Francisco Gutiérrez Lasanta
Capítulo III
La historia, vista por nuestros pensadores
Sumario: Introducción.– Aspecto bíblico.– Aspecto histórico.– Las Cruzadas.– Institutos religiosos.– Los Jesuitas.– Aspecto patriótico.– La Reconquista.– El Descubrimiento de América.– La Guerra de la Independencia.– Aspecto social.– El Feudalismo.– Abolición de la esclavitud.– Exaltación de la mujer.– Figuras históricas.
Más que una cualidad de adorno es una condición necesaria conocer la Historia al sentar plaza de político y publicista. Nuestros pensadores gozaron de este privilegio en alto grado. Algo hemos apuntado ya y no tememos insistir. La Historia, en sus diversos aspectos –profano y religioso– y en sus distintos períodos –antiguo, moderno y contemporáneo–, fue estudiada por ellos. Pasaron revista a los acontecimientos, a los sistemas, a las ideas, a los hombres, y sobre todo ello emitieron conceptos luminosos. Estudiamos algunos de estos aspectos como prueba y sentamos ya los jalones de las coincidencias fundamentales. Veamos:
Aspecto bíblico.– En el orden bíblico, cristiano, eclesiástico y religioso, ¿qué no han dicho nuestros políticos sobre los hechos y cuestiones que cada uno de esos vocablos plantea? Lo más prodigioso en ellos es su coincidencia fundamental y secundaria. Jehová, el Paraíso, el pueblo de Israel, los patriarcas, los caudillos, los profetas, el pecado de los ángeles, de los primeros padres, el diluvio, la corrupción de la humanidad… ¿A dónde llegaríamos enumerando los temas que son asunto de otras tantas coincidencias por parte de nuestros pensadores? Seleccionar sus brillantes páginas sobre estas cuestiones es imposible. Baste recordar que Donoso versa sobre la Biblia en su discurso de ingreso en la Real Academia Española{1}; Balmes singulariza su estudio al acusar como principio de corrupción del protestantismo el libre examen y la interpretación individual de la Biblia{2}; Aparisi y Guijarro trata de imitar y parafrasear el libro sagrado en relación con España{3}; Menéndez y Pelayo hace del texto revelado norte y espejo al aquilatar los principios intrínsecos de la herejía que, como sierpe de múltiples y elásticos anillos, nace en el árbol del Paraíso y se va enroscando en la Historia, tratando de envolver a espíritus ciegos; Castelar imita, cita y regocija con sus paráfrasis bíblicas; Mella hace de este libro un «poema de amor», y todos los demás pensadores se exceden en estos mismos hechos. Estudian la Biblia como si fuera un idilio, el idilio de sus intrínsecos amores y de sus acertadas soluciones.
Por vía de preámbulo aduciremos algunos párrafos de los pensadores mencionados sobre el aspecto en cuestión. Damos la primacía a Donoso, que dice:
«Hay un libro, tesoro de un pueblo, que es hoy fábula y ludibrio de la tierra y que fue en tiempos pasados estrella del Oriente a donde han ido a beber su divina inspiración todos los grandes poetas de las regiones occidentales del mundo y en el cual han aprendido el secreto de levantar los corazones y arrebatar las almas con sobrehumanas y misteriosas armonías. Ese libro es la Biblia, el libro por excelencia…»
«…En la Biblia están escritos los anales del cielo, de la tierra y del género humano; en ella, como en la Divinidad misma, se contiene lo que fue, lo que es y lo que será. En su primera página se cuenta el principio de las cosas y de los tiempos, y en su última página, el fin de los tiempos y de las cosas. Comienza con el Génesis, que es un idilio, y acaba con el Apocalipsis, que es un himno fúnebre… Libro prodigioso aquél, en que el género humano comenzó a leer treinta y tres siglos ha, y con leer en él todos los días y todas las horas, aún no ha acabado su lectura. Libro prodigioso, en que se calcula todo antes de inventarse la ciencia de los cálculos, en que sin estudios lingüísticos se da cuenta del origen de las lenguas; en que sin estudios astronómicos se computan las revoluciones de los astros; en que sin documentos históricos se cuenta la Historia; libro, en fin, que cuando los cielos se replieguen sobre sí mismos como un abanico gigantesco, el sol recoja su luz y se apaguen las estrellas, permanecerá él solo en Dios, porque es su eterna palabra resonando eternamente en las alturas…»{4}.
Riman con éstas las siguientes líneas de Balmes:
«La Religión es la verdadera filosofía de la Historia. Moisés nos da las primeras noticias sobre la creación y sobre la cuna del linaje humano, al propio tiempo que nos ofrece la única clave para descifrar el grande enigma del hombre y del universo. Quitad la historia de Moisés; privad a la humana filosofía de las luces que le suministra aquella narración sublime, y volvéis a sumergiros en el caos de los antiguos… ¿Queréis seguras, breves, universales fórmulas para resolver los grandes problemas de la Historia y de la Humanidad? Leed la narración del inspirado Moisés; escuchad al hombre sublime a quien fue concedido hablar a Jehová en la cumbre del Sinaí…»{5}.
De Aparisi hemos citado sus imitaciones bíblicas sobre España en comprobación de sus profundos conocimientos bíblicos. Recordemos también su «Canto a Bailén», que empieza:
Numen de Sinaí santo y austero…
La misma verdad, que es decir el dominio completo del Libro de Dios por parte de Menéndez y Pelayo, podemos comprobar con innumerables testimonios. Preferimos esta definición que hace de la ciencia sagrada basándola en la Escritura:
«Es la Teología –dice– un organismo científico que partiendo de las verdades reveladas y tomando por base la Escritura, la tradición y la doctrina de los Santos Padres, concierta todos estos elementos en unidad de método, en sistema de enseñanza, saca de ellos sus implícitas consecuencias, y mediante la rigurosa disciplina que impone al entendimiento, es, a la vez que base, fundamento y supuesto de toda ciencia cristiana, altísimo y necesario complemento de todos aquellos saberes que puede lograr el hombre mediante el natural esfuerzo de su razón…»{6}.
Vázquez de Mella armoniza con los pensadores citados hasta el punto de imitarlos felizmente. «El Libro de la Iglesia –dice–, su ejecutoria, su credencial, la Biblia, el Antiguo Testamento, y el Nuevo a que se ordena, forman como un inmenso poema de amor. El «fiat lux» del Génesis es como la mirada amorosa de Dios que hace amanecer el orden sobre el caos; y si el idilio paradisíaco se rompe con la tragedia de la culpa, al lado del anatema de la justicia está ya la promesa del amor secando lágrimas del infortunio con la esperanza de la Redención…
»La historia de ese pueblo con las dinastías de sus patriarcas, de sus caudillos, de sus profetas, de sus jueces, de sus reyes, de sus guerreros, no es más que la historia del amor con que le abraza y sujeta Jehová, y de la ingratitud con que se subleva contra su misericordia hasta merecer el castigo de su justicia… En los libros de sus profetas, el amor le amenaza para salvarle; el amor llora en los salmos de David; el amor se entrega a los deliquios de la ternura en los besos de la Sulamita; el amor agita y abrasa con la sed del martirio el alma heroica de los Macabeos, los lamentos de Job, la sabiduría de Salomón, y deja caer sobre un mundo oprimido por las tiranías de los Césares las bienaventuranzas del amor…»{7}.
La aparición del libro de Draper Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia hizo brotar innumerables obras eminentemente bíblicas, algunas publicadas por pensadores mencionados aquí, como Ortí y Lara: Los derechos de la razón y la fe. Otros no mencionados, como Rubio y Ors, Ceferino González, Caminero, son ornato de este siglo en el aspecto bíblico.
Si quisiéramos penetrar el pensamiento bíblico de Víctor Pradera, nos serviríamos de este concepto emitido en su discurso sobre los Fueros de Navarra, pronunciado en las Cortes en 1918. Allí decía:
«El Fuero no es una cosa inmutable totalmente. En el Fuero hay algo que es esencial y que es accidental. Hay disposiciones en la Biblia que no solamente subsisten hoy, sino que si las cumple el cristiano, el creyente, peca; porque eran para el tiempo, no para el porvenir. No eran lo esencial; eran lo accidental, que ya desapareció con la venida de Cristo.»
