«Grandes pensadores»
r ó t u l o s

1771 «A few examples have, alas! but too much authorized this opinion. We have seen great thinkers who have only thought to aggrandize themselves on the ruins of those they pretend to serve; great professors who have spared no pains to gain confidence for no other purpose than to betray; great advocates for liberty, only to enslave; and great preachers up of justice, only to purchase security for the worst of criminals.» (Mrs. Eliza Haywood, The Female Spectator, 7ª ed., H. Gardner, Londres 1771, vol. 1, lib. 4, pág. 187.)

1779 «Nun wolle der grosse Denker, der Materialist, einen Augenblick bei sich selbst einkehren, und auf das merken, was in ihm vorgeht, wenn er denkt, wenn er einen Begriff von einer Sache nach dem ersten Buch der logik abzieht...» (Schwäbisches Magazin von Gelehrten Sachen, auf das Jahr 1778, Stuttgart [1779], mit Erbardischen Schriften, pág. 830.)

1788 «But as no rule is without exceptions, some great thinkers, it must be confessed, have been also great talkers; but this generally has been the case, when men of this kind have seen much of the great world, and been celebrated actors in it.» («The Author and the Talker», The Gentleman's and London Magazine or Monthly Chronologer, John Exshaw, Dublin 1788, pág. 639.)

1795 «It is said that collections have been made, small ones no doubt, of bon mots by persons who never said but one good thing; it would form no incurious miscellany, if it were possible to select some of those thoughts of great thinkers, which were never written. We should find many admirable ones. The painters have this advantage over writers, their slightest sketches are immediately siesed, and become as valuable to posterity as their more complete labours.» (Isaac d'Israeli, An Essay on the Manners and Genius of the Literary Character, T. Cadell, Londres 1795, págs. 80-81.)

1815 «Por confissão de todos os grandes pensadores, e conhecedores do bello ideal, não são perfeitas as artes se não são tratadas com simplicidades.» «Sabei, meu Attico, que sempre se deo o especioso titulo de Genio nobre a Pithagoras, a Socrates, a Platão, a Aristoteles, a Epicuro, a Cicero, a Seneca, a Tacito entre os antigos, e á Bacon, a Grocio, a Hobbes, a Puffendorfio, a Des-Cartes, a Galileo, a Locke, a Leibnitz, a Newton, a Bayle, a Montesquieu, entre os modernos, não porque em suas obras houve aquelle fogo, aquelle enthusiasmo, aquelle sopro divino que anima os Poetas, os Pintores, e ainda os Historiadores, que fazem fallar os objectos de que tratão; mas porque forão grandes pensadores, e porque ou creárão, ou milhorárão muitas coisas scientificas.» (Jose Agostinho de Macedo, Cartas filosoficas a Attico, Na Impressão Regia, Lisboa 1815, págs. 162 y 289-290.)

1818 «Such reflections as these are not very common among the men of our nation, but in the book wich now lies before us, and in many other works of those whom Madame de Stael classes with its author, under the name of "ces grand penseurs Allemands," we find sufficient proof that they are by no means unusual among the reflective men of another narion, which, in so far al least as philosophy and art are concerned, may be entitled to fully as much respect as our own.» («Remarks on Schlegel's History of Literature», Blackwood's Edinburgh Magazine, vol. III, nº XVII, August 1818, pág. 498.)

1824 «La meditación bien ordenada es la que forma un hombre juicioso: esto no puede estar sujeto a reglas, pues debiendo ser el juicio según las circunstancias, no puede hacerse otra cosa en los libros elementales, sino aconsejar que se acostumbre el entendimiento a formar siempre un buen análisis, único medio de adquirir conocimientos exactos. La práctica de pensar bien es la que forma los grandes pensadores.» (Félix Varela, Lecciones de Filosofía, segunda edición, corregida y aumentada por el autor, tomo primero, en la Imprenta de Stavely y Bringhurst, Filadelfia 1824, pág. 40. En la cuarta edición, corregida y aumentada por el autor, tomo primero, Impreso por G. F. Bunce, Nueva-Yorka 1832, pág. 40.)

