Ideólogos, teorizantes y videntes [1922]   Santiago Valentí Camp (1875-1934)

Andrés Angiulli

En el proceso de las ideas filosóficas de la Italia contemporánea, la personalidad de Andrés Angiulli tiene un extraordinario valor representativo. Influyó en el desenvolvimiento psicológico de su patria como científico, como pedagogo y como promotor de las corrientes sociales. Angiulli no fue un intelectual puro, sino que a un pensamiento robusto unía una emotividad exquisita. Por esto, además de una mente no común, revelóse como un prototipo de una integridad acrisolada.

Angiulli, durante su existencia entera, fue un espíritu que consagró sus esfuerzos a la elevada misión de educar al pueblo. Y en esta nobilísima tarea puso toda su fe científica, y su devoción sincera, abnegada. De todas las grandes figuras que dieron días de gloria a la Filosofía positiva italiana, Angiulli, por su gran capacidad intelectual, por su cultura y por su sentido ético, ocupa con justicia uno de los primeros puestos al lado del célebre Roberto Ardigó, del pensador Felipe Masci, del famoso economista Aquiles Loria y del ideólogo y crítico Giovanni Marchesini.

Decía hace algunos años muy acertadamente Giovanni Calo, ilustre expositor y crítico, que Andrés Angiulli no fue nunca un filósofo a quien la popularidad le sonriera, ni aun en los instantes en que la concepción positivista era la que predominaba en Italia. Entre los propugnadores de esta dirección del pensamiento no gozó de un gran prestigio. A pesar de ser Angiulli uno de los más fervorosos apóstoles de la Filosofía cientifista, no llegó a imponerse entre el gran público [298] ilustrado, quizás porque no consiguió acomodarse por completo a la manera de hacer de la mayoría de los autores y porque a su espíritu le repugnaba sustraerse a sus preferencias, que eran la didáctica en sus distintos aspectos.

Angiulli nació en Castellana, pequeña ciudad de la provincia de Bari, en 1837. Cursó sus estudios en Nápoles hasta terminarlos, trasladándose en 1862 a Berlín, en donde permaneció algún tiempo, ampliando sus conocimientos.

En plena juventud conquistó una cátedra de antropología en la Universidad de Bolonia, pasando después a la de Nápoles.

Angiulli fue un temperamento fuerte, vigoroso y acometedor. Tenía una visión diáfana de la realidad y en ocasiones propendía hacia un ciento dogmatismo; al analizar los problemas, ponía en sus juicios una gran firmeza. Algunos de sus estudios revelan una inquebrantable confianza en sí mismo, y así de un modo sumario y preciso, acertó a fijar los términos en que había de desenvolverse la filosofía positiva, no sólo en el presente, sino en el porvenir.

Su primer ensayo, La filosofía e la ricerca positiva, (1868), es un trabajo notable en el que se reveló como uno de los más cultos investigadores de su generación. Angiulli había comenzado su labor de pedagogo y de publicista, haciendo una síntesis genial más propia de un intelecto trabajado y en plena madurez, que de un profesor joven.

En el citado ensayo, dice sin ambages, que «el hegelianismo era la última síntesis de errores», y considerábalo como «la definitiva ruina de la filosofía especulativa». Algunos de los biógrafos de Angiulli, afirman que los viajes que éste hizo al extranjero, ensancharon el horizonte intelectual del gran pensador italiano. Un espíritu anhelante como Angiulli, no podía encerrarse en el credo hegeliano, en el que la dialéctica ocupa un lugar principal. Su alma estaba ansiosa de realidad y de ciencia. En Berlín, Angiulli, en la cátedra consagrada a la historia de los triunfos de Hegel, en vez de sumar su aplauso al de la juventud escolar que llevaba en palmas a Du Bois Reymond, cuando proclamaba su fórmula desconsoladora que encerraba en la palabra «Ignoraremos», [299] afirmó resueltamente su criterio apasionadamente científico.

La filosofía, a juicio de Angiulli, había de basarse en los progresos de las ciencias experimentales que al avanzar de continuo ofrecían con sus conquistas en el orden fenoménico, elementos siempre nuevos al pensamiento. En sus volúmenes Qüestioni di Filosofía contemporánea (1873), La Pedagogía, lo Stato e la Famiglia (1876), y La Filosofía e la Scuola (1888), Angiulli ofrece en mayor medida que otros portavoces del positivismo, un amplio y claro examen de los problemas filosóficos fundamentales. Este eminente maestro, con una extraordinaria lucidez en las ideas y una admirable precisión en la expresión, juzga con singular competencia las cuestiones más intrincadas. Lo sorprendente en Angiulli es que jamás sienta una afirmación sin antes haberse preocupado de documentarse, y es que poseía un dominio de la historia de las ideas, y un sólido y profundo conocimiento crítico de las varias direcciones especulativas de su época. Jamás prescindía de contrastar su parecer con las opiniones ajenas y sentía una profunda aversión a dejarse llevar por el impulso irreflexivo. En este respecto, decía el maestro de Castellana, que la fuente más copiosa de errores, es el no sustraerse a las influencias de los antepasados, formulando generalizaciones precipitadas. Angiulli, es quizá, el más filósofo de los positivistas italianos; conocía a fondo las diversas corrientes especulativas y dominaba todos los sistemas. Por esto, pudo disentir de Augusto Comte, porque supo desposeerse de los conceptos apriorísticos.

