La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Teatro crítico universal / Tomo quinto
Discurso cuarto

Maquiavelismo de los antiguos


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§. I

1. Habiendo de tratar en este Discurso de la tiránica doctrina de Maquiavelo, creo complaceremos a los más de los Lectores dándoles alguna particular noticia de este hombre de quien todo el mundo habla, y a quien todo hombre de bien detesta; porque por cualquier camino que se hagan los hombres famosos, excitan la curiosidad y deseo de conocerlos.

2. Nicolás Maquiavelo, natural de Florencia, vivió a los principios del siglo décimo sexto. Fue hombre de más [73] que mediano ingenio. Escribía con hermosura el Idioma Toscano, aunque tenía corta inteligencia del Latino. Era dotado de bastante talento para la Poesía Cómica; lo que mostró en varias piezas de Teatro, especialmente en una, que habiéndose representado en Florencia, la fama del aplauso que tuvo, movió (según refiere Paulo Jovio) al Papa León Décimo a hacerla repetir en Roma por los mismos Farsantes, y con las mismas decoraciones. Cuando se tramó la infeliz conjuración de los Soderinis contra los Médicis, indiciado Maquiavelo de cómplice en ella, fue puesto a cuestión de tormento; pero, o su valor o su inocencia le hicieron resistir la tortura, sin confesar cosa. No se si antes o después de este suceso fue hecho Secretario de la República; pero es cierto, que después de él se le confirió el título de Historiador de ella, y que lo debió, juntamente con muy gajes al favor de los Médicis: o fuese, que estos le creyesen indemne en la conjuración pasada, y quisiesen en esta honrosa conveniencia reparar el agravio de la tortura; o que considerándole hombre hábil, quisiesen tenerle obligado; o en fin, que procurasen a su devoción una pluma buena, cual lo era la de Maquiavelo.

3. Este beneficio no impidió nuevas sospechas contra él, de que hubiese concurrido después en otra maquinación, formada por algunos particulares, para quitar la vida al Cardenal Julio de Médicis, que en adelante fue Para con el nombre de Clemente Séptimo. Este recelo parece se fundó únicamente en las repetidas alabanzas con que tanto en las conversaciones privadas, como en los escritos, celebraba Maquiavelo a Bruto, y Casio, como defensores y vindicadores de la libertad de la República Romana: lo que en aquella sazón se interpretaba como una indirecta exhortación a defender la libertad de Florencia, que, o en realidad, o en la apariencia querían oprimir los Médicis. Sin embargo, o por alguna mera política, o porque el motivo de la sospecha pareció débil, no se hizo procedimiento alguno contra Maquiavelo. Consta, que después [74] pasó todos sus días en miseria y abatimiento. Acaso los Médicis, interiormente resentidos contra él, y precisados por alguna razón de Estado a no declarar con castigo legal su resentimiento, procuraron por ocultas vías esta venganza sorda. Acaso también se acarreó la pobreza con su mala conducta. En fin murió, anticipándose la muerte, como se la anticipan otros muchos. Un medicamento precautorio, tomado a fin de alargar la vida, se la quitó el año de 1530.

4. Fue Maquiavelo de genio irrisorio, y satírico. Créese, que tuvo poco o nada de Religión. Hay quienes digan, que fue menester emplear la autoridad del Magistrado para obligarle a recibir los Sacramentos al morir. Otros que murió profiriendo blasfemias. Léese en varios Escritos una insolente impiedad suya con aire de chiste: esto es, haber dicho, que más quería ir al Infierno que al Cielo; porque en el Cielo sólo hallaría Frailes, Mendigos, y otra gente mísera y desdichada; pero en el Infierno lograría la compañía de Papas, Cardenales, y Príncipes, con quienes trataría materias de Estado. Otros substituyen en el dicho, por Papas, Cardenales, y Príncipes, los más insignes Filósofos, y Escritores de Política, como Platón, Aristóteles, Séneca, Plutarco, y Tácito.

5. Dio a la luz varios escritos, entre ellos la vida de Castrucio Castracani, y la Historia de Florencia, que no legran la mayor fe entre los Críticos. Pero el escrito que le hizo famosos en el mundo, y juntamente más infame, fue uno de Política, intitulado: El Príncipe; en que enseña a los que lo son a reinar tiránicamente, o a dominar los Pueblos sin equidad, sin Ley, sin Religión, sacrificando la equidad, la Ley, la Religión, y el bien público al interés, al gusto, al capricho, y a la grandeza propia.


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§. II

6. Con ser tan pernicioso este libro, no han faltado quienes apadrinen el libro y al Autor. Abraham Nicolás Amelot de la Housaye le defiende por la parte más [75] odiosa, que es aprobando como útiles al público sus máximas, las cuales dice, sólo son reprobadas por los hombres ignorantes de lo que es política, y razón de Estrado, y añade, que los mismos, que siendo particulares, y estando fuera del manejo de las cosas, las condenan, si por dicha ascienden al Principado o al Ministerio, las aprueban y practican.

7. Otros, aunque convienen en que las máximas de Maquiavelo son perniciosas, santifican la intención del Autor. Dicen, que éste bien lejos de querer instruir a los Príncipes contra los Pueblos, sólo miró a avisar a los Pueblos del proceder y artes de los tiranos, con el fin de que estos se contuviesen, viendo sus máximas descubiertas; y aquellos pudiesen precaverse mejor, enterados de las armas con que la tiranía procura oprimir su libertad. Añaden, que le fue preciso a Maquiavelo el modo artificioso de instruir a los Pueblos debajo del velo de favorecer el poder absoluto de los Príncipes, porque éstos no tolerarían su libro, si claramente hablase contra su total independencia.

8. Prueban este sentir con la consideración de que Maquiavelo fue enemigo acérrimo de la tiranía, y amante apasionado de la libertad de la República. Sus dichos y sus hechos conspiraban a manifestar esta inclinación. Sus grandes Héroes eran Bruto, y Casio, que mataron a César por restituir a Roma su libertad. Cítase el Capítulo décimo del libro primero de sus Discursos, donde habla fuertemente contra los tiranos. Fue indiciado de cómplice en la conjuración de los Soderinis contra los Médicis, en quienes se consideraba entonces la intención de tiranizar la República de Florencia; y después, no exento de sospechas en la conspiración contra la vida del Cardenal Julio. El Nardi, Escritor Florentino, y contemporáneo suyo, dice, que tenían estrechas alianzas con los maquinadores de aquel atentado, y con el resto de la facción opuesta a los Médicis. ¿Qué interés podía tener en favorecer a los tiranos, quien dio tantas señas de aborrecerlos? ¿O en extender la potencia de los Príncipes fuera de su natural esfera, quien siempre [76] se manifestó amante de la Democracia? Luego es fijo que su intención fue otra, y muy contraria a la que suena en la superficie de la letra. Así razonan los que son de esta opinión.

9. Otros, en fin, concediendo que las máximas de Maquiavelo son detestables, y prescindiendo de cuál haya sido su intención, se limitan a excusar el Autor, afirmando que no tuvo, ni tiene algún inconveniente la publicación de ellas. Éstos dicen, que Maquiavelo nada dijo de nuevo; que sus máximas son las mismas que se hallan estampadas en las Historias, como practicadas por innumerables Príncipes; ¿que qué más inconveniente puede tener el que se lean en el libro de Maquiavelo, que en los demás?

