Ideólogos, teorizantes y videntes [1922]   Santiago Valentí Camp (1875-1934)

Gabriel Alomar

En el resurgimiento de la actividad política de Cataluña obsérvase que lo mismo en los comienzos que en los instantes en que la agitación llegó a su período culminante, predominaron y dirigieron el movimiento los jurisconsultos. La circunstancia de que hayan sido hombres formados en el estudio del Derecho y en el ejercicio de la abogacía los que más sobresalieron en el despertar del pueblo catalán, cuando una parte de la masa social y, sobre todo, la pequeña burguesía, dispúsose a luchar por la reconquista de la personalidad de Cataluña, revela que en nuestro país no existe todavía un ambiente lo bastante consciente para valorar cualitativamente los esfuerzos de todos los elementos sociales preparados para contribuir en la medida de sus energías y de su capacidad al logro de las ansiadas aspiraciones. La historia de todos los tiempos y muy especialmente la de la época contemporánea, atestigua que en casi todos los pueblos en que el problema nacionalista se debate, dando lugar a grandes agitaciones, los profesionales de la Jurisprudencia, en los instantes en que el movimiento pugna por ganar la aquiescencia de la mayoría de los ciudadanos, tienen un papel secundario, pues la misión de los jurisconsultos no es otra que la de acomodar los anhelos y sentimientos populares a una fórmula concreta. No siembran, ni crean ideas, sino que encauzan y coordinan, los latidos de la opinión, pudiendo decirse que su más elevada función es convertir la norma moral en principio jurídico.

Por lo que respecta a Cataluña, ha de convenirse en que los sentimientos nacionalistas han tenido muy pocos sembradores, pues los que realizaron este [288] apostolado no han sido, en general, prototipos de atletismo intelectual ni ejemplos de abnegación. Y es que a medida que se profundiza en el examen de la vida colectiva de Cataluña, se advierte que, como sucede en otros pueblos sin tradición intelectual, no sólo el productor de ideas, el poeta y el pensador, ocupan un lugar secundario en las categorías de la sociedad, sino que en el «folk-lore» abundan apotegmas y frases en las que algo se encuentra de despectivo para el ideólogo y para cuantos se dedican al cultivo de la mente.

Los poetas, entre nosotros, han alcanzado renombre y han gozado de popularidad en razón inversa de la intensidad y vibración que había en su obra. Así, por ejemplo, Juan Maragall, que fue el más inspirado y europeo de los poetas del renacimiento catalán, es mucho menos conocido que cualquiera de los versificadores que han colaborado en los periódicos festivos.

Si Emilio Reich o algún otro tratadista de sociología política, examinasen el desenvolvimiento que se ha venido operando en Cataluña en estos últimos cuarenta años, no podrían, en verdad, juzgar lisonjeramente nuestro avance en conjunto, porque, desde el punto de vista espiritual, deja mucho que desear, ya que, sólo en Barcelona y en algunos centros manufactureros comienza a sentirse simpatía hacia los problemas de carácter intelectual. Algo hemos progresado en lo que va de siglo y ahora ya atraen a ciertos núcleos las cuestiones estéticas. Halagüeño es este signo de que ciertos estamentos medios vayan por el camino de la gaya ciencia al planteamiento de los problemas fundamentales del intelecto, pues vale más que exista un vago interés por las cosas literarias, que no la terrible indiferencia de hace cinco lustros.

Gabriel Alomar, el escritor catalán que más hondamente ha sentido las inquietudes de fin de siglo y el que, en la producción filosófica y social, ha revelado una más estrecha afinidad con las corrientes del pensamiento de las naciones latinas, después de quince años de escribir en revistas y periódicos, llegó a imponerse al público barcelonés, primero, y luego al de Cataluña entera y ahora al de Madrid, por sus admirables crónicas en El Imparcial, La Libertad y Vida Nueva, más aún que por su doctrina, por la exquisita forma de expresión. [289]

