las pulgas son molestadas por otras minutísimas pulgas, las cuales se alimentan de su sangre, como aquellas de la nuestra.

38. Los vegetables están también poblados de insectos de diferentes especies. Apenas hay planta, que no contenga muchísimos, como se ha reconocido por innumerables observaciones. Aun en algunos minerales se han hallado. Casi en todas partes se anidan, se nutren, y deponen sus huevos. Los de una especie hallan nutrimento proporcionado en el jugo de una planta, los de otra en otra, los de ésta en este mineral, los de aquélla en aquél. En la Historia de la Academia Real de las Ciencias se lee, como cosa averiguada con toda evidencia, que hay una especie de pequeñísimas sabandijas, que roen las piedras, y de ellas hacen todo su sustento. En fin, la inundación de vivientes invisibles sobre la tierra es tal, que Leewenhoek dice haber visto en una cuevecilla mayor número de ellos, que puede haber de hombres en todo el mundo.


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§. IX

39. De los insectos invisibles terrestres, pasemos a los acuátiles. No sólo en el agua, en el vinagre, en la leche, en la orina, en otros muchísimos licores, aun en el espermático de muchos animales se han visto repetidas veces a millaradas. El P. Zahn refiere haberse reconocido con toda distinción en el esperma de mosquitos, y pulgas. ¿Qué más puede decirse? En el agua pluvial es donde se encuentran infinitos. Mas no está exenta de ellos el agua de las fuentes. En la República de las Letras de 1699 {(a) Jul. p. 23.} se lee, que Monsieur Hakoucher aseguró con muchas experiencias, que se hallan en ella innumerables animalejos.

40. De este principio, y no de otro, viene la corrupción del agua, que llevan en los navíos. Sobre que, por ser materia muy curiosa, pondré aquí lo que he leído en la [18] Historia de la Academia Real de las Ciencias del año de 1722. Corrómpese el agua de los navíos no sólo una, sino repetidas veces, porque después de la primera corrupción se purifica; pasado algún espacio de tiempo, vuelve a corromperse, y sucesivamente a purificarse hasta tres, o cuatro veces. En toda corrupción se ve llena de pequeños insectos; pero se ha notado, que en cada corrupción son de diferente especie; lo que no puede atribuirse a otra cosa, sino a que la agua abunda de huevecillos de diferentes especies, de los cuales unos son más tardíos que otros. Es natural sospechar que estos insectos se engendran de la madera de los toneles; pero realmente no es así, porque en el agua guardada, y cerrada en vasos de barro, sucede lo mismo. Es menester algún considerable calor para lograrse la fecundidad de los huevos. Por esta razón se corrompe más presto, y engendra mayor número de insectos la agua, que se deposita en el fondo del navío, donde el calor es tan grande, que los Marineros no pueden trabajar allí, sino desnudos, y sólo por espacio de media hora. El Académico Mons. Deslandes, cuya es esta relación, refiere haber experimentado en Brest, que en el fondo de un navío, que había tres semanas que estaba armado, el licor del termómetro estaba más elevado que en el día más ardiente del Estío en aquel Puerto. Después de cada corrupción la agua se purifica, porque mueren los insectos, y se disuelven perfectamente en el agua. Dos medios contra esta peste propone Mons. Deslandes, que dice experimentó, y que trasladaré aquí, por si quieren probarlos en nuestros bajeles. El uno es quemar un poco de azufre en las barricas después de lavadas bien con agua caliente. El otro mezclar con el agua una pequeñísima cantidad de espíritu de vitriolo. El azufre, y espíritu de vitriolo hacen los huevos infecundos, y matan antes de nacer los insectos. Se ha notado, que el agua de diferentes parajes está más, o menos sujeta a corrupción, y engendra mayor, o menor número de insectos.

