Isidro Gomá Tomás 1869-1940 desde diciembre de 1935 Cardenal de la Iglesia de Roma

Isidro Gomá Tomás, Cardenal de la Iglesia de Roma Profesor, dirigente eclesiástico español, apologeta de la Hispanidad y máxima jerarquía eclesiástica durante la guerra civil española. Nació el 17 de agosto de 1869 en La Riba, pueblo de la provincia de Tarragona. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Tarragona y, una vez ordenado presbítero el 8 de junio de 1895, ejerció durante veinticinco años como profesor en esa institución, manteniendo a la par gran actividad literaria y eclesiástica. El papa Pío XI le preconizó el 20 de junio de 1927 como Obispo de Tarazona; y el 12 de abril de 1933 fue nombrado Arzobispo de Toledo y Primado de la iglesia española. El 12 de octubre de 1934 pronunció en el Teatro Colón de Buenos Aires el discurso conmemorativo de la Fiesta de la Raza: «Apología de la Hispanidad.» El 19 de diciembre de 1935 fue creado Cardenal de la Iglesia de Roma. El inicio de la guerra civil le sorprendió en Tarazona, de donde pasó a Navarra. Como Primado de España correspondió al Cardenal Gomá un importante protagonismo durante la guerra civil. En noviembre de 1936 interpretó como máxima autoridad de la iglesia española el sentido de la guerra en El caso de España, texto muy difundido por todo el mundo, sólo superado por la Carta colectiva del Espiscopado español, de la que fue principal redactor (y que fue suscrita por todos los obispos españoles excepto por dos, que expresamente no quisieron hacerlo: Vidal y Barraquer, cardenal de Tarragona, y Mateo Múgica, obispo de Vitoria). Además, entre diciembre de 1936 y octubre de 1937, fue representante confidencial y oficioso de la Santa Sede ante el Gobierno del general Franco. En julio de 1937 pronunció el discurso de la Ofrenda de España al Apóstol Santiago, ceremonia suprimida por la República en 1931 y restaurada ese año por un decreto del general Franco. Terminada la guerra fue el encargado de recibir la oración del Caudillo Franco, cuando ofrendó a Dios la espada vencedora, en la irrepetible ceremonia que tuvo lugar el 20 de mayo de 1939 en la iglesia de Santa Bárbara de Madrid. El Cardenal Gomá ordenó que tal espada vencedora fuera custodiada en el Tesoro de la Catedral Primada. Su principal preocupación al inicio de la postguerra fue la reorganización de la Acción Católica, para lo que buscó la colaboración des presbítero español que introdujo en Argentina, precisamente, la idea de la Hispanidad, Zacarías de Vizcarra. Pero su salud se había deteriorado mucho, y falleció en Toledo el 22 de agosto de 1940.

«Discurso del arzobispo Gomá el Día de la Raza en Buenos Aires. En la mañana del 13 de octubre, encontrándome yo en la redacción de La Época, preocupado en la ordenación de la carga de noticias que nos llegaban de Asturias, me anunciaron la visita de don Ramiro de Maeztu. Fue grande mi sorpresa. Nos veíamos todas las tardes en la tertulia de Acción Española, acudía yo a su casa cuando queríamos hablar con mayor reserva, pero nunca había ido a verme al periódico. Llegaba emocionado.
—¿Ha oído por la radio la crónica del Congreso Eucarístico de Buenos Aires?
No la había oído. A la vista de su interés y de su emoción, no me atreví a decirle que el aluvión de las graves noticias llegadas de Asturias me impedía prestar atención a lo que ocurriera en el Congreso que se estaba celebrando en Argentina.
Según me refirió Maeztu –embajador en aquel país algunos años antes–, el arzobispo de Toledo don Isidro Gomá y Tomás, en la conferencia que pronunció el Día de la Raza en el teatro Colón, de Buenos Aires, había mencionado varias veces a Maeztu e incluso citado párrafos de su libro La defensa de la Hispanidad, editado por nosotros (...) Me pidió don Ramiro un artículo, y, a pesar de estar absorbido por otras preocupaciones, recuerdo que lo escribí. He olvidado por completo su contenido, que sería, ciertamente, encomiástico para el ilustre amigo.
El discurso del prelado –aún no era cardenal– suscitó mi deseo de conocerle. A su regreso de América fui a Toledo con Maeztu y José Ignacio Escobar, en el coche de éste. Después de recibirnos con toda amabilidad le hablamos de Acción Española, de la que era lector, así como de nuestros ideales y preocupaciones. A partir de entonces, mantuvimos unas relaciones frecuentes e intensas, que perduraron hasta la muerte del cardenal. Guardo de tan extraordinaria figura intelectual y moral un recuerdo imborrable. En estas memorias quedará constancia de algunos de nuestros encuentros.» (Eugenio Vegas Latapie, Memorias políticas, Planeta, Barcelona 1983, pág. 224.)