Además, merece tenerse en cuenta la infinidad de veces que en su obra principal El Estado nuevo cita libros y pasajes de la Sagrada Biblia{8}.
Vicente Manterola corrobora sus Afirmaciones católicas con apropiados pasajes, citas y referencias bíblicas, como es dable en un hombre de carrera eclesiástica que tiene los libros sagrados por guía y luz en sus discursos y actuaciones diarias. Ello nos excusa de confirmarlo.
También D. Cándido Nocedal conocía perfectamente la Biblia, y se deduce a través de sus alusiones. En el discurso-contestación a D. Pedro Alarcón, habla del pueblo frívolo entregado a sus devaneos, y dice: «Ese pueblo desventurado se hallará sin fuerzas para defenderse; verá caer los muros de sus fortalezas al simple rumor de las trompetas de sus invasores, aunque no sean éstos, ni con mucho, el pueblo de Dios; verá sus meretrices bailar el cancán al compás de las músicas extranjeras; a sus avaros contratistas, suministrar víveres y provisiones al extranjero enemigo, y buscará su salvación por el momento en las arcas repletas de los hijos degenerados…»
Contestando a D. Gabino Tejado en la misma Academia, comenta uno de sus libros, el más lleno de asuntos bíblicos, y dice: «Gabino Tejado acertó a componer una obra poética titulada Triunfo, que por la compenetración del fondo y la forma recuerda la seductora armonía del arte pagano, y en que a la par se admiran el estro abrasador, el vuelo irrefrenable, la aspiración ilimitada de la poesía bíblica o de la que en las edades modernas logró, por virtud de la cruz redentora, levantarse de la tierra en busca del cielo»{9}. Añadamos a esto las innumerables referencias a citas que nuestro pensador trae de la Biblia, y no repararemos en unir su nombre a los de los escritores citados.
Aspecto histórico.– Porque esto mismo sucede en el orden histórico. Todos los grandes hechos sucedidos en el tiempo van desfilando por las páginas de nuestros pensadores o son llamados a examen por la inteligencia de nuestros tribunos o ventilados en las columnas de la Prensa. La Persona augusta del Redentor, su Madre Santísima, los Apóstoles, las persecuciones, las herejías, los cismas, los institutos religiosos, las Cruzadas, el Arte en sus diversos estilos, los Concilios, la incredulidad, la intolerancia, todo se estudia por nuestros hombres, y sobre casi todas las cuestiones emiten ideas amplias y regeneradoras, providencialmente coincidentes. En un estudio que tiene este fin, forzoso es ofrecer algunos botones de muestra. Elijamos al acaso las Cruzadas, por ejemplo. Rivalizan en color y belleza las páginas dedicadas a cantar aquel hecho, tan glorioso en sus intentos como fecundo en sus resultados sociales: «No; no se encuentra en los fastos de la Historia un acontecimiento más colosal que el de las Cruzadas; no se encuentra tampoco una institución más generosa y bella que la de las Ordenes militares. En las Cruzadas se levantan innumerables naciones; marchan a través de los desiertos, se engolfan en países que no conocen. ¿Y para qué? ¡Para libertar un sepulcro!… Sacudimiento grande, inmortal, donde cien pueblos marchan a una muerte segura; no en busca de intereses mezquinos, no con el afán de establecerse en países más gratos y feraces, y sí sólo inspirados por una idea religiosa, por el anhelo de poseer el sepulcro de Aquel que murió en una Cruz por la salvación del género humano. En comparación de ese memorable acontecimiento, ¿a qué se reducen las hazañas de los griegos cantadas por Homero? La Grecia se levanta para vengar el ultraje de un marido. La Europa se levanta para rescatar el sepulcro de un Dios»{10}.
Riman con estas palabras las de Donoso: «Devorada la Europa por el monstruo del feudalismo y combatida por los azotes del envilecimiento, no encontraba ni fuerza para resistir a la opresión, ni esperanza para sacudirla de su cuello… ¿Y dónde la encontrará? No hay entusiasmo sin reunión de intereses, ni reunión de intereses sin mutuas relaciones, y la Europa no tenía un interés político común, porque no tenía ni relaciones políticas ni intereses comunes; pero su Religión era una, uno el Jefe de la Iglesia, uno el interés de la Religión, uno el interés de los cristianos… Un monje llamado Pedro el Ermitaño marcha en peregrinación al santo Sepulcro cuando el dominio de los turcos había sucedido al dominio de los califas en los Santos Lugares; el espectáculo de los peregrinos vejados por aquellos bárbaros llena de indignación al entusiasta Pedro, y, surcando una lágrima su mejilla y bajando hasta el sepulcro del Salvador, jura bañarle con la sangre de los tiranos que le huellan. Su juramento es aceptado; vuela, truena en medio de la Europa, y la Europa sacude el letargo que la consume; a su voz se enciende la antorcha del entusiasmo y de la guerra, y la Europa cae desplomada sobre el Asia, que la devora en su seno.»
Más adelante prorrumpe en esta hermosa exclamación: «¿A dónde van esas gentes, y esos príncipes, y esos barones feudales? Van armados sus pechos de la Cruz, y sus corazones de la Fe, y sus brazos del acero, a conquistar un sepulcro y a morir, después de haber derramado sobre él lágrimas y flores. Si yo supiera escribir, escribiría una obra cantando las maravillas de la Religión que produjo la mayor de todas las maravillas: ¡las Cruzadas!»{11}.
No necesita en realidad nuestro ilustre pensador esta cualidad, pues que la posee en altísimo grado. Ni tampoco el invocar a Bossuet para esta empresa, pues hermosamente acaba de darle cima él mismo, y con dificultad se pueden superar sus párrafos, henchidos de fervor y oratoria.
Sigamos libando en el cáliz de nuevas obras literarias este exquisito aroma de poesía, tradición y leyenda que exhala el hecho inmortal de las Cruzadas, encumbrado hasta el cénit por la pluma de nuestros pensadores.
Veamos cómo se expresa Cánovas admirando este hecho, hermano de otros nuestros: «Una nación que peleó ochocientos años contra hombres que profesaban distinta creencia; que llevaba la cruz en todas sus banderas y miraba a la Religión hermanada con todas sus glorias; cuyo grito de guerra era un grito religioso; cuyos soldados estaban hechos a ganar indulgencias en las batallas, a obtener la absolución de sus culpas muriendo en el campo, a sentir en su ayuda espadas de santos; cuyos obispos y sacerdotes eran guerreros; cuyos príncipes y princesas solían ser monjes, tenía necesariamente que colocar sobre todos los intereses el de la cristiandad y anteponer la idea mística a toda idea política o literaria»{12}.
Ganivet trae la autoridad del escritor belga Kuroll, que invoca la gesta de las Cruzadas medievales para librar la Europa, haciendo suyas las palabras y pensamientos del citado escritor{13}.
Menéndez y Pelayo dedica hermosos párrafos a este trascendental acontecimiento de la Iglesia, que es a la vez acontecimiento de toda la cristiandad, siendo su realización ejemplo del poder ortodoxo mancomunado contra el mal.
La Reconquista fue admirada por C. Nocedal, haciendo suyas las palabras que un escritor inglés dedica a estos acontecimientos: «El español profesa a la fe de sus antepasados amor vivo y ardiente, porque, además de la idea religiosa, encarna de una manera profunda en su corazón la independencia, la libertad y la gloria de la Patria; que siete siglos de lucha perseverante y tenaz con los infieles dejan honda huella en la memoria y en las costumbres de un pueblo. Las Cruzadas, que no son sino un episodio en la historia de las demás naciones de Europa, en la de España constituyen su esencia y valor…» Así habla Nocedal de las Cruzadas, de la Reconquista, del Descubrimiento de América y de otros episodios que no son de este lugar. Y el resto de los pensadores admiraron igualmente aquella colosal y multisecular empresa, máxime cuando vieron en ella, como Nocedal, un espejo de nuestra reconquista, la reconquista española, que fue una singular cruzada llevada a cabo por un solo pueblo, con el mismo espíritu, con la misma fe y por los mismos ideales. Es que a nuestra Patria, como hemos de ver en nuevas ocasiones, le toca lidiar casi siempre sola, aunque nunca sin la ayuda de Dios.
