Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo primero

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo primero • Discurso cuarto

La Política más fina

§. I

1. El centro de toda la doctrina política de Maquiavelo viene a estar colocado en aquella maldita máxima suya, de que para las medras temporales, la simulación de la virtud aprovecha; la misma virtud estorba. De este punto sale, por líneas rectas, el veneno a toda la circunferencia de aquel dañado sistema. Todo el mundo abomina el nombre [76] de Maquiavelo, y casi todo el mundo le sigue. Aunque por decir la verdad, la práctica del mundo no se tomó de la doctrina de Maquiavelo; antes la doctrina de Maquiavelo se tomó de la práctica del mundo. Aquel depravado Ingenio enseñó en sus escritos lo mismo que él había estudiado en los hombres. El mundo era el mismo antes de Maquiavelo, que es ahora; y se engañan mucho los que piensan que los siglos se fueron maleando, así como se fueron sucediendo. La edad de oro no existió sino en la idea de los Poetas: la felicidad que fingen en ella, sólo la gozaron un hombre, y una mujer, Adán, y Eva, y eso con tanta limitación de tiempo, que bien lejos de llegar a un siglo (según muchos Padres) no duró un día entero.

2. No hay sino revolver las Historias, así Sagradas, como Profanas, para ver que la Política de los Antiguos no fue mejor que la de los Modernos. Yo creo que fue peor. Apenas se sabía otro camino para el Templo de la Fortuna, que el que rompía la violencia, o fabricaba el engaño. Duraban la fe, y la amistad lo que duraba el interés. La Religión, y la Justicia servían de pedestal al Ídolo de la conveniencia. Ovidio, y Aulo Gelio refieren, que cuando Tarquino quiso fabricar, en honor de Júpiter, el gran Templo del Capitolio, arruinó, para hacerle campo, los Templos pequeños de otros muchos Dioses, los cuales cedieron a Júpiter, exceptuando el Dios llamado Término, que no quiso ceder; y así se mantuvo su Estatua, juntamente con la de Júpiter, en el Templo Capitolino:

Terminus, ut veteres memorant, conventus in urbe
Restitit, & Magno cum Jove templa tenet.

3. Esta ficción nos descubre una verdad. El término, adonde los hombres caminan, es la conveniencia que pretenden. Y es ésta una Deidad, que nunca quiso ceder al mismo Júpiter; porque ya desde los tiempos antiquísimos, ut veteres memorant, el interés disputó preferencias a la Religión.

4. Bien antiguo fue Polibio, y ya en su tiempo había, no uno, sino muchos Maquiavelos, que enseñaban que el [77] manejo de las cosas públicas era imposible, sin dolos, y alevosías: Non desunt, qui in tam crebro usu doli mali necessarium eum esse dicant ad publicarum rerum administrationem {(a) Lib. 13. Histor.}. Aún con más expresión se oye en Lucano la máxima fundamental de Maquiavelo, al malvado Photino en la Oración que hizo al Rey de Egipto Ptolomeo, para que contra los vínculos del agradecimiento, y de la palabra dada, quitase la vida al gran Pompeyo:

—— Sydera terra
Ut distant, & flamma mari, sic utile recto.

5. Esto es puntualmente decir, que la virtud está reñida con la propia utilidad, y que es menester abandonar la justicia, para negociar la conveniencia. Poco después añade, que el que se resolviere a ser piadoso, y justo, se destierre voluntariamente de la Corte, porque en ella sólo es patrocinado el vicio.

—— Exeat aula
Qui vult esse pius.

6. Esta es la creencia del mundo, no sólo de algunos pocos, y lo fue en todo tiempo. Lo que estamparon en sus libros Maquiavelo, Hobbes, y otros Políticos infames, es lo mismo que a cada paso se oye en los corrillos: que la virtud es desatendida: que el vicio se halla sublimado: que la verdad, y la justicia viven desterradas de las Aulas: que la adulación, y la mentira son las dos alas conque se vuela a las alturas. Suponiendo, pues, que éste sea error, debe colocarse en el catálogo de los errores comunes; y el demostrar que lo es, será el asunto de este capítulo, dando a conocer contra la opinión del mundo, que la Política más fina, y más segura, aun para lograr las conveniencias de esta vida, es la que estriba en justicia, y verdad.

§. II

7. Confesaré lo primero, que los que aspiran a usurpadores, no pueden serlo, sino por medio de [78] maldades; porque para el término de la insolencia no hay camino por el país de la virtud. ¿Pero quién dirá que éstos son políticos sutiles? Son los más ciegos, y errados de todos, pues siguen una senda, que está toda bañada en sangre. Poquísimos caminaron por ella, que no perdiesen ignominiosa, y violentamente la vida antes de llegar al término señalado. Apenas se ven en toda esa carrera, sino hombres colgados de patíbulos, troncos tendidos en cadalsos, miembros despedazados de fieras, víctimas sacrificadas a la venganza del ofendido en cenizas. Allá se ve a lo último de la carrera tal cual, que llegó a la dominación por este camino. ¿Pero uno, u otro feliz acaso contrapesa a tanto espectáculo sangriento? ¿Quién se fía a un piélago sembrado de escollos, cubierto de cadáveres, y tablas, sólo porque en el espacio de muchos siglos llegaron por él al puerto deseado, tres, o cuatro bajeles? Añádense a los riesgos del naufragio los trabajos, y sustos de la navegación; pues es cierto que los que navegan por un mar proceloso, aun antes de padecer la tormenta, llevan otra tempestad dentro del alma. Los que de particulares aspiran a Soberanos, viven con afán, y sobresalto perpetuo, para morir después con ignominia. Y así aquella fatiga, como este riesgo, se los llevan pegados a su fortuna, aun cuando logren la empresa; porque todos los tiranos viven con susto, y rarísimo muere en su lecho. ¿Pues cómo pueden considerarse éstos ni aun medianos Políticos? La Política, en el sentido que aquí la tomamos, es un arte de negociar la conveniencia propia. ¿Pues qué conveniencia hay en caminar por una vida trabajosa a una muerte violenta? Digo que a sujetos de tan desordenada ambición, bien lejos de contemplarlos políticos hábiles, los debemos tener por consumados necios.

8. Hay empero entre éstos algunos, que es poco llamarlos necios; porque es razón declararlos locos rematados. Y son aquellos, que aun con conocimiento de que van al precipicio, se empeñan en escalar la cumbre: genios émulos de las vanas exhalaciones, que por brillar en [79] la altura, consienten en ser reducidas a ceniza; y más quieren una brevísima vida en la elevación del aire, que larga duración en la humildad de la tierra. Estos toman por divisa aquella empresa de Saavedra: Dum luceam, peream. Como resplandezca, más que perezca. Tal fue la ambiciosa Agripina, que cuando los Caldeos la dijeron que su hijo Nerón lograría el Imperio, pero la había de quitar a ella la vida, respondió animosa: Occidat, dum imperet. Como reine, no importa que me mate. Tal fue la Inglesa Ana Bolena, que viéndose por sus adulterios condenada a muerte, dijo con orgullo que, hiciesen lo que quisiesen con ella, no podían quitarla haber sido Reina de Inglaterra: como que tenía por más dicha haber sido Reina, aunque muriese en la flor de su edad con afrenta, que lograr de particular una vida larga con honra. En genios de este carácter debemos mirar con lástima, no sólo la desgracia, mas también la demencia. Y como a los que no conocen el riesgo de su ambición, los degradamos de políticos por necios; a los que conociéndole se meten en él, con más razón debemos degradarlos por locos.

