Revista Cubana de Filosofía
La Habana, enero-junio de 1956
Vol. IV, número 13
páginas 90-103

Fernando de la Presa

Perfil humano de don Jose Ortega y Gasset

I

Señoras y señores:

Antes de entrar en materia, ruego se me permita justificar mi presencia es esta tribuna. No soy filósofo ni siquiera estudioso de tal ciencia. Un día el Dr. Humberto Piñera, tan dinámico en su quehacer por la filosofía, me señaló acusatoriamente con el dedo, diciendo en tono enérgico: «Usted fue discípulo de Ortega y tiene que venir a esta tribuna para hablarnos de él». Le respondí: «No he sido discípulo de Ortega, sino alumno, porque para ser discípulo de Ortega hay que atarse muy fuertes los machos, como se dice en el argot taurino». A mi afirmación verídica de haber sido solo alumno de don José Ortega y Gasset, le faltó el necesario calificativo de alumno malo, que mi congénita inmodestia me impidió agregar en aquel momento, pero que, remordimientos de conciencia y cierta afición por la verdad, me obligan a dejar sentado hoy.

Esto dicho, me resta agregar que por haber tenido algún contacto personal con el Maestro y muchos más indirectos, pero de total primera mano, con los discípulos y amigos del mismo, puede tener una cierta justificación el que después de muchas brillantes disertaciones escuchadas en esta tribuna durante el esclarecedor cursillo que la Sociedad Cubana de Filosofía, ha venido desarrollando, venga yo ahora a decir unas palabras sobre quién fue el hombre que a tanta altura elevó el pensamiento humano en el siglo XX.

Además, no vengo solo. Traigo ilustre compañía y esta compañía hablará por extenso esta noche, yo me limitaré a cubrir sus breves silencios. Mis invisibles acompañantes son Ramón Pérez de Ayala, íntimo amigo y riguroso contemporáneo del filósofo madrileño. Este ingenioso asturiano, maestro indiscutible del buen decir y que, según Jean Cassou, escribiera con «Belarmino y Apolonio», el mejor libro en español después del Quijote. El otro acompañante es también Ramón, pero más Ramón que ninguno, Ramón por antonomasia. El Ramón de «Pombo», La Sagrada Cripta, de las reuniones sabatinas en donde se fueron gestando las artes nuevas. Este Ramón, que fue para España el precursor imprescindible, como para Francia lo fuera Guillaume Appollinaire y para Italia Massimo Bontempelli, con su revista «900’.

Ellos nos irán dando la cifra humana del pensador, [91] alguna laguna la llenarán otros nombres y el hilo que engarce estas ideas lo pondré yo, con toda la habilidad que mi torpeza me consienta.

Ahora ya podemos entrar en el tema:

Ortega, en su insaciable curiosidad por todo, se acercó a las artes e hizo crítica de ellas, esto es, expresó opinión propia. Siendo de él, fue necesariamente alta crítica. Puede estarse o no conforme con sus pareceres, pero hay que reconocerle siempre lo alto y hondo de su visión. Recuerdo que mi primera intervención pública en La Habana fue para hablar de Danza y, ocasionalmente, de música. En aquella oportunidad mi ilustre amigo Don Rafael Marquina, escribió que me expresé en desacuerdo, pero respetuosamente, con opiniones de don José Ortega y Gasset, sobre Beethoven y Mozart, expresadas en uno de los tomos del Espectador. Tal vez en aquella ocasión yo estuviera bastante en conformidad con la opinión orteguiana sobre la música pura y la romántica o impura, pero recuerdo que manifesté cierta inconformidad por la manera en que Ortega calificaba a los músicos y a sus músicas. Naturalmente que con la disconformidad iba dicho el total respeto al insigne filósofo, a la mente más clara y aguda que me fue dable conocer. El pasado martes. y muy brillantemente, habló Rafael Marquina sobre Ortega y la Crítica de Arte, desde este mismo lugar en que estoy hablando yo hoy. Puede que a Marquina, que también expresó muy respetuosamente inconformidades, se le pasara el tener en cuenta que las opiniones artísticas del Ortega anterior a la Guerra Civil española, eran las de un hombre del tiempo del arte puro, de la poesía pura, de la deshumanización del arte, en fin, y el Ortega de los «Papeles sobre Velázquez y Goya», es ya un hombre de su otro tiempo, el período del arte humano, del neorromanticismo de nuestros días. Y Ortega fue siempre y en cada momento, hombre de su tiempo o, por mejor decir, de sus tiempos.