El éxito no fue el de la ideología de Alomar, sino de la magia de su estilo, que sedujo a un corto número de intelectuales, a los que no tardó en sumarse la gente de izquierda un tanto cultivada. Para comprender en lo íntimo el modo de ser del espíritu catalán, hay que bucear en nuestra historia interna. Cataluña es un país naturalmente pobre, que ha llegado a poseer una regular potencialidad económica merced a la virtud de la constancia. En general, el carácter catalán es perseverante y aun obstinado, sobre todo en lo relativo a la vida material. Durante el siglo XIX, cuatro generaciones laboraron con fe y entusiasmo callado para hacer que la industria rudimentaria aquí establecida llegase a significar la mayor riqueza que atesora nuestro pueblo. La reserva que muchas veces encubre un marcado desvío hacia los laborantes de ideas, débese a que, forjados los caracteres en el más absoluto de los individualismos y careciendo aquí las clases sociales, excepto algunos pequeños núcleos obreros, del sentido de cooperación, las gentes sienten un temor instintivo hacia todo principio teórico que pudiera significar una transformación del régimen jurídico y social, sobre todo en lo que atañe a la propiedad privada.

También los elementos semi-ilustrados propenden a tratar con desdén a los hombres de pensamiento, porque temen que, al difundirse los postulados de la cultura, adquiera el proletariado una más clara noción de sus derechos y formule sus agravios en forma imperativa. Cataluña ha supeditado de antiguo los fueros de la espiritualidad a un mal entendido y mezquino concepto del bienestar. En ese ambiente de utilitarismo grosero, era muy difícil, por no decir imposible, que la opinión atribuyese a todos los factores que se integran en la sociedad su respectiva valoración. Ya con Pi y Margall pudo advertirse que la burguesía adinerada sintió una mezcla de temor y odio, hacia la doctrina federal, que llevaba el germen de la renovación de la vida política de Cataluña.

La sinceridad obliga, sin embargo, a confesar que el medio político de Cataluña se ha transformado sensiblemente y que, por imitación, unas veces, y por sugestión, otras, una parte de la mesocracia ha abrazado los principios nacionalistas de buena fe y, si bien es [290] cierto que ha habido deslealtades, afortunadamente, no han sido de la masa, sino de algunos que ejercieron de leaders sin condiciones ni preparación para ello.

Gabriel Alomar no es propiamente un espíritu balear ni catalán, sino un hombre formado en el apogeo del período romántico francés, con ciertas influencias del resurgimiento italiano. Es el más abierto de nuestros intelectuales. Nadie como él ha acertado a comprender los ideales de reivindicación. Como político, se le ha tachado de soñador y quimérico; como publicista, ha propugnado, dándolas calor, las tesis que el vulgo califica de utópicas, y como crítico de nuestros defectos, nadie le ha igualado en sinceridad, evidenciando un valor moral que siempre es digno de elogio, pero mucho más en un país como este en que los adaptados son legión.

Gabriel Alomar nació en Palma de Mallorca en 7 de octubre de 1873, cuando regía los destinos de nuestro país aquella efímera República. Poseemos escasos y fragmentarios detalles de la infancia y de la juventud de Alomar, pero, leyendo con detenimiento algunas de sus obras, puede clasificársele entre los románticos, por un lado, y por otro, entre los parnasianos. Es Alomar el crítico español que mejor ha comprendido la concepción helénica de la poesía, a la manera de algunos de los estéticos que colaboran en el Mercure de France. En la formación intelectual de Alomar contribuyeron escuelas y tendencias aparentemente encontradas, pero podría decirse que el sentimiento religioso, entendido a la manera de William James, es lo que determinó la evolución de su pensamiento. Alomar ha pasado por múltiples fases de religiosidad, en su concepto más elevado. En cierta ocasión, hablándome de su infancia, me dijo que sus primeras lecturas fueron la Biblia, el Coran, los Poemas homéricos y las historias eclesiásticas. Influyó poderosamente en la primera juventud de Alomar, Víctor Hugo, por quien tenía una devoción sin límites. No tardó, sin embargo, el pensador catalán en sentir la necesidad íntima de atemperar aquella dirección, dedicándose al estudio de los noveladores franceses y, especialmente, de Flaubert. Ernesto Renan, con su serena visión del valor social del Evangelio y con su espiritualidad soberana, hubo de impresionar la [291] fina sensibilidad de Alomar. El autor de la Historia del pueblo de Israel le subyugó profundamente; como a tantos otros espíritus torturados y que han atravesado hondas crisis, Renan le hizo comprender el secreto de la unión entre la ciencia y la poesía. Posteriormente, Alomar ha sentido una gran predilección por los poetas civiles de Italia, especialmente Carducci y D'Annunzio.

