Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo primero

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo primero • Discurso sexto

Régimen para conservar la salud

§. I

1. Los Médicos saben poco de la curación de los enfermos; pero nada saben, ni aun pueden saber en particular del régimen de los sanos, por lo menos en cuanto a comida, y bebida. Esta proposición, que a Médicos, y no Médicos parecerá escandalosa, se prueba con evidencia de la variedad de los temperamentos, a quienes precisamente se conmensura la variedad de los manjares, tanto en la cantidad, cuanto en la calidad. El alimento, que para uno es provechoso, para otro es nocivo. La cantidad, que para uno es larga, para otro es corta. Esta proporción de la cantidad, y calidad del alimento con el temperamento de cada individuo, sólo se puede saber por experiencia. La experiencia cada uno la tiene en sí mismo; ni al Médico le puede constar, sino por la relación que se le hace. ¿Pues qué, he menester yo acudir al Médico a que me diga qué, y cuánto he de comer, y beber, si él no puede saber lo que me conviene sin que yo primero le participe qué es lo que me incomoda, qué es lo que me asienta bien en el estómago, qué es lo que digiero bien? &c.

2. Tiberio se reía de los que en llegando a la edad de treinta años, consultaban los Médicos; porque decía, que en esa edad cada uno podía saber por experiencia cómo debía regirse. De hecho parece que a él le fue bien con esta máxima, pues sin embargo de ser muy destemplado, así en el lecho, como en la mesa, vivió setenta y ocho [150] años: y acaso hubiera vivido más, si lo hubiera permitido Calígula; porque aunque estaba muy enfermo, no quiso el sucesor fiar su muerte a la violencia de la enfermedad, conviniendo los Historiadores en que de intento se la aceleraron, aunque discrepan en el modo. En caso que la máxima de Tiberio, tomada generalmente, no sea verdadera, por lo menos en cuanto al uso de comida, y bebida es segura.

3. Ningún manjar se puede decir absolutamente que es nocivo. No es doctrina mía, sino de Hipócrates, como también la prueba en el libro de Veteri Medicina. Donde hablando del queso, dice, que si absolutamente fuera malo para el hombre, lo sería para todos los hombres; y no es así, pues algunos hartándose de queso, se hallan muy bien: Etenim caseus non omnes homines laedit; sed sunt qui ex ipso repleti ne tantillum quidem offenduntur ::: Si vero toti naturae malus esset, omnes utique laederet. Si el queso, que es tan térreo, indigesto, y duro, aun tomado con hartura, es buen alimento para algunos individuos, ¿de qué manjar se podrá decir que es malo para todos?

4. Las codornices, y las cabras se alimentan de venenos, dice Plinio: Venenis Capreae, & Coturnices pinguescunt {(a) Lib. 10. cap. 72.}. De modo, que lo que a otros animales mata, a éstos los engorda. Diráseme que entre diferentes especies hay mucha mayor diversidad de temperamentos, que entre los individuos de una misma especie. Sea así en hora buena. A mí me basta para el intento saber que es muy grande la que hay entre los individuos de la especie humana. En las Observaciones de Schenchio se refiere de un hombre, que comiendo una onza de escamonea, no se purgaba poco, ni mucho; y en otros Autores Médicos se lee de algunos, que se purgaban sólo con el olor de las rosas. ¿No es esta discrepancia notable de temperamentos?

5. Es verdad que en lo común no hay tanta disimilitud entre los temperamentos de los hombres; pero siempre hay alguna, y bastante. Así como no se halla una cara perfectamente [151] parecida a otra, tampoco un temperamento a otro. En cuantos accidentes están expuestos a nuestros sentidos, observamos alguna desemejanza en todos los hombres. ¿Qué cosa más simple que el sonido de la voz? Con todo no hay hombre que en el metal de la voz se parezca perfectamente a otro. Y así, en los que viven por mucho tiempo juntos en alguna Comunidad, nunca sucede que no se distinga cada uno, por la voz, de todos los demás, cuando no es visto. Si esto sucede en una cosa, al parecer tan simple, ¿qué será en el temperamento, que consta de tantas partes combinables de infinitos modos diferentes?

6. Si nuestros sentidos fueran más perspicaces, aun en aquellas cosas, en que se nos representan algunos hombres muy parecidos, los hallaríamos muy desemejantes. Algunos brutos nos dan este desengaño. Nosotros no percibimos con el olfato los efluvios de los cuerpos humanos; o si los percibimos, no los distinguimos unos de otros. El perro los percibe, y los distingue en todos los hombres. Por eso a mucha distancia sigue al amo sin verle, determinándose en el encuentro de varios caminos por el olor de los efluvios que halla en el ambiente: busca, y elige entre muchas la alhaja del amo, aunque nunca la viese. Y lo que es más, atina con la piedra que salió de su mano entre otras disparadas al mismo tiempo por otros, bastando aquel breve contacto, para que con su olfato sutilísimo reciba en ella olor diferente del que tienen todas las demás. Esta prueba bastaba para convencer la diversidad de temperamentos en todos los hombres; pues sin diversidad de temperamentos, no puede haber diversidad en los efluvios.

§. II

7. No sólo la variedad de los temperamentos de los hombres imposibilita saber qué alimento es proporcionado a cada uno; mas también la variedad que hay en los manjares dentro de la misma especie. Todo vino de uvas, pongo por ejemplo, es de una especie. Con todo, un vino es dulce, otro acedo, otro acerbo. Uno tiene un [152] olor, otro huele de otro modo. Uno es más tenue, otro más craso. Lo mismo sucede en las carnes, lo mismo en los frutos de todas las plantas; aunque no en todos se percibe tanto la variedad, por la imperfección de nuestros sentidos. Por esto puede suceder, y sucede a cada paso, que a un mismo individuo un vino le sea provechoso, y otro nocivo: que le preste buen nutrimento el carnero nutrido con tales yerbas, y nutrido con otras, malo.

8. Añádese a esto (y es también de mucha consideración), que un mismo alimento, sin distinción, o desemejanza alguna, puede ser, respecto del mismo individuo, provechoso en un tiempo, nocivo en otro, ya por la diferente estación del año, ya por la diferente temperie del ambiente, ya por la diversa región que habita, ya por la diversidad de edad. En fin, cualquiera mudanza que acaezca en el cuerpo (y son infinitas las que ocurren, como también las causas que las ocasionan) precisará a variar más, o menos el alimento, ya en cuanto a la calidad, ya en cuanto a la cantidad. Todas estas razones advirtió el grande Hipócrates en el lib. 3. de Diaeta: donde, aunque únicamente habla de la imposibilidad de conmensurar la cantidad del alimento a la cantidad del ejercicio, las razones prueban absolutamente que es imposible determinar, así la calidad, como la cantidad del alimento para ningún individuo. Dice así: De diaeta humana exacte quid conscribere ut ad ciborum copiam laborum commensuratio, ac symetria fiat, non est possibile: multa enim sunt impedimenta. Primum quidem hominum naturae diversae existentes. Deinde aetates non iisdem indigentes. Insuper & regionum situs, & ventorum mutationes, & temporum alterationes, & anni constitutiones. Est & inter ipsos cibos multa differentia: triticum enim a tritico differt, & vinum a vino.

