El Fascio
16 de marzo de 1933
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El FascioPeriódico político de vida efímera –sólo apareció un número, que además apenas pudo ser difundido al ser retirado por la policía de la República– que se publicó en Madrid el jueves 16 de marzo de 1933 (fecha coincidente, no por azar, con el tercer aniversario del fallecimiento del General Primo de Rivera), que ocupa sin embargo un lugar significativo en la definición de posiciones ideológicas durante la segunda República española. Tras el triunfo democrático de Hitler en Alemania el 30 de enero de 1933, en ambientes conservadores que habían estado cercanos al poder durante la dictadura de Primo de Rivera pareció llegado el momento de ensayar la posibilidad de un partido fascista en España, que podría ser capitaneado por el hijo del dictador, José Antonio Primo de Rivera, Marqués de Estella. El encargado de poner en marcha El Fascio. Haz hispano, globo sonda de tal proyecto, fue el periodista y político Manuel Delgado Barreto: nacido en La Laguna en 1879, diputado por Canarias, fundador de El Mentidero, semanario que llegó a ser muy popular, y en 1916 de La Acción, diario cercano a Maura que dirigió durante ocho años hasta su desaparición en 1924, en el que más de una vez se había reclamado la necesidad de un «fascismo a la española». Delgado Barreto era director desde 1925 de La Nación –diario que había ejercido de portavoz oficioso durante la dictadura y del que era accionista José Antonio– y también responsable de los semanarios Gracia y Justicia. Organo extremista del humorismo nacional y de Bromas y Veras (el 23 de febrero de 1933 podía allí leerse: «El fascismo es la conjunción de todos los que sienten los dolores de la Patria y quieren remediarlos. De esa conjunción surgirá el caudillo que conduzca a las masas populares a la victoria»).

La aparición de El Fascio fue precedida por una potente campaña publicitaria, sobre todo desde La Nación, por lo que los pedidos en firme de toda España antes de que apareciese el primer número rebasaban al parecer los 130.000 ejemplares. El Gobierno de Manuel Azaña, el PSOE y la UGT procuraron evitar su difusión: la Guardia de Asalto requisó ejemplares de El Fascio en la imprenta de La Nación, los vendedores acordaron el boicot, se incautaron ejemplares enviados por correo... y la publicación ulterior del semanario quedó indefinidamente suspendida por la autoridad republicana.

Para organizar la redacción del periódico contó Delgado Barreto con la colaboración de Ernesto Giménez Caballero, quien organizó en su casa una reunión con José Antonio, Julio Ruiz de Alda y Rafael Sánchez Mazas, así como con los jonsistas Ramiro Ledesma Ramos (que acababa de cumplir una condena de dos meses de cárcel por un artículo que había publicado en La Conquista del Estado en 1931) y Juan Aparicio, todos los cuales participaron en el efímero proyecto. José Antonio buscó un prudente segundo plano signando con una E. [abreviatura de su marquesado] el artículo doctrinal, Hacia un nuevo Estado, que ocupa la segunda página, y dejando sin firmar un «distingo necesario»: El fascio no es un régimen esporádico.

El Fascio, Haz hispano representa el primer intento significativo de la voluntad del grupo en torno a José Antonio por absorber el potencial ideológico que alrededor de Ramiro Ledesma se había ido conformando primero en La Conquista del Estado y luego en las JONS: de hecho El Fascio copió el emblema que ya había adoptado el nacional-sindicalismo, convirtiendo en siete las cinco flechas del yugo jonsista.

El único número publicado de El Fascio, Haz hispano ocupó 16 páginas. En la página 2 se advierte: «El Fascio, porque no es un periódico de empresa ni de negocios, sino de ideas, no tendrá número fijo de páginas. Lo mismo publicará 16, 12, que 8 o que 20. Su precio será siempre, a menos que se anuncie extraordinario, el de 15 céntimos, en toda España.» El precio de 15 céntimos era muy económico (25 céntimos costaba en 1931 La Conquista del Estado, 40 céntimos La Gaceta Literaria en 1932, 20 céntimos costaría F.E. a finales de 1933, 2 pesetas [200 céntimos] costaba entonces cada número de la quincenal Acción Española).

