La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Teatro crítico universal / Tomo sexto
Discurso primero

Paradojas políticas, y morales


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1. Si yo mirase a engrosar los libros, con menos costa mía, dividiría en muchos Discursos varias materias, que están recogidas en uno; porque el espacio de papel, que queda, en parte limpio, en parte ocupado de las letras mayúsculas del título, entre Discurso, y Discurso, multiplicando el número de estos, abulta considerablemente el Tomo, sin añadir trabajo al Autor. Pero, por no vender a los Lectores papel vacío, que de nada les sirve, siempre que la materias, aunque diversas, por convenir debajo de alguna razón genérica, podían unirse, si por otra parte, cada una por sí sola, o no permitía, o no merecía mucha extensión, he procurado colocarlas debajo de un título, como componiendo un Discurso solo. Esto ha sucedido en los Discursos, que tienen el título de Paradojas, y en otros muchos. Advertencia, que me pareció hacer ahora, así por este Discurso, como por muchos de los antecedentes.


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Paradoja primera
La invención de la pólvora, utilísima a los hombres

2. Si Virgilio, entre la infeliz turba de condenados, que representó a Eneas en su fingido descenso al Infierno, oportunamente señaló como uno de los castigados [2] con mayor severidad a Salmoneo, aquel Rey de la Elide, que, por captarse divinos honores, quiso imitar, y sólo imitó muy rudamente los truenos, y rayos de Júpiter:

Vidi, & crudeles dantem Salmonea poenas,
Dum flummas Jovis, & sonitus imitatur Olympi:

Creo, que los más de los hombres juzgan por digno, aun de más atroz suplicio, a aquel que, inventando la pólvora, y uso de ella en el cañón, copió con mucha mayor propiedad el estampido, la llama, y el estrago de esos volantes incendios. Con tanta ojeriza mira el mundo a aquel hombre, que apenas se puede hablar de él sin horror. Y Quevedo habló sin duda en nombre de todos, o todos hablaron en la pluma de Quevedo, cuando escribió:

De hierro fue el primero,
que violentó la llama
en cóncavo metal, máquina inmensa:
fue más que todos fiero,
indigno de las voces de la fama.

3. La abominación del inventor nace de considerarse la invención perniciosísima al linaje humano, como que con ella haya crecido inmensamente en el mundo el número de las muertes violentas. Este es un error común, que en la propuesta Paradoja pretendo desterrar, y que a poca reflexión que se haga, se verá desvanecido.

4. Tan lejos está de ser verdadera la mayor mortandad, que se supone ocasionada de la pólvora, que antes por ella se hizo menor. Es notoriedad de hecho constante por Historias antiguas, y modernas, que cuando solo se usaba de arma blanca en la guerra, eran los choques mucho más sangrientos. Pocas veces se daba entonces por decidida la cuestión (siendo la disputa entre Tropas de valor), sin que la gente de uno de los dos partidos se disminuyese hasta quedar en la mitad, poco más, o menos; [3] en lugar, que ahora la muerte de una décima parte, y aun menos, basta para declarar la victoria por el partido feliz. Confieso que esto en parte puede depender de la mayor pericia Militar, que hay ahora. En parte digo; pero otra gran parte, y acaso mayor, se debe a la diferencia de armas. Cuando lo hacía todo la cuchilla, no se podía guerrear, sin mezclarse íntimamente unas, y otras Tropas. Esta mezcla ocasionaba mayor irritación en los ánimos, mayor obscuridad para distinguir cada Ejército el estado de superioridad, o decadencia en que se hallaba, mayor confusión para la obediencia de las órdenes, y mayor dificultad para desenredarse los vencidos de los vencedores. Todas estas causas concurrían a hacer porfiadísimos los combates. Hoy basta tal vez, que el fuego desde lejos desordene algunos escuadrones, para que el Jefe, infiriendo de las circunstancias ocurrentes la imposibilidad de repararlos, mande tocar a la retirada.

5. En los Sitios de las Plazas es también visible esta diferencia. El uso del fuego hizo más fácil, y menos costosa de sangre humana su rendición. El Sitio de Troya, que se cree duró diez años, acaso no duraría dos meses, si entonces hubiese cañones, y morteros. Lo que la pólvora aumentó de ruina en las piedras, ahorró de estrago en las vidas. Bombas, y balas gruesas asombran mucho, y matan poco. A todos llega el trueno: a rarísimo el rayo. Frecuentemente redimen del daño con el susto, porque aterrada la guarnición, antes de menoscabarse considerablemente, piensa en la entrega, y se evitan así innumerables muertes de sitiadores, y de sitiados.

6. No solo se notó este ahorro de gente, y tiempo en los asedios después de introducido el uso de la Artillería; pero aun se observó, que al paso, que se fue aumentando el fuego, se fue aminorando el estrago. Sobre esta experiencia, o con esta mira, en el Reinado de Luis XIV, o por dictamen de aquel gran Rey, o por el de sus mejores Oficiales, dio la Francia en gastar mucha mayor cantidad de pólvora en los Sitios. Y España tal vez imitó práctica [4] con felicidad; como se vio en el Sitio de Namur el año de 1695, donde la rendición de la Villa costó mucho tiempo, y mucha gente, por ser corto el fuego, que se hacía contra ella; y la del Castillo fue mucho más breve, y menos costosa, porque, advertido el yerro antecedente, por espacio de siete días estuvieron jugando contra él sin cesar, ciento y cuarenta y un cañones, entre mayores, y menores, y cien morteros de bombas, y granadas reales; de modo, que se rindió aquella fortaleza, teniendo aún ocho mil hombres de buenas Tropas, sin contar enfermos, y heridos. Es verdad, que este efecto se logró en aquella ocasión, y se logrará en otras semejantes, no solo por el terror, que tanto fuego infunde a los sitiados, mas también, y acaso principalmente, porque les debilita fuerzas, y espíritus la continua fatiga en que los pone, ya no dejándolos lugar donde puedan comer, o dormir con alguna seguridad, ya precisándolos a un grande, y continuo trabajo corporal en el transporte de pertrechos, y municiones, a los puestos atacados, en el reparo de las brechas, en limpiar el foso de las ruinas de la muralla, &c. Donde la guarnición no es veterana, basta el terror, que ocasiona el estrépito de tanta máquina, y la ruina de los edificios, para intimidar los ánimos, y disponerlos a la entrega. Lo mismo sucede cuando prevalece mucho el número de paisanaje en la Plaza, aunque sea veterana la guarnición, como ya advirtió el gran Maestro del Arte Militar el Marqués de Santa Cruz de Marcenado en el libro 14 de sus Reflexiones Militares.

7. Siendo cierto, que en la guerra ahorra la pólvora innumerables muertes, es levísimo, respecto de esta gran conveniencia, el inconveniente de que ocasione algunas más, que las que hubiera sin ella, en los odios, y furores privados. No son estas, ni aun la milésima parte de aquellas. Tampoco se deben considerar como ocasionadas de la pólvora todas las que se ejecutan por medio de ella. Sirviera en las más ocasiones el acero a la venganza, faltando armas de fuego, habiendo casi siempre muchas para [5] coger al ofensor desprevenido. Añádase lo que el rigor de las leyes puede estorbar, y estorba en las Repúblicas bien gobernadas, el uso de las pistolas; y computado todo, se hallará, que para cada muerte, que la pólvora ocasiona en las ojerizas de los particulares, evita más de mil en las disensiones de los Príncipes.

8. Mirada a otro respecto la pólvora, es convenientísima a las Repúblicas, por los muchos, y grandes usos que tiene. Sirve para la caza de las aves; para el exterminio de las fieras, para allanar sitios ásperos, romper canteras, abrir caminos, atajar incendios, y otras mil cosas.

9. De todo resulta, que el inventor de la pólvora, en vez de las públicas execraciones que padece, es merecedor de agradecimientos, y aclamaciones. Quién haya sido éste, según la opinión común, y los argumentos que hay contra ella, se puede ver en mi cuarto Tomo, Disc. XII. num. 51, 52 y 53.


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Paradoja segunda
La multitud de días festivos, perjudicial al interés de la República, y nada conveniente a la Religión

10. Solo a la segunda parte de la proposición se puede dar el nombre de Paradoja, pues la primera bien patente tiene su verdad. Danse comúnmente de población a España ocho millones de almas, o poco menos. Más de la mitad de estos se ejercitan en la Agricultura, y otras Artes mecánicas. Pongamos, que el trabajo de cada individuo, computado uno con otro, no valga más que real y medio de vellón cada día. Sale a la cuenta, que en cada día festivo, por cesar el ejercicio de todas aquellas Artes, pierde España seis millones de reales. Por consiguiente, si en todo el año se cercenasen [6] no más que quince días festivos, se interesaría el Reino en seis millones de pesos.

{(a) En favor de la máxima, que conviene acortar el número de los días festivos, propondremos a todos los Prelados el ejemplo del Sínodo Tarraconense, celebrado en el año de 1725, el cual, por las razones, que alegamos en este Discurso, se deliberó suplicar a su Santidad condescendiese en dicho cercén de días festivos; y su Santidad, en Breve, expedido para este efecto, cuya copia está en mi poder, después de alabar el celo de los suplicantes, les concedió una rebaja muy considerable.}.

11. En atención a la grande importancia de reducir las fiestas a menor número, propuso ésta entre sus máximas nuestro gran político Saavedra. Así dice en la empresa 71: Siendo, pues, tan conveniente el trabajo para la conservación de la República, procure el Príncipe, que se continúe, y no se impida por el demasiado número de los días destinados para los divertimentos públicos, o por la ligereza piadosa en votarlos las Comunidades, y ofrecerlos al culto, &c. Y poco más abajo: Ningún tributo mayor que una fiesta, en que cesan todas las Artes; y como dijo San Crisóstomo, no se alegran los Mártires de ser honrados con el dinero, que lloran los pobres. Y así parece conveniente disponer de modo los días feriados, y los sacros, que ni se falte a la piedad, ni a las Artes. Cuidado fue este del Concilio Moguntino en tiempo del Papa León III, &c. La misma advertencia hizo Don Jerónimo de Uztariz en su utilísimo libro de Theorica, y Práctica de Comercio, y de Marina, cap. 107.

12. No hay duda en que, debiendo ceder siempre los intereses temporales a los espirituales, debería darse por bien empleado el dispendio, que resulta de la suspensión de las obras serviles en los días festivos, como estos se aprovechasen en beneficio de las almas. Pero esto es lo que no sucede, antes todo lo contrario; en tanto grado, que se puede asegurar, que más perjudica aquel ocio al alma, que al cuerpo. Asístese al Sacrificio Santo de la Misa en el día festivo. Es un acto de la virtud de [7] Religión, muy grato a Dios. Todo el resto del día (a la reserva de pocas personas, que gastan una buena parte de él en ejercicios devotos) se da al placer; y placer, que por la mayor parte no deja de tener algo de delincuente. ¿En qué días, sino en los festivos, hay entre la gente común la concurrencia de uno, y otro sexo al paseo, a la conversación, a la chocarrería, a la merienda, y al baile? ¿Cuándo, sino en estas concurrencias, saltan las primeras chispas del amor torpe? ¿Cuándo, sino en tales días, se da al desorden de la embriaguez la gente de trabajo? En una palabra: Las pasiones predominantes en cada temperamento, que en los demás días están como oprimidas de la fatiga corporal, se desahogan, y lozanean en los festivos.

13. Argüiráseme, que la Iglesia ha instituido todos los días festivos, que hay hoy, y es temeridad reprobar lo que la Iglesia instituye. Respondo lo primero, que dejando en pie las festividades, que prescribió la Silla Apostólica, queda mucho que cercenar en las que introdujo la devoción de los Pueblos. Respondo lo segundo, que el fin de la Iglesia en la institución de festividades es santo; pero nuestra corrupción hace veneno de la triaca. Así, no a la Iglesia se imputan los abusos, sino a nuestra malicia. Respondo lo tercero, que la Silla Apostólica en esta materia obra según los motivos que se le proponen de presente. Halla en un tiempo motivos justos para ordenar la observancia de tal, y tal día: y en otro los halla justísimos para suprimir esas, y otras festividades, como con muchas lo hizo la Santidad de Urbano VIII, por las representaciones, que le hicieron varios celosos Obispos. También el Cardenal Campeggio, en la Constitución, que, como Legado à Latere, hizo en Ratisbona para toda la Alemania, incluyó la restricción de los días festivos. Así empieza el num. 20: Nec abs re, imò justis de causis adducti, Festorum multitudimen constringendam esse duximus.

14. Aun sin recurrir a la Silla Apostólica, algunos Concilios Provinciales, después de mirar la materia con toda reflexión, trataron eficazmente de minorar el número [8] de festividades, en atención a los daños, que de ellas resultaban, no solo para el cuerpo, mas aun para el alma. Son bien notables las palabras del Concilio de Treveris, celebrado el año de 1549, en el Canon 10: Vemos, que el número de los días festivos ha crecido excesivamente, y al mismo paso se va enfriando la devoción de los Fieles; llegando esto ya a punto, que muchos tratan con desprecio todas las Fiestas, lo que ejecutan impunemente con deshonor de la Iglesia. Por otra parte los pobres, a quienes falta lo preciso para sustentar sus mujeres, y familias, claman que casi toda la cesación de los obras serviles, les es perjudicial: Por lo cual nos ha parecido conveniente minorar el número de las festividades, para que los desenfrenados se repriman, y los pobres se remedien. Luego pasa a señalar las Fiestas, cuya observancia quiere se mantenga, borrando otras muchas de las recibidas. Donde noto, que los Padres del Concilio parece no hallaron estorbo en cortar aun las fiestas introducidas por disposición Pontificia; porque después de prescribir las que se deben observar, dicen, que absuelven de la observancia de todas las demás, cualquiera principio que hayan tenido: Quacumque ratione inducta sunt, vel recepta. Cláusula general que comprehende las introducidas por Decreto de la Santa Sede, como las que lo fueron por voto, o costumbre de los Pueblos.

