Enrique Suñer Ordoñez Los intelectuales y la tragedia española

Capítulo IX

Sumario: Los profesores enemigos de la Dictadura explotan el «caso Sbert». – Actividades de los representantes de la masonería internacional. – Claustros extraordinarios: significación antidictatorial de los mismos. – El Consejo de Instrucción pública.

El «caso Sbert» fue explotado por los agitadores y dirigentes ocultos o patentes de la Revolución en ciernes, de modo extraordinario. Con aspecto de legalidad, en nombre de los derechos ciudadanos, de la justicia, de la libertad y de otras especies análogas, la Universidad actuó, y lo que es más lamentable, sorprendiendo la buena fe de muchos de los que en ella estábamos, crédulos inocentes en lo que parecía ser un «abuso de la tiranía gobernante». Nos pareció –entre ellos me coloco– que se había excedido D. Miguel Primo de Rivera en el castigo, y creímos indispensable reaccionar en nombre de la justicia. Eso sí, los que actuamos sinceramente, deseábamos exponer razones que estimábamos legítimas, sin apelar a los adjetivos molestos u ofensivos. Los venales, malintencionados, no se conformaban con el suaviter in modo. A todo trance [96] querían provocar, con la licencia en el lenguaje de las instancias, de los mensajes al Presidente del Gobierno, la natural irritación en éste, y con ella la adopción de medidas violentas, de castigos severos que vinieran a reforzar el disgusto de los descontentos y la enemiga contra el Poder público.

Algo logramos contener los imparciales el espíritu agresivo de los exaltados izquierdistas, y por esta razón, con el disgusto de algunos de los que ahora se muestran escandalizados de los resultados prácticos de la demagogia, la ofensiva escrita de los Claustros no llegó a cuajar ni a producir los efectos calculados por los que dirigían el ataque. Sbert quedó sancionado y aguardando mejores tiempos para él. Los profesores de izquierda, unidos a los demagogos del Ateneo, continuaron su labor de zapa, sin hallar el castigo a sus maldades ni el obstáculo al avance de sus planes nocivos.

Fue por esta época cuando la obscura actividad del ex italiano Pittaluga se acentuó sobremanera, obedeciendo indudablemente a consignas secretas por él ejecutadas. Coincidieron sus extraordinarias actuaciones con la consecución –una prueba más del carácter masónico del astuto italiano–de su nombramiento como Delegado de España en el Comité de Higiene de la Sociedad de Naciones, hecho por gestión de los sospechosos elementos directores del organismo ginebrino. En las mallas de la equívoca diplomacia extranjera quedó prendido nuestro Gobierno, respetuoso hasta la [97] candidez absoluta con las indicaciones exteriores, o desconocedor del peligro que envolvía para nuestra causa la representación de Pittaluga, el menos indicado, por su falta de sentimientos patrióticos y por su origen, para llevar la voz de nuestra noble España.

Inopias, traiciones... ¡quién sabe lo que fue!; el hecho es que Pittaluga resultó propuesto, conforme a las indicaciones extranjeras. Hoy día, el mundo conoce bien la influencia de la masonería en la Sociedad de Naciones; pero en la fecha de estos sucesos, el general Primo de Rivera no creía en el poder de las logias, y se sonreía de cuanto se contaba de ellas, como si se tratase de mitos fantásticos o de fábulas orientales.

No sucedía lo mismo con el avisado, práctico y experto subsecretario de Gobernación, el general Martínez Anido, quien, conocedor de la gente del hampa, de los conspiradores y escondidos enemigos de toda laya de nuestro país, tenía de Pittaluga el concepto que este tránsfuga de nacionalidades merecía. Si la memoria no me es infiel, hasta creo que deseó expulsarle de España, despojándole de su nacionalidad postiza. Mas el astuto aventurero, apoyado por las fuerzas secretas, por los interesados en sus negocios y por los tontos, tan abundantes en todas las latitudes, se defendió bien, arguyendo razones que hubiesen tenido fundamento en el caso de legítimos españoles, no de extranjeros arrivistas y cínicos. El hecho fue que el propósito de Martínez Anido [98] se deshizo ante vetos superiores, y que todo se terminó por una inspección e investigación en Barcelona de los turbios manejos que el florentino en cuestión realizaba en la Ciudad Condal y aun en toda Cataluña. Se designó para esta investigación al Conde de Gimeno, hombre de grandes alcances, buen español, pero falto de la resolución necesaria para adoptar posiciones heroicas, e inclinado, por su anterior educación política, a los arreglos poco edificantes. El final de la actuación del Conde fue uno de tantos «pasteles» mejor o peor confeccionados, del cual salió incólume la personalidad del aventurero, no sin que en su fuero interno estuviese Gimeno convencido de la real significación del ex italiano.

