Ideólogos, teorizantes y videntes [1922]   Santiago Valentí Camp (1875-1934)

Ernesto Enrique Haeckel

¿Quien, que se haya iniciado en las ciencias de la Naturaleza, no conoce, siquiera de nombre, a Ernesto Enrique Haeckel, que tanta celebridad alcanzara hace cuarenta años por sus trabajos de investigación en Biología y, singularmente en Zoología marina? Su fama es extraordinaria, como indiscutible y prodigioso es el valor de su obra, Haeckel, que en un principio fue discutido vivamente por los cultivadores de la Ciencia experimental, ha llegado a ocupar uno de los primeros puestos en las avanzadas de la alta intelectualidad contemporánea.

Como filósofo, su doctrina ha sido objeto de grandes controversias y algunos de los fundamentos de la misma, negados en parte. Pero, cualquiera que sea la apreciación que se formule acerca del pensador y de su sistema filosófico, no puede negarse a Haeckel su título de investigador genial. Su labor científica es indiscutible, no solo en conjunto, sino hasta en detalle, porque toda ella es producto de la observación y de la experiencia de los fenómenos, ya que Haeckel, al exponer sus inducciones, se apoyaba en un caudal enorme de datos arrancados con sagacidad no superada a la inagotable cantera de la realidad.

Son verdaderamente colosales los trabajos que realizó en sus viajes de exploración y las comprobaciones que hubo luego de practicar en su Laboratorio y Museo para asentar sobre bases sólidas su concepción del Universo, que, aun desmenuzándola, no hay más remedio que admirar por el esfuerzo mental que representa.

Después de Darwin y de Huxley, fue Haeckel, sin duda alguna, el más insigne y audaz de los filósofos [54] naturalistas; y, en cierto respecto, su obra entera se caracteriza, además de la profundidad y amplitud, por un criterio uniforme y afirmativo, basado en la concepción monista, que si no fue creación suya, él la estructuró con tanto vigor lógico y tanta gallardía que logró como nadie constituir una teleología que explica objetivamente la formación cósmica.

Ernesto Enrique Haeckel nació en Postdam en 1834. Sus aficiones a los estudios experimentales le impulsaron a cursar Medicina, cuya carrera estudió en las Universidades de Wurzsburgo y Berlín. En esta última ciudad conoció a G. Müller, Braun, Kölliker y Leydig, eminentes tratadistas que ejercieron una positiva influencia en su espíritu. Una vez terminados sus estudios de Medicina, fue ayudante del famoso patólogo y publicista Virchow. Haeckel, durante un breve período de tiempo, se dedicó al ejercicio de su profesión en Berlín; pero pronto su invencible vocación por el experimentalismo llevóle a concentrar su actividad en el estudio de las ciencias físicas y naturales. Su deseo de ampliar los conocimientos de Biología marina le impulsó en 1859 a visitar algunas ciudades de la costa italiana, residiendo indistintamente durante algunos meses en Nápoles, Palermo y otras poblaciones de Sicilia. En 1861 regresó a su patria, doctorándose en la Universidad de Jena, y en 1865, cuando empezaba a ser conocido, fue nombrado profesor, primero auxiliar de Anatomía Comparada y después numerario de Zoología en dicho centro docente. De 1866 a 1875 hizo varios viajes de exploración científica, visitando algunas ciudades del litoral de España, Gibraltar, Mogador, Tánger, el Archipiélago canario, Madera, Córcega, Cerdeña y Siria. También en una de sus expediciones exploró la costa de Escandinavia y en 1866 estuvo en Londres con el principal propósito de conocer a su amigo y maestro Carlos Darwin. Por esta misma época el virrey de Egipto puso a su disposición un buque de guerra con el cual exploró una parte del Mar Rojo, estudiando concienzudamente, como ningún otro naturalista lo había hecho, los bancos de coral.

A raíz de difundirse por el mundo docto la doctrina darwiniana, que tan honda conmoción produjo en los espíritus cultivados, fue Haeckel quien, anticipándose a los demás científicos alemanes, rompió lanzas con bravura en pro de las teorías sustentadas por el autor de El origen de las especies, [55] contribuyendo eficazmente, con su cooperación resuelta y entusiasta, al triunfo del evolucionismo. Pero Haeckel, que siempre fue un luchador denodado, no podía limitarse a ser un mero admirador de Darwin, y de ahí que consagrara su actividad a robustecer las hipótesis del insigne biólogo inglés aportando indagaciones originales y enriqueciendo la doctrina transformista con nuevas y audaces inducciones. Su obra levantó no pocas protestas, incluso entre sus propios amigos y maestros; pero Haeckel siguió avanzando con firmeza, sin que hicieran mella en su ánimo las invectivas de sus contradictores, por prestigiosos que fueran. ¿Quién no recuerda su contestación a Virchow defendiendo a ultranza el transformismo? Algunos críticos achacaron a Haeckel que en ocasiones formulaba sus juicios con precipitación y que por esto sus conclusiones se resentían de cierta arbitrariedad y, a pesar de su apariencia lógica, carecían del fundamento que el autor les asignaba.

