Ideólogos, teorizantes y videntes [1922]   Santiago Valentí Camp (1875-1934)

Enrique Bergson

El nombre de este filósofo francés es bastante conocido en España; acaso no podría decirse lo propio de su obra, pues, no obstante haber sido traducidos al castellano casi todos sus libros, no alcanzaron el éxito que era de esperar, dada la fama del autor.

Entre nosotros quien primero se ocupó del pensamiento bergsoniano fue el nunca bastante llorado Leopoldo Alas. Con aquella sagacidad que caracterizaba su profundo sentido crítico, Clarín, al aparecer en la Bibliotéque de Philosophie Contemporaine, de París, hacia 1895, la tesis doctoral de Bergson intitulada Essai sur les données inmédiates de la conscience, hacía notar, en las explicaciones en su cátedra de Oviedo, lo que, a su juicio, representaba la orientación marcada por el entonces joven filósofo francés. Por aquellos años atravesaba Clarín una aguda crisis espiritual, y entre los pensadores que más influyeran en determinar la reacción antipositivista que experimentara el autor de La Regenta, uno de ellos fue Bergson. Al sentir Alas los efluvios del nuevo idealismo, hubo de fijarse, principalmente en William James, Cohen, Africano Spir y Henri Bergson, y así hablaba con entusiasmo de las nuevas corrientes psicológicas, que tendían a restaurar lo esotérico de las concepciones de la existencia.

El neo-espiritualismo fue recibido en España con una gran reserva y casi con hostilidad. Todavía recordamos que el curso de conferencias que diera Clarín, pocos años antes de su fallecimiento, en el Ateneo de Madrid, fue considerado como un fracaso por una parte de la intelectualidad, la que más se agitaba y la que, a la postre, decidía de los éxitos. [312]

En estos momentos en que la obra de Bergson ha obtenido resonante triunfo en el mismo Ateneo y en que la élite de nuestros intelectuales acaba de aclamar al insigne autor de Matiére et mémoire, no porque acepte el contenido ideológico entero del maestro, sino por mera y baja imitación, conviene recordar que Clarín, anticipándose cerca de cuatro lustros a la crítica francesa, diose exacta cuenta de la eficacia que habría de revestir la llamada filosofía de la discontinuidad, de la que fueron tipos representativos en la nación vecina Carlos Renouvier, primero, y Emilio Boutroux, después. Bergson, que en cierto respecto es discípulo de Boutroux, ha conseguido aún mayor notoriedad que su maestro y amplió considerablemente los horizontes de esta doctrina, aportando un sinnúmero de puntos de vista y de aspectos completamente nuevos y personales, pudiéndosele considerar en la actualidad como el pensador que más notoria influencia ha ejercido en el psiquismo de la juventud de la tercera República.

El ruidoso éxito conseguido por Enrique Bergson en la última década, débese, indudablemente, más que a sus cualidades de teorizante, a sus dotes de expositor admirable. Pocos publicistas de nuestro tiempo han poseído como Bergson el arte de atraer la atención del público ilustrado. Sin embargo, es difícil de explicarse el influjo que ha logrado ejercer entre los elementos selectos de la opinión, porque es de los escritores que menos concesiones hacen al auditorio. Su triunfo débese, quizás, a que los análisis agudos y penetrantes que se advierten lo mismo en sus disertaciones que en sus libros, han logrado despertar los anhelos en muchos espíritus adormecidos, en quienes la inquietud no se había hecho consciente.

En muchas ocasiones ha promovido Bergson en el lector y en el oyente deseos y aspiraciones que, por lo mismo que eran recónditos, no podían convertirse en impulso. No cabe, pues, negar, porque ello constituiría una injusticia imperdonable, que Bergson, sin pretenderlo, es más, rehuyendo la vulgarización, ha sido, no ya en Francia, sino en Europa entera, el filósofo que más ha contribuido a difundir los postulados del credo pragmatista.

