Francisco Gutiérrez Lasanta
Capítulo II
Los pensadores políticocatólicos
Sumario: Semblanza.– Balmes.– Donoso.– Aparisi.– Manterola.– Los Nocedales.– Cánovas.– Maura.– Ganivet.– Ortí y Lara.– M. Pelayo.– Mella.– A. Pidal y Mon.– N. Villoslada.– Pradera.– Maeztu.– Características.– Iniciación.– Coincidencias.– Enemigos.– Defectos.– Influencia.
I
La semblanza del siglo XIX queda completada con la de nuestros pensadores políticocatólicos. No fue un desierto ni oasis, como hemos visto, ese siglo de mala fama, incrédulo, sofístico, revolucionario. A los hechos y personajes ya descritos añadimos los de aquellos que constituyen el tema del presente estudio. Conocidos como nos son, y abundante su bibliografía, no pretendemos trazar su vida, influencia y escritos. Tan sólo esbozaremos su semblanza, enumeraremos sus obras, las que a nosotros nos han servido para este trabajo, y algo de la bibliografía a que han dado margen. Con ellos creemos anticipar el fundamento de sus ideas.
No obstante sus profundas, numerosas y fundamentales coincidencias, cada uno ofrece singular característica, como sucede en los pensadores de todos los siglos, sin duda por alguna cualidad y virtud predominante. Lo dejó anotado Alejandro Pidal en su discurso necrológico a la muerte de Menéndez y Pelayo. «Leyendo –dice– en la historia del pensamiento, se ve que en las obras maestras del genio predomina una facultad. En Sócrates sobresalía el sentido de lo moral; en Platón, el sentido de lo divino; en Aristóteles, el sentido de la realidad; en Zenón, el sentido de la fuerza; en San Agustín, el sentido de la unidad; en Santo Tomás, el sentido del orden; en Donoso Cortés, el sentido de lo magnífico; en Balmes, el sentido de la persuasión; en Ceferino González, el sentido de la demostración, y en Menéndez y Pelayo, el sentido de la belleza…»
Así es realmente; en los pensadores mencionados y en los que faltan por citar. En todos sobresale una cualidad y ella constituye su característica dentro de la unidad armónica del pensamiento político, católico y español. Basta citar sus nombres para acusar la variedad dentro de la unidad, la diferencia dentro de la armonía, el carácter específico dentro del género común. Balmes, Donoso Cortés, Aparisi y Guijarro, Cánovas del Castillo, Cándido Nocedal, Vicente Manterola, Antonio Maura, Menéndez y Pelayo, Ángel Ganivet, Ramón Nocedal, Juan Manuel Ortí y Lara, Vázquez de Mella, Víctor Pradera, Ramiro de Maeztu… He aquí tantas facultades específicas como nombres. Y, sin embargo, es clara la armonía, idéntico el espíritu, patente la coincidencia. Lo hemos de ver en la semblanza individual y a lo largo del estudio. Son pensadores geniales que no se repelen, sino que sé atraen y se complementan. Veamos:
Balmes.– Jaime Luciano Antonio Balmes y Urpiá nació en la ciudad de Vich el 28 de agosto de 1810 y murió el 9 de julio de 1848 en la ciudad de Barcelona. Treinta y ocho años de existencia rica, fecunda y henchida de benéficas influencias. Es el primero de nuestros pensadores en consumar su carrera y en la madurez y perfección de pensamiento. No admite la más leve sombra, porque, filósofo del sentido común, tuvo para todos los problemas una intuición exacta y certera. Su concepto es completo y su vida inmaculada. Piadoso seminarista, estudiante invencible, intachable sacerdote, excelente psicólogo, insigne eclesiástico, dominó la Filosofía, la Teología, la Historia y los más abstrusos problemas del orden religioso, político y social. Tuvo alma profundamente sacerdotal y fue español por nacimiento y afecto, hombre de idea y de solución por el estudio perfecto de la naturaleza de las cosas. Fue político por necesidad, apologista por deber y escritor por cualidad personalmente reconocida. No ha mucho leí en la revista Ecclesia que se trataba de incoar el proceso de beatificación. Uno a ello mis oraciones, mis votos y mi entusiasmo. Nada más justo ni más digno de empresa. Veríamos en los altares la santidad sencillamente sublime, la humildad eminentemente practicada, el mérito exactamente comprendido.
Sus escritos reflejan la claridad de su alma y no admiten la menor enmienda en pureza de fe y transparencia de concepto. Fue fray Luis de León quien dijo que conocía a la madre Teresa de Jesús por sus hijas y por sus escritos. En estos últimos resume Balmes su filiación y su alma. Ellos le han engendrado más hijos que posesiones a Abraham. En casi todas las coincidencias va a la cabeza por la abundancia de materia y el análisis del pensamiento. De él se han ocupado todos los demás pensadores. Lo han estudiado, imitado y citado como maestro indiscutible en sus diversas materias. Sus obras son conocidísimas para que las mencionemos aquí. Han dado margen a treinta y tres volúmenes críticamente ordenados por el P. Ignacio Casanova, S. J., y editados por la Biblioteca Balmes, Durán y Bas, II, Barcelona, 1935. Esta edición nos ha servido a nosotros. Realmente es digna del autor. De casi todos los volúmenes hemos echado mano. Sin embargo, omitimos muchas citas a sabiendas, porque sería interminable extraer el pensamiento fecundo y policromo del autor en cada uno de los aspectos.
Además, Balmes ha sido y sigue siendo estudiado con afán creciente. Se han publicado también sus Obras escogidas: antologías, síntesis del pensamiento, ideas, ediciones particulares de sus obras, aspectos peculiares de sus escritos… Y la publicación no ha terminado. Se incrementa cada día y promete incrementarse más.
Donoso Cortés.– Juan Donoso Cortés vino al mundo el 6 de mayo de 1809, un año antes que el anterior, pero terminó su vida más tarde: el 3 de mayo de 1853. Por eso lo colocamos en segundo lugar. Cuarenta y cuatro años de existencia llana, florida, fecunda, aunque mediatizada. Sus años francamente ortodoxos son cinco. Terminó de entregarse a Dios y al servicio de su causa el mismo año que murió Balmes. Quizá la Providencia divina quiso compensar el gran vacío que dejaba el filósofo de Vich con la llamada a la misma palestra del marqués de Valdegamas. ¡Qué soberanía la suya en todos los órdenes! Como profesor del Ateneo, como orador de Parlamento, como embajador, como escritor público, como amigo privado. Todo queda realzado al contacto de su pluma y de su presencia. Su genialidad es comparable con la de San Agustín. Donoso Cortés, como el obispo de Hipona, no discurre: ve. Frente a un problema elude los raciocinios y sienta afirmaciones categóricas, soluciones tan espontáneas como acertadas. Ambos a dos, el marqués de Valdegamas y el doctor de la Gracia, hacen de la prosa poesía y de la historia romance. «Donde él está sólo los reyes entran», ha dicho Menéndez y Pelayo, y como logró estar en la tribuna, en el comicio, en la publicación y en la privada correspondencia, todo lo realzó con sus eminentes cualidades y virtudes.
Donoso Cortés es teólogo, filósofo, político y apologista. Y de todas las materias orador elocuentísimo. Admira su fecundidad ortodoxa y sus conocimientos teológicos en el leve espacio que vivió cara a cara a la luz. Su genio lo he comparado con el de San Agustín; su alma es gemela de la de Balmes. El que lo haya leído profundamente, haya saboreado sus ternuras, esté familiarizado con sus sentimientos y meditado su santa muerte, conociendo sus deseos finales de entrar en la Compañía de Jesús, no juzgaría como hipérbole solicitar la misma gracia que para el filósofo de Vich. Mas quien esto no haya hecho, quien no haya logrado familiarizarse con su alma a vuelta de leer y releer sus obras, que dé como no escrito lo anterior, porque no comprenderá mi afirmación. Es lego en la materia y no debe hablar.
