Francisco Gutiérrez Lasanta
Capítulo I
Semblanza del siglo XIX
Sumario: Progenitores.– El siglo XVII.– El siglo XVIII.– Forner.– Juicios.– Los poetas.– Testimonio objetivo.– Cuadro tétrico.– Reverso.– Hechos eclesiásticos.– En España.– Figuras.– Aspecto del progreso.– Palabras finales.
Manía suele ser de biógrafos evocar el abolengo de sus biografiados. Al trazar nosotros la semblanza histórica del siglo XIX, buscamos también su legítima ascendencia en los siglos que le precedieron. Nos basta con alcanzar el segundo grado, alegándose el siglo XVII vínculo de consanguinidad paterna. ¿Y qué decir de este siglo? Bajo el aspecto religioso, cultural y político, España continuaba en el apogeo de su gloria. Su nombre, como el sol del medio día, había alcanzado el cénit. Podía gloriarse aún de ser una legión de «teólogos armados», de dramaturgos eminentes, de místicos encumbrados, de filósofos, literatos, poetas, historiadores y políticos dignos de mejor herencia. Bastaría citar unos nombres, síntesis de cada una de esas ramas: Suárez, Cervantes, Lope de Vega, Mariana, La Palma, Quevedo, Saavedra, Tirso de Molina y Calderón… Y no se replique que algunos de estos nombres más pertenecen al siglo anterior, porque en su fecunda madurez todos son del XVII. Así, pues, el árbol frondoso del Imperio español no podía albergar en sus ramas nidos más fecundos ni aves de más alto vuelo. Y quizá la excesiva corpulencia lo hacía insostenible. Por eso su tronco comienza a resentirse. La figura de Felipe II cierra el ciclo ascendente del poderío hispánico. El sucesor contempla el inicio de un descenso que puede ostentar por lema el mote de decadencia. Y por su decadencia política e imperial se caracteriza el siglo XVII, aunque la religión, la ciencia y las artes pugnen por sostenerse en el nivel adquirido. Mas si la lengua es compañera inseparable del Imperio, al decir de Nebrija, decadente éste, arrastrará consigo a aquélla, con todos sus satélites, y las ciencias, las letras y las artes disminuirán su vigor. Muy exactamente, pues, pudo escribir Cánovas del Castillo sus Estudios del reinado de Felipe IV y la Historia de la decadencia de España, haciéndola arrancar de este siglo.
De manera que el abolengo linajudo del siglo XIX es nobilísimo, pero estigmatizado con la nota decadente. Mal síntoma éste de los abuelos para los futuros hijos y nietos.
Siglo XVIII.– Porque, en efecto, el siglo XVIII no detuvo la fatal carrera. Al revés, la aumentó, sin el menor consuelo ni excepción. Aquí es todo decadencia. Por un milagro de la divina Providencia se sostiene el Imperio en América y en Oceanía, pero a espaldas de España. La Corte española, trocada en su sangre, tórnase también en su naturaleza. No hay reyes ni políticos capaces de impedir el rápido desmoronamiento; no hay voluntades que traten de asegurar algo, lo menos siquiera, ante la irreparable pérdida de lo más. No hay teólogos, no hay filósofos, no hay historiadores, no hay literatos, no hay nada. Digo mal: hay pecados, delitos horrendos que en nuestra Patria revisten carácter de apostasía y sacrilegio. Hay servilismo por todo lo francés; incredulidad burdamente plagiada; sectarismo filosófico, expulsión de jesuitas…; eso ofrece el siglo XVIII. Como nuestro principal impulso versa sobre el pensamiento, bien estará ceder la pluma a un hijo de este siglo, Pablo Forner, que tiene para su tiempo el siguiente autorretrato: «Infelizmente hemos nacido en una edad que, dándose a sí misma el magnífico título de filosófica, apenas conoce la rectitud en los modos de pensar y juzgar. Vivimos en el siglo de los oráculos. La vana y audaz verbosidad de una tropa de sofistas ultramontanos, que han introducido el cómodo y nuevo arte de hablar de todo por su capricho; de tal suerte ha ganado la inclinación del servil rebaño de los escritores comunes, que apenas se ven ya sino infelices remedadores de aquella despótica revolución con que, poco doctos en lo íntimo de las ciencias, hablaron de todas antojadizamente los Rousseau, los Voltaires, los Helvecios…»{1}.