Al tratar sobre Velázquez, en mi modesta opinión, pone genialmente los puntos sobre todas las íes posibles. Traza una semblanza del hombre pintor y de sus voliciones. Da una curiosa relación de hechos contemporáneos del pintor, que sirven de adecuadísimo marco ambiental. Y nos habla de la profunda revolución velazqueña, de pintar lo que veía en lugar de las abstracciones de sus contemporáneos y antecedentes. Deja bien marcado el propósito del ecuménico sevillano que era ser gentil-hombre y lo de pintar un medio de vivir y nada más, con lo que deja explicada la manera pictórica de Velázquez, que sin ello carecería de explicación. Que luego la obra, a impulsos de la propia genialidad, se le fuera de las manos y alcanzara los más altos límites, no es culpa del creador sino de su genio. También Cervantes escribió sus versos con amor y el divertimento del Quijote, burla burlando. El resultado fue igualmente diferente para el escritor de Alcalá y no por voluntad propia precisamente. Otro distinguido conferenciante de este cursillo, el Dr. Lara, propuso una interesante cuestión a Rafael Marquina, cuestión que puede tener que ver con Don José Ortega y Gasset más de lo que a primera vista parece, y era la pregunta «si creía Marquina, que a Ortega o al crítico de arte en general, [92] le estorbaba, para ser tal crítico, la facultad creadora, esto es, si el ser artista impedía el ser crítico». Ortega fue un verdadero poeta y por serlo fue un magnífico crítico de arte. Ya han pasado los tiempos en los que se podía entender por crítica de arte la más o menos pedantesca expresión de reparos o plácemes de orden técnico o escolástico. Hoy la crítica tiene que ser esencialmente creadora en sí misma. Creadora bajo la sugerencia de la obra de arte ajena. Esto es la crítica de Ortega en Velázquez, esto fue la crítica en D’Ors, el filósofo de la crítica de arte, tan ventajosamente conocido por Rafael Marquina, al que debemos en español alguna de las mejores páginas de Don Eugenio escritas en catalán y vertidas a bellísimo y adecuado o sea «dorsiano» español, por el gran animador de la cultura que es, entre nosotros ahora y en España antes, Rafael Marquina.

Ahora dejaré ya el toro en las buenas manos de Pérez de Ayala y en su encantadora novela «Troteras y Danzaderas», escrita en 1912.

II
Troteras y Danzaderas

Antón Tejero, era un joven profesor de filosofía, con ciertas irradiaciones de carácter político, y había arrastrado, a la zaga de su persona y doctrina incipiente, mesnada de ardorosos secuaces. Aunque sus obras completas filosóficas no pasaban todavía de un breve zurrón de simientes de ideas, habíale bastado tan flojo bagaje para granjearse la admiración de muchos, la envidia de no pocos y el respeto de todos, sentimiento este último de mejor ley y más difícil de inspirar que la admiración...

La admirable pureza intelectual de Tejero trasparecía en sus ojos, de asombrosa doncellez y pureza, sobre los cuales las imágenes de la realidad resbalaban sin herirlos. Contrastaba con la doncellez de los ojos una calvicie prematura. La forma y tamaño del cráneo, entre teutónicos y socráticos; la armazón del cuerpo, chata y ancha; los pies sin ser grandes, producían una ilusión de aplomo mecánico, de tal suerte que la figura parecía descansar sobre recia peana. Trataba a todo el mundo con magistral benevolencia, y la risa con que a menudo irrigaba sus frases era cordial y translúcida.

Cuenta el novelista que un día llegó Antón Tejero –que tal es el nombre que lleva Ortega en la novela– a casa de Alberto y éste le dice:

– Si no tiene usted mucha prisa deje usted el gabán en el perchero.

– Sí, lo voy a dejar, porque pesa de una manera horrible. Figúrese, ¿sabe usted lo que es esto?

– Parecen dos salchichones.

– Pues son dos paquetes de cien pesetas en duros. Vengo de cobrar la nómina en la Universidad, y me han cargado, que quieras que no quieras, con doscientas pesetas en plata. Bueno, lo dejaremos en el perchero. Supongo que estará seguro, ¿eh?

– Naturalmente. [93]

(En una habitación inmediata escuchaba este diálogo un poeta bohemio, en trance apuradísimo de dinero.)

Y sigue el novelista...

– Doscientas pesetas... Teófilo (el poeta) hincó los codos en las piernas y hundió el rostro entre las manos. Las fuerzas se le huían. La lógica de la realidad exigía de Teófilo que hurtase las doscientas pesetas.

Según su conciencia, un robo dadas sus circunstancias, no era acción reprobable; antes bien, de arcana justicia trascendental, como si Dios en persona le brindase al alcance de la mano y en tan apretado trance aquel socorro de las doscientas pesetas, como compensación de mil amarguras y privaciones pretéritas... Llegó al vestíbulo; quedose mirando un momento la sombra negra que el gabán de Tejero hacía; se apoderó, casi inconscientemente, de las doscientas pesetas; abrió con sigilo la puerta y la cerró sin mover ruido y huyó escaleras abajo...

