Enrique Suñer Ordoñez Los intelectuales y la tragedia española

Capítulo XI

Sumario: Una entrevista interesante. – Elecciones en la Universidad de Madrid. – Concatenación de causas influyentes en el último período de la vida política y física del Dictador. – Resumen de la situación de España a la caída del Gobierno de Primo de Rivera.

En el estado de gravedad en que el Gobierno se hallaba por diversas incidencias, entre las cuales se destacaba la situación de indisciplina y conspiración de los Centros docentes, un modesto profesor de la Universidad de Madrid, lleno de la mejor intención, anteponiendo sus sentimientos patrióticos a toda otra consideración de menor fuste, solicitó y obtuvo una audiencia con el general Primo de Rivera, de cuya interesante relación me hizo confidencia, ya que nuestros modos de pensar y ver los problemas eran absolutamente idénticos.

He aquí lo que mi colega de Claustro me comunicó en lo referente al caso. El General, con un ojo vendado –acababa de sufrir una caída–, le recibió en su despacho oficial en el Ministerio de la Guerra, al atardecer de un día en que se hallaba menos ocupado con visitas. [116]

La conversación se desarrolló, sobre poco más o menos, con el diálogo siguiente:

General. —Me dicen que deseaba usted hablarme para algo importante: ¿qué es lo que quiere de mí?

Profesor. —Mi general, vengo como español, y con la experiencia que me dan largos años en contacto con la Universidad, a manifestar a usted, que los peligros actualmente amenazadores para el Gobierno y para España no los busque en cuestiones de detalle, persígalos en la obra funesta de una organización temible, que socava los cimientos de la Dictadura y trabaja ardientemente por derribarla: la Institución Libre de Enseñanza.

General (con ligera sonrisa). —¿Y qué es la Institución Libre de Enseñanza?

Profesor. —A la Institución, mi general, le pasa como a Dios: que está en todas partes y no se la ve. Literalmente, es el Colegio fundado hace cincuenta años por D. Francisco Giner.

General. —¿Será acaso la Junta para Ampliación de Estudios?

Profesor. —Ese es uno de los instrumentos principales que la Institución maneja.

General. —Debe usted estar entonces tranquilo. El Secretario, Sr. Castillejo, viene asiduamente a verme, y puede decirse que no sale de mi despacho. El Presidente de la Junta, que es el Duque de Alba, con su gran patriotismo ¡no sería capaz de hacer nada perjudicial para España! [117]

Profesor. —Dado ese convencimiento, mi General, nada tengo ya que decir. Si usted me lo permite, no quiero molestarle más y me retiro.

Primo de Rivera le detuvo entonces, llevando la conversación por otros derroteros de menos monta, y mi amigo se marchó desolado al considerar la incomprensión y el engaño en que el general Primo de Rivera vivía.

Poco después me decía mi compañero con sentida emoción: «Querido amigo: ¡este régimen se pierde! ¡El General vive completamente equivocado!» Los sucesos ulteriormente desarrollados vinieron a darle la razón, como tendré ocasión de exponer más adelante.

La exclamación de mi amigo obedecía a una profunda convicción nacida de aquella entrevista. Era indudable que el Dictador desconocía absolutamente el peligro que le amenazaba. Con relación a la seguridad que la personalidad aristocrática del Duque de Alba le inspiraba, había mucho para dudar, pues aun sin dar pábulo a ciertos rumores acerca de sus simpatías y relaciones con las sociedades secretas de Inglaterra, probablemente infundados, los hechos probaban en el prócer español una falta de visión en el conocimiento de personas, especialmente en lo referente a sus relaciones con Castillejo.

Algunos días después de la conversación transcrita, tuve ocasión de observar una nueva prueba de la falacia del Secretario de la Junta, y del doble juego con que engañaba al General, a quien, sin [118] duda, había hecho creer que era un admirador y leal servidor suyo.

El caso se dio con ocasión de las elecciones celebradas por la Universidad de Madrid para el nombramiento de un representante suyo en la Asamblea Nacional. Un candidato poseía la confianza del Gobierno: D. Pío Zabala, cuyo conocimiento de las mañas e intrigas de la Institución teníalo bien demostrado repetidas veces, entre ellas cuando, siendo en una anterior Legislatura diputado a Cortes, hizo una declaración cuyo recuerdo nunca se ha borrado de la memoria de cuantos nos interesamos por este gran problema nacional. En una discusión habida en el Parlamento, el Sr. Zabala pronunció estas palabras, dirigidas a los institucionistas: «Tienen estos señores la vista puesta en el ideal y las manos metidas en el cajón del pan.» El acierto en la caracterización psicológica le había colocado entre los atinados conocedores de aquellos intelectuales. Aparte de la mencionada frase, el Sr. Zabala unía a sus dotes de catedrático eminente, un concepto bien adquirido de persona de orden, de sentimientos cristianos y contrario a las actuaciones demagógicas. Por todas estas razones, los electores no extremistas le votaban.

