Obras de Feijoo Teatro crítico universal Tomo primero

Benito Jerónimo Feijoo • Teatro crítico universal • Tomo primero • Discurso segundo

Virtud, y vicio

§. I

1. Cada mortal (decía Filón, citado por S. Ambrosio {(a) Lib. 1 de Cain, & Abel, cap. 4}) tiene dentro del domicilio del alma dos mujeres: la una honesta, pero áspera, y desabrida: la otra impúdica, pero dulce, y amorosa. Aquélla es la virtud; esta la delicia mundana.

2. Pintó el Sabio Judío la virtud y el vicio según la primera apariencia, o según la opinión del mundo, mas no según la verdad. Es así que comúnmente se concibe la virtud toda asperezas, el vicio todo dulzuras; la virtud metida entre espinas, el vicio reposando en lecho de flores. Pero éste es un error, y el error más nocivo entre cuantas falsas opiniones sustenta la [20] ceguera del mundo. Tentaré en este discurso su desengaño, mostrando que aun en esta vida, prescindiendo del premio, y castigo de la otra, es mucho más molesto, y trabajoso el abandono a los deleites, que la práctica de las virtudes morales, y cristianas. Para esto me serviré de aquellos argumentos, que ofrecen la razón natural, y la experiencia, tomando poco, o nada de las sentencias de Padres, y dichos de Filósofos, de que se pudiera amontonar infinito; porque a quien no persuadieren la experiencia, y la razón, no ha de convencer la autoridad.

3. Si pudiésemos ver los corazones de los hombres entregados al vicio, presto se quitaría la duda. Mas por reflexión podremos verlos en los espejos de las almas, que son semblantes, palabras, y acciones. Atiéndase bien a estos infelices, y se hallará que ningún otro iguala la turbación de sus semblantes, la inquietud de sus acciones, la desazón de sus palabras. No hay que extrañar: son muchos los torcedores, que los están conturbando en el goce de sus adorados placeres. Su propia conciencia, doméstico enemigo, huesped inevitable, pero ingrato, les está continuamente mezclando con el néctar que beben, el azibar que abominan.

4. Con enérgica propiedad dijo Tulio, que las culpas de los impíos, representadas en su imaginación, son para ellos continuas, y domésticas furias: Hae sunt impiis assiduae, domesticaeque furiae {(a) Orat. pro Rosc.}. Estas son las Serpientes, o los Buitres que despedazan las entrañas del malvado Ticio: éstas las Aguilas, que rasgan el corazón del atrevido Prometeo. Considérense los tormentos de un Caín, fugitivo de todos, y aun, si pudiese de sí mismo, errante por montes, y selvas, sin poder jamás arrancar la flecha que le atravesaba el pecho; esto es, la memoria de su delito, como la otra herida Cierva, en quien figuró el gran Poeta la mortal [21] inquietud de aquella Reina enamorada.

... Silvas saltusque peragrat
Dictaeos, haeret lateri laethalis arundo.

5. Contémplense las angustias de un Lamech, tan violentamente acosado de la representación del homicidio, u homicidios que había cometido, que faltándole tolerancia para ser único depositario del secreto, le arroja por la boca, como quien vomita la ponzoña que le atosiga, arriesgándose a la infamia, y al castigo, sólo por lograr algún leve descanso. De un cierto Apolodoro refiere Plutarco, que no dejándole aun entre sueños la memoria de sus crímenes, todas las noches soñaba que después de hacerle cuartos, en agua hirviendo le iban liquidando los miembros; y que mientras duraba este martirio, le decía su propio corazón a gritos: Ego tibi horum sum causa: Yo te soy la causa, y motivo de estos tormentos {(a) Lib. de sera Numinis vindicta}.

§. II

6. Es verdad, yo lo confieso, que no todos son tan sensibles a los remordimientos interiores; y aun hay conciencias cauterizadas (usando de la frase de S. Pablo) que perdieron todo el sentimiento, porque la larga costumbre de pecar convirtió los corazones en pedernales.

Sic laethalis hyems paulatim in pectora venit.

7. ¡Oh hombres los más desdichados de todos! Esta dureza de pecho es escirro del alma, para quien sólo apelando a milagros, hay medicina. Pero por lo menos, mientras dura esta vida mortal, lo pasarán con gusto, y alegría. ¡Oh cuánto se engaña quien lo piensa! Estos son los que viven con más trabajo. Veámoslo, discurriendo por los tres vicios, en cuyos cuarteles se distribuyen casi todos los malos; Ambición, Avaricia, y Lujuria. [22]

8. El ambicioso es un esclavo de todo el mundo: del Príncipe, porque conceda el empleo: del valido, porque interceda: de los demás, porque no estorben. Tiene la alma, y el cuerpo en continuo movimiento, porque es menester no perder instante. A todos teme, porque ninguno hay que con una acusación no pueda desvanecer toda su solicitud. ¡Oh cuánto forcejea con su semblante, porque muestre agrado a los mismos a quienes profesa mortal odio! ¡Cuánto trabajo le cuesta reprimir todas aquellas inclinaciones viciosas, que pueden dificultar sus medras! De la pasión dominante son víctimas todas las demás pasiones; y el vicio de la ambición, como tirano dueño, sobre atormentarle por sí mismo, le prohibe todos aquellos gustos a que le lleva el deseo. Ve al que va a la comedia, al que logra el paseo honesto, al que asiste al banquete, al que goza el sarao. Todo lo ve, y todo lo envidia; pero los apetitos están en él, aunque furiosos, aprisionados, como los vientos en la cárcel de Eolo {(a) Lo que dice Comines de Carlos el Atrevido, Duque de Borgoña, de que este Príncipe no tuvo un día bueno en todo el resto de su vida, desde que se le puso en la cabeza hacerse más grande de lo que era, es admirable dar a conocer la trabajosa vida que pasan los ambiciosos}:

Illi indignantes magno cum murmure montis.
Circum claustra fremunt.

9. Logrado el puesto no se minora la ansia, sólo muda de objeto, porque se traslada la mira al ascenso inmediato, añadiendo el cuidado de no perder el que ha conseguido. Ya se puso en una escalera, donde ni puede subir sin fatiga, ni detenerse sin molestia, ni retroceder sin principio. Ya se ataron las inclinaciones viciosas con más fuertes vínculos, creciendo la razón de tener la rienda tirante a sus deseos depravados. Solicítale la codicia, instígale la gula, abrásale la incontinencia; pero aunque reluctante, obedece a la pasión, [23] que despótica le domina. Arde por oprimir con una sentencia inicua a aquel hombre que aborrece. ¡Pero ay, si esto llega a Tribunal superior, o al Príncipe mismo! Ama el ocio; pero si se nota su inaplicación, va todo perdido. Siempre está temblando una mudanza de gobierno, que le deje en la calle; y no lee alguna vez la gaceta, sin el susto de que le noticie estar muerto el patrono que le da la mano. ¿Hay vida más mísera?

