Enrique Suñer Ordoñez Los intelectuales y la tragedia española

Capítulo X

Sumario: Reformas en Instrucción pública explotadas par los enemigos del Régimen. – Quebrantamiento de la entereza y del ánimo del General dictador. – Incidente en San Carlos. – Sanciones equivocadas. – Cursos extra-universitarios.

En el progresivo decaimiento del tono afectivo con que la verdadera España había acogido la llegada de la Dictadura en el mes de septiembre de 1923, consecuencia en su mayor parte derivada del trabajo subrepticio de los elementos extremistas de izquierda, entre los que incluyo las organizaciones secretas, cuya labor se verificaba incesantemente en la sombra, influyeron indudablemente también determinaciones políticas, entre las cuales se debe contar la publicación de un decreto del Ministerio de Instrucción pública en el que, con la mejor intención por parte de D. Eduardo Callejo, se planteaba un problema de evidente trascendencia por la ocasión que daba a los contrarios para arrojar sobre el Gobierno la fama de un «clericalismo» a ultranza, cavernícola y reaccionario.

Por la disposición aludida se obligaba a los [106] catedráticos de la Universidad a desplazarse a otros Centros libres de Enseñanza, como las Universidades de El Escorial, dirigida por Agustinos, y la de Deusto, servida por la Compañía de Jesús, para constituir en éstas los tribunales de examen, en cuya composición entraban representantes de las mencionadas Universidades libres. Aun cuando este decreto pudiera alcanzar a otros Centros no católicos, era evidente que, no funcionando en España ninguno de esta clase de parecida importancia, los beneficios legales se extendían casi exclusivamente a los religiosos.

Sin discutir en este momento la razón de este acuerdo ministerial, lo positivo era que él daba pretexto para arreciar en la crítica y en los ataques al Gobierno, a quien se culpaba de haberse entregado a la teocracia.

Pedagógicamente, las Comisiones de examen desplazadas de los Centros oficiales para trasladarse en misión a colegios particulares, tenían en nuestra nación un mal precedente en la historia de los Institutos de segunda enseñanza.

Muchas murmuraciones se habían extendido sobre las magníficas recepciones que se hacían a los catedráticos cuando iban a los colegios particulares. Según estas críticas, hechas por una parte del profesorado independiente, no resultaba decoroso, juzgando con imparcialidad, que la Universidad abandonase –ni tampoco el profesorado de los Institutos– su residencia oficial para servir a los colegios, [107] indudablemente de gran respetabilidad por las personas que los constituían, regían y gobernaban, pero que a la postre realizaban una función docente con beneficios materiales muy claramente colocados dentro de los que corresponden a un negocio. El altruismo de la enseñanza en estos Centros, en puridad de verdad, no era la sola razón de su existencia, y esta consideración, perfectamente compatible con la creencia en las ventajas sociales, rectitud de intenciones y utilidad moral de las mencionadas Universidades, quitaba razón al decreto, tan bienintencionado, indiscutiblemente, del Ministerio de Instrucción pública.

Una gran tempestad fue el resultado de la publicación en la Gaceta de aquella determinación gubernamental, y como la sinceridad es la que informa estas páginas, en honor a ella debo decir que el disgusto general en el profesorado comprendió no sólo a los enemigos del Régimen, sino a muchos de los alejados de toda intervención partidista o política. Es claro que los primeros, lo mismo que hicieron en el asunto Sbert, procuraron sacar el mayor partido posible del estado de los ánimos para arreciar en su campaña derrotista y destructora. La ocasión, justo es reconocerlo, les fue propicia, y ella permitió la administración de un nuevo golpe a la Dictadura, bastante desgastada en la época de este nuevo acontecimiento.

Los hechos relatados, en lo referente a la Enseñanza, favorecían las maquinaciones de los [108] revolucionarios, quienes aprovechaban al mismo tiempo las disensiones lamentables ocurridas en la que debió haber sido la gran familia militar, para fortalecer sus ataques. En esta fecha todo se aprovechaba feroz y encarnizadamente, con la mira de perturbar el orden público y de causar los mayores estragos en la marcha del país. El general Primo de Rivera tuvo continuos motivos para demostrar su temple y su bondad, excesiva, sin duda, en ciertos momentos.

Los vivaces directores de la campaña contra el Gobierno utilizaban cuantos pretextos se les ofrecían para introducir desavenencias y esparcir especies desfavorables para los Ministros. Una prensa clandestina prodigaba los epigramas y los chistes maliciosos o francamente groseros, sin que fuese posible detener sus actividades dañosas. Los periódicos sometidos de grado o por fuerza, también de vez en cuando se escapaban de la censura y hacían labor contraria, en ocasiones hasta nefasta, como la realizada por el Heraldo de Madrid en vísperas de la inauguración de una de las grandes Exposiciones realizadas por la Dictadura.