No estuvo menos recatado Donoso Cortés enjuiciando el mismo siglo en otro aspecto. «El fanatismo –dice– procede siempre por medio de la supresión de todas las resistencias; el filosófico suprime las ideas; el histórico, los hechos; el político, los hombres. Por esta razón el siglo XVIII, que tuvo todos los fanatismos, suprimió con el filosófico el alma; con el moral, la religión; con el histórico, los hechos que declaran la acción benéfica de la religión, y con el político, la cabeza de Luis XVI.» Esto opinó el marqués de Valdegamas del progenitor del siglo XIX cuando su mente divagaba aún por las tenebrosas regiones del liberalismo. En términos concretos, lo que decía el P. Favo: «Si el siglo XVIII fue el siglo de la incredulidad, el XIX tenía que ser el del libertinaje, porque la libertad liberal es la negación de la Fe.» ¿Y por qué así? Por algo que en seguida nos dirá uno de los autores citados.
De un abolengo decadente, fanático y liberal no es posible esperar sino legítima descendencia, y por lo mismo, con tales progenitores podemos adivinar la estirpe que habían de dar a luz. Nos colocamos, pues, enfrente de nuestro siglo, del siglo que motiva nuestro estudio, del siglo que pretendemos retratar. El legado del siglo XVII se infunde en el siglo XVIII, y éste, acrecido y aumentado, no ya con simple decadencia, sino con absurdos extranjerismos, plasma toda la fisonomía del siglo XIX. Este triste legado se resume en el triunfo total y pleno del liberalismo. Parafraseando al ya citado Donoso Cortés, podemos decir: El árbol del error o de la decadencia, plantado por la primera generación de audaces heresiarcas e ineptos políticos, se cubrió de hojas en tiempo de nuestros abuelos, de flores en tiempo de nuestros padres y hoy está al alcance de nuestra mano cargado de frutos.
Sí; el siglo XIX no es de sistemas, teorías y tópicos como el XVIII; es de crudo y radical fanatismo; de violentas y revolucionarias aplicaciones; de trágicas y funestas consecuencias; de amargos y agraces frutos, maldecidos por la mano de Dios. ¿Pero sólo de esto? La exactitud y la justicia exige que lo estudiemos en todos sus aspectos.
Siglo XIX.– Si nos hemos de fiar en juicios y opiniones, éstos no pueden ser más variados. Para Balmes, la sociedad en que él vivió, el siglo XIX se distingue por «un desarrollo tan general, tan grande, tan simultáneo, de fuerzas morales y físicas que jamás se ha visto tanta acción y movimiento; pero observando la verdadera situación de las cosas, sin dejarse fascinar por vanas apariencias, se nota la falta de un principio regulador, de una acción que encamine esa muchedumbre de fuerzas hacia el bien de la sociedad, impidiendo que tomen una dirección divergente y acaben por destrozarla»{2}.
Según Donoso, el siglo XIX es el «siglo de hierro de la civilización filosófica, en que la razón y la voluntad del hombre han llegado al apogeo de su independencia y de su soberanía». Lo llama también siglo de aplicaciones y contrastes, pues la razón «no queda satisfecha si no desciende a las esferas políticas y sociales para conturbarlo todo, haciendo salir como por encanto de cada error un conflicto, de cada herejía una revolución y una catástrofe gigantesca de cada una de sus soberbias negaciones». Y, por último, en el discurso de apertura del Colegio de Humanidades de Cáceres, donde hace estudio de todos los siglos, llama al XIX «siglo de juventud, de gravedad, de saber y de experiencia»{3}.
En opinión de Cánovas, el siglo XIX es «el más infeliz de nuestros anales desde que formamos nación»{4}. Para Ganivet el siglo en que nació se define «por su abulia o falta de voluntad»{5}. Ramiro de Maeztu habla del «desacertado siglo XIX que sucedió al escéptico siglo XVIII»{6}. El conde de Rodezno lo califica de «interesantísimo y apasionado siglo XIX»{7}. El P. Gemelli, rector de la Universidad Católica de Milán, lo tacha de «idealista» en su discurso de apertura de 1938.