1841 «Todos los grandes pensadores, todos los que se han dedicado profundamente al cultivo de las ciencias, ora fuese para hacer investigaciones especulativas sobre sus verdades, ora fuese para aplicar sus resultados a las artes prácticas, a las necesidades, a los usos comunes de la vida y de la sociedad; todos –sin excepción– han convenido en la necesidad de remontarse a un primer principio, a una base fundamental, ya de cada ciencia, ya de todos los conocimientos humanos, creyendo que todos los trabajos del espíritu se convertirían en una tarea inútil, cuando no reposaran en un cimiento indestructible, en una verdad a la cual no se pudiera tocar, en un principio sobre el cual no pudiera suscitarse discusión ni controversia.» (Nicomedes Pastor Díaz, «Necesidad de un principio incontrovertible de gobierno», El Conservador, revista política y literaria, 1841, nº 25.)

1845 «Errores capitales de la época. Nada más común en la tribuna parlamentaria y en gran parte de los escritos de la época, que la frase del derecho divino de los reyes presentada en oposición de las sacramentales de la soberanía del pueblo, de los derechos de este, y últimamente de la soberanía de la clase media. La frecuencia y cierto tono de superioridad con que se repite, obligan a creer que los grandes pensadores, los Solones del siglo han meditado poco sobre ella, o ignoran cuales son las creencias de la escuela política opuesta a la suya: a no ser que haya cierta intención oculta en oscurecer una materia en la cual no se puede pensar sin conocer que en las modernas teorías todo edificio de constitución política descansa sobre movible arena.» (La Esperanza, periódico monárquico, Madrid, lunes 5 de enero de 1845, nº 75, pág. 1.)

1846 «María, la hija de un jornalero. Desde que tuvimos en nuestro poder esta novela histórica y filosófica, se apoderó de nosotros la más viva curiosidad; tanto más cuanto que esta brillante producción (así es como la califica toda la prensa española y gran parte de la extranjera) es debida a la pluma de un publicista que pertenece a la gran comunión del más avanzado progreso, o sea de la democracia pura. [...] Un amor sin límites ni tregua por la clase jornalera, digna por sus altas virtudes y por sus horrorosos padecimientos, del interés acendrado que por ello toman nuestros grandes pensadores, un odio, o más bien dicho, la más santa indignación contra los que ¡infames! tratan de embrutecerla para después impunemente oprimirla; una idolatría, llevada hasta el último de los extremos, por la honradez y la virtud; una aversión contra la inmunda prostitución cubierta con la odiosa y sacrílega máscara de la hipocresía, y más particularmente, y que desempeña a las mil maravillas, esa defensa razonada de los tres grandes principios libertad, igualdad y fraternidad, es lo que campea en toda la obra.» (El Genio de la Libertad, tercera época, nº 79, Palma, domingo 13 de diciembre de 1846, pág. 2.)

1847 «El Correo, periódico liberal, publica los siguientes apuntes biográficos del cardenal Gizzi. Los sucesos que vayan ocurriendo en Italia acabarán de decirnos si son o no exactos estos apuntes. [...] "Posteriormente, en 1826, acompañó a Alemania a Monseñor d'Argentaux, nuncio apostólico de Baviera. [...] Desgraciadamente la ciudad de Munich, más animada en aquella época por las artes y los placeres, que por los negocios políticos, no estaba al nivel de la progresión de ideas que agitaba las demás cortes de Alemania; y el diplomático romano se llevó un gran chasco encontrando aquel rincón del país de los grandes pensadores, que tan grave se había figurado, más ocupado de funciones, de bailes y de conciertos, que de economía administrativa y de cuestiones de derecho público."» (La Esperanza, periódico monárquico, Madrid, viernes 23 de julio de 1847, año tercero, nº 862, pág. 4.)

