La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Teatro crítico universal / Tomo octavo
Discurso sexto

Demoníacos


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§. I

1. El que lograse hacer patentes al mundo, no digo todos, la mitad de los artificios, con que el hombre engaña al hombre, merecía (dejando aparte lo que toca al orden sobrenatural) con más justicia, que cuantos hubo de Adán acá, el glorioso título de bienhechor del Linaje humano. Si el que descubrió una hierba saludable para alguna dolencia; si el que inventó, o adelantó algún Arte útil, son mirados como unos benéficos Astros, dignos, si no de la adoración, del respeto de todo el Orbe; ¿con cuánto más derecho se constituiría acreedor a la universal aclamación quien revelase al mundo, ya que no todos, una gran parte de los dolos, que turban, y hacen infeliz la humana sociedad? Con todo, si yo hallase alguno capaz de hacer al mundo tanto bien, y le viese dispuesto a admitir mi consejo, le disuadiría de la empresa, si en ella miraba a su interés, o gloria, y no únicamente al provecho común. Diríale, que no recibiría otra recompensa a tanto beneficio, que injurias, o persecuciones, y por tanto se abstuviese de llevar a ejecución su glorioso proyecto, salvo si quería constituirse víctima sacrificada a la pública utilidad.

2. La experiencia, y el discurso me han mostrado, que el que desengaña, no sólo se malquista con el Engañador, mas también con el Engañado. ¡Rara depravación! Pero comunísima. El Engañador siente que se le descubra la maraña, por el riesgo de malograr el intento; [75] al Engañado duele, que se vea que cayó en error, y que no pudo conocerle sin el socorro de ajena luz. Aquél se irrita de ver revelada su trampa; éste de ver conocida su rudeza. Lo que de aquí resulta es, que interesándose los dos, aquél en no incurrir en la nota de tramposo, y éste en no perder la opinión de entendido, ambos conspiran contra el Desengañador, procurando persuadir, que él es el Engañado.

3. Natural es, que muchos, al leer lo que voy escribiendo, contemplen en la propuesta de estas generales máximas una reprehensión indirecta de los que hasta ahora, ya por ignorancia, ya por malicia, han mordido mis Escritos. Pero en mi intención sólo es una precautoria disposición del Lector para la materia de este Discurso. El desengaño, que en él voy a proponer, es importantísimo; y al mismo tiempo es un desengaño, que ha de doler a muchos: a unos por ser autores del engaño, a otros por haberle padecido; y estos segundos, así por su número, como por su carácter, son mucho más de temer que los primeros.


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§. II

4. Todos los hombres de razón convendrán conmigo en que hay muchos Energúmenos fingidos; y yo convengo con ellos, en que ciertamente hubo, y hay algunos verdaderos. El que los hubo en tiempo de Cristo, y de los Apóstoles, consta con certeza infalible del Evangeliio; y el que los hubo después acá, se infiere legítimamente de los Exorcismos, que la Iglesia tiene aprobados, para el intento de curarlos; siendo totalmente increíble, que recetase un remedio, el cual, por falta de la dolencia, nunca había de tener uso. La experiencia, aunque no frecuente, también lo confirma. De una Energúmena, que fue mucho tiempo exorcizada en nuestro Convento, y Santuario de Valvanera, tengo, aunque no la vi, pruebas tan concluyentes, por la multitud de testigos, dignos de toda fe, que no me han [76] dejado la menor duda de que la posesión era verdadera. Es prueba también, que constituye certeza moral de lo mismo, la que se toma de Historias bien autorizadas de algunos Santos, que curaron a varios Energúmenos. Así en esta materia, sólo sobre el tanto más cuanto puede haber cuestión; y en orden al tanto más cuanto se pueden reducir a tres todos los modos de opinar.

5. El vulgo (en cuya clase comprehendo una gran multitud de Sacerdotes indiscretos) casi generalmente acepta por verdaderos Energúmenos cuantos hacen la representación de tales. Los hombres de más advertencia reconocen, que son muchos los fingidos; pero quedando en la persuasión de que no son muy pocos los verdaderos. Pero mi sentir es, que el número de éstos es tan estrecho, tan limitado, que apenas, por lo común, entre quinientos, que hacen papel de Energúmenos, se hallarán veinte, o treinta, que verdaderamente lo sean.

6. Dije, y repito, que el desengaño sobre este asunto es de gravísima importancia. A muchos, o a los más, y aun a casi todos, no se propondrá otro inconveniente en el error de admitir por verdaderos Energúmenos a todos los que fingen serlo, sino los que hay en la tolerancia de una gente ociosa, y vagabunda, que ocupa inútilmente a algunos Sacerdotes, usurpa limosnas mal empleadas, y turba con vanos terrores a domésticos, y vecinos. Y verdaderamente estos, por sí solos, ministran suficientísimo motivo para velar sobre estos embusteros, apurar, y castigar la impostura. Pero yo a otro perjuicio, superior a todos estos, levanto la mira.

7. Considérese, que un Energúmeno fingido, el cual persuade al Pueblo, que realmente lo es, es un sujeto, que sin riesgo suyo goza una amplísima libertad para cometer cuantos delitos le dicte su antojo. Puede matar, quitar honras, cometer hurtos, incendiar Pueblos, y mieses; en fin, arrojarse a cuantas violencias quisiere, indemne de que por ello le toquen en el pelo de la ropa, porque para todo va cubierto con la imaginación [77] de que el Diablo lo hizo todo, sirviéndose, como de instrumento involuntario, de aquella mísera criatura. ¿Puede haber especie de gente más perniciosa en el Mundo? En verdad, que ni los Príncipes Soberanos pueden arrogarse tanta libertad, sin gran peligro suyo; pues lo más, y aun casi todos los que quisieron tomársela, perdieron por ello, no sólo la Corona, pero la vida.

8. Yo no sé si a la sombra de este error se padecen muchos insultos; pero sí, que prudentísimamente deben temerse; porque ¿qué gente más capaz de cometerlos, que unos embusteros de por vida, que tienen la desvergonzada osadía de fingirse poseídos del Demonio? Sé también, que por lo menos la insolencia de vulnerar las honras, urdiendo testimonios falsos, es bastantemente frecuente en ellos. Esta es la venganza, que ordinariamente toman de quien les hace algún disgusto. Como que habla el Demonio en ellos, revelando algún delito oculto de esta, o aquella persona, asuelan su opinión con una ignominiosa falsedad. Y no es bastante precaución contra el daño, el que todos digan, y sepan, que no se debe creer al Demonio, porque es padre de la mentira. Esto no le quita ni aun la mitad de la fuerza al embuste. La máxima de Maquiavelo, calumniare, semper aliquid haeret, por ser impía en lo que aconseja, no deja de ser verdadera en lo que enuncia. He visto repetidas veces, que todos los cuerdos temen a un embustero maligno, reconocido en todo el Pueblo por tal. Le temen, y huyen cuidadosamente de tener con él el menor encuentro, o darle el más leve disgusto. ¿Por qué sería este temor, si en caso de morderlos aquel malvado con diente inicuo, no había de hallar asenso alguno en el Pueblo? Es, pues, cierto, que la calumnia, aun saliendo de la lengua más infame, siempre deja un tantico de mala impresión en quien la oye: Semper aliquid haeret; y en los necios, y mal inclinados, casi logra toda la aceptación, que se debe a la verdad más pura. El virtuoso, cuando oye al calumniador, se inclina a [78] que miente; pero quedando con algún recelo de que acaso dirá verdad. El de mala inclinación, complace al propio genio, creyendo que en efecto la dice.

9. Esto mismo pasa, cuando un Energúmeno, creído tal, infama a alguno. El Demonio, dicen hacia sí los que le oyen, miente mucho; pero no está imposibilitado a decir algunas, y aun muchas verdades, cuando con ellas puede dañar a los hombres. Nunca hace acto de verdadera virtud; pero revelar un pecado oculto verdadero, es acción inicua, y muy conforme a una malignidad diabólica. Aquí paran los discretos. Los rudos, y aviesos pasan mucho más adelante; y poco les falta para parecerse a los Gentiles en escuchar al Demonio como Oráculo, cuando lo que articula, o juzgan que articula el Espíritu maligno, lisonjea su torcida intención.

10. Y nótese la gran diferencia que hay en orden a la posibilidad de precaver, o remediar el daño entre la calumnia, que se cree viene del Demonio, y la que tiene por autor a otro hombre. A éste se le puede convencer de la impostura; porque si es delito totalmente oculto el que manifiesta, se le pregunta, cómo lo sabe; si no lo es, se le piden testigos. Contra el Demonio no hay argumento que valga; porque se supone, que sabe cuanto esconden los más apartados rincones, y cuanto cubren las más espesas nieblas.

11. No sólo por el motivo de venganza suelen los fingidos Energúmenos dañar la honra de los próximos, como que descubren faltas secretas; mas también por autorizar su proprio embuste. Revelar una cosa oculta, que no se pudo saber por los medios ordinarios, es calificar, que es Demonio quien la alcanza, y quien la dice. Y el Vulgo en esta superficial contemplación para, sin pasar a hacer la reflexión de que aunque aquella cosa oculta, en caso de ser verdadera, sólo el Demonio puede saberla, pero cualquier hombre puede fingirla. [79]


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§. III

12. Cuando no se siguiera, pues, otro inconveniente de la tolerancia de los fingidos Energúmenos, más que el expresado peligro de las honras, sobra este para aplicar el más vigilante cuidado a descubrir, y castigar la impostura. ¿Cuánto más, siendo el riesgo, como hemos ponderado arriba, general para todo género de crímenes?

13. ¿Pero cómo se ha de proceder en esta materia? Breve, y claramente lo digo. No se debe admitir por verdadero Energúmeno, sino a quien diere claras señas de serlo. ¿Y qué llamo señas claras? No otras, que las que el Ritual Romano propone como tales: Hablar idioma ignoto con muchas palabras, o entender al que le habla: manifestar cosas ocultas, y distantes: mostrar fuerzas superiores a las naturales, y otras cosas de este género.

14. Paréceme, que me pongo en la razón. ¿Qué más pueden pedirme? ¿Que crea, que una mujercilla es endemoniada, porque hace cuatro gestos desusados, porque grita en la Iglesia al elevar la Sagrada Hostia? ¿Porque responde a quomodo vocaris? ¿Porque entiende la voz descende? ¿Porque levanta las manos al decirle: Leva munus; y así responde, o corresponde a otras tres, o cuatro preguntas, o cláusulas Latinas, vulgarizadas entre los Exorcistas? ¿Porque articula uno, u otro Latinajo chabacano, y eso apenas sin algún solecismo? Eso, a lo que yo entiendo, es lo mismo que pedirme, que sea un pobre mentecato. ¿Qué fatuidad mayor, que asentir a la asistencia, o influjo de un Espíritu superior en inteligencia, y actividad a todo hombre, infiriéndola precisamente de acciones, o palabras, de que es capaz la mujer más ruda?

15. No pienso, que hombre alguno de mediano, y aun de ínfimo entendimiento, me contradiga lo dicho. Pero el caso es, que aún no hemos allanado la dificultad con esto. Es así, me dirán, que los gestos, y Latinajos, [80] de que hemos hablado, no arguyen posesión; y así los sujetos, que no hicieren más que eso, no deben creerse Energúmenos. Pero oímos de muchos, o muchas, que sin haber precedido enseñanza alguna, hablan Latín en cualquiera materia con gran despejo, y propriedad. Yo confieso que lo oímos; pero niego que lo vemos. Oílo de algunas, a quienes pude examinar, y de hecho examiné. Pero nunca correspondió el hecho a la noticia. Hablemos con cristiano desengaño. Los mismos Exorcistas, como he visto varias veces, son por lo común los autores de esta, y otras patrañas. Unos Cleriguillos, que no tienen otra cosa de que hacer vanidad, sino de la gracia de Conjuradores, son los que ordinariamente imponen al Público, diciendo, que a esta, o aquella, a quien exorcizan, oyen hablar mil veces Latín muy elegante, y aun Griego, y Hebreo, si los apuran; y que mil veces, llamándolas con el exorcismo en voz sumisa desde su aposento, y estando ellas muy distantes, la fuerza de su imperio las atrajo sin dilación a su presencia. Resueltamente lo digo. Si se ha de creer a todos los Exorcistas, inútilmente me canso. ¿Mas por qué no se ha de creer? Porque frecuentemente se hallan mal fundadas sus testificaciones. Aun prescindiendo de esta experiencia, basta ser testigos en causa propria. Casi todos los que se aplican con alguna particularidad a conjurar, se interesan algún modo en persuadir, que son verdaderos Energúmenos aquellos a quienes exorcizan. Con esto representan al Público utilísima su ocupación, hacen más respetable, y acaso también más lucroso, el ministerio. En caso que no intervenga el incentivo de la codicia, subsiste el de la vanidad. No pocos Sacerdotes, desnudos de todas aquellas buenas dotes, que concilian el afecto, y la veneración, se hacen espectables, y respectables a los Pueblos con la opinión de buenos Conjuradores. ¿Qué han de hacer estos, sino contar diabluras exquisitas de conjurados, o conjuradas? [81]

16. Y es bien notar aquí, que rarísima vez se ve (yo nunca lo vi) que algún sujeto, ni Regular, ni Secular, de aquellos que son venerados en los Pueblos por su virtud, y doctrina, se apliquen habitualmente al ejercicio de exorcizar. ¿De qué depende esto? ¿No es una obra piadosísima, y santísima libertar al prójimo del pesado yugo de un espíritu maligno? ¿Quién lo duda? ¿No ejercerán con más acierto este sagrado ministerio unos hombres que juntan a una conocida virtud una sobresaliente doctrina, que unos Presbíteros, y Idiotas, cuya librería se compone únicamente de Larraga, y de dos, o tres libros de Exorcismos? Es constante. ¿Pues cómo aquéllos abandonan a estos la ocupación de exorcizar? Discurra el Lector la causa, y la hallará más fácilmente, haciendo reflexión sobre lo que ahora voy a referirle. Poco antes que yo recibiese el santo Hábito, murió en cierto Convento de mi Tierra un Religioso, el cual en su mocedad se había dado mucho al ejercicio de exorcizar. No era entonces su modo de vivir el más regular del Mundo. Sucedió, que a los cuarenta años de edad, o poco más, le mudó tanto la Divina Gracia, que de allí adelante fue su vida ejemplarísima, y un dechado grande de todo género de virtudes, en tanto grado, que a testigos de vista oí, que Dios en su muerte había obrado un prodigio, derechamente ordenado a calificar cuán agradable le era aquel siervo suyo. Nótese ahora esta circunstancia, de la cual tengo entera certeza, adquirida por haberla oído a muchos sujetos, que le conocieron, y trataron: que desde que abrazó este perfecto modo de vivir, jamás, aunque se lo rogaron muchas veces, quiso exorcizar a ningún Energúmeno. Vuelvo a decir, que discurra el Lector la causa. Después de todo, supuesto el caso, que alguno, o algunos sujetos de notoria virtud, y discreción se apliquen al ministerio de exorcizar, debe ser respetada su testificación. [82]


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§. IV

17. Por lo que mira a hablar con título de posesión la lengua Latina, y otras no estudiadas, se representaron el siglo pasado dos famosas Comedias en el gran Teatro de la Francia.