Los poetas no han negado tampoco sus dedicatorias al siglo en que vivieron. Unos, como Bretón, lo han pincelado de todos los colores:
«¡Oh, siglo del vapor y del buen tono!»
«Pícaro siglo que de todo abusa.»
«Este siglo, que llaman de las luces,
y que yo llamaría de los fósforos»{8}.
Núñez de Arce ha pretendido descargar en él la responsabilidad de sus dudas al decir:
«Hijo del siglo, en vano me resisto
a su impiedad, ¡oh Cristo!»
Y otros, en fin, lo han inmortalizado al poetizar el hecho cumbre de sus anales: nuestra guerra de la Independencia.
Testimonio objetivo: Pero quien más exactamente ha retratado el siglo XIX es Menéndez y Pelayo. Al invocar su nombre damos de mano a la literatura y poesía, fijándonos en la realidad. Sólo ésta sirve para calificar los tiempos, los hombres y las cosas. No las otras, por su naturaleza ligeras y superficiales. De ahí el poco valor de los testimonios aducidos. Aquello de que «cualquiera tiempo pasado fue mejor» no es exacto en la Historia, no obstante la aplicación que se hace, porque todos los hombres, como impresionados por circunstancias del momento, han hablado muy mal de su tiempo. Pero cuando la crítica viene reajustando los sucesos, se desvanecen las exageraciones. Así lo hizo Menéndez y Pelayo. Abramos, si no, el tomo VII de la Historia de los Heterodoxos, donde se expone con objetividad el carácter del siglo XIX. De él se desprende que la ocupación del territorio español por los ejércitos franceses, a despecho del odio que se les profesaba, contribuyó a extender y difundir en campos y ciudades, mucho más que ya lo estaban, las ideas de la Enciclopedia y la planta venenosa de las Sociedades secretas, olvidadas casi desde la Bula de Benedicto XIV y las pragmáticas de Femando VI. Pero desde 1808, la Francmasonería, única Sociedad secreta conocida hasta entonces en España, retoñó con nuevos bríos, pasando de los franceses a los afrancesados y de éstos a los liberales, entre quienes, a decir verdad, comienza la importancia de las logias en 1804…
Con pluma maestra va describiendo los excesos de la revolución en sus distintas fases, acentuando fechas como la del 16 de julio de 1834, con la matanza de frailes; dos años más tarde, la desamortización del Clero, llevada a cabo por Mendizábal, y los sarcasmos de las Constituyentes del 37, herederas de las del año 12, que abolieron el Voto de Santiago, continuando éstas con la del Diezmo, la ruptura con Roma y el exilio de los obispos. «No conviene –dice–, por un muelle y femenil sentimentalismo, apartar la vista de aquellas abominaciones, que se quiere hacer olvidar a todo trance. Más enseñanza hay en ellas que en muchos tratados de Filosofía, y todo detalle es aquí fuente de verdad y clave de enseñanza histórica. Aquel espantoso pecado de sangre (protestante es quien lo ha dicho) debe pesar más que todos los crímenes españoles en la balanza divina, cuando después de pasado medio siglo aún continúa derramando sobre nosotros la copa de sus iras. Y es que si la justicia humana dejó inultas aquellas víctimas, su sangre abrió un abismo invadeable, negro y profundo como el infierno, entre la España vieja y la nueva, entre las víctimas y los verdugos, y no sólo salpicó la frente de los viles instrumentos que ejecutaron aquella hazaña, semejantes a los que toda demagogia recluta en las cuadras de los presidios, sino que subió más alta y se grabó como perpetuo e indeleble estigma en la frente de los partidos liberales, desde los más exaltados a los más moderados…»
Desde entonces la guerra civil creció en intensidad, y fue guerra como de tribus salvajes lanzadas al campo en las primitivas edades de la Historia; guerra de exterminio y asolamiento, de degüello y represalias feroces, que duró siete años, que ha levantado después la cabeza otras dos veces, y quizá no la postrera, y no ciertamente por interés dinástico, ni por interés fuerista, ni siquiera por amor muy declarado y fervoroso a este o a otro sistema político, sino por algo más hondo que todo eso: por la instintiva reacción del sentimiento católico, brutalmente escarnecido, y por la generosa repugnancia a mezclarse con la turba en que se infamaron los degolladores de los frailes y los jueces de los degolladores, y los incendiarios de las iglesias y los vendedores y compradores de sus bienes. ¡Deplorable estado de fuerza a que fatalmente llegan los pueblos cuando pervierten el recto camino y, presa de malvados y sofistas, ahogan en sangre y vociferaciones el clamor de la justicia! Entonces es cuando se abre el pozo del abismo y sale de él un humo que oscurece el sol y las langostas que asuelan la tierra…»{9}.