Muy similar es el pensamiento de nuestros políticos en lo referente a los institutos religiosos. Manifiestan la necesidad de su existencia, enaltecen su misión y alaban sus frutos. Frutos heterogéneos de perfección cristiana, de índole misional y de influencia educadora y social, cuyo ejemplo son ellos mismos. Balmes, en su obra El Protestantismo comparado con el Catolicismo, les dedica varios capítulos. Imposible resumir ni sintetizar sus páginas. Allí van desfilando los institutos de Oriente y Occidente, las Ordenes militares, redentoras de cautivos, mendicantes y apostólicas, a alguno de cuyos institutos, como a los jesuitas, dedica capítulo especial. Comienza por exponer la conducta del Protestantismo con las Órdenes religiosas, los sofismas empleados para combatirlos, la legitimidad de su existencia, la influencia de los solitarios sobre la vida y costumbres, el origen de sus bienes, la ciencia y las letras cultivadas en los claustros, el movimiento religioso del siglo XIII, los cristianos reducidos a esclavitud y el beneficio de las Ordenes redentoras, los votos, las misiones, las fundaciones benéficas, el estado actual, el porvenir de los institutos… Todos estos aspectos se desarrollan en infinidad de páginas de sus treinta y tres volúmenes. Quizá no exageremos al afirmar que son pocos los tomos en que Balmes no hable de las Órdenes religiosas, no emita principios o no deduzca conclusiones favorables para las mismas.
Tan sustanciosa sinopsis, trazada con espíritu apologético, encuentra en Donoso el mismo afán de reivindicación, frente al espíritu revolucionario de su tiempo: «Tan triste es, señores, y tan vasto el plan de esta corrupción universal. Si queréis subir conmigo hasta el origen misterioso de este síntoma de muerte, lo hallaréis por una parte, en la decadencia del principio religioso y, por otra, en el desarrollo del principio electivo… La virtud contradictoria de uno y otro principio, en ninguna parte se echa más de ver que en los institutos monásticos. La fuerza corruptora del principio electivo es tan poderosa, que aun en aquellas santas Congregaciones introdujo cábalas e intrigas; la virtud del principio religioso es tan soberana, que aun aquellos institutos gobernados por el principio electivo se conservaron más puros y más sanos que todas las sociedades civiles. Todos vosotros habéis oído hablar de la corrupción monástica; todos vosotros la habéis creído tal vez. Pues bien: sabed que la historia que os han enseñado es una conspiración permanente contra la verdad y la santificación de la calumnia. Sin duda, señores, los institutos monásticos han tenido sus épocas de crecimiento y de decadencia, como todas las instituciones que tienen algo de humano. Pero sabed que aun en esas épocas de decadencia podían servir de modelo a las sociedades más esclarecidas y excelentes»{14}.
En Vázquez de Mella la apología monástica se desata como avenida torrencial, destacando principalmente el espíritu misionero, descubridor y patriótico de sus miembros: «Pero lo notable, lo extraordinario del caso, es ver que en lo pasado teníamos como estadista a un fraile como Cisneros, que elevó nuestro pueblo al cénit de la grandeza. Y esto sucedía cuando los frailes y monjas y religiosos dominaban; cuando afirmaban la monarquía o reparaban la unidad política, como San Vicente Ferrer en el Compromiso de Caspe, o la llevaban con Cisneros, o con fuerzas que sostenía con su propio peculio, a Orán, para establecer nuestra dominación en Africa; cuando llevaban nuestra civilización a América, como el P. Buil, o al Extremo Oriente con San Francisco Javier, y con el P. Urdaneta a los archipiélagos del Pacífico…»{15}.
Sin personificar concretamente a una u otra Orden, Aparisi ensalza la misión religiosa de los Institutos eclesiásticos a través de la Historia.
«La Iglesia –dice– conquistó el mundo derramando su sangre; envió sus solitarios a la Tebaida para protestar contra las infamias de la Roma antigua; envió sus monjes a la cumbre de las montañas para salvar de la inundación de los bárbaros cuanto se sabía en el mundo antiguo y transmitirlo al mundo nuevo; creó las Ordenes militares y tornó a salvar la Europa en las aguas de Lepanto…»{16}.
Tan profundo y admirativo fue el estudio que Menéndez y Pelayo hizo de las Congregaciones religiosas en relación con la cultura española que hizo estadísticas científicas a base de ellas. Este método se le criticó como poco científico. Nosotros no dilucidamos esto; nos basta con acusar el hecho, lleno de mérito para nuestro caso.
Manterola, los Nocedales y demás pensadores se ocuparon de la labor prolífica de los Institutos religiosos, a los que consagraron hermosos estudios. Pero lo que encendió el fuego entre nuestros adalides fue la ley del Candado, tan tristemente famosa como felizmente desechada. Mella agrupó los espíritus y todos en conjunto hicieron sucumbir aquella ley, una de tantas afrentas de nuestra Historia.
El pensamiento de Cándido Nocedal sobre las Órdenes religiosas se colige por su actitud en el Parlamento y triunfo resonante en las Cortes de 1871, al lograr que republicanos, masones e impíos votasen el restablecimiento en España de los Institutos religiosos, según describe Menéndez y Pelayo. «En aquella legislatura (1871) logró la minoría católicomonárquica, o séase carlista, fuerte y compacta en aquel Congreso más que en ninguno, y dirigida por un jefe habilísimo y nada bisoño en achaques parlamentarios, explotar las fraternales disensiones del bando liberal y hacer a radicales y republicanos defender y votar, como consecuencia forzosa de la libertad de asociación, el restablecimiento de las Comunidades religiosas…»
Huelga decir que el «hábil jefe» era D. Cándido Nocedal, protagonista y motor principal en esta empresa.
Maura atribuye en parte la pérdida de nuestras posesiones allende los mares, en especial de Filipinas, a la campaña contra los religiosos. Trae testimonios de Ayala, Escosura, Moriones y Weyler sobre la actuación de los frailes en Filipinas, que por cierto nadie podrá tachar de partidistas.
Sin dejar el tema monástico, nuestros pensadores coinciden por una patriótica providencia en trazar el carácter y misión de la Compañía de Jesús. Casi todos versan sobre este Instituto. Donoso Cortés califica su aparición de acontecimiento universal en los Bosquejos históricos. Balmes les dedica el capítulo XLVI de su obra magna. «Tratándose de Institutos religiosos no es posible dejar de recordar esa Orden célebre que a los pocos años de su existencia había tomado ya tanto incremento, que se presentaba en forma de coloso y desplegaba fuerzas de gigante; esa Orden que pereció sin que antes sintiese desfallecimiento, que no siguió el curso regular de las demás; bien se entiende que hablo de los jesuitas. Es imposible dar una mirada a la historia religiosa, política y literaria de Europa de tres siglos a esta parte sin tropezar a menudo con los jesuitas; es imposible viajar por tierras las más remotas, surcar mares desconocidos, abordar a playas las más distantes, penetrar los desiertos más espantosos sin que ocurra el recuerdo de los jesuitas…»{17}.
