Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo primero

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo primero • Discurso tercero

Humilde, y Alta Fortuna

§. I

1. Ciegos fueron los que fingieron la Fortuna, e injustos los que la figuraron inicua. Este error ya le corrige la Religión, cuando instruye de que el significado de este nombre Fortuna, no es otro que la Divina Providencia, la cual es toda ojos, y en todo procede con justísimos motivos. Pero aunque el error en lo esencial está corregido, no llegó el desengaño a desvanecer toda la apariencia del fundamento. Consideran los quejosos de la Fortuna desiguales las suertes de los hombres, según la mayor, o menor representación, que hacen entre los demás mortales; y viendo que en gran parte esta desigualdad no es proporcionada al mérito, los impíos la atribuyen a la quimérica fuerza del acaso: los idólatras, al capricho de una Deidad ciega; y los verdaderos creyentes, al arbitrio de una Providencia soberana.

2. Estos últimos concluyen bien, pero suponen mal. Es así que la voluble rueda de la Fortuna es manejada por mano divina, y todo movimiento suyo, ya elevando a unos, ya precipitando a otros, es arreglado con sapientísimo designio. También es cierto (e importa infinito esta reflexión) que respecto de muchos, no vemos más que la mitad de la vuelta de la rueda; porque lo restante del círculo se absuelve en el otro mundo. Vemos que a unos los sube la Fortuna, y no los baja: a otros los baja, y no los sube. ¿Qué es esto? No es otra cosa, sino que en esta vida mortal no da la Providencia más que media vuelta [51] a la rueda. En el otro hemisferio se concluye el giro; y así los que aquí suben, allá bajan; los que aquí bajan, allá suben. Y esto es lo más común, aunque no es regla sin excepción.

§. II

3. Mas aun supuesta esta advertencia, queda apoderado del mundo un grave, y pernicioso engaño; y es en lo que yo digo, que los mismos que concluyen bien, suponen mal. En la distribución que hacen de felices, o infelices, suponen una desigualdad, que verdaderamente no hay en la fortuna de los hombres. El que ocupa la dignidad, el que habita el magnífico Palacio, el que goza gruesa hacienda, mucho más el que tiene sobre sus sienes la Corona, es reputado por un hombre felicísimo. Al contrario, el que debajo de humilde techo, ignorado del mundo, tiene para pasar la vida no más que lo preciso, es considerado como infeliz. A lo menos se juzga la fortuna de éste tan inferior a la del otro, como lo es una pequeña fuente a todo el caudal del Nilo.

4. Muy diferente fue el sentir del Oráculo de Delfos, que preguntado por Giges, Rey de Lidia: ¿Quién era el hombre más feliz del mundo? le respondío, que un tal Aglao Psofidio, poseedor de una poquísima tierra en un estrecho ángulo de la Arcadia, era el más dichoso habitador del Orbe; quedando igualmente burlado, y admirado aquel Príncipe, que esperaba a su favor el voto.

5. Agatocles fue un monstruo de la Fortuna. Habiendo nacido de un pobre Ollero de la Ciudad de Regio, llegó a ser Soberano de Sicilia. Con todo creo, que si cotejamos su fortuna con la de su padre Carcino, hallaremos más feliz a éste. Ciertamente no viviría en la continua inquietud, de que fue agitada toda la vida de Agatocles; ni padecería dolor alguno tan intenso, o de tanta duración, como el que a Agatocles le ocasionó la muerte de sus hijos, degollados bárbaramente por sus propios Soldados. [52]

6. Plinio en el Libro séptimo discurre en algunos capítulos por los Romanos, que experimentaron más risueña la fortuna, como fueron el Dictador Sila, los dos Metelos, y Octaviano Augusto; y a todos les va señalando tales contrapesos, que queda en duda si la balanza de la suerte propendió más hacia la parte de la adversidad.

7. Sería infinito, si corriendo las Historias, quisiese sacar al teatro todos aquellos, en quienes la mano de la Fortuna alternó cruelísimos golpes con los más tiernos halagos. Ni esto es muy importante a nuestro propósito: pues todos me concederán desde luego, que no hay en el mundo asilo contra los rigores del hado; ni a la mayor altura se le concedió algún privilegio, que la exceptúe de la jurisdicción de la desgracia. Lo que conviene es, pesar una, y otra fortuna, la esclarecida, y la humilde, según lo que en su regular, y común estado tienen por sí mismas, prescindiendo de extraordinarios accidentes, o favorables, o adversos.

§. III

8. Digo, pues, que la Fortuna humilde, en su valor intrínseco, si no excede, por lo menos iguala la soberana. Y porque demos desde luego una prueba clara, y sólida de esta que parece paradoja, se debe suponer como una verdad cierta, que las riquezas no constituyen a los hombres felices a proporción de la magnitud material que tienen; sí sólo a proporción de lo que se gozan, o de la conveniencia, y deleite que causan. ¿Qué importará que el poderoso tenga presentes varios, y preciosos manjares en la mesa, si tiene perdido el apetito? No por eso se podrá decir que se regala: y mucho mejor lo pasa en cuanto al gusto el que goza de grosero plato, si el paladar le abraza con cariño.

9. Lo que en el gusto, respecto de los manjares, sucede en todos los demás sentidos, y potencias, respecto de sus objetos. Sean éstos cuanto se quisiere delectables: la delectación que producirán en cada individuo, se comensurará a la disposición del órgano. Y asimismo la [53] mayor, o menor felicidad del sujeto, en el uso de estos objetos se debe medir, no por la magnitud entitativa, que ellos en sí tienen, sí por la delectación que causan. Siendo esto así, si se hallare que sus grandes riquezas no les ocasionan a los poderosos mayores gustos, ni les desvían más pesares que a los de humilde fortuna sus cortos medios, se concluirá que no son más felices aquéllos que éstos, y que por consiguiente las dos fortunas son iguales.

10. ¿Pero cómo hemos de saber lo que pasa en los corazones de unos, y otros? No hay cosa más fácil. Nerón edificó un Templo a la Fortuna de piedras transparentes, halladas en su tiempo en la Capadocia; de modo, que de afuera, aun cerradas las puertas, se veía todo lo que pasaba dentro del Templo. Y la naturaleza fabricó los hombres de modo, que de afuera se ve su buena, o mala fortuna interior, transparentándose por los semblantes, y por los labios sus gustos, y sus pesares. Mira, pues, (dice Séneca {(a) Epist. 80}) a ricos, y a pobres por el cristal del rostro los senos del pecho: Compara inter se pauperum, & divitum vultus: más frecuentemente verás alegres a éstos, que a aquéllos: Saepius pauper, & fidelius ridet. Aquí supone de mejor condición a los pobres. En otra parte los deja iguales. Observa (dice) la mayor parte de los pobres, y verás cómo nada andan más tristes, y congojados que los ricos: Primum aspice quanto major pars sit pauperum, quos nihilo notabis tristiores, solicitioresque divitibus {(b) In consolat. ad Helviam}.