9. Si se hace la reflexión debida sobre este lugar de Hipócrates, y sobre lo que llevamos dicho, se hallará ser harto dudosa, por no decir falsa, aquella máxima tan establecida, de que para la conservación de la salud conviene usar siempre de una especie de alimento. El gran Bacon [153] está por la opinión contraria diciendo que se deben variar, así los medicamentos, como los alimentos: Tam medicamenti, quam alimenti mutatio conducit: neque perseverandum in frequentato utriusque usu {(a) Hist. natur. centur. 1. num. 69.}. La razón persuade lo mismo: porque si el cuerpo no está siempre del mismo modo, no convendrá alimentarle siempre del mismo modo. Si ahora abunda más de sales alkalinos, y después de ácidos, convendrá ahora usar de alimentos, que tengan más de ácidos, y después que declinen más a alkalinos, para corregir el exceso de su contrario. Asimismo: si por la diferente constitución del año, o por el sitio que habita, o por la intemperie del ambiente se halla ya más húmedo, ya más seco, ya más frío, ya más caliente de lo que conviene, importará variar a proporción el modo de alimentarse, buscando sucesivamente en comida, y bebida las calidades contrarias a aquellas que exceden en el cuerpo. Esto es hablando teóricamente. En la práctica es muy difícil, o imposible averiguar el complejo de cualidades predominantes, así en nuestros cuerpos, como en los manjares, y mucho más los grados de ellas. Siendo así que las de los cuerpos en las enfermedades suben a mayor intensión, discrepan los Médicos tanto en el juicio, que la misma enfermedad la atribuye un Médico a los ácidos, otro a los álkalis; uno a frío, otro a calor. No puede, pues, haber en la práctica otra regla, que la de observar cada uno experimentalmente qué es lo que le incomoda, o aprovecha, qué es lo que digiere con facilidad, o con molestia.

§. III

10. Aun cuando un alimento mismo pudiese ser conveniente a todos los hombres, y en todos tiempos, no podríamos averiguar por las instrucciones que dan los Médicos, en orden a dieta, cuál será éste; porque están encontrados en los preceptos. Dase comúnmente la preferencia a las carnes sobre los peces, yerbas, y frutos de las [154] plantas. Con todo no faltan graves Autores, que no contentándose conque sea la carne enemigo de la alma, la declaran también enemigo del cuerpo. Plutarco, en el libro de Sanitate tuenda, dice que la comida de carnes engendra grandes crudezas, y deja en el cuerpo malignas reliquias, por lo cual sería mejor hacerse a no comer carne alguna: Maximae cruditates metuendae sunt ab esu carnium, nam hae & initio valde praegravant, & reliquias post se malignas relinquunt. Plinio en algunas partes inclina a lo mismo. El famoso Médico Sanctorio borró el vulgarizado aforismo: Omnis saturatio mala, panis vero pessima, substituyendo por el pan la carne, y pronunciando así: Omnis saturatio mala, carnis vero pessima. Galeno altamente se declara a favor de los peces en varios lugares, aprobándolos casi generalmente por de buen jugo, e igual al de las aves montanas. Véase Paulo Zaquías en sus Cuestiones Médic. Legal. lib. 5. tit. 1. quaest. 2. donde a las autoridades de Galeno junta las de Hipócrates, y otros ilustres Médicos por la misma sentencia. El Doctor Luis Lemery, Regente de la Facultad Médica de París, en su tratado de Alimentos, parece estimar, sobre todos, los que se sacan de las plantas; haciendo la reflexión de que cuando los hombres usaban sólo de yerbas, y frutos de árboles, vivían más tiempo, y más robustos. En efecto, declara que estos alimentos son más fáciles de digerir, y producen humores más templados. Algunos atribuyen al uso de estos manjares las largas vidas de los Anacoretas. Ballivio observó que a muchos enfermos los hacen daño las carnes, y mejoran con legumbres, y peces: Animadvertes in praxi aliquos aegros fluxionibus, & diuturnis morbis obnoxios tempore quadragesimali convalescere; Paschate iterum ob esum carnium languescere. Observabis etiam quosdam morbos ab obsoleto esu caulium, leguminum, olerum, piscium, aliorumque ciborum hujusmodi evanescere, cibis vero boni succi exacerbari, & crescere {(a) De Morb. Succes. cap. 9.}. Etmulero, tratando de las fiebres en común, [155] condena la comida de carne por nociva a todos los febricitantes: Carnes, sicuti ipsis ingratae sunt, ita etiam noxiae.

11. Finalmente, en estos tiempos se formó un gran partido a favor de peces, legumbres, y frutas contra las carnes, con ocasión del nuevo, o renovado sistema de la trituración de los alimentos en el estómago. Habiendo resucitado en esta edad la opinión del antiguo Médico Erasístrato, de que los alimentos se reducen a chilo en el estómago, no por cocción, como quieren unos, ni por fermentación, como pretenden otros, sino mecánicamente, mediante la acción de los músculos, y fibras motrices, que con su continuo, y reciprocado impulso los muelen, deshacen, majan, o trituran, ni más, ni menos, que si se batieran porfiadamente en un almirez, de modo, que últimamente se reducen a una pasta, o natilla delicada; consiguientemente Mons. Hecquet, Médico Parisiense, con otros defensores de este sistema, deducen que siendo las carnes más difíciles de triturarse perfectamente, a razón de la más firme textura de sus fibras, que los peces, frutas, y legumbres, es mejor usar de estos alimentos, como más fáciles, que de las carnes. A la verdad, la razón no me parece muy fuerte; porque para determinar la bondad de un alimento, no sólo se ha de considerar su mayor facilidad en reducirse en el estómago, mas también se ha de hacer cuenta de la calidad del nutrimento que da al cuerpo: la cual puede no ser tan buena como la de otro de más fácil transmutación. Mas esto no quita la probabilidad que le dan a esta sentencia sus Autores: y juntos éstos con los demás que alegamos, dejan bastantemente dudoso qué género de alimento sea mejor por lo común.

12. Estamos tan lejos de tener alguna doctrina recibida de todos en esta materia, que aquellos mismos alimentos, que comúnmente están reputados por los más insalubres, no faltan Autores graves que los canonicen por los más saludables. Bacon aprueba por los alimentos más oportunos, para alargar la vida, entre las carnes, la de vacas, ciervos, y cabras; entre los peces los salados, y secos: al queso [156] añejo también le califica. En el pan prefiere el de avena, centeno, y cebada al de trigo; y en el mismo pan de trigo, el que está algo más mezclado con salvados al más puro {(a) In Hist. Vit. & Mort. fol. mihi. 540.}. Su razón es, que estos alimentos son menos disipables. Y aunque sólo Bacon favoreciese este sentir, no dejaría de darle estimación su autoridad, por haber sido el más sutil, y más constante observador de la naturaleza que hubo jamás. Hermann Boerhaave, célebre Médico hoy en Leyden, para el mismo efecto de prolongar la vida, prefiere las carnes flacas, y saladas, los pescados también salados, y añejos, generalmente los alimentos secos duros, y tenaces. Todo esto por el mismo principio de Bacon, de resistir más a la disipación, y putrefacción {(b) De Diaeta ad longaevitatem; num. 1057.}.

13. El mayor error que en esta parte padecen los Médicos, y más común, es el de prescribir a los que los consultan aquellos alimentos de que los mismos Médicos gustan, o conque se hallan bien; como si el temperamento del Médico fuese regla de todos los demás. El vinoso a todos quiere hacer vinosos: el aguado a todos quiere hacer aguados. Dice discretamente Mons. Duncan, Médico de Mompeller, que no hay Médico que en sus ordenanzas no dé a conocer sus inclinaciones. El mismo refiere de dos Médicos, entrambos celebérrimos en Francia, que el uno a todos sus enfermos hacía tomar café, y el otro a todos se lo prohibía severísimamente.

