Revista Cubana de Filosofía
La Habana, enero-junio de 1956
Vol. IV, número 13
páginas 86-89

Francisco Izquierdo Quintana

El Estado como piel

Si se tratara de señalar la característica más acusada de la época presente, diríamos que es la radical oposición entre la razón y la vida.

Claro que no hablamos de la razón como parte indispensable de la existencia humana, sino de aquélla como desconocimiento o abstracción de ésta.

Dicho esto así puede ser que no logre producir en los que no se hayan dedicado a observar cuidadosamente el fenómeno, más que un despreciativo encogimiento de hombros, como quien dice «tonterías de filósofos», «Ridículas ganas de perder el tiempo». Y tendrían razón si no fuera que en ese al parecer intrascendente antagonismo palpita todo el drama de la sociedad moderna, todo el trágico dilema del hombre de nuestro tiempo. Y es que nuestra vida está tan irremisiblemente saturada de filosofía como la atmósfera de humedad. Basta volver la vista a cualquier aspecto de la existencia y de las proyecciones humanas para advertirlo. La moral, las instituciones, la política, el orden social, el Estado no son en resumen. quiérase o no, más que eso: filosofía. Porque ocurre que no podemos vivir sin filosofía por la simple razón de que no podemos vivir sin verdad, o, por lo menos, sin una idea de ella.

Una idea de esa verdad que el hombre irremisiblemente necesita para orientar sus actos, es la que ha venido rigiendo el Estado contemporáneo: la aportada por el racionalismo idealista. Y hay ya más que barruntos de que esta verdad no se ajusta completamente a las realidades que quiso normar, que, por el contrario, la desbordan como si el contenido fuese mayor que el continente.

Se instauró, por ejemplo, la Democracia. ¿Había algo más que hacer? Para el racionalismo, nada; porque ¿podía haber algo más perfecto y completo que la maravillosa conquista lograda? Sólo que apenas decursada una centuria comienza la estructura del Estado a perder su helénico perfil. De 1918 a la fecha la humanidad ha vivido, casi permanentemente, la angustiosa zozobra de la proliferación de los «ismos», con su cohorte de dictaduras y alteraciones democráticas.

Para el sociólogo el diagnóstico no es difícil: Una forma hecha para un vaciado de perfecciones ha tenido que soportar la presión incontenible y deformante del chorro vital imperfecto. [87] Un desequilibrio entre la potencia y la resistencia que diría el físico.

El fenómeno, por otra parte, no se contrae solamente al Estado. Lo mismo ha ocurrido con la libertad. El formato que de ella nos ha dado el liberalismo tradicional, producto también de la «pura razón», no ha podido satisfacer en el tiempo las exigencias vitales humanas. La consecuencia han sido los «ismos» de que ya hemos hecho mención y el caos histórico en que hoy se debate la humanidad.

Pero esto que ocurría con el Estado y la libertad, no podía dejar de suceder también en la propia filosofía, seguidora incansable de la verdad. Y vemos así cómo el pensamiento, con prometedor desperezo, se pasa, con armas y bagaje, a los predios de la vida, buscando en su dinamismo la verdad no hallada en las gélidas planicies del racionalismo abstraccionista.

Vienen a cuento estas reflexiones por la lectura de un artículo admirable, como todo lo suyo, de Don José Ortega y Gasset, el Maestro inolvidable recientemente fallecido, al que la Sociedad Cubana de Filosofía rinde en este número, a él dedicado, devoto y ferviente homenaje de admiración y recuerdo. «El Estado como piel» se titula el artículo. Y en él nos da el gran pensador levantino una versión de las muchas, aunque coincidentes, que el Estado le suscitara. Cuando «el Estado se va amoldando al cuerpo social como la piel se forma sobre el nuestro» –nos dice– se está en presencia de la «vida como libertad» y, también del «Estado como piel». No siempre resulta así –agrega– porque a veces sentimos el Estado como un «aparato ortopédico». Ocurre esto en las épocas de «vida como adaptación».

Como ejemplo del primero nos presenta el período de la historia política de Roma desde los reyes hasta Julio César, mostrando cómo el Estado romano de este tiempo va resolviendo, paso a paso, los múltiples problemas que las exigencias del cuerpo social le van presentando, maravillándose de la «fértil inventiva política de los romanos» para la creación de la institución en cada momento necesaria. Una de estas, ante la que se detiene para ofrecernos el rico zumo de su sagaz indagación, es la del tribunado, concesión que la República hace a la «plebe sana de una sociedad saludable», como forma de lograr sus internos equilibrios.