Sus coincidencias en el pensamiento políticocatólico son tan íntegras como exactas. Lo católico, lo patriótico, lo político y social, todo lo domina con dignidad y opulencia. Cuando él se dirige al Papa, los abates franceses quedan relegados y convertidos en intrusos del pasto divino. Es decir, que Donoso seglar está más cerca de la verdad, de la virtud y de la dignidad que los hábitos eclesiásticos. Cuando explica al cardenal Fomari el origen de los modernos errores y contempla, por otra parte, los mediocres detractores y fariseos escandalizados de un lenguaje majestuoso, se acuerda uno de los confesores cortos que torturaban el espíritu de Santa Teresa.
Donoso está donde los reyes, cardenales y Papas: en solio elevado, adonde no llegan entendimientos mediocres.
Sus obras, como las de Balmes, son muchas y han quedado comprendidas en cuatro extensos volúmenes que suman dos mil trescientas páginas en la edición de Orti y Lara, Madrid, 1891, con una nota bibliográfica de Gabino Tejado. Esta edición tenemos a la vista para nuestro trabajo. El primer volumen se dedica al Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, con las polémicas a que dio lugar. El segundo recoge su estudio sobre Pío IX, sobre la demagogia; los discursos del 49 y 50; correspondencia varia; bosquejos históricos, críticas y pensamientos. El tercero comprende ya su etapa racionalista: discursos y memorias; consideraciones y cartas; las lecciones de Derecho político explicadas en el Ateneo de Madrid; artículos, discursos, exposiciones, dictámenes, comentarios y un Ensayo épico al cerco de Zamora. El cuarto completa estas materias con asuntos de la misma índole.
Además se han publicado sus Obras escogidas: antologías, monografías, &c. Es un autor muy citado, porque tuvo frases lapidarias, como hoy se dice. Ahí está el cardenal Gomá, por no citar más, con sus escritos matizados por palabras del ilustre marqués. Su bibliografía es también inmensa. La B. A. C. acaba de publicar sus Obras completas en dos volúmenes de novecientas y mil páginas, Editorial Católica, con trabajos inéditos sobre Filosofía de la Historia.
Es de lamentar que en esta nueva edición se hayan suprimido las notas de Ortí y Lara, que constituyen un algo consustancial con la obra de Donoso.
La nueva reimpresión ha dado pie para demostrar la influencia del marqués de Valdegamas en el catolicismo universal desde el 1850 en adelante. Proviene ésta del parentesco existente entre el Ensayo y el Syllabus promulgado por Pío IX.
El Ensayo vio la luz en 1851; el Syllabus, en 1864; pero hay de por medio lazos de relación. Poco después del Ensayo, y muy ligadas a él, escribió Donoso unas cartas, la principal de ellas al eminentísimo cardenal Fornari, sobre el principio generador de los más graves errores modernos. Y ocurre preguntar: ¿quién era el cardenal Fornari? Dice una nota de la nueva edición que era Nuncio de Su Santidad en París en 1850. Ciertamente, pero ya proclamado cardenal, dejó de serlo a últimos de dicho año y le sustituyó monseñor Garibaldi, pasando el cardenal Fornari a Roma, desde donde consultó a Donoso y a cuyo lugar envió éste la respuesta.
¿Qué hacía en Roma el cardenal Fornari? Desempeñar un cargo muy importante, consultar a los más eminentes prelados de la cristiandad un cuestionario de veintiocho capítulos sobre los errores contemporáneos referentes al dogma y a los puntos con él relacionados en materia moral, política y social.
Donoso no era obispo, ni siquiera sacerdote; pero era autor del Ensayo, donde tan elevadamente había tratado estas cuestiones. Y por eso se le consultó, como se consultó también a Luis Veullot, gran amigo de Donoso, editor en Francia del Ensayo y defensor de la doctrina en esta obra contenida frente a la impugnación del abate Gaduel, vicario de monseñor Dupanloup, obispo de Orleáns, a quien por cierto no se consultó…
Aparece, pues, evidente que cuando el gran Pontífice Pío IX comenzó a preparar su famosísimo Syllabus, junto con las consultas de los más eminentes prelados del mundo quiso conocer la opinión del autor del Ensayo. Este es el mérito más sobresaliente de Donoso Cortés y el más adecuado para presentarle a un público de católicos en una Biblioteca de Autores Cristianos, pues que ante él palidecen los demás…
He aquí la hermosa ráfaga de luz a que han dado lugar las nuevas obras del marqués de Valdegamas, divulgadas por el eminente escritor y exactísimo conocedor de nuestro publicista, D. Luis Ortiz Estrada, desde la revista Misión, en su número del 7 de octubre de 1946. Todo ello nimba el nombre de Donoso con aureola de inmortalidad y de gloria.
Aparisi.– Antonio Aparisi y Guijarro vino al mundo en Valencia el 22 de mayo de 1815 y murió en Madrid el 8 de noviembre de 1872. Existencia más larga, pero no menos llena de obras ni menos henchida de afanes, de tareas y realidades. Tuvo inicios de poeta, trances de amor y dejos de hombre despreocupado por las cosas menudas.
Dice su biógrafo Galindo y de Vera que jamás supo hacerse un nudo en la corbata. Es que le faltaba tiempo para la lucha y soñaba con esconderse en la soledad. «Yo no estoy más que para esconderme. ¡Cartuja, Cartuja!» Hermosa coincidencia que lo armoniza con otros pensadores. También Balmes buscó las soledades de Prast de Llobregat para escribir su Criterio; también Donoso soñó con el claustro jesuítico; también Menéndez y Pelayo aborrecía el «hórrido tumulto…» Pero no logró su deseo. La lucha lo contuvo. Varias veces fue vencido, porque no triunfó en algunas elecciones. Pero no desmayó. Porque sabía que Dios no promete el premio al que triunfa, sino al que trabaja. Y él peleó y trabajó hasta caer rendido y muerto en el mismo escaño parlamentario. Era lo que había de pedir Mella: no cejar hasta caer rendidos, pero sobre los cadáveres enemigos. Y él caía sobre ellos. Ahí están, si no, sus obras doctrinales y reales. Si Balmes fue preconizado cardenal in petto al decir de las gentes, si Donoso mantuvo correspondencia con el Sumo Pontífice, Aparisi fue recibido en audiencia por Pío IX en un día feliz del año 1870. ¡Qué bien se comprende ahora que uniera su nombre a otros pensadores en la defensa del Papa de la Inmaculada! Muy bien se expresó Balmes al hablar de Pío IX; majestuoso estuvo Donoso Cortés defendiendo el Pontificado; pero Aparisi, como Ramón Nocedal, pudieron decir: «Quod vidimus, quod audivimus, quod manus nostre contractaverunt…» Después de esto nada quedaba ya sobre la tierra. Bien venida la muerte repentina que en una tarde triste de noviembre cambió los oscuros terciopelos del Congreso por las doradas mansiones de la gloria…
Las obras de Aparisi se recogen en seis volúmenes de la edición de Gabino Tejado, 1873, con una biografía de L. Galindo y de Vera, que nos ha servido. El volumen primero lo componen imitaciones bíblicas y meditaciones sobre España, la naturaleza, el tiempo, la variedad de las cosas, difuntos y justicia social. Pensamientos.
El segundo versa sobre el malestar de la Patria; evocaciones históricas, nuevas lamentaciones y temas patrióticos, políticos y sociales. Discursos parlamentarios.
El tercero comprende su estudio sobre El cristianismo como elemento nacional, e insiste en temas ya tratados, que el lector saboreará en este estudio. Artículos.
Y los volúmenes cuarto, quinto y sexto versan sobre asuntos jurídicos, profesionales y literarios. Además, se han publicado otras ediciones de sus obras, y como a los anteriores, se han escogido sus obras, sintetizando sus ideas y estudiando sus escritos.