§. III

9. También confesaré que algunos de los políticos inicuos, y dolosos lograron favorable el aire de la Fortuna hasta la muerte. Filipo, Rey de Macedonia, y padre de Alejandro, fue feliz en casi todas sus empresas, debiendo en ellas otro tanto a sus dolos, que a sus armas; igualmente favorecido de Mercurio, que de Marte en sus conquistas. Y si la injusticia que hizo a Pausanias en no querer castigar la abominable torpeza que en él violentamente había ejecutado Attalo, Capitán de Filipo, no hubiera irritado a aquel generoso mancebo, de modo que mató a puñaladas al Príncipe injusto, se pudiera decir, que ninguna maldad había perjudicado a su fortuna. Cornelio Sila dio a conocer, que no profesaba Religión alguna en el despojo que hizo de los Templos de Grecia, haciendo juntamente con picantes motes irrisión (que bien la [80] merecían) de sus Deidades. Y aunque fue osado, y hábil por extremo en la conducta de las armas, no lo fue menos en políticas zancadillas: de modo, que su enemigo Carbón decía por él, que en la persona de un hombre solo, se veía combatido de un León, y de una Zorra; pero que más temía a la Zorra, que al León. Su crueldad pasó los términos de la barbarie. Sin embargo, su felicidad fue suma. Triunfó primero de los enemigos de la República, y después de los de su persona. Ni tantos millares de muertes violentas, como de orden suya, siendo Dictador, se habían ejecutado, impelieron al odio público, o privado, para hacer con él otro tanto. Aunque su muerte natural fue peor que ninguna de las violentas, pues rindió la vida, convirtiéndosele sucesivamente todas las carnes en una copia increíble de piojos.

10. La Inglaterra nos ofrece, en los tiempos próximos, dos políticos malvados, pero felices. El primero fue Roberto Dudley, Conde de Leicestre, valido de la Reina Isabela, y tan valido, que esperó darle la mano de esposo, lo que fue ocasión de una de sus mayores maldades, pues mató a su propia mujer, para remover este estorbo, y habilitarse a aquella dicha. Halagole siempre fiel la fortuna, haciéndole hasta su muerte dueño de la inclinación de aquella Reina, a quien había puesto en cadenas con la festividad su doméstica facundia, y con la gentileza de la persona: de modo, que aún dura la presunción, de que ya que no consiguió la propiedad de esposo, logró el usufructo. El segundo fue Oliverio Cromuel, tirano de Inglaterra, debajo del nombre de Protector, y Agente principal en la muerte de su Rey Carlos Primero: atentado tan horrible, por la circunstancia de haberse erigido en Jueces suyos sus propios vasallos, instruyendo proceso, y dando sentencia, con todas aquellas formalidades, que se estilan con cualesquiera reos, que no tuvo ejemplo hasta ahora en el mundo. Hízose el insulto mucho mayor, por querer sacarle, con pretexto de las Leyes, de la esfera de insulto. Y tanto se infamó en aquel lance la Nación Inglesa [81], que el más noble de todos fue entonces el Verdugo de Londres, a quien ni con promesas, ni con amenazas pudieron reducir a ser ejecutor de la sentencia. Autor de maldad tan enorme Cronuel, y de otras muchas, aunque inferiores, no sólo reinó después absoluto todo el resto de su vida en la Gran Bretaña; pero en fuerza de su incomparable sagacidad, vino a ser como árbitro de toda la Europa {(a) Estoy cierto de que no sólo en Nicolao Sandero, mas también en otro Autor (aunque no me acuerdo quién) leí, que Roberto Dudley cometió la horrible maldad de matar a su mujer con la esperanza de dar la mano a la Reina Isabela. Tengo, sin embargo, motivos para dudar de la verdad del hecho. Acaso Sandero fue el único original de donde otros copiaron la noticia; y Sandero estaba poseído de una gran disposición para creer todo el mal que oía de los enemigos de la Religión Católica, como algunos de los mismos Autores Católicos conocen. Es muy laudable su ardiente celo por la Religión; pero no siempre fue laudable el uso que hacía de ese celo. Los Herejes, por serlo, no pierden el derecho natural, para que no se les atribuyan, como ciertos, delitos, o falsos, o dudosos}.

11. Estos ejemplos hay, y bien pocos más se hallarán de políticos perversos, que fueron constantemente felices. ¿Pero de qué sirven tales ejemplos? ¿Tendremos por eso por políticos finos los que siguieren el mismo rumbo? No, sino por insensatos. Es suma falta de juicio fundar las esperanzas sobre uno, u otro suceso singularísimo, y no sobre lo que comúnmente acaece. Porque alguno halló alguna vena de oro cavando la tierra, ¿no será en mí locura ocuparme en abrir pozos por los cerros? Esta es la locura de los Alquimistas. Porque dos, o tres hallaron la piedra Filosofal (si todavía alguno la halló) son infinitos los que por buscarla consumieron la hacienda, y la vida. En esas rarísimas dichas, en que estriba la esperanza de indiscretos ambiciosos, intervinieron también rarísimos accidentes, cuyo concurso ninguno en particular puede prudentemente esperar a su favor. Fueron también esos pocos felices ayudados de unas rarísimas prendas, en fuerza de las cuales, si fueran por el camino de la virtud, con más [82] sosiego hubieran arribado a la felicidad: que fue lo que dijo Tito Livio de Catón el mayor: In illo viro tantum robur corporis, & animi fuit; ut quocumque loco natus esset, fortunam sibi facturus videretur.

§. IV

12. Aun prescindiendo de los innumerables escollos, en que tropieza la ambición, cuando camina al fin por medios infames, especialmente si pone muy alta la mira, siempre es política más segura de llevar la pretensión por el camino de la justicia, y de la verdad. El Canciller Bacon, que fue tan gran Político como Filósofo, dividió la Política en alta, y baja. La política alta es la que sabe disponer los medios para los fines, sin faltar ni a la veracidad, ni a la equidad, ni al honor. La política baja, aquella cuyo arte estriba en ficciones, adulaciones, y enredos. La primera es propia de hombres, en quienes se junta un corazón generoso, y recto, con un entendimiento claro, y juicio sólido. De hecho (dice el Autor citado) casi cuantos políticos eminentes ha habido, fueron de este carácter: Sane ubique reperias homines rerum tractandarum peritissimos, omnes fere candorem, ingenuitatem, & veracitatem in negotiis prae se tulisse. La segunda es de sujetos, en quienes bastardea, o el entendimiento, o la voluntad. O el entendimiento es de tan escasa luz, que no muestra otra senda para el fin deseado, sino la de la trampa; o la voluntad está tan destemplada, que sin repugnancia echa mano de lo inhonesto, como lo considere útil; o, lo que más creo, en una, y otra potencia está el vicio.

13. Una, y otra política se ven, como en dos espejos, en dos Emperadores, que se sucedieron inmediatamente uno a otro, Augusto, y Tiberio. Augusto fue abierto, cándido, generoso, constante en sus amistades, fiel en sus promesas, ajeno de todo engaño. En una vida tan larga como la suya no se encuentra la menor alevosía. ¿Qué digo alevosía? Ni aun la más leve falacia. Tiberio al contrario, fue engañoso, falso, sombrío, disimulado. Jamás en él estuvieron de acuerdo el pecho, y el semblante: siempre sus [83] palabras anduvieron encontradas con sus designios. ¿Cuál de estos dos fue mayor político? Tácito lo decide, cuando en Augusto engrandece la perspicacia, en Tiberio la cautela. En éste reconoce alta disimulación; en aquél, suprema capacidad. Así induce a Muciano, animando a Vespasiano contra Vitelio: Non adversus Augusti acerrimam mentem, neque adversus Tiberii cautissimam senectutem insurgimus.

