Ideólogos, teorizantes y videntes [1922]   Santiago Valentí Camp (1875-1934)

Emilio Boutroux

Analizando el pensamiento francés del último cuarto del siglo pasado en el que Fouillée, Guyau, Teódulo Ribot, Payot, Arreat, Paulhan, Dugas, Queyrat y otros publicistas, tanto contribuyeran a la sistematización de la corriente filosófico experimentalista, adviértese que, paralelamente a esta dirección, existía un movimiento neoespiritualista que en un principio encarnó Carlos Renouvier, contribuyendo luego al incremento que alcanzó tal escuela Emilio Boutroux, que fue considerado, no sin motivo, como el más genuino tipo representativo de la Universidad de Francia, por haber vinculado en su personalidad, de una parte, el espíritu comprensivo, a la sutileza en la analítica de los sentimientos y una cultura variada y extensísima y de otra, una gran potencia escrutadora y un arte realmente sorprendente para exponer en prosa fácil y nítida, los problemas filosóficos y científicos de nuestra época.

Boutroux era un enamorado del método, de la exactitud; de suerte que jamás se dejó llevar por las exaltaciones. No obstante ser un ideólogo, quizá más que un pensador, y haber propugnado las soluciones del nuevo idealismo, ni en sus libros ni en su labor docente obsérvanse altibajos. Aunque parezca paradójico, el panegirista de la discontinuidad reveló siempre, lo mismo en sus tareas didácticas que en todos sus libros, una continuidad de esfuerzo verdaderamente admirable. Substrayéndose constantemente a las crisis, fiel a lo que constituyó su principio fundamental, fue desarrollando con extraordinaria energía su concepción teórica, estructurando en los menores detalles el concepto de lo [320] discontinuo y dedicando su atención, principalmente, hacia las pequeñas diferencias.

Boutroux comenzó su apostolado en instantes en que la idealidad francesa atravesaba un período un poco difícil. Hacía falta, era indispensable, ampliar el campo de la visión especulativa, sacudir la modorra, vigorizar el psiquismo, oreando el ambiente intelectual y llevando a Francia el contenido del pensamiento de otras naciones. Su influencia en la actividad mental de la tercera República, fue, indudablemente, fecunda, porque consiguió injertar en la tradición filosófica francesa la nueva savia de la cultura tudesca. En este sentido, no puede desconocerse el valor renovador que representó la actuación docente y literaria del insigne profesor francés. Hecha excepción, de Teódulo Ribot y acaso de Gustavo Le Bon y Alfredo Fouillée, no existe en la nación vecina quien pueda ser colocado al lado del egregio autor de la obra De la idea de ley natural.

Esteban Emilio Boutroux nació en Montrouge (Sena) en 28 de Junio de 1845, ingresando muy joven en la Escuela Normal de París, en donde bien pronto hubo de distinguirse como uno de los alumnos más inteligentes y que se hallaban mejor dispuestas para la enseñanza. Una vez terminados sus estudios, siguiendo los consejos de su maestro Lachelier, que, como es sabido, fue uno de los más entusiastas propagandistas de la escuela Kantiana, Boutroux se dirigió a Heidelberg, donde, bajo la dirección del célebre Eduardo Zëller, estudió concienzudísimamente la cultura griega. En 1876, de regreso a su país, fue nombrado profesor de Filosofía en la Universidad de Montpellier. Después pasó a Nancy y en 1877 se le confió la cátedra de Historia de la Filosofía en la Escuela Normal de aquella ciudad, pasando en 1888 a desempeñar en la Sorbona la propia cátedra.