Nocedal (D. Cándido).– Nació en La Coruña el 11 de marzo de 1821 y murió el 26 de agosto de 1885. Queda, pues, comprendido con verdadera integridad en el siglo XIX. Como Donoso, mediatizó su vida entre los principios liberales y la causa católica, a la que se entregó, rompiendo con los primeros. Formó parte del Gobierno de Narváez, desempeñando el Ministerio de la Gobernación el 14 de septiembre de 1856. Aun militando en las filas liberales, defendió la unidad católica de España con tesón inigualable; propugnó la popularidad de la Inquisición española y combatió el sufragio universal. Adalid que tal bandera defendía necesariamente debía tener admiradores en otros campos. Y los tuvo, Aparisi entre ellos. Y enemigos en el propio: Moreno Nieto, que no podía conciliar tales defensas en su correligionario. Pero su venda cayó y la lealtad por la reina Isabel le hizo digno de mejor causa. Como el marqués de Valdegamas, podía decir que siempre amó a Dios, pero que su fe estaba lánguida. El día en que tales escamas cayeron Nocedal pudo correr en pos de un programa integral católico y español. En las Cortes de 1856 presentó acertadas soluciones católicas a los agudos problemas sociales, anticipándose a los Pontífices protagonistas de estas doctrinas. Los grandes triunfos parlamentarios fueron obtenidos en 1884 y sus éxitos periodísticos coronaron dignamente su vida.
Las obras de que nosotros nos servimos son:
Las Actas de Toledo.
Representación dirigida al Congreso.
Discursos sobre el reino de Italia.
Discurso necrológico sobre Aparisi.
Discursos académicos.
Artículos periodísticos.
Además, hemos aprovechado algo de la bibliografía que gira en torno a su memoria y que se recogía en la colección titulada «Folletos integristas», donde se lee:
Don Cándido Nocedal. Artículo de Aparisi y Guijarro.
Don Cándido Nocedal, por Cristóbal Botella. Barcelona, 1913.
Discurso de D. Cándido Nocedal en la Academia Española, 1877.
Política de Nocedal, por Luis Ortiz. Barcelona, 1911.
Nocedal (D. Ramón).– Fue digno hijo de su padre, cuya biografía escribió y a quien sucedió en la dirección de El Siglo Futuro, en los escaños del Parlamento, no obstante su espíritu antiparlamentario, y en la Comunión Tradicionalista.
Ya hemos anticipado su labor desde las páginas del diario citado y sus éxitos, entre ellos la convocatoria de una gran peregrinación, de la que D. Ramón fue alma y pregón, y luego conducto a través del cual Su Santidad Pío IX bendijo a toda España. Su vida llegó hasta nuestro siglo, pues moría en 1907. Exponente de su pensamiento son sus obras, que se titulan así:
Vida de D. Cándido Nocedal.
Historia del beato Juan de Rivera.
El Pontificado y el poder temporal.
La Iglesia y la masonería.
Manifestación de la prensa tradicionalista.
Los fueros de Navarra; Política general; La cuestión de Cuba.
Defensa del presbítero D. Wenceslao Balaguer.
Por esta breve reseña se colige su influencia en la comunidad del pensamiento español políticocatólico. La ejerció en verdad, coincidiendo con el resto de los pensadores.
Nosotros aprovechamos las Obras completas de D. Ramón Nocedal, Juventud, San Sebastián, 1915, que se distribuyen por este orden en siete volúmenes:
Volumen primero: Discursos: El Pontificado y su poder temporal; La Iglesia y la masonería. Cortes 1890-1892.
Volumen segundo: Discursos: Manifestación de la prensa tradicionalista; Los fueros de Navarra. Cortes de 1891-1892 (continuación).
Volumen tercero: Artículos: El mal menor.
Volumen cuarto: Comedias; El juez de su causa; La Carmañola; Marta.
Volumen quinto: Discursos: Política general. Cortes de 1891-1892 (conclusión); La cuestión de Cuba.
Volúmenes sexto y séptimo: Duelo a muerte, novela en dos volúmenes.
Además, echamos mano de los folletos ya citados: Folletos integristas, donde se recoge la siguiente bibliografía sobre D. Ramón Nocedal:
Semblanza de D. Ramón Nocedal, por el R. P. Fray S. J., religioso franciscano, t. II, 1914.
Política de Nocedal, por Luis Ortiz, t. VII. Barcelona, 1911.
Nocedal y el Papa-Rey, por Luis Ferrer, t. VII. Barcelona, 1911.
Las juventudes integristas a su maestro y caudillo D. Ramón Nocedal, t. XIII. Barcelona, 1912.
Recuerdos de D. Ramón Nocedal, por C. Botella, t. XV. 1917.
Artículos periodísticos.
Cánovas del Castillo (D. Antonio).– El restaurador de la Monarquía española nació en Málaga el 8 de febrero de 1828, cortando su vida el puñal del asesino el 8 de agosto de 1897. Hijo de un padre que murió luchando contra el invasor francés, debía morir igualmente a manos asalariadas por el extranjero. Bien pudo escribir, aplicando a Carlos V lo que a él había de suceder: «Es de advertir que en este mundo naturalmente yerran menos los que menos hacen, y aunque por eso mismo o por virtud de las circunstancias las medianías concluyen la vida en paz con más frecuencia que los grandes hombres, el valor propio de cada cual puede siempre medirlo con rigurosa exactitud la Historia.» Excelente medida para aquilatar el mérito de los hombres. Por ella sería juzgado él mismo.
Se distinguió de los pensadores anteriores en que fue hombre de gobierno, insigne estadista, restaurador de aquel régimen que todos defendían. Hizo estable la situación, pues mantuvo los resortes del mando un cuarto de siglo. Coincidió con el pensamiento tradicional en casi todos los asuntos. ¡Lástima que se aplique el dictado de liberal y que no diera al traste con un sistema legislativo agotador de las energías nacionales, entre otras de las suyas propias! Porque Cánovas vio desmembrarse de entre sus manos el imperio español. Y en lugar de romper con todo aquello que mediatizaba su labor personal y hacer frente a la bancarrota colonial, contemporizó con los sistemas y fue víctima de ellos. He aquí el pecado de Cánovas, Maura y cuantos pensadores llegaron a escalar el poder. Tuvieron en sus manos la voluntad nacional, el poder y la mayoría, para dar al traste con los falsos sistemas, y no lo hicieron. Los demás pensadores no alcanzaron esta oportunidad. Entretanto el imperio español se desmoronaba. ¡Triste sino de Cánovas, como él mismo confesó, maldiciendo de su siglo! Los hombres son para las ocasiones, y aquí podía aplicarse el principio ascético: no adelantar es retroceder. Y Cánovas creyó que recogidos, meditabundos, reconcentrados haríamos frente a la decadencia. La meditación debió buscarla lejos del tumulto parlamentario. ¿Por qué mediatizar sus fuerzas en el comicio nacional? De ahí que su figura no simpatice como la de Balmes, Maura, Aparisi. Al menos éstos fueron enemigos de lo existente y defendieron y lucharon por mejores sistemas, heraldos de más felices tiempos. ¿Gran estadista? ¿Gran legislador? Quizá… En el presente estudio no tratamos de conductas, sino de pensamientos. Cánovas los tuvo magníficos. A ellos nos atenemos. Y lo dicen sus obras. He aquí las que nos han servido para extractar su pensamiento:
Discursos parlamentarios, del Ateneo, de las Reales Academias Española, de la Historia y de Ciencias Morales y Políticas.
Apuntes para la historia de Marruecos. Madrid, 1860.
Artes y Letras (colección de escritores castellanos). Madrid, año 1887.
Del asalto y saco de Roma por los españoles. Madrid, 1858.
Bosquejo histórico de la Casa de Austria (diccionario de administración). 1869.
El cardenal Albornoz. Tipografía de «El Universal». Sevilla, 1894.
La Campana de Huesca. Imprenta González. Madrid, 1852.
Estudios literarios. Biblioteca Universal Económica. Madrid, año 1868.
Estudios del reinado de Felipe IV. Colección Escritores Castellanos. Madrid, 1883.
El solitario y su tiempo. C. E. C. Madrid, 1883.
Historia de la decadencia de España. Biblioteca Universal. Madrid, 1854.