10. Esta misma disculpa pone Bocalini en boca del mismo Maquiavelo, hablando así en nombre suyo delante de Apolo: Yo no pretendo defender mis escritos, antes públicamente los acuso y condeno por impíos, por llenos de crueles y execrables documentos de gobernar los Estados. De suerte, que si la doctrina que he dado a la estampa, es nueva e inventada de mi cabeza, convengo en que el momento se ejecute en mí la sentencia que quisiesen fulminar los Jueces. Pero si mis escritos no contienen otra cosa que aquellos preceptos políticos, y aquellas reglas de estado que he deducido de las acciones del algunos Príncipes, contra los cuales el decir mal tiene pena de muerte; pero si V.M. me da licencia los nombraré aquí: ¿qué justicia, qué razón hay que dicte que los que han inventado la rabiosa y desesperada política escrita por mí, sean respetados como punto menos que divinos; y yo, que no hice más que publicarla, sea tenido por un malvado, por un Ateísta? Yo, cierto no alcanzo, por qué razón se deba adorar el original como Santo, y quemar la copio como execrable: ni por qué yo merezca ser tan perseguido, cuando la lectura de las Historias, no sólo permitida, más aun recomendada, tiene virtud para convertir en otros tantos Maquiavelos todos aquellos que las leen con los antojos políticos. [77]


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§. III

11. Por no dejar al Lector suspenso, o por no darle lugar a que juzgue que propongo estas tres opiniones problemáticamente, expondré aquí el juicio que hago de ellas. La primera es falsa, horrenda, abominable, y sólo digna de un segundo Maquiavelo. ¿Qué razón hay, no digo que dicte, pero ni aún que sufra las detestables máximas de que el Príncipe más debe a sí mismo, que su República? ¿Que ésta fue instituida por la Naturaleza a favor del Príncipe, no el Principado a favor de la República? ¿Que la tiranía se funda en el mismo derecho de la Corona? ¿Que la muerte desgraciada de los Tiranos se debe atribuir al acaso, y no al juicio Divino? Y otras semejantes.

12. La segunda tiene contra sí el sentido literal y natural del escrito, y que la intención del Autor no es fácil adivinarse. Admiro por buenas todas las pruebas que se alegan, de que Maquiavelo era enemigo de la tiranía. No hay hombre alguno que no aborrezca la tiranía entretanto que la considera gravosa a su persona, o que tema que parte del peso de ella cargue sobre sus hombros. Pero muchos de los que la aborrecen en general, la desearán en particular, si tienen esperanzas de que el favor del tirano mejore su fortuna. Es muy natural considerar en esta positura el pensamiento de Maquiavelo, cuando escribió si libro. Dominaban ya entonces los Médicis la Ciudad de Florencia, y creería lisonjearlos aprobando como natural y debida la dominación, dispensada de toda ley, y franquearlos, cuanto estaba de su parte, el camino para el Despotismo. Acaso le pasaría por la imaginación que algún Príncipe le hiciese primer Ministro suyo, con la esperanza de elevar a superior grado su grandeza, teniendo a su lado al autor de aquellas máximas.

13. La disculpa, con que defiende a Maquiavelo la tercera opinión, es manifiestamente sofística. No puede negarse, que en innumerables Autores se lee practicada por varios Príncipes la doctrina de Maquiavelo; mas con esta [78] gran diferencia, que aquellos la abominan; Maquiavelo la persuade; aquellos al mismo tiempo que dan noticia del hecho, inspiran el horror de la máxima; éste enseñando la máxima, exhorta al hecho. ¡O con cuanto ardor, con cuanto conato tomó la aprobación y persuasión de la tiranía cuando tuvo el atrevimiento de proponer a Moisés, y a David por ejemplares del gobierno tirano! A esta execrable impiedad llegó la blasfema osadía de Maquiavelo.

14. Por lo que mira a la defensa, que en particular hace el Bocalini de Maquiavelo, fácil es conocer adonde apunta sus malignas expresiones; las que pudo omitir muy bien, pues sin tocar en tanta elevación tenía muy a mano con más certeza y sin algún riesgo en la declaración, cuanto era menester para su propósito, en la persona de César Borja. Quiero decir, que para excusar a Maquiavelo de inventor de las máximas que publicó, y señalar algún ejemplar en cuya conducta las hubiese estudiado, ninguno más acomodado que aquel Príncipe; porque fue sin duda Cesar Borja hombre de política inicua y tiránica en supremo grado, capaz de toda maldad, como la hallase conducente a su grandeza; ardiente, osado, cruel, y tan furiosamente ambicioso, que abrasaría, si pudiese, todo el mundo, por dominar después las cenizas del Orbe.

15. Hermanno Coringio, Autor Protestante, dice, que Maquiavelo estuvo algún tiempo en el servicio de este Príncipe. Si esto es verdad, fácil es que de él aprendiese lo que después escribió; y creo no se desdeñarán los Italianos de conceder, que su Político Florentín haya tenido por Maestro un Español.

16. Pero la verdad es, que no había menester Maquiavelo poner los ojos, ni en este ejemplar no en otro alguno de cuantos Príncipes concurrieron en su tiempo, Como era hombre de alguna lectura en las Historias, todos los siglos se los estaban proponiendo a centenares. Poco menos yerran los que juzgan aprendió Maquiavelo las Máximas de los Políticos de aquel tiempo; como los que creen, que los del tiempo posterior las tomaron de Maquiavelo.

17. Sin embargo, esta segunda es una sentencia muy recibida entre los sujetos, o de poca lectura, o de poca reflexión, como lo son los más, No pocos, cuando se trata esta materia, añaden con misteriosa gravedad, como si sacaran de los más retirados senos del espíritu un profundo apotegma, que aunque Maquiavelo fue el Maestro que introdujo esta doctrina, se adelantó después tanto en las Aulas, que si hoy volviese el Maestro al mundo, tendrían mucho que aprender., como discípulo.

18. Yo no puedo contener la risa cuando oigo tales discursos a hombres que han tenido bastante enseñanza, para razonar con más exactitud. Las máximas de la política tirana son tan ancianas entre los hombres, como la dominación. El Maquiavelismo debe su primera existencia a los más antiguos Príncipes del mundo, y a Maquiavelo sólo el nombre. Su raíz está en nuestra naturaleza, y no ha menester siglos: momentos le bastan para explicar su maligna fecundidad, como se presente la ocasión. Ni más ni menos que es natural en el hombre la pasión de dominar, lo es también la de amplificar la dominación. El ambicioso que adquiere el Principado, no por eso siente saciada su ambición. Siempre desea hacer mayor el mando, ya en extensión respecto de los súbditos ajenos, ya en intensión respecto de los propios. El amor de la independencia pocas veces se contiene en márgenes razonables. El que está dispensado de toda sujeción a otros hombres, aspira a verse independiente de las leyes.


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§. IV

19. Estoy tan lejos de pensar que Maquiavelo haya empeorado al mundo en cuanto a esta parte, ni que los Príncipes de este siglo hayan refinado la inicua política de Maquiavelo, que creo firmemente que éstos, si atendemos precisamente a nuestra Europa son mucho mejores por lo común, que los de los antiguos tiempos.

20. Hoy, si se trata, o de imponer algún nuevo gravamen a los vasallos, o de mover guerra a los vecinos, se consultan Teólogos y Juristas, se examinan leyes, se [80] revuelven Archivos; y aunque muchas veces la ambiciosa adulación de los consultados atribuya a los Príncipes el derecho que no tienen, la malicia de aquellos es compatible con la buena fe de éstos. En otros tiempos no era así. O se quisiese atropellar a los súbditos, o sujetar los confinantes, nada se consultaba, nada se examinada, sino si habían bastantes fuerzas para la ejecución. El poder lo decidía todo. Aún en siglos no muy distantes del nuestro, y en los Reinos de mayor política. Cuando ya la Religión verdadera habían humanizado los ánimos, si al mover la guerra un Príncipe poderoso a su vecino para despojarle de parte del Reino, representaba el invadido los títulos legítimos de posesión, se reía el invasor de la representación como de una insigne impertinencia, y respondía ferozmente con aquella sentencia hecha proverbial en aquellos tiempos en boca de Reyes, y Ministros de Estado, que el derecho de los Príncipes no consiste en pergaminos viejos, sino en armas flamantes.