«El orador. Era un teólogo en su oratoria, como era orador en su teología. Es esta faceta una de las más importantes de su personalidad. Orador en el estilo de su época –tan distinto del actual–, quizá grandilocuente, pero capaz de imponerse por el relieve que adquiría en su retórica la abundancia de las ideas, por el vigor y la gallardía en el decir. (...) Las fuentes estilísticas del cardenal son, con frecuencia, autores franceses, cuyas obras eran de frecuente consulta en nuestros Seminarios por las fechas en que recibió su formación escolástica el doctor Gomá. Pero su personalidad y sus posteriores lecturas –entre las que abundaron los clásicos españoles de espiritualidad y los más recientes representantes del pensamiento tradicional, Menéndez Pelayo y Maeztu, preferentemente– se fueron imponiendo hasta cuajar en un estilo propio, en el que destacó siempre la expresión brillante, la retórica de «gran gala».
Su cálida palabra llegó a hacerse casi insustituible en los congresos católicos de su tiempo.
En el teatro Colón de Buenos Aires, el 12 de octubre de 1934, pronunció su memorable discurso sobre la Hispanidad. Es una pieza oratoria impresionante, llena de erudición y entusiasmo.
«Quiso una feliz casualidad –escribía el diario bonaerense La Razón– que se hallase ese día entre nosotros, trayendo la representación de aquel lucido clero español evangelizador de un mundo, la brillante figura del primado de España, monseñor Gomá y Tomás, en quien parece encamar el verbo elocuente de la incomparable oratoria sagrada de la madre Patria.
»En congresos y conferencias de toda índole hemos oído, durante los últimos veinticinco años, a los más grandes dueños de la palabra, aun a estos grandes tribunos populares que encuentran en la sugestión colectiva de las masas el secreto de sus mejores triunfos. Sin embargo, su recuerdo palidece ante la palabra impregnada de sabiduría y de emoción del gran prelado español... Difícilmente puede hacerse gala en un discurso, que es síntesis forzada por la tiranía del tiempo, de una erudición tan clara, tan brillante, tan exacta como la que ayer se ha oído... »
Superando prejuicios, resquemores y torpezas de orden político, había escrito en las páginas de su discurso lo que la prensa argentina llamó «la encíclica de la Hispanidad». El cardenal, por su parte, se refería sencillamente a las razones de su presencia en la Argentina, en su pastoral El Congreso Eucarístico de Buenos Aires, escrita a bordo del vapor Madrid y fechada en alta mar el 2 de noviembre de 1934: (...). Bien me duele no poder desarrollar más este punto, toda vez que el discurso del teatro Colón fue no sólo actuación brillantísima del gran orador que era el doctor Gomá, sino el despliegue triunfal en América del primado de España, que proclamaba elocuentemente las grandes gestas de nuestra Patria impregnadas de espíritu católico.» (Anastasio Granados, El Cardenal Gomá, Primado de España, Espasa-Calpe, Madrid 1969, págs. 14-16.)