Ahora, transcurrido medio siglo y desvanecido el calor de las polémicas, solo resta de las diatribas y de los elogios incondicionales un mero recuerdo episódico y es posible analizar la obra de Haeckel con serenidad, pues en el eminente tratadista alemán desaparecido hace un año del mundo de los vivos, cabe apreciar el valor objetivo de su doctrina, prescindiendo de miras interesadas y de exclusivismos de escuela. De las inducciones de Haeckel, perdurará una parte muy considerable, así como subsistirán sus tentativas de dar un carácter especulativo a la teoría darwiniana, que acertó a desarrollar con amplitud, en ciertos respectos.

Una de las nociones más transcendentales expuestas por el célebre biólogo alemán, es aquella en que desenvuelve un vasto concepto de la historia de la evolución del ser individual por medio de la historia de la especie, afirmando que la primera es como una repetición abreviada de la segunda. Considera, pues, Haeckel el desenvolvimiento embrionario individual como el proceso genético reducido, o, en resumen, de toda la evolución, lo cual viene a ser la Filogenia del grupo. Por el procedimiento de los árboles genealógicos de cada una de las divisiones de animales y plantas, estudiando su progenie y las condiciones de la ley de transformación. El intento de Haeckel de reunir todo el mundo viviente, [56] examinándolo desde un solo punto de vista, hallo no pocos partidarios; pero también muchos contradictores, que combatieron la hipótesis sañudamente.

La producción intelectual de Haeckel es copiosísima; forma por sí sola una biblioteca. Libros, folletos, monografías, &c., que ascienden, en conjunto, a más de un centenar de títulos. He aquí los principales: Monographien der Radiolarien (1862) –Estudio monográfico de los radiolarios–; Die Entwickelungscheschichte der organismen in ihrer Bedeutung fur de Anthropologie und Kosmologie (1866) –El desenvolvimiento de los organismos y su interpretación por la Antropología y la Cosmología–; Dualismus and Monismus (1866) –Introducción crítica y metodológica a la Morfología general del organismo–; Generelle Morphologie der Organismen (1886); Natürliche Schaepfungsgeschichte (1868) –Historia de la Creación, uno de sus libros más discutidos por su originalidad–; Biologischen Studien, I. Studien über Monereu, II. Studien zur Gastraea Theorie (1873) –Estudios biológicos. Las moneras y la teoría gastrular–; Studien über Gastraea Theorie Philosophie der Kalkschwämme (1872) –Estudios acerca la teoría gastrular, Filosofía de las esponjas calizas–; Anthropogenie Entwickelungsgeschichte des Menschen (1874) –Antropogenia o historia de la evolución humana–; Ueber Zellseelen und Seelenzellen (1878) –La psiquis de las células y las células del psiquismo–; Ueber Ursprung and Entwickelung der Sinneswarkzeuge Gemeinverstandliche Vorträge (1879) –Origen y desarrollo de los aparatos sensacionales–; Systematische Philogenie der Protisten (1894) –Filogenia sistemática de los protistas–; Sistematische Philogenie Entwurf eines natürlichen Systems der Organismen auf Grund ihrer Stammesgeschichte (1894-96) –Bosquejo de un sistema natural de los organismos fundados en la Historia de los ancestrales– y, por último, sus dos obras más recientes; Die Welträthsel (1889) –Los enigmas del Universo– admirable estudio en el que desenvuelve su sistema de Filosofía monista, y del que en 1904 se habían vendido solo en Alemania 150.000 ejemplares, y Die Lebenswunder (1906) –Las maravillas de la vida,– obra que tuvo también un éxito extraordinario, pues se hicieron de ella en Alemania más de quince ediciones de 30 a 40.000 ejemplares cada una.

Haeckel ha sido no solo el más eminente de los [57] propugnadores del evolucionismo, sino el que más descolló por su originalidad. En la defensa de su doctrina puso todo su intelecto poderoso, su agudo espíritu de observación y un estilo literario pletórico de hermosísimas imágenes que denotan al artista de la palabra. Como investigador y como publicista, es innegable que pasará a la Historia, ocupando un lugar preeminente. Como pensador y como filósofo a la crítica le está reservado el juzgarle; pero, cualquiera que sea la apreciación que se haga de la obra filosófica del anciano profesor, no podrá negarse que éste ha contribuido como nadie a dar una mayor solidez a la concepción transformista. Aunque la acción depuradora de la crítica reduzca a una mínima parte la concepción hackeliana, siempre quedará el ejemplo de un hombre de ciencia que ha vivido entregado por completo al estudio, tratando de conciliar las investigaciones naturalistas con el racionalismo filosófico. Haeckel es, además, acreedor al respeto y la consideración de los espíritus libres, porque, como ningún otro pensador contemporáneo, abrió honda brecha en los credos confesionales, demostrando los absurdos en que se apoyan.

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Santiago Valentí Camp Ideólogos, teorizantes y videntes
Minerva, Barcelona 1922, páginas 53-57