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§. V

21. Esto, cuanto más retrocede la memoria por la serie de los tiempos, tanto peor lo halla. De aquí viene a aquel mal concepto que en la superior edad, por lo común, se hacía de los Reyes. Los Romanos se asombraron, cuando vieron que los de Capadocia, a quien querían hacer República libre, instantáneamente les pidieron que los dejasen vivir debajo de un Monarca, reputándolo esto por verdadera y rigurosa esclavitud. Catón decía: este animal que llaman Rey, es muy devorador de carne humana: Hoc animal Rex carnivorum est. Flavio Vopisco refiere de un Bufón Romano, el cual con gracia y agudeza decía, que cuantos Reyes buenos había habido en el mundo se podían esculpir en un anillo. Platón en el Diálogo Gorgias representa a los Reyes compareciendo en el Infierno ante Radamanto, llenos por la mayor parte de injusticias, perjurios, y otras maldades. Aristóteles en el tercero de los Políticos reconoce la Regia potestad de todos los Príncipes Asiáticos por tiránica, o próxima a [81] la tiranía. De aquel sagacísimo Aníbal dice Livio, que jamás fiaba en las promesas de los Reyes: Fidei Regum nihil sane confisus. Un Legado de los Rodios, en el mismo Livio decía, que los Reyes siempre querían hacer esclavos a los vasallos. Así se debe dar por constante, que en los Príncipes de aquellos tiempos era frecuentísimo no respetar alguna ley, siempre que se ofrecía ocasión de aumentar la autoridad.


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§. VI

22. Ni se piense, que esto sólo lo ejecutaba la fuerza desasistida de la maña. Los mismos arbitrios, las mismas Artes que estampó Maquiavelo, y que ejercieron los más sagaces Tiranos de los posteriores siglos, se hallan practicadas en aquellos. Mírese a Rómulo buscando un pretexto especioso de injusticia para quitar la vida a su hermano, y remover este estorbo de reinar sin riesgo: a su sucesor Numa Pompolio, consumado hipocritón, todo dado en lo exterior al culto, a la devoción, y al rito, y aun fingiendo visiones y revelaciones de la Diosa Egeria, para que mirándole al Pueblo Romano como a hombre especialmente favorecido del Cielo, no sólo no se atreviese a derribarle del Solio, mas se le dejase engrandecer a su arbitrio: a Tulo Hostilio, que sucedió a éste, introduciendo con grande arte aquellos ostentosos aparatos externos, que a los ojos del mundo son el medio más eficaz para hacer respetable, ya formidable la Majestad, y buscando dolosos pretextos para hacer guerra a las Repúblicas vecinas: a Tarquino el Soberbio, valiéndose del estratagema de que su hijo Sexto, como quejoso y fugitivo de su crueldad, se refugiase a los Gabios; y éste manejando con tan artificiosa conducta aquella gente, que le hicieron Generalísimo suyo con absoluto dominio; con que fue fácil rendirlos a los Romanos.

23. Aquel famoso precepto de Maquiavelo de que con el enemigo puesto en algún ahogo no se use de medio, sino que según dictare el interés propio, o se le acabe de arruinar del todo, o se le dé la mano para sacarle del riesgo, ¿no es puntualmente el mismo que dictó Herennio a su hijo Poncio, General de los Samnites, para que los practicase con los Romanos? Cuando este General tuvo cogido todo el Ejército Romano en las Horcas Caudinas, envió la noticia a su Padre, preguntándole juntamente, qué deliberación tomaría con ellos. Respondió el viejo, que los abriese generosamente el paso, dejándolos ir libres, sin condición o limitación alguna, que fuese contra su vida, su libertad, o su honor. Creyó Poncio, y creyeron todos los Principales de la República que se hallaban en el Ejército, que Herennio no se habían enterado bien de la noticia dada, ni entendido que los Romanos estaban enteramente a su disposición. Enviaron, pues, segunda legacía, informándole muy por extenso del estado infeliz del Ejército Romano, a quien tenían sin remedio debajo del cuchillo. Respondió entonces que le degollasen enteramente, sino dejar vida hombre alguno. Dos respuestas tan encontradas hicieron sospechar a algunos, que el viejo había perdido el seso; sin embargo, como le habían respetado muchos años por Oráculo y alma de la República, creyendo los más, y bien, que aquella contradicción contenía algún misterio que no entendían, le hicieron venir al campo para que se explicase. Vino, y declaró su pensamiento; el cual era, que todo, o nada: que, o se ganase enteramente el afecto del enemigo con una generosidad heroica, o le destruyesen del todo; para que no quedase en estado de vengarse. No se siguió el consejo del viejo. Poncio tomó un medio, que fue dejar salir a los Romanos con vida, pero sin honor; haciendo a Cónsules, Oficiales, y Soldados padecer la insigne afrenta de pasar por debajo del yugo. La resulta fue (bien fácil de adivinar) que los Romanos, irritados de la ignominia, no pudieron apartar los ojos de la venganza. Faltando a las condiciones estipuladas, rompieron de nuevo con mayor ira y con mayor fuerza la guerra, y derrotaron enteramente a los Samnites.

24. El temperamento que tomó Poncio, fue imprudente. [83] Mas no por eso se debe aprobar el consejo de Herennio. Era cruel en un extremo, y en el otro nada seguro. Otro medio más proporcionado se pudiera tomar, como quedarse con rehenes de toda satisfacción, hacer entregar algunas tierra o plazas, antes de dejar salir al Ejército. Pero pensar, que a una gente vana, soberbia, guerrera, y poderosa había de hacer más fuerza la fe de los pactos, que la ira concebida sobre una feísima afrenta, fue muy necia confianza.

25. Tampoco (ya lo dije) el consejo de Herennio, en cuanto al extremo benigno, era nada seguro; porque en los Romanos era más poderosa la ambición que la fe pública, y que la ley del agradecimiento. Buen testigo de esta verdad fue Numancia, como manifestamos en otra parte; tal era la política de aquellos tiempos.


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§. VII

26. De aquellos tiempos digo, por no culpar sólo a los Romanos. En la Grecia, el faltar a la palabra dada, y aun jurada, cuando su observancia se oponían al interés del Estado, era tan corriente, que por esto sólo apenas se perdía la opinión de Príncipe justo, o de hombre de bien.

27. Agesilao Rey de Esparta, fue uno de los más celebrados Príncipes que tuvo la antigüedad. Con ser insigne guerrero, colocaba su principal gloria en los créditos de amante de la Virtud y de la Justicia. A uno, que llamaba gran Rey al de Persia, le dijo severo: No es mayor Rey que yo quien no es más justo que yo. Era sumamente sobrio, paciente en los trabajos, tan respetuoso a sus Dioses, que no permitía extraer a sus enemigos refugiados en los Templos; tan enemigo del fausto, que apenas había en todo el Ejército Soldado vestido más humildemente que él. Pues este Santón del Paganismo no hacía escrúpulo alguno en violar la fe pública, cuando en la violación veía alguna utilidad del Estado. Por medio de un emisario suyo sorprendió en plena paz la Ciudad de Tebas; y aunque [84] en Esparta se disputó algo sobre la acción, luego que les mostró que la conservación de aquella presa era importante al Reino, consiguió enviar guarnición a la Ciudadela. En su expedición a Egipto abandonó al Rey Taco, a cuyo sueldo militaba con las Tropas de Lacedemonia, y se juntó al rebelde Nectanebo, sin dar otra disculpa a esta alevosía, sino que su Patria se interesaba en ella.