15. El Concilio de Cambray, celebrado el año de 1565, después de notar los muchos desórdenes, que se cometen los días festivos, dejó la moderación de su número al arbitrio prudente de los Obispos. Dice así en el Canon II: Como por la mayor parte el vulgo en los días festivos se derrama a más licenciosa vida, que en los demás días, para que con más piedad, y reverencia puedan ser observados por todos, miren los Obispos, si entre los días festivos hay algunos, que convenga ser reducidos a operarios, en cuyo caso intimen al Pueblo, que puede continuar sus trabajos en tales días.

16. El Concilio de Burdeos, que se tuvo el año 1583, [9] expresando con mayor individuación el motivo mismo de las culpas, con que comúnmente se profanan los días festivos, hace el propio encargo a los Obispos; pero con disposición más precisa. Estas son sus palabras: Pero los Obispos, cada uno en su Sínodo, atendiendo a las circunstancias de nuestros tiempos, procurarán reducir las festividades de sus Diócesis al menor número que puedan.

17. Nadie negará, que el abuso, que se hace hoy de los días festivos, no es inferior al que motivó aquellos establecimientos. ¿Por qué no se ha de aplicar el mismo remedio, siendo la misma la enfermedad? Esto es por lo que mira a precaver el daño espiritual. El temporal, respectivamente a nuestra España, es mucho mayor hoy, que en los pasados tiempos, por estar hoy mucho más pobres los naturales.

18. En atención a esto, parece pide hoy una piadosa equidad para España, mucho mayor reforma de fiestas, que la que en otro tiempo hizo la Santidad de Urbano VIII para toda la Cristiandad. Esta Papa en la Bula Universa per Orbem, expedida el año 1642, expresó ser movido para aquella reforma, no sólo por la representación, que le hicieron muchos Prelados del abuso, que se hacía de los días festivos, mas también del perjuicio, que padecían los pobres por la cesación de sus labores. Quin imò (son palabras suyas) & clamor pauperum frequens ascendit ad nos, eadem multitudimem (dierum festivorum) ob quotidiani victus laboribus suis comparandi necessitatem, sibi valdè damnosam conquerentium. Si hoy es mayor la necesidad de los pobres, es justo sea hoy mayor la reforma de las fiestas, por lo menos respecto de algunas Provincias más pobres, como son las dos Asturias, y Galicia, cuyos Labradores, trabajando con el mayor afán posible, sobre alimentarse todos miserrimamente, los más no ganan con qué cubrir sus carnes.

19. Ni es dudable, que si los Prelados, que tienen presente esta angustia de sus súbditos, recurriesen con la representación de ella a la benignidad de la Silla Apostólica, [10] lograrían para ellos una gran rebaja de días festivos. De esto hay un insigne ejemplar en la clemencia de Paulo III con los Indios Americanos, a quienes, en atención a su pobreza, a la reserva de las Dominicas, de los demás días festivos, rebajó cerca de tres partes de las cuatro, dejándolos solo con la obligación de guardar como tales el de la Natividad de Cristo, de la Circuncisión, Epifanía, Ascensión, Corpus, Natividad, de nuestra Señora, Anunciación, Purificación, Asunción, San Pedro, y San Pablo. Así se refiere en el Concilio Mexicano, celebrado el año de 1585, expresando el único motivo, que tuvo el Papa para tan grande rebaja: Indorum paupertati prospiciens.

20. No digo, que para nuestras Provincias se solicite favor de tanta amplitud. Los Señores Obispos, a quienes pertenece hacer la representación, sabrán arreglarla al tamaño de la necesidad. El temperamento que parece más proporcionado, para que, sin disonancia a la cristiana piedad, se concediese una considerable rebaja de días festivos, sería dejar estos en estado de semifestivos, conservando la obligación de oír Misa, y permitiendo en el resto del día el trabajo.


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Paradoja tercera
La que se llama clemencia de Príncipes, y Magistrados, perniciosa a los Pueblos

21. La clemencia es virtud, como la explican Eticos, y Teólogos; es vicio, como la toman los vulgares. Esta distintísima acepción de una misma voz se hará bien perceptible, si se advierte, que en doctrina de Santo Tomás, la clemencia no se opone a la severidad (2. 2. quaest. 157. art. 2.) y pregunto: ¿En la idea del vulgo no están reñidas estas dos cualidades? Es claro; pues al que atribuyen la de severo, sin más examen niegan [11] la de clemente. Luego distinta significación da el vulgo a la voz de clemencia, de la que le atribuyen los sabios.

22. Es la severidad una habitual inflexibilidad del ánimo, en orden a castigar los delitos, siempre que la recta razón lo pide. La clemencia es una habitual disposición para minorar el castigo, cuando la misma recta razón lo dicta: Quando oportet, & in quibus oportet, dice el Angélico Doctor, de quien es toda esta doctrina. Es claro, que no hay oposición, antes apacible armonía, entre estas dos cualidades. Pero asimismo es claro, que el vulgo reputa por diametralmente opuesta a la clemencia aquella inflexibilidad del ánimo, en que consiste la severidad; y así llama duros, rigurosos, inexorables, austeros, a los que son en aquel modo inflexibles.

23. Es clemente en la opinión del vulgo aquel Príncipe, o Magistrado, a quien doblan los ruegos de los amigos, las lágrimas de los reos, los clamores de sus huérfanas familias, y la blandura del propio genio, para mitigar la pena, que corresponde según las leyes. Pero en realidad este no es clemente, sino injusto. Es vileza, y flaqueza de ánimo la que cubre con nombre de clemencia. Es un protector de maldades quien por semejantes consideraciones, sin otro motivo, afloja la mano en el castigo de los delitos. Es un tirano indirecto de la República, porque da ocasión a todos los males, que causa el atrevimiento de los delincuentes, multiplicándose estos a excesivo número por falta de escarmiento. Por esta razón decimos en la Paradoja, que la que se llama clemencia de Príncipes, y Magistrados, es perjudicial a los Pueblos.

24. ¿Quién será, pues, verdaderamente clemente? Aquel que minora la pena correspondiente, según la ley común, cuando atendidas las circunstancias particulares, persuade la recta razón, que se debe minorar. Todo es doctrina de Santo Tomás en el artículo citado. De aquí se infiere, que el uso de la clemencia nunca es arbitrario, como comúnmente se juzga. Quiero decir, nunca pende de la voluntad mera del Príncipe, u del Magistrado, minorar [12] la pena, que prescribe la ley al reo. O debe, pesadas todas las circunstancias, minorarla, o debe no minorarla. No hay medio. La clemencia es una virtud moderativa del nimio celo, que es vicioso: luego sólo ha lugar su ejercicio en aquellos casos, en que aplicar toda la pena, que prescribe la ley común, sería exceso, sería rigor, sería crueldad. Bien veo, que esto es dar a la clemencia unos límites mucho más estrechos, que los que le concede la aprehensión común. ¿Pero qué importa? Esta es la doctrina sana, y verdadera.

25. Los motivos justos para minorar la pena en varios casos, son muchos. Los méritos antecedentes del reo, su utilidad para la República, su conocida ignorancia, o inadvertencia, cualquiera inconveniente grave, que se siga de su castigo, cualquiera considerable conveniencia, que la moderación de la pena fructique al Pueblo, o al Estado, &c.

26. Aquel grande Héroe Asturiano Pedro Menéndez de Avilés, Adelantado de la Florida, en varias ocasiones obró en materias de suma importancia para el Estado contra las órdenes, que le había dado su Rey. Cualquiera de estas transgresiones, según la ley común, merecía pena capital. El Rey, y un Rey tan celoso de su autoridad como Felipe II se las perdonó todas; pero no del todo, pues parte de castigo se debe reputar haberle dilatado mucho tiempo las remuneraciones debidas a sus esclarecidos méritos; en cuyo intermedio padeció aquel insigne hombre no pequeñas molestias. Fue el Príncipe clemente en este modo de proceder; y sería inicuo, cruel, y feroz por muchos capítulos, si atendiese para el castigo a la ley común. Perdería el Estado un hombre utilísimo, quedarían sin premio alguno unos méritos excelentes: ocasionaríanse con tan funesto ejemplar grandes pérdidas a la República, porque otros Comandantes, puestos en circunstancias en que fuese perjudicial seguir las órdenes, aun con este conocimiento las obedecerían por temor del castigo. Aun sin aquel mal ejemplo ocasionó [13] este temor la ruina de la grande Armada, destinada por el mismo Monarca al castigo de Inglaterra.

27. Supongo, que condujo mucho, o fue el todo, para que Pedro Menéndez lograse tan condescendiente al Príncipe, haber tenido buen éxito siempre que obró contra las instrucciones. Pero ni aun esto le aprovechó al valiente Joven, hijo de Manlio Torquato, a quien su propio padre quitó la vida, porque contra el orden dado había peleado con los enemigos, aunque volvía victorioso. Esto no fue ser justo, o severo, aunque el delito por la ley común mereciese pena capital; sino fiero, cruel, inhumano, bárbaro. El ardimiento juvenil minoraba mucho la culpa; mucho más el celo por el bien de la República, y la coyuntura favorable presentada, que no pudo prevenir el Cónsul, cuando le ordenó que no combatiese. Pero la feroz y desabrida virtud del duro Manlio, ni pesaba circunstancias, ni entendía de epikeyas; y así inicuamente, privó a su Patria de un Joven, que daba esperanzas de ser con el tiempo un gran Caudillo.

28. Cuando las circunstancias no ofrecen justos motivos para apartarse de la ley común, no hay lugar a la clemencia; porque el apartarse sería injusticia, y es imposible que una misma acción sea conforme a una virtud, y contraria a otra, pues sería buena, y mala al mismo tiempo. Así en esos casos no hay otro partido que tomar, sino aplicar la pena que prescribe la ley, por más que los espíritus flacos lo noten de dureza, porque eso es lo que conviene al público.

29. Annon, Santo Arzobispo de Colonia, en el undécimo siglo hizo arrancar los ojos a ciertos Jueces, que habían pronunciado una sentencia injusta contra una pobre mujer, dejando a uno sólo con un ojo, para que sirviese de guía a los demás. Supongo, que tan funesto espectáculo llenaría de horror a toda la Ciudad, y muchos acusarían de cruel la ejecución, pero ella fue justa, y juntamente útil, pues la ceguera de aquellos pocos Jueces a otros infinitos abriría los ojos, para mirar cómo sentenciaban las Causas. [14]

30. Más singular es el caso, que ahora voy a referir. Estando gravemente enfermo el Conde Eukembaldo de Burban, celosísimo de la justicia, supo, que su sobrino suyo había hecho violencia a una doncella: mandó luego, que le llevasen al último suplicio. Trampeóse la ejecución por los que habían de dar cumplimiento al orden, con la esperanza de que el Conde muriese presto. No faltó quien le hiciese sabedor de la omisión; y conociendo, que en el estado en que se hallaba, aunque repitiese las órdenes, no había de ser obedecido, con arte hizo venir al delincuente a su aposento, como que ya estaba aplacado, y aun acercársele al lecho con no sé qué pretexto. Entonces, asiéndole con el brazo siniestro el cuello, y empuñando con el derecho un puñal, que tenía escondido, se le entró por la garganta, y le derribó allí muerto. Escandalizó el hecho a muchos. Pero Dios con un prodigio declaró ser de su agrado la acción. Fue luego llamado el Obispo de la Ciudad para confesar, y ministrar el Sagrado Viático al Conde, cuya enfermedad se iba agravando. Confesó éste sus pecados con grandes muestras de dolor, pero sin hablar palabra del homicidio, que acababa de cometer. Trájosele a la memoria el Obispo. Dijo el Enfermo, que esa había sido una acción de justicia, y así no debía confesarla como pecado. Insistió el Obispo en que se acusase de ella, con amenazas de que no le absolvería. Estuvo firme el Conde: con que en efecto el Obispo se retiró, sin darle la absolución, llevando consigo la Sagrada Forma, que había traído para Viático. Hízole llamar el Conde, cuando ya marchaba, y al volver le dijo, que mirase si estaba la Sagrada Forma en la cajita en que la había traído. No dudando el Obispo de que allí estaba, y tratando de impertinente la duda del Conde, abrió la caja; pero con gran espanto suyo vio que faltaba la Hostia. Entonces el Conde, abriendo la boca, se la mostró en ella al Obispo, porque Dios milagrosamente la había trasladado de la caja a la boca de Enfermo, comulgándole, [15] digámoslo así, por su mano, y testificando con tan gran prodigio, que la acción justiciera del Conde había sido muy de su agrado.

31. Esta inviolable integridad en administrar justicia no pide dureza alguna de corazón; antes es compatible con toda la compasiva blandura, de que es capaz el corazón humano. Así, aun cuando no cabe la clemencia efectiva, hay lugar a la afectiva. Vieron llorar amargamente a Biante Prieneo, uno de los siete sabios de la Grecia, en ocasión que condenaba un reo a muerte, y le preguntaron, por qué lloraba, si en su mano estaba salvar aquel hombre: A que respondió: En ningún modo está eso en mi mano, y por eso lloro. Su muerte es debida a la Justicia, y esta ternura a la Naturaleza. De Vespasiano se cuenta, que lloró muchas veces en la muerte de reos, que él mismo justísimamente había condenado.

