Ideólogos, teorizantes y videntes [1922]   Santiago Valentí Camp (1875-1934)

Carlos Secrètan

En España es poco menos que desconocida la obra importantísima de este eximio publicista suizo, que cultivó magistralmente la Moral, aportando puntos de mira en cierto respecto personales. Es lamentable que en nuestro país no se haya estudiado con detenimiento la personalidad de Charles Secrètan. Aquí, donde se traducen infinidad de libracos de autores de tercera y cuarta fila, no se ha vertido, que yo sepa, al castellano, ninguno de los ensayos filosóficos e históricos del egregio maestro, que en su patria gozó de una inmensa reputación, que más tarde se extendió por una gran parte de la Europa Central y occidental. En Francia contó Secrètan con la viva simpatía de los espíritus más esclarecidos, que hicieron honor a sus relevantes dotes de pensador profundo y de expositor eminente. F. Pillon, el director de L'année philosophique, le consagró un libro titulado La Philosophie de Charles Secrètan, que vio la luz en París en 1898, y merced al cual la labor del filósofo helvético ha alcanzado positiva notoriedad entre los intelectuales de la nación vecina.

Charles Secrètan nació en la bella y pintoresca ciudad de Lausanne, en 1815, educándose en los Centros docentes de su ciudad nativa. Una vez terminados sus estudios, substituyó, en 1835, a Vinet en la cátedra que este desempeñaba en Basilea, comenzando su labor en el profesorado con verdadero acierto y granjeándose, a pesar de su juventud y de su relativa inexperiencia, la estima de sus discípulos y el respeto de sus comprofesores. Dos años después, comprendiendo Secrètan que a los veinte su formación era incipiente, [42] trasladóse a Munich, llevado del propósito firmísimo de ampliar el horizonte de sus conocimientos. En la capital de Baviera recibió las enseñanzas del insigne Federico José Schelling, de quien fue uno de los discípulos predilectos. Por aquella época, sintiendo un gran entusiasmo por la especulación filosófica, fundó, en colaboración con varios profesores y publicistas, la Revue Suisse, publicación que con el tiempo llegó a ser una de las más importantes de Europa por el gran número de trabajos originales que en ella aparecieron. Poco después comenzó a darse a conocer como profesor, explicando sus primeras lecciones en la Academia de su ciudad natal. De 1838 a 1845, prosiguió las tareas docentes en la Universidad lausanesa, cuya cátedra de filosofía había obtenido, revelando en los ejercicios una preparación sorprendente. Con motivo de estas oposiciones, escribió una notable disertación titulada De l'âme et du corps, que fue celebradísima, tanto por la elevación del pensamiento como por la agilidad y el equilibrio que evidenciaban un temperamento sagaz y apto para las especulaciones. La mencionada disertación fue un avance, una hermosa promesa de lo que había de llegar a ser más tarde Secrètan.

Al desarrollarse en 1845 los acontecimientos políticos que terminaron con la revolución en la comarca de Vaux, fue expulsado de su cátedra, lo mismo que otros colegas. Y hasta 1850, en que una institución de la ciudad de Neuchatel le brindó una cátedra para que en ella pudiera proseguir su obra científica y didáctica, Secrètan viajó por Italia y Francia, obteniendo una acogida afectuosísima en París, donde recibió reiteradas pruebas de admiración de hombres eminentes como Sainte-Beuve y otros críticos y escritores. En 1866 abandonó Neuchâtel, dejando entre sus discípulos un efusivo recuerdo, y regresó a Lausanne, reintegrado en su primitiva cátedra, que desempeñó hasta su fallecimiento, ocurrido en 1895.

En La Philosophie de la liberté, su libro más conocido, se condensa una gran parte de su doctrina, lo más substancial de su modo de apreciar los problemas filosóficos, morales y políticos. Esta obra, que la crítica ha reputado como la más importante, apareció en el año 1848 y es un compendio de las lecciones dadas en Lausanne en 1845. A instancias de sus discípulos, [43] amplió Secrètan en 1847 dichas lecciones en un curso libre que explicó después de la revolución. Más tarde dividió La Philosophie de la liberté en dos partes, publicando en 1866 la primera, con el subtitulo de L'Idee –que consagra a la Metafísica pura y puede considerarse como un libro de escuela–, y en 1872 la segunda parte, que lleva el subtitulo de L'Histoire, y que es un proceso de lo que ha significado el cristianismo en el decurso de los tiempos. En esta segunda parte, el elemento pragmático predomina, en cierto respecto, sobre el teórico.