Cuando Antón Tejero salió a la calle, cuenta el novelista... «Sentía una rara sensación de ingravidez. Iba pensando: ‘Ello es un sentimiento espiritual, sin duda, pero tan neto y determinado que casi parece una sensación física’. Las fuerzas expansivas de un entusiasmo sordo le acariciaban el espíritu, pero volvía insistentemente a requerirle la atención aquel sentimiento de ingravidez que era muy aplaciente e intenso. Se acordó de San Ignacio de Loyola, el cual acostumbraba conocer si sus visiones y pensamiento venían de Dios o del diablo, según el estado consecutivo que determinasen: si le traían serenidad y sosiego, es que habían sido inspiradas por Dios, de lo contrario su origen era satánico. Y también de Epicuro, que decía: ‘¿Cómo conoceréis si es natural una necesidad y habéis de satisfacerla, o es contra naturaleza y habéis de extirparla? Por la sensación recibida, si a la satisfacción de lo que se juzga necesidad se le sigue satisfacción, quiere decir que era necesidad conforme a naturaleza– si sufrimiento de un nueve deseo, es porque no era necesidad natural’. Y Tejero sonriéndose, se preguntaba: ‘¿Qué divina inspiración, o qué acto meritorio, o qué necesidad natural he recibido, hecho o satisfecho sin haberme dado cuenta?’ Hasta que al pasar por delante de un librero a quien debía una cuenta de libros, dio con la causa de su ingravidad... ¡Caracoles! –exclamó a media voz, con la sangre helada–. Ya lo creo que era sensación física... Recobrose enseguida y pensó: ‘No me venían mal a mí; pero al que se las ha llevado de seguro le hacían mucha más falta. ¡Que le hagan buen provecho!’ Y siguió adelante, con el mismo sentimiento de ligereza alada en el corazón, pero ahora más intenso y aplaciente aún».

III

El Ramón Universal de Pombo, escribió así sobre Ortega, hacia 1921:

Pocas presencias como la de este hombre. Es como un rey poderoso y sensible que se oculta, y sin embargo, tampoco es que se oculte. Lo que hace es no irlo pregonando, y lo que pasa es que sus heraldos no le preceden. [94]

Como convocatoria del banquete escribí esta silueta que debe ir a la cabeza de esta reseña de su homenaje, el más importante y halagüeño que hemos tenido en Pombo:

«Mucho más larga debía ser la más breve nota sobre este hombre, al que pierde esa sonrisa y ese ademán sencillo en que se reversiona su ciencia ímproba, profunda, pero un poco descorazonada. ¡Qué depurado, sin dejar de ser humano, es su espíritu! Supo no perder la proporción humana nunca.

«Enterado de los más importantes libros de las bibliotecas, educado en la silente ciudad de la Ciencia, no rechazó de su espíritu, sino que se preocupó porque cuajase con simpatía en él, como el ejemplo que había de dar más personalidad a su estar versado, el recuerdo de la bohemia intelectual, la hermosa bohemia periodística de su padre, el gran Ortega y Munilla. Nunca perderá de vista, en ningún momento, el concepto libre y lleno de curiosidad que llevó a su vida su padre. Porque ha sabido unir a su evolución el ejemplo de amor al matiz y a la noticia que le dio su gran padre, puede escribir de pronto: «Es un día claro de junio como una hermosa niñez». Alquitara en su simpatía literaria su gran educación.

«En su calva precoz, su calva de trabajador –consumido el pelo porque la lámpara eléctrica de estudiante caía sobre su cabeza horas y horas–, ha quedado una espesa nube negra, que aún la cruza. Siempre he visto en ese mechón negro la imagen de una nube de pena, ante la injusticia del país en que estamos y ante la dureza y malevolencia de la crítica.

«Ese negro mechón que atraviesa mi cabeza y que usted mira de vez en cuando es la descalabradura, es la nube que simboliza mi dolor frente a los otros, a los que no comprenden, parece haberme dicho alguna vez.

«Tiene dientes de zorro, pero no colmillos lupinos. El zorro es sagaz, bueno, ingenioso, sin esa maldad alevosa del lobo. Ortega es el zorro que evolucionó hasta la ultravertebración, pero no perdió su genuina listeza y simpatía.

«Su nariz es respingona, a la vez que caída; es decir, está hablando y callando al mismo tiempo, y es descarada y enormemente prudente, con esa prudencia que es la gran distinción de muy pocos.

«Su mirada es franca. Lo está abordando siempre todo. Afronta la vida y las situaciones. Tiene un especial modo de pararse frente a las cosas. Es el filósofo que comprende a los poetas, es el poeta de la sonrisa y de la atención.

«Se le pronunció la calva hace muchos años, como si hubiese perdido la vegetación igual que las cimas. ¡Calva guadarrameña, con los oscuros pinares alrededor, los oscuros pinares que faltan precisamente en su cúspide!

«Se puede decir que ha pensado con bondad y serenidad en todo, sin enmarañarse nunca en la literatura, tantas veces repugnantemente enmarañada en manos de escritores que no pueden hacer la novela o el poema, y que tampoco como él, pueden hacer filosofía para los versados. [95]

«Su cabeza es españolísima. Es el joven de los trenes que va muy atento al paisaje, y nos da la sensación de su nobleza, sin conocerle, yendo a su lado en el pasillo del vagón. Es el gran sabio de pueblo, el sabio que fue el mejor de los sabios. Es el estudiante que se hace viejo sin dejar de ser estudiante, y es el hombre de pro que, aun versado en algo más que en los primeros latines, se dedica a las divagaciones desinteresadas, a la gran futesa del Arte.

«Es el político supremo. Es el político que se contiene, que le da vergüenza y que, sin embargo, está apretado de dientes, de pensamiento, de atención, con cierta serena rabia intelectual. Por eso cuando escribe un largo alegato político, está lleno de amor intellectualis, quintaesencial aroma de una buena alma y de una vocación sin estreñimiento.