41. He leído las Memorias de Trevoux del año de 1730, art. 22, que el agua después de corrompida, y purificada [19] tres, o cuatro veces, queda excelentísima; y que el famoso Roberto Boyle compraba la que tal vez aportaba a Londres en algunos bajeles de larga peregrinación, sin embargo de que Inglaterra abunda de buenas aguas; y el Autor, cuyo extracto sacan en el citado artículo los Autores de las Memorias, que es un comisario de Marina, Miembro de la Academia Real de las Ciencias, añade, que en Brest conoció a un Médico muy experimentado, que hacía lo mismo con gran utilidad suya, porque gozaba una sanidad florida.


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§. X

42. Los animales invisibles aéreos no tienen tan ciertamente acreditada su existencia como los terrestres, y acuátiles; sin embargo hay bastantes motivos para creerlos. Mons. Hakoucher, citado arriba, como testigo de vista, aseguraba, que los insectos, que había en el agua, se fecundaban de otros insectos volátiles, los cuales, llegando a la superficie del agua, se juntaban con ellos. Pero el testimonio de este Filósofo parece que tiene contra sí la experiencia de otro, alegado en la Historia de la Academia Real de las Ciencias año de 1707. La experiencia fue ésta. Hizo hervir una porción de agua mezclada con el estiércol, la cual repartió en dos redomas. Después de dar bastante tiempo para que se enfriase, en una de las dos redomas echó dos gotas de agua, que estaban llenas de insectos, y ocho días después vio, que el agua de esta redoma estaba toda hormigueando de insectos de la misma especie. Ningún insecto había en la otra redoma, aunque parecía que el estiércol debiera producirlos. Una, y otra redoma estaban exactamente cerradas. De que se infiere, que los insectos contenidos en las dos gotas de agua multiplicaron por sí mismos, sin mendigar el auxilio de algunos insectos volátiles para fecundarse.

43. Sin embargo se pueden conciliar las dos experiencias diciendo, que en diferentes especies de insectos acuátiles cabrá uno, y otro modo de fecundarse; y así pudo Mons. Hakoucher ver unos que multiplicaban al favor de [20] insectos aéreos, y el Filósofo citado en la Historia de la Academia otros, que no necesitan de este socorro. Mas por lo que mira a la existencia de aquellos minutísimos insectos volátiles, no hay oposición alguna. El primer Filósofo dice que los vio. El segundo no niega que los hay, sí sólo que no se copulan con los acuátiles.

44. Aun prescindiendo del testimonio de Mons. Hakoucher, una fuertísima conjetura me persuade que hay animalejos aéreos invisibles. Esta se toma del sucesivo decremento por grados, desde los más agigantados brutos terrestres, y acuátiles, hasta aquellos que sólo son visibles por medio del microscopio. Es naturalísimo que en los volátiles suceda lo mismo; y así como en los terrestres desde el elefante, y en los acuátiles desde la ballena, se va disminuyendo la corpulencia por grados, hasta terrestres, y acuátiles invisibles; también desde el buitre, o de otra ave mayor, se vaya disminuyendo en los volátiles, hasta algunos invisibles alados. En lo que puede percibir la vista, se observa en los volátiles la misma decrescencia por grados, desde el buitre hasta pequeñísimos mosquitos. ¿Por qué esta decrescencia ha de parar en los volátiles, donde para la actividad de nuestra vista, no parando ni en los terrestres, ni en los acuátiles? Es verdad (porque preocupemos cierta objeción) que el microscopio no nos ha dado tantos, o tan claros testimonios de volátiles enormemente pequeños, como de acuátiles, y terrestres. Pero a esto es clara la respuesta. A los acuátiles, y terrestres los coge fácilmente el microscopio en aquel punto de distancia, que ha menester para abultarlos, de modo que la vista los perciba; lo que si no por algún raro accidente, no puede suceder con los volátiles, a causa de su inquieta, y rápida agitación por el aire. Y aun cuando tal vez se vea por medio del microscopio uno, u otro, como no se detiene ni un momento a la vista, no se puede distinguir si es algún agitado átomo, o algún alado viviente.