14. ¿Qué partido hemos de tomar en tanta oposición de opiniones? No seguir ninguna, y atenerse cada uno a su propia experiencia. Esta regla es segura, y no hay otra. Observar con cuidado qué es lo que abraza bien el estómago: qué es lo que digiere sin embarazo, en que también se ha de atender a que no sea muy precipitada la digestión; porque ésta sólo en aquellos alimentos, que por su simbolización con el chilo son fácilmente reducibles, puede dejar de fundar sospecha de corrupción. Obsérvese, [157] que no induzcan alguna alteración molesta en el cuerpo hacia cualquiera de las cualidades sensibles.

§. IV

15. Fuera del conocimiento que la experiencia da por los efectos, el gusto, y el olfato son por lo común fieles exploradores de la conveniencia, o desconveniencia de los alimentos: Noxii enim cibi, innoxiique exploratores sunt odoratus, & gustus, dice Francisco Bayle en su Curso Filosófico. Muy rara vez engañaron estos dos porteros del domicilio de la alma en el informe que hacen, de si es amigo, o enemigo el huesped que llama a la puerta. Confórmome con el dictamen del P. Malebranche, de que es mejor gobernarnos por nuestros sentidos para la conservación de la salud, que por todas las leyes de la Medicina: Soli itaque sensus nostri utiliores sunt ad conservationem valetudinis nostrae, quam omnes leges Medicinae {(a) De Inquir Veritat. in Concl. trium prim. lib.}. Especialmente al sentido del gusto la naturaleza le destinó para este efecto. Etmulero {(b) Instit. Medic. 1. part. cap. 3.} con suma generalidad asegura que siempre se digiere bien aquello que se apetece con viveza, aun cuando el apetito nace de causa morbosa; llegando a decir, que las mujeres que adolecen de aquel apetito depravado, que llaman pica, sin incomodidad digieren barro, cal, y ceniza, siendo tan preternaturales estas cosas porque las apetecen con ansia; y así, que el apetito vivo siempre se ha de tener por señal de que hay en el estómago fermento apropiado para disolver aquel alimento. El mismo Autor ya vimos arriba como a los febricitantes da por nociva la comida de carne, sólo porque es ingrata a su gusto: Carnes, sicuti ipsis ingratae sunt, ita etiam noxiae.

16. No obstante, no aprobaré esta regla, dada con tanta generalidad, sin algunas excepciones. Lo primero, si el apetito nace de causa morbosa, podrá digerirse fácilmente el manjar, y con todo ser nocivo: porque por el mismo caso [157] que el fermento, que le solicita, es preternatural, el alimento, que es connatural a él, ha de ser precisamente preternatural al cuerpo. Lo segundo, deben tenerse siempre por sospechosos, hasta tanto que la experiencia los justifique bastantemente, todos los alimentos de gusto muy alto, como los muy picantes, los muy agrios, los muy austeros, los muy dulces, &c. asimismo, los que exceden mucho en las dos cualidades elementales de frío, y calor, salvo en complexiones muy irregulares, cuya intemperie puede pedir corregirse con alguno de estos extremos. Pero no creo que haya complexiones que necesiten siempre de alimentos semejantes; y así, Hipócrates los condena absolutamente por desconvenientes a la naturaleza. Lo tercero se ha de observar si el apetito nace de algún hábito depravado, que entonces no dejará de ser nocivo lo mismo que se apetece con demasía: como sucede en los que se dan a la embriaguez; aunque es verdad, que no hace tanto daño, ni con mucho, como en los que no están acostumbrados. Y siempre que el apetito se vaya aumentando con la edad, de modo que sucesivamente pida aumentarse la cantidad de lo que se apetece, téngase por regla general, de que no se ha de creer, ni complacer al apetito. Omito las razones físicas de estas excepciones, por no alargarme demasiado, y porque la experiencia, que vale más que todas las razones físicas, las acredita.

17. Modificada la regla en esta forma, juzgo se puede, y debe seguir la ley del apetito en la elección de comida, y bebida. Ya porque es cierto, que la naturaleza puso en armonía, en cuanto a la temperie, el paladar, y el estómago; y así, es conforme a éste, lo que a aquél es grato. Ya porque Dios nos dio los sentidos como atalayas, para descubrir los objetos que pueden conducir, o dañar a nuestra conservación: y el sentido del gusto sólo puede servir a este efecto, discerniendo el alimento provechoso del nocivo. Ya porque la experiencia muestra que jamás el estómago abraza con cariño lo que el paladar recibe con tedio. Si alguno, no obstante, le pareciere que la regla [159] que damos aún queda muy ancha, siga la de Hipócrates, que no dista mucho de ésta, en los Aforismos, donde dice que debemos preferir la comida, y bebida gratas al gusto, aunque sean de algo peor substancia, a las que son absolutamente mejores, pero no tan gratas: Paulo deterior, & potus, & cibus, verum jucundior, melioribus quidem, sed in jucundioribus praeferendus est {(a) Sect. 2. Aphorism. 38.}. Y yo me constituyo reo, si a alguno le saliere mal seguir esta regla.

18. En todo caso, ni en el estado de salud, ni en el de enfermedad se forceje jamás por introducir en el estómago lo que el paladar mira con positivo tedio. En esto delinquen mucho algunos Médicos, y casi todos los asistentes, especialmente si son mujeres, cuyo genio piadoso las hace porfiadas en esta materia, juzgando le hacen un gran bien al doliente metiéndole dentro del cuerpo un huesped desabrido.

§. V

19. En cuanto a mudar, o no mudar de comida, y bebida, no apruebo uno, ni otro extremo, que entrambos tienen sus defensores. La regla de Celso, que es acostumbrarse a comer de todo lo que el pueblo comúnmente come: Nullum cibi genus fugere, quo populus utatur {(b) Lib. 1. cap. 1.}, me parece muy buena para todos aquellos que no tienen ya muy radicado el hábito opuesto. Es una parte substancial de la buena educación, en que se falta mucho entre la gente acomodada, hacer a los niños a comer de todo, de cuando en cuando: porque si después, o por decadencia en la fortuna, o por la elección de estado, o por mudanza de País, o por otro accidente, se ven precisados a usar de otros alimentos de aquellos conque fueron criados, no padezcan la alteración, que ocasiona tanta novedad. En los ancianos es peligroso variar el alimento de que han usado toda la vida, aunque la mudanza se haga a paso muy lento. En la mediana edad varíese, siempre que el alimento [160] de común uso engendra hastío; y tal vez también, aunque no haya esa circunstancia, por evitar los inconvenientes que trae el atarse escrupulosamente a una especie de alimento.

20. No tiene mucho inconveniente, y acaso ninguno, en temperamentos de alguna resitencia, el usar una, u otra vez de comida, o bebida de calidades sobresalientes, o gusto alto, como luego, o poco después se corrija este extremo con el opuesto: pongo por caso, comer, o beber cosas muy calientes, como en el pasto inmediato se use de cosas frescas, o al contrario. La misma naturaleza pedirá hacerlo así con la voz del apetito: como sucede en el que se calienta alguna vez demasiado con el vino de parte de noche, que apetece agua fría por la mañana: y el que fuera de su costumbre se llena de frutas, u ensaladas crudas, no pasan muchas horas, que apetece vino generoso, y cosas calientes.