10. El avaro ya se sabe que es un mártir del demonio, o un anacoreta, que con su abstinencia, y su retiro hace méritos para ir al Infierno. El corazón, partido entre los dos deseos de conservar, y adquirir, padece una continua fiebre, mezclada con un mortal frío; pues se abrasa con la ansia de conseguir lo ajeno, y tiembla con el susto de perder lo propio. Tiene hambre, y no come; tiene sed, y no bebe; tiene necesidad, y no reposa: jamás se ve libre de sobresaltos. Ningún ratón se mueve en el silencio de la noche, que con el ruido no le dé especie de ser un ladrón que le escala. Ningún viento sopla, que en su imaginación no amenaze naufragio al Navío que tiene puesto en comercio. Ninguna guerra se suscita, que no considere ya a los enemigos talando sus tierras. Cualquier rencilla de particulares, dentro de su idea viene a parar en popular tumulto, que lleva a saco el caudal. No hay nubecilla, que no imagine tempestuosa para sus viñas, y mieses, No hay intemperie, que no amague corrupción a lo que tiene recogido en las troxes. ¡Qué angustias tan graves, cuando teniendo muchos que vender, se baja el precio a los frutos! Siempre acosado de pavores, anda meditando nuevos escondrijos más seguros donde retirar el dinero, de modo que ni los Ángeles supiesen de él, ni aun Dios, si fuese posible. Frecuentemente le visita asustado, y dudoso de hallar el dinero en el escondrijo, aunque siempre cierto de encontrar el corazón en el dinero. Con inquietud ansiosa le mira: tal vez no se atreve a tocarle, receloso de que [24] se le haga ceniza entre las manos. Así pasa sus días, pingüe de bienes, y martirizado de temores, para llegar a la hora fatal, como el Rey Agag al suplicio: Pinguissimus, & tremens. ¿Hay vida más desdichada?

11. ¿Acaso en el lascivo hallaremos más descanso? Ninguno carga con mayor fatiga. Si la bajeza del pensamiento, o la villanía del apetito, le determinan a deleites venales, luego se viene a los ojos el detrimento en las tres cosas más apreciables de esta vida, honra, salud, y hacienda. De charco en charco va saciando su sed, hasta que alguna agua insecta le apesta toda la sangre, poniéndole a riesgo la vida, o haciéndole la restauración muy costosa. Aunque mejore en la salud, queda achacosa de por vida la reputación. Y si es verdad que aquella medicina, a quien debió su restablecimiento, irrita más el apetito, para caer por medio de nuevos excesos en nueva enfermedad, y en nueva cura; ¿qué desdicha es, que el fuego de la incontinencia, en vez de extinguirse, se vaya avivando con la edad, para arder violento aun en las cenizas de la vejez?

12. Mas si el resplandor de su fortuna, o el mérito de la persona, levantaren sus deseos a objetos de otra esfera, evitará parte de los inconvenientes apuntados, para incurrir en otros mayores, que es lo mismo que caer en Scila, huyendo de Caribdis. Semejantes empeños están sembrados de sustos, inquietudes, y peligros. ¡Qué afan mientras dura la pretensión! Buscan los ojos el sueño, y no le encuentran; porque (como experimentaba Jacob, aunque amante honesto) anda de ellos fugitivo. Busca el corazón reposo, y no le halla. De este modo concibe primero dolor, para producir después la maldad. Vacilante entre los medios de lograr el designio, todos se aprueban, y todos se repudian: Incertae tanta est discordia mentis. Tiembla al pensar en la posibilidad de la repulsa. El amor le arrastra: el temor le detiene. Todo el camino de la pretensión [25] ve lleno de riesgos, los cuales, en llegando a la posesión, se multiplican. El ofendido suele ser más de uno, los lances muchos; y es moralmente imposible que en tantos pasos no se haga algún ruido conque despierte la sospecha, para que al fin acierte con la verdad el cuidado. Lograda la empresa, no hay insulto que carezca de sobresalto. ¿Qué placer sincero tendrá un hombre cuando no puede prescindir los gustos de los riesgos? No hará movimiento alguno hacia el delito, en que no se le represente el agraviado con un puñal, o una pistola en la mano. Este peligro siempre le va siguiendo a cualquiera parte que vaya. Y éste es puntualmente aquel infeliz estado de tener como pendiente delante de los ojos la propia vida con un continuado temor de perderla, que Dios intimó a su pueblo como una maldición terrible: Et erit vita tua quasi pendens ante te. Timebis nocte, & die, & non credes vitae tuae.

13. Pero consiento en que haya circunstancias en que carezca de estos temores. No por eso le faltarán gravísimos disgustos. Si tras del logro del apetito entra el tedio, como sucedió a Amnon con Thamar, y como sucede de ordinario, ve aquí contraída una obligación de por vida, por una delicia instantánea. Si se resuelve a romper el lazo, se expone a las iras de una mujer abandonada, a quien el desprecio, o enfurece el amor, o el odio; siendo uno, y otro igualmente peligroso. Si permanece en su criminal afecto, mucho mayor es la impaciencia de no gozar con libertad lo que ama, que la complacencia en el deleite que furtivamente usurpa; y especialmente si el objeto es poseído de legítimo dueño, no puede menos de roerle las entrañas una envidia rabiosa. ¿Pues qué si llega el caso de unos celos? Bien saben los que han experimentado el rigor de estas furias, cuánto excede al placer de los más íntimos deleites, y que contrapesa un día sólo de este infierno a años enteros de aquella mentida [26] gloria. Considérese todo lo dicho, y respóndaseme después si se puede discurrir estado más infeliz. Augustino, que tanto tiempo se vió enredado en el laberinto de los tres vicios expresados, es buen testigo de que el plato que presentan al apetito, está relleno de hieles. Oiganse sus palabras, hablando con Dios, en el libro sexto de sus Confesiones: Inhiabam honribus, lucris, conjugio, & tu irredebas: patiebar in eis eupiditatibus amarissimas difficultates.

§. III

14. Ni hay que pensar que aun aquellos pocos hombres, en quienes, respecto de los demás, es ley el antojo, para cuya libertad no hay rienda alguna, esto es los Soberanos, surquen el piélago del vicio sin tormenta alguna. También para éstos la agua de ese mar es sobradamente amarga. Nerón fue deidad de la tierra; conviene a saber, dueño de todo el Imperio Romano. Soltó la rienda con la mayor largueza imaginable a todas sus perversas inclinaciones, y sus inclinaciones eran decretos irrefragables. No le afligía la carga del gobierno; porque bien lejos de tener el Principado sobre los hombros, como para ejemplo de los demás tuvo el mejor de todos los Príncipes, le puso debajo de los pies. Todo el mundo obedecía al cetro, y el cetro servía al apetito. Poseía cuanto amaba, mataba cuanto aborrecía. El amor tenía en sus manos el logro, y el odio en las suyas el cuchillo. No pudo llegar a más horrible extravagancia uno, y otro afecto, que a complacerse su crueldad en el incendio de Roma; y su torpeza en las indignidades del otro sexo. Todo lo consiguió para oprobio de los hombres aquel monstruo de maldades.

15. ¿Quién creerá que este Príncipe, de cuyo albedrío era esclavo el Orbe, no gozase una vida alegre? Pues tanto distó de él esa dicha, que como testifica Tácito, siempre estaba poseído de terrores: Facinorum [27] recordatione numquam timore vacuus. Y Suetonio añade, que no pudiendo reposar de noche, andaba dando vueltas, como aturdido, por los salones de su Palacio.