11. A S. Agustín le aprovechó en gran manera la reflexión que hizo, al ver transitando por una Aldea del Estado de Milán a un mendigo sumamente alegre, y festivo. Comparó su fortuna con la de aquel pobre. Viole a él gozoso, a sí propio congojado: a él sin susto alguno, a sí propio lleno de temores: Et certe ille laetabatur, ego anxius eram; securus ille, ego trepidus. Y de aquí concluyó, que la fortuna de aquel mendigo era harto mejor que [54] la suya: Nimirius quippe ille felicior erat {(a) Confess. lib. 6. cap. 6}.

12. Esto es mirar las cosas como ellas son en sí. Para computar la felicidad de cada uno, no se han de considerar los bienes que posee, sino el gozo que de su posesión recibe. Aunque el rico tenga siempre espléndido banquete, más se regala el pobre que él, si, como es lo común, le sabe mejor lo que come. La entidad de las riquezas sin el uso, nadie dirá que sirve de cosa alguna. Es menester expenderlas para gustarlas. Es un bien este de tal condición, que sólo se goza cuando se pierde. El que guarda en la arca el oro, podrá lograr alguna complacencia en la contemplación de que le tiene a su albedrío; pero muy inferior a la fatiga inevitable de un continuo cuidado. Discretamente cantó Horacio, que tenía por más conveniencia carecer de tales bienes, cuya posesión está acompañada noche, y día del sobresalto de que un ladrón los robe, de que un criado infiel los lleve, o de que un incendio los consuma:

An vigilare metu exanimem, noctesque, diesque
Formidare malos fures, incendia, servos
Ne te compilent fugientes, hoc juvat? Horum
Semper ego optarim pauperrimus esse bonorum.
Lib. 1. Sat. 1.

13. El azogue causa continuos temblores al que le maneja en la mina: el oro, y la plata al que los tiene en la arca. No hay duda que en el avaro es mayor el gusto de verse rico; pero también excede a proporción el cuidado. Fuera de que no le satisfacen tanto los bienes que goza, como le congojan aquellos de que carece. Siempre le queda en el corazón un vacío inmenso, tan violento a su codicia, como lo es el vacío de todo cuerpo a la naturaleza; y es sed hidrópica la suya, que cuanto más bebe, más arde.

§. IV

14. Supuesto, pues, que no hay conveniencia, sino gravamen en la precisa posesión de las riquezas, veamos [55] cuánto puedan ser cómodas con el uso. Lo primero, si las riquezas son muy grandes para la comodidad de la vida, está por demás la mayor parte de ellas: si a cuanto racionalmente se puede desear, se ocurre con pocos millares de escudos, ¿de qué servirán los millones? El que para su sed tiene la agua que basta en una pequeña fuentecilla, ¿para qué se meterá un río dentro de casa? No logrará otra cosa, que concitarse el odio, o la ira de los que ven inútilmente estancado en un individuo el caudal que pudiera saciar la sed de todo un pueblo, y exponerse a las asechanzas que puede formar contra su vida cualquiera perverso, que de otro modo no pueda hacerse dueño de su hacienda; siendo cierto que muchos ricos, por este motivo sólo, fueron víctimas, ya del cuchillo, ya del veneno. Así que los demasiados doblones son de peso, y no de valor para su dueño; quiero decir que no son conveniencia, sino peligro, y gravamen de la vida.

15. Pero ya que no a la comodidad, servirán al deleite. Sobre esto hay mucho que hablar. Los más de los hombres tienen determinado el apetito a tales objetos, que con corto caudal pueden satisfacer todas sus ansias. La comida, y la bebida con regalo, la caza, y el juego con frecuencia, no han menester muchas millaradas. El que tiene puesta toda su delicia en la copa, y en el plato, ¿qué logra con el inmenso dinero, si no puede comer, y beber más que come un hombre sólo? Y si por su glotonería quiere comer como dos, presto perderá la salud, y no podrá comer aun como medio: expender el caudal en diversiones, que no lo son respectivamente a su genio, es perderle en un todo. La dulzura de la Música es el único hechizo permitido que hay en el mundo. ¿Pero de qué sirve a quien no gusta de ella? A Anteo, Rey antiguo de la Escitia, le presentaron sus vasallos, como una gran cosa, a Ismenias, famosísimo Músico Tebano, a quien habían cogido prisionero en la guerra; y después de oírle un rato, dijo, que mejor le sonaban los relinchos de su caballo, que todos los tañidos de Ismenias. Ni [56] se entienda que esto sólo cabe en un genio bárbaro. No sólo los tigres huyen de la lira; aun muy cultivados espíritus cierran los oídos a este encanto, como los áspides. De Justo Lipsio se cuenta que aborrecía la Música, y tenía puesta toda su recreación en flores, y perros. Muchísimos hombres son insensibles al halago de la armonía; y de los que restan, los más se complacen en una Música grosera, que se encuentra de balde, o muy barata. Lo que se dice de la Música, es general a otras diversiones. ¡Cuántos hay que no pueden sufrir aun el trato común con las mujeres! Las flores, que son el más hermoso parto de la naturaleza en lo insensible, y que visten al campo con más gala que a Salomón toda su gloria, a algunos son no sólo ingratas, pero nocivas. Hubo sujetos a quienes hacía caer en deliquio la fragrancia de la rosa: y el Cardenal Esfrondati en su Curso Filosófico refiere de otro Cardenal, que todo el tiempo de la Primavera tenía guardas a la puerta de su casa para atajar que entrase ni una rosa en ella. Los espaciosos jardines son bien tibio deleite para los más de los hombres, y para muchos ni aun tibio; fuera de que ese deleite se disfruta en el jardín ajeno, no en el propio, que estando siempre a la vista, ya se mira con tedio.