Otro fenómeno curioso y difícil de explicar ofrece [313] la popularidad alcanzada por Bergson, y es que no puede reputársele como un pensador diáfano y fácil de comprender. No obstante, con sus cursos de conferencias en el Colegio de Francia, logró un éxito jamás registrado en aquel Centro docente, pues llegó a superar al que obtuvo en sus buenos tiempos, Ernesto Renán. Acaso el secreto de la celebridad de Bergson hayamos de buscarlo en que produce en quienes le leen una poderosísima sugestión: primero sorprende y luego, encadena el ánimo de quienes siguen su proceso discursivo. La atracción de su fraseología brillante, es verdaderamente irresistible, y aun cuando en determinadas ocasiones, muchísimas, la disconformidad entre el lector y el maestro, sea completa, su estilo impecable, triunfa y se impone, aun al espíritu crítico más irreductible. Puede, aunque de lejos, paragonarse la labor de Bergson con la de Emerson, si bien el filósofo yanqui es todavía más amable que Bergson y ejerce un mayor hechizo por su espontaneidad. En cambio, la potencialidad discursiva del autor de L'Evolution Creatrice es más vigorosa.

Enrique Bergson se halla en estos instantes en la madurez de su privilegiado intelecto; pues cuenta 63 años, habiendo nacido en París en 1859. Su carrera ofrece singular interés, porque no siguió una senda única, sino que marchó por cauces desiguales. En un principio ingresó como profesor en el Liceo de Enrique IV, donde preparó a un sinnúmero de alumnos para el ingreso en la Escuela Normal Superior. Dos generaciones de educandos pasaron por su aula y a su esfuerzo se debe no poco, del sentido ciudadano y aristocrático, que actualmente poseen los profesores normalistas. Antes, entre los jóvenes que seguían la carrera del Magisterio en Francia, había una cierta prevención por los estudios filosóficos, tal vez porque ello exigía una mayor disciplina mental de la que eran capaces los futuros maestros.

Pero es indudable, que, merced a Bergson, fue desapareciendo la hostilidad de la juventud estudiosa hacia la Filosofía.

Más tarde, al ser nombrado Bergson profesor de la Escuela Normal Superior, su acción cerca de los escolares fue decisiva; más que iniciarles en los estudios filosóficos, aguzaba su intuición, familiarizándoles con los [314] grandes problemas del pensamiento y de la conciencia. Sin embargo, hasta 1900 el prestigio de Bergson podría decirse que era principalmente didáctico: el pedagogo aun obscurecía al filósofo. También hubo de contribuir eficazmente a la expansión de la doctrina de Bergson, su acceso a la Academia de Ciencias Morales y Políticas en 1901.

Sus lecciones en el Colegio de Francia no tardaron en granjearle la simpatía del gran público elegante, pues era aquel el punto de reunión de la aristocracia de los blasones y del dinero y de las clases llamadas directoras. Las damas más distinguidas, la buena sociedad, todo el París cosmopolita y la gente frívola, acudían a aplaudir las disertaciones de Bergson, sintiéndose todos maravillados ante las disquisiciones del maestro, quien, con una serenidad imperturbable, bosquejaba los problemas de mayor entidad, empleando comparaciones admirables por lo ingeniosas y huyendo de los procesos dialécticos, buscaba en las imágenes y en las frases metafóricas, el medio de dar plasticidad a los conceptos más inextricables.

Otro de los grandes éxitos, y quizá el definitivo, de Enrique Bergson fue su ingreso en la Academia, que, como se recordará, fue considerado como un acontecimiento, no sólo entre sus discípulos, sino entre sus nuevos admiradores del público mundano que va siempre en busca de emociones refinadas y que necesita un ídolo a quien adorar. Estos elementos quizás vieran en Bergson al nuevo paladín de una causa para ellos santa y supusieron que podía ser un formidable contradictor del cientificismo, y creyeron, por lo tanto, que el neoespiritualismo iba a representar en Francia, la resurrección de los ideales cristianos que parecían esfumados en la conciencia colectiva.