16. Tiberio fue igual a Nerón en el dominio, y poco inferior en la maldad. Con todo vivía tan inquieto, y turbado, que no podía menos de explicar en gemidos, y palabras sus dolores, para aliviar algo el corazón de la opresión de las angustias. Así lo afirma el mismo Tácito: Tiberium non fortuna, non solitudines protegebant, quin tormenta pectoris, suasque ipse poenas fateretur. Y poco antes, refiriendo un doloroso gemido suyo en cierta carta escrita al Senado, dice que sus propios delitos se habían transformado, para atormentarle, en verdugos: Adeo facinora, atque flagitia ipsi quoque in supplicium verterant.

17. Estas angustias de los Príncipes malos, por la mayor parte dependen de que viéndose aborrecidos de todos, siempre están con el susto de una conspiración. Consideran que entre tantos como les desean la muerte, no faltarán algunos que tengan osadía para ejecutarla; y así no pueden en todas sus delicias lograr más placer que el que tuviera con una dulce música el reo que está esperando la fatal sentencia. Por eso Dionisio, Tirano de Sicilia, desengañó oportunamente al otro, envidioso de su felicidad, haciéndole sentar a un espléndido banquete debajo de la punta de una espada, que pendía de frágil hilo sobre su cuello, y dándole a conocer que ése puntualmente era el estado en que le tenía su fortuna.

18. Sobre esta congoja, que es transcendente a todos los tiranos, a ningún Príncipe, por feliz que sea, le faltan gravísimos disgustos. Alejandro está lleno de gloria, y se aflige porque falta un Homero que le celebre. Lisonjéale a Augusto constante la fortuna; y porque se descuida una vez sola con las Legiones de Alemania, pasa mucho tiempo dando gritos de día, y de noche, como un loco. Apacienta Calígula su [28] saña en tanta sangre vertida, y se lastima de que no estén todas las cabezas del Pueblo Romano sobre un cuello, para echarlas a tierra de un golpe. El ambicioso gime, porque no puede hacerse dueño de todo el mundo. El codicioso, porque no puede meter en su erario los tesoros de otros Reinos. El vengativo, porque no puede destruir al Príncipe confinante, que le ha ofendido. El lascivo, porque no falta en su imaginación algún objeto extraño, exento de la jurisdicción de su antojo. Así se mezclan amarguísimas aflicciones en las más esclarecidas fortunas.

§. IV

19. Tan cierta es, y tan general aquella sentencia, que pone la Sabiduría en las bocas de todos los impíos, cuando llegan a la región del desengaño: Lassati sumus in via iniquitatis, & perditionis, & ambulavimus vias difficiles. ¡Oh cuánto nos hemos fatigado en el camino de la perdición! No fue descanso el nuestro, sino cansera: no delicia, sino congoja. ¡Ay de nosotros, que hemos continuado la carrera de la vida, no por deliciosos jardines, o amenas florestas, sí por ásperas breñas, y sendas intrincadas! Esto dicen todos los condenados: Talia dixerunt in inferno hi, qui peccaverunt. ¿Todos? Sí: todos lo dicen; y dicen la verdad. Todos los pecadores tienen su infierno pequeño en este mundo. Todos caminan por la aspereza para el precipicio. Todos beben las heces de aquel caliz, que David pinta en la mano del Señor: Calix in manu Domini vini meri plenus mixto: & inclinavit ex hoc in hoc, veruntamen faex ejus non est exinanita, bibent omnes peccatores terrae. Y es preciso que sea así; porque según la más recta inteligencia, el vino puro es para los Santos en la patria, donde es puro el gozo; el mezclado es para los Justos en la tierra, donde se les mezcla la tribulación con el deleite: conque a los pecadores, aun en esta vida no les quedan sino amargas, y pesadas [29] heces. Estas beben todos: Omnes. Todos sin reservar alguno, ni aun de aquellos que parecen colmados de dichas.

20. Para cuya clara inteligencia, y para apretar más el argumento que tratamos, se debe advertir que hay en esta vida mortal una aflicción gravísima, la cual siendo propia de todos, y sólo de los pecadores, aún es más propia de los que parecen más felices. Esta consiste en la consideración de la muerte. No hay duda que todo viviente tiene horror a aquel trance fatal, y se contrista naturalmente cuando le ocurre que es preciso pasar por él; pero mucho más sin comparación aquel, que disfrutando todos los regalos de la fortuna, tiene puesta en ellos toda su dicha. Contémplese un hombre rico, poderoso, respetado, obedecido, a quien nada falta, ni para la conveniencia, ni para el deleite, y por más vago que tenga el apetito, nada niega la fortuna a su deseo. Este, cuando piensa en que ha de morir (y piensa muchas veces sin poder remediarlo), no puede menos de afligirse extremadamente. La consideración de la muerte, a quien no aprovecha para la enmienda, sólo sirve de tortura. Demos que sea un resuelto Ateísta, tan ciego que ni aun duda le quede de la inmortalidad de la alma, y que por consiguiente no le dé la menor pena la suerte de la otra vida. Por lo menos considera en la muerte un desapiadado, y feroz tirano, que le ha de despojar de cuanto tiene, y de cuanto ama. La hacienda que posee, el banquete en que se regala, la caza en que se entretiene, la música que le deleita, la concubina a quien adora, todo se ha de perder de un golpe para no recobrarlo jamás. Cuanto mayores placeres goce, tanto será más triste esta consideración. El desdichado, ultrajado de la suerte, y aun el que está constituido en mediana fortuna, tienen el leve consuelo de que la muerte les ha de quitar muchos pesares. ¿Pero qué consuelo tendrá el que ve que sólo le ha de robar delicias? Para [30] todos es la muerte terrible: para éste terribilísima. Todos aman con intensísimo ardor la propia felicidad, y a proporción del ardor conque se ama, es el dolor conque se pierde. Este hombre, pues, que juzga haber llegado al colmo de la dicha, ni conoce otra que la que posee; ¿con cuánta angustia estará viendo que toda, sin reservar nada, la ha de perder en un día?

21. Esta inevitable melancolía en cualquiera hombre, a quien halaga la fortuna, se aumenta mucho cuando empieza a declinar algo la edad. La vida, verdaderamente desde la edad consistente en adelante, no es más que una enfermedad crónica, que va disponiendo para la muerte, o, por decirlo mejor, es la misma muerte incoada. En llegando aquí el poderoso, en las fuerzas, que va perdiendo, en las dolencias, que va cobrando, tiene un continuado aviso, de que poco a poco se le va desmoronando con el domicilio de la vida el templo de la fortuna. A esto, repasa uno por uno con el pensamiento todos los deleites que goza, todas las prendas que ama, y cada una le arranca del corazón un gemido, con la reflexión de que se va acercando el tiempo de la despedida dolorosa. Vuelve a dar otra ojeada a la muerte, y casi con las palabras de aquel desdichado Rey, oprimido de dolor, prorrumpe contra ella una sentida queja, no tanto de que le haya de cortar el hilo de la vida, cuanto de que le haya de separar para una eterna ausencia de cuanto estima, y adora: Siccine separat amara mors! ¡Oh pecadores, a quienes llama el mundo felices! ¿Esto es vivir? Desengáñese el mundo, que vosotros sois los que cargáis con cuanto tiene de más duro, y pesado la mortalidad. Todo vuestro descanso es fatiga, toda vuestra delicia es angustia, todo vuestro néctar es ponzoña.