Introducción a «Los vascongados», de M. Ferrer; Carta prólogo a la «Vida de la princesa de Eboli», de Gaspar Muro; Manifiesto de Sandhurts.
Problemas contemporáneos. Colección Escritores Castellanos. Madrid, 1884.
Introducción; Ideas sobre el librecambio; Ultimas consideraciones.
He aquí una breve reseña de las obras principales del gran estadista. Por ellas adivinará el lector su vasta comprensión del pensamiento y su lugar en las coincidencias fundamentales del siglo XIX.
Ganivet.– Don Ángel Ganivet, literato más que político, acabó sus días, después de caminar a lo largo del siglo XIX, el mismo año que nacía la triste generación del 98. Su pensamiento sufre altibajos al lado de los demás políticos. No está bien definido. El famoso Idearium español tiene un eco de los Pensamientos, de Pascal. Hay de todo; pero lo honra su buena intención. Simbolizar el alma nacional en el dogma de la Inmaculada, tan fervientemente defendido por España, es ya un concepto de ternura, de genialidad y buenos sentimientos. Qué virgen se conserva el espíritu español después de su fecundidad; es decir, pronto a nuevas concepciones y empresas. Este solo pensamiento es un venero de riqueza espiritual, pues como él se desarrollan muchos en ese compendio de ideas madres, la mayoría acordes con la tradición católica del siglo XIX. El cónsul de España en Bélgica, Finlandia y Rusia vivió mirando a su patria con la mente y el corazón. Todos sus libros son españolísimos. Granada la bella, Cartas finlandesas, El escultor de su alma, La conquista del reino maya. ¡Qué grato es encontrar en el Ideario los nombres de Balmes, Menéndez y Pelayo, Fray Luis de Granada, Lope, Calderón…! También él fue admirado. El crítico «Clarín», el maestro Menéndez y Pelayo, el humanista N. Ledesma adivinaron su genio y lo divulgaron. Gracias a ellos y a muchos otros su pensamiento nos es común. Y lo incorporamos con honor y verdadera fruición al legítimo del siglo XIX.
Manterola.– Vicente de Manterola. Nueva figura del siglo XIX, especie de segundo Balmes, es quizá el menos famoso de los pensadores, pero no el de menor mérito. Vino al mundo en San Sebastián el 22 de enero de 1833 y murió en la villa de Tormes el 24 de octubre de 1896. Fue secretario del señor obispo de Calahorra doctor Monescillo y desempeñó otros cargos en Pamplona, Toledo y Vitoria. Mantuvo relaciones con grandes figuras del Catolicismo europeo, como los arzobispos de Westminster y Malinas; luchó denodadamente en el Parlamento contra oradores de la talla de Castelar, defendiendo los inconmovibles principios de la Religión y de la Patria. Sus polémicas no desmerecen al lado de los proteos de ese siglo. En el fondo, son más sólidas, más fundamentales; son las grandes «afirmaciones católicas». Para asemejarse más al autor de El Protestantismo…, escribió también sobre el «celibato eclesiástico» y otros temas muy en consonancia con el pensamiento tradicional. Sus otras obras son:
Ensayo sobre la tolerancia religiosa en el siglo XIX.
Influencia benéfica del apostolado de Roma y unidad religiosa en España: sus ventajas bajo el punto de vista político, religioso, social.
Afirmaciones católicas. De ellas saboreará el lector sus pensamientos.
Maura.– Antonio Maura y Montaner vino al mundo, como Donoso y Aparisi, en un mayo frondoso y en una fecha histórica: el 2 del año 1853. Esta ocasión debía impregnarle un carácter de dignidad e independencia. Gran admirador de Martínez Campos y amigo de Cánovas, logró, como éste, empuñar el timón del Estado varios años y a lo largo de varias ocasiones. Su conducta principal se caracteriza por la rectitud. Una rectitud definida, firme y digna, al lado de los burdos manejos liberales, sobre todo de su enemigo Sagasta. Pero los hombres de hoy no nos avenimos con esa cualidad, que tolera vicios y sistemas. Rectitud y dignidad que se acomodan a las formas parlamentarias, a las etiquetas palaciegas, a los falsos mecanismos gubernamentales; mientras la Patria se deshace no es loable de defensa. El viaje del rey a Barcelona y Baleares, las entrevistas del monarca español con los reyes de Inglaterra en 1907 para ventilar asuntos del Mediterráneo, Atlántico y Marruecos, son gloria suya. Pero ¿puede haber gloria más pasajera que la de preparar unos viajes, por muy triunfales que sean? Es labor de embajadores y delegados.
Sus discursos forman época. En especial los pronunciados en Berlanga y Madrid defendiendo la neutralidad española durante la primera Gran Guerra, quedarán grabados como piedras miliarias en la política española.
Vivió sucesos de renombre, que salvó con dignidad. La semana trágica de Barcelona, la agresión rifeña, la citada guerra europea, son etapas que nimban su camino. Pero es preciso, como a Cánovas, no desconectarlo de su siglo. Sus dos atentados no le hicieron reaccionar contra el falso sistema liberal. El personalismo del monarca, enfrentado en varias ocasiones con el gran estadista, como en el caso de los generales Loño y Polavieja, tampoco le hizo cambiar de ideas en cuanto al régimen.
Hoy estamos más curtidos y hemos pasado por mucho más para darnos por satisfechos con soluciones que no cortan el mal de raíz. Su influencia en el porvenir de España es grandísima. Juntamente con su acción, enseña mucho su pensamiento.
De ambos nos serviremos en este trabajo, aduciendo, la idea cuando exista, y cuando no, la actitud recta y sincera del gran vasallo que necesitó mejor señor.
Citemos como índice de su pensamiento sus:
Discursos parlamentarios; políticos; en la Academia de Jurisprudencia.
Artículos de El Español. Leyes y declaraciones.
Discursos conmemorativos.
Menéndez y Pelayo.– Figura cumbre en nuestra historia científica y literaria, archivo viviente de erudición y maestro del pensamiento políticocatólico, vino al mundo el 3 de noviembre de 1856. Su semblanza debiera trazarse con el énfasis de la pasión y en el tono con que otros biógrafos –Balmes, por ejemplo– trazan las de sus ídolos: O’Donnell, Mariana, Newman.
Menéndez y Pelayo es la España, es «la voz de todo un pueblo» que dice «¡basta!». Basta de servilismo científico, de política extranjerizante, de modas incrédulas y ateas. De nuestra historia, de nuestra ciencia, de nuestra literatura, no se deduce que el carácter español deba beber en fuentes extrañas para regenerar su espíritu. In interiore Hispaniae habitat veritas… En la vuelta a nuestro pasado está nuestra regeneración. Rompamos, pues, las mallas de este moderno espíritu que nos aprisiona violentamente, y volvamos al pasado, que es la fuente regeneradora de nuestro ser.
Esta es la voz del maestro, dando el grito de alerta y rectificación. España lo ha oído, felizmente, en nuestros días. ¿Perseverará escuchando sus lecciones? ¡Quiera Dios que sí! Como contribución a ello, ofrecemos nosotros su doctrina, anticipando algunas facetas de la vida del maestro con las que formamos esta ligera semblanza.
Fue diputado por Mallorca y Zaragoza y senador por Oviedo. Íntimo amigo de Cánovas, de los hermanos Pidal y de Mella, todos los poetas y literatos de su tiempo lo idolatraban. Sus viajes por Europa en pro de la ciencia española le granjearon infinidad de amistades en el extranjero. Como Hegel, toma el mundo y lo reduce a sistema, constituyéndose en eje y centro, haciendo del conocimiento fuente de creación. Menéndez y Pelayo asimila la ciencia, la literatura y el arte, y los convierte en propia sustancia. Sobre todos los aspectos de la historia patria, sobre todos sus personajes, sobre todas las ideas y sistemas emitió fecundos conceptos. De ahí que su pensamiento señero y dominante coincida con el tradicional del siglo XIX y sea crítico del mismo en el mejor sentido de la palabra. El que juzgó con mano diestra y justiciera la herejía, tuvo frases geniales para la ortodoxia. Si él escribió sobre todos los personajes, ¿qué decir de lo que se ha escrito sobre él? Lentamente van apareciendo sus Obras completas, con que inició sus publicaciones el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En nuestro poder obran la Historia de las Ideas estéticas, en cinco volúmenes, y los Estudios y discursos de Crítica literaria, en siete. Todo hace prever un grandioso monumento al maestro de la España contemporánea{1}.
