Ideólogos, teorizantes y videntes [1922]   Santiago Valentí Camp (1875-1934)

Juan M. Guyau

De todos los filósofos franceses del último tercio del siglo pasado el que más poderosamente contribuyó a transformar el pensamiento europeo fue, sin duda, Juan María Guyau. Nadie como él influyó tan decisivamente en el resurgimiento de las ideas éticas con su fórmula, tan conocida, de la Moral sin obligación ni sanción. Al fallecer en 1888, victima de traidora enfermedad, perdió la nación vecina al más original y –¿por qué no decirlo?– al más amable de sus egregios especuladores.

Juan María Guyau había nacido en Laval en 1854, hijo de una escritora muy notable que, bajo el seudónimo de G. Bruno, publicó libros de educación muy estimables y que denotan un espíritu femenino cultivado y exquisito. Esta dama dirigió a Guyau en sus primeros pasos, y más tarde el eminente polígrafo Alfredo Fouillée, su deudo, que fue para él como un segundo padre y el más experto guía de su formación intelectual. A los 19 años la Academia de Ciencias Morales de París, le premió la monografía intitulada Memoire sur la Morale utilitaire depuis Epicure jusqu'à l'Ecole anglaise (1873). Al año siguiente, en virtud de los merecimientos y del renombre que había conquistado, se le confió un curso de Filosofía en el Liceo Condorcet; pero Guyau, que a causa de su intensa vida de estudio se hallaba delicado de salud, por consejo de los médicos hubo de abandonar la función docente e invernar, también por prescripción facultativa, en Pau y Biarritz. Pero el padecimiento iba minando lentamente su organismo, hasta obligarle a trasladarse a Niza y, por último, a Mentón, en busca de un clima templado que prestase alivio a su pertinaz dolencia. [60] Desgraciadamente, ni las brisas marinas ni la solícita asistencia medica pudieron conservar aquella existencia preciosa, y en los primeros días de la primavera de 1888, en 31 de Marzo, apenas cumplidos los 33 años, bajó el insigne filósofo al sepulcro, dejando escritas un importante número de obras que han inmortalizado su memoria y que todavía durante algunos lustros servirán de faro luminoso a los espíritus libres.

Guyau era un filósofo profundo, dotado de cualidades preeminentes y de un criterio amplio y uniforme a un tiempo. Siendo el creador de un sistema perfectamente delineado, era, no obstante, uno de los espíritus más abiertos y comprensivos, no solo de Francia, sino de Europa entera. Su concepción monista podría sintetizarse afirmando que tendía a conciliar la Filosofía racionalista con los descubrimientos científicos. Por otra parte, de todos sus libros fluyen una intensa piedad y un gran amor a los humildes. Pero no se crea por esto que Guyau sentía devoción por la caridad, pues consideraba este sentimiento depresivo para el que otorga la dádiva y humillante para quien la recibe. Su concepto filosófico basábase en la solidaridad moral que otro insigne filósofo francés, H. Marion, acertó a sintetizar en un libro admirable.

El pensamiento del infortunado publicista podría definirse diciendo que fue un producto sincrético en el que se ensamblaban el más elevado idealismo espiritualista y el transformismo darwiniano. Y así vemos que Guyau logró compaginar toda su inspiración poética y su predilección por las obras de Platón, Epicteto, Marco Aurelio, Séneca, Descartes y Espinosa con las inducciones de los experimentalitas más famosos: Darwin, Huxley, Delboeuf, Beaunis, Ribot, Haeckel, Wundt, &c., sin que jamás rechazase ninguna de las audacias de los filósofos biologistas. La movilidad psicológica de este eximio tratadista se patentizó al descubrirse la poesía que alentaba en las soluciones consideradas como más inauditas, el fondo de belleza que había en ellas latente. Un ejemplo de esta ductilidad psíquica nos lo ofrece su libro Vers d'un philosophe (1881).

En España, a pesar de haber sido traducidos casi todos los libros de Guyau, se le conoce superficialmente. Hecha excepción del estudio que le dedicó Adolfo Posada en su libro Ideas pedagógicas modernas y de algún artículo de Martínez Ruiz (Azorín) y antes que ellos alguna alusión de [61] Leopoldo Alas y González Serrano; nadie había consagrado a Guyau la detenida atención que merecen el hombre y su obra. Guyau, que era una altísima mentalidad y un crítico de una capacidad sintética asombrosa, puede ser comparado a Renan, tanto por su serenidad de juicio como por la elevación con que siempre ejerció su función de crítico.

La preocupación, la idea motriz de toda la obra de Guyau fue su afán por la indagación científica, pues tenía una fe racional arraigadísima en que los trabajos de investigación ensamblando los experimentos de laboratorio con la especulación, habían de acercarle a la verdad. El principio dominante en su Filosofía era su creencia en que el proceso evolutivo es sucesivo y que su progresión lleva a la armonía. De ahí su entusiasmo, pocas veces igualado, por la virtualidad en la cultura, cuyo contenido es tan vasto que puede considerarse como la vida misma.