22. Y pues no podéis menos de conocerlo, oíd ahora, para vuestro consuelo, y utilidad, la más dulce, y sonora voz, que por órgano divino se esparció a todo el ámbito del mundo. Oíd, que con vosotros habla: [31] oíd, y aprovecháos: Venite ad me omnes, qui laboratis, & onerati estis, & ego reficiam vos. Venid a mí los que trabajáis, y estáis cargados de afanes, que yo os aliviaré. Estas palabras es cierto que llaman a los pecadores, que son los que están distantes de Cristo. Luego éstos son los que pasan una vida trabajosa. Convídalos a que se acerquen a él; esto es, que abracen la virtud: luego los virtuosos son los que gozan de descanso, y alivio. Veis aquí que es sentencia evangélica una, y otra parte del asunto que voy probando.

§. V

23. Mas pues he demostrado la primera parte con la razón natural, y con la experiencia, haré lo mismo con la segunda. Y lo primero debo confesar, que los principios de la virtud son trabajosos; Ardua prima via est; especialmente en aquellos que estuvieron largo tiempo debajo del dominio de sus pasiones. Los hábitos viciosos son unos enemigos, que a los primeros combates hacen cruelísima guerra; pero sus fuerzas se van debilitando más cada día, y aun tal vez por un milagro de la gracia son postrados enteramente al primer choque. La salida que hace el vicioso del pecado, es en un todo semejante a la fuga que ejecutaron los Hebreos de Egipto. ¡Qué afligidos los pobres, cuando con el Mar Bermejo a la frente vieron el Ejército Gitano a la espalda! ¡Qué orgullosos los Egipcios! ¡Qué débiles los Hebreos! Ya tratan éstos de rendirse, cuando esforzando la voz de Moisés al Pueblo: Ea Israel, le dice, entra el pie osado en el golfo, que Dios está empeñado en tu defensa. Obedecen, y al tocar la arena se desvía la agua. De tropel se arrojan a ellos las tropas de Faraón. ¡Oh cuánta soberbia en los Gitanos! ¡Cuánto miedo en los Hebreos! Con todo, temblando caminan hasta tocar la orilla opuesta; y al llegar a ella, volviendo atrás los ojos, ven sepultarse en las ondas sus enemigos. Conviértese [32] en placer el pesar, y en cánticos los gemidos.

24. No es de otro modo la fuga que hace el pecador del vicio. Egipto es el estado de la culpa. Los enemigos, que siguen al pecador fugitivo, son las inclinaciones viciosas, de quienes fue largo tiempo esclavo. Aquéllas están fuertes, éste débil. El primer asalto es furioso. Moisés es la virtud que anima. Rompe en fin el pecador por un piélago de dificultades; y aunque en algunos es más larga la carrera, últimamente logra ver ahogadas todas sus pasiones. Asienta el pie en la orilla opuesta: ¿y qué le sucede? Lo mismo que al Pueblo Hebreo, prorrumpir en cánticos de gozo. Siguiendo después el camino de la Tierra de promisión, una, u otra vez salen al paso algunos enemigos; esto es, algunas tentaciones; pero se vencen, como Moisés venció a los Amalecitas, levantando las manos al Cielo, en que se significa la fuerza de la Oración. Encuéntranse también tal vez unas aguas amargas, conviene a saber, las tribulaciones; pero un leño milagrosamente las endulza, porque la Cruz, o Pasión del Salvador las suaviza. Y de Mara, o Marath, lugar que significa amargura, a razón de estas aguas, se hace tránsito a Elim, sitio delicioso, y ameno.

25. Esto es lo que sucede al pecador, fugitivo del vicio debajo del amparo de la Omnipotencia, que nunca falta a quien le solicita; pero es más de nuestro propósito considerar el estado de la virtud más cerca de la naturaleza, o prescindiendo de los extraordinarios auxilios de la Gracia.

§. VI

26. El monte excelso de la virtud está formado al revés de todos los demás montes. En los montes materiales son amenas las faldas, y ásperas las cimas: así como se va subiendo por ellos, se va disminuyendo la amenidad, y creciendo la aspereza. El monte de la virtud tiene desabrida la falda, y graciosa la [33] eminencia. El que quiere arribarle, a los primeros pasos no encuentra sino piedras, espinas, y abrojos: así como se va adelantando el curso, se va disminuyendo la aspereza, y se va descubriendo la amenidad; hasta que en fin en la cumbre no se encuentran sino hermosas flores, regaladas plantas, y cristalinas fuentes.

27. El primer tránsito es sumamente trabajoso, y resbaladizo: Per insdias iter est, formasque ferarum. Llámanle al recién convertido, desde el mar del mundo, los cantos de las Sirenas. Atérranle por la parte del monte los rugidos de los leones. Mira con ternura la llanura del valle que deja. Contempla con pavor el ceño de la montaña a que aspira. Libre de la cárcel del pecado, aún lleva en sus pasiones las cadenas, cuya pesadumbre conspira con la arduidad del camino, para hacer tardo, y congojoso el movimiento. Oye a las espaldas los blandos clamores de los deleites, que le dicen, como a Augustino: ¿Es posible que nos abandonas? Dimittis ne nos? ¿Es posible que te despides, y ausentas de nosotros para siempre? Et a momento isto non erimus tecum ultra in aeternum? No obstante camina afligido un poco, tal vez interrumpiendo el paso algún tropiezo. Ya va hallando menos áspera la senda: ya los clamores de las delicias terrenas hacen menos impresión, porque se oyen de más lejos. Así lo experimentaba el mismo Augustino: Et audiebam eas jam longe minus quam dimidius, veluti a dorso musitantes. Adelantando algunos pasos más, ya se va descubriendo algo llano el camino; y aunque una, u otra vez representa la costumbre antigua, los gozados placeres y la dificultad de vivir sin ellos, es tan lánguidamente, y con tanta tibieza, que no hace fuerza alguna: Cum diceret mihi consuetudo violenta: putas ne sine istis poteris? Sedjam tepidissime hoc dicebat.

28. Arriba, en fin, a la parte superior del monte, donde ve una llanura hermosa, y apacible. El sudor, y lágrimas conque regó la falda, fructifican en la [34] cumbre; y aquí logra en abundantes mieses, cuanto acullá cultivó en prolijos afanes. Esto está oculto a los ojos del mundo; el cual, antes bien al considerarle retirado a lo alto de la montaña, le juzga metido en una arduidad inaccesible. Piensa que aquel hombre no puede tener instante de reposo, imaginando que el sitio que habita es un campo donde batallan con la mayor furia los Elementos, y adonde se arroja con mayor fuerza el rigor de las tempestades. Pero a él le sucede lo mismo que a el que escaló la cumbre del Olimpo, donde se goza siempre sereno el Cielo: donde no se inquieta con la más leve agitación el aire, en tanto grado, que se conservan años enteros los caracteres impresos en las cenizas; donde los nublados se miran siempre debajo, de modo que fulminan en la falda, sin tocar jamás en la eminencia: y entre tanto los que caminan por los valles vecinos, si la noticia, o la experiencia no los ha desengañado, piensan que aquella cumbre está toda obscurecida de nieblas, y abrasada de rayos {(a) La inalterable serenidad del Olimpo, aunque afirmada, y confirmada por innumerables Escritores, es fabulosa. Boyle en el Tratado Nova Experimenta Physico-mechanica, pág. mihi 138, cita a Busbec, Autor fidedigno, Embajador de Ferdinando Primero a la Porta Otomana, que en una de sus Cartas testifica que el Olimpo se ve desde Constantinopla cubierto de nieve. Lo mismo dice Tomás Cornelio haber sido observado por algunos Viajeros: añadiendo que algunas cumbres de los Alpes son más altas que el Olimpo, sin que por eso en éstas dejen de soplar los vientos, y derramar nieve las nubes. Así la decantada singularidad de que en el Olimpo se conservaban de un año a otro las letras estampadas en las cenizas a Cielo descubierto, debe tenerse por una famosa patraña}.

