Obras de Aristóteles Moral a Nicómaco 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 Patricio de Azcárate

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Moral a Nicómaco · libro tercero, capítulo primero

La virtud sólo puede aplicarse a actos voluntarios

Refiriéndose la virtud a las pasiones y a los actos del hombre, y no pudiendo recaer la alabanza o la censura sino sobre cosas voluntarias, puesto que en las cosas involuntarias lo que procede es el perdón, y a veces la compasión; es un estudio imprescindible cuando se quiere dar razón de la virtud, determinar lo que debe entenderse por acto voluntario e involuntario. Y este conocimiento es indispensable igualmente a los legisladores para ilustrarles sobre las recompensas y los castigos que decreten.

Deben mirarse como involuntarias todas las cosas que se hacen por fuerza mayor o por ignorancia.

Se hace una cosa por fuerza mayor, cuando la causa es exterior y de tal naturaleza, que el ser que obra y que sufre no contribuye en nada a esta causa: por ejemplo, cuando nos vemos arrastrados por un viento irresistible o por alguien que se ha hecho dueño de nuestra persona. Hay cosas también de que nos dejamos llevar, sea por el temor de males mayores, sea bajo el influjo de un motivo noble: por ejemplo, un tirano, dueño de vuestros padres y de vuestros hijos, os impone una cosa vergonzosa; podéis salvar esas personas que os son queridas, si os sometéis; y perderlas, si rehusáis someteros; y en un caso [56] semejante se puede preguntar, si el acto es voluntario o involuntario. Algo análogo sucede al marino, que en una tempestad arroja al mar las mercancías. En los casos ordinarios, nadie que tenga buen sentido arroja al agua los bienes que posee; pero no hay hombre sensato que no esté dispuesto a hacerlo, si es una condición precisa para salvarse él o salvar a los demás. Las acciones de este género son, puede decirse, acciones mixtas; sin embargo, se aproximan más a las libres y voluntarias. Son el resultado de una preferencia en el momento mismo en que se hacen; y el objeto definitivo del acto está en relación con las circunstancias. Cuando se dice de una acción que es voluntaria o involuntaria, se entiende siempre que se tiene en cuenta el instante en que se obra. En los actos, que acabamos de citar, se obra aún libremente; porque el principio que para estos actos pone en movimiento los miembros de nuestro cuerpo que los ejecutan, está en nosotros; y siempre que el principio está en nosotros, sólo de nosotros depende hacer o no hacer las cosas. Por consiguiente, estos son actos voluntarios. Pero absolutamente hablando, se puede decir también que son involuntarios; porque nadie ejecutaría de buen grado ninguna de estas cosas por lo que son en sí mismas.

Sucede también a veces, que acciones de este género son objeto de justos elogios, cuando se tiene valor para soportar la infamia y el dolor en vista de un grande y bello resultado. Pero si no median respetables motivos, nos exponemos a una merecida censura; porque no hay hombre tan despreciable, que arrostre el oprobio sin haber mediado un fin noble, o que le arrostre con la mira de una ventaja insignificante. En ciertos casos, si no se llega hasta alabar, por lo menos se perdona a un hombre que hace lo que no debe, en circunstancias superiores a las fuerzas ordinarias de la naturaleza humana, y que nadie podría resistir.

Quizá hay ciertas cosas a las que jamás debe el hombre sucumbir{48}, y casos en que es mejor morir sufriendo los más horribles tormentos{49}. Así, por ejemplo, en la pieza de [57] Eurípides{50}, los motivos que movieron a Alcmeon al asesinato de una madre, son ridículos. Algunas veces es difícil discernir cuál de los dos caminos conviene escoger, y cuál de los dos males se debe soportar prefiriéndolo al otro. Es más difícil aún mantenerse firmemente en el que se ha debido preferir, porque las más veces las cosas que se proveen son penosas y tristes; y las que la coacción nos impone son vergonzosas. De aquí nace que se alabe o se censura según que resiste o cede el hombre a la necesidad.

¿Cuáles son, por tanto, los actos que deben declararse involuntarios y forzosos? ¿Debe decirse de una manera absoluta, que un acto es siempre forzado, cuando la causa está en las cosas de fuera y cuando el agente no contribuye a él en nada? ¿O bien debe decirse que cosas involuntarias en sí, y que en un instante dado se las prefiere a otras, residiendo siempre su principio en el ser que obra, aunque involuntarias en sí, se hacen voluntarias en este caso dado, puesto que se las escoge en lugar de otras? Realmente las acciones de este género se parecen más a actos libres. Nuestras acciones son siempre relativas a casos particulares; y los casos particulares sólo dependen de nuestra voluntad. Pero siempre es muy difícil indicar la elección que debe hacerse en medio de estos innumerables matices, que presentan las circunstancias particulares.

No se puede sostener por otra parte que el placer y el bien nos fuerzan, y que ejercen sobre nosotros un imperio irresistible en calidad de causas exteriores; porque de ser así, todo en nosotros sería obligado y forzado, puesto que en tanto que existimos, todo cuanto hacemos es debido a estos dos móviles, y lo hacemos ya con dolor, si es por fuerza y contra voluntad, ya con gran gusto, cuando en ello encontramos placer. Y sería ciertamente cosa graciosa atribuirlo a causas exteriores, en lugar de imputarlo a sí mismo, cuando uno se deja arrastrar fácilmente por estas seducciones, atribuyéndose a sí todo el bien y echando la culpa al placer de las faltas que se cometen. Forzado e involuntario sólo es aquello que procede de una causa exterior, sin que el ser que es cohibido y obligado entre en ello absolutamente para nada.

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{48} El ejemplo de Sócrates no estaba muy lejos. Sócrates hubiera podido evitar la condenación, haciendo a sus jueces algunas concesiones poco honrosas.

{49} Véase el Gorgias de Platón. Esto es lo que Régulo puso en práctica.

{50} Esta pieza de Eurípides no ha llegado hasta nosotros.

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  Patricio de Azcárate · Obras de Aristóteles
Madrid 1873, tomo 1, páginas 55-57