14. Yo siempre tendría por el mejor político de todos, aquel, que contento con la mucha, o poca fortuna que le dio el Cielo, no quiere meterse en los tráfagos del mundo: en el mismo sentido que se dice, que lo mejor de los dados es no jugarlos, salvo que por su oficio le toque el manejo público. Con todos los particulares habla aquel admirable dístico de no sé qué Poeta antiguo:

Mitte superba pati fastidia, spemque caducam
Despice, vive tibi cum moriare tibi.

15. No por eso son de mi gusto aquellos que llaman buenos hombres, inútiles para todo, por quienes se dijo el adagio Italiano: Tanto buon che val niente. Y es como si dijéramos en Español: Es tan bueno, que para nada es bueno. Mucho menos apruebo aquellos genios aislados, que sólo son para sí mismos. Es bajeza de ánimo (dice excelentemente Bacon) dirigir todas las acciones a la conveniencia propia, como a centro suyo: Centrum plane ignobile est actionum hominis cujusquam commodum proprium. El hombre es animal sociable; y no sólo por las leyes, mas aun por deuda de su propia naturaleza está obligado a ayudar en lo que pudiere a los demás hombres, especialmente al compañero, al vecino; más que a todos, a su Superior, y a su República. Decía Plinio que los genios, inclinados al beneficio, y alivio de los demás hombres, tienen no sé qué de divinos: Deus est mortali juvare mortalem. Los que se atienden sólo a sí mismos, ni aun se pueden llamar humanos.

§. V

16. Lo que dicta la razón, es, ni meterse en los negocios, ni negarse obstinadamente a ellos, en [84] caso de reconocerse con aptitud. Si por este lado se pudiere hacer fortuna, ni buscarla, ni resistirla; y esto especialmente, porque se interesa mucho el público en que se coloquen en los empleos hombres bien intencionados. Pero suponiendo que la doctrina, que damos en este capítulo, no es para hombres tan moderados, antes para aquellos que adolecen algo del achaque de ambiciosos, y que éstos no quieren leer documentos morales, sino políticos, prosigamos en el paralelo de los dos rumbos, por donde se puede hacer fortuna, o manejar la que ya se posee.

17. Todo cuanto puede desearse con racionalidad, se puede conseguir sin dispendio del honor. Una índole despejada, acompañada de perspicacia, y cordura, siempre halla camino por donde arribar al término que pretende, sin torcer de la rectitud de lo honesto hacia el rodeo de lo doloso. El ser fiel en la amistad, sincero en el trato, tan lejos está de perjudicar, que ayuda mucho; porque con esas partidas se gana la confianza, y el cariño de quien puede darle la mano, o servirle de instrumento. El desinterés, y el amor de la justicia negocian el amor de muchos, y la veneración de todos. Franquear con modesta osadía el corazón en todas aquellas materias, que no fían a su custodia, o el dictamen de la prudencia, o la ley del sigilo, tiene, respecto de los sujetos con quienes se trata, un atractivo muy poderoso. Aunque esto tal vez ocasione a éste, o a aquél, que es de opuesto dictamen, algún disgusto, se recompensa con grandes ventajas con el concepto que imprime de un pecho noble, y sincero. El disgusto pasa, y el concepto queda. De hecho estas almas transparentes, cuando a la claridad del genio se agrega la del discurso, son las que sin fatiga suben a la mayor altura. El teatro de la naturaleza apunta en esta parte lo que pasa en el teatro de la fortuna. Los cuerpos diáfanos, y brillantes son los que ocupan lugar más elevado en la estructura del Orbe. Los sombríos, opacos, y obscuros, el más humilde.

18. El que se halla asistido de una prudencia pronta, de una intención recta, de una lealtad constante, con las [85] demás dotes que hemos señalado, no ha menester estar pensando siempre en los medios conque puede mejorar sus cosas. Apeles, que en todo lo demás celebraba al famoso Pintor Protógenes, le ponía el defecto de que no acertaba a levantar la mano de la tabla: lo que muestra, dice Plinio, que muchas veces la nimia diligencia daña: Documento memorabili nocere saepe nimiam diligentiam. Como se halle nuestro Político en teatro, donde se vean sus prendas, sin pensar en ello, se le vendrán a la mano las oportunidades. Puede ser que llegue a emparejar con él en el ascenso el pretendiente torcido, y oficioso; pero será a costa de mucho mayor trabajo. A la misma eminencia donde se anida la generosa águila, puede arribar la astuta culebra. ¡Pero con cuánta fatiga! No hay figura más propia de un político bajo. El movimiento ladeado, y oblicuo conque camina, señala el dolo conque procede: el pecho pegado a la tierra, la adherencia al interés propio: el cuerpo con varias inflexiones doblado, el ánimo torcido, y el veneno que esconde, la mala intención que oculta. ¡Oh sabandija! ¡Cuánto te cuesta mejorar de puesto, sólo porque eres sabandija! Entretanto la águila, con descansado vuelo, se suele poner en la cima del Olimpo.

§. VI

19. No es ésta la mayor desigualdad que hay. La más señalada consiste en la diferente seguridad de una, y otra fortuna. El político torcido, así mientras busca la dicha, como después que la consigue, está sumamente arriesgado. Es imposible, o casi imposible, que no se descubran sus marañas, cuando le acechan tantos émulos. Y descubiertas, como ése es el cimiento de toda la fábrica, no tarda un instante la ruina. Es muy difícil (dice el P. Famiano Estrada) dejar de caer luego, el que estribando en suelo resbaladizo, es impelido del movimiento de otros muchos: Difficile est in lubrico stare diu, quem plures impellunt. Este es el estado de un político doloso. Camina por una senda muy resbaladiza, y que está toda sobre falso [86]. Los que trabajan por derribarle, son todos aquellos, que, o envidian su fortuna, o aborrecen su malicia: que es lo mismo que decir, que tiene por enemigos a los malos, y a los buenos. ¿Cómo puede mantenerse mucho tiempo? Caerá sin duda. Y lo común es hacerse pedazos en la caída, que es lo que cantó con energía Claudiano.

... Jam non ad culmina rerum
Injustos crevisse quaeror: tolluntur in altum
Ut lapsu graviore ruant...

20. El político recto nada se arriesga en el camino, y tiene poco que temer en el término. Cuanto más se descubran sus fondos está más seguro. Tiene menos enemigos que el otro: porque sólo pueden serlo los malos. En caso que le derriben, no es precipicio violento, sino caída blanda. Su inocencia, por lo menos, le asegura la vida, y lo más que le puede suceder, es reducirse a su antiguo estado. Lo común es, que ni eso logran los mal intencionados; y vienen a herir en ellos por reflexión todos sus tiros, ocasionando tal vez mayor gloria al acusado. A cuyo propósito me ocurre la Historia de un político recto (aunque infiel en cuanto a la Religión) que trae Tabernier en sus Viajes; y por ser reciente, y dulce, referiré aquí brevemente.