¡Basta! Y sobra también para aquilatar en sus matices la filosofía y política de un siglo no exento de ideas y de luces, sólo que éstas son las que impulsan al crimen y brotan del incendio destructor. Añadamos la ruptura con Roma y el reconocimiento del reino de Italia al usurpar los Estados pontificios. ¡Oh, cuán profético vaticinio el de Aparisi cuando, consumado por parte de España el reconocimiento, dirigía a la reina Isabel aquellas palabras shakesperianas tan prontamente cumplidas: «¡Adiós, mujer de York, reina de los tristes destinos!…»
De manera que, resumiendo conceptos, el siglo XIX es el siglo de los atropellos napoleónicos, con la prisión de Pío VII, de las Cortes de Cádiz, de la abolición del Voto de Santiago, de la desamortización del Clero, de la pérdida de las colonias americanas, de la Institución Libre de Enseñanza, del liberalismo religioso y político, de la nefasta generación del 98 y de la anarquía gubernamental, magistralmente descrita por nuestro actual Caudillo en su memorable discurso del 13 de mayo de 1946… Sino triste, por cierto, el de este siglo. Las últimas pinceladas son realmente más tétricas que los lamentos poéticos. Los hechos abultan más que todas las frases. Los frutos son verdaderamente amargos y ásperos de condición. La triste herencia recibida se multiplicó por sí misma y se degradó en la más vil consunción. Mal fallo el de un siglo con dejos de delitos prehistóricos y matanzas salvajes, con abominaciones desoladoras y violaciones sacrílegas, con rupturas de tradiciones y de altísimos poderes sobrenaturales. Pero, ¿concluye todo aquí? ¿No hay una pincelada para iluminar esta noche sombría? Creemos que sí, y hemos de verlo a continuación.
Reverso del siglo XIX: Ciertamente, a todos los reos se permite defender, y el siglo XIX exige este derecho. Sobre el negro cuadro trazado, sobre la semblanza tétrica delineada, hay raudales de luz y de gloria que pugnan por abrirse paso. Lo descrito es lo temporal y pasajero; lo que queda por describir es lo inmortal y eterno. Sucumbió Napoleón, perdiéndose su memoria en la isla de Santa Elena, y se abrió paso la libertad del Papa y de la Iglesia. A Pío VII sucedió muy pronto Pío IX, con su largo y glorioso pontificado, fecundo en acontecimientos inmortales. El intruso de España fue lanzado por la sin igual epopeya de la Independencia, gesta heroica capaz por sí sola de inmortalizar un siglo. Libre la Iglesia y libre España, reanudaron como gigantes su carrera, alcanzando faustísimos acontecimientos.
El año 1854, el Papa ya nombrado, de eterna y feliz recordación, elevó a dogma la creencia universal de la Concepción Inmaculada de María. Suceso éste tan ecuménico como español, ya que nuestra Patria veía coronados esfuerzos seculares y juramentos solemnes, sobrepuestos a nuestra misma decadencia. Porque España bajó de tono, pero el dogma de la Concepción Inmaculada de María siguió palpitando en los espíritus españoles por encima de todas las decadencias y miserias nacionales.
Nuevo jalón que ilumina las sombras de toda esa triste noche secular ochocentista y la convierte en día esplendoroso de faustos y trascendentales destinos.