32. A quien tuviere el corazón tan delicado, que decline a debilidad, y flaqueza la blandura, le daré un remedio admirable, que le conforte el corazón, dejándole, sin embargo, tan blando como estaba. Este consiste en mudar al entendimiento la mira, y enderezar la compasión a otro objeto. Hállase un Juez en estado de decretar la muerte de un Salteador de caminos, que ha cometido varios homicidios, y robos; y teniendo ya la pluma en la mano para firmar la sentencia, se le representan a favor de aquel miserable los motivos de compasión, que en semejantes casos suelen ocurrir. Considera la afrentosa viudez de su mujer, la ignominia, y desamparo de sus hijos, el sentimiento de los parientes; y sobre todo, la calamidad del mismo reo. Quitar la vida a un hombre (dice entre sí) terrible cosa! y al mismo tiempo le tiembla la mano con que iba a tirar los fatales rasgos. Premedita la indecible aflicción del delincuente, al oír la sentencia: contémplale caminando al lugar del suplicio confuso, aturdido, medio muerto: sigue con la imaginación sus pasos al montar los escalones: parécele, que está viendo ajustar el cordel a la garganta: ya tiembla [16] todo; y al representársele el despeño del ejecutor, y reo de la horca, se le cae la pluma de la mano.

33. ¡Oh flaquísimo Juez! ¿Qué haremos con él? Apartar esta funesta representación, o trágica pintura, que tiene delante de los ojos del alma, y substituir en su lugar otra mucho más trágica, y más funesta. Esta se forma de los mismos autos. Mira allí (le dijera yo al compasivo Ministro, y desde ahora se lo digo, para cuando llegue el caso) mira allí en medio de aquel monte un hombre revolcado en su sangre, dando las últimas agonías, solo, desamparado de todo el mundo, sin otra esperanza, que la de ser luego alimento de las fieras. Iba éste por aquel camino vecino, sin hacer, ni pensar hacer mal a nadie, cuando bárbara mano violentamente le introdujo en la maleza, y le quitó con el dinero la vida. ¿No te enterneces, viendo agonizar sin remedio a aquel desdichado? ¿No te irritas contra el bárbaro, que cometió tan atroz insulto? El mismo es, de quien poco ha te condolías tan fuera de propósito. Mira acullá una mujer de obligaciones casi en la última desnudez, atada a un roble, puestos en el Cielo los ojos, de donde derrama amargas lágrimas, arrancando de su lugar el corazón la violencia de los gemidos, con que parece testifica, que aun al honor se atrevió la insolencia. Esta inocente iba dos horas ha muy devota a cumplir el voto de visitar un Santuario, y sin más culpa que ésta, una Furia en traje de hombre la puso en tal lastimoso estado. ¿No hicieras pedazos, si pudieras, a tan bruto, tan desaforado malhechor? El propio es, que pocos momentos antes era objeto de tu compasión. Vuelve los ojos acá, donde verás un venerable anciano tendido en el suelo, lleno de golpes, vertiendo sangre por dos o tres heridas, pidiendo al Cielo la justicia, que no halla en la tierra. Este es un hombre, que con continuos afanes, y sudores negoció un razonable caudal, que junto llevaba para emplear en la compra de una hacienda, para acomodar su familia, cuando en aquel camino inmediato le sorprendió un Salteador, [17] y sobre quitarle todo su caudal, le maltrató, hasta dejar la vida en el último riesgo, y cuatro hijas huérfanas en suma miseria. Pregúntasme indignado, ¿dónde está el Salteador? Respondo, que en la cárcel, esperando ver qué dispones de él. Mira representadas, como en lienzos, en las hojas de este proceso otras innumerables tragedias, de quienes fue autor ese mismo. Mira también en los confusos lejos de esa melancólica pintura cuántos, y cuántas por los homicidios, y robos de ese insolente están pereciendo de hambre; cuántos, y cuántas están arrastrando lutos, y lo que es peor, cuántos y cuántas no los arrastran, ni los visten, porque ni siquiera les ha quedado con qué comprarlos. Escucha, si tienes oídos en el alma, los clamores de aquellos pupilos, que piden pan, y no hay quien se lo dé: los gemidos de aquellas doncellas bien nacidas, y criadas con honor, desesperadas ya de tomar estado competente: las quejas de aquellos muchachos, que con la tarea de los estudios esperaban hacer fortuna, y ya por falta de medios se ven precisados a labrar la tierra: llantos de aquellas viudas, a quienes los maridos sustentaban decentemente con sus oficios; y hoy no tienen adonde volverse las miserables. ¿Qué me dices? ¿No te lastiman más los lamentos de todos esos infelices, que la merecida aflicción de aquel que fue autor de tantos males?

34. Dirasme acaso, que esos daños no se remedian con que este hombre muera, y así su muerte no hace más que añadir esta nueva tragedia a las otras. Es verdad; pero atiende. No se remedian esos daños; pero se precaven otros infinitos del mismo jaez. Los delitos perdonados son contagiosos: la impunidad de un delincuente inspira a otros osadía para serlo; y al contrario su castigo, difundiendo una aprehensión pavorosa en todos los mal intencionados, ataja mil infortunios. Ya que no puedes, pues, estorbar la desdicha de aquellos inocentes, en quienes ya está hecho el daño, precave la de otros innumerables. Mira si son unos, y otros más acreedores [18] a tu ternura, que ese demonio con capa de hombre, que espera tu sentencia. Finalmente advierte, que aquellos mismos inocentes afligidos está pidiendo justicia al Cielo contra él; y si les dejas indemne, se la pedirán contra tí, porque le perdonas.


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Paradoja cuarta
La que se llama liberalidad en los Príncipes, dañosa a los Vasallos

35. Supongo, que la Liberalidad no solo es virtud, sino virtud nobilísima, tanto más acreedora a que los hombres la aniden en su pecho, cuanto están constituidos en más excelso grado. Es cierto, que aunque todos los vicios son viles, y todas las virtudes nobles, con todo hay vicios, que con alguna particularidad tienen el carácter de sórdidos; y virtudes, que gozan cierto especial resplandor de hidalgas. Entre aquellos está colocada la Avaricia; entre éstas la Liberalidad.

36. De aquí se colige, que la codicia, siempre vil, es en los Príncipes vilísima, por lo mucho que desdice este abatimiento del ánimo de la elevación del Solio. Vespasiano fue un Príncipe de admirables cualidades, guerrero, político, justiciero, templado, discreto, afable; pero su codicia fue como un borrón, que obscureció todas estas perfecciones; de modo, que el que lee su Historia, lo más que puede hacer, es, no aborrecerle; pero nunca determinarse a amarle. Llegó para aumentar sus tesoros, al extremo de cargar un impuesto sobre los excrementos del cuerpo humano, y no fue tan hedionda la materia del tributo, como el tributo mismo.

37. Mas no por eso la prodigalidad, aunque vicio extremamente opuesto a la avaricia, deja de ser también muy fea en los Soberanos: aun es más torpe en ellos, que en los particulares. El particular pródigo, derrama lo [19] propio; el Príncipe lo ajeno. El particular con sus desperdicios se hace daño a sí mismo; el Príncipe a toda la República; de suerte, que aunque tan desemejantes los dos vicios, colocados en los Príncipes, producen en orden al público los mismos efectos. El avaro empobrece los Pueblos, para enriquecerse a sí mismo; el pródigo para enriquecer a otros. Lo que aquel junta, se sepulta; lo que este congrega, se disipa; y aun, si bien se mira, más nociva es la prodigalidad, que la avaricia; porque lo que desperdicia en beneficio de algunos particulares el pródigo, no vuelve, o solo muy tarde, o por raros accidentes puede volver al público; lo que amontona el avaro, suele servir, en tiempo del sucesor, para minorar en otro tanto los gravámenes del Pueblo.

38. Pero ¿qué es lo que llamamos prodigalidad de los Príncipes? Casi todo aquello, que comúnmente se llama liberalidad. Da el vulgo, y aun el que no es vulgo, grandes ensanches para expensas voluntarias al arbitrio de los Príncipes. Imaginase, que aun cuando el Príncipe da por capricho, o por afición particular a un sujeto, puede proporcionar la dádiva a la grandeza de su poder. Yo lo considero muy al contrario. Cualquiera suma considerable, que expenda, sin ordenarse directa, o indirectamente al beneficio público, es profusión injusta. Para el público es lo que sale del público. ¿No sería inicua providencia, que lo que contribuyen millones de hombres, sirviere al antojo, u ostentación de uno, que solo en cierto accidente extrínseco se distingue de los demás?

39. Mandó Alexandro Magno a su Tesorero diese al Filósofo Anaxarco todo lo que pidiese. Pidió éste cien talentos. Dio cuenta a Alexandro el Tesorero de la excesiva demanda del Filósofo. Hace muy bien, dijo Alexandro, pues sabe que tiene un amigo que puede, y quiere darle tanto. Y mandó que se le entregasen luego los cien talentos ¿Esta es liberalidad? Por tal se halla celebrada en infinitos libros. Pero yo digo, que no es sino una loca prodigalidad, hija de un exceso de vanagloria. [20] No solo prodigalidad, sino crueldad, y tiranía. Con aquellos cien talentos se podrían socorrer muchas necesidades; y si al Príncipe le sobraban, debía expenderlos en eso. Quitarlos pues de las bocas de tantos pobres, para saciar la hidropesía de un Filósofo avaro, ¿qué fue sino dejar en duda, quién fue más inicuo entre los dos, si Anaxarco en pedirlos, o Alexandro en darlos?

40. El mismo Alexandro a Perilo amigo suyo, que le pedía dote para sus hijas, mandó entregar cincuenta talentos. Replicó Perilo, que con diez tenía bastante. No importa, (respondió Alexandro) que aunque esos basten para tu necesidad, es muy corta dádiva para mi grandeza. Veo celebrados en mil escritos, como magnánimo el hecho, y como agudo el dicho; pero a mi me parece el hecho una locura, y el dicho una necedad. ¿Consiste la grandeza de un Príncipe en extravagancias, y desperdicios? ¿Es grandeza despojar a muchos de lo preciso, para dar a otros lo superfluo? No, sino iniquidad, y tiranía; y sólo le dará el nombre de magnanimidad, quien tenga sin uso el entendimiento.

41. En ocasión que a Alfonso V de Aragón, y primero de Nápoles le presentaban diez mil escudos de oro, dijo uno de los que lo miraban: Dichoso sería yo; si fuese mío todo ese dinero. Tómale, (respondió el Rey) que yo te quiero hacer dichoso. ¿Es esta magnanimidad? Como tal se aclama. Pero no es sino flaqueza de ánimo, y falta de fuerza para resistir un ímpetu desordenado de vanagloria. Es también falta de advertencia, o reflexión. Supongo, que aquel Príncipe hizo aquella profusión, por lisonjearse de tener corazón, y poder para hacer dichoso a un hombre con ella. Preguntaríale yo (y puede servir la pregunta para todos los Príncipes del mundo): Si es hazaña de la grandeza hacer feliz a un hombre, no será mucho mayor hazaña hacer a muchos felices, que a uno solo? Si es gloria del Soberano hacer dichos a un individuo, ¿no será sin comparación mayor gloria hacer dichoso a todo un Reino? No cabe duda. Pues esto [21] es lo que logrará, evitando toda profusión, y arreglándose a una discreta economía. Cercene todos los gastos superfluos, corrija la codicia de sus Ministros, o entregue el Ministerio solo a los íntegros, y capaces; proporcione las contribuciones a las fuerzas de los Vasallos; procure el alivio de Labradores, y Oficiales; porque estos son los que con su trabajo enriquecen la República; y cuando ven, que el peso de las gabelas las estruja casi cuanto produce su sudor, son muchos los que se dan a holgazanes, y vagamundos. En fin, observando todos los preceptos, que dictan la justicia, la piedad, y la prudencia, no alargándose con alguno en particular a más de lo que piden su necesidad, o su mérito, y siendo Padre benéfico de todos, los hará a todos felices.

42. El Erario Real es como el Océano. Recibe aquel el tributo de la moneda de todo un Reino, como éste el de las aguas de todo el Orbe. Así debe hacer lo que hace el Océano; que a todo el Orbe vuelve las mismas aguas, que recibe, fecundado todas las Regiones con las lluvias, que les suministra en exhalados vapores. Gran defecto sería de la Providencia Soberana, si engrosándose el caudal del Océano con la agua, que le contribuye todo el mundo, no se expidiese ese caudal sino en fertilizar una, u otra Provincia, dejando todas las demás estériles. Asimismo será un intolerable desorden del gobierno humano, que aquel Erario, a quien contribuyen todos los Vasallos, prodigamente rebose en beneficio de unos pocos particulares, escaseándose hacia todos los demás.

43. El Emperador hoy reinante en la China es, en el asunto de que vamos hablando, uno de los más excelentes ejemplares, que tiene, o tuvo jamás el mundo. Cito la Carta del Padre Contancin, Misionero en la China, escrita de Cantón a fines del año de 1725, y copiada en el Tomo 18 de las Cartas Edificantes, y curiosas de las Misiones Extranjeras; bien que yo solo tengo presente [22] su extracto en el Tomo segundo de las Memorias de Trevoux del año 1728.