§. VI

21. Hemos tratado hasta ahora del régimen en cuanto a la calidad. Tratemos ahora de la cantidad. En esta materia hallo introducido un error comunísimo; y es, que apenas se puede pecar por defecto. Doctos, e indoctos casi están de acuerdo, en que tanto mejor para la salud, cuanto más dentro de los términos de lo posible se estrecháre la cantidad de comida, y bebida: de modo que muchos apenas entienden por esta voz dieta otra cosa, que comer, y beber lo menos que se pueda. El noble Veneciano Luis Cornaro, que habiendo sido en su juventud incomodado de varias indisposiciones, reduciéndose después a la estrechísima dieta de tomar diariamente doce onzas de comida, y catorce de bebida, no sólo convaleció perfectamente de sus achaques, pero llegó a vivir más de cien años. En edad muy avanzada escribió un libro, persuadiendo a todos a la vida sobria con su ejemplo; y aunque a muy pocos redujo su escrito a tanta austeridad, a casi todos hizo creer que convenía para alargar la vida, [161] y conservar la salud; pero contra toda razón, pues no crió Dios a Cornaro para regla de todos los demás hombres en materia de dieta; ni hubo jamás otro en el mundo que pudiese serlo. El doctísimo Jesuita Leonardo Lesio, que tradujo de Italiano en Latín el Tratado de Cornaro, dejándose persuadir de él, se estrechó a la misma dieta; pero no vivió más de sesenta y nueve años, y ésos con hartas incomodidades. A un hombre, que comiendo, y bebiendo con tanta escasez vivió cien años, o muy pocos más, podríamos oponer un largo catálogo de aquellos, que sin estos escrúpulos en el modo de tratarse, vivieron muchos más años. El temperamento de Luis Cornaro pediría toda esa estrechez, y rarísimo otro se hallará que pueda con ella. Ni aun en el mismo Cornaro consta bastantemente que a su dieta se debiese la convalescencia de las indisposiciones de la juventud; pues ésta pudo nacer de la naturaleza de las mismas indisposiciones: siendo cierto que hay algunas que son más propias de la juventud, y por sí mismas se curan entrando en mayor edad. El temperamento de Cornaro hace conjeturar que las suyas fueron de este carácter: pues confiesa de sí, que era de natural fogoso, y muy propenso a la cólera. Naciendo de este humor sus indisposiciones, era mucho más natural que se curasen, mitigándose el fuego de su temperamento con la edad, que no con una estrecha dieta; pues ésta, en sentir de todos los Médicos, no conviene a los de temperamento bilioso.

22. Hipócrates, bien lejos de aprobar por útil la dieta muy estrecha, la reprueba por nociva. En el Libro de Veteri Medicina dice, que no menos daña en esta parte el defecto, que el exceso: Non minus laedit hominem, si pauciora, quam satis est, assumantur: fames enim magnam potentiam in naturam hominis habet, & sanandi, & debilitandi, & occidendi. Multa vero etiam alia mala, diversa quidem ab his, quae ex repletione fiunt, non minus autem gravia vacuationis sunt. En los Aforismos no se contenta con esto: pues da por más peligroso el defecto, que el exceso, tanto [162] en los enfermos, como en los sanos. Son sus palabras: Mayores errores se cometen en estrechar la dieta, que en exceder algo de lo justo. Por lo cual aun en los sanos es peligroso el alimentarse con escasez: porque como se debilitan las fuerzas, hay menos tolerancia para los accidentes, que pueden sobrevenir. Y así el constituirse dieta muy estrecha es más peligroso, que el pasar algo la raya de lo suficiente {(a) Sect. 1. num. 5.}.

23. Que sea nocivo el defecto, como el exceso en la cantidad del alimento, lo convence la razón que el mismo Hipócrates da en otra parte: Ni la saciedad (dice), ni la hambre, ni otra cualquiera cosa, que exceda el modo de la naturaleza, puede ser bueno {(b) Sect. 2. Aphorism. 4.}. Es claro que todo lo violento es enemigo de la naturaleza: y es claro asimismo que la hambre es violenta, como también la sed. Cuando la hambre, y la sed no trajeran otro daño que aquella agonía, y aflicción de ánimo que ocasionan, era bastante; pues nadie ignora cuánto importa la serenidad, y quietud del espíritu para conservar la salud; y cuanto la daña cualquiera aflicción, y dolor, tanto más, cuanto más grave fuere. ¿Cómo puede menos de ocasionar bastante daño pasar todo el día, o todos los días en continua lucha con el propio apetito? ¿Andar la imaginación discurriendo por las fuentes, cuando están suspirando por un poco de humedad las fauces? ¿Tener las túnicas del estómago entregadas como presa a la acrimonia de un ácido, que había de emplear su voracidad en el alimento?

§. VII

24. ¿Pero qué? ¿Decimos por eso que se haya de comer, y beber cuanto dictare el apetito? No por cierto. La regla de Galeno, que es levantarse siempre de la tabla con algo de apetencia, es muy ajustada a la razón. Debe quedar algún vacío, así en el estómago, como en el apetito; no tal que induzca aflicción, y molestia; [163] sí sólo que deje ágil el cuerpo, y el espíritu. Esta puede ser la seña de no haber excedido. El que después de la refección siente el uso de sus miembros, potencias, y sentidos igualmente expedito que antes de ella, no pasó de la raya de lo justo: al contrario el que padeciere algo de torpeza en cualquiera de las facultades.

25. Celso está más indulgente, porque prescribe exceder algunas veces de lo justo; y no sólo eso, mas también comer siempre cuanto pueda cocer el estómago: Interdum in convivio esse, interdum ab eo se retrahere: modo plus justo, modo non amplius assumere; bis die potius quam semel cibum capere: & semper quam plurimum, modo hunc concoquat {(a) Lib. 1. cap. 1.}. La regla de comer cuanto pueda cocerse es sospechosa. Las fuerzas de la facultad, si se apuran, se debilitan. El estómago, que cada día hace cuanto puede, cada día podrá menos. Ningún cuerdo en un viaje largo empeña a su caballo en que camine cada jornada todo aquello que su robustez tolera. Fuera de que no es fácil saber a punto fijo adónde alcanza la fuerza del estómago; y en caso de duda, es más seguro quedarse un poco más atrás. Si fuéramos tan felices que se hubiese continuado hasta nosotros el estado de la inocencia; sería, así para la calidad, como para la cantidad de la refección, regla sin excepción el apetito, porque entonces nunca saldría del imperio de la razón. Las cosas ahora están de otro modo; y así es menester que señale algunas limitaciones la prudencia.

26. El consejo de exceder una, u otra vez me parece razonable, por no ligar el cuerpo a un método indefectible, como en los pastos siguientes se cercene lo que se había excedido: y en todo caso no se proceda a nueva refección sin tener el estómago enteramente aliviado, y excitado bastantemente el apetito. Cuando se espera algún ejercicio inmoderado, o se teme que falte después a la hora regular el alimento preciso, como acaece algunas veces [164] en los caminos, puede prevenirse el estómago con refección más copiosa de la acostumbrada. Téngase siempre cuenta del ejercicio, o trabajo corporal, el cual cuanto sea mayor, pedirá más alimento, por lo mucho que disipa.

27. Las reglas dadas se entienden respecto de los cuerpos bien complexionados. Pero los que abundan de humores excrementicios, especialmente pituitosos, o flemáticos, deben estrecharse más. Es verdad que por lo común en éstos es lánguido el apetito; y así, cercenando de él un poco, en conformidad de la regla que hemos dado de Galeno, quedará la cantidad del alimento en la proporción debida con su temperamento vicioso. Con todo, hay algunos de estos mismos que son algo glotones; lo que acaso proviene de que la misma intemperie, de que adolecen, turba, o deshace la armonía, que en el estado natural hay entre la necesidad de la naturaleza, y la voz del apetito. En tal caso deben tener muy tirante la rienda a su destemplanza, reduciéndose a padecer hambre, y sed formalmente, que no durará mucho tiempo ese trabajo, pues se llegarán a consumir con la inedia, y con la sed los mismos humores que irritan el apetito.