§. V

16. De suerte, que respecto de muchos individuos, todo el atractivo se incluye en objetos de corto precio. Es verdad que no por eso dejan esos mismos de amontonar, si pueden, tesoros sobre tesoros. ¿Pero para qué? Ni yo lo sé, ni ellos mismos tal vez lo saben. Es gracioso a este propósito lo que pasó entre Pirro, Rey de la Albania, y su discretísimo Consejero, y amigo Cineas. Tratando aquel guerrero Príncipe de invadir a los Romanos, le dijo Cineas: Verdaderamente, Señor, la empresa es difícil; porque las hemos de haber con una gente marcial, y poderosa. Mas si fueren tan prósperas nuestras armas, que venzamos a los Romanos, ¿qué fruto sacaremos de esa victoria? ¿En eso te detienes?, respondió el Rey. Nos [57] haremos dueños de toda la Italia. Y después, replicó Cineas, ¿qué haremos? Conquistaremos, respondió Pirro, la Sicilia, que está vecina, y es fácil su expugnación. Gran cosa sería eso, añadió el astuto Cineas; pero ganada Sicilia, ¿daremos fin a la guerra? No por cierto, respondió Pirro (que aún no había penetrado el término donde iban a parar estas preguntas): después de conquistada Sicilia, nos entraremos en la África, y poseeremos a Cartago, con los Reinos adyacentes. Los Dioses quieran, prosiguió Cineas, concederte tanta dicha. ¿Y después en qué nos hemos de ocupar? Volveremos, dijo Pirro, con inmenso poder a nuestra patria, y conquistaremos todo el imperio de la Grecia. Y conquistada toda la Grecia, replicó Cineas, ¿qué hemos de hacer? Llegando ese caso, respondió Pirro, pasaremos el resto de nuestra vida en dulce, y alto ocio, sin pensar en otra cosa que en banquetes, y conversaciones festivas. Aquí Cineas, que ya había, sin sentirlo él, metido al Rey en la red, riéndose le dijo: ¿Pues, Señor, quién nos quita gozar desde ahora de toda esa felicidad? ¿Para lograr banquetes, y todo género de regalos, no basta el Reino que hoy poseéis? ¿A qué fin se han de conquistar Provincias, surcar los mares, gastando la salud en las fatigas, y exponiendo la vida en las ondas, y en las batallas?

17. Este razonamiento, que es sacado casi a la letra de Plutarco, viene bien, no solamente a aquel Príncipe ambicioso; mas también a otros hombres infinitos, que juntando más, y más riquezas, a costa de peligros, y afanes, o no saben a qué aspiran, o por un vicioso, y errado círculo, aspiran a lo mismo que ya poseen. Discretamente rebatió el orgullo de Filipo, Rey de Macedonia, Arquídamo III, Rey de Esparta. Habiéndole vencido aquél a éste en una batalla, le escribió una carta llena de arrogancia, y fiereza. Respondióle Arquídamo, que se pusiese al Sol, y vería cómo su sombra no era mayor después, que antes de la victoria. Es así que se engrandece la fortuna, sin añadir nada al sujeto. [58]

§. VI

18. Aquellos a quienes domina la ambición, y la codicia, trastornan la naturaleza de las cosas, colocando el fin en el mismo medio. Quieren tener más, sólo por tener más; y dominar más, sólo por dominar más. ¿Pero qué sucede a éstos? Que siempre son desdichados; porque la hambre, y sed que padece su genio, siempre está en el mismo estado, o va cogiendo nuevo aumento. La carga de honores, y riquezas en el corazón humano, hacen lo que las pesas en el reloj, que cuanto mayores son, tanto aquella máquina se mueve con más violenta inquietud. Sucesivamente va desplegando la pasión mayores senos, así como va llenando los primeros vacíos. Al principio se contenta su sed con la fuente: después, hidrópica, busca el río, y tras del río el océano: Ecce absorbebit fluvium, & non mirabitur. Alejandro en sus primeros designios no miraba más que a destruir Tebas, y conquistar la Tracia, y el Ilírico: ya que lo logró, se le pone en la cabeza el Imperio de la Asia; y cuando tuvo éste en buen estado, llora afligido, oyendo decir a un Filósofo que hay muchos mundos, porque ya no se satisface su ambición con la conquista de uno sólo. Lo que hizo cantar a Juvenal:

Unus Pelleo juveni no sufficit orbis.

19. Los que buscan las riquezas para el uso, y las aprovechan en el deleite, parece que son de mejor condición en cuanto a la conveniencia temporal. ¿Cómo se le puede disputar la felicidad a quien siendo dueño de grandes tesoros, los hace tributarios de sus apetitos? Así lo juzga el mundo, y el mundo se engaña. Hable en la materia el hombre más capaz que jamás hubo en el mundo, para dar la sentencia por su experiencia propia. No hubo en la tierra hombre más rico, ni aun tanto como Salomón. Ninguno expendió más pródigamente las riquezas en las delicias, con la circunstancia de que su gran sabiduría, y comprehensión de la naturaleza, le advertía de los modos más oportunos conque podían halagar, y servir los objetos a [59] los sentidos. Él mismo confiesa, que lisonjeó sus pasiones, dándoles cuanto su voracidad pedía: Omnia quae desideraverunt oculi mei non negavi eis: nec prohibui cor meum, quin omni voluptate frueretur. ¿Y qué halló en ese piélago de delicias? No más que aguas amargas. En todo encontró vanidad, y aflicción del ánimo: Vidi in omnibus vanitatem, & afflictionem animi. En tanto grado, que llegó a tener tedio de vivir: Idcirco taeduit me vitae meae.

20. Esta es la alta, y esclarecida fortuna, y tan alta, que ningún hombre la logró más sublime. Pregunto ahora: Si el hombre más mísero del mundo ¿puede ver puesto su corazón en mayor congoja, qué cuando llega a padecer tedio de su propia vida? Sabemos que Job no usó de otra expresión para manifestar la profunda agonía, que le ocasionaba su singularísima calamidad: Taedet animam meam vitae meae.

21. Lo que dice Salomón es infalible, pues tiene recibido aquel Libro por Canónico la Iglesia. Pero se debe confesar, que así como es verdad de Fe, también parece misterio; porque ¿cómo cabe tanta amargura en la mayor delicia? Este enigma no quiso descifrarle Salomón, aunque tenía tanta facilidad en descifrarlos. Veamos si acierto yo con ello; y pienso que sí.