21. Mahomet Alibeg, Mayordomo mayor del Rey de Persia, al principio del siglo pasado subió a tan elevado puesto desde el humilde estado de pobre pastorcillo. Un día que aquel Rey andaba a caza, le encontró tañendo la flauta, y guardando cabras en el monte. Por diversión le hizo algunas preguntas; y prendado de la vivacidad, y agudeza conque respondió el niño, se le llevó consigo a Palacio: donde habiendo mandado instruirle, la rectitud de su corazón, y claridad de su ingenio ganaron la inclinación del Rey, de modo, que elevándole prontamente de cargo en cargo, vino a colocarle en el que ya dijimos de Mayordomo mayor. Su integridad inflexible al atractivo de los presentes (cosa muy rara entre los Mahometanos) concitaron contra él poderosos enemigos; pero sin atreverse a intentar hostilidad alguna, por verle tan dueño del [87] ánimo del Soberano: hasta que muerto éste, y entrando el sucesor, que era joven, le sugirieron que Mahomet había usurpado al Erario Real grandes tesoros. Ordenóle el Príncipe, que dentro de quince días diese cuentas. A que Mahomet intrépido respondió que no era menester esa dilación; y que si su Majestad fuese servido de ir inmediatamente con él a casa del Tesorero, allí se las daría. Fue el Rey, seguido de los acusadores: pero se halló todo en tan bello orden, y con tanta exactitud ajustada la cuenta de los caudales en los libros, que nadie tuvo que decir. De allí se pasó a la casa del mismo Mahomet, donde el Rey admiró la moderación que había en alhajas, y adornos. Pero observando uno de los enemigos del Valido la puerta de un cuarto cerrada, y guarnecida con tres cadenas fuertes, se lo advirtió al Rey, el cual le preguntó qué tenía cerrado en aquel cuarto. Señor (respondió Mahomet), aquí guardo lo que es mío. Todo lo que hasta ahora se ha visto, es de V. Majestad. Diciendo esto, abrió la puerta: entró el Rey en el cuarto, y volviendo a todas partes los ojos, no vio otra cosa sino las alhajas siguientes, pendiente cada una de un clavo en las paredes: Una zamarra, una alforja, un cayado pastoril, y una flauta. Atónito las miraba el Rey, cuando poniéndose de rodillas delante de él Mahomet, le dijo: Señor, éste es el hábito, y éstos los bienes que yo tenía, cuando el Padre de V. Majestad me trajo a la Corte. Esto es lo que entonces tenía, y esto lo que ahora tengo. Sólo esto conozco por mío. Y pues lo es, suplico con el mayor rendimiento a V. Majestad me permita gozarlo, volviéndome al monte, de donde me extrajo mi fortuna. Aquí, no pudiendo contener el Rey las lágrimas, le echó los brazos al generoso Valido; y no contento con esta demostración, despojándose prontamente de sus Reales hábitos, se los hizo vestir a Mahomet: lo que en Persia se estima por la suprema honra que el Rey puede hacer a un Vasallo. De este suceso resultó, que Mahomet logró después constantes la confianza, y cariño del Príncipe toda su vida. ¡Qué [88] lástima que este desinterés, esta elevación de ánimo, esta rectitud, esta moderación, estuviesen depositadas en un infiel!

§. VII

22. El escollo común que ocurre a los políticos rectos, es la dificultad de tratar con verdad, y desengaño a los poderosos. La adulación es una puerta muy ancha para el favor; pero ningún ánimo noble puede entrar por ella, porque es muy baja. A todos oigo decir que aborrecen a los aduladores; y no sé si he visto algunos que no los ame. Esto consiste, en que cada uno regula el valor de sus prendas más allá del precio justo: y como el dicho del adulador empareja con su concepto, no le tiene por adulador, sino por un hombre de talento, que hace juicio cabal de las cosas. Mas si fuere tan cuerdo, que no se tenga en más de lo que es, o tan humilde, que se tenga en menos, no por eso deja el adulador de hace su negocio. Entonces el adulado atribuye el exceso de su opinión a exceso de cariño; porque todo lo que se mira con el microscopio del amor, engrandece mucho su representación en la idea; y en ese caso, aunque no le cree el aplauso, le estima el afecto. Conque viene a ser la adulación una red universal, donde cae todo género de peces.

23. Es, pues, éste un medio, manejado con arte (que también hay aduladores fastidiosos), bastantemente seguro para negociar, pero vilísimo. Y así, ni se ha de echar mano de él, ni faltar jamás a la verdad. ¡Oh, que la verdad es desabrida! No importa. Condimentos tiene la prudencia para sazonarla. Y como se use de ellos, es verdad que tardará más tiempo en insinuarse el político recto en el ánimo del poderoso, que el sórdido lisonjero; pero al fin logrará más sólida, y más alta estimación. Lo primero, deber proferir su dictamen sin aspereza, y no hacerlo sino cuando es preciso. La rigidez del desengaño se ha de ablandar con la suavidad del respeto. Sirvan de vehículos la reverencia, y la dulzura, para hacer bien admitida la propuesta. Ni ésta se debe hacer, sino cuando decorosamente [89] no puede excusarse de decir su sentir. Estas partidas celebraba el Rey Teodorico en un favorecido suyo: Sub genii nostri luce intrepidus quidem; sed revetenter adstabat, opportune tacitus necessarie copiosus {(a) Casiod. lib. 5. Epist. 3}. Si la materia permite elegir tiempos, búsquense aquellos en que el genio del poderoso está más bien templado para recibir los desengaños, encomendado este cuidado a la discreción, que es la que entiende esta materia.

Sola viri molle aditus, & tempora noras.

24. Lo segundo, nunca se defienda con protervia el propio dictamen contra la opinión del poderoso; porque esto nunca puede ser sin ofensa. Discretamente respondió el Filósofo Faborino a algunos que le culpaban de haber cedido en una disputa al Emperador Adriano, diciendo que era justo ceder a un hombre que mandaba treinta Legiones.

25. Lo tercero, se puede endulzar lo amargo de la veracidad con una especie de adulación, que consiste, no en palabras, sino en obras. Este nombre doy al culto, al obsequio, a la sumisión, a la oficiosidad; y hacen un notable efecto, para que sea bien escuchado el aviso: por cuanto muestran que el desengaño nace de una sinceridad generosa, no de un orgullo protervo. Entiéndese que el rendimiento no degenere en abyección de ánimo: y estaba para decir, que respecto de los Superiores, siempre va la sumisión defendida de ese riesgo. Habiéndose negado Dionisio, Tirano de Sicilia, una demanda a Aristipo de Cirene, se postró éste a sus pies, y consiguió lo que pretendía. Reprehendieron algunos aquella acción, como indigna de la gravedad de un Filósofo. A que respondió Aristipo: El que quisiere ser oído de Dioniso, ha de poner la boca a sus pies, porque tiene en ellos las orejas. El dicho es gracioso; la sumisión no sé si fue excesiva.

26. Usando de dichas precauciones, vuelvo a asegurar, que ascenderá el político recto a mucho más alto grado [90] en la estimación del poderoso, que el perenne contemplativo. En llegando a persuadir de su candor a quien ya comprehendió su habilidad, está seguro. Tal vez por su integridad padecerá algún desvío; y al mismo tiempo estará gozando la confianza. Como le sucedió al Duque de Alba con Felipe II, cuando le envió a la Conquista de Portugal, que le hizo el Rey el desaire de no admitir su visita, y al mismo tiempo le estaba fiando una empresa de tanta monta. Al contrario el adulador; aunque en la conversación, y trato común será siempre gracioso, no por eso, si el Superior es algo advertido, le entrará muy adentro. Son muchos los que usan de los aduladores, como los febricitantes de la agua, cuando les es nociva, que se enjuagan con ella, pero no la tragan. Generalmente hablando (y ésta para mí es conclusión infalible) en igualdad de talentos, el hombre de bien, cándido, leal, agradecido, amante de la equidad, y justicia, hará mayor fortuna, y más segura, que el que estuviere desnudo de estas cualidades, o tuviere las respuestas.