Por todo este variado matiz de méritos, Menéndez y Pelayo había de tropezar en muchas ocasiones con tan ilustre legión al hacer la historia de nuestra cultura. Lo que nosotros podamos decir aquí lo ha confirmado suficientemente el P. Miguel Cascón, viejo catador en las obras de Menéndez y Pelayo, expresando así su conocimiento y entusiasmo por el maestro y su amor a la Compañía de Jesús, volcando de la gran mole de sus obras los estudios, las páginas, las citas, aun las meras referencias relacionadas con su Orden y con algunos de sus individuos… No creo que haya episodio u hombre más o menos ilustre de la Compañía en el que Menéndez y Pelayo no fijase su atención para valorarle según su criterio o encuadrarle en la historia general de la cultura hispánica. Seguramente que si el P. Astrain, el mejor historiador de la Compañía española, hubiera tenido la suerte de hojear esta obra quedarían algunos juicios modificados y acrecentadas las noticias que sobre la actividad intelectual de la Compañía estampó en sus tomos{18}. Así habla del crítico de la obra del P. Cascón. Aún quiso Menéndez y Pelayo ocuparse más ampliamente de ellos, pues como él dice: «La historia de los trabajos literarios de los jesuitas expulsados pedía un libro entero, que tenemos propósito de escribir algún día y que otro escribirá si nosotros no lo hacemos.» Y, en fin, nadie como él llora aquella expulsión, anticipo de la pérdida de nuestras colonias. Baste, pues, esta amplia y múltiple referencia para denotar esta nueva coincidencia del maestro y testamentario de nuestra cultura con el resto de los pensadores en la presente cuestión religiosa, histórica y patriótica.
Como los anteriores, Aparisi dedicó también su pensamiento a la ínclita Orden española, realzando sus méritos en todas las palestras, según puede leerse en el volumen III de sus obras{19}.
Ganivet los compara con nuestros mejores hombres de armas en su famoso Idearium. «Y tan conquistadores –dice– como Cortés o Pizarro son Cervantes y San Ignacio de Loyola, otro oscuro soldado que con un puñado de hombres acomete la conquista del mundo espiritual…»{20}.
Pero quien cierra con broche de oro el cúmulo de los elogios tributados a la ínclita Orden española y a su fundador es Víctor Pradera en su prólogo a la obra Fernando el Católico y los falsarios de la Historia. Allí se dice:
«A Íñigo de Loyola: A nadie mejor que a ti, santo excelso, gran español e ilustre vasco, podría dedicar esta obra que quiere ser lo que tú fuiste: católica, española y vasca… Recibe, ¡oh Íñigo amado!, mi ofrenda y bendícela si algo valiera; más te debo yo a ti, porque tus hijos me enseñaron a ser cristiano y tú, al sellar con tu sangre las murallas de Pamplona, donde Dios quiso que yo viese la luz, señalaste a los vascos el camino del patriotismo.»
También Cándido Nocedal se ocupa de la Compañía en su discurso contestación al autor de El escándalo. Versando sobre las cualidades estéticas puestas de manifiesto por este escritor, quiere ahorrarse Nocedal la exposición de sus opiniones a este respecto y dice: «Limitaréme a extractar lo dicho por el P. Félix en la Catedral de París, o algo de lo que contienen las obras del jesuita Jungmann, o del Ensayo por el P. Mir, también de la Compañía… Saldría yo con esto fácilmente del paso y quedaría probado además que ahora, como en tiempo de Cervantes, hay que decir de aquellos benditos padres y maestros (los jesuitas) que para repúblicos del mundo no los hay tan prudentes en todo él y para guiadores y adalides del camino del cielo pocos les llegan; son espejos donde se miran la honestidad, la católica doctrina, la singular prudencia y finalmente la humildad profunda, base sobre quien se levanta todo el edificio de la bienaventuranza.» Así, con tan laudable paráfrasis, juzgó Nocedal la Orden esencialmente española.
Aspecto patriótico.– Y basta de testimonios en el orden religioso. Lo apuntado es suficiente, por vía de ejemplo, para demostrar que en los grandes acontecimientos eclesiásticos nuestros pensadores del XIX tuvieron la misma visión y estamparon idénticos juicios históricos, filosóficos y teológicos. Si del orden religioso pasamos al aspecto patriótico, ocurre lo mismo. En la pupila de sus inteligencias preclaras quedaron prendidos los diversos sucesos de España, lo mismo prósperos que adversos, desde su estructura como nación hasta el momento presente. Aun hasta el porvenir, porque privilegiados con rara luz profética, vieron también el futuro, lo anotaron en sus obras y hoy se revela como una enseñanza. El carácter hispánico, la situación geográfica de Iberia, su diversidad de climas, el principio unitivo de su religión, los Concilios de Toledo, la Reconquista, el descubrimiento de América, la pujanza de la Iglesia católica, la santa Inquisición, la decadencia de España, la guerra de la Independencia…, todo lo estudiaron y, como el astro rey de nuestro firmamento, todo lo invadieron de luz y de calor. A tenor con las breves sinopsis apuntadas en el orden religioso, emitiremos nuevos testimonios en este aspecto patriótico; pero conscientes de que sólo pretendemos un breve ensayo. Sintetizar sus pensamientos sobre todos los hechos es imposible. Sea el primer asunto la Reconquista española.
«El grito de religión e independencia –dice Balmes– lanzado por Pelayo en Covadonga para sublevar a España fue el mismo grito de Pedro el Ermitaño para sublevar a Europa. Las armas sarracenas invaden el territorio español; las orillas del Guadalete miran cuál perece en el infausto trance la flor de nuestros guerreros; el monarca mismo no ha podido salvarse, y con su muerte expira la Monarquía. ¿Quién puede resistir tamaña catástrofe? ¿Quién podrá ni siquiera concebir el pensamiento de que es dable organizar la Monarquía cristiana, expulsar a los conquistadores y pasear triunfalmente el pendón cristiano por toda la circunferencia de la Península? Caber podría únicamente en el principio religioso toda la fuerza y bríos necesarios para arrojarse a la empresa, y sin la firme esperanza en Dios los héroes de Covadonga refugiados en lo más áspero de las montañas no pudieran sin arredrarse dar una ojeada a la España ocupada por enemigos de Oriente y Occidente… No conocemos en la historia de la Humanidad un hecho semejante al que acabamos de indicar; nada más a propósito para dar a entender cuánta es la fuerza del principio religioso-católico; nada que retrate más al vivo de cuánto es capaz un pueblo que posea este tesoro. Un entusiasmo pasajero, un arrojo en unos instantes bien se concibe que pueda dimanar de muchas otras causas; pero la decisión de un pueblo entero por espacio de ocho siglos, esto no puede nacer sino de un principio religioso; a tanto heroísmo no alcanza un pueblo a quien no impulsan otros motivos que los intereses de la tierra, a quien no sostiene otra esperanza que la fundada en los recursos humanos; sólo se elevan a tanta altura aquellas naciones que miran al cielo declarado en su ayuda, que no confían en el número ni en el valor de sus combatientes y que simbolizan su creencia en una enseña tan denodada como sublime: Santiago y cierra España»{21}.
Si elocuente se muestra Balmes en la descripción de esta brillante epopeya, no está menos Donoso Cortés: «La invasión sarracena se extendió por todas partes. Para ponerse al abrigo de aquella grande inundación las reliquias de los godos se recogieron en los montes y en sus inaccesibles cumbres acometieron la fabulosa empresa de reconquistar el territorio herencia de sus hermanos, de restaurar la religión patrimonio de sus padres y de dar asiento a aquella grande y poderosa Monarquía que con sus glorias había de afrentar la pasada…
»No sé que haya en la Historia otro ejemplo de un propósito tan magnánimo, de un designio tan gigantesco y de una empresa tan arriesgada seguida de tan dichoso remate. Juntos los pocos que se salvaron del naufragio, determinaron concertarse sobre la manera con que debían de ser gobernados. Después de haberse concertado, eligieron un rey, con lo cual se constituyeron en monarquía; levantaron una iglesia, con lo cual dieron a entender que pensaban combatir en nombre de Dios, el Dios de sus mayores. Aquellos pocos que allí se juntaron eran el pueblo español; aquella estrecha monarquía era la monarquía española; aquella pobre iglesia era la Iglesia de España. Hecho esto, comenzaron a caminar todos juntos como hermanos, de Norte a Mediodía, y dijeron: «Lleguemos hasta el Guadalete y más allá, si es posible, que allí yacen sin sepultura los huesos de nuestros padres.» Y llegaron hasta las puertas de Granada y entraron en la ciudad, y convirtieron sus mezquitas en templos, y elevaron en sus almenas el estandarte de la Cruz, y se reposaron luego de aquella jornada, que había durado ocho siglos…»{22}.