45. En dos Autores modernos vi citado a Marco Varron por una sentencia, que sin duda parecerá absurdísima: esto [21] es, que el aire está lleno de unos invisibles insectos, los cuales, entrando por la respiración en nuestros cuerpos, son causa de todas las dolencias que padecemos. Es cierto que en tiempo de Varron no había microscopios, ni otro instrumento equivalente, que la presentase a la vista estos menudísimos insectos. Pero no es imposible que por algunos sensibles efectos los rastrease. Lo que no debe dudarse es, que habiendo sido Varron hombre gravísimo, y doctísimo (el más docto de todos los Romanos le llamó San Agustín: Doctissimus Romanorum, y ésta es la opinión común), algún fundamento tuvo para creer su existencia.

46. Esta opinión limitada a las enfermedades epidémicas, señaladamente a la peste, recibió en estos tiempos, y tiene bastantes Sectarios que la comprueban; lo primero, porque siendo la peste originada de esta causa, se entiende bien cómo puede propagarse, y extenderse tanto. Es casi incomprehensible, que un vapor maligno, introducido en una pieza de paño, o seda, se transporte en un navío a la distancia de ochocientas leguas, y más; y sacada a tierra, se comunique a todo un Reino. ¿Un vapor tan fácilmente transmisible de unos cuerpos a otros no se había de exhalar en tan dilatada navegación? Pero como la fecundidad de los insectos es prodigiosa, es fácil comprehender, que los que vienen de lejas tierras anidados en cualquier cuerpo, en el País adonde se trasladan vayan introduciendo sucesivamente otros, y de este modo llenen en breve tiempo una Provincia.

47. Lo segundo, una cortísima cantidad de vapor extendida por todo un Reino, necesariamente se debilitaría de modo que no produjese algún efecto sensible. Responderáse acaso, que no se comunica el mal por la extensión de aquella corta cantidad de vapor; sino por la producción sucesiva de más, y más vapor de la misma especie. Pero tampoco es muy inteligible, que un vapor produzca otro vapor. Siendo la peste originada de insectos, cesa toda la dificultad; pues nadie niega a éstos la actividad para producir otros de su especie. [22]

48. Lo tercero, se ha observado que en las vecindades de las minas de azogue hace la peste menor estrago que en otras partes; lo que aparentemente viene, de que los vapores, o exhalaciones del azogue, que es veneno para varias especies de insectos, matan los que son autores del mal. Del mismo principio se deduce naturalísimamente el que el alimentarse de carnes sea nocivo, (como aseguran buenos Físicos) en tiempo de peste; y al contrario, sea provechoso el uso del vino, del aguardiente, del tabaco, del vinagre, del zumo de ajos, y cebollas, &c. Es verosímil, que unas cosas son favorables, otras contrarias a la conservación, y propagación de estos insectos.

49. Finalmente, un Autor moderno añade en confirmación de esta sentencia, que en la famosa peste de Marsella, a corta distancia de esta Ciudad, fue visto por algunos un pequeño nublado de insectos volantes, el cual se dijo caer sobre un molino, y luego murieron allí tres, o cuatro personas.

50. Paréceme que las razones propuestas dan bastante probabilidad a esta sentencia; no obstante lo cual no formo juicio resolutorio en el asunto. Pero el que no sólo las enfermedades epidémicas, mas todas provengan de invisibles insectos, lo juzgo absolutamente absurdo, y mucho más lo que sobre el caso adelantó un Filósofo moderno, a quien se antojó, que no sólo venían de insectos las enfermedades, mas también la curación de ellas. Imaginaba éste, que así como hay unos insectos malignos, que dañan nuestra salud, hay otros benéficos, y enemigos de aquellos, que matándolos nos la restituyen.