1847 «Filosofía. Grandeza del hombre por su libertad moral: memoria leída en la Academia de ciencias naturales de Madrid, por el doctor don José Moreno Hernández. Grande, inmenso, sublime, señores, es el estudio del hombre, porque inmenso y grande es en sus relaciones el hombre mismo. La razón en progreso, los talentos privilegiados de todas las épocas han convenido en llamarle universo abreviado, microcosmos. Las escuelas filosóficas del día, que alejándose del exclusivismo sistemático han tomado de Platón y Aristóteles, de Leibnitz y Descartes, de Kan y de Loke cuanto respectivamente han dicho acerca de la sensibilidad y actividad humana, están en armonía con el oráculo de Delfos nosce te ipsum, limitando la filosofía toda al solo estudio del hombre. Este conjunto maravilloso de dos naturalezas diferentes, es la base de donde arrancan dos infinitos opuestos y forma el delicado intermedio que une ambos extremos; eslabón brillante ocupa el medio de la cadena inmensurable que desciende desde Dios hasta la nada. Rayo amortiguado de la divinidad, retrato enlutado de la suprema grandeza, débil hijo del polvo, insecto infinito, es casi Dios. El hombre no siente, no obra ni verdaderamente piensa, sino a condición de saberlo, dice Cousin; la conciencia es todo un mundo en pequeño. [...] El conocimiento del hombre que se liga a Dios por su razón y la naturaleza sensible por sus órganos corporales y funciones orgánicas, envuelve la hermosa ciencia del Ser Supremo y del universo. Estas relaciones, que constituyen la síntesis de los tres grandes objetos de la inteligencia, han sido comprendidas por todos los grandes pensadores, tomando diferente aspecto en su examen según el método que ha dirigido sus indagaciones, originándose de aquí los errores consiguientes al que, analizando mal, olvida elementos que ha debido tener en cuenta para abrazar el todo.» (Gaceta Médica, periódico de Medicina, Cirugía y Farmacia, oficial del Instituto Médico de Emulación, Madrid, 20 de octubre de 1847, año III, nº 101, pág. 228.)

1852 «Por eso, en tanto que Espinosa, Descartes, Bayle, Leibnitz y Newton cultivaban el estudio de la filosofía o hacían importantísimos descubrimientos en las ciencias matemáticas, nuestros teólogos despreciaban sus tareas, como de hombres que no podían inquirir verdades en las cosas humanas por la sencilla razón se ser herejes y tener rabo. Un reverendo padre provincial de la sagrada religión de Capuchinos, mal contento con las filosofías de los herejes sobre herejes extranjeros, determinó vencerlos por medio de un libro que bastase a oscurecer las glorias de aquellos ignorantes. Poseido de lo grande del asunto y alentado con lo santo de su empresa, publicó un libro con este título: El Ente dilucidado, discurso único novísimo que muestra hay en la naturaleza animales irracionales invisibles y cuáles sean (Madrid 1667). [...] Según la explicación que de la naturaleza de los duendes dio el bendito padre provincial de los capuchinos, los susodichos animales tienen hasta semejanza con las ratas y los ratones. En fin, esto corría entonces en España con aplauso de las gentes sencillas, en tanto que los calificadores de la Inquisición se tomaban el derecho de negar con un solo rasgo de su pluma las verdades matemáticas que descubrían en tierras de herejes los más grandes pensadores de la Europa culta. Entre brujas, duendes y pactos con el demonio vivía la nación española en continuo sobresalto, y llegaron las cosas a tal punto que los malos espíritus, irritados con el castigo de sus devotos y devotas por el Santo Oficio, determinaron en solemne junta tomar posesión del cuerpo del soberano. Y en efecto, se enseñorearon de Carlos II con tanta furia que ni asperjes ni conjuros, ni reliquias pudieron compelerles a abandonar la regia morada. En ella, seguros de la Inquisición, se burlaban de los enemigos de los brujos y las brujas. Después de difunto el rey Carlos II, algunos se atrevían a dudar de la existencia de semejantes encantamentos; pero la elocuente verbosidad del reverendo benedictino el padre Feijoo y la pasmosa erudición del célebre padre Sarmiento se encargaron de defender, ya que no a capa y espada por impedirlo la santidad de sus hábitos, al menos a fuerza de textos de varones piísimos, que era el mayor de los pecados y uno de los más dignos de crueles castigos negar osada y temerariamente que no había tales brujas. La autoridad de dos padres tan sabios, echada en la balanza de la opinión pública, no pudo dejar de que el fiel se inclinase al lado de los que sustentaban la combatida existencia de personas que en vez de darse a perros se daban a los diablos para gozar en esta vida lo que más les cumplía, dejando para la otra los duelos y los quebrantos.» («Sección literaria. Noticia histórica de la brujería en España», El clamor público, periódico del partido liberal, Madrid, domingo 3 de octubre de 1852, nº 2518, pág. 3.)

1853 «Física. Las ciencias físicas hacen mayores progresos aún que la astronomía. Terminadas las fatales conmociones políticas, Francia e Italia por una parte, e Inglaterra por otra, auxilian con su cooperación a los grandes pensadores alemanos en sus dilucidaciones científicas.» (El Genio de la Libertad, nº 69, Palma, martes 22 de marzo de 1853, pág. 2.)