Boutroux formó tres generaciones de escolares y aun puede decirse se honran con el título de discípulos suyos publicistas tan eminentes como Durkheim, Bergson, Delbos, Lévy-Brühl y tantos otros hombres esclarecidos, que conquistaron en la cátedra, el libro y la tribuna parlamentaria, un lugar distinguido. En la esfera del pensamiento, afilióse Boutroux, desde la mocedad a la escuela criticista, siendo un gran admirador de Kant. Ya en sus primeros libros obsérvase que se [321] propuso dar nueva vida a la doctrina de Maine de Biran y de Renouvier. Su tendencia a considerar la metafísica como una necesidad de la conciencia intelectual, llevóle a dedicar una gran parte de sus estudios al libre albedrío y el problema de la ley de causalidad, en sus diversas formas, ha sido una de sus preocupaciones. Principalmente fijóse en el examen de este problema, demostrando cuán lejos se halla el pensador de descubrir la perfecta ejecución de dicha ley, cuando se concibe bajo la forma rigurosa o se le aplica la concepción mecánica del Universo.

Boutroux coincide en algunos respectos con Augusto Comte, cuando el fundador del positivismo acentuaba la disconformidad de los principios al pasar de una disciplina científica a otra. Como obra psicológica, son dignos de pasar a la posteridad los análisis en que Boutroux prueba que nuestra libertad es la causalidad y que aquella no se puede probar de un miedo inmediato, sino que halla su manifestación en el proceso de la conducta humana, siempre que el individuo se substrae al hábito.

En 1874 en el volumen intitulado de De la contingence des lois de la Nature, comenzó Boutroux a plantear esta transcendental cuestión que no ha dejado de estudiar en otros de sus libros más conocidos. De este notable libro existe una versión castellana debida a Diego Ruiz. Es un volumen que debieran haber leído cuantos españoles aspiren a desentrañar lo que significa la contingencia en la vida del Universo.

En el propio año de 1874 vio la luz el estudio, escrito en latín, De veritatibus aeternis apud Cartesium, su tesis doctoral. Al año siguiente apareció La Gréce vaincue et les premiers stoiciens, obra que refleja claramente el gran dominio que tenía Boutroux de la mentalidad griega. En este sentido, su labor, aunque más modesta, puede ser comparada a la de Gompers. En 1880 publicó La Monadologie de Leibnitz, estudio muy substancioso que en Alemania fue elogiadísimo, especialmente por Luis Stein, en su libro Leibniz und Spinoza. En 1883 apareció su otro libro dedicado a estudiar el pensamiento heleno y que se titula Socrate fondateur de la science morale, con el cual cerró sus ensayos acerca de la filosofía de Grecia. En 1886 en el volumen Les nouveaux essais de Leibnitz, insistió en algunos de los puntos de mira [322] que sustentara anteriormente. En 1888 publicó Le Philosophe allemand Jacob Böhme, haciendo un completo estudio de aquel místico y teósofo, a quien se conoce con el nombre de philósophus teutónicus. En 1895 sintió Boutroux la exigencia espiritual de reunir sus observaciones y experiencias como pedagogo, condensando su propia manera de ver acerca de las relaciones que deben existir entre la función del maestro y los principios de la ética en el volumen Questions de Morale et d'education. Este es indudablemente, uno de los trabajos en que Boutroux logró encuadrar más cumplidamente su pensamiento teorético, acomodándolo a las imperativas necesidades del magisterio. Los jóvenes que han cursado en las Universidades y aun en algunos Liceos deben a los prudentes y acertados consejos de Boutroux, una dirección certera para poder cumplir su misión, salvando los escollos que muchas veces hacen ineficaz la labor altruísta de los educadores.

Boutroux ha contribuido tanto como Henri Marión, el gran psicólogo de la mujer francesa, a forjar el alma de los profesores de la tercera República, y, aun aquellos que parecen desdeñar el sentido metafísico, declaran noblemente que el anciano profesor y publicista francés es acreedor al respeto y a la admiración de todos los espíritus nobles que suspiran por un porvenir mejor.

