Ideólogos, teorizantes y videntes [1922]   Santiago Valentí Camp (1875-1934)

Herbert Spencer

Uno de los filósofos contemporáneos que mayor renombre alcanzaron, acaso el más preeminente de la segunda mitad del siglo pasado, si exceptuamos a Federico Nietzsche, fue Herbet Spencer. El gran tratadista británico ha sido indiscutiblemente uno de los entendimientos más poderosos y creadores de la época actual. Por su capacidad amplísima, por el vuelo de su pensamiento, por su visión penetrante y por haber escrito acerca de tantas y tan diversas materias, se le llama el Aristóteles moderno.

Su obra filosófica fue realmente asombrosa, colosal, pudiendo reputarse como lo más personal de Spencer, su acierto como sistematizador del evolucionismo. Lo que hay también de admirable en Spencer, es la tenacidad con que se consagró a conciliar la más alta especulación filosófica con los datos que la investigación científica ofrecía, para ampliar los dominios del conocimiento. En este pensador genial se da el ejemplo de sincretismo más fuertemente acusado. En el temperamento de Spencer se hallan perfectamente equilibradas todas las facultades y aptitudes. Y por esto logró ser un indagador formidable, que escudriñó concienzudamente en los problemas fundamentales del Cosmos y de la existencia, de la sociedad y del pensamiento. Al abordar todos los temas, da pruebas patentes de su potencia mental, marcando nuevos derroteros a la ciencia y sobrepasando en sus inducciones a otros filósofos insignes. A pesar de su aburguesamiento de los últimos años, de que en las obras escritas en la ancianidad encerrase en su teoría de lo incognoscible y de su aversión al Socialismo, sería [48] injusto negar que fue una de las mentalidades más poderosas del siglo XIX. Como en todos los espíritus sistemáticos a ultranza, en el pensamiento de Spencer existe una trabazón lógica admirable, pocas veces igualada, y acaso no superada de Kant acá. Todas sus obras responden a un criterio único y puede decirse que se ajustan a su idea principal: el evolucionismo filosófico, que desarrolló sucesivamente en sus distintas obras. Nuestro doctísimo González Serrano estuvo muy feliz al bautizar la concepción spenceriana con el nombre de «intelectualismo mecánico». Con ello quiso significar que en la doctrina del celebérrimo filósofo ingles, había un eje central, alrededor del que giraron todas sus lucubraciones. En mi sentir, Spencer –que fue un investigador eximio y un antroposociólogo eminente, que cultivó las disciplinas científicas casi sin excepción, revelando siempre originalidad, juicio profundo y dominio completo de la Filosofía de la Historia y del proceso de los fenómenos científico y artístico en la génesis de las sociedades–, al igual que Castelar, por un error de visión, que es difícil explicarse, no acertó a comprender que en la doctrina socialista había un principio esotérico que ha ido plasmando en los distintos órdenes de la actividad colectiva y que es el mayor agente propulsor del Estado y de la vida social. La revolución rusa lo esta evidenciando palmariamente ahora.

Spencer ha sido el filósofo que ha ejercido un influjo más poderoso en los últimos cincuenta años y su doctrina una de las más controvertidas por los filósofos, sociólogos, moralistas y políticos.

Nació Herbert Spencer, en Derby, en 1820; su familia profesaba ideas radicales. Desde muy joven demostró una decidida vocación por el estudio y especialmente por las Ciencias naturales y por las cuestiones políticas y sociales. Al decir de sus biógrafos, Spencer tuvo la suerte de que su padre, que era un ilustre profesor de Matemáticas, le orientara en sus primeros pasos, sin cohibirle, no obstante, en lo más mínimo. Contribuyó poderosamente a su formación, un tío suyo, pastor metodista, de sentido liberal y claro juicio. Y el que más tarde había de ser una gloria de la Filosofía, cursó la carrera de ingeniero civil con aprovechamiento, pero sin revelar cualidades excepcionales.

Más tarde, terminados sus estudios academicos, [49] Spencer fue articulista; y de 1848 a 1853, colaboró en The Economist, desempeñando las funciones equivalentes actualmente a secretario de Redacción.

Debido, sin duda, a la independencia con que había ido formando su personalidad, abandonó a los veintiséis años su cargo por haber tenido algunos rozamientos con sus compañeros y se dedicó por completó a sus estudios predilectos: los de investigación. En 1842 publicó su primer libro titulado Letters to the Nonconformist (Cartas a los Noconformistas) y en 1850 su notable ensayo Social Statics (Estática Social), en el que expuso las ideas directrices de la concepción filosófica que inmortalizó su nombre. Dos años después dio a la estampa Theory of Population (Teoría de la población) y The Development Hipothesis (La Hipótesis de la Evolución). En 1850, prosiguiendo la exposición del concepto fundamental de su doctrina biológica del Universo, publicó The Genesis of Science (La génesis de la Ciencia). Estas obras causaron en el mundo docto una gran impresión, dando lugar a innúmeras controversias y a que la crítica filosófica reputase la concepción spenceriana comparable con esas colosales obras del pensamiento moderno, parangonando a Spencer con Kant, Hegel, Comte y otros hombres cumbres.