De todos los grandes escritores españoles, es Alomar el que ha acertado a reflejar con más fidelidad el esteticismo transcendental, que ha tenido su cuna en los pensadores y poetas del resurgimiento italiano y que puede considerarse como una concepción tan amplia como los sistemas morales de los más famosos tratadistas ingleses del último tercio del siglo XIX; Stuart Mill, Spencer, Huxley, Carlyle, Ruskin y Hartpole Lecky.

En distintas ocasiones, algunos admiradores de Alomar, al estudiar su obra, se han preguntado, con cierta perplejidad, si era un clásico o era un romántico. Difícil es tratar de encuadrar el pensamiento del brillante escritor en una escuela determinada. Espíritu amplio, complejo y sutil, mejor sería decir que es un hombre que ha sentido los clásicos a la manera de los románticos, esto es, con una pasión vivísima, arrolladora. Lo propio le acontece en política. Estudia los problemas del Estado y de la sociedad con un sentido que tiene mucho de religioso. En este respecto, Alomar ofrece algunos puntos de contacto con Pi y Margall. Los adversarios de el autor de El futurisme afirman que su apasionamiento es producto de un jacobinismo, debido, tal vez, a que una constante rumiación ideológica le aparta de la concepción realista de la existencia social. Y es que, como todos los escritores enamorados del ideal, Alomar suspira por un sentido de perfección y aparta a veces la mirada del mundo fenoménico, dejándose llevar de la fantasía. Cuando a su temperamento le repugnan determinados hechos, surge en su ego íntimo una protesta viril, y, olvidándose del medio externo que le rodeó elabora hipótesis que se acomoden a su ansia de elevar la condición humana. Alomar tiene confianza en los procesos ideológicos sin fin, y por esto su gran potencia imaginativa propende a la entelequia. Más que las cosas en sí, más que cómo se ofrecen en la [292] realidad, preocúpale el cómo debieran ser. Su concepción política se apoya en la creencia, muy arraigada en Alomar, de que no ha de adaptarse la ley a la naturaleza, sino la naturaleza a la norma. Por esto ha sido tachado tantas veces por los espíritus apocados y conservadores de la Lliga, de idealista y arbitrario. Infundir un sentido humano a las cosas, tal como hace el poeta: éste es el eje central de la doctrina de Alomar. Considerada esta doctrina fundamentalmente, se advierte en ella un predominio del aristarquismo. De ahí que, al mismo tiempo que un gran amor a los principios eternos de bondad, belleza y verdad, Alomar no pueda disimulan la repugnancia que causa en sus ánimo lo que él llama la falsa selección de las castas, confiada al azar. Cuando acerca de estos problemas discurre, da a sus pensamientos una impetuosidad y a su palabra una energía inusitadas. Proclama Alomar la necesidad de realizar la selección individual como resultado de un proceso de superación de la masa, siempre amorfa y a veces inerte.

Como casi todos los autores que estudian la filosofía de la Historia a través de un criterio aristocrático por distintas sendas que Carlyle, Emerson y Brandés, Alomar llega a la afirmación de que las grandes renovaciones son, de ordinario, debidas al esfuerzo de hombres aislados, de mentes privilegiadas y de caracteres heroicos. En esto es ibseniano. Cuando sustenta la aristarquía de la democracia, es porque, por una coincidencia del pensamiento con el imperativo cordial, siente la necesidad de oponerla a la aristocracia de la sucesión degenerativa y contraproducente. Viene a contraponer, en una nueva acepción de las palabras romanas, pueblo a plebis, populiscitá a plebiscitá.

Su más conocido trabajo, El futurisme, conferencia leída en el Ateneo Barcelonés en 18 de Junio de 1904 y publicada en la Biblioteca Popular de l'Avenç el mismo año, representa en la vida intelectual de Alomar un momento importantísimo, pues desde aquella fecha ofrece la labor del publicista nuevos y cada vez más dilatados horizontes. El hombre superior, cree Alomar que ha de tener un concepto profundo de su misión y que debe necesariamente ser inactual para ser a la vez contemporáneo o convivente de los tiempos futuros, como [293] es conciudadano de las demás patrias, más que de la suya. Atribuye Alomar al hombre tipo un desinterés estético, en el sentido de considerarlo capaz de comprender las distintas idealidades nacionales.