28. En cuanto a la división de los manjares entre comida, y cena, hay división también entre los Médicos. Unos pretenden que sea más larga la comida, que la cena: otros al contrario. Unos, y otros alegan sus razones. La primera opinión está más válida en el uso común. Lo que tengo por más seguro es, que cada uno observe cómo le va mejor, y siga ese método. En fin, recomendamos siempre como capital, y principalísima, así para la calidad, como para la cantidad de comida, y bebida, la regla de la experiencia, la cual nunca se ha de perder de vista.

§. VIII

29. Lo que hemos dicho en cuanto a comida, y bebida, se debe entender de todas las demás cosas, que componen el régimen de vida, sueño, ejercicio, habitación, &c. En todo es error obedecer el dictamen del [165] Médico contra la experiencia propia. El ejercicio debe ser moderado, pero esta moderación ha de ser respectiva a las fuerzas, y al alimento. Cuando se exceda en la comida, a proporción se ha de exceder en el ejercicio. Al que por sus ocupaciones, o su profesión, pocas veces, o por poco tiempo puede ejercitarse, juzgo convenirle ejercicio algo violento: porque el exceso en la intensión supla el defecto en la extensión.

30. En el sueño apenas cabe error por exceso. Entregada la naturaleza al descanso, por sí sola prescribe el tiempo, o la cantidad proporcionada al temperamento de cada uno. Contra el sueño meridiano están declarados muchos Médicos, considerándole gran fomentador de catarros, y fluxiones; pero yo he visto muchísimos hallarse muy bien durmiendo una hora, o más, poco después de la comida. Esta es la práctica común de los Religiosos; y no por eso son más incomodados que los Seglares. Varias veces que he viajado por el Estío, siempre he madrugado mucho, con el motivo de huir de los calores; conque me era preciso alargar hasta dos, y tres horas el sueño meridiano, para suplir la falta del nocturno, y no por eso sentí daño alguno. Opondránme acaso muchos la experiencia que tienen, de que cuando duermen demasiado la siesta, sienten después la cabeza muy gravada. Respondo, que en el juicio que se hace de esta experiencia (asimismo como en el de otras muchas) se comete el error de tomar por causa lo que es efecto, y por efecto lo que es causa. No nace entonces la pesadez de la cabeza del sueño prolijo: antes el sueño prolijo nace de la pesadez de la cabeza. La mucha carga de vapores influye un sueño tenaz; y después del sueño continúa la pesadez, de que la cabeza se va desembarazando poco a poco, mediante la fluxión. Ser esto así se prueba, lo primero, porque cuando se duerme mucho la siesta, para suplir el defecto de sueño de la noche antecedente, no se siente después esa pesadez: y si el sueño por razón de la hora ocasionára esa incomodidad, también en este caso se padeciera. Lo [166] segundo, porque siempre que hay gran inclinación a dormir largamente la siesta, aunque no se condescienda con ella, se padece del mismo modo pesadez de cabeza todo el resto del día, como yo mil veces he experimentado: luego no es el sueño quien causa la pesadez; antes la pesadez es la que causa el sueño.

§. IX

31. El ambiente que respiramos, o País en que vivimos, tiene gran influjo en la conservación, o detrimento de la salud. También en esta parte se debe el conocimiento a la experiencia; porque las reglas físicas, que ordinariamente se dan, son muy falibles. Casi todos condenan por insalubres los Países húmedos; pero se engañan. Todo el Principado de Asturias es muy húmedo. Con todo, no sólo en las montañas de él, mas también en los valles, vive más la gente que en Castilla. Las Islas son mucho más húmedas que las Regiones Mediterráneas, porque por todas partes carga el mar su atmósfera de vapores. Sin embargo, Bacon observó que los Isleños por lo común son de más larga vida, que los habitadores del Continente. Así los habitadores de las Islas Orcades a la parte Septentrional de Escocia, siendo así que son muy destemplados, y no usan de alguna medicina, viven mucho más que los de la Rusia, puestos en la misma altura de Polo. En las Canarias, y Terceras viven los hombres más que en las Regiones de la África, colocadas debajo del mismo Paralelo. Más también en el Japón, que en la China, no obstante la mucha mayor industria, y aplicación de los Chinos a la Medicina. No hay Provincia alguna, ni en África, ni en América, puesta debajo del mismo Paralelo que Ceilán, donde se viva tanto, ni con tanta salud, como en esta deliciosa Isla. Y aquí se falsifica también la regla común de que los Países, que abundan mucho de árboles, son enfermizos, pues la Isla de Ceilán casi toda está cubierta de florestas.

32. De aquí se colige que ni la sequedad del País, ni la aparente pureza del ambiente, puede darnos total seguridad [167] de ser bueno el clima. El temple de Madrid es muy aplaudido en toda España, por razón de la pureza del ambiente, calificada con la pronta disipación de todos los malos olores, aun de los propios cadáveres: pues los de los perros, y gatos, dejados en las calles, se desecan, sin molestar a nadie con el hedor. Sin embargo, Francisco Bayle en su Curso Filosófico {(a) Tom. 1. fol. mihi 502.} infiere de esa misma experiencia que el temple de Madrid es malo, atribuyendo el efecto a los muchos sales volátiles, acres, o alcalinos, de que está impregnado aquel ambiente, y de donde dice que nacen las muchas enfermedades que hay en la Corte: Unde originem ducunt morbi, qui saepe Madriti grassantur a nimia sanguinis tenuitate, & solutione, quam infert aer salibus turgidus. Añade, que la práctica de dejar los cadáveres de los animales domésticos insepultos por los barrios, y campos vecinos, aunque algunos Físicos de por acá juzgan ser útil para templar con la crasicie de sus vapores la nimia tenuidad del aire, en realidad es muy nociva; porque con las expiraciones de los cadáveres se aumentan al ambiente los sales acres. Como quiera que se filosofe (que esto de filosofar lo hace cada uno como quiere), el hecho es, que en Madrid no vive tanto la gente, como en algunos Países de aire más grueso, y nebuloso. Es cierto que la población de Madrid es poco menos numerosa que la de todo el Principado de Asturias. Con todo aseguro que se hallarán en Asturias más que duplicado número de octogenarios, nonagenarios, y centenarios, que en Madrid. [168]

{(a) Estoy ya en la persuasión de que no percibirse en Madrid el mal olor de los cadáveres, no pende ni del principio que vulgarmente se imagina, ni del que discurre Francisco Bayle. La prueba clara es, porque si pendiese de alguno de aquellos principios, como ambos son comunes, no sólo al recinto de la población, mas a todo el territorio vecino; no sólo en Madrid, mas ni en todo el territorio vecino se percibiría ese mal olor, lo que es falso, como he experimentado algunas veces. A cincuenta, o sesenta pasos del Pueblo apesta del mismo modo un perro muerto, que en otro cualquier País. La causa [168] verdadera, a lo que entiendo, de este fenómeno, es la gran hediondez de los excrementos vertidos en las calles, la cual sufoca, entrapa, o embebe los hálitos que exhalan los cadáveres.}

33. Es fijo, pues, que la aparente pureza del ambiente no prueba la sanidad del clima. Y digo la pureza aparente, que consiste en la carencia de vapores, o exhalaciones sensibles; porque puede el aire ser impuro por la mezcla de otros corpúsculos insensibles, sin embargo de descubrirse el Cielo serenísimo por medio de la diafanidad de ese elemento. En las constituciones epidémicas, que dependen sin duda de la infección del aire, se ve esto muchas veces. Cuando la peste reina todo un año, y años enteros, especialmente en Países poco vaporosos, no deja de haber en el discurso del año muchos días serenísimos; con todo, la infección del ambiente persevera, y aun por lo común más en el Estío, que es cuando está más despejado. Sydenhan observó muchos años epidémicos, sin alguna novedad en ellos, en cuanto a las cualidades sensibles. Observó asimismo algunos años muy semejantes en las cualidades sensibles, de los cuales unos fueron epidémicos, y otros no. Por lo cual dice este gran Médico en varias partes, que las constituciones no saludables de los años no dependen en alguna manera de las cualidades sensibles, o elementales. Y tratando de la constitución epidémica de Londres en los años de 1665, y 1666, asienta, que nadie sabe qué cualidad, o disposición es la que hace al ambiente enfermizo; haciendo irrisión de la locura, y arrogancia de los filosofantes, que presumen hallar las razones físicas de éste, y otros muchos efectos naturales: At vero quae, qualisque sit illa aeris dispositio, a qua morbificus hic apparatus promanat, nos pariter, ac complura alia, circa quae vecors, ac arrogans philosophantium turba nugatur, plane ignoramus.