En 1855 apareció Principles of Psychology (Principios de Psicología) y dos años más tarde, Progress its Law and Cause (El Progreso su ley y su causa). En 1861 vio la luz otro de sus libros más discutidos, Educación, en el que desarrolló su concepto de la educación, considerando el problema desde los puntos de vista físico, intelectual y moral. Un año antes había publicado First Principles (Primeros principios), con el cual inauguró una de sus obras básicas, que prosiguió en sus Principles of Biology (1864 y 1867). En 1873 entró Spencer en una nueva fase con su libro The Study of Sociology (Estudios de Sociología) y The Principles of Sociology (1876), en el que está expuesto detalladamente, en la segunda mitad del tomo 3°, su modo especial de considerar las instituciones políticas. A estas obras siguieron Political Institutions y Data of Ethics (1879).

En 1884, con ocasión de ver la luz el volumen rotulado Man versun State (El individuo contra el Estado), libro de tendencias unilaterales y en que pretende demostrar la lucha que existe entre el individuo y la [50] organización del poder público, los intelectuales libertarios creyeron haber encontrado en las afirmaciones de Spencer un contenido científico para sus divagaciones líricas y ensueños románticos. Las corrientes filosóficas que predominan actualmente en política y en sociología se han proclamado en contra de la tesis sustentada por el autor de Los primeros principios.

En 1886 reemprendió Spencer sus estudios analíticos, escribiendo otros dos libros de positivo valor, a saber: Factors of Organy Evolution y Inadequacy of Natural Selection (Insuficiencia de la selección natural) (1893).

En el último período de su vida, glosó y amplió algunas de sus ideas acerca de distintos problemas filosóficos, educativos, jurídicos y sociales, escribiendo artículos que aparecieron en las revistas inglesas más importantes y en las francesas, alemanas, yanquis, &c. Y por fin, en 1902, un año antes de su fallecimiento, ocurrido en Brighton en 8 de Diciembre de 1903, publicó su libro Facts and Comments (Hechos y Comentarios). Un año después de su muerte, sus deudos y amigos publicaron Autobiography.

Herbert Spencer fue un laborante infatigable, que consagró su existencia exclusivamente al trabajo especulativo, sin que jamás revelara el menor desfallecimiento. Alejado constantemente de la vida corporativa, pudo concentrar durante más de medio siglo su prodigiosa actividad a la producción intelectual, convirtiéndola en única finalidad de su existencia. Y así fue como rehusó obstinadamente todas las distinciones honoríficas y los cargos académicos que se le ofrecieron.

A la satisfacción de vanidades, que estaba muy lejos de sentir, prefirió siempre el silencio de su gabinete de trabajo. Fue, en suma, un gran solitario, que vivió sus ideas con sinceridad pocas veces igualada, convencido de que su posición filosófica era la más adecuada para abarcar el problema del conocimiento.

Como todos los hombres sistemáticos y con esa energía indomable peculiar de los anglosajones, creía hallarse en posesión de la verdad. Y no le faltaba razón en cierto respecto para considerar que estaba bien situado, ya que ningún otro filósofo contemporáneo, hecha excepción de Alfredo Fouillèe y Roberto Ardigó, ha llegado a una concepción tan sintética y al propio tiempo tan vasta como la suya. Evidentemente Spencer esforzóse –y con su lucidez [51] de pensamiento y su riqueza de observaciones lo consiguió– en explicar el Universo entero; lo inorgánico, lo psíquico, lo moral y lo social, por los dos grandes principios de la persistencia de la fuerza y de la evolución. En la época contemporánea no ha habido otro filósofo que haya aportado tal cúmulo de observaciones y que tuviese en sus análisis de los fenómenos, puntos de vista tan nuevos ni la maravillosa coherencia entre las inducciones y los principios ya establecidos en su obra filosófica fundamental First Principles.

Cuantos han estudiado a fondo la Filosofía, conocen las continuas transformaciones del pensamiento filosófico, así como que los sistemas, con el transcurso del tiempo –como toda obra humana–, pierden gran parte de su importancia y que en las sucesivas transformaciones solo sobreviven aquellos gérmenes de vitalidad que supo infundirles el genio del autor. De la concepción de Spencer sobrevivirá todo lo que hay en ella de personal, tanto por su valor intrínseco como por la grandiosidad de su estructura. Lo que es probable que no perdure es su concepto biologista de la colectividad, a la que consideró como superorgánica. Y no perdurará porque actualmente las Ciencias Sociales se hallan de nuevo influenciadas por el resurgir de la Filosofía idealista, que en Alemania, singularmente, ha hecho muchos prosélitos.

En España la doctrina spenceriana es relativamente conocida. casi todos los libros del inmortal filósofo han sido mejor o peor traducidos al castellano, y algunos de nuestros hombres de ciencia, como el ilustre Rodríguez Carracido y el venerable José Zulueta, entre otros, han propagado con verdadero entusiasmo el positivismo filosófico.

Entre los eruditos, el cultísimo Bonilla y San Martín ha demostrado también en varias ocasiones una viva simpatía por la doctrina evolucionista, que llegó a tener entre los elementos intelectuales de nuestro país bastantes partidarios.

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Santiago Valentí Camp Ideólogos, teorizantes y videntes
Minerva, Barcelona 1922, páginas 47-51