1853 «Discursos académicos. El domingo último leyó en la Real Academia Española el señor don Rafael María Baralt su discurso de recepción. Contestó a este discurso con otro, según costumbre, el señor don Joaquín Francisco Pacheco. [...] Ambas producciones tienen por objeto juzgar los escritos filosóficos y las prendas literarias del señor Donoso Cortés, marqués de Valdegamas, cuyas infinitas contradicciones y extravagancias exceden en nuestro concepto a las cualidades que se le atribuyen. La oración del señor Baralt es un trabajo bastante superior a la académica del ex-ministro de Estado. Aunque en varios pasajes se notan cierta afectación y algunos descuidos, está en general bien escrita, contiene apreciaciones exactas y toques de crítica filosófica que demuestran que el autor ha profundizado el asunto, examinándolo a la luz de un entendimiento ejercitado. Además, en el análisis de las opiniones del señor Donoso, consigna principios liberales y apunta con mucha destreza el sinnúmero de inconsecuencias en que incurrió durante su vida el autor del Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, refutando en breves, pero eficaces palabras la absurda teoría de un libro que anula la libertad del hombre, la independencia de nuestra voluntad, los derechos de la razón, la ley del progreso. No podemos resistirnos al deseo de reproducir este trozo de crítica, que es a nuestro modo de ver lo mejor que contiene el discurso del señor Baralt. El nuevo académico se expresa así: "En este libro destinado a examinar las más abstrusas cuestiones religiosas, morales, sociales y políticas; que discute y da por resueltos los más hondos problemas humanos, y que quiere explicar dogmáticamente muchos misterios divinos: en este libro, por más de un concepto singular y extraordinario, no aparece, sin embargo, asomo siquiera de duda, rastro alguno de vacilación o de incertidumbre en la mente, ni en la frase del escritor. La creencia es firme, incontrastable el ánimo, absoluta la afirmación, imperioso el lenguaje. El hombre a quien muchos y fuertes vínculos de todo género ligaban a un partido político determinado, rompe con él, combate sus principios, y le moteja de erróneo, infecundo y corruptor. El amigo de la sabiduría, admirador y discípulo de los grandes pensadores que en todos tiempos han ensanchado el dominio de la inteligencia, después de haber aprendido a tener en poco a todos los filósofos y a todas las filosofías, avanza un paso más y niega rotundamente la verdad de sus sistemas".» (El clamor público, periódico del partido liberal, Madrid, miércoles 30 de noviembre de 1853, nº 2877, pág. 3.)

1854 «Mas en materia tan capital, necesitamos robustecer nuestras opiniones con la autoridad de grandes pensadores, así filósofos como médicos. Bacon en el prefacio del Novum organum, dice lo siguiente.» (Manuel de Hoyos-Limón, Espíritu del hipocratismo en su evolución contemporánea, Sevilla, junio de 1854, pág. 287.)

1854 «Cap. XXII. Nacimiento de una infanta, La escuela de los grandes pensadores. Año de 1854. A día cinco de enero de 1854 dio la reina a luz una infanta que sólo vivió tres días. Conviene aquí, para dar luz a la historia, dejar consignada la existencia de una escuela que cuenta con numerosos prosélitos en nuestra patria. A ella ha dado origen la inclinación, propia de los meridionales, de vestir las palabras, y dar a las frases un desusado y misterioro giro. Y ha contribuido a su incremento la necesidad de hablar en los diarios, y la imposibilidad de hablar de lo presente, en cuyo caso, enardecidos los ánimos, se van por los espacios, y los escritores se convierten en profetas. No será de más poner aquí un ejemplo para que se vea cuan diferente es de otras más antiguas aquella moderna escuela. Un antiguo dijo con sencillez y con fuerza: "Temed a aquel que, muerto el cuerpo, puede enviar el alma al infierno." La escuela moderna es más abundante, y empieza de esta suerte para significar lo del antiguo: "Vueltos a todas partes los azorados ojos, no descubro en torno mío más que el caos; ¿hemos por ventura tornado a los tiempos de la nada? ¿porqué los gusanos están contemplando su propia piel, y no vuelven sus miradas hacia la inmensidad, fuente de todos los destinos? Es que existe en el fondo de todos los corazones; es que se encuentra en lo más íntimo de todos los ánimos; es que subsiste en la médula de todos los huesos, un vacío inmenso..." Y este es el exordio de un libro que conduce a decir lo que en aquella línea del antiguo queda dicho. Los discípulos de esta escuela han recibido el nombre de grandes pensadores.» (Manuel Ortiz de la Vega [pseudónimo de Fernando Patxot y Ferrer, Mahón 1812-1859], Las glorias nacionales, tomo sexto, Madrid-Barcelona 1854, pág. 632.)

