Ideólogos, teorizantes y videntes [1922]   Santiago Valentí Camp (1875-1934)

Pedro Dorado Montero

El ilustre profesor y tratadista salmantino destacóse desde hace más de veinte años, entre la intelectualidad contemporánea por ser uno de los publicistas que había trabajado más seriamente, aportando con sus libros no solo una gran cantidad de saber, sino también una enorme suma de inducciones obtenidas en la investigación personal y viva. De todos nuestros indagadores, fue Dorado el que poseía una personalidad más acentuada y original. Fue una excepción en esta tierra de vacuidad, literatismo, sequedad de alma y eruditomanía, pues toda su obra se diferencia por la intensa palpitación y por el vigor y la energía. Cuanto salía de su pluma era fuerte y tenía una gran plasticidad; sus ideas son de un valor demostrativo extraordinario. De todos los juristas españoles actuales era Dorado el que ha demostrado mayor capacidad para comprender los problemas filosóficos y sociales de nuestro tiempo y el único que logró sustraerse al misoneísmo, que en España esta tan arraigado. Y, en suma, un gran pensador que pudo codearse con las firmas más prestigiosas de Europa.

El insigne maestro, aunque parezca paradójico, era un castellano de pura cepa por su origen. Nació en Navacarros, en un rincón del partido de Béjar, provincia de Salamanca, en 1861. Un accidente desgraciado, sufrido a los cuatro años, le hizo perder el brazo derecho, poniéndole en peligro de perder también una pierna. A consecuencia de este grave contratiempo, sus padres, que eran unos humildes labradores, viendo que no podrían dedicarlo a las tareas agrícolas, [102] lo enviaron a la escuela; pero como su posición no les permitía sufragar los gastos de la enseñanza, hubieron de gestionar el ingreso del niño en un colegio de Béjar, y Dorado, salvando a pie la legua y media que separa a Béjar de su pueblo natal asistió puntualmente a la escuela hasta terminar la segunda enseñanza. Vencidas las primeras dificultades, prosiguió el jovenzuelo sus estudios y trasladóse a Salamanca, en cuya Universidad cursó Derecho y filosofía y Letras. El cuarto año, por oposición, le fue concedida una de las becas creadas merced a la iniciativa del profesor de Metafísica don Mariano Arés. Licenciado en ambas disciplinas, se trasladó a Madrid para doctorarse en Jurisprudencia, y entonces, por su admirable conducta académica, el rector de la Universidad Central le concedió una pensión para que pudiese ingresar en el Colegio Español de San Clemente, de Bolonia. Su estancia en Italia duró dos años, de 1895 a 1897, y le fue provechosísima, pues se inició en los estudios filosóficos, jurídicos y sociales. La permanencia de Dorado en el país del Arte coincidió con el período de intensa germinación de la escuela positiva. Dorado fue el único alumno del colegio fundado por el cardenal Albornoz en Bolonia, que trajo a España algo más que pedantería y snobismo, ya que evidenció que había aprovechado el tiempo, enterándose de lo que significaba el resurgimiento de la cultura italiana, con sus libros La Antropología criminal en Italia (1890) y El positivismo en la ciencia jurídica y social italiana (1891), con que hizo su aparición en el mundo docto.

Dorado, en 1887, fue nombrado profesor auxiliar de la Universidad de Salamanca, y en 1892, tras oposición reñida, alcanzó una cátedra en la Universidad de Granada, desde donde, mediante permuta con Jerónimo Vida, si no recuerdo mal, trasladóse otra vez a Salamanca para desempeñar la cátedra de Derecho penal. Desde la histórica ciudad trabajó Dorado incesantemente y casi no transcurría un año sin dar a la estampa algún libro que siempre era una demostración fehaciente de que no solo seguía al día el movimiento científico contemporáneo, sino que marcaba un derrotero a la investigación y planteaba nuevos puntos de vista acerca de los principales problemas que preocupan la atención de los hombres de ciencia. [103]

La obra de Dorado Montero es considerable, casi podría calificarla de colosal, si no temiera ofender la honrada memoria del eximio profesor de aquel gran laborante, enamorado perpetuo de la soledad. Porque es de advertir que Dorado rehuyó, no solo el trato con la mayoría de sus compañeros, sino que, por su odio a los convencionalismos académicos, permaneció absolutamente alejado de ese ambiente de afectación que algunos profesores, como Unamuno, Maldonado y otros, han formado para dar a la Universidad de Salamanca apariencias de un gran centro cultural, que está muy lejos de ser una realidad, como hemos podido advertir cuantos la hemos visitado.

Dorado se hizo fuerte en el aislamiento y sintió por los hombres y las cosas de España una profunda e íntima aversión. Puede afirmarse, sin temor a ser desmentido, que, conociendo como pocos la estructura y la vida de nuestro pueblo, era el único escritor de altos vuelos que se manumitió del espíritu tradicionalista que más o menos vagamente influye en casi todos los intelectuales españoles.