Los enemigos de la Dictadura, con el fin de molestar al general Primo de Rivera, más aún que con el convencimiento del triunfo, presentaron otro candidato: D. Miguel de Unamuno, quien, después del destierro, de la fuga del mismo, del rechazo de la [119] generosa amnistía que la Dictadura le había ofrecido, y de sus actuaciones constantes en contra del General y del Monarca, hechas en París, desde el Café de la Rotonda, donde todo el que lo deseaba podía oírle vociferar, unas veces ingeniosa y otras violentamente, contra las más altas personas, se comprende que había de causar impresión desagradable al Dictador; sobre todo en el caso de haber triunfado. Lucharon encarnizadamente los sectarios, con el total asentimiento de Unamuno, para lograr la victoria y, de paso, proporcionarse el gusto de crear un conflicto de índole más moral que física a la Dictadura. El día de las elecciones entraba yo casualmente al tiempo mismo que el Secretario de la Junta de Ampliación de Estudios en el Salón rectoral para emitir el voto. En la antesala, sobre una mesa, aparecían dos montones ordenados de papeletas, correspondientes a las dos candidaturas. En aquel momento, Castillejo, con ostensible maniobra, tomó una de las pertenecientes a Unamuno, y, abierta, en la mano, a la vista de los concurrentes, la entregó al presidente de la mesa, para que éste la depositara en la urna.

No pude menos de recordar en aquel instante las palabras del General: «Debe usted estar entonces tranquilo. El Secretario, Sr. Castillejo, viene asiduamente a verme»...

Aquellas elecciones en la Universidad Central terminaron con el triunfo de la candidatura de don Pío Zabala. Esto hizo fracasar en gran parte los [120] propósitos revolucionarios, y la hostilidad tuvo el alcance de las simples y enconadas actuaciones morales. Demostró, por otro lado, la fuerza respetable de los elementos de orden; pero sirvió, asimismo, para recontar fuerzas. Se vio en aquel trance lo que, por desgracia, se ha observado posteriormente: que las izquierdas estaban organizadas para el mal con mucha mayor disciplina y obediencia que las derechas; que en los momentos decisivos, ante una orden de arriba, obedecían las huestes sin réplica ni subterfugios. Así se comprende que persona tan astuta como el «hombre del doble juego» al que acabamos de referirnos, votase abiertamente una candidatura enemiga del General, aun exponiéndose al descubrimiento de su intriga. Mas, lamentablemente, Primo de Rivera no se hallaba bien informado, o no se ocupaba de estas llamadas «menudencias», en el fondo «fenómenos trascendentales». Así se explica la inacción suya contra agresiones tan incalificables y peligrosas para la estabilidad del Gobierno.

La mayoría de votos obtenida por Zabala significaba también la existencia en aquella época de un respeto o temor, bastante acusado aún, hacia la entidad gobernante, lo que, en síntesis, explicaba la posible defensa del sistema, si una mano hábil y fuerte, unida a un conocimiento psicológico completo de los hombres, hubiesen obrado de consuno para evitar su pérdida. Más adelante se notó que muchos de aquellos votos favorables se [121] perdieron, y que la resistencia de la Dictadura se debilitaba rápidamente.

Las elecciones en la Universidad para la Asamblea Nacional marcaron el comienzo del período agónico de la Dictadura de Primo de Rivera. Es probable que el candidato elegido no llegara a intervenir en los debates del organismo parlamentario, o lo hiciera muy breve tiempo. Los sucesos se precipitaban. La indisciplina académica iba en aumento día por día, y el final de todas estas turbulencias, conspiraciones, intrigas y asechanzas contra el Régimen, procedentes de muchos y variados sectores sociales, culminó, con respecto a la Universidad, en las medidas ya señaladas en uno de los anteriores capítulos, consistentes en el cierre de la misma y en el trasiego de las matrículas.