{(a) En el Tom. 7. Disc. 1. núm. 46. y sig. propusimos como probable la opinión, de que la peste proviene de unos particulares insectos volantes, que, mediante la inspiración, se introducen en los cuerpos; y allí exhibimos los fundamentos de esta opinión.} [169]

34. De aquí se infiere, que sólo la experiencia puede manifestar qué País es saludable, y cuál enfermizo. Y es de advertir, que en los climas sucede lo mismo que en los manjares; esto es, que ninguno hay que para todos los individuos sea bueno: ni apenas hay alguno tan malo, que sea malo para todos. De los sitios, o habitaciones dentro del mismo País, o cuartos de la misma casa, digo lo mismo; aunque no por eso niego, que por lo común los sitios donde hay aguas estancadas, o donde están embebidas en la tierra humedades permanentes, son muy nocivos. La observación me ha enseñado que hay suma diferencia entre aquella humedad que al ambiente se le comunica perennemente por las evaporaciones del terreno húmedo, o pantanoso, que está debajo, o inmediato a él, y las otras humedades errantes de nieblas, o nubes, que se han evaporado de sitios algo distantes. La primera humedad comúnmente es nociva. La segunda en muchísimos Países vemos que no lo es. Acaso dependerá de que a poco trecho que se agite por el aire, se purifica, deponiendo varios corpúsculos, que la inficionan.

35. La niebla es cierto que no en todos los Países grava las cabezas. Y adonde hace este daño, estoy persuadido a que no le hace la misma substancia, o cuerpo sensible de la niebla, sino algunos corpúsculos sutilísimos malignos, que se le mezclan. La razón para mí es clara: porque cerradas puertas, y ventanas bien ajustadas, de modo que no entre humedad sensible de la niebla en el aposento, se padece el mismo daño, y en el mismo grado, que estando fuera de techo; lo que muchas veces he experimentado. Lo mismo digo de los vientos que incomodan en algunos Países, como el Oriental, y el Meridiano: pues siendo cierto que aun en un cuarto bien cerrado, donde no entra el menor soplo, o es tan poco lo que entra que no lo percibe el sentido, se siente la misma indisposición que si se caminara por un páramo; se infiere que lo que hace el daño es la mixtura de algunos corpúsculos sutilísimos, acaso minerales, que en virtud de su [170] tenuidad, se introducen en todas partes, burlando cualesquiera precauciones.

§. X

36. Concluiremos este capítulo con algunas advertencias, que miran a borrar ciertas erradas observaciones populares, en materia de régimen, tan introducidas, que justamente podremos llamarlas errores comunes.

37. Algunos toman por regla de su régimen a este, o a aquel individuo, que portándose de tal, o tal modo, vivió mucho tiempo con salud constante. Es error. Lo primero, porque, como ya se advirtió, el régimen que para uno es muy bueno, para otro puede ser muy malo. Lo segundo, porque con cualquier género de régimen se hallarán unos que viven mucho, otros que viven poco. Unos viven mucho sin probar vino toda la vida; otros casi sin probar la agua. Unos comiendo sólo un género de manjar con templanza; otros comiendo de todo sin escrúpulo. Unos usando de cosas calientes; otros de frescas. El difunto Marqués de Mancera, habiendo hecho toda la vida su principal pasto del chocolate, tan adicto a él, que ni aun en las fiebres le abandonaba, vivió ciento y ocho años. Otros, que quieran seguir ese rumbo, no llegarán a los cuarenta. Ciertamente a los más será pernicioso.

38. La práctica de colocar la alcoba donde se duerme en la parte más retirada del edificio, a fin de defenderla de las injurias del ambiente externo, es errada, si no se toma la precaución de modo que pueda ventilarse a menudo. El ambiente estancado es nocivo, como la agua estancada. Conócese en el mal olor que despide, siempre que se abre alguna alhacena, arca, o aposento, que hayan estado mucho tiempo cerrados. Créese que de este principio nació aquella pestilencia, que desoló el ejército de los antiguos Galos, ocasionada de haber abierto en el Templo de Delfos una grande arca, cerrada de tiempo inmemorial, donde pensaron hallar grandes riquezas. Atribuyeron los Gentiles el estrago a venganza de Apolo contra los violadores de su Templo. La razón persuade que el aire [171] encarcelado por siglos enteros, sin respiradero alguno, pudo adquirir un altísimo grado de putrefacción, capaz de inficionar todo el ambiente vecino con su maligno fermento. Acaso a la misma causa se deben atribuir las muertes repentinas de los Minadores, cuando rompen en las entrañas de la tierra algún hueco, antes que a los hálitos arsenicales, de cuyo mineral no se han hallado vestigios en algunas partes donde han sucedido estas desgracias. Es, pues, nocivo el aire detenido en los aposentos, y mucho más estando imbuido de las impurezas que continuamente se evaporan de nuestros cuerpos, y así, se deben dar a la alcoba dos entradas correspondientes a dos ventanas, o puerta, y ventana opuestas, para que siempre que está sereno el Cielo, o corre aire puro, se pueda ventilar; cuidando empero de que las puertas de la alcoba sean bien ajustadas: y en todo lo demás hágase cuanto se pueda por el abrigo.

39. El cubrir prontamente la ropa del lecho, luego que se sale de él por la mañana, se tiene por aseo; siendo en realidad porquería, y porquería dañosa. Antes se deben exponer luego las sábanas al ambiente, para que expiren los hálitos del cuerpo, que embebieron toda la noche, antes que enfriándose se condensen, impidiéndose de ese modo la evaporación.