1858 «Entre los grandes pensadores que han escrito sobre la filosofía de la historia, los más han visto en Oriente la patria de la autoridad, en Occidente la de la libertad y del progreso. La apreciación es exacta, considerados en conjunto los dos hemisferios; no si se examinan las instituciones de cada uno de los pueblos que ya en épocas remotas ocuparon el Asia. En las costas del Asia, y no en las de Europa, se meció la cuna de la civilización helénica.» (Francisco Pí y Margall, «Arquitectura fenicia», La América, crónica hispano-americana, año II, nº 18, Madrid, 24 de noviembre de 1853, pág. 7.)

1859 «Cap. LXXIV. Nacimiento de una infanta. La escuela de los grandes pensadores. Revolución. Año de 1854. A día 5 de enero de 1854 dio la reina a luz una infanta que sólo vivió tres días. Conviene aquí, para dar luz a la historia, dejar consignada la existencia de una escuela que cuenta con numerosos prosélitos en nuestra patria. A ella ha dado origen la inclinación, propia de los meridionales, de vestir las palabras, y dar a las frases un desusado y misterioro giro. Y ha contribuido a su incremento la necesidad de hablar en los diarios, y la imposibilidad de hablar de lo presente, en cuyo caso, enardecidos los ánimos, se van por los espacios, y los escritores se convierten en profetas. No será de más poner aquí un ejemplo para que se vea cuan diferente es de otras más antiguas aquella moderna escuela. Un antiguo dijo con sencillez y con fuerza: "Temed a aquel que, muerto el cuerpo, puede enviar el alma al infierno." La escuela moderna es más abundante, y empieza de esta suerte para significar lo del antiguo: "Vueltos a todas partes los azorados ojos, no descubro en torno mío más que el caos; ¿hemos por ventura tornado a los tiempos de la nada? ¿porqué los gusanos están contemplando su propia piel, y no vuelven sus miradas hacia la inmensidad, fuente de todos los destinos? Es que existe en el fondo de todos los corazones; es que se encuentra en lo más íntimo de todos los ánimos; es que subsiste en la médula de todos los huesos, un vacío inmenso..." Y este es el exordio de un libro que conduce a decir lo que en aquella línea del antiguo queda dicho. Los discípulos de esta escuela han recibido el nombre de grandes pensadores.» (Ortiz de la Vega [pseudónimo de Fernando Patxot y Ferrer, Mahón 1812-1859], Anales de España, desde sus orígenes hasta el tiempo presente, tomo IX, Madrid-Barcelona 1859, págs. 363-364.)

1860 «Y esta turbación general de Italia había llegado hasta la mente de los grandes pensadores, de los grandes poetas, de los grandes genios. Amanece la luz del arte, y la luz del arte no puede ahuyentar la sombra de la política que cubre todos los horizontes italianos.» (Emilio Castelar, «Las desgracias históricas de Italia», La América, crónica hispano-americana, año IV, nº 2, Madrid, 24 de marzo de 1860, pág. 6.)

1860 «Enumerando Mr. About, en el nuevo folleto, Prusia en 1860, los lazos que unen a Francia con Alemania dice: "La filosofía alemana reina en nuestras escuelas. Kant, Fichte y Hegel, esos grandes pensadores de allende el Rhin, han destronado a los grandes habladores del eclecticismo".» (La correspondencia de España, diario universal de noticias año XIII, Madrid, miércoles, 27 de junio de 1860, pág. 1.)

1860 «Sabemos perfectamente cuáles son las razones con que se responde a nuestra argumentación por los admiradores del sistema a que incautamente abrió la puerta la ilustre Isabel, y que, con la frialdad perversa de su genio tétrico, perfeccionó Felipe II, ese árbol bajo cuya sombra mortífera se entumeció la raza española. Esos admiradores nos dicen; "cabalmente los grandes ingenios, los grandes pensadores, que han levantado el monumento glorioso de la literatura española, son, o contemporáneos o posteriores a Isabel, Fray Luis de León y Fray Luis de Granada, Jiménez de Cisneros, Soto, Mariana, Cervantes, Lope, Calderón, y los mil poetas que el mundo admira cada día más y más, pensaron, obraron y escribieron bajo la presión del poder inquisitorial".» (de un texto publicado por El español de Ambos Mundos, reproducido en La época, Madrid, jueves 6 de septiembre de 1860, pág. 3.)