28. Arístides, el Catón de los Atenienses, a quien llamaron por antonomasia el Justo, habiendo hecho jurar a su Patria cierta cosa, y jurado él en su nombre, la persuadió después a la violación de aquel juramente, porque la traía alguna incomodidad su observancia. Plutarco, citando a Teofrasto, añade, que en obsequio de su Patria cometió muchas iniquidades. Estos eran los justos de la Grecia, y esta era su política.


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§. VIII

29. Bien sé, que en la opinión de muchos esta moneda también es corriente en estos tiempo; y que ya se dice, que las palabras o promesas de los que manejan lo sumo de las cosas no tienen fuerza sino en tanto que no se oponen al interés del Estado. He leído, que negociando un Príncipe de Italia un Tratado de Paz con un Monarca poderoso, y pidiendo entre las condiciones la restitución de una buena parte de sus Estados que la había tomado, le replicó el enviado del Monarca: ¿Qué seguridad tendrá de V.A. el Rey mi amo, si le da todo lo que pide? A lo que respondió el Príncipe: Aseguradle, que yo le empeño mi palabra; no en cualidad de Soberano, porque en razón de tal es preciso que yo sacrifique todo a mi grandeza, y a la ventaja de mi Estado, según se ofrezcan las coyunturas; sino debajo de la cualidad de Caballero, y hombre de bien.

30. Sin embargo en esto hay un buen pedazo de hipérbole. Firmemente creo, que hoy los más de los Príncipes observan religiosamente los Tratados. Es verdad, que a cada paso se acusan recíprocamente unos a otros, como [85] infractores de ellos; más esto depende de que rara vez es tan clara la justicia o injusticia, ni de uno ni de otro de los contendientes, que no de lugar a la diferencia de opiniones, Así entrambos obran probablemente, y también probablemente se acusan. Si hay uno u otro de tan ancha Teología, que con conocimiento atropelle todas las obligaciones de la equidad, justicia, y fe pública, busca por lo menos algún especioso pretexto, y procura salvar las apariencias. Esto mismo prueba, que se obra con vergüenza, y se teme la nota; lo que no sucediera, si fuera tan corriente entre los Príncipes, como quieren algunos, el faltar a su palabra.

31. Bien sé, que un Anónimo Francés escribió pocos años ha, que habiéndosele dicho al Rey Don Fernando el Católico, que Luis Duodécimo de Francia se quejaba de él, que le había engañado dos veces, respondió: Por Dios que miente el Francés, que no le he engañado dos veces, sino diez. Si ello sucedió así, podríamos creer que nuestro Don Fernando hacía gala de la perfidia. Pero estos son cuentos de corrillo, de que los cuerdos no hacen caso. Supongo, que para que llegase el chiste, o chisme desde la boca de Don Fernando a las orejas del Francés que lo escribió, sería menester cien conductos distintos; y de los ciento, por lo menos noventa serían más capaces de fingirlo que el Rey Católico de articularlo.

32. Doy que fuese verdad. Todo lo que puede seguirse, es, que entre innumerables Príncipes de nuestros tiempos, uno u otro, sin rubor alguno, practicase la mentira o el dolo en los negocios de Estado; cuando entre los antiguos era esto frecuentísimo. Todos, o casi todos parece que tenían estampada en el corazón aquella sentencia de Corebo: Dolus, an virtus quis in hoste requirat? u otra semejante.


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§. IX

33. ¿Pero qué mucho que pasase así, si aquel gran Filósofo, Oráculo de la antigüedad, el divino Platón, dio por doctrina constante, que a los que manejan [86] las Repúblicas es lícito mentir, siempre que se útil al Estado? Igitur Rempublicam administrantibus praecipue, si quibus aliis, mentiri licet, vel hostium, vel civium causa ad communem Civitatis utilitatem. Reliquis autem a mendacio abstinendum est, (lib. 3 de Repub.). Si tenían un tan gran Maestro, y tan autorizado los Príncipes antiguos, ¿qué falta les hacía Maquiavelo?

34. Es verdad, que Platón sólo daba por lícita la mentira en obsequio del bien público; Maquiavelo la aconsejaba como útil al interés particular del tirano. Así Platón era un mal Moralista; Maquiavelo un mal hombre. Pero esta diferencia en los Maestros no quita que los tiranos se aprovechasen de la doctrina de Platón para su interés particular, como los Príncipes desinteresados para el bien público; porque como el tirano siempre procura persuadir al Pueblo que ordena a su utilidad cuanto hace por la grandeza propia, cuando le cogiesen en la mentira, aplicaría a favor suyo la doctrina de Platón, suponiendo que habían mentido por la causa común. Pero en caso, que esta doctrina de Platón les pareciese muy diminuta a los tiranos, como en la verdad lo es, podrían hallar un copiosísimo suplemento de ella en su discípulo Aristóteles.

35. No quiero decir, que Aristóteles fuese autor de la política perversa, o escribiese con ánimo de instruir a los tiranos en los medios de adquirir o conservar la tiranía; pero lo hizo sin querer o sin pensarlo, en el libro quinto de los Políticos, cap. II. En dicho capítulo, que es bastantemente largo, está, no sólo bien exactamente aplicado al uso de las dos famosas máximas: Oderint dum metuant; Divide ut imperes; pero todas o casi todas las demás, que publicó en su libro del El Príncipe el Escritor Florentín. Yo no he visto el libro de Maquiavelo, sí sólo sus máximas capitales, citadas en otros Autores; pero óigase a Hermanno Coringio, que le leyó, y también leyó a Aristóteles. Nicolás Maquiavelo (dice), aquella Campana de las Artes Políticas, casi ningún consejo arcano para conservar [87] la dominación y la tiranía pudo enseñar a su Príncipe, que mucho antes no hubiese enseñado Aristóteles en el libro 5 de los Políticos. Acaso aquel astutísimo Maestro de la maldad transcribió de Aristóteles, disimulando el hurto, cuanto estampó en su libro. Mas con esta diferencia, que Maquiavelo aconseja a todos los Príncipes, lo que Aristóteles más rectamente había escrito que convenía sólo a los tiranos (Conring. Introduct. ad Politic. Aristotelis, cap. 3.).

36. Pero valga la verdad. Lo mismo digo de Aristóteles que de Maquiavelo. Nada inventó Aristóteles en cuanto a los arbitrios de la perversa política. Copiolos de las acciones de los Reyes de Persia, y de Egipto; de los Arquelaos, y Filipos de Macedonia; de los Falaris, de los Agatocles, de los Hierones, y Dionisios de Sicilia; de los Periandros, de los Pisistratos, y otras pestes políticas de la Grecia.


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§. X

37. Ni veo yo tanta profundidad o agudeza en esas decantadas máximas de Aristóteles, o de Maquiavelo, que sea menester aprenderlas, o por la lectura o por la tradición de algunos políticos de especialísima perspicacia, Basta para alcanzarlas un entendimiento mediano; y para ponerlas en ejecución uno se ha menester más que un corazón despiadado, o torcido.