29. Ni más, ni menos las incomodidades de la vida, las borrascas de la fortuna llueven sobre los que habitan los humildes valles del mundo; no sobre aquel que ha ascendido al Monte de Dios, y Monte pingüe, como le llama David. ¿Pues qué? ¿La enfermedad, el dolor, la pérdida de hacienda, la persecución la [35] ignominia, con otras calamidades, no son comunes a los justos con los demás hombres? ¿A esto no se les agrega en particular el silencio, el retiro, la vigilia, la oración, la disciplina, el ayuno, con otras penalidades? Todo es cierto. Esos son los nublados que se ven de la parte de afuera; pero que no suben a la cumbre del Olimpo; esto es, no llegan a turbar la parte superior de la alma.

30. No quiero yo decir que el justo sea insensible. Ese fue exceso de los Estoicos, que en la oficina de la virtud pretendían transformar los hombres en mármoles. Padecen los virtuosos; pero mucho menos que los delincuentes. A esta desigualdad se añade otra notable; y es, que las molestias que unos, y otros padecen, a los delincuentes los comprehenden en el todo, a los virtuosos sólo en una parte. Distínguense el espíritu del justo, y el del pecador, como el elemento del Aire, y el de la Tierra. La tierra en todas sus Regiones está expuesta a las injurias de los demás elementos. El Aire, sólo en su porción inferior, que es el teatro de vapores, y exhalaciones; pues a la que llaman Región superior del Aire, no alcanza alguna de las alteraciones sensibles. Siempre se observa allí un tenor igual: siempre se descubre sereno el Cielo, y siempre se goza una aura cristalina, y pura.

§. VII

31. Pero expongamos con más especificación las conveniencias temporales de la virtud. Lo que es de mayor momento, si no el todo, en esta parte, es, que en todas aquellas cosas, que esencialmente componen la felicidad temporal, conviene a saber, vida, salud, honra, y hacienda, es muy mejorado el virtuoso, respecto del que no lo es. La honra nadie ignora que es parto legítimo de la virtud. Por eso los Romanos edificaron unidos los Templos de estas dos dichas, que veneraban como deidades, de modo, que [36] sólo por el Templo de la Virtud se podía entrar al Templo del Honor. Los mismos que huyen de la práctica de la Virtud, la miran con estimación, y reverencia. La salud, y larga vida es más natural, y posible en el virtuoso, por la templanza conque vive, al paso que el vicioso con sus excesos se extraga la salud, y se acorta la vida. La hacienda tiene una gran maestra de economía en la virtud, siendo cierto que se conserva evitando toda superfluidad. Todo lo comprehendió Salomón, cuando dijo que el obediente a los divinos mandatos tiene en una mano la larga vida, y en la otra la hacienda, y la honra: Longitudo dierum in dextera ejus, & in sinistra illius divitiae, & gloria {(a) Prov. 3, vers. 16}. Aun cuando no goce otras ventajas el justo sobre el vicioso, ¿no mejora mucho de suerte?

32. Pero otras tiene. La suavidad, y dulzura que al alma ocasiona la buena conciencia, coloca en muy eminente grado la fortuna de los justos sobre la de los pecadores. Es ésta una felicidad de poco bulto, pero de mucha monta: una piedra preciosa, que en breves dimensiones encierra grandes quilates. Es la conciencia espejo del alma; y sucede al justo, y al pecador, cuando se miran en este espejo, lo que a la hermosa, y a la fea verse en el cristal: aquélla se complace, porque ve perfecciones: ésta se entristece, porque no registra sino lunares. Y aun es de peor condición el delincuente que la fea: porque ésta huye del espejo, si quiere: el pecador no puede. Aunque no se ponga él delante del espejo, el espejo se pone delante de él, y no puede el entendimiento cerrar los ojos, cuando la memoria le presenta las imágenes de sus maldades. En aquel estado el pecado horroriza, y no deleita; porque se fue el gusto, y quedó sola la mancha. Añádesele al pecador en esta coyuntura la triste reflexión de que se pueden descubrir sus infamias, en que le [37] asusta ya la inevitable tortura del rubor, ya la pena que le prescribe la ley. El justo, por el contrario, nada tiene que temer. Si esconde al mundo sus acciones, no es por miedo de la nota; antes por el riesgo del aplauso. A solas se las contempla; y si es tan dichoso que todas las halle buenas, recibe aquel purísimo placer, que el Cronista Sagrado aun en Dios pintó como gloria accidental: Vidit Deus cuncta quae fecerat, & erant valde bona.

33. No menor diferencia hay entre el justo, y el pecador, cuando, o enojada la fortuna esgrime sus reveses, o severo el Cielo reparte tribulaciones. Pierde el pecador la hacienda, muéresele la persona amada, recibe una injuria de sujeto con quien la venganza le es imposible. ¿Qué consuelo tiene? Ninguno. Rabia, se enfurece, arde, no come, no bebe, no reposa; y son peores los síntomas que el mal: tan crueles tal vez, que le postran en la cama, y quitan la vida; y tal vez tan feroces, que para quitársela usan de sus propias manos. Pero el justo, constituido en el mismo accidente, lo primero que hace es levantar los ojos al Cielo; y ya contempla la tribulación como castigo de la culpa, ya como ejercicio de la paciencia: sabe que de todos modos es beneficio: sabe que el golpe viene de mano amante; y sabe que para su bien propio le hiere. No sólo se conforma, mas se lo estima. Y veis aquí con una admirable metamorfosis convertido el pesar en placer. De este modo, lo que para el impío es ponzoña, para el justo es triaca: porque diligentibus Deum omnia cooperantur in bonum.

§. VIII

34 ¿Quién ya, a vista de todo lo que hemos ponderado en este capítulo, no se dará por convencido de que aun en esta vida es incomparablemente mejor la suerte del justo que la del vicioso? ¿Que aun el descanso, y conveniencia temporal [38] se halla sólo en el camino de la virtud? Y que en el campo del vicio, debajo de la apariencia de flores, sólo se producen espinas.

35. Sólo un argumento tenemos que disolver. Este se toma de aquella sentencia de Cristo en S. Mateo, en que el gran Maestro nos asegura que es ancho; esto es, fácil el camino que lleva a la perdición; y al contrario estrecha; esto es, laboriosa la senda que conduce a la vida inmortal.