En Cataluña, bajo la protección de Pi y Suñer, de Bellido y de otros análogos personajes, Pittaluga tenía intervenciones más o menos profesionales y beneficiosas para él, en el sentido crematístico. A cambio de los beneficios obtenidos para sus gastos, un poco elevados, por lo visto, servía a la causa autonómica con visos o seguridades separatistas. Todos estos obscuros movimientos compendiaban una acción individual necesitada de ser puesta en claro. A esto último tendían los propósitos, tan mal comprendidos, de Martínez Anido.

Esta falta de visión del general Primo de Rivera respecto a la persona de que hablamos, forma parte de las equivocaciones de aquel gran hombre, y constituyó una de las múltiples causas del fracaso [99] de uno de los períodos más felices en la Historia de España.

Entre tanto, los claustros extraordinarios de la Universidad de Madrid se sucedían con ritmo más acelerado que nunca. Naturalmente, los institucionistas, so pretexto de reformas universitarias, fomentaban estas reuniones, en las cuales tomaban la palabra de modo predilecto los líderes de la secta. A través del concepto pedagógico se deslizaban insidias habilidosas contra el Gobierno, y se procuraba inocular en los participantes imparciales y no partidistas la idea de que la Dictadura era cosa proterva. Allí oíamos los acentos más o menos quejumbrosos, irónicos o fulminantes de los Sánchez Román, Jiménez Asúa, Américo Castro y Flores de Lemus; allí las expansiones violentas, impulsivas y agresivas de Hernando tenían campo para actuar, a falta de dialéctica convincente y de oratoria inteligible y culta. Bermejo, Rector de la Dictadura, a duras penas podía contener los excesos oratorios, y él mismo se convertía en víctima propiciatoria de los organizados energúmenos, y en blanco de los odios y agresiones contra Primo de Rivera, cuyo nombre no se pronunciaba porque la valentía no era, por fortuna o por desgracia, atributo de los consumidores de turnos de elocuencia; pero flotaba en el ambiente y se encerraba en el espíritu de los discursos.

Nunca percibí un caudal apreciable de ideas felices sobre las reformas de la Universidad; tampoco [100] oí jamás un solo pensamiento digno de figurar en las antologías patrióticas. En cambio, la irritación contra el Gobierno, la cólera más o menos oculta contra sus partidarios, aparecían de modo indiscutible en las peroraciones magistrales.

Cuando alguna vez un profesor imparcial intervenía –recuerdo el caso del ilustre maestro D. Felipe Clemente de Diego–, no faltaba un violento claustral como el repugnante Jiménez Asúa, lleno de atrabilis y vacío de respeto, que, anticipándose al modelo de urbanidad de las Cortes Constituyentes nacidas posteriormente para eterna vergüenza de España, interviniera con improperios y ataques no solamente desconsiderados, sino insoportables. En vano el Rector se esforzaba por limitar las agresiones de aquellos grupos. Eran incontenibles e imposibles de sujetar sus pensamientos ofensivos, paladinamente expuestos.

¿Es que el Presidente del Consejo de Ministros no se enteraba? Lo ignoro. Ciertamente se puede afirmar que el asunto merecía que hubiese fijado su atención, y que los Claustros extraordinarios quedaran sometidos a la vigilancia indispensable. La lenidad dominante animaba a los profesores enemigos y adversarios de la Dictadura en las distintas Facultades, quienes, faltos de temor por la ausencia de la justificada represión, sentíanse envalentonados y dispuestos a multiplicar los ataques en contra de aquellos hombres bienintencionados, aunque desprovistos de la visión clara del peligro existente. [101] El error señalado ha sido frecuentemente cometido por los genios de la Historia. Así sucedió con Napoleón, después de sus grandes victorias primeras en Alemania. Despreciaba a los estudiantes de Leipzig, asiduos concurrentes a las cervecerías, en donde conspiraban terriblemente contra su colosal aliado. De estas maquinaciones salieron las grandes derrotas napoleónicas, y la necesidad en que se encontró el primer cerebro militar de su época de refugiarse en la isla de Elba.

La confianza del Gobierno en sus propias fuerzas parecía ser la tónica dominante, a juzgar por la calma con que dejaba el desarrollo de los acontecimientos, y la mina de los cimientos sobre que se asentaba el Régimen. Ya hemos indicado que el Presidente del Consejo de Ministros no creía en la eficaz acción de la masonería. Suponía que ésta no era otra cosa que una ridícula e inerme agrupación sin importancia alguna, destinada a servir de distracción a cuatro seres desequilibrados. Amigos íntimos del General no conseguían convencerle de lo contrario, ni lograban sacarle de su equivocación sobre este punto. En esta incomprensible, ligera y confiada actitud del jefe del Gobierno hay que fundamentar una gran parte de su ruina. La historia de la Dictadura ¡ojala sirva de enseñanza a nuestros prohombres de hoy y los ponga en cuidadoso alerta contra las astutas maniobras de nuestros enemigos!