«Es filósofo y tiene «la dimensión justa y arquetipal de la sensualidad», la dimensión estricta que poseen muy pocos.

«La oración que él reza todas las noches es la del Rig-Veda: «¡Señor, despiértanos alegres y danos conocimiento!»

«Aquí, donde todos nuestros pensadores son unos seminaristas abortados, Ortega y Gasset es el primer disciplinado que estudia y acaba sus estudios en Alemania, y aquí y en todas partes, sin embargo, no revierte sus nociones intrincadas, de difícil nemotecnia, para convertirlas en aureola universitaria, sino que intenta regalársela a todos y falta al secreto de los profesores, y con erudición y talento y una elocuencia digna procura acercar a la vida todas las nociones vedadas, y lo consigue.

«Por ahí todos lanzan palabras, y a veces lanzan frases que han escogido en sus lecturas; pero como su caudal de palabras es breve, aunque amazorrado y diccionaril, lanzan las palabras más secas, las que son unos escuerzos, y si se trata de frases lanzan las más pesadas, complicadas y abruptas. Ortega y Gasset, lanza las palabras más bellas, y si se trata de frases se le ve con toda buena fe y todo trabajo elegir las más limpias, las más breves, las más difíciles de encontrar –hasta para el que no sabe griego lucen y tienen convicción sus frases en griego–. Es en él en quien he visto traducidas con más lucidez las frases que son como cintillos o prendedores de toda una época del pensamiento.

«Ante la tragedia de la vida, y aunque seamos unos ignorantes a su lado, tenemos la misma actitud, y, por eso, él no repucha nuestro acompañamiento. Sabe ante qué problemas insolubles estamos, y no nos lo oculta. El nunca será insincero. Pudiendo haber sido el que mejor tomase el aire diplomático, nunca lo ha aceptado.

«Este gran hombre tiene una cosa que falta a los españoles: solidaridad consigo mismo.

«Ortega y Gasset, ha sido el que más sencilla condescendencia ha tenido. Ha podido ser un filósofo enrevesado, espantable, digno de esta humanidad que no tiene consideración a lo que se vuelve afable con ella, y si es afable con ella lo vilipendia, [96] y, sin embargo, ha querido ser cotidiano y hacer del farol de la calle, de la plazoleta rodeada de jardín y con bancos públicos, la luz de su inteligencia. ¿Cuántos han roto los cristales a ese farol surtido por la caridad personal de un hombre?

«En José Ortega y Gasset esa sencillez del hombre que expresa el concepto y se atreve con él, no tiene la mala fe del que procura vencer al lector desjarretándole, sino que nos abre por fin el cielo cejijunto y penetran todas las claridades en el concepto. Es más que un ensayista un definidor.

«Es tan libre, que de él ha partido un consejo cubista interesante, pero peligroso: «No insistáis –dice– sobre lo que ya triunfa santificado; esforzaos, por el contrario, en hacer arte con lo que, dado que sea percibido, parece antiartístico; en hacer ciencia sobre lo que la ciencia de hoy ignora, y política con los intereses que hoy se antojan antipolíticos. Eso mismo han hecho cuantos alguna vez hicieron verdaderamente arte y ciencia política».

«¡Ah, si oyesen sólo los que deben oírlo este consejo! ¡Si no escogiesen nunca los que lo oyen, como objeto de ese arte con apariencia antiartística, lo que es torpe, lo que hasta los antepasados desdeñaron!

«Ha comprendido el esfuerzo y le abruma el esfuerzo de los demás y el suyo; por eso, a veces, a la par que un gesto alegre y campechano, surge en él un gesto triste y cabizbajo. Ha compadecido a esos hombres que siempre llevan a cuestas sus máquinas de escribir, como si siempre las llevasen a componer.

«¡Cuántas grandes obras ha dejado de hacer él, y cuánto más trabajo ha puesto en dejarlas de hacer que hubiera puesto en hacerlas!

«Frente a la vida sumurjeante, él se siente a veces ermitaño, y entonces se recluye en El Escorial –cuyo monasterio ha edificado de nuevo él mismo–, o se recluye en las ermitas de Córdoba, tomando ese tipo de fraile ermitaño, que es mucho menos clerical que el cura o que el jesuita, pues el fraile ermitaño es el hombre que, sin dejar de ser hombre, se cura de serlo.

«Cuando dice una cosa Ortega, lo que dice es una verdad indudable con categoría retumbante, pues se queda resonando como en las regiones verdaderas, como el trueno en la región de las nubes.

«Muchos no saben lo que puede, lo eficaz que es su pensamiento, su palabra, la misma oración de su vocación si nos recuerda en el preciso momento de orar. Es el hermeneuta, el ontólogo.

«Algunos se acercan a él con vil interés que reconoce y desprecia porque además los ve torpes y confusos.

«El cráneo de Ortega y Gasset, socrático, socarrón –un poco o un mucho con «tipo «popular»–, es lo que le da fuerza de realidad; además de la sabiduría que hay en que sea de un sabio, tiene rotundidad personal.