40. Todo el mundo está ya persuadido a lo mucho que importa la limpieza en la ropa, especialmente en la que está inmediata al cuerpo, habiéndose ya desterrado la bárbara práctica, ordenada comúnmente por los vulgares Médicos, de mantener los enfermos con la misma camisa en todo el discurso de la dolencia. Pero se ha substituido en esta materia una precaución, que se tiene por conveniente, y es nociva. Antes de poner la camisa limpia al enfermo, hacen que se la vista algún sano, aquel tiempo que es menester para que se caliente, y deseque de cualquiera humedad residua: esto sólo por el discurso de que el calor comunicado del cuerpo de otro hombre, es más connatural al enfermo, que el que comunican el Sol, o el fuego. ¡Raros modos de filosofar tienen algunos hombres! [172] El calor todo es de una especie ínfima en buena Filosofía; y así, de cualesquiera agentes que se comunique, produce los mismos efectos a proporción de su intensión. De el mismo modo deseca, y enrarece el calor del Sol, que el del fuego. Algunas operaciones peculiares, que se atribuyen al calor nativo de los vivientes, dependen de la concurrencia de otras facultades distintas: por lo cual está hoy abandonada la sentencia, de que la disolución de los alimentos en el estómago, se hace sólo en virtud del calor nativo; sino es que por la voz nativo, se entienda otra alguna cosa sobreañadida a la razón de calor. Mas aun en caso que se diga que el calor del estómago por sí solo perficiona esta obra, no por eso se prueba que sea distinto en especie del calor del Sol, ni del fuego. La razón es, porque sólo puede hacer la disolución del alimento, excitando la fermentación: y la operación de excitar la fermentación, es común al calor del Sol, y al del fuego. No sólo en los mixtos inanimados, mas también en los vivientes, se ve que promueve el calor del fuego la fermentación: pues usando de él, se anticipa a los vegetables la madurez de sus frutos, supliendo la actividad de este elemento la tibieza de aquel Astro. Siendo, pues, el calor de nuestros cuerpos uno mismo en especie con el del Sol, y el del fuego, ninguna utilidad se le procura al enfermo en que la camisa se le caliente con el contacto de otro hombre. Y por otra parte se le ocasiona algún daño, pues se la ponen después que ha embebido ya alguna porción de las exhalaciones excrementicias del otro cuerpo. Por esto será mejor desecarla al sol, o al fuego, dándole aquel grado de calor, que en el estado natural tiene el cuerpo humano.

41. Algunos siguen la máxima de usar en todas las estaciones del año la misma cantidad de ropa, así en el lecho, como en el vestido. No debe ser así, sino quitar, o añadir a proporción del frío, y calor. La cantidad de ropa que en el Invierno es menester para abrigo, en el Estío sobra para ahogo. Bacon dice que la demasiada ropa disuelve el cuerpo: Vestes nimiae, sive in lectis, sive portatae [173] corpus solvunt {(a) In Hist. vitae, & mortis.}. Cuando a veces el calor del Estío laxa demasiadamente los cuerpos, ¿para qué se ha de aumentar el daño con la opresión de los vestidos? Es verdad, que el adagio Castellano dice: Si quieres vivir sano, la ropa que traes por Invierno, traela por Verano; pero yo nunca he asentido a que todos los adagios sean evangelios breves: y quien se pone de intento a impugnar errores comunes, no debe embarazarse en refranes. A los que veneran tales textos, les daré la explicación del presente, que me ocurrió siendo Novicio, en ocasión que mi Maestro me arguyó con él, viéndome un día ardiente muy aliviado de ropa. Padre Maestro, le dije, ese adagio favorece mi opinión; porque quiere decir, que nos abriguemos mucho menos en Verano, que en Invierno. ¿Cómo?, me replicó. Como (respondí) la ropa que se ha usado todo el Invierno, cuando llegue el Estío, es necesario que ya esté algo raída, y con mucho menos pelusa, es preciso que entonces abrigue, y cargue mucho menos: y así entiendo yo el consejo de que la ropa que se trae por Invierno, se traiga por Verano. Ni me hace fuerza el ejemplo de algunos que se hallan bien usando la misma cantidad de ropa todo el año. Comúnmente estos hombres adictos a un método inalterable, sin distinción de tiempos, y circunstancias, son de una complexión de bronce, a que se siguen dictámenes de hierro. Cualquiera lección que tomen en orden a régimen, aunque no sea la más oportuna, con ella tienen salud, porque para todo les sobra robustez. Y como los hombres de temperamento tan fuerte no son por lo común los más reflexivos, nadie los vencerá con alguna razón a que por poco tiempo prueben si de otro modo les va mejor. Sin embargo no me atrevo a condenarlos, si en la práctica que siguen no padecen alguna molestia. Pero dudo que el cargarse de ropa en el mayor herbor del Estío, no les sea penoso. Lo dicho en este Artículo se debe entender con alguna limitación para aquellos Países, [174] donde por la vecindad de alguna montaña elevada, suelen levantarse intempestivamente, en medio de los calores, vientos fríos, y penetrantes.

42. Dejar la ventana del aposento abierta en las noches ardientes del Estío, se tiene por arriesgado. Yo lo ejecuté muchas veces, y ví algunos otros que lo ejecutaban cuando el calor era muy excesivo, sin experimentar jamás algún daño. Pero esto no podrá ejecutarse en los Países donde sucede lo que dijimos arriba, de levantarse inopinadamente, en medio de los calores, vientos fríos, si la ventana no está al lado opuesto de la montaña de donde soplan: tampoco en los Lugares, donde arrojan de noche en las calles todas las inmundicias.

43. La elección de agua para beber es uno de los puntos considerables en materia de régimen. Las señas comunes, y probables de la buena, son carecer de todo sabor, ser cristalina, ligera, calentarse, o enfriarse prontamente, cocerse presto en ella las legumbres. Pero la de nacer la fuente al Oriente la he visto falsificada mil veces. El País adonde escribo esto abunda de fuentes; y tres que hay, las mejores de todas, nacen al Poniente. Ni, si se consulta bien la razón natural, se puede hacer mucho aprecio de esta seña. [175]

{(a) El P. Regnault, tom. 2. de los Coloquios Físicos, coloq. 7. dice, que las mejores fuentes se deben buscar en el pendiente de las montañas que mira al Norte; fundado en la razón de que, no estando semejantes sitios expuestos al Sol, sus rayos no desecan la tierra, disipando lo que las aguas tienen de más espirituoso. Otros quieren que se prefieran las que están en sitios ilustrados del Sol, pretendiendo que sus rayos purifican las aguas. Yo quiero que se prefiera la experiencia a todo raciocinio; mas si por discurso se hubiese de hacer elección, antes me atendría al primero, que al segundo. El calor del Sol, u otro cualquiera, sin duda evaporiza las partes más sutiles, y fluidas del agua; así dejará el resto más grueso, glutinoso, y pesado: pues debemos suponer que ninguna agua es perfectamente homogénea: lo uno, porque siempre están mezclados en ella muchos corpúsculos sólidos; lo otro, porque ni aun las partes líquidas son de igual fluidez, lo que fácilmente notamos en las aguas de distintas [175] fuentes. Añádese, que si el Sol calienta mucho la agua, puede producir en ella aquellos insectos que en fuerza del mucho calor se engendran en la agua, que llevan los Bajeles de curso dilatado.

Muchos Autores, tanto antiguos, como modernos, prefieren a todas las demás la agua llovediza, calificándola por mejor que la de fuentes, y ríos. Considerando que la agua llovediza se forma de los vapores que se elevan de las aguas terrestres, y que lo que se eleva en vapores, es lo más sutil, y tenue del cuerpo que los exhala; dedujeron, que la agua llovediza es la más pura, tenue, y sutil de todas. Pero la falacia de este discurso está descubierta por la experiencia. Yo la hice algunas veces con todas las precauciones necesarias; esto es, tomando la agua, no de las canales de los techos, ni de nubes tempestuosas, sino derechamente del Cielo, y de nubes pacíficas. Con todo, nunca logré más que una agua impura, de mal gusto, mal color, y mal olor. Así es de creer, que los vapores al subir, y mucho más al bajar, incorporan en sí muchos corpúsculos de mala índole, que fluitan en la Atmósfera, los cuales la hacen impura. Compruébase esto con el vulgar axioma, clarior post nubila Phoebus. La mayor claridad del Sol viene de la mayor pureza de la Atmósfera: luego si después de resolverse en lluvia los nublados parece el Sol más brillante, es sin duda porque la lluvia al caer purgó a la Atmósfera, llevando consigo muchos corpúsculos, que la empañaban. [176] Habiendo yo propuesto este pensamiento a un sujeto aficionado a observaciones filosóficas, me lo confirmó con repetidos experimentos, que había hecho, de que después de resolverse en agua las nubes, veía con el telescopio algunos objetos distantes, los cuales no distinguía fuera de esa circunstancia, por sereno que estuviese el día. Si recogida por mucho tiempo la agua llovediza en las cisternas depone en sedimento todos esos corpúsculos, y queda pura, sabránlo los que la han bebido. Ciertamente sucede así en la que se recoge de los ríos hinchados con grandes lluvias, y depositada en los aljibes, en la cual la mucha tierra, que viene mezclada con ella, al precipitarse al fondo en fuerza de su peso, precipita también esotras impurezas de la agua llovediza. Pero tampoco esa agua es comparable con la de algunas fuentes, o ríos escogidos, como he notado varias veces: y tengo un sentido bien exquisito para distinguir la delicadeza de las aguas, no sólo a la percepción del paladar, mas aun al contacto de la mano.