§. VII

22 Lo primero asiento, que el que goza más deleites, es el que goza menos, y aun se puede decir, que ninguno goza. Mas éste es otro enigma más difícil. Ya saldré de uno, y otro. Pregunto: ¿Tienen deleite el que come sin hambre, y el que bebe sin sed? Todos me confesarán, que poco, o ninguno. Pues de este modo gozan los objetos delectables aquellos poderosos, que tienen la rienda siempre floja a todos sus apetitos. Anticipan a los apetitos los objetos. No espera el manjar a la hambre, ni la bebida a la sed, ni aun la torpeza a la concupiscencia. ¿Pues qué, usan de aquello mismo que no apetecen? A los principios no: en los progresos, y en los [60] fines sí. El poderoso que se entrega a los deleites, muy luego empieza a adquirir un hábito de glotonería en todas sus pasiones, por el cual, dentro de poco tiempo, se tira al objeto al primer asomar del apetito. Aún no espiró del todo la saciedad antecedente, ni empezó a vivir sino en embrión el nuevo deseo, cuando se entrega a nueva hartura; y como en aquel punto está muy tibia la concupiscencia, no puede menos de ser muy remisa la delicia. Este hábito, con la inmensa repetición de actos, va cobrando cada día más, y más fuerzas, hasta que ya impele a beber el vedado licor, aun cuando no hay alguna sed. Y veis aquí, que en llegando a este estado, sin ningún deleite la salud se estraga, y la vida se abrevia.

23. Aún no he explicado todo el mal. Lo peor es, que se junta la saciedad con la hambre. Si digo, que tanta hambre tiene el poderoso harto, como el pobre hambriento, se creerá que propongo nueva paradoja, o por lo menos nuevo enigma. Y con todo diré la verdad. El pobre hambriento tiene hambre del manjar: el poderoso harto, tiene hambre de la misma hambre. El menesteroso, a quien falta lo preciso, apetece el alimento. El guloso, que después de lleno el vientre, ve cubierta de regalos la mesa, apetece el mismo apetito. Aquél se acongoja porque le falta lo que necesita; éste porque no puede gozar lo mismo que tiene. Y poca diferencia hay para el dolor, entre estar sediento de agua, o estar hidrópico de sed.

24. Esta ansia depravada, llama que se levanta sobre las cenizas de otro fuego, último desorden de la concupiscencia, o concupiscencia de la parte superior de la alma, trabajó mucho a aquellos, que logrando lo más alto del poder, llegaron a la cumbre de la perversidad. Todo era discurrir irritativos al apetito, condimentos a la torpeza, extravagancias al gusto. Buscando lo exquisito, topaban con lo monstruoso. Heliogábalo llega a hacer banquete de crestas de Gallos. Nerón ejerce su lascivia cubierto de pieles de fieras; bien que éste era el hábito más propio para aquel bruto. Tan extravagantes fueron las abominaciones [61] de otros Emperadores, que ni en el transcurso de tantos siglos, ni la fragancia de tantos Santos, apenas ha disipado en Roma la hediondez de los Príncipes de aquel tiempo. Pero con toda esta solicitud, ¿qué conseguían? Nada, sino aumentar la violencia del hábito, para que se ejercitase aun con fastidio. El deleite entretanto andaba fugitivo, como el agua de Tántalo, por más que parecía que se tenía entre las manos; siendo medio para no lograrle la nimia anticipación a cogerle. Sólo se ganaban inquietudes para el espíritu, enfermedades, y dolores para el cuerpo. Y es bien de notar, que todos aquellos que se dieron a la glotonería, y a la lascivia, se hicieron melancólicos, desabridos, y tétricos; por donde raro Príncipe se encuentra en la Historia glotón, y lascivo, que no fuese juntamente cruel. Algunos llegaron a enfadarse de sí mismos, como el Segundo Apicio, que después de ingurgitar dos millones y medio, se quitó la vida con el lazo. ¿Qué fue esto sino hallar vanidad, y aflicción del espíritu entre los mayores halagos de la Fortuna? ¿Por ventura andan tan desazonados, y enfadadizos los mismos pordioseros?

§. VIII

25. Verdaderamente yo he seguido hasta ahora el cotejo de una, y otra fortuna por la parte más difícil; esto es, trayendo al paralelo la más elevada con la más abatida, la soberanía con la mendiguez. No intentaba tanto, cuando empecé a escribir este capítulo: pero voló la pluma, sin sentirlo yo, hacia el extremo de los dos extremos. No era menester tanto. Mas ya que está hecho, tenemos del primer encuentro toda la dificultad vencida; porque si el que está debajo de los pies de la Fortuna iguala al que pisa lo más alto de su rueda, con más razón igualará el que con estrechez tiene lo preciso, al que con opulencia goza lo sobrado.

26. El caso es, si lo hemos de decir todo, que no sólo iguala, pero excede. Si se mira la superficie de las cosas, goza el rico más comodidades, y padece menos incomodidades [62] que el pobre; pero si se registra el fondo, sucede muy al revés. Tiene el rico, vario, precioso, y abundante plato. ¿Pero saboréase en él más que el pobre con el común, y tosco? Ni aun tanto; porque en éste, la apetencia conque se sienta a la mesa, recompensa con ventajas aquel exceso. ¿Qué les importa a las abejas de la Lituania, País rudo, y desabrido, no tener tan hermosas, y odoríferas flores, como las abejas de otros Países, si de esas mismas ingratas flores sacan la más hermosa, y dulce miel que hay en Europa? Yace el rico en colchones de pluma; ¿pero duerme más, y mejor que el pobre sobre un poco de paja? Verás que éste siempre se levanta alegre, y gozoso; y aquél muchas veces se queja de que pasó la noche con inquietud. ¡Cuántos pobres reposaron con dulzura en el duro suelo aquella misma noche que el Rey Asuero, por no poder dormir, se divirtió con los Anales de su Reino! Defiéndese el rico con tapices, afelpados vestidos, y gruesas paredes, de los rigores del frío; pero observa, que con todo se queja más de la destemplanza de la estación dentro de su Palacio, que el Pastor cubierto de pieles en el Monte. David, siendo anciano, no podía parar de frío, por más que se cubriese de ropa; y con mucho menos abrigo algunos ancianos Labradores hacen burla de los hielos. Verás a cada paso al poderoso temblando, con vivo resentimiento del frío, siempre que se ve precisado a dejar la chimenea; y al mismo tiempo anda la gente común alegre por la calle. Lo mismo sucede en el Estío. Está el rico con desconsolada laxitud, sin atreverse a salir de un cuarto bajo; cuando el común del pueblo, con intrépida desenvoltura, acude a cuanto se le ofrece. Así que se puede decir de sus riquezas, lo que Dionisio de Sicilia dijo de la capa de oro, que tenía la estatua de Júpiter, como motivo para despojarle de ella: que mejor era una capa de paño, porque la de oro en Invierno no quitaba el frío, y en el Verano agobiaba con el peso. Habita el rico en anchuroso, y aliñado Palacio, y nunca contento, piensa en extenderle, o mejorarle; pero al pobre ni siquiera le ocurre en todo [63] el año que su habitación es estrecha. Y yo creo que las mejores casas, que hay en el mundo, son las de Madagascar, Isla del Mar de Etiopía, que son las más pequeñas. Forman aquellos Bárbaros sus habitaciones tan estrechas, y aliviadas de peso, que entre cuatro hombres toman una casa a cuestas, y la mudan adonde quieren: por lo cual tienen la conveniencia de mudar las poblaciones, según les está mejor, a estos, o aquellos sitios. Y por la misma razón me parecen los mejores bajeles del mundo los Barcos de los pescadores de la Nueva Zembla, que forman de costillas, y pieles de peces, tan ligeros, que cuando se ven perseguidos en el Mar, huyendo a tierra, no sólo escapan la persona, mas también el barco, llevándole sobre sus espaldas sin mucha fatiga.