§. VIII

27. Pero aquí me atraviesan por objeción la experiencia común. No se ve otra cosa en el mundo, sino perversos exaltados, y virtuosos abatidos; la lisonja, y el engaño dominando; la verdad, y el candor gimiendo. Respondo lo primero, que todo eso más es voz de la envidia, que observación de la experiencia. Confieso que se oyen esas quejas a cada paso. ¿Pero quién las articula? No los que ocupan los puestos, pues no hablarían contra sí propios. Tampoco los virtuosos desatendidos, pues ésos no andan fatigando al mundo con quejidos, ni mordiendo en la fama a los poderosos, ni haciéndose a sí propios la merced de ser ellos solos los beneméritos. ¿Pues quiénes? Sólo los inhábiles, y malos, que se ven despreciados. Aquellos, que ya por su ineptitud, ya por su mal proceder, se hacen indignos de toda atención, aquéllos acusan la iniquidad de la fortuna. Y como son tantos, y todos mal [91] acondicionados, hacen tanto ruido con sus quejas, que las voces que salen de su dañado pecho, parecen clamores de todo el mundo. Añádese a esto, que como ningún hombre, que llega a lograr algún poder, puede hacer bien a todos los que mira en fortuna inferior, sino a pocos, todos aquellos a quienes no alcanza su beneficencia, consideran injusta la distributiva: parecidos a los Cafres, que sólo adoran a Dios cuando les da buen tiempo, y se irritan contra él cuando les falta. Los mismos favorecidos, porque no lo son tanto como quisieran, suelen estar quejosos. Lo que yo por mi experiencia puedo asegurar, es, que habiendo tratado a algunos de éstos, que fueron artífices de su fortuna, los experimenté, sin comparación, mejores que los pintaban la opinión común.

28. Respondo lo segundo, que aun cuando fuese verdad que son pocos los virtuosos afortunados, nada se prueba de ahí contra lo que llevamos dicho. Si son pocos los que por el camino de la virtud hacen fortuna, dependerá de que son pocos los que buscan la fortuna por ese camino. ¿Cómo han de llegar muchos al término, siendo pocos los que se ponen a la carrera? De los verdaderos virtuosos, o santos, es cierto que ninguno solicita ascensos. Estos son como los Astros, que ninguno pretende subir de aquella esfera, en que Dios le pone, a otra superior. Los de virtud no tan sólida, que son de quienes vamos hablando, acompañados de las prendas que hemos dicho, en todas las Repúblicas son pocos; pero esos pocos, si se aplican, aseguraré que todos negocian. Muéstreseme un hombre solo de índole excelsa, de entendimiento claro, de intención recta, de corazón constante, urbano, fiel, veraz, y piadoso, que no haya mejorado mucho su fortuna, si la buscó con diligencia. A muchos de estos (digo muchos respectivamente a su número) la fortuna los busca, aun cuando ellos la desdeñan. Interésanse mucho en su elevación los mismos que le dan la mano. Y si acaso me mostraren algunos de estos abatidos, por cada uno de ellos señalaré yo ciento de los políticos torcidos, a quienes redujeron a [92] pobreza, y miseria sus trampas, zancadillas, y embustes.

29. Aún no lo dije todo. Estoy firmemente persuadido a que es muy raro el hombre a quien no le sirva algo la virtud para la conveniencia temporal. Porque si el sistema del gobierno le es favorable, es elevado: si indiferente, es atendido: si adverso, por lo menos no es odiado. Aun cuando arde la República en facciones, le mira la parcialidad opuesta como excepción de sus iras, ya que no le fíe los cargos. No se vio en el mundo furor igual al de los Sicilianos, cuando en aquellas famosas Vísperas degollaron a los Franceses. Ni jamás alguna Nación estuvo tan irritada contra otra; pues llegaron a la barbarie de romper el vientre a todas las mujeres Sicilianas, que entendían habían concebido de Franceses. En tan horrible destrozo no se salvó alguno de esta Nación, de cuantos pudieron haber a las manos, sino Guillén de Porceleto, Gobernador del lugar de Calatafimi, a quien resguardó de la ira común la fama de su bondad. Tan cierto es, que para la saña popular no hay otro asilo que el Templo de la Virtud.

30. Eso que tanto se clamorea de que yacen arrinconados hombres de grandes prendas, es mera fábula, salvo que ellos voluntariamente se arrinconen, o que juntamente con las grandes prendas, tengan grandes defectos. Yo por el mundo he andado, y hasta ahora no he visto hombre asistido de dotes escogidas, y sin defectos sobresalientes, que no fuese bastantemente atendido; bien que no siempre (que en todo se ha de decir la verdad) a proporción de la estatura del mérito. Los que dicen lo contrario, no se quejan, si se mira bien, del infortunio ajeno, sino del propio. En la voz se lastiman de que están despreciados los hombres de prendas; en el corazón sólo se duelen de que están despreciados los que carecen de ellas, que son ellos mismos. Con capa del celo del público, se desahoga el dolor privado. Es artificio vulgar de la ineptitud ultrajada, censurar de inicua la distributiva. Y se ve, que si alguno de estos censores asciende a aquello a que aspira [93], luego aprueba todo el gobierno, que antes reprobaba. De donde se infiere, que todo el mérito, que antes lamentaba pisado, le consideraba recogido, dentro de sí propio. Indignos elevados algunos he visto: hombre grande sin tacha grande abatido, ninguno conozco.

§. IX

31. Tiempo es ya de que tratemos de los inconvenientes de la Política baja. Esta, dice el celebrado Bacon, que es el asilo de aquellos, que por falta de talentos no pueden seguir la senda sublime de la Política heroica: Quod si quis ad hunc iudicii, & discretionis gradum ascendere non valeat, ei relinquitur tamquam tutissimum, ut sit tectus, & disimulator {(a) De Inter. rer. cap. 6}. Coincide esta máxima con la que cita Plutarco del General Lisandro. Argüíanle los Lacedemonios de que por su poca fe, y verdad degeneraba de Hércules, de cuya ascendencia se gloriaban los Lacedemonios: a que él respondió (aludiendo ingeniosamente al vestido de que usaba Hércules), que adonde no alcanzaba la piel del León, era preciso usar de la piel de Zorra.

32. Tiene la Política baja diferentes grados, unos peores que otros. El primero es el de la disimulación, y cautela. El segundo, el de la simulación, y mentira. El tercero, el de la maldad, e insolencia. El primero, como no llegue a tocar la raya del segundo, es en lo moral indiferente. Pero es muy difícil una continua cautela, que no se roce mil veces con la mentira; porque si se apura con preguntas, el silencio suele equivaler a respuesta positiva, interpretándole hacia la parte que le está mal al preguntado: y una salida ingeniosa, y pronta en estos aprietos sin violar la verdad, es para pocos.