Hasta su publicación total nos servimos de las ediciones de Bonilla y Artigas, citando los volúmenes y obras por separado. Como exponente de la bibliografía a que ha dado campo, no vamos a citar obras, sino nombres. Necesitaríamos varias páginas para completar la primera. Trataremos de sintetizar los segundos. He aquí algunos: los citados Bonilla San Martín y Miguel Artigas, Santos Oliver, «Clarín», García Romero, Boris de Tanenberg, Gómez Restrepo, González Blanco, Rubio Lluch, Blanca de los Ríos, E. Merimée, J. Garriga, Polo y Peyrolón, Maura y Gamazo, Farinelli, Vigón, García de Castro, Arturo Cayuela, Miguel Cascón, Antonio Tamayo, Sainz Rodríguez, Ibáñez Martín… y otros que sería interminable citar. Para la breve semblanza basta con lo apuntado. Pero si quisiéramos graduar la influencia de Menéndez y Pelayo, podemos recordar que en enero de 1941 publicó, desde la revista Razón y Fe, el P. Antonio Valle, una reseña bibliográfica que se atrevió a llamar, con toda razón, La vuelta a Menéndez y Pelayo.
Y, en efecto, España vuelve a su caudillo y Moisés, después del paso del mar Rojo de nuestras revueltas y revoluciones, como vuelve la animación a la Naturaleza después del frío invierno. En un 19 de mayo de 1912 se cortaba aquella existencia rica y laboriosa, y los cincuenta y seis años llenos y fecundos del maestro llegan hasta nosotros como oleadas de regeneración nacional.
Mella.– Don Juan Vázquez de Mella y Fanjul vino al mundo en Cangas de Onís el año 1861, llegando casi hasta nuestros días, pues murió en 1928. Desde 1893 hasta 1916 tuvo asiento en el Parlamento, representando a Navarra por los distritos de Pamplona, Estella y Aoíz. Su vida fue reflejo y anticipo de su muerte. En ésta lo más grandioso fue aquella escena que refiere su confesor en el prólogo a la Filosofía de la Eucaristía. La escena del Viático, cuando D. Juan recibe a Jesús Sacramentado y, transformado su espíritu, prorrumpe en arrebatos maravillosos hacia el Autor del sublime Misterio, iluminándolos con altísimos conceptos teológicos y profundas consideraciones metafísicas. Cuando el enfermo vuelve en sí de su arrebato, el confesor, que ha estado presente, como los predilectos apóstoles del Señor, quiere perpetuar aquel Tabor de luces y misterios y compromete a D. Juan bajo solemne afirmación, que equivale a juramento, a estampar en el papel aquellos conceptos si sana de su enfermedad. Dios lo quiso para gloria suya y provecho nuestro. Y nació la Filosofía de la Eucaristía, pábulo del Congreso Eucarístico de Chicago, el mejor presente que España pudo enviar a ultramar y difundir, en edición especial, entre sus hijas de América. Pues bien: destellos de este Tabor son todos los momentos de la vida de Mella. ¿A qué equivalen, si no, esos arrebatos fascinadores de sus discursos, sobre todo cuando habla de Dios, de la Iglesia, de Jesucristo, de las Órdenes religiosas, de la santidad, del martirio, de la persecución, de España, de las empresas de su espíritu inmortal…? Todo ello fue recogido en sus Obras completas.
Al morir D. Juan se formó una comisión, llamada del «Homenaje a Mella», presidida por D. Víctor Pradera en su aspecto ejecutivo. Se decidió la publicación de sus obras, pero no así, al estilo corriente, sino con verdadera opulencia de tributo y pleitesía. Baste decir que sus treinta volúmenes de que se compone están prologados por otros tantos personajes distintos, gloria de la ciencia, de la literatura, de la política y de la oratoria contemporáneas. Encabeza el prólogo el excelentísimo señor arzobispo de Santiago. Sigue una biografía de Miguel de Peñaflor, unas notas de Claro Abanades y nuevo prólogo de doña Blanca de los Ríos. Siguen a continuación los volúmenes que tratan de Elocuencia, Ideario, Cuestiones religiosas, Discursos parlamentarios, Dogmas nacionales, Política general, Política tradicionalista, Crítica, Filosofía, Tecnología, Apologética, Temas sociales, Regionalismo, Temas internacionales, Ética, Epistolario y Resumen. Paralelamente discurren los nombres de Pradera, Marín Lázaro, Goicoechea, Señante, Pemán, Kleiser, Amezua, Minguijón, Maeztu, &c. De esta edición nos servimos. Además, se ha extractado un nuevo Ideario, como anuncian los nombres de Pradera, Bofarull, Zamanillo… Tal se nos presenta Mella en el siglo XIX.
Pidal y Mon.– Don Alejandro Pidal y Mon es hijo legítimo del siglo XIX, aunque, como otros pensadores, llega también hasta el nuestro. Con ellos se hermana asimismo por sus conceptos políticos y católicos. Discípulo y amigo íntimo de la egregia figura filosófica de aquel siglo, P. Ceferino González, cardenal y primado de Toledo, aprendió en sus aulas la doctrina de Santo Tomás, que refundió en su obra con este título. Sus discursos políticos y su propaganda católica lo colocaron junto a los demás pensadores. Compartió con D. Antonio Maura las zozobras de aquel período político y los rumbos del partido conservador. Aunque entremezclado igualmente con doctrinarios y liberales, no era de ellos, sino ajeno a sus ideas y actuaciones. Pero su vida se desarrolló también en ese vicioso sistema parlamentario.
En él blandió sus armas y en otras tribunas ilustres, quedando como testimonio el selecto acervo de sus discursos. Entre éstos bastaría citar el pronunciado a la muerte del maestro Menéndez y Pelayo, cuyos principales párrafos ha de gustar el lector muy pronto. Al año siguiente descendía también al sepulcro. Conste su nombre aquí como una gloria más de ese siglo.
Ortí y Lara.– Don Juan Manuel Ortí y Lara, escritor atildado, polemista católico y filósofo cristiano de los más notables del siglo XIX, figura aquí porque entre sus doctrinas las hay políticas y sociales totalmente armónicas con las del resto de los pensadores. Así, por ejemplo, en su estudio sobre el progreso y en las notas preliminares con que ilustra las obras del marqués de Valdegamas y en sus Fundamentos de Religión, que hacen coro a varias coincidencias de las que tratamos.
Lo mismo ocurre con Navarro Villoslada, ya mencionado en la semblanza general, que, novelista y escritor más que político, militó, no obstante, en determinado partido católico y a través de sus publicaciones emitió raudales de doctrina social cristiana y política, pudiendo formarse con ella hermosa antología y aumentar el pensamiento ortodoxo de este siglo. Nació en Viana de Navarra en 1818 y murió en la misma ciudad en 1895. Vivió, pues, todas las recias contiendas del siglo XIX y, adicto en un principio a la causa de Isabel, acabó por formar en las filas de Aparisi, Nocedal y Mella. Fundó El Padre Cobos, ha tenido biógrafos como el padre Juan Nepomuceno Godoy y merecido notables elogios de Menéndez y Pelayo y otros críticos.
Pradera.– Juan Víctor Pradera y Larumbe se divide entre los siglos XIX y XX. Nació en Pamplona el 19 de abril de 1873 y murió el 6 de septiembre de 1936. Esta circunstancia de haber terminado su vida gloriosamente «por Dios y por España» y pertenecer ya al mundo de los que fueron, dejándonos un excelente arsenal de doctrina en sus obras El Estado nuevo, Don Fernando el Católico y los falsarios de la Historia, Al servicio de la Patria, y los hermosos artículos publicados a través de Acción Española y otros diarios y revistas, nos hace colocarlo aquí y rendirle el homenaje de extractar sus enseñanzas al lado de los que fueron sus colegas de ideal y de vida.