En la cabecera de El Fascio figura como dirección de las oficinas: «Av. Pi y Margall, 18»; y el «Apartado de Correos 546» (al que también se remite en las páginas 12, 13 y 15). Este Apartado 546 de Madrid será el mismo que, a partir de diciembre de 1933, figure como dirección postal del periódico F.E., una vez constituida Falange Española en octubre de 1933.

El primer número (y último) de El Fascio contaba ya con más de doce anuncios, que no dejan de tener su significación, tanto por lo que pueden ser posibles patrocinios como por lo que hace al público que se suponía destinatario de tal publicidad comercial: Jabón Chimbo (Bilbao), Cementos y Cales Freixa (Barcelona), Alirón («mucho brillo con poco esfuerzo es el ideal en la limpieza de suelos y muebles...»), Lacoma S.A. («presentará su colección de primavera-verano compuesta por más de 400 modelos de vestidos y sombreros en el té que se celebrará en el Palace Hotel, a las cinco y media de la tarde, el próximo jueves, día 16. Pida su tarjeta...»), Los 13 («la novela semanal de los maestros, publica una originalísima y apasionante novela de El Caballero Audaz...»), Leed Genio de España («de E. Giménez Caballero, un estudio básico sobre el Fascismo como nueva catolicidad del mundo, un libro básico para los fundamentos de un Fascismo español, cinco pesetas, en todas las librerías»), Crowner («muebles de decoración»), Pedro López («antigüedades y objetos de arte»), La Hernia («sólo puede ser vencida con el vendaje super neo barrere sin palas, único en el mundo»), La Higiénica («Camas, del fabricante al consumidor, las mejores»), Digestónico («El estómago es el manantial de alegría de la vida, cuídelo usted con una buena alimentación y algunas cucharadas de...»), Matías Torija («Joyas, tasaciones autorizadas...»), González Byass (Vinos, manzanillas y «coñac jerezano», Jerez de la Frontera).

Muestra de cómo socialistas y comunistas comenzaban a reconocer beligerancia política al fascismo, tras demostrar los nazis la vía democrática y no revolucionaria por la que habían logrado el poder en Alemania, puede leerse en el comentario publicado en el número de Acción Española fechado el mismo 16 de marzo de 1933 en el que la Republica burguesa bloqueaba el nuevo periódico:

«Se anuncia la formación de un bloque fascista. Sin decirse hasta ahora los nombres de sus directores ni detallarse sobre su organización, el hecho es que se habla del fascio y que son innumerables las personas que lo esperan con la mayor curiosidad.
Por desconocer, como antes decimos, los nombres de sus organizadores y sus propósitos, no nos es dable, un comentario concreto.
Pero sí podemos decir que la noticia de la aparición del fascio, ha sido un revulsivo para los hombres y la prensa revolucionaria. Resulta curioso observar la metamorfosis que han sufrido los adversarios del fascio, en pocos días. Ante los primeros rumores, parecíó obligado el gesto despreciativo. Nos reimos, decía El Liberal, con carcajada histérica. No faltó la consabida alusión a las camisas, que unos propugnaban porque fueran rosa, y otros porque fueran lila.
Pocos días después, el comentario humorístico es sustituído por unas frases duras y avinagradas. Al fascio hay que negarle la sal y el agua. Hay que matarlo en flor. No podemos consentir –dice un diario– que obtengan libertad para sus propagandas, los que después la niegan en sus programas. En un mismo día dos capitostes del socialismo, amenazan con estrangular al movimiento por la violencia. Los socialistas haremos una represión que será una epopeya, dice un bravucón.
¿Cómo una cosa que hace cuatro días era una cosa ridícula, la esencia de la cursilería, ha podido hacerles descomponer el gesto hasta esos extremos? Esas amenazas ¿no son la revelación del miedo que les inspira la posible aparición del fascio? ¿Por qué no dejar que muera en el ridículo lo que es por esencia ridículo? o ¿por qué no conceder a un organismo político la libertad que conceden al anarquismo, al comunismo, y a la propaganda de tantas aberraciones que son otros tantos delitos?
¿Qué secreto oculta ese fascio, que aun en embrión así atemoriza y desata en sus enemigos la furia y los truenos?
He aquí por qué nace la curiosidad de las gentes.» (Joaquín Arrarás, «Actualidad española», Acción Española, nº 25, 16 de marzo de 1933, páginas 62-63.)