33. La disimulación habitual en parte nace de defecto del entendimiento, en parte de vicio del natural. Aquellos que no distinguen cuándo es conveniente el silencio, ni cuándo es importante, o arriesgada la explicación, si [94] son un poco reflexivos, toman el partido del silencio, o de una explicación diminuta en todas las materias: semejantes a los de corta vista, que aun en camino llano, por temer resbalar, se van con tiento. Esto en algunos, más es sobra de pusilanimidad, que falta de advertencia, aunque siempre se mezclan uno, y otro. Como quiera, viven con harto trabajo; pues lo mismo es cerrar continuamente con un candado los labios, que tener toda la vida el corazón en prisiones. Todo es temores de que les descubran el pecho, o de si ya en las palabras que usaron le han descubierto. Fáltales el consuelo de desahogarse aun con un amigo; porque todos los pusilánimes son desconfiados, y suspiciosos. Apenas a algún hombre juzgan sincero en la amistad, o seguro en la fe. Hácense también ingratos, y fastidiosos en el trato, porque de todo hacen misterio. Y siendo la comunicación recíproca de las almas el más dulce comercio que hay entre los hombres, son infelices, porque no gozan de ese bien; y son desagradables, porque cuanto es de su parte, privan de él a los demás. Añádese a esto, que de quien no fía de nadie, ningún cuerdo fía, y con razón; porque se hace sospechoso de que juzga los pechos ajenos por el suyo. También sucede, que por no revelar a nadie sus intentos, algunos que tendrían motivo para ayudarlos, no lo hagan, porque los ignoran. Así sucedió a Pompeyo, el cual, aunque guerrero osado, fue Político tímido. Su ánimo era el mismo que el de César, dominar la República absoluto. César lo consiguió, porque lo intentó abiertamente. Pompeyo escondiendo, aun a sus aficionados, que eran muchos, el designio, y procurando turbar la República con artificios ocultos (occultior non melior, dice de él Tácito, comparándole con Mario, y Sila), para que ella espontáneamente se le cayese en las manos, no logró el fin; porque ignorándole sus aliados, no aplicaron los influjos. Por todas estas razones es muy difícil, que hombres muy disimulados adelanten en alguna manera su fortuna. Por lo menos no lo deberán a su genio {(a) El dicho de Tácito, notando a Pompeyo occultior non melior, debe entenderse contraído al vicio de ambición, o apetito de dominar; en el resto no es comparable el Gran Pompeyo con aquellas dos Furias de Mario, y Sila}. [95]

§. X

34. Los simuladores, y embusteros son el vulgo de las Aulas. Estos hacen el mayor número en la población del Orbe Político. Muy peligrosos van los que siguen este camino, aunque es el más trillado. Es como moralmente imposible, que por más que el arte, y la fortuna conspiren a cubrir sus trampas, siendo tantas no se manifiesten algunas. Un edificio, que está sobre falso, por sí mismo se cae, sin que le derribe el viento. Ya descubierto un genio mentiroso, el menor inconveniente que tiene, es no ser más creído. A Tiberio, por haberle experimentado tantas veces falso, ya no le daban fe, aun cuando decía verdad: Vero quoque, & honesto fidem demisit, dice Tácito.

35. No sólo las mentiras descubiertas son infelices; a veces también lo son las creídas, porque producen un efecto totalmente opuesto a aquel que se pretende. Quiso Nerón matar a su madre Agripina, de modo que pareciese la muerte casual, y no intentada. Para este efecto dispuso, que una Nave, en que se había de embarcar Agripina, se fabricase con tal artificio, que con facilidad se separase una porción de ella del resto, y cayese al Mar la infeliz Princesa. No se logró el intento, porque el Bajel no padeció el destrozo intentado, aunque se descuadernó lo bastante para introducir temor del naufragio en los que iban en la parte inclinada. En esto Aceronia, Dama de Agripina, para que acudiesen prontos a socorrerla, fingió ser la misma Agripina, dando voces, que favoreciesen en su persona la madre del Emperador. Ofrecía oportunidad para este engaño la obscuridad de la noche. Conque los que eran sabedores del intento de Nerón, no dudando que fuese la misma Agripina, acudieron prontos, pero para hacer pedazos a la desdichada Aceronia, porque Nerón quedase servido. [96]

36. La mentira es propia de genios viles; y mezclándose, como se mezcla, con la adulación en los ambiciosos, los hace vilísimos, porque los constituye siervos de todos los demás hombres. A todos se someten, a todos se humillan, a todos tratan como a dueños: a unos, porque les hagan bien: a otros, porque no les hagan mal: parecidos a los Salvajes de la Virginia, que no sólo adoran los Astros, porque los alumbren, y fertilicen; mas también adoran todo lo que temen; y pasan por deidades entre ellos no sólo el diablo, que es su principal numen, mas también el fuego, los nublados, los caballos, y los cañones bélicos. Harto trabajo se tienen los que a tantos dueños sirven. Y sobre el trabajo que tienen los mentirosos en servir a tantos dueños, se les añade el peligro, de que como a todos engañan, siendo descubiertos, todos los aborrezcan.

§. XI

37. Lleguemos ya a la quinta esencia del veneno de la ambición, a los Políticos malvados, pestes de las Repúblicas, Ateístas encubiertos, demonios disfrazados, que sin embarazo se sirven de los más feos vicios para el logro de sus intentos: que para alcanzar con la mano las dichas, se ponen de pies sobre las leyes: que con las bellas prendas del perjurio, la ingratitud, la alevosía, galantean de noche, y día a la fortuna. Estos son los más ciegos de todos los Políticos: pues el camino por donde piensan llegar a la felicidad, y a la honra, es el que los lleva en derechura a la desdicha, y a la afrenta. ¿Quién con estos medios se hizo dichoso? El mismo Maquiavelo, gran Maestro de esta infernal Política, pasó los últimos años de su vida en suma miseria. Y mucho antes hubiera perdido la vida en una horca, si no hubiera negado en la tortura su concurrencia en la conspiración contra los Médicis. Si uno, u otro se levantó un poco a fuerza de maldades, fue su elevación como la de Simón Mago, para destrozarse en la caída las piernas. Aun con los Príncipes malos fueron infelices los Políticos depravados. Logró Seyano, por la [97] simbolización de costumbres, la gracia de Tiberio, en tanto grado, que vino a mandarle absoluto. ¿Y en qué paró el favor de la fortuna? En que jamás murió ningún reo con mayor ignominia. Petronio Arbitro lisonjeó el genio lascivo de Nerón, hasta ser intendente de sus torpezas, o regla de sus brutalidades: de modo, que en todo lo que miraba al deleite, dio el Príncipe la obediencia a este Vasallo, no gustando de otra cosa de lo que Petronio prescribía. Sin embargo llegó el caso de destinarle Nerón a la muerte, la cual Petronio se anticipó, abriéndose las venas. Y es muy de notar, que de cuantos Nerón aborrecía, el último, que de orden suya murió, fue Séneca. Deteníale al Príncipe el brazo de la virtud del Filósofo; aunque la virtud del Filósofo era un Fiscal fastidiosísimo para la vida del Príncipe. Y en fin, no murió sin delito: pues fue sabedor de la conjuración de Pison. Si estas inmunidades goza la virtud con los Príncipes malos, ¿qué será con los buenos?

38. ¡Raro delirio esperar propicias las Estrellas a sus intentos, quien está haciendo guerra al Cielo con sus insultos! Preguntóle con irrisión un Francés a un Inglés, haciendo memoria de aquel tiempo en que la Nación Inglesa debajo de su Rey Enrico VI se vio casi absoluta señora de la Francia: ¿Cuándo volveréis a ser señores de nuestro Reino? Respondió el Inglés admirablemente: Cuando vuestros pecados sean mayores que los nuestros. Poco diferente fue el dicho de Agesilao, cuando Tisafernes, por verse superior en fuerzas, rompió con él contra las paces que tenía juradas: Alégrome (dijo Agesilao) porque Tisafernes con su perfidia ha puesto a los Dioses de mi parte. El suceso fue, que triunfó Agesilao, y Tisafernes perdió la batalla, y la vida.

39. Pero para representar cuánto pone a Dios del bando de sus enemigos el que violando juramentos hechos por su santo Nombre, piensa adelantar sus empresas, no se halla en las Historias ejemplo más memorable que el que se vio en Ladislao IV, Rey de Hungría. Había este Príncipe, después de algunas victorias, ajustado treguas con [98] Amurates II. Pero poco después, instado del indiscreto celo del Legado Pontificio, rompió de nuevo la guerra. La política mundana persuadía que la ocasión era oportuna, porque los Turcos estaban consternados de las rotas antecedentes. Ladislao tenía excelentes Tropas, y por Caudillo suyo Juan Huniades, el mejor guerrero que conocía el mundo en aquel siglo. Llegóse a batalla, en que los principios fueron muy favorables a los Húngaros. Como viese Amurates ya inclinadas a la fuga sus Tropas, sacando del pecho la escritura en que le tenía juradas las treguas Ladislao, y levantando los ojos al Cielo, habló de esta suerte a nuestro Redentor en alto grito: Jesucristo, si eres verdadero Dios, como piensan los Cristianos, castiga la injuria que éstos te han hecho en romper las treguas, que habían jurado por tu Santo Nombre. ¡Cosa admirable! Al punto torció el aire la fortuna, y los Mahometanos hicieron en los Cristianos un sangriento destrozo, de que fue complemento la muerte del mismo Rey Ladislao.