El gran criminólogo fue el menos español, porque era el más europeo, no solo de nuestros juristas, sino de nuestros científicos en general. Su producción entera tiene una característica inconfundible. Si sus libros se tradujeran, podría creerse que los había escrito un alemán, un francés, un belga, un suizo, nunca un español, porque el eminente penalista hizo tabla rasa de la hipocresía y de la petulancia, que son las dos notas que informan la modalidad del intelecto hispano. Dorado no posee ninguna de las cualidades que yo llamaría negativas, pues por idiosincrasia y por educación es uno de los espíritus más libres que en el cultivo de la Ciencia han conquistado nombre, no solo en España, sino en todos los demás países, y no le repugna el cosmopolitismo, ni el internacionalismo, considerados en su más amplia acepción. Puede asignársele a Dorado el mérito aquí rarísimo, de ser un innovador. Vertiendo y anotando obras de Garofalo, Lombroso, D'Aguanno, Nitti y Sighele, que son figuras preeminentes del positivismo, trajo a España todo el sentir del Derecho contemporáneo en sus distintas ramas, y creó la conciencia jurídica de nuestro país.

Débese también a su esfuerzo que aquí sean [104] conocidos los libros de Mommsen, Stricker, Gumplowicz, Sohm, Eltzbacher y Listz y otros filósofos y sociólogos de distintas naciones. Su obra doctrinal es personalísima. He aquí los títulos de sus principales libros: Problemas jurídicos (1893), Problemas de Derecho penal (1895), El reformatorio de Elmira (1898), Estudios de Derecho penal preventivo (1901), Bases para un nuevo Derecho penal (1902), Valor social de leyes y autoridades (1903) –uno de los libros más profundos que se han escrito en castellano desde hace muchos años– Nuevos derroteros penales (1905), Los peritos médicos y la justicia criminal (1906), La Psicología criminal en nuestro derecho legislativo (1911), El Derecho y sus sacerdotes (1911) –en el que expuso magistralmente su posición actual–, El Derecho protector de los criminales (1916) y varios folletos acerca de distintas cuestiones sociales y obreras. Además de los libros ya mencionados escribió un sinnúmero de ensayos y artículos de filosofía, Jurisprudencia, Educación &c., en La Lectura, España Moderna y otras revistas.

Dorado Montero adquirió cierta notoriedad a fines de la centuria pasada, llegando al gran público, después de haber vivido obscurecido durante muchos años, con motivo de la excomunión que el P. Cámara, a la sazón obispo de Salamanca, lanzó contra el insigne profesor. Entonces, el Gobierno conservador estuvo muy cerca de dictar una medida arbitraria semejante a la de don Manuel Orovio, cuando separó del profesorado a Salmerón, Giner y otros eminentes catedráticos. Pero Cánovas no se atrevió con Dorado Montero, que sostuvo en aquella ocasión, con bravura, su punto de vista, defendiendo la libertad de la cátedra, al amparo del artículo 11 de nuestra Constitución.

En estos cuatro últimos lustros había adquirido Dorado Montero una gran reputación y era conocidísimo en el extranjero por sus contribuciones profundas y personalísimas, que le valieron el título de criminólogo original y bien orientado. Durante mi permanencia en Italia y Francia, pude convencerme de que una de las figuras preeminentes de nuestra intelectualidad era el ilustre solitario de Salamanca. Sus libros, y aun gran parte de sus artículos, son conocidos de los más egregios especialistas de la Penología contemporánea y en materias jurídicas, en general, Dorado es quizás [105] el único tratadista español que ha logrado la extraterritorialidad espontáneamente. Y es digna de tenerse en cuenta, porque ella da la medida del mérito indiscutible de nuestro gran investigador, la circunstancia de que sus teorías hayan llegado a los grandes centros de cultura directamente, sin que las apadrinara un René Worms ni un Félix Alcan, como ha sucedido con las obras de otros sociólogos españoles. Es, realmente, asombrosa la extensión que ha adquirido la concepción jurídica de Dorado Montero en estos últimos años. No solo se le conoce en los países latinos sino que ha logrado llamar la atención y merecer justas alabanzas en Hungría, Alemania, Holanda, &c.

El éxito de Dorado Montero se debe principalmente a que consiguió interpretar como nadie las corrientes que informan el sentir de los espíritus clarividentes en una materia tan espinosa y difícil como la Criminología que aún se halla en período constituyente. Esto, por una parte; por otra, a que tuvo el acierto de ensamblar todo el sentido de la escuela correccionalista con la idealidad de las doctrinas ultramodernas y el método de indagación de la escuela positiva italiana, sin olvidar las lecciones que recibiera en la cátedra del maestro de todos los espíritus libres españoles: don Francisco Giner de los Ríos. En resumen: Dorado Montero, que era uno de nuestros pocos sabios de verdad, llevó a la Penología un criterio ampliamente revisionista, sin que se detuviera nunca ante las hipótesis más audaces si comprendía que estas hipótesis tenían un fondo lógico y procedían de una observación directa de los hechos. Martínez Ruiz (Azorín) trazó en una frase acertadísima la silueta de Dorado Montero cuando dijo: «Es un hombre que se abraza a la realidad y piensa». En efecto, toda la doctrina del profesor salmantino está impregnada de un profundo realismo, como producto de experiencias hechas en vivo en el cuerpo social. Podría decirse que Dorado construyó su sistema jurídico del mismo modo que Cajal su teoría histológica. Este, valiéndose del microscopio, ha llegado a estudiar las células nerviosas en su proceso íntimo; Dorado, despejando las incógnitas del fenómeno sociológico, exploró en la entraña misma de la sociedad, lo que representa el hecho criminoso.

El egregio maestro falleció hace dos años.

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Santiago Valentí Camp Ideólogos, teorizantes y videntes
Minerva, Barcelona 1922, páginas 101-105