Maeztu.– Ramiro de Maeztu. Lo mismo decimos de este otro escritor. Amante y estudioso del Idearium, de Ganivet, debió leer allí: «Casi todos los hombres notables que hasta hace veinte años se dedicaban a echar abajo lo poco que quedaba de nuestra nación han confesado sus yerros y dedicado la segunda parte de su vida a rehacer lo que habían deshecho en la primera…» De éstos fue Maeztu. Su vocación a la fe y a la Patria, dejando las hueras ideas del 98, fue una gracia del Señor. Se dio a conocer en la Defensa de la Hispanidad. Sus otros libros: Inglaterra en armas, La crisis del humanismo, Don Quijote, Don Juan y la Celestina y En vísperas de la tragedia, componen su pensamiento en la doble fase a que rindió tributo.
Finalmente, para que no se nos tache de exclusivistas y parciales, menospreciadores de aquello que no tenga un tinte esencialmente católico, reproduciremos, siquiera sea por mero recuerdo, el nombre de D. Joaquín Costa, también pensador y político del siglo XIX. Su pensamiento católico no estuvo definido, y más bien fue indiferente en cuestión religiosa. En política fue republicano, y sus frases de «sanear a España con aires de europeización» y «cerrar con siete llaves el sepulcro del Cid» no se suelen aducir con vistas a buena causa. Sin embargo, fue gran español, y basta el motivo que lo empujó a la lucha, no otro que la pérdida de nuestras colonias.
Defendió la esencia de España por sus profundos estudios históricos, aunque no llegara a calarla por defender una política de calzón corto, defendiendo la «reconstitución y europeización de España» como programa para un partido nacional. Algunos aspectos de su política exterior y colonial, algunos puntos de vista sociales, algunas ideas de su Civis política lo asemejan al resto de los pensadores. Sobre todo el dolor causado por la catástrofe colonial lo identifican por completo. Porque sintió, lloró y sufrió la hecatombe como ninguno. Conste su nombre en este lugar, aunque sólo sea por esto.
II
Características
Expuesta la semblanza singular de nuestros pensadores –por lo que damos nueva puñalada a la esterilidad y falsos dicterios acumulados contra el siglo XIX– con el vigoroso acervo de matices que brinda su pensamiento, pasamos a anotar algunos rasgos característicos. De entre ellos bien se comprende que podemos hacer tres grupos: Balmes, Donoso, Aparisi, Manterola, los Nocedales, Menéndez y Pelayo, Mella, Pradera y Maeztu constituyen el núcleo fundamental, legítimo y genuino del siglo XIX. Coinciden en lo sustancial y accidental. Son la base, el cuerpo y la corona del pensamiento. Cánovas, Maura, Ganivet, Pidal y Mon forman el grupo subalterno. Coincidiendo en lo sustancial, señalan alguna diferencia accidental, hija del siglo y de los sistemas preestablecidos, más que de su pensamiento. Así, por ejemplo, en alguna ocasión se proclaman «liberales», pero este lenguaje no tenía entonces el pésimo concepto que hoy tiene; se sienten satisfechos con el Parlamento, y aunque odiaban el sufragio universal, no se esfuerzan por sustituirlo. Mas fuera de estas ligeras diferencias, el nervio del concepto discurre firme y vigoroso a tenor con la idea pura y genuina de tradicional atavismo cristiano y español.
Y precisamente eso buscamos en nuestro estudio: el punto fundamental del siglo XIX dentro del ámbito políticocatólico. Muchas veces el pensamiento se concreta en la enunciación, en la cita o en la referencia; pero otras hay que completarlo en la nota donde se señalan nuevos lugares, títulos u obras que completan la materia. Como advertimos en varias ocasiones, es imposible sintetizar el pensamiento por su extensión, pues daría margen a varios volúmenes. De ahí que nos veamos obligados a hacer referencias y no señalar muchas veces sino la existencia y el lugar de la materia. En general el orden lo impone la abundancia de conceptos, la especialización del pensador, su fama en el asunto. Entonces quizá basta con citar su nombre. Así, por ejemplo, ¿quién sería capaz de sintetizar las páginas dedicadas por Balmes a la civilización cristiana, por Donoso a la Iglesia y al Pontificado, por Aparisi al malestar de la Patria, por Menéndez y Pelayo a la cultura española, por Mella a la Tradición, por Cánovas a la Monarquía, por Maura a la política exterior, por Pradera al regionalismo y por Maeztu a la Hispanidad…? En tales ocasiones bastan sus nombres…
Esta exuberante nota de unidad y armonía nos lleva a examinar las fuentes del pensamiento políticocatólico del siglo en cuestión. Con ello trazaremos ya una coincidencia fundamental de origen y abordaremos el tema en sus primerísimas concepciones. Es un modo excelente de conocer el pensamiento armónico, señalar su originalidad y dependencia.
Pero más que su madurez exige de nosotros examen, por vía de comienzo, su iniciación. Aquel afán prendido en los corazones de nuestros pensadores, que debía producir la misma inspiración intelectual, el mismo frenesí por la Ciencia, el irresistible espíritu que los empujaba a iniciarse en la cultura y alcanzar el elevado nivel desde el que habían de pasar revista a los heterogéneos problemas de la sociedad, de la Iglesia y de la Patria.
Hablaba Ovidio de un ímpetu sagrado de que se nutren los poetas, impetus sacer qui vatum pectora nutrit. El ímpetu sagrado de que se nutrieron nuestros hombres lo constituyó un profundísimo amor al estudio despertado desde los primeros años. He aquí cómo nos lo describe Balmes:
«Hubo un tiempo –dice– en que el prestigio de ciertos hombres, el deslumbramiento producido por la radiante aureola que coronaba sus sienes y sobre todo el fuego de cierta edad, ávido de cebarse en algún pábulo noble y seductor, me habían comunicado una fe viva en la Ciencia y me hacían saludar con alborozo el día afortunado en que pudiera introducirme en su templo, siquiera como el último de sus adeptos. ¡Oh!, aquella era la más pura ilusión que halagar pudo el alma humana; la vida de un sabio me parecía a mí la de un semidiós sobre la tierra, y recuerdo que más de una vez fijaba los ojos sobre un albergue que cobijaba un hombre mediano que yo en mi inexperiencia conceptuaba gigante…»{2}.
Este mismo ímpetu llevó a Donoso Cortés a escribir, todavía niño, su Sinopsis sobre la Historia Universal, señalando principios más bien que hechos, caracteres generales más que sucesos particulares. Característica que lo había de distinguir después en sus discursos y en sus escritos. En Aparisi y Guijarro la inspiración se abre al conjuro del amor y de la poesía, pero muy pronto se desborda, conquistada por el calor de altísimos ideales que fueron el patrimonio de su vida. De él nos dice su biógrafo L. Galindo: «Tuvo que luchar con el impetuoso valor del joven que siente hervir su sangre al grito de Dios y Patria.» Este frenesí por la cultura lo traducían los amigos de Menéndez y Pelayo por las providencias que debía tomar su madre para que su hijo no pasara las noches estudiando de claro en claro; por su invencible amor a los libros, por las anécdotas publicadas en el prólogo de la Ciencia española. Por tales antecedentes se demuestra que el niño había de profundizar el seno de la cultura patria, ya que era capaz entonces de ilustrar con curiosas anotaciones las antologías literarias que hombres consumados daban a luz pública.