«La pastoral del Cardenal Gomá. El 8 de agosto de 1939 el Cardenal Gomá, arzobispo Primado de Toledo, publicó una carta Pastoral con el título de Lecciones de la Guerra y deberes de la Paz. Me llegó la pastoral por correo, enviada posiblemente por indicación del cardenal, pero no la leí en el momento. La prensa no comentó nada. Silencio absoluto. Tal vez el hecho hubiera pasado desapercibido pero, algún tiempo después apareció –y estoy convencido que de la pluma del cardenal– un artículo en su boletín: Un caso nuevo. Por él nos enteramos de la orden de prohibición absoluta de que la prensa reprodujera la carta del Primado.
El hecho me dejó sorprendidísimo; persona tan sensata como el cardenal, tan prudente, tan entusiasta de la causa nacional, era difícil encontrarla entre los obispos españoles. Él había sido el mayor valedor de la España nacional ante el Vaticano, el alma de la Pastoral colectiva que había mostrado al mundo la razón de nuestra guerra. Y ahora se veía censurado por las autoridades de un Estado que tanto le debía.
Cuando me llegó la protesta del cardenal, busqué su carta y la leí con toda atención. Era larga, cincuenta páginas. La doctrina me pareció excelente, contenía además grandes elogios de la España nacional, del ejército... No hallaba el menor motivo para la intervención de la censura. Era pura enseñanza católica. Podía ser duro perdonar al enemigo, pero es un deber de caridad. La naturaleza humana tal vez exija la venganza, mas Cristo murió en una Cruz dejándonos como regla el perdonar.
La releí con toda atención y sólo encontré estos párrafos al lado de otros verdaderamente admirables, que pudieran molestar a la censura totalitaria que entonces sufríamos.
«Pero hay formas de traducir este pensamiento y este hecho universal que tal vez desdigan del pensamiento cristiano sobre Dios y patria, y hasta de la idea cristiana del heroísmo y de la muerte. Una llama que arde continuamente en un sitio público, ante la tumba convencional del 'soldado desconocido', nos parece una cosa bella, pero pagana. Es símbolo de la inmortalidad, de la gratitud, inextinguible, de un ideal representado por la llama que sube, pero sin expresión de una idea sobrenatural. Un poema ditirámbico que se canta en loor de los 'caídos', con pupilas de estrellas y séquito de luceros, es bellísima ficción poética, que no pasa de la categoría literaria: ¿Por qué no hablar el clásico lenguaje de la fe, que es a un tiempo el clásico lenguaje español? Más cristiano es lo que hemos visto en las parroquias de Francia, en las que se ha esculpido en mármol el nombre de los feligreses que sucumbieron en la gran guerra, con los símbolos y fórmulas tradicionales de la plegaria cristiana por los difuntos.»
Era, evidentemente, una protesta contra la parafernalia nazifascista que rodeaba el culto a los 'caídos' que el cardenal entrecomillaba. Y también pudo molestar este otro párrafo:
«Se habla ahora del vértice y la verticalidad (había una revista de Falange que se llamaba Vértice, los sindicatos verticales...), en principios y procedimientos, como se habla de totalitarismos. Las palabras son nuevas, aunque se apliquen a otro orden, no lo son los hechos; porque en España Dios es el vértice de todo –legislación, ciencia, poesía, cultura nacional y costumbres populares– y desde su vértice divino bajaba al llano de las cosas humanas para saturarlas de su divina esencia y envolverlas en un totalitarismo divino, del que sólo podrán escapar las inevitables claudicaciones de la libertad individual.»
Estos párrafos, y toda la Pastoral, me parecieron de un contenido teológico y filosófico admirable. Pues la censura los debió encontrar tan subversivos –y la censura entonces era Serrano Suñer, Laín, Ridruejo, Tovar...– que prohibió hasta mencionar la existencia de la Pastoral. La protesta del cardenal me pareció también admirable. La publicó el Boletín Oficial de su Archidiócesis y también me la hizo llegar:

(Nota publicada en el Boletín del Arzobispado de Toledo
sobre la prohibición por la censura de una carta pastoral del primado.)
Un caso nuevo