1861 «Pero llegamos al siglo XVIII, a ese manantial profundo de las ciencias, y de él vemos brotar a raudales genios privilegiados, que estaban llamados a causar una revolucion radical en el mundo científico; entonces brillan figuras tan ilustres como Montesquieu, Rousseau, Pastoret, Bentham, Kant, Beccaria, Filangieri y otros; entonces nace la ciencia del derecho penal, y entonces ya empieza a discutirse filosóficamente sobre sus principales cuestiones; estando a la cabeza, como antes hemos dicho, el Fundamento del derecho de castigar. Estos grandes pensadores, imbuidos por el espíritu reformista de los siglos XVI, XVII y XVIII, que tendían a ensalzar al individualismo, a proclamar la supremacía de la inteligencia humana, se apoderaron de todas las ciencias; y de su análisis escudriñador y filosófico nacieron esas escuelas sistemáticas.» (Antonio González Mendía, Fundamento del derecho de castigar, Imprenta y Estereotipia de M. Rivadeneyra, Madrid 1861, pág. 6.)

1861 «Aquí es la revolucion liberal contra el clasicismo cortesano francés; y allí es la reacción hacia el ideal de la Edad Media, la reacción política hacia el absolutismo, la reacción literaria contra Schiller y Goethe, la reacción filosófica que quiere sustituir al raciocinio el sentimiento y la fé, y destronar los grandes pensadores libres, desde Kant hasta Hegel.» (Emilio Castelar, «Federico Guillermo IV y Alemania», La América, crónica hispano-americana, Madrid, 24 de enero de 1861, pág. 7; y Discursos políticos y literarios, Imprenta de J. Antonio García, Madrid 1861, pág. 362.)

1861 «Decíale yo a V. que los tiempos habían progresado tanto, que el ideal cristiano de caridad y de amor se había encarnado de tal suerte en las costumbres, que yo, español y católico, podía contender con un alemán y protestante, respetando su idea religiosa, y hasta defendiendo la ciencia de los grandes pensadores de Alemania, porque la ciencia se levanta sobre las razas y sobre las limitaciones geográficas.» (Emilio Castelar, «Carta segunda», Discursos políticos y literarios, Imprenta de J. Antonio García, Madrid 1861, pág. 414.)

1862 «Todos los grandes pensadores son metafísicos, aún sin saberlo. Por eso vemos que los buenos poetas no son más que filósofos que expresan sus concepciones por medio de imágenes. Estos metafísicos por intuicion ignoran completamente, o para hablar con más exactitud, a ellos no les importa saber si el latín es el padre, y el griego el tío carnal o el abuelo del español; y prescindiendo de la ilustre, o no ilustre, prosapia de las voces, suelen llevar a las plazuelas, como Quevedo, a las descendientes de antiguas casas solariegas, o colocan, como Cervantes, en el solio de la elocuencia a términos que ayer parecían vulgares hasta a la misma plebe.» (Ramón de Campoamor, Discurso de recepción en la Real Academia Española, Imprenta Rivadeneira, Madrid 1862, pág. 22.)

1869 «Para allanar el terreno a esta nueva construcción filosófica, se adelantó Kant y echó por tierra los anteriores sistemas con su crítica niveladora; pero, al destruir Kant toda certidumbre metafísica, se refugió en el sentimiento, oyó en el fondo de su conciencia la voz imperiosa del deber, se reconoció libre y responsable de sus acciones, y dedujo que había fuera de él un ser que le imponía ese deber, y que en él mismo había un principio inmortal que libremente lo aceptaba o se resistía a cumplirlo. De esta suerte, y en virtud de evoluciones sucesivas, realizadas por otros tres grandes pensadores, el hombre, a quien el sensualismo y el materialismo habían hecho tan abyecto, fue magnificándose por grados; y todos aquellos espacios infinitos, y todos los soles y mundos que los pueblan, y toda aquella majestad y magnitud sin términos del Universo visible e invisible y cuanto hay en la región de los espíritus, todo vino a cifrarse en el yo, y apareció como una creación suya, confundiéndose con Dios mismo en el ser humano, en el indefinido y ascendente proceso de la Idea.» (Juan Valera, «La revolución y la libertad religiosa en España», Revista de España, tomo VIII, 1869.)