A diferencia de muchos de los filósofos contemporáneos que sintieron la necesidad de aportar su esfuerzo para contribuir a la solución de los problemas llamados palpitantes, Bergson, en vez de prodigarse, prefirió concentrar su atención en un número reducido de temas. No llegan a seis los trabajos que ha publicado. El que inauguró su vida de escritor lleva por título, Essais sur les données inmediates de la conscience y apareció en 1889. Sirvióle este estudio de tesis para obtener el [315] grado de doctor. La crítica consideró esta Memoria como una admirable contribución que desde el punto de vista psicológico, no tiene antecedentes en la historia del pensamiento contemporáneo. Con gran penetración, expone Bergson en este trabajo, la intensidad de los llamados estados psicológicos, analizando la multiplicidad de los estados de conciencia y la idea de la duración, y por último, se ocupa de la organización de estos estados de conciencia, dando un concepto original de la libertad. Este libro proporcionó a Bergson un legítimo triunfo, pues no sólo en Francia, sino en los principales países de Europa, sobre todo en los grandes centros de cultura, alcanzó la estimación de cuantas se dedican a los estudios de alta especulación.

En 1897 publicó el volumen Matiére et memoire, notable ensayo acerca de la relación entre el cuerpo y el espíritu. Este libro es acaso el más claro de todos los producidos por Bergson y el que tiene un mayor valor objetivo. No obstante, la tendencia metafísica que en diversos capítulos se advierte, la labor analítica triunfa de la disquisición. De esta obra existe una muy discreta versión castellana, debida al profesor Martín Navarro Flores.

En 1900 vio la luz Le Rire, que mereció de los discípulos de Bergson una acogida más entusiasta aún que las obras anteriores. Por aquel tiempo, la fama del filósofo francés ya se había cimentado definitivamente y su doctrina había irradiado por todos los centros de laborantismo intelectual de Europa y de los Estados Unidos. En Le Rire la personalidad de su autor adquiere un mayor relieve y podría decirse que el teorizante y el crítico se compenetran. Junto a los profundos, y algunas veces certeros, estudios analíticos, el pensador especula con serenidad y aborda con ingenio los temas psicológicos de mayor transcendencia. El motivo principal del libro trátalo Bergson con gran competencia, haciendo un verdadero derroche de imágenes sorprendentes, de una belleza no superada, y revelando su absoluto dominio del estilo metafórico.

L'Evolution Créatrice, publicado en 1907, obtuvo también un éxito extraordinario y fue como una revelación para algunos núcleos de la intelectualidad francesa que seguían afiliados a la escuela de Teódulo Ribot y habían [316] hasta entonces acogido los libros de Bergson con cierta frialdad. L'Evolution Créatrice motivó controversias, polémicas y juicios encontradísimos. Al lado de panegíricos calurosos, aparecieron críticas acerbas y casi implacables. Desde entonces, se han escrito acerca de este libro un sinnúmero de ensayos, artículos y volúmenes. Tal vez, hecha excepción de la de Nietzsche, ninguna otra doctrina filosófica contemporánea, ha sido objeto de tantos y tan interesantes estudios críticos y ningún otro autor haya merecido tantas semblanzas y perfiles biográficos. Lo fundamental de los principios sustentados por Bergson, ha sido aplicado por alguno de sus discípulos no sólo a la literatura y la Historia, sino también a la Política y la acción social.

Como dato algo desconcertante para la Historia crítica de la Filosofía actual, merece registrarse el hecho de que, tanto entre los que han ensalzado a Bergson como los que han censurado su doctrina, figuran personalidades pertenecientes a las más distintas escuelas filosóficas y a los más diversos partidos políticos. No obstante, examinando a fondo la doctrina de Bergson, se comprende que los caracteres audaces elogiaran al autor de Matiére et Memoire, porque, en realidad, Bergson, en cierto respecto, ha llevado a cabo una obra de transformación, ya que, con un criterio innovador, desbrozó no pocos de los prejuicios que existen en la órbita de los hábitos psicológicos. A su espíritu sutilísimo, deberá la cultura de nuestro tiempo, fórmulas hasta ahora ignoradas y una precisión y exactitud prodigiosas, para expresar en términos sencillos, imágenes dinámicas, que hacen asequibles a la muchedumbre ilustrada cuestiones que, con la fraseología propia de los filósofos neohegelianos, exigen una interpretación que suele ser siempre difícil.