27. Viste el rico delicada holanda, y el pobre gruesa estopa; pero dime si hasta ahora oíste quejarse algún pobre de que la aspereza de la estopa le ocasione al cuerpo alguna molestia. Está ocioso el rico, y el pobre trabajando todo el día; pero no observarás más triste al pobre en el trabajo, que al rico en el ocio: antes, especialmente si trabaja en compañía, pasa festivo, cantando, y chanceando, su tarea. Acabada ésta, el descanso no es un ocio insípido, como el del rico, sino un dulce reposo; y después, con blando, y continuado sueño, recompensa el trabajo diurno. El rico al contrario, como sobre miembros no ejercitados asienta mal el sueño, con inquietud impaciente da mil vueltas en la cama. De modo, que se puede decir, que el pobre trabaja de día, y el rico de noche. Si se ofrece una jornada, el rico es verdad que la hace en caballo, o en carroza, y el pobre a pie. Sin embargo, el rico tiene mucho más que sentir en ella; ya la inclemencia del tiempo, ya la incomodidad de la posada, ya la dureza del lecho, ya la falta de regalo. El pobre hecho a todo, nada extraña; y así de nada se duele. Yo en mis viajes he notado, que siempre el mozo de a pie que me asistía, sentía mucho menos que yo las incomodidades del camino. Pues añádase a esto el susto de los ladrones, a quienes el pobre [64] no tiene por qué temer; cuando al rico, tras de cada tronco que hay en el camino, se le representa un salteador.

28. Si se quieren pesar los placeres de uno, y otro estado, no hay más que atender a la advertencia de Séneca, citado arriba: Inspice pauperum, & divitum vultus. Verás a los pobres en sus conversaciones festivas, en sus rústicos bailes, ¡qué francamente risueños! ¡qué sinceramente gozosos! Saepius pauper, & fidelius ridet. Al contrario a los ricos, verá en los mismos festejos no pocas veces fastidiosos. A lo menos no brilla tan puro el placer en sus semblantes.

29. Todas estas desigualdades nacen de un principio general. Y es, que la naturaleza dejada a su genio, se contenta con poco; pero si la hacen al melindre, se forma en ella una dama descontentadiza, que todo lo apetece, y todo lo desdeña. Un corazón humano con tres ventrículos, es monstruosidad, que ya se ha visto, y fue presentado en la Academia Real de las Ciencias de París el año de mil seiscientos noventa y nueve. Pero hablando en sentido moral, y político, es ésta una monstruosidad, que cada día se ve. El corazón del hombre, por su naturaleza, no tiene más que dos senos; pero si llena éstos de bienes temporales, sucesivamente se van abriendo otros, y otros sin término alguno. Para nadie es deleite, o regalo aquello que no considera tal; y nadie considera como regalo aquello que acostumbra, o que es proporcionado a su propia esfera. Por esto el manjar delicado es delicado para el que usa alimentos comunes; mas para el que está hecho a manjares delicados, es lo delicado común; y así apetece ya cosa más exquisita. Aun la misma variedad, para quien acostumbra variar cada día los objetos a sus antojos, pierde todo el hechizo que al principio tenía. Mucho más se deleita el pobre, viendo en su mesa un Pez de los comunes, que el Romano Cayo Hirio comiendo sus regaladísimas Murenas; y más gozoso está cuando agrega a su heredad un palmo de tierra, que Alejandro cuando añadió a sus conquistas la Ciudad de Tiro. [65]

§. IX

30. Si cotejamos los pesares de uno, y otro estado, como hemos cotejado los placeres, hallaremos que el mayor peso de ellos carga sobre los poderosos, ya por la mayor sensibilidad de los sujetos, ya por la mayor magnitud, o multitud de los trabajos. Son los ricos de un temperamento delicado, que de cualquier aire se ofende mucho; o como formados de un metal sonoro, que a cualquiera leve golpe da gran quejido. Parécense a un pozo que hay en Chiapa, Provincia de la Nueva España, donde arrojando una pequeña piedra, levanta horrible tempestad. De aquí son aquellos furores de los poderosos por levísimas causas. El Sultán Mahometo Segundo tomó tan bárbara rabia, viendo que le faltaba un melón de su jardín, que hizo abrir el cuerpo a catorce Pajes, para saber quién le había comido. Y Otón Antonio, Duque de Urbino, mandó quemar vivo un criado suyo, sólo por haberse descuidado en despertarle a la hora señalada.

31. Son más también en el número los trabajos de los poderosos. Cuanto más abulta el cuerpo de un hombre, tanto más tiene donde le hiera el enemigo; y cuanto mayor es la amplitud de la fortuna, tanto más hay donde hiera la adversidad. Son los ricos torres elevadas, y los pobres chozas humildes; y el rayo más veces descarga en la torre su furia, que en la choza. Uno de los mayores males que hay en lo temporal, si no el mayor de todos, es la salud quebrada; como el mayor bien, la salud robusta. Y no tiene duda, que en igualdad de temperamento, mucho más sano es el pobre que el rico; porque éste con los excesos se estraga la salud; y aquél se la conserva con toda su sobriedad. ¿Qué le valdrán al poderoso, doliente de la gota (enfermedad que rara vez acomete a los pobres), todos sus tesoros, si no puede con ellos remediar el mal, ni aun conseguirse algún sincero placer? Pues mientras dura el insulto, padece los dolores; y en pasando, los sustos de nuevos acometimientos. Aunque por todos los ricos pronunció Salomón aquella sentencia: Quid prodest [66] possessori, nisi quod cernat divitias oculis suis? ¿Qué otra utilidad saca el poderoso de sus riquezas, sino poder registrarlas con sus ojos? Pero a un poderoso, habitualmente enfermo, se apropia con más rigor.