Tan grande como su saber, era la modestia, rayana en la humildad, de que siempre dio reiteradas pruebas. Su hermoso libro La Filosofia e la Scuola, trabajo hondo, meditado y escrito primorosamente, lo calificó de apuntes. Y es que Angiulli, fue en toda ocasión, un prototipo de honradez intelectual.

Desde el punto de vista educativo, su labor es genial, notabilísima. En contados pedagogos se advierte, como en el esclarecido maestro, un tan sincero deseo de ensanchar los horizontes del espíritu, de salir de sí mismo, como dice muy atinadamente Domingo Barnés en su interesante libro Fuentes para el estudio de la Paidología (1917). [300] Para Angiulli era una exigencia de su ego íntimo el renovarse. Por eso, sin duda, pudo ser en Italia el primero que acertó a enfocar el problema filosófico desde un punto de vista personal, e infundió en el positivismo un contenido distinto del que le habían dado otros autores como Carlos Cattaneo y Pasquale Villari. Antes, este sistema había sido afirmado y desenvuelto, especialmente como método. En los varios dominios de la ciencia le cupo a Angiulli la gloria de estructurar la doctrina, fijando su orientación y señalando cuáles eran sus elementos básicos y sus ideas directrices. Angiulli siguió muy de cerca el naturalismo de Carlos Darwin; la concepción histórico sociológica y la sistemática de Comte y sus discípulos; el empirismo psicológico y lógico inglés de Stuart Mill, de Spencer y de Lewes, ensamblándolos con algunos de los resultados de la crítica kantiana, a la manera que la defendían algunos neocriticistas como Riscshl y Laas.

En el pensamiento de Angiulli se advierte el propósito continuado de elaborar una síntesis completa en la que confluían todas las corrientes para dar lugar a una concepción positivista de la realidad.

El ideal de Angiulli, sobre todo en el último período de su vida, fue dar un carácter de independencia y de originalidad al positivismo italiano. Poseía, para realizar una empresa tan arriesgada, dos cualidades que pocas veces se encuentran reunidas en un ideólogo: su dominio de la historia del pensamiento y su capacidad teórica.

El profesor Angiulli emprendió rumbos distintos de los que habían seguido sus compatriotas Galliuppi, Rosmini, Gioberti, Mamiani y otros y trató de armonizar el positivismo inglés psicológico, asociacionista y subjetivo, con el francés, naturalista, histórico sociológico y objetivo, consiguiéndolo, no sólo en su citado libro La Filosofía e la Scuola, sino en los últimos trabajos que escribiera en las dos revistas que fundó y dirigió: La crítica e la Scienza positiva, que se publicó durante poco tiempo y la Rassegna Crítica, fundada en 1881, y que vivió cerca de diez años.

Federico Herbart, influyó, en la doctrina de Angiulli especialmente en el modo de considerar el problema pedagógico. Como profesor, su obra docente es digna de [301] alabanza. Transformó el sentido y la orientación de la escuela defendiendo con noble ardimiento el valor pedagógico-social de la ciencia, que para él, era casi un credo religioso, basado en la pureza y dignidad moral. Angiulli propugnó las virtudes de la democracia, afirmando que el problema social sólo puede resolverse mediante una unidad en que se hallen en perfecta concordancia los sentimientos, las ideas y la voluntad entre las diversas clases sociales. Pero para llegar a esta solución consideraba que ello implicaba el haber infiltrado el espíritu científico en el problema pedagógico.

Andrés Angiulli falleció en 1890, en Nápoles, a los 53 años, en plena actividad intelectual y cuando aún podía esperarse que se superara a sí mismo.

Hace algunos años, la ciudad de Castellana, donde viera la primera luz, honró su memoria, dedicándole un monumento. Antes que sus paisanos le rindieran este homenaje a su memoria, la crítica internacional lo había inmortalizado, colocando sus obras al lado de las de Fouillée, Guyau, Paulsen, Ardigó y Alejandro Bain, los grandes sistematizadores de la educación contemporánea.

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Santiago Valentí Camp Ideólogos, teorizantes y videntes
Minerva, Barcelona 1922, páginas 297-301