A esta época que llama de «instituciones inspiradas» en el sustrato de las creencias y sentimientos comunes que «constituyen el alma de una nación», contrapone la otra, la del principado o Imperio, para él típico exponente de la «vida como adaptación», o sea lo contrario de «vida como libertad». Y es significativo que el tránsito de una a otra se inicie con el triunfo de Roma sobre el mundo de entonces, y la presencia junto a Tiberio Graco, «el primer revolucionario de Roma, del gréculo Blossius», «filósofo racionalista de vía estrecha, araña intelectual tejedora de triviales utopías». Y ya tenemos aquí el caballo de Troya, o más castellanamente, la madre del cordero.

Antes de pasar adelante digamos que «El Estado como piel» que tan magistralmente nos describe Gasset, [88] corresponde justamente al verdadero concepto de democracia, o sea a lo que él califica de «vida como libertad», pues ¿qué otra cosa que ella significa esa «comunidad de creencias y sentimientos?» Democracia no es necesariamente igualdad, a menos que se le confunda con liberalismo. Basta que la desigualdad sea por todos aceptada para que ya pueda caber la democracia. Por eso Roma pudo tener su República y llamarla democrática, y por eso también el éxito de la institución del tribunado, pese a que, al decir de Ortega, «a la luz de la «pura razón», y con sus poderes deliberantes y ejecutivos, además de la facultad del veto, capaz de entorpecer la maquinaria gubernativa, parecía irracional e ininteligible». Entendido este cuadro, su opuesto, «la vida como adaptación» no ofrece dificultad para su comprensión. En esta, la democracia, la verdadera, se ha volatilizado. No queda más que el «Estado con sus razones formalistas y abstractas», el Estado «como aparato ortopédico». Nadie como Gasset para el símil exacto y la metáfora precisa.

Pasan los siglos y he aquí que la «razón pura» no hallando, como es cierto, nada más completo y perfecto que la democracia, se hace demócrata, o sea lo único que, sin que haya en ello la menor intención peyorativa, no puede ser ni la filosofía ni la razón. Y es obvio. La democracia es racionalmente amorfa. En ella caben todas las doctrinas, y su única exigencia es de que coincidan o se toleran. Por eso la democracia no puede ser un principio sino una consecuencia: la de la perfección, o la de la comunidad de sentimientos, aunque sólo sea en los de respeto. No puede imponerse porque desde el mismo instante en que se impone ya deja de ser democracia, o sea manifestación libre de la voluntad de todos. Y aquí es donde vuelve a fallar la razón pura porque, de espalda a lo vital, no percibe que sin voluntad previa de coincidencia no hay, no puede haber, democracia.

Y, sin embargo, toda la estructura y mecanismo del Estado moderno están edificados sobre la base de la invariabilidad democrática. Y es que el racionalismo idealista, al enfrentarse con la realidad que es el Estado, no la contempla sino desde la cima posible de ésta, vale decir de su forma más perfecta, lo que equivale a su deshumanización atendiendo, desde luego, al actual grado de evolución del hombre. De aquí su inconciliabilidad con la realidad humana, patente en la crisis incomprensible de aquél. De este modo la organicidad y juridicidad del Estado no concuerdan ni se ajustan a las realidades vitales humanas, marchando aquéllas de un lado y éstas de otro. Los resultados están a la vista. Y no es extraño que, a cada paso, el Estado se quede hasta sin jurisprudencia, ya que la suya, no aceptando como legítima sino aquella invariabilidad, acaba declarando –que esta es la última y fatal consecuencia– la ilegitimidad, por variable, de la vida misma. Y no sé si sería demasiado aventurar que esa ilegitimidad alcanza hasta la propia libertad. ¿Queremos mayor contrasentido y prueba más patente de lo que hemos llamado oposición entre la razón y la vida?

Ya señalamos cómo el fenómeno se repite en el orden de la libertad. [89] Por eso no deja de tener razón Gasset en esta anatematizadora frase: «Desde este altillo se percibe claramente la frivolidad e insustancialidad del liberalismo». Es claro que se está refiriendo al liberalismo tradicional, urgido ya de una total revisión. Y no somos nosotros solamente los que lo decimos. De un filósofo cubano de aguda visión, el Dr. Dionisio de Lara Mínguez, son estas reveladoras palabras: «Se hace evidente la necesidad de repensar el ideario liberal con miras a la solución de los problemas sociales, políticos, económicos y hasta religiosos». ¿No cabe pensar lo mismo en cuanto al Estado concierne? Nos complace haber intentado ya ambos esfuerzos en nuestro ensayo «La libertad y su ley» de reciente publicación.

¿Significa cuanto hemos expuesto el abandono de la razón como regidora de los actos humanos? En modo alguno. La razón ha de seguir dirigiendo la vida; pero desde ella, no fuera de ella. Y ya en este punto cobra vigencia la genial concepción de la razón vital, del gran filósofo al que hoy rendimos homenaje, cuyo pensamiento esparce ya su luz por los horizontes de la historia con resplandores de eternidad.

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José Ortega y Gasset
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