Bergson, en varias de sus conversaciones, hizo una defensa vehementísima del sistema por él seguido, que consiste en despertar en el lector o en el oyente las inquietudes de espíritu, las dudas, las zozobras, la inestabilidad de los juicios y el continuo fluir de las ideas, en las mentes cultivadas y en aquellos cuyo yo íntimo no ha sido falseado por la sistematización farragosa. Sea cual fuere la valoración que se dé a la concepción del universo, de la vida, de la sociedad y del individuo, no puede negarse el mérito altísimo de la labor de [317] Bergson, que siempre ha procurado que aflorase a la superficie el ego profundo que existe soterrado por una serie de superposiciones en el individuo y en la colectividad. En Bergson, la reflexión, en vez de enquistar su espíritu, lo ha hecho sobredinámico y es que, por encima de todo, el filósofo francés es un rebuscador y un disector del alma humana y su mayor preocupación, quizá la única, es la intensificación del esfuerzo consciente. Por esto, sin duda, apenas le interesa la extensión de los conocimientos. En Moral y en Estética el pensamiento bergsoniano, ha alcanzado una transcendencia que sería pueril pretender aminorar. La Ética, en sentir de gran teorizante, es más que probable que conserve un fondo de religiosidad. Claro es que entendida en un sentido amplísimo, nunca encuadra en un credo determinado.

Dijo Bergson en una entrevista que tuvo en marzo de 1916 con el reputado cronista, Corpus Barga, que «sería de desear que los grandes artistas se ocuparan de Estética, pero sucede que los genios del arte prefieren producir a estudiar el proceso de su producción. En tales condiciones, corresponde a los filósofos tomar en sus manos los estudios estéticos. Como son ellos mismos escritores, las obras de éstos les proveen, naturalmente, de la mejor materia de estudio estético. Por ejemplo: yo considero como muy fecundos los estudios de los filósofos españoles sobre el Quijote.»

Bergson cree que el filósofo no tiene necesidad de emplear un vocabulario distinto del literato y que con las palabras corrientes, puede expresar las ideas. Como todo escritor, el filósofo no debe proponerse escribir, o sea ensamblar artificialmente palabras, sino que únicamente debe preocuparse de ver. Si realmente ha visto, las expresiones acuden de un modo espontáneo a su memoria, y en número tan grande que no existe otra dificultad que la elección. Pero para ver hay que dejar de lado las ideas y las locuciones hechas. De ahí, que para escribir bien, sea preciso, primero, desaprender y olvidar, y luego mirar y ver. Saliendo al paso a los críticos que le reprochaban que emplease las imágenes para expresar su pensamiento, afirmaba Bergson: «las palabras abstractas suelen ser antiguas imágenes, muertas y secas. Ello no quiere decir, sin embargo, que la imagen [318] tenga un mayor valor que la abstracción, sino que es preciso emplear una y otra.»

Bergson no es, propiamente, un hispanófilo, pero tiene una gran simpatía intelectual y cordial por el movimiento de las ideas en España. Admira a nuestros místicos y conoce a fondo las actuales direcciones de nuestra producción, especialmente a Unamuno, Ortega y Gasset y Manuel García Morente. Aunque dice no dominar el castellano, lo lee con bastante corrección.

Al estallar la guerra europea, ocupaba Bergson la presidencia de la Academia de Ciencias Morales y Políticas, de París, y en la solemne sesión celebrada en 12 de Diciembre de 1914, pronunció un discurso, admirable, como todos los suyos, del que entresacamos el siguiente párrafo: «Se ha dicho que la última palabra de la Filosofía era comprender y no indignarse. No sé, pero si tuviese que escoger, preferiría, delante del crimen, indignarme y no comprender.»

En los años terribles de la epopeya, Bergson, como Boutroux y otras grandes figuras de la mentalidad de la nación vecina, fueron considerados como los propulsores de la nueva Francia. Efectivamente, en varios de sus artículos de revista y en sus conferencias, no dejó Bergson de estimular el alma de su país, incitándole a la defensa. En este sentido, el patriota se impuso al ideólogo. Después de todo, este mismo fenómeno se advirtió en todos los países beligerantes, y la conducta de Bergson y de sus colegas, los sabios y los teorizantes, de Francia, fue una gallarda y noble respuesta a la actitud de los universitarios alemanes.

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Santiago Valentí Camp Ideólogos, teorizantes y videntes
Minerva, Barcelona 1922, páginas 311-318