Estas medidas, cronológicamente, no guardan dependencia con el resultado de las elecciones en la Universidad. Si la memoria no me es infiel, hasta creo que se anticiparon; pero lo esencial en el relato de estos hechos, consiste, a mi entender, en la consecuencia de que la Dictadura se derrumbaba por diversas causas, entre ellas, tal vez la más importante, la ofensiva del profesorado, unido a los alumnos de la FUE, organización política de cuyo origen y naturaleza revolucionaria creo haber dicho explícitamente lo que pienso. De los rasgos generales del período histórico que se abrió el 13 de septiembre de 1923 y concluyó en los primeros días de enero de 1930, no me corresponde hablar, puesto [122] que mi propósito al escribir estas páginas no es otro que el de examinar la influencia de los intelectuales –profesores, no profesores y alumnos– en la evolución de la tragedia actual, fase última de un proceso desarrollado en varios años, y en el curso del cual la Dictadura tuvo un inmenso interés; pero por motivos de relación, y hasta de concomitancias, no puedo menos de señalar la decisiva influencia del elemento militar en el aciago término de aquélla, la corrosiva acción de los viejos políticos, la increíble actitud del Sr. Sánchez Guerra, olvidado, por verdadera perturbación mental, de los más elementales deberes de un expresidente del Consejo, y, quizás, la falta de apoyo suficiente en donde debió existir para resolver el enorme conflicto planteado a la Patria. Al lado de errores, maldades y ambiciones de este jaez, aliadas conscientes o inconscientes de la masonería y el judaísmo, este último, por su cuenta, a raíz de la constitución afortunada del Monopolio de petróleos, comenzó en Ámsterdam una feroz e injusta ofensiva contra la peseta. No les bastaban a las fuerzas secretas revolucionarias las intervenciones en el interior del país; los dirigentes de entonces, lo mismo que han hecho en 1926, vendieron su patria al Extranjero, e hicieron intervenir a éste en la forma por todos conocida y execrada. La acción contra la peseta era el barómetro en 1929 de lo que cabía esperar de aquellos revolucionarios antiespañoles, solapados y sin conciencia. Lo mismo que se traicionaba al noble Primo de Rivera por [123] los «cultos» del Ateneo y de la Universidad, se le traicionaba por los «incultos» líderes de las masas obreras. Era Largo Caballero, en aquella fecha, el verdadero símbolo de la vil infamia. Así, al mismo tiempo que preparaba sus huestes ignorantes y descatolizadas en la sombra de las Casas del Pueblo, no tenía inconveniente en colaborar con el Gobierno desde el puesto de Consejero de Estado con haberes y honores. Todo se hundía. Una mirada serena y aguda podía ver con meridiana claridad el «comienzo del fin», con el que se iba, no un régimen ni un sistema de Gobierno, sino la existencia misma de la Patria.

En tan críticos momentos, con la desilusión en el corazón, agotado por el trabajo titánico de seis años y medio de constante lucha, enfermo gravemente, y apenas sostenido por unos cuantos, pocos, amigos, el Dictador pudo recordar el inmortal pensamiento latino: «Felix donec eris multos numerabis amicos. Tempora si fuerint nubila solus eris.» (En la felicidad y en la riqueza tendrás muchos amigos; en los tiempos desgraciados te quedarás solo.)

Un telegrama dirigido a los capitanes generales de los diversos Departamentos, en el que inocentemente preguntaba, el que ya podía denominarse ex Dictador, si convendría o no terminar con el sistema de Gobierno imperante, fue contestado desfavorablemente por la mayoría. El General presentó al Rey su dimisión, y se retiró al Extranjero para morir, a los pocos meses, en París, desengañado [124] de los hombres y amargado por las deslealtades.

El recuerdo de la época de esos seis y medio años de glorias, de respeto internacional y de progreso interno, no alcanzado en las dos centurias anteriores, consagrará en la Historia la inmensa figura de Primo de Rivera. El análisis de las causas que le hicieron caer ¡ojala sirva a los hombres del presente, a los que Dios ha confiado la salvación de España, de profunda enseñanza que evite el cometer los mismos tropiezos!

Un respeto exagerado para los hombres de la inteligencia fue, quizás, la principal causa de la desgracia histórica. Al lado de los verdaderos profesionales de la ciencia, de los auténticos trabajadores intelectuales, estaban los «pseudos», los que con ardides increíbles, desprovistos en absoluto de amor al país, más egoístas que altruistas, y, sobre todo, más pedantes y vanidosos que humildes y patriotas, prefirieron colocarse al lado de los judíos internacionales, que al costado de los buenos españoles; optaron por derribar, en vez de hacer una colaboración constructora ejemplarísima. Con un corazón español que en el futuro exista –y quedarán muchos millones– bastará para formular una sentencia completamente acusatoria contra aquellos ateneístas, profesores y viejos políticos, ignorantes de todo, menos de saber hablar con facilidad en público, que tanto han contribuido a crear la desolación del presente.

Los que modesta, pero desinteresadamente, [125] colaboramos con la Dictadura desde nuestros puestos y cargos técnicos; los que habíamos rechazado ofertas de tipo político para no desvirtuar nuestra historia profesional exclusiva, comprendimos en aquellos días en que terminaba la vida del Gobierno de Primo de Rivera, la magnitud de la catástrofe que se avecinaba. Ésta tenía forzosamente que aparecer, por las consideraciones hechas en las páginas precedentes. Era inevitable, porque los ambiciosos colocados ante el umbral del Alcázar regio, en espera de ser llamados a dirigir la cosa pública, eran hombres envenenados o gobernantes de «paja», improvisados en la política, sin el más pequeño conocimiento de los resortes del mando.

Por si la realidad no hubiese sido lo bastante obscura para temerlo todo de ella, avispados cerebros se encargaron de preparar los paladines de las contiendas futuras con apropiados libros, bellos en la forma, anarquizantes en el fondo.

Así, la obra sobre Las Dictaduras, de Cambó, llena de perspectivas, más que pesimistas, desoladoras, logró esparcir por toda España el agobiante «nulla est redemptio», de efecto tan activo como pudiera haberlo sido el más seguro veneno.

<<   >>

filosofia.org Proyecto Filosofía en español
© 2006 filosofia.org
Enrique Suñer Ordoñez Los intelectuales y la tragedia española
2ª ed., San Sebastián 1938, págs. 115-125