Lo es el hecho de que en un Estado católico y por disposición gubernativa se prohíba «rigurosa y totalmente» la publicación de una Carta Pastoral de un Prelado de la Iglesia. Tal ha ocurrido con la últimamente publicada por nuestro Eminentísimo Cardenal Primado con el título de LECCIONES DE LA GUERRA Y DEBERES DE LA PAZ.
No quisimos creerlo hasta que se nos dio copia literal del telegrama circulante que, cursado por la jefatura de Prensa, imponía el veto a la divulgación del Documento; hasta que se nos han remitido, tachadas en su absoluta totalidad, las 44 galeradas de la Pastoral, ya compuesta para su publicación en un periódico de Madrid.
Contrasta en este caso el criterio de la censura civil con el de varios Sres. Obispos, maestros de la doctrina cristiana, que ya con anterioridad nos habían pedido centenares de ejemplares de la Carta para difundirla entre sus diocesanos; porque, nos decía uno de ellos, «considero que debería hacerse de la misma una gran tirada, a fin de que pudieran leerla todos los españoles». De «documento orientador de primera fuerza», se la califica en un Boletín Eclesiástico.
Respetuosos con toda autoridad, no hacemos comentario ninguno que forzosamente resultaría desedificante. Séanos lícito recordar en este punto la actuación de siempre en pro de la Patria de nuestro Eminentísimo Señor Cardenal y los incontables servicios que en los últimos años ha prestado al Estado, con la lealtad máxima, con la abnegación máxima, con el máximo esfuerzo. El hecho lamentable no ha de entibiar ni su amor ni sus actividades por España.
Con respecto a la Iglesia en España, su Eminencia nos autoriza para que digamos que en una de sus visitas a Su Santidad Pío XI, de feliz memoria, al agradecerle el gran Papa la información –cosi chiaria, cosi piena, cosi giusta– dada sobre los hechos de España, y al cotejar nuestra situación con la de otro país, añadía «La Iglesia en España, en estas difíciles circunstancias, ha tenido su hombre...».
Ignoramos motivos y trámites de la resolución gubernativa. Ni se nos ha prevenido ni nos ha sido notificada. Personalmente Su Eminencia lo disimula todo, lo perdona todo, lo olvida todo. Lo que no puede consentir, porque es depósito sacratísimo de la gloriosa Sede toledana, es que queden sin defensa los fueros de la autoridad magistral de un Prelado de esta Iglesia, puestos a lo menos en tela de juicio y ante sus mismos diocesanos por el hecho de un veto que conoce todo el mundo. Por ello nos permitimos recordar los siguientes puntos doctrinales, dejando que por su parte dé Su Eminencia al asunto el curso canónico correspondiente.
«Los Obispos, bajo la autoridad del Romano Pontífice, son verdaderos doctores o maestros» (Canon 1326). «Corresponde al Ordinario del lugar publicar en su diócesis cuanto atañe a la formación del pueblo en la doctrina cristiana» (Canon 1336).
«Hay en la fe católica un dogma, que vosotros habéis inscrito en la carta fundamental de vuestras organizaciones: es el dogma de la autoridad, sin el cual ni siquiera se concibe la vida católica» (Pío XI, Discurso a los jóvenes franceses, 1929).
«La obligación de reconocer la soberanía de Cristo implica, para la nación, la de reconocer los derechos de la Iglesia, Instituida por Cristo bajo la forma orgánica de una sociedad perfecta, la iglesia reclama, en virtud de este derecho original, que ella no puede abdicar, con respecto a los poderes civiles, una plena libertad y una completa independencia» (Pío XI, Quas primas).
«El Estado tiene la misión de proteger la verdadera religión y de favorecer su actividad bienhechora, dejándola su entera independencia» (León XIII, Libertas).
«La Iglesia no puede aceptar una situación que sea contraria a su honor y a su libertad; por otra parte, importa mucho a la prosperidad de la misma sociedad civil que la Iglesia quede libre de toda acometida» (Pío XI, Ubi arcano).
«La Iglesia se guarda bien de mezclarse o enrolarse en los negocios civiles y políticos; para los obreros del Evangelio y para los fieles no quiere más que el derecho común, la seguridad y la libertad» (Pío XI, Carta Ab Ipsis, 15 junio 1926).
«La Iglesia cuenta esencialmente para su obra de santificación de los hombres sobre la asistencia de Cristo y sobre la gracia del Espíritu Santo, no sobre los humanos recursos» (Pío XI, Ubi arcano).
«La Iglesia goza del único verdadero poder eficaz para extirpar de la vida social, de la familia y de la sociedad civil la plaga del materialismo, de hacer penetrar en los espíritus, es decir, en las almas inmortales, la doctrina cristiana, muy superior a la filosofía» (Ibid).
«Para resolver las cuestiones sociales y políticas en conformidad con la justicia, más que los estudios, las experiencias y las medidas que se tomen, por laudables que sean, vale la fe cristiana, que despierta en el alma del pueblo el sentimiento del deber y le da valor para cumplirlo» (León XIII, Praeclara gratulationis).
«Son muchos los que buscan ordenar la vida social fuera de las doctrinas de la Iglesia católica. Y en estos últimos tiempos comienza a prevalecer y a dominar en todas partes lo que se llama el 'derecho nuevo', que se pretende que sea el fruto de una edad adulta y el producto de una libertad progresiva. Pero a despecho de tantos ensayos, es un hecho que para constituir y gobernar un Estado no hay sistema como el que resulta de la expansión espontánea de la doctrina evangélica» (León XIII, Inmortale Dei).
Por todo ello, y por encargo expreso del venerado autor de la Carta Pastoral publicada con fecha de 8 de Agosto del año corriente en este BOLETIN OFICIAL ECLESIÁSTICO, hacemos constar que Su Eminencia se ratifica en todos sus puntos en el contenido de la misma Carta, deseando que el aprovechamiento espiritual de los fieles corresponda a la intención y a los votos que formuló al redactarla. La Dirección.
(Eugenio Vegas Latapie, La frustración en la Victoria. Memorias políticas 1938-1942, Actas, Madrid 1995, páginas 159-161 y 484-485.)