{(a) 1. La Gaceta de Madrid, que el año pasado notició la muerte del último Emperador de la China Yong-Tching, dio una idea de este Príncipe diametralmente opuesta a la que produjimos en el Teatro, donde ponderamos su suave gobierno, el que la Gaceta transmutó en cruel, y bárbaro, diciendo que aquel Emperador había sido aborrecido de los Vasallos por su crueldad. Sin duda el Gacetero, o el que al Gacetero ministró las noticias, usó de informes muy contrarios a la verdad. Los testigos, que hay, de que fue (dejando aparte la Religión) uno de los mejores Príncipes del mundo, clemente, benigno, cuerdo, y amantísimo de sus Vasallos, son absolutamente irreprochables. Alegamos en el Teatro al Padre Contancin, que en una carta escrita de Canton a fines del año de 1725, le elogia altamente las prendas expresadas. Para que sepa el Lector el caso, que debe hacer del testimonio de este Jesuita, le avisaremos, que fue uno de los hombres más ejemplares, y uno de los más fervorosos Misioneros, que la Compañía tuvo en la China. Este excelente Operario, habiendo estado treinta y un años en aquel Imperio, vino a Francia, a principios del 32, no a descansar de sus Apostólicas fatigas, antes a solicitar los medios para reparar aquella casi arruinada Misión; y volviendo a la China el año de 1733, murió en el camino. Con ocasión de su estancia en París, frecuentó mucho, y muy útilmente conversación el Padre Juan Bautista Du-Halde, Autor de la grande Historia moderna de la China. Véase ahora lo que éste dice en su Carta, dirigida a los Jesuitas de Francia, que viene a ser como Prólogo del Tomo 21 de las Cartas Edificantes.

2. «Otra pérdida (dice) que la Misión de la China hizo en el mismo año, es la del Padre Contancin. Ella me fue tanto más sensible, por haber pasado conmigo el último año de su vida, y haber conocido de cerca, cuan irreparable era una pérdida de este tamaño. Deputado por sus Superiores para negocios de la Misión, arribó a Europa el año de 1731. Su estancia en París aumentó mucho la alta idea, que habíamos formado de sus virtudes Apostólicas. Vimos en él un hombre verdaderamente desasido de todas las cosas de la tierra, y enteramente muerto a sí mismo, no respirando sino la gloria de Dios, y la santificación de las Almas; de una constancia, que ningún obstáculo, ninguna fatiga impedía; y de un celo, que animado siempre de la más perfecta confianza en Dios, no conocía lentitudes, y peligros.»

3. «Este celo fue quien le robó a una Misión, adonde volvió con [23] la cualidad de Superior General, que con gran dificultad aceptó. Apenas llegó a Port-Luis, para embarcarse en el mismo Bajel, que le había traído de la China, cuando todo el Pueblo, que ya le había conocido al abordar allí con ansia indecible se dio prisa a confesarse con él. En esta ocupación, empleó los días enteros, y parte de las noches; de modo que en tres semanas ninguna noche llegó a lograr cuatro horas de sueño.»

4. «El temperamento del Padre Contancin hubiera podido resistir esta continua fatiga, si su celo no le hubiera arrastrado a otros excesos. Llamado por una persona moribunda, que le rogó no la abandonase, estuvo siete días en su casa para disponerla a una santa muerte, no logrando más que unos momentos de sueño, sin desnudarse. En fin, se dio a la vela el día 10 de Noviembre, llevando consigo dos nuevos Misioneros. El día 13 fue atacado de una fiebre ardiente, la cual no pudiendo ser superada por los remedios, el día 21 expiró tranquilamente a las diez de la mañana.»

5. «Las lágrimas, y sentimiento del Capitán (Monsieur Drias), de los Oficiales, y generalmente de todo el Equipaje, hicieron luego su elogio. Los grandes sentimientos de Religión, que manifestó en el discurso de la enfermedad, y que exprimió en los términos más tiernos, y más enérgicos, redoblaron la veneración, que ya había granjeado en el viaje, que con ellos había hecho de la China a Francia. Cada uno a porfía relataba diversos rasgos de su piedad, y de su celo. Ellos son tantos y tan heroicos, dice el Padre Foureau, que recibió sus últimos suspiros, que el celo de San Francisco Xavier, no podía en semejantes circunstancias excederle. Por una deliberación del Capitán, y de los demás Oficiales, contra el uso ordinario, se resolvió, que su cuerpo se conservase hasta llegar a Cádiz, para darle allí el honor de la sepultura. En fin concluye, con que fue enterrado en el Colegio de la Compañía de Cádiz; y copia el Epitafio, que el Padre Foureau puso sobre su lápida, que es como se sigue.

Hic jacet R. P. Cyricus Contancin Societatis Jesu Sacerdos, natione Gallus, patria Bituricensis, qui post triginta annos in Sinica Missione transactos, pro Missionis utilitate in Galliam anno superiori redierat. Eo revertebatur Superior Missionis Gallicae, cùm post duodecim itineris maritimi dies, fractus Apostolicis laboribus, quos ut in Sina, sic & in Gallia miro zeli fervore sustinuerat, piè, ut vixerat, obiit anno aetatis 63, die 21. Novembris, [24] anno 1733. Pro cujus sanctitatis opinione, ejus Corpus per quinque dies in mari asservatum, ne sepulture bonore careret, per quem en Sinis Religio Catholica mirè propagata est, à Reverendis Patribus Collegii Gaditani eximia benignitate exceptum, supremum diem in pace expectat.

6. Tal era el Padre Contancin, con cuyo testimonio hemos probado las excelentes cualidades del Emperador de la China. ¿Qué se puede oponer a un sujeto de este carácter? ¿Ignorancia del gobierno de aquel Imperio? ¿Cómo puede ser, viviendo en él tan de asiento? ¿Pasión injusta por la persona? No cabe en tan calificada virtud, y mucho menos en un celoso Misionero, por un Príncipe, que experimentaba desafecto de la Religión Católica.

8. Sólo se me puede dar una respuesta; y es, que como la Carta del Padre Contancin fue escrita el año de 1725, hubo después lugar para que el Emperador degenerase de las virtudes, que predica de él el Misionero, y de clemente, y benigno se hiciese cruel, como sucedió a otros Príncipes, y de que tenemos un famoso ejemplar en Nerón. Pero a esta solución ocurro con otra Carta del mismo Padre Contancin, escrita de Cantón, su fecha a 19 de Octubre de 1731, la cual (siendo muy larga) pues consta de sesenta y ocho páginas en octavo, no contiene casi otra cosa, que elogios del mismo Emperador, celebrando su prudencia, su benignidad, su moderación, su dulzura, su grande aplicación al gobierno, su grande amor a los Vasallos, y exhibiendo repetidos ejemplos de estas, y otras virtudes suyas.

9. Añadamos al testimonio del Padre Contancin el del Padre Du-Halde, Colector, y Editor de las Cartas, y Memorias remitidas por los Misioneros de la China. Este en la Carta a los Jesuitas de Francia, que sirve de Prólogo al Tomo 22 de las Cartas Edificantes, después de referir las mismas virtudes del Emperador, que el Padre Contancin, prosigue así: Estas son las virtudes con que el Monarca Chino inmortaliza su nombre; y ganando el corazón de sus Vasallos, se firma más, y más cada día en el trono. Así los Pueblos le miran como digno heredero del Emperador Cang-Hi su padre, en el grande arte de reinar. Se advierte, que el Tomo 22 de las Cartas Edificantes se imprimió al principio del año 36, cuando el Padre Du-Halde había recibido Cartas de la China, muy posteriores a la del Padre Contancin del año de 31. Con que habiendo arribado la muerte del Emperador el día 7 de Octubre del año de 1735, como consta de Carta del Padre Parrenin, escrita de Pekín el día 22 de Octubre de 1736, [25] que se halla en el Tomo 23 de las Cartas Edificantes, no queda espacio donde acomodar su pretendida crueldad.

10. El mismo Padre Du-Halde, en su Carta a los Jesuitas de Francia, que se halla a la frente del Tomo 20 de las Cartas Edificantes, copia parte de una del Padre Chalier; en que este Misionero, después de dar parte del terrible terremoto, que afligió la Ciudad de Pekín, y sus contornos, prosique así:

11. «Su Majestad se mostró sensibilísimo a la aflicción de su Pueblo. Dio orden a muchos Oficiales para tomar razón de las casas destruidas, y del daño que cada familia había padecido, a fin de aliviar las que estuviesen más necesitadas. Espéranse de él liberalidades considerables. Ya hizo sacar del tesoro un millón, y doscientas mil libras, para distribuir a las ocho Banderas (Tropas, que están en Pekín); y lo que ha sido dado por su orden a los Príncipes, y Grandes del Imperio, monta cerca de quince millones de nuestra moneda de hoy.»

12. «Este Príncipe ha enviado también un Eunuco de los asistentes a su Persona, para informarse de los Europeos, si entre ellos alguna persona había sido muerta, o herida. Los Misioneros se juntaron al otro día de mañana, y deputaron ocho de su Cuerpo, para ir a dar gracias a su Majestad de este favor. El Padre Gaubile, que era de este número, tuvo cuidado de avisarnos de lo que pasó en esta Audiencia. El día 15 de Octubre por la mañana (dice este Padre) el Padre Rainaldi, el Padre Parrenin, el Padre Kegler, el Padre Frideli, el Padre Pereira, el Padre Piñeiro, el Hermano Castillon, y yo fuimos a Palacio. El Padre Parrenin había formado una Memoria donde estaban nuestros nombres, y donde expresaba, que íbamos a informarnos de la salud de su Majestad, y a rendirle humildísimos agradecimientos de que en esta pública calamidad se hubiese dignado de favorecernos con su atención. Este Memorial fue presentado a las seis y media de la mañana a un Eunuco llamado Vang, que cuida de los negocios de los Europeos. El Eunuco volvió a las nueve y media a decirnos, que nuestro Memorial había sido grato al Emperador, y que venía en darnos Audiencia ::: Un Eunuco de los asistentes, enviado a nosotros, ordenó al Padre Parrenin de ponerse el primero cerca del Emperador. Después de ponernos de rodillas, según la costumbre, el Padre Parrenin hizo el cumplimiento en nombre de todos los Misioneros. El Emperador [26] les respondió con rostro alegre, y gracioso: Mucho tiempo ha, que no he visto a ninguno de vosotros, y estoy muy gustoso de veros con buena salud. Esta visita terminó, en que el Emperador mandó dar mil Taels a los Misioneros, para ayuda de reparar los daños, que habían padecido las tres Iglesias, que tienen en Pekín. Cada Tael vale siete libras Francesas, y diez sueldos.

13. Así se portaba con los Jesuitas de Pekín, al mismo tiempo que en la Cristiandad era execrado su nombre, porque perseguía la Religión. Confieso, que por este capítulo debe ser aborrecida su memoria. Mas si no dejamos de alabar las virtudes de Trajano, aunque, sobre perseguidor de los Cristianos, fue manchado de otros algunos vicios, ¿por qué no hemos de hacer justicia al Monarca Chino, en quien, separado el odio de la Religión, nadie notó vicio alguno?

14. Ni el odio de la Religión estuvo en el grado, que acá comúnmente se piensa. La persecución de la Cristiandad por este Emperador puede considerarse en orden a dos clases de gente; esto es, lo Misioneros, que predicaban la verdad Católica, y los Regionarios, que la abrazaban. Prohibió la predicación a los primeros, y la conversión a los segundos. Muchos Misioneros prosiguieron en las funciones de su ministerio, aunque con la cautela que pedían las circunstancias. Muchos de los Chinos convertidos se mantuvieron constantes en la Fe. De unos, y otros fueron delatados algunos; y contra todos se procedió con prisiones, destierros, y otras penalidades, tan molestas a veces (porque debemos confesarlo todo), que costaron las vidas a los perseguidos, y por tanto deben ser venerados como Mártires, con aquella limitación, que la Iglesia permite, entretanto que ella no los declara tales; pero contra ninguno, ni de los primeros, ni de los segundos, se dio sentencia de muerte.

15. Por lo que mira a los Misioneros, el año de 1722 había dado Decreto el Emperador, para que cuantos había en el ámbito del Imperio se retirasen a Cantón, Capital de una de las Provincias de la China. El año de 32 con el pretexto de que habían contravenido a las órdenes del Emperador, hicieron retirarlos, con la facultad de transportar todos sus muebles a Macao, que está en una Península, y es por aquella parte extremidad del Imperio de la China. Mas ni uno, ni otro orden se entendió con los Misioneros, que estaban en la Corte; ni en alguna manera se molestó a estos, antes se les permitió continuar el ejercicio libre de su Religión, y la manutención de tres Templos, [27] que tenían en ella, al reparo de cuyas ruinas había contribuido poco antes el Emperador, como lo hemos visto.

16. No niego, que persiguió la Religión. Mas tampoco puede nadie negarme, que fue la persecución mucho menos rigurosa, que la del Japón, y que todas las de los antiguos Emperadores Romanos. Como quiera, aun limitada como fue, no puede imputarse enteramente a culpa suya. Los Ministros tuvieron mucho mayor parte que él en ella. Lo primero, porque el Tribunal de Ritos, que en aquel Imperio goza de una autoridad en las materias de Religión, respetada, y aun temida de los mismos Emperadores, le impelía con representaciones fuertes a mantener la creencia de sus antepasados. Lo segundo, porque en las ejecuciones de prisiones, y destierros, los Ejecutores excedían de las órdenes muchas veces. Lo tercero, porque con las calumnias le imprimían una idea odiosa de la Religión Cristiana.