38. El que el tirano se ha de conservar con el miedo, no con el amor de los súbditos, se viene a los ojos; ¿porque cómo han de amar estos a quien los está atormentando continuadamente con una dura esclavitud? El que los empobrezca, es consecuencia inmediata y forzosa de mirarlos como enemigos; pues cualquiera sabe, que cuanto más empobrezca a su enemigo, tanto más le quita las fuerzas para ofenderle.

39. Asimismo es inmediatísima ilación del mismo principio el fiarse más de los extraños, que de los propios. ¿Quién sino un estúpido se fía del que sabe que está ardiendo en ira contra él? Tener gran cantidad de emisarios para que exploren, y le avisen de las palabras [88] y acciones de todos, es una cosa que alcanza y en su modo practica cualquiera rústico, el cual, si tiene algún enemigo, no cesa de explorar cuanto puede sus designios. El fingir mucha religión, es máxima que alcanza cualquiera mujercilla, como útil para ganar el respeto público. El fomentar discordias o facciones opuestas en la República, y procurar mantener su potencia igual, puede aprenderse de los Funámbulos o Volatines, los cuales se mantienen mientras dura el equilibrio de los dos opuestos pesos.

40. De la Reina Catalina de Médicis, que practicó mucho tiempo con vigilantísimo cuidado esta máxima, se dijo (y acaso por esto sólo se dijo), que hacía su lectura ordinaria en Maquiavelo, cuyo libro tenían siempre a mano; de modo, que un Escritor satírico le llamó el Evangelio de la Reina. ¿Pero qué, era menester para eso tener tal Maestro al lado? La positura de las cosas la mostraba bastantemente a aquella Reina, por su genio propio astuta y cavilosa, la utilidad de dispensar algunos favores hacia los Herejes, para contrapesar con ellos la potencia de los Católicos, que le era sospechosa; pero declarándose siempre Católica en la creencia, para no negarse del todo el otro partido.

41. No han faltado quienes atribuyen la misma política al gran Constantino, el cual estaba por un parte favoreciendo a los Cristianos, y por otra conservaba en el Ministerio y puestos importantes a los Gentiles. Pero esto se debe creer fue necesidad. Era menester proceder con tiento en la grande y arduísima obra de la conversión de todo el Imperio Romano. Si de un golpe sólo, y a fuerza abierta quisiese derribar el Paganismo, nunca lo hubiera logrado.


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§. XI

42. Lo mismo digo de todas las demás reglas o prácticas de la política tiránica y dolosa. ¿Qué discurso es menester para invadir con mano armada los [89] Estados de un Príncipe o República confinante, y sorprenderle algunas Plazas, cuando el dueño está descuidado sobre el seguro de la paz o tregua establecida? Para esto no se necesita otra cosa que haber perdido el miedo a Dios, y la vergüenza al mundo. Buscar algún pretexto aparente es facilísimo. Un niño de diez años le encuentra, cuando por interés o por ligereza quiere romper con el amiguito que tenía.

43. La bárbara máxima de deshacerse de los hermanos o parientes, para quitar la ocasión más arriesgada de las sublevaciones, no pide ingenio, sino crueldad. Así los Emperadores Otomanos la practicaron con notable desigualdad. Unos les quitaron la vida; otros la vista; otros la libertad, cerrándolos en un prisión. Todos estaban igualmente informados de la importancia de precaver aquel riesgo; pero no todos tenían igual fiereza de ánimo. Así, según los grados de ésta (o también de los del miedo) era mayor o menor el rigor de la ejecución. Mahometo Tercero, no satisfecho con matar, cuando subió al Trono, veinte y un hermanos que tenía, hizo arrojar al mar diez Sultanas que habían quedado en estadio darle otros diez. Otros se contentaron con guardar a los suyos en una prisión cómoda. Esta gran diferencia no viene de distinto estudio político, sino de la diversidad del genio.

44. Y ya que se ofrece la ocasión, no dejaré de notar aquí de error común la común creencia, de que es propia privativamente de la Estirpe Otomana la sangrienta máxima de sacrificar los propios hermanos a la seguridad de la Corona. Esta política atroz es mucho más antigua, y fue mucho más general en otras familias Reales. Plutarco, hablando de los Reyes sucesores de Alejandro entre quienes se dividieron las vastas conquistas de aquel Héroe, dice, que en sus descendencias fue tan universal aquella cruel máxima, que se miraba como invariable axioma político, y no menos infalible que aquellos primeros principios por sí mismos evidentes que llaman Peticiones [90] o Postulados de los Geómetras. Fratrum parricidia, ut petitiones Geometrae sumunt, sic concedebantur habebanturque communis quaedam petitio ad securitatem, & Regia. (Plutarc. In Demetrio).

45. Yo no sé si el Cielo de la Asia es más apto para producir estos políticos monstruos, que el de Europa; porque en todos tiempos veo Príncipes de las Regiones Asiáticas más secuaces de las máximas tiránicas, y crueles, que los de las Europeas. Pero mirando determinadamente los tiempos presentes, lo que veo es, que los Europeos, los cuales por lo común tienen alguna noticia de la doctrina de Maquiavelo, son ordinariamente de un gobierno justo y moderado; y los Orientales, que no saben si hubo tal hombre en el mundo llamado Maquiavelo, practican frecuentemente las mismas máximas perversas que estampó este Maestro de la maldad. Pienso, que sólo los Chinos son excepción de esta regla general de los Orientales.


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§. XII

46. No por eso pretendo que la lectura de Maquiavelo no pueda ser nociva. Seralo sin duda para muchos, especialmente si son de un temperamento muy resbaladizo hacia la ambición. Ha habido infinitos tiranos, y los habrá siempre, sin leer El Príncipe de Maquiavelo; pero El Príncipe de Maquiavelo podrá hacer tiranos a algunos, que no fueran sin esa lectura. Este libro hará lo mismo puesto en las manos de un Príncipe flaco, que aplicado a sus oídos un Consejero inicuo.

47. Uno de los hechos atroces y alevosos, que más ruido hacen en las Historias, la muerte indigna del gran Pompeyo, no dependió de otra cosa, sino de tener el joven Ptolomeo, Rey de Egipto, un Maquiavelo a su lado en la persona del depravado Teodoto.

48. Roto Pompeyo en la batalla Farsálica, fugitivo del César y de la fortuna del César, no discurrió asilo más oportuno para su seguridad, que el Reino de Egipto, porque el Príncipe que allí reinaba entonces, le debía [91] el gran beneficio de haber repuesto a su Padre en el Trono, de donde los propios vasallos le habían derribado. Sobre esa confianza arriba al Puerto de Alejandría, avisa al Rey de su llegada, pidiendo su protección, que le era tan debida: júntase consejo para discurrir sobre la materia; aplícanse los más votos a lo justo y resto, persuadiendo se dé acogida a aquel Héroe infeliz. Pero Teodoto, que por ser Maestro del Rey joven, tenía con el autoridad superior a todos, le sugiere, no sólo que no le conceda su protección, sino que le quite la vida.

49. Pero será bien oír a Lucano las razones de conveniencia en que aquel Político depravado fundó una atrocidad tan horrenda; porque se vea si los principios del Maquiavelismo estaban bien penetrados en aquel tiempo. Aunque se debe advertir, que Lucano pone el consejo, no en la boca de Teodoto, sino en la del Eunuco Fotino, al cual otros Escritores no hacen consejero, sino ejecutor de la maldad en compañía del General Aquilas; y algunos a este último atribuyen, o en parte, o en el todo la sugestión.