18. La primera tuvo por autora, y por asunto a una muchacha, llamada Marta Brosier, hija de un Tejedor de Romorantin. Esta, o debiéndolo todo a su habilidad, o teniendo parte en ello la instrucción de su padre, empezó a hacer con alguna destreza el papel de Poseída, en que lo principal eran varias contorsiones extrañas del cuerpo, capaces de persuadir al Vulgo, que no podían venir de causa natural. Pareciéndole al padre, que la ficción de la hija le podía ser más útil, que la asistencia al telar, se determinó a salir a varios Lugares con ella; y a los primeros pasos se vio congregarse en gruesas tropas la gente a mira, y admirar el prodigio. Pero habiendo pasado a Angres, y después a Orleans, en uno, y otro Lugar fue descubierta la impostura con el medio de leerse versos de Virgilio, como que era un Exorcismo eficacísimo; aplicarle no sé qué cachibache, como que era un fragmento de la Sagrada Cruz; rociarla con agua común, significándole que era bendita, y darla a beber la bendita, como que era agua común; en cuyos lazos cayó miserablemente la pobre Marta, haciendo mil contorsiones, y dando horrendos gritos al leerle los versos de Virgilio, al aplicarle aquellas cosas, que nada tenían de sagradas, y bebiendo con gran serenidad la agua bendita. Sobre este desengaño la arrojaron de aquellos Lugares con severas comminaciones, para que volviese a su Patria, y desistiere del embuste. Mas no por eso cayeron de ánimo su padre, y ella; antes resolvieron probar fortuna en mayor Teatro. Dieron, pues, consigo en París, donde en tanta multitud de Eclesiásticos, fue fácil hallar algunos poco advertidos, que creyeron Demoníaca a Marta. Extendióse por toda la Ciudad [83] el rumor, y tuvo la fingida posesión, como suele suceder, todo el Vulgo de su parte. Habiendo hecho el caso tanto ruido, contempló el Obispo de París Enrico de Gondi, ser de su obligación apurar la verdad. Cometió el examen a cinco Médicos, los más famosos de aquella gran Ciudad, los cuales unánime, y positivamente respondieron, que en Marta nada había de diabólico, sino mucho de fraude, y algo de dolencia. Es de advertir, que antes del examen de los Médicos era voz corriente en toda la Ciudad, que esta mujercilla entendía, y hablaba las Lenguas Latina, y Griega, y aun la Hebrea, Caldea, y Arábiga. Pero los Médicos hallaron, y depusieron, que sólo entendía la Lengua Patria. Ni por esto el Vulgo se desengañó, continuando tal cual Exorcista en fomentar el error del Vulgo. Sucedió en esto una cosa graciosa. Estando conjurándola uno de los más empeñados en persuadir, que era verdadera posesión, se hallaba presente uno de los cinco Médicos, llamado Marescot. Ella volteaba los ojos, sacaba la lengua, temblaba con todos sus miembros, repetía sus estudiadas convulsiones; y al llegar a aquellas palabras; Et homo factus est, con saltos muy desordenados se transportó del Altar a la puerta de la Iglesia. Entonces el Exorcista, como si dentro de aquella mujer clarísimamente viese enfurecido todo el Infierno, dijo, insultando confiadamente a los que no creían la patraña: Veamos si se atreven a meterse con ella ahora, y arriesgar su vida en el empeño los que dicen, que aquí no hay Diablo alguno. No bien lo hubo dicho, cuando el Médico Marescot, aceptando el desafío, se tiró a la pobre Marta, y apretándola fuertemente la garganta, la mandó se aquietase. Fuele preciso a la miserable obedecer. Pero recurrió luego al ordinario efugio, de que entonces la había dejado el Espíritu maligno. Confirmábalo el Exorcista; y Marescot, con irónico gracejo, consentía en ello; pero añadía, que él había echado el Espíritu maligno, no el Exorcista. En otra ocasión tres de los cinco Médicos [84] del examen la hicieron aquietar en el mayor fuero de sus diabluras, sin más exorcismos, que la fuerza de sus puños. Debe advertirse (porque nada disimulemos) que al otro día del examen de los Médicos, dos de ellos empezaron a titubear, y aun uno parece llegó a consentir en la posesión; el otro sólo decía que se debía hacer más exacta inquisición.

{(a) Monsieur de Segrais, en sus Memorias Anécdotas, refiere del famoso Príncipe de Condé un chiste de la misma clase de los que estampamos en este número. Estando en Borgoña con uno, que tenía fama de poseído, usó el artificio de aplicarle un Reloj de faltriquera encubierto, como que era una insigne reliquia, con cuya persuasión prorrumpió el fingido Endemoniado en descompasados gritos, y movimientos. Mostróle luego el Príncipe el Reloj, insultándole. El Energúmeno, o aturdido con la burla, o por vengarse de él, o pareciéndole acaso, que así establecería el bacilante crédito de su Diablura, hizo ademán de arrojarse con furor sobre el Príncipe; mas éste, enarbolando el bastón, que tenía en la mano, le dijo con gracia: Monsieur Diabolo, tratad de aquietaros, porque si no, yo os haré estar quieto a fuerza de bastonazos. Aquietóse el pobre Diablo fingido. ¿Qué otro remedio tenía?}.

19. Porque la experimentada ignorancia de las Lenguas Latina, y Griega, era uno de los más fuertes argumentos de la suposición, como quiera, se reparó poco después esta brecha, respondiendo Marta a ciertas preguntillas, que le hizo un Exorcista en Griego, y a otras, que le hizo en Inglés un Eclesiástico de aquella Nación. Esto para el vulgo era una prueba concluyente; mas a los hombres de alguna reflexión no hizo fuerza alguna: porque siendo los mismos Exorcistas los que hacían las preguntas, ¿qué cosa más fácil, que imponerla antes en lo que había de responder? ¿Pongo por ejemplo, a la primera pregunta esto, a la segunda aquello, a la tercera estotro? El que preguntó en Griego, y el que en Inglés, tenían cierta estrecha alianza con los Exorcistas, que nadie ignoraba. Veníase a los ojos el reparo, de que sólo entendiese idiomas peregrinos, después que los Exorcistas se vieron apretados con el argumento [85] de la ignorancia de ellos. ¿Por qué no antes? Si cuando se hizo esta favorable experiencia, no había entre los asistentes quien entendiese el Griego, ni el Inglés, sino los mismos que exorcizaban, podrían con seguridad atestiguar, que respondía al caso cualesquiera voces que articulase.

20. Entre estos debates llegó la cosa a tal estrépito, que se consideró digna de la atención del Parlamento, de cuyo orden se entregó a dos Ministros de Justicia, que la tuvieron en custodia cuarenta días, y en este tiempo la examinaron otros muchos Médicos doctos, los cuales unánimemente declararon, que no había en Marta cosa alguna superior a sus fuerzas, o capacidad natural. La resulta fue mandar el Parlamento al padre de ella la retirase a su Lugar, ordenándole debajo de pena corporal no la dejase salir jamás. Con esta providencia estaba ya enteramente calmado el disturbio, cuando se suscitó nueva revolución por otro lado. Entre los engañados por Marta Brosier había un Abate imprudente, y temerario, a quien se puso en la cabeza llevar el negocio a Roma. En efecto, condujo a Marta con su padre a aquella Capital del Orbe Cristiano, y algo dio en que entender en ella antes de descubrir la impostura. Mas al fin se descubrió, y la Comedia se convirtió en tragedia; porque el Abate, corrido, murió de pesadumbre; y Marta, y su padre, abandonados, y escarnecidos de todo el mundo, pararon en los Hospitales.


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§. V

21. La segunda Comedia del mismo género, que hubo en Francia, e hizo tanto, y aún más ruido que la pasada, fue representada por algunas Monjas de un Convento de Loudun, de cuyo suceso dimos alguna noticia en el Tomo IV, Disc. VIII. num. 96 y 97. Allí dijimos, cómo los Exorcistas destinados a la sanación de aquellas Religiosas, fueron escogidos, y enviados [86] de la Corte por el Cardenal de Richelieu, de quien presumieron algunos estaba algo empeñado en persuadir al mundo, que la posesión de las Religiosas era verdadera, para que el crimen del maleficio recayese sobre Urbano Grandier, Cura, y Canónigo de Loudun, contra quien el Cardenal estaba muy irritado. De dichos Exorcistas salió la voz de que las Monjas hablaban Latín, y aun otros idiomas extrañísimos. Por lo que mira al Latín, el poco que se las oyó estaba lleno de solecismos. Pongo por ejemplo. Conjurando a la Superiora, la mandó el Exorcista, que adorase la Sagrada Hostia, con estas voces: Adora Deum tuum; a que ella correspondió con estas: Adorate. Pero porque, según las circunstancias, el pronombre te más parecía relativo al mismo Exorcista, que a Dios Sacramentado, le preguntó: Quem adoras? Y ella respondió: Iesus Christus. Aunque esta mala Gramática se vertió a vista, y conocimiento de mucha gente; no quitó que los Exorcistas, y enemigos de Grandier llevasen adelante su empeño; y no contentos con que las Monjas hablasen Latín, publicaron, que habían respondido en el peregrino idioma de los Topinambas, gente de la América Meridional, a Monsieur de Launay Razilli, que por haber estado mucho tiempo en el País de los Topinambas, entendía su Lengua, y había, para prueba del Diablismo, hablado a las Monjas en ella. Pero dado que Monsieur de Launay lo testificase (lo que es dudoso), no estaba la cosa en estado de que la deposición de un testigo solo bastase para el asenso; especialmente siendo tan fácil, que este testigo cometiese una superchería, juzgando complacer con ella al Cardenal, que era entonces dueño absoluto del Reino, y del Rey. Así, sin embargo de todos los artificios de los coligados contra Grandier, y no obstante la sentencia fulminada, y ejecutada en este pobre Eclesiástico, algunos Autores Franceses quedaron en la persuasión de que la posesión de las Monjas de Loudun sólo había sido aparente: bien que no podía proferirse este dictamen, según leí en [87] algún Autor, sin gran riesgo, mientras vivió el Cardenal.

{(a) 1. Poco ha se añadieron a mi Librería, en once Tomos, las Causas Célebres, escritas por Gayot de Pitaval, Abogado del Parlamento de París. En el segundo Tomo trata este discreto Autor difusamente de la Causa de Urbano Grandier, y famosa posesión de las Monjas de Loudun, sin poner, ni dejar ya la menor duda, en que aquella posesión fue fingida, como también la Magia de Grandier; todo fraguado por los enemigos de aquel pobre Eclesiástico, y fomentado por la política diabólica de varios sujetos, que autorizaron la calumnia, por conciliarse la gracia de un Ministro alto, furiosamente dominado de una pasión vengativa. Como este suceso, por su especie, y circunstancias, hizo tanto ruido en el mundo, creo no será ingrato al Lector añadir aquí, sirviéndome de las noticias, que me ministra el Autor alegado, algunas particularidades, por vía de Suplemento, y en parte Corrección de lo que hemos apuntado de esta Historia, así en el lugar, que vamos adicionando, como en el Tomo IV, Discurso VIII, num. 96.