17. Esto último se ve claramente en la Relación de una audiencia, que tuvieron los Misioneros de Pekín el año de 1733, enviada por los mismos Misioneros a Roma, y copiada en una Carta del Padre Mailla (uno de los Misioneros) su fecha el día 18 de Octubre del mismo año, que se halla en el Tomo 22 de las Cartas Edificantes. Esta audiencia fue solicitada de los Misioneros, a fin de justificarse de algunas falsas acusaciones, con que sus enemigos pretendían, que el Emperador los expeliese de la Corte a Macao. La Relación es como se sigue.

18. «El día 18 de Marzo de 1733, tercero día de la segunda Luna fuimos llamados a Palacio. Como aún no se nos había dado respuesta del Memorial, que presentamos en orden a los Misioneros desterrados de Cantón a Macao, pronosticamos favorablemente de la concesión de esta audiencia. Pero esta esperanza duró poco; pues bien lejos de permitir la vuelta de los Misioneros de Macao a Cantón, se trataba de echarnos a nosotros de Pekín, y de todo el Imperio.»

19. «A medio día parecimos ante el Emperador en presencia de los Ministros principales, que hizo venir de intento, para que fuesen testigos de los que tenía que decirnos, y para ejecutar sus órdenes. Después de hablarnos de la Religión Cristiana, la cual decía no estar aún, ni prohibida, permitida, pasó a otro artículo, sobre el cual insistió principalmente. Vosotros, dijo, no rendís algún honor a vuestros padres, y ascendientes difuntos; vosotros jamás vais [28] a su sepulcro, lo que es grande impiedad: vosotros no hacéis más caso de vuestros padres, que de un trapo, que halláis a vuestros pies. Testigo este Ounteben, que es de la familia Imperial (un Magnate convertido a la Fe) el cual desde que abrazó vuestra Ley, perdió todo el respeto a sus antepasados, sin que fuese posible vencer su pertinacia. Esto no puede sufrirse. Así yo estoy obligado a proscribir vuestra Ley, y prohibirla en todo mi Imperio. Después de esta prohibición, habrá quien se atreva abrazarla? Vosotros, pues, estareis aquí sin ocupación, y por consiguiente sin honor. Por tanto es preciso que salgáis de aquí. Añadió el Emperador otras cosas de poca importancia; pero siempre volvía al asunto de que éramos, unos impíos, que rehusábamos honrar a nuestros padres, y inspirábamos el mismo desprecio a nuestros discípulos. Hablaba muy rápidamente, y en tono de estar bien asegurado de la verdad de lo que nos decía, y de que no teníamos que replicar.»

20. «Luego que nos permitió hablar, le respondimos con modestia, pero con todo el vigor, que la inocencia, y la verdad inspiran, que le habían informado mal, siendo todo lo que le habían dicho puras calumnias, inventadas por nuestros enemigos: que la obligación de honrar a los padres, es precepto expreso de la Ley Cristiana: que no podíamos nosotros predicar tan santa Ley, sin enseñar a nuestros discípulos a cumplir con esta indispensable obligación de la piedad. ¿Qué, dijo el Emperador, vosotros visitáis el sepulcro de vuestros antepasados? Sí señor, le respondimos; mas nada les pedimos, ni esperamos nada de ellos. ¿Vosotros, replicó, tenéis tabletas? No solo tabletas, le dijimos, mas también retratos suyos, que nos los traen mejor a la memoria. El Emperador pareció quedar muy admirado de lo que le decíamos: y después de habernos hecho dos, o tres veces las mismas preguntas, que fueron seguidas de las mismas respuestas, nos dijo: Yo no conozco vuestra Ley, ni he leído vuestros libros: si es verdad, como afirmáis, que no os oponéis a los honores, que la piedad filial debe a los padres, podéis continuar la habitación de mi Corte. Luego, volviéndose a sus Ministros: Vé aquí, les dijo, unos hechos que yo tenía por constantes, y con todo, ellos los niegan fuertemente. Examinad, pues, con cuidado esta materia, y después de informados exactamente de la verdad, me daréis razón, para expedir los órdenes convenientes.»

21. No consta de la Relación destinada a Roma, ni de la Carta del Padre, que la copia, el éxito de esta dependencia, porque los Ministros [29] tardaron mucho en el examen cometido. Pero es cierto, que los Misioneros no fueron expelidos de Pekín; porque en el mismo Tomo alegado se halla una Carta del Padre Parrenin, escrita de Pekín a 15 de Octubre del año de 1734; esto es más de año y medio después de la audiencia referida; y en el Tomo 23 otra del mismo Padre, escrita también de Pekín a 22 de Octubre de 1736. Como ya apuntamos arriba, el Padre Parrenin era uno de los Misioneros, cuya expulsión se disputaba, y le hallamos en Pekín tanto tiempo después; luego es fijo, que el Emperador resolvió a favor de los Misioneros.

22. Los monumentos, que hemos alegado, dan una idea clara del genio de aquel Príncipe, y muestran con la mayor evidencia, que bien lejos de ser de ánimo cruel, como decía nuestra Gaceta, era dotado de una índole dulce, benigna, y moderada, acompañada de un juicio reflexivo, y prudente. Dígame cualquiera que lee esto, ¿si imaginó jamás, que algún Príncipe infiel, encaprichado de su errada creencia, puesto en las circunstancias en que estaba el Emperador Chino, procediese con tanta humanidad, y espera con unos forasteros, cuyo intento era desterrar de su Imperio la misma Ley, que veneraba?

23. Me he detenido mucho en este asunto, no solo por vindicar la memoria de aquel Emperador de la calumnia expresada; mas también por satisfacer la curiosidad de muchos, que desean noticia más exacta, que la que comúnmente hay de la que padeció el Cristianismo en la China, y del último estado de la Misión de aquel Imperio.

24. Con esta ocasión pondremos también patente al público la falsedad de un rumor, que se esparció, de que algunos Misioneros motivaron aquella persecución, fomentando las ideas ambiciosas de un Príncipe de la Sangre Real, y procurando para colocarle en el Trono, derribar al legítimo dueño. No alegaré contra esta impostura las muchas Relaciones, que han venido de la China, las cuales están concordes en que el motivo de la persecución no fue otro, que la adhesión del Príncipe a su errada creencia, ayudada de las calumniosas sugestiones de varios Ministros, que le representaban, que la Ley Cristiana destruía las buenas costumbres de su Imperio, impugnando la reverencia debida a los antepasados. Digo, que no alegaré dichas Relaciones, porque bien, o mal me responderán, que siendo estas Relaciones obra de los mismos Misioneros, tienen el defecto de testificación en causa propia, [30] sí solo un argumento, que excluye toda respuesta.

25. Es hecho constante, que ni en el Decreto del año de 22, para que todos los Misioneros de la China se retirasen a Cantón, ni en el de 32, para que pasasen a Macao, fueron incluidos, antes positivamente excluidos los Misioneros residentes en Pekín, pues se mantuvieron siempre en aquella Corte, por lo menos hasta fines del año de 36, como hemos visto. Arguyo ahora así: Si hubiese conspiración de los Misioneros contra el Emperador, es claro, que los principales instrumentos, y aun los directos de ella, serían los Misioneros residentes en la Corte; como comprehenderá cualquiera, que no sepa más que el A B C de la política, luego estos serían expelidos también, y con más razón que los demás. No lo fueron, luego es soñada dicha conspiración. Más; quiero dar el caso de que en la averiguación de la conspiración nada resultase contra los de la Corte. ¿El Emperador y sus Ministros no quedarían siempre con una prudente desconfianza hacia unos hombres de la misma Religión, del mismo Instituto, de los mismos intereses que los otros, que eran tenidos por delincuentes? Subsistiendo esta desconfianza, ¿tolerarían su permanencia en la Corte, que era donde podían ser más dañosos? Aprieto o confirmo el argumento con otra reflexión. En la China, como en todos los demás Reinos, y Repúblicas del mundo, se castiga con pena capital el crimen de lesa Majestad: luego si hubiese intervenido conspiración de parte de los Misioneros contra el Príncipe legítimo, como verdadero crimen de lesa Majestad, hubiera sido castigado con el último suplicio. No lo fue, ni hubo contra ellos decretada otra pena, que la de destierro, y aun ésta sin confiscación de bienes, pues les permitieron retirar todos los que tenían: luego, &c.

26. Más: ¿Cuál sería el motivo de no incluir en el Decreto de destierro a los Misioneros de la Corte? Nada he leído en orden al punto. Lo que discurro es, que estos, viéndose en unas circunstancias, en que convenía usar de la prudencia de serpientes, encomendada por el Divino Maestro a los Apóstoles, y en ellos a todos los Ministros Apostólicos; esto es contemplando, que si proseguían en las funciones de su ministerio, no lograrían otra cosa de un Emperador, y Ministros declarados contra la Religión Católica, que irritar más sus ánimos, y arruinar enteramente el negocio de la Misión, prudentemente se abstuvieron de ellas, reservándose para ocasión [31] más oportuna, en que con algún provecho pudiesen repetirlas. De este modo lograron su conservación. Nuestro Señor quiera, que llegue el caso, en que puedan sembrar, y fructificar aquellos Obreros.}

44. Está trabajando sin cesar aquel Príncipe en orden [23] al bien de sus Vasallos. Este objeto le tiene en continua fatiga. Este ocupa siempre su pensamiento. Todos los días del año, todas las horas del día son de audiencia, [24] y despacho; ninguna goza el privilegio de estar reservada para el recreo. Usa de las riquezas de su Erario con gran moderación en orden a las conveniencias de su [25] persona; pero con una magnanimidad verdaderamente Regia, para ocurrir a las necesidades de los Pueblos. Adquiere noticias puntuales del estado de la opulencia, u de [26] indigencia de las Provincias, para relevar, o socorrer a las necesidades. Si algún Pueblo es desolado, o por un terremoto, o por un incendio; si alguna Provincia, o [27] por inundaciones, o por temporales adversos deja de producir los frutos acostumbrados; si cualquiera otro accidente empobrece algún territorio, al punto acude con [28] grandes sumas, o a reparar los edificios, o a socorrer los pobres. Todas las calamidades de sus vasallos hallan en él unas entrañas que rebosan dulzura, compasión, y amor paternal. [29]

45. El mismo año de 1725, en que fue escrita la Carta del P. Contancin, padecían mucho algunas Provincias de la China, por las excesivas lluvias, que habían precedido. [30] Trató el Emperador de su socorro, y para que mejor se lograse, envió a los Grandes del Imperio una instrucción escrita de su mano, que empezaba así: Este Estío [31] fueron extraordinarias las lluvias: las Provincias de Pekín, Chantog, y Honan fueron inundadas. Siento mucho la aflicción de mi Pueblo: yo le tengo siempre en mi corazón, y en él estoy pensando noche, y día. ¿Cómo podré gozar un sueño tranquilo, sabiendo que mi Pueblo padece?... Es preciso socorrer prontamente a tantos pobres afligidos. Vosotros Grandes del Imperio, escoged Ministros fieles, aplicados, capaces de poner bien en ejecución mis intenciones, y que prefieran el bien público a sus particulares intereses: estos discurran por las tres Provincias, llevándoles los efectos de mi compasión. Penetren hasta los rincones más obscuros, y retirados para descubrir todos los pobres, a fin de que ninguno quede sin el socorro debido. Sé que se cometen algunas injusticias en este género de distribuciones; mas yo velaré sobre esto. Velad también vosotros, &c.

46. Otro monumento hay en la Carta citada del Padre Contancin, que acredita, no sólo la generosa piedad de este Príncipe, mas también su heroico desinterés. Habiendo relevado perpetuamente a una Provincia de cierta parte del tributo anual, por justas razones, que para ello tuvo, le escribió el Gobernador de ella, dándole parte de las demostraciones de agradecimiento, que los Pueblos en parte habían hecho, y en parte estaban en ánimo de hacer, y de las cuales algunas eran costosas. La respuesta del Emperador fue esta: Lo que me avisáis, es totalmente contrario a mis intenciones. Cuando concedí esta gracia, sólo tuve la mira de procurar el bien de mi Pueblo, y no la de granjearme un vano honor: esos festejos son superfluos, y para nada pueden serme útiles. Habiendo yo enviado instrucciones a todo el Imperio, exhortando a los Pueblos a la economía, y frugalidad, ¿cómo os atrevéis a permitir estas locas expensas? Prohibidlas prontamente. Es también de temer, que los Oficiales Subalternos, con el pretexto de las contribuciones para esos regocijos, se interesen en ellas, y se engrasen con la substancia del pobre Pueblo. Por lo que mira al edificio, y al monumento de piedra, prohíbo desde luego que se erija: porque, [32] vuelvo a decirlo, cuando concedo tales gracias, no pretendo una vana reputación: todos mis deseos son únicamente, que en todo mi imperio no haya persona alguna, que no cumpla con su obligación, y que no viva con tranquilidad, &c.