Más que casual coincidencia, constituyen una imitación recíproca, y aun cierto plagio armónico, las palabras de ambos pensadores. No obstante la lejanía de espacios y estilos, en la presente cuestión el filósofo de Vich y el grandilocuente orador del Ateneo parece como si se hubieran concertado en el fondo y forma. Sigamos esbozando nuevos pensamientos, para redondear esta primera coincidencia patriótica. Afluye al magnífico torrente el verbo de Mella, que enlaza con los párrafos anteriores y concreta los derroteros de aquella gran empresa:
«Y cuando esa invasión se desborda y las legiones sarracenas se apoderan de las islas y de las grandes ciudades del Mediterráneo, y saltan al Pirineo y hacen temblar a Europa, ¿quién salva la civilización de una catástrofe organizando la lucha secular de la Reconquista? ¿Quién la dirige? ¿De dónde salen los grandes ejércitos? Salieron de las cuevas de los eremitas, y tienen su base de operaciones en los monasterios de las montañas.
»¿Y qué sucede, cuando esos ejércitos avanzan? Alfonso II, apoyándose en algunos núcleos de resistencia que han quedado intactos en Galicia, llevará un día sus fronteras hasta el Miño; Ramiro II las llevará, después de la memorable batalla de Simancas, hasta el Duero; Alfonso VI, hasta el Tajo, y Alfonso el Batallador, hasta el Ebro. Y cuando una nueva invasión, que parece que trae el desierto y lo traslada por encima del Estrecho, nos ataca, todos los reyes avanzarán juntos, porque Alfonso IX de León entrega parte de sus guerreros y se queda de reserva con los demás, y entonces será la Iglesia la que extienda los mantos de los caballeros de sus Ordenes militares para que cubran la tierra empapada con su sangre en el centro peninsular y puedan pasar sobre ella los reyes confederados alrededor de la Cruz y llevarla en triunfo por el paso del Muradal hasta las colinas de Las Navas, y descender después con un santo que esconde el sayal debajo del armiño, hasta el Guadalquivir, y llegar más tarde a la vega de Granada y ponerla en sus adarves…»{23}.
Hasta aquí, las palabras de nuestros publicistas parecen otros tantos avances en esta magna empresa de la Reconquista. Aparisi coincide en señalar el principio impulsor de aquel multisecular movimiento. «La Iglesia –dice– fue la que al mismo tiempo levantaba el templo delante del castillo feudal; la Iglesia fue quien hizo posibles las asociaciones que resistieron a la tiranía, la que animó a nuestros padres en Covadonga, la que acompañó a nuestros padres en Granada…»{24}.
Manterola defiende la Inquisición como arma para coronar la Reconquista: «La Monarquía española no estaba aún asegurada. Los moros hacían esfuerzos titánicos por conservar las deliciosas llanuras de Andalucía. Allí cerca del África podían concebir planes siniestros contra la independencia española… Recuérdese que la conquista de Granada no se verificó hasta el año 1492, es decir, doce años después de establecida la Inquisición en España.» (Esto dicen las Afirmaciones católicas en su parte tercera, capítulo VII, página 469.)
También Cánovas aludió en alguna ocasión a la Reconquista española, emocionado ante sus gritos guerreros. «Nuestra unidad nacional –dice– no aparecía sino en los tercios de Flandes, Italia y Alemania, allí donde, al grito de «¡España!» o «¡Cierra España!», los nativos todos de la Península, que iban juntos y juntamente eran aborrecidos a título de conquistadores o simplemente de vencedores, como advirtió el buen capitán Marcos de Isaba, tenían por fuerza que ayudarse, peleando en los combates con igual ardor… Faltábales y les faltará siempre a los meros mercenarios, aunque lleguen a ser muy veteranos, el caballeresco espíritu, los sentimientos de honra, de fidelidad al rey, de orgullo de raza, hasta de religión, que los gritos de «¡España, España!», o «¡Santiago y cierra España!», suscitaban y mantenían en nuestros infantes viejos.»
También habla de esta gesta Ganivet: «La energía acumulada en nuestra lucha contra los árabes no era sólo energía guerrera, como muchos creen; era energía espiritual. Si la fatalidad histórica no nos hubiera puesto en la pendiente en que nos puso, lo mismo que la fuerza nacional se transformó en acción, hubiera podido mantenerse encerrada en nuestro territorio, en una vida más íntima, más intensa, y hacer de nuestra nación una Grecia cristiana…»{25}.
Enlazado por vínculo de continuidad va el Descubrimiento de América al hecho de la Reconquista. Y enlazado también por vínculo de causalidad y descripción va el pensamiento de nuestros políticos y escritores en el mismo asunto. Menéndez y Pelayo lleva la primacía en la majestad del relato, y es justo que encabece la descripción: «… Dios nos concedió la victoria y premió el esfuerzo perseverante, dándonos el destino más alto entre todos los destinos de la Historia: el de completar el planeta, el de borrar los antiguos linderos del mundo. Un ramal de nuestra raza forzó el cabo de las Tormentas, interrumpiendo el sueño secular de Adamastor, y reveló los misterios del sagrado Ganges, trayendo por despojos los aromas del Ceylán y las perlas que adornaban la cuna del Sol y el tálamo de la Aurora. Y el otro ramal fue a prender en tierra intacta aún de caricias humanas, donde los ríos eran como mares y los montes veneros de plata, y en cuyo hemisferio brillaban estrellas nunca imaginadas por Tolomeo ni por Hiparco»{26}.
Como Menéndez y Pelayo, Vázquez de Mella ve un premio a nuestro esfuerzo perseverante en el Descubrimiento de América: «… Y no se parará allí a dormir el sueño de la victoria realizada, bajo pabellones de laurel; se asomará al mar para cautivarle y educarle con su fe y con su genio, y se detendrá un momento a descansar en el pórtico de la Rábida para convertirse en el pórtico del Nuevo Mundo, y por medio de un sublime terciario, Colón, que anda buscando dinero para una nueva cruzada, protegido por tres frailes, Fr. Juan Pérez, Fr. Antonio Marchena y Fr. Diego de Deza, y por una reina que lleva por apellido el de la Iglesia, cruzará con rumbos desconocidos el Océano, y pondrá el nombre de la Virgen, ofreciéndole su empresa, a la carabela que dirige; el de San Salvador, a la primera isla que descubra; el de Santa Cruz, a la primera nave que construye en la Isabela, y al desembarcar en Cádiz, después del segundo viaje, cubrirá su cuerpo con el sayal de franciscano…»{27}.
Donoso Cortés une también hechos históricamente enlazados y sucedidos providencialmente, como si fueran galardón de Dios. «Por lo que hace a nuestra España –dice–, ningún resplandor iguala al resplandor de su historia. Una provincia bastó para conquistar Oriente: Cataluña. Una para conquistar a Nápoles: Aragón. Una para conquistar América: Castilla. Cuando esas varias provincias, en su dichosa conjunción y bajo el cetro de los Reyes Católicos, dieron a luz a España, el mundo presenció un espectáculo que aún no habían presenciado las gentes: el espectáculo de tres grandes epopeyas llevadas a cabo por unos mismos héroes, por un mismo tiempo, a felicísimo remate: la expulsión de los agarenos, la conquista de América, la sujeción de la Italia…»{28}.
En el Descubrimiento de América pensaba también Cánovas cuando, dando rienda a sus patrióticas aspiraciones de gobernante, exclamaba: «Mándanos el deber nuestro, visiblemente, que entremos en el número de las naciones expansivas, absorbentes, que sobre sí han tomado el empeño de llevar a término la ardua empresa de civilizar el mundo entero; y para comprender por qué nos lo manda, sí que fuera bueno recordar sin tregua la honra, no extinta aún, que heredamos de nuestros padres…»{29}.