3. Fue Urbano Grandier dotado de las prendas, que en el lugar citado expresamos; pero de vida sumamente desreglada en el capítulo de incontinencia, abusando inicuamente de su bella presencia, y ventajosa facundia, para la seducción de muchas mujeres, tanto doncellas, como casadas, entre las cuales una fue concubina suya permanente por espacio de siete años. Dijose, que dentro de la propria Iglesia, de que era Párroco, había ejercido su detestable lascivia con una casada no plebeya. Hízose cierto, que escribió un Tratado contra el Celibato de los Sacerdotes, dedicándole a una de las de su impúdico comercio. Tenía también los vicios de soberbio, implacable enemigo de los que le habían ofendido, inflexible en sus empeños, duro en la manutención de sus intereses, y prerrogativas. Su incontinencia por una parte, y por otra la fiereza de su genio, le suscitaron muchos enemigos. Discurrióse, que cooperaba también al odio de algunos la envidia de sus prendas. [88]

4. Dice el Autor, que sigo, aunque no con entera certeza, que Mignon, Canónigo de la Iglesia Colegiata de Loudun, a quien Grandier había soberbiamente insultado, con ocasión de haber vencido al Cabildo de aquella Iglesia en un pleito, en que Mignon era Procurador, fue quien urdió el enredo de la Posesíon de las Ursulinas (tenía el oficio de Director suyo) persuadiéndolas, que convenía al servicio de Dios usar de aquel estratagema, para arrojar de la Iglesia, y del mundo a aquel escandaloso Eclesiástico; a que añadía el cebo del interés temporal del Convento, que estaba muy pobre, diciéndolos, que usando de aquel arbitrio, llovería limosnas la piedad en aquella Clausura. Yo no hallo dificultad, ni en que Mignon, dominado del odio de Grandier, fuese capaz de tal iniquidad, ni en que unas pobres Monjas, que no veían las cosas pertenecientes a la conciencia con otros ojos, que los de su Director, creyesen ser lícito el embuste.

5. Fuese este, u otro el origen de la Fábula, supieron aprovecharse de ella Mignon, y los demás enemigos de Grandier. Empezó a exorcizar el mismo Mignon: agregó luego al Cura de un Villaje vecino, llamado Barré, sujeto a propósito para su intento, por ser un hipócrita ignorante; y después concurrieron otros dos aliados de algunos enemigos ocultos de Grandier. Entraron juntamente en la Comedia con las Monjas seis muchachas de educación. A los primeros conjuros, unánimes respondieron, que Grandier era Hechicero, y que por maleficio suyo habían entrado en ellas los Diablos. Corrió la voz; y la malignidad de los enemigos de Grandier esforzó la creencia, que en semejantes casos es fácil obtener del Vulgo. Era visible por mil caminos la impostura. Los Diablos caían en varias inconsecuencias. Hallóse ser falsas las respuestas que dieron a algunas preguntas. En el Latín, aunque instruidas antes por algunos de los mismos Exorcistas, pronunciaron no pocos solecismos, y voces, que no eran del caso, dando a una pregunta la respuesta sugerida para otra. Por ejemplo: Preguntada una de las Endemoniadas: Quo pacto [89] ingressus est Daemon? Respondió: Duplex. Algunas veces confesaban los Diablos su ignorancia, respondiendo a las preguntas, que les hacía uno, u otro sujeto autorizado de los que estaba presentes, nescio. Cuando se les apuraba sobre que dijesen en Griego, o en Hebreo la voz que significaba tal, o tal cosa, la respuesta, que había de prevención, era: ¡O nimia curiositas! o fingir que el diablo se retiraba en aquel momento. Un Escocés preguntó a la Superiora cómo se llamaba en lengua Escocesa el agua. Respondió: Nimia curiositas, añadiendo luego: Deus non volo. Sucedió en una ocasión entrar un Gato negro en la cuadra donde se estaba conjurando. Dijeron los Exorcistas, que era Demonio en figura de Gato. Sobre este supuesto fue conjurado; mas luego se supo, que el Gato era doméstico del Convento, y conocido de todos los individuos de él.

6. En medio de tantas pruebas claras del embuste, la facción enemiga de Grandier, apoyada de la fatua creencia del Vulgo, proseguía tenazmente en el empeño de perderle por este medio: de modo, que ya a Grandier, que al principio hacía burla de la Fábula, le pareció preciso defenderse; para cuyo efecto recurrió al Obispo de Poitiers, su Diocesano. Mas éste, no bien animado hacia Grandier (creo, que por las noticias, que tenía de sus malas costumbres), se hizo de la parte de afuera; lo que movió a Grandier a acudir al Metropolitano Arzobispo de Burdeos, el cual envió a Loudun un Padre Jesuita, y otro del Oratorio, con comisión de examinar la materia, ordenando al mismo tiempo varias diligencias precautorias, para que ningún artificio pudiese obscurecer la verdad. Esto bastó para que el Cura Barré se retirase a su Lugar, Mignon, y los demás Exorcistas dejasen el campo, y las Endemoniadas cesasen en la afectación del Diablismo.

7. Mas no duró mucho esta calma. Persistiendo siempre los de la conjuración en su depravado intento, discurrieron aplicar la mano poderosa del Cardenal de Richelieu a la pérdida de Grandier lo que era lo mismo, que darla por infalible. Fue fácil interesar al Cardenal en [90] ella, como quien estaba muy de antemano quejoso de Grandier, por una disputa de preferencia, que había tenido con él, no siendo Obispo de Luzon, como dijimos en el Lugar citado arribaa, siguiendo a otro Autor, sino siendo Prior de Jousai. A este motivo de irritación, añadieron otro mayor al mismo tiempo que dieron cuenta al Cardenal de la supuesta hechicería de Grandier, y Posesión de las Ursulinas. Había salido al público una sangrienta Sátira contra el Cardenal, debajo del título: La Bella Cordonera. Así inscribe esta Obra Gayot de Pitaval, y no La Cordonera de Loudun, como la intitulan otros Autores, a quienes habíamos seguido antes. Era maltratado en este Escrito el Cardenal sobre el nacimiento, y sobre comercio impúdico con una mujercilla, que tenía el oficio expresado: pero con tan leves fundamentos uno, y otro, que más merecía el libelo desprecios, que enojos. Sugiriéronle al Cardenal los enemigos de Grandier, que éste era Autor de la Sátira, o por lo menos había cooperado a ella, no obstante que estaba muy mal escrita, y se sabía que Grandier tenía elegante pluma. Deseoso aquel Purpurado de la venganza, cometió el examen de la Hechicería, y Posesión a Monsieur de Laubardemon, Relator de Memoriales, muy devoto suyo, y alma venal, a quien por tanto solía hacer instrumento de sus venganzas, cuando éstas se habían de ejecutar con alguna apariencia de orden Judicial. Pasó este Ministro a Loudun, y a vista de su comisión volvieron a su fingida Diablura las Monjas, y a su ejercicio los Exorcistas. Sin embargo de que antes de llegar a esta segunda prueba, a persuasión del mismo Mignon, se habían ejercitado mucho las Religiosas para ejecutar mejor el papel de poseídas, no se hizo mucho menos palpable la trampa. La casi ninguna inteligencia del Latín, la total ignorancia de otras Lenguas, los ridículos efugios al argumento, que se les hacía sobre esta ignorancia, las falsedades en que las cogieron, siendo preguntadas sobre cosas ocultas, el descubrimiento de algunos artificios de que usaron para fingir efectos preternaturales, y otras cien cosas, no [91] dejaron duda alguna de la impostura en cuantos miraron la Comedia, desapasionados, y reflexivos. Individuaré uno, u otro caso.

8. Reconvenido un Diablo, que hablase en Griego, se excusó, diciendo, que había entrado en aquel cuerpo debajo del pacto de no hablar aquel idioma. Siendo otro cogido en falta de inteligencia de la lengua Latina, satisfizo por él un Exorcista, diciendo, que había Diablos más ignorantes que los hombres del campo. Otro, que en un día no había querido explicarse, siendo preguntado al siguiente, por qué había callado, y estado quieto aquel día, respondió, que había estado ausente, y ocupado en conducir al Infierno la Alma de un Procurador del Parlamento de París llamado Proust. Averiguado el caso, se supo, que ningún Procurador del Parlamento había muerto en aquel tiempo, ni en todo París hombre alguno llamado Proust. Había ofrecido un Diablo para otro día levantar, y tener suspendido en el aire por espacio de un Miserere el gorro, que tenía en la cabeza Monsieur de Laubardemont. Dilatábase de concierto entre los de la trama la ejecución para cuando expirase la luz del día; porque usando de luces artificiales, era fácil ocultar el engaño. Pero antes de llegar el caso, algunos, que sospecharon lo que podía ser, subiendo sobre la bóveda, encontraron un hombre que tenía abierto en ella un pequeño agujero perpendicularmente sobre la cabeza de Monsieur de Laubardemont, y un hilo sutil, preparado con un anzuelo, para levantar el gorro. Un Diablo dijo, que había de levantar en el aire (y creo estrellarse después con la caída) a cualquiera que no creyese la posesión. Aceptó el desafío el Abad Quillet, noble Poeta Francés, protestando, que todo lo tenía por embuste, lo que dejó al pobre Diablo enteramente cortado. Pero conociendo luego en la ira de Monsieur de Laubardemont, que este Ministro jugaba de concierto con el Cardenal de Richelieu, no dándose por seguro ni en Loudon, ni en otra parte alguna de Francia, huyó a Italia, de donde no volvió mientras vivió Richelieu.

9. Después de dos días de Exorcismos, dos Religiosas, y una Seglar, [92] cediendo a los remordimientos de la conciencia, levantaron la máscara, protestando, que todo lo hecho hasta allí era ficción, revelando qué Exorcistas las habían inducido a ello, y pidiendo a Dios, y a los hombres perdón de haber sustentado tan atroz calumnia contra un inocente. Otras dos de las exorcizadas, no de caso pensado, sino irritadas de la importunidad de los Exorcistas, con una ira repentina declararon lo mismo. Pero a todo ocurrían los Exorcistas con el efugio de que todo ello era artificio diabólico, para salvar al malvado Grandier.

10. Finalmente; omitiendo otras muchas cosas, llegó el caso de sentenciarse la causa, y condenar a Grandier, sacrificando esta víctima a las iras del vengativo Ministro. Yo confieso, que en atención al alto, y respetable carácter de aquella Eminencia, no me hubiera atrevido a dar tan clara noticia de la parte que tuvo en esta iniquidad, si primero no lo hubiera hecho el Autor que sigo. Pero si un Autor Francés, Abogado del Parlamento de París, escribiendo dentro de la misma Corte, donde tuvo su trono Richelieu, no halló inconveniente en publicar con todos sus ápices esta Historia, mucho menos debo yo escrupulizar en dar al público estos fragmentos de ella; mayormente después que la Obra de Gayot de Pitaval, por la mucha aceptación que ha tenido, está esparcida en innumerables ejemplares por todo el Mundo. Añado, que es de la conveniencia del linaje humano manifestar a la posteridad las culpas de aquellos grandes Personajes, que mandaron el Mundo, abusando del poder en el dominio; para que a los que después de ellos llegan a la misma grandeza, contenga algo el miedo, de que después de su muerte, sobre sus cenizas se haga la misma justicia. Debe no obstante tenerse presente, que como la envidia, o el odio, no pocas veces dan la más siniestra inteligencia a las acciones de los Poderosos del Mundo, posible es, que Richelieu no tuviese tanta culpa en la tragedia de Grandier, como esta Historia supone.

11. Muerto Grandier, como nadie se interesaba en la fingida posesión [93] de las Ursulinas, fue cesando ésta poco a poco, y al mismo paso propagándose por la Francia, aunque sordamente, por miedo del Ministro, el desengaño. Se cuenta, que a uno de los Exorcistas, empeñado con más crueldad que los demás contra Grandier, le citó este dentro de un mes para el Tribunal Divino, y que efectivamente murió al plazo señalado. Otro expiró entre terribles tormentos. Pudo ser falso lo primero, y hacerse voluntariamente misterio de lo segundo. Lo que no tiene duda es, que el Cura Barré pagó en parte sus culpas en esta vida. Era este uno de los Eclesiásticos, que hacen especial profesión de Conjuradores; y para que no les falta materia, en todas partes hallan Endemoniados, o por mejor decir, Endemoniadas. Exorcizaba como a tales algunas mujeres del Lugar donde era Cura. Averiguóse la fraude, y Barré fue privado del Curato, recluso en un Convento; y las mujeres condenadas a prisión de por vida. Esto es hacer lo que Dios manda.}

22. En los Escritos de Monsieur de Monconis, que salieron a luz, cuando ya no había motivo para temer a Richelieu, muerto muchos años antes, se halla una gran confirmación de la fraudulencia, con que en todo procedieron las imaginadas poseídas. Este Caballero, tan famoso por su curiosidad, como por su literatura, quiso reconocer por sí mismo una prodigiosa seña, que [88] era fama permanencia en las Religiosas de Loudun, de la posesión que habían padecido. Era fama, digo, que en las manos de aquellas Religiosas (no sé si de todas, o sólo de algunas) desde el tiempo que se habían librado de la posesión, habían quedado estampados ciertos caracteres sagrados, que jamás se borraban. En cuanto a la Superiora, es cierto que tuvo fundamento la voz, porque sobre el testimonio de Monsieur de Monconis, hay el del Doctísimo Egidio Menagio, ambos testigos [89] oculares; aunque la impostura sólo la descifró la sagacidad del primero. Vamos a lo que dice Monconis. Este, deseoso de examinar el voceado prodigio, habiendo pasado a Loudun, fue al Convento, y pidió visita a la Superiora. Luego tuvo motivo para sospechar algún fraude, porque la Prelada tardó una buena media hora en bajar al Locutorio. Ya que llegó, después de cumplir con las urbanidades de la entrada, tocó Monconis la materia, y le pidió le mostrase los caracteres, que tenía [90] estampados en la mano. Hízolo ella sin repugnancia. En efecto, se veían escritos en la espalda de la mano izquierda, con letras de color purpúreo, los Sagrados Nombres de Jesús, María, y José, y el de San Francisco de Sales, guardando entre sí el orden debido; de modo, que en la parte más alta de la mano, hacia los dedos estaba escrito Jesús, debajo María, más abajo José, y finalmente F. de Sales. Duró algo la conversación; y al acabarla, pidiéndole de nuevo Monconis la [91] mano para verla, ella la alargó urbanamente, como formalidad de despedida; de modo, que tomándola el Caballero, notó, que no sólo el color de las letras estaba más caído que al principio; pero en partes parecía que los caracteres se levantaban algo, en asomos de despegarse. Esto le alentó a la osadía de raer sutilmente con la punta de la uña parte de la M de María, la cual en efecto se separó, de lo que la Prelada se conturbó mucho; pero el Monsieur se fue con gran gusto, y satisfacción [92] de haber descubierto, que las letras, que se juzgaban estampadas sobrenaturalmente, y absolutamente indelebles, se estampaban de nuevo siempre que la Monja salía al Locutorio, sirviéndose para esto de algún licor purpúreo de bastante consistencia. Es de notar, que los caracteres estuviesen grabados en la mano izquierda. Parece que con más dignidad se imprimirían en la derecha. Pero acaso era menester el uso de ésta para colocarlos en la otra. [93]

23. Egidio Menagio refiere asimismo, que vio los caracteres Jesús, María, y José, F. de Sales, grabados en la mano de la Superiora de las Religiosas; y que ella le dijo, que al tiempo que se había librado de los Demonios, que la atormentaban, un Angel le había impreso en la mano aquellos caracteres; añadiendo, que al principio sólo había estampado en lo más alto de la mano el nombre de San Francisco de Sales: que luego éste se había bajado para dar lugar al nombre de José: después entrambos se habían bajado, para dejar campo al nombre de María; y en fin todos tres, para que se imprimiese en el sitio más alto el de Jesús. No expresa este Autor, que notase algunas señales de impostura; pero es cierto, que la tuvo por tal, porque en la Vida de Guillermo su padre trata de quimérica la posesión de las Monjas de Loudun.