Uno de los conceptos de la doctrina de Boutroux, que han sido objeto de más prolijo examen es el de considerar el libre desenvolvimiento por formaciones nuevas como lo que hay verdaderamente digno de operación y eficacia en la existencia propiamente dicha. El filósofo francés agrega que las formas y leyes constantes sólo son, en puridad, lo que se llaman resultados. Esta viene a ser la tesis fundamental que desenvolvió en su obra De l'idée de la loi naturelle dans la science et la philosophie (1895). Cuando Boutroux concibió este libro aún no había aparecido el titulado Especies y Variedades, en el que Hugo de Vries expuso su teoría de las mutaciones súbitas. Hizo resaltar además, Boutroux, otro principio acerca de la constancia de los procesos de la naturaleza, afirmando que las denominadas leyes de la naturaleza, bajo el aspecto de la teoría del conocimiento, son el conjunto de métodos que hemos hallado para asimilar las cosas a nuestro intelecto, tendiendo a [323] ajustarlas al cumplimiento de nuestras voluntades. Dice Höffding que Boutroux se aproxima en sus observaciones a la denominada teoría económica del conocimiento. No llegó el profesor francés a desarrollar por completo su concepción teórica, porque, de seguir el método comenzado, habría tal vez adquirido la convicción de que el caso, que interpretó como la expresión de la libertad, tan sólo, en sentir del crítico danés, designa una limitación negativa de las tareas del investigador y en ningún caso puede considerarse tal limitación como definitiva, sino que se debe a la escasez de medios o a lo limitado de la visión para conseguir inducciones certeras.

Boutroux fue un ideólogo insigne, una mente cultivadísima y un expositor realmente notable, pero como pensador no cabe negar que incurrió en el grave error de la uniteralidad. Por esto, partiendo de premisas verdaderas, llega a veces a conclusiones que la crítica estima arbitrarias y precipitadas. Su doctrina de la discontinuidad se ha convertido en un principio dogmático, por haber dado a las desviaciones y divergencias bruscas un carácter absoluto. Los discípulos del antiguo profesor de la Sorbona, haciendo hincapié en algunas particularidades de su teoría, exageraron el alcance de determinadas conclusiones a las que nunca debió darse más que un valor meramente provisional. Por lo que atañe al neocriticismo representado por Boutroux, así como el sistema de lo discontinuo, la crítica objetiva, imparcial, serena, puede sentar la afirmación de que del sistema no quedará probablemente más que lo relativo a la dirección, por lo que tiene de espíritu estimulante y de anhelo cordial. En cambio, en lo relativo a la concreción definida murilada, pasará como tantas otras doctrinas a engrosar la historia de las crisis teóricas.

Mayor valor puede asignarse a los trabajos de búsqueda y de erudición llevados a cabo por Boutroux en el último período de su actividad intelectual. Me refiero a sus dos libros Etudes d'histoire de la Philosophie, publicado en París en 1897, y Pascal, que apareció al año siguiente. En 1899 vio la luz otro de sus libros más interesantes, el intitulado Morale Sociale, que merece ser leído con devoción, porque contiene un examen profundo de la vida social contemporánea en sus varios aspectos, [324] sobre todo, en lo que concierne a las costumbres y hábitos. No tiene, sin embargo, este libro la frescura de estilo ni la sagacidad analítica, ni la potencialidad reflexiva que avaloran el de H. Marion, La Solidarité Morale, obra que no ha envejecido y que siempre se consulta con provecho. En 1908 reunió Boutroux en el volumen Science et Religion dans la Philosophie contemporaine, los resultados a que llegó en su meditación respecto a las características peculiares del espíritu religioso. Propúsose determinar el valor de la conciencia ante los problemas de lo que llama James la experiencia religiosa y, llevado de su propósito de teorizar en materia tan espinosa, consagróse afanosamente a buscar los medios más adecuados para hallar una forma de armonía, en la cual pudieran convivir los resultados a que ha llegado la investigación científica y el sentimiento de religiosidad. No sólo en la cultura francesa, sino en los Estados Unidos y en Inglaterra, algunos pensadores, al sintetizar sus juicios acerca de la dirección biológica en la teoría del conocimiento, fueron más allá de lo que aconsejaba el verdadero sentido de la crítica filosófica, y el desdén con que fue tratada la doctrina del positivismo, por una parte, y por otra, el haber considerado que esta ideología había fracasado, salvándose tan sólo la parte metodológica, es uno de tantos errores que registrará la historia del pensamiento cuando se depure y contraste el valor y la eficiencia intelectual y social de ambas direcciones de la mente contemporánea: determinismo y espiritualismo. Probablemente no tardarán en suscitarse polémicas al examinar desde nuevos puntos de mira las escuelas científico filosóficas, sus orígenes, su desenvolvimiento, sus condiciones íntimas y su eficiencia para el porvenir de cada una de ellas.