En 1851 culminaba una profunda reacción religiosa, que ha venido calificándose de «Movimiento católico de Oxford». Hombres de la talla de Newman, Manning, Faber y un centenar más, todos ellos sobresalientes en letras y ciencias y en pureza de vida, engrosaban las filas del Catolicismo Romano, causando baja en las sectas protestantes. El Movimiento de Oxford no es propiamente la conversión de Inglaterra al Catolicismo; es el acrecentamiento del Catolicismo en Inglaterra, se ha escrito con mucha razón. En 1862 se abría la Ciudad Eterna a otro acontecimiento rumboso y universal: la canonización de los Mártires del Japón. Con este motivo se congregaban en Roma trescientos obispos del orbe católico.
En 1869, la misma ciudad santa abría sus puertas al Concilio Vaticano y se procedía a una nueva definición dogmática: la infalibilidad del Sumo Pontífice, rubricada por otra legión inmensa de Prelados y Doctores de la Iglesia.
El año 1877 puede llamarse el año de las peregrinaciones, porque las hubo más numerosas que nunca a Roma, y cada nación las hizo en devota rogativa a los santuarios más celebrados de su país. En nuestra Patria contribuyó a fomentarlas una viva protesta contra el proyecto de ley sobre fementidos abusos del Clero, y en todo el mundo el quincuagésimo aniversario de la consagración episcopal de Pío IX.
Son muchas las Congregaciones que en este siglo nacen en la Iglesia de Dios. Baste citar los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, fundados por el español Beato Claret y difundidos en muy poco tiempo por todo el mundo; los Marianistas, o Compañía de María, por José de Chaminade, que concibe su obra a los pies del Pilar de Zaragoza; los Salesianos, con don Bosco y su inmensa obra social redentora del obrerismo; las Hijas de la Caridad de Santa Ana, instituidas por la Madre Rafols, heroína de los Sitios de Zaragoza; las Damas del Corazón de Jesús, por Santa Sofía Barat; Oblatas, Siervas de María, Servicio Doméstico, Reparadoras, Esclavas del Corazón de Jesús y otras Congregaciones. También nacen en este siglo grandes instituciones, como los Congresos Eucarísticos, entidades misionales, institutos bíblicos, y se llevan a cabo felices descubrimientos en las catacumbas de Roma…
¿Qué más? El siglo XIX es el siglo de León XIII, y de las inmortales encíclicas, del triunfo de las reivindicaciones sociales, de los jubileos y de los grandes patronatos otorgados a la Iglesia y a las naciones. En él nacieron también las grandes Universidades pontificias de Roma, Lovaina y Comillas; las Academias científicas, las famosas ediciones de Migne, y se abrieron al estudio los viejos Archivos pontificios. De tal modo, que el siglo XIX es siglo de religión, de ciencia y de arte; de santidad, de virtud y de conversiones; de apariciones de la Virgen, como la de Lourdes, confirmatoria de la antiquísima del Pilar; de devoción a San José y de amor y veneración hacia el Papa. El siglo XIX es el siglo de Pío IX, el Papa defendido por los españoles en las letras y en las armas, el Papa de largo pontificado, fecundo en canonizaciones, fundaciones diocesanas y misionales, y expansión prodigiosa de la Iglesia; el siglo XIX es, en resumen, bajo el aspecto eclesiástico, siglo de vitalidad y pujanza, siglo de prodigios y maravillas, siglo de gloria en la Iglesia de Dios.
En España.– No creamos que este siglo desmerece en nuestra Patria. Ya hemos hablado de la guerra de la Independencia, de fundaciones españolas y de proezas y defensas pontificias a nosotros debidas. No obstante la anarquía política, nuestra Patria sintió la llamada de los Papas, y en varias ocasiones llegó hasta Roma. Merece citarse la de octubre de 1876, peregrinación organizada por uno de nuestros pensadores, D. Ramón Nocedal, desde las páginas de El Siglo Futuro. Lo mismo que la expedición allí llegada con el fin de restablecer el Gobierno temporal del Papa, en 1848.
A las instituciones religiosas ya mencionadas hemos de añadir la fundación del benemérito Cuerpo de la Guardia Civil, nacido en virtud de decretos de 26 de enero de 1864 y 28 de marzo del mismo año, «uno de los mayores timbres de gloria del reinado de Isabel II». También es de este siglo otra fundación gloriosa, genuina de España: las Escuelas del Ave-María, debidas al talento organizador de D. Andrés Manjón.