En el período final de ésta –aproximadamente, los últimos dieciocho meses– la descomposición de la disciplina se acentuaba con rapidez extraordinaria. Las turbulencias escolares iban cada vez aumentando de modo increíble, llegando en su actuación a un verdadero matonismo propio de la FUE, al cual en un principio solamente se oponían con [109] viril decisión los heroicos muchachos de la AET (Agrupación Escolar Tradicionalista). No se limitaban ya al interior de los Centros docentes, sino que se exteriorizaban en calles, plazas y espectáculos públicos. El Dictador quedaba ausente del lugar debido a su posición política y merecimientos personales. Manifestaciones estudiantiles, influidas y acompañadas por elementos de la Casa del Pueblo, llegaron a escandalizar con «mueras» significativos ante su domicilio particular. Un llamamiento público, caballeroso, a la hidalguía de la juventud y a su cortesía con las damas –la familia de D. Miguel Primo de Rivera, compuesta de señoras y señoritas, era la que habitaba la casa, puesto que el General residía en el Ministerio de la Guerra– no tuvo el eco debido en aquellos alocados y desconsiderados espíritus. La firme voluntad del Jefe del Gobierno, fatigada por tantos obstáculos, graves incidentes y deslealtades de todo género, era indudable que comenzaba a sufrir quebranto. La bondad de su alma no comprendía una malevolencia tan intensa de los que así actuaban, y a pesar de que la situación había llegado a la necesidad de hacer un duro escarmiento, su benévolo carácter se resistía a la adopción de violentas medidas que impusieran el orden a la fuerza. Esta actitud generosa se interpretaba por los contrarios como debilidad acusadora de la próxima derrota, y en la psicología sin escrúpulos, a prueba de resistencia contra los impulsos nobles –la misma psicología descubierta después en los [110] rojos revolucionarios–, no se hallaba espacio para la reconciliación, ni posibilidad de reconocimiento de la buena obra que el General y sus colaboradores –entre ellos, Calvo Sotelo y Guadalhorce– estaban realizando. Ni la red de carreteras espléndidas, hasta entonces desconocidas en España, ni la construcción de obras hidráulicas, venero fecundo de riqueza para las sedientas tierras peninsulares, ni la terminación gloriosa de la campaña de Marruecos, que puso término definitivo a una era angustiosa y larga de guerras, con sus sacrificios inacabables de hombres y dinero, ni el buen estado de la Hacienda, ni la seguridad del orden público, en general –salvo los incidentes escolares que empezaban, desgraciadamente, a producirse–, nada, en absoluto, acertaba a complacer a los dirigentes feroces e implacables de la anárquica revolución proyectada.

Los cerebros universitarios, en general, resistían con terca hostilidad al convencimiento de los bienes aportados por el sistema dictatorial, y muchos de los estudiosos laboraban en las cátedras y pasillos de los establecimientos docentes con una crítica mordaz e infatigable. Se alentaba el espíritu de rebelión de la masa escolar. Con el pretexto de ayuda a la Asociación Universitaria de Estudiantes (FUE), se suministraban fondos a la misma, salidos de las gavetas de los más pudientes profesores, a fin de sostenerla, empujarla y animarla a realizar sus actividades rebeldes y destructoras.

Hacia este período que describo, tuvo lugar en [111] San Carlos un incidente de no muy clara génesis, que pudo originar incalculables consecuencias.

El Dr. Maestre había invitado al general Martínez Anido a visitar su laboratorio de Medicina legal en la Facultad, y aquél había prometido acudir al mismo día y hora determinados. Ignorante del peligro que corría, se dirigió a San Carlos sin llevar otra escolta que la corriente de policías, los cuales se quedaron en el vestíbulo discretamente situados. Cuando el General se entretenía con el Dr. Maestre y el Decano en contemplar las curiosidades científicas que se le presentaban, llegó a oídos del último la noticia de que los estudiantes de la FUE –entonces los más numerosos– se encontraban soliviantados y pretendían realizar una tumultuosa manifestación contra el Subsecretario de Gobernación. En actitud airada se reunían los grupos de escolares en claustros y vestíbulos con el propósito de llegar hasta donde el General se hallaba. El Decano les convocó a una reunión en el gran anfiteatro, con el propósito de dar lugar a la salida de Martínez Anido por una puerta excusada, a lo que el General se negó con toda entereza, dirigiéndose lentamente y haciendo altos en el camino hacia la puerta principal, por la cual se ausentó con todo el prestigio de la autoridad propia del cargo que ostentaba y del crédito bien cimentado de su valor personal.