36. Digo que este lugar es preciso conciliarle con el otro alejado arriba, en que el mismo Salvador convida a los pecadores a que sigan el camino de la virtud, proponiéndoles el descanso, y suponiéndolos congojados debajo del peso del vicio: Venite ad me omnes qui laboratis, &c. Es preciso componerle con la dulce sentencia que en otra parte nos intima, que el yugo de su ley es suave, y su peso leve. También se ha de poner en armonía con lo que David nos enseña, de que es ancho el camino de los Divinos Preceptos, o los Preceptos mismos: Latum mandatum tuum nimis. En fin, de tal modo se ha de entender aquel texto, que no esté discorde con la razón, y con la experiencia.

37. Fácil es la salida, diciendo que la gracia suaviza lo que es áspero a la naturaleza: y que el mismo yugo, que es pesado, consideradas sólo las fuerzas naturales, se hace leve, concurriendo con ellas los auxilios divinos. Y así concilian los Padres comúnmente aquellos textos.

38. También puede responderse que el Redentor habla sólo de los primeros pasos de uno, y otro camino; de modo que el camino de la virtud en los principios es trabajoso, después fácil: al contrario, el del vicio fácil al principio, y después trabajoso. El contexto mismo da luz para esta inteligencia. Pues animando Cristo a los hombres a que sigan el camino de la virtud, parece que toda la dificultad pone en la [39] entrada: Intrate per angustam portam, dice en S. Mateo. Contendite intrare per angustam portam, pronuncia en S. Lucas; como si dijera: en la puerta, o entrada está toda la resistencia; y así, animaos, forcejad, batallad, contendite, para vencer la arduidad que hallaréis en la estrechez de la puerta.

39. Es así. Esta puerta es tan angosta, que se estrujan el recién convertido entre sus quicios, hasta exprimir tantos embebidos afectos. No sólo se rasga el cutis en la estrechura, mas aun se deja en ella despedazada la propia carne. Pero pasado este tránsito difícil, se va ensanchando poco a poco el camino, hasta dilatarse en florido, y espacioso valle:

Largior hic campos aether, & lumine vestit
Purpureo, Solemque suum sua sydera norunt.

40. La senda del vicio está organizada muy de otro modo, y se parece a un conducto, que, según los Naturalistas, tiene para su caverna el Ratón de la India. Este sagacísimo animal, sabiendo la ojeriza que con él tiene el Dragón, y conociendo la desigualdad de sus fuerzas para resistirle, se defiende de él, y le vence con la siguiente industria. Fabrica dos entradas a su cueva; la una angosta, y proporcionada a su cuerpo; la otra muy ancha en la superficie de la tierra, pero que se va poco a poco angostando de modo, que en la parte más profunda no es mayor la concavidad, que la que corresponde al cuerpo del Ratón. El uso es éste. Cuando se ve acosado de aquella bestia voraz este pequeño animalejo, huye a su cueva, entrándose por el conducto grande; y no dudando el Dragón de seguirle, se arroja al boquerón, que ve capaz de toda su corpulencia; pero como éste insensiblemente se va estrechando, necesariamente se sigue que la bestia quede cogida, y aprisionada en la estrechura, sin poder retroceder: lo cual conocido muy bien por el Ratón, sale por la otra puerta, y se venga en el Dragón muy a su gusto, haciéndole pasto de su apetito, y de su ira. [40]

41. El estratagema de este animalejo es puntualmente el mismo que practica con el hombre el demonio. Pónele el camino del vicio en la superficie muy ancho, conque no recela el mísero entrarse por él en seguimiento de la presa del deleite. Vase estrechando poco a poco el camino. De aquí aprieta un cuidado; de allí otro. Entre la dolencia, y la edad, que están muy llegadas una a otra, se van encogiendo los miembros, y perdiendo su uso. El miedo, la solicitud, el dolor, la pesadumbre aprietan cada vez más, hasta ponerle en tanto estrecho, que ni aun el alma, con ser espiritual, se puede revolver. Por este camino llega, en fin, el pecador a lo sumo de la angustia, a aquel infeliz estado, de donde es imposible el retroceso: Ubi nulla est redemptio, donde será eternamente pasto de aquella rabiosa sabandija, que nunca sacia, ni la voracidad, ni la saña: Mors depascet eos. Donde expone el Cardenal Hugo: Diabolus depascet eos.

42. Esta notable diferencia, y oposición que hay entre el camino de la virtud, y el del vicio no se ocultó aun a los mismos Gentiles: porque para este conocimiento basta la razón natural; y así pintó hermosamente Virgilio la distinción de una, y otra senda en estos versos:

Nam via virtutis dextrum petit ardua collem,
Difficilemque aditum primum spectantibus offert;
Sed requiem praebet fessis in vertice summo.
Molle ostentat iter via lata; sed ultima meta
Praecipitat captos, volvitque per ardua saxa.

43. Habiendo yo algún tiempo ha dictado la siguiente Carta a un Monje de mi Religión, para una hermana suya, persuadiéndola a que se hiciese Religiosa, con el motivo de representarle más conveniencias temporales dentro del claustro que en el siglo; me pareció conveniente ingerirla aquí porque pertenece al argumento que seguimos en este capítulo, y le esfuerza mucho. [41]

Carta
De un Religioso a una hermana suya,
exhortándola a que prefiriese el estado de Religiosa al de casada

«Otra vez, hermana mía, y con distinto modo vuelvo a combatir tu resistencia sobre el asunto que tantas veces lo ha sido de nuestras conversaciones; esto es, persuadirte a que abraces el estado Religioso. Ya hacía cuenta de que se me habían acabado las armas para esta empresa, pues no me sugirió razón alguna mi discurso, cuya eficacia no haya burlado, o tu agudeza, o tu indocilidad. Mas ahora me ha ocurrido usar de otras bien diferentes, y aun bien impropias, si se consulta la opinión común; pues dejando aparte las importancias de aquel estado, para llegar a nuestro último fin, he de tentar reducirte por el camino de la conveniencia temporal.

Ya me parece que te veo extrañar el intento, y aun darle el nombre de desvarío, como que esto sea lo mismo que querer que vueles al Cielo, sin apartarte de la Tierra, o que navegues al otro hemisferio, sin perder de vista la orilla. Dirás que no deben buscarse conveniencias temporales en la Religión; y que, aunque se busquen, no se hallan. A lo primero fácil, y brevemente satisfago, conque las que te propondré, así como lícitamente pueden gozarse, también sin delito pueden apetecerse; mayormente siendo de tal calidad que no perjudican, antes conducen a la vida espiritual. A lo segundo no niego que así se piensa comúnmente. Mas a la verdad, el mundo está tan ciego, que basta que sea el dictamen más válido, para ser el más errado.

No ignoro las espinas de la Religión, y las flores [42] del siglo. El error está en juzgar que aquellas son espinas sin flores, y éstas flores sin espinas. ¡Cuánto mayores asperezas encuentra la experiencia en las amenidades del mundo, que en los rigores del Claustro! ¡Oh si vieras las lágrimas de tantos infelices que las lloran! No quiero que consideres ahora aquellas, a quienes la bajeza del nacimiento, o la falta de industria, puso en el miserable estado de mendigar el sustento, o en el penoso afán de regar la tierra con su sudor. Atiende sólo a las mujeres de tu calidad, y de tus medios. ¿A qué parte volverás los ojos, donde no veas alguna que te los lastime con sus tragedias? Ésta gimiendo debajo de la opresión de un tirano, que transformó en esclava a su consorte: aquélla fugitiva de los furores de un celoso, buscando un rincón donde salvar la vida: la otra sufriendo los distraimientos de un perdido, en cuya compañía sólo ha hallado un hombre que la desprecie, sin que el discurso le ofrezca remedio para no sentirlo.