En Vázquez de Mella reviste el mismo afán caracteres de inquietud incontenible, rumbo al estudio de los principios, de los acontecimientos y de las instituciones. Y digamos lo mismo de los demás políticos católicos: Cánovas, Maura, los Nocedales, Manterola y Pradera… En todos se revelan caracteres de profundidad, rasgos de universalidad, afanes de examen e indicios de genial iniciación. No debe extrañarnos, pues, que, aguijoneados por este ímpetu sagrado, nuestros hombres de ciencia y letras se dispongan a inquirir las causas de las cosas, a caracterizar los acontecimientos de la Historia y a coincidir fundamental y detalladamente en principios de teoría y en aplicaciones de práctica, en leyes divinas y en consecuencias humanas, en nuevas de regeneración y en pesimismos catastróficos, en la alabanza del bien y en el vituperio del mal, en la moralidad de la Iglesia, en la vitalidad de la Patria y en el poder regenerador de la sociedad…
Y es que todos bebieron en la misma fuente y ungieron su espíritu en las mismas aguas consagradas por el santo crisma. El regazo de una familia cristiana fue la pila bautismal en sus primeros escarceos pueriles. Nos lo dice Aparisi: «En público y en privado, en tiempos prósperos y adversos he defendido las altas verdades que comencé a aprender en el regazo de mi madre»{3}. Este es el lenguaje de todos. Después brotaron las aficiones decisivas que, matizadas por el gusto exquisito de la belleza que también los acompañó, hizo de cada uno de sus espíritus, cultos y eruditos a lo clásico, «una pequeña Grecia en gracia de Dios». Es curioso que en sus primeros apuntes se registren traducciones griegas e imitaciones clásicas. No hacemos anotaciones, porque sobran. Ahí están para testimonio las Obras completas de cada uno, de los principales al menos, con sus antologías y sus églogas, sus epigramas y sus versos épicos. Nosotros apuntamos el hecho y guardamos las pruebas para coincidencias más fundamentales, para acuerdos y armonías de fondo, no de mera forma.
A la base firmísima de una educación cristiana embellecida por el barniz de la forma clásica añadieron nuestros políticos otra excelente cualidad: la experiencia. La experiencia real y palpitante de una existencia difícil encuadrada en una época aguda para la Patria, encrespada de sacrificios para la Iglesia y sembrada de espinas para los hombres rectos en sus principios y en su conducta. La cosa no necesita demostración, porque está patente. Ya hemos trazado la semblanza secular que abona en nuestro favor. Nuestros hombres no contemplaron su siglo en perspectiva, sino que cada uno vio su momento, su círculo, su camarilla, su ámbito ciudadano, patriótico y religioso, y a la verdad que éste no podía ser más desfavorable. Alguno, como Donoso Cortés, estuvo a punto de nacer no en un poblado, sino en un camino, cuando sus padres huían de la invasión, y otros, como Cánovas, no murieron tranquilamente en su lecho, sino en una calle, teñidos con su sangre propia. Si el hombre es hijo de sus circunstancias y de su ambiente, no pudieron estimular a nuestros hombres ochocentistas circunstancias más apremiantes ni ambiente más descorazonador. Pero todo lo serenaba la fortaleza de una fe viva como la entraña materna donde la bebieron, el conocimiento profundo y universal de la Historia y la lucha del siglo, que si obligaba a combatir no invitaba a dormitar. Los que han tenido la fortuna o la desgracia de vivir y morir en tiempos sosegados y apacibles puede decirse que han atravesado la vida y que han llegado a la muerte sin salir de la infancia. «Sólo los que, como nosotros, viven en medio de las tormentas pueden vestirse la toga de la virilidad y decir de sí propios que son hombres.» Así habló Donoso Cortés{4}.
Y Mella no se expresó con menor energía: «¿Que descanse? No he venido a descansar ni es esta hora de descanso. No es lícito el reposo cuando trabajan los adversarios. Peleamos por una causa santa, que es la de la Iglesia, la de la Tradición, la de las libertades regionales, y para ese combate no hay tregua ni armisticios. Es preciso luchar hasta caer rendidos de cansancio, sí, pero sobre el cadáver de nuestros enemigos, que son los de Dios y de la Patria»{5}. Fácil nos es multiplicar los textos.
De una educación tan similar, idéntica en su origen, método y principios no podían nacer sino coincidencias fundamentales sobre los problemas de la Iglesia, de la Patria, de la sociedad y del hombre a lo largo de la Historia. A modo de sinopsis histórica, con aquella rapidez con que nuestros escritores en cuestión, nuestros oradores de liceo, Parlamento y tribuna; nuestros publicistas de prensa e imprenta llamaron a los hechos generales, los examinaron en su origen, naturaleza y consecuencias y los sellaron con el cuño inconfundible de su acertada crítica, trataremos nosotros de revistar la Historia, destacando el parecer armónico de nuestros hombres en torno a sus hechos. Y para mejor comprensión, delimitaremos los aspectos según los órdenes que cada uno comprenda, agrupando las más destacadas afirmaciones de nuestros hombres.
La Biblia, la Sagrada Escritura, los libros de Dios fueron fundamental atractivo de aquellas próceres inteligencias. Luego, la Historia en su aspecto narrativo y filosófico, las grandes verdades del mundo teológico, social y político, los aspectos de la Patria, de la comunidad europea y mundial, de la enseñanza, de la prensa…; he aquí nuevos tópicos de estudio y de coincidencia.
De ahí que el pensamiento español del siglo XIX es digno heredero de la secular tradición española: de Saavedra con sus Empresas, de Quevedo con su Política de Dios, de Mariana con su tratado De rege et regis institucione, del venerable Palafox con su Memorial, del cardenal Velluga con su Speculum principum, de Solórzano Pereira con su Política indiana, de Francisco Ortiz con sus Cinco tratados, de Suárez, Vitoria, Guevara, Ceriol y tantos otros maestros del pensamiento político español… Además de esto, nuestros pensadores se estudian, comprenden y aman con verdaderas entrañas de afecto. Balmes, el primero de todos, no tuvo la dicha de conocer a los demás, pero los adivinó en sus antecesores. Esos maestros de la política que acabamos de nombrar están citados en sus obras y se les rinde testimonio de admiración. Alcanzó a Donoso y le dedicó sus frases. Si lo hubiera conocido en su campo le hubiera hecho justicia.
En cambio Donoso sí que comprendió al Balmes apologista, mártir del Pontificado, y le rindió público testimonio{6}. Nocedal estudió las obras de los demás pensadores y se fijó especialmente en Aparisi, cuyo discurso necrológico pronunció, además de otro artículo que ya le había dedicado. Del mismo dijo Castelar: «El alma de Aparisi llenábala toda el afecto, siempre el afecto, siempre el sentimiento. Su cariño era como el sol, llegaba a todas partes sin mancharse.» Menéndez y Pelayo los comprendió a todos y de todos trató: «Balmes y Donoso compendian el movimiento católico en España desde 1834. Entre ellos no hay más que un punto de semejanza: la causa que defienden… Si pasaron por la escena política fue como peregrinos de otra república más alta. En lo secundario podían diferir; en lo esencial tenían que encontrarse siempre, porque la misma fe los iluminaba y la misma caridad los encendía…» Y a este tenor les dedica varias páginas de la Historia de los heterodoxos. Lo mismo que a Nocedal y Aparisi, cuyos egregios discursos sobre la unidad religiosa de España alaba y cita. Del gran polígrafo montañés trataron todos sus sucesores, discípulos y alumnos del pensamiento.
«Menéndez y Pelayo era uno de esos hombres representativos que resumen y compendian en sí las cualidades más excelsas de un pueblo o de una época, y hasta de una civilización; paladín incansable, triunfador de la civilización española, verbo y clarín de la raza, hombre providencial, ornamento de la prosa castellana, sabio y artista, poeta en la más alta comprensión del vocablo…» Así habló Echegaray.
Ricardo León le llamó: «Hijo amantísimo de su Patria, enamorado de sus tradiciones, heredero universal de los antiguos siglos de oro, pluma de águila, lengua de ruiseñor, rayo divino; nadie como él se entrañó tan fuertemente con el alma española hasta confundirla y esencializarla con la suya.»