Idéntico es el pensamiento de Ganivet, que siente en su pecho la gesta de América como una prolongación de nuestra raza, la que a todo trance desea conservar, al menos en sus vínculos espirituales: «Casi todos los pueblos americanos, al separarse de España por espíritu de rebeldía, han pasado por lo que pudiéramos llamar la escarlatina de las ideas francesas o, hablando con más propiedad, de las ideas internacionales. Si España quiere recuperar su puesto, ha de esforzarse por restablecer su propio prestigio intelectual, y luego llevarlo a América e implantarlo sin aspiraciones utilitarias. Cuando tuvimos necesidad de construir ferrocarriles y fue conveniente conceder franquicias aduaneras al material de construcción, no atendimos al perjuicio que sufriría la industria metalúrgica nacional; paréceme que la conservación de la supremacía española sobre los pueblos que por nosotros nacieron a la vida es algo más noble y trascendental que la construcción de una red de ferrocarriles»{30}.
En muchos debates políticos se ocupó Maura del descubrimiento, colonización y civilización de América, lo mismo que de la conquista de Filipinas, ampliamente desarrollada en la cuestión Nozaleda. Y secundan los mismos pensamientos Pidal y Mon, Manterola y el resto de nuestros pensadores, que ven en el gigantesco esfuerzo realizado por España la primera empresa del mundo después del Nacimiento de su Creador, frase ésta muy castiza y española.
Terminamos el aspecto patriótico con un suceso postrero, acaecido en los días de nuestros pensadores. Bien se comprende que nos referimos a la guerra de la Independencia. Es una prueba más de la vitalidad del principio unitivo de nuestra Patria ante el peligro común. Y de la virilidad de nuestra raza, nunca resignada a padecer yugos ajenos. Estas cualidades resaltan nuestros hombres al tratar de este hecho.
El insigne literato Galdós incluyó en sus Episodios Nacionales esta gran empresa de los tiempos modernos. Digno es de figurar en el comienzo de esta ilustre galería, aunque en realidad de verdad no sea comprendido en su molde. Los poetas de ese siglo, Quintana, Bretón, Campoamor, &c., se cebaron en la épica hazaña. Pero sus versos no corresponden al carácter de nuestro trabajo. Tenemos materia suficiente en nuestros pensadores políticocatólicos, y a ellos nos atenemos.
Balmes dedica no sólo páginas, sino capítulos especiales al hecho de la Independencia ochocentista, cuyas consecuencias le tocó sufrir, lo mismo que Donoso Cortés, casi personalmente. En el volumen XXXI, noveno de los Escritos políticos, titula un artículo «La unión y el Dos de Mayo», que debiéramos transcribir íntegramente si los límites lo permitieran. Pero no lo creemos necesario. Ni un artículo, ni una página de las muchas desparramadas a lo largo de sus obras sobre este tema. Algún ligero párrafo como prueba de verdad: «Todos los que presenciaron aquel movimiento colosal, aquel levantamiento simultáneo de una nación de doce millones de habitantes, aquella lucha desigual de un pueblo sin gobierno, sin caudillo, sin recursos, sorprendido con la ocupación de sus mejores fortalezas por ejércitos numerosos y aguerridos; aquella lucha tenaz, donde las victorias eran acogidas con el mayor entusiasmo, donde las derrotas eran recibidas con un orgulloso «¡Qué importa…!»; todos los que presenciaron aquella guerra, decimos, están acordes en que la religión obraba como un poderoso elemento para mover las masas, para sostenerlas en los padecimientos, animarlas en los combates, entusiasmarlas en los triunfos y alentarlas en las derrotas…»
Más adelante, tratando de la esterilidad de la revolución y de los infructuosos resultados de aquella lucha gigantesca, insiste en el mismo punto de vista: «No podemos creerlo. No está lejano de nosotros el año 1808. Vive todavía la generación que presenció el inmortal alzamiento, en que un pueblo sin rey, sin gobierno, sin caudillo, se levantó cómo un solo hombre y se arrojó denodado a la arriesgada palestra, en cuyos formidables trances palidecieran los potentados de Europa. Aquello fue grande, inmenso, único en la historia de este siglo, porque fue nacional, espontáneo de las ideas y costumbres de la generalidad de los españoles; por eso al resonar el primer grito, al oírse los primeros vítores a la independencia de la Patria, respondieron con eco instantáneo los cuatro ángulos de la Península, y brillaron en todos los puntos las armas, como a la voz de un jefe relampaguean en un grande ejército bayonetas, espadas y lanzas…»
En el volumen XXXII se enfrenta contra los afrancesados, que trataban de hacer simpática a la vecina nación su intervención en España, y exclama: «¡Ay de los franceses si tuviesen que luchar con un levantamiento del país! ¡Ay de los franceses si penetrasen en el corazón de ese país, donde hay pocos hombres de cincuenta años que no se hayan batido con franceses en la guerra de la Independencia, donde hay pocas familias que no tengan que llorar algún desastre, donde son muchas las que cuentan con alguno de sus hijos, conducidos de calabozo en calabozo como viles asesinos, en esa Francia donde buscaron un asilo!… Pero es inútil cansarse. La Francia no olvida el terrible «¡Qué importa!» de los españoles, y que una vez empeñados en la refriega no retroceden por nada. El Gobierno francés lo pensaría una y mil veces antes de empeñarse en tan errado camino. Ardieron, es verdad, nuestras aldeas, nuestras villas, nuestras ciudades; regáronse nuestros campos con torrentes de sangre española; pero, ¡ah!, que la Francia pagó muy caros sus esfuerzos y sus estériles venganzas; que infinitas madres francesas buscaron a sus hijos entre los restos de los ejércitos que volvían de España y sus hijos no estaban…»{31}.
Destacando el secreto de la fortaleza española, que estriba en la unión, acusaba Donoso Cortés este mismo hecho: «Por lo que hace a los tiempos modernos, vivos están todavía aquellos héroes de la gloriosa lucha que sostuvieron con la Francia, cuando a la voz de la independencia hicimos cejar al hombre portentoso que, legislador y guerrero, había rodeado su frente de todos los laureles militares y de todas las palmas civiles… Nuestro nombre entonces fue glorioso entre las gentes y temido entre las naciones. Consistió esto en que el sentimiento de la independencia había dado unidad a la raza española y en que esta esforzadísima raza no puede ver a todos sus hijos en un mismo campo juntos sin hacer su tributaria a la gloria; si se nos permitiera un símil, diríamos que la gloria es tan familiar a los españoles unidos como la luz a la pupila del ojo.»
En el volumen III, tratando de las relaciones diplomáticas con Francia, acusa la deslealtad tradicional de esta nación para con España, y en un momento de exaltado frenesí patriótico, escribe: «Tú eres la que, ciega de ambición y sedienta de usurpaciones y de conquistas, rompiste por los Pirineos, viniéndote estrecho el mundo, para ceñir al que había sido tu soldado y era tu señor con la diadema que pensabas arrancar a la ungida sien de nuestros reyes; la que, en premio de los tesoros que te habíamos locamente prodigado y de la sangre que habíamos vertido por ti, viniste a nuestro suelo para pedir a nuestras minas más tesoros y a nuestras venas más sangre… Pero el astro de nuestra independencia venció entonces al astro de tu gloria…»{32}.
Con la misma majestad cantó Cánovas aquel episodio nacional: «La monarquía católica, la monarquía antigua…, dejó en España una grande herencia social: la integridad y nobleza de los individuos, sometidos a la fe aun en medio de la decadencia. Con tales individuos, con tales españoles, políticamente oprimidos; con aquellos españoles que ya no sabían progresar ni trabajar, todavía pudo hacerse, por la fuerza sola del sentimiento moral que les dominaba, la guerra de la Independencia…»{33}.
Una vez más, unimos al nombre de Cánovas el de Ganivet en el mismo aspecto. «Cuando los que combaten –dice– buscan un apoyo en la Religión, no se contentan con invocar el auxilio divino, sino que transforman a Santiago en guerrero, y no en general: en simple soldado del arma de Caballería. Y esto no es obra exclusiva de la Religión, del odio al infiel, puesto que en nuestro siglo, contra los cristianos franceses, Aragón transformó a la Virgen del Pilar en capitana de las tropas aragonesas»{34}.