50. Fuese Teodoto, fuese Aquilas, o fuese Fotino (cuya diversidad es material para el intento) el primer autor de la maldad, lo que representó a Ptolomeo para incitarle a ella, fue lo siguiente: Que por grande que considerase el beneficio hecho a su padre, más se debía a sí mismo, que a Pompeyo: Que la fortuna se había declarado contra éste, y a favor de César; y sería suma imprudencia colocarse en aquel partido, a quien era contraria la fortuna: Que acoger a Pompeyo parecía, a la verdad, una honesta acción; pero los Príncipes no debían mirar a lo honesto, sino a lo útil: Que el Monarca que quiere contener dentro de los límites de lo justo sus operaciones, más es esclavo de sus leyes, que dueño de sus Estados: Que la suprema potestad ignora toda ley, como ignora toda sujeción: Que era indubitable, concediendo el asilo de aquel Reino a Pompeyo, tener sobre sí luego las armas invencibles del César, y el poder de todo [92] el Imperio Romano, a quien no podía hacer la más leve resistencia: Que ellos habían cumplido con su obligación antes, deseando la victoria para Pompeyo; pero ya conseguida por César, debían seguir al vencedor, cuya amistad podían ganar quitando la vida a Pompeyo: Que tomar el medio de no admitirle, ni matarle, sería abrazar el arbitrio peor de todos, pues se perdería lo útil, sin ganar lo honesto: Que César siempre miraría como enemigo al que pudiendo matar a su enemigo, no lo hiciese; y todo el resto del Orbe contemplaría como ingrato al que no protegía a su bienhechor: Que era fácil representar como religiosa la acción cruel de matar a Pompeyo; pues esto en realidad era hacer un sacrificio a la Deidad de la fortuna, y era ponerse de parte de los Dioses, que ya habían declarado contra aquel Héroe infeliz: Que este sacrificio parecía, no sólo dictado por la Religión, más también por la Justicia; pues acogerse Pompeyo en tales circunstancias en aquel Reino, no era otra cosa que procurar su desolación, siendo ésta inevitable, si protegiéndole, como él deseaba, se provocase la ira de César: por tanto se podía proceder contra él a sangre y fuego, como contra un enemigo del Estado.

51. Pregunto, ¿si diría más Nicolás Maquiavelo, puesto en aquellas circunstancias a la oreja del Rey de Egipto? Así, que siempre hubo Maquiavelos, y que siempre fueron perniciosos colocados en el Ministerio, no sólo para los Pueblos, mas por lo común, aun para los Príncipes mismos, cuya exaltación o conservación procuraban con impías y crueles máximas.

52. Creo yo, que aunque cuantos lean el suceso en que vamos discurriendo, abominarán del Consejo de Teodoto, como torpe, tiránico, violente, inhumano, y atroz, habrá muchos, que atendiendo preciosamente a la conveniencia temporal, le juzgarán saludable. Pues ve aquí, que no fue, sino extremamente nocivo. Ejecutose la muerte del gran Pompeyo, añadiendo a la crueldad la alevosía de sacarle de la Nave a tierra, debajo de la seguridad de la [93] Real palabra. ¿Que resulta tuvo esto? ¿Qué Ptolomeo consiguiese la esperada amistad del César? ¿Que Teodoto, Aquilas, y Fotino fuesen premiados de él por el gran servicio que le habían hecho en librarle para siempre del cuidado en que le ponía un tan valiente enemigo? No, sino que dentro de pocos días perdió trágicamente Ptolomeo el Reino, y la vida, y murieron desdichadamente los tres Autores, y ejecutores de la muerte de Pompeyo, Teodoto, Aquilas, y Fotino; o sea que las máximas impías por su naturaleza son aptas a producir infortunios, o que aquella alta providencia que vela sobre las cosas humanas, con especial designio fulmina visibles iras sobre sus autores, porque la maldad sirva de escarmiento, y no de ejemplo.


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§. XIII

53. Si el caso que se consultó en el Consejo del Rey Ptolomeo, se propusiese a los Políticos de nuestra Europa, y de nuestro siglo, cierto estoy, de que ninguno persuadiría la muerte de Pompeyo. Pero tampoco habría quizá alguno tan generoso, que aconsejase admitirle y ampararle. A la verdad, las resoluciones generosas, pero arriesgadas, pueden permitirse tal vez a la bizarría de los Príncipes; más nunca sugerirse por sus Consejeros. Así, considerándose muy peligroso el arbitrio de amparar a Pompeyo, y muy torpe el de sacrificarle a la ira del César, es natural que todos los votos siguiesen el medio de no admitirle, ni dañarle, dejando a su libertad la elección de otro asilo, y a su fortuna el buen o mal éxito. Ni dudo yo, que en la aula de Ptolomeo habría algunos (acaso los más) de esta opinión. Sin embargo, si yo me hallase en aquel congreso, daría mi voto, atendiendo, no sólo a lo honesto, más aún a lo útil, por la resolución más benigna; y aun pienso, que haría alguna fuerza al Rey, si alguno de los que asistieron en él le persuadiese el amparo de Pompeyo en esta, o semejante forma. [94]


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Oración a favor de Pompeyo

54. «Quien te induce, Señor, a que por miedo de César destruyas a Pompeyo, te persuade que temas más a los hombres, que a los Dioses. Quiero suponer a César tan injusto, que te agradezca la muerte de Pompeyo, y se irrite contra ti, si no la ejecutas. Eso mismo, que es lisonja de César, es ofensa del Cielo; sin que lo dude el mismo que te lo propone: porque el decirte, que de esa suerte te pones de parte de los Dioses, es una sofistería indignísima de proponerse en tan grave teatro. ¡Qué delirio! pensar que podemos acabar de oprimir a los que gimen debajo del peso de la suerte adversa, con el pretexto de cooperar a la providencia soberana. Sería, según eso, justo, al que está enfermo, darle en vez de medicina, veneno; al herido, no atarle la llaga, sino abrirle segunda herida; al pobre, no socorrerle, sino acabar de quitarle lo poco que tiene. Pueden los Dioses hacer que haya en el mundo infelices; porque eso es derecho de su soberanía, y quieren que los haya, por ejercitar en ellos la constancia, y en los demás la clemencia. Así, no contradice a los Dioses, antes los obedece, quien da la mano compasivo al mismo que ellos hicieron desdichado.»

55. «Intimarte, para hacer delincuente a Pompeyo, que buscando asilo entre nosotros, solicita la ruina de tu estado, es lo mismo que decir, que procura el incendio del Templo, quien se acoge a las aras huyendo de su enemigo. Pompeyo te ruega, no te fuerza; ni en el ruego te señala el término, hasta donde debes extender su protección: ni aunque le señalase, te haría alguna injuria; pues ni ahora, ni después de puesto en tus manos, te quita el arbitrio de deliberar, pesando justamente tu poder, tu obligación, y tu riesgo. Fuera de que, si se mira bien, puede pedir legítimamente [95] su defensa aun a costa de tu peligro. Tú le debes el Cetro, que restituyó a tu padre. Aún no es adecuada recompensa de una Corona ciertamente adquirida, la misma Corona sólo probablemente arriesgada.»

56. «Suponiendo ya como cierto, que la protección de Pompeyo es justa, paso a esforzar, que también es conveniente; aunque no dejo de conocer, que ésta, a los ojos de la política ordinaria, es una extravagante paradoja.»

57. «¿Qué concepto hacemos aquí de César? Que es tan furiosamente ambicioso, que mirará con buenos ojos, y corazón grato una horrenda perfidia, como esta le desembarace para siempre de aquel enemigo, que le ha disputado, y aun podrá acaso en adelante disputarle el Imperio. Parece, Señor, que tal te quieren representar a César; y a la verdad, si no es tal, inútil será la alevosía que te propone Teodoto. Mas yo añado que aun siendo tal, no evitas, antes aumentas con ella el peligro de perder la Corona. Si la pasión ambiciosa ciega a César hasta el extremo de atropellar por todo, no te redime ese vil servicio de que te despoje del Reino; su ambición si este es el ídolo que adora, le manda extender por todos los medios posibles, aunque injustos, su dominio. No es el opulentísimo Reino de Egipto tan despreciable alhaja, que la rehuse un ambicioso por premiar con su posesión a un pérfido.»