Esta concepción original de la doctrina futurista, fue entre nosotros acogida con alguna frialdad, debido a la circunstancia de que en Cataluña apenas existía interés para seguir con la atención que merecían las profundas disquisiciones de Alomar. Por esto fue posible que algunas publicaciones españolas, desconociendo las teorizaciones del gran pensador, al comentar el ensayo del italiano F. P. Marinetti sobre el futurismo, le atribuyeran un valor que no poseía, ya que con sólo comparar las fechas de ambos trabajos salta a la vista que fue Marinetti quien siguió las huellas de Alomar. Cabe suponer que al escritor italiano le sugirió la tesis de su ensayo una crítica de Marcel Robin, que apareció en el Mercure de France, dedicada a examinar el estudio de Alomar.

Uno de los ensayos que más han llamado la atención de nuestra crítica es el titulado La estética arbitraria 1906, en el que hace una exposición brillantísima de sus ideas estéticas. En este estudio Alomar opone al concepto naturalista de la realidad, vista a través de un temperamento, su teoría de que el ideal hay que buscarlo en la realidad por el temperamento creada.

La labor intelectual y literaria de Gabriel Alomar hállase, en gran parte, dispersa en periódicos y revistas. Y es verdaderamente de lamentar que no se haya recopilado la copiosa y exquisita producción de Alomar, de tanto valor esotérico y tan adoctrinadora.

Desde el punto de vista político, lo más personal de Alomar es su defensa de la ciudad. Como algunos pensadores y publicistas franceses, erigióse en panegirista del imperio de aquellas urbes, que pueden ser consideradas como centros de renovación y en las que, por el predominio de la tendencia aristárquica y futurista, los ideales del porvenir triunfen de la tradición y del sentido reaccionario, tan arraigados todavía en las comarcas rurales. La teoría elaborada por Alomar acerca de la ciudad, tiene un valor fundamental, ya que, en vez de considerar el organismo social urbano como principio de un proceso genético, afirma que debe ser el término [294] de una evolución sociológica. Otra de sus fórmulas, y acaso a la que debe asignarse una más alta significación, es la de que ve en la ciudad el gran motor que encarna el factor volitivo, después de haber pasado por un primer grado, el sentimiento la región y un segundo grado consciente la nación. Esta teoría, que fue bastante discutida, pero no todo lo que merecía, la expuso sucintamente en El Poble Catalá, desarrollándola más tarde con amplitud en el Ateneo de Madrid en 1909. Poco antes, en 1908, en el Ateneo Barcelonés, había pronunciado otra conferencia acerca De Poetitzacio, que se publicó el mismo año en un fascículo.

Fue muy leído por la juventud intelectual catalana el ensayo literario publicado en 1904 en la Biblioteca Popular, de L'Avenç con el título Una vila que's mor; Tot passant. Con motivo del derribo de las murallas de Palma y por encargo de aquel Ayuntamiento, escribió un notabilísimo discurso que fue leído en la sesión extraordinaria del día 11 de Agosto de 1902 y apareció al año siguiente. La revista Renacimiento, de Madrid, que fue una de las primeras publicaciones que acogieron con simpatía el movimiento ideológico de Cataluña, merced a Martínez Sierra, publicó en 1905 una versión castellana de El Futurisme. Anteriormente había sido traducido al castellano el trabajo Notas marginales al Quijote.

En 1911 apareció la colección de poesías que se titula La columna de foch, en la que predomina el principio estético, ya señalado, de que la realidad la crea el temperamento. No obstante su alta inspiración y sus bellezas de pensamiento y de forma, no obtuvo este volumen más que un mediano éxito, debido, quizá, a que la generalidad del público, avezado a lecturas fáciles, no está lo suficientemente preparado para penetrar en lo íntimo de las concepciones del genial escritor, que propende, en ocasiones, al conceptismo.

Alomar es innegable que representa en el movimiento nacionalista catalán el pensador que más considerablemente ha ampliado nuestro problema, infundiéndole carácter de universalidad. Desde las alturas de la pura especulación ha descendido a las tierras llanas de la actuación, pero aun en los instantes en que tomó activa participación en las luchas políticas, en aquellos [295] momentos en que el apasionamiento lo era todo, conservó la tranquilidad de su espíritu y supo sustraerse a la polémica agresiva y callejera. En cuantas discusiones intervino aportó la luz del razonamiento, y aunque en nuestro país la influencia de los intelectuales es todavía poco sensible, no cabe negar que su esfuerzo tuvo alguna eficacia, porque contribuyó a elevar el tono de las controversias dignificando la acción proselitista.