Puede ser que el dictamen de que la agua de lluvia es mejor que la de fuentes, y ríos, venga de la observación hecha en otras naciones, donde el agua de las fuentes sea de inferior calidad a la de las fuentes de España. Muéveme a esta sospecha haber leído en el Diccionario de Trevoux, V. Eau, la siguiente cláusula: La agua de España es excelente: ella no se corrompe jamás.}

44. La experiencia de pesar las aguas, para conocer la bondad de ellas, es engañosa. Puede la agua, que es más pesada que otra, ser para el estómago más ligera, a razón de la mayor flexibilidad, o mayor disolubilidad de la textura de sus partículas, por la cual se acomoda mejor, y penetra más fácilmente las vías. Puede también tal vez depender la mayor levidad de la agua de tener mayor mixtura de aire: en cuyo caso no será la más ligera más provechosa. En los alimentos se ve, que no siempre los más ligeros en sí mismos son los más ligeros en el estómago. El sebo es mucho más ligero que la carne: pero para el estómago más pesado. Así las aguas se han de pesar en el estómago, no en la balanza. Algunas experiencias que hice, me confirmaron en esta máxima.

45. Otro error comunísimo, que he hallado en cuanto a la agua, y otra cualquiera bebida, es condenar por perniciosa la que habiéndose enfriado con nieve, perdió aquella frialdad intensa. Dicen que está pasada; y no sé lo que [176] quieren significar con esto. Si por pasada entienden corrompida, se engañan; porque la corrupción de cualquiera licor se manifiesta en sus cualidades sensibles; y en ninguna de éstas se inmuta la agua por enfriarse; o si alguna vez se inmuta, es porque la vasija, en que se enfrió, le comunicó algún sabor, u olor extraño: pero lo mismo sucedería estando en ella sin enfriarse. Así se verá, que en vasija de vidrio limpia, aunque se enfríe diez veces, no se inmuta, ni en color, ni en sabor, ni en olor. Acaso introdujo este error la experiencia de lo que pasa en las bebidas compuestas. Pero éstas se corrompen, o inmutan sensiblemente, pasados uno, u dos días, que se enfríen, que no, a causa de la fermentación que ocasiona su heterogeneidad. Haga el que quisiere la experiencia con un poco de horchata, y lo verá. La agua de los ríos de curso dilatado, cien veces se enfría con la destemplanza de la noche, y otras tantas se calienta con la presencia del Sol, sin perder nada de su calidad. Aun la que se ha helado, se deja beber [177] después de liquidada, del mismo modo que antes. El vino que se transporta por altísimas montañas, se enfría mucho en ellas, y después se calienta tal vez demasiado en los valles, sin perder nada de su valor. A este argumento me han respondido algunos de aquellos que pasan por Filósofos, sólo porque estudiaron si la materia tiene propia existencia, si la unión se distingue de las partes, &c. que la frialdad en los ejemplos que traemos es natural, y la del caso en cuestión, violenta. Pero esto es hablar sin reflexión, y acaso sin inteligencia de las voces. Si a la agua le es violenta la frialdad, que le comunica la nieve, lo será asimismo la que le comunica el ambiente friísimo de la noche, cuando llega a helarla; pues una, y otra frialdad son de la misma especie ínfima; y aun el agente es el mismo en cuanto a la especie; conviene a saber el nitro incorporado en la nieve, o esparcido en el aire. Cuando el vino es conducido por montañas nevadas, la nieve es quien le enfría mediatamente, enfriando inmediatamente al ambiente vecino: como en la corchera le enfría mediatamente, enfriando inmediatamente la vasija. Las fuentes, y ríos, que bajan de montañas altísimas, se surten por la mayor parte de la nieve derretida, penetrada en los senos de la tierra; sin que después que en los valles se calientan sus aguas, se perciba en ellos alguna cualidad maligna. Decir que una frialdad es natural, y otra artificial, nada significa: porque lo que hay artificial en el caso en cuestión, es únicamente la aplicación: y la aplicación es sólo condición para obrar desnuda de todo influjo: por lo cual no puede inducir buena, ni mala cualidad en la bebida. Aun cuando concediéramos ser algo violenta a la agua la frialdad de la nieve, nada se probaría de ahí: pues mucho más violento le es el calor, que le da el fuego, y por más que hierba no se corrompe, si se cuece sola. En fin, yo en mis menores años bebí muchas veces la agua, que se había enfriado en cantimplora de vidrio, después de perder la frialdad, sin percibir jamás la menor lesión.

46. Omito otras advertencias en orden al régimen: [178] porque para decirlo todo, sería menester hacer libro entero de este asunto. Y repito, que en todas las cosas, de que se compone el régimen, cada uno se gobierne por su experiencia, estando advertido de entenderla bien; porque muchas veces se yerra enormemente en las conclusiones que se deducen de la observación, o tomando por efecto lo que es causa, como demostré arriba, tratando del sueño meridiano; o tomando por causa lo que ni es causa, ni efecto, sino cosa puramente concomitante; y éste es el yerro más común. Muchos de cualquiera incomodidad que sientan, echan la culpa a cualquiera novedad que hayan hecho en la comida, o en la bebida, o en otra cosa, por menuda que sea. Es menester ver si repitiendo esa novedad, resulta el mismo efecto; porque si no, sería concurrencia causal, y no ocasionada de la indisposición con la novedad. Teniendo presente esta regla, es ocioso preguntar al Médico en estado de salud, aunque sea algo débil, qué, y cuánto se ha de comer, o beber, cuánto, y cuándo se ha de hacer ejercicio, &c. En que muchos son tan supersticiosos, que no pasarán, aunque rabien de hambre, o de sed, de la raya que el Médico señala: y Médicos hay, que todo lo determinan con tanta exactitud, como si lo midiesen con compás matemático. Acuérdome de haber leído de uno, a quien el Médico, consultado sobre el punto de hacer ejercicio, señaló el número de paseos, o vueltas que había de dar en el cuarto; y después el consultante, ocurriéndole que no había expresado, si los paseos habían de ser hacia lo largo, o hacia lo ancho del cuarto, se lo envió a preguntar al Médico a su casa. No por esto repruebo algunos consejos generales, y aun algo particularizados, cuando los Médicos con larga, y atenta experiencia han tanteado la calidad de los alimentos del País, y el temperamento del consultante.

Aunque el examen de la común opinión, que la aplicación a las letras es muy perjudicial a la salud, pertenecía a este Discurso; por ser materia que pide discusión más exacta, se reserva para colocarse a parte en el siguiente.

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo primero (1726). Texto tomado de la edición de Madrid 1778 (por D. Joaquín Ibarra, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo primero (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 149-178.}


www.filosofia.org Proyecto Filosofía en español
© 1998 www.filosofia.org
Biblioteca Feijoniana Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764)
Teatro crítico universal (1726-1740)