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§. XI

51. Lastimóme a veces de que este, o el otro Filósofo moderno abusen de los útiles, y sólidos descubrimientos que hacen los demás, sobreponiendo vanas imaginaciones a las legítimas observaciones de los otros, que viene a ser corromper la experimental Filosofía, y hacer, con la ficción, sospechosa la verdad. Cuatro clases, por lo poco que he leído, he observado de Filósofos modernos. [23] Los primeros son los que observando con cuidadosa atención la naturaleza, no afirman sino lo que les muestra una experiencia constante, y lo que de la experiencia deduce una evidente ilación, dejando todo lo demás en duda. Hay muchos de este noble carácter en las Naciones Extranjeras, entre quienes especialísimamente resplandecen los que componen la más excelente Escuela de Física que tiene el Orbe; quiero decir, la Academia Real de las Ciencias. Son los segundos los que se adelantan a afirmar, no sólo lo que con certidumbre, mas también lo que sólo probablemente se infiere de la experiencia. De éstos hay algunos en todas partes. Los terceros son los que dando rienda a la idea, venden a los Lectores sueños, o ilusiones por verdades. De estos no faltan tal cual en las Naciones; pero son muy pocos, porque el miedo de ser castigados con el desprecio (lo que sucede infaliblemente) contiene a muchos. Finalmente los cuartos, y peores que todos, son los que fingen experimentos, que no han hecho. De éstos sólo se halla uno, u otro rarísimo.

52. En el asunto, que tratamos, hay ejemplos de todas cuatro clases. Los primeros son los que descubriendo con el microscopio innumerables minutísimos insectos, se contentaron con dar noticia al mundo de lo que vieron. Los segundos los que adelantaron, que éstos eran causa de las enfermedades epidémicas. Los terceros los que se avanzaron a atribuir a los insectos todas las enfermedades, la curación de ellas, y otros muchos efectos.

53. Acaso podrá ser comprehendido en esta tercera clase el señor Paulini, el cual no sólo como vimos arriba, creyó ser los insectos causa, por la mayor parte, de las enfermedades epidémicas, y fiebres malignas; mas también dijo, que los fuegos fatuos no son otra cosa que unas nubecillas compuestas de una gran multitud de lucientes animalejos aéreos. El que haya, no sólo entre los insectos terrestres, algunos que sean naturales fósforos, como aquellos gusanillos llamados Noctilucae en Latín, y en Castellano Luciérnagas; mas también entre los aéreos, o volátiles, [24] no tiene la menor repugnancia. En efecto, en las Antillas, y otras Islas de la América hay unas moscas lucientes, que arrojan de noche mucho más resplandor que los gusanillos de que hemos hablado; en tanto grado, que en las Antillas se sirven los Naturales de ellas para alumbrarse en las casas, y sin más luz que las que ellas ministran se lee una carta. Pero era menester, que como la experiencia ha mostrado claramente la existencia de estos alados fósforos, nos mostrase la de estotros menudísimos lucientes mosquitos, de que Paulini compone los fuegos fatuos; porque en la experiencia de los naturales fenómenos, sólo a más no poder se admiten adivinaciones. Acaso con más verosimilitud se podrá decir, que el lucimiento que tiene de noche la madera podrida, viene de unos pequeñísimos insectos, que se crían en ella. Lo mismo de las escamas de los pescados, y otros naturales fósforos.

54. De la cuarta clase sólo un ejemplo puedo proponer, aunque bien singular, y curioso. Vignent Marville, Autor Francés (aunque con nombre supuesto) conocido por su Obra de Misceláneos de Historia, y Literatura, leyendo, y oyendo cada día los muchos descubrimientos de entes pequeñísimos, ya animados, ya inanimados, que hacían varios Observadores, quiso de un golpe, no sólo pujarles a todos sus curiosas observaciones, mas aun ponerse en tal altura, que nadie jamás pudiese pujárselas a él. Para esto inventó una portentosa fábula, y la estampó en el segundo tomo de sus Misceláneos, con el designio de que pasase por verdad.