«Yo diría que Ortega es la reaparición sobre la faz de la tierra de Sócrates, [97 sencillo, queriendo adiestrar a las gentes de la calle en una ética formidable y esperándolo todo de la conversación. Como Sócrates preguntaba cualquier cosa por unir la hebra con el desconocido, Ortega parece que pregunta a veces qué hora es para dialogar con el desconocido y ofrecerle toda la teoría del tiempo.

«Este tipo notarial y recuadrado de Ortega era el tipo de Sócrates. Los dotó de ese tipo la Naturaleza a prevención para que su apariencia tuviese aire de realidad dura y recia. Como él siente Ortega el deber de preparar, dirigir, estimular con una frase a los que han de tomar parte en la vida pública o a los que se lanzan al artículo de combate todos los días. Ortega podría contestar como Sócrates cuando en cierta ocasión le preguntaron cómo trataba de formar estadistas, siendo así que él, competente como era, no tomaba parte en los asuntos públicos: -¿Trabajaría yo más por la política si me concretase a ejercer de político en vez de procurar que el mayor número de gente posible se pongan en condiciones de ser políticos?»

«Está tan distante de la vida y tan disconforme como tiene que estar. Pide y pedirá siempre la cosa ingenua; pero la cosa que tiene que suceder, la cosa que es ideal a los hechos, no de las ilusiones que acaezcan, el que los hombres grandes y justos sean los que gobiernen y el que se acepte toda iniciativa en la vida. No podrá aceptar en ningún momento «la incorregible ceguera del Estado histórico.»

«Aquel que quiera combatir realmente en defensa de la justicia debe, si ha de permanecer fuera de peligro, aunque sólo sea por breve tiempo, vivir como una persona privada, no como un hombre público.

«Algún día haré yo una antología de sus frases, de las que se disimulan entre la total y necesaria extensión del concepto, brillando como alarido de cristal entre la tierra arada. Sólo una frase suya basta, y como ejemplo recogeré la que le dijo a Corpus Barga, en una excursión que hacían en su automóvil, al ver unos corderos blancos señalados en la cruz con bermellón: «Eso es la Biblia, corderos y crímenes»

«Es como esos sabios que se retratan al lado de un enorme esqueleto reconstruido por ellos. José Ortega y Gasset es el grande hombre español que con más derecho se ha podido retratar junto a un enorme mapa de España, en relieve, muy señaladas las cordilleras y muy arterioesclerosados los ríos.

«Aunque ha escrito un libro titulado «La España invertebrada» es el que ha puesto en fila y ha armado las pocas vértebras que pudo encontrar de la España que vivió con determinantes colosales y en la que quedan las enormes tabas dispersas.

«José Ortega y Gasset, con su inteligencia de luz concentrada y potente es además un orador en el que cada vez es más seguro el gesto definidor y más fuertes las mandíbulas con que atenaza las palabras y muerde el cartucho de las frases. [98]

«La elocuencia reposada de Ortega, su supremo modo de encararse con los problemas y de suscitar grandes olas de arrepentimiento en la conciencia española es esa profunda elocuencia en la que cada período, desde que comienza, se riza hacia su fin con un admirable sentido de los senos de la forma, y entre párrafo y párrafo con un gran sentido eurítmico, ese joven maestro tan carpetovetónico, sobre cuya cumbre ya un poco canosa y depilada, repito, cruza en signo largo y rotundo, como una nube negra, la nube fértil del pesimismo español, que en los más grandes hombres españoles estuvo siempre preñada de agua, y es la que más fecundiza después el optimismo de las nuevas cosechas, que crecen y prosperan precisamente después del azote de su elocuente lluvia, deshará todas las conjuras de los que no quieren comprender esa actitud de poder personal y aislado, del más orgulloso, difícil y sibarita de los poderes».

Citadas las gentes al homenaje a Don José Ortega y Gasset, fue espléndida la concurrencia. Los que no fueron nunca a ningún banquete –Juan Ramón Jiménez a la cabeza de ellos– asistieron a éste.

Yo me levanté a los postres a ofrecérselo a Ortega lanzando este discurso:

«Cofrades –comencé diciendo–, esta noche nos hemos reunido con más solemnidad que en otras ocasiones para festejar a un hombre que, equidistante de todos, a la vez que próximo con verdadera fraternidad, porque tiene una personalidad señera y meditativa, puede ser nuestro presidente, más que nuestro presidente, nuestro rector.

«Es de tal capacidad para la frase compendiosa y saturada, que si este hombre sólo nos hubiese dejado una carta la reconoceríamos en el mundo y la sacaríamos a leer a la luz del sol y de la luna.

«Siendo un hombre versado y que ha resuelto tantos problemas de estética, no amenaza con la perfección, que es como el infierno con que amenazan los estetas. Ortega, pudiéndose haber hecho sacerdote, pudiendo transigir y prevalerse de la eterna mentira de los secretos del templo, ha descubierto las trampas y las mentiras sibilescas.

«En el solo hecho de haber aceptado este banquete hay una verdadera condescendencia de hombre que no se ha apartado de la vida y de sus tabernas al ascender de categoría.