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§. VI

24. Los dos casos propuestos muestran tanto la cautela, con que se debe proceder en esta materia, como la importancia de examinar las cosas con atentísima reflexión. No se debe descansar sobre la testificación de los vulgares Exorcistas, por las razones que hemos propuesto arriba. Sería conveniente, y aun preciso, [94] que los Señores Obispos entrasen la mano en esto, como hicieron los de Anger, y Orleans con la famosa Marta Brosier. Así, luego que en algún Pueblo apareciese algún Energúmeno, será conveniente dar parte al Prelado, y éste señalar luego personas aptas para el examen.

25. ¿Pero qué entiendo por personas aptas? ¿O qué prendas constituyen aptitud en esta materia? A la reserva de un capítulo, que pide algún conocimiento de Lenguas, y otro, que requiere Ciencia Médica, todo el negocio se compone con sinceridad, y discreción. Los capítulos por donde se ha de hacer el examen, son los que señala el Ritual Romano. Pero porque tenemos varias advertencias que hacer sobre esos mismos capítulos, será bien proponer lo primero, en proprios términos, el texto del Ritual, que es como se sigue: Signa obsidentis Daemonis sunt, ignota lingua loqui pluribus verbis, vel loquentem intelligere: distantia, & occulta patefacere: vires supra aetatis, seu conditionis naturam ostendere, & id genus alia, quae, cum plurima concurrunt, majora sunt indicia. Vamos ahora haciendo algunas reflexiones sobre cada uno de estos capítulos.


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§. VII

26. La primera señal de que hay verdadera obsesión, o posesión, es hablar algún idioma ignorado. Pero prudentemente advierte el Texto, que no basta hablar una, u otra breve clausulilla del idioma extraño, sino que hable con bastante extensión, o muchas palabras seguidas, pluribus verbis. Esta advertencia pierden de vista a cada paso los Exorcizantes; pues a una, u otra palabra Latina, que oigan a uno, que no ha estudiado Latín, con toda confianza pronuncian, que es Energúmeno. Fuera de que hay ciertos breves Latinajos, que andan de mano en mano, y vienen a ser como Facultativos de los que se fingen Energúmenos. Ya se ve cuán fácil es, que oculta, y fraudulentamente cualquiera [95] Estudiantillo enseñe otros algunos a cualquiera rústico.

27. Deben entenderse también comprehendidas en esta precaución todas las demás, que sean necesarias, para hacer juicio cierto de que lo que se habla de idioma extraño, no es estudiado. Pongo por ejemplo, si sólo responde un rústico en Latín al Exorcista, u a otra alguna persona determinada, puede esto estar prevenido de concierto con el mismo argumento fingido, a quien se haya embutido antecedentemente, cuándo, cómo, y qué se ha de hablar. El Exorcista mándele, usando de la potestad que tiene, que hable en Latín; pero que sea al propósito, y en la materia que le toque cualquiera de los circunstantes, que entienda ese idioma.

28. Dos efugios tienen los Exorcistas, y los Vulgares para no darse por convencidos, cuando el Exorcizado no sale bien del rigor de esta prueba. El primero es sumamente ridículo, y consiste en decir, que la lengua de un rústico no es órgano proporcionado para que el Demonio articule bien con ella el idioma Latino; y ésta es la capa, que echan a barbarismos, a solecismos, y aun al total silencio de la lengua Latina. ¡Qué estupidez! La lengua de un rústico está organizada, ni más, ni menos, que las de Cicerón, Virgilio, o Tito Livio. Así ese cuento de N. que anda en varias tierras, y en cada una se refiere, como que sucedió en ella, de que apurando un Exorcista al Demonio, que poseía a cierto rústico, sobre que no acertaba a hablar Latín, sino muy poco, y muy mal, le respondió el Demonio: Non possum domare linguam huius rustici, sólo puede embocarse a los mismos rústicos. Puede el Demonio, no sólo con la lengua de cualquiera hombre, hablar perfectísimo Latín; mas aun con la de cualquiera bruto, como habló en tiempo de nuestros primeros Padres con la lengua de la Serpiente. ¿Qué digo yo con la lengua de cualquiera bruto? Con las hojas de un árbol, con las astillas de un tronco, colidiéndolas oportunamente, para que [96] resulten en el aire los mismos movimientos, y ondulaciones, que llegando al oído, producen la sensación de cláusulas Latinas articuladas: con el aire mismo, moviéndole como él sabe, sin intervención de otro algún instrumento, puede producir la propria sensación.

29. El segundo efugio (que puede servir también contra todas las demás pruebas de que la Diablura es fingida) es decir, que el Diablo no quiere hablar Lenguas extrañas por no descubrirse: esto a fin de que los Exorcistas no le atormenten, y le dejen a él atormentar libremente a la criatura. Muy bobo suponen al Diablo los que recurren a esta solución. ¿Es posible, que el Diablo, queriendo encubrirse, lo procure con tan grosero artificio, que por lo mucho que se descubre, le estén aporreando continuamente este, y el otro Exorcista? Veamos cómo se encubre, y cómo se descubre. Descúbrese a los que toman por ocupación ordinaria exorcizarle, y todos los días lo están haciendo; porque en presencia de éstos (si es que los creemos) habla lenguas extrañas, descubre secretos ocultísimos, acude llamado a cualquiera distancia, y hace otras mil cosas maravillosas, que no dejan duda de que son obras todas del Espíritu maligno. Por si por accidente sucede, que algún otro Sacerdote de más advertencia, y reflexión, o de más sinceridad, llevado del virtuoso deseo de descubrir la verdad, le conjura alguna vez, aquí es cuando se encubre, y no le sacará una palabra Latina, ni otra alguna seña de su diabólica potencia, aunque le atenacee. Entonces no hay más que gestos, gritos, contorsiones; y en fin, sólo aquello, que cualquiera hombre, o cualquiera mujercilla, sin Diablo alguno, hará cuando quisiere. Y lo proprio sucede, cuando el Exorcista cotidiano le conjura en presencia de gente de entendimiento, que está atenta a observar si hay, o no señas legítimas de posesión. Esta digo, que es una gran simpleza del Diablo. Lo que a él le importaría sería engañar al Exorcista, que está martillando en él todos los días, para que le [97] deje en paz: y no a quien sólo una vez por accidente le exorciza, y él sabe muy bien, que no lo hará después más, porque no tiene genio de ocuparse en eso. Sucedióme el caso poco ha.

30. En esta Ciudad de Oviedo había una pobre mujer, que hacía el papel de poseída. Decían, que hablaba cuanto Latín quería: que sabía cuanto pasaba en todo el mundo: que se subía de un vuelo sobre las cúpulas de los más altos árboles, &c. No era el autor de estas patrañas el Sacerdote que la exorcizaba ordinariamente, el cual ciertamente es un virtuosísimo Eclesiástico; pero por ser tan bueno, creía, a tal cual embustero, o embustera, que decía haber visto esas cosas, y por otra parte apreciaba por señas bastantes de Diablura las engañifas, con que la mujer fingía estar poseída. Yo, cotejando especies (porque oí hablar muchas veces de esta mujer, y a diferentes personas) hice juicio resuelto de que era una de las muchas embusteras, que se fingen poseídas; y en una ocasión, que estaba despacio, hice que el Sacerdote, que la exorcizaba, la trajese a mi presencia, y a la de muchas Religiosas de un Convento nuestro, cuyo Capellán era, y es el Sacerdote; en que intervino también el motivo de desengañar a las Religiosas, que como cándidas, estaban muy encaprichadas en la posesión, no más que por verla hacer visajes, y por las patrañas, que oían. Conducida a mi presencia, asistiendo también dicho Sacerdote, con afectada seguridad, debajo de la apariencia de consolarla, y de inspirarla una esperanza firme del remedio, la senté el preliminar de que yo, por el grande estudio que había tenido, y por los exquisitos libros que poseía, sabía unos conjuros mucho más eficaces, que los que usaban todos los demás Sacerdotes; lo que la mujer creyó fácilmente, como luego se vio. Empecé, pues, mis singulares conjuros, que consistían, al modo de los que practicó el Obispo de Angers con Marta Brosier, en versos de Virgilio, Ovidio, Claudiano, y otros Poetas, articulados [98] con gesto ponderativo, y voz vehemente, para que hiciesen más fuerte impresión, como en efecto la hicieron; porque mi conjurada se excedió a sí misma, simulando con más fuerza que nunca su enfurecimiento con ademanes, y conmociones terribles, y quejándose ferozmente del Sacerdote, que me la había conducido para tanto tormento suyo. Singularmente al empujarle la pomposa introducción de la Farsalia de Lucano, Bella per Hemathios plusquam civilia campos, con otros algunos versos de los que se siguen, casi llegué a pensar, que de verás se espiritaba, o temer que se espiritase. Obedecía todo lo que yo le ordenaba, como se lo mandase en Romance; pero cuando mandaba en Latín (en que evitaba las fórmulas, y voces ordinarias, que tienen ya estudiadas los Energúmenos fingidos) se hacía el Diablo sordo. Apliquela la llavecita de un escritorio, envuelta en un papel, como que era una insigne reliquia. Fueron raros sus estremecimientos, y los golpes que, como una desesperada, se daba, ya contra las paredes, ya contra el suelo, me hicieron al principio temer que se lastimase; pero luego reconocí, que lo ejecutaba todo con gran tino, como quien estaba bien ejercitada en este juego. En fin, sobradamente enterado del embuste de la mujercilla, la despedí.

31. ¿Pero qué resultó de esta experiencia? ¿Que se desengañasen todos los que estaban engañados? Nada menos. Aquí entra lo que dijimos arriba. Luego acudieron algunos al efugio, de que el Diablo astutamente había querido ocultarse, y engañarme con las apariencias de que la posesión era fingida. Aquí de Dios, decía yo a esta gente ruda: ¿qué interés tiene el Diablo en engañarme a mí? El sabe muy bien, si hay tal Diablo, que yo no le tengo de andar a los alcances; porque ni mi genio es de aplicarme a conjurar, ni mis ocupaciones me lo permiten. El engañar a ese buen Sacerdote, que todos los días le está mortificando, si que le tendrá mucha conveniencia, porque persuadido a que no hay [99] más Diablo que el embuste de la mujer, le daría a ésta dos puntapies, y dejaría para siempre al Diablo en paz. ¿Pues cómo a él se le descubre francamente, y a mí se me oculta? Sin duda que este Diablo (por usar del gracejo de Quevedo) no sabe lo que se diabla. ¡Oh, Señor! (me replicó alguno, que juzgaba adelantar mucho la materia) que sabe el diablo, que todos están en el concepto de que V.R. es un hombre muy docto, y por consiguiente en corriendo la voz de que V.R. dice, que esta mujer no es Energúmena, sino embustera, todos lo creerán, y nadie la exorcizará. Señor mío (le repuse yo) ratifícome en lo dicho, que ese Diablo es muy bobo. Si él puede ir por el atajo, y tiene en la mano un medio cierto para librarse de la persecución de los Exorcistas, que es simular, y disimular con ellos, ¿para qué recurre a un medio dudoso, y aun ciertamente inútil? Pues se debe reputar moralmente imposible, que todos me crean, especialmente aquellos, que sólo por noticia de otros supieron mi dictamen, y no me oyen las razones, con que pudiera persuadirlos. Si ese Demonio no está totalmente ajeno de lo que pasa en el mundo, no puede ignorar, que la mayor parte del Vulgo (incluyendo en el Vulgo muchos de la clase, y alcances de esos Sacerdotes, que se ocupan en exorcizar) no me ha creído muchas cosas, que he procurado persuadirle en mis libros, aun leyendo las palmarias razones con que las probaba. ¿Pues en qué funda ese Diablo mentecato, que estotro todos me lo han de creer? En efecto así sucedió, pues a dicha mujer no la han faltado Exorcistas después acá.