No bajó en conceptos el P. Zacarías Martínez: «Astro radiante como ninguno, bienhechor de la humanidad como pocos, sabio estupendo, milagro viviente de la Ciencia… El pueblo español no puede apreciar lo que ha perdido, como no apreció la pérdida de sus colonias, menor aún que esta pérdida intelectual de España. Espíritu de poderosa constitución sintética, filósofo en el más alto sentido de la palabra, mago de las ideas y de los libros…»
«Fue un ciudadano libre en la república de las letras», dice Bonilla, y añade Rodríguez Marín: «En él estuvo encarnado como en ningún otro el amor a todas las excelencias de nuestra raza y a todas las grandezas de nuestra Historia.»
Pidal y Mon lo llamaba: «Erudito, pensador, escritor, polemista, poeta, atleta de la Religión católica y de la Ciencia patria; personificación majestuosa de la Ciencia española…»
Vázquez de Mella lo llama artista, historiador, filósofo y teólogo… «Marcó como nadie los indelebles caracteres del espíritu nacional en todas las producciones intelectuales; no estaba en la biblioteca, porque la biblioteca estaba en él. Su amor de patriota se confunde con la fe del creyente…»
«Si un total naufragio –dice «Clarín»– de la cultura hubiese borrado el testimonio de treinta siglos de civilización y hubiera sobrevivido Menéndez y Pelayo, del arca de su inteligencia hubiera salido la simiente de la nueva erudición.»
Tales elogios y otros muchos que sería prolijo enumerar se han dicho del maestro, la mayoría en la sesión necrológica con motivo de su muerte. No es de extrañar. Él, que para todos tuvo frases concretas y juicios acertados, debía recibir la gratitud de sus innumerables discípulos. «Era su voz –dijo Farinelli– como la voz de todo un pueblo.» Y de ahí que ese clamor popular se dejó sentir al faltar el maestro, mentor y guía de este pueblo. Tan mutua, recíproca, llena y henchida en consecuencias fue la labor de nuestros pensadores.
Mella hizo estudios especiales sobre algunos y conoció a todos los demás. El volumen XVIII versa sobre críticas personales, varias referentes a los pensadores ochocentistas. El XIX trata de la política de Balmes; los dedicados al Tradicionalismo, XV y XVI, ensalzan a los maestros de la Comunión, y a lo largo de los treinta volúmenes se habla de los demás. Del insigne tribuno trataron nuevos discípulos y admiradores, como vimos por sus Obras completas.
En confirmación de la influencia mutua y sucesiva que nuestros pensadores ejercieron podemos citar alguna frase, más que semejante, sinónima. Por ejemplo, al tratar de Pelayo y la Reconquista iniciada en Covadonga, dijo Balmes: «…No cabe duda que la idea de la Monarquía sobrevivió a todos los trastornos, viéndose de esto una prueba clara y hermosísima al levantarse en Covadonga el trono de Pelayo. Donde se ven reunidos algunos cristianos para hacer frente a los sectarios de Mahoma, allí se presenta un rey; su trono son los escudos de los valientes que le levantan en alto y le proclaman caudillo; su diadema es el capacete; su cetro, la espada…»{7}. Y Donoso escribe: «Juntos los pocos que se salvaron del naufragio, determinaron concertarse sobre la manera y forma con que habían de ser gobernados… Después eligieron un rey, con lo cual se constituyeron en monarquía, y levantaron una Iglesia, con lo cual dieron bien a entender que pensaban combatir y vencer en el nombre de Dios, del Dios de sus mayores»{8}.
El mismo Balmes escribe también: «Atravesamos un período de incertidumbre en que todas las soluciones son imposibles. Es necesario resolver muchos problemas y no se descubre un hombre ni una fracción que pueda disipar las sombras del país. Todo pensamiento grande encontrará dificultades; no hay pensamiento político…»
Frases que hallan eco en éstas de Menéndez y Pelayo: «Todo elemento de fuerza intelectual se pierde en infecunda soledad o sólo aprovecha para el mal. No nos queda ni ciencia digna, ni política nacional, ni a duras penas arte y literatura propia…»
Pradera ha dicho, copiando a Donoso: «Hasta en la blasfemia puede haber homenaje a la Divinidad», lo cual en el Ensayo se lee así: «Toda palabra que sale de la boca del hombre es una afirmación de la Divinidad, hasta aquella que la blasfema.»
Basten estos ligeros ejemplos, tomados a vuelapluma, para convencernos de que las coincidencias de nuestros pensadores son hasta sinónimas. Sin embargo, todos proceden libremente. No forman escuela. Son, como antes hemos dicho, ciudadanos libres en la república de las letras.
Otra de sus características es que cada uno embiste contra el error de su tiempo y el protagonista que lo personifica. Balmes se dirige contra Guizot; Donoso, contra Proudhon; Ortí y Lara refuta el krausismo; Menéndez y Pelayo se vuelve contra Sanz del Río, Azcárate, Revillas, Perojos y serie de masones redivivos que niegan la Ciencia española. Pradera refuta a Rousseau y Montesquieu…
Mas para que no se nos tache de parciales y ciegos admiradores, descubriremos los errores de nuestros hombres. Todos ellos son hijos de su siglo, de su tiempo y muchos de sus falsos vicios y sistemas. Balmes, Donoso, Aparisi se esfuerzan por resolver la situación con tópicos ineficaces. Un gobierno nacional, un enlace dinástico, un partido popular… Y para ello no salen de la prensa y el parlamento; no descienden al pueblo. Es decir, no hacen política de masas, labor de pueblo, formación social, colectiva y nacional. Están solos en todas partes: en el periódico, en el escaño, en la tribuna; no mueven, no organizan núcleos, partidos, amplios movimientos nacionales. Se nos dirá que ellos son hombres de doctrina y no de acción; pero es que ocurre lo mismo con los demás. Cánovas, Maura, Mella, ¿qué grupos representan?, ¿qué opinión levantan?, ¿qué organizaciones forman? Todo es política personal, censura de parlamento, labor de mero gobierno. En muchas ocasiones lo ha confesado el enemigo. ¿Dónde están los católicos?, ¿dónde están las derechas?, ¿qué fuerza representan? Política de muchedumbres, de conciencia nacional, de organización sólida y eficiente no se hace en España hasta 1931. La nación, en su doble aspecto católico o sectario, derechista o socialista, no se organiza hasta la fecha citada. La labor del siglo XIX es personal, partidista y política. He aquí el mayor defecto de nuestros hombres.
Sin embargo, el pensamiento político del siglo XIX ha calado profundamente en el siglo XX. Esta labor social y colectiva que alabamos procede de ellos. No importa que la realicen otros hombres, discípulos directos de los nuestros. La idea y el programa es de los pensadores en cuestión. Serán poco leídos y estudiados porque es poco el afán por la lectura, pero si algo se estudia, copia e imita son ellos. En el aspecto religioso ejercen profunda influencia por su matiz puro e integral. Socialmente se adelantaron a los modernos sistemas y movimientos de clase predicados por León XIII y Pío XI. Las reivindicaciones obreras contenidas en las encíclicas de estos Papas son patrimonio de nuestros insignes sociólogos. Políticamente siguen siendo nuestros maestros. Si alguien no lo había comprendido aún, se convencerá a la breve lectura de este trabajo. Todo él es una síntesis y en su conjunto forma un verdadero programa de gobierno.
{1} Edición Nacional de las Obras Completas de M. Pelayo. Con un prólogo del Excmo. Sr. D. José Ibáñez Martín, Ministro de Educación Nacional, dirigida por D. Miguel Artigas, Director de la Biblioteca Nacional. Consejo Superior de Investigaciones Científicas MCMXL.
{2} Balmes: O. C., v. X: Cartas a un escéptico, 1.ª ps. 24 y sgtes.
{3} Aparici: O. C., v. II, p. 550.
{4} Donoso: O. C., v. II: Correspondencia con el Conde de Montalenbert, p. 100.
{5} Mella: O. C., v. XIX: Discurso en el T. Principal de Barcelona, 24-4-1903, p. 38.
{6} Donoso: O. C., v. II: La Biblia.
{7} Balmes: O. C., v. XXV: La Unidad gubernativa, p. 107.
{8} Donoso: O. C., v. III. Comentarios al C. H.ª de E. de Morón, p. 803.