Manterola atribuye toda la virtud de aquel momento solemne y patriótico al fervor religioso, vivo y pujante en el alma del pueblo español y pronto a resucitar en el instante que tratara de avasallarlo.
La descripción que de aquel pujante movimiento popular hace Menéndez y Pelayo es una nueva escala en el ascenso de su realización. El heroísmo anónimo se reviste de nombres propios, personales y colectivos. Parece que responde a la despectiva frase del invasor, calificando a nuestra patria de «pueblo de frailes y monjas». Quizá fuera exacto su apelativo. Lo que no fue exacto fue su optimismo. Nos lo dice el genial maestro: «Nunca en el largo curso de la Historia despertó nación alguna tan gloriosamente, después de tan torpe y pesado sueño, como España en 1808… Pero ¡qué despertar más admirable! ¡Dichoso asunto en que ningún encarecimiento puede parecer retórico! ¡Bendecidos muros de Zaragoza y Gerona, sagrados más que los de Numancia! ¡Asperezas del Bruch, campos de Bailén, épico juramento de Langeland y retirada de los nueve mil, tan maravillosa como la que historió Jenofonte! ¿Qué edad podrá oscurecer la gloria de aquellas victorias y de aquellas derrotas, si es que en las guerras nacionales puede llamarse derrota lo que es martirio, redención y apoteosis para el que sucumbe y prenda de victoria para el que sobrevive? Precisamente en lo irregular consistió la grandeza de aquella guerra, emprendida provincia a provincia, pueblo a pueblo: guerra infeliz cuando se combatió en tropas regulares o se quiso centralizar y dirigir su movimiento, y dichosa y heroica cuando, siguiendo cada cual el nativo impulso de disgregación y de autonomía, de confianza en sí mismo y de enérgico y desmandado individualismo, lidió tras de las tapias de su pueblo o en los vados del conocido río… La resistencia se organizó, pues, democráticamente y a la española, con ese federalismo instintivo y tradicional que surge aquí en los grandes peligros, avivado por el espíritu religioso y acaudillado por frailes. De ello dan testimonio la dictadura del P. Rico en Valencia, la del P. Gil en Sevilla, la de Fr. Mariano de Sevilla en Cádiz, la del padre Puebla en Granada, la del obispo Menéndez de Luarca en Santander. Alentó la Virgen del Pilar el brazo de los zaragozanos; pusiéronse los gerundenses bajo la protección de San Narciso, y en la mente de todos estuvo que a aquella guerra cupo el lauro más alto, a lo que su cultísimo historiador el conde de Toreno llama, con su aristocrático desdén de prohombre doctrinario, «singular demagogia, pordiosera y afrailada, supersticiosa y muy repugnante». ¡Lástima que sin esta demagogia tan maloliente y que tanto atacaba los nervios al ilustre conde no sean posibles Zaragozas ni Geronas!…»{35}.
Si alguna duda tuviéramos de esta insigne resistencia democrática, que tan acertadamente califica Menéndez y Pelayo, nos lo confirmaría el testimonio de Aparisi, no menos apologista del espíritu colectivo y pueblerino de España que del valor individual. «Napoleón en Europa sólo había encontrado ejércitos –dice–; en España fue donde encontró un pueblo… Cuando Napoleón avanzó sobre España con aquellos resplandores de gloria que deslumbraban al mundo, España no hizo caso, y a cada batalla en que aquel rayo de la guerra vencía, el pueblo se encogía de hombros y decía: «¡No importa!» Sólo un pueblo libre podía contestar al rey de los reyes: «¡No importa!» El pueblo gigante luchó con el gigante de los siglos, y lo venció y derrotó. Nosotros, pueblo, mostramos a Europa atónita que en la tierra de Castilla había la bastante para dar sepultura a todos los ejércitos franceses…»{36}.
Concuerda con los anteriores el testimonio de Mella: «… Y nosotros fuimos los que, todavía al comenzar el siglo XIX, en las luchas napoleónicas salvamos a Europa de la tiranía revolucionaria del césar, como se ha reconocido, pues fue un francés, Chateaubriand, quien dijo, con razón, que los cañones de Bailén habían hecho temblar a todos los Gabinetes europeos…»{37}.
Aspecto social.– Hacemos una nueva transición del orden patriótico al aspecto social Nuestros pensadores parecen organizarse para estudiar los diversos aspectos, negativos unos y positivos otros, que tenían como encadenada a la sociedad y que fueron abolidos por el Cristianismo. La esclavitud, el feudalismo, la degradación de la mujer, son otras tantas llagas que carcomen a la vieja Humanidad y que reclaman un examen, para concluir que su extinción sólo pudo hacerla una religión sobrenatural y divina. El límite de nuestro trabajo no nos permite detenemos en cada una de estas cuestiones, ofrendando la cantera inexhausta de testimonios, según hemos hecho hasta ahora, porque el capítulo se va alargando demasiado. Nos conformaremos con aducir un atisbo de estos testimonios, conscientes de que lo afirmado por uno de nuestros pensadores es suscrito por los demás. Pero conste su enunciación como punto de convergencia, y quede así completado el punto de vista panorámico a través de la Historia. Los aspectos religioso, patriótico y social, con su infinita gama de cuestiones, fueron estudiados por nuestros pensadores a través de la Historia, y en cada uno de ellos armonizaron sus opiniones como armonizan los rayos de luz que brotan de un mismo foco; Y así, sobre la primera de esas cuestiones, sobre el feudalismo, se expresa Balmes:
«Esa desigualdad excesiva, ese desmedido acumulamiento de poder y riquezas, que convierte la sociedad en una fuente de comodidades y regalos para pocos y en un campo de sudor, de trabajo y de abatimiento para el mayor número, estaba en el feudalismo, que, arraigado con la costumbre, sostenido por la fuerza, rodeado de títulos y de leyes y escudado por la ignorancia, se levantaba en medio de Europa como un negro gigante armado con toda la ferocidad de los bárbaros del Norte y desvanecido con todo el orgullo de los antiguos magnates del Imperio…»
Temerario resultaba, pues, hacer frente a este coloso con las meras fuerzas humanas. La Iglesia trató, no obstante, de oponer todo su poder que le viene del cielo, mas para ello debió adquirir títulos basados en el predominio de su constitución sobre la sociedad y en la dignidad de sus miembros.
«¿Y creéis acaso –continúa Balmes– que al orgulloso señor, encastillado en su fortaleza, escoltado de satélites que defendían su persona y rodeado de personas que besaban su planta, le hubieran hecho mella las palabras de la Iglesia, si ésta hubiera llevado la marca de la debilidad y pobreza? Afortunadamente para la Humanidad, no sucedía así. El feudalismo alegaba sus derechos feudales; la Iglesia, como señora, también mostraba los suyos. El feudalismo ostentaba sus riquezas, el clero ostentaba las suyas. El feudalismo desplegaba soberbio lujo en blasones, insignias, trajes y viviendas; el clero le contrastaba con la majestad del culto, con sus opulentas abadías, suntuosos monasterios, magníficos templos y muchedumbres de adictos…
»Tal contraste producía, insensiblemente, una revolución en la sociedad, y todo en sentido favorable a la verdadera libertad, a la dicha de los pueblos. Para ser admitido al clero, ni se necesitaban riquezas ni posesiones; bastaba ser cristiano. Esta sola regla debía producir en el feudalismo una quiebra mortal, porque, sentado que el hijo de un pobre podía ser elevado a las mayores dignidades y verse un día en igual rango que los grandes señores, quedaba sembrada una semilla que desenvuelta con el tiempo habría de producir opimos frutos en beneficio de los pueblos»{38}.