Una prueba de esta falta de prudencia era el Consejo de Instrucción pública. Al lado de personas [102] completamente adictas a la Institución, servidoras del orden, y absolutamente identificadas con los verdaderos intereses de España, quedaron como si un «noli me tangere» se hubiese puesto como divisa en sus pechos, enemigos temibles de la Patria. Permanecieron en sus puestos, renovándose sus anteriores nombramientos hombres tan peligrosos por su ideología, representativa de una vieja y contumaz labor, como Cossío e Ignacio Bolívar, ambos personajes cumbres de la Institución Libre de Enseñanza. Los dos se ayudaban de colaboradores decididos, como Blas Cabrera y Zaragüeta, quien a pesar de sus hábitos religiosos, en toda oportuna ocasión se ponían al lado de los anteriores.

Otras personas, miembros del Consejo, al parecer dispuestos con imparcial criterio a defender los derechos de los ciudadanos libres, cuando llegaron decisivas ocasiones y los vientos soplaron en dirección contraria a la situación gobernante, presintiendo con el instinto certero de las aves marinas la proximidad de las tempestades, se colocaron en actitud equívoca o votaron francamente en contra de lo que a España y a la Dictadura convenía. Resultaba un crasísimo error el empleo de un criterio contemporizador, como era el que se seguía con estos claros o dudosos enemigos, continuador de una tradición monárquica absolutamente equivocada, aunque los que la empleaban creyeran, por el contrario, que era sumamente hábil y política. Consistía en conceder a los contrarios las máximas [103] atenciones y benevolencias a cambio de que éstos no llegaran en sus agresiones a conflictos peligrosos para el Régimen. ¡Funesto sistema, útil solamente para alejar a los amigos verdaderos del ambiente palatino, disminuyendo su influencia, y para hacer más poderosos a los adversarios, que se consideraban factores invencibles en vista de los mimos y favores que recibían, a los cuales respondieron siempre con mayores demandas, desprecios y vejaciones contra las más altas personas y sus hombres de gobierno!

Este modo, medio secular, de entender la política interior de España, tan profundamente erróneo, fue el que se implantó también en el Consejo de Instrucción pública. Los resultados del mismo, los efectos de la conservación de personas completamente hostiles a nuestra causa, se dejaron sentir inmediatamente después de comenzar a funcionar ese organismo.

Uno de los casos demostrativos, cuyo recuerdo permanece fijo en mi memoria, se dio con motivo de una proposición hecha por mí en la sección 4ª (Universidades) para la abolición de las excedencias voluntarias de los catedráticos. Tenían éstas varios inconvenientes de monta, entre los cuales se contaban los siguientes: 1.°, existencia de un grupo de jóvenes profesores esparcidos por laboratorios y cátedras de Madrid o, simplemente, ocupados de sus clientelas, que no practicaban la Enseñanza, con la consiguiente falta de perfeccionamiento en la [104] misma; 2º, intrigantes a granel, buscadores de «bicocas» al lado de personajes influyentes en las Universidades situadas en grandes capitales, o de los políticos con renombre; y, 3°, vergonzoso espectáculo del desprecio por la cátedra y de la demostración de una falta de vocación profesional inexistente en cualquier país civilizado.

La inmensa mayoría de los miembros de la 4ª sección acogieron con simpatía, y hasta con entusiasmo, la propuesta mía; pero como ella atacaba directamente la posición cómoda en que se encontraban dentro de los organismos de la Junta para Ampliación de Estudios varios de estos profesores, protegidos de la Institución, D. Blas Cabrera se creyó en la necesidad de ampararlos, a cuyo efecto, como voto particular, presentó una contraproposición para nombrar profesores adjuntos a las cátedras. La influencia institucionista, no obstante nuestra superioridad numérica, se dio con la fuerza suficiente para que no se hiciera la supresión de las excedencias voluntarias.

No sé si la Comisión permanente, donde a la sazón se encontraban Cossío y Zaragüeta, logró el éxito apetecido, o si una labor de zapa escamoteó mi propuesta o convenció al Ministro para no hacer caso de la misma; el hecho fue que el proyecto no tuvo realidad, y que los amigos de la Institución continuaron fuera de las cátedras que les correspondían, y al lado de sus protectores y poderosos padrinos.

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Enrique Suñer Ordoñez Los intelectuales y la tragedia española
2ª ed., San Sebastián 1938, págs. 95-104