En toda la concepción de Charles Secrètan se advierte un pensamiento vigoroso, nutrido, unas veces por la observación directa de los hechos e impulsado otras por un sincero anhelo cordial, que le llevó a enaltecer el espíritu evangélico, exento de formas externas. La nota predominante en Secrètan es la potencia discursiva, que le permitía penetrar en los problemas psicológicos, enfocándolos desde distintos puntos de mira. Serètan, que en un principio fue un creyente sincero, puso luego toda su alma de panegirista del racionalismo en ensamblar lo religioso con los principios del libre examen. Su defensa de las doctrinas liberales es siempre profunda, y, en ocasiones, como expositor, puede calificársele de admirable por la alteza del concepto y por la argumentación en que el rigorismo lógico se compagina perfectamente con una fraseología brillante, esmaltada de imágenes poéticas. En todos los capítulos de La Philosophie de la liberté alienta una generosidad de espíritu a toda prueba y una rectitud de propósito que cautiva el ánimo más displicente. Sorprenden el esprit y la agilidad mental de este eximio pensador, que durante más de veinte años trató de conciliar los dogmas fundamentales del Evangelio con las especulaciones de la filosofía racionalista.

Aun ahora, transcurridos más de sesenta años y en que se ha operado una tan completa transformación en el ámbito de las disciplinas filosóficas y sociales y que los valores morales entonces en auge han perdido casi todo su crédito, el sistema armonicista propugnado por Secrètan es admirable. En la historia de las crisis teóricas, la filosofía secretaniana debe ocupar un lugar preferente. Es innegable que si su esfuerzo intelectual y el ingenio literario que derrochó para salvar obstáculos no le proporcionaron un triunfo definitivo, constituyen [44] por lo menos, imperecederos timbres de gloria para el pensador.

Siquiera sea de un modo esquemático, no puedo resistir a la tentación de ofrecer aquí una brevísima idea de la doctrina del eminente filósofo suizo, que, sin duda influido por su ilustre predecesor en la cátedra de Basilea, M. Vinet, hizo varios intentos basados todos en la deducción del concepto de libertad. Secrètan eleva esta noción hasta las más altas cimas de la especulación, impulsado por su tendencia a constituir su metafísica en un principio de armonía. Y con más ingenio que sentido filosófico, trató de cohonestar lo teológico con lo racional. Pocas veces, no obstante, llegó a realizar plenamente su ideal, pues ni su energía intelectiva ni su arte literario, pudieron borrar diferencias que perduraran siempre. Siguiendo en sus disquisiciones la doctrina de Descartes y algunas veces dando mayor amplitud a su doctrina que el célebre filósofo francés, considera a Dios como la libertad misma, y, en su anhelo de teorizante, sienta la afirmación de que la libertad permite despejar las incógnitas de su misma naturaleza. El concepto de libertad, para Secrètan, es que una vez fundadas la teología y la metafísica, aparece el nexo entre la última y la ética. Secrètan fue, pues, defensor de un concepto radical de la libertad, tomada esta palabra en su sentido trascendental y biológico. Añadía el ilustre maestro que del mismo modo que la libertad llegaba a forjarse espontáneamente, el deber surgía de la propia naturaleza de los actos.

Sin embargo, Secrètan, que era un espíritu dotado de una movilidad extraordinaria, comprendió que su doctrina era endeble y que una parte no pequeña de la misma no podría resistir los embates de la crítica, y a medida que se acrecentaron sus dudas fue modificando su construcción ideológica. Estas crisis, que coincidieron con la aparición de la doctrina evolucionista y el imperio del darwinismo, le inclinaron a relegar al olvido sus primitivos planes y sus ideas cristianas acerca del pecado original y, tras una serie de rectificaciones, noblemente confesadas, aceptó la teoría de un proceso sucesivo, gradual e indefinido.

Las distintas fases del espiritualismo de Secrètan están admirablemente expuestas en sus libros Recherches de la methode qui conduit a la verite sur nos plus [45] grands intérêts, colección de conferencias dadas en el curso de invierno de 1855 a 1856 y publicadas el año siguiente. Después da a la estampa sucesivamente, los siguientes libros: Quel part prendre? Opinion d'un liberal (1860); La Raison et le Christianisme (1863); Precis élémental de philosophie (1868); Discours laïques (1871); Le principe de la Morale (1883); Le droit de la femme (1886), libro altamente interesante y en el que podrían aprender no poco amigos y adversarios de la emancipación femenina; La civilisation et la croyance (1887), estudio concienzudo del proceso genético de la evolución social y de la fe religiosa; Etudes sociales (1889), varios ensayos de distintos temas de actualidad; Les droits de l'Humanité (1890), y, por último, Mon utopie (1892) que, como indica su título, es una divagación en que el pensador columbra los futuros destinos de la Humanidad y las cristalizaciones de la psiquis en lo porvenir.

Para conocer detalladamente la personalidad de este gran filósofo ofrece no pocos elementos de juicio, un libro debido a la señorita L. Secrètan y titulado Charles Secrètan; su vie et son oeuvre. Especialmente los capítulos I y III tienen un vivo interés porque en ellos narra el biógrafo las relaciones entre el filósofo suizo y Charles Renouvier. La correspondencia entre ambos escritores es digna de ser porque durante los veinticinco años que duró, discurrieron amablemente los dos ilustres Carlos, acerca de los problemas más transcendentales de la existencia.

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Santiago Valentí Camp Ideólogos, teorizantes y videntes
Minerva, Barcelona 1922, páginas 41-45