1875 «No seré quien niegue los merecimientos insignes de Kant. Revolviéndose contra empíricos y escépticos, retrotrajo la filosofía al pensamiento. De su Crítica partieron los grandes pensadores que florecieron después. Fichte dio unidad a la obra de su antecesor con la afirmación del yo que se pone y pone el no yo. Schelling sacó la especulación del árido terreno del subjetivismo...» (Rafael Montoro, «El movimiento intelectual en Alemania», Revista Europea, Madrid, 17 de octubre de 1875, nº 86, pág. 635.)

1876 «La intensa y prolongada meditación que vino después, quebrantó mi salud. Volví a leer los escritos de los grandes pensadores espiritualistas, haciendo lo posible por acallar las antiguas objeciones y vacilaciones que surgían continuamente, y para mantener a mi pensamiento en disposición de experimentar la fuerza de los argumentos.» (George Henry Lewes, «El espiritualismo y el materialismo», Revista Contemporánea, Madrid, 15 de mayo de 1876, año II, nº 11, pág. 322.)

1876 «Sólo a quien desconozca por entero la filosofía española se le puede ocurrir el citar entre nuestros grandes pensadores a Huarte y a Doña Oliva Sabuco de Nantes, colocándolos en la misma línea que a Luis Vives, Suárez y Foxo Morcillo. Con ser el Examen de ingenios y la Nueva Filosofía de la naturaleza del hombre dos libros discretos, amenos y originalísimos, por ningún concepto pertenecen a la alta Filosofía ni pueden, en manera alguna, ser puestos al mismo nivel que los tres libros De prima philosophia de Vives y el De Platonis et Aristotelis consensione de Foxo Morcillo, la Metafísica y el tratado De Anima de Suárez, ni aun el Quod nihil scitur de Francisco Sánchez, el Christianismi restitutio de Servet o la Antoniana Margarita de Gómez Pereira.» (Marcelino Menéndez Pelayo, «Mr. Masson redivivo», Revista Europea, Madrid, 30 de julio de 1876, nº 127, pág. 137.)

1899 «La Historia de los heterodoxos contiene un rico tesoro de rara erudición y de curiosas noticias; prueba que la intolerancia o el fanatismo jamás ahogó entre nosotros el libre pensamiento, ni le atajó para que no se saliese de las vías católicas en busca de nuevos ideales; patentiza que hemos tenido no menos grandes pensadores heterodoxos que ortodoxos; y nos defiende, por último, de la injusta acusación de haber sofocado entre nosotros el pensamiento filosófico, quitándole la libertad, y hasta de haber destruído la civilización hispano-semítica (hebraica y arábiga), como pretende Draper, por ignorancia o por malicia.» (Juan Valera, «Prólogo», Homenaje a Menéndez y Pelayo, Victoriano Suárez, Madrid 1899, pág. XX.)

1904 «La inteligencia de mi raza es activa, práctica y enérgica, con la energía de la taciturnidad. No ha dado hasta hoy grandes pensadores, que yo sepa, pero si grandes obradores, y obrar es un modo, el más completo, acaso, de pensar. El sentimiento del vasco es un sentimiento difuso que no se deja encerrar en imágenes definidas, savia que resiste la prisión de la célula, sentimiento, por decirlo así, protoplasmático.» (Miguel de Unamuno, «Alma vasca», Alma española, Madrid, 3 de enero de 1904, nº 10, págs. 3-5.)

1922 «El autor ha procedido honradamente en la valoración que ha tenido que hacer para dar cabida en su libro a los grandes pensadores. Se ha despojado de prejuicios de doctrina y de preferencias étnicas y nos presenta todas las ideas y todos los productores de ellas: los afines, los contrapuestos –Carlyle o Schopenhauer frente a Fouillée o Ribot–, los espiritualistas y los materializados –Torras y Bages o Eucken frente a Haeckel o Avenarius–, los torturados y los serenos –Amiel o Ganivet frente a Giner o Sanz del Río–.» (Juan Barco, «Prólogo» a Santiago Valentí Camp, Ideólogos, teorizantes y videntes, Minerva, Barcelona 1922, pág. X.)

1922 «Höffding, como todos los grandes pensadores de nuestro tiempo, se substrae, en lo posible, a los principios de la escuela y cree en la necesidad imperativa de expresar adecuadamente, por medio de imágenes o pensamientos, el significado y el valor de la existencia y de su destino.» (Santiago Valentí Camp, Ideólogos, teorizantes y videntes, Minerva, Barcelona 1922, pág. 219.)