Discite justitiam moniti, & non temnere Divos.

§. XII

40. Uno de los efectos más comunes de la política infame, es torcerse contra el Autor sus propias máximas. Jeroboan hecho dueño de las diez Tribus, en la división del Reino de Israel, para conservar en sí, y en sus descendientes la Corona, tiró un rasgo, a su parecer, de política finísima; porque advirtiendo que el motivo de la Religión llamaba los corazones de sus Vasallos al Templo de Jerusalén; y que mientras no se hiciese divorcio en el culto, no podía ser firme la división en el Imperio, levantando dos Ídolos, hizo que las diez Tribus los adorasen, olvidando al verdadero Dios, que era adorado en el Templo de Jerusalén. Pues esta política aguda fue la que le quitó a su posteridad, como se expresa en el tercero de los Reyes, la sucesión en la Corona, perdiendo su hijo Nadab el Reino, y la vida a manos del rebelde General Baassa. En la muerte que dieron a nuestro Redentor los [99] Judíos, intervino la política de precaver que los Romanos los destruyesen, con el motivo de haber reconocido otro Rey que al César. Y por la ejecución de esta maldita máxima, ordenándolo así el Cielo para castigo suyo, los destruyeron después los Romanos.

41. Así dispone la Providencia, que los mismos medios, que aplican los políticos Maquiavelistas para su exaltación, o para su seguridad, sean instrumentos de su perdición. Aman es crucificado en el mismo patíbulo, que tenía preparado para Mardocheo. Perilo es abrasado en el Buey de bronce, que había fabricado para lisonjear la crueldad de Falaris. Calipo, Tirano de Sicilia, es degollado con el mismo cuchillo conque él había quitado la vida al generoso Dión. Isaac Aarón, Griego de Nación, a quien por sus maldades había quitado los ojos al Emperador Emmanuel Comneno, le dio después al usurpador Andrónico el consejo de que a sus enemigos les quitase, no sólo los ojos, mas también la lengua, porque con ella le podían hacer daño, aun perdida la vista. Sucedió a Andrónico el Emperador Isaac Angelo, y al infame Consejero, que estaba ya privado de la vista, le cortó también la lengua. Perrin, Capitán general de Ginebra, gran perseguidor de los Católicos, luego que el año de 1535 mudó de Religión aquella República, hizo transportar la piedra del Altar mayor de la Iglesia Catedral a la Plaza, para que sirviese de cadalso a los delincuentes. Y según refiere el Padre Maimburgo en su Historia del Calvinismo, el mismo Perrin fue el primero que ensangrentó aquella piedra, siendo degollado por sus crímenes. Tomás Cromuel, a quien Enrico VIII, cuando se erigió en Cabeza de la Iglesia Anglicana, constituyó supremo Vicario suyo en las cosas Eclesiásticas, hombre extremamente falso, cruel, y avaro, para tener más ocasiones de perseguir a los Eclesiásticos, y enriquecerse con sus despojos, indujo a Enrico a hacer la ley inicuísima de que fuesen válidas las sentencias de muertes, y confiscaciones promulgadas contra los reos de lesa Majestad, aunque no fuesen oídos. Pues el mismo Cromuel [100] fue el primero con quien se practicó esta ley, siendo degollado de orden de Enrico, sin querer oírle, ni permitirle alguna defensa.

—— Non est lex aequior ulla,
Quam necis artificem fraude perire sua.

42. Finalmente, por decirlo de una vez, regístrense las Historias. Entre mil políticos de estos, que por medio de la maldad buscaron la exaltación, apenas se hallará uno que no haya tenido desdichado fin. Así fue hasta ahora: así será de aquí adelante. ¿Pues qué ceguera es esta de seguir una senda, donde sólo por un milagro del acaso se puede evitar el precipicio? ¿Qué ha de ser, sino que es un síntoma forzoso en la fiebre de la ambición el delirio? Y en ninguno arde violenta esta llama, que no padezca frenesí la cabeza.

§. XIII

43. Todo cuanto se ha dicho de la política de los particulares, se puede aplicar a los Príncipes, o Superiores que gobiernan cualesquiera Repúblicas. También en éstos tiene lugar la división de la política en alta, y baja; y de la misma calidad en ellos es segura la primera, y arriesgada la segunda. Cualquiera Superior, dotado de las tres Virtudes, Prudencia, Justicia, y Fortaleza, será un insigne político sin leer libro alguno de los que tratan de razones de estado. Las verdaderas artes de mandar, son elegir Ministros sabios, y rectos, premiar méritos, y castigar delitos, velar sobre los intereses públicos, y ser fiel en las promesas. De este modo se asegura el respeto, el amor, y la obediencia de los súbditos mucho más eficazmente, que con todo el complejo de esotras sutilezas políticas, o razones de estado: misterio depositado en las mentes de los Áulicos, que como cosa sacratísima, jamás se deja ver por entero, ni sale a público, sino cubierta de un velo muy opaco; siendo en la mayor parte sólo un fantasma ridículo, o ídolo vano, que con nombre de deidad se da a adorar al ignorante vulgo. La razón de estado es el úniversal motor del Imperio, y razón de todo, sin serlo de [101] nada. Si se pregunta por qué se hizo esto, se dice que por razón de estado: si por qué se omitió lo otro, también por razón de estado. ¿No sería respuesta más racional decir, que se hizo porque era justicia hacerlo, o porque así lo dictaba, o la Religión, o la clemencia, u otra alguna virtud? La razón por que manda el Ministro a sus inferiores, es, que así lo manda el Príncipe. La razón por que manda el Príncipe, debe ser únicamente, que así se lo manda Dios; pues aun con más rigor es Ministro de Dios, que sus subalternos lo son de él.

44. Si por razón de estado se entiende la prudencia política, ¿por qué no se nombra con esta voz, que es harto mejor? Pues el nombre de prudencia política significa una virtud moral; y el nombre de razón de estado no sabemos qué significa. Esta voz nació en Italia: Ragioni di Stato; y no debe de tomarse allá hacia buena parte, cuando el Santo Pontífice Pío V no tenía sufrimiento para oírla articular; y solía decir, que las razones de estado eran invenciones de hombres perversos, opuestas a la Religión, y a las Virtudes morales. Lo que se vio fue, que Pío no hubo menester esas sutilezas políticas para nada, y sin ellas fue no sólo un gran Santo, mas también un gobernador insigne.

45. Fue advertencia del célebre Bacon, que el gobierno más plausible, que en todos tiempos tuvo la Iglesia, fue el de aquellos Papas, que por haber pasado lo más de su vida dentro de los Monasterios, eran reputados por ignorantes de los negocios políticos; y que éstos excedieron mucho, y quedaron mucho más recomendables a la posteridad, por su buen régimen, que aquellos que se habían criado en las Aulas, y ejercitádose toda su vida en el manejo de las cosas públicas; poniendo por ejemplo, por ser de su mismo siglo, a Pío V y Sixto V. Imo convertamus oculos ad regimen Pontificium, ac nominatim Pii V vel Sixti V, nostro saeculo, qui sub initiis habiti sunt pro fraterculis rerum imperitis, inveniemusque acta Paparum ejus generis magis esse solere memorabilia, quam eorum, qui in negotiis civilibus, & Principum Aulis enutriti ad Papatum, [102] ascenderint {(a) Lib. 1. de Augment. Scient.}. Este testimonio da a la verdad un Hereje Calvinista, aunque de Religión afuera, hombre a todas luces grande, así por su incomparable talento, como por su noble ingenuidad, y candor.