Hay muy verosímiles sospechas de que Negrín, desde su laboratorio de Fisiología, con la cooperación de algunos otros secuaces reclutados entre el [112] personal subalterno docente de San Carlos, fueran los inspiradores de la rebelión de las masas escolares cuya conducta desatenta y villana dentro de su propia Casa, pudo producir en Madrid un día de verdadero luto.

Este grave suceso, no divulgado lo suficientemente, por la comedida conducta del general Martínez Anido y de Primo de Rivera, puso una vez más en evidencia la marcha acelerada del movimiento revolucionario, cuyo asiento principal se hallaba en los Centros docentes y en el Ateneo madrileño, aunque su Estado Mayor actuaba en los Altos del Hipódromo, instalado cómodamente con el dinero del mismo Estado que se tenía pensado destruir, para edificar sobre sus ruinas la prometedora y paradisíaca nación bolchevique, bajo la tutela de la Unión de Repúblicas Soviéticas.

Todos estos disturbios, sucesiva e interminablemente producidos y reproducidos, llegaron a tomar la concreción de «huelgas escolares». Hubo, por parte de las autoridades académicas, conminaciones para la terminación de las mismas, y, con el fin de evitar coacciones, se dispuso, en vista de esta intolerable indisciplina, la entrada en los establecimientos docentes de la fuerza pública, dispuesta a facilitar el acceso a las aulas de los estudiantes y de los profesores. Yo mismo pasé varios días a la clase entre dos filas de guardias de Orden público. Mas estas medidas no produjeron ningún beneficioso efecto, porque la multitud estudiantil, compuesta [113] de «tirios y troyanos», de estudiantes de la FUE, unidos a muchos independientes, no quería o no se atrevía a cumplir con sus deberes docentes. Ante los agentes de Orden público, la consigna era no escandalizar ni apelar a la violencia. Sólo la resistencia pasiva se empleaba como arma de eficaces efectos a la larga. Efectivamente, la sagaz táctica, tan impropia del temperamento juvenil español, como reveladora de una dirección oculta, hábilmente influyente sobre las masas, logró al cabo de unos días producir un ridículo tan espantoso, que alcanzó lo que pretendía: producir en el Dictador una reacción impulsiva y violenta, terminada con el cierre completo de las Universidades. Se dictaron medidas para la anulación de las matrículas; se obligó a los que desearan continuar en sus estudios, a trasladarse a otras Universidades. Estas extrañas resoluciones, o no produjeron efecto, o lo causaron tan insuficiente, que el resultado fue nulo. Un desbarajuste inmenso tuvo lugar en las Secretarías universitarias con el trasiego de tantos expedientes. Sin temor a equivocarme, me atrevo a decir que el remedio fue peor que la enfermedad. Efectivamente, el castigo, muy relativo y dudoso, por las mismas dificultades de su aplicación, arrastraba consigo su incumplimiento. El General reveló en este caso el desconocimiento del mecanismo real y práctico de la actuación contra la indisciplina civil. En vez de apelar a la anulación absoluta de las matrículas y al cierre indefinido de los turbulentos Centros, con lo cual hubiera [114] logrado lo que pretendía, acudió al empleo de unas medidas complicadas, que en el fondo no constituían verdadero castigo. El final de toda esta contradanza escolar fue la amnistía, conseguida sin ejemplaridad anterior.

El espíritu de justicia me obliga a declarar que fue el general Primo de Rivera, no su Ministro de Instrucción pública, el verdadero autor de todas estas equivocadas actuaciones –Callejo se limitó a prestarle obediencia, quizá excediéndose en ella; pero con el más noble respeto al Jefe y al amigo–.

Como hecho curioso de los «movimientos tácticos» de los enemigos, he de recordar el que se crearan por los mismos estudiantes no dispuestos a ir a las clases oficiales, cursos de las mismas asignaturas en locales extrauniversitarios. Así se dieron algunos en el Colegio de Médicos, con lo cual se quería hacer patente el desprecio máximo al Gobierno, consistente en no acatar sus órdenes y en demostrar absurdamente que la rebelión nada tenía que ver con el afán por la Cultura. Todo lo cual autorizaba a decir, con Horacio: «Risum teneatis».

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Enrique Suñer Ordoñez Los intelectuales y la tragedia española
2ª ed., San Sebastián 1938, págs. 105-114