32. En cuanto a entender el Energúmeno al que habla en idioma extraño, que también se incluye en la primera seña, que propone el Ritual, vel loquentem intelligere, tres cosas hay que decir. La primera, que no se debe reputar por inteligencia de la lengua Latina aquella, que tienen los Exorcizados de algunas palabras comunes en el ejercicio de exorcizar; v.gr. quomodo vocaris, quodnam est nomen tuum, descende, ascende, &c. La [100] significación de estas voces es ya notoria a cuantos han visto exorcizar una, u otra vez. La mujer, de que he hablado, respondía prontamente a la pregunta quomodo vocaris; pero preguntada quo nomine dignosceris inter sodales tuos, enmudecía. La segunda, que tampoco debe entrar en cuenta la inteligencia de aquellas voces Latinas, que están levemente variadas en el Dialecto Español, como maledicte Diabole, &c. Hay no sólo voces separadas, más aún muchísimas cláusulas enteras en el idioma Latino, que entenderá todo Romancista. Si a uno, a quien exorcizan, le dicen: Adora Jesum Christum, ya se ve que lo entenderá. Y es cosa graciosa, que si a esta propuesta responde nolo, (que es muy ordinario) no han menester más el Exorcista, y los circunstantes para publicar que entiende, y habla Latín; siendo así, que este nolo anda tan vulgarmente entre los que se exorcizan, que aun los niños, que se lo oyen, saben que quiere decir no quiero. La tercera, que el examen de si el Energúmeno entiende la lengua Latina, se haga por personas, de quienes no pueda haber recelo de que para este efecto han confabulado con él; en cuya precaución debe ser comprehendido el Exorcista ordinario, y con él todos los que se advirtieron empeñados en persuadir, que hay verdadera posesión. Pudiera añadir cuarta advertencia, de que no sea Latinista chabacano el que hace el examen; porque éstos se dan a entender bastantemente a los que no saben Latín. Pero esta advertencia ya se deja percibir incluida la segunda.


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§. VIII

33. La segunda seña de verdadera posesión propuesta en el Ritual Romano, que es descubrir cosas ocultas, y distantes, pide observarse con cuatro precauciones. La primera es, que la revelación de las cosas ocultas no sea hecha por inspiración de alguno interesado en el engaño, que haya manifestado al Energúmeno el secreto. También puede suceder, que hablando [101] el Energúmeno a bulto, con que revela cosa oculta de alguno de los interesados en la maraña, aunque sea falsa, éste, por fomentar el engaño, diga que ha acertado con la verdad. Hay mil experiencias de uno, y otro.

34. La segunda precaución consiste en advertir, que por mera casualidad, y sin conocimiento alguno, se acierta una, u otra vez con cosas ocultas, distantes, o futuras. Sería maravilla, que quien está mucho tiempo desbarrando sobre estas cosas, no acierte con una, u otra. Estaba en este Convento de Monjas Benedictinas de Santa María de la Vega una Religiosa loca, la misma de quien hablamos en el Tomo VI, Disc. XI. num. 23. Uno de sus más ordinarios desvaríos era decir, que en sitios distantes sucedía esto, aquello, y lo otro, porque Dios se lo manifestaba, y hacía presente. Sucedió, que una vez dijo, que un Monje, que había sido Vicario de este Convento, y a la sazón lo era de uno de Castilla, se había muerto, y que ella había visto enterrarle aquel mismo día, en que lo dijo, expresando varias circunstancias del entierro. Pues ve aquí, que dentro de cuatro días vino la noticia de la muerte de este Monje. Qué más habían menester las demás Monjas para consentir en que aquélla tenía Diablo. Ya antes, sin fundamento alguno, se inclinaban bastantemente a ello. ¿Qué harían teniendo éste, tal cual él era? De hecho asintieron firmemente a la diablura de su hermana. A algunas, que manifestaron estar en esta persuasión, quise desengañar, representándoles, que pues mil veces habían oído a aquella Religiosa varios despropósitos, que no tenía correspondencia alguna con la realidad de las cosas, debían persuadirse a que el acertar entonces, había sido pura casualidad. No bastando esto, les pregunté, ¿qué día era el que decía le había visto enterrar? Señaláronle, y hallé muy errada la cronología. Cuatro días antes que llegase la noticia de la muerte por el correo, había sido el entierro soñado por la loca, y la noticia del correo de la parte [102] de donde viene, no podía haber tardado menos de diez, o doce. Exponiéndoles este cómputo, del cual resultaba evidentemente, que el Religioso estaba aún vivo el día en que la loca decía haber sido sepultado, me parece las dejé algo desengañadas. El haber señalado la loca la circunstancia del día, me valió. Si hubiera dicho simplemente: Fulano murió, todo el poder del mundo sería poco para quitar a las Monjas de la cabeza, que su hermana estaba Endemoniada. Sin embargo, sería una pura casualidad el acierto. De este modo en varios casos encuentra el desvarío con la verdad.

{(a) Hubo una notable equivocación en la cláusula, que empieza: Exponiéndoles este cómputo, la cual se debe enmendar prosiguiendo de este modo: Del cual resultaba evidentemente, que el Religioso estaba enterrado algunos días antes de aquel en que la loca decía que había muerto, &c.}.

35. La tercera precaución se reduce a observar, que muchas veces por lo verisímil se atina con lo verdadero, y pasada plaza de evidencia la conjetura. Explicaráme un ejemplo. Sabe una Energúmena fingida, que tal sujeto padece la nota de incontinente, que es hombre de buenos medios, y por consiguiente no faltará cebo a su lascivia. Sobre estos supuestos, teniendo algún encuentro con él, le dice, que se ocupó mal la noche antecedente. Aunque se expuso a errar, supongo que acierta. ¿Quién quitará de la cabeza al Vulgacho, que el Diablo, que es quien sabe todo lo que pasa, reveló el secreto?

36. La última precaución está en reflexionar, que muchas cosas, al parecer ocultísimas, llegan a saberse por medios, aunque naturales, totalmente inopinados. El adagio Castellano, que las paredes oyen, y la antigua fábula de las cañas, que, agitadas al viento, publicaban el secreto, que el criado de Midas había depositado debajo del terreno donde nacieron, no significan otra cosa, que lo que acabamos de decir. Un confidente infiel, una rendija no observada, un papel abandonado por descuido, [103] mil especies de indicios, que no advierte el mismo que los da, descubren, no sólo lo que se hace en el aposento, mas aun cuanto pasa dentro del alma.


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§. IX

37. Sobre la tercera seña de posesión, que propone el Ritual Romano, hay poco que advertir. Poca reflexión es menester para discernir cuándo las fuerzas son superiores a las naturales. Si se viese a un Energúmeno subir de un brinco desde la calle al techo de un edificio bastantemente alto; si una mujercilla manejase sin fatiga un peso de treinta, o cuarenta arrobas, o hiciese cosas equivalentes a éstas, sin duda se debiera atribuir a causa preternatural; pues aunque metafísica, y aun físicamente, no puede probarse que estas acciones superen toda causa natural, porque nadie sabe a qué término puede últimamente llegar la agilidad, o fuerza natural del hombre; basta saberse, que hasta ahora no se vio hombre alguno de tanta agilidad, o fuerza, para que se repute moralmente imposible.

38. Esto de volar de la calle al techo, o del pavimento del Templo a la altura de la bóveda, colocarse sobre las cúpulas de los árboles, pisar sobre las espigas de las mieses, sin doblar las cañas, se dice de muchos Energúmenos, cuando se da noticia de ellos en tierras distantes. Yo nada de estas cosas pude ver hasta ahora. El que viere, no ponga duda en que lo hace agente preternatural.

39. Lo que varias veces se ve, y sin fundamento bastante se atribuye a causa preternatural, es, que algunas mujeres sorprendidas de ciertos accidentes histéricos, que las conmueven extraordinariamente, muestran más fuerza, y vigor en los miembros, que el ordinario. Pero esto es común, así en hombres, como en mujeres, a todos los accidentes, que agitan violentamente los espíritus. Un frenético, mientras le dura el furor del delirio, tiene fuerza muy superior a la ordinaria. [104]


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§. X

40. Esto es lo que se ha ofrecido advertir sobre las tres señales de verdadera posesión, en que nos instruye el Ritual Romano. Mas porque sobre estas señas nos da a entender, que puede haber otras, en aquellas voces, & id genus alia, aunque no las expresa, discurriré sobre algunos capítulos, que parece dan bastante motivo a los Exorcistas, y a los que no lo son, para dar por cierta la influencia del Espíritu maligno, por imaginarse los efectos superiores a toda la actividad de la naturaleza.

41. Es cierto, que, fuera de las señales especificadas en el Ritual, caben otras, que induzcan certeza moral, y aun física, de que el Demonio es quien obra. Si uno, después de estar un rato en un gran fuego, saliese sin lesión alguna; sin estudio alguno hablase con extensión, despejo, y acierto en las materias de varias ciencias; si padeciendo algunos accidentes, de aquellos que reducen a la última extremidad a todos los demás, y aun convaleciendo de ellos, los dejan en una gran decadencia de fuerzas, momentáneamente se restituye a una perfecta robustez; mucho más si se transfigurase en varias formas, irracionalmente se discurriría proceder de causa natural. De estas, u otras equivalentes señas entiendo yo aquel & alia hujusmodi del Ritual Romano. Pero fuera de éstas hay otras muy inciertas, y equívocas que comúnmente son reputadas por unívocas, y ciertas. Señalaremos las que nos ocurrieren.

42. Siendo yo muchacho, un Religioso ciego de cierta Orden hacía cajas de madera para tabaco, cubiertas con trocitos de paja, teñidos de diferentes colores, con el mismo orden, y buena disposición, que les dan los Artífices, que tienen perfecto el uso de la vista. Muchos de la plebe se inclinaban a que tenía Diablo. Pero todos se confirmaron en ello, sucediendo después, que este Religioso, movido de cierto despacho, salió de noche fugitivo, montado en una mula del Convento, abriendo [105] diferentes puertas; añadida la circunstancia de que no se tuvo después noticia de él, a lo menos por mucho tiempo. Pongo este ejemplo, porque puede servir para muchos casos, y aun para todos aquellos, en que cualquiera habilidad extraordinaria pasa por cosa diabólica. Y sin duda, que si el ciego de que hablamos quisiese fingirse Energúmeno, o persuadir que tenía pacto con el Demonio, de todos sería creído.

43. Pero empezando por la fuga (y aun prescindiendo de lo que el tino, industria, y sagacidad del ciego podrían por sí mismas, pues no se encuentra, ni en la entidad, ni en las circunstancias del hecho, cosa, que no pudiesen ejecutar algunos ciegos), ¿quién no ve, que para todo podía suplir un lazarillo? Llamo lazarillo cualquiera hombre de vista, que estuviese de concierto con el ciego. Este pudo buscarle llaves, abrir las puertas, guiarle después que salió de casa, ocultarle en algún sitio poco distante, para conducirle, cuando ya desistiesen de buscarle, a otro muy remoto.

44. La habilidad de fabricar las cajas, que hemos dicho; con más apariencia podrá fundar la sospecha de intervención diabólica. Pero siempre el fundamento es levísimo. Persuádome a que alguno le daba separadas en sitios diferentes las partecillas de paja de diferentes colores, haciéndole observar con la mano, en qué sitio estaba la paja de este color, en cuál la del otro. Supuesto esto, todo lo demás es muy fácil al tino de un ciego. Otros ciegos le tuvieron para mucho más. Ulises Aldrovando refiere, que en su tiempo hubo en la Toscana un insigne Estatuario, llamado Juan Gambasio, el cual cerca de los veinte años de edad, no sé por qué accidente quedó enteramente ciego. Con todo, después prosiguió en hacer estatuas, y las hacía de perfectísima semejanza a los originales, que se proponía, con la diligencia previa de tantear con las manos el rostro, y cuerpo, o de otra estatua, o de algún cuerpo viviente, que quería copiar. La primera experiencia que hizo, fue con una [106] Estatua de mármol del gran Cosme de Medicis, primer Duque de Florencia, la cual imitó con tanta propriedad, que asombró a cuantos la vieron. De lo cual movido el Duque de Florencia Ferdinando, le envió a Roma, para que le formase una Estatua del Sumo Pontífice Urbano VIII, la cual le trajo tan semejante, que apenas había quien distinguiese entre el original, y la copia. ¿Cuánto más es esto, que fabricar las cajuelas de paja, que hacía el Religioso ciego?

{(a) La noticia del Ciego Florentino, que por orden de Fernando Gran Duque de Florencia, hizo la Estatua de Urbano VIII, leímos en el Padre Zahn. (Ocul. Artific. sintagm. 1. erotem. 10.) Pero debe entenderse de Ferdinando el Segundo, porque el Primero murió años antes que fuese exaltado al Solio Urbano VIII.}

45. Pero carguémonos de la mayor dificultad, que en el hecho del Religioso ciego se puede proponer. Demos, digo, que el Religioso ciego, por sí mismo, y sin ministerio de otro, distinguiese las pajas de diferentes colores. ¿Se concluirá de aquí, que intervenía asistencia del Demonio? Respondo, que no. ¿Pues cómo podría un ciego, o con qué sentido, discernir los colores? Digo, que con el tacto. ¡Extraña paradoja! Sí; pero verdadera, o por lo menos probable. Este natural prodigio ya se ha visto más de una vez, si se da crédito a muy clásicos Autores. Del mismo Estatuario, de quien hemos hablado arriba, se lee en el Diario de los Sabios de París, que distinguía con el tacto los colores. El Padre Zahn, citando a Kechermano, refiere de un Conde de Mansfeld, ciego, que al tacto distinguía el color blanco del negro. El mismo Padre Zahn, el Padre Regnault, y otros, cuentan de un Organista ciego, que poco ha hubo en Holanda, el cual con el mismo sentido discernía todas las especies de colores, jugaba a los naipes excelentemente, y ordinariamente ganaba, porque tenía la ventaja, de que cuando daba naipes, conocía qué cartas daba a los demás. En fin, el Padre Francisco María Grimaldi [107] cuenta de un hombre, que en presencia del Gran Duque de Florencia, los ojos vendados, tocando varias piezas de seda, que le presentaron, dijo de qué color era cada una; y lo que es más, proponiéndole una pieza tarazeada, o de diferentes colores, así como iba palpando diferentes partes de ella, decía: Aquí es encarnada, aquí azul, aquí violada, &c.