32. Tiene el poderoso más cuidados, y por consiguiente más molestias. Tiene más envidiosos, y por consiguiente más enemigos. Quiere engrandecer más su fortuna, y cada estorbo, que encuentra es un escollo donde se lastima. Del que está debajo pretende más adoraciones; y uno sólo, que como Mardocheo a Aman, rehuse doblarle la rodilla, basta a turbarle el reposo. Con el que está arriba solicita igualdades; y cuando ve que el que consideraba inferior, o igual, se le pone delante, apenas hay consuelo. Estaba un Pintor famoso, llamado Francisco de Francia, lleno de bienes, y de aplausos en Bolonia, cuando viendo una imagen de Santa Cecilia, que había hecho Rafael de Urbino, de encargo para una Iglesia de aquella Ciudad, y conociendo las ventajas que le hacía en el pincel aquel Artífice incomparable; fue tanta la pena que tomó, que tardó pocos días en morir. En verdad que no muere de este achaque ningún pobre.

33. Los temores que contienen el martirio más duradero de la vida, porque con ellos se padecen los males futuros, y aun los posibles, tienen su propio nido en el corazón del poderoso. El que tiene males siempre se duele; el que tiene bienes, siempre teme. ¿Y qué mayor dolor que un temor continuo? Tantos riesgos amenazan al poderoso, cuantos son los casos posibles de enriquecerse otros, despojándole, o matándole a él: y siendo éstos muchos, en su imaginación aún son más. Así, que las riquezas con trabajo se adquieren, y con trabajo se conservan. Los habitadores de Macazar, Isla del mar de la India, suelen quitarse algunos dientes, y poner en su lugar otros de plata, y oro, cuyo uso no puede menos de ser trabajoso, y molesto. ¿Puede haber mayor barbarie, que padecer voluntariamente un dolor, sólo para ganar una incomodidad? Pues en la misma incurren los que solícitos anhelan las riquezas. Los dientes [67] se quitan, esto es, padecen muchos dolores por lograrlas; y en ellas adquieren otros dientes de oro, y de plata, sí; pero al fin, dientes que les han de comer, y roer el corazón a ellos mismos. Es cosa bien notable que en el siglo de Oro, y Plata, según la división que hacen los Poetas de las cuatro edades, no había plata, ni oro; y parecieron estos dos metales en el siglo de Hierro. Así Ovidio, hablando de este siglo:

—— Itum est in viscera terrae,
Quasque recondiderat, Stigiisque admoverat umbris
Effodiuntur opes irritamenta malorum.
Jamque nocens ferrum, ferroque nocentius aurum
Prodierat, prodit bellum quod pugnat utroque.

34. El siglo de Oro pasó sin oro, y por eso mismo fue de oro, esto es, feliz, y bienaventurado. El siglo de Hierro tiene oro; y por eso es de hierro, esto es, duro, y trabajoso.

35. Lucano, en el libro 5 de la Guerra Civil, hace una bella digresión sobre la felicidad del pobre Barquero Amiclas, cuando pinta a César en el silencio de la noche pulsando la puerta de su choza, para que le conduzca prontamente a la Calabria. Todo el mundo está conmovido, y temblando con los movimientos de la Guerra Civil; y dentro de la misma Grecia, que es el teatro de la Guerra, vecino a los mismos Ejércitos, duerme, sin temor alguno, un pobre Barquero sobre enjutas ovas. Despiértanle los golpes que da a su puerta el generoso Caudillo, sin introducir en su pecho el menor susto; porque aunque no ignora que está toda la Campaña cubierta de Tropas, sabe también que no hay en su choza cosa que pueda brindar los militares insultos. ¡Oh vida del pobre (exclama el Poeta), que tienes la felicidad de estar exenta de las violencias! ¡Oh pobreza, beneficio grande de los Dioses, aunque no reconocida de los hombres! ¡Qué muros, o qué Templos gozaron el privilegio que tiene Amiclas, y su choza, de no temblar a los golpes de la robusta mano de César! [68]

—— O vita tuta facultas
Pauperis, angustique lares! O munera nondum
Intellecta Divum! Quibus hoc contingere templis,
Aut potuit muris, nullo trepidare tumultu
Caesarea pulsante manu?

36. No hay que admirar. Los Templos, y los Muros son los que tiemblan, no las chozas; porque en los Templos y en los Muros se guardan las riquezas; y donde están las riquezas no pueden faltar los sustos. Si cotejamos la fortuna de Amiclas con la de César, y Pompeyo, que florecían en el mismo tiempo; ¡qué brillante la de éstos! ¡qué obscura la de aquél! Pero si se mira bien, ¡cuánto mejor es la de Amiclas! Esos dos Héroes ambiciosos, cuyo elevado resplandor hace que el Orbe los tenga por dos Soles, no son en la verdad más que dos Parhelias, o Soles aparentes, falsos reflejos, estampados en la inconstancia de volantes nubes. ¡Qué lejos de ser felices, cuando cada uno está gravísimamante atormentado con los celos de la potencia del otro!

Et jam nemo ferre potest, Caesarve priorem,
Pompejusve parem.

37. Contienden sobre el Imperio, arriesgando en la competencia la vida, y la libertad. ¡Qué temores en cada uno de que el otro venza! ¿A qué mísero desvalido puso hasta ahora la Fortuna en tanto aprieto, que se resolviese, como César, para mejorarla, a arrojarse a un mar tempestuoso de noche? Amiclas entretanto no tiene otros cuidados que desplegar al Mar, y tender al Sol sus redes. Fluctúan los otros en los campos, y él está seguro en las ondas. Coge en el mar peces, cuando los otros en la tierra pescan borrascas. A costa de poco trabajo le ministran las aguas cuanto ha menester para sustentar la vida; cuando así a Cesar, como a Pompeyo, sus grandes fatigas no les sirven sino de acelerarles violenta muerte. No le turba el sueño tanto estrépito marcial, cuando cada uno de los dos Caudillos tiene un despertador continuo dentro de su propio corazón. A nadie teme, porque nadie codicia su fortuna; y si alguno es tan cuerdo que la codicie, puede gozar de la misma, [69] sin despojar a Amiclas. César, y Pompeyo por ahora se temen mutuamente; después el vencido temerá a todo el mundo, y el vencedor deberá temer a cuantos le pudieren envidiar.