47. Toda la conducta de este Príncipe es del mismo tenor. Con una sagacísima atención explora el proceder de todos los Mandarines, a todos tiene prevenidos para que, o pública, o secretamente le informen de cuanto crean conducir al buen gobierno. Ha hecho muchos reglamentos, todos justos, y sabios: ha asegurado remuneraciones a los paisanos adictos al trabajo, a las viudas virtuosas, a los hijos, que sobresalen en piedad hacia sus padres, &c. ¿Y este Príncipe tan perfecto en la Etica, y Política, es el mismo que proscribió el Cristianismo en todo su Reino? ¡Oh inescrutables secretos de la Divina Providencia! Quam incomprehensibilia sunt judicia ejus, & investigabiles viae ejus! Pero su ceguera en materia de Religión no estorba, que le propongamos como un ejemplar insigne de la economía, y liberalidad de los Príncipes.

48. Dije de economía, y liberalidad, pues una, y otra virtud se hallan conciliadas admirablemente en la práctica de aquel Soberano. El efecto propio, y esencial de la liberalidad (en doctrina de Santo Tomás) es moderar el afecto al dinero, para que por la nimia adhesión a él no deje de expenderse siempre que fuere justo. Así es propiamente liberal, no el que le derrama, o por antojo, o por ostentación, o por particular afición a los sujetos, a quienes enriquece (todo eso es prodigalidad) sino el que está aparejado a gastarle, siempre que cualquiera motivo razonable, o virtuoso lo pida. Dentro de estos límites les queda a los Príncipes harto dilatado campo al ejercicio de la liberalidad. Liberal es el que socorre a los pobres, premia a los beneméritos, alienta con dádivas a los hábiles, construye edificios útiles: generalmente cuantas expensas conducen al bien público, pueden ser objeto de la liberalidad; no solo de la liberalidad, mas aun de la magnificencia. Estas dos virtudes se [33] distinguen, en que aquella solo impera los gastos moderados, ésta la expensa de mayores sumas; pero siempre dentro de los término de ser el motivo justo, y conducente a la pública utilidad. Fue magnífico el gran Luis XIV en la construcción del Hospital de los Inválidos, y mucho más en la del Canal de Languedoc, porque las grandes expensas, que costaron uno, y otro, se ordenaban al bien público; pero no fueron magníficos, sino desbaratados, Calígula, y Nerón, en la contrucción de los dos Palacios, que ocupaban tanto terreno como dos grandes Pueblos, porque no intervino en ella otro motivo, que el de la vanidad. Fue magnífico el Emperador Adriano, perdonando de una vez cuanto estaban debiendo de los diez y seis años anteriores Roma, Italia, y todas las Provincias (por lo menos las Imperiales, a quienes restringe este beneficio Esparciano); pues fue pródigo Alfonso Décimo de Castilla, expendiendo una suma grande de dinero en la redención de Balduino, Emperador de Constantinopla (si todavía esta noticia, aunque esparcida en varios libros, es verdadera): en lo primero se interesaba mucho el Imperio Romano; nada España en lo segundo.

49. Finalmente, puede el Príncipe ejercer, no sólo su liberalidad, mas aun su magnificencia, colmando de grandes dones a uno, u otro particular de mérito muy sobresaliente (hablo de mérito útil a la República); porque en esto se atiende, aun mas que a remunerar la virtud de uno, a excitar la aplicación de muchos. A este respecto, lo que España dio a Colon, no excedió de lo justo; lo que dio a Cortés fue poco; y lo que al gran Capitán, casi nada. Cuando el Príncipe debe ser magnífico, si con la dádiva no arriba a este término, nunca se queda en el medio de liberal; siempre declina el extremo de escaso.


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Paradoja quinta
La edad corta es más favorecida de los Jueces, en las causas criminales, de lo que debiera ser

50. La verdad de esta Paradoja se halla bien probada por el Cardenal de Luca en el tratado Conflict. Leg. &. Rat. observ. 11, y más latamente al fin del Suplemento del mismo tratado; sin embargo, no es poco lo que tenemos que añadir a las razones de que usa este Eminentísimo Jurisconsulto.

51. Las Leyes civiles comunes estatuyen, que los delincuentes menores de veinte y cinco años no sean castigados con la pena ordinaria; sí con otra más blanda a arbitrio del Juez. He dicho las Leyes Civiles comunes, porque las particulares de algunos Reinos, o Estados ciñen la menor edad a más corto plazo, así para este efecto, como para otros actos legales. En Nápoles, Sicilia, y algunas Ciudades de la Toscana, está restringida la minoridad a los diez y ocho años; de modo que el que los tiene completos se reputa mayor, así para padecer la pena ordinaria, como para todo lo demás en que pide mayoridad el Derecho.

52. El citado Cardenal de Luca, combinando varios textos de las Leyes civiles comunes, expone los que se alegan a favor de la minoración de la pena, respecto de los menores de veinte y cinco años, de modo, que según su inteligencia, no perjudicarán a la verdad de la Paradoja. Pero yo, sin meterme en el molesto cotejo de textos, propondré lo que dicta la recta razón, por la cual se debe regular la inteligencia, o uso de la Ley.

53. El fundamento universalísimo, y único de las Leyes, para determinar a la menor edad menor pena, es la consideración de que en la menor edad no está perfecto el juicio; y cuanto es menos cabal el juicio, es menor la culpa.

54. Pregunto yo ahora: ¿qué juicio es el que se llama perfecto? ¿Aquel, que propia, y rigurosamente es tal? Los más de los hombres no le logran en toda la vida; [35] por consiguiente, los más deberán estar exentos de la pena, que prescriben las leyes. ¿Aquel, que basta para distinguir a un hombre del que declaradamente es fatuo, o tonto? Este le tienen muchísimos muchachos de doce, catorce, u diez y seis años; por consiguiente se podrá imponer a estos la pena ordinaria. Con que es preciso buscar entre estos dos extremos un estado medio; pero cualquiera que se señale, resta la misma dificultad, porque a este estado medio llegan muchos antes de los veinte años, y muchos, ni aun a los treinta.

55. Diráseme acaso, que aunque haya en esto alguna desigualdad; lo que regularmente sucede, es, que a los veinte, y cinco años logran los hombres aquel grado de juicio, que gravificando la culpa, los proporciona a la pena ordinaria. Pero yo insisto en que no hay en esto regularidad alguna. La razón es, porque cuanto se distinguen unos individuos de otros en el mejor, o peor uso de la potencia intelectiva, varían también en la celeridad, o tardanza con que llegan a aquel grado de uso, que se imagina proporcionado a la pena ordinaria; de modo, que así como entre cien hombres no se hallarán diez de igual ingenio, tampoco se hallarán diez, que a determinada edad logren aquel grado de juicio, de que trata la cuestión.

56. Si por estado de juicio perfecto se toma aquel, en que mitigado el ardor juvenil, ya no perturba la razón, quedamos siempre con la misma dificultad, y aun pienso que mayor; pues por la gran distancia, que hay de unos temperamentos a otros, se ven muchos hombres fogosísimos a los treinta, o cuarenta años; y muchos muy reposados a los diez y ocho, u veinte.

57. A esto se añade, que se fuese razón minorar la pena en atención al ardor, o vehemencia de las pasiones, que reina en la edad juvenil, sería consiguiente forzoso extender este indulto a los más, y peores delincuentes; siendo cierto, que son muy pocos los que a sangre fría cometen delitos graves: lo común es obrar incitados de pasiones vehementes.

58. No niego, que en igualdad de delito es más culpable [36] el que con menor incentivo peca; pero por otra parte es menester atender a que a mayor incentivo se debe aplicar más fuerte freno, y el freno no es otro, que el temor del castigo. Si se considera bien, se hallará, que por estar en el espacio de los diez y ocho, hasta los veinte y cinco años, más furiosa la concupiscencia, y más violenta la ira, no solo se cometen en los años intermedios infinitos adulterios, estupros, y homicidios, mas entonces se forman también con el ejercicio de esas dos pasiones los hábitos viciosos, que muy difícilmente se extirpan hasta la edad decrépita; de modo, que el espacio de aquellos siete años se debe reputar en cierto modo clave de toda la vida: luego entonces conviene aplicar con más cuidado el remedio, y a proporción que las pasiones se mueven con más violento ímpetu, ha de ser, para detenerlas, más fuerte la mano en el uso de la rienda.

59. Doy que esta razón no valga, sino que precisamente se regule la pena por la mayor malicia, y reflexión, con que se comete la culpa. Esa mayor reflexión no está adicta a determinada edad, como ya probamos arriba: aun cuando, según el curso ordinario, lo estuviese, se deberá hacer excepción en todos aquellos casos, en que la malicia se anticipa al plazo ordinario. Para contraer matrimonio es regla Canónica, que la malicia suple la edad. ¿Por qué no la ha de suplir para padecer el establecido suplicio? En este rapaz contemplo el espíritu de muchos Marios, decía Syla de Cesar, que era entonces muy muchacho; y en efecto quiso quitarle la vida contra el dictamen de los que le aconsejaban despreciase su corta edad: parecíale (y parecíale bien, como luego se vio), que en aquella corta edad había capacidad y viveza para suscitar la postrada facción del difunto Mario.

60. Esta consideración se esfuerza con otra. Si la malicia de un joven es superior a la que corresponde a su corta edad, se debe temer, que llegando a edad más adulta, sea extraordinariamente excesiva. Luego dicta la razón, que se arranque esta planta venenosa del terreno de la República, antes que pueda serle más nociva. Si Roma hubiera castigado los primeros desórdenes del joven Catilina, no [37] hubiera Catilina, pasando de joven, puesto en el riesgo de su total ruina a Roma.

61. Y noto aquí, que a veces la mitigación de la pena, en atención a la corta edad del reo por accidente, suele aumentar su malicia. Un mozo de veinte años comete un delito, a quien corresponde pena capital; pero por el favor de la edad se conmuta la horca en seis, o siete años de galeras. ¿Y qué es enviarle a galeras, sino a colocarle en la mayor escuela de malicia que tiene el mundo? ¿Con quién trata en la galera, sino con unos consumados maestros de maldades, surtidos de industrias para cometer todo género de infamias? Tales son todos los que le acompañan en la fatiga del remo: con que cumplido el plazo, sale de la galera más perdida la vergüenza, más fortalecida la osadía, y más instruida la astucia.

62. Por todo lo dicho me parece, que esta materia no se debe ligar a la letra de la ley común, sino remitirse al arbitrio de los Jueces, los cuales considerando la edad, y capacidad del delincuente, la gravedad, y circunstancias del delito, y mucho más que todo, el número de veces que ha pecado, pueden determinar la pena, que según buena razón corresponde. Bien sé, que algunos Jueces, aunque muy pocos, lo ejecutarán así.


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Paradoja sexta
La edad corta es menos favorecida, que debiera ser, en la promoción a los Empleos

63. Como el uso de las potencias se adelanta en muchos para lo malo, en otros se adelanta para lo bueno; y así como la República evitaría muchos daños, castigando la malicia temprana de los primeros, granjearía muchas utilidades, favoreciendo la virtud temprana de los segundos. Hay jóvenes, que exceden la prudencia, y sabiduría ordinaria de los ancianos. Si estos fuesen promovidos desde luego a los cargos, gozaría la República por largo tiempo de su buena administración; al paso que es corto [38] el provecho que logra, reservando su promoción para una edad avanzada. La sapientísima, y prudentísima Religión de la Compañía de Jesús elevó al alto puesto de Prepósito General al Padre Claudio Aquaviva en la edad de treinta y ocho años. ¿Quién duda, que en aquella dilatada República, Escuela insigne de virtud, y literatura, habría muchos ancianos dotados de cuantas calidades pide tan elevado ministerio? Sin embargo, fue preferida la corta edad del Padre Claudio Aquaviva, o porque poseía en más alto grado las mismas cualidades, o porque aunque fuese solo igual en ellas, había de parte de él la ventaja, de que por el mismo caso de que su edad era corta, se hacía más probable, que la duración de su excelente gobierno sería larga: como en efecto sucedió. El famoso Servita Fray Pablo Sarpi fue hecho Provincial de su Religión a los veinte y siete años. Los portentosos talentos de aquel joven dieron motivo justo a la elección, y calificó después el acierto de ella la República de Venecia, haciéndole, contra la práctica ordinaria, Consejero suyo. Verdad es, que este extraordinario favor de la República estragó enteramente al Padre Sarpi, porque tomó con tanto calor la defensa de ella contra las pretensiones de la Silla Apostólica, que solo en el hábito de Fraile vino a conservar la apariencia de Católico.

64. El que a los treinta años tiene la discreción, que ordinariamente corresponde a los cincuenta, tendrá cuando llegue a los cuarenta una discreción superior a la ordinaria. Este exceso aún será mayor, si desde los treinta empieza a ejercitar el talento en los empleos, perfeccionándole más, y más cada día con la práctica. ¿Pues por qué no ha de concurrir la República a cultivar un espíritu, que tanto puede producir en beneficio suyo? ¿O por qué ha de perder el copioso fruto, que puede producirle ese espíritu?

65. Añado, que en igualdad de prendas intelectuales deberá preferirse la edad media a la anciana, porque prevalecen en aquella el vigor de alma, y cuerpo, importantísimos uno, y otro para la buena administración de cualquiera empleo. Cuanto en la edad decadente se [39] gana por una bien instruida capacidad, tanto, y aun más se pierde por una lánguida ejecución. Pienso, que Ciro, Pompeyo, y otros famosísimos guerreros, perpetuamente triunfantes cuando mozos, no por otra razón fueron vencidos cuando viejos; pero se atribuyó a decadencia de la fortuna lo que fue quebranto de la robustez.