Fue patrimonio de las postrimerías ochocentistas un movimiento en pro de la transformación de la enseñanza en un sentido pedagógico y científico. Educadores de todos los países se lanzaron a reformar centros de enseñanza demasiado memorísticos, libres y rutinarios. Montesori, en Italia; Dewey, en Norteamérica; Cousinet, en Francia; Kerschensteiner, en Alemania. A todos superó D. Andrés Manjón en originalidad y aplicaciones fundando estos métodos en España.
En 1894 León XIII otorga una nueva gracia a España: la beatificación del P. Maestro Ávila, y se cierra el siglo con otra gracia aún mayor, el suceso más portentoso, superior a la misma guerra de la Independencia: Santiago, Patrón de España, quiso salir en defensa de sus fueros, en mala hora abolidos, descubriéndonos su sepulcro y zanjando definitivamente la autenticidad de sus reliquias. En la investigación tomaron parte el arzobispo de Compostela Dr. Payá y Rico, los arqueólogos Fita y Ferreiro, el cardenal Caprara y, sobre todo, León XIII, que con su Bula «Deus Omnipotens» confirmó solemnemente la veracidad del sepulcro compostelano.
Tales hechos, henchidos de luz y matizados de pinceladas sobrenaturales, oscurecen por completo las nimias intervenciones de cuatro sectarios perseguidores de la Iglesia española, y cierran los labios de oradores y leguleyos, indignos de figurar en la Historia. Si el autor de Los Heterodoxos no hubiera perpetuado sus nombres, nadie se acordaría ya de ellos. En cambio, brillarán por los siglos de los siglos los Papas ya nombrados; los héroes de la Independencia; los fundadores, santos y escritores apologistas de Cristo; las insignes figuras arzobispales, que como jalones ennoblecen la centuria, y otros prohombres de la Iglesia, de la Ciencia y de la Patria, que para completar el cuadro hemos de evocar en el último de los aspectos.
Figuras del siglo XIX.– Comenzando por las eclesiásticas, merecen destacarse: los cardenales González, Inguanzo, Monescillo, Casañas, de quien se ha dicho «que tuvo la primacía espiritual en el siglo XIX» y a quien llamó León XIII maximus Hispaniae episcopus; Spínola, cuyo proceso de beatificación está incoado y se le llamó «el santo». Arzobispos y obispos, como Torras y Bagés, Arias, Minguella, Casas y el santo obispo de Pasto en Colombia, pero español de nacimiento, fray Ecequiel Moreno, que en breve también estará beatificado… Digamos unas palabras sobre algunos de ellos.
El cardenal González es una gloria filosófica cercana a Balmes. Sus Estudios sobre la Filosofía de Santo Tomás constituyen una obra no inferior a las de Kleutgen y Sanseverino, según Menéndez y Pelayo. Su otra obra La Geología y la Biblia, junto con la Historia de la Filosofía, y sus notabilísimos discursos, lo colocan en el más próximo escalón a Balmes y Donoso. Antes de ilustrar la Iglesia de Toledo honró las cátedras de Manila, y para asemejarse más a nuestros pensadores, enderezó sus tiros contra el krausismo y el positivismo de la época.
El cardenal Inguanzo se anticipó a Balmes en la defensa de los bienes del Clero contra la obra de Mendizábal. En 1813 escribió, y coleccionó en 1820, una serie de Cartas sobre el dominio sagrado de la Iglesia, que son, con el folleto del filósofo de Vich, lo mejor y más sólido que se ha escrito en castellano sobre esta materia.
Don Antolín Monescillo sobresalió por sus pastorales. Obispo de Calahorra y Jaén y arzobispo de Valencia y Toledo, fue jalonando su pontificado con escritos llenos de luz y doctrina, en un parecido absoluto con los pensadores de este siglo. A modo de sinopsis, y como comprobación de ello, citaremos algunas de estas pastorales:
Pontificado de Calahorra: Carta pastoral con motivo de su entrada, 1861.
Instrucción pastoral sobre la tolerancia religiosa, enero de 1862.
Sobre la autoridad de la Iglesia, 15 de agosto del mismo año.