Dirás que éstas son pocas, y más razón hallas para contarte en lo venidero entre muchas dichosas, que entre pocas infelices: especialmente, cuando en las prendas que te adornan, tienes los instrumentos para domesticar un genio indócil, en caso que ese llegue a ser dueño de tu albedrío.

Muy engañada vives, y muy mal conoces la complexión del genio de los hombres, si fías tanto en tus atractivos. No es su condición apreciar lo precioso, sino lo raro. Sólo estiman lo que no poseen; y si les merece alguna atención la alhaja poseída, es sólo cuando la posesión no es segura. Mas llegando el caso de no poder enajenarla, como sucede en nuestro asunto, no sólo la miran sin cuidado, pero aun con tedio. La soberanía del matrimonio muy pocos días consiente los privilegios de la hermosura. Es prenda esta que con el tiempo se pierde; pero respecto del dueño de ella, mucho antes se pierde su estimación. [43]

Ni hay que fiar más en las prendas de la alma. Son éstas a la verdad de un temperamento más fuerte, y más proporcionado para conservar mucho tiempo su valor. ¿Mas qué importa, si en aquel comercio de las almas es el antojo quien pone precio a las cosas? Todo lo continuado enfada. No hace regalado al manjar lo dulce, sino lo exquisito. El plato más sabroso, muy repetido, engendra hastío. Aquél siempre que se le atraviesa en la imaginación al que posee de por vida, llena de mirra, y acibar lo mismo que goza. Nada tiene el hombre más incostante que el gusto. En su aprehensión mejora como mude, aunque mudando empeore. Resueltamente me atreveré a decir, que para hacer más durable su complacencia, le estaría bien a la discreta poder hacerse tonta, y a la hermosa transformarse en fea. La que tuviese jurisdicción sobre sus facciones de alma, y cuerpo, para mudarlas a su gusto, erigiría un tribunal ejecutivo de las deudas del cariño. Si el marido se tiene por discreto, a ti que lo eres, te mirará con ceño, como a quien le litiga, o le usurpa la prerrogativa de oráculo de la familia. Si no se imagina tal, aún estás más arriesgada a sus desvíos, considerándote un fiscal inevitable de sus desaciertos.

Supuesto, pues, que tus gracias no te conceden inmunidad contra los infortunios, tampoco debes lisonjearte sobre el corto número de las mujeres desdichadas. No son muchas, a la verdad, las que lo parecen. Menos aun las que se quejan. Pero esto consiste en que los sinsabores del matrimonio, en parte los oculta el rubor, y en parte la razón de estado. Tiene el tálamo mil linajes de disgustos, y muy agrios, para quienes la modestia aún no ha hallado voces. Creeme sobre mi palabra, ya que no permite descender a mucha individuación esta materia.

Pero en lo que se concede a las palabras, hallarás harto motivo a sus temores. Las aborrecidas, o [44] despreciadas de sus maridos son infinitas; y esto sin que nadie lo entienda, porque se interesa en el silencio el pundonor de uno, y otro consorte. En la mujer es más fuerte la razón del disimulo; porque aprehendiendo como la mayor ignominia ser objeto del desprecio, tiene por lo mismo quejarse de esa injuria, que publicar su propia afrenta. Ni aun en las mayores impaciencias violará el secreto; que para este intento tiene muy pronta la vergüenza a cortar las marchas de la ira.

Pero, ¡oh qué horrendo martirio es para una mujer padecer ultrajes de quien desea adoraciones! Esto, aun sin la experiencia, lo conocerás en ti misma como te registres el alma; sino es que en tu fábrica haya omitido la naturaleza una propiedad, que es casi esencia de ese sexo.

¿Ves, qué tan sensible es para una mujer verse aborrecida? Pues no lo es menos aborrecer. La circunstancia de aborrecido en el que es preciso venerar como dueño, hace la sujeción intolerable, especialmente en aquel género de dominio. Es fastidiosísimo, sobre cuanto se puede explicar, el íntimo comercio de aquel estado, para quien mira con desagrado al acreedor de sus condescendencias. La mujer en esta parte tiene mucho más que sufrir; porque más aprisionado el albedrío, no goza la libertad de templar el tedio de tan molesta compañía, haciendo algunas breves ausencias de su casa.

Pues, hermana mía, si te he de decir abiertamente lo que siento, muy pocas mujeres considero exentas de padecer por alguno de estos dos caminos. Haz reflexión sobre lo que arriba te llevo dicho, de la instable condición del gusto, de que en una continuada posesión, aun lo más precioso está expuesto al desprecio; y ajustada bien la cuenta, hallarás que en muy pocos consorcios se puede pronosticar sino una cortísima vida a las ternuras. Las rencillas de los vulgares nos ofrecen una prueba segura de esta verdad; [45] pues siendo así que tienen menos delicado el gusto, y por tanto menos arriesgado el afecto a morir del accidente del fastidio, según pueblan el aire de clamores, parece el vínculo que los liga, cadena que los molesta. Son fáciles de contar sus caricias, y no hay guarismo para las quejas. No presumas menos dolores en los nobles. Lloran más, y tienen más que llorar; pero sus lágrimas vuelven a caer sobre el corazón, porque varios respetos les cierran la salida de los ojos.

No me detendré en pintarte otras muchas desazones, de que pocos matrimonios se escapan; porque como más perceptibles, a nadie se esconden. Pero no deje de repasar tu memoria multitud de cuidados que tienen en continua tortura el corazón de una madre de familias. ¡Cuánto desconsuelo si no hay hijos! ¡Y cuánto afán si los hay! ¿Qué vigilancia basta para su buena educación? Si salen malos, ¿qué disgustos no ocasionan? Si son muchos, ¿qué congojas al pensar en el modo de darles estado a todos? ¿Qué dolor, si muere alguno? ¡Trabajosa fecundidad la de las madres! Pues los dos extremos opuestos de nacer, y morir los hijos, todo ha de ser a costa de sus dolores. Añade a esto la atención continua que pide el gobierno de la hacienda, y de la casa, las inquietudes de los pleitos, los atrasos domésticos. Y por decirlo en una palabra, si nos manifiesta el corazón una madre de familias, no habrá momento en que no le veamos atravesado de la espina de algún cuidado penetrante. Y especialmente en estos tiempos, en que el mundo se ha puesto de tan mal semblante, que no puede mirarse sin horror; y las lágrimas de este valle ya hechas diluvio, crecieron hasta inundar el más elevado monte: quiero decir, que el nacimiento más alto está sujeto a varios reveses de la fortuna, de cuyos insultos antes se juzgaba privilegiado.