38. Los Poetas Gentiles fingieron Divinidad la pobreza: debieron de atender a los males de que preserva, y a los bienes que produce; pues Lucano la llama Madre de los hombres grandes. Y Horacio dice, que a esta Deidad debió Roma las virtudes de Curio, y de Camila. Pero el Griego Aristófanes erró mucho la pintura, figurándola como una furia feroz, y pronta a desesperarse; pues estos extraordinarios furores más se hallan en los ricos, que en los pobres. Aunque es verdad que adonde se ensangrientan más, es en los pobres que fueron antes ricos; por lo menos durante el noviciado de la miseria.

§. X

39. No se entienda que en el elogio que acabo de hacer de la pobreza, hablo de la pobreza absoluta; sí de la respectiva. No del estado de mendicidad, en que falta lo preciso; sí de aquella estrecha moderación que ministra a la naturaleza sólo lo necesario, y eso a costa de las fatigas del cuerpo. Verdaderamente de los mendigos yo no sé qué me diga. Por una parte parece que pasan grandes incomodidades; y por otra veo que son muchísimos los que voluntariamente toman ese género de vida, pudiendo vivir de su trabajo; y se hallan harto mejor andando de puerta en puerta, que trabajando en el campo, ni aun ociosos en el Hospicio. De los vagabundos, con capa de Peregrinos, dice Enrico Cornelio Agripa en su libro de la Vanidad de las Ciencias, que no trocarían su vida por la de los Magnates: y creo que dice bien.

40. Todos estos voluntarios pobres, que no lo son conforme al Evangelio, ni cae sobre ellos la beatificación de Cristo, son pestilencia de las Repúblicas donde habitan, o por donde circulan. Tienen muy buena vida, sin servir de cosa alguna, y aun haciendo daño al común: semejantes [70] a las hormigas, que útiles para sí solas, son nocivas al huerto donde se anidan, y por donde discurren. Por esto ninguna República de exacta policía los consiente.

41. Los mendigos inválidos son los legítimos acreedores a nuestra compasión. Hay no obstante entre éstos mucha diferencia. Los que lo son por enfermedades habituales, no se puede negar que son bien míseros, si no endulzan su trabajo con la debida resignación en la voluntad divina; que en ese caso son los más dichosos, y a quienes llamó nuestro Redentor Bienaventurados. Los que lo son por falta de algún miembro, o defecto en la organización, si tienen mediana habilidad, y gracia en pedir, lo pasan admirablemente; y se han visto de éstos no pocos que dejaron en su muerte muy buenos dineros. Los que son desgraciados, y torpes, viven con bastante afán, especialmente si concurre la suciedad del cuerpo, y deformidad del semblante. Es grande el yerro que en esta parte incurre la piedad común, distribuyendo con notable desigualdad. Al pobre que pinta con viveza, y gracia su propia calamidad, apenas hay quien no le socorra: mucho más si tiene alguna limpieza en sus andrajos, y decencia en las facciones. Del feo, inmundo, balbuciente, y medio estúpido, apenas hay quien haga caso, o quien no huya de él con tedio. Debiera advertirse que Cristo nuestro Bien, tanto se representa en uno, como en otro; y en cuanto Redentor, aún más en el de más feo, y despreciable rostro; pues así le pintó en su Sacratísima Pasión Isaías: Non est species ei, neque decor. Y poco más abajo: Quasi absconditus vultus eius, & despectus. Y porque no asquee la cristiana piedad, aun los pobres, que padecen enfermedades asquerosas, vean en el mismo Profeta comparado nuestro Redentor a los leprosos: Nos putavimus eum quasi leprosum.

42. Pero sin recurrir a tan alto motivo, dentro de la razón natural hay el que basta para atender, no sólo con igualdad, mas aun con exceso a esos pobres deformes, y desgraciados; y es, que éstos padecen mayor necesidad. A [71] los otros, como he dicho, nunca faltará quien los socorra, tal vez con demasía. Estos son los que necesitan de que la piedad se esfuerce, por más que su ingrato aspecto horrorice. Yo por mí protesto, que por este motivo de las limosnas, que me permite distribuir la estrechez de mi estado, mucho más toca a los pobres asquerosos, y desgraciados, que a los de buena persuasiva, y de exterior grato.

43. Vuelvo a decir que no he hablado en la comparación de este género de pobres, sin embargo de que a muchísimos los juzgo más felices que los mismos Soberanos; sí de aquellos, que con su sudor granjean el sustento, el techo y el vestido, arreglado todo a la necesidad de la naturaleza, sin sobra alguna. Esta, que llamo Fortuna humilde, juzgo por lo menos igual a la alta, y esclarecida, que gozan los opulentos, y poderosos; y me parece que lo he probado bastantemente. Pero también juzgo que son de mejor condición, que unos, y otros, aquellos que colocados en un medio razonable, gozan mediana hacienda, y pueden pasar la vida sin tanta extrechez, y sin mucho afán.

§. XI

44. Esto es cuanto a la felicidad de los hombres, midiéndola por la condición de sus estados, y prescindiendo de los particulares accidentes que pueden sobrevenir a estos, o a los otros individuos: no siendo dudable, que también la fortuna humilde está expuesta a terribles reveses, y molestísimos sinsabores: aunque no con tanta frecuencia como la soberana.

45. Pero si se me pregunta, a quiénes reputo absolutamente felices, o infelices entre los mortales; en cuanto a los felices, respondo con una sentencia del gran Canciller Bacon en su libro intitulado: Interiora rerum. Felices (dice) juzgo aquellos, cuyo género de vida es proporcionado al propio genio: Felices dixerim, quorum indoles naturalis cum vitae suae genere congruit. Decisión digna del superior talento de aquel incomparable Inglés. No obstante pienso, que se le debe añadir alguna limitación; y es, [72] que no sea el genio vicioso; porque si lo fuere, siempre será infeliz. El ambicioso, pongo por ejemplo, aunque se vea colocado en altos puestos, siempre estará inquieto por subir a otros mayores. El codicioso, aun cuando más colmado de riquezas, se afanará por añadirse nuevos tesoros. El glotón opulento se llenará de comida, y bebida; pero también se llenará de males, que después le hagan amargar cuanto coma, y beba.