46. No hay en todo lo dicho implicancia alguna. Ya casi todos los Filósofos están convenidos, en que la variedad de colores depende de la varia textura, y configuración de las partículas, que componen la superficie de los cuerpos; o bien, porque según es varia la textura, se reflejan diferentes rayos, los cuales en sí mismos tienen los diferentes colores, según el reciente sistema de Newton; o porque los mismos rayos diferentemente reflejados, por la varia textura, y configuración de las partículas, hacen en el órgano de la vista la impresión de diferentes colores, según la opinión más común. Puesto esto, ya se deja ver, que un hombre de tan sutil, y delicado tacto, que con él discierna la textura, y configuración de las partículas, que componen la superficie de los cuerpos, consiguientemente podrá discernir con el tacto los colores; ¿y cómo se podrá probar, ni aun con la menor apariencia, que repugna en los hombres tacto tan delicado, o que no haya algunos, que lo tengan?

47. A las extraordinarias habilidades de los ciegos, para el efecto de motivar sospecha de Diabolismo, podemos agregar las que son extraordinarias, aun respecto de los que tienen vista. Cardano, después de referir los maravillosos saltos, y movimientos, que ejecutaban dos Volatines Turcos, que en su tiempo llenaron de admiración a toda Italia, dice, que la gente por lo común estaba en la persuasión de que tenían Diablo, o Diablos. Y el mismo Cardano no halla tan despreciable esta persuasión, que no se ponga muy de intento, y muy seriamente a impugnarla con la sólida reflexión, de que [108] habiéndose convertido uno de los dos Turcos a nuestra Santa Fe, y viviendo en todas sus acciones muy cristiana, y devotamente, proseguía en el mismo ejercicio de Volatín, con el cual se sustentaba, y hacía todos los admirables movimientos, que antes de convertirse. Aquí vi suceder casi lo mismo en Oviedo con un diestrísimo Volatín Francés, de quien el Vulgacho, por verle ejecutar cosas, que a ningún otro del oficio había visto hacer, decía lo proprio, que en Italia se decía de los dos Turcos.

48. En este error de reputar por Demoníacas las habilidades, u operaciones algo extraordinarias, caen los más de los Exorcistas de la misma calidad que el ínfimo Vulgo; o por decirlo mejor, en la esfera del Vulgo se pueden, con toda seguridad de conciencia, entender comprehendidos los más de los Exorcistas, y serán bien pocos los que deban exceptuarse. No sólo Exorcista, sino Maestro de Exorcistas, fue Benito Remigio. Pues léase en su Práctica de Exorcistas el documento segundo de la primera parte, y se verá, que da por seña indefectible, y concluyente de Diablo, el imitar con alguna perfección el canto de los pájaros. Sin embargo de que son muchísimos los que saben cómo, y con qué instrumento se hace naturalísimamente. Haga el Exorcista, cuando hallare alguno de estos, que se limpie bien la boca, y escupa lo que tiene en ella, y verá cómo, sin que sea Diablo lo que se escupe, ya no puede proseguir en la imitación de los pájaros. Es verdad, que hay Exorcistas tan encaprichados, que viéndoles escupir un poquito de hoja de puerro, o de berza, o de alguna hierbezuela (que es con lo que se hace la imitación) jurarán que es el Diablo transformado en aquella figura, el que salió de la boca, o que aquella hojuela estaba ligada a pacto, o maleficio. [109]


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§. XI

49. El alcanzar en alguna, o algunas Facultades, más de lo que, atentas las circunstancias, cabe en la naturaleza, es señal indubitable, o de inspiración soberana, o de posesión, o de Mágica diabólica. Con todo, cabe en esta materia mucha equivocación, por cuanto los más de los hombres contemplan mucho más limitada de lo que realmente lo es la capacidad de la naturaleza. Es grande, y aun casi inmensurable la distancia que hay del hombre al hombre. Hay dentro del recinto de nuestra naturaleza Linces, y Topos, Aguilas, y Lechuzas. En mil años de estudio no alcanzará una capacidad vulgar lo que un genio muy extraordinario comprehende en dos, o tres. Véase lo que en el sexto Tom. Disc. 1. n. 69 y 70 hemos escrito de los dos niños Gustavo de Helmfed, y Cristiano Henrico de Heinecken. Por no comprehender esta gran distancia, que hay de los Espíritus comunes a algunos singularísimos, fácilmente, al experimentar lo que alcanza uno de estos, se cree que supera la capacidad de la naturaleza, como lo pensaron algunos del Conde Juan Pico de la Mirandola.

50. Aún más que aquellos prontísimos ingenios, que con curso siempre rápido adelantan mucho en las Ciencias en brevísimo tiempo, inducen sospecha, y aun creencia de asistencia diabólica, aquellos ingenios de portentosa penetración, e inventiva, que sin escuela alguna hacen, o discurren cosas pertenecientes a algunas Facultades, dignas de ser envidiadas por los antiguos profesores de ellas. Son sin duda más admirables éstos, que aquéllos. Para adelantar mucho en las Ciencias en poco tiempo, basta un mediano discurso, acompañado de gran memoria, y mucha aplicación. Los hombres de mediano discurso son muchos, y los de gran memoria no son tan raros, que no parezcan más de doscientos en cada siglo. Pero ingenios de tan extremada fecundidad, que sin la semilla de la enseñanza, produzcan frutos grandes, de [110] tanta luz, sin que sin mendigar forastera ilustración, rompan por las tenebrosas dificultades de las Ciencias, son extremamente raros. Sin embargo, aun a este término no puede arribar la facultad intelectual del hombre. En el gran Diccionario Histórico leí de un rústico Francés (no me acuerdo del nombre), que en el Reinado de Luis XIV, por la extraña valentía de su genio, sin Maestro, ni aun libro alguno, llegó a adelantar tanto en la Facultad Médica, que después de obtener salario en algunos buenos Partidos, arribó a ser Médico de la Corte, donde se mantuvo con buenos créditos, como evidentemente se colige de haber testado de más de cien mil escudos. En el Tomo cuarto de la República de las Letras se da noticia cierta de un Pellejero de la Ciudad de Stutgard (Capital del Ducado de Wirtemberg) llamado Juan Jordán, el cual, sin conocimiento alguno de la lengua Latina, sin la ayuda de Maestro alguno, inventó muchas bellas cosas concernientes a las Matemáticas, Astronomía, Hidrostática, &c. Había empezado un nuevo cálculo para rectificar las Tablas Pruténicas; hizo prodigiosas máquinas Hidráulicas, entre ellas dos, que el Príncipe Federico Carlos compró por gran suma de dinero a los herederos de Jordán, de muy superior artificio; sin duda a cuanto se había inventado de este género en todos los tiempos anteriores por los hombres más excelentes en la Maquinaria Hidráulica, que tuvo en el mundo. Murió este raro hombre el año de 1680.

51. Tanto estos dos ejemplos, como los del número antecedente, no se proponen por prevenir, que si pareciese alguno de tanta habilidad, no por eso sea reputado Energúmeno. Este riesgo nunca le hay, porque es menester que él concurra con su ficción; y es moralmente imposible, que hombre tan grande se haga autor de tan fea, y tan ridícula patraña. Podrán sí tenerle por Mágico, o poseedor del Demonio, que es calumnia, que ha caído sobre grandes hombres, por ser tan grandes, mas no por poseídos. ¿Para qué proponemos, pues, [111] estos ejemplares? Para que a vista de que la capacidad natural del hombre puede arribar a tanto, no la comtemplen tan limitada los que la tienen muy estrecha, que de cualquiera habilidad, que se eleva algo sobre el orden común, infieran luego asistencia, o posesión del espíritu maligno.


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§. XII

52. Las enfermedades extraordinarias, apenas alguna vez dejan de tomarse por señas de maleficio, o posesión. De esto tienen la mayor culpa, por lo común, los Médicos indoctos, que cuando ven síntomas, de que no hallaron noticia en los pocos libros que leyeron, y no alcanzan la causa, ni el remedio, echan la culpa al Diablo, y llaman por auxiliares las armas de la Iglesia. Aun sin ser la dolencia muy rara, si se resiste mucho tiempo a su arte, entregan los dolientes al brazo Eclesiástico. Quos inefficacibus remediis vexarunt (dice el Doctísimo Médico Lucas Tozzi) fascino, veneficiis que affectos proclamant, atque Monachis, & Vetulis committunt. En las Observaciones de Schenckio se hallan muchísimas enfermedades extraordinarias; y de casos recientes también se encuentran muchos en las Efemérides de la Academia Leopoldina, y en la Historia de la Academia Real de las Ciencias, sin que aquellos doctísimos Académicos atribuyesen jamás aquellas peregrinas dolencias a maleficio.

53. Puede también el arte fingir extrañísimos accidentes. En el Teatro de la Vida Humana, verbo Astutia, se refiere, que en la Ciudad de Noyón un mendigo, para hacerse creer Energúmeno, fuera de otras muchas figuradas, que obraba con mucha destreza, ejecutaba una particularísima, que era hacer bajar, y subir, entumecer, y detumecer el vientre mucho, alternando uno, y otro según su arbitrio. En el lugar citado se puede ver el artificio de que usaba para esto; el cual, siendo descubierto, como también algunos latrocinios, que [112] había ejecutado, hizo los últimos visajes, apretado de un conjuro de esparto, entre las piernas del Verdugo.


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§. XIII

54. El artificio de este miserable me trae a la memoria otro, que ha pasado en todos tiempos por argumento infalible de posesión. Este es el disponer de tal calidad la articulación, y la voz, que la habla parece se forma en el vientre, o viene de lejos. Los que tienen esta habilidad son llamados por los Latinos Ventriloqui, y por los Griegos Engastrimythi. Digo, que en todos tiempos pasó esta operación por seña muy cierta de estar poseído el sujeto por el espíritu maligno; pareciendo imposible, que en el vientre se formen las palabras, sino por el Demonio introducido en él. Pero ya algunos perspicaces Físicos han descubierto el artificio, el cual consiste en articular las palabras durante la inspiración; esto es, al tiempo que el aire se introduce en el pulmón. Pondré aquí las palabras de Juan Conrado Ammán en su tratado de loquela, traducidas de Latín en Castellano. Todo lo que hasta aquí dije de la voz, y loquela, se debe entender de la cotidiana, y vulgar, que se hace expirando; porque hay otro modo de formarla por inspiración, la cual pocos pueden hacer. Esto he admirado algunas veces en tal cual Erastrimytha. Y un tiempo en Amsterdam oí a una vieja, que hablaba de uno, y otro modo, y representaba que respondía a las preguntas, que le hacía su marido; de suerte, que yo juraría, que la voz que figuraba ser de su marido, se formaba a algunos pasos de distancia de ella, y creía, que lo que hablaba inspirando, venía de lejos. Esta mujer fácilmente podría hacer el papel de Pythia.

55. Estas últimas palabras son relativas a la Sacerdotisa de Apolo Délfico, de quien dicen algunos, que para persuadir, que hablaba con ella, o por ella la Deidad, formaba con este artificio la loquela. Llamábase [113] Pythia aquella Sacerdotisa: voz que unos derivan de un modo, y otros de otro.

56. Lo que dice el Autor citado, que son pocos los que pueden ejecutar esto, lo creo muy bien. Yo probé a ver si podía imitarlo, y con gran contención, y esfuerzo logré alguna muy imperfecta, y muy breve imitación; pero me costó un dolor bastantemente molesto en el pecho, que duró algunas horas. Sin duda que los que lo consiguen, es a fuerza de un largo, y penoso ejercicio. Acaso tendrán también alguna particular configuración en el órgano de la voz; y acaso también esta particularidad de la organización será inducida por el violento, y repetido conato de hablar inspirando.

57. Vigneul Marville en sus Misceláneos de Historia, y Literatura, dice haber visto en París dos hombres, que sin diablura alguna, y sin afectarla ellos, hablaban como del fondo del estómago, con modo tan admirable, que los que los oían, creían que la voz venía de muy lejos; e ignorando el secreto, firmemente lo suponían cosa preternatural, o milagrosa.