58. «Lo peor es, que si haces lo que aconseja Teodoto, le das a César un título especioso para la usurpación; y por eso digo, que en vez de evitar el riesgo le aumentas. Es César sumamente advertido. Todo el mundo lo sabe. Aunque dese la muerte de Pompeyo, ya ejecutada, fingirá que la llora. Detestará, por lo menos en la apariencia, la alevosía de admitirle en Egipto sobre la seguridad de tu palabra, para quitarle la vida. De esta hipócrita situación de su ánimo no tiene sino un brevísimo paso que dar, para llegar a la resolución de quitarte la Corona, y acaso también la vida. Haralo para [96] saciar su ambición, y querrá persuadir al mundo, que sólo mira a castigar el alevoso homicida de Pompeyo. Aunque él prevea, que los Romanos no le han de creer el motivo, sabe que le han de estimar la ejecución, pues no ignora, que idolatran a Pompeyo vivo, y después de muerto adorarán su memoria. Las demás Naciones, que por ser menos penetrantes, no comprenderán la astucia política de César, sólo contemplarán en tu ruina la pena correspondiente a tu delito, y aclamarán la justicia heroica de César, que aun habiéndole sido útil la maldad, la castigó. Considera, Señor, si perderá César tan bella ocasión de lisonjear al Pueblo Romano, de acreditarse de justo con el mundo, y de añadir a la Corona Imperial, que está fabricando, el precioso diamante de este Reino.»

59. «Sabemos que César en acciones, y designios se ha propuesto como único ejemplar al grande Alejandro de Macedonia. Tenemos noticia, de que habiendo visto en un Templo de España la imagen de aquel Héroe, le hizo verter lágrimas la enviada de sus glorias. Escucha ahora, Señor, lo que voy a decirte. Luego que Dario fue vencido por Alejandro en la batalla de Arbela, yendo aquel Rey infeliz fugitivo del vencedor, le mató alevosamente Beso, Gobernador de la Bactriana, pensando ganar con su muerte el favor de Alejandro. ¿Y qué sucedió? Que cogiéndole Alejandro, le hizo despedazar, o inmediatamente, por decreto suyo, como dicen unos, o por medio de Oxathres, hermano de Dario, a quien le entregó, como refieren otros. ¡O cuán semejantes son, Señor, la batalla de Farsalia a la de Arbela, la fortuna de Pompeyo a la de Dario, y el genio de César al de Alejandro! ¡Cuánto es de temer, que si hacer con Pompeyo lo que Beso hizo con Dario, haga César contiguo lo que Alejandro hizo con Beso! Hallarase en las mismas circunstancias que él, y lisonjeará sin duda extrañamente su idea la imitación de Alejandro en una acción, que sabe fue aplaudida del mundo. En Alejandría estamos, [97] fundación del grande Alejandro. Aun está circunstancia puede contribuir a tu desdicha; pues cuando llegue a introducirse en esta Corte, es natural se le avive en la idea la imagen del Fundador.»

60. «Bien conozco, que siendo César cual le hemos supuesto hasta ahora, tampoco la protección de Pompeyo carece de peligro. Luego se ofrecen a la imaginación las Legiones Romanas buscando a este ilustre fugitivo, y desolando con bélico furor la tierra que le ampara. Mas si en todos los rumbos se encuentran escollos, ¿qué aconseja la prudencia? Que se haga lo que es justo, y se deje a la conducta de los Dioses el suceso. Es grande, no hay duda, el poder de César; pero su fortuna depende del Cielo, no menos que la nuestra; y el rayo de Júpiter no respeta más al Palacio soberbio, que a la Cabaña humilde. Así podrá vivir con mejor esperanza, quien tuviere al Cielo más propicio.»

61. «Ni aun es menester recurrir a especial providencia de los Dioses. Cabe nuestra indemnidad en la serie ordinaria de los sucesos humanos, o en el influjo común de las causas segundas. Aún está César lejos, y es de creer que tenga mucho que allanar, o ya en Italia, o ya en Grecia, para hacer seguro fruto de la victoria, antes de venir a Egipto. Entretanto podemos poner en buena forma las Tropas que tenemos, que no son pocas, y añadir nuevas reclutas. A los Soldados Egipcios, para ser tan buenos como los mejores del mundo, no les falta sino un gran Caudillo. Porque le tuvieron en nuestro famoso Sesostris, hollaron triunfantes las más Regiones del Asia, como aun hoy testifican las columnas que erigió aquel Príncipe, y derribó el tiempo. Nadie le disputa a Pompeyo el ser, si no el mayor Soldado del Orbe, por lo menos igual al mayor. Sus victorias le adquirieron el epíteto de Grande, que aun no logró César. Tenemos, pues, en él el Caudillo que necesitamos. Ni se me haga objeción con la victoria que acaba de ganar César sobre Pompeyo; cuando sobre mandar éste gente colectiva [98] fue mal obedecido, o nada obedecido en aquella guerra. En nuestra mano está precaver este daño, dejando todo el gobierno Militar al arbitrio de Pompeyo. Si no se hallare en estado de lograr la victoria, sabrá guardar la gente, evitando la batalla, que es lo que quería en la Grecia. Entretanto podemos esperar muchos beneficios del tiempo. Quizá vendrán a Pompeyo socorros de todo el mundo; porque todo el Imperio Romano es enemigo de César, exceptuando las Tropas que militan a su sueldo. Aun cuando no se junte Ejército que pueda resistirle, no por eso está César seguro. Aquella República dominante del Orbe gime con dolor imponderable la opresión de su libertad; y es muy difícil que entre tantos millones de miembros que la componen, no se encuentre algún desesperado, que quiera sacrificar su vida a la redención de su Patria. Tiene en su mano la vida de César cualquiera que desprecie la Propia. La fuerza, que no tienen contra César cincuenta mil lanzas puestas en campaña, sobra en un puñal oculto entre la ropa, o en veneno disfrazado en la mesa. Son muchos los ejemplos de Romanos que se ofrecieron víctimas voluntarias, o al ídolo de la fama, o al bien de la República. Acaso tiene ya César a su lado quien está esperado oportunidad para repetir el mismo sacrificio.»

62. «Resta otro estribo grande de nuestra esperanza en la malignidad de nuestro Clima. El Cielo de Egipto, muy enfermizo aun para los naturales, lo es mucho más para los extranjeros. Los soldados de César nacieron debajo de temple, muy distinto, y militaron debajo de otros, aun mucho más diversos. ¿Cuán natural es, que deteniéndose algún tiempo en esta tierra, el cuchillo de un epidemia los acabe?»

63. «Si por cualquiera de estos caminos, todos harto probables, se logra la salud de Pompeyo, te harás, Señor, el más glorioso Príncipe del mundo. Adorarante los Romanos como vindicador de su libertad, y mirarán este Reino como el único Templo donde se ha salvado su Ídolo. Aclamarán tu generosa gratitud las Naciones; y [99] viendo cuán fielmente correspondes a un bienhechor tuyo, no habrá Príncipe alguno, que no desee serlo. Lo que puedes esperar de Pompeyo, no cabe en mi voz, ni aún en mi imaginación.»