46. Supuesta la limitación dicha, tengo por muy verdadera la sentencia. Las conveniencias temporales todas son respectivas, y varía tanto el genio de los hombres en la proporción con ellas, como el gusto en la inclinación a los manjares. Lo que es bueno para uno, es malo para otro. Sólo Dios es bueno, y dulce para todos. Este desdeña la fortuna que aquél adora; y uno abraza lo que otro desprecia. Pasando César a España por las asperezas de los Alpes, llegó a una pobrísima, y corta Aldea, donde advirtiendo sus compañeros la miseria de los habitadores, preguntó alguno de ellos con irrisión, si también aquellos Bárbaros tendrían sus cuestiones sobre quién había de mandar entre ellos. A que ocurrió César pronto, diciendo: Pues yo os certifico que más quisiera ser en esta Aldea el primero, que en Roma el segundo. Habiendo pasado a la África el sabio Flamenco Nicolás Clenardo, con el motivo de aprender la lengua Arábiga, se detuvo dos años en el Reino de Fez, de donde escribió varias veces a sus amigos, que nunca había hallado estancia tan grata para su genio; y esto sólo porque en aquel Reino no había la multitud de leyes, y prolijidad de litigios que en Europa: terminándose en un momento, y verbalmente cualquiera diferencia por el Magistrado; lo que era muy del gusto de Clenardo, que aborrecía con extremo los casi interminables circuitos de los procesos que hay en nuestros Tribunales. Cuéntalo George Paschio en su libro de Novis inventis. Aunque no es verdad lo que dice, de que sólo por ese motivo se desterró de su patria, y pasó a Fez: pues por otros muchos Autores consta, que vino a España de [73] intento, donde después de enseñar algún tiempo las Lenguas en la Universidad de Salamanca, pasó a la Corte de Lisboa por Ayo del Príncipe de Portugal, hermano del Rey D. Juan el III.

47. Esta grande variedad que hay en genios, y temperamentos de los hombres, y no el amor platónico de la patria, es la verdadera causa de que muchos se hallen bien en Regiones míseras, y desdichadas, rehusando pasar a otras felices. Ovidio, habiendo observado que algunos Escitas, conducidos a Roma, no perdían ocasión alguna de volverse fugitivos al áspero clima donde habían nacido, atribuye esto a una dulzura oculta (que él mismo, con tener tan buenas explicaderas, no acierta a explicar), o como facultad simpática, y virtud magnética, conque atrae a cada uno su propia Patria; y así lo deja en un no sé qué.

Nescio qua natale solum dulcedine cunctos
Trahit, & inmemores non sinit esse sui.
Quid melius Roma? Scythico quid frigore pejus?
Huc tamen ex illa barbarus urbe fugit.

48. Nada de eso es. No consiste en un misterioso hechizo, conque encante a los hombres su propia patria, el dejar los Escitas la dulce habitación de Roma, por los hielos de la Escitia: pues cada día vemos hombres, que por mejorar de Fortuna, dejan la patria, tal vez para no volver jamás a ella, sin que por eso dejen de amarla. El País donde escribo esto está lleno de semejantes ejemplos. La razón verdadera de este fenómeno político, es ser proporcionado el modo de vida que los Escitas tienen en el patrio suelo, al genio, y temperamento propio. Lo mismo sucede hoy a los Lapones, Nación Septentrional, colocada entre la Noruega, Suecia, y Moscovia a las orillas del Mar Glacial. Viven aquellos Bárbaros lidiando continuamente con inmensa multitud de Osos, y Lobos, en un País lleno de Lagunas, y casi siempre cubierto de nieves. Algunos fueron traídos en diversas ocasiones a Alemania; pero por comodidades que les hayan ofrecido, o renta que les hayan señalado, ninguno hubo que logrando [74] oportunidad, no se volviese a su País.

49. Esta es la verdadera felicidad temporal: lograr aquel estado, y modo de vida que pide el genio. Las conveniencias se han, respecto de la alma, poco más, o menos, como los vestidos, respecto del cuerpo: que no el que a la vista está mejor hecho, dice bien a todo talle.

50. Hay empero algunos genios flexibles, que se acomodan a toda fortuna, según la capacidad de ella: unas índoles de cera, que a su arbitrio se configuran de modo, que todo les asienta bien. Nada los quebranta; porque su blandura cede a todo impulso. Se alargan, o se encogen, según el ámbito que les dejan. Suben sin fatiga, y bajan sin violencia. En su propia docilidad tienen la miel, que endulza cualquier acibar. Son de tan buena condición, que como no les falte lo preciso, están contentos en cualquiera estado. Tienen la rueda del ánimo concéntrica a la rueda de la Fortuna. Voltee ésta como quisiere, con la misma facilidad voltean ellos. Consigo llevan la fortuna, de cualquier modo que rueden. No puede negarse que de estos genios hay pocos; pero se debe confesar, que éstos son los verdaderamente felices. Y sólo pueden serlo más los Santos: porque éstos, o están fuera de la rueda, o colocados en el centro de ella, de modo, que sus vueltas, ni los levantan al orgullo, ni los precipitan al despecho.

§. XII

51. Dijimos cuáles son los absolutamente felices: ¿Pero quiénes son los absolutamente infelices? Aquellos cuyo destino los condujo a un linaje de vida contrario a su genio. La violencia que se hace a la inclinación, es continua, y así es continuo el disgusto. Lo que para otros fuera dulce, para ellos es amargo. Es cierto que la fortuna, sin añadir bienes, pudiera hacer los hombres más dichosos. No tenía esto más costa, que permitirles permutas de empleos, y estados. De aquí dependen las envidias recíprocas de muchos, sin tener nada que envidiar. Mira el pajarillo desde la jaula con envidia a la piedra, que va [75] subiendo libre por el aire; y a la piedra le es más violento ese ascenso, que al pájaro su clausura. Mira con envidia el humilde al que ve adorado en el Solio; y éste se está consumiendo porque no goza la libertad del humilde.

52. A éstos los hace infelices la Fortuna. Otros hay que lo son por su propia naturaleza. Aquellos, digo, que en su propio genio tienen su mayor enemigo: unos hombres descontentadizos, que con nada están satisfechos: que siempre se fastidian con lo que de presente poseen: que aunque vayan mudando fortunas, les sucede lo mismo que si mudaran camisas, que cada una, a diez, o doce días de uso, los apesta. Estos viven en continua contrariedad al movimiento de la Fortuna; y aunque no por eso dejan de ser arrastrados del impulso de la rueda, le obedecen violentos, como los Astros el giro de la Esfera a que están ligados, esforzándose siempre a un movimiento encontrado con el del Orbe, que los agita. Son almas enfermas, cuyo paladar se disgusta con todos los manjares. Y hay no pocos de estos hombres en el mundo.

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo primero (1726). Texto tomado de la edición de Madrid 1778 (por D. Joaquín Ibarra, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo primero (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 50-75.}


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