«Mas como la prohibición de la pastoral había trascendido, en el Boletín Oficial del Arzobispado de fecha 15 de octubre de 1939 se publicó un editorial titulado 'Un caso nuevo' que, aunque firmado por la Dirección, puedo decir ahora que fue redactado por el propio cardenal.» (Anastasio Granados, El Cardenal Gomá, Primado de España, Espasa-Calpe, Madrid 1969, pág. 233.)

 
Bibliografía de Isidro Gomá Tomás:

  • 1934 Apología de la Hispanidad (Discurso pronunciado en el Teatro «Colón», de Buenos Aires, el día 12 de octubre de 1934, en la velada conmemorativa del «Día de la Raza»). • Publicado en la revista Acción Española (dirigida por Ramiro de Maeztu), número 64-65, 1 de noviembre de 1934, páginas 193-230. [Empieza: «Nunca, en funciones de orador...»] • Incorporado como Epílogo a la segunda edición (enero 1935) de Defensa de la Hispanidad, de Ramiro de Maeztu (quien dedicó esa segunda edición al Arzobispo Gomá, diciembre 1934). [Empieza: «De cierto os digo que nunca, en funciones de orador...»] • Incorporado como Apéndice a la tercera edición [y posteriores] de Defensa de la Hispanidad, de Ramiro de Maeztu (Valladolid 1938, págs. 307-358, componiéndose el texto a partir del publicado en la revista Acción Española, con algunas sustituciones tipográficas y la ausencia por error de tres líneas en las páginas 312, 318 y 323; erratas que heredaron otras reediciones; por ejemplo, la siguiente frase incompleta de 1938: «Cuando España, el día del Pilar de 1492, abordaba en las playas de San Salvador, no sabe que tiene a uno y otro lado de sus naves diez mil kilómetros cuadrados» es, en realidad: «Cuando España, el día del Pilar de 1492, abordaba en las playas de San Salvador, no sabe que tiene a uno y otro lado de sus naves diez mil kilómetros de costa y un continente con cuarenta millones de kilómetros cuadrados»).
  • 1936 El caso de España (instrucción a sus diocesanos y respuesta a unas consultas sobre la guerra civil), Pamplona 1936, 24 págs.
Sobre Isidro Gomá Tomás:
  • 1965 Francisco Gutiérrez Lasanta, Pbro., Tres cardenales hispánicos: Gomá, Benlloch, Tedeschini, y un obispo hispanizante: Zacarías de Vizcarra, Talleres Editoriales de «El Noticiero», Zaragoza 1965, 323 págs.
  • 1969 Anastasio Granados García [Obispo vicario general de Toledo, secretario particular de Gomá durante los últimos cinco años de su vida], El Cardenal Gomá. Primado de España, Espasa-Calpe, Madrid 1969, 434 págs. (Desde la página 275, apéndices con textos de Gomá.)
Sobre Isidro Gomá Tomás en el Proyecto filosofía en español:Textos de Isidro Gomá Tomás en el Proyecto filosofía en español:
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