66. Acaso se me opondrá, que solo en muy raros casos tendrá lugar esta doctrina, por ser harto extraordinario encontrar en la edad corta la capacidad, que es ordinaria en la más adelantada; y sin no pretendo el favor hacia aquella, sino en tal cual caso raro, en vano me quiebro la cabeza, pues eso ya se practica. ¿Quién ha mirado con alguna reflexión el mundo, que no advirtiese preferida la menor edad a la mayor en uno, u otro caso?

67. Pero decimos lo primero, que permitiendo que es esta materia se haga lo que es justo, no por eso es inútil la doctrina que damos: será ociosa, cuando más, para dirigir a los dispensadores de los cargos; pero servirá para corregir a los quejosos. Apenas logra un mozo algún honor, cuando lo murmuran, no solo mil viejos inútiles, mas aun los demás mozos, a quienes la concurrencia en la misma edad enciende más la emulación.

68. Lo segundo decimos, que exceder un joven a muchos ancianos en saber, y juicio, no es extraordinario, ni con mucho, como se pinta en la objeción, antes cosa, que frecuentemente se experimenta. Apenas hay Comunidad, que conste de veinte, o treinta individuos, donde no se vea tal joven más advertido, que tal anciano. Esto depende de que generalmente en las prendas del alma mucho más iguales hace a los hombres el temperamento, que la edad. El exceso que un hombre puesto en los cincuenta años se hace a sí mismo, considerado en los treinta y cinco, rarísima vez es muy grande, y aun esa rarísima vez será mayor por haber pasado de mucha ociosidad a mucha aplicación. Al contrario, el exceso, que hay de unos hombres a otros por la diferente constitución individual, es enormísimo. A cada paso se ven quienes se habilitan en cualquiera Facultad que sea, [40] teórica o práctica, en la cuarta, o quinta parte de tiempo, que gastan otros en lo mismo.

69. De esta gran diferencia, que hay en la constitución individual, vienen aquellos prodigiosos adelantamientos de algunos jóvenes, a quienes ordinariamente no igualan los literatos octogenarios. Sabido es lo de Juan Pico de la Mirandula, el Escocés Jacobo Criton, el Español Fernando de Córdoba, Gaspar Scioppio, Hugo Grocio, el Españolito, que hoy se halla en París, y otros. Pudiéramos añadir a estos vulgarizados ejemplos otros muchos, no tan comunes, y no menos admirables; pero nos contentaremos con señalar dos, los más sobresalientes. Gustavo de Helmseld, hijo de un Senador de Suecia, de diez años sabía doce lenguas, la Sueca, la Moscovita, la Polaca, Francesa, Española, Italiana, Alemana, Flamenca, Inglesa, Latina, Griega, y Hebrea: sobre esto era Filósofo, tenía alguna tintura de Teólogo, y poseía algunas partes de las Matemáticas.

70. Pero a cuanto hasta ahora se ha visto excedió un prodigioso niño, nacido en Lubeck el año de 1721, y muerto el de 1725: Llamábase Christiano Henrico Heineken. Copiaré lo que de él dicen los Autores de las Memorias de Trevoux en el Tomo primero de 1731, como testificado en diferentes impresos por varios Autores fidedignos de la misma Ciudad, y País. Este niño a los diez meses empezó a hablar. A los doce sabía los principales sucesos contenidos en el Pentateuco. A los trece, la Historia del Viejo Testamento. A los catorce la del Nuevo. A dos años y medio respondía oportunamente a las preguntas que se le hacían sobre la Historia antigua, y moderna, y sobre la Geografía. Muy luego habló con facilidad la lengua Latina, y pasaderamente la Francesa. Antes de empezar el cuarto año sabía las Genealogías de las principales Casas de Europa, y explicaba con entendimiento, y juicio las sentencias, y pasajes de la Sagrada Escritura. Luego aprehendió a escribir, no pudiendo apenas sostener la pluma. Aborrecía todo otro alimento que leche, y ese había de ser de la propia ama, que empezó a [41] criarle; de modo, que no le destetaron hasta pocos meses antes de morir. Era de debilísima complexión, y frecuentemente enfermaba. En fin, murió el día 27 de Junio del año de 1725, llenando de admiración a todos la constancia, y resignación heroica, que mostró en todo el discurso de la enfermedad, hasta rendir el espíritu a su Criador.

71. Ya veo que puede haber mucho de exageración en esta historia, pero nada de imposibilidad. ¿Quién sabe cuál es el último término adonde puede llegar la habilidad del hombre? Acaso no hay término fijo, sino que aquella puede crecer más, y más, sin límite alguno. Por lo que mira a la perfección esencial, asientan Filósofos, y Teólogos, que repugna criatura alguna tan perfecta, que Dios no pueda criar otra más excelente. ¿Por qué en la perfección accidental dentro de la misma especie no sucederá lo mismo? Nuestro grosero modo de discurrir ciñe la posibilidad al estrechísimo ámbito de la experiencia. Aquello que nunca vemos, imaginamos repugnante, como si lo poco que Dios hace presente a nuestra vista, fuese el último esfuerzo de la Omnipotencia. Poner raya a lo posible, es ponérsela al Todo Poderoso.

72. Convengo en que el asenso de la existencia no debe extenderse por los inmensos espacios de la posibilidad: lo verisímil frecuentemente se queda mucho más acá de lo posible: la posibilidad se mide por la valentía del divino poder: la verisimilitud por la fuerza de la testificación. Así prudentemente procederá quien a la narración del niño de Lubeck rebaje una buena proporción; pero dejando todo lo que basta para hacerle admirabilísimo, y sin ejemplar conocido en todos los siglos anteriores; no siendo verosímil, que los Escritores compatriotas del niño mintiesen con exorbitancia en materia en que podían con millares de testigos ser convencidos de la impostura.

73. De los ejemplares alegados, y de otros muchísimos, que pudieran alegarse, se infiere la enormísima distancia, que hay de unas almas a otras dentro de la especie humana, atendiendo precisamente a la diferencia de temperamentos, y que respecto de aquella es levísima [42] la que proviene de la discrepancia en la edad, computando ésta desde fines de la juvenil, hasta los confines de la decrépita. Lo que de propia observación (exceptuando uno, u otro rarísimo caso) puedo asegurar, es, que los que a los treinta años son rudos, siempre son rudos: los que a los treinta años son imprudentes, siempre son imprudentes: los que a los treinta en las materias que se ofrecen a la conversación, o a la disputa desatinan, siempre desatinan. No niego que algo haga el cultivo, así en los hombres, como en las plantas; pero ni en éstas, ni en aquellos puede hacer de spinis uvas, aut de tribulis ficus.

74. Solo parece resta contra mi un reparto, y es, que aun suponiendo unas prendas intelectuales aventajadas, el fervor de la ira, que reina en la edad floreciente, estraga mucho la conducta. Es así. Pero sobre que en este particular son innumerables las excepciones, hallándose a cada paso mozos de temperamento muy pacífico, se debe advertir, que domina en la vejez otra pasión, la cual para los públicos empleos daña mucho más, que la que reina en la juventud. Hablo de la avaricia: vicio de quien no hay momento reservado: al contrario la ira, la cual, suscitándose solo a los accidentales incendios de la cólera en determinadas ocasiones, deja libres grandes intervalos. La ira es una furia pasajera, fiebre errante, cuyas accesiones son breves, y que con el tiempo se extirpa: la codicia es una harpía anidada en el corazón: hidropesía del alma, que siempre va creciendo. Aquella una, u otra vez altera el temperamento moral del hombre; ésta vicia todas las acciones, porque siempre subsiste su venenoso influjo. A aquella sus mismos esfuerzos le van debilitando más cada día: ésta sucesivamente va cobrando nuevos alientos: Vires acquirit eundo; de modo, que la codicia, contra el orden natural, tanto está más valiente, cuanto más envejecida: es pasión, que no solo obra a sangre fría; pero tanto más obra, cuanto más fría esta la sangre; de aquí es, que sus daños, no solo son mayores que los de la ira, pero [43] mucho más irremediables. Así, mirada por esta parte, si para los públicos empleos es enfermiza la juventud, mucho más la vejez.


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Paradoja séptima
Debieran todos los oficios ser hereditarios

75. Antiguamente en Lacedemonia, una de las Repúblicas más bien gobernadas del mundo en aquella edad, era ley inviolable, según refiere Herodoto, que fuese Labrador el hijo del Labrador, Sastre el hijo del Sastre, y así de todos los demás oficios. La misma práctica había en Egipto, y la misma reina hoy entre los idólatras del Indostán.

76. Bien conozco, que para persuadir la importancia de la Paradoja, es débil la autoridad de estos, y otros ejemplares, por ser sin comparación mayor el número de los opuestos. Por eso es preciso, que acuda la razón a suplir el defecto de la autoridad.

77. Dos conveniencias de gran peso hallo en que los oficios sean hereditarios: La primera es la perfección de las Artes. Cuando el Maestro no tiene más parentesco con el discípulo, que el serlo, ordinariamente no toma con tanto cuidado la enseñanza; y lo que es más, no le comunica aquellas particularidades del Arte, que en virtud de su discurso, u observación ha alcanzado: contentase con instruirle en lo que comúnmente se practica, y sabe. No hay esta reserva cuando la enseñanza se ejerce de padre a hijo, porque el amor paternal no la consiente; de aquí es, que en igualdad de pericia de parte del Maestro, mejor será enseñado el que aprende en la escuela de su padre, que en la de un extraño.

78. De esta total translación de pericia de padre a hijo, continuándose en su posteridad el mismo oficio, resultaría sin duda, que la perfección de las Artes se adelantaría más, y más cada día. Comúnmente cada profesor adelanta algo sobre aquello que ha aprendido; pero [44] también comúnmente aquello que adelanta, en él, y con él se sepulta, porque es contra sus intereses comunicarlo a otros. Esta razón cesa de padre a hijo, pues la conveniencia de éste la reputa aquel como propia, consiguientemente traslada al hijo todo lo que sabe. Si el hijo adelanta algo de propia parte, junto con lo que heredó del padre, lo deposita en el nieto: así de los demás sucesores. De este modo va creciendo la perfección de las Artes.

79. Dos circunstancias muy dignas de notarse se añaden en este sistema político, a favor del adelantamiento de las Artes: La una, que empiezan a aprenderse más temprano. En la casa de un Artífice, si el hijo es destinado al mismo empleo, apenas deja el pecho de la madre, cuando empieza a tomar la leche de la doctrina del padre: con esto, no solo se gana tiempo, pero se hace más connatural aplicación al oficio. La otra circunstancia es, evitar la República la pérdida de muchos buenos Artífices, ocasionada de la inconstancia de los genios. Algunos, que se prosiguiesen en el primer oficio a que se aplican, le ejercerían muy bien, por mudar de destino, y aplicarse sucesivamente a otros, en ninguno pasan de meros principiantes. Este daño se evita fijando a cada uno en el oficio de su padre.

80. La segunda conveniencia considerable, que resulta de ser los oficios hereditarios, es hacerse más clara, y constante la distinción de clases en la República: no pocas veces se perturba la tranquilidad de los Pueblos por las disputas sobre precedencia de nacimiento entre estas, y aquellas familias. Estas cuestiones nacen por la mayor parte de la nobleza nueva, que pretende supeditar, o por lo menos igualar a la antigua, cuando la excede en riqueza. Si el hijo de un Labrador ejerce con felicidad la mercatura, ya el nieto se pone a los pechos un hábito, y el biznieto se halla en estado de disputar la precedencia a una familia patricia antiquísima, pero que es inferior en opulencia. Este inconveniente no podría arribar, o arribaría con mucho menos frecuencia, estando la porción inferior de la República respectivamente adicta a determinado oficio.


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Paradoja octava
Debiera hacerse constar al Magistrado de qué se sustentan todos los individuos del Pueblo

81. Esta fue una de las leyes del prudentísimo Solón, y en Atenas se observaba inviolablemente; pues consta de Athenéo, que los dos Filósofos Asclepiades, y Monedemo, fueron acusados al Aeropago, porque no se sabía cómo ganaban la comida; y salieron absueltos, habiendo probado, que cada noche ganaban dos dracmas moliendo en una atahona. Herodoto dice, que ya antes había establecido el Rey Amasis la misma ley en Egipto.

{(a) 1. Athenéo (en el lib. 6. cap. 2.) refiere una ley admirable de los Corintios en orden a examinar de qué bienes se sustentaban los habitadores, proponiendo las providencias, que se debían tomar con los que tenían con qué vestir, y comer, sin descubrirse de donde salía. La Ley se contiene en estos versos de Difilo, que cita Athenéo.