55. Dice, que estando en Londres, un Matemático Inglés, hombre muy hábil, le mostró y entregó, para que hiciese experiencia de él, un microscopio prodigioso: Tomóle nuestro Autor, y mirando con él al Inglés, a la distancia de cinco, o seis pasos, vio todos sus hábitos cubiertos de una multitud grande de gusanillos, que los estaban royendo incesantemente; de donde infirió, como cosa bien averiguada, que no son los hombres los que gastan sus vestidos, sino los innumerables gusanillos, que todos anidan en [25] ellos. ¡Bello descubrimiento filosófico, y que merece los agradecimientos de todo el mundo! Mudó de situación, y tomando de otro modo el microscopio, vio al Inglés todo envuelto en una espesa nube. Esta nube no era otra cosa, que los efluvios que salían del cuerpo por la insensible transpiración; de que coligió con cuánta razón había establecido Santorio, que por los poros sale mayor cantidad de excrementos, que por todas las demás vías. Bajó a la cocina, y allí vio cómo las partículas de fuego, introduciéndose rápidamente en los poros de la leña, la hendían, y destrozaban, arrancando de ella al mismo tiempo algunas partículas, que con la violencia de su movimiento disparaban como dardos contra la carne que estaba en un asador.

56. Todo esto es bueno, pero mejor lo que falta. Fue a un juego de pelota, y allí vio clarísimamente la causa, hasta entonces ocultísima, de las simpatías, y antipatías. ¿Cómo esto? Estaban jugando cuatro mozos, y al punto que los vio, o se acercó a ellos, sintió en sí una fuerte inclinación, y deseo de que ganase uno de los cuatro; y al mismo tiempo aversión a otro, y deseo que perdiese. Luego advirtió, que de su cuerpo, y del mancebo amado salían unos corpúsculos, los cuales llegando a encontrarse en el aire, fácilmente se unían unos con otros; pero del mancebo aborrecido salían unos corpúsculos figurados en puntas, ya agudas, ya obtusas, los cuales llegando a su cuerpo, le ofendían, y molestaban. De aquí el amor a uno, y aversión a otro.

57. Si esto no basta, aún hay más. Veíanse, dice nuestro Autor, con el referido microscopio las influencias de los Astros: quiere decir, unos sutilísimos efluvios, con que los Astros obran en los cuerpos sublunares. Aún hay más. Veíanse también con él los átomos de Epicuro. Finalmente, porque nada quedase sin verse, también se veía con él la materia sutil de Descartes. Y pienso, que si Dios no le tuviese de su mano, hiciera visibles, por medio de su Anglicano microscopio, el alma racional, los [26] demonios, los Angeles, y los pensamientos ajenos.

58. Acaso me dirá alguno, que Marville no tuvo designio de que pasase por verdad la relación de aquel microscopio. Pero nada de esto obsta a lo que vamos diciendo. Pues, o hablo en cabeza de otro, y contra éste se hace el argumento; o hablo por ironía, y en ese caso es reprehensible, por no haber añadido a lo último el desengaño.

59. ¿De qué servirán estas patrañas en los libros, sino de llenar la memoria de los Lectores simples de quimeras, y de hacer sospechosos para los cautos los verdaderos, y legítimos experimentos, que Autores graves proponen en sus escritos? Cierto, que la bárbara Ley, que quería introducir Platón en su ideada República, de condenar a muerte todos los partos feos, y disformes, se debiera practicar en la República Literaria con muchos partos del humano entendimiento, monstruos intencionales, condenándolos al fuego al momento que salen a luz.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Teatro crítico universal (1726-1740), tomo séptimo (1736). Texto tomado de la edición de Madrid 1778 (por Andrés Ortega, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo séptimo (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 1-26.}


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