«La policía de la preparación de este banquete ha tenido más restricciones que nunca, como si temiésemos el atentado soez que pudiera haber perpetrado «cualquiera». Ha sido vigilado el acceso a este banquete, como lo son las escaleras y las entradas del teatro al que asiste Su Majestad. He tenido hasta la precaución de no anunciarlo.

«Su intimidad y su reserva son por eso completas, y en los anales de Pombo –que también tiene anales– figurará este homenaje con una orla especial.

«José Ortega y Gasset representa el comedimiento espiritual más digno, la independencia bravía y solemne, la sinceridad sin apresuramientos, la cosecha lozana. [99] Quizá él pudiese dar dos cosechas en la extensión de tiempo en que produce una; pero no quiere ser avaro de trigo encanijado, liviano con calidad de centeno. El espera la cosecha próxima, de la que siente orgullo la mano al mostrar sólo un puñado de granos como panecillos bizcochados con la partitura de su bendición en medio.

«Es obra de museo esta que produce Ortega. Son sus libros, libros que leer en el reposo y en la solemnidad del posible museo de los buenos libros, donde poder saborearlos en las grandes ediciones para los facistoles.

«Ortega es además, el pedagogo increíble, porque es el pedagogo de los artistas rebeldes, personales, muchas veces formados después de su aparición en la cátedra pública. Es el pedagogo en cuya obra, debemos confesarlo, se busca la corroboración, la seguridad en las seguridades adquiridas, la última persuasión de lo que salvajemente habíamos intuido.

«Festejémosle en este alto del camino, en este ventorro de Pombo, y esperemos el día en que nos llevará a todos por España, como si lograse al fin reconquistarla y amillararla.

Discurriendo un poco atrevidamente por mi cuenta, he de agregar, que: Ortega, filósofo «bien nacido», comenzó por adueñarse de la herencia a que, como europeo, tenía derecho; hizo suyo íntegramente el saber filosófico de Europa, comenzando por el alemán, que era el más sólido y el menos conocido en España. Gracias a ello, después de asimilarlo bien, pudo Ortega superarlo y darle a Europa una de las filosofías más originales y fecundas con que cuenta, de hoy para siempre, en su gigantesco haber. He aquí las palabras del propio Ortega; son de las «Meditaciones del Quijote»; fueron escritas en 1914, hace cuarenta y dos años, cuando el filósofo contaba sólo treinta y uno.

«Mi pensamiento –¡y no sólo mi pensamiento!– tiende a recoger en una fuerte integración toda la herencia familiar. Mi alma es oriunda de padres conocidos: yo no soy sólo mediterráneo. No estoy dispuesto a confinarme en el rincón ibero de mí mismo. Necesito toda la herencia para que mi corazón no se sienta miserable; toda la herencia y no sólo el haz de áureos reflejos que vierte el sol sobre la larga turquesa marina. Vuelcan mis pupilas dentro de mi alma las visiones luminosas; pero del fondo de ellas se levantan a la vez enérgicas meditaciones. ¿Quién ha puesto en mi pecho estas reminiscencias sonoras, donde –como en un caracol los alientos oceánicos– perviven las voces íntimas que da el viento en los senos de las selvas germánicas? ¿Por qué el español se obstina en vivir anacrónicamente consigo mismo? ¿Por qué se olvida de su herencia germánica? Sin ella –no haya duda– padecería un destino equívoco. Detrás de las facciones mediterráneas parece esconderse el gesto asiático o africano, y en éste –en los ojos, en los labios asiáticos o africanos– yace como sólo adormecida la bestia infrahumana, presta a invadir la entera fisonomía.

Y hay en mí una sustancial, cósmica aspiración a levantarme de la fiera como de un lecho sangriento. [100]

No me obliguéis a ser sólo español, si español sólo significa para vosotros hombre de la costa reverberante. No metáis en mis entrañas guerras civiles, no azucéis al ibero que va en mí con sus ásperas, hirsutas pasiones contra el blondo germano, meditativo y sentimental, que alienta en la zona crepuscular de mi alma. Yo aspiro a poner paz entre mis hombres interiores y los empujo hacia una colaboración».

Y en estas mismas páginas en que Ortega se declara hijo y heredero de Europa entera, en estas mismas páginas aparece ya la certera y famosísima expresión en que se cifra y compendia la filosofía que a Europa regaló y que sobre Europa se levanta hoy como una luz de esperanza: «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo».