Est optimè hic statutum apud Corinthios,
Si quemquam absonare semper splendidè
Videmus, hunc rogamus, unde vivat, &
Quid faciat operis? Si facultates habet,
Ut redditus harum solvere expensas queat,
Perpetimur illum perfrui suis bonis;
Sin fortè sumptus superat ea quae possidet,
Prohibemus huic, ea ne faciat in posterum.
Ni pareat: jam plectitur mulcta gravi
Sin sumptuosè vivis is qui nihil habet,
Tradunt eum tortoribus. Prob Hercules.
Nec enim licet vitam absque malo degere
Talem, scias, sed est necesse aut noctibus
Abigere praedam, aut fodere muros aedium,
Aut in foro agere sycophantam, aut perflidum
Praebere testem. Nos genus hoc mortalium
Ejicimus ex hac urbe, velut purgamina.
[46]

2. Esto está bien dicho, y bien hecho. Quien viste, y come, no digo con lucimiento, y regalo, sino medianamente uno, y otro, sin tener renta, ni oficio con que lo gane, ni pariente, o amigo, que le asista, de algún arte malo se socorre: o roba, o estafa, o trampea, o hace algún servicio inicuo. ¿Pues qué se ha de hacer con él? Lo que hacían los Corintios, Tradunt eum tortoribus. Entregarle al verdugo, para que le castigue, si no revela, y da pruebas de los fondos, que le sustentan. Togados, Jueces, no hay que quejarse de que se cometan hurtos, y no parecen los ladrones. Los ladrones parecerían, y desaparecerían los hurtos, si se tomase esta providencia. Dios no hace milagros para sustentar los paseantes en Corte; con todo, muchos de milagro se sustentan. Sí; pero el diablo es quien hace ese milagro. Algunos apelan a las ganacias del juego. Eso mismo se les debe obligar a que lo prueben. Puede ser que uno, u otro se sustente del juego, pero rarísimo. Aun cuando los juegos largos no tuvieran otro inconveniente, que servir de cubierta a los ladrones, era sobradísimo motivo para prohibirlos.}

82. No tiene duda, que en todas las Repúblicas convendría el mismo establecimiento. ¿Qué digo convendría? [46] Sería de una extrema importancia. Con un cuidadoso examen, que se aplicase a este asunto, se limpiaría el estado de innumerables sabandijas, que le infestan. Apenas hay Pueblo alguno numeroso, donde no se vean muchos, que sin rentas, sin algún empleo útil, sin el ejercicio de algún arte honesto, comen bien en su casa y salen, y salen lucidos a la calle. ¿Qué fondos los sustentan? A este los robos, que sale a ejecutar en los caminos: a aquel el trato vil, que hace de la hermosura de su mujer, al otro el dinero, que saca a empréstito de mil partes para nunca pagar: a estotro las estafas, que logra con falaces promesas de promover sus conveniencias a algunos mentecatos. ¿Qué es menester especificar más? Si se quitase la capa a todo lo que se llama vivir de ingenio, se hallaría, que casi todo es vivir de vicio. La capa se quitaría, haciendo el examen propuesto; y aplicando castigo proporcionado, se purgaría de infinitos humores viciosos el cuerpo político. [47]


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Paradoja nona
Gran parte de lo que se expende en limosnas, no solo se pierde, pero daña

83. Rara sentencia aquella de David: Bienaventurado el que ejercita su entendimiento en orden al pobre, y necesitado. Beatus qui intelligit super egenum, & pauperem. No dice: bienaventurado el que para socorrer al pobre ejercita su amor, su compasión, su caridad; sino el que ejercita su inteligencia. Misterio hay en el caso. Sin duda; y el misterio es, que la limosna no aprovecha si no se distribuye con inteligencia, discreción, y juicio.

84. Una mano precipitada en dar, cual pinta Claudiano la de Probo:

Praeceps illa manus fluvios superabat Ibéros
Ausea illa vomens,

socorre a muchos pobres; pero al mismo tiempo sustenta muchos holgazanes: no solo los sustenta, los cría; porque donde sin discreción se reparte copiosa limosna, muchos, que se aplicarían al trabajo para pasar la vida, se dan a la ociosidad, dispensándose de la fatiga propia a cuenta de la profusión ajena. Los daños, que de aquí resultan para la república, son harto graves. Pierde muchos operarios, y se le añaden muchos viciosos.

85. De uno, que reparte muchas limosnas, se dice, que las da a dos manos; pero reparo, que según la sentencia de Cristo Señor nuestro, solo se deben dar con una. Cuando das limosna, dice, no sepa tu mano siniestra lo que la derecha: Te autem faciente eleemosynam nesciat siniestra tua qui faciat dextera tua. Esto supone, que solo la mano derecha ha de distribuir la limosna. No me digan, que me detengo en lo material de la letra, que antes bien descubro debajo de lo material de la letra un profundísimo sentido. Es estilo constante de la [48] Sagrada Escritura simbolizar en la mano derecha las obras buenas, como en la siniestra las malas: de aquí es, que hablando en muchas partes de la mano de Dios, nunca nombra con expresión sino la derecha, porque todas las operaciones de Dios son santas. Quiere, pues, Cristo, que la limosna se dé sólo con la diestra, significando, que hay limosnas buenas, y malas, aprobando aquellas, y reprobando éstas; no a ambas manos, que eso es proceder sin elección, y confundir las buenas con las malas.

86. La invención de los Hospicios es admirable para este efecto; pero no sé qué fatalidad estorba, que sea más común su establecimiento. Yo he pensado en ello varias veces; y respecto de los Pueblos numerosos, no encuentro dificultad, que no sea muy superable. Convengo en que muchas veces ocurren en la práctica inconvenientes; que no prevee la más reflexiva teórica; pero, o sea esto lo que impide el establecimiento de los Hospicios, o falta de espíritu, u falta de concordia en los que debieran promoverlos, parece se puede suplir este preservativo universal contra la mendicidad viciosa con otro arbitrio; el cual es, que todos los que dan diariamente limosna a las puertas de sus casas, o sean Comunidades, o particulares, por medio de los domésticos que la distribuyen; averigüen, quiénes son, y dónde moran los mendigos válidos, o capaces de trabajar, que acuden a ella: hecho esto, lo avisen a la Justicia, la cual encarcelándolos luego al punto, en cumpliéndose un número suficiente, con público pregón hará constar a todos, que hay tantos hombres, y tantas mujeres ociosas, para que los que necesitasen de su servicio, o ya en el cultivo de los campos, en los oficios domésticos, acudan para que se les entreguen, con pena de doscientos azotes, o de galeras a los que desertasen. También se podrían sacar de estos todos los hábiles para la guerra, remitiéndolos a temporadas a esta, o aquella guarnición, como se hace con los delincuentes, que envían a galeras. Harta blandura es ésta, respecto a la severidad [49] que practica la próvida República de las Abejas, donde se castiga con pena capital la ociosidad: Cessantium inertian notant, castigant mox, & puniunt morte. (Plin. lib. 11, cap. 10.)

87. Entre las limosnas perdidas se deben contar, no digo la más, sino casi todas las que se emplean en los Extranjeros, que vienen a España con capa de Peregrinos a Santiago, sobre que nos remitimos a lo dicho en el Discurso quinto del cuarto Tomo. Yo por mi protesto, que aunque no es mi corazón de los más duros hacia los pobres, como puede testificar toda esta Ciudad de Oviedo, se pasa el año entero, en que no doy un cuarto a alguno de estos Peregrinos, salvo el caso de verle enfermo. Estoy persuadido a que haría positivo deservicio a Dios, y a la República, concurriendo a sustentar voluntarios vagabundos, porque se fomenta la inclinación a la tuna con la facilidad del socorro.

88. No ignoro, que algunos Padres persuaden a que se dé limosna, sin examinar escrupulosamente la necesidad; pero esto no quita, que la república, tome providencia para descartar como intrusos en el beneficio de la caridad cristiana a todos aquellos en quienes es actualmente voluntaria, y viciosa la pobreza.


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Paradoja décima
La tortura es medio sumamente falible en la inquisición de los delitos

89. Entro pidiendo la venia a todos los Tribunales de Justicia, para decir lo que siento en esta materia. Venero las Leyes, y la práctica de ellas; pero tratándose aquí de leyes puramente humanas, a cualquiera el lícito discurrir sobre la conducencia, o inconducencia de ellas. Ni el ver la tortura admitida también en el fuero Eclesiástico la privilegia del examen; porque como advierte [50] el Docto Canonista Benedictino Francisco Schmier, citando a otros Autores, su práctica no es conforme a la antigua disciplina de la Iglesia, sino que con el discurso del tiempo, poco a poco se fue derivando de los Tribunales Seculares, a los Eclesiásticos: Pedetentim à Curiis Saecularibus ad Ecclesiasticas pervenisse. (Schmier in Suplem. ad lib. 5 Decret.) Con que por lo que mira al fuero Eclesiástico, inquirir sobre la conducencia, o inutilidad de la tortura, no es otra cosa, que disputar, qué práctica es más conforme a razón, si la antigua, o la moderna.

90. Sobre ser la materia de su naturaleza disputable, dos notables circunstancias me alientan a entrar en esta discusión: La primera, estar en fe de que muchísimos sienten lo mismo que yo, comprehendiendo entre estos muchísimos no pocos de los mismos Jueces, que practican la tortura en los casos establecidos. Sienten teóricamente contra lo que obran; pero obran lo que deben, porque son Ministros, no árbitros de las Leyes. La segunda es haberme precedido en la publicación del mismo dictamen el Doctísimo Padre Claudio Lacroix. Véase su primer Tomo de Teología Moral, lib. 4, num. 1455, y siguientes.

91. A la sombra de tan ilustre Autor, cuyo rectísimo juicio en materias morales está altamente calificado con la general aceptación, que logra en toda la Cristiandad, entro animoso a esforzar su dictamen, y mío. Corto es el recinto de la cuestión, al primer paso del discurso se llega al término.

92. Es innegable, que el no confesar en el tormento depende del valor para tolerarlo. Y pregunto, ¿el valor para tolerarle depende de la inocencia del que está puesto en la tortura? Es claro que no, sino de la valentía de espíritu, o robustez de ánimo que tiene. Luego la tortura no puede servir para averiguar la culpa, o inocencia del que la está padeciendo, sí solo la flaqueza, o fortaleza de su ánimo. [51]

93. Habiendo inicuamente repudiado Nerón a Octavia, y desposádose con Poppea, no contenta ésta con haberle usurpado el tálamo, y corona a Octavia, para quitarle también el honor, y la vida, la acusó de comercio criminal con un esclavo. Fueron puestas a la tortura todas las Criadas de Octavia, para examinar con sus confesiones el delito de la Señora. ¿Qué sucedió? Unas confesaron, otras negaron. ¿No sabían todas que la acusación era falsa? Así lo asientan los Escritores. ¿Qué importa eso? En la tortura no la verdad, sino el dolor es quien exprime la confesión del delito. Quien tiene valor para tolerar el cordel, niega la culpa, aunque sea verdadera: quien no le tiene, la confiesa, aunque sea falsa. Los tormentos dados a las Criadas de Octavia, descubrieron la debilidad de unas, y fortaleza de otras. Para la averiguación de la causa fueron inútiles.

94. Parece, pues, que igualmente peligran en la tortura los inocentes, que los culpados. ¡Terrible inconveniente! Lo peor es, que no es el peligro igual sino de parte de los inocentes mayor. Diránme, que esta es otra nueva Paradoja. Confiésolo; pero si no me engaño, verdaderísima. Es constante, que los hombres que tienen osadía para cometer grandes crímenes, son por lo común de corazón más duro, y feroz, que los que tienen un modo de vivir tranquilo, y regular. Luego en aquellos se debe creer más disposición, que en estos para tolerar el dolor de la tortura. Luego más veces flaqueará el inocente confesando el delito, de que falsamente es acusado, que el malhechor insigne revelando el que verdaderamente ha cometido. Esta reflexión es del Padre Lacroix. Nótense estas palabras suyas: Sequitur per torturas saepè everti justitiam, quia inocentes, qui saepè sunt impatientes dolorum, coguntur se fateri nocentes; è contra nocentes, qui plerumque sunt ferociores, tolerata tortura se probant innocentes. [52]

{(a) 1. El Padre Juan Stephano Menochio, Tom. 3. Centuria 12. cap. 79. refiere un suceso raro, que aunque traído por el Autor a [52] otro intento, es oportunísimo para comprobar el que la tortura hace confesar delitos a los mismos inocentes. Dice, que sobre ser el caso reciente, y vulgarizado en su tiempo, y que de niño, con horror le había oído contar algunas veces, después le leyó en los Días Caniculares de Obispo Mayolo, que afirma saberle de boca del mismo, que hizo el papel principal en la tragedia. La historia es como se sigue:

2. Un hombre honrado, y de valor, cuyo apellida era Pechio (familia noble en Milán) era, no sé por qué, aborrecido de un personaje poderoso, y señor de algunos Castillos. Sucedió, que haciendo un viaje, fue sorprendido por su enemigo, y conducido a uno de sus Castillos, en cuya más profunda estancia fue como sepultado vivo. Todo esto se ejecutó con tanto secreto, que nadie lo entendió sino el autor del hecho, y un fidelísimo criado suyo, el cual era el único, que en aquella caverna veía al prisionero, y le ministraba el alimento, que se reducía a una escasa porción de pan, y de agua cada día. El ejecutor era uno de aquellos genios implacables, cuyo odio no se deleita tanto con la muerte del enemigo, como con dilatarle los dolores, dilatándole la vida. Diez y nueve años estuvo el desdichado Pechio en aquella obscura prisión, sin otro alimento, que el que se ha dicho, y privado del alivio de quitarse la barba, y mudarse ropa. Era ya muerto el Caballero, que le había aprisionado, y con todo el criado mismo, a quien acaso el sucesor había continuado la encomienda de aquel Castillo, ya único sabedor de caso, proseguía en retener, y dar el mismo alimento al pobre Pechio. Sucedió, que al cabo de diez y nueve años, abriendo unos trabajadores cimientos para cierta fábrica, que se quería arrimar al Castillo, se rompió un agujero, hacia la obscura caverna, o sepulcro de aquel difunto vivo, con cuya comunicación éste empezó a ver la luz del día, y los de afuera a escuchar sus lamentos. En fin, abriendo los trabajadores ámbito bastante para extraerle, pensaron al sacarle, hallarse más con un monstruo, que con un hombre entre los brazos. Apenas uno, u otro trapo inmundo cubría alguna parte d