En Gabriel Alomar, en el primer período de sus tareas de publicista, el sembrador y el teorizante se sobrepusieron al crítico y al apóstol, pero, a partir de 1909, se inicia en su espíritu y en su intelecto una transformación. Ya no son sólo el ideólogo y el profesor quienes guían sus actos. El luchador, el hombre de combate, el campeón, triunfa y se impone, y así, durante el período de la represión efectuada por el Gabinete conservador que presidía don Antonio Maura, Alomar fue la primera figura de la izquierda que, poseída de una santa indignación, escribió en la prensa española y en L'Humanité, de París, artículos de acerba censura contra aquella política que concitó contra España la odiosidad de toda la Europa consciente y que significó para nuestra historia política uno de los más crasos errores cometidos por los hombres del Régimen.

En 1912, publicó Alomar un breve ensayo contra la pena de muerte, que vio la luz en la Biblioteca de la Revista de Catalunya. Recientemente han aparecido, dos volúmenes dedicados a temas de actualidad palpitante: Intitúlase el uno La guerra a través de un alma, y es una recopilación de los principales artículos que escribiera durante dos años y medio acerca de aspectos ideológicos y morales de la gran conflagración. El otro volumen, editado por la Biblioteca Nueva, de Madrid, es una colección de ensayos en la que figura el denominado Logometría, que apareció hace diez años en La Lectura, de Madrid, y que es, sin duda, el más notable de los producidos hasta ahora por Alomar. Viene a ser una nueva ciencia, un sistema filosófico, acerca de la evolución y metaforización de los conceptos.

En la actualidad, ampliando esta visión filosófica, está elaborando Alomar una «Psicometría», trabajo que tratará de la medida de los sentimientos y, de los actos, estableciendo una sistematización por completo nueva [296] de la moral (Pragmatimetría) y de la Estética (Estesimetría).

Uno de los motivos que preocupan ahora al insigne teorizante es su proyecto de escribir un tratado relativo a la «formación del concepto Divinidad», por oposición a su plasma «Dios». Comprenderá dos partes: el Dios terrible y el Dios admirable; es decir, el Dios moral y el Dios estético.

Alomar se halla, pues, en un período de intensísima actividad y comparte su acción proselista en el periódico con su labor de gabinete y con sus explicaciones en el Instituto de Palma de Mallorca. al cual fue trasladado hace poco. Durante tres años ejerció el cargo de director del de Figueras, al que pasó desde Gijón, donde obtuvo una cátedra, tras reñidas oposiciones, en 1911.

Entre todos los propugnadores del nacionalismo en Cataluña, es Alomar el escritor que, hecha excepción del malogrado Jaime Brossa, ha infundido al movimiento un más acentuado sentido de cosmopolitismo; las ideas liberadoras en todos los órdenes han tenido en él al espíritu más combativo. Nadie ha defendido con tanto entusiasmo el sentido civilista como Alomar, ni nadie tampoco ha acertado a interpretar con más gallardía las grandes reivindicaciones, sobre todo en el orden moral el laicismo en la escuela. Alomar encarna el idealismo humanista con una elevación y una nobleza insuperadas. Al defender la causa de los aliados, como antes la autonomía de Cuba, al comentar las incidencias de la gran guerra, escribió artículos de una inspiración sin igual. Puede decirse que con Unamuno y Araquistain compartió la misión de orientar a todos los partidarios de la civilización occidental, y que es, quizá, el hombre que mejor ha sabido sintetizar el espíritu mediterráneo.

Examinada la obra total de Alomar con un criterio meramente objetivo, su visión acaso resulte excesivamente poemática al juzgar de cosas, hechos y hombres; pero mirando a la infuturación de los procesos sociales, no cabe negar que es Alomar el escritor catalán y acaso español que ha defendido un concepto más vasto y más profundo de los valores substantivos. Teniendo Alomar una anticipación de lo porvenir, de lo que llegará a ser, su obra alcanza el valor de perennidad de que hablara el filósofo italiano Roberto Ardigó.

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Gabriel Alomar
Santiago Valentí Camp
Ideólogos, teorizantes y videntes
Minerva, Barcelona 1922, páginas 287-296