Guyau, no había vivido jamás confinado ni era, por lo tanto, un intelectualista puro, ya que sentía de un modo vehementísimo la atracción que ejercen las muchedumbres respecto a las individualidades. De ahí su concepto social del fenómeno artístico y literario, que expuso maravillosamente en su conocidísimo libro L'art au point de vue sociologique (1889) que puede reputarse como uno de los ensayos más notables que se han escrito en los últimos treinta años acerca de la socialización de la inspiración humana. Este libro es uno de los grandes aciertos de Guyau y el solo, aunque no hubiera escrito ningún otro, le habría conquistado uno de los primeros lugares en la historia del pensamiento del siglo XIX. En L'Art au point de vue sociologique columbró Guyau la inmensa importancia que había de revestir la Sociología científica para descubrir los secretos del proceso de la Civilización. El ilustre pensador francés consideraba que en el siglo XX sería posible que el factor colectivo llevase a cabo la misión trascendentalísima que le incumbe y así podernos explicar un gran número de fenómenos inconocidos y que incluso podría ser interpretada a la luz de la Sociología –que diría Stein– la realidad misma.

Su libro L'irréligion de l'Avenir (1887) es la tentativa más genial que se ha hecho para estudiar lo que significan los credos confesionales y, en mi sentir, jamás un pensador ha logrado por modo tan admirable fundir la severidad de la indagación realista, en lo histórico y en [62] lo biológico, con el sentimiento poético y la profundidad y la elevación filosófica y metafísica.

Education et Hérédité (1889) es uno de los mejores libros pedagógicos que ha producido la mente francesa y en él, desarrolló Guyau su concepto fundamental de que la educación ha de tender a que a cada instante el individuo pueda desenvolver su actividad en todos los órdenes con la mayor intensidad y expansión posibles.

La Morale de Epicure (1878), su primer ensayo, fue una promesa de lo que había de ser el gran filósofo. En este libro se advierte ya la tendencia de Guyau hacia el sincretismo, su amplia visión de los problemas éticos y su profundo sentido de las doctrinas más encontradas para hallar, apartando lo antagónico, un punto de vista común.

En Esquise d'une morale sans obligation ni sanction (1879), Les problèmes de l'Esthétique contemporaine (1884) y La Génèse de l'Idée du temps (1890), revelan también una gran penetración psicológica, pero no alcanzaron el valor de los antes citados. Lo más sobresaliente de la obra entera de Guyau es su juicio de que las religiones fundadas en los dogmas, los mitos y los ritos están condenadas a desaparecer indefectiblemente. En L'irrèligion de L'Avenir, puso de manifiesto las grandes concepciones en que habrán de canalizar las corrientes del espíritu humano a medida que un anhelo sincero de perfección ocupe el lugar que ahora está reservado al temor a los castigos de ultratumba.

«Cuando la conciencia –dice Guyau– se haya libertado de las preocupaciones y nuestros actos se adecuen a la norma moral, la Muerte no nos infundirá el terror que todavía nos causa, sino que la consideraremos como el término natural de la existencia.»

En todos los libros del egregio filósofo se advierte un pensamiento robusto, cultivadísimo, que lo abarca todo. A su temperamento delicado y expansivo repugnábale la crítica puramente objetiva, quizás por lo que esta tiene de adusta, fría y severa. Como escritor, fue Guyau un prosista claro, fácil y elegante; que tenía un gran poder persuasivo. De ahí que hasta los temas más áridos, tratados por él resulten asequibles y amenos. Sin proponérselo, ejerce en el ánimo del lector un positivo influjo, atrayendo su atención, de suerte que en los pasajes más culminantes parece como que nos sintamos colaboradores en su obra. [63] Así se comprende el éxito inmenso, no superado por ningún filósofo de nuestra época, que alcanzaron sus libros. A pesar de haber transcurrido más de un cuarto de siglo desde que fueron escritos, no han envejecido y en la actualidad se leen con la misma fruición que cuando aparecieron. De L'irréligion de l'Avenir se han publicado trece ediciones; de L'Art au point de vue sociologique, nueve; otras tantas de la Esquise d'une Morale, y de Education et Hérédité, once, sin contar el sinnúmero de ediciones que se han hecho en distintas lenguas europeas.

Quienes aspiren a conocer a fondo la personalidad de Jean M. Guyau, hallarán en el libro de Alfredo Fouillée La Morale, l'Art et la Réligion d'aprés Guyau (1889) un estudio completo de la obra y la vida del malogrado filósofo.

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Santiago Valentí Camp Ideólogos, teorizantes y videntes
Minerva, Barcelona 1922, páginas 59-63