Dice Rafael Pérez Delgado, en el número de «Indice» de noviembre, dedicado a Ortega: «Yo quisiera decir a las nuevas generaciones que no han tenido la fortuna de escucharlo, cómo era Ortega y Gasset en la cátedra. Sé de antemano que he de fracasar en mi intento, porque para decirlo es necesario poseer recursos expresivos equivalentes a los que poseía el propio Ortega y Gasset. Pero salvaré el escollo con una afirmación contundente: la oratoria docente no ha superado la perfección de las lecciones de Ortega y Gasset. Quienes lean sus libros, escritos en ese su castellano elegantemente barroco, dominado hasta el límite y sumiso a las exigencias de los conceptos, acaso crean que tienen una idea exacta de Don José Ortega y Gasset orador docente. Sin embargo, se equivocan. La palabra hablada del gran escritor superaba a la escrita. Faltan en esas magníficas palabras escritas, la voz, el gesto, el movimiento, la temperatura que Ortega vivo ponía en sus oraciones como complemento. Sin un tropiezo, sin un titubeo, sin una rectificación, sin un defecto ni siquiera de pronunciación, Don José Ortega y Gasset hablaba fluidamente durante una hora, durante hora y media, durante dos horas. El tiempo pasaba insensiblemente para el auditorio hechizado por la magia verbal del maestro que iba descubriendo ante los aprendices el panorama entero del mundo de la historia, del mundo humano de la cultura. La expresión unas veces era lenta, reposada; otras, cálida y vibrante. Algunas veces, no muchas, Ortega se calaba las gafas y miraba un instante a las octavillas que tenía ante sí como guión de la clase. Inmediatamente se las quitaba y volvía a su discurso.

Termina subrayando que las palabras más rotundas en la voz de Ortega eran verdad y vida.

El anciano novelista vasco Pío Baroja, no acostumbra a marcharse por los caminos del elogio, en realidad no habla bien de casi nadie. De él son estas palabras escritas a raíz de la muerte de Ortega:

«Soy demasiado viejo para señalar con exactitud los grandes hallazgos de Ortega en la Literatura y en la Filosofía. Sé que en las dos ha dejado un rastro magnífico. Pero para mí, el hombre valía tanto como la obra, o más. Recuerdo a Ortega muy joven, casi adolescente. Hablaba ya con una dignidad y una originalidad extraordinarias. No recuerdo a otro que se le pueda comparar. [101] Ortega, nervioso, de estatura mediana, de mirar profundo, tenía el aspecto de los grandes hombres de verdad, no de esos personajes teatrales que a veces se confunden con ellos.»

No olvidemos tampoco, agrego yo, el humor de Ortega, sus frases definitivas, que parecían salir de la boquilla, prolongación necesaria de su cuidada mano, tales como esta: El siglo XIX es pelambre y guardarropía.

Copio del número 20 de Mundo Hispánico, Nov. de 1949:

«De Madrid a Aspen (Estado de Colorado); de los Estados Unidos a Hamburgo, a Stutgart y, sobrevolando la zona soviética, a Berlín. Desde Berlín, de nuevo a España. Esta ha sido la ruta intercontinental de don José Ortega y Gasset en su viaje estival de conferencias. Muchos miles de kilómetros por tierra, mar y aire para hablar a América y Europa de grandes temas. Cuando se ha tratado en el mundo de celebrar a Goethe, en el segundo centenario de su nacimiento, él ha sido llamado desde Norteamérica y desde la propia patria del poeta. Dos conferencias en Aspen (EE.UU.), dos en Hamburgo y en Weimar, dos en Berlín, la segunda en la Universidad libre, fundada por los estudiantes huidos de la zona soviética; esta última una meditación sobre Europa, su pasado y su futuro, en su punto más dolorido, a unos metros del sector ruso.

Cuando en Aspen terminó su segunda conferencia –traducida simultáneamente por Thornton Wilder, autor de «Nuestra Ciudad»– un profesor alemán dijo a sus compatriotas: «Eso es el Mediterráneo y eso es un pueblo que ha mandado en el mundo». A Aspen habían llegado de Tejas, recorriendo casi dos mil kilómetros, descendientes de españoles (que aún conservan su lengua y proyectan fundar en su Estado una Universidad que defienda la cultura hispánica) tan sólo para ver y oír a una gran figura de España. A Aspen acudieron también el presidente de la Universidad de Puerto Rico, don Jaime Benítez, discípulo antiguo del señor Ortega, y otras personalidades principales de la Isla. En Nueva York fue huésped agasajadísimo del gobernador de Puerto Rico, adonde se propone ir en febrero próximo.

En Berlín, una multitud de personas no invitadas rompió el cordón de policías y estudiantes, atacó las cerradas puertas y penetró turbulentamente en la sala; hubo contusos, ropas desgarradas, bolsillos de señora perdidos... «Todos querían ver a Ortega», dijo al día siguiente el diario Die Neuezeitung, que titulaba la información del incidente: «La rebelión de las masas».

«A mí no me interesa –ha dicho Ortega a sus amigos– el éxito personal; a mi edad estoy embotado para él; pero me ha halagado la parte que en mi éxito personal hay de éxito étnico».

Las palabras finales de Ortega fueron:

A su esposa doña Rosa Spotorno: «Rosa, oriéntame. No veo claro lo que ocurre». Y al Dr. Teófilo Hernando: «Quiero concentrarme para darme cuenta de mi situación y no puedo». [102]

Estas fueron sus últimas palabras antes de que su razón se hundiera en las sombras. Aparecen en el número de «Indice», retirado de la circulación por orden policíaca de España. Aparecen calzadas por las firmas de Juan Antonio Cabezas, escritor de izquierda a quien costó mucho salvar la vida cuando terminó nuestra guerra civil y entre líneas se puede fácilmente leer lo que no se dice sobre el estado mental del filósofo al recibir la visita del P. Félix García, visita que se hizo a instancias de una dama fundamentalmente católica, doña Rosa Spotorno, esposa de Don José Ortega y Gasset.