1925 Los grandes pensadores, Biblioteca de la 'Revista de Occidente', Calpe, Madrid 1925, 6 vols. [106, 135, 109, 133, 117 y 125 págs.]. I. Aloys Fischer, «La Filosofía presocrática». Raul Richter, «Sócrates y los sofistas». II. Pablo Natorp, «Platón». Francisco Brentano, «Aristóteles». III. Matías Baumgartner, «San Agustín», «Santo Tomás de Aquino». Ricardo Hörigswald, «Giordano Bruno». IV. Max Frischeisen-Köhler, «Descartes». Otto Baensch, «Spinoza». Walter Kinkel, «Leibnitz». V. Ernst von Aster, «Locke y Hume». Pablo Menzer, «Kant». Fritz Medicus, «Fichte». VI. Hugo Falkenheim, «Hegel». Rudolf Lehmann, «Schopenhauer». Alejandro Pfänder, «Nietzsche». Se trata de la traducción parcial al español de la obra dirigida por Ernst von Aster, Grosse Denker, Quelle und Meyer, Leipzig 1910, 2 vols. [384 y 380 págs.]. Respecto del original alemán, la versión española prescinde de los siguientes textos: August Schmekel, «Die hellenistischrömische philosophie»; Otto Braun, «Schelling»; Rudolf Lehmann, «Herbart»; y August Messer, «Die philosophischen richtungen der gegenwart». Revista de Occidente reeditó en 1936 esta obra, en dos tomos, de los que al menos apareció el primero, hasta Descartes, 493 págs.

1934 «Otro de nuestros grandes pensadores, don Manuel Sanz y Benito, autor, entre otras obras, de Determinismo y Libertad y La ciencia espírita, heredó también ser blanco de las iras y persecuciones del clericalismo imperante en la Universidad de Barcelona, donde llegó hasta conseguirse establecer por duplicado la clase que desempeñaba Sanz y Benito para hacer el vacío en torno suyo; a cuya situación puso fin el traslado de nuestro amigo a la Universidad Central. Y también como Sanz del Río y como González Soriano desencarnó sin sentir la más leve necesidad de los auxilios espirituales de religión alguna y disponiendo ser inhumado en el cementerio libre.» (Federación Espirita Española, V Congreso Espiritista Internacional. Libro Resumen, Barcelona 1 al 10 de septiembre de 1934, Barcelona 1934, Tercera parte: El espiritismo español, página 346.)

1938 Juan Rey Carrera S. J., El resurgir de España previsto por nuestros grandes pensadores: Donoso Cortés, Jaime Balmes, Aparisi y Guijarro, Menéndez y Pelayo, Vázquez de Mella, Editorial Española, San Sebastián 1938, 407 págs.

1956 «¿Por qué se puede afirmar que en los seis grandes pensadores [Dilthey, Nietzsche, Husserl, Bergson, Heidegger y Ortega] responsables, hasta ahora, de la filosofía contemporánea, hay una idea fundamental, que sirve, por lo mismo, de tema a sus respectivas especulaciones? Y, además, ¿por qué esa Idea es la de la Vida?» (Humberto Piñera Llera, «Ortega y Gasset y la idea de la vida», Revista Cubana de Filosofía, La Habana, enero-junio de 1956, nº 13 pág. 15.)

1991 «Durante los últimos treinta años el nivel profesional de la filosofía académica en España (de la filosofía de profesores para profesores) ha subido notablemente, y una gran cantidad de profesores españoles de filosofía están a la misma altura, en cuanto a conocimientos filológicos o históricos, que los del resto de Europa. Pero lo característico de estos profesores es que se dedican preferentemente a la filología, aplicada a textos de pensadores alemanes o franceses o anglosajones, que vivieron en la primera mitad del siglo. Estos profesores mantienen un gran recelo por cualquier análisis filosófico ejercitado «sobre las cosas mismas» del presente científico, religioso o político, tal como nos las puedan ofrecer los físicos, los etólogos o los sociólogos; preferirán volverse a aquello que los grandes pensadores –acaso también algún pensador menor, pero suficientemente lejano para que sea precisa una labor de mediación hermenéutica– hayan podido decir sobre la ciencia, la religión o la política. Como si aquellos grandes pensadores no hubieran alcanzado su grandeza precisamente por referirse a la ciencia, a la religión o a la política de su tiempo.» (Gustavo Bueno, «Sobre la filosofía del presente en España», El Basilisco, Oviedo 1991, nº 8 pág. 73.)

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