Vuelve ahora al retiro de una Religión los ojos, [46] aunque no sea sino por descansarlos de la fatiga de mirar tantos objetos funestos. ¡Oh qué distinto teatro es éste! Hay aquí (no se puede negar) varias penalidades; pero tan proporcionadas a la flaqueza del sexo, que a la más débil le sobran fuerzas para el gravamen. El principal consiste en algunas horas de Coro, distribuidas de modo que no alteran las del sueño. Y aun esto no sé si lo llame trabajo; porque siendo la Oración vocal devoción, como innata a las mujeres, parece que Dios les ha colocado el mérito en lo que para ellas es gusto. En todo lo demás, las leyes tan moderadas, como dictadas por la prudencia, y administradas por la caridad. Este es un imperio donde reina el amor. Cuantas compañeras tuvieres, otras tantas hermanas tendrás, que en la aflicción te consuelen. La tranquilidad de ánimo conque se vive, es estimable sobre todos los tesoros de la tierra. ¿Y qué precio hay que pueda igualar aquella ociosidad de cuidados? Pues la particular no tiene que pensar, ni en la familia, ni en la hacienda, ni aun en el sustento propio. Toda la solicitud se la llevan Dios, y el alma. De aquí depende haber Conventos, donde las más de las Religiosas a porfía huyen de ser Preladas, no tanto por virtud, cuanto por conveniencia; porque saben que lo pasan mejor siendo súbditas.

¿Acaso te horrorizará una clausura continua? A esta dificultad no tendría que decirte, si consultase sólo a mi discurso; pero gracias a Dios que puedo usar de luces más sagradas para disipar esas sombras. Es casi increíble lo que voy a decirte. Habiendo frecuentado algún tiempo los Confesionarios de las Religiosas, ninguna hasta ahora, en la manifestación de su conciencia, me tocó la materia de clausura. A ninguna jamás oí ni el menor desconsuelo de padecerla, ni la más leve tentación de violarla. Esto en lo natural parece que no cabe; pero gasta Dios muy especiales atenciones con sus Esposas, suavizándoles, aunque [47] sea a costa de milagros, las prisiones en que le han sacrificado su libertad.

Casi lo mismo sucede en la observancia de otra obligación, no menos esencial, que en la aprehensión de los espíritus plebeyos trae achacosa la quietud interior de las Religiosas. Y es, que éstos, puesta siempre la mira en la villana condición de nuestra naturaleza, no tienen ojos para las maravillas de la gracia. ¡Notable error, no distinguir lo que pueden Dios, y el hombre, de lo que puede el hombre sólo! ¡Y gran temeridad aventurarse a adivinar qué producirá la tierra de que somos formados, sin hacer cuenta del beneficio del cultivo, y de los influjos del Cielo! ¿Qué importa lo frágil de nuestro ser, si quien hizo el todo de la nada, más fácilmente podrá transformar el barro en oro, y fabricar un diamante de un vidrio? La experiencia enseña, que en el Reino de la Gracia, no menos que en el Imperio de la Naturaleza, de materiales muy débiles forma Dios piedras preciosas muy duras.

Fuera de que no es menester recurrir a tan sagrado asilo para repeler la injusticia de sospecha tan villana. Dentro de lo natural sobran armas para la defensa: porque no es el temperamento de las mujeres, por lo común, cual estos rudos le imaginan: ni han llegado a los umbrales de la verdadera Filosofía los que juzgan su complexión tan vidriada. Si lo es en algunas, es porque con sus propios excesos la hicieron enfermiza. Así, que hay cierta especie de pasiones, en quienes quien nunca ha sido vencido, apenas tiene que vencer. Y aunque en lo general los vicios son hijos de las pasiones, se puede decir con alguna propiedad, que hay pasiones que son hijas de los mismos vicios. Ociosamente he dejado correr en este argumento la pluma, pues para ti es excusada la advertencia, y los ignorantes, a quienes reprehendo, no son capaces de entender lo que digo. [48]

Últimamente, para que acabes de formar concepto de lo que te está mejor, propondré a tu consideración una notable diferencia que hay entre uno, y otro estado, por lo que mira al placer de la vida; y es, que en el de la Religión siempre tu estimación ha de ir a más: en el del siglo siempre ha de ir a menos. Pesa bien esta desigualdad en la balanza de tu discurso. En el mundo, donde sólo es respetada la edad floreciente de tu sexo, así como fueres contando días, irás descontando adoraciones. ¡Oh con qué dolor verás cómo se va despintando tu belleza en el espejo, y al mismo paso le va faltando a ese ídolo el culto! Créeme, que no hay mujer que a sus solas no se queje amargamente del tiempo, siempre que contempla cómo le va robando poco a poco el mérito, y el aplauso. Experimentarás que el más obsequioso, el más fino, irá insensiblemente haciendo tránsito del cariño a la tibieza, de aquí al olvido, y últimamente al desprecio: que en aquella postrímera edad se les escasea a las mujeres aun el tributo de las urbanidades. Son miradas de los domésticos como embarazo de la casa; y de los extraños, como número inútil del Pueblo.

Al contrario en la Religión, irá creciendo tu veneración con la edad. En aquella República se mira con otros ojos el mérito de las mujeres. La hermosura, el donaire, el garbo, son alhajas de que no se hace aprecio; toda la estimación se guarda para la experiencia, la madurez, y el juicio. El nombre de anciana, que en el siglo se oye como injuria, en el claustro se escucha como lisonja. Al favor de las leyes, como se fueren multiplicando tus años, se irán aumentando tus prerrogativas. Y cuando llegues a aquella última porción inútil de la vida, atenderá cuidadosa la Religión a tu servicio, y consuelo, sin fatigarte con el peso de obligación alguna. De este modo, con ánimo tranquilo, y sereno, sin la inquietud del más leve [49] cuidado, irás disponiendo dulcemente tu viaje del tiempo a la eternidad.

Esto es, hermana mía, lo que se me ha ofrecido representarte, para el efecto de moverte a elegir lo mejor, en lo que tanto importa acertar. Ruégote que leas con atención este escrito; y bien que te sea molesto por su asunto, mírale con afecto, siquiera por ser un mensajero mudo de quien te quiere tanto. No deseo sino tu bien. Tu feliz suerte la cuento por una de las partes esenciales de mi dicha. Por eso solicito con tanto ardor que la conozcas, y la elijas; pero sin emplear otro medio que el de la persuasión, excusando aun el del ruego. Tanta abstracción pide el intento; pues no es capaz de otra fuerza que la que hicieren las razones. Son tan soberanos los fueros que goza el albedrío en la elección de estado, que los ofende aun la súplica. Sólo acometiendo a vencer el entendimiento, es lícito emprender la conquista de la voluntad. Este es un empeño sólo de mi razón con la tuya, quedándose perfectamente neutral el cariño; y así en mí hallarás siempre el mismo, que te rindas a mis sugestiones, que las repruebes; y aun acaso mayor, si una errada elección te hiciere poco feliz: que un sentimiento compasivo da más ternura al afecto. En fin, en todas fortunas, y en todos acontecimientos soy tuyo.»

Esta Carta hizo el efecto que se deseaba; y la Señora para quien se escribió, es hoy muy observante Religiosa en un Convento Cisterciense.

 

{Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, tomo primero (1726). Texto tomado de la edición de Madrid 1778 (por D. Joaquín Ibarra, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), tomo primero (nueva impresión, en la cual van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 19-49.}


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