64. «Pero doy, Señor, que tan bien fundadas esperanzas se frustren: que el Cielo prosiga en felicitar las Armas de César: que la fortuna fije a favor suyo su inconstante rueda: que veamos las Legiones Romanas batir los muros de Alejandría: que caigan tras de éstos los de Menfis, y amenace la misma ruina a las demás Ciudades de bajo Egipto: que en consecuencia de esto nos veamos en la precisión de capitular con César. Este es el mayor ahogo en que puede ponernos la fortuna. Pues ves aquí, Señor, que aún colocados en él, tenemos en mejor estado nuestras cosas, que ejecutando el consejo que te propone Teodoto. Pedirate César, que le entregues a Pompeyo, ofreciéndote la restitución de todo lo conquistado, porque para él pesa poco toda la tierra que inunda el Nilo, cortejada con la posesión de un Personaje, a quien mil accidentes pueden poner en estado de trastornar todo su Imperio. Podrás entonces hacer este canje, y quedar Señor de tu Reino, disculpándote la dura ley de la necesidad con todo el mundo. ¿Pues qué demencia, qué frenesí, Señor, es persuadirte a que mates ahora a Pompeyo con alevosía, sin más interés que el mismo que logras, entregándole después sin infamia? He dicho sin más interés: debo añadir, con mucho mayor riesgo. Si cometes tan torpe atentado, es verisímil que César le castigue severamente, o por virtud, o por hipocresía. Si le juzgas generoso, júzgale también extremadamente irritado contra ti, ya por tu crueldad, ya por tu ingratitud, ya por que le hiciste una grave injuria en pensar que había de admitir como obsequio una alevosía, ya por que le robaste una ocasión preciosa de ostentar con Pompeyo desgraciado su clemencia. Si le contemplas sólo como un político ambicioso y sagaz, hará por simulación, lo mismo que podría ejecutar por generosidad; [100] y procurará acreditarse con el mundo, tratándote como delincuente. Nada de esto puedes temer, cuando llegue el caso de entregar, obligado de la necesidad, a Pompeyo: ya por que falta uno y otro motivo: ya por que no se vio hasta ahora, que César faltase jamás a la fe de los pactos, ni tratase con crueldad a los vencidos.»

65. «Ni es de omitir lo que la disposición del ánimo de César hacia tu persona puede cooperar, o a su virtud, o a su política. No ignora César, que hasta ahora has seguido con el afecto el partido de Pompeyo. Cuando éste haya perecido a tus manos, bien comprenderá César, que con él hicieras lo mismo, y de mejor gana si el vencedor hubiera sido vencido. Contempla ahora, con qué ojos te mirará entonces César, teniendo presente, que el no cometer con él la misma alevosía consiste en su fortuna, no en tu voluntad; o que a pesar de tu voluntad lo debe a su fortuna.»

66. «Las razones con que he probado, Señor, que aun dejando aparte lo justo, es más conveniente proteger a Pompeyo, que matarle; persuaden asimismo, que es más útil acogerle, que despedirle. La despedida no obliga a César, ofende a Pompeyo, y te acusa también de ingrato a los ojos del mundo. Pompeyo, repelido de esta orilla, irá errando por mares y tierras, buscando rincón seguro donde ocultarse, hasta que la desesperación de uno, o la conspiración de muchos quite la vida a César; lo que verisímilmente no tardará largo tiempo. Será entonces Pompeyo dueño más seguro que César, de todo lo que hoy domina César. Mira lo que debes esperar de él, habiendo repelido de este Reino al que puso la Corona en las sienes de tu padre. César, mientras mandare, como no ignora que le eres desafecto, siempre considerará en ti un enemigo, a quien sólo la falta de poder o de valor quita obrar como tal. El servicio de abandonar a Pompeyo no le obliga, y te envilece, porque bien comprende que lo hiciste por miedo. Su desafecto queda en pie, y te añades su desestimación.» [101]

67. «Mas si benigno acoges a Pompeyo, puedes hacerte cuenta, que en cierta manera te haces dueño de Pompeyo, y de César: de Pompeyo, porque le tienes en tu Reino; de César, porque te concederá partidos muy ventajosos porque le entregues a Pompeyo. No por eso quiero decir, que esto es lo que se debe hacer. Mi dictamen absoluto es, que por Pompeyo se arriesgue todo, pues todo se debe a Pompeyo. Esto persuade la verdadera virtud. Mas ya que nos hallamos en los términos de consultar sólo la razón de estado, admítase a Pompeyo con ánimo de defenderle; pero no extender su defensa hasta el peligro de tu corona. Esto no basta a la verdad para que el mundo te aclame generoso; pero es suficiente para que no te condene por injusto. Sálvase tu honor, y se atiende a tu utilidad. El voto del Cielo es en esta materia el mismo que el del mundo. Pompeyo te quedará sumamente agradecido. Veremos acaso a César irritado; pero estos movimientos de su ira cederán luego a su conveniencia, y aun a la tuya. Si los Dioses, como pueden, favorecen nuestras armas mandadas por Pompeyo, respetará tu persona, tu virtud, y tu poder toda la tierra. Si pudiere más César, cuando llegues a hacer aquellas pérdidas que basten para tu disculpa, con entregar a Pompeyo, repararás todo el daño.»

68. Esta Oración me pareció introducir aquí, atendiendo, no sólo al deleite del Lector, mas también a su utilidad. Es el caso, que habiendo propuesto en este Discurso tantas máximas, y ejemplos de la política tirana, podrían algunos entendimientos flacos persuadirse a la conveniencia de ella, si no les diésemos mezclada con el veneno la triaca, mostrándoles con este ejemplo, que esos arbitrios violentos que el Maquiavelismo propone como convenientes, son por lo común nocivos, o por lo menos nada seguros, y que en los mismos casos en que los representa necesarios, no faltan expedientes en quienes se concilia lo honesto con lo útil, si hay voluntad recta que los desee, y entendimiento claro que los busque. De modo, que esa, [102] que llaman política refinada, no es más que una escoria de la política, una producción de ingenios groseros, que no pasan de la superficie de las cosas. Suelen los Maquiavelistas considerar sólo el efecto inmediato de aquel golpe que meditó su malicia; sin advertir, que la máquina política está muchas veces dispuestas de modo, que aquel movimiento se va propagando con varias reflexiones, hasta retroceder contra el mismo que hizo el disparo. Otra vez lo dicho, y lo repito ahora. Rarísimo de estos Políticos perversos fue mucho tiempo feliz. Rarísimo ha logrado más que un breve resplandor de la fortuna. Casi todos naufragaron, revolviéndose el viento, cuando a su parecer iban conducidos de la más favorable aura. ¡Cuánta insensatez es seguir un rumbo, donde todos los escollos están manchados de sangre de infelices! ¿Quién puede esperar racionalmente su fortuna de las máximas de Maquiavelo, sabiendo que su Autor vivió pobre y despreciado, y murió desdichado y aborrecido? Acaso este impío Político, como aquel desdichado Flégias, que pinta Virgilio, desengañado donde no aprovecha el desengaño, con lamentables y espantosas voces testifica el error de sus detestables máximas a todo el miserable Pueblo de los precitos:

...Phlegyasque miserrimus omnes
Admonet, & magna testatur voce per umbras:
Discite justitian, moniti, & non temnere Divos.

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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Teatro crítico universal (1726-1740), tomo quinto (1733). Texto tomado de la edición de Madrid 1778 (por D. Blas Morán, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo quinto (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 72-102.}


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Edición digital de las Obras de Feijoo
Teatro crítico universal / Cartas eruditas y curiosas / Varia
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