46. La razón que da de exceder en el gobierno los Papas, que antes de subir al Solio vivieron en santo retiro, a los ejercitados en el manejo público, es digna de tal conclusión. La falta, dice, de instrucción civil, que hubo en aquellos Pontífices, se suplió con grandes ventajas con su virtud; porque los Príncipes que siguen constantes el camino llano, y seguro de la Religión, la justicia, y demás Virtudes morales, pronta, y expeditamente, sin el auxilio de una política estudiada, dan vado a todos los negocios ocurrentes. Son éstas unas almas sanas, y robustas, que no han menester las artes civiles; así como los cuerpos bien complexionados no necesitan de medicinas. In eo tamen abunde fit compensatio, quod per tutum, planumque iter Religionis, justitiae, honestatis, virtutumque moralium, prompte, atque expedite incedant, quam viam, qui constanter tenuerint, illis alteris remediis non magis indigebunt, quam corpus sanum medicina.

47. Casi me corro de que un Hereje haya hablado de este modo, cuando entre los Católicos tenemos tantos políticos, que abundan en bien diferentes máximas. Ello es así, que las sutilezas, y artificios de que se compone lo que se llama política del mundo, vienen a ser unos remedios de que sólo necesitan las almas achacosas. Un gobierno vicioso, porque le tuerce a su fin particular el que le maneja, no puede tenerse en pie sin esos medicamentos, que con tanta propiedad llamaremos drogas, como las que venden los Boticarios. Pero un espíritu bien complexionado, dotado en la temperie debida de las cuatro cualidades elementales, Prudencia, Justicia, Fortaleza, y Templanza, sólo con la asistencia de estas Virtudes supera sin embarazo, y sin el socorro de otras artes, cuantas [103] dificultades pueden ocurrir en el gobierno.

48. Pongamos los ojos en Sixto V, ya que Bacon le nombra. Este espíritu, verdaderamente incomparable, que parece que Dios le había formado de intento para gobernar todo el mundo, en quien se juntaron, y se mejoraron la magnanimidad de César, la prudencia de Augusto, y la justicia de Trajano, a pocos meses después que subió al Solio, tenía ganado el respeto de todos los Príncipes de la Europa, y todo el Estado Eclesiástico puesto en la mejor forma que había tenido en muchos siglos antecedentes. Los hurtos, las falsedades, los homicidios, los sobornos, las licencias insolentes, se vieron tan de raíz desterradas de aquella gran Ciudad, que nunca con más razón se llamó Roma la Santa. Perdido el miedo a toda extorsión injusta, nadie temía sino a Dios, y al Papa. Andaban, como dice Gregorio Leti en su Historia de Sixto, las mujeres, u otras personas indefensas en cualquiera hora de la noche, tan seguras por las calles, como pudieran por un Claustro de Capuchinos. En cinco años que reinó, ennobleció a Roma con excelentes edificios, y dejó enriquecido el Erario con algunos millones. Pregunto ahora: ¿Con qué artes políticas, con qué tramas ingeniosas se hicieron estos milagros? No hubo más artes que una vigilancia infatigable en el gobierno, un celo fervoroso del bien público, y una justicia, y rectitud inalterables. Yo no sé si es verdad (y creo que no) lo que tanto se dice de las simulaciones de Sixto, antes de lograr la Tiara. Lo cierto es, que después que se vio en la Silla, fue hombre ajeno de toda simulación: siempre generoso, abierto, libre, veraz, franqueaba sus designios, porque no eran para ocultos: y a nadie escondía el corazón, sino cuando la virtud de la prudencia dictaba el recato; o el carácter de Prelado obligaba al sigilo. Esta franqueza era natural en su genio; y así tuvo la misma siendo Religioso. Por donde yo no puedo asentir a las dobleces, que en el tiempo de Cardenal se refieren de él, ordenadas a conseguir el Pontificado. Más verosímil es, que fuese efecto real de su virtud, lo que se atribuyó a [104] simulación. Sufría cualesquiera injurias, haciendo fuerza a su genio, dicen que por acreditarse de manso. ¿Y porqué no sería por imitar a Cristo, obedeciendo al Evangelio? La severidad que observó siendo Papa, nada prueba contra esto; porque es muy diferente cosa tolerar las ofensas hechas a la persona, o disimular las que se cometen contra la Dignidad. Mostrábase, dicen, muy desinclinado al manejo público, y aun inepto para el gobierno, a fin de que los Cardenales le eligiesen sobre el supuesto de que en su Pontificado ellos lo habían de mandar todo. Más creíble es que fuese éste un desengañado, y cuerdo retiro de quien, por no tocarle entonces la vigilancia sobre el público, cuidaba sólo de sí propio. Fingíase, dicen, postrado de los años, y de las dolencias, porque los Cardenales, adivinando un Pontificado breve, esperasen presto otro Cónclave. No creo esta política (por más que me digan) en los Señores Cardenales, que tantas veces eligieron Papas robustos, y aun no pocos mozos, cuando en aquella edad hallaron la madurez de la senectud. Y por otra parte Sixto, que había pasado una vida trabajosa, y tenía sesenta y cuatro años cuando subió a la Silla, es verosímil que estuviese muy quebrantado. Si después mostró más robustez, sería porque cargándose de la gravísima obligación que tenía, se esforzaría extraordinariamente para cumplir con ella. Fuera de que a este fin, dice el citado Leti, que tomaba más copioso, y generoso alimento, así en la comida, como en la bebida, siendo Papa, que siendo Cardenal.

49. Con gusto me he detenido en el elogio de este hombre singular, que siempre fue objeto de mi admiración, porque no todos le hacen la justicia que deben. Y de camino daré aquí una cordialísima norabuena a la Religión Seráfica, de haber producido en la persona de este Pontífice, y en la del Cardenal Cisneros dos políticos tan grandes, que en mi sentir no los tuvo mayores jamás el mundo; aunque ni a uno, ni a otro faltaron émulos, que quisiesen deslucir parte de sus glorias. En cuyo asunto, lo [105] que más admiro es, que un juicio tan cabal como el de D. Antonio de Solís, en el cap. 3, de su Historia de Méjico, pintase defectuosa la política de aquel gran Cardenal; bien que colmándole por otra parte de altos elogios. Más justicia le hacen los Autores extranjeros: singularmente el señor Flechier, Obispo de Nimes, que escribió discretísimamente su vida, como de un Héroe sobresaliente entre los políticos: y otro Francés moderno, que habiendo instituido un paralelo entre los dos Cardenales estadistas Cisneros, y Richelieu, da la sentencia a favor del de nuestra Nación contra el de la suya, concediendo al Español igualdad en la política, con gran exceso (en esto no hizo mucho) en Religión, y virtud.

50. De todo lo dicho en este capítulo sale, claramente, que en igualdad de talentos, con más seguridad, y facilidad logran sus fines los políticos sanos, que van por el camino de la rectitud, y la verdad, que los que siguen la senda del artificio, y el dolo; que aquélla es la política fina, y ésta la falsa.

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo primero (1726). Texto tomado de la edición de Madrid 1778 (por D. Joaquín Ibarra, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo primero (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 75-105.}


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