Quedaron sin publicar de la obra de Ortega, entre otras, las siguientes obras: El hombre y la gente, un tratado de Sociología, Aurora de la razón histórica, un tratado de Filosofía, La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva, que es un tratado de vasto aliento del que ya están impresas cerca de 200 páginas. A ello habrá que añadir numerosos estudios y ensayos de diversa índole, como, Idea de Europa, El Teatro, El Origen de la Filosofía, Epílogo a..., cuyo tema no ha sido revelado. Tal vez también el tan anunciado «Paquiro o entendimiento del toreo», Conferencias para Directores de Empresa, dictadas en los Estados Unidos. Parte decisiva de esta ingente e inminente obra será la publicación de los Apuntes de sus 25 años de cátedra de Metafísica en la Universidad de Madrid. Mucho queda pues por añadir a las cinco mil gloriosas páginas de Ortega que ya conocemos, tantas como escribieran Cervantes y Shakespeare juntos.

Nueve días después de morir Ortega apareció este letrero en las paredes de la Universidad de Madrid:

«Don José Ortega y Gasset, filósofo liberal español. Estudiante: acude al patio de la Universidad Central para asistir al homenaje póstumo que la juventud universitaria de Madrid le ofrecerá en la mañana del día 28 de octubre de 1955.»

Al día siguiente se congregó en el patio de la Universidad una multitud de estudiantes pertenecientes a las diversas Facultades. Hicieron uso de la palabra varios de ellos y se leyeron fragmentos de las obras de Ortega. Luego ordenada y silenciosamente, siguiendo a cuatro chicas estudiantes que llevaban una corona de laurel, más de tres millares de ellos atravesaron Madrid por las calles céntricas dirigiéndose al cementerio de San Isidro, donde días antes había recibido sepultura el cuerpo del Maestro. Y allí, después de colocar la corona sobre su tumba, bajo los altos cipreses dorados por el sol de otoño, en medio de un silencio total, uno de los estudiantes leyó unas cuartillas que decían así:

«Este homenaje póstumo a Ortega y Gasset, catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras, es el homenaje de los que pudimos haber sido discípulos suyos, de los que no lo somos y estamos sufriendo el vacío que él dejó al abandonar, por causas conocidas, su cátedra de Metafísica. Es el homenaje de la juventud universitaria, de los universitarios sin Universidad que somos, de los que hemos tenido que aprender muchas cosas fuera de las aulas, en libros que no son los de texto, en idiomas que no son el español. [103]

Somos discípulos sin maestro. Entre Ortega y nosotros hay un espacio vacío y mal ocupado. Notamos cada día que falta algo, que nos falta alguien. Nadie nos dice qué es estudiar, cómo debemos estudiar, para qué estudiamos. Nadie nos dice para qué vale la Universidad. Y estamos seguros de que vale para muy poco, y de que es necesario cambiarla mucho. Pero nadie nos dice cómo, nadie defiende que nosotros somos la base de la Universidad.

Hace muchos años Ortega contestó a todas estas preguntas, dio satisfacción a estas exigencias nuestras. Su obra de filósofo universal no desdeña la preocupación por nosotros: nos estudia, nos analiza, nos comprende. Sobre todo nos comprende y nos tiene en cuenta. Pero todo esto, las magníficas enseñanzas de Ortega, sus libros, no nos han llegado a través de las cátedras. Algunos –desgraciadamente no demasiados– hemos buscado los libros de nuestro primer filósofo y los hemos leído. Otros –desgraciadamente muchos– no sabemos casi nada de Ortega y Gasset. Y él hubiera sido el maestro que necesitábamos.

José Ortega y Gasset ha muerto hace unos días. La Universidad ha guardado su luto oficial. Nosotros los universitarios debemos mostrar aquí el nuestro. Y algo más.

Porque no todo está perdido. Aún podemos, de algún modo, ser discípulos suyos. Aún podemos ser una juventud con maestro. José Ortega y Gasset ha muerto, pero quedan sus libros.

Nuestro mejor homenaje debe ser el silencio. Un silencio de discípulos que se preparan a oír la voz del maestro. Nos va a dar la clase. Es la última, pero nosotros podemos hacer que sea también la primera.

Silencio. José Ortega y Gasset, hombre de España, filósofo universal, amigo de la juventud universitaria, ha muerto.

Silencio. Quedan sus libros, y aún podemos ser discípulos de él a través de ellos.»

Para cerrar, estas palabras que escribió Julián Marías el mismo día de la muerte del maestro:

«Desde hoy el mundo tiene menos luz, y España ha perdido su torre más alta; creo que también la más honda y nutricia de sus raíces. El 18 de octubre de 1955 ha muerto Ortega; de la orfandad que esto va a ser para todos nosotros, tardaremos en darnos cuenta; pero por mucho más tiempo seguirá dándonos Ortega la riqueza incomparable de su realidad, y ganando –no para él: para España y para la verdad– batallas después de muerto.»

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José Ortega y Gasset
Revista Cubana de Filosofía
1950-1959
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