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§. XIV

58. Una de las más decantadas señas de posesión, aunque muy infrecuentes, es la extracción de varios cuerpos extraños, ya animados, ya inanimados, del cuerpo del que se juzga poseído. Los ejemplos sucedidos son poquísimos: los imaginados, y publicados no son tan raros. Por lo que mira a los cuerpos animados, oí decir, que una, u otra mujer exorcizada había arrojado, o ya un sapo, o una culebra, u otra sabandija, y que esto se tomaba por seña infalible de maleficio. Creo, como he insinuado, que esto, aunque se dice algunas veces, rarísima sucede. Pero doy el caso: ¿Se debe inferir de él posesión ocasionada de maleficio? De ningún modo. Ya ha sucedido lo mismo una, u otra vez, sin parecer otra seña alguna de maleficio, o posesión. En las Efemérides de la Academia Leopoldina, [114] en Alemania, se halla referido por el Señor Fakio, primer Médico del Emperador reinante, uno de estos casos, en que él fue testigo ocular. Un Oficial empezó a sentir en su estómago, e intestinos un animal, que se movía. La molestia fue creciendo al paso que fue creciendo el huesped importuno. Las inquietudes, náuseas, dolores de corazón, deliquios, y corrosiones de las entrañas, eran frecuentes. Ordenóle el Señor Fakio varios remedios para librarle: finalmente, o irritado de ellos, o por lograr mayor libertad, y anchura, después de vehementes conatos, salió por la boca del pobre hombre un lagarto bien grande, taraceada la piel de rojo, y amarillo, que al momento corriendo dio varias vueltas por la sala. El sujeto quedó tan maltratado, que aunque le socorrieron con varios cordiales, murió el día siguiente. Por saberse que poco antes de sentir los primeros movimientos de la sabandija, incitado de la sed, y del calor, había bebido copiosa cantidad de agua en una fuente, se conjeturó, que envuelto en el agua había tragado el esperma de un lagarto.

{(a) Don Juan Quince, que hoy vive, Abogado de esta Real Audiencia de Oviedo, los años pasados, después de padecer grandes incomodidades, arrojó un sapo por la boca, sin que nadie le conjurase, y sin que ni antes, ni después de arrojarle, diese fundamento, o apariencia alguna de maleficio.}

59. En efecto, hoy es la sentencia corriente de los Filósofos, que todos los Insectos, que se engendran en el cuerpo humano, proceden de su específica semilla, que se introduce, o por los manjares, o por la bebida, o por la inspiración, y halla en el sujeto temperie, y humores proporcionados para la producción del viviente proprio de la semilla. Son estas semillas, por la mayor parte, a causa de su minutísima pequeñez, totalmente imperceptibles; y así, no sólo pueden, sin ser notadas, tragarse en la comida, y bebida; más aún, agitadas de cualquier movimiento del aire, introducirse por la [115] inspiración. Para nuestro propósito no hace al caso, que la generación de estos insectos se haga, o no de semillas, pues bien fácil es su producción en nuestros cuerpos, si pueden engendrarse de humores corrompidos, como siente la Escuela Peripatética. Que sea de semilla, que de putrefacción, es cierto, que se engendran gusanos de varias especies en el cuerpo humano. ¿Por qué no otros insectos de mayor cuerpo, como lagartos, sapos, y culebras? Confieso, que la producción de éstos dentro del cuerpo humano es mucho más rara, que la de aquéllos; lo que puede atribuirse a que la semilla de éstos, a causa de su mayor corporatura, sólo por un raro accidente puede mezclarse con la comida, y bebida; y aun mezclada, sólo por otro raro accidente dejaría de ser notada; al paso que la semilla de aquéllos, por su insensible pequeñez, en todo puede mezclarse, o esconderse.

60. Esto basta para que en caso que alguno, que se figura poseído, arroje algunos de estos insectos mayores, no se admita como seña cierta de posesión. Y sobre esto advierto, que tampoco se dé por cierta la expulsión de tales insectos, a menos que se vea. De cualquier modo es cosa muy extraordinaria; y lo muy extraordinario no debe creerse, sino, o al informe de la experiencia, o a testimonios segurísimos, según las reglas que dimos en el primer Discurso del quinto Tomo. Si apura la materia, se hallará, que lo que se dice de que esta, o aquella Energúmena han arrojado, o tienen dentro del cuerpo lagartos, sapos, o culebras, comúnmente es invención, ya de las Exorcizadas, ya de los mismos Exorcistas.


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§. XV

61. En cuanto a los cuerpos extraños inanimados, que arrojan lo primero que se viene a la consideración, es aquel ochavo, o cuarto, u otra especie de moneda, que escupen, en señal de que el Demonio saldrá tal, o tal día, o de que sale entonces. Aquí se ve claramente cuánta es la rudeza, y falta de reflexión del [116] Vulgo. ¿Qué dificultad hay en que de antemano lleven la moneda escondida en la boca, colocada entre los dientes, y la mejilla? Pruébelo cualquiera, y verá cómo la moneda puesta allí, no le quita de hablar con bastante despejo, ni aun comer, beber, salivar: tampoco hará intumescencia observable en la mejilla, por donde pueda conjeturarse la trampa. Y aun cuando la hiciese, podría servir de socorro precautorio empezar a simular algunos días antes un flemoncillo. La fingida Energúmena, que yo conjuré con fragmentos de Poetas Latinos, era de tan corta advertencia, y maña, que en una ocasión le vio cierta persona, que me lo dijo, sacar el ochavo del seno, y metérselo en la boca.

62. Lo que con más motivo ha excitado la admiración, y fundado con más apariencia la sospecha de posesión diabólica, es la expulsión de algunas substancias extrañas por varias partes del ámbito del cuerpo. Ha hecho gran ruido en algunas ocasiones la extracción de agujas por esta parte, y aquella parte del cutis; y apenas, y ni aun apenas hubo en tales casos quien dudase de ser operación demoníaca. Mas ya en estos últimos tiempos, en que los Filósofos, empezando a abrir los ojos, en la experiencia hallaron la única senda de la Física, se ha reconocido, que sin intervención de causa alguna preternatural sucede lo que hemos dicho. En el séptimo Tomo de la República de las Letras se halla testificado, que en la disección, que se hizo de un Militar Francés el año 1685, se le halló pegada una aguja a la uretra derecha. En el Diario de los Sabios de París de 1691 se refiere de un joven, a quien después de padecer mucho en ciertas partes del cuerpo, resolvieron los Cirujanos cortar uno de los testículos, por verle mucho más crecido que el otro. Hiciéronlo, y enmedio de él hallaron clavada una gruesa aguja, tomada de orín. Varias circunstancias persuadieron, que cuando estaba en la cuna, se le introdujo en el cuerpo.

63. Pero el caso más decisivo a favor de nuestro [117] intento (omitiendo otros del proprio género, que se hallan en los Autores) es el que está estampado en el Tomo segundo de las Memorias de Trevoux del año 1725, y pasó en esta forma. Por el mes de Noviembre del año 1724, a una enferma, Religiosa Dominicana de Tornay, fue a visitar Monsieur Doison, Médico de la Ciudad, y Autor de la Relación inserta en el Tomo citado, acompañado de los Médicos, y Cirujanos asalariados por la Comunidad. Hallóla de buen semblante; pero que se quejaba de padecer gran debilidad, y sentir había muchos meses dolores agudos, y picantes. Examinado el ámbito del cuerpo, hallaron manchas lívidas en muchas partes de él, especialmente en el pecho, y en las piernas. Haciendo juicio de que eran escorbúticas, le ordenaron remedios apropriados a esta dolencia; pero sin alivio alguno de la enferma, en la cual continuaron las angustias, y dolores. A vista de esto se resolvieron las Religiosas a llamar un Cirujano Extranjero, el cual vino a visitarla acompañado de otro del Pueblo. Los dos, tentando las manchas con más atención, sintieron alguna dureza, y resistencia, como que la hacía algún cuerpo extraño, escondido debajo del cutis; por lo que deliberaron hacer incisión sobre una de las manchas, e inmediatamente hallaron una aguja, que extrajeron. Prosiguieron en hacer incisiones sobre otras manchas, y hallaron debajo de ellas hasta veinte, o veinte y dos agujas, que sacaron. Algunos días después, quejándose después la Religiosa de un dolor agudo detrás de la oreja derecha, el Cirujano del Lugar le sacó una aguja de aquella parte, y se le alivió el dolor. En otra ocasión, que la visitaba Monsieur Doison, diciendo ella, que sentía dolor debajo de la garganta en la áspera arteria, especialmente al tragar la saliva, u otro cualquier licor, cogió el Médico la parte dolorida entre el pulgar, y el índice, y sintió la extremidad de otra aguja; pero muy profunda para poder extraerse. Lo mismo reconoció en la parte dolorida de una pierna. El Médico que era docto, [118] y no de aquellos, que luego recurren a maleficios, le preguntó, si siendo niña, había tragado algunas agujas; a lo que ella, sin la menor perplejidad, y prontamente, le respondió, que las había tragado muchas veces, porque tenía el mal hábito de traerlas en la boca, y a veces se le metían algunas dentro, y que de esto se acordaba muy bien, y sin la menor duda.

64. Ve aquí un caso concluyente a nuestro propósito. Lo que sucedió a esta Religiosa, pudo, y puede suceder a muchas mujeres. En la indiscreta viveza de las niñas cabe muy bien la peligrosa travesura de juguetear con agujas, o alfileres en la boca, y cabe de resulta el daño, que incurrió nuestra enferma. Poco ha, que una, aquí en Oviedo, se ocasionó el mismo trabajo con este género de enredo, y mucho tiempo después fue apuntando a salir la aguja por debajo de la nuez de la garganta, hasta que descubierta, se la extrajo el Cirujano Francisco de Solís, que hoy la conserva, y me la mostró. Son testigos del caso, demás del Cirujano, el padre, y madre de la niña, residentes en esta Ciudad, y otros algunos, que vieron la operación. Luego no hay motivo para echar la culpa a maleficios en semejantes casos.

65. Confieso, que el mantenerse tantas agujas por tantos años dentro del cuerpo de la Religiosa, de quien hemos hablado, sin inducir en las entrañas algún gravísimo daño, que ocasionase brevemente la muerte, es difícil de entender, como también el que sucesivamente fuesen saliendo hacia el cutis. ¿Mas qué importa? ¿Diremos, que la Naturaleza no puede hacer sino aquellas cosas respecto de quienes comprehendemos sus rumbos, y sus pasos? Eso sería negarle casi todas sus operaciones; sobre lo cual doy traslado al Discurso VI del VI Tomo. Todo el Universo es un compuesto de artificiosísimas máquinas, que exponen a nuestros ojos los movimientos externos, ocultando, no sólo a los sentidos, mas aun al entendimiento, los internos resortes, que los obran. Dios, [119] aun en el orden natural, obra como quien es; quiero decir, como infinitamente poderoso, e infinitamente sabio. Temeridad blasfema será negar, que un tal Artífice, aun dentro del orden natural, pueda hacer muchísimas cosas con medios, o instrumentos totalmente incomprehensibles a nuestra capacidad. El hecho que acabamos de referir, no es dudoso. Diolo al público un Médico acreditado, testigo de vista, al mismo tiempo que acababa de suceder; a que se añade ser teatro del suceso una Ciudad populosa, donde sería facilísimo averiguar la mentira, si lo fuere. Supuesto esto, ¿a qué hombre de razón embarazará el que nuestra Filosofía no comprehenda el modo? Mas no por eso han dejado algunos de discurrir sobre el caso: no quiero decir sobre este sólo, que acabamos de referir, sino sobre los de esta especie, de quienes se hallan bastantes ejemplares repartidos en varios Autores. Yo leí mucho tiempo ha uno, u otro en Juan Schenkio. Monsieur Doison añade a los que dice haber visto en Schenkio, aunque especifica otros, sobre que cita a Monsieur Verduc, Médico Parisiense. En el Tomo séptimo de la República de las letras, son citados también, para el mismo asunto en general, Hildano, Horstio, y Tulpio.

66. Monsieur Doison discurre, que las agujas, siguiendo el rumbo del chilo, hasta introducirse en las venas, conducidas en ellas por el curso de la sangre, llegaron a introducirse en las venas capilares, de donde el impulso de las fibras motrices las fue arrimando al cutis poco a poco. Pero esto es totalmente impersuasible a quien tenga la más leve tintura de Anatomía. Era menester para esto, que un Angel, con continua asistencia, fuese dirigiendo su movimiento; porque lo primero, después de bajar al estómago, descender a los intestinos, de allí pasar a las venas lácteas, de éstas, transitando por las glándulas del mesenterio, trasladarse al receptáculo del chilo, reservatorio de Pequeto (su primer descubridor) o cisterna chilífera, que estos tres nombres [120] tiene; de la cisterna chilífera al ducto chilífero, o canal torácico; de allí introducirse en la vena yugular; de ésta pasar a la cava; luego entrar en el ventrículo derecho del corazón; salir de él por la arteria pulmonar, y toda la substancia de los pulmones, para entrar en el ventrículo izquierdo del corazón; introducirse después en la grande arteria, &c. absolutamente es increíble, que en tantas vueltas, y revueltas las agujas no topasen, y se clavasen, o en esta, o en aquella parte, si algún Angel, como dije antes, no fue guiándolas.

67. Por esto me conformo con lo que dicen otros, que las agujas, y otros cuerpos forasteros, que tal vez se han visto salir a la superficie del cuerpo, fueron rompiendo, y haciéndose lugar poco a poco, impelidos lentamente del movimiento de las fibras, hasta acercarse al cutis, siguiendo unos una dirección, y otros otra. Pero aquí ocurre una grave dificultad, y es, que continuadamente causarían intensísimos dolores, hasta que se extrajesen, y en algunos sujetos no sucedió así; antes pasó mucho tiempo sin que sintiesen algún dolor, o por lo menos sin que le sintiesen muy grave. El Padre Regnault en el segundo Tomo de sus Diálogos Físicos, haciéndose cargo de esta dificultad, la satisface aguda, y sólidamente, diciendo, que por moverse lentísimamente esos cuerpos, no debían causar dolor considerable.