Sobre el tiempo de adviento; inmortalidad del alma; verdad de la resurrección del Señor; autoridad de la Iglesia; defensa del Pontificado. A lo largo de 1863 y 1864.
Exposición a S. M. la reina sobre censura de romances e impresos que versen sobre la Religión. La necesidad de establecer colegios misioneros.
Todo esto es materia del primer volumen.
El segundo se consagra al Obispado de Jaén, y comprende: Pastorales sobre Dios, el hombre, el alma, la Iglesia católica, Jesucristo, el Pontificado, la Filosofía, 1865.
Condenando la propaganda francmasónica; contra los errores modernos; sobre santificación de las fiestas; pecados de palabra; el juego, el lujo y los placeres; sobre los salmos. Todo a lo largo de 1866.
Nuevas pastorales sobre asuntos de Roma; contra el doctrinarismo; educación religiosa de los pueblos; modos de juzgar en materia religiosa; acerca del pauperismo; sobre novelas inmorales; el materialismo; la unidad religiosa de España, 1867-1869.
Penetrando en el volumen tercero, encontramos pastorales sobre su regreso de Roma, donde hace la apología del Vaticano y de Pío IX; Pedazos de pan y capítulos de Catecismo; El Papa y los gobiernos; Las buenas guerras y las malas paces; Los pensadores y los charlatanes; Los dos hermanos, el deísmo y el liberalismo; Mensaje a Su Santidad en el XXV año de Pontificado.
Los volúmenes cuarto y quinto versan sobre Religión y ateísmo; El Derecho público cristiano; Muerte del Papa; Papam habemus; sobre León XIII; Exposición dirigida a las Cortes sobre proyecto de instrucción pública; apología de las Órdenes religiosas; sumisión a los misterios de la Fe; sobre solución de las cuestiones ruidosas de los tiempos; adhesión al Papa y jubileo. Contiene el final de Jaén y comienzo de pontificado en Valencia. Los dos últimos volúmenes insisten en temas parecidos: Comentarios a encíclicas de León XIII; conferencias religiosas; artículos sobre San José de Calasanz; Aguinaldo del Papa; peregrinación a Roma; sobre un Concilio provincial; sujeción de sus decisiones al Pontífice; semblanza de León XIII…{10}.
Quien lea estas pastorales y los escritos de nuestros pensadores encontrará un estilo y fin simultáneo. Tiene un índice de Papas que han condenado errores que recuerda aquel otro de «Nombres que se han dado al Sumo Pontífice», de Balmes, en El Protestantismo…, v. I, cap. III. Copia a Donoso en aquel párrafo: «La historia de los Papas es la historia de la civilización», &c. Dirige sus arietes contra Guizot, Proudhon y los liberales; no quiere entrar en política y tiene continuamente en su pluma a San Agustín.
He aquí, pues, la gran figura eclesiástica del siglo XIX. Y no la única, pues por el mismo concepto de sus pastorales sobresale también el gran obispo de Vich D. Francisco José Torras y Bagés. El lector llevará a bien conocer los títulos de estas nuevas instrucciones. He aquí algunas:
De la ciudad de Dios y del Evangelio de la paz.
La poesía cristiana, saturada de amor a la tierra.
La última cuaresma del siglo: el postrer mes de María.
El atletismo cristiano; El misterio de la luz; El esposo de la sangre.
El santísimo misterio; La pujanza de la luz; El misterio de la sangre; La gloria del misterio: El santo sacrificio; Enigma de la pena; Orientaciones sin oriente; El internacionalismo papal, y La ciencia del partir.
Hemos visto, pues, nueva reseña de luminosas pastorales, patrimonio de otra gran figura eclesiástica del pasado siglo. Pueblo que cuenta con tales guías no anda en tinieblas ni está sentado en sombras de muerte.
Junto a la luz difundida queremos presentar la intransigencia santa, personificada en otro insigne arzobispo, D. Veremundo Arias, desterrado de su sede valenciana por protestar y no resignarse a la exclaustración.
