Ideólogos, teorizantes y videntes [1922]   Santiago Valentí Camp (1875-1934)

Gabriel Tarde

Entre los juristas franceses que más se distinguieron como teorizantes en las últimas décadas del siglo pasado, fue, sin duda, Gabriel Tarde el que tenía una personalidad más fuertemente acusada. Este publicista adquirió merecida reputación por sus trabajos científicos, y su nombre alcanzó una alta cotización en el ámbito de la producción intelectual contemporánea. Aun ahora, transcurrido más de un cuarto de siglo, los tratadistas de Filosofía jurídica, de Sociología general, de Psicología colectiva y de Criminología citan algunos de los libros de Tarde con elogio.

Nació el docto indagador en la ciudad de Sarlat (Dordogne) en 1843, permaneciendo en aquella población hasta bien entrada su juventud, que consagró casi por completo al estudio, sintiendo especial predilección por la Filosofía y más tarde por la Sociología. Cuentan sus biógrafos que Tarde fue un autodidacto, pues casi puede decirse que en su espíritu no influyó ningún maestro, por la sencilla razón de que únicamente asistió a la escuela primaria y los demás estudios los realizó en la soledad de su gabinete de trabajo, terminando su carrera libremente. Añaden sus biógrafos que sintió por la lectura una afición extraordinaria y que durante algunos períodos de su vida rehuyó el trato con los amigos, porque su único afán lo constituían los estudios de investigación. También, algunos críticos le calificaron de huraño, aseveración que debe ser rectificada, pues Tarde no rechazaba el trato social, sino que prefería el libro a la conversación, sin duda porque veía en aquel un trabajo depurado, algo así como el [66] substrato de las personalidades, que era lo que más le interesaba.

Su temperamento equilibrado y el hábito de la lectura transformaron su espíritu, haciéndolo cada vez más reflexivo. La característica de Tarde fue su vocación por la analítica profunda y comparativa, por el examen continuado y metódico de los fenómenos sociales, que trató con sin igual perspicacia, aportando puntos de vista en cierto modo originales y formulando juicios clarividentes.

Uno de sus primeros trabajos apareció en la Revue Philosophique en (1880) y llevaba por título «La Croyance et les Idées; possibilité de leur messure». A este ensayo siguió una serie de índole semejante, que le granjeó una alta consideración no solo como especialista meritísimo, sino también como pensador eminente. Al difundirse sus doctrinas, que, en general, obtuvieron favorable acogida entre los cultivadores de la Sociología, y ante las reiteradas indicaciones de sus amigos, Tarde trasladóse a París, siéndole conferido el cargo de director del servicio de Estadística en el ministerio de Justicia. En 1899 fue nombrado profesor del Colegio de Francia, confiándosele la cátedra de Filosofía. Dos años después fue elegido individuo del Instituto Academia de Ciencias Morales y políticas, sección de Filosofía.

Gabriel Tarde, como la mayoría de los publicistas franceses de su época, y entre ellos Alfredo Fouillée, Durkheim, Izoulet, Worms, De la Grasserie, Bouglé, Palante y el belga De Greef, sin apartarse de sus estudios predominantemente objetivos, no circunscribió su actividad a una sola de las disciplinas que suelen englobarse en la Sociología. Antes al contrario, como se advierte al enunciar los títulos de sus libros, la obra de Tarde abarcó una vasta extensión del campo, relativamente inexplorado, de la indagación social.

He aquí sus libros: Contes et poémes (1879); La criminalité comparée (1886) –obra de pequeñas dimensiones, pero importantísima por la documentación que contiene y que fue vertida al castellano por el profesor Adolfo Posada–; Les lois de l'imitation (1890) –que es el más notable de sus libros y el que la crítica diputó de fundamental–; La Philosophie pénale (1890); Les transformations du droit (1892); Etudes pénales et sociales (1892); [67] La logique sociale (1894) –uno de sus ensayos más concienzudos–; Essais et melanges sociologiques (1895); Fragment d'histoire future (1896 y 1904); La criminalité profesionelle (1897); L'opposition universelle (1897) –ensayo de una teoría de los elementos contrarios–; Etudes de Psychologie sociale (1898); L'opinion et la Foule (1901) –volumen que reviste excepcional interés por la novedad y la agudeza de las observaciones– y, por fin, Psychologie économique (1902).

Lo más sobresaliente de Tarde, aquello que imprime un sello más personal a su concepción, es la analogía que encontró entre el organismo psíquico individual y el organismo colectivo y, especialmente, al poner de manifiesto la acción y la influencia que ejerce la imitación. En este aspecto, en el que reveló agudeza de percepción, trató de fundamentar todo el edificio de su sistema sociológico, consiguiéndolo en parte, y a ello principalmente debió su fama como tratadista, si bien algunos de los principios sustentados por el egregio publicista francés no los ha considerado la crítica como suficientemente comprobados porque en Tarde, como en tantos otros sociólogos, el teorizante ofuscó al científico. No sería, sin embargo, lícito negar que poseía excelentes cualidades de observador y que ensamblaba sus inducciones con dialéctica y que al exponer su doctrina evidenció dotes poco comunes de escritor que dominaba en absoluto el tecnicismo y poseía una facilidad envidiable para seriar los argumentos.

Gabriel Tarde falleció en París en 1904, en plena actividad productora, significando su muerte para Francia y para la cultura contemporánea una perdida muy sensible, pues espíritus superiores como el suyo, que llegó a los lindes de la genialidad, solo raramente aparecen en la historia de las naciones. A pesar de la variedad de temas y de la diversa rotulación de sus libros, estos guardan entre sí perfecta relación, obedeciendo a un plan desarrollado con método. Tarde fue un innovador y su concepto de la interpsicología –término que él creó, prefiriéndolo al de psicología social, tal vez porque expresa con más propiedad lo que hace referencia a la psiquis en su aspecto comparativo de los agregados sociales– fue un acierto.

En la obra total de Tarde, el escritor supera, en mi sentir, al pensador, porque el artista se impuso al [68] sociólogo en muchas ocasiones. Su ingenio su técnica admirable para estructurar los libros, valen infinitamente más que la doctrina en sí, en la que la forma es superior al contenido. No deja de ser paradójico que un tratadista que estudió a fondo los arduos problemas del efecto nefasto de la sugestión en la muchedumbre, no pudiera substraerse a actuar también como sugestionador, porque su estilo ampuloso y elocuente, más que convencer, sojuzga. Más que una función docente, realizó Tarde, con su obra, un gran influjo sugeridor. De todas suertes, es innegable que, algunos de sus libros fecundan el pensamiento y sirven a maravilla para iniciarse en los estudios sociológicos, porque están bellamente escritos y son amenos.

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Santiago Valentí Camp Ideólogos, teorizantes y videntes
Minerva, Barcelona 1922, páginas 59-68