68. Pruebo, y juntamente explico esta respuesta, que para muchos necesita sin duda de explicación. El dolor, según la sentencia común, es causado por la disolución del continuo. Es cierto, que en igualdad de sensibilidad, cuanto mayor cantidad de continuo se divide, tanto mayor es el dolor; y tanto menor éste, cuanto menor cantidad de continuo se disuelve. Por esta razón causa poco dolor la picadura de una pulga, poquísimo la levísima picadura de una aguja. Puesto esto: digo, que una aguja, movida tan lentamente que tardase tres, o cuatro años en pasar de lo interior del cuerpo a la [121] superficie, no causaría algún dolor sensible, porque no disolvería en cada momento de tiempo sino una porción minutísima del continuo, mucho menor sin duda, que la que disuelve la picadura de una pulga.

69. Diráme acaso, que no sólo se siente dolor en el momento que el continuo se disuelve, mas también algún tiempo considerable después: con que, juntándose el dolor, que en este momento resulta de la presente picadura, con el que permanece de las picaduras de muchos momentos antecedentes, producirán una sensación dolorosa considerable. Respondo, que todo ello junto es poquísimo, y casi, o sin casi, imperceptible. Lo primero, porque el dolor, que permanece después de herida la parte, es muy remiso, respecto del que padeció al herirse. Lo segundo, porque cuando la proporción herida es pequeñísima, brevísimamente se consolida, o cicatriza, como cada día se experimenta en la leve picadura de una aguja; puesto lo cual, enteramente cesa el dolor.


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§. XVI

70. Lo que hemos razonado en orden a las agujas, puede aplicarse, a la introducción, y extracción de otros cuerpos extraños de mayor bulto. Y aunque es verdad, que en estos, por razón de su mayor grosor, y figura menos apta para la penetración, crece algo la dificultad, se compensa ésta bastantemente con la gran cantidad de ejemplares bien testificados de la experiencia. Por la vía de la orina se han visto repetidas veces salir varios cuerpos extraños. Bartolino, citado en la República de las Letras, testifica de un hombre, que habiendo tomado píldoras, arrojó una por aquella vía, otro una paja de cebada, otro un pequeño hueso, otro un hueso de pruno; y sobre la fe de Olao Borriquio, cuenta de otro, que había comido unas aves muertas a escopetazos, el cual arrojó un grano de plomo. En el Tomo Primero de las Observaciones Curiosas sobre todas las partes de la Física, se habla de otros, [122] que expelieron envoltorios de cabellos, por la misma vía. Monsieur Doison, citado arriba, es testigo de haber salido a otro por ella un cabello bien largo. Y omitiendo otros sucesos del proprio género, yo puedo testificar con toda certeza de uno bastantemente reciente. Don Juan de Zumárraga, Harpista de esta Iglesia Catedral de Oviedo, empezó por el mes de Julio de 1731 a padecer dolores en el vacío izquierdo hacia el riñón. Llamó al Médico, el cual, observando que el dolor iba descendiendo, el sitio que ocupaba, y otras circunstancias, hizo juicio resuelto de que era piedra. Ordenóle algunos remedios. El dolor a tiempos cesaba, y le daba lugar a dejar la cama. Una vez, estando presente el Médico, le repitió el dolor hacia el cuello de la vejiga. Sentía propensión a orinar, mas no pudo ejecutarlo. Hizo la diligencia de procurar excreción por la otra vía, y con el conato que hizo, arrojó con mucho dolor, por el conducto de la uretra, lo que le causaba el dolor; y el paciente, puesta la mano al orificio de la glande, para recibir en ella, y reconocer lo que tanto le molestaba, recogió un pequeño cuerpo duro envuelto en sangre, el cual al momento entregó al Médico; y éste, limpiándole, halló ser un hueso de guinda. He dicho, que de este hecho tengo entera certeza, por la inviolable veracidad, experimentada por mi larguísimo tiempo, de los dos testigos oculares, que citó el Médico, y el Paciente, porque a uno, y otro oí certificarlo varias veces. En mi poder está el hueso de guinda.

71. Quiébrense ahora las cabezas los Anatómicos, sobre si para bajar la orina a la vejiga, demás del conducto ordinario, hay otro más breve, que el dilatadísimo, que arriba hemos señalado al chilo; añadiendo de más a más la Aorta descendente, las emulgentes, los riñones, y los uréteres; y porfíen norabuena algunos profesores de Anatomía, que no se halla, y no hay tal conducto, contra las repetidas experiencias del pronto descenso de algunas bebidas del estómago a la vejiga. [123] Si cuerpos sólidos de este tamaño transitan por vías tan angostas, cuyo hueco no es correspondiente al más menudo grano de mostaza (aun suponiendo que sean conducidos por la senda ordinaria de la orina, pues por los riñones no puede pasar ésta, sino resudándose gota a gota), ¿qué dificultad hay, en que un licor tenue se transcuele por donde no ven conducto alguno los ojos Anatómicois? Mayormente cuando en los cadáveres, por la falta de calor, y espíritus, que las inflan, están las partes encogidas, y corrugadas.

72. Volviendo a nuestro propósito, no sólo por la vía de la orina, por diferentes partes del ámbito del cuerpo han salido en muchas ocasiones varios cuerpos extraños. Entre las Observaciones de Schenkio leí, que un rústico, viéndose ocioso, tomó la bárbara diversión de introducirse una espiga de trigo por la uretra: habiendo entrado parte de ella, el pie de la espiga hacia dentro, quiso sacarla; pero viendo que las puntas en el acto de la extracción le causaban mucho dolor, se revolvió a introducirla enteramente, y en efecto la fue llevando con tiento poco a poco, hasta que la metió en la vejiga. Pasado mucho tiempo, empezó a sentir algún tumor, y crueles dolores en una pierna. Llegó el caso de hacer una incisión en la parte entumecida, y por ella salió la espiga. En las Memorias de Trevoux de 1703, Tomo segundo, se da cuenta de un hombre de Angers, que después de sentir un pedazo de tiempo dolor en la punta de un dedo, viendo que se había hecho allí alguna materia, rompió el cutis para exprimirla, y arrojó un grano de avena. Teófilo Bonet, citado en el segundo Tomo de Observaciones Curiosas, refiere, que habiendo quedado sepultada en la cabeza de un hombre la punta de un dardo, catorce años después la echó por la boca. Sujeto fidedigno me refirió haber oído los años pasados a un Cirujano del Hospital General de Madrid, testigo ocular del suceso, lo que se sigue. Llegó a aquel Hospital de noche uno, que acababa de recibir una herida [124] profunda en la cabeza. Encontró con un Oficial de Cirugía muy inexperto, el cual le tomó la sangre. La herida había abierto el casco y cortado la dura mater, de modo, que el Cirujanillo, levantando un pedazo de aquella membrana, entre ella, y la Pia mater le puso una hilas. La herida vino a cerrarse perfectamente, quedando sepultadas las hilas en aquel sitio. Sabido esto por el Cirujano, que refirió el suceso, y dudando que aquel hombre estuviese perfectamente curado, quiso registrarle. Había pasado ya bastante tiempo. En efecto vio bien cicatrizada la llaga; pero al mismo tiempo halló, que el hombre se quejaba de un tumor en la glándula carótida izquierda. Resolvió abrirle, y ve aquí, que salió por la abertura un pelotoncillo de hilas, las mismas sin duda, que el Aprendiz de Cirugía había dejado entre la Pia, y Dura mater.

73. Otros muchos casos de la misma especie se encuentran en varios Autores, de los cuales uno, u otro, como el haber expelido un cuchillo por la hijada, salva la vida, se hicieran increíbles, a no constarnos con certeza otro semejante, divulgado en España; quiero decir, el del rústico de una Aldea, junto a Medinaceli, que habiéndose tragado un huso de hilar estambre, le arrojó algún tiempo después por un lado, y vivió. Tuve la primera noticia de este raro suceso por el Libro, intitulado: Jornada de los Coches de Madrid a Alcalá. Pero su Autor padeció equivocación en cuanto al tiempo, porque asigna el caso a los fines del Siglo pasado, y no sucedió sino el año de nueve del presente. Noto esto, por estar exactamente informado del todas las circunstancias de él por el Doctor Don Gaspar Casal, Médico hoy del Cabildo de Oviedo, el cual, hallándose entonces en Sigüenza, tuvo noticia pronta del suceso, comunicada en carta de Don Antonio Temprado, Médico de Medinaceli, que asistió personalmente a la extracción del huso; y después el mismo Don Gaspar Casal trató al rústico, le examinó sobre todo el hecho, [125] y reconoció la cicatriz de la abertura por donde salió el hueso. Me ha dicho, que era un hombre tan estúpido, que no pudo sacar de él cosa cierta, en orden al motivo de la bárbara acción de tragar el hueso, y sólo por conjeturas vino a colegir, que la mucha necesidad, que el rústico padecía (hubo aquel año gran escasez de víveres por aquel País) le indujo a la brutalidad de acabar consigo de aquel modo.

74. De todo lo dicho sobre este asunto se convence, cuán neciamente se toma por seña segura de posesión, o maleficio, la extracción, o expulsión de agujas, cabellos, y otros cualesquiera cuerpos extraños: y asimismo la generación de algunas sabandijas dentro del cuerpo humano, pues todo puede ser natural, y en innumerables ocasiones se ha visto serlo.


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§. XVII

75. Finalmente, las señas más falibles, o por decirlo mejor, las más despreciables, son aquellas, que más acreditadas, y practicadas se hallan entre los Exorcistas. La primera consiste en ciertos sahumerios, los cuales dicen tienen la eficacia de molestar extrañamente a los Demonios; y mediante esta molestia, descubrirlos, y también ahuyentarlos. Usan para estos sahumerios de la ruda, del hipericon, de cuerno de cabra, del estiercol humano, &c. El doctísimo Valles toca este punto en el capítulo 28 de su Filosofía Sacra, haciendo de tal práctica el desprecio que merece: y descubriendo, cómo las conmociones, que se observan en los Exorcizados, inducidas de aquellos sahumerios, y que toman por señas de posesión, resultan únicamente, como efectos naturales de ellos, en el mismo paciente, sin que haya Demonio allí, que haga, ni padezca. Dice, que entre las cosas, de que usan, hay unas que son saludables para la Epilepsia, y otros males, cuyos síntomas toman erradamente por efectos de posesión; y el alivio que ocasionan en esas enfermedades, le atribuyen [126] a quietud, y opresión de los Demonios, que imaginan: otras, que absolutamente son nocivas, y molestas; y cuando con ellas irritan, conturban, y horrorizan a los Exorcizados, juzgan que atormentan a los Demonios, que no hay: Putantes se torquere Daemonem, cum potius torqueant miseros aegrotantes.

76. Los que dan actividad natural a estas cosas materiales para molestar a los Demonios, por consecuencia forzosa caen en el error Platónico, de que son corpóreos; pues una substancia puramente espiritual no puede recibir daño, o molestia de cosa alguna corpórea. Pero los más ya se libran de este pantano, tomando otro, u otros caminos. Dicen lo primero, que Dios puede sujetar los Demonios, y de hecho los sujeta a algunas cosas materiales, de modo, que horrorizados huyan de ellas. Dos ejemplos de esto alegan, tomados de las Sagradas Letras. El uno es el Demonio de Saúl, que huía de la música de David. El otro es el Demonio Asmodeo, del cual libró a la Esposa del Joven Tobías el humo del hígado del Pez. Dicen lo segundo, que otras cosas atormentan a los Demonios, no con causalidad física, sino intencional: esto es, mediante la representación objetiva, de que tal, o tal cosa se hace por mofa, y desprecio de ellos. Este efecto aseguran hacen los humos de cosas hediondas, y viles; porque el Demonio, que es extremamente soberbio, padece cruelísimo tormento de verse ajado, y escarnecido con tales sahumerios. Dicen lo tercero, que hay algunas disposiciones morbosas en los cuerpos de los Energúmenos, que los hacen más aptos para que el Demonio se introduzca, y obre en ellos, sobre todo la melancolía atrabiliaria; y por tanto algunas cosas materiales, contrarias a aquella disposición morbosa, quitándola, indirectamente expelen al Demonio.

77. En cuanto a lo primero, digo con el Padre Conelio Alapide, {(a) In 1. Reg. cap. 16.} que, aunque es cierto, que Dios puede [127] sujetar al Demonio a algunas cosas corpóreas; ¿de dónde consta, que efectivamente los sujeta? Los ejemplos de la Escritura nada prueban, pues según Padres, y Expositores, ni la Cítara de David, ni el hígado del Pez, obraron con virtud natural, sino sobrenatural, que Dios en aquellos dos casos quiso concederles. Pero quiero dar, que fuese natural. Nada puede aprovechar esto a los Exorcistas, los cuales ni usan de la música, ni del hígado de aquel Pez (ni aun sabe nadie qué Pez era) para ahuyentar los Demonios, sino de otras cosas corpóreas, de las cuales, ni por la Escritura, ni por otro testimonio de inferior orden consta, que tengan, ni virtud natural, ni sobrenatural para ahuyentarlos. Añado, que de la Escritura no consta ciertamente, que Saúl fuese atormentado del Demonio. Así, Cayetano, Genebrardo, y el Padre Delrio son de sentir, que aquel Rey infeliz sólo padecía una terrible melancolía, procedida del humor atrabiliario, para cuya enfermedad presta notable alivio la buena música.

78. A lo segundo replico, que todo eso se dice adivinando; y si esto se ha de fiar a conjeturas, la más natural es la mejor. ¿Pero cuál es aquí la más natural? La que se funda en la experiencia. Lo que experimentamos es, que cualquier hombre, o mujer, si le dan humo a las narices con cosas asquerosas, y fétidas, se conmueve, se inquieta, congoja, y hace todo lo posible por apartarse. ¿Para qué es, pues, menester recurrir a Demonio posidente? Juzgo yo antes bien, que si le hubiera, se esforzaría a disimular el tormento, que le ocasionasen esas befas, porque no se las repitiesen, y continua