En las Obras completas de José Antonio Primo de Rivera figura recogido el siguiente artículo que se publicó en La Nación el mismo día en que apareció El Fascio:

Una nota de EL FASCIO
Esta mañana, antes de que saliera un solo número a la calle, fue secuestrado por la Policía, sin mandamiento judicial alguno, la edición íntegra de El Fascio.
Trátase de una revista puramente doctrinal, propaladora de ideas que hoy prevalecen en naciones amigas de España y se están abriendo paso en todo el mundo.
No había en nuestro periódico una sola línea en que se aludiera al Gobierno ni se combatiera al régimen, porque El Fascio venía a combatir por algo más grande y permanente: la formación de un nuevo Estado gremial, sindical, corporativo, conciliador de la Producción y del Trabajo y con seriedad bastante en su estructuración y en sus masas para contener el avance de las propagandas y de los procedimientos disolventes que, a nuestro juicio, representa el marxismo en todas sus formas, según se está comprobando, desgraciadamente, en España.
El Fascio declaraba que su preocupación no era el régimen, sino el Estado; porque mientras éste no capte masas que le permitan resistir a las acometidas del internacionalismo sectario, mantener la unidad nacional y proyectar sobre el mundo la recia figura de una España independiente, firmemente organizada para todas las eventualidades defensivas y ofensivas, no tiene derecho a proclamar su consustancialidad con ningún régimen.
El socialismo, por lo que se advierte, ha visto en la predicación de estas doctrinas un enorme peligro para su ya quebrantada situación, que azotan, de una parte, sindicalistas y comunistas, y de otra, elementos conservadores, dentro de la propia República, y acordó, en reunión de sus entidades, que El Fascio no llegara al público, apelando, para impedirlo, a todos los procedimientos.
No necesitaron poner en práctica el acuerdo, porque esta misma madrugada la Policía, tanto en Madrid como en provincias, se incautó de la copiosísima edición de nuestra revista.
Cuando las circunstancias nos permitan reproducir este primer número de El Fascio, para cuya publicación se habían cumplido todos los requisitos legales, los españoles juzgarán.
Por ahora, todas las demás apelaciones nos parecen inútiles.

En 1935 Ramiro Ledesma Ramos, en su libro ¿Fascismo en España? (publicado bajo el pseudónimo de Roberto Lanzas), escribe lo siguiente sobre El Fascio:

La aparición de EL FASCIO
Aquí reseñaremos ahora un episodio que tuvo bastante resonancia, y al que le corresponde, naturalmente, en este libro, una alusión en cierto modo amplia. Nos referimos a la aparición de El Fascio, semanario del que no salió más que un número, recogido casi íntegramente por la policía.
El episodio es sintomático; pero en realidad fue una formidable ventaja que el Gobierno suspendiese aquella publicación, que en medio de algunos aciertos suponía para el movimiento nacional una posición falsísima y errónea. (Por ejemplo, su misma denominación, El Fascio, titulo que no tenía por que decir nada al alma española, era la primera contradicción grave.)
La idea de la fundación de El Fascio corresponde íntegra a Delgado Barreto, entonces, y creo que todavía ahora, director de La Nación. Se le ocurrió, naturalmente, a la vista del triunfo de Hitler, cuando la enorme masa española, que comenzaba a estar de uñas con el Gobierno Azaña, asistía con admiración a las gestas del fascismo alemán.
Delgado Barreto, con su formidable olfato de periodista garduño, vio con claridad que en un momento así, en una atmósfera como aquélla, si un semanario lograba concentrar la atención y el interés de las gentes por el fascismo, tenía asegurada una tirada de 100.000 ejemplares. Barreto no se engañaba en esta apreciación. Era un hombre que no tenía, posiblemente, del fascismo más que ideas muy elementales, y hasta incluso falsas; pero sabía a la perfección el arte de hacer un periódico fascista para el tendero de la esquina, para el hombre de la calle. Lo que es, desde luego, un valor.
Indudablemente, tras de Barreto estaba ya José Antonio Primo de Rivera. No se olviden las relaciones de Delgado Barreto con el general. Y ahora, ante la empresa fascista, operaba de acuerdo con los propósitos políticos del hijo, de José Antonio, que en estas fechas comenzó a soñar con un partido fascista del que él fuese el jefe. No obstante, Delgado Barreto daba ya entonces la sensación de que no le dominaba una fe absoluta en cuanto a la capacidad de José Antonio, y con mucha prudencia eludía jugarlo todo a la carta exclusiva de éste.
Se formó un consejo de redacción, para el que fueron requeridos los jonsistas. Estos se prestaron de malísima gana, porque les horrorizaba verdaderamente el título del periódico y porque no veían garantías de que aquello no se convirtiese en una madriguera reaccionaria. Pero el afán de destacar su labor y de popularizar en lo posible al movimiento jonsista pudo más que todo, y convinieron entrar en aquel Consejo, si bien bajo el compromiso de que ellos, los de las J.O.N.S., redactarían dos planas, que de un modo exclusivo estarían con integridad dedicadas al jonsismo.
El Consejo de redacción, además del director, que era Barreto, lo formaban: Giménez Caballero, Primo de Rivera, Ramiro Ledesma, Sánchez Mazas y Juan Aparicio.
Con anterioridad a su salida, El Fascio fue profusamente anunciado. Ello hacía que pudieran percibirse las reacciones de la gente, y también que aumentasen de día en día los pedidos de los corresponsales, que a última hora rebasaban los 130.000 ejemplares.
El Gobierno asistía con bastante inquietud a esta realidad. Pero más aún que el Gobierno, los socialistas, a quienes una salida así, descarada y desnuda, de un periódico fascista, al mes y medio escaso de ser batida por Hitler la socialdemocracia alemana, les parecía intolerable.
Al mismo ritmo que aumentaba la expectación de la gente crecía la inquietud del Gobierno, que se disponía a movilizar su aparato policiaco.
En esto, de modo apresurado y espectacular, se reunieron las directivas del partido socialista y de la U.G.T. El acuerdo consistió en anunciar que ambas organizaciones se disponían por sí, y con todas sus fuerzas, a impedir la publicación y venta de El Fascio, si las autoridades no se adelantaban a suspenderlo gubernativamente.
El periódico estaba listo y se disponía a arrostrar cualquier vendaval. Desde luego, y después de la actitud coactiva de los socialistas, era segura la intervención del Gobierno, y muy probable el encarcelamiento de los redactores más destacados. El día antes de la salida no faltaba más que el artículo de Sánchez Mazas, hombre al parecer no muy provisto de heroísmo, que, ante la inclemencia del temporal, con diversas excusas, no escribió el artículo y se fue a pasar el día fatídico a El Escorial.
Giménez Caballero hizo todo un plan programático de bastante interés, si bien quizá demasiado severo, intelectual y seco. Primo de Rivera escribió un artículo teórico contra el Estado liberal, que firmó con la inicial E. Ledesma y Aparicio llenaron las dos planas jonsistas. Y Barreto, periodista fecundo, escribió innumerables cuartillas haciendo llamamientos, perfilando la futura organización, etc.
El Fascio apareció el día 16 de marzo y sólo pudo venderse en un corto número de poblaciones. Fue rigurosamente recogido por la policía. En Madrid se incautó de una camioneta con más de 40.000 ejemplares.
Repitamos que fue una gran ventaja que la aventura de El Fascio terminase apenas nacida. Se iba desde él a una segunda edición del antiguo upetismo, que, naturalmente, para quienes representaban un sentido nuevo, nacional-sindicalista y revolucionario, hubiera significado el mayor de los contratiempos.
Hubiera representado, asimismo, la renuncia a hacer del movimiento una cosa propia, una cosa de la juventud nacional, con su doctrina, su táctica y sus propósitos, en absoluto desligados de la carroña pasadista y superviviente.
Los jonsistas, a la vista de aquella gente, y después de alegrarse de la suspensión, volvieron a sus tiendas, pues comenzaba para ellos su mejor etapa, la que los convirtió en señaladores y orientadores innegables del nuevo movimiento.
Por primera vez conocieron entonces a Primo de Rivera, del que justo es decir no se mostraba tampoco muy conforme con aquella virgolancia de El Fascio, pues aunque nada provisto de cualidades de caudillo, es hombre inteligente y de buen sentido. En aquella ocasión, como luego en muchas otras, se dejaba, sin embargo, llevar.

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