La desvanecida causa del feudalismo trae emparentada la dignidad de la mujer. El señor feudal, a la llegada a su castillo, encontraba una sola señora y no muchas. Era porque la Religión de Jesucristo iba ejerciendo su regenerador impulso sobre esa bella mitad del género humano. Pero es a Donoso Cortés a quien cedemos la palabra en este honroso empeño:
«… Y no extrañéis, señores, que inmediatamente después de hablaros de Dios os hable de la mujer. Cuando Dios, enamorado del hombre, su más perfecta criatura, determinó hacerle el primer don, le dio, en su amor infinito, a la mujer para que esparciera flores por sus sendas y luz por sus horizontes. El hombre fue el señor, y la mujer, el ángel del paraíso…»
Sigue relatando las vicisitudes de la mujer una vez salida de aquel ameno jardín y la corrupción del género humano por su causa, y añade:
«Desfigurada entre los gentiles la tradición de la mujer, no llegó hasta ellos sino una vaga noticia de su primera culpa, y no vieron en ella otra cosa sino la causa de todos los males; borrada, por otra parte, la tradición del matrimonio, los pueblos gentiles ignoraban que la mujer había nacido para ser compañera del hombre, y la convirtieron en instrumento de sus placeres. Por eso instituyeron la poligamia, que es el sepulcro del amor, y por eso le dieron libelo de repudio, estableciendo el divorcio, que es la disolución de la sociedad doméstica. Por eso la hicieron esclava de su esposo, para que estuviera sin derechos o permaneciera en su poder como víctima en manos del sacrificador o debajo de la mano de su verdugo…»
Narrada la degradación de la mujer entre los paganos, atendamos a su rehabilitación. Esta había de hacerla el Cristianismo, restaurando las olvidadas tradiciones sobre la mujer y presentando a la Humanidad un modelo, el prototipo de todas ellas:
«… Y, sin embargo, para conocer a la mujer por excelencia, para tener noticia del encargo que ha recibido de Dios, para considerarla en toda su belleza, no basta poner la vista en aquellos bellísimos tipos de la poesía hebraica. El verdadero tipo, el ejemplar verdadero de la mujer, no es Rebeca, ni Débora, ni la esposa del Cantar de los Cantares. Es necesario ir más allá y subir más alto; es necesario llegar a la plenitud de los tiempos, subir hasta el trono resplandeciente de María. María es una criatura aparte, más bella por sí sola que toda la creación. Ved ahí la mujer, porque Dios en María las ha santificado a todas: a las vírgenes, porque Ella fue virgen; a las esposas, porque Ella fue esposa; a las viudas, porque Ella fue viuda. Cosas grandes y portentosas ha obrado el Cristianismo en el mundo, pero la más portentosa de todas las maravillas es la santificación de la mujer, proclamada desde las alturas evangélicas. Y cuenta, señores, que desde que Jesucristo habitó entre nosotros, ni sobre las pecadoras es lícito arrojar los baldones, porque el Salvador de los hombres puso a la Magdalena bajo su amparo. Y cuando hubo llegado el día tremendo en que se anubló el sol, al pie de la Cruz estaban juntas su inocentísima Madre y la arrepentida pecadora, para darnos a entender que sus amorosos brazos estaban abiertos igualmente a la inocencia y al arrepentimiento»{39}.
La elocuencia de Donoso se sale de madre cantando las maravillas de la mujer representadas en María. Sigamos adelante, finalizando nuestro capítulo.
Sobre la abolición de la esclavitud, contamos con hermosas páginas en casi todos los pensadores. Pero nosotros preferimos, no por su brillantez, sino por su concisión, estas palabras de Vázquez de Mella:
«El Cristianismo abolió la esclavitud, no por afirmar el común origen y destino del hombre. Para ahogar el sentimiento de esclavitud no basta esta condición, porque la diversidad de capacidades intelectuales y de medios individuales dividiría a la sociedad en dos grandes núcleos: el de la fuerza y el de la debilidad; como conclusión obligada vendría el restablecimiento de la esclavitud. El Mahometismo y el Judaísmo afirman la comunidad de origen y destino humanos, y, sin embargo, uno impone la servidumbre de la mujer y otro la tiranía de la usura. Yo puedo señalar un hecho histórico: donde el Cristianismo impera en todo o en parte, la esclavitud no existe. La Iglesia influyó en la abolición de la esclavitud con la igualdad sobrenatural, pues la natural no basta; influyó dando los medios de la gracia para alcanzar la sobrenatural. La esclavitud cae herida de muerte, porque, afirmándose un fin sobrenatural, no puede el hombre tener por medio a otro hombre; y en ese orden sobrenatural se forman clases y jerarquías, que no existen en el orden natural, y a los ojos de Dios puede ser más grande el mendigo que el emperador…»{40}.
Como habla Mella hablan los demás; pero no es nuestro deseo multiplicar los testimonios en estos asuntos, todavía en ensayo. Lo hemos de hacer en el cuerpo de la obra con puntos de coincidencia más prácticos. Pero no sobra este ligero antecedente por vía preliminar. Lo que decimos de los sucesos ocurre con las personas. Figuras de la Iglesia, Santos Padres, teólogos, místicos, ascetas, en especial de nuestra Patria y los más discutidos: Osio, Pelayo, el Cid, Carlos V, Felipe II, todos han sido estudiados por nuestros hombres. Estudiemos nosotros también su pensamiento.
{1} Donoso: O. C., v. II, p. 41 y sigs.
{2} Balmes: O. C., v. V, caps. VI, VII y VIII.
{3} Aparisi: O. C., v. I, p. 153; v. III, p. 66.
{4} Donoso: l. c., ps. 41, 42, 43.
{5} Balmes: O. C., v. IX, p. 201.
{6} M. Pelayo: O. C., Estudios y discursos. Crítica literaria.
{6} Mella: O. C., v. XIX, ps. 271-272.
{8} Pradera: E. N., ps. 57, 62, 83, 96, 104, 109, 110, 184.
{9} C. Nocedal: Discursos.
{10} Balmes: O. C., v. VII, cap. XLII, p. 75.
{11} Donoso: O. C., v. III: Discurso de Apertura Colegio Humanidades de Cáceres, ps. 17 y 563.
{12} Cánovas: D. A. E., 25-V-1871.
{13} Ganivet: I. E., p. 55.
{14} Donoso: O. C., v. II: Discurso sobre la situación de España, p. 151.
{15} Mella: O. C., v. XX.
{16} Aparisi: O. C., v. I, p. 27.
{17} Balmes: O. C., v. IV: Del Clero católico, ps. 61, 200 y 201.
{18} Antonio Valle: R. F., enero de 1941, ps. 85, 86.
{19} Aparisi: O. C., v. III, p. 90.
{20} Ganivet: O. C., p. 55.
{21} Balmes: O. C., v. IV, ps. 200, 201.
{22} Donoso: O. C., Cartas de París al Heraldo, v. IV, p. 803.
{23} Mella: O. C., v. XIX, ps. 202, 203, 204. Nuevo derecho a la ignorancia religiosa.
{24} Aparisi: l. c.
{25} Ganivet: O. C., ps. 98, 208.
{26} M. Pelayo: H. H. E. Epílogo, tomo VII.
{27} Mella: O. C., v. IV: Discursos en la R. A. de Jurisprudencia de 17-V-1913.
{28} Donoso: O. C., v. II; Pío IX, v. III, p. 520. Relaciones diplomáticas entre Francia y España.
{29} Cánovas: P. C. D. A., XI-1882.
{30} Ganivet: O. C., p. 138.
{31} Balmes: v. XXIV, ps. 27, 88; v. XXXII, p. 105.
{32} Donoso: v. II, ps. 4, 5.
{33} Cánovas: D. P., 15-VI-1867. H. D. E.
{34} Ganivet: O. C., p. 50.
{35} M. Pelayo: H. H. E., v. VII.
{36} Aparisi: O. C., v. II, ps. 254, 255.
{37} Mella: O. C., v. XVI: Discurso de R. A. de Jurisprudencia de 17-V-1913.
{38} Balmes: O. C., v. IV, ps. 94, 95; Los bienes del Clero; v. XI, La civilización.
{39} Donoso: O. C., v. II, ps. 51, 56, 58: Discurso sobre la Biblia.
{40} Mella: O. C., v. XIX, ps. 126, 127: Fiestas constantinianas.