Al lado de estas figuras episcopales sobresalen otras del Clero y Órdenes religiosas, dignas igualmente de encomio. Tal, por ejemplo, el P. Mendive, debelador de Draper en su obra La Religión católica vindicada de las imposturas racionalistas, dirigida contra el autor citado y su libro History of the conflicts between Religion and Science. El P. Miguel Mir, autor de La armonía entre la Ciencia y la Fe. Sardá y Salvany, con sus numerosos volúmenes sobre propaganda católica. Javier Caminero, insigne escripturista, autor de La divinidad de Jesucristo ante las escuelas racionalistas… Y otros muchos que encontramos en reseñas teológicas, filosóficas y apologéticas. Siglo en el que tales figuras existen no puede tacharse de estéril y vacío a la ligera.
Como hombres sociales baste citar al P. Vicent, al insigne marqués de Comillas, con sus fecundas instituciones, y a Valentín Gómez, cuyas obras selectas acaban de publicarse. Abundan los literatos, poetas y novelistas, muchos, por desgracia, tocados de la corriente liberal y sectaria. Pero prescindiendo de ellos, bástenos citar a Navarro Villoslada, que en muchos aspectos hace coro a nuestros pensadores; al P. Coloma, seguido también de un reguero de obras amenísimas; a Pereda, el novelista de costumbres, cantor de la tierruca; a Gabriel y Galán, Zorrilla, Alarcón, Bretón de los Herreros y Verdaguer, omitiendo otros muchos que llenarían una amplia reseña literaria. No olvidemos igualmente que el siglo XIX es el siglo de las célebres guerras carlistas, portadoras hasta nosotros del fuego santo de la Tradición, con sus pensadores, la mayoría de este siglo, y sus generales: Zumalacárregui, Cabrera, Elio…
Todo esto produjo el siglo en cuestión, sin contar los nombres de nuestros políticos, de los que hacemos capítulo especial.
Para completar la semblanza, que por serlo, y no precisamente historia ni monografía, nos dispensa de una enumeración total y absoluta y del minucioso orden cronológico, terminamos coronando las excelencias del siglo XIX con el aspecto de su progreso.
Este siglo recibió de su antecesor el caballo y nos dejó en herencia la locomotora y el automóvil. Principió con plumas de ave y nos legó las máquinas de escribir. Empleó prensas manuales y las trocó por poderosas máquinas rotativas. Tuvo la virtud de cambiar las velas de sebo y las farolas callejeras por la luz eléctrica. Extinguió la daguerrotipia, la galvanoplastia y los barcos veleros y a cambio de ello nos dio la fotografía policromada, las dínamos y rayos X y los vapores, acorazados y submarinos. Cambió el telégrafo ordinario por el telégrafo sin hilos… Todo ello, aparte de los usos profanos, lo ha bendecido la Iglesia y encauzado a la gloria de Dios… Tal se nos presenta el siglo XIX en sus distintos aspectos. Queremos terminar con la afirmación de un escritor, del P. Salvador Cuesta, desde la revista Razón y Fe: «No se ha hecho todavía la historia del reverso nacional de los ciento cincuenta últimos años. El día que se haga y se conozca, como se conoce el anverso oficial de descalabros nacionales y traiciones políticas, el siglo XIX aparecerá tan glorioso para España como los siglos de las grandes empresas universales y espiritualistas»{11}.
{1} Pablo Forner: La decadencia filosófica del siglo XVIII. Autores Españoles, t. LXIII, v. II.
{2} Balmes, v. XXIII, p. 130.
{3} Donoso: O. C., v. II: Al conde de Montalenbert y al Cardenal Fornari, ps. 104, 330, v. III, p. 27.
{4} Cánovas del Castillo: Problemas contemporáneos. Discurso del 6-II-1882.
{5} Ganivet: Idearium español, p. 185. Ediciones Fe, 1942.
{6} Bretón de los Herreros: Epístola moral sobre las costumbres del siglo.
{7} Tomás Arévalo, conde de Rodezno: La princesa de Beira…
{8} Bretón de los Herreros: Epístola moral sobre las costumbres del siglo.
{9} M. Pelayo: Historia de los Heterodoxos Españoles, t. VII, ps. 433 y siguientes.
{10} Antolín Monescillo: Obras, siete volúmenes. Edición Toledo, 1896.
{11} Salvador Cuesta: Los intelectuales increyentes, R. y F. Enero-abril, 1941, p. 32.