No obstante, los reparos opuestos a la doctrina de Boutroux como concreción sistemática, la obra del actual profesor y director de la Institución Thiers ha merecido la estimación de todos los espíritus imparciales y aun de algunos de sus adversarios. Cierto es que Boutroux vino a significar uno de los momentos culminantes de la reacción antipositivista y que algunos de sus discípulos, como se advierte leyendo el libro de Lechalas Les lois naturelles d'aprés M. Boutroux exageraron, dándoles valor de universalidad, aplicándolas a la Moral, la [325] Religión y la Política y convirtiéndolas en preceptos y reglas, las apreciaciones predominantemente especulativas de fundador de la escuela de la discontinuidad.

Una objeción de cierta importancia podría hacerse a Boutroux, a igual que a Durkheim, Bergson y Bouglé: la desmedida simpatía que sintieron hacia el psiquismo alemán y la preferencia con que adoptaron los métodos de trabajo de las Universidades tudescas, llevando al alma latina el conceptismo abstruso de Germania y el sentido dogmático que informa la mayor parte de la metafísica de más allá del Rhin. Boutroux, que, como es sabido, tradujo en 1877 la obra monumental de Eduardo Zeller, Philosophie der Griechen, durante más de 40 años trabajó con celo digno de mejor causa y con unas sinceridad a toda prueba para familiarizar al público ilustrado de Francia, con la mentalidad germánica, acomodándola al genio galo. En estos últimos tiempos, el anciano filósofo, llevado de un honrado entusiasmo patriótico, escribió páginas vibrantes, en las que, rectificándose a sí mismo, formula juicios acerados y de una aversión no disimulada contra Fichte y otras grandes figuras de Alemania. Conviene reconocer, sin embargo, para explicarse la actitud airada de Boutroux, que sus escritos son una digna respuesta al manifiesto de los profesores alemanes y una protesta viril contra las crueldades cometidas por el ejército teutón en Bélgica y en los departamentos, franceses ocupados por los invasores.

La obra de Boutroux, considerada en conjunto, es valiosísima y en el aspecto pedagógico constituye una ejecutoria que podría calificarse de muy fecunda. En cambio, su labor de ideólogo y de pensador debe ser acogido con todo género de reservas, ya que, aceptada en sus líneas fundamentales, marca un derrotero que conduce de una manera sucesiva a dar nueva vida a valores intelectuales y éticos que parecían ya definitivamente desaparecidos. Su tendencia especulativa se aparta algunas veces de la verdadera metodología comparativa, concediendo un alcance desmedido a hipótesis y a inducciones que no tienen otra base, que el deseo de creer. Los avances del paganismo en Francia, que han desviado a una parte de la intelectualidad, llevándola hacia un misticismo vago y caótico, débense, en primer término, a las ideas de Boutroux y después, a la corriente [326] intuicionista preconizada por Bergson. Mas no obstante, el éxito alcanzado por el neoespiritualismo, puede afirmarse que la idealidad del pueblo francés, una vez terminada la guerra, seguirá por otros cauces y que el sentido teorético y abstracto habrá de ceder el paso al nuevo cientificismo, que triunfará, a la postre, de las logomaquias y peticiones de principio que informan este falso idealismo dinámico.

Boutroux falleció en Diciembre último [1921].

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Santiago Valentí Camp Ideólogos, teorizantes y videntes
Minerva, Barcelona 1922, páginas 319-327